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Me gotea sangre en el ojo derecho. Una vez, dos. Me ciega y me escuece al mismo tiempo.

Me estremezco y dejo escapar un gemido de dolor. La sangre en el ojo pica que te cagas.

El dolor es real.

El gemido que dejo escapar, no.

Si he aprendido algo en mis veintitrés años de vida, es esto: los hombres se confían cuando ven a una mujer dolorida. Despierta algo instintivo en las profundidades de su ser que les hace creer que poseen el control, aun cuando toda la evidencia lógica les grita lo contrario.

La confianza vuelve a los hombres descuidados.

Y los hombres descuidados son objetivos fáciles.

Esta noche estamos en un antiguo almacén de vinascua, en el Barrio Sur, y el aire apesta a fruta podrida. Las antorchas arden alrededor del cuadrilátero, de manera que iluminan la pelea y sumen todo lo demás en una suerte de sombras sinuosas y danzantes. La multitud guarda un silencio expectante, pero, aun así, la sala parece abarrotada.

Bien. Más público implica mayor ganancia.

Las pesadas pisadas de mi oponente retumban por el espacio mientras se acerca lentamente a mí. Es un hombre grande y corpulento que me saca unos quince centímetros de altura, lo cual evidentemente lo hace sentirse poderoso. Es de los que no entienden que la delicadeza puede ser letal.

—Haré que lamentes haber nacido, niñata. Te va a hacer falta un ataúd con tapa.

Diosa, qué tipo más cansino. Sin embargo, a juzgar por el rugido frenético que recorre la estancia, el público está enloquecido.

Me cae más sangre en el ojo. Me ha metido un buen gancho de derecha en toda la frente, eso hay que concedérselo.

Giro la cabeza de lado, fingiendo debilidad con la mejilla presionada contra el suelo de tierra compacta del espacio de combate. Veo un destello de movimiento entre los espectadores, que se burlan de mí, cuando alguien intenta abrirse paso hacia los límites del cuadrilátero.

Es Lee. Debe de haber salido de trabajar justo ahora.

Cruza los brazos musculosos sobre su ancho pecho. Su túnica impoluta de mensajero lo hace destacar en este sórdido lugar. Me mira divertido con una ceja enarcada.

Casi puedo oír su voz profunda diciendo: «Deja de jugar con él, Meryn, y acaba con esto para que podamos seguir con nuestra noche».

Por supuesto, tiene razón. Preferiría estar ahora mismo en su regazo que tumbada boca abajo en esta fosa apestosa.

De acuerdo, ha llegado el momento de poner fin al espec­táculo.

Mi oponente se acerca y vuelvo a gemir mientras espero a que llegue al lugar adecuado. No ve la trampa que le he tendido, a pesar de que es extremadamente obvia, a pesar de que llevo a cabo la misma jugada en casi todos los combates.

No es capaz de verlo porque he hecho que se confiara. Está convencido de que es el hombre que vencerá a Meryn Cooper, la famosa Gata Callejera del Barrio Este.

Idiota.

Por fin llega a mi lado, se prepara para cogerme, sentarse sobre mí o estrangularme…, algo predecible. Otro rugido recorre la multitud. La sala está repleta de jugadores borrachos y escandalosos, todos rezando para que me dé una buena paliza, para que su apuesta contra la mujer les salga rentable.

Se inclina hacia mí y su fétido aliento me golpea la cara. En ese momento, decido pasar a la acción.

Enrosco la pierna alrededor de la suya y le clavo el talón en la corva con todas las fuerzas que soy capaz de reunir. Luego, ruedo hacia el lado para apartarme de él y me levanto de un salto.

—¡Joder!

Se estrella contra el suelo con un fuerte golpe que hace vibrar la tierra bajo mis pies. El aire escapa de sus pulmones en un silbido agónico.

El hombre se apoya sobre las palmas de las manos, pero antes de que pueda terminar de incorporarse, ataco. Le doy una patada en la nariz y me deleito con el crujido que emite al romperse. La sangre roja le empapa la cara y las gotas salpican el suelo. Cae de culo.

Antes de que intente recuperarse de nuevo, salto sobre él y le doy un rodillazo en la entrepierna para mantenerlo en el suelo. A continuación, lo inmovilizo y le acribillo con más golpes en la cara. No pretendo matarlo. Juego sucio, pero no así. Sin embargo, sí que me aseguraré de que no se levante.

Se me abre la piel de los nudillos bajo los callos y cicatrices y me gotea sangre entre los dedos enroscados. Por un momento, me deleito en el subidón de adrenalina que me proporciona el dolor y la lucidez que me confiere.

Acto seguido, le presiono la tráquea con el antebrazo hasta que empieza a ahogarse.

—… rindo…

Le doy una bofetada con la mano abierta. Solo por diversión, por añadir un toque dramático al empujarle el rostro hacia el lado.

—Más fuerte. Con ganas. Que te oigan hasta en el castillo.

—¡Me rindo!

La multitud empieza a mascullar, enfadada, cuando suelto al hombre y me levanto para limpiarme la sangre de la frente. El anfitrión de las peleas de esta noche, un hombre corpulento con un bigote poblado, me levanta el brazo por la muñeca y declara:

—¡Gana la Gata Callejera! El próximo combate comenzará en veinte minutos.

Las monedas viajan de unas manos a otras y los pocos que han tenido la sensatez de apostar sus platas por mí reciben su recompensa.

Siempre me sorprende ligeramente la cantidad de gente que apuesta por mis contrincantes a pesar de que la experiencia les haya demostrado con creces que no es lo más aconsejable.

Una toalla me golpea la cara, y cuando me la aparto veo a mi entrenador y vecino Igor evaluándome con una expresión inescrutable en su rostro curtido y bronceado. Me agacho para salir del cuadrilátero y me acerco a él con la palma de la mano hacia arriba.

—Siempre pensando en el dinero, ¿eh? —gruñe Igor.

—¿Yo? —Pestañeo y añado con voz dulce y aguda—: Una señorita refinada como yo nunca pensaría en algo tan vulgar como el dinero. Lo único que me importa es el té, los vestidos y los cotilleos.

—Cuidado, vas a hacer que se te abra de nuevo la herida de la frente. —Igor me coloca mis ganancias en la mano—. Bien hecho, niña. Aunque lo has alargado demasiado para mi gusto. Con esos gemidos lastimeros, deberías plantearte unirte al gremio de actores.

Me encojo de hombros mientras cuento las monedas y calculo rápidamente. Hoy he ganado ocho platas que me servirán para cubrir las medicinas de Madre de la botica durante las próximas dos semanas.

—Ya sabes que el público necesita albergar esperanzas, Igor. Es mucho más divertido para todos si creen que de veras tienen una oportunidad.

—Lo que haga falta para que consigas la victoria, niña. —Me pasa un odre de agua y lo vacío de un trago—. Davey está preparando un combate para Colbridge dentro de dos semanas. ¿Te acuerdas de ese cabrón escurridizo del año pasado? ¿Te apetece otra ronda?

Me crujo el cuello y busco a Lee en la estancia abarrotada. Incluso desde mi inusual estatura, es complicado ver por encima de tantas cabezas juntas.

—Por supuesto, siempre que te asegures de que las apuestas van en mi contra. La botica ha subido los precios. Al parecer, algunos de los ingredientes que necesitan crecen cerca del frente y se han vuelto más complicados de conseguir. La próxima vez, me gustaría ganar el doble que esta.

La arruga perpetua del ceño de Igor se vuelve más profunda. Es una persona de aspecto desdichado, lo ha sido desde que lo conozco y lo conozco de toda la vida.

Probablemente vaya a ofrecerme ayuda con los costes de las medicinas de Madre, algo que llevo años declinando. Todos pasamos por momentos difíciles, y no estoy dispuesta a quitarle a Igor comida del plato. Saldremos adelante, siempre lo hacemos.

En ese momento, un brazo cálido me rodea los hombros y me invade el olor a limpio del jabón de pino, un aroma familiar que me calma al instante. Me apoyo en el cuerpo duro de Lee y levanto la mirada hacia su rostro, hacia las líneas definidas de su mandíbula, cubierta por una barba incipiente, y hacia sus deslumbrantes ojos azul océano.

Nunca falta a mis combates, y la certeza de tener a mi lado a alguien en quien poder confiar y que me preste su apoyo incondicional por una vez en la vida no deja de maravillarme.

Lee me dirige una sonrisa traviesa que hace que se me tensen los muslos y levanta un saquito tintineante.

—Buen combate, gatita. Cómprale algo bonito a tu hermana por el día de su nombre de mi parte.

Desliza el saquito en mi bolsillo mientras me pongo de puntillas, le envuelvo el cuello con los brazos y acerco su cara a la mía, desesperada por tocarlo.

Antes de que pueda besarlo, oigo un carraspeo y levanto la mirada, con el cerebro embotado de deseo.

—Voy a hablar con Davey sobre el próximo combate —dice Igor moviéndose con torpeza—. Os dejo solos. Búscame antes de marcharte, Meryn.

Se da la vuelta para alejarse rápidamente y no puedo evitar que se me escape una carcajada.

—Pobre Igor, creo que lo hemos escandalizado.

Lee me dedica una sonrisa lánguida y me agarra las caderas con las manos de un modo que augura una oscura promesa. Acerca la boca a mi oído.

—Pues me alegro de que no pueda leerme el pensamiento —susurra con tal ardor que se me desboca el corazón—. No sería capaz de volver a mirarme.

Me acerco, pero, de repente, se arma revuelo. Un hombre desaliñado se abre paso a empujones entre la multitud.

Me fulmina con unos ojos amarillentos y desenfocados.

—¡Zorra! —El hombre arrastra la palabra mientras se tambalea hacia delante—. ¡Has amañado las apuestas, furcia asquerosa! ¡Sé que lo has hecho!

Me río.

—¿Besas a tu madre con esa boca?

Lee observa la situación con calma, aunque la diversión tira por un instante de las comisuras de sus labios.

El hombre se mete una mano en el bolsillo y saca un cuchillo, cuyo filo mal afilado reluce bajo la penumbra. Siempre hay algún miserable que no soporta verme ganar y que acaba perdiendo los estribos.

—¡Me has hecho perder mis últimas platas! Vas a pagar por ello.

Blande el arma hacia mí, pero antes de que pueda dar otro paso, entro en acción. Le doy una rápida patada en la muñeca y el cuchillo se resbala de su agarre. Lo atrapo antes de que pueda parpadear y se lo coloco justo debajo de la nuez en un movimiento veloz.

—Dime, ¿qué plan tenías? ¿Ibas a…? ¿Qué? ¿A enfrentarte a la persona que acaba de ganar una pelea brutal y multitudinaria con este patético cuchillo de mesa? ¿Pretendías intimidarme con esta arma extremadamente peligrosa que manejas con tanta destreza?

Aumento la presión del cuchillo sobre su cuello hasta que brota una delgada línea de sangre. El hombre hace una mueca. Me golpea el hedor de la orina y me doy cuenta de que se ha meado encima. Patético.

—Tienes lo que mereces por apostar contra una mujer. Y ahora lárgate de una puta vez. Si vuelvo a verte en alguno de mis combates, acabaré lo que he empezado.

El hombre me dirige una última mirada con los ojos desorbitados, pero da media vuelta y se escabulle entre la muchedumbre. Nadie se molesta en girarse para mirarlo, están demasiado ocupados preparándose para la próxima pelea.

—Puto idiota —murmura Lee entre dientes.

A continuación, su mano enorme busca la mía y nos abrimos paso entre la multitud. Tira de mí hasta llegar a un cúmulo de mesas y sillas que hay al fondo del almacén. Nos acomodamos y abre enseguida la mochila que ha traído con él para sacar un ungüento antiséptico y unas vendas.

Me acerca a él y me sujeta la barbilla con firmeza mientras me aplica esa crema que escuece en la frente, con más suavidad de la que ha tenido ningún hombre jamás al tocarme.

—Estate quieta, gatita —dice y la determinación de su voz no deja lugar a discusión—. Es una herida bastante fea.

Este ha sido nuestro ritual posterior a las peleas desde que empezó a venir hace un año. Yo me hago daño y él me cura. Tener a alguien que me cuide me gusta mucho más de lo que estoy dispuesta a admitir.

Nos conocimos en el mercado del Barrio Norte. Yo estaba yendo a recoger a Saela de la escuela cuando un caballo encabritado se escapó de su mercader. Iba directo hacia mi hermana pequeña y yo me encontraba demasiado lejos como para hacer algo. Por un momento, creí que iba a verla morir ante mis ojos sin poder hacer nada al respecto.

En ese instante, Lee saltó delante del animal con las manos extendidas en un gesto apaciguador y el caballo… paró. Consiguió calmar a la bestia y salvarle la vida a mi hermana.

Fui a darle las gracias y, en cuanto nuestras miradas se cruzaron, supe que sería suya. Hace falta un hombre único para domesticar a una bestia salvaje.

—¿Estás preocupado? ¿Es por el hombre que acaba de intentar atacarme? —pregunto. Está extrañamente callado.

Lee busca mi mirada con unos ojos profundos e inescrutables.

—Sé que la Gata puede defenderse sola. Pero me gustaría que acabaras las peleas antes. No es necesario que sufras este tipo de heridas. Algún día, Meryn… Algún día puede que te to­pes con alguien más astuto que tú. Puede que ni siquiera lo veas venir.

Me acaricia la mejilla suavemente con el dedo y me acurruco en su regazo, cada vez más cerca de él.

—Gracias —susurro junto a sus labios—. Por curarme. Por preocuparte por si me hago daño.

Lee entierra una mano en mi cabello oscuro para retenerme mientras estampa los labios contra los míos. Desliza la otra mano por mi espalda y tira de mí para acercarme aún más a su regazo, de manera que noto que se le está poniendo dura debajo de mí. Gimo en su boca ante esa sensación y se aparta sin dejar de desnudarme con la mirada.

—Ven a mi casa esta noche —dice. Es una petición, no una pregunta.

Lee vive solo en un piso pequeño en un edificio del Barrio Norte, aunque, como mensajero del castillo, solo reside ahí a tiempo parcial porque a menudo duerme algunas horas en los dormitorios del castillo entre encargo y encargo. Voy siempre que puedo, pero la condición de mi madre y el cuidado de Saela implican que no nos vemos con tanta frecuencia como nos gustaría.

Estoy a punto de aceptar cuando alguien me llama con voz grave:

—Meryn.

Igor se abre paso deprisa entre la multitud con una expresión tensa.

—Se está corriendo la voz muy rápido: dicen que ha habido otra desaparición en el Barrio Este.

Me da un vuelco el estómago. Me separo de inmediato de Lee y me levanto.

—¿Descripción?

—Una niña. De unos diez años. Dicen… Dicen que tiene el cabello oscuro y los ojos pardos.

«No».

Miro a Lee, pensando ya en la ruta más rápida para volver a casa.

—Ve —dice él enseguida, poniéndose de pie también—. Tienes que ir.

Asiento.

—Meryn —dice Igor—, podría ser cualquier niña.

Sin embargo, no me paro a escucharle. Ya me estoy abriendo paso a codazos entre la gente, con el corazón desbocado latiéndome a un ritmo frenético. Cuando abro la puerta del almacén de un empujón se me clavan astillas en las palmas de las manos y me golpea el siempre gélido aire de la noche. He salido tan deprisa que se me ha olvidado recoger mis cosas y ponerme el abrigo andrajoso, pero seguro que Igor me lo coge.

De todos modos, ¿quién necesita un abrigo cuando el pánico hace que te hierva la sangre?

Las calles del Sur, el barrio más alejado del castillo, parecen tan siniestras, oscuras y neblinosas como siempre. Los residentes no se molestan en gastar las pocas monedas que tienen en mantener encendidas las farolas. De todas formas, no pueden huir de la oscuridad de su vecindario; en esta zona, tienen las sombras caladas en los huesos.

El Barrio Sur es el sitio al que acudir cuando buscas algo ilícito, ilegal o inmoral. Y un par de farolas no podrían evitarlo.

Calculo rápidamente. El trayecto del Sur al Este dura al menos cuarenta y cinco minutos si sigues el camino principal que atraviesa el Barrio Central. Pero gracias a mis piernas largas y muscu­losas, soy más rápida. Y sé moverme entre los barrios de maneras que no sabrá nunca alguien de buena cuna.

Si voy por los callejones, puedo llegar en veinte minutos. O en quince, incluso.

Así que tomo una bocanada de aire reconfortante y echo a correr, pasando por delante de los almacenes en ruinas. Atravieso la plaza sucia del mercado del Sur y me meto por las callejuelas de los arrabales, por un vecindario que limita tanto con el Barrio Central como con el Este.

Aquí el aire huele a pobreza, e intento respirar por la boca para evitar el hedor de la gente sin lavar. A pesar de que el Barrio Sur es el más pobre, la situación en el Este no es mucho mejor. No se vive realmente bien en ninguna parte de la ciudad real de Hielormenta.

Sí que hemos oído rumores sobre la opulenta existencia de los vinculados. Estoy segura de que al menos ellos no tienen que preocuparse de que se lleven a los niños de sus camas en mitad de la noche.

«Saela».

Pensar en ella me impulsa y aumento la velocidad, a pesar de que me arden tanto los pulmones como las piernas. Conforme me acerco a la frontera entre el Central y el Este, distingo el castillo del rey Cyril cerniéndose sobre todo lo demás. La sólida estructura de piedra gris se alza con autoridad sobre la ciudad y sus muros iluminados irradian una luz intensa sobre las calles.

Me agacho por debajo de hileras de ropa tendida y salto sobre adoquines partidos, cada vez a mayor velocidad, corriendo a través de la frontera del Este hasta llegar a la plaza del mercado de nuestro barrio. Está más limpia que la del Barrio Sur porque la gente de nuestro vecindario sí que la utiliza.

Los gemidos lastimeros de una madre atraviesan el aire nocturno. «Diosa, por favor, que no sea ella».

Hay una multitud en mitad de la niebla. Corro hacia delante empujando a los ciudadanos reunidos hasta que llego al centro.

«Que no sea mi madre, que no sea mi madre».

La mujer del suelo levanta la cabeza con los ojos llorosos. Se trata de la señora Sawyer, una costurera que vive a pocas calles de nosotras. La rodean su marido y sus hijos mayores. Solloza de nuevo.

—Leesa —gimotea—. ¡Leesa!

Se me afloja el nudo del pecho, pero no desaparece.

Leesa Sawyer es una de las mejores amigas de Saela de la escuela primaria. Siempre me ruega que le enseñe a dar puñetazos, pero sé que a sus padres conservadores no les gustaría. Leesa es una niña de ojos brillantes, divertida e inteligente. O lo era. Ahora, Leesa solo es la última incorporación a la lista cada vez más larga de niños desaparecidos.

Y los rapiñadores nunca devuelven lo que se llevan.

Me alejo de la multitud e intento calmar la respiración, todavía errática después de la carrera. Acto seguido, me dirijo a casa. Todas las viviendas de la zona están hechas de un entramado de piedra y madera, y la nuestra no es una excepción, a pesar de que es más baja que las casas cercanas. Mi padre siempre decía que iba a añadir una segunda planta.

Evidentemente, nunca pudo construirla porque no volvió de la guerra.

Bajo por nuestra calle oscura. Mis pisadas resuenan entre los edificios de piedra. Me fijo en que las tejas de nuestro tejado parecen desgastadas. Otro día me encargaré de eso.

El interior está a oscuras, excepto por una única vela que arde en la repisa desnuda de la chimenea.

Mi madre camina de un lado a otro, con el cabello despeinado y salvaje. Murmura algo para sí misma mientras tira de su camisón roído por las polillas que lleva puesto del revés. Cuando me ve, se le iluminan los ojos con un reconocimiento horrible y vacío y me pregunto con qué desconocida estoy a punto de encontrarme.

Se me cae el alma a los pies. Cuando está así, no me reconoce. No reconoce a nadie, está perdida en un mundo creado por su propia mente. A veces, su locura tiene un lado dulce, amable y amoroso. Otras veces es violenta. Rompe las pocas pertenencias que tenemos y llega incluso a levantarnos la mano.

Cuando se pone así y yo no estoy en casa, Saela sabe que debe meterse en nuestra habitación y cerrar desde dentro. Yo soy la única que tiene llave.

—¡Lumina! —exclama mi madre con la voz quebrada por el dolor. Corre hasta mí y me agarra el brazo con tanta fuerza que me duele—. Ay, Lumina, hoy los gemelos se han portado fatal. Intentan encontrarte, pero no me hacen caso nunca, nunca, nunca…

—Madre, tranquila. —Le paso una mano por el pelo en un gesto cariñoso y tranquilizador. Lumina y los gemelos, quienesquiera que sean, son una de sus alucinaciones recurrentes—. Ven a la cama. Yo mantendré a los gemelos alejados de ti.

La acompaño a su habitación y la ayudo a tumbarse en el colchón lleno de bultos. A continuación, alcanzo el bote de medicamentos que tiene en la mesita, el que compro de la botica. Tanto el boticario como el médico dicen que ayuda con sus brotes y hay días que lo hace, pero a menudo me da la impresión de que no hay nada capaz de traerla de vuelta. Le doy una cucharada de ese líquido viscoso y la cubro con su manta áspera y demasiado delgada.

Se toma su dosis sin protestar y se le cierran los ojos prácticamente en cuanto apoya la cabeza sobre la almohada. Se me revuelve el estómago mientras la observo. Nunca se pasa el dolor de tener que drogar a tu propia madre para mantenerla tranquila. Al fin, su respiración se vuelve regular y voy a ver a Saela.

Como suponía, ha cerrado la puerta de nuestra habitación, así que abro con la llave y entro.

Mi hermana está acurrucada en su pequeña cama, durmiendo profundamente, con el cabello oscuro esparcido sobre la delgada almohada. Tiene diez años, casi once. La misma edad que Leesa Sawyer.

Cuando duerme, Saela se parece mucho a nuestro padre, al que nunca conoció. Tiene la misma barbilla obstinada y la misma nariz aguileña. Mis propios recuerdos de él se vuelven borrosos a medida que pasan los años, pero ella lo mantiene vivo en mi memoria.

Me siento a su lado en la cama y le paso el dorso del dedo por una de sus suaves mejillas.

—No dejaré que te pase nada —susurro con un feroz instinto protector ardiendo en mi pecho—. Te lo prometo.

Estoy harta de este puto terror nauseabundo que me revuelve el estómago. De vivir una vida en la que no me queda más remedio que aceptar que no tengo el control, que nuestros niños pueden desaparecer y que nadie hará nada al respecto.

Esta noche ha faltado muy poco.

Y, si nadie piensa detener esto… Bueno, pues tendré que hacerlo yo.

2

Hazlo otra vez —dice Igor en el entrenamiento de la tarde siguiente, impasible ante mi respiración laboriosa o la mancha de sudor que me empapa la túnica.

Lo miro a los ojos y gruño. Me observa con las cejas arqueadas y una sonrisa de medio lado.

—Otra vez —repite—. Ahora sin delatar tu próximo movimiento. Recuerda lo que te he enseñado.

Me enderezo intentando calmar la respiración. Me duelen los muslos un horror, ya cansados por el trabajo previo de la mañana que consiste en levantar incansablemente enormes cubos de agua en la lavandería en la que trabajo, un empleo que heredé de mi madre cuando dejó de presentarse hace once años.

No importa lo cansada que esté. Todo el mundo está cansado e Igor no acepta excusas. No las acepta en el cuadrilátero y mucho menos en este campo en el que me entrena.

Tiene razón: no puedo permitirme mostrar debilidad.

No si quiero seguir ganando. Y necesitamos esos ingresos extras.

Le doy una fuerte patada al muñeco de práctica e Igor gruñe a modo de aprobación. Es lo más cercano a un cumplido que puedo recibir en estas sesiones. Repito el movimiento dos, tres veces más por si acaso antes de volver a girar sobre las almohadillas de los pies y buscar un trapo con el que secarme el sudor de la cara.

El patio lateral de Igor es un caos absoluto de muñecos de práctica, pesas toscamente talladas para desarrollar los músculos y una pila de muebles destartalados. Sé que su esposa, Prina, desearía que dedicara su tiempo libre a arreglarlos en lugar de a entrenarme a mí.

—¿Estás bien, Gata Callejera? —pregunta quitándome el trapo—. Hoy pareces descentrada.

Lo miro con una ceja enarcada. Igor es tan perceptivo que resulta irritable, pero la verdad es que es más una figura paterna para mí que la madre que todavía tengo viva.

—No puedo dejar de pensar en Leesa Sawyer —le digo. La chispa de la ira de anoche sigue ardiendo en mi interior, esperando a prender fuego. Llevo todo el día reflexionando, cada vez más cerca de pasar a la acción.

Igor asiente y señala el muñeco de práctica para indicarme que siga mientras hablamos.

—Lo de la niña de los Sawyer es un duro golpe. Son una buena familia, buenas personas. He oído que sus padres se han pasado toda la noche despiertos buscándola —comenta mientras ataco con una rápida combinación de patadas y puñetazos—. Pero nunca he sabido de un niño que haya regresado después de desaparecer.

—¿Crees que está sucediendo con mayor frecuencia? Lo de los rapiñadores, quiero decir —puntualizo entre puñetazos.

Tienen un nombre tonto e infantil. Se lo pusieron los mismos niños que los temen. Casi cuesta tomárselo en serio cuando lo oyes, lo cual es parte del atractivo del nombre. Si puedes reírte de ellos, no parecen reales… Como si los rapiñadores no fueran más que una leyenda infantil.

Lamentablemente, suponen una amenaza demasiado real.

Llevan secuestrando a niños desde que yo estoy viva, tal vez incluso desde que empezó la guerra. Y todos sabemos quiénes son en realidad los rapiñadores.

Sifones, nuestros antiguos y monstruosos enemigos del país vecino de Astreona. Nos arrebatan a nuestros niños de las camas y se los llevan al otro lado de la frontera. Los convierten en bolsas vivientes de sangre, se alimentan de ellos, succionan su poderosa fuerza vital infantil hasta que acaban drenándolos y matándolos.

Se me revuelve el estómago al pensar en que estos vampiros inmortales y depravados van a ganar esta guerra a base de masacrar a nuestros inocentes.

—Podría ser —reflexiona Igor—. Sube más esa patada.

Sigo sus instrucciones y continúa el dolor de mis piernas.

—¿No es suficiente con que nuestros hijos, hijas y padres mueran a manos de los sifones en el frente? Deberíamos estar a salvo en nuestras casas, ¿verdad? ¿Qué piensa hacer el rey al respecto?

—No te creas que al rey le importamos una mierda, la verdad. Está demasiado centrado en la guerra que tiene lugar a leguas de aquí como para prestar atención a lo que está sucediendo en su propia ciudad delante de sus narices.

Gruño y doy un puñetazo.

—¿Acaso no está para eso el consejero de Hielormenta? Creía que se suponía que él tenía que gobernar la ciudad para que el rey no tenga que pensar en nosotros.

Igor resopla.

—No sé qué decirte, niña. Cada vez que sucede esto, las familias acuden a él. Ese hombre está lleno de promesas vacías. Nunca cambia nada.

Recupero el aliento y fulmino a Igor con la mirada.

—No lo soporto. Y voy a hacer algo al respecto.

Igor no cuestiona mi declaración ni me dice que soy una tonta por pensar que puedo cambiar algo. Sabe tan bien como yo que, si quieres que se haga algo en Hielormenta, tienes que hacerlo tú mismo.

En lugar de eso, se acerca tranquilamente a una de sus mesas llenas de trastos y despliega un rollo de tela. En el interior hay una docena de armas afiladas y relucientes.

—Te veo enfadada. ¿Cuchillos?

Se me escapa una carcajada.

—Sí. Y sí. Creía que nunca me lo preguntarías.

No usamos cuchillos en el combate cuerpo a cuerpo en la fosa, pero de todas formas Igor me está entrenando para lanzarlos. Dice que nunca se sabe cuándo vas a necesitar que alguien se cague en los pantalones tras lanzarle una daga a la cabeza.

—¿Qué tienes en mente? —pregunta mientras me dirijo a la mesa y elijo uno pequeño con un filo particularmente puntiagudo.

—Tú me enseñaste a defenderme —digo girándome hacia el objetivo que ha colocado en un extremo del jardín—. Los rapiñadores no podrían haberme atrapado, no sin resistencia, desde que me iniciaste. Quizá podamos enseñar también a los demás niños. Podría entrenarlos para que pudieran protegerse solos.

Lanzo el cuchillo, atraviesa el aire y golpea el borde del objetivo. No ha sido lo bastante bueno.

Igor bufa, se deja caer en su silla chirriante y observa el cielo cubierto de nubes que presagian lluvia.

—Tú ya llevabas el instinto de combate en tu interior. No hay muchos niños dispuestos a arrojarse a los brazos del peligro como hiciste tú.

—Como sigo haciendo, querrás decir —bromeo y oculto la oleada de recuerdos dolorosos detrás de la bravuconería.

Cuando mataron a mi padre, me quedé sola con doce años y con una madre embarazada y mentalmente enferma. Todo cambió de la noche a la mañana. Nació Saela y era una niña perfecta, buena y diminuta. Y yo era otra niña que quedó a su cargo.

Estaba enfadada con el mundo, buscaba pelea.

Me adentraba en los callejones y provocaba a chicos que me doblaban el tamaño para meterme en altercados y tener algo a lo que golpear. Para sentir algo que no fuera el dolor vacío y eterno de mi pecho.

Con el tiempo, Igor se cansó de ver cómo le daban palizas a su pequeña vecina. Se presentó en el callejón de detrás de nuestras casas, me agarró por el cuello de la camisa y me arrastró siseando y escupiendo hasta su cocina.

Me sentó en una silla destartalada y dijo:

—¿Estás intentando que te maten, niña? Bueno, si vas a seguir merodeando por ahí y comportándote como una gata callejera, tienes que aprender a luchar como tal. Acompáñame.

Igor me guio hasta su patio y empezó a entrenarme. Ese día y todos los que lo siguieron. Me ayudó a afinar mi ira, que pasó de salvaje a cruel y refinada.

Peligrosa.

Y cuando los chicos del barrio comenzaron a mirarme con miedo, Igor me ayudó a encontrar una nueva salida saludable para mi rabia. Sigo incitando a hombres que me doblan el tamaño a luchar contra mí, pero ahora me pagan por ello.

Recupero el cuchillo del objetivo y me vuelvo hacia él.

—Tienes razón, yo soy diferente. Pero no hace falta que todos se conviertan en profesionales. Si esos niños supieran unos simples trucos, los suficientes para ganar tiempo y hacer algo de ruido, obtener ayuda…

—No creas que con eso te librarás de entrenar conmigo —advierte Igor y comprendo que le ha gustado la idea.

—No, nunca te negaría el placer de darme órdenes —bromeo y me lanza un cuchillo que esquivo fácilmente entre risas.

Tras salir de casa de Igor a última hora de la tarde, me dirijo hacia el oeste, al pudiente Barrio Central, para recoger a Saela de la escuela mientras me abro paso entre las calles abarrotadas. El sol poniente se deja ver entre las nubes de vez en cuando y proyecta reflejos rojizos en las ventanas mientras paso por delante de casas y tiendas.

Antes, Saela iba a la escuela primaria de nuestro barrio, pero siempre era la primera de la clase y el año pasado su profesora le recomendó que fuera a una escuela secundaria más avanzada en el Barrio Central.

No es práctico y vale dinero. No es mucho, aunque todo es demasiado últimamente. Sin embargo, ese sacrificio vale la pena por mi hermana. Ella no tendrá que abandonar la escuela ni dejarse la piel trabajando para mantenerse con vida como tantos otros niños.

En un mundo lleno de callejones sin salida, pienso asegurarme de que ella tenga opciones.

Saela y yo somos muy diferentes. Ella es aplicada y estudiosa. Optimista. Inocente. Tiene la lengua afilada, lo cual es en gran parte mérito mío, pero ¿todo lo demás? Debe de haberlo heredado de nuestro padre, porque simplemente salió así.

Cuando llego, está sola delante del edificio, con el cabello oscuro trenzado por la espalda y una mirada molesta.

—Otra vez tarde —comenta Saela mirándome con intención.

—Lo siento, pequeña —respondo pasándole el brazo por los hombros—. Supongo que vas a tener que aceptar que a tu hermana mayor no se le da nada bien gestionar el tiempo. ¿Qué tal las clases hoy?

—Han estado bien —responde con un tono cortante, claramente con la cabeza en otra parte.

—¿Bien? —repito—. Bueno, si pagamos tanto dinero solo para que vaya «bien», quizá deberíamos cambiarte de nuevo a la escuela del Este y…

—Meryn —interrumpe, molesta.

Levanto las manos.

—Lo siento. Pero, en serio, ¿qué pasa?

Saela suspira mientras bajamos por la calle adoquinada, rumbo a la zona más transitada que lleva al Mercado Central.

—Hoy en clase de Historia hemos estado hablando de la guerra con Astreona.

—Ah —contesto—. ¿Cosas de sifones?

Asiente con los labios apretados en una fina línea. Cuando era pequeña, Saela tuvo pesadillas horribles sobre los sifones durante una buena temporada. Aunque no llegó a conocer a nuestro padre, su muerte marcó su infancia y dio forma a cada aspecto de su existencia.

—Algunos niños estaban hablando de cómo los sifones se alimentan de humanos corrientes, les chupan la sangre para mantenerse con vida y parecía que pensaban…, no sé, que era algo guay. —Tiene el rostro rojo de ira—. Yo no creo que sea nada guay —añade en voz baja.

Le estrecho el brazo alrededor de los hombros.

—¿Sabes? Estoy segura de que no eres la única de la clase que ha perdido a un padre o a un ser querido en la guerra. Seguro que había más niños que se han sentido igual.

Asiente.

—La mitad. Pero el profesor ha dado a entender que… —Saela se detiene en seco y me mira con la preocupación reflejada en sus ojos ambarinos—. ¿Estamos perdiendo?

—La verdad es que no lo sé —admito con sinceridad.

La guerra lleva en marcha quinientos años, pero entre nuestros vinculados con sus huargos y la fuerza de los sifones de Astreona, es raro que uno de los bandos le gane terreno al otro. Y todos sabemos lo que sucedería si Astreona ganara: los sifones perseguirían hasta el último humano que quedara con vida y acabarían con nosotros.

—Pero aquí, en Hielormenta, estamos lo más lejos del frente que se puede estar en toda Nocturna. Si estás a salvo en algún sitio, es aquí.

Las palabras me saben a polvo en la boca. Tanto ella como yo sabemos que es mentira, anoche mismo secuestraron a una de sus amigas.

—Ven —le digo mientras retiro el brazo de sus hombros y le cojo la mano para tirar de ella hacia el mercado—. Sé exactamente lo que podría animarte.

A pesar de que cada barrio tiene su propia plaza del mercado, la del Central es el área de comercio más grande de toda la ciudad, llena de todo tipo de establecimientos, desde pescaderías y panaderías hasta tiendas de perfumes de especialidad. Antes había incluso una joyería, pero eso fue hace décadas, antes de que todos tuviéramos que aportar ingresos extras a la guerra en nombre del patriotismo.

A Saela y a mí nos gusta hacer ruta de escaparates de camino a casa; es nuestro ritual diario. Soñamos con los dulces que nos compraríamos si pudiéramos.

Vamos derechitas a nuestro escaparate favorito, la Pastelería de Diersing. Saela suspira al contemplar el expositor de la panadería y señala un pastel reluciente cubierto de frutas de un morado intenso.

—Creo que me compraría uno de esos pasteles de ciruela.

—Anotado —contesto pensando una vez más en su próximo día del nombre.

Será una sorpresa agradable y tengo las platas que me dio Lee anoche después del combate. Me sonrojo al pensar en él y en cómo se interrumpió nuestra noche. Por suerte, volverá del castillo en un par de días y podré verlo otra vez.

Antes de que pueda comentar cuál sería mi pedido fantástico a la panadería, se oye un estrépito detrás de nosotras. Saela y yo nos damos la vuelta al mismo tiempo. La multitud se ha colocado alrededor de la plaza.

—¿Qué pasa? —pregunto a un hombre cercano.

—Vinculados —responde—. Pasarán montando.

¿Qué? ¿Por qué iban a pasar por aquí los vinculados?

Los vinculados son la mayor fuerza de élite del rey, soldados que tienen vínculos mentales con huargos temibles y gigantescos. Pueden montar en ellos para adentrarse en la batalla y los rumores dicen que los jinetes pueden usar incluso la magia que poseen los lobos.

Es raro que pongan un pie en la parte plebeya de Hielormenta, salvo cuando van o vienen del frente. Pero incluso en esos momentos, suelen moverse por los límites. Su parte de la ciudad está al otro lado del castillo, bordeando la cordillera de la que provienen sus temibles huargos.

Saela me observa con los ojos brillantes de emoción.

—¿Podemos ir a mirar?

Está obsesionada con la idea de los vinculados. Y no puedo culparla, ¿guerreros buenorros sobre bestias místicas haciendo uso de una magia misteriosa? Es intrigante si dejamos de lado el clasismo extremo.

Suspiro y la cojo de la mano. Haría cualquier cosa por ver sonreír a esta niña.

—Vale, pero quédate a mi lado.

La arrastro detrás de mí entre la multitud, y me abro paso a codazos hasta llegar al frente de la plaza.

La muchedumbre calla cuando los vinculados salen de uno de los callejones que lleva a la plaza. Aquí las calles son estrechas, no tienen el tamaño adecuado para los huargos que montan, así que se ven aún más grandes.

La gente idolatra a los vinculados tanto como los detesta. Técnicamente, cualquiera puede convertirse en vinculado. Todos los reclutas del ejército de Nocturna están obligados a participar en las Pruebas de Vinculación que tienen lugar cuando los huargos tienen crías suficientes para vincularse en masa.

Sin embargo, todo el mundo sabe que los huargos eligen casi en exclusiva a gente proveniente de familias vinculadas. El privilegio atrae el privilegio en un ciclo sin fin.

No hay nada mágico en los propios jinetes, pero tras tantas generaciones de selección natural, tienen un aspecto diferente al resto de nosotros.

Altos. Hermosos. Máquinas de combate perfectas.

Hoy son cuatro, todos con trajes de montar negros. Una mujer de rostro severo y piel oscura sobre un huargo plateado lidera la comitiva, seguida por un hombre pálido con una mata de pelo rubio sobre un lobo de pelaje leonado y una mujer mayor de piel aceitunada sobre un huargo gris.

Apenas me fijo en el cuarto huargo y su jinete… Estoy demasiado ocupada mirando boquiabierta lo que arrastran tras ellos.

O… a quién.

Los jadeos recorren la multitud mientras los presentes retroceden, horrorizados.

Es un hombre plebeyo, atado de pies y manos, que se va golpeando contra los adoquines. Tiene el rostro cubierto de sangre y magulladuras, pero no se resiste a sus grilletes. Parece resignado. Se ha rendido.

La rabia me enciende la sangre. «¿Cómo se atreven?».

Los huargos y sus jinetes llegan al centro de la plaza justo cuando me quedo sin aire.

Conozco a ese hombre. Es el idiota que me amenazó anoche tras el combate.

Desvío la mirada de nuevo al huargo que lo arrastra. Decir que es enorme sería quedarme corta… Esa criatura es fácilmente más alta que los caballos más preparados para la batalla que monta la gente común en el ejército. Su pelaje es negro como la medianoche y luce una mirada salvaje y sanguinaria. Deja entrever unos dientes más afilados que cualquier daga.

Su jinete lo iguala en ferocidad. Está cerca de los treinta, con la piel marrón claro y el cabello oscuro despeinado con un mechón rojo sangre. Igual que todos los vinculados que he visto, es innegablemente guapo, con unos ojos de color marrón oscuro y una barba que le enmarca la mandíbula cincelada. No obstante…

Se me acelera el corazón al ver los tatuajes que le cubren el cuello y las manos por completo. No hay muchas cosas capaces de asustarme, pero ¿esto? Mi instinto animal de supervivencia me grita: «Corre. Peligro».

Incluso los plebeyos sabemos qué es eso. Tatuajes de muerte.

Que alguien esté cubierto por completo de ellos…

Habrá matado fácilmente a miles de personas. Tal vez incluso más.

«Monstruo». Ese tipo es una puta máquina de matar psicópata.

Deslizo la mirada hacia su rostro y el estómago me da un vuelco cuando hago contacto visual con él. El vinculado prácticamente me gruñe desde la distancia y curva los labios en una mueca de desprecio. Tal vez el miedo que me provoca se refleje en mi rostro. Aparto la mirada.

Irradia oleadas de poder. Quienquiera que sea, es alguien importante en las fuerzas del rey. Sería impresionante para alguien tan joven como él… si no fuera de lo más aterrador.

El vinculado baja de un salto de su feroz huargo con una elegancia experta. Para su enorme tamaño, se mueve como si estuviera en el agua. Con dos pasos, llega hasta el hombre atado al lomo de su huargo.

Lo levanta del suelo con una mano, haciendo gala de una fuerza inhumana. Puede que esté usando la magia del huargo.

—Este hombre es un desertor del frente —declara el jinete con una voz ronca y profunda que resuena sobre la audiencia silenciosa—. El rey considera una grave ofensa que alguien abandone a sus camaradas de armas. ¿Niegas los cargos?

—No —farfulla el hombre entre sus labios partidos.

—Lo hemos traído hoy aquí para asegurarnos de que todos los ciudadanos de Hielormenta sean conscientes de lo que les sucede a los cobardes.

Levanta aún más al hombre y comprendo lo que está a punto de suceder. No les tengo ningún cariño a los desertores, y mucho menos a este mierdecilla. Pero mi hermana no puede ser testigo de esto.

—Tápate los oídos —le susurro rápidamente a Saela, quien obedece. Deslizo las manos sobre sus ojos y estrecho su cuerpo cálido y pequeño contra el mío.

El jinete saca una daga con la mano libre y destripa al hombre desde el ombligo hasta el cuello. Me estremezco al oír el eco de sus gritos angustiados, que rebotan en los edificios que rodean la plaza. A continuación, mientras la multitud observa horrorizada, el vinculado mete la mano en el vientre del desertor y le arranca las entrañas. No entiendo cómo, pero todavía no está muerto, sino que gorgotea de dolor. Le brota sangre de la boca y le gotea por la barbilla.

El vinculado lanza al desertor hacia su huargo, quien lo atrapa en el aire con sus poderosas fauces. La criatura lo escupe al suelo y luego vuelve a morderlo por el cuello y lo sacude un par de veces. El hombre —el cuerpo, más bien— ha dejado de moverse.

El animal se da un festín con él con el hocico cubierto de sangre.

Me obligo a mirar todo lo que puedo, decidida a grabar esa imagen en mi mente para recordarla el resto de mi vida.

Para no olvidar lo despiadados que son los vinculados y lo injusto que es el juego de la vida para los demás.

Al final, la imagen me revuelve el estómago y acabo apartando la mirada, solo para volver a establecer contacto con ese vinculado maniaco y cruel. Me está mirando, evaluándome. Me pregunto si le pone hacer que la gente se encoja de miedo y dolor. Si acaso esto le resulta divertido.

Levanto un poco más la barbilla. «No me das miedo, imbécil», le digo mentalmente a pesar de que me tiemblan las manos y de que su violencia descarada e impasible me remueve hasta la médula.

No hay rastro de emoción en sus ojos oscuros. Ninguno.

Puede que los sifones sean el enemigo, pero estoy convencida de que este hombre es la representación del verdadero rostro del mal.

3

Igor y yo hemos podido reunir a una docena de amigos y vecinos de Saela para entrenar, lo cual es un buen comienzo. En pocos días, hemos establecido un horario y nos reunimos después de clase en cuanto llevo a Saela a casa.

Me estremezco de compasión al ver a un niño unos años menor que mi hermana caer de bruces contra el suelo. Ese tipo de caídas duelen, pero por supuesto no son graves para un cuerpo tan joven. Se levanta de un salto como una liebre, sonriendo, con ganas de hacerlo de nuevo.

Y solo se están recuperando de los golpes del entrenamiento, no después de lo de anoche.

—¿Cuál fue? —pregunta Igor, que se acerca a mí para hablar en voz baja.

—Ese… Timun. El chico desgarbado —indico. Timun tiene doce años y acaba de dar otro estirón. Parece no estar seguro de dónde empieza y termina su cuerpo.

Anoche, un rapiñador intentó llevárselo, pero opuso resistencia. Usó un pequeño cuchillo de trinchar que guarda junto al colchón, además de algunos de los trucos que le hemos enseñado.

Su madre lo ha traído corriendo esta mañana a mi casa para que me lo contara él en persona. No creo haberme sentido nunca tan eufórica como cuando he visto la inmensa gratitud que se reflejaba en el rostro de la señora Sulvan, consciente de que he salvado a su hijo.

—Deberías estar orgullosa —murmura Igor y me sonrojo.

—Pero no pudo verle la cara al desgraciado —comento con pesar—. Parece ser que estaba oscuro y tenía el rostro cubierto…

—Ya… —contesta Igor y ambos nos quedamos en silencio observando a Timun. Se revuelca alegre en la tierra con otros dos chicos, con el trauma de la noche anterior aparentemente olvidado.

—Esto se te da bastante bien, jovencita —gruñe por fin Igor. Me quedo sin palabras, desconcertada ante el inusual cumplido—. ¿Sabes? Podrías plantearte cobrar por esto.

—¿A estos niños? Sus padres apenas tienen dinero para comprarles ropa nueva cuando la vieja se les queda pequeña.

Igor ríe.

—No, pensaba más bien en el Barrio Norte, donde los padres pueden ahorrar unas monedas. —Se toma una pausa para reflexionar—. Incluso en esas zonas más prósperas de la ciudad, la situación se ha vuelto complicada. Seguro que los padres estarían interesados en que sus hijos aprendieran algo de autodefensa.

Se aparta de la valla y se estira. Oigo los crujidos de su espalda y su cuello a medida que los mueve.

—En fin, deberías pensártelo. Así tal vez podrías huir del calor y el vapor de la lavandería.

Es una idea. Asiento y me vuelvo para llamar a los niños.

—Vale, buen trabajo hoy —les digo cuando forman un círculo a mi alrededor. Me observan con sus caritas atentas—. Veo que habéis estado practicando lo que aprendimos la última vez.

Me tomo una pausa para observar al puñado de niños reunidos en el lamentable patio de ejercicios de la escuela. La mayoría están demasiado delgados, les vendría bien una comida extra. O tres. No obstante, abundan las señales de cariño de sus padres en forma de detalles cosidos en la ropa, como el parche en forma de corazón que lleva Sami, una pequeña de seis años, en la rodilla izquierda de los pantalones.

Le hago un gesto a Saela para que pase delante y anuncio:

—Vamos a hacer una demostración de algunos movimientos nuevos que podéis usar si un atacante os agarra por detrás.

Saela da un paso adelante con orgullo y los hombros echados hacia atrás. Sonrío al ver su confianza.

—¿Preparada para mostrar lo que hemos practicado? —murmuro en voz baja para que solo ella pueda oírme.

—Nací preparada —resopla Saela poniendo los ojos en blanco.

—Observad todos atentamente —indico.

Saela y yo retrocedemos unos pasos para asegurarnos de que todo el mundo pueda vernos. Me coloco detrás de ella y me abalanzo con rapidez hacia delante. La agarro y rodeo su delgado torso con mis largos brazos, de manera que los suyos quedan inmovilizados. Titubea durante un solo instante, pero luego ejecuta los movimientos que hemos estado practicando en casa los últimos días.

Se afloja bajo mis manos y se convierte en un peso muerto contra mi pecho. A continuación, se desliza hacia abajo y tengo que reforzar el agarre para mantenerla atrapada, lo cual le proporciona unos preciosos segundos para maniobrar.

Me da un pisotón en los dedos de los pies con el tacón de la bota algo más fuerte de lo que sería necesario para la demostración. Mi aullido de dolor resulta muy convincente.

En cuanto ve que estoy distraída por el dolor, empuja los brazos lejos de su cuerpo, lo cual afloja mi agarre y le permite deslizarse bajo el círculo de mis brazos, tras lo que finge escapar mientras los niños vitorean.

—Eso ha estado genial, Sae —alabo y me agacho para frotarme los dedos del pie por encima de la bota—. Quizá un poco más impresionante de lo necesario.

Saela ríe.

—Vale, ¿habéis visto todos cómo ha usado su tamaño reducido en mi contra? —Todos asienten y parece que la mayoría ha comprendido los principios básicos—. A veces ser pequeño puede resultar útil. Vuestro atacante esperará que seáis débiles, no que contraataquéis. O también podéis fingir debilidad.

—¡Como haces tú en el cuadrilátero! —exclama entusiasmado uno de los adolescentes.

Lo miro fingiendo severidad.

—No lo dices porque lo hayas visto, ¿verdad?

Se oyen más risitas entre los niños. Los combates no son lugar para ellos, pero eso no impide que algunos de los padres más agresivos lleven a sus hijos desde lo que es, en mi opinión, una edad demasiado temprana.

—¡Os toca!

Los divido en grupos de tres y me aseguro de asociarlos con compañeros diferentes a los de la ronda anterior. Los tengo practicando hasta que el sol se hunde por el horizonte. Si los retuviera mucho más, se perderían la cena en casa y ninguno puede permitirse saltarse una comida.

Al terminar, rodeo los hombros de Saela con el brazo mientras volvemos juntas a casa. Me cuenta cómo le ha ido el día y me habla de un ratón que se ha colado en su clase de Matemáticas. Sin embargo, me cuesta centrarme en sus palabras porque la idea de Igor no deja de darme vueltas por la cabeza.

¿Podría estar en lo cierto? ¿Acaso mis habilidades en el combate podrían llevarme a algo más que a un desagradable hábito nocturno que me deja magullada y ensangrentada? ¿Podrían suponer mi billete de salida de este barrio empobrecido?

Esa misma semana, unos días después, vuelvo corriendo del entrenamiento para preparar la casa para la visita de Lee. Hace unos meses que empezó a venir cada dos semanas, cuando la salud de mi madre empeoró y dejé de sentirme cómoda con que Saela se quedara sola con ella por las noches.

Ahora nuestras citas quincenales —con mi familia presente— son una de las pocas ocasiones en las que nos vemos, aparte de en mis combates.

No obstante, antes de que llegue a casa, veo a Lee doblar la esquina hacia mi calle y me tomo un momento solo para… contemplarlo.

Es unos años mayor que yo y más alto, algo que agradezco como mujer alta, y musculoso de una forma esbelta. Esta noche no lleva el uniforme de mensajero, sino una túnica azul debajo del abrigo que destaca la profundidad de sus ojos azules. La antorcha de la esquina dibuja el contorno de su rostro y admiro sin pudor la línea marcada de su mandíbula y sus pómulos.

Lee me ve observándolo y sonríe. La curva de sus labios carnosos me enciende las entrañas. Es tan guapo.

—He traído pan de ese que le gustó a tu madre la última vez —dice a modo de saludo y me pasa la bolsa cuando se acerca. Sigue caliente.

—Gracias —digo conmovida por ese gesto pequeño, pero tan considerado—. Sobre mi madre quería decirte que…

La visita al médico de esta semana ha sido la peor hasta el momento. Mi descripción de su comportamiento reciente lo ha preocupado claramente. Además, mi madre parecía estar en otra parte todo lo que duró la visita, ausente y divagando. Pero el hombre no podía hacer nada, dijo que ya le estábamos dando la dosis máxima del medicamento.

Tengo que mentalizarme para un futuro en el que esté siempre así.

Lee me observa con paciencia, esperando a que continúe.

—Últimamente, ha estado bastante mal —concluyo con debilidad, sin querer profundizar en los detalles de sus últimas alucinaciones.

—Lo siento mucho, Meryn —dice Lee en voz baja—. Sé que debe de ser muy duro ver así a tu madre.

Lo envuelvo con los brazos, cierro los ojos y apoyo la frente en su hombro, buscando consuelo en su sólida calidez. Nunca ha juzgado la situación de mi familia; es uno de los motivos por los que lo quiero tanto. Levanta una mano para apartarme el pelo y noto su aliento cálido en el cuello.

Me mordisquea la piel ligeramente y yo me estremezco y me acerco a él con el calor acumulado en mi bajo vientre.

—Si sigues haciendo eso, no llegaremos a la cena —murmuro con voz ronca.

Suspira con aire dramático y se aparta, aunque sube la mano para colocarme el pelo detrás de la oreja.

—Tú verás. —Señala mi puerta—. Después de ti.

Cuando abro, me quedo un momento sobresaltada, poco acostumbrada a la escena que tengo delante: mi madre está cocinando. Algo que no ha hecho en… no recuerdo ni cuánto.

Arqueo las cejas y miro a Saela, quien está sentada ante la mesa de la cocina dibujando una fila de figuras en su pizarra. Recuerdo que me comentó que mañana tenía examen.

Mi hermana sonríe y se encoge de hombros.

—¡Madre! —Me inclino para darle un beso en la mejilla y me devuelve una sonrisa.

—¿A qué viene eso, cielo?

—A nada. —Trago saliva—. Es solo que… esa cena huele muy bien, madre.

De repente, me doy cuenta. Es tan raro verla lúcida últimamente que me resulta extraño. Incorrecto. Noto una presión en el pecho y me vuelvo hacia Lee para distraerme.

—Dame ese pan —digo con voz ronca—. Vamos a cortarlo. Irá perfecto con…

Me dirijo de nuevo hacia mi madre y le pregunto con la mirada.

—La cena preferida de tu padre… El estofado de pescado que siempre pedía.

Mi madre sigue removiendo la fragante olla con calma, ajena al silencio que se forma en la estancia por un momento, mientras Saela y yo saboreamos y asimilamos la extraña mención a nuestro padre.

Lee pasa la mirada de la una a la otra y se dirige hacia la encimera. Coge un cuchillo y saca la hogaza recién hecha de la bolsa.

—Meryn, siéntate.

Me dejo caer en la silla junto a Saela con los pies doloridos. He estado prácticamente todo el día de pie. Cierro los ojos para disfrutar de los olores de la cocina, del calor de los fogones y de la chimenea al fondo de la estancia.

Saela me da un golpe en la frente con la tiza.

—Despierta, hermana.

Me río, me giro hacia ella y le cojo la pizarra para ver en qué está trabajando. Hablamos de lo que está estudiando en la escuela, pero solo la escucho a medias porque estoy pendiente de mi madre y Lee, que trabajan codo con codo.

Se me enternece el corazón, pero acto seguido me da un brinco. Es demasiado normal.

Intento ignorar la certeza de que no puede durar y limitarme a disfrutar de la comodidad.

En cuanto nos sentamos a la mesa, Saela empieza a hacerle preguntas a Lee sobre la Ciudad Vinculada, el vecindario que queda al otro lado del castillo en el que solo viven los vinculados y sus familias. Los vinculados que vimos por las calles esta semana parecen haber despertado el interés de Saela.

Está untando mantequilla en el pan que ha traído Lee, pero no aparta la vista de él.

—Entonces ¿la has visto? ¿La Ciudad Vinculada?

—Sí, desde lejos, pero se puede ver la mayor parte desde las plantas superiores del castillo. —Sonríe al comprobar la expresión maravillada de mi hermana.

—¿Cómo es? —Apoya la barbilla en las manos para escucharlo, cautivada por sus palabras.

—Bueno, para empezar, es evidente que está hecha para los vinculados y sus huargos. Las calles son más anchas para que los animales puedan cruzarse con facilidad sin tener que rozarse y despeinarse. —Se inclina y le alborota el pelo a Saela para ilustrarlo.

—¿Se ven los lobos desde el castillo? —pregunta con entusiasmo. Está demasiado absorta para molestarse porque la trate como una niña.

—A veces —confirma Lee—. Y una vez vi a un cachorro de huargo, aunque no te lo creas. ¡Hasta los más pequeños son enormes! Suelen mantenerlos alejados del núcleo de la ciudad porque a esa edad son muy juguetones y no se dan cuenta del daño que pueden llegar a causar. Piensa en un animal bebé casi del tamaño de un caballo.

Saela jadea.

—¡Seguro que los cachorros son muy monos!

Lee me mira poniendo los ojos en blanco y me río.

—Creo que no entiende lo de que son unos monstruos peligrosos con unos colmillos tan largos como esta cuchara —finge susurrar levantando los cubiertos para demostrarlo.

Mi madre está dejando los cuencos de estofado delante de cada uno cuando empieza a transformarse. Algo cambia en sus ojos, adquiere esa mirada vidriosa que tanto detesto. El cuenco que tiene en las manos se tambalea y caen trozos de verdura y caldo al suelo. Para mi horror, está mirando a Lee cuando empieza a balbucear.

Le quito el cuenco antes de que se derrame más y lo dejo sobre la mesa.

—Nocturna está atrapada —sisea y el veneno de su voz hace que se me erice la piel—. Él está atrapado y, cuando escape, partirá el mundo en dos.

Madre se lanza hacia Lee y tira de su túnica. La ha visto antes con alucinaciones, pero nunca dirigidas a él. Una sombra de violencia atraviesa el rostro de mi madre.

Todo era perfecto, así que, por supuesto, no podía durar. Estos momentos ya no deberían sorprenderme, pero, aun así, lo hacen. Me había permitido albergar esperanzas. Noto un calor ardiente detrás de los ojos.

—Madre —digo intentando recuperar su atención y tranquilizarla. Por la Diosa, ¿qué debe de estar pensando Lee? Cada vez está más alterada.

—Y tú —añade volviéndose hacia mí con los ojos desorbitados—. No estás donde tienes que estar.

Levanta una mano con la intención de golpearme, pero le agarro la muñeca en el aire y la sostengo con fuerza. El brazalete de compromiso de plata que le regaló mi padre, el que no se ha quitado nunca, se desliza por su delgado brazo. Se retuerce mientras intento contenerla por completo.

—Lo siento —murmuro para Lee con las mejillas ardiendo. No puedo mirarlo, no soporto ver el horror que seguro que se refleja en su rostro ahora mismo—. Vuelvo enseguida.

Entonces, medio guiándola, medio empujándola, saco a mi madre de la habitación.

—¡Maldita seas! ¿Me estás escuchando?

Mi madre sigue protestando mientras me la llevo.

Detrás de mí, oigo que Saela se levanta para coger un trapo y limpiar el suelo. Me da miedo girarme y ver la expresión de Lee. Siempre ha sido muy comprensivo con la salud de mi madre, pero nunca la había visto en este estado.

La guío a través del corto pasillo hasta la habitación y, por suerte, se mete en la cama sin oponer resistencia. Se desliza entre las sábanas, totalmente carente de expresión.

—Madre… —empiezo, pero callo porque no sé qué decir a continuación que pueda tener algún sentido—. Toma. Aquí tienes la medicina —digo finalmente mientras cojo el frasco del taburete que tiene al lado de la cama y que le sirve como mesita de noche.

Ese jarabe viscoso tiene un olor repugnante, amargo y penetrante. No me imagino a qué debe de saber, pero mi madre se toma obediente la cucharada que le ofrezco y se da la vuelta hacia la pared después de tragar, sin dejar de murmurar nombres y maldiciones en voz baja.

Me siento con lentitud en el colchón a su lado y hago una mueca al notar los bultos. Tendríamos que haberlo reemplazado hace mucho, pero no teníamos platas suficientes.

Levanto la mano despacio y le acaricio el brazo. Repito el gesto hasta que se serena y se le estabiliza la respiración.

Intento calmar también la mía al mismo tiempo mientras me repito una y otra vez que no puede evitarlo, que ella no ha elegido estar así. Algunos días necesito recordarlo… y este es uno de los momentos en los que más falta me hace.

Más que nada, siento una punzada en el pecho al reconocer lo tonta que he sido por esperar que pudiera ser una velada «normal».

Ahora esta es nuestra normalidad.

Apago la luz y salgo de puntillas porque no quiero despertarla. Espero que siga dormida y que nos deje en paz el resto de la noche. En este momento, me odio por desear que mi madre se mantenga alejada, pero descarto ese sentimiento.

Asomo la cabeza antes de volver a la estancia principal. Veo que Saela y Lee han abandonado el estofado sobre la mesa y lo han dejado a medio comer. Han juntado dos sillas y Lee le está leyendo una leyenda sobre dioses con mal de amores. Ella se ha acurrucado bajo el confort de su brazo y disfruta de la historia.

Me quedo apoyada en el marco de la puerta, observándolos durante unos minutos. Los ojos de Lee encuentran los míos y su mirada me lo dice todo: no va a huir de nosotras, ni siquiera después del numerito que acaba de presenciar.

Noto alivio cuando se me afloja la tensión del pecho y atravieso la estancia para sentarme en el suelo junto a sus pies.

—A Meryn le sale muy bien la voz de la Diosa —dice Saela con orgullo—. Meryn, lee tú la próxima parte.

—Vale, pero solo un capítulo más. Luego tienes que seguir estudiando y acostarte —digo y me río cuando gruñe—. La Diosa estaba encerrada en la torre y nadie sabía que estaba ahí —empiezo y las palabras de la historia favorita de Saela me resultan familiares—. Sabía que, si quería escapar, tendría que encontrar un modo de hacerlo por sí sola…

Cuando Saela se ha acostado, acompaño fuera a Lee para desearle buenas noches y se vuelve hacia mí con expresión seria. Le caen copos de nieve sobre el ceño fruncido.

—Meryn, ¿con qué frecuencia sucede esto?

Suspiro y apoyo la cabeza en su pecho mientras él me recorre los brazos con las manos.

—¿Las alucinaciones? Todos los días.

Lee tensa las manos alrededor de mis bíceps y lo miro a los ojos.

—No hablo de las alucinaciones y lo sabes.

Trago saliva y desvío la mirada. La mujer esa…, la que ha intentado agredirme…, no era mi madre. He sido sincera con Lee sobre sus problemas y los ha visto en primera persona unas cuantas veces, pero nunca le había hablado de las ocasiones en las que se pone violenta. Expresarlo en voz alta me parecía una traición para la madre que conocí.

Puede que sea el momento de aceptar que esa madre ya no está.

Y luego está esa otra cosa que le he estado ocultando, lo que me tortura en sueños. El hecho de que mi abuela también sufrió esta locura, y su madre antes que ella. La demencia me corre por las venas, acecha en las sombras, esperando a arrastrarme a sus profundidades.

—Como has visto, lo tengo todo bajo control —murmuro.

—No estoy preocupado por ti. Es evidente que sabes cuidar de ti misma. Pero ¿qué hay de Saela? No es seguro que esté aquí. ¿Y si pasa algo y tú no estás cerca?

La frustración me arde en las venas. Lo miro de nuevo, intentando retener las lágrimas que se me empiezan a acumular detrás de los ojos. Sé que tiene razón, pero…

—¿Qué se supone que tengo que hacer, Lee? ¿Abandonar a mi madre a su suerte? ¿Llevarme a Saela a vivir a otra parte? ¿Cómo voy a pagar dos casas al mismo tiempo? ¿Y quién vigilará a mi madre si yo no estoy aquí?

—Venid a vivir conmigo —propone—. Yo cuidaré de vosotras. Tu madre puede quedarse aquí. La vigilaremos con regularidad.

Suelto una carcajada de sorpresa.

—¿Cómo vamos a hacerlo? Tu piso es muy pequeño, allí no cabemos los tres.

—Pues nos mudaremos. Buscaremos una casa más grande. O llevamos a tu madre allí y Saela, tú y yo nos quedamos a vivir aquí. Nos las apañaremos, gatita. Pero voy a protegeros, tanto a ti como a tu hermana. Permíteme hacerlo.

Ahora sí que me caen las lágrimas, dos corrientes de agua caliente que me bajan por las mejillas bajo el aire gélido. De repente, noto una presión en el pecho que me impide respirar. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que alguien se ofreció a ayudarnos de todo corazón? ¿Desde que alguien vio mi situación y me ofreció una vía de escape?

No, es más que eso. Me la ha ofrecido y además ha insistido para que acepte.

¿De dónde ha salido este hombre que tiene el poder de hacer que se me derrita el corazón? Daría el sol, el cielo y la luz por saber que nunca voy a perderlo.

Le envuelvo el cuello con los brazos y tiro de él hacia mí, desesperada por sentir su boca sobre la mía. Me empuja y doblamos la esquina hacia el callejón que queda perpendicular a nuestra calle. Aquí no hay antorchas, así que podemos desvanecernos entre las sombras. Es lo más cercano que tenemos a la privacidad.

Me tambaleo sin aliento contra la pared que tengo detrás de mí y tiro de Lee hasta que queda completamente pegado a mi cuerpo. Su calor y sus músculos definidos me presionan la espalda contra la dura piedra de la pared.

Cuando nuestros labios se encuentran de nuevo, no lo hacen con ternura, sino con ansia. Me pierdo en la necesidad desesperada de nuestro beso, le rodeo la cintura y hundo las manos por debajo de su ropa hasta que encuentro su cálida piel con mis de­dos helados.

Lee gruñe en mi boca y me presiona más contra la pared. Noto su erección dura e insistente contra mí. Muevo las caderas hacia él y me deleito en el sonido que emite. Tira de la tela de mi túnica, metida por debajo de mis pantalones, y me agarra la cadera con una mano mientras desliza la otra sobre mi suave piel para acunar mi pecho. Solo una fina capa de tela se interpone entre su mano y mi pezón.

El calor me invade e interrumpo el beso para mirarlo. Ambos parecemos estar desafiando al otro a ir más lejos.

—No hemos acabado de hablar —dice.

—No —confirmo—. Después.

Estampa la boca contra la mía y me succiona el labio inferior hasta que me arranca un gemido.

Mis dedos errantes encuentran lo que buscaban. Noto su erección dura y gruesa en la mano a través de sus pantalones. Lo acaricio y nuestras bocas se separan. Lee apoya la frente contra la mía mientras respira con pesadez.

—¿Vamos a mi casa? —Su tono deja entrever que es en parte una pregunta, en parte una orden. Y, Diosa, ojalá pudiera. Me he tomado el anticonceptivo mensual que compro en la botica junto con los medicamentos para mi madre, pero…

No quiero dejar a Saela sola toda la noche. Y menos teniendo en cuenta que a Leesa la secuestraron a pocas casas de distancia.

Solo de pensarlo se empiezan a apagar las llamas de mi interior.

Lee todavía tiene el rostro sonrojado por los besos y el pelo alborotado y me atraviesa una punzada de arrepentimiento, pero sé que no podré pensar en nada más, a menos que compruebe cómo está Saela, de que me asegure que está bien.

—Otra noche. Oye, deberías irte, pero pensaré en tu propuesta y… conseguiremos que funcione.

—Bien —dice y me da un último beso de despedida.

Entro de nuevo en casa y cierro con pestillo. Voy directamente hacia Saela y la habitación que compartimos. Cuando abro la puerta del dormitorio, noto aire frío.

Qué raro…, no debería haber brisa.

Me fijo en que la ventana está abierta de par en par y deja paso al aire gélido de la calle. Con el corazón acelerado, corro hasta la cama de Saela.

Está vacía.

Saela ha desaparecido.

4

Esto no puede estar pasando.

Observo perpleja la cama vacía con la mente acelerada mientras el hielo invade mi cuerpo.

Saela. Saela.

Cierro los ojos con fuerza, cuento hasta diez y los vuelvo a abrir, pero la cama sigue vacía junto con el aire frío que entra por la ventana abierta.

Tiene que haber una explicación. ¿Cómo podrían haber entrado cuando yo estaba en la calle de al lado? ¿Cómo es que no he visto a nadie entrar?

Y Saela. Se habría defendido tal y como le he enseñado. No se habría quedado callada.

Mi hermana no. Mi Saela.

Puede que esté con mi madre. Mis músculos congelados vuelven a la vida y salgo corriendo de nuestra habitación para atravesar el corto pasillo que lleva a la de mi madre. Abro la puerta de golpe y examino frenéticamente el espacio oscuro, pero no hay ni rastro de ella.

Mi madre se incorpora, adormecida, y me mira parpadeando. No obstante, no encuentro las palabras, no puedo explicarlo.

La busco en el baño.

En la sala de estar, en la cocina.

No está aquí. Sin embargo, sí que están su abrigo y sus botas junto a la puerta. Los observo, entumecida, y vuelvo a nuestra habitación.

Asomo la cabeza por la ventana con la respiración entrecortada. Caen pequeños copos de nieve y mi aliento crea nubes de vapor en el aire gélido. Miro de un lado a otro, recorro cada centímetro al que llegan mis ojos, buscando alguna pista en la fría oscuridad, pero no hay señales de lo que ha pasado. No hay ningún movimiento en el callejón junto a nuestra casa.

Sin embargo, algo que no había visto antes me llama la atención cuando vuelvo a meter la cabeza. En la esquina del marco de la ventana, enganchado a una larga astilla de madera, hay un pequeño trozo de tela blanca.

La misma tela del camisón de Saela.

Caigo al suelo y oigo un gemido. Al cabo de unos instantes, me doy cuenta de que proviene de mis labios. Me estremezco, me golpeo la cabeza contra la pared y disfruto de ese dolor punzante.

O bien Saela se ha escapado por la ventana en camisón en mitad de la noche…, o bien alguien se la ha llevado.

Mientras yo estaba fuera haciendo planes para un futuro mejor con Lee, han raptado a mi hermana en mitad de la noche.

A pesar de que mi mente rechaza las palabras, mi cuerpo empieza a reaccionar. Cierro la ventana de golpe, me pongo las botas y un abrigo y salgo corriendo a la oscuridad.

Lee todavía estará cerca, acaba de irse. Me giro a la izquierda hacia el camino que sigue para llegar al Barrio Norte y echo a correr. En unos minutos, distingo su silueta caminando con aire determinado por la calle tranquila.

—¡Lee! —grito. Se da la vuelta y se le dibuja una gran sonrisa en la cara al verme, aunque desaparece de golpe ante mi evidente estado de pánico.

Corre hacia mí con el ceño fruncido por la preocupación.

—Meryn, ¿qué…?

—Saela —jadeo con la respiración entrecortada por la carrera. Me duele incluso pronunciar su nombre—. Cuando he vuelto a entrar, no estaba en nuestra habitación.

Mi mente empieza a entrar en bucle otra vez. «No, no, no, no…».

Lee refuerza el agarre de mi brazo, me ancla a la tierra, me trae de vuelta al presente.

—Vale, pues vamos a buscarla —me dice transmitiendo calma y autoridad. Me dejo caer contra él—. Volvamos a tu vecindario y empecemos por ahí. Despertaremos a tus vecinos. La encontraremos, Mer. No puede haber ido muy lejos.

No da voz a mis miedos, a la única conclusión lógica: la han secuestrado.

El tiempo parece bostezar y saltar, avanza a trompicones.

Recupero el sentido delante de la puerta de Igor y llamo a puñetazos.

—¡Igor! —Mi exclamación parece más bien un sollozo. Grito su nombre una y otra vez y estampo las manos contra la madera de la puerta. Lee me pone una mano en el hombro para tranquilizarme.

Se abren otras puertas a ambos lados de la calle y asoman rostros cautelosos buscando el motivo del alboroto. Una de las antiguas profesoras de mi hermana me reconoce y se acerca a mí solo con su ropa de dormir, un grueso chal y las botas.

—¿Meryn? ¿Eres tú?

La puerta de Igor se abre de golpe y aparecen él y su esposa Prina en el umbral, con la preocupación reflejada en la cara. Se abre un agujero en mi estómago y se me revuelven las tripas como si estuviera atrapada en mitad de una tormenta.

—Es Saela —consigo decir—. Se…, se la han llevado.

—Tenemos que buscarla —interviene Lee—. ¿Podéis ayudarnos? Si miráis por la parte norte del vecindario, nosotros iremos hacia el oeste y miraremos en el Mercado Central.

Igor da dos pasos hacia delante y me sobresalto cuando me rodea con sus enormes brazos.

—Meryn —dice, aunque hay un párrafo entero de palabras escondido en esas dos sílabas—. Claro que te ayudaremos. —No obstante, oigo en su voz las palabras que no pronuncia.

Me quiebro.

—¡No! No. No ha desaparecido. No podemos rendirnos…

Igor ya ha agarrado el abrigo y se ha calzado las botas. La profesora de Saela se une a nosotros después de ponerse a toda prisa unos pantalones por encima del camisón.

—No vamos a rendirnos, Meryn, estamos contigo.

Me arde la garganta y miro desesperada a mi alrededor con la mente en blanco.

—Deberíamos…

—Meryn y yo buscaremos por el oeste —repite Lee cuando yo me quedo sin palabras—. ¿Podéis mirar vosotros dos por el norte?

Me agarra por el brazo y tira.

El beso helado de los copos de nieve sobre mi piel hace que me centre de nuevo. Con aire ausente, pienso que ha empezado a nevar más fuerte.

Lee y yo avanzamos al trote al principio y luego corremos. Peinamos cada calle y cada callejón gritando el nombre de Saela. Las calles están desiertas a estas horas aparte de unas pocas ratas de aspecto desaliñado y un sabueso callejero que nos observa cuando pasamos por su modesto refugio bajo un techado. Cristales rotos y pedazos de hielo crujen bajo mis pisadas, pero el sonido queda amortiguado por la nieve que cae a nuestro alrededor. El ligero manto blanco hace que las calles adquieran un aspecto árido y fantasmagórico.

Al cabo de una hora de búsqueda, nos detenemos para recuperar el aliento.

—Tal vez deberíamos…

—¿Separarnos? —propone Lee. Se acerca a mí y levanta las manos para sujetarme la cara—. Así cubriríamos más terreno. Pero, Meryn, ¿estás…?

La preocupación de su mirada me vuelve loca y me giro para que no me vea.

—Estoy bien. Tú ve. Deberíamos mirar por el Central. Puede que haya ido allí… Reúnete conmigo en mi casa por la mañana para decirme si has encontrado algo. —No me vuelvo para comprobar que siga mis instrucciones, sino que salgo disparada hacia el siguiente callejón.

Me muevo cada vez más rápido al recorrer cada calle, paseo la mirada por cada esquina, cada sombra, cada lugar en el que podría estar. Bloqueo la vocecilla interna que me dice que nunca se encuentra a los niños desaparecidos, que no hay nada que pueda hacer.

Me niego a no hacer nada. Me niego en redondo.

Horas después, amanece un día frío y húmedo y los copos de nieve ahora son una masa acuosa y gris bajo mis botas. El agua mugrienta gotea de las cañerías y forma charcos en las zanjas. Los trabajadores matutinos salen de sus casas y me evitan bajando la mirada.

El mundo se ha difuminado, tengo la mente entumecida por el agotamiento. No sé qué hora es cuando admito finalmente la derrota y vuelvo a casa.

Igor y Lee ya están ahí, sentados en la puerta. No les hace falta decir nada para que comprenda que no han encontrado señales de ella.

Lee intenta detenerme cuando entro en la casa, pero me aparto, esquivo su agarre. Trata de decirme algo, pero todos los sonidos del mundo que me rodea han quedado reemplazados por un zumbido. Me retiro a mi habitación y le cierro la puerta en las narices.

Todo esto es culpa mía.

El tiempo pasa lento.

Me tumbo en la cama de Saela con la mente en blanco, envuelta en las sábanas y la manta que todavía huelen débilmente a ella.

Mi madre ha entrado a verme varias veces. Está lo bastante lúcida para saber qué va mal, qué ha pasado. Cuando veo su expresión de pura miseria con los hombros hundidos y los ojos llorosos, me giro hacia la pared.

Las mujeres del vecindario se van pasando poco a poco. Trabajadoras de la lavandería, madres de amigos de la escuela de Saela, viejas amigas de mi madre a las que no he visto en años… Traen comida y pan, entran con cuidado en mi habitación y me dejan los platos en el suelo cuando me niego a hablar.

Después de eso, las oigo conversar entre cuchicheos con mi madre, si es que está despierta. La mayoría de las veces se marchan en silencio sin haber recibido bienvenida alguna por ninguna de las dos.

Pero la verdad es que no me importa. Los platos que traen se quedan en el suelo, intactos.

—No ha comido nada —dice la voz de mi madre, horas o días después. No sé cuánto tiempo ha pasado.

Mi madre parece lúcida, cuerda. Como si perder a su hija hubiera sacado a la luz las pocas reservas que le quedan a su mente.

—Es lo mismo que le pasó a su padre tras su primer año en el frente. Cuando volvió, se pasó cinco días sin hablar. Malgastó así la mitad de su permiso. —A mi madre se le quiebra la voz y una culpa ardiente estalla en mi interior.

Padre. Se suponía que él tenía que protegernos. Y entonces nos abandonó. Se fue y no volvió nunca.

Se suponía que yo tenía que proteger a Saela. Se lo prometí.

Mis dedos se sienten atraídos por la daga que tengo cerca de la cama. Cuando mi padre murió, eso me funcionaba a veces. El dolor me daba algo en lo que centrarme, algo que sentir aparte de esta desolación. Los cortes disipaban la oscuridad de mi cerebro, eliminaban toda sensación que no fuera el filo de la daga contra mi brazo o mi muslo.

Pero ahora no tengo energías para moverme, ni siquiera para esto. Me limito a observar el techo, las sombras que se desplazan de manera espeluznante por la habitación a medida que el día va y viene.

El dormitorio vuelve a estar a oscuras cuando aparece Igor, que se agacha para pasar por el marco de la puerta.

—Es suficiente, Meryn. —Su voz corta el aire como si se tratara de un cuchillo.

A diferencia de los demás, no hay lástima en su tono, no hay empatía.

—Esta no eres tú. Levanta.

Mi cuerpo es como una roca sobre la cama. Espero con la vergüenza y la ira ardiendo en mi interior y cierro los ojos con fuerza porque me niego a mirarlo. Permanece en el marco de la puerta lo que me parecen horas, pero acaba por marcharse.

Un tiempo después, llega Lee. No me giro para mirarlo, pero enseguida sé que es él. Lo sé por el olor a pino y por la cadencia confiada de sus pasos.

No dice nada, sino que se mete en la cama conmigo. Acomoda el pecho contra mi espalda y las rodillas en los huecos de las mías. Al notar su calor, me escuecen los ojos y sollozo. Empiezo a llorar por primera vez desde que se llevaron a Saela.

Lloro largamente y Lee me abraza. Cuando paro por fin, ninguno de los dos dice nada. Lee se limita a cogerme la mano y me acaricia el dorso pasando el pulgar de un lado a otro, de un lado a otro.

Debo de quedarme dormida, porque cuando vuelvo a abrir los ojos, hay luz en la habitación. La luz que entra por la ventana me golpea implacable la cara.

Lee se ha marchado, pero estoy abrazando algo con fuerza: la almohada de Saela. Cuando consigo enfocar la mirada de nuevo, distingo un pequeño mechón de su pelo en la tela de un tono ligeramente más oscuro que el mío. El mechón refleja la luz del sol.

Me incorporo.

Algo se ha roto y reseteado en mi pecho. Se lo prometí. Le prometí a Saela que nada le haría daño.

Y yo mantengo mis putas promesas.

El centro de reclutamiento del ejército en el Barrio Este está junto a una carnicería. «Qué apropiado», pienso sombría mientras espero a que el reclutador encuentre mi apellido en la hoja.

Hay un centro de estos en cada barrio y se nota que el castillo se preocupa más por ellos que por cualquier otro edificio de la ciudad, puesto que la chimenea está llena de leña que arde alegremente y desprende un aroma seco a madera muy distinto al olor húmedo y terroso de la chimenea de casa. Las paredes están empapeladas, un lujo que no se ve en ningún otro lugar del Este. Y los muebles parecen viejos y desgastados, pero su calidad es muy superior a los que se encuentran en la mayoría de los hogares.

Observo el uniforme del reclutador, la pila de papeles del mostrador, el revoltijo de formularios y listas. Una lámpara de aceite que parpadea proyecta sombras que bailan sobre sus manos mientras rebusca entre los documentos. Es como si me estuvieran acechando.

—Ah, aquí está —dice al fin—. Cooper. Pero… —Me mira con aire dubitativo con los ojos entornados—. No te han convocado para servir. Aquí pone que cuentas con una excepción de cuidadora.

A todos los convocan en algún momento, a menos que estén cuidando de algún familiar menor de edad o anciano que tenga algún problema de salud. He tenido una excepción junto a mi nombre desde antes de ser lo bastante mayor para servir.

Me trago el nudo de la garganta. Mi padre me odiaría si supiera que estoy siguiendo sus pasos, que voy directa al despiadado frente de guerra que lo atormentaba en sueños.

Pero mi padre no está aquí.

—Lo sé —respondo con una voz de acero—. No me importa. Me presento voluntaria.

Es el único modo. Si los rapiñadores se están llevando a los niños al otro lado de la frontera con los sifones, esta es mi única oportunidad de llegar hasta Saela. No tengo dinero para viajar hasta el frente yo sola. Si el ejército me envía allí, podré cruzar la frontera y buscarla.

Sé que es un plan tonto y poco meditado, pero algo es algo. Es acción.

El reclutador y yo nos miramos mutuamente y él gruñe a modo de asentimiento y garabatea algo en la hoja que tiene delante.

—Bueno, en ese caso…

—¿Cuándo pueden desplegarme?

El reclutador inclina la cabeza a un lado, pensándoselo.

—Pedimos a los nuevos reclutas que se presenten al entrenamiento cada seis meses, lo cual suele proporcionarles tiempo suficiente para poner sus asuntos en orden. Mañana empieza un campamento de entrenamiento, pero recomendaría esperar hasta…

—Allí estaré —le digo enseguida—. ¿Cuáles son mis órdenes?

El hombre me mira durante un instante intentando evaluar si hablo en serio. Algo en mi rostro debe de convencerlo, porque niega con la cabeza y estampa algo en el papel.

—Hecho. Bienvenida a las Fuerzas Reales del Rey, recluta Cooper.

5

Tras salir del centro de reclutamiento, voy directa a buscar a Lee, con la respiración acelerada creando nubes de vapor en el aire gélido. Me ajusto más el abrigo raído; desearía tener una bufanda, pero esta mañana he salido de casa a toda prisa con tanta determinación que ni se me ha pasado por la cabeza.

Lee está pocos días a la semana en su pequeño piso, pasa la mayor parte del tiempo en los dormitorios del servicio del castillo, pero me sé su horario y hoy debería estar en casa. Tengo la mente acelerada y aprieto la mandíbula al observar el paisaje del Norte mientras camino, decidida a apartar el mañana de mi mente.

Ya habrá tiempo para el pánico después. Ahora mismo, necesito explicarle mis motivos a Lee.

El Barrio Norte, el vecindario más cercano al imponente castillo, no me resulta tan extraño como las calles vinculadas, pero sigue siendo muy distinto del Este.

Los edificios son más altos y los caminos, más espaciosos. No hay perros callejeros que rebusquen entre las sobras. Y, lo más evidente, no huele. El aire no está limpio, pero no apesta a demasiada gente hacinada en muy poco espacio.

No obstante, el aire fresco no sirve para calmarme los nervios. Llevo comiéndome la cabeza desde que he firmado los formularios de reclutamiento.

Quiero que lo entienda. En realidad, necesito que lo entienda. Lee es mi ancla, me mantiene en el sitio cuando las mareas salvajes de mis propias emociones amenazan con arrastrarme a aguas más profundas. Si me mira como si me hubiera vuelto loca cuando se lo cuente, me costará no dudar de mi decisión.

Y ahora ya no hay lugar para dudas.

El edificio de Lee tiene un entramado de madera como el mío, pero es amplio y cuenta con cuatro pisos divididos en pequeñas unidades y habitados principalmente por otros sirvientes reales. Vive aquí solo en su propio espacio ordenado, aunque también creció en el Norte.

Igual que él, su padre también trabaja en el palacio, aunque tienen una relación tensa y complicada. Su padre parece…, bueno, un capullo. Y su madre falleció cuando él era pequeño. Así que, cuando consiguió el puesto de mensajero de adolescente, abandonó de inmediato la casa de su padre y se buscó una propia.

Cuando llego, atravieso la entrada principal y subo las escaleras para encontrarme con él con el estómago encogido y revuelto. La idea de decepcionarlo hace que me entren ganas de arrancarme la piel a tiras.

Llamo a la puerta. Se oye un golpe en uno de los pisos vecinos. Oigo gritos provenientes de la planta de arriba. Noto el corazón desbocado. Todavía tengo los dedos fríos por el aire invernal, así que me los soplo para darme algo que hacer.

Se oye un crujido justo antes de que se abra la puerta. Y…

No lo sé. Cuando lo veo, siento de repente que todo va bien. No recuerdo por qué estaba tan preocupada. Así son las cosas con Lee. Observo su alta silueta en el marco de la puerta: sus hombros anchos, su camisa desabrochada, su cabello rubio un tanto despeinado, como si acabara de despertarse de la siesta… Me siento a salvo.

Deja la mano en la puerta y la aprieta con más fuerza cuando se da cuenta de que soy yo. Tiene los ojos de un hermoso azul cristalino, como el cielo en un día de invierno sorprendentemente frío, incluso en el oscuro vestíbulo.

—Gatita —murmura con voz áspera y llena de cariño—. Has vuelto.

Comprendo al instante a qué se refiere. He vuelto. He desterrado la parte de mí capaz de desmoronarse por completo, la parte que lloraba desconsolada mientras él me abrazaba. Sigue ahí dentro, aguardando en las profundidades, pero me niego a permitir que me siga controlando.

—He vuelto —confirmo.

«Y espera a saber lo que he hecho».

Tira de mí hacia la calidez del piso, me envuelve la cintura con su fuerte brazo y cierra la puerta detrás de mí. Apoyo la cabeza en su pecho para aspirar su aroma, que me envuelve y me da la bienvenida a casa.

—Tengo que decirte algo —empiezo y levanto la cabeza hacia él.

Lee asiente y me conduce a su cocina, el único lugar para sentarse de todo el piso aparte de la cama. Saca una silla de madera y me indica que me siente.

—Cuéntame —dice mientras ocupa la silla junto a la mía. Tiene la mirada firme y la postura relajada.

Como si me arrancase una astilla, suelto de golpe:

—Me he alistado para ir al frente y encontrar a Saela.

Por un instante, no muestra reacción alguna. Se queda quieto por completo, mirándome con intensidad. Empiezo a plantearme si eso es peor que si me hubiera tachado de imprudente enseguida. La incertidumbre es lo peor.

A continuación, cierra los ojos y suspira profundamente. Levanta una mano para pellizcarse el puente de la nariz y noto que irradia oleadas de desesperación. Y no. Definitivamente, esto es peor que el silencio.

—Ay, gatita, ¿qué has hecho? —Abre los ojos de nuevo y me observa con una mirada llena de amor y angustia.

Mi vulnerabilidad me vuelve imbécil y me erizo al instante.

—Tenía que hacerlo, Lee —espeto con la voz tan afilada como un cuchillo—. Nadie hace nada. A nadie que tenga poder parece importarle y… —Se me quiebra la voz—. Necesito encontrarla, Lee. Antes de que sea demasiado tarde. Debo intentarlo, al menos. —Aprieto el puño. Odio esto—. Es Saela. ¿Por qué no lo entiendes?

La pregunta parece más bien una acusación, pero Lee no se rebaja a ese nivel. El cariño que se refleja en sus ojos heridos no flaquea ni siquiera cuando parezco dispuesta a arrancarle la cabeza de un mordisco.

—Lo entiendo —me dice.

Y, así como así, ya no estoy enfadada porque, por el modo en el que lo ha dicho, sé que es cierto.

Respira hondo de nuevo y se reclina. Apoya el brazo en la mesa que hay a nuestro lado y, distraído, acaricia con los dedos la veta de la madera. Entonces, contrae ligeramente el rostro. Parece dolor. O frustración. Una mezcla de sentimientos desagradables.

—Si pudiera, iría a buscarla en tu lugar —declara al fin. Con calma.

La realeza contrata a sus sirvientes de entre los hijos de sus sirvientes, generación tras generación. Tienen mejores salarios que la mayoría, pero cuando alguien entra al servicio del rey, se espera que continúe sirviéndolo de por vida, sin excepción.

—Haría cualquier cosa por ti, Meryn, pero esto…

Hago una mueca.

—¿Crees que estoy loca?

Su expresión se endurece.

—No —gruñe como si estuviera dispuesto a amenazar a cualquiera que se atreva a cuestionarme—. Pero el momento que has elegido… es horrible.

—¿El momento?

Levanta el brazo, se pasa los dedos por la espesa cabellera y deja caer la mano al costado.

—Están a punto de empezar las Pruebas de Vinculación.

Sus palabras son como un puñetazo en el estómago.

Las Pruebas de Vinculación… La oportunidad de entrar a formar parte de las valiosas fuerzas vinculadas del rey y establecer una conexión irrompible con un lobo huargo enorme y feroz.

Si eso es cierto, significa que puede que nunca llegue al frente. Por lo que he oído, las Pruebas de Vinculación son tan peligrosas como la guerra.

Una ráfaga de aire me oprime los pulmones.

—¿Cómo…, cómo lo sabes?

Las Pruebas de Vinculación tienen lugar de manera esporádica y se mantienen en secreto para no disuadir a los soldados de alistarse. Cuando están a punto de celebrarse, todos los reclutas recién alistados deben participar e intentar vincularse, sin excepción.

—He oído rumores en el castillo. Ya han enviado misivas a los instructores —informa Lee. Tiene el ceño fruncido y evita mirarme. Sé por qué.

Acabo de decirle que voy a lanzarme de cabeza al lugar más peligroso que existe y me conoce demasiado bien para saber que no podrá hacerme cambiar de opinión. No puede hacer nada y detesta esa sensación. Siempre ha odiado no ser capaz de actuar, puede que tanto como yo.

—Voy a ir igualmente —afirmo—. Tengo que hacerlo.

—Lo sé —responde—. Oye, van a obligarte a pasar por la primera Prueba. Por lo que he oído, es una escalada peligrosa y los huargos esperan en la cima. Pero no es necesario que intentes vincularte con uno, basta con que sobrevivas. Mientras lo hagas y evites vincularte, te enviarán al frente con el resto de los soldados comunes justo después.

Tomo una bocanada de aire, temblorosa. No suena para nada aterrador.

—Vale.

Sus ojos encuentran los míos de nuevo y arden con una intensidad que me hace sentir poderosa.

—Si hay alguien que pueda sobrevivir a eso, eres tú —dice con firmeza y el coraje prende como una hoguera en mi pecho—. Lucha, Meryn. Gana. Encuentra a Saela y vuelve conmigo.

—Lo haré. Te…, te quiero, Lee.

—Yo también te quiero —dice acariciándome la mejilla con suavidad.

Nos hemos dicho esas palabras antes, pero hoy suenen diferente.

Hoy, «te quiero» suena demasiado parecido a una horrible despedida.

Me inclino para besarlo y noto un sabor salado. Me doy cuenta de que son lágrimas. Las mías. Estaba tan centrada en mi hermana que no he pensado en esto. En él. En la posibilidad de que puede que no regrese de la búsqueda y que estos momentos que estamos viviendo sean los últimos que compartamos.

Se me rompe de nuevo el corazón.

Él también tiene los ojos vidriosos mientras me acaricia la mejilla con el pulgar y luego me pasa las uñas por el cuello y el hombro. La necesidad florece en mi interior, la desesperación por tenerlo encima de mí, dentro de mí. Necesito memorizar hasta el último roce, que escriba nuestra historia sobre mi cuerpo para que nunca olvide que también estoy luchando por él.

«Encuentra a Saela, vuelve con Lee».

Me acerco y tiro de su camisa para atraerlo hacia mí.

Lo tengo encima en un instante, de pie y besándome con un calor abrasador mientras apoya una mano en el respaldo de mi silla y me rodea el cuello con la otra. De repente, pierdo el control.

Ninguno de los dos dice ni una palabra cuando nuestros ojos se encuentran de nuevo y la intensidad de su mirada me hace jadear. Desliza las manos por mi espalda y, en un rápido movimiento, me levanta y me deposita sobre el suelo de la cocina, inclinándome hacia atrás para reclamarme con un beso.

Caigo y suelto los brazos de su cuello para sujetarme. Noto el frío del suelo de la cocina en los brazos, el trasero y la parte baja de la espalda y el calor de Lee encima, haciendo que me estremezca de placer.

La boca de Lee deja un rastro de fuego al lamerme desde el lóbulo de la oreja hasta el hueco del cuello, donde succiona y juguetea con los dientes sobre mi piel sensible. Dejo caer la cabeza y me golpeo contra el suelo.

Su boca desaparece y me incorporo sobre un codo, aunque se me afloja el brazo cuando tira de mis pantalones y me arranca la ropa interior en un único movimiento. Lo miro fijamente con la respiración acelerada. Sus labios se curvan en una sonrisa posesiva y mi cuerpo arde de calor.

Poco a poco, se arrodilla y se desabrocha los cordones de los pantalones. Gimo al ver su polla libre, ya extremadamente dura. Se pasa la palma de la mano por la cabeza un par de veces mientras me retuerzo delante de él.

Cada parte de mi ser desea agarrarlo y rodearlo con las piernas, meterlo dentro de mí de inmediato, pero sé por experiencia que en este momento es él quien está al mando, no yo.

Lee se inclina hacia delante y me quita las sujeciones que llevo en el pecho con dos tirones, dejando mis tetas al descubierto. Mis pezones duros hormiguean con el aire fresco y estoy a punto de dar un respingo en el suelo cuando me pellizca con fuerza el izquierdo.

Me acaricia el otro pecho y va alternando entre pellizcos y caricias hasta que no soy más que un mar de gemidos. Por fin, ¡por fin!, desliza una mano por mi vientre y me recorre la excitación mientras me presiona contra el suelo. Acto seguido, se inclina y coloca las manos en la parte interna de mis muslos para abrirme por completo.

Ya estoy rebosante de deseo, mi piel sensible se contrae al notar el calor de su aliento sobre mí. Me siento vacía esperando a que me llene, a que me complete.

Su primer lametazo es tan pecaminoso que estoy a punto de correrme ahí mismo.

Lee se aparta al instante como si supiera lo cerca que estoy. Levanto la cabeza para buscar su aguda mirada. No le hace falta hablar para que lo entienda: ambos somos conscientes de que esta podría ser nuestra última oportunidad de estar juntos en…, en mucho tiempo.

No va a dejar que se acabe tan rápido.

Despacio, de manera dolorosamente lenta, su boca regresa, mete la lengua en mi interior y luego sube para rodearme el clítoris. Hace que me excite y se detiene cada vez que me acerco al abismo. Ahora le hablo, le suplico, balbuceo palabras, pero no sé cuáles.

Tengo los muslos empapados cuando se aparta, se arrodilla y me observa con los ojos oscuros.

—Pon las manos arriba y agárrate a la pata de la mesa detrás de ti —ordena.

Temblorosa, hago lo que dice mientras él me sostiene la mirada en todo instante.

—Aguanta —dice con la mirada encendida—. No te sueltes por mucho que quieras tocarte.

Las caricias suaves y delicadas de antes han quedado atrás. Cuando por fin me penetra, me oigo gritando su nombre, casi sin ser consciente. Lo rodeo con las piernas, instándolo a profundizar más, y él no se resiste, se adentra antes de volver a salir y empotrarme de golpe de nuevo.

Me aferro a la pata tosca de la mesa todo el tiempo con tanta fuerza que se me clava en las manos. Me duelen los dedos, la sensación de Lee embistiéndome sumada a la impotencia de no poder buscar mi propio placer me tiene gritando, suplicando, agarrándome a la madera como si fuera a caer por el fin del mundo sin ella.

Me folla justo como quería que lo hiciera, con embestidas profundas y rápidas que envían oleadas de placer que me recorren todo el cuerpo. No puedo evitar intentar que profundice, lo empujo con las piernas y me abro todavía más para entregarme por completo a él.

No aparta los ojos de mí en ningún momento, esos ojos azules perfectos y cristalinos.

Y cuando el ritmo implacable de sus caderas empieza a quebrarse, suplico:

—Por favor. Por favor. Jo-joder. Por favor. ¡Lee! —grito.

Me sonríe mientras me folla como si le gustara ver cómo me corro tanto como a mí me gusta desmoronarme bajo su tacto, destrozada por el placer. Gime y por fin aparta una mano de mi cadera para trazar círculos con el pulgar en mi clítoris. Exploto al instante. Llevaba demasiado tiempo al borde de la explosión para resistir esas caricias.

Un placer cegador me nubla la visión y me estremezco mientras mis músculos se contraen a su alrededor. Oleadas de placer se abren paso a través de mí al mismo tiempo que sigue embistiéndome rápido y fuerte mientras mi orgasmo continúa. Mi cuerpo sigue hasta que él también llega y se corre con un grito y una última y violenta sacudida en mi interior.

Poco a poco, mi respiración empieza a calmarse. Abro ligeramente los ojos y se me nubla la visión.

La risa satisfecha de Lee mientras se retira hace que contraiga los músculos de nuevo y gimo cuando acaricia una vez más mis nervios hipersensibles y me pellizca el clítoris con el pulgar.

Se levanta con elegancia y me tiende una mano para ayudarme a levantarme.

—¿Todo bien, gatita?

Reviso mi cuerpo. Me duele la cabeza. Creo que me habré golpeado contra el suelo al correrme. Y estoy un poco irritada y agotada en el mejor sentido de la palabra. Devorada, en realidad.

—Más que bien —susurro. Cierro los ojos un segundo antes de intentar caminar.

Se pasa mis brazos por el cuello y permito que me guíe al dormitorio. Me lleva en volandas hasta que llegamos y me baja entre risas. Se gira hacia la cama mientras me lavo con manos temblorosas.

Cuando estoy limpia, me dejo caer en la cama a su lado, amoldando mi cuerpo a su contorno. Baja el brazo y me rodea el hombro mientras con la otra mano presiona mis caderas contra él hasta que cada parte de nosotros se toca.

Me mordisquea el cuello con aire juguetón varias veces y luego me susurra:

—Sabes que no tienes que irte. Podrías quedarte. Aquí. Así.

Me duele el pecho. Me niego a llorar, así que ignoro el ardor de mis ojos.

—No puedo quedarme sin hacer nada, Lee.

—Lo sé —dice. Se incorpora y me ofrece la mano—. Venga, deberíamos irnos.

Le tomo la mano y dejo que me levante. Recoge mi ropa esparcida por la cocina y me la trae.

—Vístete.

—¿Dónde vamos? —pregunto.

—De compras. Si pretendes sobrevivir a la primera Prueba de Vinculación por la que obligan a pasar a todos los nuevos soldados, necesitas un equipamiento mejor.

Se me hunden los hombros.

—Sabes que no tengo platas para eso. Estaré bien.

Con suavidad, me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Pero yo sí. Estaba ahorrando. Para… un brazalete. Pero no me servirá de nada si mi amada se mata escalando una montaña porque no tiene el equipamiento adecuado.

Ah. ¡Ah! Estaba ahorrando para un brazalete de compromiso.

Emocionalmente, no puedo lidiar con eso, a pesar de que esas palabras siembran algo frágil y esperanzador en mi pecho. Un futuro con el que apenas me he permitido soñar al alcance de la mano…, pero solo si logro regresar.

—Está bien —digo tragándome el orgullo y el nudo de la garganta—. ¿Dónde vamos?

Lee me lleva a una tienda de artículos de cuero que conoce junto a la plaza del mercado principal en el Central. La tienda está llena de artículos preciosos, mucho más bonitos que en cualquier otro lugar en el que haya comprado.

Juntos, Lee y el dependiente seleccionan todos los artículos que voy a necesitar y me ignoran cada vez que protesto diciendo que algo no es necesario.

Una mochila nueva con bolsillos, separadores y correas para asegurarlo todo.

Un nuevo odre ligero pero grande y duradero.

Un par de botas nuevas, remojadas, estiradas y engrasadas a conciencia para que el cuero sea lo bastante flexible para no provocarme ampollas tras una larga caminata.

Una chaqueta nueva, acolchada y forrada con cuero, más larga y gruesa que la que tengo de hace años y con los bolsillos cubiertos de pelo para mantener las manos calientes.

Un par de guantes elegantes y ajustados, pero lo bastante flexibles para permitirme un gran rango de movimiento cuando los lleve puestos.

Odio usar todo el dinero que Lee ha ahorrado con tanto esmero durante el tiempo que hemos estado juntos, sobre todo si se suponía que iba a ser para nuestro futuro. Pero tiene razón. Si muero, no tendremos futuro alguno.

Así que accedo a gastar sus preciados ahorros y él accede a que volvamos a ahorrarlos juntos cuando regrese.

No acabamos en la primera tienda. Lee insiste en que hará mucho frío en la Prueba y en que tengo que estar preparada para las inclemencias del tiempo. Me lleva por una calle lateral que no había visto nunca y nos metemos en una tienda subterránea llena de equipos de caza, pesca y trampas.

En una de las paredes hay equipamiento de montaña como raquetas de nieve y crampones. El tendero ajusta con cuidado un par de crampones a mis botas nuevas. Examinamos los bastones que usan algunos cazadores en invierno para mantener la estabilidad al caminar por senderos helados, pero al final decido que prefiero tener las manos libres, preparadas para sacar un arma…, solo por si acaso.

Cuando nos marchamos, estoy aturdida, abrumada por todo lo que voy a necesitar solo para sobrevivir. Lee se ofrece a acompañarme a casa, a pesar de que sé que eso lo haría llegar tarde a su turno en el castillo. Lo rechazo, suelto una broma tonta y él finge reír.

Intentamos no darle demasiada importancia a la despedida.

Me asegura que es un adiós temporal e insiste en que nos veremos pronto.

Intento separarme de él como cualquier otro día, como si fuera a verlo al día siguiente. Espero a estar segura de que no puede verme antes de dejar que caigan las lágrimas.

De camino al Barrio Este, entro en la lavandería en la que trabajo para dar la noticia. Mae no me pone ninguna pega, pero veo en sus ojos que está calculando cuántas horas extras a la semana tendrán que hacer el resto de las mujeres para cubrir mi trabajo. Sus preguntas y su compasión me incomodan, así que me escapo deprisa para ir a casa de Igor.

Será mejor que me arranque la venda de una vez. Mañana llegará enseguida.

Está en el patio trasteando con una mesa rota, puliendo un trozo de madera para que coincida con las tres patas que siguen intactas. El olor a lámparas de aceite, cuero, serrín y tierra polvorienta me impregna la nariz y aprieto los dientes, decidida a reprimir la oleada de emociones que amenazan con abrumarme.

—He ido a verte y tu madre me ha dicho que te habías ido a unirte al ejército como una idiota —dice con voz ronca.

—Hola a ti también —respondo con sarcasmo mientras me dejo caer en la horrible silla en la que lleva semanas trabajando—. ¿La silla esta es aún más fea que la semana pasada?

—Cuidado con esa boquita cuando estés en el ejército —advierte Igor—. A los comandantes no les gusta que sus soldados les respondan.

Me río, contenta de que Igor y yo tengamos el mismo parecer: mejor bromear y meterse con el otro que admitir cualquier otro sentimiento ahora mismo.

—Las mujeres de la lavandería me han dicho que le echarán un ojo a mi madre, que se asegurarán de que esté bien, que coma y se tome las medicinas… —Empiezo a divagar, pero Igor capta de todas formas lo que quería decir.

—Yo también le echaré un ojo —confirma—. Por eso no te preocupes. Me aseguraré de que tiene todo lo que necesita.

Ambos nos quedamos en silencio y observo el crecimiento de las sombras a medida que el sol se va hundiendo por detrás de los edificios circundantes.

—¿Sabes? —empieza Igor—. He conocido a mucha gente fuerte en mi vida entre las salas de combate y el ejército, pero nunca había visto a una niñata con más fuerza de voluntad que tú.

—¿Gracias? —Sonrío—. Eso creo…

—No es que sea algo del todo bueno —contesta y se inclina para rebuscar en su caja de herramientas hasta que encuentra la lija adecuada. Reanuda su trabajo en la pata de la mesa, pero sus ojos se encuentran con los míos por encima del trozo de madera—. Pero si hay alguien lo bastante tonto para enfrentarse a los rapiñadores y lo bastante fuerte para detenerlos y traer de vuelta a nuestros niños, esa eres tú.

Sigo dando vueltas a sus palabras en la cabeza mientras hago el equipaje por la tarde. El centro de reclutamiento me ha proporcionado una bolsa de tela desgastada y manchada de la Diosa sabe qué, pero ahora tengo la preciosa mochila nueva que me ha comprado Lee, así que lleno esa.

La mochila está abierta sobre la cama y reviso mis escasas pertenencias en la cómoda que comparto con Saela, intentando decidir si llevar algo con valor sentimental o ceñirme a lo esencial cuando oigo que se abre la puerta del dormitorio.

Mi madre está en el umbral sosteniendo algo que brilla bajo la luz de las lámparas. Me dispongo a levantarme, pero me indica que me quede y, en lugar de sentarme junto a la mochila, me deslizo hasta el suelo y me abrazo las rodillas.

Ella se acerca y se sienta a mi lado. Tiene la mirada más lúcida que le he visto en mucho tiempo.

—Tengo algo para ti —dice y gira la mano sobre la mía para que el objeto plateado me caiga en la palma.

Es un collar de aspecto antiguo con un colgante de ópalo en for­ma de lágrima engastado en oro y una delicada cadena también de oro bruñida por el paso del tiempo. No lo había visto nunca, lo cual es extraño. Creía que conocía cada centímetro de la casa, sobre todo aquello que pudiera tener el valor suficiente para venderlo en caso de necesidad.

Sostengo el colgante con cuidado entre dos dedos y lo acerco a la luz. Es como si un arcoíris se hubiera congelado en un pedazo de hielo y lo hubieran pulido y cincelado para formar una piedra preciosa.

—¿De dónde lo has sacado? —Lo hago girar entre las manos en busca de alguna pista de su origen.

—Es para la protección —digo—. Lleva generaciones en nuestra familia y ha pasado de mujer a mujer durante no sé cuánto tiempo.

Se me forma un nudo en la garganta ante su gesto. Lleva años sin ser capaz de protegerme, pero el instinto sigue ahí. No tenía ni idea.

—Madre —me giro levemente hacia ella—. Tú lo necesitas más que yo. Deberías quedártelo. Donde voy, acabará roto. La guerra no es lugar para una reliquia familiar.

Parece dispuesta a discutir conmigo, así que se lo coloco con firmeza en la palma de la mano y le cierro los dedos a su alrededor. Me inclino para darle un beso en la mejilla. Noto su piel delicada y cuarteada bajo los labios y se me pasa un horrible pensamiento por la cabeza: «¿Será esta la última vez que beso a mi madre?».

—Me siento mejor sabiendo que te mantiene a salvo, Madre. Puedes dármelo cuando vuelva.

Mi madre asiente y hunde los hombros, abandonando el instinto de lucha. Mira hacia delante, al otro lado de la habitación, a la cama vacía de Saela.

Me duele la cabeza.

—Voy a encontrarla. Lo prometo.

Emite un ruidito como un pájaro atrapado, pero no sé si pretendía afirmar o contradecir mis palabras.

No puedo creer que vaya a abandonarla aquí. Sola. Pero ¿qué iba a hacer si no? No puedo rendirme con Saela.

Odio admitirlo, pero una oscura parte de mí hizo ese cálculo imposible, sopesó las necesidades de mi madre contra las de Saela, me obligó a elegir entre ellas.

Saela… es mi hermana, pero prácticamente la he criado.

Es mía. Mi responsabilidad.

Y se supone que tiene una larga vida de felicidad por delante, no las miserias que le esperen en Astreona entre los sifones.

Una gran parte de mí se pregunta si estos serán mis últimos momentos con mi madre. Con su enfermedad tan avanzada, incluso aunque consiga regresar…

Se me revuelve el estómago, apoyo la cabeza en las manos y respiro profundamente para calmarme.

No, no puedo pensar eso. No debo ni planteármelo. Madre estará bien.

—La traeré de vuelta —digo en voz alta, sin saber si pretendo tranquilizarla a ella o a mí misma.