Los bosques fueron a por Emeline como hacían siempre: deslizándose con sigilo entre las sombras y colándose por las rendijas.
«Emeline —susurraban—, cántanos una canción verdadera».
Emeline apretó los dientes y no hizo caso. Allí, sentada bajo los focos en un taburete de madera, continuó cantándole al micrófono y rasgueando las cuerdas de su ukelele, y se dijo que, si aquella noche toda la cerveza que hubiera en el bar acababa convertida en agua de río, no le importaba. Que, si aquellas matas verdes y esponjosas que asomaban entre los tablones de madera del suelo eran, en efecto, musgo que venía de los bosques, no le importaba.
No podía perder la concentración.
No podía estropear aquella oportunidad.
Emeline no podía darle al público ni la más mínima pista de que, cuando cantaba, pasaban cosas muy extrañas. Ni hablar. Ella era Emeline Lark, una cantante de folk con tintes pop. Una estrella en alza con melodías pegadizas y voz dulce y aireada.
Allí no había nada raro.
Las luces de La Rêverie se atenuaron, acompañadas del crepitar y chisporrotear del fuego de la chimenea que había en la pared de piedra del pub. Sobre las mesas, por toda la sala, resplandecían las lámparas de aceite. Todo tenía un aire íntimo. Acogedor, cálido y oscuro, salvo por las luces blancas que brillaban sobre Emeline. Dejó que aquellos focos la cegaran, que le ocultaran a sus espectadores, mientras se apresuraba a acabar su actuación.
«Emeline…».
El olor de la tierra húmeda y blanda permeaba el aire. Emeline arrugó la nariz e intentó concentrarse en el público sin rostro que la contemplaba tras los focos.
«Lo tengo controlado», se dijo.
Y, en general, era cierto. Sin embargo, en los últimos tiempos, aquellas alucinaciones boscosas se estaban volviendo cada vez más insistentes.
¿Y si la cosa empeoraba mientras estaba de gira?
¿Y si uno de esos días dejaba de ser capaz de controlarlo?
Tamborileando con la pierna, se pintó una sonrisa en la cara y siguió tocando.
Pero, mientras cantaba la última canción, el penetrante olor a tierra fresca hizo que mirara al suelo. Bajo sus botas había crecido un parche de musgo verde esmeralda.
Parpadeó. Albergaba la esperanza de que no solo el musgo fuese un producto de su imaginación, sino que también lo fuesen los insectos negros y brillantes que estaban brotando de su interior. Que correteaban por encima de sus botas. Que le trepaban por los vaqueros.
Escarabajos.
Contempló horrorizada sus cuerpecitos negros, que reflejaban destellos iridiscentes azules y verdes mientras se arrastraban por sus piernas.
«Solo una canción verdadera», le pidieron los bosques con voz ronca.
Emeline miró al público más allá de las luces. Nadie parecía haberse percatado de la presencia del enjambre de escarabajos.
Nunca lo hacían.
«Porque ves cosas que no están ahí».
Igual que todo el que hubiera vivido en Edgewood durante demasiado tiempo.
Emeline se saltó la última estrofa de la canción y fue directa al estribillo final para terminar la actuación cuanto antes.
El bosque hizo una pausa. Esperó.
Pero ella no pensaba cantar ninguna otra canción, porque, en cuanto su música paraba, el bosque también paraba de propagarse. Era algo que había aprendido al marcharse de Edgewood dos años atrás: los bosques, ya fueran reales o un producto de su imaginación, solo iban a buscarla cuando cantaba.
El problema era que Emeline estaba siempre cantando.
La música era su vida.
El público aplaudió. Ella le dio las gracias, dejó el ukelele en su soporte, al lado de la guitarra, y se secó las palmas sudadas en los vaqueros.
Cuando la música house empezó a sonar, relevando a Emeline de su tarea de entretener al público, el musgo y los bichos retrocedieron, llevándose con ellos el aroma del bosque.
Emeline exhaló un suspiro de alivio. Lo había logrado. Había conseguido cantar todas sus canciones sin causar ningún incidente. Aquella noche, nadie había reparado en aquella presencia musgosa. Nadie, excepto ella.
Aquello la llevó a preguntarse, y no por primera vez, si su mente seguiría el mismo rumbo que la de su abuelo. Y el dolor afloró en su pecho al recordar la última vez que lo había visto. En aquella habitación estéril, tan perdido…, como si aquel no fuese el lugar que le correspondía.
Se obligó a respirar.
«Hiciste lo correcto. Es lo que él quería que hicieras».
Era lo que se decía siempre y, sin embargo, nunca aliviaba su dolor.
Como tenía la garganta seca de cantar, Emeline hizo ademán de coger la botella de agua rosa fucsia que había dejado bajo el taburete, la que Joel le había regalado por su cumpleaños y que ella había llenado de agua antes de empezar la última parte del concierto.
Pero sus dedos no encontraron más que aire.
Se agachó y miró al suelo, pero la botella había desaparecido. En su lugar había una flor: una anémona blanca, tan bonita como una estrella.
Emeline la miró extrañada.
—Pero ¿qué…?
Arrancó la anémona de debajo del taburete y la observó con atención. La luz se reflejaba en los pétalos blancos y translúcidos, dispuestos alrededor del centro negro.
—Si esto es una broma, creo que podrías hacerlo mejor —le murmuró al bosque.
Emeline paseó la mirada por el pub y, finalmente, se detuvo en un objeto de color fucsia.
Su botella de agua.
Alzó la vista desde la botella al joven que la tenía en la mano. Era poco más que una silueta, de pie justo donde no alcanzaban ya las tenues luces del bar. Y la estaba observando. Las sombras ocultaban su rostro y su ropa, pero no lograban disimular su altura. Ni tampoco la intensidad de su mirada.
Una sensación de alerta crepitó sobre su piel, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
El joven levantó la botella de agua como si la estuviera saludando, y luego se la llevó a la boca y le dio un buen trago.
Ella se quedó atónita.
¿Cómo se la había quitado sin que se diese cuenta?
Bajó la vista a la anémona que tenía en la mano. Debía de haberla dejado él cuando le había robado la botella, para que la encontrase.
Sintió un chispazo de ira. No era la primera vez que Emeline tenía que lidiar con hombres así. Con fans que no respetaban los límites.
¿Creía que podía acosarla sin que hubiera consecuencias?
Ya se encargaría ella de aclarárselo.
Se levantó del taburete y salió del resplandor de los focos. Sin perder de vista a su objetivo, zigzagueó por entre las mesas, recorriendo la distancia que la separaba de la barra.
La distancia que la separaba de él.
Él dejó la botella sobre la barra. A pesar de que estaba oculto por las sombras, Emeline percibió su desasosiego. Le complacía que ella hubiese aceptado el desafío, pero le inquietaba que se estuviera acercando. «Así me gusta —pensó, apretando los puños—. Te has metido con la chica equivocada».
Emeline estaba acostumbrada a que la subestimaran. Era una muchacha de diecinueve años metida en la despiadada industria musical, un hecho que parecía darle alas a la gente para infravalorarla.
«Recuerda, patito —oyó la voz de su yayo en su mente—. Cuando la gente te subestima, es fácil que eso se vuelva en su contra».
El desconocido no hizo ademán de marcharse; se limitó a contemplarla desde la oscuridad. Como desafiándola a descubrir su identidad.
Mientras se acercaba, le dio la sensación de que había en él algo de otro mundo. Un aura que no encajaba en el ambiente chic de La Rêverie. Emeline miró al suelo buscando su sombra, para ver qué forma tenía. Una costumbre ridícula que le debía a Tom el Pobre Loco.
«A un cambiaformas siempre se le distingue por su sombra».
Emeline apartó el pensamiento.
En cualquier caso, estaba demasiado oscuro para ver la sombra de aquel desconocido.
Solo le faltaban unos pasos para llegar hasta él cuando le vibró el móvil. Aminoró la marcha para sacarlo de su bolsillo trasero. Pensando que sería Joel, el hijo de su representante, bajó la vista para silenciar la llamada.
Pero no era Joel.
El nombre que iluminaba la pantalla era el de la vecina de su abuelo, Maisie Decker. Emeline le había dado poderes notariales para que las cosas fuesen más fáciles para todos.
«¿Y si le ha pasado algo a mi yayo?».
Sin dejar de fulminar con la mirada al desconocido que se escondía entre las sombras, respondió.
—¿Mais?
—Hola, pequeña. —La voz cálida de Maisie solía hacerla pensar en rollos de canela, dulces, pegajosos y esponjosos. Sin embargo, esa vez sonaba distinta: estaba colmada de preocupación.
«Ha ocurrido algo».
Emeline se tapó la otra oreja para aislarse de los ruidos del local. Alguien la golpeó en el hombro al pasar por su lado y, de repente, el pub pareció parpadear a su alrededor y el aire se llenó del olor de los pinos.
Levantó la vista hacia las sombras donde había visto por última vez al desconocido, pero ya no estaba. Emeline se dio la vuelta, buscándolo por el local, pero no había ni rastro de él. Había desaparecido y se había llevado la botella de agua. Como si hubiese saltado de ese mundo a otro distinto.
«A no ser que me lo haya imaginado a él también…».
—Ewan me pidió que no te molestara a no ser que fuese una emergencia, pero han pasado ya casi veinticuatro horas y…
A Emeline le latía el pulso en los oídos.
—¿Han pasado veinticuatro horas de qué?
—Ewan se ha ido, cariño.
«Se ha ido».
La recorrió un escalofrío helado como el invierno.
—¿Cómo que…?
—Ha desaparecido —le aclaró Maisie—. No lo encontramos desde ayer. —La sala empezó a dar vueltas alrededor de Emeline—. La enfermera llamó pasada la medianoche. Dijo que no estaba en su cama. Debió de salir y se perdió. O eso es lo que piensan ellos.
Con «ellos» se refería a la Residencia Páramo, el geriátrico donde vivía su abuelo. Adonde lo había llevado Emeline el abril pasado, cuando se había caído y se había roto la cadera y ya no podía seguir viviendo solo en su vieja casa. Emeline había cancelado sus conciertos, había conducido durante siete horas hasta Edgewood, había recogido sus cosas y lo había internado en la residencia más cercana.
«Veinticuatro horas».
Alguien debería haber dado ya con él.
«¿Por qué no lo han encontrado?».
Quizá había sido un error internarlo en la residencia más cercana a Edgewood. Quizá habría podido encontrar un sitio mejor, llevárselo con ella a la ciudad, o…
—Solo que las puertas estaban cerradas con llave —continuó Maisie, bajando la voz hasta convertirla en un susurro—. Hay cámaras en todos los pasillos. No puede haberse marchado por su propio pie. No es posible.
El pub se oscureció. El intenso olor a bosque se hizo más denso.
«Te lo estás imaginando —se dijo Emeline—. No hay ningún olor».
—Lo siento mucho, pequeña —añadió Maisie—. Pero a tu abuelo lo han diezmado.
«Diezmado».
La palabra resonó en el interior de Emeline y la arrastró a una infancia que había estado marcada por las supersticiones. Los diezmos del Rey del Bosque eran uno de los muchos rituales con los que había crecido en Edgewood.
Eran otra de las razones por las que se había marchado de allí en cuanto había podido.
Y, sin embargo, a juzgar por lo ocurrido esa noche, tal vez no hubiera escapado lo bastante rápido. Era evidente que, fuera cual fuese la locura que había infectado a su abuelo y a sus vecinos, había empezado a infectarla a ella también.
Negó con la cabeza.
Nada se había llevado a su yayo. En todo caso, se lo había llevado la demencia, que era lo que se había adueñado de su mente. Se había perdido; eso era todo. Solo había que encontrarlo.
«Es un hombre de setenta y cinco años. No puede haber llegado muy lejos».
Emeline regresó a abril, a la última vez que había visto a Ewan Lark. Recordó la expresión de desconcierto en el rostro de su abuelo cuando ella lo había llevado al comedor de la Residencia Páramo y lo había dejado allí. Recordó el disonante flop, flop de sus sandalias contra las baldosas azules que la había acompañado mientras se marchaba por los pasillos pintados de blanco. Recordó el dolor atroz que había sentido al cruzar aquellas puertas, abandonando a la persona que más había amado en este mundo tras habérselo entregado a unos desconocidos.
Emeline cerró los ojos con fuerza.
¿Qué otra cosa podría haber hecho? Su mismo yayo le había dicho que se fuese.
Pero a ella no se le había pasado por alto la melancolía que había empañado su voz. Lo que él quería era estar en su casa, rodeado de sus viñedos. Los viñedos que había plantado con sus propias manos.
Lo que él quería era quedarse en Edgewood.
—¿Emmie? ¿Estás ahí?
Apretó el móvil con los dedos sin despegárselo de la oreja.
«Tengo conciertos apalabrados. Una gira que preparar. No puedo irme así, sin más».
Pero la imagen de su abuelo, perdido y asustado, pesaba más que todo lo demás.
—Voy para casa —contestó.
Emeline aparcó delante de la casa de piedra de su yayo y se quedó sentada en el coche agarrando el volante con las dos manos. Primero había ido a la Residencia Páramo a hablar con las enfermeras, pero le habían dicho lo mismo que Maisie. Así que le había enviado un mensaje a Joel y le había pedido que cancelase todos sus conciertos de aquella semana.
Emeline odiaba dejar a la gente colgada.
Mientras miraba fijamente a través del parabrisas el cartel de se vende que había clavado en el césped, reflexionó sobre todo lo que había conseguido desde que se había marchado de la casa en la que había pasado su infancia. De haberse quedado en aquel pueblo tan retrógrado, no habría hecho nada de provecho. Allí no habría podido perseguir sus sueños ni vivir la vida que tanto deseaba.
Por eso, dos años antes, cuando solo tenía diecisiete, había metido todas sus cosas en su pequeño tres puertas azul y oxidado —el que habían comprado su yayo y ella con los ahorros de los dos— y se había marchado a Montreal con novecientos dólares en el bolsillo y un contrato de alquiler de un apartamento que compartía con tres estudiantes de arte.
En aquel entonces, Emeline aceptaba cualquier trabajo que le propusieran: fiestas de cumpleaños, bodas, recaudaciones de fondos… Y, cuando no conseguía llegar a final de mes, tocaba y cantaba en la calle. Comía fideos instantáneos y bebía café instantáneo. Dormía en un colchón de segunda mano en el suelo.
Lo hacía porque cantar era lo único que se le daba bien y lo único a lo que quería dedicarse. Lo hacía con la esperanza de que algún día lograría cambiar las frías aceras de cemento por los escenarios iluminados de salas de conciertos llenas hasta los topes, de que cantaría sus propias canciones y se ganaría la vida con su voz.
Sí, debía admitir que había sido un poco ingenua.
Y, por descontado, también que había tenido que hacer muchas concesiones.
Pero su ingenuidad, sus concesiones y su voluntad de acero la habían llevado hasta donde estaba. En poco más de una semana sería la telonera de sus ídolos, una banda de folk llamada los Perennials, en una gira de catorce ciudades que recorrería tres países. Y si lograba impresionar a los representantes de Daybreak Records —que irían a verla al concierto de inauguración—, pronto tendría un contrato con una de las casas discográficas más importantes del país.
«Si alguien puede hacerlo, esa eres tú, patito».
Era lo que su abuelo le había dicho unos minutos antes de que se subiera al coche y se marchara, mientras él y los vecinos le decían adiós con la mano desde el césped del patio delantero. Cuando todavía era su yayo, y no una cáscara vacía del hombre que había sido. Cuando todavía se acordaba de la niña que había criado.
Se aferró al volante con más fuerza.
«Tengo que encontrarlo».
Alguien tocó a la ventanilla del lado del conductor, interrumpiendo sus pensamientos. Sobresaltada, levantó la vista para mirar a través del cristal.
Al otro lado había un hombre de mediana edad con una cazadora vaquera gastada saludándola con la mano. Era varios años más joven que su abuelo, pero lo bastante mayor para ser su padre. Tenía el pelo castaño oscuro más corto y gris de lo que recordaba, pero todo lo demás era exactamente igual que en sus recuerdos.
—¡Tom! —Emeline abrió la puerta del coche y se lanzó a sus brazos.
—Pensaba que eras tu madre…
—Siento decepcionarte. —Inhaló el aroma de su tabaco de pipa mientras lo apretujaba con fuerza.
—Tú no me decepcionarías nunca, pequeña.
Era Tom el Pobre Loco, también conocido como Tomás Pérez. Había sido fotógrafo para la revista National Geographic y ahora era el amable vecino retirado de su yayo. Lo de «Pobre» era porque había estado locamente enamorado de la madre de Emeline, Rose Lark, que le había roto el corazón cuando se había quedado embarazada de otro hombre. Y lo de «Loco» por las historias que le contaba a Emeline cuando era una niña pequeña y aburrida e iba a su casa para que alguien la entretuviera.
Historias sobre sus increíbles aventuras en la corte del Rey del Bosque.
Emeline seguía sin saber con certeza si se las había inventado para divertirla o si de verdad creía que eran ciertas.
—¿Cómo te va con eso la música?
Soltó a Tom y lo descubrió observándola con atención.
—Bien. —Pensó en su inminente gira. Pensó en la posibilidad de firmar con Daybreak Records—. Muy bien.
—No me sorprende. —Una sonrisa le iluminó el rostro, como a un padre orgulloso—. Mais siempre dice que la voz de nuestra Emmie es mágica. ¿Y con ese novio tuyo cómo va?
—¿Joel?
Se encogió de hombros.
—Como se llame el que tengas ahora.
«¡Ay!». Aunque no podía decir que no fuese cierto. Emeline cambiaba de novio con la misma frecuencia con la que cambiaba las cuerdas de su guitarra. Joel siempre la chinchaba con eso, diciéndole que tenía un corazón frío y cruel.
Antes de que empezasen a enrollarse.
—Joel… no es mi novio. —Técnicamente—. Solo es el hijo de mi representante.
En realidad, Joel era a la vez más y menos que un novio. Era el salvavidas al que recurría cuando sus miedos trataban de hundirla, arrastrándola como las corrientes; los miedos de perder la carrera que tanto se había esforzado en forjar, los miedos de que había algo oscuro que la acechaba para arrancarle el sueño de su vida de los dedos, por mucha fuerza con la que se aferrara a él.
Sus alucinaciones sobre los bosques remitían cuando estaba con Joel. A veces, no estaba segura de si le gustaba él o la normalidad que representaba.
Tom la observó unos instantes con aquellos ojos castaños y serenos, y luego echó vistazo a su camioneta vieja y oxidada, que había dejado al ralentí detrás del coche azul de Emeline.
—No puedo quedarme mucho rato. Eshe tiene visita en el médico y la tengo que llevar. —Eshe era la madre de Grace Abel, una chica con la que Emeline se había criado. Grace se había largado de Edgewood en la primera oportunidad que se le había presentado, igual que Emeline, solo que, para ella, esa oportunidad había sido una beca en Oxford, donde estaba estudiando—. Supongo que te has enterado de lo que ha pasado con Ewan.
—Sí.
—Has venido a buscarlo.
Emeline apartó la vista.
—Sí.
Tom suspiró, cansado.
—Escúchame, Emmie. Maisie y yo, Corny, Anya, Eshe y Abel nos pasamos toda la noche buscándolo junto a la policía. Fuimos por carreteras y caminos, recorrimos los campos a pie. No está aquí. —Miró hacia los bosques que acechaban tras la casa con una expresión casi nostálgica—. Sé que no es lo que quieres oír, pero no lo vas a encontrar.
Tenía razón, no era lo que quería oír.
—Si Ewan hubiese intentado escaparse de la residencia, las puertas cerradas con llave se lo habrían impedido. Y si, de algún modo, se las hubiera arreglado para salir, se le vería en las imágenes de las cámaras de seguridad. Pero no hay nada. No hay ni rastro de él. —Tom le puso una mano en el hombro y le dio un apretón para reconfortarla.
Su rostro le decía lo que él no le había dicho: que su abuelo estaba en manos del Rey del Bosque.
Emeline sintió que la frustración le retorcía las entrañas.
El Rey del Bosque y sus monstruos de la espesura —cosas como las pieles de sombra, los ascuaballos o los cambiaformas— eran cuentos de hadas que había dejado atrás cuando se había marchado de Edgewood, hacía ya dos veranos.
Pero tenía razón: la enfermera se lo había contado todo. Que todo el mundo estaba perplejo. Que era imposible que su abuelo se hubiera escapado.
Pero también era imposible que lo hubiera secuestrado un rey perteneciente al mundo de los cuentos de hadas.
—¿No tenías que llevar a Eshe al médico? —le recordó ella, cambiando de tema abruptamente. De repente, quería que se fuera para poder empezar a buscar.
Tom asintió. Mientras volvía hacia su camioneta, le preguntó:
—¿Cuánto tiempo te vas a quedar? —«Cuanto sea necesario para encontrarlo»—. Cuando vuelva del médico con Eshe, vendré a charlar un rato contigo. —Emeline recordó los viejos tiempos, cuando Tom venía a casa por las noches y su yayo le daba permiso para quedarse despierta hasta tarde, comer cereales y participar de su conversación—. Quédate aquí y espérame, ¿de acuerdo? —le pidió—. No te precipites.
—Vale —contestó ella al tiempo que él se metía en la camioneta. Lo observó alejarse por el largo sendero de tierra que cruzaba los viñedos de su abuelo y luego girar hacia la carretera principal.
El bosque empezó a susurrar en cuanto desapareció.
«Emeline…».
Miró detrás de la casa. Hacia el bosque oscuro y amenazador.
«No seas loca —se dijo—. Solo es un bosque».
Se volvió hacia los terrenos de su abuelo y se paró en seco. Entre ella y la puerta principal estaba el cartel de se vende, fulminándola con la mirada.
«Traidora —parecía decirle—. ¿Cómo pudiste?».
Había recibido una media docena de ofertas de compra, sobre todo de inversores extranjeros. De gente que no tenía intención de comprar la casa para vivir en ella, que solo buscaba un sitio en el que invertir su dinero.
Emeline las había rechazado todas. Pero no podía seguir haciéndolo. Su yayo casi no tenía ahorros, y los pocos que tenía se estaban yendo en pagar su estancia en la Residencia Páramo. El único modo de poder seguir teniéndolo allí era vender la casa y los viñedos.
Cualquier día tendría que aceptar alguna oferta.
Aunó coraje, pasó junto al cartel y se plantó ante la puerta principal. Luego introdujo el código en la cajita de seguridad donde el agente inmobiliario guardaba las llaves, abrió la puerta y entró.
Olía a él.
A casa.
«No —se corrigió—. No es mi casa. Ya no».
Antaño, a la derecha siempre había un montón de zapatos llenos de barro, pero ahora solo había un felpudo de goma vacío. Se quitó las botas. Caminó del vestíbulo al salón con las baldosas frías helándole los pies y, allí, el reloj de pie rompió el silencio con su tictac.
No había fuego en la chimenea. Ningún delicioso aroma que emanara de la cocina. Aquella casa —la que albergaba sus recuerdos más queridos— se le antojaba fría, completamente desprovista de vida. Como si su alma se hubiese esfumado y no quedase de ella más que una cáscara.
Emeline llamó a su yayo, deseando fervientemente que le respondiera. Había una llave de repuesto en el garaje, debajo de una maceta. Si había conseguido recorrer a pie los quince kilómetros que separaban la Residencia Páramo de su casa, quizá la hubiese usado para entrar.
Emeline miró en todas las habitaciones, una tras otra, hasta llegar a la última: el dormitorio de su abuelo. Sobre la cómoda, había viejos marcos de fotos en una fila irregular. Le pareció extraño. Estaba bastante segura de que los había metido todos en cajas.
Las fotografías que había en ellos eran todas de ella: a los dos años, con las mejillas regordetas y sonrosadas; a los diez, larguirucha y desgarbada; a los dieciséis, alta y esbelta, tocando la guitarra en un escenario. La hicieron añorar el pasado, cuando todo era más fácil.
«Esos días no volverán —se dijo—. Nunca volverán».
Emeline se abrazó a sí misma. Había ido hasta allí para encontrar a su abuelo, no para rememorar tiempos pasados. No podía andar muy lejos. Los ancianos con las caderas desgastadas no desaparecían así como así.
«Lo siento mucho, pequeña. Pero a tu abuelo lo han diezmado».
Las palabras de Maisie atravesaron la barrera de sus defensas antes de que pudiera rechazar aquella absurda explicación.
Y, de repente, el dormitorio cambió.
De repente, Emeline dejó de verlo con los ojos de una chica de ciudad. Lo vio con los ojos de la niña que había crecido en Edgewood.
Fijó la mirada sobre la puerta, donde había unas ramas nudosas colgadas sobre el dintel, atadas con un cordel. A juzgar por su aroma fresco y dulce, las habían cortado hacía poco.
En Edgewood, la gente colgaba ramitas de espino de los dinteles de las puertas para ahuyentar a las criaturas del bosque.
Criaturas como, por ejemplo, las pieles de sombra.
Emeline frunció el ceño. ¿Quién las habría puesto allí? ¿Tom?
Cuando empezó a cruzar la estancia para quitarlas, reparó en un cuenco de cobre vacío que había sobre la mesita de noche de su abuelo.
«Eso lo guardé, estoy segura».
Retrocedió y lo cogió. La curva fría y pesada del cuenco —que era dos veces más grande que sus manos juntas— hacía aflorar recuerdos en los que su yayo lo dejaba en la puerta en cada cambio de estación, con el diezmo trimestral para el Rey del Bosque.
Emeline deslizó los dedos por el cobre y notó las toscas marcas del martillo de Tom, el Pobre Loco. Tom había forjado en frío todos los cuencos para el diezmo de Edgewood. Acarició la inscripción grabada en el borde, unas palabras que había reseguido un millar de veces más con unos dedos mucho más pequeños, hacía mucho tiempo.
«Los mayores sacrificios son los diezmos más valiosos».
Se refería a los diezmos para el Rey del Bosque.
Según el folclore popular de Edgewood, el Rey del Bosque era una criatura antigua que residía en lo más profundo de los bosques, y que requería sacrificios trimestrales de aquellos que habitaban en la frontera de su espeluznante espesura, diezmos que mantenían a las gentes de Edgewood a salvo de él y de sus monstruos sedientos de sangre. Cuatro veces al año, el Rey del Bosque mandaba a su recaudador para que recogiera las ofrendas de los habitantes de Edgewood, o, al menos, sobre eso versaban las historias.
Emeline nunca había visto a esa persona.
Cuando pasaba algo malo —cuando las vacas dejaban de dar leche, los cultivos se dañaban o algún ser querido se ponía enfermo—, los vecinos de Edgewood no lo achacaban a las desgracias o injusticias de la vida. Lo consideraban un diezmo impagado. Creían que el Rey del Bosque les estaba quitando lo que se le debía de forma retroactiva.
Dos inviernos antes de que Emeline se marchara de Edgewood, habían matado a uno de los caballos de Cornelius Henrik. Ya había caído el atardecer cuando Corny había visto a una piel de sombra, una criatura perteneciente al reino de las pesadillas, que había salido del bosque y había clavado los dientes brillantes en el cuello del animal. Para cuando Corny llegó, el monstruo ya había arrastrado su cena más allá de los árboles desnudos, dejando la nieve manchada de rojo. A la mañana siguiente, encontró un orbe parecido a una perla en el establo del caballo: una prueba de que el diezmo había sido pagado.
Al menos, así es como a Corny le gustaba contar la historia.
Pero no era lo que había ocurrido en realidad.
No había monstruos que emergieran del bosque y se comieran los caballos, sino lobos hambrientos. Emeline había crecido escuchando sus aullidos por la noche, a la hora de dormir.
Las pieles de sombra no existían. Y el bosque no se llevaba cosas. Lo que ocurría tenía un nombre: accidentes. A veces se perdía alguna vaca, o se pudrían campos enteros de maíz, pero no eran más que infortunios. No había fuerzas malévolas detrás.
Emeline trataba de no molestarse con sus viejos vecinos por creer en cuentos de hadas. Creer en los monstruos les daba algo a lo que culpar de las desgracias sin sentido.
Y, por eso mismo, trató de no enfadarse con ellos por haber dejado objetos supersticiosos en el dormitorio de su yayo. Las ramas de espino, el cuenco para el diezmo… Eran formas de lidiar con lo ocurrido. Formas de enfrentarse a la pena. Porque Ewan Lark, su vecino y amigo, estaba perdiendo la razón poco a poco. Y que él perdiera la razón significaba que ellos lo perdían a él.
Emeline se obligó a volver al presente. Al dormitorio, a la tarea que tenía entre manos: encontrar a su abuelo.
Estaba a punto de volver al pasillo cuando vio resplandecer un objeto en la almohada.
Volvió junto a la cama y miró con los ojos entornados el diminuto orbe que descansaba en el centro del cojín.
Lo cogió.
Era más pequeño que una canica, pero más grande que una perla, y al tocarlo desprendía una extraña frialdad. Bajo su superficie fluían colores como de ópalo, azules y verdes claros y blancos cremosos.
Emeline se lo quedó mirando varios segundos. Sentía que le faltaba el aire. Porque sabía lo que era aquello, a pesar de que su mente le gritase que no. Que no podía ser.
Era una prenda. La prueba de que un diezmo había sido pagado.
Emeline iba de un lado a otro de la casa. Quería llamar a Maisie, a Tom. Quería una explicación.
«¿Qué es esto? ¿Una broma de mal gusto?».
Pero sus vecinos no eran gente de gastar bromas tan pesadas. Eran personas amables y sinceras. No se rebajarían a una jugarreta tan cruel.
Entonces ¿qué significaba que encima de la cama de su yayo hubiera esa esfera que indicaba que se había pagado un diezmo?
«¿Y si tienen razón?».
¿Qué ocurriría si se permitiera creer en todo aquello? En que los bosques eran peligrosos. En que en su interior habitaba un rey malvado. En que ella podía abandonar Edgewood, pero Edgewood nunca la abandonaría a ella.
En cierto modo, sería un alivio. Significaría que no estaba volviéndose loca.
Significaría que sabría exactamente dónde encontrar a su yayo.
Emeline abrió la puerta trasera de la casa de par en par, y el olor dulce y agrio de las uvas la recibió con los brazos abiertos. Estaban a finales de septiembre y las vides se veían colmadas de pesados frutos. Maduros, listos para ser recolectados.
Y, a lo lejos, la esperaba el bosque.
El sol todavía no se había puesto, pero el aire resplandecía, dorado, ante la inminente llegada del atardecer, y se quedaba atrapado entre las hojas de los altos árboles. Eran dos veces más altos que la casa, a la que vigilaban como centinelas.
Emeline fijó la mirada en la única abertura que se veía en kilómetros, un espacio entre los setos, abierto como las fauces de un lobo, que marcaba la entrada a ese lugar oscuro, a ese otro lugar.
Antaño había un árbol en esa abertura. Su yayo lo había plantado el día que Emeline había nacido, y el árbol la había cuidado desde entonces. O eso solía imaginar ella.
El viento le azotaba las mejillas y le alborotaba el pelo, trayendo consigo el olor del bosque: madera podrida y huesos viejos.
Emeline se estremeció y se cerró la rebeca con más fuerza.
¿Y si era cierto, y el bosque era un ente oscuro y letal capaz de robarle lo que más quería?
Decidió creérselo, aunque fuera solo por una noche. ¿Qué tenía que perder? Su yayo no estaba en casa, y eso significaba que solo le quedaba un sitio donde buscarlo.
Emeline permitió que sus pies la condujeran a la hilera de árboles que marcaba el inicio del bosque, al que miraba con el ceño fruncido.
—Lo encontraré —gruñó en voz baja—. Lo encontraré y lo traeré a casa. —Apretó los puños—. Y luego me marcharé. Puede que hayas conseguido traerme de vuelta, pero no puedes dejarme aquí atrapada. Cuando él esté a salvo, no volveré a casa nunca más.
Sus pasos hacían crujir la hierba verde botella bajo sus pies. Se acercó al agujero del seto, el lugar donde había estado su árbol. La hierba era gruesa y larga, como si allí nunca hubiese crecido nada.
Trató de recordar cómo era y a qué olía.
Pero no pudo.
Se levantó el viento, tirándole del pelo y azotándole las mejillas. Las hojas se movieron, como una advertencia.
«Cuidado con el Rey del Bosque, Emeline».
—A la mierda con el Rey del Bosque —maldijo con amargura.
Y se internó en la maraña verde.
El viento dejó de soplar en cuanto Emeline cruzó la linde del bosque.
Las hojas se acallaron.
La envolvió el aroma denso de los pinos.
—¡Caaac!
Emeline dio un brinco al oír el ruido y levantó la vista. Un enorme cuervo, posado en la rama de un arce. Sus plumas negras casi azules reflejaban la luz del sol poniente, y, cuando ladeó la cabeza para mirarla, le refulgieron los ojos negros. Era el doble de grande que un cuervo común. Tom habría dicho que era un cambiaformas.
Los cambiaformas eran otro de los mitos de Edgewood, criaturas que se movían entre formas distintas. Allí, la gente creía que un cuervo, un zorro o un ciervo podía no ser más que un animal, pero que también podía ser otra cosa. Algo distinto. Espías a los que había enviado el Rey del Bosque en persona.
«A un cambiaformas siempre se le distingue por su sombra».
—¡Caaac! —graznó el pájaro, y luego emprendió el vuelo sacudiendo en el aire sus alas.
Se le erizó la piel, como si el graznido del cuervo hubiese funcionado del mismo modo que una alarma y ahora todos los ojos del bosque se hubiesen vuelto para mirarla.
Emeline se abrigó con la rebeca y siguió adelante, pisando las ramitas crujientes y las hojas caídas. Hizo bocina con las manos y llamó a su yayo y, mientras caminaba, la espesura la cercaba como un puño cerrado.
Los árboles tapaban el cielo y el bosque era cada vez más frondoso y oscuro. Con cada gemido y cada crujido que oía, Emeline se volvía de golpe solo para descubrirse sola, y ver que el camino que había dejado atrás era tan denso y enredado como el que se extendía ante ella.
«¿Encontraré el camino de vuelta?», pensó.
—No pienses en eso. Piensa en tu yayo.
Lo llamó a gritos una y otra vez, pero no hubo respuesta y, peor aún: tampoco había ni rastro de él.
Y eso no era todo: la luz del día empezaba a extinguirse. Emeline debía volver; no quería estar allí cuando la oscuridad fuese plena.
«Mañana iré a comisaría», se dijo. Si le decía a la policía que creía que su abuelo estaba perdido en el bosque, tendrían que organizar una partida de búsqueda, ¿no?
Sin embargo, cuando Emeline se dio la vuelta para volver, se encontró con un bosque… cambiado.
Los árboles que la rodeaban estaban enfermos. Los brotes de los zumaques eran grises y no rojos, las hojas de los nogales estaban blanquecinas y marchitas y los troncos de los álamos, podridos. Hasta el aire estaba descompuesto. Era húmedo, mohoso y sofocante.
Emeline se dio la vuelta otra vez, pero el bosque verde y frondoso del que venía había desaparecido. En su lugar había algo enfermo, en descomposición.
—¿Qué sitio es este?
«La Mácula —respiraron los árboles—. Territorio maldito».
—¿Maldito?
Pero los árboles no dijeron nada más. Y Emeline, al darse cuenta de que estaba hablando con objetos inanimados, siguió adelante a toda prisa.
«Hacia el norte —pensó. Se le había puesto la carne de gallina—. Edgewood está al norte del bosque». Lo único que tenía que hacer era volver caminando en la dirección de la que había venido y llegaría. Bajo sus pies, las hojas arrugadas se disolvían como cenizas. Sobre la espesura —que antes gemía y crujía— había caído un silencio espeluznante.
«Algo se acerca».
La piel le vibró, alerta, al oírlo: unos movimientos en la distancia, los rascones contra los árboles al pasar, el aire que entraba y salía de sus pulmones a medida que se acercaba.
«Vete —la apremiaron los árboles—. ¡Corre, Emeline!».
Pero ¿y si era su yayo?
Y entonces, a través de la luz gris y nebulosa, lo vio. Como una sombra, solo que todavía más oscuro. Negro como un sótano sin luz ni ventanas.
Mientras la forma alargada se acercaba, deslizándose sobre la tierra, distinguió los brazos correosos, doblados en formas extrañas, y unas fauces blancas y brillantes llenas de sangre seca.
A Emeline se le heló la sangre, igual que el invierno helaba el jardín de su abuelo, matando todo lo que había vivo.
Sabía lo que era.
Una piel de sombra.
Negó con la cabeza y retrocedió. «No es posible…». Las pieles de sombra eran criaturas tan astutas como despiadadas. El Rey del Bosque las mandaba para aterrorizar a Edgewood. La criatura que había devorado el caballo de Corny el invierno anterior era una piel de sombra, y también había sido una piel de sombra la que había chupado la sangre de las vacas de Abel hasta dejarlas secas dos años antes. El día que Maisie había encontrado una merodeando en el interior de su cobertizo la había encerrado dentro, con la intención de prenderle fuego, pero el monstruo había reventado la puerta y había ido a por ella.
Si su yayo no hubiera estado allí ese día, y si no la hubiera cogido y la hubiera metido en casa y atrancado la puerta, aquella cosa le habría desgarrado la garganta.
Pero todo eso no eran más que cuentos.
«¿Y si no son solo cuentos?», pensó Emeline mientras aquello seguía cerniéndose sobre ella.
La criatura se adentró en el claro; apenas estaba a unos pasos de distancia. La miraba a los ojos. O eso habría hecho de haber tenido ojos, porque no tenía más que dos rendijas como nariz y una grieta como boca. Y esa grieta se ensanchó, revelando varias hileras de dientes afilados.
Se acercó más.
«¡Emeline, corre!».
Pero ya era tarde para correr.
Vio una rama blanca y rota en el suelo y la cogió. Cerró los dedos alrededor de la madera dura y, blandiéndola sobre su cabeza, furiosa, atacó con todas sus fuerzas.
Un golpe sordo resonó entre los árboles cuando golpeó la palma de la piel de sombra con la rama.
La criatura cerró las garras, le arrancó la rama de las manos y la partió en dos.
Emeline retrocedió tambaleándose.
El monstruo se erigió sobre ella con la boca abierta de par en par, mostrándole las encías llenas de sangre seca y los hilos de saliva gruesa que colgaban de los dientes afilados como agujas. La boca despedía un aliento caliente que apestaba a podrido.
Emeline se puso rígida: se le agarrotaron los músculos; se le bloquearon los huesos. Le ordenó a su cuerpo que se moviera, pero este no la obedeció. Era como si alguien hubiese tomado el control de sus funciones motoras.
Mientras tanto, por sus brazos y sus piernas se propagaba un frío antinatural.
Y fue entonces cuando recordó que matar no era lo peor que podía hacer una piel de sombra.
El monstruo de sonrisa espeluznante se adentró en su mente y la obligó a recordar la última vez que había vuelto a casa.
Su yayo y ella estaban sentados a la mesa de la cocina, y ella le explicaba adónde iba a ir: a la Residencia Páramo, donde le proporcionarían los cuidados que necesitaba. Su abuelo movía la pierna arriba y abajo, nervioso, mientras la escuchaba.
«Está asustado», comprendió ella en ese momento. Lo cogió de ambas manos, con la intención de reconfortarlo, pero él se apartó al instante. Como si Emeline fuese una desconocida. ¿Por qué lo tocaba? Escondió las manos bajo la mesa, fuera de su alcance.
«Procura no ser demasiado cariñosa —le había advertido el médico—. Lo confundiría».
Pero Emeline no sabía no ser cariñosa con su yayo. ¿Cómo se suponía que debía fingir que él no era quien había sido siempre? Su abuelo, su tutor, su amigo.
«¿Quién eres?», le había preguntado él ese día. Unas palabras que habían sido como una bofetada brutal e inesperada. La habían dejado completamente descolocada.
Sin saber muy bien qué hacer, Emeline había parpadeado, con la mirada fija en el hombre que la había criado. Él se esforzaba por reconocerla, trataba de alcanzar los recuerdos que se le escapaban, igual que alguien mete la mano en el río para beber y se encuentra el lecho seco y la mano vacía.
«Ya no es el hombre que era antes —le había dicho Joel—. No aparques tus sueños por alguien que no se acuerda de quién eres».
Pero era su yayo. La persona que la había criado. La persona que se había ocupado de ella desde que había nacido. Cuando su madre se había marchado, él se había convertido en todo su mundo. La había apoyado en todos sus sueños, había sido su fan número uno.
Y ¿cómo le había pagado ella? En cuanto él había necesitado su ayuda, ella se lo había entregado a unos desconocidos y había puesto su casa y sus viñedos a la venta.
La embargó una oleada de desprecio por sí misma.
«Jamás volverás a verlo —le dijo una voz pútrida que goteaba en su mente—. Jamás volverás a oír su voz. Cuando lo encuentren, lo volverán a encerrar en esa habitación blanca donde solo le espera la muerte. Y se quedará allí, solo y asustado».
Entonces vio a su yayo en una habitación que no era la suya, esperando a alguien que nunca vendría. Lo vio con gran nitidez, como si lo tuviera delante. Lo vio de pie al lado de las ventanas. Lo vio paseando por los pasillos, esperando a su nieta. Ansiando su llegada. Marchitándose cada día un poco más.
Trató de liberarse de aquellos pensamientos, pero su resistencia no hizo sino desencadenar visiones aún más tristes y oscuras, como si hubiera algo dentro de su mente que la obligase a caminar por los senderos más desgarradores.
Por eso eran famosas las pieles de sombra: por encontrar tu peor miedo y valerse de él para paralizarte.
Mientras el monstruo hurgaba en sus pensamientos y recuerdos con sus garras, tratando de hallar aquello que más profundamente había enterrado, Emeline contempló su enorme boca abierta. Sabía muy bien que, una vez que terminase de devastar su mente, le hundiría esos dientes brillantes en el cuello.
Abrió la boca para chillar.
Pero no le dio tiempo. La punta afilada de una espada cercenó el rostro del monstruo.
La piel de sombra la soltó.
A Emeline le temblaron las piernas del impacto, y cayó al suelo de rodillas.
La hoja volvió a desaparecer tras el cráneo de la criatura, y de la herida, en lugar de sangre, manó oscuridad. El lamento agudo del monstruo le atravesó los oídos. Alzó sus garras y se las llevó al rostro, como si quisiera contener la oscuridad que tenía dentro, y luego se desplomó sobre el lecho del bosque convertida en polvo.
Emeline contempló boquiabierta que de su cuerpo muerto brotaban amapolas, cuyos pétalos rojos resplandecían como gotitas de sangre.
Desde arriba, una voz áspera y suave a la vez gruñó:
—¡Insensata!
Emeline estaba arrodillada en el barro, paralizada por la conmoción.
Su salvador estaba a un par de metros de distancia. Parecía más o menos de su misma edad, y tenía el pelo de color arce oscuro y la piel del suave marrón del atardecer. Sus pies estaban firmemente plantados en la tierra, enraizado como un árbol, y vestía un abrigo gris con un delicado patrón bordado de hojas de sasafrás.
Emeline recordó al desconocido misterioso del bar la noche anterior. No le había visto la cara, pero por su altura y su silueta, por su forma de moverse… Las semejanzas con este otro desconocido eran inquietantes.
Pero no era posible, ¿verdad? No era posible que el ladrón de la noche anterior estuviese allí de repente, a cientos de kilómetros de distancia, en el bosque que bordeaba Edgewood.
—¿Nos conocemos? —le preguntó.
Él mantuvo las distancias, sin dejar de fulminarla con la mirada. Se comportaba como si la presencia de Emeline fuese una molestia indeseable, como si salvarla de un monstruo hubiese sido una desagradable interrupción en su día.
—Desde luego que no —replicó con voz cortante—. Me acordaría de haber conocido a alguien lo bastante estúpido como para pasear solo por este bosque después de la puesta de sol.
«Qué borde». Emeline se puso de pie.
—¿Es que tú no estás paseando solo por este bosque después de la puesta de sol? —contestó.
Levantó la vista y se encontró con la severa mirada del muchacho. Tenía los ojos de dos grises diferentes, como dos rocas de río. Uno seco y el otro húmedo, ambos bordeados de negro. Emeline no pudo evitar que le parecieran impresionantes.
Él también la observaba a ella con cierta desconfianza. Pero, al final, la curiosidad pudo más que sus reservas.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó.
—Estoy buscando a alguien. —Emeline miró sus nudillos, alrededor de la empuñadura de la brillante espada, cuya hoja apuntaba al suelo. Con el ceño fruncido, preguntó—: ¿Llegas tarde a una feria medieval?
Percibió un cambio en su actitud. Abrió la boca para contestarle, pero se lo pensó mejor en el último momento y volvió a envainar la espada en la funda que llevaba a la espalda.
—Te sugiero que continúes con tu búsqueda en otra parte —dijo, esquivando su pregunta—. La noche se nos echa encima; dentro de poco, los ascuaballos no tardarán en galopar, y quién sabe cuántas pieles de sombra más andarán merodeando por la Mácula.
Emeline se quedó muy quieta. ¿Ascuaballos? Según los cuentos de Edgewood, en los bosques, entre el crepúsculo y la medianoche, galopaban manadas de caballos de fuego, y que Dios te ayudara si te interponías en su camino.
—¿Quién eres? —le preguntó.
Él apretó los dientes y apartó la vista, rígido.
—Nadie que tenga importancia.
—Yo me llamo Emeline. Emeline Lark.
Él asintió con ligereza y frialdad. No le importaba en absoluto.
—Será mejor que te lleve a casa, ¿de acuerdo? —Miró atrás y silbó con fuerza.
—No, espera —protestó ella, dando un paso atrás—. Necesito dar con mi abuelo…
Emeline se volvió y se encontró con el caballo más negro y más grande que había visto en su vida respirándole en la cara. Se quedó mirando sus enormes ojos dorados. En sus iris había motas de color rojo, como el chisporroteo del fuego, y el aliento le olía a humo.
«Santo Dios».
Retrocedió enseguida y se chocó con el joven. Su aroma la envolvió de inmediato: agujas de pino aplastadas y cuero enaceitado.
—Esta es Lamento.
—Ajá —susurró ella sin dejar de observar a la enorme bestia, que golpeaba el suelo con las patas delanteras, como diciendo: «¡Me estoy impacientando! Vámonos!». Echó la cabeza hacia atrás y un resplandor rojo refulgió en sus ojos dorados—. Muy… muy bonita.
—¿Has montado a caballo alguna vez?
No, y tampoco tenía intención de hacerlo entonces. De ninguna manera iba a subirse en aquella cosa.
—No hay nada de qué preocuparse; además, montarás conmigo.
Ah, no. Ni hablar.
Se apartó del caballo demoníaco.
Aquel chico acababa de matar a una piel de sombra. Si las pieles de sombra existían de verdad, también existía el Rey del Bosque. Y la prenda que llevaba en el bolsillo demostraba que, efectivamente, su abuelo había sido secuestrado. Que para nada se había perdido.
Que Tom y Maisie tenían razón.
Mientras la verdad se iba asentando en su interior, y a pesar de que sentía auténtico terror, una determinación renovada empezó a florecer en ella.
Necesitaba un nuevo plan.
Justo cuando su salvador alargaba una mano hacia las riendas de su yegua y frotaba el morro negro como el carbón de la criatura, Emeline le preguntó:
—¿Puedes llevarme ante el Rey del Bosque?
A él se le ensombreció el rostro.
—No seas boba. —Señaló el norte con la cabeza, en la dirección en la que se encontraba Edgewood—. Lo que necesitas es salir de estos bosques antes de que te olfatee algo peor que una piel de sombra. Vamos. —Le tendió la mano—. Te ayudaré a montar.
Emeline se preguntó qué podía ser peor que una piel de sombra, pero enseguida decidió que no quería saberlo.
—Créeme, no tengo ninguna intención de quedarme más tiempo del necesario, pero creo que el Rey del Bosque tiene a mi abuelo. —Se sacó la diminuta prenda por el pago del diezmo del bolsillo y levantó la mano para enseñársela. El orbe, frío como la escarcha, refulgió entre sus dedos.
Él bajó las manos y levantó las cejas, arrugando la frente.
—¿Una canica? ¿Esas son tus pruebas?
Emeline bajó el orbe diminuto. No era una canica. Era una prenda. Todavía estaba fría, a pesar de que la había llevado todo ese tiempo en el bolsillo, cerca de su cuerpo. Los colores que despuntaban bajo su superficie no hacían más que mutar y cambiar bajo aquella luz tenebrosa.
—Significa que el Rey del Bosque tiene a mi abuelo. —Le resultó extraño oír esas palabras saliendo de su boca, después de haberlas negado con tanta vehemencia.
Él la observó sin disimulo, como si estuviera tratando de decidir qué hacer con ella.
—Odio decepcionarte, pero tu abuelo no está aquí.
Pero ¿cómo lo iba a saber él?
No podía.
—Y si estuviera en la corte del rey, no hay nada que puedas hacer al respecto —prosiguió con voz tensa mientras oteaba el bosque, que estaba cada vez más oscuro—. No podemos quedarnos aquí.
Se puso al lado de la yegua y esperó a que Emeline se acercara, como si estuviera seguro de que ella se montaría obedientemente en el lomo de la enorme criatura. Quería que se marchara a casa, que se olvidase de su abuelo y siguiese con su vida como si nada hubiera ocurrido.
Sintió un chispazo de rabia. No pensaba regresar a Edgewood sin su yayo.
—Si no vas a llevarme, al menos dime cuál es el camino.
—Sube a la yegua, Emeline.
Así que sí que le había prestado atención cuando le había dicho su nombre. Deseó entonces que él también le hubiera dicho el suyo, para poder llamarlo con el mismo tono condescendiente que acababa de utilizar con ella.
—No me pienso subir a tu yegua. Me voy a buscar a mi abuelo. Y, si no vas a ayudarme, haz el favor de quitarte del medio.
No lo hizo. Es más, dio un paso hacia ella, y como era tan alto, le bloqueó la poca luz del sol que quedaba, y que se estaba desvaneciendo rápidamente.
—¿Tienes idea de lo que le pasa a la gente como tú? ¿A la gente que es tan insensata como tú y se adentra en este bosque?
A Emeline le hervía la sangre, pero se mantuvo firme, a pesar de que él se cernía sobre ella como una nube de tormenta.
—Aquí hay horrores mucho peores que los que pueden aparecer en cualquier pesadilla. Es cuestión de tiempo que otro monstruo te encuentre. No puedo dejarte aquí.
Emeline se quedó en silencio. Lo único que sabía sobre aquellos bosques era que cuanto más rato pasaba en ellos, más creía las historias que había oído durante toda su vida.
—Pues no me dejes —le pidió en voz baja—. Llévame hasta el rey.
Él torció la boca como si hubiese comido algo podrido.
—Eso no lo pienso hacer.
—Pues muy bien.
Emeline oteó el bosque ceniciento en busca de un camino por el que un caballo gigantesco no la pudiera seguir. Recordó las voces de los árboles y cómo la habían avisado de que se avecinaba la piel de sombra.
Él ya estaba lo bastante cerca para agarrarla y, a juzgar por su expresión, ese parecía ser su plan.
—Decidme adónde ir —pidió a los árboles.
«Al sur —murmuraron—. Sigue el río».
—¿Con quién hablas?
Y cuando hizo ademán de cogerla, Emeline lo esquivó y echó a correr.
Él la perseguía con su bestia del infierno, que galopaba tras ella causando un estruendo atronador, y le gritaba que se detuviese. Las ramas se partían y los helechos crujían bajo los cascos del poderoso animal.
Emeline corrió hacia el sur, por donde el sendero plateado más se estrechaba entre los árboles podridos, lo que dificultaba el avance de sus perseguidores.
Aquel paraje muerto parecía no tener fin. Corrió y corrió, pasando junto a los álamos blancos y cenicientos y los cedros podridos. Pronto, demasiado pronto, el camino la llevó a un claro lleno de matorrales. Se tropezó y perdió unos segundos preciosos recuperando el equilibrio. Luego siguió corriendo.
Pero la yegua y su jinete la alcanzaron.
Pasaron volando por su lado a través del claro. Los jadeos resonaban en sus oídos; los cascos del animal retumbaban en sus huesos. Las piernas le ardían.
Pero no se detuvo.
Con un acelerón repentino, la yegua la adelantó. El pelaje negro resplandeció cuando se puso frente a Emeline, que habría jurado ver unas llamas retorcidas en los flancos del animal, que se volvió para encararse con ella, impidiéndole el paso. La joven se detuvo a pocos centímetros de su pecho.
La yegua se encabritó y, al alzarse sobre sus patas traseras, movió las delanteras por los aires, sobre la cabeza de Emeline, con los cascos brillantes como ascuas y los ojos iluminados de un rojo infernal. Ella retrocedió tropezándose, con el corazón retumbando como un tambor. Se le enganchó el pie en una raíz que sobresalía y, tras perder el equilibrio, cayó al suelo, golpeándose con fuerza. El estallido de dolor se le propagó por los codos, que se habían llevado la peor parte, y siseó quejumbrosa con los dientes apretados.
—¡Ay!
—¿De veras eres tan estúpida? —El muchacho bajó de la yegua de un salto y se dirigió a ella—. No puedes correr más rápido que nosotros. Ni tampoco puedes estar en estos bosques cuando caiga la noche.
Emeline quiso alejarse de él y trató de retroceder arrastrándose por el suelo, pero no pudo: se le habían enganchado las botas en las mismas raíces con las que había tropezado.
Cuando trató de liberarse, le resultó imposible.
«Maldita sea».
Logró sacar el pie de la bota para poder escapar, pero se quedó paralizada cuando una sombra fría se deslizó sobre su cuerpo.
Emeline levantó la vista.
Él se agachó.
Estaba tumbada a sus pies en un lecho de hojas de ceniza, apoyada sobre los codos. Él la miró desde arriba, con el rostro pintado de furia contenida.
—Sube a la yegua, Emeline, o me veré obligado a subirte yo mismo.
Por encima, las ramas blancas crujían y las hojas grises caían al lecho del bosque, como si fueran copos de nieve cayendo del cielo.
—Me dan miedo los caballos —confesó—. No me pienso subir.
Era cierto, le daban miedo, sobre todo si el caballo en cuestión tenía llamas infernales en los ojos.
Él se pasó una mano por el pelo oscuro y suspiró irritado.
—Lamento está bien entrenada y se sabe comportar.
Emeline miró tras él. La yegua de ojos dorados los estaba observando. Lamento. La imagen de unas llamas danzantes afloró en su mente. ¿Se había imaginado ese fuego que había visto cuando el animal la había alcanzado?
Miró a la bestia, que debía de ser del tamaño de un pequeño elefante, y dijo:
—No sé montar a caballo.
—No será un problema. —Se incorporó y se volvió hacia las raíces retorcidas y blanquecinas donde tenía enganchada la bota para sacarla con un suave tirón—. Montarás conmigo.
Emeline se sentó.
—Sí, ya me lo has dicho antes. Y no me ha tranquilizado mucho.
Él le tendió la bota salpicada de manchas de barro. Ella se la quedó mirando y se devanó los sesos tratando de dar con algo —cualquier cosa— que le convenciera para que la llevase ante el Rey del Bosque.
Intentó recordar las historias que le había contado Tom sobre la ciudad amurallada del rey, situada en las profundidades del bosque, y sus puertas ocultas a los ojos humanos. Tom había encontrado un modo de entrar, o, al menos, eso creía él. ¿Se lo había contado alguna vez?
Ojalá hubiese podido recordar más de todo lo que le había contado.
—Preferiría caminar —repuso tras coger la bota y ponérsela de nuevo. Se puso de pie y se sacudió las hojas muertas de los vaqueros—. Si me llevas a las puertas de la ciudad, ya encontraré yo el camino desde allí.
Él apretó los puños.
—¿Es que no has oído ni una de las palabras que he dicho?
Ella se encogió de hombros.
Él parecía molesto de verdad, como si estuviese contemplando la posibilidad no solo de abandonarla ante las estampidas de yeguas de fuego, sino de empujarla directamente a los cascos de las bestias.
—Está bien. Si te subes a Lamento, te llevaré hasta las puertas de la ciudad. ¿De acuerdo? Pero no podemos quedarnos más rato aquí. —Señaló la oscuridad del cielo—. Ya se ha ido el sol. Tenemos que irnos ahora mismo.
No esperó a oír su respuesta: se limitó a agarrarla de las caderas y levantarla del suelo sin aviso previo. Sin que ello pareciera suponerle ningún esfuerzo. En un santiamén estuvo a lomos del caballo. Emeline, perpleja por aquel despliegue de fuerza, no se resistió. De repente, se descubrió sobre Lamento, con las piernas colgando del lado izquierdo del animal.
«Qué injusto», pensó, pero se quedó paralizada en cuanto la bestia empezó a moverse. Temerosa de caerse, Emeline se aferró al borde de cuero de la montura con una mano y a las espesas crines de la yegua con la otra, en ambos casos agarrándose muy fuerte.
El mundo entero parecía muy distinto desde aquella altura.
Mucho más terrorífico.
Se quedó mirando el suelo, que estaba muy muy lejos. Demasiado lejos. Si se caía, se rompería algo; estaba segura.
Lamento giró la cabeza y observó a su nueva jinete con un ojo dorado. De repente, Emeline no podía pensar más que en el tamaño de los cascos y el sonido de sus propios huesos al quebrarse cuando la arrojase de su lomo y galopara por encima de su cuerpo tirado en el lecho del bosque.
Saltaba a la vista cómo iba a terminar el día.
—¿Estás bien?
—Eh… —musitó.
El joven todavía la tenía agarrada de las caderas, para que no se tambaleara.
—Te recomiendo que pongas una pierna a cada lado… ¿O es que prefieres cabalgar así?
Ahora que estaba a lomos de aquel corcel demoníaco, su deseo de desafiar al chico se había esfumado, así que asintió. Mientras deseaba con fervor que todo aquello terminase, mientras anhelaba encontrarse ante las puertas de la ciudad del rey y librarse para siempre de esa yegua y su jinete, Emeline se giró poco a poco, levantó la pierna derecha y la pasó al otro lado. En ningún momento soltó las crines de Lamento, gruesas y duras, a las que se aferraba con los puños cerrados.
El muchacho puso el pie en el estribo y subió, moviendo ligeramente la silla. Emeline apretó aún más los puños. Cuando se sentó detrás de ella, presionándole los muslos con los suyos, el pánico que sentía empezó a transformarse en otra cosa. La temperatura de su cuerpo se elevó, consciente de lo pegada que estaba a él, de lo sólido y firme que era.
Él alargó una mano para coger las riendas de Lamento y deslizó la otra por su cintura, para luego empujarla suavemente hacia su cuerpo.
Y un calor sorprendente se le propagó por el vientre.
—¿Preparada?
«No», pensó, aliviada de que no pudiera ver lo colorada que se había puesto. Se recordó que solo la estaba acompañando a las puertas de la ciudad del rey. Podía montar con él si eso significaba encontrar al Rey del Bosque y llevar a su yayo a casa. Después no tendría que volver a ver a ese joven nunca más.
—Vale. Sí. Preparada.
Con un simple toquecito del talón, la yegua se internó en el camino. Emeline se agarró aún más fuerte a las crines. Cuando el animal empezó a trotar por entre los árboles plateados, sintió que se le tensaba hasta el más pequeño músculo del cuerpo.
Lamento no tardó en pasar del trote al medio galope. Del medio galope, al galope completo. El bosque que los flanqueaba se convirtió en un borrón a medida que ganaban velocidad, pasando como una exhalación por entre los matorrales y las arboledas. Los cascos de la yegua repicaban rítmicamente contra el suelo, como truenos.
Y, a pesar del viento que los azotaba a su paso, no hacía frío. El pelaje negro de Lamento irradiaba calor. Emeline bajó la vista y descubrió que en las crines de la yegua danzaban unas llamas rojas y que las lenguas de fuego habían engullido sus dedos y le lamían la piel. Apartó las manos al instante y las miró horrorizada. Pero no estaban quemadas.
¿Era Lamento un ascuaballo?
Era imposible. Se decía que aquellos caballos salvajes y fantasmales estaban forjados en fuego y eran imposibles de atrapar. Imposibles de domar. No conocía ninguna historia en la que nadie hubiera cabalgado sobre alguno.
Pero Emeline también había pensado que era imposible que existieran las pieles de sombra.
El olor penetrante del humo permeaba el aire. Habían salido ya de la Mácula, pues nada muerto les rodeaba ya. El bosque volvía a ser verde y frondoso, volvía a estar vivo. Sin embargo, en la distancia, Emeline vio un destello rojo.
«¡Fuego!».
Avanzaba hacia ellos por la derecha, propagándose con gran rapidez. Cuando Emeline estaba a punto de gritar por si el joven sentado tras ella no lo había visto, oyó el sonido de los cascos. De cientos de ellos. Cientos de cascos que golpeaban contra el suelo al mismo ritmo que los de Lamento.
«Un momento…».
Emeline entornó los ojos para ver en la distancia.
Lo que se dirigía inexorablemente hacia ellos no era ningún incendio. Era una manada gigantesca de ascuaballos. Sus cuerpos negros llameaban, rojos como carbón prendido, y en sus crines ardían llamas resplandecientes. Formaban una verdadera estampida, e iban directos hacia Lamento sin dar muestra alguna de detenerse o aminorar su marcha.
La yegua aceleró, pero Emeline se daba cuenta de que no iba lo bastante rápido. Los iban a aplastar; era cuestión de segundos. Como si lo presintiera, el jinete se inclinó hacia delante y la cogió más fuerte de la cintura.
Emeline volvió a agarrarse de las crines, que estaban calientes, pero no quemaban. Sus manos estaban ilesas. Se aferró con desesperación y cerró los ojos; el corazón le palpitaba con tanta fuerza que notaba los latidos en la garganta.
Los cascos atronadores resonaban en sus oídos. El calor que desprendían sus cuerpos, que cada vez estaba más cerca, parecía abrasarle la piel.
Embestirían a Lamento de un momento a otro. Los aplastarían.
—Emeline —le susurró al oído una voz áspera y suave a la vez—, no tengas miedo.
¿Que no tuviera miedo? Ese era un momento muy adecuado para tener miedo. Abrió los ojos con la intención de decírselo, pero las palabras murieron en sus labios.
Estaban rodeados. Los ascuaballos galopaban junto a Lamento. No habían tenido nunca la intención de arrollarla, sino de unirse a ella. El ritmo grácil de sus cuerpos musculosos, los truenos de sus cascos al galopar… Emeline estaba fascinada. Se movían como si fueran uno solo y le recordaron a la cresta de una ola. Una ola de fuego.
Más allá de su ardiente esplendor, todo era negro.
La noche ya había caído sobre el bosque.
Envuelta en el ritmo constante del galope de Lamento, Emeline escuchó palabras tranquilizadoras que el miedo no le había dejado oír antes. «Estoy aquí —decían los cascos de Lamento—. Soy firme y digna de confianza. No te dejaré caer».
La joven se calmó y se apoyó en el desconocido que cabalgaba a su espalda. Su visión se llenó de llamas mientras dejaba que la dicha de la carrera la invadiera y le hiciera sonreír.
—¿Aún te dan miedo los caballos?
Cuando no era tan arisco, su voz era profunda y sonora. Una voz de barítono de lo más agradable.
Emeline miró atrás y vio, a la luz de los caballos, que su boca se había curvado en una sonrisa. Levantó la vista y sus ojos se encontraron. En los de ese muchacho ya no había rastro de ira, como si la embriagadora carrera a caballo hubiese atravesado su dura coraza y se hubiese visto obligado a bajar la guardia.
«¿De qué me suenas tanto?», pensó ella mientras lo observaba.
Poco, muy poco después, la manada empezó a aminorar la marcha y fue quedando atrás, relinchando. Uno a uno, los ascuaballos giraron hacia el oeste, pero Lamento no fue con ellos. Siguió por el mismo camino, hacia el norte.
Los truenos se apagaron. La oscuridad regresó. Poco después, Lamento empezó a detenerse.
Hasta que se detuvo del todo.
Pero no ante ningunas puertas.
Emeline frunció el ceño cuando la yegua cruzó la línea de árboles y salió del bosque sacudiendo sus crines negras. Resollaba y expulsaba nubes de aliento como vapor, y sus cuartos traseros echaban humo como piedras calientes, pero las llamas de sus ojos habían desaparecido.
Ante ellos estaba la casa de su abuelo. Las luces del dormitorio estaban encendidas, porque Emeline se había ido con mucha prisa.
—Pero…
El desconocido desmontó y la dejó sola en la silla. A Emeline le daba vueltas la cabeza; estaba tratando de comprender lo ocurrido. Y entonces el joven la cogió de la cintura con sus fuertes manos y la bajó.
—Pero me has dicho que…
Y, cuando sus pies dieron contra el suelo, lo comprendió. Y la sorprendente dicha de hacía unos instantes se rompió en mil pedazos de cristal.
Se volvió hacia él y lo descubrió ya montándose de nuevo en la yegua.
—¡Me has mentido!
—Tómatelo como un favor —contestó, ya a lomos de la yegua. La luna y las estrellas resplandecían en el cielo, sobre él, confiriéndole un aspecto más majestuoso del que merecía—. Estabas buscando en el lugar equivocado.
—¡Y sigues mintiéndome!
El bosque era el único lugar donde podía estar su yayo. Ahora estaba segura. Después de haber sido atacada por una piel de sombra, después de haber cabalgado junto a una manada de ascuaballos… Emeline ya no tenía ninguna duda.
Y necesitaba encontrarlo.
La furia y la angustia luchaban en su interior. Agarró las bridas de Lamento para evitar que el joven y la yegua se marchasen. Las cogió con fuerzas.
—Dime cómo te llamas —le exigió con amargura—. Para que pueda encontrarte y hacerte pagar por esto.
Él se inclinó sobre la silla y la miró. Con el rostro a centímetros del suyo, le dijo:
—Vete a casa, Emeline.
Chasqueó la lengua dos veces. Como respuesta, Lamento se encabritó, recordándole a Emeline que no se trataba de un caballo cualquiera. Soltó las bridas enseguida y dio un paso atrás.
El muchacho hizo girar a Lamento y desapareció por el hueco del seto, donde años antes estaba plantado el árbol de Emeline.
Desde la oscuridad, le llegaron flotando sus últimas palabras.
—Vive tu vida. Olvida los bosques.
De repente, la noche se quedó quieta y en completo silencio.
Como si él nunca hubiera estado allí.