La mayoría de las personas consideran que la vida es una batalla, pero no es así. Se trata de un juego en el que no se puede participar con éxito sin conocer las leyes espirituales. En el Antiguo y el Nuevo Testamento, se indican las reglas de la partida con una claridad fascinante. Jesús demostró que la vida era un gran juego en el que dar y recibir.
«Pues lo que siembres, cosecharás» (Gálatas 6:7).
Si ofreces odio, obtendrás odio. Si ofreces amor, obtendrás amor. Si ofreces críticas, obtendrás críticas. Si mientes, te mentirán. Si engañas, te engañarán. También se enseña que la imaginación desempeña un papel esencial en el juego de la vida.
«Sobre todo, presta atención a tu corazón [o imaginación], porque de él procede la vida»
(Proverbios 4:23).
Eso quiere decir que lo que imaginas se refleja en tu realidad tarde o temprano. Una vez conocí a un hombre que temía sufrir cierta enfermedad. Era una enfermedad muy rara, de la que era difícil contagiarse, pero se la imaginaba y leía a menudo sobre ella hasta que se manifestó en su cuerpo y murió, víctima de su imaginación distorsionada.
Como vemos, para participar con éxito en el juego de la vida, hay que cultivar la imaginación. Si tienes una imaginación entrenada para fantasear solo con lo bueno, convertirás en realidad cualquier deseo honrado de tu corazón: salud, riqueza, amor, amigos, la expresión perfecta de ti mismo y tus ideales más elevados.
Se considera que la imaginación es «las tijeras de la mente». Esta no deja de cortar y recortar, un día tras otro, las imágenes que vemos, así que tarde o temprano acabaremos encontrando las creaciones de nuestra mente en el mundo exterior. Para instruir a la imaginación de forma adecuada, debemos entender cómo funciona la mente. Los griegos ya decían: «Conócete a ti mismo».
La mente tiene tres secciones: el subconsciente, la consciencia y la supraconciencia. El primero es solo poder, sin dirección, como un riachuelo o la electricidad. Hace lo que se le ordena, pero no tiene iniciativa propia.
Lo que sentimos de forma intensa o imaginamos con claridad se imprime en el subconsciente con todo lujo de detalles.
Por ejemplo, conocí a una mujer que de niña siempre fingía ser viuda. Vestía con prendas negras y elegantes, incluso llevaba un largo velo negro. Los demás pensaban que era muy inteligente y divertida. Creció y se casó con un hombre del que se enamoró perdidamente. Poco después, su marido murió. La mujer se vistió de negro y se puso el velo de luto durante muchos años. Tenía grabada en el subconsciente la imagen de sí misma como viuda y, llegado el momento, se volvió realidad, aunque fuera a costa de una desgracia.
A la mente consciente muchas veces se la conoce como mente mortal o carnal.
Es la mente humana y ve la vida como «parece ser». Observa la muerte, el desastre, las enfermedades, la pobreza y los límites de todo tipo, y los imprime en el subconsciente.
La mente supraconsciente es la Mente Divina dentro de cada persona, el ámbito de las ideas perfectas.
En ella se encuentra el «modelo perfecto» del que hablaba Platón, el «designio divino», pues hay uno para cada individuo.
Hay un lugar que debes ocupar y que nadie más puede ocupar, es algo que debes hacer y que nadie más puede hacer.
Hay una imagen perfecta de esto en la supraconciencia. Suele manifestarse en la consciencia como un ideal inalcanzable, algo demasiado bueno para ser cierto. Pero, en realidad, lo que nos muestra es nuestro verdadero destino (en el sentido de hado y de meta), procedente de la Inteligencia Infinita que tenemos en nuestro interior.
No obstante, muchas personas ignoran su verdadero destino y se centran en cosas o situaciones que no les pertenecen, por lo que siempre acaban fracasando o sintiéndose insatisfechas aunque las alcancen.
Por ejemplo, una mujer se me acercó y me suplicó que pidiera por ella para que se casara con cierto hombre, al que llamó A. B., del cual estaba muy enamorada.
Le contesté que eso sería una violación de la ley espiritual, pero que rezaría para que se casara con el hombre adecuado, la «elección divina», el hombre que le pertenecía por derecho divino.
Añadí: «Si A. B. es el hombre correcto, no lo perderás. Si no lo es, recibirás a su equivalente». Se veían a menudo, pero su relación no iba más allá de la amistad. Una noche, la mujer me llamó y me dijo: «¿Sabes? Durante esta última semana, A. B. no me ha parecido tan maravilloso», a lo que le contesté: «Quizá no sea la elección divina, otro hombre será el adecuado». Poco después, conoció a otra persona de la que se enamoró enseguida y que, según ella, coincidía con su ideal. De hecho, le decía todo aquello que siempre había deseado que le dijera A. B. «Es sorprendente», observó. Pronto ella le correspondió y perdió el interés por A. B.
Este ejemplo corrobora la ley de la sustitución. La mujer estaba sustituyendo la idea correcta por la errónea, de forma que no hubo ninguna pérdida ni sacrificio.

Jesús dijo:
«Busca primero el reino y su justicia, y todo lo demás vendrá solo» y aseguró que dicho reino estaba dentro de cada persona (Mateo 6:33).
El reino es el ámbito de las «ideas correctas» o el modelo perfecto.
Jesús nos enseñó que nuestras palabras desempeñan un papel esencial en el juego de la vida.
«Porque las palabras te justifican y te condenan»
(Mateo 12:37).
El desastre llega a la vida de muchas personas a través de palabras vacías.
En una ocasión, una mujer preguntó por qué vivía sumida en la pobreza y la escasez, por qué antes tenía un hogar y mucho dinero y estaba rodeada de cosas bonitas y ya no. Llegamos a la conclusión de que a menudo se había sentido cansada al tener que organizar su casa y había dicho en múltiples ocasiones: «Estoy harta de todo esto, ojalá viviera debajo de un puente. —Luego añadió—: Ahora mismo estoy viviendo debajo de un puente». De tanto repetirlo, había conseguido acabar así. El subconsciente no tiene sentido del humor y solemos enfrentarnos a experiencias desagradables a causa de una broma.
Por ejemplo, una mujer que tenía mucho dinero no dejaba de bromear sobre que se estaba preparando para acabar en un asilo. Unos años después, estuvieron a punto de desahuciarla porque se había grabado en la mente subconsciente la imagen de las limitaciones y la escasez.
Por suerte, la ley funciona en ambos sentidos: una situación de escasez puede convertirse en una situación de abundancia.
Me acuerdo de otra mujer que se me acercó un caluroso día de verano para que le hiciera un tratamiento de prosperidad. Se sentía agotada, alicaída y desalentada. Dijo que le quedaban ocho dólares en el bolsillo. Yo le contesté: «Bien, bendeciremos esos ocho dólares y los multiplicaremos como hizo Jesús con los panes y los peces», porque Él nos enseñó que tenemos el poder de bendecir y multiplicar, de sanar y prosperar. Ante esto, la mujer me preguntó: «¿Qué debo hacer ahora?», a lo que yo respondí: «Sigue tu intuición. ¿Tienes la corazonada de que debes hacer algo o ir alguna parte?». La intuición significa eso, aprender desde el interior. Es una guía infalible y trataré sus leyes en detalle en un capítulo posterior.
La mujer contestó: «No sé. Siento la corazonada de que debería volver a casa, pero solo tengo dinero para el billete de ida». Su ciudad natal estaba lejos y en ella reinaba la pobreza y la escasez. La lógica (o la razón) le habría recomendado que se quedara en Nueva York, que buscara un trabajo y que ganara algo de dinero. Sin embargo, yo la animé: «Entonces, ve a casa. Nunca debes pasar por alto una corazonada. —Y añadí las siguientes palabras—: Espíritu Infinito, abre la vía para que esta mujer goce de una gran abundancia. Es un imán irresistible para todo lo que le pertenece por derecho divino». Le pedí que repitiera mis palabras a menudo. Se fue a su ciudad natal de inmediato. Un día, la llamé y me contó que había contactado con un viejo amigo de la familia. A través de él, recibió miles de dólares de forma milagrosa. Desde entonces, la mujer no para de pedirme que hable de la persona que se me acercó con ocho dólares y una corazonada.
Siempre existe la abundancia en nuestra vida, pero solo puede manifestarse a través del deseo, la fe o la palabra hablada. Jesús dejó claro que somos nosotros quienes debemos dar el primer paso.
«Pide y te darán, busca y encontrarás, llama y te abrirán» (Mateo 7:7).
En las Escrituras, se lee: «Yo me encargaré de mi creación» (Isaías 45:11).
La Inteligencia Infinita, Dios, siempre está dispuesta a hacer realidad tanto las peticiones más insignificantes como las más importantes. Todos los deseos, pronunciados en voz alta o no, son una petición. Pero nos suele sorprender cuando se nos concede un deseo de forma repentina.
Por ejemplo, antes de Pascua, tras haber visto muchos ramos de rosas en los escaparates de las floristerías, deseé recibir uno y, durante un instante, mentalmente, vi cómo me lo llevaban hasta mi puerta.
Llegó la Pascua y, con ella, un precioso ramo de rosas. Le di las gracias a mi amiga al día siguiente y le dije que era justo lo que quería. Ella contestó: «No te he enviado rosas, sino lirios». El encargado se había confundido con otro pedido y me había enviado un ramo de rosas solo porque puse la ley en práctica. Y yo tenía mi ramo de rosas.
Nada se interpone entre una persona, sus ideales más elevados y todos los deseos de su corazón, excepto la duda y el miedo. Cuando una persona puede desear sin preocuparse, todos los deseos se cumplen al instante.
Más adelante, te explicaré en mayor profundidad la razón científica que hay detrás de esta idea y cómo debes eliminar el miedo de la consciencia. El miedo es el único enemigo de la humanidad, ya sea a la escasez, al fracaso, a la enfermedad, a la pérdida o a la inseguridad en cualquier nivel. Jesús dijo:
«¿Por qué tienes miedo, hombre de poca fe?»
(Mateo 8:26).
Por eso, debemos descubrir cómo sustituir el miedo por la fe, dado que el primero es solo fe invertida, fe en el mal, en lugar de en el bien.
El objetivo del juego de la vida es ver con claridad el bien de cada uno y eliminar cualquier imagen mental del mal. Para conseguirlo, tenemos que grabarnos en el subconsciente la comprensión del bien. Un hombre brillante, que ha alcanzado un gran éxito, me contó que de repente todos los miedos habían desaparecido de su consciencia al leer un cartel: «¿Por qué preocuparse si lo más probable es que nunca suceda?». Estas palabras se le quedaron grabadas y ahora tiene la firme convicción de que solo pueden pasarle cosas buenas. De esa manera, puede manifestarse solo el bien.
En el siguiente capítulo, trataré los distintos métodos que existen para imprimir una idea en el subconsciente. Está ahí para servirte con lealtad, pero debemos tener cuidado y darle las órdenes adecuadas. Contamos de forma constante con un espectador silencioso a nuestro lado, el subconsciente.
Todos los pensamientos y todas las palabras se registran en él y se hacen realidad con un detalle increíble. Es como un cantante que graba una canción en un disco delicado.
Todas las notas y el tono de la voz del cantante se plasman, incluso si tose o duda. Por eso debes deshacerte de todas las canciones malas que tiene grabadas tu subconsciente, las canciones que no deseas mantener, y grabar otras nuevas, más bonitas.
Di estas palabras en voz alta con fuerza y convicción: «Ahora destrozo y me deshago (a través de la palabra hablada) de cualquier registro incierto que haya en mi subconsciente. Volverá al basurero del que salió, dado que procede de mi mera imaginación. Ahora guardo registros perfectos a través de mi Mente Divina, los relacionados con la salud, las riquezas, el amor y una expresión personal impecable». Ese es el tablero de la vida, el del juego completo.
En los próximos capítulos, te mostraré cómo puedes cambiar tu situación cambiando tus palabras. Cualquiera que no conozca el poder de la palabra se está quedando atrás.
«La muerte y la vida dependen de la lengua»
(Proverbios 18:21).
«Pues Dios será entonces tu tesoro
y recibirás montones de plata».
Job 22:25.
Uno de los mensajes más importantes que recibimos de las Escrituras es que Dios es nuestra reserva. Y, a través de la palabra hablada, podemos liberar lo que nos pertenece por derecho divino. Sin embargo, debemos tener fe total en sus palabras.
Isaías dijo: «La palabra que sale de mi boca no vuelve a mí sin resultado, sin […] haber llevado a cabo su misión». Ahora sabemos que las palabras y los pensamientos tienen una potente fuerza vibratoria, dado que moldean nuestro cuerpo y nuestras acciones.
Una mujer se me acercó muy angustiada y me dijo que le iban a poner una demanda el día 15 de ese mes por no pagar tres mil dólares. No sabía cómo conseguir el dinero y estaba desesperada. Le dije que Dios le serviría de recurso y que hay provisiones para todas las peticiones.
¡Y pedí por ella! También agradecí que la mujer fuera a recibir los tres mil dólares en el momento adecuado, de la manera correcta. A ella le dije que debía tener fe total y actuar acorde a esta. Llegó el día 15, pero el dinero aún no se había materializado. Me llamó por teléfono y me preguntó qué debía hacer. Le contesté: «Es sábado, por lo que hoy no te demandarán. Debes fingir que eres rica, mostrar así una fe total en que recibirás el dinero el lunes». Me pidió que comiéramos juntas para que la animara. Cuando me reuní con ella en el restaurante, le dije: «No es momento de escatimar en gastos. Pide un plato caro, actúa como si ya hubieras recibido los tres mil dólares».
«Y todo lo que pidas en la oración con fe, lo obtendrás» (Mateo 21: 22). La mujer debía actuar como si ya hubiera recibido el dinero. A la mañana siguiente me llamó por teléfono y me pidió que me quedara con ella durante todo el día. Yo me negué: «No, te protege la fuerza divina y Dios nunca llega demasiado tarde».
Por la noche, me volvió a llamar muy emocionada y me dijo: «Querida, ¡ha ocurrido un milagro! Estaba sentada en mi cuarto esta mañana cuando han llamado al timbre. Le pedí a mi doncella que no dejara pasar a nadie, pero ella miró por la ventana y me dijo: “Era su primo, el de la larga barba blanca”, a lo que respondí: “Pídele que vuelva. Quiero verlo”. Acababa de girar la esquina cuando mi primo oyó la voz de mi doncella y regresó. Hablamos durante una hora y, justo cuando se marchaba, me preguntó: “Ah, por cierto, ¿qué tal tu situación económica?”. Le dije que necesitaba dinero y me contestó: “Vaya, cariño, te daré tres mil dólares a principios del mes que viene”. No quise contarle que me iban a demandar. ¿Qué debo hacer ahora? No los recibiré hasta primeros de mes, pero debo conseguirlos antes de mañana». Yo le dije: «Seguiré “insistiendo”».
Después, pronuncié estas palabras: «La Mente Divina nunca llega tarde. Doy las gracias porque esta mujer haya recibido el dinero en el plano invisible y se vaya a manifestar a tiempo». A la mañana siguiente, su primo la llamó y dijo: «Ven a mi oficina antes del mediodía y te daré el dinero». Esa tarde, la mujer tenía los tres mil dólares a su nombre en el banco, por lo que extendiólos cheques para sus acreedores todo lo rápido que se lo permitió la emoción.
Si pides éxito y te preparas para el fracaso, acabarás en la situación para la que te has preparado. En otra ocasión, un hombre se me acercó y me pidió que rezara para que le desapareciera una deuda.
Descubrí que se pasaba los días planeando qué le diría a su acreedor cuando no pudiera pagar la factura, lo cual neutralizaba mis palabras. Pero debería haberse visualizado a sí mismo pagando la deuda.
Hay un fragmento de la Biblia que ilustra esta situación a la perfección. Narra la historia de tres reyes que estaban en el desierto y se habían quedado sin agua para sus hombres y caballos. Consultaron al profeta Eliseo, que les dio una respuesta asombrosa: «Porque esto dice el Señor: “No veréis viento ni lluvia; pero este arroyo se llenará de agua”».
Debemos prepararnos para lo que hemos pedido, aunque no haya ni el menor indicio ante nuestros ojos.
Otro día, una mujer se vio en la obligación de buscar un piso durante un año en el que había escasez en Nueva York. Era casi imposible encontrar alojamiento y sus amigos estaban preocupados por ella, por lo que le decían: «¿Tan malo sería que metieras tus muebles en un trastero y vivieras en un hotel?». Ella contestaba: «No tenéis que sentir lástima por mí, soy una supermujer y conseguiré un apartamento». Luego, decía las siguientes palabras: «Espíritu Infinito, ábreme el camino para el apartamento adecuado». Sabía que había provisiones para todas las peticiones y que no estaba sometida a ninguna condición, que trabajaba en el plano espiritual y que, al ser una con Dios, era mayoría.
Se planteó comprar mantas nuevas cuando la «tentación», el pensamiento adverso o la lógica, le sugirió que no las comprara porque no iba a conseguir un apartamento y no tendría que usarlas. No tardó en responderse a sí misma: «Voy a arriesgarlo todo comprando las mantas». Así se preparó para el apartamento y actuó como si ya lo tuviera.
Encontró un piso de forma milagrosa, ya que se lo concedieron a ella a pesar de que había más de doscientos solicitantes. Las mantas acabaron demostrando una fe activa.
«No hace falta decir que las zanjas que cavaron los tres reyes en el desierto se llenaron a rebosar»
(II Reyes).
A veces no nos resulta fácil subirnos al columpio espiritual, pues las dudas y el miedo surgen del subconsciente. Sin embargo, estos pensamientos son invasores que debemos expulsar. Eso explica por qué muchas veces la oscuridad es total antes del amanecer.
Una gran manifestación suele venir precedida por pensamientos tortuosos. Al exponer una verdad espiritual suprema, desafiamos las antiguas creencias del subconsciente y los errores salen a la luz para que podamos distinguirlos.
Ahí es cuando debemos repetir las afirmaciones de verdad, alegrarnos y dar gracias por lo que ya hemos recibido. «Antes de que me llamen, yo responderé» (Isaías 65:24). Eso significa que todos los dones buenos y perfectos están esperando a que cada persona los identifique. Solo podemos recibir lo que vemos que estamos recibiendo.
A los hijos de Israel se les dijo que podrían quedarse con toda la tierra que vieran. Esto también se aplica a todos nosotros. Solo contamos con la tierra que se encuentra en nuestra propia visión mental. Los grandes proyectos y los logros importantes se han hecho realidad al perseguir una visión. A menudo, justo antes de la gran hazaña, se produce un fracaso aparente y el desaliento.
Al llegar a la Tierra Prometida, los hijos de Israel tenían miedo de cruzarla porque se decía que estaba llena de gigantes que los harían sentir como langostas. «También vimos allí gigantes […] y a su lado, nosotros nos sentíamos como langostas» (Números 13:33). Esa es la sensación que tenemos prácticamente todos.
Sin embargo, quienes conocemos la ley espiritual nos mostramos impertérritos ante las apariencias y disfrutamos mientras «seguimos en cautividad». Es decir, nos aferramos a nuestra visión y damos las gracias por lo que hemos recibido.
Jesús mostró un ejemplo fascinante sobre este tema. Les dijo a sus discípulos:

«¿No dices: “Todavía faltan cuatro meses para que llegue la siega”? Pues bien, yo te digo: Levanta los ojos y mira
los campos, porque ya amarillean para la siega»
(Juan 4:35).
Su aguda visión penetró en el «mundo de lo material» y vio con claridad la cuarta dimensión, las cosas tal y como eran, perfectas y completas en su Mente Divina. Por eso debemos conservar la visión que tenemos del final del camino y manifestar aquello que ya hemos recibido. Quizá sea buena salud, amor, provisiones, expresión personal, un hogar o amigos.
Todas esas ideas son perfectas y están registradas en la Mente Divina, la supraconciencia de cada individuo. Así que deben surgir a través de ti, no ante ti. En una ocasión, un hombre se me acercó para pedirme éxito. Era esencial que en un periodo concreto ganara cincuenta mil dólares para su negocio. Se le estaba acabando el tiempo cuando se me acercó desesperado. Nadie quería invertir en su empresa y el banco se había negado en redondo a concederle un préstamo. Contesté: «Supongo que perdiste los papeles en el banco y, por lo tanto, el poder. Puedes controlar cualquier situación si primero te controlas a ti mismo. Vuelve al banco y te daré las pautas». Mis directrices fueron: «Identifícate con el amor del Espíritu de todas las personas relacionadas con el banco. Deja que la idea divina surja de esta situación». A eso el hombre contestó: «Mujer, lo que dices es imposible. Mañana es sábado. El banco cierra a las doce y mi tren no llegará hasta las diez. El plazo se acaba mañana y no me concederán el préstamo por nada del mundo. Es demasiado tarde». Respondí: «Dios no necesita tiempo y nunca es demasiado tarde. Para Él, cualquier cosa es posible. No sé nada sobre negocios, pero lo sé todo sobre Dios», a lo que el hombre contestó: «Lo que dices suena muy bien mientras estoy aquí sentado escuchándote, pero ahí fuera la situación es horrible». El hombre vivía en una ciudad lejana y no supe de él durante una semana. Entonces, me llegó una carta que decía: «Tenías razón. Conseguí el dinero. Nunca volveré a dudar de todo lo que me contaste».
Lo vi unas semanas después y le dije: «¿Qué ocurrió? Al final tenías todo el tiempo del mundo». Él respondió: «Mi tren iba con retraso, por lo que llegué a las doce menos cuarto al banco. Entré con calma y dije: “He venido a por el préstamo”. Me lo dieron sin hacer preguntas».
Esos eran los quince minutos que tenía asignados y el Espíritu Infinito nunca llega tarde. En este caso, el hombre no consiguió la manifestación por sí solo. Necesitó que yo lo ayudara a aferrarse a esa visión. Eso es lo que podemos hacer los unos por los otros.
Jesús conocía esta verdad cuando dijo:
«Te aseguro además que si dos personas unís las voces en la tierra para pedir cualquier cosa, la conseguiréis de mi Padre que está en los cielos»
(Mateo 18:19).
Cuando estamos muy metidos en nuestra propia situación, dudamos y nos entra miedo.
El amigo o «sanador» ve con claridad el éxito, la salud o la prosperidad y nunca titubea porque no está tan inmerso en dicha situación.
Es mucho más fácil conseguir una manifestación para otra persona que para uno mismo, por lo que no debemos dudar en pedir ayuda a alguien si notamos que vacilamos.
Un observador entusiasta de la vida dijo una vez: «Nadie puede fracasar si otra persona considera que tiene éxito». Es el poder de la visión y la razón por la que muchos hombres deben su éxito a una esposa, a una hermana o a un amigo que creyó en ellos y confió en el modelo perfecto sin titubear.