Prólogo

LOS PRIMEROS AÑOS

En el año 2000, tras una larga etapa como cantante solista para Sony y cinco discos, ocurrió algo que provocó un cambio profesional en mi vida. Estaba locamente enamorado de una mujer que era modelo y que había conocido en el rodaje de un videoclip de mi último disco. Al cabo de casi tres años de noviazgo decidimos casarnos, pero dos meses antes del que iba a ser el día más importante de mi vida, mi boda fue repentinamente cancelada. Fue un golpe que me dejó sin aire y con el corazón roto. Entré en depresión y busqué ayuda profesional, y me pasó algo cómico y tan surrealista que vale la pena contarlo.

Había pedido cita con una psicóloga argentina que me habían recomendado. Al llegar al cuarto piso del edificio donde estaba su despacho, no sabía si era la puerta de la izquierda, el 4B, o la derecha, el 4A. Toqué en una de ellas al azar, y me abrió una señora que, al verme y sin que yo pudiera pronunciar palabra, me saludó alegremente: «Hola, pasa, por favor». Una vez dentro y señalando lo que era un pequeño salón, me dijo: «Espera ahí un momento, por favor». Asumí que era la secretaria de la psicóloga y pasé al salón. Me sorprendió encontrar allí a una adolescente en pijama viendo la televisión.

—Buenos días —le dije, y me senté en silencio pensando: «Yo estoy depre, pero esta debe de estar peor porque está interna».

A los pocos minutos llegó un chico de unos veintipocos años, nos miramos en silencio con curiosidad y me soltó:

—Yo a ti no te conozco de nada.

Le repliqué que yo tampoco lo conocía, y fue cuando apareció otra vez aquella amable mujer, ahora alarmada:

—¿No vienes a ver a mi hijo?

Cuando le dije que venía a ver a la psicóloga, se avergonzó, me pidió disculpas y me indicó que era la otra puerta. En esa época yo salía mucho en la televisión y la buena señora, al reconocerme, se confundió pensando que era amigo de su hijo.

Tuve que regresar al día siguiente para hablar con la psicóloga, ya que, al sentarme en su despacho y contarle lo que me había pasado, nos entró a ambos un ataque de risa imparable.

En los días siguientes y después de escucharme largo y tendido, la psicóloga me hizo ver que, después de esta repentina ruptura, quizá era el momento de hacer más cambios en mi vida.

Ahora, el empujón final ocurrió cuando una mañana estaba corriendo en el parque del Retiro y vi que un niño de unos nueve años se fijó en mí, me apuntó y le gritó a su madre: «¡Mira, mamá, ese es un famoso!».

No dijo mi nombre, probablemente ni sabía que yo era cantante, pero sí me había visto en algún medio de comunicación o en alguna revista. Por mucho que tengas los pies en la tierra, la fama te distorsiona la realidad y te puede impedir disfrutar de una intimidad muy necesaria. A los pocos metros de alejarme de ellos, me detuve y me di cuenta de que yo era mucho más famoso de lo que merecía por mis propios méritos, como a menudo ocurre en España con el fácil famoseo.

Por ello decidí que dejaría la música y me embarcaría en lo que había estudiado hacía años en la Universidad en Boston: cine y televisión. Escribí una divertida sitcom de televisión de una genio de la lámpara que se llamaba Dina. Resulta que su profesor y abuelo, también un genio, le había enseñado mal todo lo que él sabía, ya que estaba senil. Así que, durante siglos, Dina fue utilizada por reyes españoles para ganar batallas y buscar tesoros con su magia. Todo salió mal y finalmente, en el siglo XVII, la condenaron y la enterraron bajo tierra dentro de su lámpara para siempre. En 2001 un niño se encuentra con aquella lámpara en un descampado, se la lleva a su casa y, al limpiarla, la libera. A partir de ese momento Dina formará parte de esa familia causando, una vez más, el caos absoluto.

La serie ¡Ala… Dina! se emitió con gran éxito en TVE y fue el programa más visto su primer año. En efecto, de ahí viene el nombre de la fundación, ya que quise llenar de magia los hospitales de niños enfermos como Dina había hecho en tantos hogares. Gracias a ella, mi transición al mundo del entretenimiento fue exitosa.

En aquella época, ya llevaba mucho tiempo sintiéndome abrumado por la suerte que me había brindado el Míster. Había cumplido muchos sueños profesionales y disfrutaba de una vida maravillosa y alegre. ¿Por qué yo había tenido la fortuna de nacer en una familia amorosa, económicamente estable y sin grandes penurias? Me consternaba pensar que otras personas habían tenido lo opuesto: quizá hubieran nacido en medio de guerras, con hambre, pobreza y sin oportunidades. ¿Por qué yo sí… y ellos no?

Me aterraba pensar que, si mi vida se terminaba repentinamente, mi cuenta sería impagable. La conversación con Dios sería algo así: «A ver, Paquito, ahora vamos a repasar tu vida y ver lo que has hecho con todo lo que te di».

Demasiadas cosas me había dado Dios y yo poco que mostrar a cambio. Por esto estaba convencido de que la solución era que tenía que devolver toda esa suerte ayudando a otros y hacerlo lo antes posible. Quería encontrar una causa a la cual pudiera entregarme en cuerpo y alma y donarle lo más precioso que tenemos: nuestro tiempo.

Siempre había tenido la inclinación de ayudar en distintas causas, pero lo había hecho de forma muy esporádica. Os voy a contar otra anécdota de mi época de cantante con la que os vais a reír. En esos años estaba interesado en colaborar con algún orfanato en Madrid, pero no fue nada fácil encontrar uno. Finalmente, tras buscar asesoramiento, empecé a visitar un colegio de niñas internas entre los once y los quince años que venían de familias con muchos problemas, algunas incluso eran huérfanas. Pasaba alguna tarde con ellas, les llevaba camisetas y discos. Yo era para ellas una alegre distracción y les parecía muy especial que un cantante conocido fuese a verlas. Resulta que una de esas niñas, de unos catorce años, jamás se acercaba a mí. Es más, se alejaba a un rincón y me esquivaba cuando yo me acercaba. Una tarde le pude preguntar si le pasaba algo conmigo, que no era mi intención molestarla, que solo quería brindarle mi amistad.

Se sinceró y me dijo:

—Mira, me ha dicho mi madre que tenga mucho cuidado contigo.

¡Qué lista la madre! Un cantante, con coleta (sí, entonces tenía coleta, ahora cuento mis pelos), venía a donar su tiempo… Esa madre debió de pensar: «Mosqueante como poco, algo raro pasa». Aún sonrío con este divertido recuerdo. Guardo en la memoria esos encuentros con estas desamparadas niñas con cariño y es una muestra que confirmaba mi deseo de ayudar al prójimo.

Los años pasaron y cuando estaba a punto de cumplir los cuarenta, tuve la urgente sensación de encontrar algo donde verdaderamente pudiera mancharme las manos, hacer un esfuerzo significativo y asumir una responsabilidad continuada y consistente en alguna causa difícil. No sabía dónde encontrar aquello, buscaba, pero no lo veía claro y los días y las semanas volaban.

Para entonces había entablado una buena amistad con el cura Rafael Pardo. Nos reuníamos una o dos veces al mes para almorzar y hablábamos de Dios, de fútbol y de la vida. Se podría decir que era mi consejero espiritual, pero debido a mi catolicismo poco dogmático, eran más bien charlas filosóficas sobre el Míster. Con el padre Rafael podía (y aún puedo) charlar de todo sin reservas, los dos disfrutamos de nuestros encuentros. Fue concretamente un miércoles, durante uno de esos almuerzos, cuando le pedí que me ayudara a encontrar algo a lo que dedicar mi tiempo de manera consistente. Le recalqué que quería algo complicado, no se trataba solo de donar dinero. A la semana siguiente me sorprendió con una llamada que cambiaría mi vida para siempre: «Paco, vas a ser voluntario con ni­ños con cáncer».

Me pareció perfecto, sonaba a reto y, aunque no sabía nada del tema, intuía que sin duda sería algo difícil. Justo lo que yo quería. Empezaría como voluntario con la asociación Asion, que atiende a niños con cáncer en distintos hospitales. Tenía que estar a las cuatro y media en el hospital Niño Jesús de Madrid el miércoles de la semana siguiente.

Y así fue. Hice un hueco en el rodaje de la serie para poder ir y llegué puntual a ese enorme hospital pediátrico. Me dirigí a la planta de oncología como un paleto total, pero con una gran disposición. Allí los responsables de la asociación Asion me explicaron que jugaríamos y haríamos manualidades con los pequeños enfermos en una sala. Era mi primer encuentro con el cáncer infantil. Educadamente, miraba con curiosidad aquel ambiente mientras seguía mi camino hacia la sala. En el largo pasillo, muchas puertas de las habitaciones estaban abiertas.

En una de ellas vi a una chica adolescente sin pelo por la quimioterapia, de unos trece años, vestida con el pijama del hospital y sentada en su cama. Se encontraba mal, estaba pálida y sostenía en las manos una pequeña bandeja de cartón cerca de la cara, ya que, por los efectos de la medicación, podría vomitar en cualquier momento. Su madre, a su lado, pendiente y preocupada. No me preguntéis por qué, pero rompí filas, de­so­be­de­cí lo que me habían ordenado y me metí como un resorte en aquella habitación para hablar con esa chica, que se llamaba Carla. Ella seguía concentrada en la bandeja a punto de vomitar, pero al acercarme a su cama, su atención se desvió hacia mí con curiosidad.

Impulsivamente empecé a hablar con ella y su madre. Les conté que era el creador y responsable de la serie ¡Ala… Dina!, y ahí a Carla se le abrieron los ojos y dejó de estar tan pendiente de la bandeja. A los pocos minutos, Carla se había olvidado de las ganas de vomitar y la tenía sonriendo y charlando.

Soy muy niño y se me da bien la gente joven; hay un payaso dentro de mí. Carla conocía muy bien la serie que estaba haciendo y me bombardeaba a preguntas. Ahora estábamos entre carcajadas; la bandeja de cartón, inexistente; la conversación, fluida y divertida.

Tuve la maravillosa sensación de que algo mágico había ocurrido, nada duradero pero clave para Carla en esos instantes. Me sentí eficaz, empoderado para luchar contra los estragos de la maldita y necesaria quimioterapia. Los miembros de la fundación llegaron y me pidieron salir y regresar a la sala que me habían indicado. Fueron amables, pero claramente me explicaron que había que seguir las reglas del juego y que yo no podía, de repente, entrar en una habitación sin tener permiso.

Una vez en la pequeña sala, empecé a jugar con niños de distintas edades, entre los cuatro, los seis y los ocho años. Todos sin pelo, algo demacrados y con el mismo pijama azul, con sus padres a su lado observando, todos con cara de agotamiento. Fueron unas horas que me impactaron por la fragilidad de esas criaturas, que tendrían que estar sanas y jugando, y no soportando tratamientos tan agresivos para derrocar al cáncer.

Salí del hospital trastocado por lo que había vivido. Nada me asustó, nada me impresionó: aquello era la batalla, y yo, sin lugar a dudas, quería ser un soldado más. Además, me sentí consternado por adolescentes como Carla, que no tenían actividades para ellos durante su tratamiento. Hacía falta luz entre tanta oscuridad, y yo quería ser parte de ello.

Ese fue mi primer encuentro con el cáncer infantil. Una combinación de rabia por ver aquella enfermedad y, a la vez, de ganas y deseo de luchar contra ese feroz enemigo. La conversación con mi amiga Carla me había confirmado que aquel era mi lugar, que yo tenía muchas herramientas que podrían ser útiles. Algo mágico había ocurrido y vi la mano del Míster; supe que aquello era para mí.

A partir de ahí, deseaba que llegasen los miércoles para ir al hospital. Poco a poco me fui haciendo amigo de tantos pequeños guerreros y de sus familiares. Carla, Sara, Raúl, Antonio… Tantos eran ahora mis grandes amigos.

Me fijaba en aquellos que estaban más graves e intentaba centrarme en ellos. Cuando llevaba menos de un mes como voluntario, hice trampa y empecé a ir muchos más días que no me correspondían. Era imposible no acudir a la llamada de un adolescente o un niño enfermo que estaba deseando verme y que yo notaba que, con mi presencia aliviaba algo su dolor. Sin darme cuenta, los miércoles se transformaron en jueves, los jueves en viernes, hasta acudir todos los días de la semana. Todos, especialmente los fines de semana. Había hecho muy buenas migas con el personal médico y con las enfermeras, y no solo no les parecía extraño, sino que me hacían saber que agradecían mis constantes visitas. En la fundación con la que colaboraba como voluntario no lo veían nada normal, pero por el momento no me decían nada.

Desde el principio me acompañó Lorena, quien hoy, muchos años después, es la directora de hospitales de la Fundación Aladina. Fue tremendamente valioso compartir con ella tantos momentos maravillosos y otros durísimos. Ambos vivíamos unas experiencias extraordinarias, y saber que no estábamos solos ante este difícil reto, donde las palabras a menudo sobran, resultó ser tan necesario como especial. Como soldados que han combatido juntos, entre Lorena y yo existe una hermandad forjada en tantas vivencias compartidas que se antoja difícil de explicar. Ella es, sin duda, un ángel en la tierra y, como siempre digo, aunque me llevo mucho reconocimiento, estoy rodeado de personas que me superan con creces. El Míster nos unió para cumplir su misión: ayudar a los pequeños guerreros.

Tened en cuenta que yo estaba dirigiendo y produciendo una serie que me absorbía por completo. Aunque me fascinaba mi trabajo, no dejaba de ser de lo más estresante, ya que cada martes, cuando se emitía la serie, los números de audiencia dictaminaban su continuidad o no. Mucha gente dependía de mi creatividad y de mi talento, y, si yo fracasaba, perderían su trabajo. Gracias a Dios, la serie fue todo un pelotazo durante muchísimo tiempo, casi tres años, pero hubo momentos en los que lo pasé francamente mal por tanto estrés. Por ello era casi impensable concebir que yo podía, además, estar colaborando de una forma tan intensa y continuada en el hospital con niños con cáncer. Dormía poco, confieso. Pero así fue, y mágicamente mi unión con el hospital Niño Jesús se fortalecía cada vez más y más.

A los seis meses, ya sabía los nombres de más de cincuenta pacientes, sus personalidades y sus deseos, aquello que les hacía reír y aquello de lo que no querían hablar y, por ello, ha­bía que evitar. Dentro de lo posible, empecé a involucrar a algunos de los actores de la serie. Cuando me acompañaban algún día causaban conmoción. Incluso decidí escribir un capítulo de ¡Ala… Dina! en el que el personaje del niño de la casa se hacía amigo de un colega de clase que tenía alguna enfermedad desconocida. Para darle comedia, al enterarse de que su amigo tenía cáncer, pensó que podía ser contagioso e intentaba evitarlo a toda costa. Finalmente, se dio cuenta de su error, ya que el propio niño con cáncer se lo explicó, y aquella amistad floreció. Mi audiencia juvenil era enorme y encontré un lugar para sensibilizarla a través de su programa favorito y explicarles lo que era esta enfermedad. Una alegría para mí.

Desde el primer momento supe que tarde o temprano perdería a algún pequeño guerrero y tendría que soportar esa dura experiencia. Sabía que ocurría en el hospital a menudo, por la propia estadística en el cáncer pediátrico, pero era un tema del cual no se hablaba. Había un niño amoroso, de unos siete años, S., con el que me llevaba genial. Tenía un carácter de mucho cuidado y luchaba por su vida con garras de león. Recuerdo que él era fan absoluto de Ramón García, el simpático presentador del programa de televisión Grand Prix. Le pedí a Ramón, como favor personal, que viniese a ver a S. Tiene un gran corazón y a los pocos días se presentó en el hospital. El niño, ya muy enfermo, estaba de los nervios con la visita y cuando Ramón entró en su habitación, S. se cubrió los ojos con las manos como si la vida dependiese de ello. Su vergüenza hacía que, por mucho que le pidiésemos que bajase las manos, S. se negaba. Pasamos unos treinta minutos con Ramón contándole historias y S. sin descubrirse los ojos, tapados por sus pequeñas manitas. Delirante. Cuando Ramón se despidió y salió de la habitación, S. por fin bajó las manos. Su madre lo regañó amablemente, le recordó que su sueño era ver a Ramón y que, estando en su habitación, él no lo vio. Después de unos segundos, con una sonrisa muy pícara, le dijo a su madre casi susurrando: «No se dio cuenta, pero, mamá, sí lo vi». No pude evitar una gran carcajada.

S. empeoraba, y la doctora Marta, con quien yo tenía una buena amistad, me lo comentó en privado un día. Quería que yo estuviese preparado, conociendo el vínculo tan especial que tenía con él. La doctora era consciente de que aún no se me había muerto ningún niño o adolescente a mi cuidado y le preocupaba el posible impacto psicológico que esto provocase en mí.

El día que falleció S. coincidió con el cumpleaños de uno de mis mejores amigos. Yo le había preparado una fiesta sorpresa a todo tren con más de cincuenta invitados. Unas horas antes de la fiesta, hacia las siete de la tarde, me fui a hacer deporte, a correr al Retiro antes de la velada. Mientras lo hacía, mi mente no paraba de pensar en todos los pequeños guerreros en el hospital, pero especialmente en S. y su madre. De repente sentí algo en mi interior que no tenía explicación, como si un látigo helado me atravesara el cuerpo. Me detuve petrificado, sin saber lo que me pasaba. Era una mezcla de ansiedad y premonición de que algo estaba ocurriendo en ese mismo instante. No preguntéis por qué, pero a toda carrera crucé el parque del Retiro y llegué al hospital Niño Jesús en chándal y empapado en sudor. Llegué a la segunda planta y entré a la sección de oncología y, al ver mi gesto preocupado, las enfermeras pensaron que ya me habían transmitido la triste noticia. Una enfermera se me acercó con dulzura y me dijo:

—Así es, Paco, S. acaba de dejarnos. Su madre sigue en el cuarto con él.

Vivid esto que os voy a contar como si os pasase a vosotros, porque a mí también me vino grande el momento. Jamás había estado cerca de una situación como esta. Intuitivamente, en un estado de conmoción, me dirigí a la habitación de S. Toqué tímido dos veces y abrí la puerta con delicadeza. En la cama vi el cuerpecito de S., ya sin su alma; su cara había perdido todo su color y estaba tan pálido como la sábana. Parecía estar plácidamente dormido, no había dolor, su cara irradiaba paz. En esos segundos, mientras asimilaba lo que estaba viviendo, la madre se me acercó y me dio un abrazo. Me asombró lo serena que estaba, todo tan fuera de contexto porque su hijo estaba sin vida a su lado. Me empezó a hablar sin parar. Me contó la paz con la que S. se había ido, lo agradecido que estaba de mi amistad con él, de lo maravilloso que había sido el trato en el hospital tanto por las enfermeras como por los médicos. Yo la miraba sin atreverme a posar los ojos en el niño, que estaba justo detrás de ella en mi punto de mira. Mientras me hablaba la madre sentí a mi otro Paco como si estuviese a mi lado, fuera de mi cuerpo, mirándome y diciendo: «¿Pero tú cómo has llegado aquí? ¡Esto te supera, no estás preparado!».

Esa misma cara de tonto, de no saber qué decir, qué hacer, aún se me sigue poniendo veinticinco años después en situaciones similares. No hay manual ante tal tragedia, todo es demasiado impactante, demasiado difícil e imposible de asumir.

Estuve con la madre hasta que llegaron de la funeraria. En el hospital intentaban por todos los medios que los otros padres y niños no se enterasen de que S. había fallecido. Tenían que sacar su cuerpecito por el pasillo en camilla y había que fingir entre todos. Un horror, una triste pesadilla. Salí destrozado del hospital, aún vestido con mi chándal, y caminé a través del ahora oscuro parque del Retiro hacia mi casa. La fiesta que había organizado para mi amigo era lo último que me apetecía; era incompatible con lo que acababa de ocurrir. Pero no podía cancelar a tantos invitados a falta de unas horas. S. se había ido a la luz, pensaba: «¿Cuántos más vendrán así en mi camino?».

Durante la fiesta, esa noche, la gente bailaba, bebía y reía alegremente. Yo, en cambio, intentaba disimular mi enorme tristeza. De vez en cuando, alguien se me acercaba y me preguntaba si me ocurría algo. ¿Cómo les iba a contar la verdad? «Se ha muerto S., de siete años, mi amigo, por cáncer, hace unas horas». Imposible, amargaría a cualquiera. Llegué a casa a las dos de la mañana y entré en una crisis existencial. ¿Iba a poder llevar bien esta nueva realidad? ¿Era posible seguir como hasta ahora mi vida? Me preguntaba si el Míster me estaba pidiendo cambiar mi vida aún más, de una forma radical. «¿Debería dejarlo todo por los niños enfermos de cáncer?». Pasé unas horas muy negras, roto por el dolor de S. y por su pobre madre, y una soledad que jamás había conocido me invadía.

Con el tiempo, amigos, conocí la respuesta a estas preguntas. Para nada el Míster quería que yo dejase mi vida profesional, que cambiase mis hábitos que me llenaban de felicidad. Al contrario, eran muy necesarios. Yo tenía que llegar al hospital con las pilas cargadas, lleno de vida, para poder compartir esa alegría con los pequeños guerreros. Así ha sido durante es­tos veinticinco años.

En esos primeros años, los vínculos que establecí con los pequeños guerreros ya eran muy especiales. A menudo me hacían regalos, manualidades hechas por ellos, y yo los guardaba en mi casa como tesoros importantes. Tengo un piano muy curioso en mi casa, y ahí los iba posando y se acumulaban con el tiempo. Cada pequeño objeto, ya fuese de plastilina o un dibujo, lleva con él una historia preciosa que tiene el sello de un amor especial (1).[1]

Muchos de esos objetos pertenecen a ángeles que ya no están con nosotros; imaginaos su significado para mí. Hay uno que recuerdo especialmente por la dureza y belleza de cómo sucedió. Había una niña de unos seis años, E., que estaba muy enferma. Hice una gran amistad con ella y le conté que estaba preparando una nueva serie de televisión que tenía que ver con un extraterrestre. Le propuse que, si me hacía un gran dibujo como ella sabía, yo lo pondría en la cabecera del programa para que todos lo viesen. Ella se quedó con la copla y de inmediato hizo el dibujo (2). Los médicos me informaron de que moriría pronto, que por desgracia ya no había nada que hacer. Intenté pasar mucho más tiempo con ella y su familia durante aquellas semanas. El día que falleció, en la habitación algo oscura y cuando ya respiraba con dificultad, me entregó el dibujo. La halagué por todo lo alto y su frágil sonrisa se llenó de orgullo. Tuve la torpeza de decirle que quizá hacía falta poner el cielo azul al lado de aquel sol tan grande que había pintado. Enseguida, con una enérgica ansiedad, le pidió a su madre la pequeña caja de lápices con los que dibujaba. Su madre intentó disuadirla, pero E. no solo se negó, se enfadó. Con su caja en la mano, cogió el lápiz azul como una herramienta poderosa y me pidió que le diese su dibujo, que yo sostenía. Se lo entregué y, con la poca fuerza que le quedaba, incorporó un poco la cabeza y empezó a colorear con energía aquel cielo azul. Daba la impresión de que sabía que le quedaba poco y esto lo quería dejar terminado. En mitad del silencio penetrante de aquella habitación, yo experimentaba un momento único y tan especial en la corta existencia de este ángel; todo tan cruel, pero a la vez tan insólitamente único. Después de algunos trazos azules, los padres intentaron decirle que ya era suficiente, pero ella los ignoraba y seguía con los ojos puestos en esos garabatos de un cielo azul. No pudo terminarlo, pero fue más que suficiente. Llegué a mi casa y mi perro se preocupó, no podía parar de llorar. Ahora comprendéis por qué ese dibujo mantiene un lugar especial en mi piano, el piano de los tesoros. Cuando emití la serie El inquilino en Antena 3, ese dibujo tuvo su gran momento y estoy seguro de que, desde el cielo, ella lo disfrutó.

El paciente oncológico de por sí tiene una madurez muy por encima de su edad. Todos suelen ser como doctores, ya que saben los nombres de sus propios medicamentos, hablan de su enfermedad con una madurez impropia de su realidad. Recuerdo un niño que se llamaba Carlos, que tenía ocho años y que a mí me parecía absolutamente superdotado por su elocuencia. Como le gustaba muchísimo la música, le regalé un piano con cascos para que pudiese tocar durante su estancia en el hospital, y así pasaba gran parte del tiempo. Años después, ya curado, me lo encontré con su familia en uno de los mercadillos que organizamos en la fundación. Al conversar con él, me preocupé porque tenía la sensación de que había cambiado, había perdido aquella madurez inteligente, e incluso pensé que podría ser a causa de la quimioterapia. No tardé mucho en darme cuenta de que, simplemente, Carlos, ahora sano, volvía a ser lo que tenía que ser: un niño feliz. Sin necesidad de estar en alerta, sin necesidad de saber lo que le estaba pasando y lo que le estaban dando. Por cierto, Carlos, ahora que tiene más de veinte años, sí es brillante y es un gran músico. Su familia, y por supuesto él, aún son grandes amigos míos.

De las cosas que más me llamaron la atención fue el hecho de que los adolescentes estaban demasiado solos, eran los olvidados en actividades lúdicas. Ellos nunca querían participar en los juegos para pequeños y, en consecuencia, se quedaban en sus habitaciones casi todas las tardes. Se sentían incomprendidos y aburridos. Era desgarrador ver lo poco que había para ellos, y por eso me volqué con todo para encontrar formas de entretenerlos, de distraerlos, de aportarles vías de escape. Durante mucho tiempo en España los adolescentes mayores, a partir de los quince años, eran erróneamente traspasados a hospitales de adultos. Ojo a este espeluznante dato: en ciertos cánceres hay más del 30 por ciento de diferencia en la supervivencia cuando un adolescente es tratado en un hospital pediátrico en vez de en uno de adultos. Gracias a un esfuerzo espectacular liderado por el doctor Luis Madero, y con mi pequeño granito de arena apoyando, hoy en día el adolescente con cáncer recibe cuidados pediátricos hasta los dieciocho años e incluso algo más. Me enorgullece deciros también que hoy en día Aladina ha creado salas de adolescentes en los hospitales. Ahí no puede entrar ni un padre ni una madre ni un médico o una enfermera. Solo ellos con los voluntarios de Aladina, y la diversión y las risas abundan. A menudo los cumpleaños acaban con peleas de tarta de chocolate volando por los aires y nos tienen que llamar la atención. El cáncer deja de existir unas horas, y eso, amigos, es pura magia.