
Hades se manifestó a la sombra de la tribuna del Hipódromo Heleno. Los corceles de estirpe divina de los dioses iban a disputar muy pronto la primera de las tres carreras, que llevarían al animal más veloz a buen camino para convertirse en uno de los preciados hipocampos de Poseidón, esos caballos con cola de pescado que tiraban de su carroza oceánica. Pero no era este supuesto honor lo que había llevado allí a Hades, ni siquiera la emoción de una apuesta arriesgada. Su intención era poner a prueba la validez de un pretendido oráculo llamado Acacio.
Conocía bien tanto el nombre como el negocio al que se dedicaba: era un famoso traficante de reliquias que utilizaba un taller mecánico como tapadera. Hades y su equipo vigilaban sus operaciones desde hacía meses. Estaban familiarizados con su rutina, maniobras y contactos; por eso, Hades desconfió cuando empezó a ofrecer a los mortales un atisbo del futuro.
Acacio no se limitaba a ofrecer el futuro. Había logrado una especie de omnisciencia que solo podía venir de una bendición divina o del uso de reliquias; y Hades sabía que no se trataba de lo primero, así que debía ser lo segundo.
Había enviado a Ilías a hacer una apuesta en su nombre. El sátiro estaba cerca de la pista, con el pelo rebelde peinado hacia atrás y recogido en una coleta en la nuca, con lo que los cuernos parecían más grandes y pronunciados. Hades cruzó en su dirección a la zona de hierba donde estaban los veinte corceles que iban a competir. Los mortales se apartaron a su paso. Pese al miedo que les inspiraba su presencia, también lo miraron con curiosidad, conscientes de que había mostrado afecto de manera abierta hacia una persona que ellos creían mortal.
Afecto hacia Perséfone, que no era mortal, pero se empeñaba en comportarse como si lo fuera. Y eso le preocupaba más de lo que quería reconocer.
Hades tenía unos cuantos vicios, como las carreras, el whisky y Perséfone, su diosa de la primavera. Dos de ellos nunca habían interferido con su rutina, nunca lo habían llevado a la distracción.
Pero lo que sentía por Perséfone iba mucho más lejos. Era una adicción, un ansia que no conseguía saciar. En aquel mismo instante seguía peleando contra el ansia visceral de volver a ella, y eso que habían pasado juntos casi todo el fin de semana, explorándola, enterrado en ella. Perséfone era el motivo de su tardanza. No había querido apartarse de su lado, probablemente porque le preocupaba no encontrarla a la vuelta, aunque ella le había prometido que aguardaría su regreso al Inframundo.
La duda le provocó una punzada de frustración.
Siempre había estado seguro de sí mismo, pero todo eran dudas cuando se trataba de Perséfone…, incluso de su destino compartido.
—Es tarde —comentó Ilías sin mirarlo. Tenía la vista fija en las casillas de salida, donde los caballos y sus jinetes ya tomaban posiciones.
Hades siguió la dirección de su mirada.
—Y tú eres un sátiro. —Ilías lo miró y arqueó las cejas—. Ah, ¿no estábamos jugando a decir obviedades?
No le gustaba que le señalaran sus errores, aunque los más allegados a él (y en particular Hécate, diosa de la brujería y la magia) disfrutaban recordándole que era falible.
O, por decirlo con las palabras de la propia Hécate, idiota.
—¿Qué tal va esto? —preguntó Hades al tiempo que examinaba a cada animal poderoso a medida que entraban en las casillas numeradas.
—He apostado por Titán —respondió Ilías—. Como me dijiste.
Hades asintió y se concentró en la enorme pizarra donde se veían las cuotas. Titán era el segundo favorito.
—Me sorprende que no hayas apostado por Kosmos —dijo Ilías.
Hades oyó lo que el sátiro no había dicho: «Si quieres ganar, ¿por qué has apostado por Titán?». Conocía bien a Kosmos y a su entrenador. Sabía que era el favorito de Poseidón. Por tanto, no había otro caballo que pudiera ganar la carrera.
Pero… allí se iba a correr por la divinidad, así que todo era posible.
—La apuesta es una prueba —replicó Hades.
Ilías miró a Hades con gesto inquisitivo, pero no obtuvo más explicaciones.
Los caballos y los jinetes estaban ya detrás de la valla y la carrera iba a comenzar en apenas unos minutos. La expectación y la emoción se dejaban sentir entre la colorida multitud. La razón de ser de las carreras de caballos, al igual que pasaba con tantas cosas en Nueva Grecia, no tenía que ver con las carreras ni con los caballos; todo giraba en torno a la moda y la posición social… y, aunque los atuendos no eran tan extremados como los que se veían en la Gala Olímpica, no se podía decir lo mismo de los sombreros y tocados.
—Lord Hades.
Una voz lo arrancó del ensimismamiento y se volvió para encontrarse frente a Kal Stravros, que estaba a unos pasos detrás de él. Kal era el director ejecutivo de Epik Communications, el grupo de medios de comunicación. Era dueño de cadenas de televisión y radio, periódicos como el Noticias de Nueva Atenas y hasta parques temáticos.
Hades odiaba los medios de comunicación por muchas razones, pero Kal Stavros era una de las principales, y no solo por su manera de fomentar los bulos: también era un mago, un mortal que practicaba la magia oscura y ya había recibido dos advertencias por uso indebido.
La tercera le costaría la expulsión y, probablemente, un castigo.
El mortal, como los demás, mantuvo las distancias, aunque adoptó una postura más casual, con las manos en los bolsillos de los pantalones de tela azul marino. Los ojos azul claro parecían centellear, y Hades sabía que no era de admiración. Kal miraba al dios de los muertos y veía poder, posibilidades.
Dos cosas de las que él carecía.
Se sacó las manos de los bolsillos para hacer una inclinación, y Hades lanzó una mirada de advertencia, no solo a Kal, sino a los que aguardaban cerca para cortar de raíz cualquier posible idea que se les ocurriera al presenciar la escena.
—Es un placer —dijo Kal, y se irguió con una sonrisa.
—¿A qué debo la interrupción, Kal?
La frase le salió cargada de repugnancia. Si el mortal se dio cuenta, no lo aparentó.
—Lo siento mucho —dijo, aunque no parecía sentirlo en absoluto—. Me habría gustado hablar contigo en otro lugar, pero hace semanas que estoy pidiendo una reunión y no he obtenido respuesta.
La irritación de Hades, un calor sutil que le subía por la garganta, fue en aumento.
—El silencio se suele interpretar como un «no» —replicó antes de concentrarse de nuevo en la valla.
Cualquier otro lo habría entendido como una orden para apartarse, pero Kal siempre cometía el error de volar demasiado cerca del sol; todo el mundo parecía entender las implicaciones menos él.
Se atrevió a acercarse un paso más. Hades se puso rígido y apretó el puño al ver la mirada de advertencia de Ilías.
—Tenía la esperanza de hablar sobre una posible colaboración —dijo Kal—. Mutuamente beneficiosa.
—El mero hecho de que creas que puedes beneficiarme de alguna manera delata tu nivel de arrogancia. E ignorancia.
—No lo creo, dada tu reciente experiencia con cierta periodista.
En la voz de Kal había cierto tono de irritación, pero fueron esas palabras las que llamaron la atención de Hades… y convirtieron el calor sutil en un infierno desencadenado.
—Cuidado con lo que dices —le advirtió.
No sabía a dónde se dirigía aquella conversación, pero no le gustaba la posibilidad de que los labios de aquel mortal pronunciaran el nombre de Perséfone. Kal sonrió, inconsciente del peligro, o tal vez deseoso de enfrentarse a él, de obligarlo a montar una escena en público para que sus reporteros la vieran.
—Yo me podría encargar de que no aparecieras más en los medios de comunicación.
Las palabras le cayeron encima como aceite hirviendo, pero Hades no pareció reaccionar.
—¿Qué propones, exactamente? —preguntó, aunque la oferta de Kal no le intrigaba lo más mínimo.
—Tu relación pública con una de mis periodistas…
—No es tu periodista, Kal —rugió.
El mortal se lo quedó mirando un momento antes de continuar.
—Sea como sea, has permitido que escriba sobre ti, y eso animará a otros a hacer lo mismo y a indagar sobre vuestra relación. ¿Es lo que quieres?
Era lo que menos quería, sobre todo porque ponía en peligro a Perséfone.
—Detecto un cierto tono de amenaza en esas palabras, Kal —dijo Hades.
—Para nada —respondió—. Me limito a señalar las consecuencias de tus actos.
Hades ignoraba a qué se refería el mortal al hablar de sus actos. ¿A que había permitido que Perséfone escribiera los artículos? ¿O a su encuentro público ante la Casa del Café, cuando ella corrió y se le echó a los brazos sin que ninguno de los dos prestase atención a los mirones que lo habían grabado y fotografiado todo?
—Yo te puedo garantizar intimidad.
—A cambio de un precio, claro.
—Un precio bajo —le aseguró Kal—. Una participación en la propiedad de Iniquidad.
El sonido de la campana ahogó la voz de Kal, y a continuación se oyó el estrépito de las puertas de las casillas al abrirse y el retumbar de los cascos cuando veinte caballos salieron disparados por la pista. La voz del locutor se impuso al rugido de la multitud con una narración en tono épico:
—Kosmos va por delante, como era de esperar, seguido por Titán…
Y desgranó más nombres. Layland tomó la curva por el interior, Maximus por fuera. Kosmos permaneció en cabeza; Titán lo seguía a un cuerpo de distancia. La voz del locutor, unida a los gritos de la multitud, puso en tensión a Hades, que apretó los dientes. Pero algo cambió en la carrera. Titán pareció encontrar el ritmo y adelantó sin esfuerzo a Kosmos antes de cruzar la meta.
La emoción hizo que el locutor hablase aún más alto al anunciar al vencedor.
—¡Titán, el caballo oscuro y superestrella divina, gana la Copa Helena! ¡Kosmos llega en segundo lugar!
En cuestión de minutos, la carrera había terminado, y Hades se apartó de la barandilla para marcharse. Pero, en aquel momento, una mano se le posó en el brazo.
—El acuerdo, Hades —dijo Kal.
El dios se volvió, le agarró la muñeca y lo apartó de un empujón.
—Vete a la mierda, Kal.
Y, sin más, desapareció.
* * *
Hades se manifestó junto a la barra del Nuncanoche.
El club estaba inmaculado y vacío, aunque sabía que sus empleados estarían entre las sombras preparándolo todo para la apertura. El acontecimiento nunca transcurría sin problemas. Siempre había alguien que daba por hecho que su posición le garantizaba el acceso y, si se lo tenía muy creído, eso solía provocar escenas de pataletas en público de las que se tenía que encargar Mekonnen, o Ilías en los casos más graves.
Los mortales y los inmortales no paraban de presentar ejemplos de los errores de la humanidad. En ocasiones, Hades dudaba de si había hecho bien al crear un paraíso así en el Inframundo. Tal vez las cosas eran mejores cuando tenían miedo de la otra vida, incluso de él. Así, la gente como Kal no se le habría acercado con peticiones que casi parecían exigencias.
La rabia lo invadió de nuevo al recordar el descaro de aquel hombre.
Y, peor todavía, le había recordado algo más preocupante: la seguridad de Perséfone. Hades tenía un número infinito de enemigos. Por mucho que le molestara arrepentirse de nada, debería haber ido con más cuidado. Debería haber utilizado la ocultación, la teletransportación, cualquier cosa con tal de impedir que la gente tuviera acceso a sus vidas y ella quedara expuesta.
Pero el daño ya estaba hecho. El mundo entero los observaba.
¿Estaba Perséfone preparada para eso? Que la favoreciera era una cosa, pero ser la amante, la elegida de un dios, era otra muy diferente. Ella no quería que la conocieran como diosa. ¿Se cansaría de que la conocieran como amante de Hades?
Cogió una botella de whisky de la pared retroiluminada y bebió directamente. En aquel momento, percibió que no estaba solo, y se dio la vuelta para quedar frente a frente con Hera, diosa del matrimonio y cuñada de Hades, muy a su pesar. Se hallaba en el centro de la estancia, de blanco impecable, con el rostro anguloso alzado en gesto de orgullo.
A Hades le pareció solo un poquito menos severa que Deméter.
—Un poco temprano para beber —comentó con un atisbo de repugnancia en la voz, y eso que sabía que había venido a pedirle algo. De lo contrario, no se había molestado en acudir a él.
—Un poco temprano para criticar —replicó Hades.
Volvió a concentrarse en la botella sin prestarle atención a Hera, que guardó silencio un momento antes de respirar hondo y dar un paso hacia la barra. Hades se preparó para lo que se le venía encima.
Sabía que no le iba a gustar.
—Ante todo, espero que esta visita permanezca en el anonimato.
Hades arqueó una ceja.
—Depende de lo que vayas a decirme. —Bebió otro trago para esperar a que el mensaje calara.
Los rasgos de Hera se endurecieron.
Hades no tenía nada en contra de la diosa, pero tampoco nada a favor. Para él, era territorio neutral. Su naturaleza vengativa era a menudo fruto de las infidelidades de Zeus, que eran la causa de buena parte de sus arrebatos. Por lo general, a Hades le costaba culparla. El matrimonio entre Zeus y Hera se cimentaba sobre el engaño, pero la crueldad de la diosa se volcaba demasiado a menudo sobre quien no debía: por lo general, otras víctimas de Zeus.
Hera alzó la barbilla y le lanzó una mirada severa.
—Ya conoces las hazañas de Zeus —dijo—. Cómo siembra el caos entre los humanos.
No le faltaba razón. Y, aunque no había dios inocente, el más duro con los humanos era Zeus.
—También conozco las tuyas —replicó.
El gesto de Hera se endureció, al igual que su voz cuando volvió a hablar.
—Tengo motivos. Y lo sabes.
—Llámalo por su nombre, Hera: venganza.
La diosa apretó el puño.
—Como si tú no hubieras buscado venganza.
—No te lo estaba criticando. —Dejó pasar un momento—. ¿A qué has venido?
Se lo quedó mirando, y Hades recordó por qué no le gustaban los ojos de Hera. A veces, uno se olvidaba de ella porque solía ir con Zeus y, a su lado, parecía desinteresada, casi altiva; pero cuando te convertías en el centro de su atención, aquellos ojos se te clavaban.
—He venido a aliarme contigo —dijo—. Quiero derrocar a Zeus.
La afirmación no lo pilló por sorpresa. No era la primera vez que Hera trataba de destronar a Zeus. Ya lo había intentado dos veces, y consiguió la ayuda de otros dioses: Apolo, Poseidón, incluso Atenea; y, de los tres, solo uno consiguió escapar de las iras de Zeus cuando se liberó.
—No. —La respuesta fue automática, no tuvo que pensárselo mucho. Hades detestaba la tiranía de Zeus tanto como cualquier otro dios, pero conocía demasiado bien las intenciones de Hera, y prefería a su errático hermano en el trono antes que a ella.
—¿Sabes los crímenes que ha cometido y aun así te niegas?
—Hera…
—¡No lo defiendas! —le espetó.
No había tenido intención de defender a Zeus, pero lo cierto es que solo era el rey porque se lo habían echado a suertes. No tenía más poder que Hades o Poseidón.
—No es la primera vez que lo intentas, y siempre has fracasado. ¿Qué te hace pensar que esta vez te saldrá bien?
Lo preguntaba con curiosidad sincera. ¿Tenía Hera algún arma, algún aliado, que le hiciera creerse capaz de cambiar el curso del destino?
—Así que tienes miedo —dijo en lugar de responder.
Hades apretó los dientes. Zeus era la persona que menos miedo le inspiraba en todo el cosmos. Pero la cautela era otra cosa.
—¿Quieres que te ayude? Pues contesta a la pregunta.
Una sonrisa de amargura se le dibujó en la cara.
—Por lo visto, crees que puedes elegir, pero tengo tu futuro en mis manos.
Hades entornó los ojos. No le hizo falta preguntar a qué se refería. Hera tenía el poder de bendecir y maldecir un matrimonio. Si ella no quería, no podría casarse con Perséfone.
—Puede que me alíe con Deméter —siguió—. Al fin y al cabo, soy la diosa de las mujeres.
Muchos sabían que Deméter tenía una hija, pero había mantenido su identidad en secreto, de modo que pocos dioses eran conscientes de la divinidad de Perséfone. La excepción más reciente había sido Zeus y, por tanto, Hera, cuando Deméter acudió a él para exigirle el regreso de su hija. Pero Zeus no había mostrado la menor intención de enfrentarse a las moiras, así que se había negado.
—Si de verdad quieres asumir ese papel, deberías escuchar a Perséfone, y no a la manipuladora de su madre. No te cruces en mi camino, Hera. No te saldrá bien.
La diosa dejó escapar una carcajada y bajó la barbilla para clavarle una mirada.
—¿Esa es tu respuesta?
—No te ayudaré a derrocar a Zeus —repitió Hades.
No iba a hacer nada en las condiciones impuestas por nadie. Derrocar a Zeus era mucho más complicado que establecer alianzas. El dios del trueno siempre estaba atento a cualquier indicio de rebelión, consultando profecías y moviendo sus fichas para impedir la concepción de alguien con mucho más poder que él. Era el sino del conquistador: el miedo a que se repitiera el ciclo, como ya había sucedido con los titanes y los primordiales. Zeus tenía miedo de acabar como su padre, Cronos, y como su abuelo, Urano.
A Hades no le cabía duda de que, tarde o temprano, las tornas acabarían cambiando y las moiras trenzarían nuevos gobernantes, cosa que convertiría a los olímpicos en un blanco. Ya había albergado la sospecha de que Teseo, su sobrino semidiós, tramaba planes que iban en esa dirección, aunque no sabía hasta dónde había llegado. Teseo estaba al frente de la Tríada, una organización que rechazaba la influencia e interferencia de los dioses. Muy irónico, sobre todo porque Hades estaba seguro de que Teseo aspiraba a la divinidad plena, o al menos a un poder equivalente.
—Esto no acabará bien para ninguno de nosotros dos —replicó Hera.
Se miraron. En el silencio, la tensión fue en aumento.
—Si no me quieres ayudar a derrocar a Zeus, tendrás que ganarte el derecho a casarte con Perséfone.
Hades cerró los puños.
—Esto no tiene nada que ver con Perséfone —dijo con los dientes apretados.
—El juego es este, Hades, y todos los dioses toman parte. Te he pedido ayuda y me la has negado, así que tendré que buscar venganza.
Lo dijo como si fuera un asunto de negocios y nada más, pero Hades conocía a Hera, y sabía que no amenazaba en vano. La diosa haría lo que fuera para salirse con la suya, y eso incluía causarle daño a Perséfone.
—Si le pones un dedo encima…
—No me acercaré a ella si haces lo que te digo —respondió. Se dio golpecitos en la barbilla con un dedo mientras miraba a Hades de arriba abajo—. A ver… ¿cómo te puedes ganar el derecho a casarte con tu querida Perséfone?
Aquellas cavilaciones le erizaron el vello a Hades. Era obvio que quería hacerle daño. Sabía que quería contraer matrimonio con Perséfone igual que sabía que no se sentía digno de un don como aquel. Aquello iba a ser un castigo, y también una fuente de diversión para la diosa.
—¡Ah, ya lo tengo! —dijo al final—. Te encomendaré doce trabajos. La… ejecución de cada uno me demostrará hasta dónde llega tu devoción por Perséfone.
—Lástima que Zeus no tuviera que hacer algo parecido por ti —replicó Hades, tenso.
Era lo último que debería haber dicho, y hasta él entendía que la frase había sido hiriente. Hades aborrecía cómo había llegado Hera a casarse con su hermano, mediante el engaño y la vergüenza. Ahora había hecho aflorar los recuerdos, lo que hizo palidecer de ira a la diosa.
—Mata a Briareo —le dijo con desprecio—. Esa será la primera misión.
A Hades se le cortó la respiración al oírla.
Briareo era uno de los tres hecatónquiros, de aspecto único, con cien brazos y cincuenta cabezas. La última vez que Hera había tratado de derrocar a Zeus, Briareo lo liberó, con lo que se granjeó la ira de Hera. No era de extrañar que quisiera vengarse, pero utilizar a Hades para ejecutarlo era una cosa muy diferente.
A Hades le caían bien Briareo y sus hermanos. Habían sido aliados en la Titanomaquia, y gracias a ellos los dioses olímpicos consiguieron derrocar a los titanes. Se merecían la gratitud de los dioses, no que alzaran la espada contra ellos.
—No puedo arrebatar una vida que las moiras no hayan señalado —replicó.
—Pues negocia —dijo Hera, como si fuera tan sencillo.
—No sé a qué te refieres.
Las moiras solo cambiarían un alma por otra, y eso según el nivel de caos que quisieran generar. No les gustaba que los dioses se entrometieran en sus decisiones. Aquello tendría consecuencias funestas. Hades lo sentía debajo de la piel, notó cómo se tensaban los hilos fantasmales de las vidas que había canjeado.
—Te doy una semana —dijo Hera sin hacerle caso.
Hades negó con la cabeza.
—Lo lamentarás —respondió, aun a sabiendas de que a ella no le importaba.
—Tú también.
De eso no le cabía la menor duda.
Cuando la diosa desapareció, Hades se quedó a solas en el silencio de Nuncanoche y repasó la conversación. La diosa del matrimonio tenía razón: todos los dioses jugaban a aquel juego, pero Hera había utilizado los peones que no debía.
De una manera u otra, Hades se saldría con la suya, y la diosa lamentaría el momento en que decidió ponerlo a prueba.
Bebió un trago más de whisky y lanzó la botella contra la pared más lejana, donde se rompió en mil pedazos.
—Puñeteras moiras.

«Mata a Briareo».
Las tres palabras le atenazaban el pecho y hacían que le costara respirar, incluso pensar, camino del Inframundo.
Se había imaginado aquel regreso de otra manera. Su intención era entretenerse con pensamientos eróticos sobre el resto del fin de semana con Perséfone hasta la mañana siguiente, cuando tendrían que enfrentarse a la dura realidad de su decisión de hacer pública la relación, para la que Hades no creía que estuvieran preparados. Visto el intento de chantaje o algo muy parecido de Kal, los tiburones ya los estaban rondando.
En cambio, pensaba en la singular orden de Hera, y en algún plan para evitar aquellos trabajos. Había otros dioses con el poder de bendecir un matrimonio, aunque el que ella tenía para maldecirlos era el más temible. Pero la decisión final estaba en manos de Zeus, y Hades sabía que su hermano no se mostraría muy predispuesto si mataba a Briareo.
Dioses, cómo detestaba a su familia.
Hades llegó a su despacho con la intención de ir al encuentro de Perséfone, pero descubrió que no estaba solo. Tánatos ya le estaba esperando. El dios de la muerte solía tener al día a Hades sobre las actividades de las almas, sobre todo cuando algo se torcía, y eso fue lo que lo frenó en seco.
—¿Pasa algo, Tánatos? —preguntó Hades al tiempo que el dios se inclinaba en una reverencia, con el largo pelo blanco de puro rubio sobre el rostro.
—No, mi señor —respondió Tánatos. Se incorporó con un susurro de las alas negras. Muy parecido a una sombra esbelta, con cuernos negros de gayal—. Solo quería informarte de un… suceso.
—¿Un suceso?
—En el Estigia. Lady Perséfone ha ido a recibir a las almas.
No había nada de malo en que Perséfone recibiera a las almas, pero la manera de presentar la información de Tánatos le aceleró el pulso a Hades.
—Al grano, Tánatos. ¿Le ha pasado algo?
El dios de la muerte parpadeó.
—No, no, claro que no —se apresuró a responder—. No quería sugerir lo contrario. Pensé que querrías saberlo para… ponerla sobre aviso. Ya sabes que a veces las almas son muy impredecibles…
El alivio fue instantáneo, aunque la irritación con Tánatos fue en aumento.
—¿Me has venido con chismes, Tánatos? —Arqueó una ceja.
El dios abrió mucho los ojos.
—No, no, no era mi intención. He pensado que querrías saberlo…
Hades esbozó una sonrisa.
—Hablaré con Perséfone —dijo—. Pero, la próxima vez que quieras informarme de algo relativo a ella, empieza por el final.
Tánatos se puso muy rojo.
—Sí, mi señor.
Y, sin añadir palabra, Hades salió de su despacho para ir en busca de Perséfone.
No le costó localizarla. Dentro de su mundo, podía percibirla: la presencia de Perséfone era como un latido firme que seguía el mismo ritmo que el de su corazón. Lo siguió como atraído por él y la encontró en la biblioteca, sentada en uno de los enormes sillones, cerca de la chimenea. Aunque no la hubiera percibido, habría sabido que se encontraba allí. La biblioteca era su lugar favorito del palacio, y a él le reconfortaba que, incluso después del tiempo que habían pasado separados y en el que no quería ni pensar, le había costado muy poco retomar la rutina anterior.
Ya desde la puerta alcanzó a ver la parte superior de la cabeza dorada y, al acercarse, vio que estaba leyendo. Dentro de él estalló un caos de emociones mezcladas: cálido alivio y terror gélido.
Perséfone estaba allí.
Estaba con él.
Pero el mes anterior le había enseñado que todo podía terminar en un momento. Los trabajos de Hera no aliviaban para nada la agitación que sentía, aunque consiguió reprimir aquellos sentimientos.
—Ya sabía que estarías aquí —dijo, y la atrajo hacia él, le buscó la boca.
Le cogió la barbilla con los dedos, le inclinó la cabeza y presionó los labios contra los suyos. Ella se arqueó para pegarse a él, le puso la mano en la nuca cuando se fundieron juntos.
Hades disfrutaba con aquello. Le ponía los pies en el suelo, le recordaba que Perséfone era real, que lo suyo era real.
Se apartó y le acarició la barbilla con el pulgar mientras le estudiaba el rostro, sobre todo aquellos labios que quería saborear una vez más. Los ojos parecían más luminosos que de costumbre, como el verde vivo de su pradera, y quería pensar que eso se debía a él.
—¿Qué tal el día, cariño? —murmuró.
—Bien —respondió, y aquella respiración entrecortada le hizo sonreír.
—No quería molestarte. Parecías muy metida en el libro. —Ella lo miró y se irguió.
—No, no. Es… un encargo de Hécate.
—¿Me permites?
Le dio el libro y leyó el título: Caos y brujería. Se contuvo para no poner los ojos en blanco ante los deberes que mandaba Hécate, pero no le extrañó que la diosa de la magia quisiera enseñar a su amada el arte del caos. Era justo la magia que podía ser inofensiva y destructiva, y a Hades no le cabía la menor duda de que Hécate albergaba la intención de enseñarle a Perséfone el abanico entero.
Iba a tener que hablar con ella. Pero más tarde.
—¿Cuándo has empezado a entrenarte con Hécate? —le preguntó.
—Esta semana. Me ha puesto tareas para casa.
—Ah. —Pasó unas cuantas páginas antes de cerrar el libro—. Me han dicho que has ido a recibir a las almas nuevas.
Lo dijo con toda naturalidad, pero al alzar la vista hacia ella para mirarla a los ojos vio que se erguía, dispuesta a defender su decisión.
—Iba dando un paseo con Yuri cuando las vi esperando, en la orilla del Estigia.
—¿Has sacado un alma fuera de los campos Asfódelos? —Eso era mucho más preocupante que ir a recibir a unas almas.
—Es Yuri, Hades. Además, no entiendo por qué las tienes aisladas.
—Para que no causen problemas.
Admiraba la confianza que Perséfone depositaba en los demás, y Yuri era el alma menos propensa a romper el protocolo, pero dejar que vagaran por el Inframundo solo causaría dificultades. Ni siquiera Perséfone podía evitar meterse en líos. La última vez que se había aventurado por aquel mundo, se encontró frente a frente con Tántalo.
Debía de haberse olvidado de eso, porque se echó a reír con los ojos iluminados por la diversión…, una diversión que se apagó al mirarlo. Hades no apartaba la vista de sus labios, que se entreabrieron al concentrarse en él. Y los pensamientos del dios dieron un giro repentino.
Cogió aire y trató de tragar saliva, pero tenía la garganta muy seca. De pronto, lo único que quería era salvar la distancia que los separaba. Tal vez aún podría tener la noche que se había imaginado con Perséfone antes de que Hera lo echase todo a perder. Pero Perséfone bajó la vista.
—Las almas de Asfódelos nunca causan problemas —dijo.
—Crees que hago mal.
No le sorprendió.
—Creo que no valoras lo que has cambiado, y por tanto no entiendes que las almas también lo han visto.
Aquellas palabras sí lo sorprendieron y le provocaron una sensación cálida por dentro.
—¿Por qué has ido a recibir a las almas? —preguntó con curiosidad; quería saber sus motivaciones.
—Porque estaban asustadas, y no me gustó.
Estuvo a punto de echarse a reír, pero consiguió controlarse a tiempo.
—Algunas tienen razones para estar asustadas, Perséfone.
—Esas seguirán con miedo por mucho que yo las reciba. El Inframundo es hermoso, y tú cuidas de tu gente, Hades. ¿Por qué van a temer los buenos un lugar así? ¿Por qué van a tener miedo de ti?
Hades se habría reído otra vez de no haberla visto tan seria. Si alguien los estuviera escuchando, nunca se imaginaría que hablaba de él, el dios del Inframundo; y tal vez hubiera una pizca de verdad en lo que decía, pero nada más, y no quería que llegara el día en el que se diera cuenta.
—Pues a mí me seguirán teniendo miedo. La que los ha recibido eres tú.
—Puedes venir a recibirlas conmigo.
Lo dijo en un tono que indicaba que, nada más pronunciar las palabras, ya se arrepentía de haberlo sugerido.
—Para gustarte tan poco el título de reina, te estás comportando como tal —señaló.
Lo dijo con una sonrisa, pero se le borró al ver la duda en su rostro.
—¿Y eso… te molesta?
—¿Por qué me va a molestar?
—Porque no soy la reina. —Volvió a coger el libro.
A Hades no le gustaron aquellas palabras. Fue como si se estuviera distanciando de la idea.
—Serás mi reina. Las moiras lo han decretado.
Vio que erguía la espalda y alzaba la barbilla en gesto desafiante. Aquello no le había gustado y, en lugar de enfrentarse a él, se dio la vuelta para ir hacia las estanterías con el libro en la mano.
Hades la siguió y apareció ante ella cuando se metió por un pasillo.
—¿Eso te molesta?
—No —dijo, y pasó de largo junto a él—. Aunque preferiría ser tu reina porque me quieres, no porque lo digan las moiras —añadió al tiempo que volvía a poner el libro en su sitio.
Él frunció el ceño y esperó a que se volviera hacia él antes de hablar.
—¿Dudas de mi amor?
Perséfone abrió mucho los ojos y entreabrió los labios.
—¡No! Pero… no podemos evitar que otros perciban nuestra relación como quieran.
Hades arqueó una ceja y se acercó un paso más a ella.
—¿Y se puede saber qué dicen los demás?
Perséfone apartó la vista de nuevo y se encogió de hombros.
—Que solo estamos juntos porque lo dicen las moiras. Que me has elegido porque soy una diosa y nada más.
Hades frunció el ceño. Aquello se parecía sospechosamente a algo que diría la madre de su amada.
—¿Te he dado algún motivo para pensar eso? —Sabía que no. Y también imaginaba la respuesta—. ¿Quién te ha hecho dudar?
—Es que he empezad a pensar en…
—¿Mis motivos?
—No…
—Pues lo parece. —Entornó los ojos.
Perséfone dio un paso atrás, aunque no había mucho espacio antes de dar con la espalda contra la estantería. Eso no contribuyó a aliviar la tensión entre ambos.
—Siento haber dicho nada —le espetó ella, y cruzó los brazos como para establecer una barrera entre ellos.
—Es un poco tarde para eso.
—¿Me vas a castigar por decir lo que pienso? —Los ojos le brillaron, desafiantes, pero lo que más le interesó fue la elección de palabras.
—¿Castigarte? —preguntó. Salvó la distancia que los separaba y le apartó las manos del pecho. La polla se le puso dura, tensa, cuando se apoyó contra sus caderas—. Me gustaría saber cómo piensas que podría castigarte.
Ella cogió aire y Hades vio el deseo en sus ojos, pero lo combatió para no caer en la tentación.
—Y a mí me gustaría que respondieras a todas mis preguntas.
Pero se le había olvidado todo lo que no fuera su sugerencia de un castigo.
—Recuérdame la pregunta.
Lo miró con timidez y tardó un momento en volver a hablar. Y, mientras, a él se le siguió poniendo dura, presionado entre los muslos de Perséfone.
—Si no existieran las moiras, ¿me querrías?
Sintió una oleada de conmoción al pensar en eso.
«Si no existieran las moiras, ¿me querrías?». Analizó las palabras, les dio vueltas en la cabeza, pero una parte de él no entendía por qué le hacía semejante pregunta. ¿Qué más daba, en última instancia?
Las moiras existían.
Y ellos, también.
Y ya.
Pero sabía que no era lo que ella quería escuchar, y que no era suficiente. Porque Hades era consciente de que lo que había entre ellos había ido mucho más allá del destino y de las moiras.
Y que, aunque su futuro fuera incierto, lucharía.
Con todas sus fuerzas.
Perséfone bajó la vista, trató de moverse entre la estantería y él en busca de una salida. La cogió por la barbilla y la obligó a mirarlo de nuevo. Una vez supo que contaba con toda su atención, le acarició la mejilla con los dedos.
—¿Sabes cómo supe que las moiras te habían hecho para mí? —Ella negó con la cabeza. Hades se inclinó para rozarle la piel con los labios—. Por el sabor de tu piel —dijo, y recorrió con la boca el camino abierto por los dedos a lo largo de la cara, de la barbilla—. Y lo único que lamento es haber vivido tanto tiempo sin ti.
Le mordisqueó la oreja y bajó por el cuello con una caricia suave que le cortó la respiración. Entonces, se apartó.
Perséfone se tambaleó un momento y la confusión se le pintó en la cara. Frunció el ceño.
—¿Qué es esto? —exigió saber.
Él sonrió, burlón, al verla airada.
—Juegos previos.
Y, sin más, se la echó al hombro y salió de la biblioteca.
—¿Qué haces? —le gritó, y le puso las manos en la espalda para tratar de levantarse.
—Demostrarte que te quiero.
Como si la polla, a todas luces dura, no fuera suficiente.
—¡Suéltame, Hades!
Sonrió al oír su respiración jadeante y le metió la mano bajo la falda, por la parte trasera del muslo, hasta rozar con los dedos la carne más íntima, caliente. El gemido que dejó escapar lo puso al rojo vivo y de repente ya no quiso buscar un lugar privado para follarla. La bajó contra la pared y en el mismo movimiento ella le metió los dedos entre el pelo y sus bocas chocaron. La agarró por la barbilla, le separó los labios con la lengua mientras le cogía el culo con la otra mano y seguía frotando el miembro duro y palpitante contra el suave lecho entre sus caderas.
Aquello era una necesidad, el tónico que necesitaba su mente frenética.
—Te voy a castigar hasta que grites —le prometió, y el pecho se le hinchó con la verdad de las palabras—. Hasta que te corras tan salvaje con mi polla que no te quede la menor duda.
No creía que fuera posible tenerla más dura, pero entonces afloró la magia de Perséfone, su olor cálido y dulce. Lo sintió como relámpagos en las yemas de los dedos de ella, que lo llamaban, apelaban a las sombras e hilos que se movían bajo su piel. Eso no hizo más que incrementar la excitación, la expectación embriagadora de sentirse dentro de ella, de notar su calor palpitante al correrse.
Se echó hacia atrás para mirarla a los ojos, para ver si estaba preparada.
—Cumple tu promesa, lord Hades —susurró Perséfone.
Se le tensó el bajo vientre y le palpitó la polla, y de pronto estuvo tan desesperado por su carne que ya no pudo esperar más. Metió una mano entre sus cuerpos para liberar su miembro y empujarla contra la pared, que se derrumbó, y cayó hacia delante con Perséfone entre sus brazos. A duras penas pudo recuperar el equilibrio.
La depositó en el suelo, pero sin soltarla, porque de pronto tenían público. Y era numeroso: buena parte del personal de palacio, además de Tánatos, Hécate y Caronte.
Tánatos los miró y luego apartó la vista con las mejillas pálidas y sonrosadas. Caronte abrió mucho los ojos antes de mirar también él en otra dirección con una sonrisa de oreja a oreja. Hécate fue la única que se quedó mirando, con una ceja arqueada y una media sonrisa en los labios.
Una parte de él entendía que debería haber tenido más cuidado, elegir mejor dónde estar con Perséfone. Pero el palacio era suyo.
Podía follar donde le diera la gana.
Carraspeó para aclararse la garganta. Perséfone miró a su alrededor y apretó la frente contra su pecho, y por un momento le pareció sentir el calor de la vergüenza a través de la tela de la camisa.
—Buenas noches —dijo—. Lady Perséfone y yo nos morimos de hambre y preferimos estar a solas.
Ella le había puesto las manos en los costados por debajo de la chaqueta y, cuando habló, le clavó los dedos en las costillas. Hades gruñó y la agarró con más fuerza mientras el personal de palacio se apresuraba a retirarse. Salieron con las bandejas de comida, y todos y cada uno se despidieron al marcharse. Con cada «Buenas noches, señor, buenas noches, señora», Perséfone hundía más la cara contra su pecho.
Hécate fue la última en salir, y se metió una uva en la boca antes de cerrar la puerta.
—Bueno —dijo, y la llevó hasta la mesa—. ¿Por dónde íbamos?
—No lo dirás en serio.
—Completamente.
—¿En… el comedor?
No comprendía aquellas vacilaciones, porque no era la primera vez que lo hacían, pero tal vez se había imaginado algo muy diferente cuando le prometió castigarla.
—Tengo hambre. ¿Tú no?
La subió a la mesa y se apoderó de su boca, le acarició los labios con la lengua, luego buscó la suya. Deslizó las manos desde la cintura a los pechos. Quería acariciarle la piel suave, pero se conformó con despertarle los pezones antes de llevárselos a la boca a través de la tela del vestido. Ella lo estrechó entre las piernas, le clavó los talones en el culo para que adelantara las caderas. La obedeció, se inclinó para besarla al tiempo que la recostaba sobre la mesa y, cuando la tuvo tendida ante él, se irguió para mirarla: una diosa, literalmente, una reina por derecho propio, expuesta, con el pelo dorado que se derramaba por los bordes de la mesa. Tenía la respiración jadeante y los ojos relucientes con la misma hambre que él sentía en la boca del estómago.
Era un sueño. Un sueño del que no quería despertar.
Le subió las piernas para ponerle los pies sobre la mesa y le besó la cara interna de una rodilla, luego la otra. Tenía la falda del vestido subida hasta las caderas. Le separó las piernas para dejar al descubierto la carne caliente y cerró los labios sobre el clítoris.
Ella se arqueó y cerró las piernas con fuerza en torno a su cuerpo. A Hades le gustó sentir el tacto de los muslos contra la cara, pero la postura no le permitía acceso ni darle placer así que se los apartó y la siguió acariciando con la lengua. Tenía un sabor cálido y húmedo, y su manera de retorcerse, de gemir, lo consumió como una llama.
Perséfone estiró una pierna, le acarició con el pie el miembro y se lo recorrió. Sin embargo, por mucho que deseara sacárselo de la ropa y entrar en ella, deseaba aún más ver cómo se corría ella.
Y estaba muy cerca.
Tenía el cuerpo tenso como la cuerda de un arco. Hades estaba loco por devorarla, pero se detuvo al oír un golpe en la puerta.
Perséfone se detuvo. Una oleada de frustración lo invadió.
—No hagas caso. —La miró todavía de rodillas, sin detenerse. Tenía el rostro congestionado y le zumbaron los oídos al llevar a Perséfone al límite, dispuesto a extraer hasta la última gota de placer de su cuerpo y luego entrar en ella.
Eso también era un ciclo de vida y muerte, un dar y tomar con el que no negociaría jamás.
Sonó otro golpe en la puerta.
—¿Lord Hades?
—¡Lárgate!
Una palabra más y mandaría al Tártaro a quien fuera.
—Es importante, Hades.
«Mierda». Había reconocido la voz. Era Ilías.
Se levantó, y Perséfone hizo lo mismo.
—Un momento, querida.
Trató de controlar la frustración, pero la naturaleza de la interrupción lo hacía difícil, y no mejoró las cosas la mirada de Perséfone, que dejó de concentrarse en su polla dura para clavarse en sus ojos.
—No le harás daño, ¿verdad? —Tenía la voz susurrante, sedosa, que le apremiaba a volver con ella.
—No mucho —respondió, pese a que estaba sopesando las opciones.
Se alejó con una última mirada a la piel ardiente de Perséfone, prueba de lo cerca que la había llevado del orgasmo, y salió para encontrarse ante Ilías.
—Más vale que sea importante —siseó Hades—, o te mandaré al Tártaro. Un año por cada palabra que digas, así que elígelas bien.
Ilías no se inmutó ante la amenaza de Hades.
—Es urgente —dijo.
Hades miró al sátiro un momento y reconoció que nunca lo había interrumpido a menos que fuera imprescindible, de modo que algo grave había sucedido. ¿Tendría que ver con Kal, o con Hera? Se puso tenso solo de pensarlo.
—Enseguida estoy contigo —dijo.
Ilías asintió.
—Estaré en seguridad.
Eso le picó la curiosidad e incrementó la preocupación, pero apartó a un lado los pensamientos para volver al comedor. Perséfone se había bajado de la mesa y estaba mirando al techo. Hades se preguntó qué le parecería tan interesante, pero no dijo nada, sino que permaneció en silencio mientras ella se volvía para mirarlo.
—¿Va todo bien? —preguntó, y cruzó los brazos sobre el pecho como si quisiera alzar una barrera entre ellos; una barrera que él no iba a permitir.
Se acercó y ella bajó las manos a las caderas.
—Sí —respondió—. Y no. Ilías ha venido con un problema que es mejor atajar de inmediato.
—¿Cuándo volverás?
—En una hora. Puede que dos. —Eran simples suposiciones, todo dependía de lo que le dijera Ilías, pero no quería preocupar a Perséfone. Vio que la preocupación le nublaba la mirada, y le puso un dedo bajo la barbilla para que alzara la vista—. Querida, créeme cuando te digo que apartarme de ti es la decisión más dura que tomo cada día.
—Pues no lo hagas —dijo, y le rodeó la cintura con los brazos para unir sus cuerpos—. Voy contigo.
Se envaró al oírla. No sabía qué quería mostrarle Ilías, pero no se imaginaba que la presencia de Perséfone en su trabajo pudiera llevar a nada bueno, al menos en el mundo de la superficie.
—No es buena idea.
—¿Por qué no?
—Perséfone…
—Es una pregunta muy sencilla.
—No, no lo es —estalló.
Se arrepintió al momento al ver cómo abría los ojos y apretaba los labios. Hades suspiró. Lo único que quería era acabar cuanto antes con lo que fuera para volver con ella. ¿Es que no se daba cuenta?
—De acuerdo —respondió ella. Dio un paso atrás y la distancia no fue solo la pérdida del contacto físico—. Aquí estaré cuando vuelvas.
—Te lo compensaré —prometió.
Arqueó una ceja.
—Júralo —ordenó como una reina.
Hades esbozó una sonrisa y notó cómo se le agitaba la polla, todavía dura.
—No tienes que arrancarme un juramento, querida. Nada podrá impedir que venga a follarte.
Aunque le parecía un sacrilegio apartarse de ella sin hacer que se corriera.

Hades se reunió con Ilías en la planta superior del Nuncanoche, dedicada a la seguridad. Era una estancia amplia, pero las paredes y el techo estaban en pendiente hacia arriba para formar una punta envuelta en sombras, igual que el exterior del edificio. La luz clara de las pantallas de ordenador iluminaba los rostros adustos del equipo de seguridad de Hades, o al menos de los que estaban allí. Los demás recorrían los pisos inferiores o los callejones oscuros del exterior, atentos a cualquier elemento adverso.
Ilías se había situado ante una serie de pantallas colgadas de la pared del fondo, una por cada sala de detención. Estaban reservadas a cualquiera que se saltara las normas de Nuncanoche, cosa bastante habitual. Las violaciones iban desde sacar fotos a hacer trampas con las cartas y, en raras ocasiones, el espionaje.
Eso último era lo que Hades esperaba encontrarse, habida cuenta de las conversaciones que había mantenido en las últimas horas, pero al estudiar las pantallas por encima de la cabeza del sátiro vio un rostro conocido que lo sobresaltó.
—¿Esa de ahí es Léuce? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
La ninfa de pelo blanco y piel muy pálida era inconfundible. Había pasado mucho tiempo desde que estuvo enamorado de ella, desde que lo traicionó, desde que la había convertido en un álamo y se había olvidado de ella.
Pero allí estaba, libre de su prisión.
¿Cómo era posible?
Él no la había liberado, desde luego.
—En persona —respondió Ilías—. Ha montado una escena al llegar.
¿Cuánta gente habría visto la escena antes de que la detuvieran? Ilías se dio cuenta de lo que estaba pensando.
—Ya hemos empezado con el control de daños —dijo.
—¿La habéis interrogado?
—No. Pensé que querrías hacerlo en persona.
Eso iba a hacer, aunque ya había tenido tiempo para prepararse, para idear mentiras y creérselas lo suficiente para superar cualquier detector. Era una táctica que conocía bien y que no habría olvidado, ya que durante los años que había pasado como árbol había estado inconsciente. Seguramente se había despertado convencida de que acababan de enfrentarse por su infidelidad, y había quedado conmocionada al descubrir que habían pasado más de dos mil años. Hades no sabía si había sido cruel o misericordioso con ella.
La observó en la pantalla una vez más. Había puesto la silla contra la pared, lejos de la mesa. Se estaba abrazando las rodillas contra el pecho con los brazos delgados, y parecía menuda, inocente, aunque desde luego Hades no la recordaba así.
—¿Qué quieres hacer con ella? —preguntó Ilías.
Hades sabía que la pregunta no era fruto de la preocupación. Solo quería saber qué le iba a pedir que hiciera para encargarse de la ninfa.
Miró a Ilías. No había pensado en aquello. Solo sabía que era preferible que Perséfone no supiera nada de Léuce. Se imaginaba cómo reaccionaría al descubrir no solo que su amante había regresado del mundo de la antigüedad, sino también cómo había castigado su traición. Y no le gustaba.
Léuce era una complicación.
—No lo sé —respondió—. Estate alerta.
Ilías asintió, y Hades salió de la estancia.
Habría podido teletransportarse a la sala, cosa que hacía a menudo para enfrentarse a los que habían cometido alguna transgresión contra él, pero prefirió disponer de tiempo para pensar, y de ese modo prepararse para hacer frente a la amante que había olvidado, así que pasó por un piso tras otro, invisible para la gente y cada vez más ofuscado.
Pensó con amargura que Léuce, siempre oportuna, había regresado apenas un día después de que consiguiera reunirse con Perséfone. Y, en ese momento, se detuvo. Tal vez no había sido una coincidencia. Tal vez aquello tenía un objetivo.
Tal vez fuera cosa de Deméter.
De pronto estaba más deseoso de enfrentarse a ella, y no titubeó. Una nube de aire denso, caliente, lo recibió al abrir la puerta. Léuce le clavó una mirada gélida, despectiva, con los ojos azules entornados.
—Eres tú.
No dijo más, pero tenía la voz cargada de veneno. Y se lanzó contra él.
Era delgada y esbelta, y se movía como si tuviera alas. Se subió a la mesa que se interponía entre ellos como si no existiera. Su ira estaba justificada, pero Hades no tenía la menor intención de permitir que se le acercara, así que, con un movimiento de la mano, su magia se convirtió en sombras que la retuvieron a medio camino.
—Tienes todo el derecho a estar furiosa —dijo—. Pero, si has venido a pedirme ayuda, como me imagino, mejor será que tengas las manos quietas.
La ninfa le escupió a la cara y Hades la liberó. Se derrumbó, todo extremidades blancas y huesudas, y le lanzó una mirada de odio.
—¿No me has hecho ya suficiente daño?
Llevaba tanto tiempo sin oír aquella voz que se había olvidado de su sonido. Pese a la ira, cada palabra era pausada, deliberada, una piedra más, un peso más en su culpa. Pero consiguió mantener la compostura. No le interesaba que Léuce pensara que podía volver a su lado. Todo lo contrario, prefería que mantuviera las distancias.
Entonces, reparó en que estaba llorando.
—¿Dónde estamos? —susurró una vez más, y volvió a sentarse en la silla con las rodillas pegadas al pecho.
Hades estaba confuso y sorprendido, tanto por las lágrimas como por la pregunta, pero de pronto se dio cuenta de que no había valorado bien hasta dónde llegaría la conmoción de Léuce. Se había limitado a dar por hechas las malas intenciones por su parte, cosa que no descartaba, pero en ningún momento se había parado a pensar en el trauma que le habría supuesto volver a un mundo que no se parecía en nada al que recordaba.
Se acuclilló ante ella.
—¿Qué quieres saber? —preguntó.
La ninfa se quedó inmóvil, seguramente sorprendida por el cambio de actitud.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? —añadió, tras una pausa.
Hades tragó saliva. No quería responder. Sentía que decirlo en voz alta sería todavía más cruel.
—Más de dos mil años.
Ella parpadeó y, por un momento, lo miró con gesto inexpresivo.
—Dos mil años —repitió, como si pronunciar las palabras la ayudara a comprender todo lo que había cambiado en ese tiempo. Luego, lo miró, y Hades pensó que estaba recordando el momento en que la había transformado en árbol.
Tal vez había sido un error interrogarla. Era obvio que estaba conmocionada.
—¿Por qué?
No estaba preparado para aquella voz rota. La culpa le revolvió el estómago. No tenía ninguna explicación, así que siguió en silencio.
—¿Por qué? —repitió, con tono más imperioso.
Sus ojos llenos de lágrimas y enrojecidos no hacían más que subrayar su ira. Hades apretó los dientes.
—Al principio, por tu infidelidad.
Léuce sacudió la cabeza como si no lo entendiera.
—¿Has tardado dos mil años en superar que te traicionara?
Apretó la mandíbula. Le habría gustado negarlo, no quería que pensara que había suspirado por ella todos esos años, pero tampoco quería reconocer la verdad: que se había olvidado por completo.
—¿Y Apolo? ¿Qué castigo recibió?
De nuevo, Hades guardó silencio, porque la verdad era vergonzoso. No había castigado a Apolo como a Léuce. De hecho, al dios de la música no le había hecho nada, y en su momento le pareció lo más adecuado. Apolo había seducido a Léuce como venganza porque Hades se negó a permitir que se reuniera con Jacinto, su amado. De modo que lo dejó en paz con su desolación.
La ninfa resopló y apartó la vista, y las lágrimas le corrieron por las mejillas.
—Todos sois iguales —susurró.
Hades frunció el ceño. Le habría gustado decir lo mucho que había cambiado, tanto como el nuevo mundo en el que se encontraba, pero ¿de qué iba a servir? Léuce había sido víctima de su ira y, por muchos progresos que hubiera hecho, eso no cambiaba nada.
Se puso de pie. Pensar que podía interrogarla en aquel momento había sido un error de cálculo, pero eso solo implicaba que tendría que vigilarla más tiempo.
—Si vas a volver a este mundo, tienes mucho que aprender —dijo.
—¿Es lo único que se te ocurre?
La miró, inseguro, sin saber qué quería de él. Tenía la sensación de que no había palabras que bastaran para aquel momento.
—Veo que no has cambiado nada —le dijo ella con amargura en vista de que no respondía.
—Si fuera así, te habría dicho que no te debo nada más allá de la vida que te he concedido y te echaría de aquí.
Era muy consciente de la ironía que sus palabras entrañaban. Sí, le había dado una vida, pero también le había arrebatado la mayor parte.
—No me hace falta tu caridad.
—Ah, ¿no? —replicó—. ¿Acaso te va a ayudar quienquiera que te haya devuelto la forma humana?
La ninfa frunció el ceño.
—¿No has sido tú?
Aquella expresión de sincero desconcierto le resultó preocupante.
—¿Cómo has llegado aquí, exactamente?
—Me he despertado —respondió ella—. He gritado tu nombre y alguien me ha traído.
Se la quedó mirando. No mentía, aunque tal vez omitiera parte de la verdad, pero no era imposible que no hubiera visto a la persona que le devolvió su forma original.
Se volvió hacia la puerta.
—Mis empleados te ayudarán a reincorporarte a este mundo —dijo—. Aparte de eso, no vuelvas a establecer contacto conmigo.
Y, sin más, se marchó.
* * *
Alguien le estaba tocando los cojones, y no le hacía la menor gracia.
Primero, Kal; luego, Hera. Ahora, Léuce.
Habría preferido que aquel enfrentamiento fuera breve, conciso y definitivo, pero sabía que tendría que volver a hablar con ella. Necesitaba más información sobre la repentina transformación. Le costaba creer que no supiera quién la había causado, y estaba demasiado relacionada con él: alguien la iba a utilizar en su contra, sin duda.
Hades dio instrucciones a Ilías para que le buscara un alojamiento a Léuce y le pusiera vigilancia antes de volver al Inframundo. Luego, le habría gustado volver con Perséfone, pero antes le aguardaba otra tarea poco grata: hacer una visita a las moiras.
El temor le atenazó la boca del estómago, tan pesado como la culpa con que cargaba por Léuce. Visitar a las moiras no era nunca agradable, pero menos aún hacerlo por un asunto personal. Eran deidades conscientes del poder que tenían, y lo utilizaban para burlarse, provocar y tentar. Sabía que aquella noche no podría eludir las humillaciones, cosa que lo empeoraba todavía más.
Se manifestó ante el palacio de espejos de las moiras, un edificio de tamaño imposible de determinar porque estaba envuelto en hiedra y otras plantas. Cuando creó su reino aislado, las hermanas que personificaban a las moiras se empeñaron en varias cosas, y una de ellas fue que el palacio fuera de cristal y espejos.
—Para que refleje la verdad —dijo Cloto.
—Para que muestre lo que es —explicó Láquesis.
—Para ilustrar la realidad —aportó Átropos.
A Hades no le cabía duda de que utilizaban los espejos para mucho más que la verdad. Representaban la posibilidad y, aunque la posibilidad podía ser muy grande, también podía resultar devastadora. Las moiras eran, en teoría, deidades naturales, pero lo cierto es que tendían más hacia la tragedia.
—El rey del Inframundo está angustiado.
La voz de Láquesis fue la primera que le llegó, aunque la moira aún no se había materializado.
—El Rico está desesperado —dijo Átropos.
—El Receptor de Muchos está preocupado. —Cloto se materializó al tiempo que lo decía.
Las tres moiras eran iguales, incluso en edad, aunque Cloto era la más joven. Tenían la cabellera larga y negra, e iban vestidas de blanco. Carecían de cuernos, si bien lucían coronas similares a nidos de ramitas doradas entrelazadas.
—¿Qué sucede, rey? —preguntó Átropos, que apareció a continuación.
—Dinos a qué vienes, majestad —dijo Láquesis, la última en encarnarse.
Formaron un arco en torno a Hades, que apretó los dientes. Sabían por qué estaba allí. Tenía que saber si ya habían tejido el destino de Briareo y si podía enfrentarse a ello.
—Necesito el hilo de Briareo —dijo.
—Vaya. Exigente —apuntó Átropos.
—Brusco —dijo Cloto.
—Tosco —corroboró Láquesis.
—Pídelo bien —dijeron al unísono.
La mandíbula le dolía. Las miró con tanta intensidad que le ardieron los ojos.
—Por favor —masculló.
Las tres esbozaron una sonrisa malévola.
—Bueno, ya que lo pides con tanta cortesía… —dijo Láquesis.
—Con tanta amabilidad… —aportó Cloto.
—Con tanta gentileza… —Átropos lo miró—. ¿Qué quieres saber?
—Necesito conocer el destino de Briareo —respondió Hades.
No le gustó nada el brillo en los ojos de las moiras.
—Briareos, dices. —Láquesis.
—Uno de los hecatónquiros —observó Cloto.
—Los gigantes de la tormenta —añadió Átropos.
—¿Por qué? —preguntaron al unísono.
—Como si no lo supierais —masculló entre dientes.
Se quedaron en silencio y Hades reconoció en ellas su propio comportamiento. No seguirían a menos que respondiera a su pregunta.
—¿Qué me costará matar a Briareo?
No le gustó hacer la pregunta antes siquiera de haber buscado una alternativa, pero sabía cómo funcionaban aquellas cosas. Había visto cómo se repetía el ciclo siglo tras siglo. Lo más probable era que no hubiera otra manera de apaciguar a Hera, y lo único que no tenía intención de sacrificar era a Perséfone y su futuro juntos.
—¿Quieres acabar con una vida que yo he tejido? —preguntó Cloto.
—¿Una vida que yo he medido? —dijo Láquesis.
—¿Una vida que yo no he cortado? —preguntó Átropos, afrentada.
A medida que hablaban, un hilo dorado brilló en la oscuridad y se fue enroscando en torno a cada moira. Hades observó la fina línea de energía que formaba el tejido del mundo.
—No quiero hacerlo —replicó. Pero la alternativa era un precio que no estaba dispuesto a pagar, así que tenía que saberlo—. Ya sabéis que es una venganza de Hera.
—Y te ha elegido para llevarla a cabo —dijo Cloto.
El hilo formó la silueta de Hera, la de Perséfone, la de él mismo. La diosa del matrimonio se encontraba entre ellos y cortó con la lanza el cordón que los unía. Pero la ira de Hera no terminó allí. Los hilos siguieron ilustrando su acoso a Penélope hasta llevarla a la locura.
Hades cerró los ojos. Al abrirlos de nuevo, los hilos habían desaparecido.
—Y las consecuencias de negarte son tan terribles que estás dispuesto a enfrentarte a nuestra ira —dijo Átropos.
No era una pregunta, así que no dijo nada.
—Una vida como la de Briareo te va a costar cara, rey —dijo Láquesis.
—Las consecuencias son las mismas: un alma por un alma —apuntó Cloto.
No se molestó en preguntar qué alma reemplazaría a la que estaba a punto de arrebatar, aunque era consciente de que una vida como la de Briareo tendría un precio muy alto. Era un ser inmortal, un monstruo. Lo que ocupara su lugar debía ser muy poderoso. Se concentró en lo que más le importaba.
—¿En qué posición lleva eso a Perséfone?
Si un camino llevaba a la locura, no tenía la menor duda de que el otro no condujera a grandes dificultades.
—Ah, querido rey… —dijo Cloto.
—… no hay camino… —añadió Átropos.
—… en el que no salga herida —completó Láquesis.
* * *
«No hay camino en el que no salga herida».
Las palabras lo atenazaron y le dieron vueltas en la cabeza mientras, desde su sitio junto a la chimenea, veía dormir a Perséfone. Estaba tumbada a su lado, envuelta en seda negra, con las manos bajo la cara y la respiración acompasada, tranquila.
A salvo.
Si fuera fiel a su propia naturaleza, Hades no permitiría que abandonara nunca su mundo. Lo que le iba a hacer daño era la vida en la superficie… ¿o tal vez él?
Frunció el ceño ante la sola idea y luego se bebió de un trago lo que le quedaba de whisky antes de quitarse la ropa y meterse en la cama. Apartó las sábanas que cubrían a Perséfone y, cuando la seda se deslizó sobre la piel para dejar a la vista su desnudez, ella abrió los ojos adormilados para mirarlo.
—Has vuelto —dijo.
Se incorporó sobre los codos y Hades no vio otra cosa que sus pechos, que subían y bajaban con la respiración, con los pezones erectos, rosados, en un delicioso contraste con la piel clara. Se inclinó hacia delante para coger uno en cada mano y la cubrió de besos. La incitó con la lengua, y ella dejó escapar un gemido, le metió los dedos entre el pelo y lo atrajo con fuerza para llevarse los labios a los suyos. Hades se dejó llevar a su boca, permitió que el cuerpo se amoldara al de Perséfone un momento antes de separarle los muslos con la rodilla para acariciarla, para sentir la humedad de la excitación. Una ola de placer puro.
Cuando su lengua la incitó, ella dejó escapar un gemido, sus dedos se enredaron en su pelo y tiraron con fuerza, apremiando sus labios hacia los suyos, y él accedió, estrellándose contra su boca. Dejó que su cuerpo se amoldara al de ella solo por un instante antes de que su rodilla separase sus muslos para tantearla, sintiendo la humedad de su excitación. Otra ola de puro placer lo atravesó, directo a la polla ya dura, pero quiso prolongar aquello por mucho que deseara estar dentro de ella.
Se apartó de los labios y le recorrió el cuerpo con besos hasta llegar a la parte superior de los muslos, todo sin dejar de mirarla a los ojos. Perséfone había vuelto a la posición original, apoyada en los codos, y lo miró con los ojos turbios de deseo. Inhaló hondo, y Hades, sin detenerse, se centró en el sonido de la respiración acelerada. Adoraba su sabor, la sensación de su carne ardiente contra la lengua. El pene le palpitaba y la esperanza de hundirse en su calidez le tensó los testículos.
—Joder —jadeó Perséfone.
Hades levantó la mirada y vio que había echado la cabeza hacia atrás, que tenía los dedos engarfiados sobre la sábana. Comenzó a moverse contra su boca, en busca de la fricción que la haría correrse. En ese momento, Hades se apartó. Perséfone lo miró, y sus ojos se posaron en el miembro erecto, duro.
—Quiero darte placer —le dijo.
No protestó cuando se arrodilló ante él y lo tomó en la boca.
Intentó dejar escapar despacio el aire, pero le salió en forma de un gruñido ronco. En el tiempo que llevaban juntos, Perséfone había aprendido su ritmo, y lo puso en práctica, con una mano bajo los testículos mientras le pasaba la lengua por la cabeza del miembro.
—Sí —jadeó él cuando bajó la boca a todo lo largo sin dejar de acariciarlo.
La presión hizo que le zumbaran los oídos, solo podía concentrarse en el tacto, el olor, la presencia de Perséfone. Ella le llenaba todos los sentidos y, cuando apartó la boca, Hades la tendió de espaldas. Las piernas se le separaron cuando la atrajo hacia él y la acarició antes de poner la polla justo en la entrada. Se deslizó dentro de ella con la facilidad de la experiencia y se movieron juntos. Hades se mantuvo erguido, con una mano en el hombro de ella, mientras se embestían, chocaban. La respiración jadeante de Perséfone se transformó en gemidos cuando alternó los movimientos entre embestidas largas, lentas, y acometidas feroces. Quería besarla, pero también quería ver cómo su expresión se transformaba mientras la follaba hasta hacerle perder la conciencia.
—Es perfecto —susurró ella, con la cabeza echada hacia atrás, la garganta expuesta.
Hades se inclinó para besarle el cuello.
—Llevo todo el día soñando con esto. En cómo te haría correrte.
Al oírlo, ella lo miró. Hades se echó hacia atrás y la incorporó con él, sobre su regazo. Perséfone le rodeó el cuerpo con las piernas para moverse a su ritmo. A él le encantaba aquella postura, que le permitía sentir a la vez sus pechos y su clítoris hinchado. Cuando ya no pudo más, la tendió de lado, le levantó el muslo y se lo puso sobre la pierna para seguir con las embestidas. La presión en la base de la polla iba en aumento, quería ir más deprisa, pero al mismo tiempo quería que aquello durase para siempre.
Los gritos de Perséfone se hicieron más agudos; él sintió cómo los músculos se le contraían en torno a él.
—Joder —jadeó ella, y se deslizó la mano por el abdomen hasta el clítoris, para frotárselo con vigor.
—¡Córrete! —le ordenó.
Y, cuando el orgasmo la desgarró, él la siguió: se puso rígido y se derramó dentro de su cuerpo. Luego, le rodeó la cintura con el brazo y la atrajo hacia él mientras la respiración se les calmaba y sus cuerpos se relajaban.
—¿Ha ido todo bien? —preguntó Perséfone mientras el sueño se volvía a apoderar de ella.
—Claro —respondió él, aunque fuera mentira.