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Nota de la autora

Esta historia aborda temas sensibles relacionados con la salud mental y las heridas que a veces se arrastran desde la infancia. A lo largo de la novela aparecen referencias al trauma, la ansiedad, el estrés postraumático, el abandono familiar, el bullying y el abuso infantil. Por la profundidad y la dureza de estas temáticas, esta lectura está recomendada únicamente para personas que hayan alcanzado un nivel de madurez suficiente para procesar este tipo de contenidos.

He tratado estos temas con el mayor respeto posible, formándome en ellos y contando con muchos años de terapia a la espalda, buscando ser fiel a la realidad de quienes todavía conviven con estas sombras. Si sientes que alguno de estos contenidos puede removerte en este momento, te animo a que priorices tu bienestar y decidas cuándo y cómo es el mejor momento para leerlo.

Breathe Out es, ante todo, un libro de sanación, de vínculos y de oportunidades. Lee a tu ritmo y cuando te sientas lista, pero sobre todo: cuídate. Si estás pasando por un momento difícil, te animo profundamente a que busques ayuda. Hay lugares en el mundo a los que vale la pena llegar.

Gracias por acercarte a esta historia: la mía y la de muchas.

Recursos de ayuda en España

Si necesitas apoyo en algún momento de tu vida, puedes contactar con estos servicios gratuitos, confidenciales y disponibles 24/7:

Línea 024: Atención a la conducta suicida.

Acoso Escolar / Bullying: 900 018 018 (Ministerio de Educación).

Teléfono de la Esperanza: 717 003 717 (para crisis emocionales).

Fundación ANAR: 900 20 20 10 (ayuda a niños y adolescentes).

Emergencias: 112.

Playlist de Keyla & Nate

«Ceilings» - Lizzy McAlpine

«State Lines» - Novo Amor

«I know it won’t work» - Gracie Abrams

«Those eyes» - New West

«Say You Won’t Let Go» - James Arthur

«We Hug Now» - Sydney Rose

«Patience» - Take That

«Anchor» - Novo Amor

«Remember That Night?» - Sara Kays

«What Was I Made For?» – Billie Eilish

«Car’s Outside» - James Arthur

«2 On» - Tinashe, ScHoolboy Q

«You Da Baddest» - Future, Nicki Minaj

«Constelations» - Jade LeMac

«Teenage Fever» - Drake

«Often» - The Weeknd Ft. Kygo

Prólogo

Keyla Blake

Cinco años. Colorado.

—Sssh. Keyla, no hagas ruido, ¿vale?

Mami empezó a darme besos para tranquilizarme mientras yo abrazaba a mi peluche favorito: Estrellita. Temblando como un flan, mi cuerpo se estaba preparando para jugar a alguno de los juegos de papá. Ella solía decirme que este era parecido al escondite, pero su voz no sonaba divertida, así que me sentía confundida.

No me gustaba hablar cuando papá estaba enfadado, y, por los golpes que se escuchaban en el piso de abajo, ese día parecía estarlo. Aunque, a decir verdad…, casi siempre estaba muy gruñón.

Afuera se hizo un silencio absoluto y ella me tapó la boca con las dos manos mientras pegaba la cara a la puerta para escuchar mejor. Su bata olía a cigarrillos y a la colonia que usaba la cajera del supermercado, una señora mayor que siempre me regalaba caramelos de limón.

Mientras me acunaba, empecé a sentirme incómoda debido al frío de los azulejos bajo mi piel. Me dolía el culo de estar sentada y, además, estar quieta durante tanto tiempo hacía que mi cuerpo se pusiera duro como un palito de madera.

Papá nunca solía mostrar un especial interés en mí, salvo cuando quería jugar a algún juego conmigo. El resto de los días solía pasarlo sola, entretenida con las muñecas sucias que me había regalado nuestra vecina Polly.

Muchas tardes, papá no estaba y mamá tenía demasiado sueño para prestarme atención, así que Polly, siempre que podía, me timbraba y venía a buscarme para que fuese a su casa a divertirme con su hijo pequeño, Oliver, que no tenía papá. Eso le ponía muy triste, así que su mami solía decirle que ella valía por dos y que no le hacía falta uno.

Sabiendo lo que era tener un papá, no entendía por qué Oliver quería uno. Cuando pasaba las tardes con ellos me sentía bastante feliz, pero el mundo se me caía encima cada vez que mamá tocaba la puerta para venir a buscarme.

A través de la puerta escuchábamos sus pasos, su voz sonaba arrastrada por el efecto del alcohol y el ruido de los muebles cayendo a su paso.

—Un, dos, tres: escondite inglés.

La casa se empezó a encoger con nosotras dentro y, aunque no sabía ponerle nombre a lo que sentía porque todavía no me habían enseñado esa palabra, el monstruito que tenía dentro siempre que podía volvía a visitarme.

Antes solía llamar monstruo al animal que vivía en mi pecho. Siempre aparecía cuando menos me lo esperaba: cuando estaba en el cole, cuando cenaba con papá y mamá o cuando me escondía debajo de la cama.

Las pisadas empezaban a escucharse cada vez más lejos y la puerta empezó a emitir un sonido chirriante antes de cerrarse. Nuestra casa era bastante antigua y tanto el suelo como las puertas solían regalarnos diferentes melodías.

—¿Puedo hablar ya? —le susurré a mamá.

Ella no me respondió, pero las lágrimas que bajaban por sus mejillas me hacían saber que algo no iba bien. La piel seca de sus labios cortados se humedecía de ellas mientras me acariciaba el pelo y, con esfuerzo, logró levantarse y abrir el grifo para lavarse la cara.

—No, mi amor, ahora no. Debes irte a dormir y mañana será otro día. Mami te llevará a la cama y te cantará una canción, ¿vale?

Mientras me miraba con los ojos rojos, yo solo podía mirar fijamente cómo el pelo se le pegaba a la frente, como si estuviera cubierto de aceite. Aun así, ella me sonreía y eso me hacía sentir feliz.

—Eres tan bonita —me decía mientras me ponía un mechón de pelo detrás de la oreja—. Tan buena. No dejes que el mundo te rompa, ¿vale? Buscaremos una solución para ti. El mundo te está esperando, pequeña. Solo tienes que aguantar un poco más.

Asentí con la cabeza mientras ella me cogía de la mano y me llevaba a mi habitación: un cuartucho con dibujos en las paredes y una cama pequeñita que no era muy cómoda. Creo que era porque tenía una de sus patas rotas, así que, cuando me tumbaba, solía moverse.

Me encantaba cuando mami me decía cosas bonitas, aunque no era algo que sucediera todos los días.

Una vez lista para dormir, mamá me echó por encima la vieja manta con agujeros pero calentita mientras se acurrucaba a mi lado. En ese momento solo se escuchaba el sonido de su corazón, latiendo por debajo de su jersey verde: pum, pum, pum, pum.

A veces sonaba más despacio y me daba miedo, sentía que se iba a parar para siempre y que ella tendría que viajar al cielo, muy lejos de mí, dejándome sola con papá.

Me habría gustado que alguna vez se quedase a dormir conmigo, aunque en mi habitación hacía mucho frío y tampoco cabíamos las dos. De hecho, mis pies siempre acababan asomándose por fuera del colchón, como si tampoco encontraran sitio donde quedarse.

—¿Sabes, cielito? En el mundo hay sitios donde se puede respirar.

—Pero yo ya respiro, mami. En clase nos explicaron que es porque tenemos dos pulmones, ¿tú no tienes? Yo tengo dos.

—Yo también, cariño, pero hay ciudades donde el aire es un poquito mejor, más limpio. Allí es donde tienes que vivir el resto de tu vida. Un hogar sin gritos, sin lágrimas y sin frío.

—Pero ¿vendrás conmigo?

—Estés donde estés yo siempre estaré contigo —me dijo tragando saliva.

Asentí con la cabeza antes de empezar a acurrucarme. No me gustaba este pijama porque la tela se me pegaba mucho a la piel y, después de jugar con papá, casi siempre me picaban los brazos, por lo que me resultaba todavía más molesto.

A veces me hacía dibujos en ellos sin darse cuenta, pero la mayoría se borraban con el tiempo. Hoy tenía uno justo encima del codo: una marca redonda, marrón, como si fuese la luna. Algunas estaban casi del color de mi piel, pero otras se podían ver un poco más. Parecían hechas con la punta de algo, como si alguien hubiese querido dibujar estrellitas encima de mí.

Una vez le pregunté a mamá cuándo se borrarían del todo y ella se puso a temblar como un trocito de papel con el viento. Mirándome como si estuviese a punto de romperme, me dijo con suavidad:

—Keyla, no debes preguntarle eso a nadie más, ¿me oyes? No debes preocuparte, cariño. Ahora tienes cinco años y eres una chica mayor. Ya se te irán cuando crezcas.

Dejé de mirarla a ella para mirar y tocar con cuidado mis marcas, pero mamá empezó entonces a apretar las manos con fuerza contra su regazo y, por la cara que ponía, parecía que le hiciesen más daño a ella que a mí.

1
Solo un paso más

Keyla Blake

Veinte años. Portland, Oregón.

Me llamo Keyla y quiero aprender a vivir.

Después de llevar trece semanas sin ir más allá de mi jardín, hoy me preparo para tomar las riendas de esto a lo que llaman vida.

Tengo un ritual para no desmayarme en el intento.

1. Contar siete respiraciones.

2. Mirarme las palmas de las manos y decir mi nombre en alto.

3. Recordar una frase que me haya funcionado antes.

4. Visualizar el camino cercano a mi casa: tres pasos hasta tomar la esquina de la avenida, treinta pasos hasta la entrada, siete escalones hasta mi habitación.

5. Reconocer que estoy asustada y que cada día tengo una nueva oportunidad.

El problema viene en el paso tres. Nunca sé qué frase elegir porque nunca me ha funcionado ninguna.

Hay pocas cosas que me pongan de peor humor que cuando alguien me dice: «Keyla, estate tranquila, ¿vale?». Me hacen sentir que el poder lo tengo yo y me siento culpable por no saber hacer mejor las cosas.

Son las nueve de la mañana y ya llevo una hora vestida, peinada y con el libro que quiero comprarme apuntado en la lista de la compra, como si fuera un paquete de arroz.

Me hago un semirrecogido sujeto por un lazo con detalles florales en mi pelo anaranjado, que cae en ondas hasta la cintura, y me pongo mi armadura favorita: un top verde con escote corazón, una falda de seda color hueso y unos zapatos de tacón bajo. Sé que la elección de los tacones es estúpida, que su sonido contra el suelo hará que no pase tan desapercibida como me gustaría, pero hoy no quiero ser la chica que se esconde bajo esos jerséis dos tallas más grandes que ella. Hoy necesito vestir como en realidad me gusta.

Me miro al espejo y finjo mi mejor sonrisa para engañar al cerebro porque lo vi recomendado en un programa de televisión. La piel bronceada por las horas leyendo en el jardín, las pecas salpicadas en la nariz y los labios demasiado carnosos me devuelven la mirada. No salgo de casa más que para lo básico, pero al menos tenemos piscina, y eso deja un rastro de verano en mi reflejo.

Sonrío, esta vez de verdad, casi a mi pesar, porque estos colores me hacen sentir un poco más yo. No me visto así por estética: lo hago porque necesito que, al menos por fuera, parezca que tengo algo bajo control. Si me veo bien, me siento más valiente, aunque sé que eso no significa que lo sea.

El coche gris que me regaló el tío Will por mi cumpleaños sigue oliendo a canela, mi olor favorito, aunque lleve meses encerrado en el garaje. Cierro los ojos un segundo y me repito que no voy a pensar en él ahora, pero lo echo de menos. Me he propuesto vivir pensando en una cosa cada vez, y lo que me toca para hoy es lograr salir de casa y volver con ese libro en las manos.

Hoy no llueve, lo que quiere decir que nada —absolutamente nada— puede salir mal.

He repasado el plan tantas veces que podría dibujarlo incluso con los ojos cerrados: la ruta más corta hasta la librería, las calles en las que menos gente y ruido de coches hay y mi playlist comfort zone para emergencias.

También la frase que repetiré si me encuentro con alguien: «Solo vengo a por un libro» o «No soy Keyla, me has confundido, soy su hermana gemela, siento decepcionarte».

Salir de casa me agota antes incluso de girar la llave, por eso necesito tenerlo todo bajo control, pero la ansiedad no entiende de listas y mucho menos de rutinas.

Estoy llegando a la puerta marrón acristalada por los laterales. Sí, la puerta de casa que suele protegerme del mundo que me espera fuera. Con las llaves en la mano y el bolso en la otra, cierro los ojos y escucho atentamente el latido de mi corazón: tuc, tuc, tuc, tuc, que late como si acabase de correr un maratón. Espero que algún día podamos hacer las paces y ser amigos.

Hoy salgo a por algo que realmente quiero y esa es mi mayor motivación. Las lágrimas que lloran bajo la lluvia, de Celine Crafort, disponible el viernes 13 en todas las librerías. La verdad, parece un chiste.

Los libros siempre han sido mi lugar seguro, mi refugio más antiguo. Cuando el mundo aprieta demasiado, abro una página y desaparezco. Así: chas. Sin máquinas del tiempo ni tecnología: solo mi sofá, mi chocolate caliente y la nueva vida que viviré las próximas horas.

Crafort es mi autora favorita, la única que parece escribir dejándose los pulmones, el estómago y las tripas en el papel. Todo lo que yo no soy capaz de decir en voz alta, lo dice ella por mí. Parece leerme por dentro, dejarme escrita, y precisamente ahí es donde sucede la magia de la literatura.

Quiero ese libro, quiero tenerlo en mis manos, en mi estantería, en el mueble de mi habitación. Quiero ver la pegatina: «el drama del año» brillando como una promesa en la portada.

Así que sí: creo que ya tengo suficiente gasolina.

El sonido de la puerta al cerrarse me indica que el juego ha comenzado y que tengo una misión. Si lo consigo, podré tacharlo de la lista de metas a corto plazo que escribo todas las semanas en mi cuaderno. Si no, ya veremos.

El aire me golpea en la cara como una señal de que comienza mi primer reto. Empiezo a escuchar el ruido y doy el primer paso. El tráfico se alza ante mí, como si fuese una montaña que tengo que escalar para llegar a la cima: Books & Blooms. Mi lugar favorito, mi librería de confianza.

Los pasos de los peatones y los gritos de los niños ponen banda sonora a mi cabeza. Procedo a ponerme mis auriculares color azul bebé mientras me coloco los pelos sueltos que se pelean con el viento y se pegan al gloss.

Ay, madre.

Llevo semanas sin conducir, entre que se acabaron las clases y yo empecé a faltar a ellas, pero hoy me he levantado valiente. Es mejor eso que subirme a un autobús lleno de gente tosiendo, hablando por teléfono o intentando evitar que su hijo pegue un moco debajo de mi asiento.

Conduzco hasta el centro comercial con los nudillos blancos sobre el volante y la música lo bastante alta como para que tape mis pensamientos. Rezo por encontrar un aparcamiento que esté lo suficientemente cerca de la entrada, pero lo bastante vacío de coches para poder aparcar tranquila.

Bingo. Hoy es mi día de suerte.

Me miro en el retrovisor y hago unas respiraciones. Mis ojos marrones me devuelven la mirada mientras me digo a mí misma: «Solo un paso más. Solo un pasito a la vez».

Salgo del coche, decidida, intentando que el miedo no me haga dar la vuelta. Guardo las llaves en el bolso y camino directa hacia la entrada.

Los primeros pasos son un triunfo, pero conforme más me acerco, mi pulso va en crescendo. El suelo se inclina ante mí, como si estuviera dentro de unas arenas movedizas, mientras mis manos se van humedeciendo.

El olor a perfume de señora mezclado con el de palomitas dulces empieza a darme náuseas. Los ruidos van multiplicándose mientras voy sumando pasos. El eco de mis pisadas resuena a medida que voy llegando a la librería. Las conversaciones ajenas son como mensajes de alerta en mi piel, avisándome de que tenga cuidado. Esa piel que tiene memoria, pero que a veces no distingue lo que recuerda.

La librería está ahí, al fondo. Ya puedo verla: parece sacada de un cuento. Es preciosa. Tiene unas ramas curvas de cerezo en plena floración alrededor del cartel, con unos farolillos antiguos colgando entre las hojas. La fachada es de madera oscura y el escaparate de cristal está rebosante de libros.

El exterior tiene un pequeño altar literario: mesas de madera envejecida con pilas de libros perfectamente alineados, algunos con títulos brillantes, otros con las ediciones especiales de mis sueños.

Detrás de los cristales se pueden intuir un sinfín de estanterías que construyen algo parecido a un laberinto, solo con mirarlas te invitan a perderte allí, a convertirte en otra persona.

Empiezo a sentir esa sensación de lo imperceptible, como un cosquilleo que conozco bien. Se instala en mí esa opresión en el pecho mientras noto cómo se van durmiendo mis brazos. Así es como comienza cada una de las veces.

Pienso en el rosa, mi color favorito. Pienso en el olor a comida los domingos a mediodía que inunda toda la casa. Pienso en la sensación de meterme dentro de la cama cuando hace mucho frío.

Pero nada de eso funciona.

Vuelvo a intentar lo de siempre: una, dos, tres veces, pero no entra. El aire se me atasca a medio camino, como si mis pulmones hubieran decidido cerrarle la puerta. Me llevo la mano al pecho para intentar relajar mi corazón, que parece que no sabe cómo funcionar.

Mi universo se empieza a reducir en el trayecto y decido que es el momento de llamar a mi tía, pero el mundo se me va apagando por el rabillo del ojo. Al fondo veo un letrero luminoso con el símbolo de un carrito de bebés. Está cerca, puedo llegar. Sé que puedo, pero dudo de si será hoy.

Haciéndome amiga de la pared voy hasta el baño. Me encierro en el primer cubículo que veo y me dejo caer al suelo, jadeando como si llevara días sin beber. Tengo la boca seca, las mejillas empapadas y la presión arterial por las nubes.

Agarro el teléfono y marco el número que conozco tan bien sin mirar el teclado. Empiezo a sentir calor.

—Keyla, ¿todo bien, cariño? —Escucho su voz al otro lado del teléfono, como un salvavidas.

No.

Nada va bien.

—Tía Ma… —digo sin fuerzas—. No puedo… —jadeo—. Estoy en el centro comercial…, en el baño que está cerca de la librería.

No digo nada más porque no hace falta. Ella sabe dónde encontrarme. Ojalá fuera la primera vez que me pasa.

En menos de diez minutos su coche ya está aparcado en doble fila y ya ha llegado corriendo al baño. Escucho unos pasos que se aproximan a gran velocidad. Me encuentra hecha un ovillo en el suelo, con los brazos apretados al pecho.

—Estás empapada, cariño —me dice mientras se sienta a mi lado, secándome con un poco de papel.

Me mira a través de esos ojos azules y me abraza, pero no soy capaz de decirle nada. Saca de su bolso una botella de agua y me hace beber un sorbo, acariciándome a su vez el pelo, tan distinto al suyo que ya empieza a esconder alguna cana dentro de la trenza que lleva por peinado. Espera a que el aire decida hacer acto de presencia, inundándome de nuevo, y, cuando cree que es el momento de las palabras, habla.

—Querías ir a por ese libro nuevo, ¿verdad?

Asiento con un leve movimiento de cabeza, sin necesidad de hablar. Ella también entiende lo que significa para mí. Creo que mi tía siempre lo supo todo, o al menos sospechaba que había algo más. A pesar de todas sus preguntas, de los días en los que no salía de mi habitación o de los moratones nuevos que nunca llegué a explicar con claridad, siempre conseguí esquivar la verdad. O una parte de ella, la más difícil de contar.

Hablar de esto… te rompe por dentro. Te hace sentir pequeña, sucia, culpable de algo que ni siquiera elegiste. Es como llevar un peso que no sabes dónde colocar sin que los demás te señalen. Una vergüenza tan profunda que te hace pensar que, si alguien la supiera, si la dijeras en voz alta, todo el mundo te miraría diferente. Como si fueras débil. Como si tú tuvieras la culpa. Como si fueras el problema.

Y no importa cuánto tiempo pase: cuando por fin lo dices, algo en ti se rompe igual, y es imposible avanzar cuando te olvidas de ti misma.

Todo empeoró el día que el tío Will dejó libre su hueco del sofá, el día que se fue a aquel trabajo sin fecha de vuelta que me separaría de mi mayor apoyo. Y por eso, aunque ella no sepa todas las cosas que me han llevado al límite, las que solo le he contado a él, sabe que desde entonces la vida se ha convertido en una carrera de fondo para mí, y, aun así, decidió priorizar ese maldito trabajo.

—Te lo compré anoche por internet —interrumpe mis pensamientos mientras me acaricia el pelo y ladea la sonrisa—. Llega esta tarde. Podrás pasarte toda la tarde leyendo, cariño. Y yo haré lasaña sin gluten para mi niña, ¿qué me dices?

Abro los ojos, comprendiendo, y niego con la cabeza.

—Gracias, Mags, pero esta vez quería conseguirlo yo. Me habría gustado mirar más libros, pasar un buen rato conmigo misma. Sentir… sentir que lo puedo hacer, ¿sabes?

—Lo sé, cariño, pero a veces el camino nos impide ir más rápido. Puede que haya días que esté tronando y no salga el sol. Puede que haya otros días que todo parezca nublado y después se despeje. Lo importante es seguir dando pasitos cada día, salga bien o mal. Meter cada día una moneda en la hucha de tus objetivos.

Maggie me ayuda a incorporarme con calma, sin presionarme. Camino hasta el lavabo y me enjuago la cara frente al espejo, evitando mirarme demasiado rato. Solo espero que no entre nadie. No podría soportar que me vieran así, con la nariz roja de tanto llorar y el rímel dibujando a su antojo formas por toda mi cara. Me sentiría ridícula, como si estuviera exagerando, y ya he vivido eso demasiadas veces.

Me seco con torpeza y, cuando vuelvo junto a ella, me rodea con los brazos sin decir nada. Avanzamos juntas hacia el coche, paso a paso, con ese nudo en la garganta del que sabe que va a hablar de algo importante. Me acomodo con cuidado en el asiento, que me recoge con esa calidez que uno solo nota cuando está cansado de verdad. Maggie enciende la calefacción y yo cierro los ojos, dejando que el aire tibio me envuelva mientras suelto el aliento, despacio, como si intentara vaciarme antes de expresar lo que nunca soy capaz de decir en voz alta.

Los primeros minutos son puro silencio, con el motor como único sonido de fondo. Miro por la ventanilla, intentando distraerme con las ramas de los árboles, que pasan demasiado deprisa como para poder contarlas, pero lo intento igual.

—No puedes seguir así, cielo —dice por fin, después de un rato en el que solo se escuchaba el motor y mi respiración aún algo errática.

Me muerdo el labio con fuerza. No quiero que me vea llorar, pero el nudo en mi garganta es ya una soga.

—Creía que estaba mejor… Yo… —balbuceo, hundiendo los dedos en la seda de mi falda, que ahora se siente ridícula y fuera de lugar.

—Y lo estás intentando, Keyla. Eso ya es más de lo que mucha gente se atreve a hacer. —Maggie aprieta el volante, sus nudillos marcando las primeras arrugas de sus manos—. Pero no tienes por qué librar esta batalla sola. No mientras yo vea cómo te vas apagando cada vez que intentas dar un paso.

Este año ha sido duro para todos. Nunca antes me había sincerado tanto con ella, y eso que no le he contado toda mi verdad con lujo de detalles. Creo que saber el infierno que estaba viviendo la mató por dentro. Supongo que, cuando no puedes proteger aquello que más quieres, la culpabilidad llega a tu vida con las maletas llenas de mensajes para ti. Saber cómo habían sido estos años para mí…

Llegamos a casa y el motor se detiene, pero, antes de bajarnos del coche, disfrutamos del silencio de Portland que se cuela por las rendijas unos segundos más, recordándome que mañana será otro día en el que podré encerrarme a leer y solo salir al jardín para jugar con nuestro perro mientras disfrutamos del sol.

—¿Sabes? Hace unos días hablé con mi amiga Eloise, la del colegio. Su hijo Tom pasó por una situación parecida a la tuya. Tuvo algunos baches en el instituto y…, bueno, la situación en su casa también es complicada —dice despacio, midiendo cada palabra, como si tanteara el terreno antes de pisarlo.

Me giro hacia ella, sintiendo una punzada de miedo.

—¿Y…?

—Resulta que hay un lugar muy especial en un pueblecito de Maine llamado Silver Springs. Está entre las montañas, cerca de unos acantilados, y tiene unas vistas al mar alucinantes. Sé que no es precisamente cerca, pero he estado echando un vistazo a su programa y tiene muy buena pinta. Son especialistas en varios tipos de trastornos y tienen muy buenos resultados en trauma

Hace una pausa, como si esperara que yo saliera corriendo del coche.

—¿Quieres mandarme lejos? —pregunto con un hilo de voz.

—No digas eso, cariño. Simplemente quiero que vivas, no que sobrevivas. —Maggie abre la puerta del coche y el aire fresco me araña la nariz—. Anda, vamos dentro. Te he impreso algo para que lo veas con calma mientras preparo la cena.

Tan pronto giramos la llave, una bola marrón peluda viene corriendo hacia nosotras, en especial hacia mí, para placarme como un jugador profesional de fútbol americano. Arlo, nuestro caniche, me lame toda la cara, dándome la bienvenida a casa, el único lugar donde por fin puedo respirar.

Sigo a mi tía por el pasillo, arrastrando los pies hasta la cocina con Arlo en brazos. Allí, sobre la encimera, descansa un folio impreso, algo arrugado por las esquinas.

—¡Aquí está! «Velvet Hollow: centro de sanación en el corazón de Silver Springs» —lee ella en voz alta, intentando sonar animada.

Cojo la hoja y la observo. Al ser una impresión casera, los colores no son muy nítidos, pero se intuye un conjunto de edificios rodeados de árboles y flores. Hay fotografías pequeñas de personas montando a caballo y compartiendo tiempo alrededor de una hoguera, con termos de té en el centro, quemando nubes de algodón.

Todo parece… distinto. Un lugar fuera del mundo. Y me parece bonito, aunque la idea de pasar tiempo con gente ahora mismo me produce escalofríos.

—No es un hospital —aclara Maggie rápidamente, bajando la voz al ver mi expresión—. Ni un centro psiquiátrico. No te encontrarás médicos con batas blancas, medicación o habitaciones en las que sentirte encerrada. Es… acompañamiento especial para ti, Keyla. Lo que llevamos meses buscando aquí, con la única diferencia de que será terapia que combina lo individual con lo grupal.

Se acerca a la nevera para sacar agua y añade, como quien no quiere la cosa:

—Sé que tienen un establo, así que por fin podrías rodearte de caballos, tu animal favorito. Podrás leer, escribir… Además, he revisado sus menús y tienen opciones para todo, así que no tendrás que preocuparte por el gluten.

Me quedo callada, pasando el dedo por el borde del papel. Por un momento siento que soy un estorbo. Supongo que esto se ha puesto demasiado difícil, que yo soy demasiado difícil. Un caso perdido.

—¿Quieres que me ingresen? —pregunto, levantando la vista.

Maggie deja la botella sobre la mesa y se acerca a mí, mirándome con una intensidad que me desarma.

—Quiero que vuelvas a ser tú. Y si para eso necesitas un lugar donde reconstruirte sin las presiones del mundo real, entonces sí. Quiero que te vayas, pero solo si tú estás dispuesta.

Bajo la mirada, dudando de mí misma.

—¿Y si no me ayuda? —susurro.

—¿Y si sí? —responde ella con ternura—. Presiento cosas buenas para ti allí, pececito.

Levanto la vista, sin la fuerza suficiente para luchar contra su fe en mí, y asiento despacio.

—¿Cómo es exactamente ese sitio? La casa, digo. Aquí apenas se ve.

—Espera, te lo enseño mejor.

Maggie saca su móvil del bolsillo, desbloquea la pantalla y busca algo rápido. Me lo extiende para que vea una foto en alta resolución.

—Según tengo entendido, dependiendo del problema que tengas, vas a una casa u otra. Esta de aquí —dice ampliando la imagen con los dedos— creo que sería la tuya.

En la pantalla, una casa enorme se alza justo al borde del mundo, donde el océano rompe con furia contra los acantilados. Parece sacada de una postal de otoño. Tiene tejados de madera azul y paredes blancas que le dan un aire acogedor y nostálgico. A su lado, un faro blanco con franjas vigila las rocas.

La vegetación lo acaricia todo, flores silvestres que se atreven a asomar pese al viento. El cielo en la foto está salpicado de nubes suaves y transmite paz y soledad; ese tipo de emoción inmensa que te dan los lugares en los que el mar siempre está cerca.

—De acuerdo —digo, devolviéndole el móvil con las manos un poco temblorosas—. Puedo… puedo intentarlo.

Maggie junta las palmas y se las lleva al pecho, cerrando los ojos un segundo, y cuando los abre, sonríe de verdad por primera vez en mucho tiempo.

LA CHICA INVISIBLE

Doce años, Portland, Oregón

No podía respirar. El frío se me instalaba alrededor del corazón, desviándose hacia el pecho como si quisiera escapar de mi cuerpo. Había un hueco ahí, un espacio oscuro que no lograba llenar con nada, ni siquiera con las historias que tanto me gustaban.

El tictac del reloj retumbaba en mi cabeza, marcando los segundos que me separaban del momento más temido del día: el recreo. Para la mayoría, era la libertad, el momento de gritar y correr. Para mí, era la hora exacta en la que esa presión sin nombre empezaba a ahogarme.

Estaba sentada en una esquina, en primera fila. Mi sitio asignado, mi trinchera. La señorita Parks explicaba con entusiasmo los libros de Roald Dahl, moviendo las manos en el aire, pero yo ya me los sabía de memoria. Matilda era mi amiga, no la suya. Lo único que quería era meterme dentro de esas páginas y, a poder ser, perder el billete de vuelta.

Al otro lado del cristal, los pájaros volaban en bandada. Me preguntaba si algún día yo también podría volar lejos de allí. Si podría dejar de ser yo.

«Serás feliz cuando no quieras estar en otro lado, siendo alguien más, pequeña Kiki».

La voz de mi abuelo resonó en mi memoria. Ojalá estuviera aquí. Él siempre me prometía que algún día yo sería la dueña de una librería preciosa, y me traía cuentos los domingos para que se me olvidara que al día siguiente había colegio. Pero el abuelo se había ido al cielo y yo me había quedado aquí, en la tierra, donde las cosas no eran tan bonitas como en sus cuentos.

Moví las piernas bajo el pupitre, inquieta. Sabía lo que venía después de ese dichoso timbre. Sabía que las tortitas que me había preparado el tío Will para desayunar acabarían en el inodoro en cuanto saliera por esa puerta. El baño del Middle School se había convertido en mi único refugio, el único lugar con pestillo.

Las sentía detrás de mí como sombras que me rodeaban; una nube negra flotando sobre mi cabeza que me atormentaba cinco días a la semana. Esos ojos vigilando cada paso que daba, escaneando mi ropa, mi pelo o el fallo del día. Eran esas personas que estaban en esa maldita clase y que cada día hacían que respirara un poco menos.

Cinco minutos.

Me concentré en el movimiento de los árboles tras la ventana. Si no las miras, no existen. Si no las escuchas, no pueden hacerte daño.

La voz de la profesora se alejaba poco a poco mientras me adentraba en mis pensamientos. Sus palabras se volvían un zumbido lejano, como si estuviera bajo el agua. Me aferraba a esa sensación porque era mejor que estar allí. Mejor que sentir el pánico oprimiéndome el pecho cada vez que escuchaba una silla arrastrarse por las baldosas del aula.

Hacía semanas que no escribía nada en mi cuaderno. Tampoco me apetecía leer demasiado. Estaba dejando de hacer las únicas cosas que me hacían feliz porque… ¿para qué? El objetivo era que se pasase la semana lo más rápido posible. Aguantar la respiración, hacerme un ovillo en la cama e intentar volverme transparente.

Pero daba igual lo pequeña que me hiciera. Siempre me encontraban.

Un golpe seco en la mesa detrás de mí me hizo dar un salto en la silla. Risitas por lo bajo. Tragué saliva, fijando la vista en la pizarra como si fuera lo más interesante del mundo.

«No parpadees, Keyla». «No te muevas». «No existas».

—Y bien, ¿quién quiere hacer el primer ejercicio? —preguntó de pronto la señorita Parks.

«Que no diga tu nombre. Por favor. Por favor».

—Todos a la vez no, ¿eh? —bromeó ella. Sacar buenas notas tenía un precio: los profesores siempre te usaban de salvavidas.

—Keyla, ¿puedes leer el ejercicio y resolverlo?

Empecé a sentirme mareada.

«Hazlo mal», la voz en mi cabeza gritó. «Hazlo mal para que no noten que te lo sabes. Si aciertas, te llamarán empollona. Si aciertas, te esperarán fuera».

—Página 84, Keyla.

Me temblaban las manos al pasar la hoja. No encontraba el número. Las letras bailaban. Escuché un cuchicheo cruel a mi espalda. Iba a hablar, iba a tartamudear una respuesta incorrecta, pero entonces… Riiiiiing.

El timbre. Mi salvador y mi verdugo.

La clase estalló en ruido e inmediatamente me sentí más ligera. Todo se llenó de las sillas arrastrándose y los gritos de euforia de mis compañeros. Todos salían empujándose, buscando a sus amigos, riéndose con esa facilidad que a mí me parecía tan lejana.

Recogí mis cosas muy despacio, como siempre. Tardaba a propósito, guardando el estuche con calma, deseando ser la última para que el pasillo se vaciara antes de que yo pusiera un pie en él. Nadie me esperaba fuera. Bueno, al menos no para nada bueno.

Me colgué la mochila, fingiendo que no me importaba, que era invisible. Bebí un trago de agua para tragarme el nudo de la garganta.

Uno, dos, tres.

Respiré por la nariz.

Parecía que había silencio en el pasillo.

Uf, por los pelos.

Hoy te has librado, niña tonta.

Caminé hacia la salida, sintiendo un alivio momentáneo. Pero esa calma era mentira. Esa calma era la que precede a la tormenta.

Crucé el umbral de la puerta y el mundo se paró cuando las vi apoyadas en la pared de enfrente. Seis ojos acechándome. Mis depredadores.

—Oye, pelo zanahoria… —dijo una voz melosa que me heló la sangre.

El pasillo se volvió minúsculo a la vez que mi estómago daba un vuelco.

Hoy tampoco iba a poder volar.

2
El último trozo de pizza

Nate Miller

Veintiún años. Maine, Silver Springs.

La casa de Aiden parece sacada de una película. A pesar de llevar viniendo aquí desde que soy un crío, siempre que la veo me parece que ha crecido un poco más. Es un tío que se aburre con facilidad, pero también es la viva imagen del sacrificio, algo que se refleja a la perfección en este lugar.

Piscina climatizada, barra de mármol negro, vistas al mar y una mesa de billar en el jardín. Esto es todo lo que necesito hoy: estar con los dos de siempre y darme un respiro.

De las cámaras.

De mi agente.

De un equipo que no funciona si no doy el cien por cien.

La luz del atardecer tiñe el agua de la piscina, que parece fundirse con el océano del fondo. Me dejo caer en uno de los sofás de la terraza y agarro una cerveza. No suelo beber en temporada, pero hoy no es mañana, así que me lo merezco.

Wyatt y Aiden son mis amigos de la infancia, aunque son un año más mayores que yo. Nos conocimos en la Iron Elite, una academia para jóvenes promesas, cuando tenía tan solo ocho años. Desde entonces no nos hemos separado. Nuestras madres se hicieron amigas y el resto es historia.

Los Celebrini, la familia de Aidy, son… bastante raros, aunque no le gusta hablar mucho de ello. Cuando éramos niños tenía bastantes limitaciones para pasar tiempo con Wyatt y conmigo, sobre todo cuando se trataba de que él viniese a nuestras casas. Ahora, sin embargo, él es el rey. Debutó por primera vez en la sub-11 y desde entonces es una estrella del fútbol americano. Un genio en el campo, y una de las mejores personas que he conocido fuera de él.

Wyatt, por su parte, es jugador de hockey profesional en la NHL. Y de los buenos. A veces me pregunto cómo demonios habrá llegado tan lejos con la poca seriedad que se gasta el muy cabrón. Tiene puesta su camiseta de los Stormy Bears mientras sostiene una bolsa de hielo sobre su rodilla. Así es el hockey, supongo. Gajes del oficio.

Se reclina en el sofá mientras procede a meterse un trozo de pizza pepperoni en la boca.

Wyatt Rourke: pelo negro despeinado, ojos azules como el hielo y una mandíbula cada vez más pronunciada debido a la tensión del hockey. Aiden, por el contrario, tiene el pelo rubio y la piel tostada. Dos polos opuestos, pero igual de insoportables cuando se juntan.

Cuando éramos niños, Aiden era el que más ligaba del grupo, pero siempre le dio igual. Sus ojos verdes siempre han sido para una sola chica.

—¿Otra vez hablando con tu amada, Aiden? —vacila Wyatt con la boca llena.

—Tío, no es mi amada. Al menos no todavía —responde el quarterback colocándose el pelo rubio mientras nos guiña un ojo.

—¿Y tú qué? —dice Wyatt girándose hacia mí—. ¿Ya has llamado a tu representante para mandarlo a la mierda o te va a seguir pasando por encima otra temporada más? Ese tío te tiene cogido por los huevos.

—Déjame en paz, Wyatt. ¿No tienes nada mejor que hacer o qué? —cambio de tema, alzando una ceja.

—Ja, ja. Tú tienes partido, chaval. Es mañana, ¿no?

Aprieto la mandíbula. No quería traer el desastre del equipo a mi cabeza. Hoy no.

—Mañana volamos, así que será en dos días —respondo con frustración, mirando hacia el horizonte, donde las olas rompen contra la costa—. Me pongo malo de pensar en que vamos a hacer el ridículo.

—El Nate que yo conozco es el que lidera, así que ya estás cambiando esa mentalidad, mamonazo —replica Wyatt, estirándose en el sofá.

—Ya, pero es que mi equipo no es un equipo, tío. No han entrenado en todo el puto verano. ¿Lo veis normal? Somos un club de la maldita NCAA y parecen figurantes. No saben qué hacer con el balón.

—Mira, sé que todavía no estás en la NBA —interviene Aiden, poniéndose serio—. Pero eres el capitán de ese barco, así que ahora te toca trabajar duro y tirar del carro hasta tener un pie dentro de lo que viene después. Es tu sueño, Nathie. El de nadie más. Tenlo siempre presente.

Sus palabras se clavan en mi cabeza, porque mi madre siempre se ha encargado de hacerme sentir que, más que un sueño, esto es mi obligación. A veces se me olvida que esto es lo que yo quería y no una deuda que tengo que pagarle a alguien que proyecta sus fracasos en mí.

—No es eso, tíos —miento a medias—. Es que siento mil ojos encima. Cada fallo de esta gente me repercute directamente. Quiero ser el mejor, pero quiero serlo por mis logros individuales, ¿entendéis? Soy la referencia de esta liga, pero ellos no me dejan demostrarlo.

—Tienes alma de líder, Nate, pero tu carácter a veces hace que pierdas los papeles. —Wyatt me mira de reojo—. Llevas siendo así desde que nos conocemos.

—Sé que carácter es algo de lo que voy sobrado, pero se me complica cuando tengo que hacer mi trabajo y el del entrenador —digo, tirando el móvil sobre la mesa—. ¿Os lo podéis creer? No es capaz de ponernos ni un solo vídeo para analizar los fallos. Así no se puede mejorar.

Wyatt suelta una carcajada que no me hace ni pizca de gracia. Este imbécil siempre consigue sacarme de mis casillas. ¿Por qué? Porque me conoce demasiado bien.

—Estás muy sensible últimamente. ¿No se estará enamorando la estrellita del equipo? —dice Wyatt mientras me pellizca la mejilla.

Le aparto la mano de un manotazo.

—Cállate. Sabes que paso de eso. No tengo tiempo para líos.

—No tienes ganas, querrás decir —suelta Aiden, dando un trago a su cerveza—. El otro día me llamó Wendy para decirme que la bloqueaste después de…, bueno, ya sabes. Tío, tienes que dejar de hacer esas cosas. No está bien dejar a la gente así.

—No sabe, no contesta —respondo, cogiendo otro trozo de pizza—. Creo que se piensa que soy un trofeo o algo. Ya sabéis que odio las relaciones de interés.

Estoy harto de este tipo de dinámicas. Si ellas se acercan por quien soy, yo asumo que las reglas del juego están claras. Diversión y punto. Ambos salimos ganando. O eso me digo para no sentirme una mierda.

Wyatt me lanza una mirada más seria de lo habitual.

—Tío…, no todo el mundo te ve como a una marca de ropa. Algún día tendrás que empezar a abrir el círculo —dice, haciendo un gesto exagerado con los brazos.

—La gente que vale la pena no se acerca a mí por este circo. Fin del tema, chavales. —Alzo la botella—. Brindemos por llevar todos estos años celebrando el fin del verano juntos.

Chinchín. Los cristales chocan antes de que nos bebamos la birra de un trago. El silencio se instala un par de minutos. Aiden y Wyatt intercambian una mirada.

—Oye, Nathie…, ¿es por tu padre? —pregunta el jugador de hockey, bajando la voz—. No eres como él, hermano. Tú eres mejor. Eres uno de los buenos.

Me tenso de forma automática. Aun así, nos conocemos tanto que para ellos soy transparente. Nunca conocieron a mi padre, al menos no como mi padre. Pero lógicamente son como hermanos para mí, saben mi historia, aunque también deberían saber lo poco que me gusta hablar de ella.

—Es por todo este mundo —respondo, mirando al cielo que empieza a oscurecerse—. Amo el juego, pero odio lo que lo rodea. Todo es interés. Mentiras. Presión. Así es el éxito, supongo.

Wyatt asiente despacio.

—¿Y cuál es el plan? ¿Tener una vida solitaria para siempre? ¿Vivir bajo las órdenes de tu madre y seguir manteniéndola hasta que las ranas críen pelo? Colega, tiene cincuenta tacos.

—No es tan fácil. —Me pongo la sudadera de los Silver Bears Warriors—. No puedo echarla de casa. Seguiré haciendo lo que mejor sé hacer: jugar y callar bocas. Tragar y seguir adelante.

—Suena sano, sí —dice Wyatt con sarcasmo.

—Suena a Nathaniel Miller —anuncia Aiden con orgullo, poniéndome una mano en el hombro.

La verdad es que ni yo mismo sé cómo sigo funcionando, pero mientras el balón siga entrando en la canasta, supongo que nadie hará demasiadas preguntas. Ni siquiera yo.

EL CHICO ESTRELLA

Cinco años, Maine, Silver Springs

El polvo blanco no olía a nada.

Lo descubrí porque brillaba la bolsita en la que estaba y me encantaba cuando los objetos parecían tener estrellitas.

Papá dormía despatarrado en el sofá, con la camiseta hecha un ovillo en el suelo y un vaso de whisky justo en el borde de la mesa, a punto de caerse.

En la televisión sonaba un partido viejo en el que él mismo corría y encestaba. El papá de la tele era rápido y fuerte; el del sofá roncaba con la boca abierta.

Me arrodillé frente al cristal de la mesa, apoyando los codos en la alfombra, y seguí con el dedo esa línea de polvo que resplandecía bajo la lámpara. Parecía azúcar, o la nieve que caía en Navidad.

—¿Qué es esto? —susurré, acercando la nariz, como si papá pudiera oírme.

Al lado de la bolsita transparente había un billete enrollado al lado. A mí me gustaban los billetes, parecían parte de un juego de mayores al que yo nunca podía jugar. Papá me había dicho esa misma tarde, mientras me levantaba en brazos en el jardín: «Algún día tú también vas a jugar en la liga, hijo. Y, cuando lo hagas…, serás el rey. Como papá».

Yo me había sentido grande, importante. Como un superhéroe. Pero ahora papá no se movía y el polvo blanco me llamaba. Brillaba igual que el caramelo picapica que explotaba en la lengua. Pensé que tal vez sabría igual, así que estiré el dedo índice, lo posé sobre la mesa y me lo llevé despacio hacia la boca…

La puerta se abrió de golpe.

—¡Nate!

Pegué un saltito. Sentí que el corazón se me escapaba del pecho por el susto. Mamá estaba en el marco de la puerta. Su cara estaba tan pálida que parecía un fantasma.

Corrió hacia mí, pero no me abrazó. Me agarró de la muñeca con fuerza, tanta que me hizo daño, y me apartó de la mesa de un tirón. Con la otra mano, sacó el teléfono del bolso. Yo no entendía nada.

¿Por qué nos apuntaba con la cámara? ¿Por qué grababa la mesa en lugar de ayudar a papá?

Las lágrimas le corrían por la cara, manchando su maquillaje.

—¿Qué haces con eso? ¡Niño malo! —gritó, y su voz se rompió en un sollozo—. No, no, no. Mira lo que has hecho.

Me soltó la mano y siguió grabando. Enfocó a papá, enfocó el polvo, me enfocó a mí llorando.

—Esto se acabó —dijo para sí misma, con una voz que daba miedo—. Lo tengo.

Yo quise hablar, quise decirle que solo era azúcar, pero me quedé callado al ver sus ojos. Ya no eran los ojos de mamá. Eran fríos. Papá seguía dormido en el sofá, ajeno a todo.

—Vamos al cuarto, ahora —ordenó ella, guardando el teléfono como si fuera un arma.

No lloré mientras subía las escaleras. Me tragué el llanto, porque los superhéroes no lloran. Pero dentro de mí, algo se rompió.

Yo había tocado el polvo.

Mamá gritaba por mi culpa.

Papá no despertaba por mi culpa.

Y así, con un polvito blanco que no olía a nada, aprendí la primera lección: yo era el niño malo. Y tenía que pasarme el resto de mi vida intentando que me perdonaran.

3
Cuestión de valentía

Keyla Blake

Aeropuerto Internacional de Portland 3.03 p.m.

—Asiento 17A, por allí. —Me indica con la mano hacia la izquierda.

Una azafata con un moño rubio me sonríe de manera mecánica al revisar mi billete.

Respiro hondo y arrastro mi maleta por el pasillo estrecho mientras siento que las paredes se cierran sobre mí. Avanzo contando las filas hasta que me topo con un obstáculo: una pierna larguísima, enfundada en un pantalón deportivo negro, me bloquea el paso. Intento esquivarla, pero la maleta se queda enganchada. Otra vez la ley de Murphy.

—Perdón… —murmuro.

Tiro del asa, pero la maleta se tambalea y, como si fuera una broma del destino, la cremallera del bolsillo exterior revienta. Mi libro, mis auriculares y mi bote de pastillas de emergencia acaban rodando por la moqueta.

—Ay, mi madre… —susurro, sintiendo que me arde la cara.

El dueño de la pierna ni se inmuta. Está dormido, con unos cascos enormes puestos y con una gorra que le cubre hasta la nariz. Pero el chico de la fila de al lado se levanta de un salto.

—Tranquila, te ayudo.

Cuando alzo la vista me topo con unos ojos de color verde jade y las manos empiezan a sudarme más de lo que me gustaría. Los primeros cinco minutos que paso mientras hablo con desconocidos siempre son los peores.

—N-no te preocupes, no pasa nada.

—Sí pasa.

Lo último que recoge antes de levantarse y de que yo cierre la maleta es el libro que me estoy leyendo. Me lo tiende con una sonrisa leve después de echarle un vistazo.

—Ups. Parece que tu libro ha tenido un aterrizaje forzoso.

Mierda.

El libro nuevo que me compré hace un rato en el aeropuerto ahora tiene las esquinas machacadas y una raja en la portada.

—Mientras se pueda leer no hay problema.

Mentira. Odio que mis libros tengan desperfectos.

El desconocido me sonríe antes de mirar con ojos de asesino al chico que está dormido.

—A Hayes le encanta ocupar todo el espacio, como si el avión fuera suyo —añade, lanzándole una mirada dura—. ¡Eh! Quita la pata.

Le da una patada seca en la espinilla. El tal Hayes se despierta de golpe, se quita los cascos y le lanza una mirada cargada de odio.

—¿Qué te pasa, Miller? ¿Ya estás tocando los cojones antes de despegar?

—Aparta las piernas del pasillo, Hayes. La gente quiere pasar.

Se sostienen la mirada un segundo demasiado largo. Hay una tensión ahí que no tiene nada que ver con la amistad. Hayes chasquea la lengua y se acomoda en su asiento de mala gana.

—Gracias —consigo decir, abrazando el libro.

Me dejo caer en mi asiento (el 17A, con ventana) y el chico de ojos verdes se sienta en la misma fila, en el pasillo. El asiento de en medio queda vacío, un pequeño milagro. Intento hacerme lo más invisible posible para pasar desapercibida el resto del vuelo.

No hables.

No molestes.

Ponte los cascos y desaparece.

Si te meas, te aguantas.

Decidida a continuar con mi lectura actual para distraerme del todo, busco el punto de libro y algo se desliza entre las hojas hasta caer sobre mi regazo. Es una foto de la fachada de mi casa sacada desde la acera de enfrente. Debe de ser de hace unos meses, ya que estaba todo nevado. Le doy la vuelta para ver si hay alguna nota escrita, pero solamente hay una palabra garabateada con prisa: diciembre.

Sonrío por primera vez en toda la mañana, agradeciendo este calorcito en el pecho. Maggie. Ha tenido que ser ella. Seguro que la metió en el libro anoche, mientras yo hacía la maleta, para que en estos meses pudiese tener cerca mi hogar. Es algo típico de ella…, siempre dejándome las migas de pan para que encuentre el camino de vuelta. Supongo que es su forma de decirme que, vaya a donde vaya, siempre estarán allí esperándome.

Al menos ella, porque Will todavía no me ha llamado hoy. ¿Acaso no se da cuenta del paso tan grande que estoy dando? Siento que no lo está valorando lo suficiente…

—En Silver Springs hace mucho que no nieva. —La voz del chico interrumpe mis pensamientos.

Me giro hacia él pensando en la cara de tonta que debía de estar poniendo mientras miraba la foto y tardo un segundo en darme cuenta de que es objetivamente guapo. Tiene los rasgos marcados, la piel clara y el pelo un poco revuelto con efecto húmedo.

No ha levantado la mirada de mi casa ni parece buscar contacto visual. Está en su mundo y parece cómodo, seguro de sí mismo.

Huele a limpio, a algo fresco, como si hubiese mezclado su jabón con notas de sándalo y limón.

—La verdad es que lo prefiero, no me gusta cuando hace tanto frío.

—A mí me encanta el frío y odio el calor del verano. Me hace sudar y tener que ducharme dos o tres veces al día.

—Los que preferís el frío sois unos psicópatas.

—¿Qué? Eso vosotros. El calor es agotador, pegajoso e incómodo.

—Lo prefiero a tener que ponerme cuatro capas de ropa…

El avión empieza a moverse por la pista y mi corazón se acelera de nuevo. Cierro los ojos de golpe y me mantengo a oscuras dentro de mi cabeza, como si estuviese en mi habitación.

—¿Te da miedo volar? —pregunta él.

La voz de mi compañero de viaje me saca de mi ensimismamiento. Lo encuentro mirándome, con una expresión entre divertida y tranquila, como si estuviera acostumbrado a lidiar con los nervios de los demás.

—Me da miedo todo lo que haya podido crear el ser humano.

—Pues ya somos dos. —Carraspea—. Aunque por trabajo cojo bastantes vuelos, así que no me queda otra.

—Ah, ¿sí? —Me gusta interesarme por la vida de las personas—. ¿En qué trabajas?

—En nada interesante. —Por su tono parece desganado con su trabajo.

—¿Ese empleo poco interesante hace que tengas que viajar tanto? —pregunto con la intención de animarle—. Seguro que es mejor de lo que te parece.

—Viajar tanto no es la peor parte, pero estoy cansado, supongo.

Parpadeo un par de veces cuando me doy cuenta de que ya estamos despegando. Estaba tan ensimismada intentando controlar todas mis sensaciones corporales hablando con él que no me he dado cuenta de que ya estamos volando.

—¿Y tú qué haces? —pregunta, pensativo.

—Nada interesante. —Es lo único que se me ocurre responder mientras rezo para que no me haga preguntas comprometidas.

¿Dónde vives?

¿En qué trabajan tus padres?

¿A dónde vas cuándo aterrice el avión? ¿Vienes o vas?

Con la mirada sesgada veo cómo sonríe.

—Pues sí que estamos buenos —pronuncia por fin—. ¿Tú también estás cansada?

—Digamos que estoy… perdida. Dándome un tiempo para saber lo que necesito para empezar a hacer algo que de verdad valga la pena con mi vida.

—Suena valiente.

—Yo lo llamaría más bien cobardía.

—Pues ojalá tener un poco de tu cobardía.

Nos quedamos mirando unos segundos mientras medito una posible respuesta. Nunca sé si estoy diciendo algo lo suficientemente útil, así que siempre pienso varias posibles respuestas antes de contestar.

—¿Quieren algo del carrito? —interrumpe una de las azafatas.

—Un zumo de naranja —responde el desconocido.

—¿Y usted? ¿Quiere algo? —dice dirigiéndose a mí mientras le sirve.

—Un chocolate caliente, por favor.

—Aquí tienen. Son diez dólares.

Me pongo a rebuscar en la cartera y, sin que me dé tiempo, veo que el chico de mi lado acerca su tarjeta al lector.

—Todo junto, por favor.

Espera ¿qué?

—No, no. De ninguna manera —le suplico—. Déjame pagar, por favor.

Keyla, eres idiota.

—No me supone ningún esfuerzo, no te preocupes.

—Pero es tu dinero, yo… yo…

—Es mi dinero y por eso lo uso como quiero, ¿no? —responde mientras se guarda la cartera en el bolsillo—. Además, tener cinco dólares menos no me va a dar ningún dolor de cabeza. Tómatelo como una disculpa por el comportamiento de mi compañero.

Miro el chocolate humeante y luego a él.

—Muchas gracias —respondo avergonzada—. ¿Sueles invitar siempre a todas las desconocidas de los aviones?

—No, solo a las torpes.

—¡Oye! Que no soy torpe. Ha sido culpa de tu amigo.

—Ese imbécil no es mi amigo —escupe con desprecio.

Vaya.

Qué carácter.

—Por cierto, me llamo Nate —dice alargando la mano.

—Keyla.

—Encantado de conocerte, Keyla la valiente.

4
Corazón azul

Keyla Blake

Es curioso cómo en la vida nos cruzamos con personas que comparten el mismo espacio y tiempo que nosotros durante unos segundos.

Y, sin embargo, un instante después, seguimos caminos opuestos, como si nada.

Dos vidas que se tocan y se separan, igual que miles de otras que se rozan sin darse cuenta.

Ha sido agradable hablar con él.

Pero ahora me toca embarcarme en mi propia aventura.

La que más me aterra.

A la salida del aeropuerto hay un SUV azul grisáceo con el logo de Velvet Hollow. Al volante, un hombre de unos sesenta años, con una barba blanca bien recortada y una sonrisa amable baja la ventanilla.

—Bonjour, mademoiselle Keyla. Soy Lucien. Bienvenue à Maine —saluda con un amable acento francés que, en otras circunstancias, me habría parecido encantador—. Pero puedes llamarme señor Lulú. Todo el mundo lo hace cuando me coge confianza.

Asiento, fingiendo una sonrisa. Hay algo en este hombre que me inspira ternura. Lucien trata de romper el hielo con frases en francés y comentarios amables, pero yo apenas puedo seguirle el ritmo. Tengo que concentrarme en el paisaje para no empezar a hiperventilar.

Muy bien, niña tonta.

Sigue así.

Que nadie note que estás nerviosa o te dejarán aquí mismo, en la carretera.

Tiempo después, el coche toma una curva y, de pronto, la ciudad aparece como un dibujo a acuarela. Lo veo todo desde el asiento de atrás, con la frente apoyada en el cristal frío de la ventanilla. Es como si alguien hubiese abierto una paleta de colores al borde del mar. Las fachadas de las casas parecen sacadas de un cuento de hadas: una es azul cielo, otra, rosa chicle con molduras blancas…, todas con la bandera ondeando como si supieran que alguien nuevo está llegando y quisieran darle la bienvenida.

Una bandada de pájaros atraviesa el cielo, oscureciendo el sol en pequeños parpadeos. Hay carteles de peces sonriendo y escaparates llenos de conchas y flores, también hay puestos de algodón de azúcar cerrados por la temporada.

—¿Primera vez en Silver Spring? —pregunta, mirándome por el retrovisor.

Asiento con la cabeza, sin despegar la mejilla del cristal. Me cuesta articular palabras. No porque no quiera hablar, sino porque me da miedo oír mi propia voz en este momento.

—En primavera, el mar muestra su mejor cara —añade con una sonrisa—. Creo que te va a gustar esto, niña, lo presiento.

—La verdad es que parece un sitio muy bonito.

—Querida, este lugar es muy especial. Ya lo verás.

Lucien sonríe y deja que la radio llene el silencio con una canción instrumental de piano que encaja a la perfección con el paisaje.

Con Ludovico Einaudi de fondo, me atrevo a bajar la ventanilla para que el aire llene al completo mis pulmones. Las calles se van estrechando a medida que nos alejamos del centro. Pasamos por un pequeño muelle con barcas amarradas y una librería diminuta de fachada verde menta. Me la imagino por dentro: estanterías desordenadas, olor a madera y café, y una mujer mayor con gafas redondas y moño gris recomendando novelas a los transeúntes que pasan por allí.

A medida que avanzamos, los arroyos serpentean junto a la carretera y los campos están salpicados de mimosas, las flores favoritas de la abuela. Por un momento, siento que el paisaje me tranquiliza.

—¿Sabes? Llevo veinticinco años viviendo aquí, querida —dice Lucien, con una sonrisa sincera—. Ayudar a otras personas me mantiene vivo.

El coche se adentra en un camino estrecho de piedra, bordeado de pasto alto que baila con el viento. Por alguna razón, el cielo tiene un matiz rosado, como si quedaran restos del amanecer atrapados entre las nubes. Siento cómo se me encoge el estómago. El vértigo no tiene tanto que ver con la altura como con la dirección. Sé a dónde vamos.

A lo lejos, un faro se alza en lo alto del acantilado, como si fuese un guardián dormido que espera pacientemente su turno para salir. A la derecha del sendero, justo antes de llegar a él, aparecen varias casas a bastante distancia entre sí, pero destaca una que está situada casi en su base con un cartel de madera pintado a mano con letras redondas que nos saluda con un BIENVENIDOS A CORAZÓN AZUL: DONDE TODO COMIENZA DE NUEVO.

Lucien se gira y me mira con dulzura.

—Voilà, mademoiselle. Bienvenue à votre nouveau départ.

Al bajar del coche, tengo la sensación de que algo dentro de mí se apaga, como si me estuviera viendo desde fuera, ocupando un cuerpo que ya no se siente del todo mío. Es una desconexión sutil, casi imperceptible al principio, pero lo suficientemente real como para inquietarme. No es la primera vez que me pasa y, por desgracia, reconozco esa forma en la que el mundo empieza a alejarse, aunque yo siga estando aquí.

Me obligo a pensar con rapidez, a agarrarme a algo que me devuelva al presente antes de que sea demasiado tarde. Me inclino con decisión y agarro mi pierna con ambas manos. La muevo con firmeza, como si al hacer ese gesto pudiera recordarle a mi cuerpo que sigue siendo mío.

Y, aunque la sensación no desaparece del todo, al menos me permite avanzar.

Esto parece sacado de una postal. Hay varios grupos de animales pastando en la hierba que rodea el camino: caballos de pelaje brillante, vacas peludas con cara de pocos amigos, pollitos amarillos que corren como si tuviesen prisa por crecer.

La imagen me saca una sonrisa. De esas pequeñas, pero al mismo tiempo siento un vuelco en el pecho. Esto le encantaría al tío William.

Y esa punzada de nostalgia lo tiñe todo por un segundo.

Antes de que pueda pensar más, una mujer con una trenza larga y la cara más dulce que he visto nunca se acerca al coche. Lleva un jersey de lana gruesa y una carpeta apretada contra el pecho.

—Bienvenida a Corazón Azul, Keyla —dice con voz cálida, como si ya me conociera—. Soy Cordelia. Tu tía Maggie nos ha hablado mucho de ti.

Asiento con una mueca que pretende ser una sonrisa, pero la verdad es que no sé qué cara estoy poniendo en este momento. Cordelia me observa con amabilidad, como si no le hiciera falta que yo aportase nada a la conversación para saber cómo llevar la situación.

—¿Te apetece que te enseñe un poco el sitio o prefieres ir directa a tu habitación? —pregunta, con ese tipo de voz que no presiona, que deja espacio.

Dios. Voy a vomitarle encima de los zapatos burdeos de último diseño que veo que lleva puestos. Ya me puedo hacer una idea de lo que dirían mis nuevos compañeros: «Oye, ¿conocéis a la nueva?». «Sí, se llama Keyla Blake. No te lo vas a creer, pero ¡ha vomitado en los zapatos de la directora!».

—Prefiero… —dudo, porque ni yo sé lo que prefiero, por el amor de Dios—. Quizá que me expliques un poco todo, si no es molestia.

—No me molesta en absoluto —responde enseguida—. Lucien se encargará de llevar tu maleta a tu habitación. Mira, como has podido ver durante el camino, en este complejo hay varias casas, y esa del fondo es la tuya. ¡Es ideal! —dice emocionada—. Creo de corazón que te gustará mucho.

Es enorme y absolutamente preciosa. El señor Lulú me guiña un ojo desde el asiento del conductor y empieza a descargar el equipaje.

Camino al lado de Cordelia mientras cruzamos un sendero de piedra que bordea un jardín enorme. A lo lejos se oye el relincho de un caballo. El corazón se me para y me entran ganas de llorar al recordar al mío, pero una chispa de felicidad se adentra en mi interior para recorrer todo mi cuerpo. Si en este sitio hay caballos, ya tengo un lugar por el que empezar.

—Esa es Cassiopeia —dice, sonriendo—. Tiene alma de actriz de película de drama. Si no la saludan al pasar, monta un espectáculo.

Me sale una risa breve, inesperada.

—¿Todos los caballos tienen nombre? —pregunto, por decir algo.

—Todos, y la mayoría tienen nombre de constelación. Fue idea de Ellie, una de las terapeutas. Dice que hay que recordarle a la gente que puede encontrar luz incluso en la oscuridad.

Trago saliva. Me encantaría poder creer eso.

Pasamos junto a un invernadero, un par de bancos de madera pintados de azul y una fuente de piedra. Hay un grupo de chicos sentados alrededor de una mesa de pícnic, riendo por algo que uno ha dicho. Ninguno me mira demasiado y eso me alivia, ya que no me gusta llamar la atención.

—Tu habitación está en la parte norte —me explica Cordelia, girando hacia un sendero al lado del faro—. Compartes casa con otras cuatro personas, pero tu cuarto es solo tuyo. Puedes cerrarlo con llave, decorar las paredes o mover los muebles si quieres. Aquí todo es flexible mientras te haga sentir segura.

Asiento sin decir nada, aún demasiado absorbida por el entorno, por la lentitud extraña con la que mi cuerpo parece reaccionar a cada nueva información.

—Te dejo este formulario para que lo rellenes cuando te sientas con fuerzas —añade, entregándomelo con delicadeza—. No es para asignarte grupo, eso ya está hecho con todo lo que nos contó Margaret. Solo queremos conocerte un poco mejor con tus propias palabras, y solo lo leeremos tu terapeuta y yo, nadie más.

Seguimos caminando antes de entrar en una casa azul bebé preciosa con vistas al mar.

—Te enseño tu cuarto y luego te dejo un rato tranquila, ¿te parece?

Subimos por unas escaleras de madera barnizada. La luz entra por una ventana alta y tiñe las paredes de tonos rosados. Al fondo del pasillo, a la derecha, hay una puerta blanca con molduras doradas. En el centro, una flor tallada abre sus pétalos como si intentase decirme algo.

—Voilà. Bienvenida al que será tu refugio durante los próximos meses —dice Cordelia con una sonrisa cálida.

Creo que mis ojos responden por mí, ya que empiezo a mirarlo todo con ellos muy abiertos, asombrada por lo bonito y especial que parece todo.

Ella me da un suave golpecito en el hombro y se marcha, dejándome sola, y empiezo a respirar un poco mejor.

Una pared entera de cristal da al mar, y el sol y el agua hacen un paisaje perfecto, dibujando un naranja rosado en el atardecer. La cama es enorme y está cubierta con un edredón de flores. En la ventana hay una fila de macetas con geranios y petunias, y en la estantería, libros, piedras pintadas y una cajita de música en forma de carrusel.

Me siento en el borde de la cama, tocando la colcha con cuidado, como si pudiera romper este pequeño remanso de paz con el mínimo movimiento brusco, y me doy cuenta de lo cómoda que es. Respiro hondo agradeciendo el silencio, porque afuera no se escucha ni un coche, ni un móvil, solo los pájaros y el viento entre los árboles.

Esto se parece a lo que soñaba cuando era niña. Cuando no tenía a nadie con quien hablar y solo me quedaba el salvavidas de imaginarme una vida mejor.

Una casa bonita al lado del mar.

Un espacio propio en el que poder ser yo.

Un lugar en el que empezar de nuevo.

Salgo al pasillo un momento para mirar las vistas a través de los ventanales de la galería y me doy cuenta de que hay otra puerta, entreabierta, al lado de la mía. Parece llevar a otro cuarto, aunque este está decorado de forma distinta: la pared es amarilla, hay cuadros con lazos pegados alrededor de un espejo y desde aquí parece oler a vainilla.

Cuando estoy a punto de darme la vuelta para volver al mío, escucho unos pasos subiendo la escalera. Me aparto con rapidez, pero llego demasiado tarde.

—¡Hola! —dice una voz enérgica, antes de que siquiera pueda reaccionar—. ¿Acabas de llegar? No te había visto antes.

Tiene el pelo rubio recogido en un moño despeinado mientras dos ondas le caen sobre cada uno de los lados, una camiseta rosa manchada de pintura y una sonrisa amplia que ilumina su mirada de color verde miel.

Siento que el corazón me da un vuelco, como si ante mí estuviera un guepardo, ágil y poderoso. Mis mejillas empiezan a arder de vergüenza, pero la persona que se esconde detrás de esos ojos me transmite bastante tranquilidad.

—Sí…, acabo de llegar —respondo, forzando una sonrisa.

—Soy Avery. —Me abraza sin que me lo espere mientras se presenta.

—M-me llamo Keyla.

Se va a pensar que eres tonta.

¿No sabes presentarte de una manera normal?

—¡Ay! Qué feliz estoy. Ahora ya tengo una amiga. —Me guiña un ojo antes de irse—. Bienvenida a Corazón Azul. Este sitio es una locura, pero de las buenas —añade mientras se deshace el moño y deja caer un mechón rebelde sobre su frente—. Si necesitas algo estoy en la habitación de al lado.

La forma en la que habla hace que, sorprendentemente, me inspire confianza. Siempre suelo estar alerta con los desconocidos, pero por primera vez en mucho tiempo, sonrío de verdad. Lo hago porque dos personas han sido amables conmigo en un solo día, así que se podría decir que han batido mi récord.

Me siento al borde de mi cama y saco el formulario que me dieron para rellenar. Mientras escribo, siento que, quizá, este lugar pueda ser el comienzo que necesito.