Estaba por todas partes.
En todas las redes sociales, la televisión, mis chats grupales. El vídeo de Wally azotando con un bastón de senderismo a Adrien Cloutier en las pelotas había llegado (para sorpresa de nadie) a las noticias nacionales más rápido que los últimos resultados de las elecciones federales.
Y la gente estaba encantada.
Deslicé hacia abajo los comentarios de la última publicación que me había enviado Jamie y me sentí bastante generosa con mis «me gusta».
ClubLaSillitaDeLaReina: Este es el tipo de contenido por el que pago internet
BuscandoUnHimbo: Quién es ella?
soyelNPC: ¿A alguien le ha tocado Dónde está Wally en su tarjeta de bingo de 2020? A mí tampoco
MamaGansoIlegal: Wally trastornado trotando por Toronto y azotando a multimillonarios en las pelotas con accesorios aleatorios de disfraces es mi nuevo fetiche.
Y luego también había ciudadanos preocupados…
ChupameLasBolas69: Se va a arrepentir enseguida. Ya puedo oler desde aquí a Cloutier buscando abogados. Va a destrozarle la vida. RIP
MuMuRutaDeLaLeche39: Si conocéis a esta chica, mejor cerrad el pico. No sabemos dónde está Wally. Jamás hemos oído hablar de ella
El último usuario acababa de subir una nueva versión reducida del fragmento y lo había enlazado a su comentario. Era una edición de tres segundos del bastón haciendo contacto con todas sus fuerzas en el objetivo, la risa ahogada de asombro de la persona que lo grababa y el grave gruñido de Adrien cuando cae de rodillas frente a mí, con la cara desencajada de dolor.
Solo que ese fragmento de tres segundos se había editado como un bucle de diez horas y se había titulado, de forma muy apropiada: ASMR | Sonidos relajantes de meditación para dormir y contra el insomnio.
Dejé escapar una risita y reenvié el enlace a Jamie justo cuando el tren empezaba a reducir la marcha para detenerse. Había sido el trayecto al trabajo más entretenido que había tenido en años. Lo más probable, en toda mi vida.
«Y lo más probable es que vayas a pagar por ello dentro de unos diez minutos».
Ignoré esa voz, negándome a permitirle que me desanimara.
No tenía sentido estresarse por algo que todavía no había ocurrido.
La gente no sabía que era yo la del vídeo. En la grabación solo se veía mi cabeza desde atrás y llevaba peluca, gorro y un par de gafas. Era un buen disfraz y en internet la capacidad de atención era escasa. Había muchas posibilidades de que toda esta historia cayera en el olvido y que la gente no la recordara para cuando acabara la semana, a más tardar.
Hurgué en mi bolso para sacar la tarjeta de acceso y subí hasta la quinta planta del edificio donde trabajaba, incapaz de borrar la sonrisita retorcida de mi boca. Cada vez que pestañeaba, se me aparecía la imagen de la cara de Adrien contraída de dolor, enviándome otro chute de efervescente oxitocina.
ChupameLasBolas69 estaba equivocado. De lo único que me arrepentía era de haber salido corriendo por el vestíbulo como alma que lleva el diablo sin dedicar ni un solo segundo a apreciar de verdad la justicia que acababa de impartir. Adrien se lo merecía por haber…
Me sobresalté cuando una mano salió de una puerta a mi izquierda, me agarró del brazo y me arrastró hasta una sala de reuniones que había al fondo del pasillo donde estaba mi cubículo.
—Madre mía —susurró Alba, clavándome las uñas en el brazo mientras se cerraba la puerta tras de mí—. Madre mía.
Sonreí.
—Ya lo sé. Increíble, ¿no?
—No, para nada —me replicó, juntando sus cejas recién depiladas—. Esto no es una broma, Ria. Está que trina. ¿En qué coño estabas pensando?
—Se lo merecía —argumenté tranquila mientras maniobraba para liberar el brazo del agarre mortal de mi hermana—. El tío es un auténtico cabronazo. Tú lo sabes mejor que nadie.
—¿Así te justificas? —susurró. Se le empezaba a poner roja la punta de la nariz, delatando su estado—. ¿Le azotaste a Adrien Cloutier en la polla con un bastón porque crees que es un cabronazo?
—No. Lo hice porque es un mierdas codicioso y asqueroso que me tocó el culo sin mi consentimiento. El hecho de que también sea un cabronazo solo es la guinda del pastel.
Pestañeó en mi dirección.
—¿Qué?
—Sí. Seguro que ahora te sientes como una tonta, Alba. Por gritarme sin contar con toda la información.
Entornó los ojos despacio.
—Espera, empieza de nuevo. ¿Me estás diciendo que te tocó el culo… en medio del vestíbulo de nuestro hotel insignia?
Bueno, claro, al decirlo así sonaba ridículo.
—En esencia, sí —le confirmé—. Algo así.
Casi podía oír cómo se movían los engranajes de su mente hiperanalítica.
—¿El CEO del mayor grupo hotelero de Norteamérica te agredió sexualmente o algo así en público?
—Sí —dije—. Tal vez.
Alba se cruzó de brazos.
Yo me moví inquieta en el sitio, preparándome para lo que iba a llegar.
—A ver, supongo que hay una pequeña posibilidad de que no fuera él.
Sus ojos se estrecharon hasta formar una rendija afilada y peligrosa.
—¿Y eso qué quiere decir?
Esa conversación no me estaba yendo bien.
—En mi defensa diré que estaba muy borracha.
—Ria.
—¡De verdad! —Di un paso hacia atrás. Me miró como si estuviera a punto de implosionar, y no solo porque estuviera embarazada de siete meses de gemelos—. ¡Era Halloween! ¡Íbamos todos pedo!
Mi excusa no pareció servir de mucho.
—Explícame lo que pasó —me pidió—. Desde el principio hasta el final.
—Vale, pero ¿no podríamos, no sé, hacer un par de respiraciones profundas antes? —probé, bajando la voz un tono para que sonara más relajante—. Creo que al resto de esta conversación le podría ir bien un poquito de rollo zen.
Ella no estaba de acuerdo, por la forma remilgada con la que apretó los labios. Pero yo seguí adelante y, despacio, respiré hondo de todas formas, conteniendo el aire hasta que ella me imitó a regañadientes. Y entonces lo soltamos.
Su exhalación fue corta, enérgica y acompañada por el sonido impaciente que hacía con el pie. Era lo máximo que se podía esperar.
—Vale, de acuerdo. Vamos a ello. —Eché un vistazo por la ventana de la sala de reuniones para asegurarme de que ninguno de los cotillas de la oficina estuviera mirando o poniendo la oreja, luego bajé la voz y dije—: Vale, a ver, Arman, Jamie y yo fuimos al desfile de Halloween el viernes por la noche, que más que un desfile era, para serte sincera, una enorme fiesta en la calle con un montón de bebida y tíos con disfraces chapuceros de Dwight Schrute liándose con Harley Quinn aún más chapuceras. Era bastante asqueroso, pero también se podría decir que genial. Te lo recomiendo de veras para el año que viene.
No parecía convencida.
—Da igual —seguí diciendo, mientras apoyaba el hombro contra la pared—. En un momento dado, pasamos por el hotel y tenía que ir al baño, así que entré.
Solo que en realidad no había sido tan sencillo. Había todo un grupo de guardas de seguridad a lo largo de la entrada para evitar que cualquiera que estuviera de fiesta entrara en el edificio, lo que tenía mucho sentido. No creo que a ninguno de los huéspedes que pagaban tarifas de cuatro cifras por noche por una habitación les apeteciera compartir su espacio con una banda de idiotas borrachos y pendencieros vestidos con disfraces ridículos.
—¿Te dejaron pasar y usar el aseo? —me preguntó escéptica—. ¿No habían restringido el acceso al edificio?
—Eh, sí, a ver… Puede que usara tu pase de empleada con acceso total para entrar. —Mi voz se fue desvaneciendo hasta convertirse en un susurro cobarde hacia el final de mi confesión mientras contemplaba cómo la mirada de mi hermana se transformaba en asesina.
—Qué. —No creía que fuera posible que una palabra sonara tan cortante.
—¡Ya lo sé! ¡Ya lo sé! La cagué —dije, levantando las manos con las palmas hacia ella—. Pero de verdad que tenía que ir, Alba. ¡Era una emergencia!
—¿Así que utilizaste mi pase con acceso total, el pase exclusivo que solo yo y nadie más que yo puede usar, para entrar en el edificio y luego le pegaste a mi jefe en la polla con un accesorio de tu disfraz? ¿Tienes idea de lo mal que podría acabar todo esto para las dos?
—Vale, dos cosas. Primera: en realidad no sabía que era él. Y segunda: él, desde luego, no sabía que era yo.
A Alba le apareció un tic bajo el ojo izquierdo.
—Explícate.
—Al principio creí que solo era algún gilipollas con un disfraz muy convincente —admití—. No era el primer Adrien Cloutier con el que me topaba esa noche, solo que resultó que él era el auténtico. Y, como te he dicho, estaba muy borracha. En plan… tan borracha que fue un auténtico milagro que consiguiera darle a mi objetivo.
—¿Se supone que eso me tiene que hacer sentir mejor?
—A ver…, sí, más o menos.
—Ria. —Dijo mi nombre despacio, de esa forma tan seca que significaba que tenía que escuchar con atención cada palabra que dijera a continuación—. Llevo trabajando para este tío cuatro años y jamás lo he visto tan cabreado. Te va a matar y va a hacer que entierren tu estúpido cadáver.
—Eso es muy siniestro, Alba. No te pega nada.
—¿Sabes lo que también es siniestro? Los ataúdes.
—¿Y sabes lo que es todavía peor? Que estés ignorando el hecho de que él me agredió primero.
Eso le cerró la boca durante unos buenos cinco segundos.
—Lo siento —murmuró al fin, con un toque de culpa en la voz—. Solo… cuéntame lo que ocurrió para que podamos decidir qué hacer.
Solté un fuerte suspiro.
—Vale. A ver, para resumir, cuando salí del aseo, un tipo me tocó el culo desde atrás y me dio una palmada con mucha fuerza, y luego dijo algo sobre un «culito prieto y follable» antes de irse. Fue allí mismo en el pasillo y… la verdad, me quedé paralizada del susto.
Alba volvió a fruncir el ceño. Pero esa vez, la rabia no iba dirigida a mí.
—El problema es que —seguí diciendo— como me quedé tanto rato paralizada, solo le vi la cabeza por detrás antes de que doblara la esquina y desapareciera en el vestíbulo. Sabía que era alto con pelo oscuro y que llevaba un traje azul.
También recordaba el tufo invasor y penetrante de su perfume. Olía como si se hubiera bañado en ese líquido con olor a almizcle, con ropa y todo. Era asqueroso.
—¿Y entonces qué pasó? —me empujó a continuar Alba, moviendo las manos por su tripa redonda mientras cambiaba de postura.
Saqué una silla de la pequeña mesa de reuniones y la giré, señalando que se sentara.
—Entonces apareció la rabia. Salí hecha una furia hacia el vestíbulo y lo vi enseguida, hablando con un grupo de tíos; yo al menos creí que era él. Alto, pelo oscuro, traje azul. Y me acuerdo de que pensé que cómo se parecía a Adrien Cloutier…, pero el alcohol acumulado en mi cerebro pensó que tan solo era algún capullo disfrazado de él.
Si los imbéciles tuvieran su propia revista, habrían votado «el look Cloutier» de forma no irónica como el disfraz que con mayor probabilidad iba a conseguir que su cita se abriera de piernas. O algo igual de repulsivo.
En Halloween podías detectar a sus grupis a un kilómetro. Iban de traje, con el pelo liso peinado hacia un lado, y todos ellos luciendo una réplica de esos relojes de precio desorbitado que siempre utilizaba.
La gente tenía una extraña obsesión con ese tío. De verdad que no lo entendía.
—Así que cuando llegué toda cabreada donde él estaba, no me lo pensé dos veces. Solo lo llamé puto engendro descerebrado y fui directa a por sus pelotas. Me percaté de que era el auténtico unos dos segundos después de que se encogiera en el suelo de dolor.
Sí, se decía que Adrien Cloutier era un cretino privilegiado y despiadado. Sí, había convertido la vida de Alba en un infierno. Pero también era rico hasta decir basta e influyente, y ninguna cantidad de alcohol me hubiera impedido darme cuenta al momento de que atacarlo había sido un terrible error con consecuencias que me podrían arruinar la vida.
Que es por lo que salí corriendo.
—¿Cómo es que no te persiguieron los de seguridad? —preguntó Alba, que seguía acariciándose la tripa. Yo no tenía claro si lo hacía para tranquilizar a los bebés o para tranquilizarse a sí misma.
—Sí que lo hicieron. Pero desaparecí entre la gente del desfile y debieron de perderme la pista. —Sobre todo porque Arman había sido lo bastante inteligente y estaba lo bastante sobrio como para hacer que me quitara el sombrero, la peluca y las gafas antes de darme su chaqueta. Nos marchamos enseguida después de eso.
Todo resultó ser mucho más divertido por la mañana, en particular porque el vídeo se había hecho viral. Porque, por suerte, alguien estaba grabando la famosa fuente Cloutier y la espectacular lámpara de araña que la coronaba cuando sucedió todo.
Era una imagen elegante, lujosa, realzada por la suave música de piano de fondo… hasta que Wally irrumpió con decisión en el encuadre con «aire de estar muy trastornado», según internet, y empezó a gritar insultos sin sentido al propio Adrien Cloutier. Y lo siguiente fue, ¡bam!, hombre al suelo y personaje de ficción fugitivo a la carrera.
Era buenísimo.
—¡Deja de sonreír! —me gritó Alba, dándome una patadita en la espinilla—. ¡No tiene gracia, Ria! ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? A Adrien se le ha ido la olla con toda esta historia. Lleva aquí desde las cuatro de la madrugada en lo que parece un ataque de productividad impulsado por la rabia. Tenía cuarenta y tres mensajes suyos en mi bandeja de entrada antes incluso de que amaneciera.
La verdad, eso solo lo hacía más divertido aún.
—Deja. —Patada—. De reírte. —Patada.
—¡Ay! —bufé frotándome la espinilla—. ¡Relájate! ¡Nadie sabe que fui yo!
—¡Todavía! —replicó—. No saben que eres tú, todavía. Un par de gafas redondas y una peluca no son un disfraz tan convincente como te crees.
—Bueno, eso no es cierto. Ya solo las gafas hubieran bastado de acuerdo con todas las películas que se han hecho en la vida —argumenté—. ¿Te suena Clark Kent? A ver, no digo que sea una heroína para la gente como Supermán per se… ¡Ay! ¡Deja de darme patadas!
—¡Que no es un chiste!
—Bueno, iba a serlo cuando lo rematara diciendo que Adrien Cloutier era Lex Luthor, pero lo has fastidiado —dije, con tentación de devolverle la patadita—. Y lo digo en serio. No me habría reconocido sin el disfraz. Ese tío no tiene ni idea de quién soy, y punto.
—Eso no lo sabes seguro —replicó, aunque pude ver que se le relajaban los hombros un poquito.
—Alba, llevo dos años trabajando aquí y me he topado con él solo una vez. Eso es todo. —Compartimos ascensor con otras dos personas el año anterior y ni siquiera miró en mi dirección.
—Ya, pero también eres mi hermana.
Le lancé una miradita escéptica.
—¿Pero sabe siquiera que tienes una hermana? ¿Te lo ha preguntado alguna vez?
Frunció los labios y apartó la mirada, lo que me bastó como respuesta. Claro que nunca se lo había preguntado. ¿Por qué tendría él que saber que su explotada asistente durante cuatro años tenía algún hermano? ¿Por qué tendría que saber nada sobre ella? ¿Por qué tendría que importarle alguien más que él mismo?
El peor jefe del puto planeta.
—Vale, entonces no tenemos nada por lo que preocuparnos, ¿no? —le dije.
Alba abrió la boca, seguro que para volver a replicarme, pero la interrumpió una ráfaga de pitidos agudos que sonaron en su móvil.
—Madre mía —gruñó al mirar la pantalla—. Quiere que vaya otra vez.
Le di un apretón en la mano para consolarla mientras la ayudaba a levantarse.
—Deja de estresarte tanto —le dije, tocando con cariño su tripa abultada—. No es bueno para el proceso de horneado.
—Dejaré de estresarme si empiezas a tomarte la vida un poco más en serio —respondió, sujetándome los dedos. Por su gesto, parecía ahora menos enfadada, pero mostraba más preocupación—. Esto es… Ria, podría presentar cargos. ¿Entiendes cómo…?
La puerta se abrió de golpe antes de que pudiera terminar la frase, sobresaltándonos a ambas.
—Madre mía, ¡aquí estás! —exclamó Hassan. Agarraba el móvil con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos—. ¿Por qué no contestas al teléfono? Adrien tiene a gente buscándote.
El tío era un puto impaciente. No habían pasado ni treinta segundos desde sus mensajes.
—Lo siento. Ahora mismo voy. —Alba dejó caer mi mano con un suspiro, pero no antes de lanzarme una mirada que decía que no había acabado de hablar de eso conmigo.
—Tú no —dijo Hassan, levantando la barbilla en mi dirección—. Quiere a Ria. Sus chicos de seguridad la están buscando por todas partes.
Juro que pude ver el alma de mi hermana salir de su cuerpo rígido cuando asimiló esas palabras.
«Menuda… mierda».
Sabes que estás en apuros cuando uno de los hombres más ricos del país tiene a todo su equipo de seguridad buscándote.
Así es. Según Hassan, Adrien Cloutier tenía a todo «su equipo de seguridad personal al completo» tratando de encontrarme, lo que, además de ser excesivo, era un poco raro. Porque no me estaba escondiendo.
—¡Aquí está! —gritó Peter Gladwell en cuanto salimos de la sala. Como si fuera una especie de fugitiva huida y por fin me hubiera atrapado—. ¡Se estaba escondiendo en una sala de reuniones!
En primer lugar, incorrecto. En segundo lugar, ostras. Ese tío no se tomó bien el rechazo, ¿no?
—¿Eres Ria Sanchez? —Un hombre calvo y corpulento con traje negro se acercó despacio hacia mí, recorriéndome con la mirada como si tratara de determinar el nivel exacto de amenaza física que mis uno sesenta y siete de altura suponían para sus dos metros de puros músculos.
Abultaban en ese traje demasiado apretado. No parecía muy cómodo.
—Culpable, no puedo negarlo —dije descarada.
Alba me pellizcó el brazo con tanta fuerza que tuve que dar un tirón.
—¡Ay!
Me ignoró.
—Eh, Frankie. ¿De qué va todo esto?
Frankie negó con la cabeza.
—No puedo hablar de ello. Lo siento, Albs. Se nos ha ordenado que la acompañemos al despacho de Cloutier lo antes posible. Es todo lo que te puedo decir.
—Podría haber ido solita —le dije, sin dejar de frotarme el brazo—. Pero de acuerdo, vamos.
Alba y yo lo seguimos por el pasillo y hasta los ascensores, ignorando las miraditas y cuchicheos de nuestros compañeros mientras otros tres miembros del equipo de seguridad se colocaban a nuestro alrededor, rodeándonos. Por si era tan estúpida como para intentar escaparme, supongo.
Además, uno de ellos no dejaba de murmurar a su propio hombro y yo había visto suficientes películas de acción en mi vida (dos) como para saber que lo más probable es que tuviera un micrófono enganchado por ahí en algún lado.
La verdad es que todo era dramático y excesivo. Una exageración total. Sobre todo por algo que se podría haber comunicado con un solo correo electrónico.
«Ven a mi oficina». Eso es. Solo me hacía falta eso. Un correo, una frase.
Tomé nota mental para decírselo.
Alba se giró hacia mí cuando entramos en el ascensor.
—Prométeme que te comportarás cuando entres allí. Nada de insultos poco disimulados, nada de soltar insolencias y, desde luego, nada de sarcasmo alguno.
—¿Por qué? ¿Es que no pilla el sarcasmo? —Mi tono de voz era bajo y denotaba preocupación cuando me puse la mano en el pecho—. Ay, pobrecito.
El tío rubio que estaba a mi izquierda dejó escapar una especie de risita, que intentó ocultar haciendo como que tosía.
—¿Qué te acabo de decir? —me regañó Alba exasperada y de malas maneras.
Tuve que hacer un esfuerzo consciente para evitar poner los ojos en blanco.
—Te prometo que intentaré comportarme.
Soltó un fuerte suspiro al tiempo que se apretaba el puente de la nariz.
—Te va a comer viva —susurró.
Dos de los hombres que nos acompañaban asintieron.
Se oyó el sonido que indicaba que el ascensor había llegado a su destino antes de que yo pudiera decir nada más y los seis salimos al pasillo.

Menudo final más decepcionante.
Todo ese espectáculo con los tíos de seguridad y las advertencias apocalípticas de Alba para que el despacho estuviera vacío cuando llegamos allí. Ni Adrien cabreado ni nadie del equipo de Recursos Humanos, ni abogados amenazadores ni agentes de policía queriendo tomar declaración.
Me ordenaron que me sentara en el sofá de piel marrón y que esperara.
—Llegará enseguida —dijo Frankie antes de cerrar la puerta tras él.
Y luego tuve que fingir que no había oído que la cerraba con llave.
Eso fue hacía más de una hora.
Los primeros cuarenta y cinco minutos estuvieron bien…, pero luego me quedé sin batería en el móvil y a solas con mis pensamientos, a solas en el inmenso y lujoso despacho de Adrien.
Aguanté tres minutos.
—Eh, ¿Frankie? —llamé tras confirmar que la puerta estaba, en efecto, cerrada con llave—. ¿Sabes cuánto tardará?
Sin respuesta.
—Vale. ¿Al menos tienes un cargador para prestarme?
Sin respuesta.
—¿Alba? —probé. Su despacho se hallaba a tres metros de la puerta. Si estaba allí, me debería haber oído—. ¿Estás ahí?
Una vez más, sin respuesta.
Desde el punto de vista técnico, eso se podría considerar una detención ilegal. Lo que significaba que, si Adrien me amenazaba con una demanda, podría contraatacar con eso.
Tal vez.
No era abogada, pero seguro que era mejor que nada.
—Así que estamos todos de acuerdo: se me está reteniendo de forma oficial en contra de mi voluntad —le grité a la puerta.
Se me ocurrió que tener una foto o un vídeo de prueba seguro que reforzaría mi argumento, y empecé a arrepentirme de haber gastado el último diez por ciento de batería viendo a gatitos tirar cosas de baldas mientras mantenían el contacto visual con sus irritados humanos.
Casi. Algunos habían sido muy muy divertidos.
«Seguro que Adrien tiene un cargador por aquí en algún lado…».
Recorrí el espacio con la mirada en busca de cables blancos que salieran de un enchufe o enrollados con cuidado en una de las superficies de madera.
No era tarea fácil. El enorme despacho estaba abarrotado de un sorprendente número de plantas. Había tantas que el aire olía diferente allí. Menos viciado que en el resto de la oficina.
Me paseé por el despacho, comprobando cada enchufe uno por uno, pero todos estaban vacíos. Así que decidí buscar en su escritorio.
La superficie de caoba estaba impoluta, sin polvo, desorden ni señal alguna de vida humana, salvo por una caja negra claramente fuera de lugar que había junto al teclado inalámbrico.
La ignoré y traté de abrir el cajón superior del escritorio, pero estaba cerrado. También lo estaban el segundo y el tercero y… todos. Estaban todos cerrados.
Suspiré y me dejé caer en su silla, envidiando de inmediato lo cómoda que era en comparación con la que yo tenía abajo. Apuesto a que no le dolía la espalda si se sentaba en esa cosa mucho rato. Parecía la hostia de ergonómica.
Di un par de vueltas en la silla, zapateé en el suelo, tamborileé con los dedos, me eché un vistazo para ver si tenía las puntas del pelo abiertas e intenté aguantar la respiración para ver si podía aliviar un poco el aburrimiento. (No lo conseguí).
Pasaron otros diez minutos. Y luego quince. Veinte.
Llegada a ese punto estaba tan aburrida que hasta pensé en empezar a contar las hojas del helecho más cercano mientras lo veía crecer. Pero entonces mis ojos se volvieron a fijar en la caja negra.
«¿Y si hay un cargador dentro?».
Sabía que no lo había. No parecía el tipo de caja en el que guardar accesorios de oficina. Era demasiado elegante y con pinta de cara como para eso.
Entonces ¿qué contenía? ¿Un regalo? ¿Vil metal? ¿Almas de vírgenes?
«Ábreme —me susurraba la caja, provocándome—. Guardo tantos cargadores que no te haces una idea. Estoy repleta de ellos. Te lo juro por la propia Pandora».
Dos cosas eran desde luego seguras. Una: la caja era una mentirosa. Dos: se me estaba colapsando la mente de puro aburrimiento. Se doblaba y retorcía, y se inventaba teorías cada vez más peregrinas sobre el contenido de la caja, solo para tener algo que hacer.
Como, por ejemplo, ¿y si se trataba de uno de esos experimentos psicológicos? Como cuando metes a un crío en una habitación donde hay un botón y le dices que no lo toque, así que lo único que quiere hacer es tocarlo. ¿Y si habían instalado cámaras en ese despacho y Adrien estaba observándolo todo, esperando a ver en cuántas horas me vendría abajo?
Porque era extraño, ¿no? Era extraño que todo ese despacho estuviera limpio y ordenado tipo American Psycho y que luego solo hubiera una caja negra colocada de forma siniestra en medio del escritorio de Adrien, del todo fuera de lugar y rogando, suplicando, que la abrieran.
O tal vez era una situación rollo «genio de la lámpara». Adrien Cloutier estaba atrapado en el interior de la caja y por eso estaba tardando tanto puto rato. Abrirla lo liberaría y él estaría tan agradecido que se olvidaría de todo el asunto del bastón en las pelotas y me concedería tres deseos.
O tal vez, siendo más razonable, era una caja repleta de pruebas que había reunido para demostrar que yo era Wally. Primeros planos de mi cara sacados con las cámaras de seguridad y ese tipo de cosas.
Pero también podría contener tan solo un tapón anal decorativo con incrustaciones de diamantes. (Los ricos eran, eh, gente excéntrica. Con ellos nunca se sabía).
O, también, podría contener un cargador. Así que quizá un vistazo no hiciera daño a nadie, solo para asegurarme…
Mi mano ya se estaba moviendo antes de poder pensármelo mejor, dirigiéndose hacia la suave esquina de la tapa negra para que pudiera…
¡BUM!
Di un salto cuando todo estalló. En cuanto mi dedo empujó la tapa para abrirla, desencadenó una fuerte explosión de confeti dorado y purpurina roja.
La. Hostia. De. Purpurina.
Estaba por todas partes. Flotando en el aire, cubriendo el escritorio, la silla, el suelo, las plantas, el teclado. Y también se me había metido en la boca abierta una tonelada de aquella porquería.
Me quedé ahí plantada, en shock, levantando mis temblorosas manos al aire como si me apuntaran con una pistola. Porque así es justo como había sonado la explosión. Un disparo. Y me había dado un susto de la hostia, joder.
Tenía el pulso a mil por hora, bombeándome adrenalina por las venas. Apenas podía respirar mientras mi cerebro asimilaba despacio las palabras que habían salido disparadas de la caja. Estaba tan…
—Pero ¿qué cojones?
Me asusté, me dio un vuelco el corazón. La explosión había sido tan atronadora y me había sobresaltado tanto que no había oído cómo se abría la puerta.
Había un hombre ahí de pie, mirando con sorpresa a mi yo cubierto de purpurina y a las cuatro palabras enormes que habían surgido de la caja en letras doradas y gruesas:
QUE TE JODAN, ADRIEN.
Adrien Cloutier estaba de pie en el umbral de la puerta de su despacho, con los ojos oscuros clavados en mi deslumbrante escena del crimen. Me había pillado con las manos en la masa. (Imposible negarlo. Las tenía cubiertas de brillante purpurina roja).
Y como seguía paralizada en el sitio, tuve el placer de contemplar cómo su gesto pasaba de la confusión a la irritación para acabar siendo pura ira sin adulterar.
El hombre estaba cabreado de cojones.
Tenía pinta de que iba a ser de todo menos divertido. Estaba un noventa y nueve por ciento segura de ello.
—Pero. Qué. Cojones —repitió, entrando en el despacho. Las palabras salieron cortantes y casi como un gruñido. Como si tuviera un montón de gravilla atrapada en la garganta.
Con un fuerte tirón de muñeca, la puerta dio un portazo tras de él.
—¿Esto es lo que entiende por una puta broma? —ladró Adrien, dando grandes pasos con furia. Se detuvo antes de llegar a la parte del suelo que estaba cubierta de purpurina, con la rabia recorriéndole el cuerpo con oleadas tan visibles que juro que podría haber sido capaz de saborearlas si no hubiera tenido la lengua cubierta de brillantes motas de arrepentimiento.
«Parece diferente en persona».
No estaba segura de por qué fue eso lo que primero me vino a la cabeza cuando la afilada mirada de Adrien se cruzó con la mía, pero así fue.
Para ser justos, nunca antes lo había visto tan de cerca. Por lo menos no en la vida real. Había visto algunas fotos de ese tío en internet (y en contra de mi voluntad) y lo había visto pasar alguna vez por el edificio y en alguna fiesta del trabajo, pero nunca de cerca. Y el viernes estaba tan borracha y concentrada en vengarme del pervertido acosador que me había tocado el culo que no me fijé en su cara.
Así que, sí, todo esto para decir: no me había dado cuenta de que tenía los ojos verdes.
Qué estupidez, ¿no? Estaba cubierta de purpurina carmesí de la cabeza a los pies, había destrozado el despacho de ese tío solo tres días después de azotarle en la polla con un bastón por un crimen que podría haber o no haber cometido, y en lo único en lo que podía pensar era en lo oscuros que tenía los ojos, de un verde siniestro.
Me recordaban a la selva por la noche. Del mismo color y ambiente aterrador. Es el único motivo por el que mi cerebro se bloqueó de aquella manera.
—Señorita Sanchez —dijo mi nombre como si rimara con todos los tacos que existen—, le he hecho una pregunta.
Sí. Claro. Me había preguntado si eso era lo que yo entendía por una broma.
—Eh, no —dije. Hasta que no moví la lengua no me di cuenta de cuánta purpurina me había entrado en la boca. Era seca, granulosa y… muy desagradable—. Es decir, está claro que alguien pensó que sería divertido. Pero no fui yo.
Comencé a sacudirme las manos y la blusa mientras Adrien me miraba. No parecía creerme, pero lo entendía. Lo más probable es que yo tampoco lo hubiera hecho.
—Soy Ria, por cierto —dije extendiendo una mano brillante.
Mi intento de limpiarme las motitas pegajosas había sido en vano. Quienquiera que hubiera planeado aquello lo odiaba de corazón. Iba a encontrar motitas de purpurina roja en su despacho durante la próxima década. Se le iba a estar pegando en los trajes caros y la gente se lo iba a señalar en medio de reuniones importantes y haría bromas estúpidas sobre strippers y esas cosas.
Estaba esforzándome por no reírme. Porque puede que hubiera mentido, tal vez sí que fuera un poquitín gracioso.
—Ya sé quién es usted —dijo entre dientes, ignorando mi mano tendida hacia él.
—Excelente —asentí, dibujando una sonrisita amable con los labios—. Y usted es…
Sé que le había prometido a Alba que intentaría comportarme, pero, santa madre de los superegos, su reacción merecía la pena. Nunca había visto que a nadie se le desencajara tanto la cara.
Me merecía un Oscar por conseguir mantener el contacto visual y la cara seria.
—Tiene diez segundos exactos para explicarse.
«¿O qué?».
La vocecilla del instinto de supervivencia de ese rincón de mi cabeza repleto de telarañas y que pocas veces visitaba fue capaz de impedir que preguntara eso en alto.
—Estaba buscando un cargador —dije en cambio—. Se me había acabado la batería.
Silencio.
En serio, sus ojos eran de un tono verde oscuro muy intimidante. Estaba casi segura de que eran lentillas. O que había alterado de algún modo el color con cirugía.
—¿Y? —me animó a seguir hablando, frunciendo las cejas oscuras.
—No he encontrado ninguno en los enchufes y todos los cajones están cerrados, así que he probado en la caja —dije, señalando los trozos desgarrados que quedaban de la caja negra de su escritorio. Me aseguré de señalar con el dedo la caja y no las palabras que habían salido de ella—. Pero todo ha explotado justo cuando ha entrado.
—¿Ha revisado mis cajones?
—No. Estaban cerrados. —¿Es que no estaba escuchando o qué?
—Ha intentado revisar mis cajones. —Dijo las palabras despacio como si necesitara asegurarse de que entendía lo que acababa de confesarle—. Y lo está admitiendo. En voz alta.
—Sí. Me hacía falta un cargador para el móvil. Como he dicho, me había quedado sin batería.
Me miró durante un par de segundos, intentando medir mi nivel exacto de locura. Por lo visto, decidió bastante rápido que estaba «chalada».
—¿Es consciente de que esto es motivo de despido? Por no mencionar que es ilegal.
Su voz había adquirido un nuevo tono, un poco más desconcertado. Como si mi insolente estupidez fuera una bola con efecto que no hubiera visto venir.
El hombre se pensaba que yo era una imbécil total con unas dos neuronas en pleno funcionamiento, como máximo. Podía verlo en su cara, en el leve cambio en sus facciones cuando el desconcierto escéptico comenzó a hacer que su ira se disipara.
Fueron unos tres segundos. Hasta que abrí la boca de nuevo.
—Ya lo sé. Casi tan malo como encerrar a un empleado en un despacho sin su consentimiento. No soy abogada, pero estoy bastante segura de que también es ilegal. Incluso podría ser peor que rebuscar entre las cosas de alguien. Detención ilegal y todo eso.
Traté de quitarme de nuevo la purpurina pegada en la piel, pero la verdad es que ni se movía. Menuda mierda. Odiaba la sensación que dejaba la arena o la tiza o cualquier cosa granulosa y seca entre mis dedos. Me recordaba al sonido de cuando se pasan las uñas por una pizarra y me hacía querer encoger los hombros hasta las orejas y hundir las manos en agua.
—No ha sido detenida a la fuerza, señorita Sanchez —dijo Adrien con esa voz intensa suya.
¿Y a qué venía todo eso de «señorita Sanchez»? ¿En qué siglo estábamos?
—Pues quién lo diría —repliqué, cruzando los brazos repletos de purpurina—. La puerta estaba cerrada con llave y nadie me respondía desde el otro lado. Lo que, por cierto, es algo bastante imprudente. ¿Y si hubiera habido un incendio?
—Había seguridad fuera. La habrían dejado salir en cuanto sonara la alarma.
—¿Cómo iba a saber yo eso?
Dio otro par de pasos hacia delante; al parecer, ya no le preocupaba pisar el vómito de unicornio rojo.
—¿Cree que eso excusa que haya revisado mis cosas y sembrado el caos en mi despacho? ¿Tiene idea de cuánto se va a tardar en limpiar todo esto?
«No es mi puto problema».
—¿Cómo narices iba a saber yo que la caja de su escritorio contenía una bomba de purpurina, de entre todas las posibilidades? ¿Qué ha hecho, cabrear a un oso amoroso?
En realidad, yo no sabía si los osos amorosos expulsaban purpurina por el pecho, pero fue lo mejor que se me ocurrió. Todavía tenía el cerebro medio aturdido después de todo lo de la explosión.
Adrien dio otros tres pasos al frente y…
Espera, ¿por qué estaba contando los pasos que daba? No era algo que soliera hacer, ¿no?
—Eso no es de su incumbencia —dijo—. Para empezar, no debería haberla tocado. Se le indicó con toda claridad que se sentara en el sofá y esperara.
—Sí, y también se me dijo que usted llegaría en breve —repliqué. Me salió un tono un poco más irritado de lo que pretendía y me percaté de que tenía los puños tensos contra las costillas—. Eso fue hace dos horas, señor Cloutier.
No sabía por qué había dicho su nombre así, con tanto veneno sarcástico. Ni por qué de pronto me sentía tan cabreada. No iba a ayudarme con mi situación.
—Tenía otros asuntos de los que ocuparme primero. —Un paso.
Cuatro más y estaríamos nariz con nariz. No es que siguiera contándolos.
—¿Y cómo se supone que iba a saber que acabaría por aparecer? ¿O cuándo lo haría? ¿Cuánto más pretendía que me quedara sentada esperándolo?
Un pequeño músculo de su mejilla se movió de forma involuntaria, por desgracia.
—Cuidado con el tono, señorita Sanchez. Me he pasado los dos últimos días intentando arreglar el lío en el que me metió en Halloween y ahora esto. No sé cuál es su puto problema, pero no estoy de humor como para aguantar ni una sola más de sus tonterías.
«¡Y yo estuve todo el martes pasado consolando a mi sobrina de seis años porque no fuiste capaz de darle a su madre una puñetera noche libre para celebrar su cumpleaños! ¡Ese es mi puto problema, cabronazo!».
Entrecerré los ojos para lanzarle una mirada asesina y se me tensaron los hombros.
Vale, tal vez supiera por qué estaba tan enfadada. Tal vez ese enfado no hubiera salido de repente de la nada. Porque tal vez estaba harta de quedarme de brazos cruzados y permitirle que tratara fatal a mi hermana. Y de tener que consolarla cuando se desahogaba, sobrepasada por la carga de trabajo y las ridículas expectativas de Adrien.
Tal vez estaba resentida por haber visto toda la presión que las horas extras habían supuesto para el matrimonio de Alba. Por todas las fiestas y cumpleaños a los que había llegado tarde, o que se había perdido por completo, porque «Adrien necesita que me quede solo una hora más, dos como máximo» o «Se ha convocado una reunión de urgencia y Adrien necesita que vaya. No voy a llegar para la cena. Lo siento muchísimo. Dale un beso a Olivia de mi parte y dile a Ben que se lo compensaré. Lo prometo».
No lo lamentaba. Ni lo de Halloween ni lo de la estúpida purpurina ni mi tono irrespetuoso.
Me había pasado cuatro años escuchando las historias de Alba sobre ese hombre, empezando por cuando todavía estaba en el equipo de operaciones, antes de que su papá le sirviera el puesto de CEO en una puta bandeja de plata. Sabía quién era y no lamentaba nada de todo aquello.
—Fue usted, ¿no? —dijo Adrien, dando un paso más hacia mí. Ya estaba tan cerca que tuve que levantar la barbilla para mantener el contacto visual—. En Halloween. Fue usted.
Me encogí de hombros.
—No sé de lo que está hablando.
Una parte de mí sabía que no tenía sentido negarlo, pero otra parte mucho más grande y terca quería ponérselo lo más difícil posible.
Se sacó el móvil del bolsillo, lo desbloqueó y casi me lo empuja contra la cara.
Para sorpresa de nadie, era una foto mía vestida de Wally. El ángulo era mucho más alto que cualquiera que hubiera visto en internet, como si la hubiera sacado una cámara de seguridad, y habían hecho zoom a mi cara gritando, justo antes de que lo bateara con el bastón.
Tuve que morderme el labio inferior por dentro para evitar reírme. Fracasé.
—¿Le parece divertido? —gruñó Adrien con las mejillas teñidas de un rosa fuerte. Lanzó el móvil a su escritorio y dio un último paso adelante, ocupando mi espacio personal.
—¿Tiene idea de lo que hizo? ¿De lo que me ha costado su sutil búsqueda de atención? —siguió diciendo.
«¿Mi qué?».
—¿Disculpe?
—Setecientos millones.
Eso borró de golpe mi sonrisita burlona. Parpadeé.
—Un momento…, ¿qué?
—Setecientos. Millones. De. Dólares. —Lo dijo despacio, estirando cada palabra como si fuera una frase independiente para que me resultara más fácil entenderlo—. ¿Se acuerda de esos hombres con los que estaba hablando antes de que entrara en el vestíbulo y me golpeara? Inversores. De Japón.
Oh.
Eh, vale, eso no lo sabía.
—¿Sabe lo que ocurrió después de su pequeño espectáculo? Se fueron, la hostia. Me había pasado meses trabajando para ese trato. Habían venido para firmar los papeles. ¡Casi estaba hecho!
Pensaba que había visto a Adrien cabreado antes, pero no era nada en comparación con la ira que ahora desprendía. Sus ojos eran selvas ardiendo con un fuego abrasador.
Una parte de mí quería señalar que correlación no suponía por fuerza causalidad y preguntarle a ver si estaba seguro de que no se habían marchado por algún otro motivo. Pero tal vez fuera un buen momento para cerrar el pico y eso es justo lo que hice.
—Me he pasado todo el puto fin de semana lidiando con las repercusiones de perder la inversión, intentando mantener en lo posible controlada la cobertura de los medios y apagando todos los otros fuegos que encendió usted. ¿Y ahora tiene el valor de rebuscar entre mis cosas, dejar mi despacho hecho un caos y contestarme de mala manera en lugar de disculparse? ¿De reírse como si algo de esto fuera remotamente divertido? Joder. ¿Cuál es su puto problema?
Tragué saliva. Para ser sincera, era un poco menos divertido cuando lo explicaba así.
Ladeó la cabeza.
—¿De qué va todo esto? ¿Qué es lo que quiere? —Pude oler una nota cálida y especiada de su perfume cuando se acercó. Nada que ver con el invasivo hedor del tío de Halloween—. ¿Dinero? ¿Atención? ¿Ha sido todo esto una elaborada estratagema para poder estar en la misma sala que yo?
«Espera… espera, ¿qué?».
—¿Por eso rebuscaba entre mis cosas? —continuó—. ¿Trataba de encontrar algo con lo que chantajearme? ¿O es una de esas acosadoras que cree que está enamorada de mí?
Me quedé pasmada.
Porque «¡¿qué?!».
—No, ¿qué? ¿Qué tipo de malabares mentales tiene que…?
—Joder, no me mientas, Sanchez.
Vale, así que se suponía que se acabó lo de «señorita» entonces.
—Tío, estaba buscando un cargador. Te juro que no… no estoy enamorada de ti.
La hostia. No me podía creer que hubiera tenido que decir eso en alto.
Pero ¿qué le pasaba? ¿Ese tío estaba bien?
Di un paso atrás, intentando poner un poco de distancia entre los dos, pero me siguió.
—Entonces ¿qué coño pasa? —soltó, dando los mismos pasos que yo hasta que di con la espalda en la pared. En ese momento me dominaba desde su altura, todo rabioso y con los músculos en tensión.
Puede que Alba no exagerara cuando decía que iba a matarme y hacer que enterraran mi estúpido cuerpo, porque me fulminaba con la mirada como si no quisiera hacer otra cosa que estrangularme allí mismo.
—Vale, escucha —dije, tratando de mantener un tono lo más calmado posible mientras levantaba las brillantes palmas de mis manos en un gesto de rendición—. Te juro que no he hecho nada de esto en un intento de… llamar tu atención o lo que sea. Lo de Halloween fue solo un malentendido, creo.
Llegados a ese punto, estaba bastante segura de que no había sido él el que me tocó el culo esa noche.
Su voz era mucho más profunda, olía muchísimo mejor y parecía… más fuerte que el otro tipo. Sé que solo vi la espalda del tío y todo eso, pero desde luego no recordaba que tuviera los hombros tan anchos.
Adrien tenía una constitución casi tan intimidante como sus ojos.
—La foto del móvil es de una cámara de seguridad, ¿no? —pregunté—. Así que doy por hecho que viste dónde estaba antes de entrar en el vestíbulo. Viste lo que ocurrió.
Aprecié un tic en su cara, pero no dijo nada. Seguí hablando y me lo tomé como un «sí».
—¿Eras tú? —pregunté—. Porque yo creía que sí y…
—No. —La palabra salió de su boca con firmeza y en tono seco.
—De acuerdo, bueno, iba vestido igual que tú… por lo que recuerdo. Tenía el pelo oscuro y todo, y solo lo vi de espaldas. Así que… si no eras tú, entonces fue solo un malentendido.
Adrien se quedó en silencio como si esperara algo más. Una disculpa, tal vez.
—De verdad que estaba buscando un cargador —dije en lugar de la disculpa, sacándome el móvil del bolsillo trasero—. Está muerto. ¿Ves? No te miento.
—¿Y qué? ¿No podías pasar cinco minutos sin el puto móvil?
«Dos horas. Me hiciste esperarte dos horas, ¡no cinco minutos, imbécil!».
Pero me mordí la lengua porque me miraba como un loco y le había prometido a Olive que la llevaría al parque de atracciones Six Flags si sacaba un diez en su próximo examen de matemáticas el mes siguiente. Así que, por lo menos, tenía que seguir viva hasta entonces.
—¿Algo más? —me alentó a seguir—. ¿Alguna otra excusa de mierda que quieras sacarte de la manga, o te has quedado sin ideas?
Parpadeé para evitar poner los ojos en blanco.
—Ninguna otra excusa —le aseguré—. Solo esas dos.
Entonces me preparé para lo peor. Porque ese era el momento en el que me iba a decir que iba a presentar cargos. Y que sus abogados me estaban esperando afuera y que querían hablar conmigo.
Ese era el momento en el que Adrien Cloutier me iba a explicar con precisión cómo tenía previsto arruinarme la vida. Y entonces me exigiría una disculpa antes de notificármelo de forma oficial.
—Estás despedida. Fuera.
Tardé un segundo en asimilar que no iba a añadir nada más.
—Espera…, ¿eso es todo? —dije como una tonta.
Porque no podía ser todo. Seguro que me esperaban más consecuencias.
Se le contrajo un músculo de la mandíbula antes de contestar, casi en protesta por lo que iba a decir.
—Eso es todo.
Un momento. Había agredido al tío, le había hecho perder una inversión de setecientos millones de dólares, había rebuscado entre sus cosas, destrozado su despacho, le había armado un lío con la prensa, me había negado a disculparme y… ¿eso era todo? ¿Que estaba despedida?
Algo no cuadraba.
Adrien era un tiburón cruel y despiadado que tenía como hobby arruinarles la vida a otros (suponía) y no me salían las cuentas.
—¿Por…?
—F-u-e-r-a.
Reprimí el millón de preguntas que tenía en la punta de la lengua y pasé a su lado, medio esperando que un batallón de abogados me estuviera aguardando fuera del despacho, con la demanda en la mano.
Pero no fue así. Solo estaba Frankie sujetando una caja de cartón vacía.
«¿Ein?».
Tardé unos ocho segundos en vaciar mi escritorio.
Un par de cascos con cancelación de ruido, un paquete viejo de chicles de fresa del que me había olvidado por completo y un tubo de crema de manos del tamaño de muestra. Eso es lo que metí en la enorme caja que me había puesto Frankie en los brazos cuando salí del despacho de Adrien.
Le habían ordenado que me escoltara mientras guardaba mis cosas y me iba. Por si decidía mangar una grapadora o algo, supongo.
—Ya está —anuncié, levantando la caja—. Nos podemos ir.
Frankie enarcó una ceja.
—¿Te acababan de contratar?
—No. Llevaba aquí dos años.
—¿Y eso es todo lo que tienes?
Me encogí de hombros.
—Nunca he sido de las que acumulan basura. Eh, ¿alguna vez te han dicho que pareces un doble mazado de Don Limpio? —Tenía el pendiente y las cejas canosas y todo.
—Sí.
—Guay. Aunque tú eres más guapo.
—Lo sé —respondió sin dudar.
Me reí y me puse a su lado mientras regresábamos al ascensor, ignorando los susurros no tan silenciosos y las miraditas no tan discretas que me lanzaban mis excompañeros, dos de ellos grabando no tan en secreto mi increíble y deslumbrante salida.
Ninguno se acercó a despedirse y lo entendí.
Nunca había hecho amigos allí. La verdad es que no le veía el sentido. Siempre había supuesto que ese iba a ser un empleo temporal, solo hasta que encontrara algo que no fuera… No sé. Algo que no me drenara el alma y convirtiera mi cerebro poco a poco en una pasa seca, supongo. Ese sería un buen punto de partida.
Frankie me acompañó hasta la puerta y me quitó la tarjeta de acceso, recalcando que se me prohibía volver al edificio y blablablá. Alguien del equipo de Recursos Humanos se pondría en contacto conmigo en las próximas horas. Eso era todo lo que me hacía falta saber.
Aunque dudaba que fuera a recibir algún tipo de indemnización. Tenían de sobra para justificar mi despido de acuerdo con el código de conducta de la empresa.
Lo sabía porque en mi segundo día allí me había aburrido tanto como para leerlo entero.

—Eh, qué pronto has llegado, por… —Jamie se detuvo de golpe cuando entré en el apartamento y se quedó pasmada cuando me vio cubierta de purpurina—. Pero ¿qué narices te ha pasado?
—Hola —le dije, dejando la enorme caja casi vacía en el suelo.
Se la habría devuelto a Frankie y me habría guardado los chicles y la crema en el bolso (o los habría tirado), pero no podría pagar el alquiler si no encontraba pronto otro trabajo, y las cajas de mudanza eran caras.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Jamie ojiplática.
—A ver, veamos… Adrien se ha enterado de que yo era Wally, me ha encerrado en su despacho y sin querer he detonado una bomba de purpurina y me han despedido. ¿Qué tal tu día?
—No vas a entrar aquí así —dijo—. Sal fuera y quítate la ropa.
—No me voy a desnudar en el descansillo.
—Ria, esa mierda se va a meter por todas partes. Odio la purpurina. ¿Cómo has conseguido llegar a casa?
—Andando. —Había tardado cuarenta y cinco minutos y soportado un montón de miradas curiosas. Pero era imposible que me hubieran dejado entrar de esa guisa en el tren, así que me coloqué los cascos y me puse a andar.
Jamie suspiró, levantando la vista al techo como si pidiera paciencia.
—Espera aquí un segundo.
Cuando regresó, llevaba una bolsa de plástico y la aspiradora.
—Eh, no —dije, sabiendo justo lo que estaba pensando ella.
—Eh, sí. Abre la puerta y sal fuera.
—¡Qué van a pensar los vecinos! —Levanté los brazos con dramatismo mientras Jamie enchufaba el arma.
Luego sujetó el tubo de acero con ambas manos y apuntó directa a mi cabeza, entrecerrando sus ojos malvados.
—¡Eh! Tranquila —dije, levantando las manos.
—He dicho que abras la puerta y salgas —murmuró entre dientes.
Tragué saliva, dando un paso atrás.
—Escucha —dije con la voz y las manos temblorosas—. No quieres hacerlo. Yo… Me llamo Ria, soy esposa y madre y b-bebés. Tengo bebés. Setenta y ocho. Está Jolly, la morsa; y Bubbles, el pez; y Princess, la osita, y dentro de unos años van a valer una fortuna, ¡te lo prometo! ¡Podemos repartirnos las ganancias!
Pero hizo oídos sordos a mi generoso y multimillonario soborno en forma de peluches Beanie Baby.
—¡Me lo arrebataste! —gritó Jamie—. Era mío y tú… ¡te lo llevaste!
—¡Empezó él! —insistí al tiempo que chocaba con mi espalda en la puerta—. Lo juro. ¡Tobigote vino a mi cama por voluntad propia!
Siempre supe que no estaba bien. Le había dicho que se fuera, que volviera con ella. Era su gato. Era con ella con quien tenía que pasar las noches.
Pero no me hizo caso.
—No lo hagas —supliqué entre susurros, con los hombros encogidos de miedo—. Por favor, no lo hagas. Piensa en mis bebés.
Cargó su arma.
«Madre mía».
Justo en ese momento, Tobigote Maguire salió trotando de mi dormitorio, maullando como la zorrita mimosa que era.
—Hola, precioso —le dije con cariño mientras se frotaba contra mis piernas—. ¿Quién ha sido el chico más bueno y más guapo esta mañana?
—En serio, sal antes de que sueltes toda esa mierda encima de él. Te voy a aspirar.
Dejé caer las manos.
—Vale, pero mantente alejada de la cara. Para eso utilizaré aceite de coco. Eh, y antes puedo hacer la secuencia de transformación de Guerrero Marte de Sailor Moon. Con el giro centelleante y todo.
No pareció muy conforme.

Alba me estaba haciendo el vacío de manera oficial.
No había sabido nada de ella desde hacía más de cuatro días, y no había sido por no intentarlo. Hasta Ben estaba pasando de mis mensajes. Había conseguido que su marido me ignorara. Así de cabreada estaba.
Para el viernes por la noche ya tuve bastante. Tenía todo el derecho a estar enfadada conmigo, pero íbamos a gestionarlo como adultas, joder. Lo mínimo que podía hacer era ignorarme a la cara, aunque preferiría que me gritara. Unos quince o veinte minutos de gritos solían calmarla.
Me presenté en su casa con una caja de los dónuts favoritos de Alba (crème brûlée de esa tiendita que hay en la otra punta de la ciudad) y unos regalitos para Olive.
—No está en casa —me mintió Ben en cuanto abrió la puerta.
—La he oído antes de llamar, bobo. Dile que tengo que hablar con ella.
Vaciló durante un par de segundos, luego miró por encima del hombro y salió afuera. La puerta se cerró tras él.
—Escucha. De verdad que no es un buen momento —dijo en voz baja, pasándose una mano por los rizos castaños—. Tal vez deberías volver…, no sé. Danos un poco de espacio.
«Danos». Dijo «danos».
No había estado pasando de mí por Alba. Estaba enfadado. Y no fue hasta que se puso debajo de las luces del porche cuando me di cuenta de las oscuras ojeras que tenía y de cómo se le pegaba el pelo a los laterales de la cabeza, como si hubiera estado pasándose por ahí una mano con frustración durante todo el día.
—Eh…, ¿estás bien? —pregunté. ¿Habían discutido otra vez?
—No, la verdad es que no. —Se metió los puños en los bolsillos, tensionando toda la mandíbula. Y entonces lo dijo—: La han despedido, Ria. Por lo que hiciste.
Al principio creí que lo había oído mal. Porque era imposible que hubiera dicho que Alba había perdido su trabajo.
Alba, que había dedicado sus últimos cuatro años al completo y mucho más a Adrien Cloutier.
Alba, que siempre priorizaba el trabajo por encima de su propia salud, cordura y bienestar. Por encima de su familia. Por encima de mí.
Alba, que se suponía que empezaba la baja de maternidad al cabo de siete semanas. Una baja de maternidad pagada. Durante un año.
—¿Qué? —dije.
—La ha despedido —repitió Ben con todo el cuerpo tenso de puro estrés—. Un despido procedente. Así que sin paquete de despido ni indemnización ni… nada. No le han dado nada.
«Pero ¿qué narices estás diciendo?».
El aire se volvió denso en mis pulmones cuando asimilé lo que me estaba contando.
—Se suponía que empezaba la baja por maternidad dentro de menos de dos meses. ¿Aún va a…, todavía…?
—Nada.
Parpadeé con la cabeza dando vueltas.
No había sido culpa suya. Ella no había hecho nada. Todo lo había hecho yo sola. Había sido yo la que lo había fustigado. La que le había destrozado el despacho.
—¿A qué te refieres cuando dices que la han despedido con causa justificada? —pregunté, con la voz rota por el pánico, la rabia y… la vergüenza. Todo había sido mi culpa—. Alba no hizo nada. Ni siquiera estaba allí. Ni siquiera lo sabía hasta lo del vídeo y…
Me callé de golpe cuando la puerta se abrió de nuevo, dejando ver a mi muy preñada y, por su aspecto, muy cansada hermana mayor.
Su pinta era horrible.
Tenía el pelo medio recogido en un moño, la cara sin maquillar y cargada de estrés y los ojos… Debía de haber estado llorando sin parar durante días.
—Hola —dije, intentando tragarme el espinoso nudo que se me había formado en la garganta—. Ben me ha contado lo que ha pasado. No lo entiendo. Cómo o por qué o… Tú no hiciste nada.
Puede que tuviera motivos para demandarlos. Por despido improcedente o despido por represalias o algo así.
No lo sabía.
No era abogada.
«¿Y de quién es la culpa?».
—Venga, entra —dijo Alba, haciéndose a un lado para dejarme pasar—. Hace frío aquí fuera. —Dudé, cambiando de postura en el sitio hasta que me tiró de la manga—. Vamos. Se me están cansando los pies.
Entré y dejé la caja de dónuts y los regalos en la mesita.
—¿Dónde está Olive?
—Mis padres se la han llevado el fin de semana —dijo Ben—. Necesitábamos tiempo para… Tenemos que resolver algunas cuestiones.
«Culpa mía».
Alba se hundió en el sofá con un fuerte suspiro y echó la cabeza hacia atrás, tragando saliva para tratar de no llorar.
Yo me quedé de pie en un rincón, incómoda, esperando a que me empezara a reñir.
Solo que no lo hizo.
—Albs…
—La tarjeta —respondió antes de que pudiera siquiera preguntar—. Utilizaste mi tarjeta para entrar al hotel y la rastrearon para llegar hasta mí. Adrien me convocó a una reunión en cuanto llegué a mi escritorio. Me despidió incluso antes de verte a ti. Algo relacionado con la seguridad. Por lo visto, cuando empecé, firmé un documento aceptando que solo la podía usar yo.
Sentí un nudo en el estómago. ¿Ese era el asunto del que se tenía que ocupar él? ¿Había llegado tarde porque estaba despidiendo a Alba?
—¿Por qué no le dijiste que yo te había robado la tarjeta o algo así? —Yo ya estaba metida en un lío. No habría importado.
Fui yo la que le había suplicado que me prestara la tarjeta. «¡Si ya no vas a ir al gimnasio!», repliqué cuando me dijo que no. «Estoy pagando ciento cincuenta dólares al mes por máquinas que, por así decirlo, están pegadas con cinta aislante».
Pero ¿el que había en el hotel insignia? Era el sueño húmedo premiado de cualquier gym bro, equipado con un bar de zumos gratis, masajes gratuitos, piscina y saunas privadas.
Después de dos meses de rogarle y suplicarle, Alba por fin había cedido y me había dado la tarjeta de acceso por mi cumpleaños. Todo aquello era culpa mía.
—Todavía podrías hacerlo. Todavía podrías decirle que te la quité —dije, aferrándome a la más mínima esperanza de que tal vez no fuera demasiado tarde—. Podrías decirle que no lo sabías y, y…
—¿Por qué no le cuentas el resto? —soltó Ben con amargura, dirigiéndose a su mujer.
—Ben…
—Debería saberlo, Alba.
Miré primero a uno y luego al otro mientras se me formaba un nudo en la garganta.
—¿Qué? ¿Qué es lo que no me estás contando?
—Iba a presentar cargos —dijo Ben—. Estaba hecho una furia e iba a presentar cargos y demandarte por daños y perjuicios. Alba se pasó dos horas rogándole que lo dejara pasar en vez de pedirle que no la echara y nos permitiera mantenernos a flote…
—¡Ben!
Se calló. No estaba de acuerdo, pero se calló. Justo antes de marcharse echando humo por las orejas.
—Estaré abajo si me necesitas.
—Pero ¿qué cojones? —dije.
—Solo está estresado —respondió Alba—. No era un buen momento para que perdiéramos mi sueldo con lo de… Bueno, ya sabes. —Se señaló la tripa—. Y no es como si pudiera conseguir otro trabajo ahora mismo, así que las cosas van a ponerse difíciles durante un tiempo. Está preocupado por la hipoteca.
Me estaba costando hasta respirar.
—En serio, Alba, ¿qué cojones?
—No es para tanto —dijo. No sabía a quién de las dos intentaba convencer, si a ella o a mí—. Adrien me debía un favor y me lo cobré.
Espera un segundo.
—¿Te debía un favor y no lo utilizaste para conservar tu trabajo? ¿O para que te firmara un cheque de mil millones de dólares?
Giró la cabeza para fulminarme con la mirada.
—¿Te estás escuchando? ¿Qué parte de «iba a presentar cargos» no has entendido?
Mi corazón me latía incontrolable en el pecho y yo apretaba los puños a ambos lados del cuerpo.
—¡Eso no importa! ¡Yo…!
—¡A mí sí me importa! —soltó, interrumpiéndome—. ¡A mí sí que me importa, Ria! Me preocupa que presente cargos. Me preocupa que vaya a por ti con todos sus abogados. Me preocupa que te arruine la vida. ¡Me importa! ¿Qué coño te pasa?
Tuve que recordarme que tenía que seguir respirando. Que no era la mejor idea tener una discusión acalorada con una mujer embarazada de siete meses. Ya estaba bastante estresada, así que mantuve la boca cerrada.
—¡Mírate! ¡Mira tu vida! —dijo Alba, poniéndose en pie. Tenía los ojos llorosos de pura frustración y me hizo sentir como una auténtica mierda—. Llevas años con esta larga racha autodestructiva y no me puedo quedar de brazos cruzados y ver cómo sigues haciéndote esto a ti misma. Es una puta tortura.
Se llevó una mano protectora a la tripa y tragó saliva un par de veces, tratando de contener las lágrimas.
—Ya no te reconozco, Ree…, y… me da miedo. No sé qué hacer ni cómo solucionarlo. No sé cómo ayudarte.
Alba hizo una pausa, esperando a que yo dijera algo, pero lo único que podía hacer era clavar los ojos en ella, paralizada.
—Me preocupo —repitió—. Me preocupo por ti. —Le temblaba el labio inferior y se limpió los ojos llorosos con una mano trémula—. Sé que lo que pasó con Josh fue muy injusto. Sé lo… desalentador que tuvo que ser para ti. Pero han pasado diez años y yo solo… Lo has dejado ganar. Sigues dejándolo ganar. No te importa el trabajo, no quieres conocer a otras personas ni hacer amigos nuevos. No sales con nadie. Ya no tienes objetivos ni ninguna ambición. Te ríes y bromeas y finges que ya nada te importa, pero te has rendido. Te has insensibilizado hasta tal punto que ya… ya no vives. Solo existes y nada más.
Su voz se suavizó hacia el final del discurso mientras esperaba mi reacción.
No tenía un espejo frente a mí, pero, a juzgar por cómo frunció el ceño, mi gesto era tan vacío y ausente como me sentía de golpe.
—¿Ree?
—No te pedí que te sacrificaras por mí.
Hundió los hombros con un fuerte suspiro.
—No tenías que hacerlo, esa es la cuestión. Eres mi hermana pequeña. Por no mencionar que tú habrías hecho exactamente lo mismo por mí.
No le faltaba razón.
—De acuerdo. ¿Algo más? —pregunté.
Tardó un segundo en responder.
—¿Eh?
—¿Algo más que tenga que saber o que necesites soltar?
—Eh…, no.
—Guay. Te llamo mañana.
—Espera, ¿qué? ¿Te vas? ¿Ahora?
Eché un vistazo al móvil. 5:56. Adrien casi siempre se quedaba trabajando hasta tarde, así que, si pedía un Uber, todavía podía pillarlo antes de que se fuera del despacho. Tal vez. Si no me paraban los de seguridad.
—Sí. Tengo algo que hacer —dije mientras pedía un coche. Un sedán Nissan negro, menos de un minuto—. Podemos terminar esta conversación más tarde.
Volvió a suspirar.
—Estás enfadada conmigo.
—Tú estás enfadada conmigo —señalé.
—¿Es porque he mencionado a Goldman?
Me metí el móvil en el bolsillo otra vez.
—Sí. Está en mi lista de temas prohibidos por un motivo. Hablamos mañana por la mañana. —Después de que hubiera arreglado el lío que yo misma había montado.
Salí fuera antes de que pudiera replicar.