El presente libro es el resultado de un largo soliloquio que pronuncié ante el atento equipo editorial de Shinchosha, que luego procedió a transcribir mis palabras al papel y a darles la forma literaria adecuada. Si bien es cierto que ya se habían publicado charlas y conferencias mías con anterioridad, esta es la primera ocasión en que se ha actuado así, partiendo de la idea de publicar lo que yo fuera a decirles de viva voz.
No ha dejado de producirme extrañeza ver transcritos mis pensamientos en negro sobre blanco, unos pensamientos que han surgido y fluido desde la oralidad. Mientras que en muchas de las frases me reconozco, en otras tantas percibo la mano del editor, su tratamiento bienintencionado y cuidadoso. En cualquiera de ambos casos, recae sobre mí la responsabilidad de cada uno de los párrafos que conforman el libro y, aunque a veces tuve la sensación de encontrarme prestando declaración ante un grupo de agentes de policía, puedo decir que me he sentido a gusto a lo largo de la experiencia —o tal vez convenga llamarla «experimento»— a la que me he sometido con pleno consentimiento.
El título —El muro de la ignorancia— es herencia de otro de mis libros (La interpretación de la forma, publicado por la editorial Baifukan), y resulta curioso que cuando lo escribí, hace ya más de veinte años, la expresión «muro de la ignorancia», en el sentido utilizado, sonara bastante osada. Hoy, sin embargo, no me cabe duda de su tino. A nadie le parecerá raro decir que comprendemos solo lo que entra en nuestra cabeza, o, en otras palabras, que el límite del conocimiento en general y del conocimiento científico en concreto viene dictado por nuestro cerebro. Esto es, básicamente, lo que señala el vocablo «muro» utilizado en el título.
De joven, di clases particulares de matemáticas y llegué a la conclusión de que no existe conocimiento científico más nítido que el de esta ciencia. El matemático puede trazar una clara línea divisoria entre lo que sabe y lo que no. Quien entiende una proposición matemática la entiende; quien no, no la entiende. Así de simple. Entre los primeros, también habrá quien inicie su aventura lleno de esperanza y se interne a paso firme por intrincados territorios para, una vez allí, darse cuenta de que está incapacitado para seguir avanzando. Naturalmente, uno puede obcecarse y emplear su vida entera en adentrarse más y más en la espesura, pero la vida es limitada, y no está de más soltar el ancla en algún lugar e izar bandera. Los matemáticos que trabajan dentro del ámbito académico superan fronteras bastante remotas, pero ni siquiera ellos llegan a abarcar todo el territorio. No iba demasiado desencaminado, por tanto, cuando decidí adoptar la expresión «muro de la ignorancia».
Con el paso de los años uno va ganando experiencia y mayor consciencia de lo que sabe y lo que no sabe. La juventud, sin embargo, tiene ante sí un futuro abierto, lleno de posibilidades y frustraciones de las que aún no es consciente, y ello diluye la línea divisoria entre conocimiento e ignorancia. Precisamente esto último constituye una gran fuente de sufrimiento, de modo que, cuanto más consciente sea uno de sus propias limitaciones —de las cuales, dicho sea de paso, nadie está libre—, más satisfactorio será su camino y, paradójicamente, más cerca de su mano estará el conocimiento. El conocimiento de una persona con semejante disposición será diferente al de la masa, porque el ciudadano medio cree tener una respuesta para todo o, al menos, cree que a cada pregunta le corresponde una certeza. Se equivoca: a cada pregunta deberían acudir, por principio, varias respuestas. En mi opinión, se puede vivir perfectamente en una sociedad que tiene esto en cuenta, pero, lamentablemente, muchas personas no comparten esta idea. Para la mayoría de la gente, por desgracia, la sociedad ideal es aquella en la que existe un consenso general, aquella en la que todos comparten las mismas ideas.
El asunto parece tener poco arreglo, porque los jóvenes han sido educados en que cada pregunta va ligada a una respuesta. De hecho, no sé cómo reaccionarían si en los exámenes sus profesores les plantearan una pregunta ambigua o sin solución. El ámbito educativo está diseñado así, pero la vida no se somete a tales diseños: los problemas que los estudiantes vayan a encontrarse a lo largo de su vida no tendrán solución, o no, al menos, soluciones precisas y definitivas. Para las preguntas de la vida solo hay respuestas provisionales que sirven en cada momento. Esto me lleva a preguntarme: ¿por qué el sistema educativo instruye a los jóvenes en un modelo que resulta inservible para vivir y convivir en sociedad?
La intención de este libro es tratar de exponer y desarrollar para el lector mi punto de vista sobre este tema; hacerle entender por qué las preguntas no son susceptibles de respuestas únicas ni definitivas y ofrecer claves para afrontar esa carencia. Por lo que a mí respecta, superados ya los sesenta años, puedo decir que he vivido en consonancia con las ideas volcadas en estas páginas, y sería para mí un honor y una alegría que el lector hallara en ellas una nueva perspectiva desde la que asomarse a sus propias preguntas vitales y, si fuera posible, darles una respuesta, la suya propia.