Prólogo, por Pepa Horno Goicoechea

Prólogo

Quienes trabajamos con personas sabemos que la eficacia de nuestra labor no depende tanto de qué hacemos como del modo en que lo hacemos. No es mejor profesional quien más sabe, sino quien es capaz de encontrar un modo sencillo y claro de explicar los procesos y de abordarlos de forma efectiva. Tanto más cuando se trata del alma humana y su dolor.

Somos muchas las personas que llevamos años esperando este libro, anhelando que Begoña encontrara el tiempo y la paz suficientes para escribirlo. Porque ella aúna ese qué con un «cómo» luminoso. Pero sus pacientes siempre iban antes, cada alma y su historia, cada trauma y su huella, cada niño o niña y su magia.

Begoña es una de las mejores profesionales que he conocido. José Luis diría, en ese estilo polarizado que a Begoña le gusta tanto, que es la mejor. Ha sido maestra y guía de más profesionales de los que ella puede imaginar. Por eso, escribir este prólogo es en sí mismo un honor y un regalo. Ella sabe que he dedicado mi vida profesional a dar voz a las personas cuya historia de trauma enmudeció, a romper ese silencio del que habla desde el comienzo. Y ha sido en parte gracias a ella.

Pero Begoña es algo más: es maga y vuela. Por eso, cuando empiezas a leer este libro, te llega una sensación de incredulidad; parece imposible describir de una forma tan sencilla lo complejo y nombrar el sufrimiento de una forma tan lúcida y valiente. Luego, según avanzas en la lectura, te vas quedando sin excusas: como terapeuta, para incorporar su propuesta técnica a tu trabajo, y como persona, para mirar o revisitar tu propia narración.

Es todo un reto lo que Begoña se propone: hablar sobre el trauma tanto a personas ajenas al ámbito psicoterapéutico pero que conocen el trauma (consciente o inconscientemente) y que se reconocerán en muchos pasajes del libro como a profesionales de la psicología y de la medicina. Ella lo dice claro: «Lo que sana es el vínculo». A lo largo de estas páginas, ella nos guía con sensibilidad, sincronía y presencia.

Este libro genera memoria explícita semántica en más de un nivel. Y mentaliza las intuiciones y sensaciones de «tripas» que muchos hemos tenido a lo largo de nuestra trayectoria profesional. Rompe el silencio. Y para quienes hemos tenido el privilegio de escuchar a Begoña en formaciones o conferencias, es toda una reexperimentación, casi como estar escuchándola. Begoña desarrolla aquí un abordaje terapéutico para intervenir con personas con historias de trauma. Existe poca literatura que describa los modelos técnicos de intervención de forma que puedan ser generalizados. Necesitamos lograr que los profesionales de la psicología y de la medicina sean capaces de leer la historia de trauma que hay detrás de la sintomatología emocional, conductual y somática, de tener esa mirada consciente que permite ver el horror, el miedo y el valor de la supervivencia.

Déjenme que acabe este prólogo eligiendo mi lección. Elijo la 49: «El vacío, el horror, el valor, la sanación». Pocas veces he leído un resumen que honre mejor a quienes han encontrado su forma única, propia y valiente de sanar su historia de trauma. Me quedo también con la luz que nos llega cuando en la lección 54 nos habla de ese «vínculo sano y sabio que generamos con nosotros mismos...». Ese que vemos aparecer en el alma, en los ojos, en las acciones y en la sonrisa de las personas en el contexto terapéutico. Ese que da sentido a lo que hacemos. Ese que, con suerte, logramos establecer con nuestro niño o niña interior.

Pepa Horno Goicoechea

Psicóloga y consultora en infancia, afectividad y protección

Espirales Consultoría de Infancia

Introducción

¿Experimentas con demasiada frecuencia momentos de des­conexión en los que, aunque te estén hablando, no te enteras de lo que te dicen? ¿Te sueles calificar como alguien muy despistado, olvidadizo o con falta de concentración? ¿Te cansas más de lo normal? ¿Te aquejan muchos síntomas o enfermedades? ¿Padeces insomnio desde hace tiempo? ¿Sufres de ansiedad, estado de ánimo deprimido o labilidad emocional? ¿Notas sensaciones corporales que, sospechas, pueden tener relación con algo que te pasó, aunque no lo recuerdes o prefieras no recordarlo? ¿Te han tachado de ser una persona hiperactiva o multitarea? ¿Tienes una pesadilla recurrente? Y una última pregunta: ¿eres de esas personas que piensan que un trauma ocurre en muy contadas ocasiones y a muy pocas personas?

Si has respondido que sí a más de una pregunta, este libro puede ayudarte. A través de su lectura:

• Pondrás nombre a muchas de las cosas que te ocurren, a ti o a otros a tu alrededor.

• Aprenderás conceptos que te ayudarán a entender experiencias.

• Encontrarás respuestas claras y concisas que explicarán eficazmente eso que experimentas y que te ha tenido preocupado, dolorido, avergonzado o que te ha hecho sentir culpable durante mucho tiempo.

• Descubrirás algunas claves eficaces para dar los primeros pasos hacia un bienestar estable y duradero.

Ana, una de mis pacientes, diagnosticada de fibromialgia, tras una agotadora sesión en la que estuvo reconstruyendo y reexperimentando algunas escenas desagradables de su pasado, me dijo muy enfadada: «Tengo dieciséis cicatrices en mi cuerpo de dieciséis intervenciones quirúr­gicas, seis de ellas en las manos y en los brazos. Y ahora me doy cuenta de que, probablemente, podría habérmelas ahorrado todas. Si alguien me hubiese visto, si hubiera podido contar...».

Esta rotunda afirmación de Ana puede parecer cuestionable, y tal vez lo sea. Pero da igual. Lo importante es que ella, por fin, se dio cuenta y verbalizó lo poco que fue vista y escuchada durante toda su vida. Ni su familia, ni sus profesores y profesoras, ni el personal médico, ni el personal de servicios sociales... Nadie. Nadie vio lo que le ocurría y a nadie se lo pudo contar. Esta es una cualidad que comparten las experiencias que se convierten en traumáticas, que no se les da ni la visibilidad ni la voz (ni las palabras) que necesitan.

Como veremos, un trauma puede ser cualquier acontecimiento que se ha experimentado con una intensidad emocional considerable y que se ha silenciado. El silencio del contexto que nos rodea resulta catastrófico. Se nos pide que callemos lo que nos ocurre y que sigamos adelante como si nada hubiera pasado. Y lo hacemos. Pero esto deja huellas. No en vano, lo más eficaz que podemos hacer para que algo no se convierta en traumático es hablar de ello, pensar en ello y soñar con ello. Así de simple y complejo a la vez.

El trauma psíquico es universal y todo el mundo sufre, de una u otra manera, sus consecuencias.

Todos albergamos experiencias que nos impactaron emocionalmente y que debimos silenciar. Así lo indican las cifras. Los datos estadísticos son contundentes: solo en relación con la victimización sexual, en Europa, uno de cada cinco niños sufre una agresión de dicha naturaleza («Uno de cada cinco» es el lema de una campaña de sensibilización impulsada por el Consejo de Europa). Si incluimos otro tipo de experiencias, los porcentajes ascienden exponencialmente.

Por eso he querido escribir este libro, y lo he hecho.

Para ti, colega de profesión, tanto si estás empezando como si ya llevas unos años trabajando, pero quieres seguir formándote, profundizando y avanzando en tu ejercicio. Para ti, que no te asusta la idea de cambiar el día a día de tu práctica profesional ante la necesidad de incluir una mirada, una formación y una técnica acordes con la realidad de las historias de tus pacientes. Espero contribuir a nuestra labor.

Pero también para ti, lector, lectora no profesional de la psicoterapia. Para ti, porque convives con los recuerdos de unas experiencias que suponen una carga que todo lo contamina y condiciona. O porque tienes alrededor gente muy querida a la que ves sufrir y a la que no sabes cómo ayudar, ni siquiera entender, acompañar o escuchar; o incluso si conviene hacer algo de eso...Y para ti, que trabajas con niños y niñas, que los estás criando, compartiendo tareas de educación, atendiéndoles en tu consulta médica o de enfermería, jugando con ellos como canguro o monitora de campamento. Necesitan que los adultos pongamos palabras a lo que les ocurre.

En realidad, este libro es para todo aquel que quiera saber más acerca del trauma psíquico.

Lo he escrito tras tres décadas de experiencia acompañando a mis pacientes en la consulta y a mis alumnos en las aulas. Llevo mucho tiempo estudiando, formándome, investigando y trabajando en este tema. Constituye el núcleo de mi vida profesional. Así pues, lo que aquí expongo es de cosecha propia, para lo bueno y para lo malo. Es un material destilado, estrictamente profesional, que he querido compartir por una vía distinta a las que he empleado hasta ahora.

Mi idea es que las conclusiones a las que he llegado sirvan a varios objetivos:

• Disponer de una base teórica sólida pero asequible y fácil de entender sobre la clínica del trauma.

• Crear conciencia sobre la necesidad de mirar y valorar adecuadamente las experiencias traumáticas que no suelen considerarse como tales.

• Proporcionar a los profesionales de la psicoterapia una mirada nueva y unos hábitos imprescindibles.

• Aportar claves para entender y comenzar a transformar las heridas traumáticas.

• Y, por último, mostrar mi más profunda gratitud a todos mis pacientes por haberme enseñado tanto y por haber confiado en mí a pesar de los muchos errores cometidos a lo largo de tantos años. Quizá el objetivo más ambicioso.

Espero que el libro te sirva para seguir creciendo como persona o como profesional, que disfrutes tanto de su lectura como yo he disfrutado escribiéndolo.

He dividido el libro en sesenta y seis lecciones cortas y concisas para poder abarcar un espectro teórico amplio y hacer, a la vez, la lectura ágil y entretenida. Espero haberlo conseguido. Es preferible que se lean en orden, pues, en general, están concatenadas, aunque también pueden abordarse según la prioridad o el capricho de cada uno.

Además, he intercalado breves resúmenes que compilan lo más esencial de las lecciones. Espero que resulten útiles.

La primera entrada constituye una excepción, puesto que, más que exponer contenido teórico, utiliza una escena de El pajarito blanco de James M. Barrie (autor del conocido Peter Pan) para ilustrar una de las ideas fundamentales que se recogen en el libro: la importancia de tener a alguien que asuma el necesario papel de hacerse eco de lo que nos ocurre. Alguien que nos legitime, y nos ayude a poner voz y a narrar lo que experimentamos. Es mi intención que, al finalizar la lectura, quede absolutamente claro por qué esta escena es tan representativa y por qué la he elegido para «abrir el telón». La última lección recurrirá de nuevo a ella y compendiará todo lo expuesto en el libro.

Por último, he incluido una bibliografía breve con el objetivo de satisfacer la curiosidad y orientar la motivación de quien quiera ampliar la información sobre los «grandes temas» que se abordan en estas páginas. Sin embargo, creo que lo más importante se aprende gracias a la experiencia con pacientes y alumnos; no todo está en los libros (por suerte o por desgracia), como ya sabemos.

Primera parte

Lecciones básicas y no tanto

Lección 1

El pajarito blanco

Como decía en la introducción, El pajarito blanco es una novela escrita por James Matthew Barrie, el famoso escritor escocés autor de Peter Pan. De hecho, es el libro en el que presenta, por primera vez, a este inmortal personaje.

Barrie sabe lo que son las experiencias traumáticas, las in­fancias rotas, los padres que no miran, que no ven, que no consuelan.

Su hermano mayor murió con trece años, cuando él solo tenía seis. En ese mismo instante, el escritor lo perdió todo. «Todo es pura suposición hasta los seis años de vida», escribiría más tarde. Su madre enloqueció al perder a su hijo favorito. James anhelaba su mirada, su cariño, su reconocimiento. Tanto, que incluso se vestía con la ropa de su hermano muerto para obtener su atención por un instante.

—¿Eres tú, David? —le preguntaba su madre al verlo entrar en su habitación a oscuras.

Ella apenas salía de la cama.

Los segundos que duraba la confusión y el abrazo materno eran puro gozo. Pero enseguida llegaban el infierno de la realidad y el rechazo.

—Ah, no; solo eres tú...

El crío se refugiaba en los libros y en las historias que construía. Sufría tal soledad y abandono que incluso dejó de crecer. Llegó a medir poco más de metro cincuenta, y ya entonces (hablamos de finales del siglo xix), fue diagnosticado de enanismo psicógeno. Por lo visto, su madre repetía que su hijo David sería un niño eternamente. ¿Esperaba James no crecer y seguir siendo perpetuamente un niño para ser visto, por fin, por su madre? ¿Se negó el crecimiento al que su hermano no tuvo derecho? ¿Hubo un poco de ambas cosas?

En mi opinión, podemos conjeturar las respuestas más apropiadas a estas preguntas. Espero demostrarlo a través de cada una de las siguientes lecciones.

Pero no he traído a James Barrie solo por su historia personal, sino también, como decía, por su libro El pajarito blanco. Aunque poco conocido, es una verdadera joya. Me encanta su estilo narrativo. Los detalles que revelan su manera de entender el mundo infantil me parecen maravillosos y me emocionan. Hay en especial un párrafo dedicado a un momento clave del día en el que quiero centrarme. Se trata de ese instante en el que todos los seres humanos estamos especialmente sensibles. Se da al caer la tarde, cuando el día está acabando y se va acercando la noche, cuando las obligaciones están cumplidas, y es hora de retirarse y desconectar, de prepararse para dormir. ¿No es un momento difícil para la mayoría de las personas? Mi experiencia me dice que sí. ¿Por qué será? Veamos cuál es la premisa de Barrie:

¡Que Dios se apiade de las madres si no son realmente entrañables, pues sus hijos lo sabrán con certeza cuando llega ese breve instante del día en que las madres aparecen, a los ojos de sus pequeños, como lo que son!

El pavoroso momento suele llegar entre las seis y las siete de la tarde... Ella le da el beso de buenas noches y le acurruca entre las sábanas mientras él la mira fijamente con esos ojos grandes y misteriosos y le hace el repaso del día... Vosotros dos no tenéis edad, no hay ninguna experiencia en la vida que os separe; es la hora del muchacho y tú acudes para saber su opinión: «¿Me he portado bien hoy, querido hijo?».

Tienes que decirle eso, nada debes ocultarle, pues él lo sabe todo. Hay que ver cómo se parece su voz a la tuya a esas horas de la noche...[1]

¡Cuánta sensibilidad tienen los poetas y los escritores! A los profesionales de la psicología nos lleva años de estudio vislumbrar apreciaciones como esta; de estudio, de clínica, de trabajo personal y de investigación. Pero ellos miran el alma humana de frente y la plasman en el texto con una belleza y una clarividencia que sobrecogen. Continúa así:

Hay madres que evitan a sus hijos a esas horas de la tarde, pero eso no las salva. ¿Por qué tantas mujeres temen quedarse a solas con sus pensamientos entre las seis y las siete de la tarde? No te lo pregunto a ti, Mary, pues creo que cuando cierras la puerta de la habitación de David hay un brillo de alegría en tus ojos y te sobrecoge el sentimiento de quien sabe que el dios al que el niño reza tiene un rostro muy similar al de su madre.[2]

Permíteme que me repita: me sobrecoge este texto.

Representa a la perfección la esencia de las experiencias traumáticas. Pero no diré más. Al menos por ahora. Lo haré en las siguientes lecciones y retomaremos a James Barrie y su «teoría» para sacarle todo el jugo a esta maravillosa escena.

Lección 2

Una definición

Cualquier experiencia es susceptible de convertirse en traumática. Algunas no presentan ninguna duda. Son aquellas que en algunos textos sobre el tema se califican como «traumas con mayúsculas», por ejemplo: una violación, un tsunami, el abuso sexual infantil, un accidente de tráfico en el que muere un ser querido, etc.

Pero, tras muchos años acompañando a cientos de personas en su proceso de asimilar lo vivido en cada una de sus historias, creo que no me equivoco al afirmar que no importa el hecho, que lo que nos causa el trauma es vernos silenciados, sin voz para gritar y compartir lo ocurrido, que no legitimen lo que sentimos, estar solos, desprotegidos y escindidos.

Si mezclamos impacto emocional y silencio, el resultado solo puede ser una experiencia traumática. En mi opinión:

Traumático es tener que guardar silencio en relación con cualquier cosa que nos ocurre y nos impacta emocionalmente.

Traumático es que nuestras experiencias no sean vistas, legitimadas, escuchadas y sostenidas. Traumático es tener que callar. Traumático es tener que refugiarnos en la división, el síntoma o la locura porque las figuras de protección no están en sintonía con nuestras necesidades y no encontramos otra salida, porque no la hay.

El trauma psíquico sería la herida resultante de no poder hablar, de negar e incluso disociar las experiencias con alto impacto emocional vividas. Dichas experiencias deberían haber sido compartidas con las figuras de apego para adquirir significado, para generar las creencias adecuadas sobre uno mismo y sobre el mundo y, en consecuencia, para posibilitar la adaptación y el aprendizaje.

Estoy segura de que más de uno estará sorprendido ante esta afirmación, por eso en las siguientes lecciones expondré los pasos que me han llevado hasta ella.

Ilustración de personas adultas haciendo el señal de silencio con el dedo índice mientras el hijo o hija los mira con expresión asustada y arrepentida.

Lección 3

Equivalencia entre trauma físico

y trauma psíquico

Empezaré por analizar la definición de «trauma». El diccionario de la RAE comienza aclarando que procede del término griego τραῦμα, que significa «herida» y ofrece tres definiciones:

1. m. Choque emocional que produce un daño duradero en el inconsciente.

2. m. Emoción o impresión negativa, fuerte y duradera.

3. m. Lesión duradera producida por un agente mecánico, generalmente externo.

No me parece casual que en las tres definiciones aparezca el adjetivo «duradero». En el caso del trauma psíquico, como hemos expuesto, es precisamente el tener que callar lo que va a convertir cualquier herida (¿podemos llamarla «herida del alma»?) en una lesión duradera y, con el tiempo, en traumática.

Tampoco es de extrañar que el estudio del trauma haya sido obviado o abordado de manera superficial. Lo malo es mejor apartarlo, tenerlo lejos.

Y así se ha venido haciendo históricamente. Durante siglos, el trauma psíquico (TP, en adelante) se ha considerado tan peligroso que sus manifestaciones y sus efectos se han achacado a posesiones demoniacas o a exóticos movimientos uterinos que explicaban por qué éramos las mujeres (ya de por sí seres considerados inferiores, más vulnerables e influenciables) las más afectadas.

El peligro del TP es de tal naturaleza que los esfuerzos para hacerle frente se han orientado siempre en una dirección que llevaba a transformarlo en algo físico que pudiese ser manejado por un médico. Al fin y al cabo, ¿no es más fácil examinar (y curar) una herida en la piel que una en el alma? Así las cosas, el estudio de los traumas físicos ha derivado en desarrollo y avances médicos, mientras que en relación con el TP todo es silencio, preguntas sin contestar, cuestionamiento e incluso retrocesos constantes. Hasta hace bien poco, eran los gurús, chamanes, brujos, confesores y magos de distinto origen y condición (también inquisidores, verdugos y otras salvaguardas de la moral y el orden, por supuesto) los únicos que se atrevían a ocuparse, con mejor o peor fortuna, de las heridas del alma. Y, claro, la psicología, heredera de todo este legado, aun siendo la ciencia más exacta que conozco, continúa considerándose poco menos que superchería. Es imprescindible que los clínicos actuales nos preguntemos qué tiene de peligroso el TP y que tratemos de responder.

Pero vayamos por partes. Empecemos por comparar las heridas de un trauma físico (TF) con las de un trauma psíquico (TP).

Primero, para ejemplificar y ver la equivalencia, veamos cómo se comporta el organismo cuando sufre un TF en forma de herida, por ejemplo, en la piel. La secuencia sería la siguiente: (1) herida en la piel, (2) ¡alarma/peligro!, (3) riesgo de infección y (4) posibilidad de que se produzca la muerte. Ante la amenaza de aniquilación, es lógico y razonable que el organismo ponga en marcha los mecanismos oportunos para contrarrestar los efectos de la herida. En ese sentido, nuestro cuerpo está provisto de un sistema de reparaciones que empieza automáticamente a funcionar en cuanto saltan las alarmas tras producirse la herida. Parece que el proceso de cicatrización epitelial conlleva una reacción en tres fases: inflamación, proliferación y remodelación. Curiosamente, la psicoterapia del trauma también consta de tres fases: estabilización, procesamiento de los recuerdos traumáticos y reconexión, pero esto lo trataremos más adelante.

esquema hecho a partir de recuadros que están relacionados entre si por flechas. El primero tiene la frase herida en la piel, el segundo la palabra peligro entre exclamaciones, el tercero infección y el último muerte.

Comparativamente, estaremos de acuerdo en que un acontecimiento que produce un impacto emocional considerable nos deja alguna secuela que podemos calificar de herida. Por lo tanto, también saltarán las alarmas. ¿Por qué? ¿Cuál es el peligro en este caso? La clave para responder a esta pregunta está en las emociones y en el mensaje que transmiten, en aquello de lo que nos advierten. Y, una vez más, ese mensaje es de grave peligro.

Como ya comentábamos en la lección anterior, esto resulta muy evidente en aquellos acontecimientos en los que nuestra integridad física o la de nuestros seres cercanos (trauma vicario) se ve claramente comprometida, como en un accidente de coche o en un tsunami, por ejemplo. En otros casos, sin embargo, no parece tan claro ese mensaje de peligro grave. Cuando hablamos de negligencia parental, de carencias en el apego, de falta de sintonía emocional o de otras vivencias de naturaleza más sutil, tan comunes en la infancia y que tanta huella dejan, ¿por qué las emociones nos advierten del riesgo y hacen saltar alarmas? ¿Qué nos quieren transmitir? ¿Qué sería el equivalente a una infección en el trauma físico?

Yo sostengo que el gran peligro es la desvinculación. Cuando un niño vive las situaciones descritas más arriba, sus emociones, de alguna manera, le informan acerca de sus mayores, le dan cuenta de cuestiones como las siguientes: «Papá y mamá no están haciendo las cosas del todo bien, a lo mejor no son tan de fiar como yo pensaba. No se preocupan de lo que yo necesito, no me protegen, no me quieren lo suficiente. Les supera mi crianza y me culpan a mí, me castigan por no ser responsable, pero ellos tampoco lo son; me dicen que no puedo beber y fumar, pero ellos lo hacen...».

Si el niño legitimase esos mensajes y los diese por válidos sin dudar de sí mismo, experimentaría una sensación de peligro («Estoy arriesgando mi relación con ellos»), y no está en con­diciones de hacerlo. El niño necesita vincularse y mantener ese vínculo con sus figuras de apego para sobrevivir. Si no lo hace, sabe que no tiene posibilidades. De nuevo, el mensaje final es de riesgo de aniquilación.

La secuencia podría quedar así esquematizada:

squema hecho a partir de recuadros que están relacionados entre si por flechas. El primer recuadro tiene la frase posible herida en el alma, el segundo peligro, el tercero desvinculación y el último muerte.

Afortunadamente, y como ya comentábamos en la introducción, también en este caso traemos de fábrica un maravilloso y sofisticado sistema de cicatrización o reparación de heridas del alma. Su funcionamiento se puede entender de forma muy sencilla si lo dividimos en tres actuaciones fundamentales: hablar de ello, pensar en ello y soñar con ello.

El ser humano se explica narrándose, así que tiene todo el sentido que la capacidad de contar historias y de otorgar significado a lo vivido a través de ellas sea innata. Al contarle a otro lo que nos ocurre, narrándolo a nuestra manera y teniendo a ese otro como espejo, vamos encontrando y confiriendo sentido a lo que vemos, a lo que experimentamos y a lo que somos.

No hay identidad sin historia. Así, con otro o sin él, siempre andamos contándonos la nuestra.

Pero, si para llevar a cabo estas tareas podemos contar con nuestras figuras de cuidado, la herida cicatrizará adecuadamente y la experiencia se transformará en aprendizaje, pues la narrativa resultante contendrá todo el material necesario (bien traducido) y generará las creencias apropiadas sobre uno mismo y sobre lo que nos rodea.

El problema es que dichas tareas presentan importantes dificultades —lo veremos a continuación— y están asociadas al contexto exigiendo silencio.