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Índice

PRÓLOGO

1. SIMPLEMENTE ALEXA

2. SIN ANTIFAZ

3. TENTANDO AL DIABLO

4. CORAZÓN QUE NO OLVIDA

5. NO LO DESEES

6. ARDE

7. CUERDA FLOJA

8. JUGAR CON FUEGO

9. EL CAZADOR CAZADO

10. MALDITO INFIERNO

11. CONSECUENCIAS

12. EL ECO DE SU NOMBRE

13. NUNCA DE ESPALDAS

14. CUERDA FLOJA

15. UNA MENTIRA

16. FRENO

17. CELOS QUE MATAN

18. SU PROMETIDA

19. INCENDIO

20. NO ME PROVOQUES

21. JAQUE MATE

22. INEVITABLE

23. PURO FUEGO

24. MORTE

25. SIN ANESTESIA

26. FINGIR QUE NOS ODIAMOS

27. DOS CARAS

28. AL DESCUBIERTO

29. TRATOS PLACENTEROS

30. TIC, TAC

31. EN LLAMAS

32. UN SEGUNDO MÁS

33. VOLTEAR EL JUEGO

34. AL LÍMITE

35. ÉXTASIS

36. NI CONTIGO NI SIN TI

37. MÁSCARA

38.SOMBRA

39. INFERNUS

40. GUERRA

41. HASTA LOS HUESOS

42. GOLPE BAJO

43. DESGARRO

44. PEQUEÑA DESTRUCCIÓN

45. UN RAYO EN LA TORMENTA

46. EL PEÓN Y LA REINA

47. INMORTAL

48. FÉNIX

49. MIL Y UNA RAZONES

50. AZUFRE

51. SOBREVIVIENDO

52. LETAL

53. CUCHILLO AL CORAZÓN

54. ARS

55. TORMENTA Y PELIGRO

56. TITANES

57. TRES MALDITAS SANGRES

58. TU RASTRO

59. EN EL MISMO LUGAR

60. SOMBRA Y LUZ

61. SUCIOS Y ANIMALES

62. CONTRA EL TIEMPO

63. RED SKY

64. SERPIENTES

65. LA SANGRE

66. TITIRITERO

67. FINAL

Legal

Sobre la autora

Sobre este libro

Advertencia de contenido +21.

Mafia. Dark romance.

No apto para personas sensibles.

pieza de una reyna de ajedrez

PRÓLOGO

Las flamas del fuego alumbran la noche árida. A orillas de una vieja isla perdida en el mar Índico, el viento cruje con fuerza, el olor a sangre infesta mis fosas nasales mientras unas voces gritan con algarabía la muerte de los traidores.

Se siente bien… matarlos. Su sangre deslizándose por mis puños. Los músculos de sus cuellos dislocados, ardiendo bajo mis palmas. Los cadáveres caen y los hombres de la isla encienden antorchas y lanzan cánticos. Sus rostros se paralizan al verme. Para ellos no solo soy un demonio que cuida de sus tierras, sino también su líder.

¡Ele tukan, Ele Tukan! ¡Nos ha salvado de nuevo!

Mis pies se hunden en la tierra cuando me alejo, estar entre la muchedumbre me sofoca. Un hombre me espera a orillas de la cueva donde me refugio. Es silencioso y paciente.

—El barco donde llegaron esos hombres está en llamas. Eran espías, no lograron comunicarse con su base, pero hay un culpable. Uno que tiene nombre y apellido.

—¿Qué más sabes?

—Ella… se casó hace unos meses, aunque dicen que su matrimonio es solo una pantalla. La mafia…

Levanto la mano para que se detenga. Las venas de mi brazo se ensanchan cuando ahonda en explicaciones. Me baja la cabeza antes de cederme el paso. El aire se retiene en mi garganta. Mis pasos son firmes y, en la oscuridad, un reflejo de la luna alumbra el viejo espejo que muestra mis cicatrices.

Mi cuerpo ya no lo siente, pero las marcas que quedaron son símbolo de mi victoria. Meses inmovilizado, parapléjico y tres heridas de bala en la espalda no fueron suficientes para vencerme.

Un tablero de ajedrez parece encenderse sobre la mesa, mi mano sujeta una pieza. Hace dos años sobreviví a la muerte. Hace dos años una mujer intentó clavarme un puñal y ha llegado el tiempo de devolvérselo.

No soy solo un hombre que regresa de las sombras, me convertí en el peor de mis demonios.

Me llaman Tormenta.

pieza de una reyna de ajedrez

1.
SIMPLEMENTE ALEXA

Milán, Italia

Bianca

Mis tacones resuenan en medio de la noche mientras una fuerte humareda hace que me detenga. Las puertas de un terreno baldío se abren, me dan entrada a un lugar que aparenta ser desolado, alejado del bullicio y el caos de las calles de Milán, pero sé que no estoy sola.

Un olor nauseabundo se impregna en mi nariz a medida que mis pasos se adentran y lo primero que veo son cabezas humanas que ruedan por la tierra hasta mis pies, como un acto de intimidación barata.

—Benvenuto.

La sombra del hombre que trató de matarme hace algunos días se hace visible. Es alto, de cabello rubio, un rasgo particular en los miembros de los clanes menores del norte que le servían a mi enemigo: Emilio Ricardi.

Hundo mis uñas en las palmas de mis manos al acercarme y una luz alumbra mi cuerpo. Hombres armados se alzan, los míos aparecen de sorpresa, rodeándolos. El ego le arde como todo macho de la mafia que ve a una mujer capaz de destronarlo, también le brilla el deseo.

Sus pupilas se agrandan al notar mi escote, la falda de cuero perfila mis curvas. Presiono las palmas de mis manos en la mesa y no pasan ni dos segundos para hacer lo que todo idiota predecible hace: imaginarme debajo de sus pelotas.

—¿Hace cuánto no te follas a alguien? —le pregunto y se desconcierta.

Arruga la frente. Como esperé, cae rendido.

—Hace mucho no me cojo a alguien que sea guapa y poderosa.

—¿Alguien... como yo?

—Puede ser. Nunca me he follado a una zorra desesperada. Una princesa de la mafia que hace dos años huyó de Roma, tuvo que cambiarse de nombre para que no la maten, y ahora viene a mí por migajas.

Sonrío.

—Estoy aquí para negociar tu silencio.

—Estás aquí porque te tengo en mis manos. Muy pocos miembros de la élite conocían tu rostro. Casualmente todos los que quedaban han ido muriendo, menos yo… Bianca Simone. ¿O debería llamarte Alexa?

Esboza una risa. Acerca su rostro al mío.

—Los años no han pasado sobre ti, preciosa. Sigues siendo una bruja hecha muñeca. Sería una lástima que te exponga a La Hermandad. Durante años te ha buscado para matarte.

—¿Qué es lo que quieres?

—Mucho dinero. Y diamantes… porque sé que los tienes. Siempre se supo que aquellas joyas de sangre quedaron con los Simone. Nadie los encontró después de la explosión que arruinó tu vida. Los quiero conmigo.

—Tómalos entonces.

Estiro mi mano hasta la suya, dejando una pequeña bolsa de chandal en el centro de la mesa. La sorpresa es evidente en su rostro; los dedos le tiemblan, estira el brazo, pero cuando está a punto de tomarlo, lo freno con mis labios en su boca.

—Señor —uno de sus hombres da un paso hacia adelante. Él lo detiene.

Los ojos de Alonzo Giordano se nublan de deseo. Sus manos se agitan abriendo la bolsa que resguarda las joyas más valiosas de la mafia. Toma los diamantes entre sus dedos, uno a uno, y luego los aprieta. Una vaga risa se desata.

—Ahora esto me pertenece y tú harás lo que quiera, como quiera. La hermandad pagará millones por mi secreto. Eres tan bella como estúpida.

—Y tú tan insignificante como lo será tu muerte lenta —murmuro sobre sus labios.

La sonrisa se le borra cuando su rostro empieza amoratarse. Abre la palma de su mano, dejando caer los diamantes infectados de veneno. Empieza a temblar sin control de sí mismo. Se lleva una mano a la garganta.

—¡¿Qué me hiciste?!

Arruga el rostro en medio de sus convulsiones. Sus hombres estallan en gritos, pero es tarde. Los míos inician una balacera. Uno, dos, tres… balas impactando en sus carnes como fuegos artificiales. Mi sonrisa, la única expresión en medio de la muerte.

—Tenías razón: eres el último de los sobrevivientes de la mafia que conocía mi rostro. Lástima que morirás como una rata.

—Perra.

—Te equivocas. No soy solo una perra, soy una perra inteligente.

Apunto a su frente con mi arma y disparo. Su sangre me salpica por todas partes. Con guantes tomo mis diamantes, las joyas de sangre que todos han perseguido por siglos, pero que solo los verdaderos líderes son dignos de poseerlas.

El olor a pólvora infesta mis fosas nasales. Un fúnebre silencio se forma en medio de los cadáveres y camino sobre ellos, aplastando sus cráneos con mis tacones.

—Uno menos —dice Méndez, un viejo amigo que me recibe al salir.

Regresó a mí hace poco y, como siempre, es hábil en todo lo que hace.

—¿No hay testigos?

—Ninguno.

—La madrugada se acerca, vámonos antes de que la policía llegue.

Me abre la puerta del auto y nos perdemos en medio de la carretera. El aire frío de la noche me reconforta, como un eco de victoria que todavía resuena en mis adentros. Traicioné, empuñé, y volví a ganar otra de mis batallas. Este fue el último miembro de la élite de la mafia que sabía de mi paradero, ahora me toca recuperar lo que me pertenece.

Después de la detonación en el sur, La Hermandad italiana me sentenció como traidora por haber matado a mi tío, Leonardo Simone. Los hijos de puta pusieron a los miembros de mi clan en mi contra, puesto que si hay algo que no se perdona es matar a tu propia sangre. Y luego se autoproclamaron administradores de los clanes, debido a que sus líderes eran considerados indignos.

Emilio Ricardi escapó, en estos años nunca se supo de su paradero. Con Ricardi prófugo y mi orden de captura, La Hermandad tiene lo que siempre anheló: el poder completo de Italia. Ya no existen divisiones de territorios norte y sur, los unificaron, quitándome mis tierras, cambiando la pirámide de la mafia italiana. Y no van a soltarlo tan fácil.

Quieren eliminarme. Le han puesto precio a mi cabeza para poder perpetuarse en el poder, pero tienen una gran desventaja: no todos conocían mi rostro. Sospechan que sobreviví, pero no tienen forma de ubicarme. No podrán consolidarse en el imperio sin mostrar mi cadáver. Y yo regresaré con más fuerza.

Dos años. Hoy serían dos años desde la última vez que el mundo supo de Bianca Simone. Podré haber olvidado mi nombre y mi apellido, pero no lo que sentí aquella tarde lluviosa en medio de un cementerio. Aquella rosa blanca cuya espina caló en mi carne.

¿Su tumba seguirá intacta? ¿Le habrán puesto flores?

Mi sonrisa se apagó después de lo que hice, y aunque tomé las mejores decisiones para mi vida, espero que él sea feliz donde sea que haya parado su rumbo, en donde quiera que se encuentre.

—Hoy es el último viernes del mes, señorita Bianca —Méndez alerta, sacándome de mis pensamientos.

—Ya no hay más Bianca. Soy Alexa, simplemente Alexa.

—Para mí nunca dejará de ser Bianca Simone —frena el auto—. Tengo que hacer esta parada.

No tiene que preguntar, tampoco mencionar el tema para que lo entienda.

El aire se me acorta, soy incapaz de ver por la ventana cuando Méndez aparca el auto y baja con una maleta llena de dinero. Después de huir de Roma, herida y en la miseria, me refugié en este convento para que no me encontraran. Hice un trato inquebrantable con su directora, la reverenda Francisca, que ansía tanto el dinero como a sus jóvenes devotas.

Contengo el puño al escuchar el gran portón de madera abrirse. Los recuerdos regresan, un pequeño llanto me sofoca, arde en mi carne sin explicación. Me llevo un cigarrillo a la boca, queriendo atenuar los temblores en mis manos. Con la mirada al frente intento olvidar las marcas que me dejó este lugar por tanto tiempo.

La pantalla de mi móvil se enciende, tengo más de diez llamadas perdidas. Cuando Méndez regresa al auto, no dice nada. Nos quedamos en el más completo silencio mientras regresamos a Milán. Después de una hora por fin estamos en lo que podría llamar «casa», una vieja mansión a las afueras de la ciudad.

Las puertas del palacio se abren, mi auto entra en los señoriales jardines que lo adornan. El lugar no es tan grande y tradicional como Villa Regina, pero mantiene el lujo al que estoy acostumbrada.

Tonos cálidos, piso de mármol, sirvientes y hombres de la mafia. Cuando cruzo el umbral de la puerta, las luces se encienden.

—Te llamé más de diez veces y no contestaste ni una el maldito teléfono —una voz me detiene—. Habrás estado muy ocupada, bellezza.

Los ojos marrones de un hombre alto, de cabello rubio, con apenas unos jeans y pies descalzos, me dan pereza.

—El asunto demoró más tiempo de lo previsto.

—Mataría por haber visto llorar a Alonzo Giordano.

—No te perdiste de mucho —digo sin emoción—. Murió rápido.

—Siempre es un gusto verte en acción, moglie. La muerte de ese infeliz sella el último riesgo que tenías de que La Hermandad te reconociera. Ahora no tendremos límites —se detiene cerca de mi rostro—. La negociación con Hamster ha sido exitosa. Pronto cerraremos el trato más importante de nuestras vidas. La conferencia de prensa del festival será en tres días. Quiero que me acompañes.

—La exposición todavía me resulta peligrosa.

—Pero ya no tienes a nadie que te reconozca. Nos conviene aparentar en la previa del evento más grande de cine del país. Irás de mi brazo, como mi mujer. Por fin podré presentarle al mundo a mi mayor joya.

Levanta mi mentón con un dedo y deposita un beso en mis labios. El olor de su perfume me asquea, al igual que sus manos deslizándose suave por mis caderas. Lo detengo.

—Luego hablamos de esto. Quiero bailar —advierto.

—Y yo quiero follar.

—Otro día.

—¿Por qué siempre me rehúyes? Intento cuidarte. ¿No soy tu marido? Me debes obediencia.

Saca un mechón de mi cabello y me es inevitable no tensar los dientes. Detesto tanto su presencia como esta farsa. Me casé con Darío Ferrini, un hombre de la mafia y empresario de espectáculos, solo por conveniencia. Al salir del convento me dio el poder, el dinero y la protección contra la policía que necesitaba, pero esto empieza a ser insoportable. No aguanto su cercanía, su olor, su maldita lengua árida tratando de tocarme. Me aparto.

—Quiero estar sola.

—¿Por qué? ¿Porque aún lo recuerdas? —sus dedos hacen presión en mi brazo, los ojos le brillan. Hay una rabia absurda que enmascara. Conoce mi pasado, también su nombre—. Quieres estar sola porque te tocas pensándolo. Te escuché gemir anoche.

—Estás enfermo.

—¡Enfermo no, celoso sí! Prohibiste todo tipo de rosas blancas en esta casa, también que se mencionara su nombre. ¿Tanto te duele recordarlo?

—Me estás lastimando.

—Entiéndelo de una vez: Adrian está muerto. Y los muertos no regresan.

Libero mi brazo y mis pies siguen su rumbo hacia mi sala de baile. Tengo una bola atorada en mi garganta, el latido de mi corazón en los oídos, la sangre fluctuando hasta por mis orejas. Bailar me da calma. Apacigua mis males.

—¡Bianca! ¡Te estoy hablando!

Cierro la puerta con llave, subo el volumen de la música y empieza a tocar con los puños hasta que se harta.

Me desconecto del mundo cuando bailo; libero, curo, purgo mis heridas. El meneo constante de mis caderas y el ritmo rápido con el que mis piernas se mueven hacen que mis músculos se agoten, pero no me detengo. El sudor cae por mis brazos y mi mente sigue silenciando los fantasmas. Pero esa energía aumenta al mirarme al espejo. Tal vez porque veo cada una de mis máscaras.

Dije que nunca sería la persona en la que me he convertido. Ya no soy un soldado más de mi padre, pero sí esclava de mí misma.

Un gruñido fuerte se desprende de mi garganta cuando la música se acaba, haciendo pedazos el espejismo. Caigo al suelo, vencida por mis piernas. Por mi voz y el eco de una sola palabra que aún rebota en mi mente: «Adrian».

Contraigo el estómago al levantarme, una niebla mental me sofoca. Cuando llego a mi recámara, cierro la puerta. Y en la más completa soledad, los recuerdos parecen balazos acribillando mi mente.

Adrian.

Adrian.

Adrian.

No eres más que una pesadilla.

Me tomo una pastilla para dormir, pero apenas cierro mis ojos vuelve a mi cabeza, como todas las noches. Sus ojos destruyen los míos con una sola mirada, sus manos reclaman mi cuerpo, enrollándome en sus caderas.

Nos besamos, sin que nada nos ate. Y luego se va como un mal sueño. Está muerto. No regresará a mi vida. Desapareció como un espejismo, como lo último de él que sostuve entre mis brazos. Me río amargamente de mí misma.

Ahora tengo otro destino. Mañana será un día de mierda.

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2.
SIN ANTIFAZ

Bianca

Era una época fría. Las ventanas parecían resquebrajadas por el hielo, el viento soplaba tan fuerte que no aguantaba su chillido en mi cabeza. Gruñí despacio, todavía tiritando en una esquina de la habitación del convento. Mis ojos se sentían como dos pelotas infladas. Estaba cansada de llorar, de extrañar y recordar. Ya no lo soportaba.

El espejo, que había roto horas atrás, aún estaba colgado cerca de la puerta. Lo había destruido, pero sus pedazos todavía mostraban mi reflejo. No quería mirarme: no podía. Cada vez que lo hacía, un agobio pesaba en mi pecho.

Con el hábito encima, me arrastré y el dolor seguía siendo insoportable. Estaba ida y sucia. Todavía había pastillas regadas en el suelo, la sangre fluctuando por mis piernas.

No quería. No debía sentir lástima por algo que no existía. Pero aquel espejo volvía a mostrar lo que quería ocultar con todas mis fuerzas y solo sentí cómo me derrumbaba.

—¿Bianca? ¡Despierta!

La voz de Darío hace que abra mis ojos bruscamente. Estoy sudando, excesivamente abrigada. El calor me obliga a destaparme por completo.

—Deberías tocar antes de entrar —reniego mientras me levanto de la cama.

—Soy tu marido, ¿no? Otra vez tuviste esas pesadillas.

—¿Qué quieres? —voy al grano.

—Tuvimos un problema. Los agentes de inteligencia del gobierno balearon uno de nuestros autos. Los niños que iban rumbo al convento… murieron.

—¿Qué?

—El gobierno ha empezado a sospechar que la policía tiene nexos con la mafia. Los imbéciles les dispararon pensando que llevábamos droga. No hubo sobrevivientes.

Las manos se me ponen frías. Intento mantenerme tan pulcra como puedo para no demostrarle que me afecta, pero me es imposible. Una extraña sensación amarga nace en mi garganta y solo cierro mis ojos.

—Lo siento.

—Tu fracaso ya no me sorprende —espeto—. No sirves para nada.

—¡He hecho todo lo que querías! Te salvé de la peor pobreza en la que estabas cuando saliste de ese convento. Te di poder, dinero, posición social, incluso me alié con la policía solo para protegerte, pero solo recibo migajas.

—Por favor… No estás de mi lado porque «me amas». Aquí nadie hace caridad, Darío. Tenemos una alianza que también te beneficia, así que deja de victimizarte.

—¿Cuál es tu bendito afán? ¿Por qué tanto interés en salvar a esos malnacidos?

—Sin críos no hay ejército de la mafia. Sin monjas, no hay traficantes de droga ni de los diamantes que tú tanto amas. Toda la gente de mi clan me dio la espalda. Esos niños iban a ser mis soldati cuando crecieran. Pero claro, ¿qué se puede esperar de tu estúpida inteligencia? No sé por qué tienes cabeza si no la sabes usar.

—No juegues conmigo, Bianca —me toma del brazo—. Tras ese rostro frío que aparenta manejar muy bien sus emociones, hay una máscara que algo guarda. La monja no ha dejado de llamar desde ayer y tú te niegas a contestarle. Mantienes ese convento con o sin niños. Desde que te conocí no hay mes que no le des dinero a esa maldita zorra. Tarde o temprano voy a descubrir lo que escondes.

—Si me provocas, puedo arruinarte.

—Y yo a ti, bellezza —aprieta mis cachetes y presiona su boca contra la mía—. Somos uno. Nuestro matrimonio, nuestra vida, nuestros negocios. No olvides que también estás a mi servicio. Anoche la modista te habló y no confirmaste la cita.

—Me importa una mierda tus inversiones corrientes para lavar dinero.

—Eres tú la dueña de la droga que vendimos.

—De la carga, sí, cuando se envíe a Hamster. No tengo por qué socializar en tus negocios previos de mierda.

Me acorrala contra la pared, presionando fuerte mi brazo.

—Sabes que he luchado mucho por hacerme un nombre en el espectáculo. El festival lo organizo yo, si el gobierno se come nuestro cuento, nos será más fácil que las toneladas de droga salgan del país. Esto nos beneficia a ambos. Sería una lástima que La Hermandad te encuentre, ¿cierto? —sonríe ante mi silencio—. Irás, aunque no quieras. Te pondrás un buen vestido porque quiero presumirte. Tú eres mi ancla, mi mejor joya. La modista volverá por la tarde, así que la aceptas.

Me suelto y se va con una sonrisa.

No lo soporto. Durante estos meses pagué un precio alto por esta agonía y ahora no veo la forma de sacarlo de mis planes, solo necesito más tiempo.

Cuando voy a cerrar la puerta, el rostro de Elena se alumbra. Seguro estuvo espiando, otra vez. Exhalo hondo, queriendo salir, pero me ataja.

Elena me recuerda todos los días mi pasado. Con sus ojos de miel deambula por mi consciencia, queriendo derrumbar los muros que he construido. He llegado a pensar que debí enviarla de vuelta a Estados Unidos con su hijo para que deje de joderme la vida.

—¿Qué quieres?

—Nada. Solo venía a dejarte el desayuno. Ya se te hizo costumbre no comer.

Deja la bandeja, pero no se va. Solo se mantiene en silencio, de espaldas, tratando de hacer cualquier cosa para quedarse.

—Escuché a Darío hablar sobre ese dichoso festival con sus hombres. Ese tipo está loco, ha metido al gobierno en sus «inversiones». Ahora quiere arrastrarte con él.

—¿Y?

—Exponerte de esa manera podría meterte en más problemas, solo por un capricho idiota.

—Soy su esposa.

—De mentira, y bien que lo sabe. Piensa que mostrándote va a ganar la aprobación que no ha podido conseguir en su miserable vida. Sabe quién eres, lo hábil que se te hace negociar acuerdos de mafia, pero no le importa ponerte en peligro. La Hermandad te sigue buscando. Si decide un día traicionarte…

—Se embarraría él mismo y no vivirá para contarlo.

—Es un hombre peligroso, Bianca. Lo he visto inyectarse drogas, como lo hacía tu padre. Aun así, sigues jugando con fuego al mantenerlo a tu lado. Está obsesionado contigo. Nunca dejará de compararse con Adrian por lo que pasó hace dos años.

—En mi vida no ha pasado nada —contesto con amargura—. Estoy ocupada, vete.

—Acaba con esto, hija. El amor es lo único que nos salva.

—El amor es lo que nos sepulta. El pasado es un capítulo cerrado que no regresa, ya deberías saberlo.

Me pego a la puerta, abriéndola, y no la miro hasta que se va, dejándome en sombras.

Amalia

Dicen que los mejores guerreros se refugian en lugares que los dignifican. Tierras lejanas, extrañas, olvidadas por un mundo en el que nunca encajaron para sanar sus heridas.

Nuestras tierras han sido bendecidas. Entre mares turquesas y una vasta cadena de rocas, habita la isla Yanaku, llamada así en honor a mi padre. Somos una comunidad curandera. Hemos sido dotados de dones en nuestras manos que no solo devuelven vidas a los ángeles, sino también a los más oscuros demonios.

Vivimos de la siembra de una tierra fértil y nos curamos con plantas exóticas ancestrales, únicas en el planeta. Por años crecimos siendo felices, disfrutando de un sol abrasador, sin maldad ni malicia… hasta que un mal día la ambición del hombre tocó nuestras tierras.

Mi padre, exjefe de esta comunidad, murió a manos de asesinos que llegaron a desfalcarnos por plantas venenosas y piedras preciosas que emergían de nuestras cuevas.

Durante mucho tiempo nos obligaron a trabajar para gente de la mafia, hasta que un día fuimos liberados por un demonio en sombras, un ser mítico que llegó a nuestras tierras siendo casi un cadáver y regresó de la muerte para nosotros.

—¿Otra vez mirándolo? —Yinka, mi mejor amiga, hace una mueca—. Déjalo en paz, Amalia. Pareces acosadora. No es correcto perseguir a tu prometido.

«Mi prometido». Qué lindo se escucha.

Sonrío, mirándolo a lo lejos. No hay imperfección por donde lo veas; sus músculos son casi como el de un Dios mítico, sus ojos tan cambiantes y grises como las tinieblas. Incluso sus marcas.

Cuando llegó a esta isla, parapléjico y mal herido, todos lo daban por muerto, pero no mi padre, quien luchó por salvarle la vida. Doce meses demoró en volver a levantarse. Apenas pudo ponerse en pie, ya estaba ejercitándose. Su persistencia ayudó a su recuperación.

—No estoy persiguiendo a nadie, solo recojo algunos frutos —aclaro.

—¿Cerca de las cuevas? No es un lugar correcto. Si alguien te ve a solas con él, podría pensar mal.

—Hemos sido novios durante casi un año. Será mi marido pronto. No tiene nada de malo.

Me codea en complicidad y, cuando se mueve, nos escondemos para que no nos vea. Deambula por el borde de las cuevas como un alma oscura inquietante; extraño, ausente, silencioso. Sus ojos son como dos cuchillos filudos: te destruyen apenas le sostienes la mirada. Los lugareños lo llaman maligno, pero para mí solo es un alma oscura que aún no encuentra su camino.

—¿No lo notas extraño?

—¿Extraño?

—Últimamente carga una rabia que asusta. Destruye cosas con las manos cada vez que cuelga el teléfono. Y ahora son más frecuentes sus llamadas. Nadie sabe con quién habla.

—Después del último ataque que tuvimos, ha mandado a gente a merodear la zona —contesto, sintiendo que algo se aprieta en mi garganta—. Solo está protegiéndonos.

—Pero nunca habla con nosotros.

—No necesita ser un orador para tener lo que buscamos en un líder. Siempre ha sido un hombre de pocas palabras. Además, mejor para mí. Cada vez que sale, todas las mujeres de la isla terminan pegándosele. Y no estoy dispuesta a soportar que otra esté cerca. Ni de su cuerpo ni de su mente.

—¿Lo dices por esa mujer? La que nombraba en sus delirios. La que le hizo esas marcas en la espalda.

Mis mejillas se calientan. El pecho me arde como si me hubieran dado un palazo.

—No se recuerda lo que no existe. Los fantasmas son solo fantasmas que no regresan. Ahora es parte de nuestra familia y está feliz con nuestra tribu. Es lo único que importa.

—Cierto.

La mirada de Yinka se desvía sin decir más. Debería sentirme bien con lo que dije, pero algo se aprieta en mi interior cuando la nombra. Esa mujer… la de sus pesadillas. ¿Por qué la seguiría recordando? Si desde que tuvo conciencia, no ha vuelto a mencionarla.

Cada vez que alguien hablaba de ella, las venas de su cuello se hinchaban. Se mostraba ido, sin palabras, apretando un cuchillo en el puño hasta desangrarse. Fui yo quien curó sus heridas, yo quien estuvo con él cuando más me necesitaba.

Cuando mi padre le pidió que se casara conmigo, no se negó. Hemos sido felices desde entonces.

—La fiesta ya va a comenzar —agrega Yinka. El sonido de los tambores se alza, la comunidad empieza a celebrar el compromiso—. Todos deben estar esperándote, vámonos ya o van a sospechar.

—Ve adelantándote.

Mi mejor amiga se va y suelto una exhalación profunda al verlo seguir en el teléfono. La boca de mi estómago arde junto a la incomodidad que me da volver a traer un pensamiento a mi cabeza. El impulso me gana. Debería ir a mi cabaña para vestirme, celebrar con los míos, pero mis pies solo se enrumban hacia la orilla, donde permanecen los hombres que custodian nuestras tierras.

No se extrañan al verme, me muevo por aquí con regularidad. Prohibí todo acceso foráneo hacia la zona; desde cartas, hasta cualquier cosa no autorizada por precaución.

—¿No ha llegado nada hoy?

—No, señorita. Y todo lo que llega es destruido según sus órdenes.

—¿Tampoco vino nadie extraño?

El hombre se queda mirándome, sabe por qué lo digo.

—No. Nadie.

—Gracias.

Pensé… solo lo pensé que había pasado otra vez. Cierro los ojos, llevándome una mano a la cabeza. «Todo está bien». El alma me vuelve al cuerpo, como un leve aire de alivio en mi sistema. Entonces, ¿por qué sigo teniendo esta desesperación?

«No pasa nada. Todo está bien. Es un sueño, él es tu sueño. Y pronto te casarás». Me lo repito.

El pasado no regresará. Ahora yo soy su presente. Y es lo único que importa.

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3.
TENTANDO AL DIABLO

Darío

Si hay algo que un buen comprador aprecia, son las joyas que no dejas de mirar. Altas, de buen cuerpo, tan jodidas que por un lado te hacen perder la cabeza y por el otro ya no las puedes soltar.

El sonido de balazos abruma mis tímpanos, pero no hay nada que me dé más placer que ver a una hembra bien puesta disparar. Bianca lo hace muy bien. Continúa haciendo trizas la pared bajo la excusa de un entrenamiento, aunque en el fondo sea mentira.

No necesita practicar con armas porque las maneja desde la cuna. Los Simone se han caracterizado por tener a los soldados más despiadados de la mafia italiana, y ella siempre ha sido la mejor. Lo que le pasa es simple: no domina su rabia cuando las cosas no salen bien y es su manera de desahogar.

Verla rabiosa, frustrada, sin esa máscara fría que la caracteriza, solo me prende más.

Pasé mucho tiempo deseándola. Tenía catorce años cuando la vi por primera vez, apareciendo del brazo de su padre en una fiesta de la mafia. Escondía su rostro tras la máscara, pero sus ojos me congelaron cuando se cruzaron con los míos.

Única. Altiva. Hija del hombre con el que todo el mundo quería negociar.

Cualquier miembro de un clan menor de la mafia hubiera dado lo que sea por un trato con los Simone, pero yo la quería a ella. Me dediqué a forjar una gran fortuna para estar a su altura, midiendo mis pasos, acercándome a su entorno… hasta que Adrian Petrov, el maldito hombre que tenía que destruir, llegó a su vida. Y en su maldito juego se enamoró.

La mafia le dio la espalda, orillándola al exilio cuando descubrieron que no lo mató. Se quedó sola, sin dinero y totalmente vulnerable para mí. La busqué por largos meses hasta llegar a Giacomo Rossi, un excompañero de su infancia, que me ofreció un trato a su nombre que no podía rechazar.

Yo le daba dinero, una nueva identidad, protección con la policía y ella… lo que yo tanto buscaba: un matrimonio, estatus, e información de las drogas que su padre inventó. La mayor de mis ambiciones que buscaba revivir.

—¿Qué haces ahí? —me descubre y deja el arma a un lado.

—Admirando la vista. ¿No puedo?

Camino hacia ella para rodearla con mis brazos. Huele bien, sabe bien. Es una mujer adicta a verse espectacular; siempre limpia, bien vestida, de un aroma envolvente.

—Terminamos el entrenamiento —le dice a Méndez, quien se mantiene al margen cuando nos ve.

Trata de quitarse de mi agarre, pero esta vez no la dejaré.

—Hoy volví a enviar gente al sur, Villa Regina sigue destruida, pero los planos de la mansión indican que hay un lugar que no se tocó, donde podría estar el búnker de tu padre —puntualizo.

—¿Y crees que fue estúpido para hacer su guarida más preciada en el primer lugar donde nos podrían atacar?

Tenso los dientes.

—Ya déjalo, Darío. Mejor dedícate a perfeccionar tu propia droga.

—Si tan solo me apoyaras en esto…

—Te he dado toda la información que tenía.

—Pero no te implicas en el asunto a fondo. Las joyas más valiosas que tu padre poseía no eran los diamantes, sino sus fórmulas de drogas. Los diablos rojos marcaron un hito en el mercado, pero lo que estaba desarrollando antes de morir, una droga con plantas tóxicas capaz de podrir el cuerpo humano hasta hacerlo explotar, era revolucionario.

—Nadie sabe dónde quedaron sus escritos.

—Pues yo voy a encontrarlos. No descansaré hasta apoderarme de sus fórmulas. Somos los últimos en la pirámide de la mafia, los griegos nos están quitando terreno con el Kaos. Y no podemos permitirlo.

—Haz lo que quieras.

Se va y tras ella la sigue Méndez, como el maldito perro faldero que es. Ahogo el éxtasis en la garganta. Cuando no hay nadie merodeando, uno de mis hombres se acerca.

—¿Hiciste lo que te pedí?

—Tal y como usted ordenó, mi señor. Los containers con la carga están cerca de la frontera, esperando el momento para salir del país.

—¿Y la mercancía nueva que te pedí?

—En la mira, pero la jugada es peligrosa. Ya mataron a dos de nuestros hombres. Entrar en esa isla de nuevo…

—No hay nada que Darío Ferrini no pueda hacer —concluyo, llevándome un trago a la boca.

Lo que vendo está bien, pero no es mejor que lo que tienen mis competidores. Hamster es el distribuidor de droga más grande de Europa y hace poco aceptó trazar negocios conmigo, porque sabe que tengo nexos con los Simone.

Le prometí una tanda especial de nuevos experimentos. Pero para crear drogas que impacten, necesito flores exóticas. Y hay un solo lugar donde permanecen.

—Adelanta el golpe para esta noche.

—¿Está seguro, señor? La conferencia de prensa del festival será mañana. Sería contraproducente algún error.

—Esa es la respuesta. Nadie va a detenerme. Yo no cometo errores.

pieza de una reyna de ajedrez

4.
CORAZÓN QUE NO OLVIDA

Bianca

Tengo una sensación extraña, mi cuerpo no ha dejado de temblar. El ahogo en mi garganta empieza a fastidiarme. No sé si es el clima, el estrés por tener tanto encima o es que necesito unas buenas vacaciones.

Mi día ha sido torpe e inservible, todo se fue al reverendo carajo. Mandé a la mierda a algunos aliados, incluyendo a Darío, quien no ha dejado de mencionar que su conferencia de prensa es mañana.

—Señorita Simone, la modista está en la puerta —Méndez aparece y solo suspiro.

—Dile que espere. En un momento bajo.

—Pensé que no quería asistir.

—No tengo más opción. Hay demasiado en riesgo. La carga de droga que cerramos con Hamster no son kilos, sino toneladas. Es gente que no se anda con juegos, no quiero que nada salga mal. Suficientes enemigos tengo ahora.

—Insisto en que podría ser peligroso; habrá prensa, gente del gobierno, quizá la policía.

—Darío sería capaz de arruinar todo de un impulso, no voy a exponerme. Además, es bueno ver cómo juega. Va a trazar negocios con empresarios, usará a actores y directores de cine como mulas para traficar. Hace mucho no entro en el circo.

—Lo que creo es que está poniendo excusas para meterla en sus juegos y que no pueda soltarse de él.

—Que siga soñando.

Atiendo a la modista y finjo que me gustan sus diseños de abuela. La conferencia de prensa ante los medios internacionales busca resaltar tradiciones italianas, por lo que todos los invitados irán con trajes de carnaval. Los largos vestidos pomposos de época son obligatorios, así como las máscaras. La mujer toma mis medidas y se va.

La noche cae e intento ver una película para despejar mi mente, pero no puedo concentrarme. El sonido incesante de mi móvil sigue molestando; es claro que la reverenda Francisca no parará hasta conseguir que vaya al convento. Trago saliva queriendo dormir, olvidando esa estúpida idea.

Parece que todo pasa de manera insípida hasta el amanecer. Ya es un nuevo día. Me llevo una mano a la cabeza al darme cuenta de que es muy temprano y de que me quedé perdida toda la noche. Mis ojeras reflejan el cansancio acumulado, quizá Venecia no me venga mal después de todo.

Estoy contra el tiempo. Alisto las cosas que necesito, me subo al auto que me lleva a un aeropuerto privado y me instalo en el avión de Darío para su sorpresa. No esperaba que llegase con él. Tomo el asiento que está a su lado, solo me mira.

—¿Todo bien, bellezza? —ladea su cabeza con una sonrisa.

—Sí.

—Jamás estás tan pegada a mí como ahora. ¿Vas a embaucarme?

—Vete al infierno —respondo y el avión inicia su despegue.

Después de una hora llegamos a Venecia. Los paparazzi no tardan en aparecer. Darío sonríe, dándose un baño de popularidad que me irrita. Es un tipo arrogante y perfeccionista, todo lo que le sale mal es sinónimo de pérdida para su vida, por lo que seguro empezará a ponerse histérico con cualquier cosa.

Los preparativos inician temprano. Gente del medio, el gobierno y ministros han sido invitados. Van a desplegar un pequeño espectáculo como antesala. Las cámaras del mundo estarán presentes y no estoy de ánimos para nada. Decido irme al hotel y en el camino me es imposible dejar de ver cómo esta ciudad está abarrotada de turistas del amor. Hay parejas besándose, tomando fotos innecesarias.

Últimamente no aguanto nada, estoy amarga, más irritada que meses anteriores. Decido darme un baño de espuma y el teléfono no deja de sonar.

—¿Dónde estás? —Darío se irrita.

—En el hotel. La conferencia es en la noche. No hay necesidad de mi presencia ahora.

—Tenías que estar a mi lado en todo momento.

—No soy tu adorno ni tu perro para que me hables como quieras.

—Si me jodo, caes conmigo. Cualquier cosa que intentes…

—Estaré a las ocho —puntualizo.

—Un helicóptero te esperará en la zona roja. Te envié el plano por teléfono. Estudia las salidas y puertas de acceso por seguridad. La modista envió el vestido para ti. Quiero que te lo pongas

—Bien —le doy por su lado y cuelgo el teléfono.

Por supuesto que no me lo pondré, iré vestida como se me dé la gana.

Todo corre conforme a lo que planeo. Al hotel llegan mis hombres de confianza, incluido Méndez, para darme las armas que necesito. Paso toda la tarde estudiando el lugar, mirando quiénes vendrán, y cómo se organiza el imbécil para redoblar la vigilancia.

Pronto llega la hora de alistarme. La modista envió un atuendo horrible para mí, pero no me lo pondré. Del armario saco un vestido verde con detalles felinos que se ciñe a mi cuerpo con una clara intención.

Me miro frente al espejo. Termino de juntar mis labios rojos para luego ponerme la máscara encima, no sin antes apretar la navaja que escondo en mi cuerpo.

Mis tacones resuenan cuando salgo del hotel, llevándome la vista de los presentes. Un auto negro me espera. Las calles están llenas de murales del festival que llaman mi atención: «La festa dei sogni», el festival de los sueños. Todo parece bien organizado, hay demasiada prensa en cada rincón.

Me doy un minuto antes de entrar en la zona, lo ocupo en retocar mi maquillaje. Apenas paso el labial por mis labios, una sombra cruza el parabrisas. Levanto la mirada hacia el retrovisor y no hay nada.

Podría jurar que fue real. De un momento a otro imaginé que alguien me seguía, pero olvido la idea apenas compruebo las cámaras traseras del auto.

Estoy paranoica.

No tengo más alternativa que caminar resguardada de mis hombres hasta llegar al pórtico de flores que da paso a una alfombra roja. Unas campañas ridículas anuncian mi llegada y solo me dedico a caminar. La gente empieza a hablar.

—No tiene el vestido de carnaval, cómo se atreve. Solo mírenla.

Me importa una mierda lo que digan. Las luces vibrantes de los flashes apuntan a mi rostro, quizá me vuelva una tendencia. Me siento única con el vestido que escogí, con los tacones que escogí, con el maquillaje que escogí.

—¿Qué demonios? —Darío me aparta furioso.

—No querrás hacer un escándalo —digo entre dientes—. Vamos, dijiste que querías presumirme. Preséntame ante tus amigos hipócritas.

Exhala sin pelear, porque no le conviene. Las cámaras están ante la vista de todos y un drama no sumaría a su reputación estúpida. Molto bene, Bianca, lo lograste. No quería entrar de su brazo y todo ha salido como lo imaginé. Era la única forma de que desistiera, así... casualmente.

Río con conciencia mientras camino posando sonriente ante las cámaras. Nadie sabe quién soy, tampoco lo imaginan. El lugar está lleno de gente famosa. Una gran recepción se alza, presentando la antesala de lo que será la campaña más grande de cine del país. Gente va y viene, yo me siento mejor sola.

—Whisky para la señorita —dice un mesero—. Se lo manda un caballero.

Muevo mi cabeza para ver quién es y no veo a nadie. Cuando volteo, el mozo desaparece, mi sonrisa se borra. Es mi imaginación de nuevo.

Sacudo la cabeza. Debería tomar unas vacaciones. La gente, los actores y toda esta muchedumbre de la industria me marean. Bostezo cuando logro identificar a algunos conocidos. El ministro llega de la mano de su comitiva, sin imaginar que su presencia avalará un evento de la mafia.

—Benvenuti! —Darío les da la bienvenida para la recepción, todo es captado por las cámaras. El evento lo organizó él, así que quiere lucirse.

Comparsas salen de los costados y con ello rosas que caen del cielo.

¿Rosas?

Abro mis ojos al notar su color blanco y mi piel se eriza. Todos se sorprenden, incluso Darío, quien empieza a tensarse. No estuvo planificado. Inhalo aire en medio de un espasmo mientras noto movimientos inusuales. Hay demasiada gente caminando, hombres extraños que vagan por las esquinas.

Las luces empiezan a descender, Darío jamás haría algo en clave baja, con excusas se aparta del ministro.

Algo anda mal, mi sentido de alerta se enciende. La zona roja no está lejos de este lugar. Llamo a Méndez por ayuda, pero no responde. Camino de prisa mirando de reojo a Darío, quien no tiene idea de lo que pasa.

Las luces se apagan, se escucha un tiro, creando confusión total entre los presentes. Mujeres ríen y sus sonrisas se ven ahogadas en el desconcierto cuando una pantalla gigante se muestra manchada de sangre.

Necesito irme, pero apenas corro todo se vuelve un infierno. Balas se desatan por encima de las cabezas de los invitados, todos se tiran al suelo. Una bola de fuego afecta un mural que Darío mandó a construir con el rostro de un reconocido actor italiano, las llamas son lo único que alumbra esta oscuridad. Todos entran en pánico con gritos de ayuda.

Méndez sigue sin responder. Darío me mira sacando su arma y no espero para irme. Camino lento para pasar desapercibida, correr ahora no sería muy inteligente, tomo la primera puerta que me lleva a la salida de emergencia.

—¡Abajo todos! —se escucha la voz de la policía. Jamás olvido mi arma y tuvo que pasar en este momento— ¡Una bomba!

Mi corazón galopa a la par de mis pasos. Sigo caminando en medio de las calles, sudando frío. Darío podría estar muerto, Méndez podría estar muerto, tengo que llegar a la zona roja para irme en ese helicóptero. No tengo más que una navaja entre mis pantis.

—Mierda.

Me detengo al sentir unos pasos. Los mismos pasos que sentí desde que salí de mi hotel, horas atrás. Mis ojos captan su reflejo en un charco; un hombre alto se desvanece en medio de la noche.

Corro hacia la Plaza de San Marcos. Cuando llego, descubro que está cerrada. El aire se me atasca en la garganta. Me encuentro atrapada, envuelta en sombras, sola y sin armas. Apenas giro, una bala silba en el pavimento y alcanza mis tacones. Pierdo el equilibrio.

Caigo al suelo en medio de la lluvia. Pareciera que estoy en una pesadilla, pero es real. Es una emboscada. Están tras de mí. Una balacera explota a mi alrededor: roza mi vestido, mis manos, mis pies.

—¿Quién eres? —grito, pero nadie responde. Solo se escuchan pasos.

La Hermandad no dudaría, me hubiera matado al primer intento.

Emilio Ricardi ya tendría mi cabeza.

En un acto desesperado, saco mi navaja. Pero un dolor agudo estalla en mi brazo. Una bala me alcanza y no es un disparo cualquiera. Es un tiro fino, limpio, preciso. Se me hiela la sangre. Solo hay una persona en el mundo que dispararía de esa manera.

Me arrastro hasta el borde del río, mi corazón late con violencia. Cierro los ojos, temblando. Empiezo a desangrarme, el dolor en mi brazo es insoportable. Trato de subir a una lancha, pero los pasos llegan hasta mí.

Levanto la mirada, mis labios se entreabren. Un hombre enmascarado se acerca. Podría esconder su rostro, pero no sus ojos cambiantes.

—Tanto tiempo, niña...

Se quita el pasamontañas y algo en mí se rompe. Mi mundo se derrumba cuando lo veo.

—Adrian.

pieza de una reyna de ajedrez

5.
NO LO DESEES

Bianca

Sus ojos son un par de explosivos que detonan por completo mi sistema. Algo en mí se retuerce por dentro. No puedo dejar de mirarlo, tampoco de sentirlo, tengo ganas de morir cuando lo veo.

Elevo un profundo respiro que me mantiene quieta. Un extraño hormigueo en la piel empieza a atacarme, mi estómago se revuelve con fuerza.

—Adrian... —es lo único que digo. Mis labios todavía saborean su nombre. ¿Qué demonios me pasa? Han sido dos años sin verlo. El mismo tiempo en el que pasaron tantas cosas.

—No se metan conmigo, es una advertencia.

El dolor del balazo es menos fuerte que lo que siento en el pecho ahora. Trago saliva queriendo hablar, pero las palabras se esfuman con el viento. Toda mi mente, mi equilibrio, mis planes y la pared que construí en largos meses parecen derrumbarse.

—¿Qué haces aquí?

Unos pasos se aceleran. De la zona salen hombres armados rodeando a Adrian. Quiero decir algo, pero es inútil, no habrá nada ni nadie que los detenga.

Él eleva la mirada como si estuviera burlándose. No puedo dejar de mirarlo. No dejo de mirar su silueta, sus manos, su piel; está quizá más bronceado, más delgado, pero a la vez musculoso, atractivo como el mismo infierno.

—Pero… ¡quién carajos te crees! —grita Darío.

Tiene la ropa sucia, un aspecto desgarrador, raspones en el rostro. Adrian lo mira y siento que todo el mundo se me viene encima. Podría matarlo con una sola bala, es un hombre impredecible.

—Tú sabes perfectamente quién soy, idiota.

Los guardaespaldas de Darío cargan sus armas.

Darío solo parpadea sin saber a quién tiene al frente, pero pronto parece reconocerlo. Sus ojos se agrandan con un alto sentido de competencia. Incrédulo, niega con la cabeza.

—Tú… estás muerto.

—Si valoras la vida de tus hombres, diles que bajen sus armas. Si no lo hacen, me daré un festín aquí mismo.

—¿Qué demonios le hiciste a mi mujer?

Los ojos de Adrian se encienden. El aire se queda atascado en mi garganta.

—Uno.

No emite emoción.

—¿Quién te crees?

—Dos.

—¡Vete a la jodida mierda!

De una barrida, los hombres de Darío caen al suelo. Estoy maravillada, extasiada, con el alma hecha mierda ante su acto asesino.

—Lamento haber interrumpido la escena de amor... —agrega.

Me quedo quieta mirándolo como si en el fondo doliera. Me cuesta respirar cuando me ve a los ojos, porque en ellos puedo encontrar todo y a la vez nada.

—No te metas con mi gente.

—¿De qué hablas? —Darío se exalta.

—Tú sabes perfectamente de lo que hablo. Si quieres plantas tóxicas, consíguelas en otro lugar. Si quieres mujeres, consigue cualquier perra… —me mira—. Pero no a las mujeres de mi isla. Voy a joder tu vida. Destruiré lo que hagas y te hundiré en la mierda. Hoy no fallé la bala sin querer, lo hice a modo de advertencia. La próxima que dispare será en tu cabeza.

Darío destella ira frente a él, pero es inteligente. Ya vio la destreza de Adrian y se calla.

Mi corazón se congela cuando nuestras miradas vuelven a unirse en un instante. Se acerca, nuestros ojos se cruzan hasta que sigue de largo sin decir más nada. Su actitud fría me deja un nudo en la garganta. Darío me sujeta para auxiliarme, pero solo lo esquivo. Los segundos parecen horas en el auto mientras llegamos al hotel, donde llega un equipo médico a ponerme puntos.

—¿Le duele, señorita?

—No.

Ni siquiera sentí esa bala.

Ni siquiera me dolió tanto como su mezquindad.

Ni siquiera fui yo cuando lo miré a los ojos, sino un estúpido recuerdo.

—Debe cuidar bien ese brazo —prosigue el paramédico—. Por favor, no se mueva.

No contesto. Todos mis pensamientos se van hasta un hombre.

—Lárguense —Darío entra, los demás nos dejan a solas—. ¿Sabes lo que hizo ese tipo? ¿Sabes lo que hizo? ¡Arruinó por completo mi conferencia de prensa! ¡Me jodió los planes! ¡Me dejó en ridículo!

—¿Qué demonios hiciste? —me levanto histérica.

—Nada. Está loco —contesta, pensando que puede engañarme.

—O hablas ahora o te juro que me las vas a pagar.

Arruga la cara, renegando.

—La jodida isla donde está tiene buenas plantas de droga. Son especies raras, tu padre tenía en la mira esas tierras que…

No puedo creerlo, simplemente no puedo.

—¿Sabes lo que significa que Adrian esté aquí?

—¿Que irás detrás de su polla? —ironiza—. No voy a permitirlo, mi amor.

—¡Vete a la mierda! ¡¿Es que todavía no lo entiendes?! ¡Adrian podría destruir tus negocios si quiere, arruinar nuestros planes!

Ríe.

—Lo mataré si se atreve.

—Un solo dedo que mueva bastaría para cerrarte el hocico. No puede estar aquí, tiene que irse. Déjalo en paz. Olvídate de ese lugar. No quiero tener que lidiar con él.

—¿Tanto te jode tenerlo cerca?

—Tú no tienes idea de con quién te metes.

Sonríe tan patético que tengo asco de solo verlo. Mis labios se tensan cuando se va pavoneándose como si fuera el rey de todos los siglos; exhalo lento mientras cierra la puerta y pronto me acuesto en la cama con cuidado. ¿Por qué?, ¿por qué justo ahora?

Cada vez que cierro los ojos puedo recordar su mirada tenue en medio de la noche. Me siento tonta por pensarlo, esto es lo peor que podría pasarme. Darío es un imbécil, su terquedad me llevará al fracaso.

En la televisión todos hablan del caos que dejó.

Hubo un atentado en Venecia en plena antesala del festival. Si la conferencia fue un caos, ¿qué podríamos esperar del evento más grande de cine del país? El gobierno estaba presente.

Se está hablando de un posible ataque terrorista. Les contaremos apenas tengamos más información.

Me levanto despacio por mi brazo herido. Supo dónde darme el tiro, sin dañarme mucho. Su presencia me inquieta, está muy cerca de donde no quiero que esté. Debo evitar a toda costa que el estúpido de Darío siga con sus planes, no puedo permitir que él regrese a mi vida.

La puerta de mi habitación suena. Es Méndez y aparece preocupado.

—¡Señorita Simone!

—Adrian está aquí —pareciera que mis pulmones se quedaran sin aire cuando lo vuelvo a nombrar.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—La isla Yanaku posee plantas altamente tóxicas que surgen de cuevas. En un pasado fueron atacados por la mafia, los obligaron a trabajar para ellos hasta que Adrian los expulsó. Pasaron meses en paz, pero el señor Darío está obsesionado con estar al nivel de su padre, intentó dos veces poseer sus tierras.

—¡Maldito imbécil! —me llevo las manos a la cabeza.

—Pero eso no es todo. Al parecer le prometió a Hamster una nueva droga. Acabo de enterarme.

—¡Voy a matar a ese animal! —mis manos empiezan a temblar—. Me preocupa sus intenciones. Adrian nunca amenaza, simplemente dispara a quien quiere sacar del camino. Temo que haya regresado por algo más. Necesito que me ayudes a alejarlo de Milán.

—Señorita Simone… Tal vez debería decírselo. Adrian es impredecible. Tarde o temprano descubrirá lo que esconde.

—No, no puede saberlo —hago un puño—. Nunca sabrá la verdad, así tenga que morir en el intento.

Adrian

Mis manos juguetean con mi arma mientras bebo un sorbo de whisky. Los recuerdos de lo que pasó ayer regresan a mi cabeza: hombres llegando con armas, disparando a quemarropa, queriendo violar a cuanta mujer yanaku se toparan de frente.

Tomé mi arma y diez de mis hombres entrenados los rodearon. Difícil no fue, sus míseras cabezas ni siquiera estaban preparadas. Los cadáveres cayeron en la arena, explotando en sangre. No era la primera vez que ese infeliz intentaba atacar nuestra isla, pero sí me dio armas para iniciar el juego.

—¿Adrian? —Amalia entró viéndome tomar una maleta—. Las cosas resultaron bien. Esos hombres ya no existen. ¿Por qué haces maletas?

Su miedo se vio reflejado en aquel brillo que tenían sus ojos.

—Estoy seguro de que regresarán, no debemos bajar la guardia.

—¿Te vas? —no contesté—. ¿Regresarás?

—Tenemos una boda, ¿no?

Sonrió y se dirigió a mi boca. Sus labios suaves y esa forma rara de besar me indicaron el miedo que le producía mi partida. La miré en silencio. Le juré al hombre que me salvó la vida protegerla.

—Tengo que hacerlo. Saciarme.

—Lo sé, es inevitable vivir cuando hay ira no consumada —sus ojos se llenaron de lágrimas—. Cura tus heridas, pero jamás olvides quién te ama de verdad, alma oscura.

Me abrazó, mis brazos se helaron sin moverse. La miré a los ojos intentando sonreír, pero la apatía ganó a mis ganas. Había llegado a esa isla siendo casi un cadáver, y salí con más fuerza.

El tictac del reloj me vuelve a la realidad, sin que pueda dejar de moverme. El whisky arde en mi lengua, el juego acaba de iniciar, las piezas del tablero están en el punto donde quiero que estén; sin embargo, nada me quita la asfixia que tengo por dentro.

Mis puños son halos de energía que necesito quemar. Son las dos de la mañana, tomo mi arma y salgo apresurado. El centro de Venecia está lleno de policías. La prensa vendió el atentado como un ataque terrorista, lo cual ha generado caos en la ciudad.

Salgo por descampados corriendo a solas. El sudor azota mi frente, no puedo quitármela de la cabeza. Cierro los ojos y la vuelvo a ver. Sus ojos azules azotando como un hechizo. Su belleza floreciendo en medio de la oscuridad.

Sangra mi mano al atacar a un árbol con el puño. Doy un golpe con fuerza. Estoy acostumbrado a reventarme los nudillos, a que los huesos de mis dedos saquen la ira que no puedo controlar.

Caos. Vacío. Ardor.

Imágenes del pasado dan vueltas en mi cabeza. Cuando recuperé el habla, la primera palabra que dije fue su nombre. Estaba ido, drogado, desorientado. El cuerpo parecía explotarme de dolor, ácido vivo quemando mis venas. Niego con la cabeza, dejando que la niebla se vuelva a disipar.

Pero no lo puedo controlar. No después de volver a verla.

Tuve que hacer un esfuerzo para no matarla, disparar en su brazo sin comprometer ligamentos. Pero el fin justifica todo ardor que me vuelve a quemar. Mi plan va en marcha, arriesgarme es todo lo que necesito. Hay una sola cosa que Bianca quiere en el mundo y la voy a destruir.

Jaque mate.

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6.
ARDE

Bianca

El amanecer me trae recuerdos, aunque duelan. Anoche no pude dormir, otra vez. Tengo la cara llena de ojeras, los ojos hinchados, y una preocupación atorada en la garganta.

Me doy un baño rápido para luego ir a la oficina de dirección de eventos de Venecia. Mi gente me envió información de importancia. Darío está reunido con representantes del gobierno, intentando retomar la apuesta del festival.

Cuando el chofer me abre la puerta del auto, sigo teniendo esa sensación de que me persiguen. Ordeno que peinen la zona, solo por paranoia, mientras entro en todo este embrollo controlado por policías y agentes privados de seguridad.

—¿Qué no entienden, imbéciles? ¡No voy a cancelar nada! ¡No quedaré en ridículo! —su aspecto hostil solo genera tensión.

—Darío —entono con firmeza, haciendo que sus acompañantes volteen a verme.

—Amore mio —me besa, siguiendo toda esta farsa ridícula—. ¿Cómo te sientes? ¿Lo ven? Ayer mi esposa estuvo hospitalizada. ¿Vamos a dejar que estos malnacidos se rían en nuestra cara?

—Ayer no fui al hospital porque solo fue un raspón —agrego, mirándolo a los ojos, jodiendo por completo sus planes.

—Bianca... —masculla.

—De hecho, sería bueno rehacer el festival, pero en Estados Unidos, lejos de Italia, para asegurar la tranquilidad de sus habitantes. Mucho gusto, Alexa Ferrini —asiento al jefe encargado—, estoy muy bien.

—Ya lo veo —dice el viejo mirando a Darío, quien arde en rabia.

El imbécil solo quiere demostrarle a Adrian que no malogrará sus planes, siguiendo adelante con el festival, pero no imagina con quién se está metiendo.

Se excusa con sus socios, me toma del brazo hasta que me encierra en una oficina.

—¡Qué demonios te pasa!

—¡Qué carajos te pasa a ti! Sé de tus planes. No lo intentes, Darío —amenazo.

—¿Perdón? —levanta una ceja.

—Mis hombres me informaron lo que quieres hacer. No voy a permitirlo.

—¿Quién eres tú para amenazarme?

—¿Acaso no lo entiendes? ¡Adrian no es cualquier novato! ¡Es uno de los asesinos más letales del mundo!

—Eres tan patética... lo ves como un Dios. No se te quita de la cabeza, ¿cierto?

—No pienso discutir más estupideces otra vez. Estás advertido. Destruiré cada avión que toques, cada explosivo que programes y obligaré a tu gente a desistir.

—Cariño... —ríe, queriendo tocar mi rostro, pero lo esquivo.

—Tampoco intentes lo del festival. Él volverá a destruir todo lo que toques, ¿crees que es idiota? ¡Dijo que sería tu sombra hasta que desistas de tus planes estúpidos!

—Le voy a demostrar a ese patán que no le tengo miedo —alza sus manos y ríe—. Podría dejar a los críos de esa isla vivos, así aumentas tu colección de bastardos para la monja corrupta.

—¡Cierra esa maldita boca! —amenazo—. Te lo advierto, Darío.

—Sé que andas inquieta, nena, pero tranquila —toma mis hombros—. Te aseguro que no será peligroso. Confía en mí.

Mis ojos destellan furia cuando lo veo así de campante. Darío es la persona más terca que he conocido, pero no permitiré que cometa más estupideces, no con Adrian de por medio. Sigo mi camino hasta llegar al auto donde Méndez me da el encuentro.

—Señorita.

—Como supuse, no desistió. Jódelo y no dejes huellas —digo mientras mi rostro ni se inmuta. Tengo menos de veinticuatro horas para ello.

Estoy agotada, emocionalmente lo estoy.

En silencio emito un grito que nadie nunca podrá escuchar; un grito de adentro, para mí, de esos que solo una persona que tiene el corazón congelado puede entender e interpretar. Méndez cierra la puerta del auto mientras me pongo mis lentes de sol. He cometido muchos errores en mi vida, pero empiezo a arrepentirme de mi alianza con Darío. Es un completo animal.

Mi corazón palpita fuerte, sabiendo que si intenta hacer algo en contra de esa gente, él y yo nos volveremos a encontrar. Y aunque me muera por verlo de nuevo, existe una razón más fuerte para alejarme de su lado.

Ahora no soy solo yo en mis decisiones, sino todas las personas que dependen de mí. Adrian está suelto en Italia. Mi mente solo se carcome, imaginando que encuentra lo que no he querido que sepa en todo este tiempo. Mis manos empiezan a temblar.

Paso toda la tarde metida en mi habitación, con la angustia en mi garganta. Méndez no me llama, tampoco hay señales de lo que hemos hecho. Ya me bebí toda una botella de vino, me fumé tres cigarrillos y los temblores no se van.

Voy a colapsar. ¿Y si algo salió mal?

Una llamada, contesto rápido.

—¿Méndez?

—Hemos concluido.

Siento que el alma me regresa al cuerpo.

—Todo en orden, ¿cierto?

—En orden, señorita, pero hemos tenido que desembolsar grandes cantidades de dinero para sobornar a la gente del señor Ferrini y destruir la avioneta con la que pensaba atacar la isla de Adrian.

—El dinero no importa. Buen trabajo, Méndez.

—¿Está bien?

—No, estoy muy mal. No dejo de temblar. No me calmo con nada.

—Han sido muchas impresiones en poco tiempo. Estaré en Venecia pronto. Debería relajarse un rato.

—¿Cómo?

—Haciendo lo que más le gusta hacer: váyase a bailar. Adrian ya se fue de la ciudad. Torres es uno de mis hombres, puede acompañarla.

Un peso se me va de encima.

—Sí, tienes razón.

¿Se puede sentir que el corazón duele y que no dejará de doler jamás? Corto la llamada, con sola una idea rondando en mi cabeza: «Se fue otra vez».

Aún me aturde sentir que algo quedó de esa Bianca del ayer. Me odia. ¿Qué podía esperar? ¿Que venga conmigo y no me suelte? ¿O que me diga que no ha podido olvidarme en estos años?

Una parte de ti se va cuando renuncias a lo que más quieres en el mundo. No todos los amores tienen un final feliz. Puedes crecer, tener lo que quieras, casarte, pero tu corazón siempre se quedará incompleto. Amamos a quien no debemos y sufrimos por quienes también nos hacen llorar.

Necesito respirar, sacármelo de la cabeza. Tal vez lo que dijo Méndez puede ayudar. Mañana Darío se dará cuenta de lo que hice y todo va a explotar.

Voy a salir, texteo. Pasan nueve segundos y Torres está tocando la puerta de mi habitación.

Me miro al espejo, dándome cuenta de que no estoy muy presentable que digamos; sin embargo, no tengo ánimos de arreglarme. Con solo rímel en las pestañas y brillo rosa en mis labios; salgo de mi habitación escoltada por la mano derecha de Méndez.

—Señorita, adelante —Torres abre la puerta del auto. Estamos en el garaje, es un poco tarde, por lo que no hay mucha gente alrededor.

—No, esta vez iremos caminando. Vi una disco cerca de aquí. Quiero pasar desapercibida, ya sabes a lo que me refiero —muevo mis piernas y solo me hundo en las calles de Venecia.

Un short corto y un top pegado cubren mi cuerpo. No hace mucho frío, así que me pongo una chaqueta que abraza la mayor cantidad de mi piel. Estoy desganada, podría regresar sin problemas a mi habitación, pero no debo quedarme en mi zona de confort. No para seguir poniéndome mal.

La música de la disco se escucha retumbar a cuadras de su ubicación. Cuando llegamos, entro por la zona vip. Mis ojos reparan cada rincón del lugar; una zona de mujeres con turistas a la izquierda, hombres cazando a la derecha, gente bailando en el centro. No es un bar de alta demanda, pero parece normal ante mi vista entrenada.

—Dame algo fuerte —le pido al bartender, quien se ve amenazado por los ojos de tiburón de mi guardaespaldas.

Me sirve el trago con miedo.

—Déjame aquí —le digo a Torres.

—Pero señorita.

—Estaré bien.

Torres se va por un momento. Luego, todo es más normal. No quiero llamar la atención.

—¿Vienes sola? —me dice un tipo.

—No, estoy esperando a unas amigas.

—Así no se entierran los recuerdos, preciosa. Necesitas algo más fuerte.

Le pide al bartender otro trago, con más alcohol, y todo parece hacerse más ligero. En la barra se arma una competencia. «No, Bianca. Ahora no». Pero mi grado de competitividad es más fuerte que yo cuando un tipo gordo me reta.

Podría reconocer a hombres de la mafia por cómo miran, este es un simple idiota, así que acepto. Bebemos una y otra vez en una especie de tubo que nos alimenta de alcohol hasta que cae noqueado.

—¡Tenemos una ganadora!

Un grupo de gente divertida se me pega. Por primera vez en mucho tiempo vuelvo a sentir que soy normal en un mundo de anormales. El alcohol se me empieza a subir, mi cabeza da vueltas, pero no importa. Se siente bien volver a sonreír, olvidarse de los problemas, aunque sea por poco tiempo.

—¡Ven a bailar! —una chica me toma del brazo y bailamos juntas.

Su acento alemán es notorio. Deben tener mi edad, son muy divertidos, pero bailan muy mal. Me ofrecen tragos que no desprecio.

—Digan sexo... vamos —todos repiten y luego se ríen, están tan ebrios como yo.

Jamás tuve amigos inofensivos, porque todos los hombres con los que intenté una amistad querían algo más. Mi mirada se centra en ellos, advirtiéndoles que al primer toqueteo les daría un golpe en la cara, se sulfuran en ironía compadeciéndose de mi grado de ebriedad.

—No nos has dicho tu nombre —grita uno de ellos.

—¡Que lo diga! ¡Que lo diga! —alzan sus voces los demás.

—Arpía.

No me creen.

El calor invade mi cuerpo y se me cae la ropa. Torres entra en la escena, me toma de las manos queriendo sacarme de aquel lugar, pero lo evado. Paso de brazo en brazo de estos tipos, quienes solo desean besarme.

El alcohol empieza a pasarme factura. He aprendido a divertirme hasta un tope y cuando veo que estoy cerca, solo me alejo. Volteo queriendo que mi guardaespaldas me saque de aquí, pero ya no hay señales de su presencia.

—¿Torres?

De pronto la disco se llena y soy empujada por una jungla de turistas que entran bailando. Se sobrepasa el aforo. El aire se torna pesado porque percibo la droga que empiezan a fumar.

Mi mano se desliza hasta el bolsillo de mi short, verificando que tengo una navaja camuflada. No soy dueña de mi equilibrio. Respiro hondo e intento abrirme paso entre la gente, pero me golpean y termino rebotando en un brazo musculoso que parece una pared.

—Lo siento.

Al levantar la cara, mi mirada se congela al ver a un tipo de ojos… cambiantes. Adrian.

Las piernas empiezan a temblarme. No sé si lo que veo es producto de mi imaginación o es real. Achino los ojos aturdida, retrocedo y me toma del brazo.

—Te ves miserable.

Su voz me perturba, hace que mi corazón lata desesperadamente. Jamás he sido una cobarde; sin embargo, estar ebria y a solas con él no es una buena idea. Doy media vuelta queriendo escapar. Necesito llegar a donde sea, con quien sea, pero mi estómago se dobla cuando pasa su brazo y me arrastra por las periferias del lugar.

—¡Suéltame!

Lucho, sabiendo qué clase de animal es. El contacto de sus dedos en mi ombligo me produce espasmos en la piel. Sus manos largas acariciando mis caderas empiezan a ponerme mal.

Al salir, me avienta contra la pared trasera. Toma mi cuello con su dura mano. No quiero mirarlo a los ojos, pero me obliga a hacerlo. Su cercanía es peligrosa. El aire se me va, un incontrolable deseo nace en mi garganta, entonces lo enfrento.

—¿Qué quieres? ¿No te cansas de perseguirme?

Los ojos se le incendian. Sé lo que hago y también dónde tocar. Pero ni siquiera se inmuta. Se mantiene frío, controlado.

—No quiero que te metas en mis asuntos. Mandaste a detener la emboscada que el imbécil de Darío quiso hacer contra mí.

Se acerca, mi corazón empieza a latir.

—Ya no va a molestarte. Tienes mi palabra.

—Tú no tienes palabra. Tampoco confío en él.

Inhalo su aroma y mi cuerpo es incapaz de moverse, por el contrario, empieza a reaccionar a su contacto. El aire se me va de los pulmones cuando me mira. Sin fuerzas, me dispongo a huir, pero interpone su cuerpo.

—No he terminado.

—Pues yo sí. No dañaré a tu gente, si es lo que te preocupa. Ahora déjame tranquila. Tienes tu paz y yo la mía. No quiero verte.

Quiero pasar de nuevo, pero en un acto desesperado intenta pelear y me defiendo. Esquivo cada uno de sus movimientos con rudeza y parece sorprenderse. Esperaba a una máscara. A una Bianca que no sabía defenderse sola. Pero acaba de encontrar la verdad.

—¡Basta! ¡No quiero hacer esto, basta!

Le grito y me arrincona contra la pared.

—Tu problema es con Darío, no conmigo —añado.

—Mi problema es tu nombre, Bianca Simone.

—¿Vas a lastimarme? ¿Eso te hace más hombre? —espeto. El alcohol no está ayudándome—. Adelante, hazlo.

Su mirada se incendia, sus dedos aún están sobre los míos y puedo sentir cómo su respiración empieza a pesar.

—No has cambiado mucho en estos años, Adrian —finjo una sonrisa, se acerca a mí y puedo sentir cómo se aprieta en mi cuerpo. Toda mi sangre hierve, mi respiración se dificulta. Parece que juega, quiere desafiarme y algo extraño empieza a disipar mi cordura.

—¿Y tú?... Tampoco cambiaste. Sigues siendo la misma hipócrita que solías ser.

Intento zafarme, pero su peso me detiene.

—Quieres huir… ¿Por qué? ¿No soportas que esté cerca? —dice.

—¿A qué regresaste? ¿A vengarte de mí?

Ríe y prosigo:

—Muy cliché, Rambo. Eso lo haría cualquier idiota, pero sabes bien que esto no funcionará conmigo.

—Qué lindos pezones... —me mira—. Tus palabras pueden ser una mentira, pero tu cuerpo solo dice la verdad. Dime una cosa: «Alexa», ¿cuándo te lo coges piensas en mí?

—¿Quién te crees? No eres nadie.

—¿Y si te beso? —pega su nariz contra la mía.

Debería parar, debería dejar este juego ahora o podría estar firmando mi sentencia de muerte. Necesito hacer que se vaya.

—Habré ganado —hiero su orgullo—. Si lo haces, seguirás siendo ese pobre imbécil que cayó en mi trampa. Que me dijo que me amaba cuando solo era un juego.

Se paraliza, sus ojos parecen arder.

—Entonces habré perdido otra vez.

Sus labios impactan contra los míos y, en un acto animal, choca mi cabeza contra la pared.

pieza de una reyna de ajedrez

7.
CUERDA FLOJA

Bianca

El calor de sus labios desata una tormenta en mi interior. La forma en la que aprisiona mi cuerpo contra la pared, toma mi cabeza en sus manos y gime, hace que todo en mí se descontrole. Su lengua se desliza al interior de mi boca, enviando punzadas en mi centro que no puedo controlar.

Voy a morir, negándome a esto. Intentando desesperadamente bloquear cada acto involuntario de mi cuerpo. Cada acto impulsivo que me hace mover mis labios sobre los suyos y acariciar su lengua con la mía otra vez.

Lo deseo. Deseo con amargura a este hombre. Mi boca suelta un gemido. Mis manos se exasperan por tocarlo. Entreabro las piernas al sentir el bulto en su pantalón. Acomodo mis caderas, ligeramente entrelazadas con su peso mientras me empieza a rozar.

—Se nota lo complacida que debe tenerte ese hombre —se burla y suelta mis labios de golpe—. Me pregunto si te coge como debería.

Lo empujo, apartándolo de mí.

—¿Se te fue la borrachera?

—No se te ha quitado lo ordinario.

—Te encantaba coger con este ordinario.

—Sí, lo hacías bien, pero también te viste como un idiota confesándome tu amor.

Hace silencio.

—¿Qué? ¿Te dejé callado? ¿Ahora ya no actúas como un cavernícola?

—Una mujer me enseñó a no hacerlo —clava sus ojos en mí—. Alguien que sí vale la pena.

Mi sonrisa se borra.

—Están advertidos. Tú y él. Aléjense de lo que me pertenece o lo van a lamentar.

Entreabro los labios y se larga.

Me cuesta largos minutos volver a recuperar la cordura, mi jodido cuerpo todavía arde con su toque. Lo miro irse sin saber si esto fue real o solo un lapso de borrachera.

—¡Señorita Simone! —Torres se acerca, ensangrentado—. Alguien me disparó. Traté de buscarla, pero no estaba. Señorita, ¿está bien?

—Llévame al auto.

—Pero...

—¡Sácame de este lugar!

Cierro los ojos y recuesto mi cabeza en el respaldar de la camioneta. Quiero borrar lo que pasó, pero aún siento su olor, su sabor, el rastro de sus besos en mi boca. La furia arde en cada una de mis venas. Al llegar al hotel, encuentro a Darío en llamas.

—¿Quién te crees, perra? ¡Dime quién demonios te crees para interferir en mis planes!

—¡¿Y tú qué? ¿La gran mierda para joderme los míos?!

—¡No me interesa tu puto Romeo! ¡Me interesan mi droga y mis negocios!

Me toma del brazo con fuerza. Forcejeamos y aprieta sus dedos sobre mi piel.

—¡Déjame!

—Hueles a alcohol.

—Y tú a fracaso.

—Si vuelves a tirarme uno de mis aviones, juro que bajo tu imperio.

—Y yo te dejo en la calle. Si quieres droga, consíguela en otra parte. A mí no me vengas a joder.

—Encontraré la forma, Bianca. Juro que no te saldrás con la tuya.

*

Refriego una vez más mis dedos en mis palmas. La cólera por las impulsividades de Darío y el regreso de Adrian no me han dejado en paz. Ya es un nuevo día, Méndez acaba de llegar y no deja de mirarme.

—No me veas como un bicho raro.

—No la veo como bicho raro, solo desearía que tuviera un momento de paz en su vida.

—La gente que vive en la mafia está condenada. ¿Tú eres feliz?

—Tengo una familia, a mi esposa. Soy padre de un maravilloso niño al que usted le ha hecho el favor de educar en Estados Unidos. Claro que lo soy, porque tengo seres por quién luchar. La familia siempre lo es todo.

—Llévame a casa —cambio de tema.

—No podemos regresar a Milán. Las investigaciones siguen su curso, el gobierno está empeñado en descubrir a los «terroristas» que arruinaron el evento. Además, tenemos dos problemas.

Me da un sobre, que abro de inmediato. Son invitaciones para el festival de Venecia.

—Darío no se da por vencido.

—El señor Ferrini logró que el evento siguiera adelante, a pesar de lo sucedido. Pero esto es aún más serio. Ahora Alexa Ferrini está implicada en la organización.

—¿Cómo?

Reviso los documentos y niego con la cabeza. No puede ser. Darío metió mis empresas fantasmas como auspiciadoras. Toda la prensa, la opinión pública y el gobierno se reunirá en este acontecimiento, incluyendo… gente de la mafia relacionada a La Hermandad.

Hijo de puta. Mil veces maldito.

—Se lo dije, quiere amarrarla de cualquier manera. Sabe que si Adrian vuelve a destruir sus planes, usted se vería afectada. La Hermandad podría descubrir que es Bianca Simone, y que las empresas con las que ha venido moviendo dinero son de la mafia.

—¡No voy a dejar que me meta en esto!

—Eso no es todo. Salió a dar declaraciones a la prensa, aludiendo que lo recaudado en el festival será donado al convento donde usted hace «labor social». El gobierno lo vio con buenos ojos, algunos empresarios incluso se ofrecieron a hacer una subasta dentro del evento para aportar.

La cabeza me pesa.

—Maldito infeliz. No pudo hacer esto tan rápido.

—Lo tuvo planeado como un as bajo la manga, señorita. Esto no se podría organizar en poco tiempo.

—¿Dónde está?

—En la reunión de coordinación. Cuando llegaba al hotel lo vi con gente de la organización.

Me pica la cara de la rabia que tengo. La manera en la que este infeliz me ha metido en problemas es sorprendente. Y ya no solo me preocupa que Adrian esté en Italia, sino que todo el mundo pueda voltear a mirar al convento.

No puedo darme el lujo de perder lo que he logrado en estos meses. Sin dinero no puedo sostener mi protección en Italia. Mis negocios se están viendo afectados. Tengo una carga de drogas importante en puerta. La policía no puede intervenir si no se le paga. El general Nicolini recibe grandes sumas de dinero por cerrar la boca, además de comisiones por cada camión de droga que sale del país, pero con este contexto todo se puede ir a la mierda.

Muerdo mis labios mientras mi celular vuelve a vibrar. Es ella, la monja, no ha dejado de llamar. ¿Y si sucedió algo? Trato de mantener la calma. No debería darles más atención a esas cosas. No ahora.

Cuando el auto llega, solo me dedico a cruzar toda puerta que encuentro. Darío está con un representante del gobierno.

—¡Oh! ¡Ha llegado mi esposa! —me alaba—. El evento será todo un éxito. Reuniremos los millones que Italia necesita para su gente pobre y sacaremos cara con dignidad ante el mundo.

—Así sea —un hombre formal se levanta a saludarme—. Ítalo Gobencci, representante del servicio de inteligencia de Italia. Mucho gusto, señora.

Le devuelvo el apretón de manos mirando a Darío de reojo. ¿Acaso es idiota? ¡Se está metiendo en ligas mayores! ¡Con el maldito organismo que podría hundirnos si descubre que somos narcotraficantes!

El infeliz me devuelve una sonrisa, está disfrutando este riesgo, porque para él vale más su histrionismo de porquería. Mi mirada lo fulmina.

—Cariño, Ítalo y yo hablábamos de lo que podríamos hacer en conjunto para salvar la imagen del país. Ahora es este acto terrorista el que nos ha dejado en ridículo, pero por años Italia ha tenido líos de drogas.

—Tiene razón el señor Ferrini. Lamentablemente, aunque tengamos todo el poder y respaldo, no hemos podido vencer al narcotráfico ni a las mafias de nuestro país. Esta mañana una llamada anónima nos alertó, informándonos de camiones con carga de droga pasando cerca de las ciudades fronterizas. Si a la mafia se le ocurre aparecer, justo en medio del festival que vamos a retomar, quedaremos peor ante el mundo. Por ello, hemos puesto un plan de contingencia.

—¿Contingencia?

Mis labios se secan. Fulmino a Darío con la mirada mientras me brinda una sonrisa hipócrita. Fue él quien alertó al gobierno de mi carga para joderme, sin imaginar las consecuencias.

—Así es. El gobierno contrató a un jefe de inteligencia entrenado en América —mira su móvil—. Justo acaba de llegar.

La puerta se abre. Darío y yo nos quedamos congelados.

—Déjenme presentarles a Dante Rostov —dice Ítalo y todo mi cuerpo entra en crisis.

Adrian aparece con una media sonrisa. Qué… demonios. Está usando su nombre real.

Entra sonriendo con una falsa máscara, como si estar del lado de los buenos fuera solo una excusa para molestarme. Trago saliva sin dejar de mirarlo; viste un traje apretado que hace que la ropa resalte sus músculos de acero. Se ve bien, siempre se ha visto bien con cualquier cosa que se ponga. Mis dientes chocan y el deseo empieza a arder por dentro.

—Ítalo, creo que esto no es necesario —añade Darío. Esperaba darme una lección, pero la lección se la llevó él.

El hombre lo mira extrañado.

—Por supuesto que es necesario, señor Ferrini. ¿Cree que el gobierno se expondrá a otro ataque como el de la conferencia de prensa del festival?

—Pedí que confiaran en mí —dice entre dientes—. Pondré mi propia seguridad para...

—Ya vimos que su seguridad no es la adecuada —Adrian concreta—. Deje esto en manos de los profesionales.

Mi estómago ruge.

—El gobierno puso como condición esta norma. La fiesta se retomará siempre y cuando tengamos apoyo de la SIE. El señor Rostov ahora es el director de la SIE.

Hay un silencio, el ambiente se carga. Adrian mira a Darío despectivamente mientras este solo asiente. Acaban de avergonzarlo, está furioso.

—Claro, bienvenido sea señor… Rostov —Darío finge y pasa su brazo por mi cintura—. Ella es mi mujer, Alexa Ferrini.

No dice nada. Darío se pega a mí y por más que intento controlarlo, es imposible.

Mientras Ítalo habla de las medidas de seguridad, Adrian se dedica a mirarme. Cualquier ser humano podría ser engañado por esa mirada gélida; sin embargo, el cambio de color en sus ojos a un tono más oscuro me dice que hay algo más. La manera en la que peina mi escote me sofoca. Me llevo una mano tras la oreja, sin poder evitar ver sus labios y la noche de ayer regresa a mí, como cuchillos en mi cabeza.

¿Se puede olvidar un beso que te roba hasta la cordura?

Desvío la mirada, Darío lo nota. Mis mejillas parecen arder. Hay demasiada tensión entre nosotros.

—Ahora tenemos que decidir una fecha —Ítalo continúa—. La prensa está impaciente. Nos conviene controlar el escándalo con un evento fuera de lo común. Debería ser lo más pronto posible para contrarrestar lo sucedido.

—Propongo este fin de semana —dice Adrian.

—Si usted da el visto bueno, entonces así será —Ítalo asiente—. El señor Rostov ha trabajado en América junto a grandes organizaciones. No dudo que el evento, con su protección, será totalmente seguro.

—Eso es muy pronto —Darío refuta, solo por joder—. No me gustaría poner la vida de mi preciosa mujer en riesgo.

En un acto torpe, besa mis labios. Me quedo quieta al sentir su boca.

—Sin duda, la señora Alexa estará más segura con mis planes, señor Ferrini —Adrian lo provoca, Darío corta el beso.

No, por Dios. Ahora no.

—Entonces queda cerrada la fecha. Tenemos a todo el equipo listo —Ítalo salva la situación.

—¿Tiene un interés particular en la fecha, señor Rostov?

Darío lo mira con rencilla, como si presumiera que provocar a Adrian es algo muy fácil. Nuevamente aquí no gana la fuerza, sino la inteligencia. Rambo maneja sus emociones a la perfección.

—Un interés comercial. Estoy seguro de que miles de amantes podrían aprovechar la oportunidad —clava sus ojos en mí—. Es noche de luna llena, una noche pasional.

El recuerdo de lo que pasó en el baño en Villa Regina, en plena luna llena, me aturde.

—Pasional, qué gran argumento —Darío eleva su voz, ajeno a lo sucedido.

—Podemos saber la opinión de la signora —Adrian sonríe, descuadrándome con su clara doble intención.

Lame sus labios de forma pausada, controlo mi respirar poniéndole cara de mierda. «¿Qué más quieres, Tormenta?». No permitiré que arruine mis planes.

—Mi opinión no tiene relevancia cuando usted ya decidió.

Me excuso, diciendo que tengo algo urgente que hacer. Me despido de todos, menos de Adrian. Ítalo nota la rencilla, pero no me importa. Cuando cruzo el umbral, algo en mi pecho se empieza a liberar. La rabia la siento hasta en las orejas. Avanzo rápido, aturdida, queriendo encontrar a Méndez. Pero una mano me empuja hacia un pasillo, arrinconándome contra la puerta. Es él otra vez.

—Así es como escapan las ratas, niña.

—¿Qué demonios pretendes? —me suelto furiosa.

—¿Ya le dijiste a tu marido que nos besamos?

—Basta.

—¿También que mi polla te rozó mientras tu rica lengua bailó con la mía con ganas?

Giro hacia los costados.

—¡Me importa una mierda si nos ven! —toma mi cara con sus dedos y me zafo, luchando contra él.

Me levanta el brazo por inercia, no lo deja de mirar. Sus ojos parecen encenderse, las venas de su cuello se remarcan.

—¿Quién te hizo esto? —gruñe al ver una marca de dedos en mi piel—. ¿Ese imbécil te tocó? —alza la voz y juro que no puedo más.

—No... —intento excusarlo, entonces da media vuelta. Podría jurar que va a matarlo. Conozco sus ojos, los conozco a la perfección—. ¡Adrian! ¡No!

Lo atajo.

—¿Estás dejando que te maltrate?

Desearía tanto poder decirle: ¡Sí! ¡Fue ese maldito cuando forcejeamos! ¡Mátalo!

—No, fue una pelea que tuve con un delincuente —resumo—. No te entrometas. No eres nadie. No significas nada en mi vida. Déjame en paz.

—Buenas tardes, señora. Con el favor de Dios espero esté bien —una mujer de hábito nos sorprende, mis ojos se incendian. Desvía la mirada hacia Adrian, quien se extraña al verla

—¿Qué hace usted aquí? —todos mis sentidos se aturden. Intento tomarla del brazo, pero se aleja.

—En vista de que no quiere contestar mis llamadas, decidí venir personalmente para atender sus responsabilidades. Vengo a hablarle del niño. ¿Lo puedo hacer aquí?

Sonríe y el corazón se me desboca.