Nota de la autora
Hola, querido lector:
God of War marca el fin de la saga de «Legado de Dioses» y del Rinaverso hasta próximo aviso. Este ha sido el libro más agridulce que he escrito. Durante el proceso estaba emocionada, pero no pude dejar de sentir una pizca de tristeza ante la perspectiva de despedirme de estos personajes tan intensos.
Eli y Ava me han consumido en corazón y en alma, y espero que experimentes lo mismo cuando leas su historia.
God of War es una novela autoconclusiva. Sin embargo, esta historia tiene lugar durante la trama de los cinco libros anteriores de la saga, por lo que destripa algunos acontecimientos.
Si todavía no has leído ninguno de mis libros, puede que no lo sepas, pero escribo historias oscuras que pueden resultar ofensivas y perturbadoras. Mis libros y mis protagonistas no son aptos para cardiacos.
Este libro no es tan oscuro como los anteriores, pero sí trata temas sensibles. Los he enumerado a continuación por tu bienestar, pero si no te altera nada, sáltate el siguiente párrafo para no desvelarte nada de la trama.
God of War trata temas de salud mental, entre los que se incluye la ansiedad, fuga disociativa y amnesia. También hay escenas con descripciones de intentos de suicidio, estado mental deteriorado y violencia. La protagonista sufre de alcoholismo al comienzo y se habla de consumo de drogas. Confío en que sepas qué tipo de cosas te afectan antes de empezar a leer.
Si quieres leer más de Rina Kent, visita www.rinakent.com
ÁRBOL GENEALÓGICO
DE LEGADO DE DIOSES

Lista de reproducción
«Love and War» – Fleurie
«Another Love» – Tom Odell
«We Have It All» – Pim Stones
«Save Me» – Emily Brophy
«Blindfold» – Sleeping Wolf
«Madness» – Tribal Blood
«Every Breath You Take» – Chase Holfelder
«I Want You to Want Me» – Chase Holfelder
«Young Beast» – World’s First Cinema
«Moth to a Flame» – The Weeknd & Swedish House Mafia
«Certain Things» – James Arthur & Chasing Grace
«Losing You» – James Arthur
«Compliance» – Muse
«Russian Roulette» – Rihanna
Encontrarás la lista de reproducción completa en Spotify.
UNO
Ava
La nauseabunda mezcla del alcohol, la última droga que ha salido al mercado y una sensación de euforia surca mis venas mientras me muevo al ritmo de la música alta.
Aquí estoy bien.
Cuando desaparezco entre otros espíritus igualmente perdidos y otras cáscaras vacías, no me siento una extraña.
Ni presión. Ni potencial perdido.
No hay imágenes perturbadoras.
Nada.
Así es como me gusta vivir.
Me llevo el chupito doble de tequila a los labios y me trago la mitad. Noto el sabor amargo en la lengua, que me deja regusto en la boca durante un tiempo. Pero también me aporta emoción y una dejadez imprudente. La quemazón me baja por la garganta y cae con pesadez sobre la dosis excesiva de tranquilizantes con la que he inundado mi estómago.
¿Mi solución? Buscar más alcohol, más drogas y cualquier cosa a la que pueda echar mano.
Algo. Lo que sea que alivie la presión de las últimas imágenes que se acumulan en mi cabeza.
Caras borrosas con voces borrosas en discotecas borrosas.
Lo último que necesito es que me recuerden cómo estoy o el más reciente berenjenal en el que me he metido.
Así que decido barrerlo todo bajo la alfombra y fingir que las cosas van fenomenal.
Todo es normal.
Mis amigos han elegido esta discoteca de moda al norte de Londres para la ocasión. Las paredes de ladrillo mugriento brillan con una bella mezcla de tonalidades azules.
Los láseres violetas hacen resplandecer a la multitud de gente que llena la enorme pista de baile subterránea. En la planta de arriba tenemos una sala VIP, pero siempre es divertido bajar donde está el ambiente.
Cuanto más haya, mejor.
Estoy a punto de llevarme a los labios el chupito de tequila a medias cuando una mano de dedos largos y uñas color melocotón me arrebata el vaso y me lo quita del alcance. Me dispongo a soltar unos buenos improperios, pero entonces me encuentro con unos ojos verdes y calmados. Percibo al instante una pizca de reproche y una cantidad ingente de amor incondicional.
—¡Cecy! —grito por encima de la música; mi voz suena sorprendentemente sobria—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Lleva un vestido de tirantes precioso de color naranja pastel. Tiene el cabello plateado recogido en una coleta alta y su rostro reluce más que nunca.
No se me pasa por alto que ahora se sienta cómoda con vestidos cuando siempre ha sido de las que van con vaqueros y camiseta.
O que se haya maquillado un poco. Quiere estar guapa. Quiere quererse más.
Y, para mi pesar, no se debe a nada que yo haya hecho o en lo que haya participado. Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que algo iba mal. Podría echarle las culpas a mi estado mental, pero eso no es excusa. Sobre todo, porque ella me ha apoyado siempre.
—Ya has bebido bastante, Ava.
—¿De qué estás hablando? Todavía no he empezado. —Hago amago de coger el vaso, pero Cecy lo mantiene detrás de su espalda.
—Ni de coña. —Me agarra del codo y tira de mí para sacarme del centro del meollo, donde estaba cómodamente anidada. La gente empieza a preguntar.
«Ava, ¿vas a volver?».
«¿Vienes con nosotros a Ibiza, Ava?».
«Te traigo el último cotilleo, Ava».
«Ava, Ava, Ava…».
Me encanta la atención, las miradas hambrientas, el ímpetu irresistible de satisfacer todos mis deseos, mis necesidades, mis exigencias.
Les lanzo besos al aire y guiños a algunos de los chicos cuyos nombres apenas recuerdo.
Todo forma parte de mi mecanismo de defensa. Mi encanto, mi apariencia, mi popularidad.
Soy lo que ellos quieren que sea: coquetona, extrovertida, un prodigio inútil.
Cualquier cosa. Lo que sea.
Con tal de confiscar su atención, no me importa.
La atención mantiene a raya el vacío.
Y lo más importante, los cumplidos exagerados y los toqueteos poco inocentes mantienen alejados los pensamientos oscuros.
Aunque solo sea de forma temporal.
Mi mejor amiga, Cecily, deja el chupito de tequila sobre una mesa y sigue abriéndose paso a través de la multitud, llevándome a mí a rastras.
Yo tiro de su mano, la obligo a detenerse y envuelvo su cuello con mis brazos para hacerla bailar al ritmo de la música alta de la discoteca.
—¡Venga, vamos a bailar!
—Este no es mi rollo, Ava.
—Por favor, Cecy. ¿Por mí? —Bato las pestañas y la hago girar.
Mi amiga suspira y se mueve lentamente; no cuadra con mi energía. Yo meneo las caderas, y el rosa resplandeciente de mi vestido refleja las luces fosforescentes. Es tan corto que hay gente detrás de mí que debe de tener vistas en primera fila de mi culo.
Algunos chicos me animan y yo les lanzo besos, echo la cabeza hacia atrás y me río, dejándome llevar por la borrachera. La locura.
El vacío.
Unos chicos nos rodean y Cecily se pone en tensión; con sus manos me rodea la cintura de forma protectora.
Antes me tomaba a la ligera este sutil cambio de actitud, pero ya no. Ahora soy yo la que aparta de nuestro camino a los moscones que nos rodean y arrastro a mi amiga por el pasillo en busca de los baños.
Las paredes oscuras están decoradas con carteles roñosos de neón, típicos de Londres, y la luz roja proyecta un brillo cálido en el espacio tenuemente iluminado.
El caos de atrás se desvanece un poco, la música baja un tanto de volumen y Cecily deja escapar el aire al tiempo que se apoya en la pared.
—¿Lista para irnos a casa? —pregunta con cautela, casi con esperanza.
—Ya sabes lo que te voy a responder a eso. —Le pellizco la mejilla—. Vete tú. Sé que no te gusta salir de fiesta.
—Ni de coña te dejaré aquí sola si estás borracha, Ava. Esta discoteca está en mitad de la nada y da muy mal rollo. No sé por qué has querido venir aquí.
—Por ir a un sitio distinto de los típicos del Soho. Yo siempre me apunto a la aventura.
—¿Seguro que esto no es por el último certamen internacional de violonchelo?
Un dolor fantasma me hace presión en el pecho, pero esbozo la mejor de mis sonrisas.
—Nop. Tal vez no esté hecha para la música clásica y es mejor que me haga DJ. Además, es mucho más divertido.
—Ava… —La interrumpen un grupo de chicas borrachas que van riéndose y dando traspiés hasta la cola del baño.
Cecily toma mi mano entre las suyas.
—¿Quieres que pidamos comida basura y veamos de nuevo El diario de Bridget Jones?
—¿No tienes que irte con tu novio, yo qué sé, a Nueva York?
Vale, puede que esté un poco resentida, aunque sé que no tengo derecho a estarlo. Siempre pensé que Cecily era mi alma gemela. Mi persona. Mi hermana. La única que siempre me apoyaba.
Pero eso era antes de que me diera cuenta de lo mucho que dependía de ella. La molestia que le causaba. Ella era quien me soportaba en mis borracheras absurdas. La que me cuidaba y me limpiaba la frente después de vomitar para luego llevarme a la cama. Escuchaba mis tonterías y me dejaba invadir su espacio sin quejarse.
Después de que encontrara al amor de su vida y este tuviera a bien señalarme que me estaba aprovechando de su buena fe sin dar nada a cambio, lo odié.
Creía que odiarlo era una reacción lógica. Me ha robado a mi mejor amiga y nadie se merece a mi mejor amiga. Pero no, la realidad es que no soportaba a Jeremy porque me dijo una verdad que no he querido ver todo este tiempo.
Tenía razón. Dependía demasiado de Cecily. Era una pesada, demasiado infantil. Un desastre de proporciones épicas, por decirlo de alguna manera. Pero no es responsabilidad de Cecily mantenerme cuerda.
Por eso no dije ni mu cuando me contó que iba a mudarse con dicho novio a Estados Unidos, aunque me mate por dentro.
Lo de ahora se me ha escapado. Será culpa del alcohol.
Atrapo mi labio inferior bajo los dientes y lo muerdo con tanta fuerza que me sorprende no hacerme sangre.
—O sea, que no te parece bien, ¿no? —Me mira atentamente—. Lo sabía. Ya me sorprendía que no hubieras montado un numerito.
—Era broma —miento con los dientes apretados—. Vete a vivir tu vida, Cecy.
—Puedo quedarme unas semanas más.
—No, no dejes de vivir por mí.
—No eres una carga. —Me toma por los hombros—. Me preocupas, pero en plan un montón. Has estado bebiendo muchísimo, a estas alturas es prácticamente una adicción. No te has estado tomando tu medicación y caes en estos ciclos destructivos más a menudo de lo normal.
—Yo lo llamo pasarlo bien.
—Aceptar pastillas de desconocidos no es divertido. Es suicida.
—No son desconocidos. Son amigos.
—Pues no son muy buenos. —Suspira—. Yo no soy la única que está preocupada, Ava. Tus padres también lo están. ¿Es verdad que no has hablado con ellos desde que saliste del recinto del certamen?
—Les mandé un mensaje —digo con voz tomada, y trago saliva. Después exhalo hondo para aliviar la tensión.
—¿Y crees que con eso basta?
—Por ahora sí. —No estoy segura de poder hablar con mis padres sin venirme abajo. He tenido tres ataques de pánico en tres días. Sé que estoy cayendo en picado y que voy a tener un brote gordo en el futuro, pero eso no tiene por qué saberlo nadie. Y mucho menos Cecy, que por fin ha encontrado la felicidad que tanto se merece. Si descubre que algo va mal, no se irá a Estados Unidos, y no quiero seguir interponiéndome en su camino.
—Me tomaré la medicación cuando toque y beberé menos, te lo prometo. —Apoyo la cabeza en su hombro para que no vea la mentira flagrante en mis ojos—. Pero solo si me llamas todos los días por lo menos tres horas.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo. —Me aparto de mala gana y señalo con la barbilla en dirección contraria—. Ahora vete con tu novio y haz algo antes de que asesine al chico que se nos ha acercado en la pista de baile.
A Cecy se le iluminan los ojos cuando se gira hacia un chico alto de hombros anchos con todo el brazo lleno de tatuajes. Con una personalidad totalmente opuesta a la suya. Y, cágate, que es un príncipe de la mafia rusa de Nueva York.
Jeremy ha mantenido la distancia, pero nos ha estado siguiendo desde el principio. Y a todas partes. Estoy convencida de que el único motivo por el que no va pegado a Cecily es porque ella le ha pedido pasar un rato conmigo.
Aunque está al otro lado de la discoteca, no le ha quitado ojo en ningún momento. Sus ojos oscuros se encuentran con los suyos y, en ese instante, ya no veo a un cabrón terrorífico con una reputación que hace huir a la gente. Veo a un hombre que ama a mi amiga tan rabiosamente como ella lo ama a él. Un hombre que haría trizas el mundo solo para protegerla.
—¿Quieres que te llevemos? —me pregunta Cecy, que hace un tremendo esfuerzo por quitarle los ojos de encima a su novio.
—He conducido yo.
—Pero estás borracha.
—Solo me he bebido medio chupito y me lo has quitado antes de que pueda acabarlo. Estoy más que sobria.
—No es verdad.
—Pediré un Uber.
—Eso no es muy seguro.
—Le pediré al chófer de mi padre que me recoja. ¿Eso te parece lo bastante seguro?
—Supongo. Aunque preferiría llevarte a casa.
—Estaré bien.
—¿Estás segura?
—Vete antes de que Jeremy me odie más todavía por atreverme a ocupar tu tiempo.
—¿Desde cuándo te importa lo que piense de ti?
—Me da igual. Solo me importas tú, y tú quieres a ese capullo, así que tengo que soportarlo.
Cecily me da un abrazo rápido.
—Te quiero. Mañana vemos El diario de Bridget Jones, ¿vale?
—Vale.
—Mándame un mensaje cuando llegues a casa.
—Sí, mamá. —Le hago el saludo militar.
Mi amiga niega imperceptiblemente con la cabeza antes de ir en busca de Jeremy. Se aventura a mirarme una última vez con el entrecejo arrugado y sé que se está debatiendo entre quedarse u obligarme a volver antes a casa como una abuela.
Finjo la mejor de mis sonrisas y le lanzo unos besos. Antes de que cambie de opinión, Jeremy se planta delante de ella como una montaña. Le posa la mano en la parte baja de la espalda con una actitud algo posesiva y le dedica un beso corto pero apasionado en la boca que hace que mi amiga se olvide de mí.
Aunque solo le dura un momento, porque sigue mirándome mientras él la saca a rastras de la discoteca manteniendo a raya cualquier atención no deseada.
Cecily se merece eso y más. Si existe alguien en el mundo que merezca la felicidad y un hombre que solo vive cuando ella está cerca, es Cecily.
Me da un poco de envidia lo que ha conseguido, pero, claro, para tener algo así hay que ser generosa y buena persona como ella.
Inocente, incluso.
Con menos problemas mentales.
Más… normal.
Así que es inútil que yo albergue siquiera la esperanza de conseguir lo que ella tiene…, lo que tienen todas mis amigas.
Robo una copa de un chico que pasa por allí y me la bebo hasta el fondo, aunque me dan ganas de toser.
Whisky. Puaj.
Aun así, tengo educación. Así que beso mi dedo y lo poso sobre su boca para darle las gracias. Acto seguido, vuelvo a la pista de baile.
Una hora más.
Todavía no estoy preparada para enfrentarme al vacío que viene después.
Si estoy lo bastante borracha, tal vez olvide un poco.
Escape un poco.
Viva un poco.
Al cabo de unos minutos, estoy rodeaba de un grupo de gente. Algunos son amigos o compañeros de clase de la facultad de Arte. También hay caras nuevas.
Cuantos más mejor, en mi opinión.
Estamos de vacaciones de la universidad y es nuestro último año. Cecy ya se ha graduado y la Royal Elite University ya no tiene nada de divertido sin ella. Si no me diera absoluto pavor vivir otra vez en casa de mis padres y dejar que me vean de esta forma descarnada y dolorosa, habría pedido el traslado a una universidad de Londres.
Qué más da.
Por suerte para mí, no he venido aquí a pensar.
Deslizo los dedos por mi larga cabellera rubia y alzo los mechones para dejar al aire la espalda mientras me muevo sensualmente al ritmo de la música.
Unas manos calientes se posan en la piel desnuda de mis costados y las aparto con una actitud juguetona.
—Se mira pero no se toca, Ollie —grito por encima de la música.
No sé si me ha oído, aunque creo que le da igual, la verdad, porque sigue mirándome fijamente el escote, follándose con la mirada descaradamente mis largas piernas, mis hombros descubiertos y todo lo que alcanza su vista.
Llevo un vestido perfecto, la verdad.
El tirante anudado al cuello lo mantiene en su sitio y la cortísima longitud apenas me tapa el culo. Mis tacones tienen unas tiras como serpientes que me rodean las piernas de un precioso rosa brillante.
—Me lo debes por lo de antes, cariño —dice Oliver mientras baila conmigo, imita mis movimientos, mis pestañeos.
—¿Ah, sí? —me hago la tonta—. ¿Cuánto era?
—Soy caro.
—No tanto como mi fondo fiduciario, Ollie. —Le paso los dedos por debajo de la barbilla, acariciando su piel con mis uñas rosa fucsia, hasta que se le hinchan las fosas nasales—. Además, los dos sabemos que no estás pensando en dinero.
—¿Y tengo razón?
—Es posible.
Oliver tiene una belleza clásica: cara cuadrada, ojos color avellana y cabello rubio claro. Estoy convencida de que nos manoseamos bien hace un par de noches cuando me dejó en casa.
No estaba muy contento de que lo dejara sin satisfacer, pero sigue viniendo a por más, así que, si algún día estoy de humor, tal vez vaya más allá.
Ollie gruñe cuando muevo las caderas.
—Me estás matando, Ava.
—Lo sé —replico riendo, aunque el sonido lo engulle la música alta antes de morir de repente.
Por una mirada.
No, una mirada asesina.
Unos ojos fríos, calculadores y totalmente destructivos me tienen cautiva.
Como lo han hecho miles de veces en el pasado.
Y, al igual que todas esas veces, mi aprensión no se ha reducido lo más mínimo. Es más, cada vez soy más consciente de ello, y me asfixia más.
Es imposible saber desde dónde me está vigilando si no se deja ver del todo. Sin embargo, lo vea o no, soy totalmente consciente de su presencia.
Como un parásito. O, más en concreto, una cámara de seguridad de última tecnología que solo se fija en mí.
Unas gotas de sudor caen por mi espalda y la piel se me acalora sin medida.
De forma instintiva, dejo caer las manos de la cara de Ollie y ralentizo el movimiento mientras busco en cada rincón de la discoteca. Ahí es donde suele acechar, como una sombra. Es el señor y el maestro de la oscuridad.
Un puto fantasma.
Lo veo. Y ojalá no lo viera.
Eli King está apoyado en la barra como quien no quiere la cosa, con una copa en la mano y la otra metida en el bolsillo de sus pantalones negros recién planchados. Siempre lleva algo negro. Como un duque gótico de un castillo lejano. Un escalón más allá del tutor favorito de Drácula y Satanás. Le va a juego con la mandíbula afilada, los pómulos marcados y la personalidad cruel.
La camisa blanca impoluta que lleva le marca los hombros anchos y la complexión esbelta y musculosa. Tiene las mangas enrolladas, por lo que deja a la vista un reloj Patek Philippe tan caro que podría comprar a todos los que están en esta discoteca. Lo sé porque fui yo quien lo compró. Mi padre me echó una buena bronca por gastar tanto dinero, además. Hace siete años, le supliqué a mi abuela que me llevara a Suiza, donde nos vimos con un relojero jubilado al que rogué durante semanas antes de que accediera a hacer esa edición especial.
Sin embargo, Eli no sabe nada de esa jugada. Le pedí a la tía Elsa que se lo diera y me juró que jamás le diría que era un regalo mío. Así que cree que es un regalo de su madre por su vigésimo cumpleaños y seguramente siempre lo lleve por eso.
A pesar de las sombras, el caos, el ruido y las muchas personas que nos separan, lo veo claramente. Demasiado. Como si el mundo fuera transparente y él fuera lo único tangible.
Eli King ha sido mi condena desde el día que descubrí lo que significaba esa palabra.
Mi némesis.
El único hombre inmune a mis encantos.
En todo caso, los desdeña con una fría indiferencia. Como actualmente.
Sus ojos son un pozo oscuro sin fondo y el gris tormentoso de su iris nunca se encoleriza ni se inmuta. Nunca se desvía de la frialdad que me dedicó el día que me hizo trizas el corazón y lo pisoteó con todas sus fuerzas.
«Date la vuelta y quita tu molesta presencia de mi vista. Así fingiré que no he escuchado esa confesión tan vergonzosa».
Sus palabras me siguen doliendo, a pesar de los años que han pasado. Quien dijo que el tiempo lo cura todo está claro que no conoció a Eli King.
Es peor que una herida infectada que se niega a sanar y más brutal que una guerra sin fin.
Por otro lado, esa terrible pérdida del buen juicio por mi parte logró que mis sentimientos cambiaran por completo. Antes estaba ciega, pero ahora lo detesto.
Quiero incordiarlo.
Molestar cualquier sentimiento que tenga para joderle el día y destrozar esa vida que tan cuidadosamente ha creado.
Eli me observa y yo le devuelvo la mirada sin vacilar, aunque me quemen sus ojos gélidos, aunque sienta que me hace trizas por dentro, jamás apartaré la vista de ese capullo.
Como esta noche me siento especialmente suicida, gracias a mis espectaculares fracasos y, posiblemente, al cóctel de sustancias que me he metido, cojo las manos de Ollie y las coloco de nuevo en mis caderas.
Mi piel no arde. No rompe a sudar ni experimenta esa sensación aplastante de erotismo misterioso.
Pero me basta.
Envuelvo el cuello de Ollie con los brazos y bailo más lento que el ritmo de la música, de forma provocativa, meciendo las caderas, rozando los pechos. La música vibra por todo mi cuerpo, el bajo reverbera en mi pecho y hace que mi corazón bombee una sinfonía de caos y rebeldía.
Sentir los ojos de Eli es un elixir tóxico que se arremolina y burbujea en mi interior, un brebaje que promete una escapatoria temporal de la realidad y una falsa sensación de felicidad.
Ollie me sigue el ritmo, me toca, me acaricia y cae en mi trampa, pero no le presto atención. En ningún momento rompo el contacto visual con el dilema que está apoyado en la barra y que se muestra ajeno y absolutamente indiferente a lo que estoy haciendo.
Así que me paso los dedos por el pelo, lo levanto y me muerdo el labio inferior sin dejar de contemplar su negra alma.
—Que te jodan —vocalizo.
Es entonces y solo entonces cuando reacciona. La comisura de sus labios compone una sonrisa de lo más sádica y entretenida y, acto seguido, le da un buen trago a su copa.
Whisky de malta. A palo seco.
Odio saber todos esos detalles sobre él. Ojalá sufriera amnesia para poder olvidarme de Eli, de su bebida favorita, de sus elecciones de ropa y de toda su malvada personalidad.
Ollie se acerca a mí hasta que quedamos prácticamente pegados. Su olor, viril y masculino, me hace sentir sofocada, pero me aguanto y deslizo el dedo índice por su barba incipiente. Me obligo a centrarme en él por completo.
A darle a Eli el espectáculo que está buscando.
No tengo ni idea de por qué no me deja en paz cuando es evidente que no tiene ningún interés en mí, pero pienso seguirle el juego hasta el final.
Al menos hoy.
La mayor parte del tiempo lo evito como la peste. ¿Qué? No siempre voy borracha y, cuando se trata de Eli, mi coraje (o mi estúpida impulsividad) depende mucho de la cantidad de alcohol y drogas que corran por mis venas.
Levanto la cabeza, pero dejo de moverme cuando descubro un hueco vacío en la barra. Me aprisiona el pecho un sentimiento extraño de decepción, algo que detesto con todo mi ser.
Más de lo que detesto a este hombre.
Siento una vibración en el sujetador y me sobresalto. Después me separo de Ollie para mirar mi móvil.
Ariella
Llámame. ¡Es una EMERGENCIA!
El corazón me da un vuelco mientras salgo a trompicones de la pista de baile, ignorando las objeciones de Ollie y de los demás, y subo a la sala VIP que hemos reservado esta noche. Cierro la puerta al entrar y recorro de un lado a otro el espacio hortera de sofás de cuero rojo y paredes negras.
Mi hermana pequeña responde en cuestión de segundos.
—¡Ava!
—¿Qué ha…? —Trago saliva—. ¿Ha pasado algo? ¿Mamá y papá están bien?
—Están bien.
—¿Y los abuelos?
—Viviendo su mejor vida en un crucero por el Mediterráneo.
—Vale…, entonces ¿cuál es la emergencia?
—Supuse que esta era la mejor manera de que me llamaras.
Dejo escapar el aire, largamente y con pesar, y me apoyo en el reposabrazos de un sofá.
—Ari, hija de puta, me has dado un susto de muerte.
—Venga ya. No será peor que el susto de muerte que nos diste a nosotros en el certamen para después desaparecer por completo.
—No he desaparecido. Además, no pasa… nada.
—Si «nada» significa quedarte paralizada a media nota durante, no sé, cinco minutos y después salir corriendo del escenario.
—Tuve… un bloqueo.
«De los sentidos. De la existencia».
«Literalmente dejé de ser yo en ese momento».
—¿Y no podías, yo qué sé, hablarlo con nosotros?
—¿Para que os compadezcáis de mí?
—Para que te apoyemos, idiota. Mamá y papá están preocupados por ti. Yo estoy preocupada por ti.
Me muerdo la comisura del labio. ¿Por qué coño tengo que ser así y preocupar a todas las personas que quiero con mi salud mental?
—Mañana hablamos cuando se me pase la resaca. ¿Puedes decirle a mamá y a papá que estoy bien y que estoy ensayando para el próximo certamen?
—Claro. ¿Cuánto me vas a pagar por mentir?
—Venga ya, zorra, si te encanta mentir.
—Más me encanta que me paguen. —Me la imagino sonriendo como una loca—. ¿Por qué no me dices el horario de Remi de esta semana y estamos en paz?
—Ari…, eres mi hermana pequeña y te quiero, pero tienes que aprender a pillar la indirecta cuando un hombre no tiene interés en ti y pasar página.
—Pues tú bien que caíste como una tonta a los pies desinteresados de Eli.
Me toco el pelo y me aclaro la garganta.
—Y después pasé página sin mirar atrás. De hecho, odio a Aquel-Que-No-Debe-Ser-Nombrado.
—Como debería ser, hermana.
—¿Puedes hacer tú lo mismo?
—Nah. Eli es un psicópata que no muestra ni pizca de emociones humanas. Mi Remi es distinto. Es un caballero encantador y el sueño de toda mujer. Simplemente necesita un empujoncito para que vea al amor de su vida, o sea, a mí.
Sonrío a pesar de todo.
—No te vas a rendir, ¿verdad?
—Solo cuando mi anillo esté en su dedo.
—Por Dios. ¿Estás pensando en casarte a los dieciocho años?
—Estoy enamorada de él desde los once. Voy con siete años de retraso, la verdad.
—Madre mía.
—Pero volvamos a lo que nos atañe. Vas a decirme su horario, ¿verdad, Ava?
—Nop.
—¿De verdad merece la pena perder mi apoyo para que mamá y papá te frían a preguntas? Piénsatelo bien, hermana.
—Uf, eres una cabrona.
—Me parezco a la cabrona guapísima que tengo por hermana. Mua, ja, ja.
Estoy a punto de insultar de mil formas diferentes cuando oigo que la puerta se abre a mi espalda.
—Dame un momento, Ollie…
Mis palabras se quedan en el aire cuando miro hacia la puerta y me quedo atrapada al instante en la profundidad de esos ojos.
Fríos. Indiferentes. Tormentosos.
Trago saliva con dificultad, me da igual si mi hermana lo nota.
—Luego hablamos.
—Solo si vas a darme ese horario. Adióóós.
Ari cuelga y el pitido repentino casi me hace dar un brinco. Aunque no tiene nada que ver con mi hermana, sino más bien con el hombre cuya altura y anchura ocupan toda la puerta.
Me yergo y echo los hombros hacia atrás, aunque me resulta imposible relajarlos.
—¿A qué debo este placer?
Me enorgullezco de lo aburrida que suena mi voz. Me ha llevado mucha práctica sonar tan fría e indiferente como él.
Eli se aparta de la puerta y, aunque ha dejado de bloquearme la salida, su presencia sobrecarga mis sentidos en cuestión de segundos.
Imponente. Intimidante. Asfixiante.
No puedo apartar la mirada de él, porque sé que con un solo paso en falso habré perdido el juego.
Un solo movimiento estúpido y perderé otro trozo de mi alma, esa que apenas se sostiene en pie.
—La verdadera pregunta es… —Su voz aterciopelada y profunda me acaricia la piel como un látigo—. ¿Qué has hecho tú para causarme tan poco placer, Ava?
DOS
Ava
Hace mucho tiempo, cuando era joven y estúpida, pensaba que este hombre era un dios.
El único dios en la Tierra. El único que podía ver de cerca. El único al que podía adorar sin temor a algún sistema de recompensa y castigo.
Expresaba mi dedicación como una fanática religiosa y una fundamentalista lunática, hasta que la grandiosidad se hizo trizas ante mis propios ojos.
El dios nunca fue un dios, en realidad. Se parece más al diablo: pecador, seductor y destructor.
Ahora entiendo por qué la gente que deja una religión se muestra tan desdeñosa con ella. Comprendo a la perfección que la saboteen, que mancillen su nombre y escriban palabras de odio en foros online del internet profundo.
Cuando le das tu dedicación a un dios que no lo merece y además te arruina la vida, no te queda otra más que aborrecerlo para no acabar odiando esa versión estúpida de ti mismo que lo adoró en su día.
Cuando perseguía a ese dios como un cachorrito enamoradizo y él me dirigía la mirada una vez de higos a brevas, casi me daba un infarto de la emoción. Tenía suerte de que reconociera mi existencia un hombre que tenía a chicas tirándose a sus pies, porque yo era la única que se le acercaba.
Ahora veo claramente lo que es: indiferencia.
Respondo a la mirada gélida de Eli con apatía.
—Ah, perdona. ¿Estás insinuando que me importa tu opinión sobre lo que hago?
Eli se acerca en silencio, con suavidad, con una actitud algo perturbadora. Me veo obligada a echar la cabeza hacia atrás para mirarlo fijamente.
Es que Eli está hecho para mirar por encima del hombro a cualquier persona y se le da estupendamente. Le añade una pizca de arrogancia y una cantidad poco saludable de desdén absoluto.
Así hace sentir a los demás que no valen más que la mota de polvo que hay bajo sus pies.
Se debe a lo guapo que es, claro. Nació con una apariencia superior, gracias a sus padres, por lo que no tiene ningún mérito. Lo que sí tiene es una cara que hace que la gente se pare a contemplar esa mandíbula ridículamente marcada, esos pómulos perfectamente proporcionados y esos labios asombrosamente carnosos.
Sin embargo, el rasgo más característico de Eli siempre han sido esos ojos llenos de misterio.
La gente dice que los ojos son la ventana del alma, pero es imposible saber qué está pensando, por mucho que los contemples. Son profundos, tan profundos que en su día me sentía atraída por ellos. Luché, me revolví y ansié ser la única que los entendiera.
Lo bueno es que ya he salido de esa neblina y me importan una mierda los planes demoniacos que tiene en mente.
Eli se detiene a unos pasos de distancia, pero con eso basta para inundar mis sentidos con su aroma, algo sutil y masculino que está hecho específicamente para él, porque nunca lo he olido en ninguna otra parte.
—Es evidente que te da igual mi opinión.
—Pues sí. —Me cruzo de brazos para evitar que mis manos delaten mi estado mental. Si algo he aprendido de Eli es que es un manipulador y depredador nato que no duda en usar las debilidades de los demás en su contra. Les arruina la vida aprovechándose de los momentos en los que pierden el control. Los aniquila por completo hasta que ya no queda nada.
—Pero sí te importa lo suficiente para montar escenitas delante de mí. —Ese leve deje de su voz grave me pilla desprevenida.
—Tú crees que eres el sol y que el mundo gira a tu alrededor, y siento reventar tu burbuja, pero no, no monto escenitas por ti.
—¿Ni siquiera cuando me estás mirando todo el rato que pasas moviéndote como una estríper?
Me fuerzo a sonreír, negándome a caer en la provocación.
—Ya me conoces. Me encanta llamar la atención de mis admiradores.
Sus labios esbozan una curva hacia arriba.
—¿Ahora soy uno de tus admiradores?
—Es evidente. Si no, no me estarías siguiendo como un tonto. Lo siento, pero no eres mi tipo.
—¿Esta es la parte en la que me pongo de rodillas a suplicar?
—Me temo que no te serviría de nada.
—¿Y si te mando flores y una caja de bombones?
—Qué poco original. Esfuérzate más.
—¿Y si lloro en mi almohada?
—Solo si me dejas presenciarlo en persona.
—Entonces tengo una oportunidad. Genial.
Se me escapa un suspiro de exasperación que pone fin a este estúpido toma y daca. Odio que se divierta de esta forma cuando se propone sacarme de mis casillas. Y siempre caigo en la trampa.
—¿Qué quieres, Eli?
—¿De ti? Nada.
—Y aun así me persigues como un fantasma que busca venganza.
—Más bien como uno de esos fantasmas malvados que te dan un susto de muerte solo para reírse un rato.
—Ja, ja. Hala, ya me he reído. ¿Hemos acabado?
—Se supone que tienes que asustarte.
—Ah, espera. —Me pongo las manos a cada lado de la cara, como si estuviera viendo una película de miedo—. Estoy aterrorizada. Asustadísima. Sácame de esta película de serie B. ¿Eso te vale por hoy?
—Se te ha deshecho el nudo —dice señalando mi pecho.
Por instinto, me tapo con una mano. Pero entonces bajo la vista y veo que la tira está en su sitio.
Una palada de irritación se suma a la montaña de irritación previa. Lo miro con ojos entornados.
—¿Ah, no? Me equivoqué. —No suena en absoluto apenado—. Pero, claro, no tendrías que preocuparte por eso si no fueras vestida como una estríper.
—Te llamaré cuando me importe una mierda lo que puedas pensar de mí.
—Qué graciosa eres.
—Y guapa y popular. ¿Adónde quieres llegar?
—Y creída también, por lo que veo.
—No, eso te lo dejo a ti. —Pongo una mano en la cadera—. Ahora, si me disculpas, tengo gente mejor con la que pasar mi tiempo.
Paso a su lado con la cabeza bien alta, preparada para olvidar este desafortunado encuentro como todos los anteriores.
—He oído que hoy has quedado como una tonta. Otra vez.
Mis tacones rechinan en el suelo cuando me detengo de sopetón y me giro para mirarlo. De repente, tengo sed. De alcohol.
O de cualquier cosa que alivie este dolor quedo de mi garganta.
Me cruzo de brazos y adopto mi voz más burlona.
—Alto ahí, soldado. ¿Te importaría bajar ese nivel de acoso?
—No te pongas chulita conmigo, Ava. ¿Qué te ha pasado esta vez? ¿No te han funcionado las pastillas?
—Vete a la mierda —le espeto.
—No me interesa contraer el nido de ETS de los pringados con los que fraternizas.
—No son peores que tus follamigas.
—Mis follamigas se hacen pruebas, al contrario que los drogadictos con los que te juntas. Y no intentes cambiar de tema. ¿Por qué saliste huyendo esta vez? ¿Qué viste? ¿O qué no viste?
Me quedo boquiabierta y lo miro como si fuera un extraterrestre. ¿Qué es lo que sabe? ¿Cómo lo sabe?
No tiene sentido.
Sí, como nuestras familias se llevan bien y su madre es mi madrina, sabe de mis problemas mentales. Pero, como todo el mundo, cree que es depresión, ansiedad y un leve caso de psicosis. Podría deducir la medicación y, teniendo en cuenta cómo me acosa, sabrá del alcohol y las drogas que tomo. Pero nada más.
Es imposible que sepa lo que me carcome por dentro.
Levanto la barbilla.
—No sé de qué me hablas.
Eli entorna los ojos. Grises. Tormentosos. Calculadores.
Sé que está ideando algún plan para hacerme hablar, pero si eso no funciona, estoy segura de que me obligará por las malas. Por mucho que patalee y grite.
Sobre todo si pataleo y grito.
—Suéltalo, Ava. No me obligues a recurrir a los métodos desagradables que ambos sabemos que eres incapaz de soportar.
Unas gotas de sudor me bajan por la espalda por debajo del vestido, y la temperatura de la sala sube un tanto. Se me seca la garganta y me resulta especialmente complicado tragar saliva.
—No sabía que te preocupabas tanto por mí. —Le dedico mi sonrisa más generosa—. Qué halago.
—¿Preocupado? Más bien avergonzado.
—Para avergonzarte de mis acciones tienes que preocuparte por mí, y los dos sabemos que no cuentas con esa emoción en tu arsenal.
—Pero sí está en el de mi madre. Me llamó para preguntar por tu «preocupante salud mental».
Lo que más odio de Eli es que su madre sea Elsa King, es decir, mi madrina y una segunda madre para mí.
A veces no puedo creer que esa mujer tan considerada y buena persona diera a luz a este demonio. Me sorprende que no se la comiera desde dentro cuando estaba en el útero, como un parásito.
—Ya hablaré yo con la tía Elsa. Mantente al margen de esto.
—Lo haré si tú dejas de ser tan desastre. Te estás convirtiendo en una vergüenza para tu familia. Estoy seguro de que tu abuelo, el ex primer ministro, no aprobaría tu escandaloso estilo de vida si lo viera en las revistas del corazón.
Aprieto tanto los dientes que me duele la mandíbula.
—Gracias por preocuparte de un modo tan enternecedor. Por favor, deja de obsesionarte con mi vida. La desesperación te sienta fatal.
—¿Y a ti te queda mejor? —Sus labios vuelven a curvarse de forma irritante, y requiere de toda mi fuerza de voluntad no darle un bofetón.
—Si has acabado… —Hago amago de salir, pero Eli se coloca delante de mí, bloqueándome la luz, la puerta y el oxígeno.
La primera y última vez que Eli me tocó fue hace cuatro años, cuando yo tenía diecisiete, y puso fin a mi cumpleaños, convirtiéndolo en un desastre de lo más bochornoso.
Desde entonces, no ha vuelto a hacerlo. Ni siquiera por casualidad. Pero eso no impide que su calor me engulla y su olor invada todos mis sentidos.
Irradia demasiado calor para ser un cabrón tan frío.
—Vete a casa, Ava.
—¿Desde cuándo me dices lo que tengo que hacer?
—Desde que es evidente que no piensas con claridad. No te lleves a nadie a casa. No conduzcas. Pilla un taxi y lárgate.
—Anda, ¿no vas a ofrecerte a llevarme tú?
Enarca una ceja perfecta.
—¿Habrías aceptado esa oferta?
—No.
—Entonces ¿para qué voy a hacerla?
—¿Para darme el gusto?
—Ya te dan el gusto todos los demás. No pienso sumarme a la lista.
—No entrarías en ninguna lista, no te preocupes.
—Lo dudo. —Se acerca un paso más; su calor corporal me envuelve como una nube gris, y su voz se agrava—. Márchate.
—La respuesta es no.
—¿Por rencor?
—No eres mi tutor legal.
—Te daré la razón si con eso duermes mejor por las noches.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Vete a casa —repite, y después se gira para marcharse. Cuando llega a la puerta, me lanza una mirada resentida por encima del hombro—. Sola.
Contengo el impulso de hacerle un corte de mangas y me quedo ahí plantada echando humo, con el cuerpo ardiendo y el corazón bombeando con tanta fuerza que me sorprende que no salpique la fea alfombra de la sala.
Mi cabeza está tan desorientada que necesito unos minutos más para recomponerme.
Diez minutos después, encuentro el camino de vuelta a la pista de baile. Que le den a Eli y a sus órdenes que no pienso cumplir.
Dejo que me absorba un remolino confuso de éxtasis, un mejunje de sustancias y emociones que me transportan al reino de la felicidad hedonista. Entre las almas perdidas y los cascarones vacíos, encuentro consuelo y aceptación, un sentimiento de pertenencia que hace que todo lo demás se difumine.
Así que me tomo otro chupito, bebo hasta casi desplomarme y, después, accedo a ir con Ollie y los demás a un after.
Que le den a Eli.
Que le den al violonchelo.
Que le den a mi puta cabeza.
Para cuando salimos de la discoteca, es algo más de la una de la madrugada.
No debería conducir, pero la casa de nuestro amigo Raj está como a diez minutos, y a estas horas las calles están desiertas, así que todo irá bien.
Además, yo aguanto el alcohol estupendamente, de modo que ni siquiera voy tan borracha. Solo lo suficiente para ver el mundo a través de un cristal rosa, mi color favorito.
Voy dando tumbos hasta mi coche y les digo a los demás que se adelanten. Ollie se ofrece a conducir en mi lugar, pero lo rechazo con una sonrisa.
Antes de salir del aparcamiento, le mando a Cecily ese mensaje de que estoy en casa, como una buena mentirosa. Pero es porque si cree que sigo de fiesta, no podrá dormir.
Lo que Cecy y mis padres no saben es que me niego a pasar tiempo a solas si no es imprescindible.
Por Dios. No puedo creer que vaya a graduarme en unas semanas. ¿Qué voy a hacer sin ese amortiguador que me da la universidad?
¿Hacer otro grupo de amigos fuera? ¿Unirme a mil clubes?
Tengo que permanecer fuera del radar de mis padres, sea como sea, antes de que lo descubran todo.
Con un suspiro, relego todos esos pensamientos al fondo de mi armario mental y me retoco el maquillaje.
Me vibra el móvil y me quedo petrificada al ver que es un mensaje de Eli.
Hombre de Hojalata
¿Te vas a casa?
Yo
Móvil nuevo. ¿Quién eres?
Hombre de Hojalata
Más te vale que estés de camino a casa.
Yo
Por cien pavos, adivina dónde estoy.
Me hago un selfi con morritos y se lo mando. Luego silencio el móvil y saco el coche del aparcamiento. Casi me estampo con un muro, pero la cámara de mi coche me salva a tiempo.
Ups.
Sigo el GPS y le pido por voz al coche que ponga algo de música. Suena la suite n.º 2 para chelo de Bach en re menor, y a mí se me escapa un resoplido de fastidio. Presiono con fuerza el botón de la radio y me decanto por algo de música pop.
La música clásica y yo nos hemos divorciado oficialmente.
Eso es lo que dije después de mi intento fracasado de ganar el certamen del año pasado.
Y, aun así, regresé este año. Para hacer el tonto todavía más.
«¿Qué viste? ¿O qué no viste?».
Las palabras de Eli me provocan un escalofrío en la espalda.
Es imposible que lo sepa, ¿no?
Nadie lo sabe…
Me quedo mirando el espejo retrovisor cuando me percato de que se acerca un coche con los faros apagados.
¿Cuánto tiempo lleva siguiéndome?
Miro hacia delante, pero la calle está despejada.
Mierda.
Vale.
Sacudo la cabeza para recuperar la concentración y aumento la velocidad, solo un poco por encima del límite permitido.
El coche iguala mi velocidad fácilmente, y mi corazón empieza a galopar a un ritmo terrorífico. Le pido por voz a mi teléfono que llame a la policía.
En estas situaciones nunca se es demasiado precavida. Aunque esté exagerando.
Llego a una intersección y piso los frenos al ver que viene un coche a toda velocidad. Joder. Un BMW. Cómo no.
El coche sospechoso que tengo detrás se detiene, al mismo tiempo que alguien responde al teléfono.
—Departamento de Emergencias de la Policía Metropolitana, ¿en qué puedo ayudarle?
—Me está siguiendo un coche extraño con los faros apagados —respondo pisando de nuevo el acelerador, que hace que el coche se embale hacia delante de sopetón. Mi cuerpo se pega al asiento y las ruedas chirrían.
—Mantenga la calma, señorita. ¿Podría decirme su nombre?
—Ava… Ava Nash.
—¿Puedo llamarla «Ava»?
—Sí.
—¿Puede decirme dónde se encuentra, Ava?
—No estoy segura. Cerca de la M25. Espere… —Miro de reojo el GPS y lo siguiente que oigo es el pitido estruendoso e insoportable de un camión, justo antes de que me cieguen sus luces brillantes.
Giro el volante tanto como puedo y piso el freno. Mi coche da bandazos mientras giro una y otra vez, hasta que resuena en mis oídos un horrible crujido.
Lo último que veo son los ojos que me siguen a todas partes.
Oscuros. Fríos. Destructivos.
TRES
Ava
Noto un regusto amargo en la garganta seca.
Al toser me ahogo y se me escapa un sonido de los pulmones que suena a quejido largo y torturado.
La oscuridad se materializa a mi alrededor con una finalidad deprimente, ya que he perdido toda sensación de mi cuerpo.
No sé dónde estoy.
Lo que me rodea es la más absoluta oscuridad.
Mi cabeza sigue el movimiento tentacular de unas manos oscuras que me agarran.
En mi vientre queda atrapado un sonido estrangulado y siento la asfixia del ataque de pánico envolviéndome la garganta.
No…
No…
No.
Parpadeo y, poco a poco, como si fuera una película a cámara lenta, me engullen los colores granulados de la realidad.
Lo primero que veo es la ligera condensación de la máscara de oxígeno que tengo pegada a la cara, seguida de las paredes blancas y relucientes.
La oscuridad queda relegada a mi visión periférica como si fuera una serpiente y, al hacerlo, recobro la consciencia.
Una máquina que pita.
El olor del hospital y a aceite esencial de menta.
Mi cuerpo regresa poco a poco a la realidad.
Me llamo Ava Nash. Tengo veintiún años. Me encanta la música clásica y leer novelas históricas subidas de tono. Veo comedias románticas cursis o documentales de crímenes… No tengo punto medio. Estoy un poco obsesionada con el color rosa, podría comer algodón de azúcar todos los días, no me canso de las palomitas de caramelo salado y podría sobrevivir bebiendo batidos, siempre y cuando sean de fresa.
Como siempre que sufro un brote, me repito el mantra que diseñé yo misma. Es mi intento de demostrar mi existencia a mi yo más oscuro. La versión que parece olvidarse del mundo y que sucumbe a un entumecimiento pavoroso durante largos periodos de tiempo.
Respiro hondo mientras se apartan los últimos resquicios de la niebla y meneo un poco los dedos de los pies. Es un hábito que he adoptado para asegurarme de que estoy aquí. En el presente.
Mi otro yo no tiene la capacidad de mover los dedos de los pies. Una vez vi unas grabaciones de seguridad de casa de mis padres. Cuando estoy en ese estado, parezco un robot: demasiado rígida y sin emociones.
Demasiado perdida.
Mi cuerpo recupera la sensibilidad poco a poco y ahí es cuando me percato de que mi mano derecha está caliente.
Muy caliente.
Doblo el cuello, y el frufrú de la almohada rompe el silencio.
—¿Ava?
Una voz grave y áspera penetra la niebla de mi cerebro y me cuesta recordar cómo se respiraba con normalidad.
Eli me está sosteniendo la mano entre las suyas y me mira fijamente desde la silla que hay junto a mi cama.
Pensaba que ya me había despertado.
¿Estoy sufriendo otro brote? ¿O peor, una pesadilla?
Trago saliva, pero tengo un nudo atascado en la garganta. Así que vuelvo a mover los dedos de los pies y sí, siguen activos. Esto es real.
¿Cómo…?
Contemplo el rostro brutalmente bello de Eli, como si fuera a prorrumpir respuestas de por qué se encuentra a mi lado.
Por algún motivo, parece mayor que la última vez que lo vi. Una barba incipiente cubre la línea marcada de su mandíbula y tiene el pelo más largo, desordenado, peinado con los dedos. También parece un poco cansado, sus labios han perdido algo de color, como si estuviera resfriado.
Un momento.
¿El pelo crece en cuestión de horas?
¿En un día?
¿En dos?
Entorno los ojos e intento recordar lo último que ocurrió. Iba a ir a un after con Ollie, Raj y los demás, pero entonces… yo…
Un coche sin faros.
La llamada a emergencias.
La luz cegadora.
Un camión.
Un accidente.
Unos ojos tormentosos, duros y despiadados.
Los mismos ojos que me están mirando fijamente ahora.
—¿Ava? ¿Puedes oírme?
El timbre áspero de su voz casi me provoca un ataque de pánico aún peor. El corazón se me desboca y las máquinas se vuelven locas. Más locas que ese deje de preocupación en su voz.
Eli masculla entre dientes y empuja algo sobre mi cabeza mientras me acaricia la cara.
—Respira, Ava. Joder, vamos, guapa. Respira.
Dejo de sucumbir al pánico un instante porque… ¿qué? ¿Qué está pasando?
Me ha llamado «guapa» y me está tocando. De hecho, me ha estado tocando desde que he despertado.
Eli nunca me toca.
Cuanto más miro sus ojos, más se acompasa mi respiración. Son diferentes. Pero ¿cómo…? ¿Por qué…?
—Eso es. Buena chica.
Mi corazón da un vuelco y se me entrecorta la respiración. La máquina pita más fuerte y mi mundo se pone del revés.
¿Eli acaba de decir que soy una buena chica?
¿Eli King?
Vaya.
Entonces sí que debo de estar soñando. Esperemos que no se convierta en una pesadilla donde me clava una lanza en el pecho y se ríe como un loco cuando mi sangre le salpique sus valiosos zapatos.
Cierro los ojos y me permito volver a la realidad. Esto es demasiado cruel hasta para el nivel de mis sueños, que suelen ser raros.
—Ava…, abre esos ojos. Mírame.
Lo miro de reojo y me arrepiento al instante. Sus ojos grises y sombríos están tan enfadados como un huracán y son tan tentadores como el mismísimo diablo.
—¿Te encuentras bien?
Sus palabras no casan con su expresión. Suena preocupado, pero parece aburrido. Frío. Indiferente.
Como el Eli al que estoy acostumbrada y el Hombre de Hojalata que todos conocemos y odiamos.
Este impostor que se vaya a la porra o, al menos, que se esfuerce un poco más en sonar sardónico e insoportablemente sarcástico, como el Eli de verdad. Dos estrellas de cinco en Trustpilot: debe mejorar sus habilidades de imitación.
Me retiro la mascarilla de la cara con una calma que no esperaba. Sinceramente, después de ese accidente, con un camión nada menos, esperaba morir o, cuando menos, quedarme paralítica para siempre. En el mejor de los casos, acabaría con unos cuantos huesos rotos. Miro mi cuerpo, mis manos, y vuelvo a mover los dedos de los pies.
Nada.
Es imposible que haya salido de esta sin un rasguño.
Espera. ¿Acaso he soñado el accidente?
Aunque, puestos a especular, diría que el sueño es lo que está sucediendo ahora, no lo otro.
Tal vez estoy muerta y este es el intento de algún ángel benevolente de ofrecerme una experiencia soñada de lo que no tuve cuando estaba viva.
Qué bien. Muerta a los veintiuno. Menuda pérdida de potencial.
Aunque tal vez sea algo bueno teniendo en cuenta todas las putadas que me han estado sucediendo últimamente. Y la carga que soy para todos los que me rodean.
Hago amago de incorporarme, pero me detengo. Eli me ayuda y coloca una almohada en mi espalda para que esté cómoda.
Tal vez he quedado desfigurada y por eso muestra esta compasión. Aunque Eli no suele hacer eso.
Si la compasión se encontrara con Eli en un callejón, se clavaría un puñal en el ojo y Eli pasaría por encima y seguiría por su camino tan alegremente.
Me toco la cara y noto una textura normal. No hay vendas. Hum. No entiendo nada, la verdad.
—¿Qué estás haciendo aquí, Eli? —pregunto en voz baja, con algo de carraspera. Me suena extraña, como si llevara días gritando.
Eli se yergue cuan alto es, majestuoso con su camisa negra y sus pantalones grises. Su presencia digna de un dios y la pizca de intimidación que me recorre cuando estoy a su lado palidece en comparación con otro fenómeno.
Sus ojos.
Por primera vez en mi vida, los veo más grandes. Parecen de un gris más claro, como un día nuboso de verano.
—Dilo otra vez —dice con cuidado.
—¿Qué estás haciendo aquí, Eli? —Noto la irritación en mi voz y tengo que tragar saliva para aliviar la incomodidad.
Antes de que pueda responder, veo la sombra de mis padres cruzar la puerta. Los dos tienen sendas tazas de café en la mano y hablan en susurros.
Creo escuchar «otra vez» y «eso ya no es posible». Me pongo en tensión para seguir escuchando, pero los dos se detienen al levantar la cabeza y verme.
Siento cierto consuelo, mezclado con una pizca de intranquilidad. Joder. Los estuve evitando todo lo posible después del concurso, pero un coche desconocido con los faros apagados nos ha traído a este momento tan poco glamuroso.
—Hola, mamá, papá… —digo con culpabilidad, y pierdo la noción de lo que digo al verlos tan asombrados, como si yo fuera un fantasma.
Algo va mal.
Los dos parecen agotados, como si hubieran envejecido cinco años desde la última vez que los vi. Mi padre, Cole Nash, es el hombre más comedido y el padre más generoso del mundo y, sin embargo, ahora parece estar a punto de venirse abajo por algún motivo. Sus ojos preciosos de color verde, que siempre me han recordado a un agua de manantial exótico y resplandeciente, parecen apagados.
También ha perdido peso.
Mi madre está peor. Su melena rubia, habitualmente brillante, la que yo he heredado, ahora me parece apagada y, por extraño que resulte, la tiene recogida en una coleta alta. Tiene la piel blanquecina y el rostro compungido.
Silver Queens Nash es famosa en todo el mundo. Y no porque mi abuelo fuera primer ministro del país, mi abuela fuera política o mi padre sea un tiburón de los negocios. La conocen porque dirige varias organizaciones benéficas y trabaja muy duro para hacer de nuestro mundo un lugar mejor.
De ella aprendí lo que es la empatía, la compasión y ser muy consciente de mis privilegios y de cómo usarlos para ayudar a los demás.
Mis padres son el motivo de que tenga unos valores tan marcados respecto al amor, la familia y la comunicación.
Nos enseñaron a Ari y a mí lo que valíamos mucho antes de que nosotros entendiéramos qué significaba eso.
Así que me mata ver que soy el motivo de esa mirada tan vacía.
—Ava, cariño… —Mi madre me envuelve con sus brazos y me da un abrazo que me deja sin respiración.
—¿Está…? —Veo la mirada calculadora de mi padre desviarse hacia Eli. Intercambian un entendimiento antes de que mi padre asienta y deje escapar un suspiro entrecortado.
Pero ¿qué coño está pasando?
A mi padre nunca le ha caído bien Eli. Pero nunca.
Lo llama psicópata desde que cumplió los doce años y se ha peleado en muchas ocasiones con el tío Aiden, el padre de Eli, por eso mismo.
Lo empezó a odiar con más ahínco cuando vio que yo estaba medio enamorada de él y me advirtió que me ahorrara el sufrimiento, como si Eli fuera una chispa de fuego y yo una casa llena de gasolina.
Ni que decir tiene que es el único que me sigue el rollo cuando digo barbaridades sobre Eli. Así que el hecho de que esté compartiendo un asentimiento con la misma persona a la que llama «fugitivo de la cárcel» y «delincuente privilegiado» me resulta extraño, por decirlo de alguna forma.
Esto debe de ser un sueño.
Mi madre se separa de mí, pero su tacto no me parece irreal. Noto su calidez y el aroma de su perfume a cereza favorito. Es ella. Mi madre.
—¿Te encuentras bien, cariño? —pregunta apartándome el pelo de la cara.
Mi padre se sienta a su lado y yo los miro a ambos y después a Eli, que está de pie a sus espaldas como un muro, con ambas manos en los bolsillos y una mirada esquiva.
—Sí —respondo—. Papá, ¿qué está pasando? ¿Dónde está Ari?
—Ha ido a buscarte otra muda de ropa. —Mi padre me acaricia la mano—. ¿Necesitas algo más?
—No… —Eli vuelve a distraerme, me quedo callada, trago saliva y gimo—. En serio, ¿por qué está aquí? Espera. Vosotros también lo veis, ¿no? ¿Mamá? ¿Papá?
Mi madre mira con el rabillo del ojo hacia atrás y, cuando vuelve a mirarme, lo hace con el ceño fruncido. El corazón me late tan rápido que estoy a punto de vomitar.
¿Estoy imaginando cosas otra vez?
No.
No, por favor.
—¿Dónde iba a estar Eli si no? —pregunta mi madre algo desconcertada.
—Más le vale haberse quedado toda la noche a tu lado. —Ese deje de desdén hacia Eli vuelve a la superficie y se me escapa un suspiro.
Vale. Eso ya es más normal. Salvo el hecho de que mi padre quiera que Eli pase toda la noche conmigo.
Y de que esté aquí.
—¿Recuerdas lo que pasó, cariño? —me pregunta mi madre.
De repente, toda la habitación se llena de tensión. Tres pares de ojos esperan a que diga algo en silencio.
Menuda presión, de verdad.
—Eh, sí. Llamé a emergencias antes del accidente porque alguien me estaba siguiendo… —Pierdo el hilo de lo que estaba diciendo cuando oigo un chasquido de lengua por parte de Eli, al que miro con ojos entornados.
—¿Alguien te estaba siguiendo por casa? —pregunta mi padre con un extraño deje de cautela.
—¿Había alguien más cuando te caíste por las escaleras? —pregunta mi madre.
—¿Escaleras…? No había ningunas escaleras. Era un…
Me quedo callada cuando Eli niega con la cabeza. Entorno los ojos.
—No pasa nada si te sientes confundida —interviene mi padre—. Últimamente has sufrido mucha presión, así que dejémoslo así. Nos alegramos de que estés bien.
Asiento, pero el desconcierto aumenta a niveles sin precedentes. Voy a necesitar un día de asuntos propios con Cecy para hablar de esto.
—¿Dónde está mi móvil? —le pregunto a mi madre—. Quiero llamar a Cecy.
—Está viniendo de Estados Unidos.
Frunzo el ceño.
—Pero si no se iba hasta la semana que viene.
—Hace un mes que no está aquí, Ava —me cuenta mi madre en tono suave, pero palidece un tanto.
¿Qué? Es imposible. Estuvimos juntas hace unas horas.
Mi protesta queda en el aire cuando entran un par de médicos y personal de enfermería. Tienen pinta de ser un equipo de última categoría, de los que Eli (o mi padre) insistiría en contratar.
—¿Cómo se encuentra, señora King? —pregunta el médico, y yo busco con la mirada a la tía Elsa, la madre de Eli. O tal vez a la tía Astrid, la tía de Eli. O a la abuela de Eli. Esas son las únicas señoras King que conozco.
No encuentro a ninguna de ellas y vuelvo a mirar al médico de pelo canoso, que me observa con esa empatía fingida.
—¿Señora King?
—¿Con quién está hablando? —susurro hacia nadie en particular—. ¿Está la tía Elsa por aquí?
—Te está hablando a ti, Ava —responde Eli con una sonrisa cruel en los labios—. Nos casamos hace dos años, ¿recuerdas?