
Fiora cosía unos botones de latón en la túnica que estaban confeccionando para un cliente que la recogería por la mañana. Esa parte no tenía nada de inusual.
Lo extraordinario era el comportamiento de su tío, que no dejaba de pasearse a sus espaldas, inspeccionando cada uno de sus movimientos y soltando agudos chillidos a intervalos periódicos.
¿Qué importancia tenía esa prenda en concreto? El tío Randal llevaba histérico desde la semana pasada, cuando había llegado el paquete con la reluciente tela irisada. Fiora nunca había tocado nada igual: suave como el terciopelo, brillante como el satén y resistente como el poliéster. Además, captaba la luz del sol y lanzaba destellos. La tela cambiaba de color cada dos por tres; dependiendo de la luz, era un caleidoscopio de tonalidades.
El tío Randal se había puesto manos a la obra de inmediato, y cada vez que Fiora echaba un vistazo, se veía obligada a resistir la tentación de probársela. Jamás de los jamases había deseado probarse ninguna de las miles de túnicas que el tío Randal había confeccionado para miles de clientes en las Templadas. Por lo general, la moda no le interesaba mucho. Fiora había aprendido el negocio familiar por necesidad, y nunca había tenido voz ni voto en el asunto.
Sin embargo, se le daba bien coser. Le gustara o no, ella y su tío estaban cortados con el mismo patrón.
—Esta parte debería hacerla yo —apuntó el tío Randal, mordiéndose las uñas mientras la observaba coser un botón—. Déjame a mí. Apártate.
Al ver que la muchacha no obedecía, se inclinó hacia delante para coger la prenda, pero Fiora la apartó, mirándolo con curiosidad.
—Pero yo siempre coso los botones…
—Esta noche no. Es demasiado importante para dejarlo en manos de una mera aprendiza.
Fiora lo miró extrañada frunciendo la nariz y siguió trabajando. Se encargaba de los botones por varios motivos en concreto. Primero, tenía las manos más pequeñas y veía mejor. Segundo, el tío Randal era la persona que se lo había enseñado todo. Llevaba formándola desde los seis años, cuando había cruzado el umbral de la puerta de su casa. Y le había costado mucho dominar lo básico. Pero, al cabo de un año de su llegada, después de que Fiora acabara su tercer bordado, el tío Randal la había mirado con tal satisfacción que a ella se le hinchó el corazón de orgullo.
«Nadie en la familia ha bordado algo tan exquisito», se había limitado a decir.
Desde entonces, había tratado de esmerarse, tratando de reproducir la misma sensación, pero ya sabía que esa noche no iba a lograrlo. Aguzando la vista, Fiora clavó la aguja y la sacó por el otro lado de la tela.
—¡Cuidado! —exclamó su tío con el bigote erizado.
—A ver, ¿de verdad quieres hacerlo tú? —le dijo Fiora.
El tío Randal palideció y bajó la mirada hacia sus manos temblorosas.
—No, no, no. Yo no puedo. ¡Tengo mucho trabajo! —balbuceó.
Pero después continuó paseándose arriba y abajo detrás de ella.
«Está más tenso que un hilo de pescar», pensó Fiora mientras el sol del final de la tarde calentaba la vieja caseta de madera. La tienda de su tío era pequeña y calurosa, y estaba atestada de objetos.
El orden nunca reinaría en ese lugar. La parte delantera albergaba dos maniquíes, un alud de telas, un probador para los clientes, tres mesas de trabajo y la vieja máquina de coser, a la que Fiora llamaba «la Tortuga Mordedora» debido a los cientos de agujas que había roto y a lo lenta que era.
La caja registradora se encontraba sobre una mesa de madera que también servía de encimera de cocina, puesto que Fiora y el tío Randal vivían en la trastienda, detrás de la cortina.
A veces, Fiora se preguntaba por qué no trabajaban detrás de la cortina (donde se estaba más fresco) y dormían en la parte delantera de la tienda (donde hacía más calor). De hecho, aquel día, la temperatura en la tienda era sofocante. Unas gotas de sudor le resbalaban por la frente…
—¡Vas a manchar la túnica! —la advirtió su tío.
Fiora clavó la aguja en un alfiletero.
—Juro por los dioses que, o me dejas trabajar tranquila de una vez o…
No terminó de pronunciar la amenaza. No fue necesario.
El tío Randal frunció el ceño y salió huyendo hacia su cuarto, detrás de la cortina que separaba la trastienda del taller. Se oyó el sonido de varios cerrojos al abrirse, los chasquidos de los pestillos y las trabas que se colocaban en su sitio. En los siete años que llevaba viviendo con su tío, Fiora nunca había pisado su habitación. Era zona prohibida.
Estaba obsesionada con aquella estancia a la que no tenía acceso. Había visto de reojo el interior del cuarto de su tío desde el pasillo, pero no había advertido nada que le llamara la atención: había una cama, una cómoda, un archivador con datos de los clientes, una mesita de noche y un armario. Todo tan normal que hasta resultaba aburrido…
Excepto por una cosa: los cerrojos en la puerta. El sistema de cerraduras del tío Randal se había vuelto más intrincado con el paso de los años. Había empezado con un cerrojo común y corriente en el picaporte. Pero, con el tiempo, había añadido una cerradura de seguridad que funcionaba con una llave que después guardaba en un cajón que cerraba con otra llave que después guardaba en una caja fuerte de la pared, cuya combinación era un secreto.
Con cada cerrojo que instalaba, la curiosidad de Fiora iba en aumento… y la carcomía. ¿A qué venían esos cerrojos? ¿Por qué su tío se tomaba tantas molestias para que no entrara en la estancia? En el nombre del Dominio, ¿qué tenía que ocultar un sencillo sastre?
Fiora ya había cosido dos botones cuando el tío Randal apareció de nuevo. Cerró la puerta tras él y deslizó la llave en el bolsillo fruncido.
—No hay tiempo —murmuraba sin cesar—. Hay que coser los botones, arreglar ese dobladillo torcido en la espalda, planchar la etiqueta. Queda mucho por hacer.
—¿Acabas de comprobar la ficha del cliente, tío Randal?
Él asintió.
—¿Y estamos cumpliendo todas sus peticiones? —añadió Fiora.
El tío Randal ignoró la pregunta.
—¿Has acabado ya? Necesito que me la devuelvas.
—¿Es un antiguo cliente o uno nuevo? —preguntó Fiora.
—¡Oye, oye, recuerda las reglas!
Fiora soltó un sonoro suspiro. Sabía que iba en contra de las reglas hacer preguntas sobre los clientes, pero aquella túnica exquisita, tan atrevida y hermosa, era demasiado excepcional.
¿Qué clase de persona iba a ponerse algo tan deslumbrante, en especial con los hechiceros rondando por todos lados? ¿Quién se arriesgaría a llamar su atención?
Fiora tarareó pensativa.
—Tiene que ser un cliente nuevo…
—No vamos a hablar del tema.
—Porque nunca te había visto tan nervioso —dijo, finalizando la frase.
—No estoy nervioso —objetó él. Ella puso los ojos en blanco—. Estoy perfectamente… ¡FIORA, MIRA LO QUE HACES!
Fiora se sobresaltó, con lo que un botón se soltó de la brillante tela y salió disparado por la ventana, que estaba abierta.
—¡QUÉ DESASTRE! —gritó su tío.
—¡Porque tú me has asustado!
El tío Randal la fulminó con la mirada.
—Pero podemos arreglarlo —susurró Fiora con cautela.
Sabía que la mejor manera de manejar el mal humor de su tío era evitar las emociones. Los hechos y la lógica guiaban su comportamiento. Fiora opinaba que, con los años, era ella la que había aprendido a adaptarse a su carácter, y no al revés.
—No se ha perdido para siempre —añadió Fiora, encogiéndose de hombros—. Seguro que ha caído fuera, en el mantillo.
—¡No pretenderás que la túnica huela a fertilizante, ¿verdad?!
—Lavaré el botón.
Fiora se puso en pie para ir a buscarlo. Su tío alzó la mano y la detuvo.
—No, no. Eso no servirá de nada. Creo que no lo entiendes…
Empezó a pasearse arriba y abajo por la tienda, casi tirando a la Tortuga Mordedora de la mesa. Los tablones crujían bajo su peso.
—Mi reputación está en juego. Esta túnica tiene que ser perfecta. Absolutamente perfecta. Aunque quizá esto haya ocurrido para bien. Los botones son del todo inapropiados. Con una tela tan iridiscente, la proporción de brillo entre la túnica y el botón debe ser mayor… En nombre de los Barrow, ¿en qué estaba pensando?
Cientos de preguntas burbujearon en la mente de Fiora y amenazaban con entrar en erupción, como si fuera una salsa de tomate cocinada a fuego lento. Pero el hecho de que su tío hubiese mencionado a los Barrow la obligó a guardar silencio.
Su tío rara vez evocaba el nombre de los Barrow, los temibles e intimidantes hechiceros que tenían sometida a la aldea. Sobre todo, los mencionaba en sus maldiciones o cuando Fiora se metía en problemas. (A menudo, ambas cosas iban de la mano).
De lo contrario, a Fiora y al tío Randal les gustaba fingir que los hechiceros no existían. Aun cuando su presencia era una constante en sus vidas.
Fiora sabía que su tío y ella compartían un odio tácito hacia los hechiceros. Siempre que salían a dar una vuelta y los hechiceros andaban cerca, el tío Randal le daba un apretón en el hombro y, cuando ella alzaba la vista hacia él, siempre lo encontraba con los labios fruncidos, la mandíbula rígida y una expresión desdeñosa en la mirada.
De hecho, era una de las cosas que más la unían a su tío.
El tío Randal tomó la túnica.
—Esta prenda nunca estará a la altura —murmuró—. Estos botones serán mi perdición. —Con cuidado, quitó el otro botón que Fiora acababa de coser—. ¿Puedes traerme otros?
Fiora asintió y se escabulló tras la cortina que separaba la tienda de la zona destinada a vivienda.
Allí atrás, la temperatura era notablemente más baja y apenas había luz porque casi daba lo mismo que hubiera. El tío Randal le decía a menudo que no valía la pena malgastar ni un céntimo en arreglar cualquier cosa que estuviese detrás de la cortina. Ni siquiera la calefacción, las luces o la ducha que goteaba. Ni siquiera accedió a la modesta reforma que le había rogado Fiora. «Si los clientes no lo ven, ¿a quién le importa?», había dicho.
Fiora entró un momento en su cuarto. Como de costumbre, miró por la única ventana, que daba a la casa del vecino. Pese a que estaba empañada, vio que tenía la persiana bajada. Otra vez. Por enésimo día seguido. Se encaminó hacia el pasillo.
En Barrowburgo no había mucha camaradería, nada de charlas amistosas entre vecinos. Todo el mundo mantenía las distancias. Los niños de la aldea apenas se hablaban. Así era más seguro.
Relacionarse y conversar con alguien atraía la atención. La atención atraía a los hechiceros. Y, si eso ocurría, ya era demasiado tarde. Para los Barrow, las agrupaciones eran sinónimo de rebeliones, así que se dedicaban a fastidiar a los humanos que se pasaban de la raya… o ideaban castigos peores. Bajar la cabeza e ir cada uno a lo suyo era la mejor manera de seguir pasando inadvertido.
Sin embargo, algunos humanos —en opinión de Fiora, unos cobardes— trataban de ganarse el favor de los hechiceros arrastrándose ante ellos y su poder. Arrodillarse, besar el anillo… Era repugnante. Fiora odiaba a esos humanos más de lo que odiaba a los propios hechiceros.
El tío Randal, pese a todos sus defectos, jamás se había rebajado ante ellos, ni siquiera cuando los Barrow se dedicaron a importunar a varios humanos en la plaza de la aldea. Fiora se quedó admirada al ver cómo su tío se mantenía al margen. El hecho de tener un negocio próspero sin necesidad de adularlos le parecía de una audacia insuperable, casi un desafío.
Al final del pasillo, Fiora se inclinó sobre la cómoda, tiró del primer cajón y se lo llevó. Ya de vuelta, lo dejó en la mesa y se inclinó por encima del hombro de su tío mientras este rebuscaba en su interior.
—No, este seguro que no… Este es muy bonito, pero no tiene pareja. ¡Ah, no me sirve ninguno! —Se atusó el bigote—. Fiora, necesito que vayas a buscar más botones.
—Pero estos son todos los que tenemos —respondió ella, confundida.
—Sí, y necesito que vayas a buscar otros. A la tienda. Ahora.
Fiora ahogó un grito.
—¡Pero… el sol está a punto de ponerse! —balbuceó—. Pronto empezará el toque de queda ¡y los hechiceros salen de noche! ¡Los Barrow!
La expresión de su tío era indescifrable.
Seguro —segurísimo— que le estaba gastando una broma. Tenía que ser así, aunque su tío no era una persona con mucho sentido del humor. Jamás la habría obligado a salir a la calle bajo ningún concepto con el toque de queda a punto de empezar.
—Vendrás conmigo, ¿verdad?
—Tengo que arreglar el dobladillo, Fiora. Y ya no me queda mucho tiempo para terminar la túnica. Tardarás media hora como mucho. —Su tío frunció el ceño—. No te incordiarán. Confía en mí.
¿Que confiara en él? Los Barrow eran crueles. No se apiadarían de ella aunque fuera la primera vez que se saltaba el toque de queda ni aunque fuera joven… si es que en eso estaba pensando su tío.
¿En qué estaba pensando?
Trató de establecer contacto visual, pero él evitó su mirada.
—Pues claro que me incordiarán los Barrow —soltó finalmente.
Fiora había conseguido evitar a los Barrow con destreza, pero su vecino Griffith no había tenido tanta suerte. Le habían robado la voz durante una semana, tras la cual, el hechicero Barrow, con toda su gracia y misericordia, había decidido devolvérsela.
Evidentemente, cuando Griffith recuperó el habla, se negó a hablar del incidente.
—¿Me has oído? —preguntó Fiora.
Su tío no respondió y se dirigió hacia el perchero
—Griffith dijo que le robaron la voz —añadió.
—¿Quién es Griffith? —preguntó. Cogió la túnica de Fiora del montón que había y, de repente, al recordarlo, añadió—: Ah, sí, el hijo pequeño del carnicero, ¿verdad? ¿Y desde cuándo hablas con él?
—A veces me lo encuentro cuando él hace el reparto y yo voy a comprar lo que me encargas.
El tío Randal soltó un bufido.
—No me gusta que hables con los vecinos, y menos con los mentirosos.
—Griffith no tiene ningún motivo para mentir.
Su tío resopló con desdén.
—Ese chico dijo que había visto a un miembro de la Orden de las Sombras en la aldea.
Sin poder evitarlo, Fiora ahogó un grito. ¿De verdad era cierto? ¿De verdad había visto Griffith a un sombra? Pero no, claro que no, como iba a verlo. La Orden de las Sombras no era real. ¿Un grupo de rebeldes que trataban de derrocar a los hechiceros en un mundo dominado por hechiceros? ¡Ridículo! Luchar contra los hechiceros era como tratar de lamerse el codo; sencillamente, no era posible.
—¿Y por qué motivo iba a decir eso Griffith?
—Probablemente porque buscaba atención —respondió el tío Randal—. Los dos sabemos que nadie va a venir a salvarnos de los hechiceros.
Le lanzó la túnica que se ponía para salir a la calle.
Fiora no la atrapó y dejó que cayera al desgastado suelo de madera.
—¿Me estás castigando? ¿Por haber hecho saltar un botón?
El tío Randal negó con la cabeza.
—No es un castigo. Soy sastre y tú eres aprendiza de sastre. Cuando necesito algo, tú vas a buscarlo. Y ya que te alimento, te visto y te doy un techo bajo el que vivir, es lo mínimo que puedes hacer.
—¡No es justo!
—La vida pocas veces lo es. Deberías saberlo mejor que nadie.
Claro que lo sabía. Fiora desvió los ojos hacia arriba, más allá de la cabeza de su tío, y los posó en el cuadro que había detrás de la caja, un retrato de su padre de joven. Tenía sus mismos ojos castaños y amables, su constitución alta y robusta y un cabello rizado y rebelde que, según como le diera la luz, era de color miel o caramelo.
Ojalá hubiera podido pasar más tiempo con él en lugar de haber heredado todos esos rasgos.
El tío Randal siguió la dirección de su mirada y frunció el ceño.
—A ambos nos gustaría que todo fuera diferente. Pero aquí estamos. Juntos y atrapados. Tú y yo no somos perfectos, pero somos la única familia que nos queda.
—Tienes razón —dijo ella—. Así que, por favor, no hagas salir a la calle a la única familia que tienes después del toque de queda. Podría morir ahí afuera.
—No me dignaré a responder ni tomaré en cuenta tu histerismo dramático —contestó el tío Randal.
Lentamente y con resignación, Fiora se abrochó la túnica gris con los ojos empañados por las lágrimas. La había educado para temer y evitar a los hechiceros, y ahora… ¿la obligaba a salir a la oscuridad?
—¿Por qué me haces esto?
«¿Por qué valoras más un par de botones que mi propia seguridad?», le hubiese gustado preguntar. Sin embargo, consideró que eran demasiadas emociones para su tío, así que no se atrevió a pronunciarlo en voz alta.
El tío Randal se masajeó las sienes.
—Fiora, si mañana no está perfecta… —Soltó un gran suspiro, apartando la mano de su rostro redondo y sonrojado—. Hay mucho en juego con esta túnica. Los botones son fundamentales. Y los Barrow no te harán nada, te lo prometo.
—Eso no lo sabes.
—Lo sé.
—No, no lo sabes —insistió Fiora.
Estaba tan confundida que tenía la cabeza hecha un lío. ¿De verdad no era un castigo? El tío Randal a menudo los administraba como si estuviera haciendo una entrevista: muchas preguntas, una discusión comedida, contacto visual y hasta un apretón de manos para confirmar el veredicto.
Pero no había nada que discutir. Ahora movía los dedos en el bolsillo con nerviosismo. Y, por extraño que pareciera, sus ojos castaños la evitaban. Y si no la estaba castigando y de verdad necesitaba esos botones con urgencia…
«Hay mucho en juego con esta túnica», había dicho.
—Tío, ¿qué hay exactamente en juego? —preguntó.
—¿Sabes? Aún hay sol —interrumpió, cambiando el peso del cuerpo de un pie al otro con incomodidad—. Si te das prisa, puedes volver incluso antes de que empiece el toque de queda. —Le abrió la puerta—. Tres tipos de botones plateados, por favor, Fiora. Tráeme algo con lo que pueda trabajar.
Fiora se estremeció al cruzar el umbral y se arropó con la túnica.
—Todo va a ir bien —dijo su tío, antes de cerrar suavemente la puerta.
Fiora no estaba segura de si aquellas palabras se las decía a ella… o a sí mismo.

A cada paso que daba por las calles adoquinadas de Barrowburgo, Fiora maldecía al tío Randal entre dientes. No había pedido ser su aprendiza. No había elegido nada de la vida que llevaba, porque, aunque se suponía que solo iba a quedarse dos semanas con el tío Randal, sus padres nunca regresaron. Cuando llevaba un mes viviendo con él, le había preguntado sobre el tema.
—Tus padres fallecieron a manos de hechiceros —le había dicho en tono glacial, sin tan siquiera alzar los ojos de los pantalones que estaba zurciendo—. A partir de ahora, vivirás aquí conmigo. Lo siento.
Cada detalle de ese instante se le había grabado en la memoria: el olor dulzón de la vela que no dejaba de parpadear, el calor sofocante que emanaba de la chimenea, el suelo que se desmoronaba bajo sus pies.
«Concéntrate», se dijo. Debía darse prisa. El sol estaba a punto de ocultarse por el horizonte.
Al pie de la colina de Barrowburgo, las casitas conformaban un paisaje pintoresco, cada una pegada a la siguiente. Cuanto más alta estaba la propiedad, más elegante era, y más posibilidades había de que un hechicero (o uno de sus serviles humanos) viviera en ella. Casi sin aliento, Fiora miró de reojo la imponente mansión donde vivían los mismísimos Barrow, descendientes del hechicero que había dado nombre a la aldea cien años atrás.
Pese a su reinado de amenazas, los Barrow eran hechiceros menores. O, al menos, su bisabuelo lo había sido. Los hechiceros más grandes habían conquistado aldeas más grandes o pequeñas ciudades. Y los hechiceros enormes se habían hecho con las mejores ciudades.
Y solo había unos aún más poderosos que estos últimos: la Radiancia. No poseían ciudades, y, aun así, poseían todas las ciudades. Porque gobernaban a todos los hechiceros. Estaban constituidos por un grupo de nómadas que deambulaban por todo el reino. Eran legendarios. Eran infames. Eran asesinos.
«Concéntrate», se repitió Fiora. Los Barrow ya eran suficiente motivo de preocupación.
En especial, al anochecer.
Finalmente, llegó a la tienda de manualidades y, oh, milagro, el sol aún brillaba en el cielo. Era la única clienta; nadie más cometería la estupidez de vagar por las calles a esa hora.
En el interior solo estaba Edith, la hija del dueño, una muchacha dos años mayor que ella con un rostro lleno de pecas y una sonrisa que hacía que Fiora se pusiera tan roja como el pelo de Edith. Fiora siempre tardaba el doble en cumplir con su cometido si Edith la atendía, buscando alguna excusa para prolongar la visita.
Sin embargo, eso no iba a ocurrir esa noche. En un tiempo récord, Fiora compró tres tipos diferentes de botones plateados. Ya había emprendido el camino de regreso cuando, a sus espaldas, oyó el tintineo de la campanita que colgaba sobre la puerta de la tienda.
—¡Fiora, espera! —gritó Edith—. He olvidado darte las telas que nos encargó tu tío. ¡Llegaron ayer! ¡Toma!
—¡Guárdalas! —respondió Fiora en medio de la calle.
—¡Ven hacia mí y nos encontramos a medio camino! —sugirió Edith, esbozando esa sonrisa irresistible.
¡Por los dioses, qué sonrisa! Fiora suspiró y se dirigió hacia ella. Se plantó ante Edith, que echó un vistazo a su alrededor con aire nervioso.
—Oye, ¿no quieres quedarte hasta que se acabe el toque de queda? —preguntó Edith.
Con el corazón encogido, Fiora pensó que, si fuera otra noche, sus sueños se habrían convertido en realidad.
—Mi tío necesita estos botones enseguida —respondió con aire sombrío.
—Vale. Bueno, ve con cuidado —susurró Edith, entregándole el hatillo antes de regresar a toda prisa a la seguridad de la tienda.
Fiora se apresuró a marcharse. Parecía que el sol descendía más y más deprisa, como si fuera un huevo que caía y se cascaba en el horizonte, derramando su colorida yema por todo el cielo.
Los tonos se desvanecieron hasta convertirse en crepúsculo. Las sombras se cernieron sobre las calles. Todos los habitantes de todas las casas que dejaba atrás bajaban las persianas. El corazón le empezó a latir desbocado. Algo la estaba siguiendo. Se dio la vuelta de golpe. Allí no había nada.
Se le puso la carne de gallina. Las calles estaban demasiado vacías, demasiado tranquilas. Fiora estrechó el hatillo con las telas y la caja con los botones contra el pecho. La luz de la luna apenas iluminaba sus pasos. Tropezó con un adoquín y, por suerte, evitó el batacazo. Notaba el latido de la sangre en los oídos.
«Tranquila —se dijo, apoyándose contra una pared de piedra para ocultarse hasta que sus pulmones, su corazón y su cerebro recobraron su ritmo habitual—. El tío Randal ha dicho que los Barrow no me harían nada».
Excepto que…
No lo creía.
Solo había una manera de mantenerse a salvo. Y esa era quedarse bajo techo.
En la oscuridad, Fiora se enfrentó a un dilema. Si se ponía a correr, llegaría antes a la seguridad de la tienda del tío Randal, pero los hechiceros advertirían su presencia más fácilmente. Si iba con sigilo, evitaría la atención, pero permanecería en esas calles peligrosas durante más tiempo.
¡Bum!
Un estruendo como el de un petardo se oyó a un par de calles. Una violenta explosión de luz. Y un olor justo después, como a tostada quemada.
Un relámpago cruzó la callejuela cercana, aunque no podía ser un relámpago de verdad. El cielo estaba despejado y la noche era agradable. No… Aquello era magia, estaba segura.
¿Una pelea entre hechiceros? Esa era la clase de cosas que ocurrían después del toque de queda, y significaba que tenía que huir.
Solo le quedaba confiar en que no la vieran. Tan sigilosa como un gato, Fiora se pegó a las sombras. «Piensa en mamá y papá. Sé valiente». Empezó a avanzar por la calle sin dejar de mirar atrás, pegando la espalda a las paredes de piedra.
—¿Dónde crees que vas? —preguntó una voz fuerte y burlona.
Fiora se sobresaltó. Dos adolescentes le cortaban el paso al otro extremo del callejón: una chica larguirucha, alta y delgada, como si acabara de dar el estirón, y un chico de su edad, bajito y con cara de pocos amigos. Los reconoció de inmediato, de las reuniones obligatorias que se hacían en la aldea y de las ceremonias de castigo público.
Ambos eran Barrow.
—Mi hermano te ha hecho una pregunta —dijo la chica Barrow.
Fiora estaba tan aterrorizada que las manos le temblaban.
—Voy… voy a casa —susurró.
—¿Qué llevas ahí? ¿Es algo de valor? —preguntó el chico Barrow. Miró con los ojos entornados el hatillo que sujetaba contra el pecho—. Espera, ¿no es la muchacha del sastre? —La incertidumbre le cruzó el rostro—. Quizá no deberíamos meternos con ella.
—¿Sabes? Me parece que tienes razón. Es ella. Pero no pasa nada. —La chica Barrow la miró y, con un tono más amable, añadió—: ¿Puedo ver las telas que llevas? —Se acercó y posó una mano en el brazo de Fiora, que dio un respingo—. A ver… ¡Oh, vaya! ¡Qué color más bonito! ¡Me encanta el lila!
La chica Barrow sacó la primera tela del paquete y la desdobló para que la viera su hermano.
—¡Mira qué bonita es, Vick! Es magnífica —dijo, acariciando el sedoso tejido.
—Gracias —dijo Fiora, tratando de sonar segura—. Y ahora, ¿me la puedes devolver?
—Claro —respondió la muchacha—. Toma.
Fiora tendió la mano y la tela empezó a arder.
—¡No! —gritó Fiora, alejando la mano con rapidez.
Vio como la tela se consumía por completo, convirtiéndose en cenizas ante sus ojos.
La chica Barrow hizo una mueca.
A punto de llorar, Fiora se abrazó al resto de las telas. «Los Barrow no te harán nada».
—¡Oh, vaya, Aristeia, la has hecho llorar! —dijo el chico Barrow sin pizca de compasión.
Era verdad: Fiora estaba llorando. Pero no porque estuviera triste, ni porque tuviera miedo.
Lloraba de rabia.
—¡Cómo os atrevéis! —exclamó Fiora, con las mejillas ardiendo—. No os he molestado. Solo me ocupaba de mis asuntos…
—Después del toque de queda —matizó el chico Barrow.
—¡La noche no os pertenece, como tampoco os pertenece la oscuridad! —replicó Fiora.
La chica Barrow sonrió con arrogancia.
—Todo lo que queremos nos pertenece.
Fiora tomó aliento, sintiendo que se henchía con años de rabia contenida.
—¿Os creéis especiales porque habéis vendido vuestra alma? No sois nada. Mis padres sí lo eran. Y vosotros… Vosotros sois la razón de que mis padres… —De repente, se le hizo un nudo en la garganta—. Los mataron unos hechiceros como vosotros.
—Oh, vaya, ahora va a sermonearnos —dijo la chica Barrow con un bostezo burlón.
—No quiero sermonearos. Solo quiero irme a casa. Dejadme pasar —exigió Fiora.
—Me parece que eso no va a poder ser —dijo la chica Barrow—. Tenemos derecho a castigarte por estar fuera. Nuestra aldea, nuestro toque de queda.
Al parecer, buscaban pelea. Fiora echó un vistazo a sus espaldas. ¿Podría pasar entre ellos y escaparse? Pero aunque llegara a dejarlos atrás, la atraparían al instante. No era muy buena corredora. En cambio, si les daba un puñetazo, quizá los distraería lo suficiente como para despistarlos en la oscuridad de las callejuelas. No era el mejor de los planes, pero era el único que tenía.
Fiora pensó con rapidez. Todos los hechiceros poseían un poder. No podía permitir que la chica Barrow la tocara; no con sus manos de fuego. En cuanto al chico Barrow, no sabía cuál era el suyo. Pensó en su vecino Griffith, al que un joven Barrow le había robado la voz. ¿Podría haberlo hecho él?
«No», concluyó Fiora. Si este Barrow era el que robaba voces, ella ya se hubiera quedado sin la suya un buen rato atrás.
Enfrentarse a un hechicero con un poder desconocido era arriesgado, y confiar en los puños en un combate contra ellos, una completa estupidez. Pese a ello, Fiora introdujo la caja de botones en el bolsillo de la túnica, sujetó el hatillo de telas bajo el brazo y levantó un puño. Sabía que no podía ganar la pelea. Pero no tenía que ganarla. Solo necesitaba una oportunidad para escapar.
—¡Justo lo que yo decía! ¡Así me gusta! —exclamó el chico Barrow dando un salto.
Fiora corrió hacia él y le lanzó un puñetazo. Él esquivó el golpe con facilidad, y contraatacó con la palma abierta, abofeteándola con fuerza en la mejilla.
Entonces, la chica Barrow se abalanzó sobre ella.
«¡Manos de fuego!», pensó Fiora, invadida por el pánico. Se agachó rápidamente para esquivarlas.
El chico Barrow le puso el pie en la espalda y la inmovilizó, mientras ella trataba de zafarse. Pero no podía. Hacía demasiada fuerza; le apretaba el pecho. Aún le escocía la mejilla izquierda del bofetón. Sin embargo, fingió no sentir nada, negándose a reaccionar ante sus pulmones aplastados o a la quemazón que sentía en el rostro. No pensaba darles esa satisfacción a los Barrow.
—¿Te gusta morder el polvo, humana? —preguntó con una carcajada el muchacho.
La chica Barrow soltó un chillido de placer.
Fiora clavó la mirada en las telas sucias. Alargó el brazo. Acarició con los dedos el algodón azul…
Se lo enrolló en la mano. Lentamente, Fiora fue pasando la tela alrededor del tobillo del joven Barrow mientras fingía llorar, para gran satisfacción de este. Pensaba distraerlo y, entonces, en el momento adecuado, se pondría en pie y lo derribaría. De nuevo, el plan flaqueaba, pero al menos era algo.
—Por favor, parad, soy débil y estoy indefensa —dijo Fiora, agitando los brazos un poco para recuperar el extremo de la tela.
El chico Barrow presionó el pie contra su espalda con más fuerza, y ella ahogó un grito.
—No eres más que un pequeño insecto, ¿verdad?
—Sí —respondió Fiora sin más.
—Tócala, Vick. Que pruebe un poco de tu magia.
El chico Barrow se inclinó, y justo cuando iba a rozarla con su sucia mano, Fiora tiró de la tela.
Cayó sobre ella y, al hacerlo, apoyó las manos en su espalda. Y cuando Fiora trató de ponerse en pie, sintió que algo tiraba de su ombligo, como si una mano invisible la levantara del suelo y la colgara boca abajo a tres metros de altura.
Sin embargo, había arrastrado con ella al chico Barrow; la tela enrollada al tobillo los mantenía unidos. Por debajo de ella, el chico Barrow se agitaba, pataleaba y arañaba el suelo con las uñas, desesperado, pero la improvisada cuerda lo mantenía atrapado.
—¡Socorro! —gritó—. ¡Socorro, Aristeia!
Su hermana se reía a mandíbula batiente.
—¡Te ha vencido! —se burló—. ¡Una simple humana te ha vencido!
—¡Pagarás por esto! —lloriqueó el chico Barrow.
¡Zum!
Un rayo surcó la calle empedrada y pasó junto a Fiora y el chico Barrow, directo hacia la chica Barrow.
Sus carcajadas se apagaron de inmediato.
—¡Vámonos, Vick! —dijo ella bruscamente.
—Pero…
—Yo le haría caso —dijo una voz desde el otro extremo del callejón.
Fiora se sobresaltó.
¿Quién era ese hechicero más grande y poderoso? ¿Siempre eran así las noches después del toque de queda, llenas de peleas y delirios de grandeza?
El chico Barrow forcejeó hasta que pudo tocar a Fiora otra vez, y ella sintió cómo descendía de las alturas. Sin embargo, si el hechicero que había lanzado el rayo era lo bastante temible como para hacer huir a los Barrow, ¿cómo iba a defenderse ella? Lo único que tenía eran unas telas sucias y una caja de botones.
El chico Barrow cayó al suelo hecho un ovillo, y se levantó enseguida a trompicones.
—¡Esto no quedará así, humana! —gritó, mientras agarraba a su hermana y salían los dos disparados hacia el callejón.
La figura desconocida se acercó.
—¡Aléjate! —gritó Fiora—. Tengo… poderes. Poderes enormes.
¿Qué estaba diciendo? Las palabras habían brotado de sus labios sin que pudiera evitarlo.
—Ah, ¿sí? —respondió—-. Y no los has usado antes porque…
—¡Porque los estaba reservando! ¡Para ti! Así que será mejor que me dejes en paz.
Fiora recogió las telas sucias, ya imaginando el sermón que recibiría por parte del tío Randal.
La figura desconocida se acercó un poco más y Fiora sintió que se le ponía la piel de gallina.
—¿Puedo darte una cosa? —preguntó, quitándose la capucha de su túnica color azul cobalto.
Desde donde se encontraba en aquel momento, Fiora pudo fijarse mejor en la figura desconocida. Era una chica, y más joven de lo que había esperado… Al menos, más joven que el tío Randal. Más mayor que una adolescente, pero no adulta. Tenía la piel clara y llevaba la larga melena, de un color que iba del rubio al morado brillante en las puntas, recogida en una coleta. Su expresión era curiosa, casi divertida.
—Toma —dijo, extendiendo lo que parecía un largo tubo metálico—. Es un regalo. Un lanzarrayos.
Fiora ni siquiera se movió. ¿Podía correr? ¿Conseguiría escapar antes de que la electrocutara?
—¿Sabes? Me has impresionado —aseguró la desconocida—. Tienes agallas y piensas rápido. Pero con eso no basta. Necesitas la tecnología adecuada. Así que será mejor que lo aceptes.
Fiora no pensaba tocar esa cosa. Por lo que sabía, podía ser un truco de hechiceros.
—¡Aléjate! ¡Antes de que use mis poderes contra ti!
—Niña, si hubiese creído que eras una hechicera, estarías achicharrada desde hace diez minutos. ¿Quieres defenderte de estos monstruos o no? Última oportunidad: acéptalo. Te ayudará.
—Tú… Tú… ¿No eres una hechicera?
—No me insultes.
—Entonces, ¿quién eres?
—Ya lo sabes.
Fiora comprendió que sí lo sabía. Esa desconocida tan misteriosa y genial debía pertenecer a la Orden de las Sombras. Existían. Y estaban en Barrowburgo.
Fiora observó el lanzarrayos que sostenía la desconocida.
—¿Es peligroso?
—Claro —respondió con una sonrisa.
Fiora lo cogió.
La sombra se llevó la mano al auricular que tenía en la oreja.
—Recibido, June. Voy hacia allí.
Sin mirar de nuevo a Fiora, se dirigió hacia una pared de piedra y empezó a trepar por el edificio más cercano a una velocidad asombrosa.
—Buena suerte, niña —añadió—. No mueras.
—¡Espera! —gritó Fiora.
Pero ya era tarde. La misteriosa desconocida se había esfumado.