Prólogo. Con ánimo de provocar

Prólogo

Con ánimo de provocar

Llevo más de cuatro décadas viendo a todo tipo de personas pasar por mi consulta. He escuchado miles de relatos de sufrimiento humano y he sido testigo de los síntomas más diversos. Durante mis primeros años como médico y psiquiatra, cuando la psiquiatría era todavía una especialidad recién nacida, pensamos que habíamos descubierto la fórmula para resolver todo lo que nos estaba ocurriendo como especie. Creímos que los fármacos y la genética, la medicina y la química nos iban a salvar. Nos hicimos esa promesa como profesionales, y también se la hicimos a las personas que acudían a nosotros. Lo íbamos a curar todo.

Ha pasado casi medio siglo y esas promesas no se han cumplido. Si dejamos de lado las mejoras innegables en cirugía y algunas enfermedades que sí se tratan ahora con muchísima más facilidad, como las infecciosas, podemos decir sin miedo a equivocarnos que el modelo en el que pusimos toda nuestra fe no nos ha servido de mucho. ¿Por qué puedo afirmar algo así? Por algo tan sencillo y objetivo como los números. Tenemos más enfermedades crónicas, más suicidios infantiles, más fracaso escolar, más pacientes medicados, más psicólogos, más psiquiatras. Todos, profesionales y pacientes, nos damos cuenta hoy de que la promesa de que íbamos a curar la mayoría de las manifestaciones del sufrimiento sigue sin cumplirse.

Hoy más que nunca, a la gente le pasan cosas. A ti también: no puedes dormir, estás enfadado, no tienes interés por las actividades cotidianas, estás aburrido, estás harto, te llevas mal con todo el mundo, no quieres comer o, al revés, necesitas comer en exceso, no consigues concentrarte… A ti te pasan cosas, y nosotros, que no hemos aprendido a curarlo, sí hemos aprendido a ponerle una etiqueta. Lo llamamos depresión, o trastorno por ansiedad, o fobia social, o bulimia nerviosa o TDAH, y mandamos a esa persona que sufre a su casa con una receta para un medicamento que, en el peor de los casos, estará tomando toda su vida. Dejamos de preguntarnos qué le hace sufrir, qué ha pasado en su vida antes de venir a vernos, cómo creció, quiénes eran sus padres, dónde y cómo vive. La persona desaparece junto a las preguntas que no queremos hacer. Y solo queda el diagnóstico.

Decía Ortega y Gasset que la única función social de un intelectual es la provocación, así que lo digo: la depresión no existe, la ansiedad no existe, la fobia social no existe. La salud mental no existe. Existe el sufrimiento de esta persona detrás de todas las etiquetas, por supuesto que sí, pero cada uno de esos diagnósticos los hemos inventado los profesionales porque convienen al sistema, no al paciente. ¿Qué es la depresión? Una manera de estar mal, una manera de expresar un sufrimiento individual que nunca nunca se manifiesta solamente a través de lo mental. Nada de lo que hacemos como seres humanos es solo mental o solo corporal. Todo buen enamorado sabe que el amor afecta al corazón igual que al cerebro, como todo aquel que se haya declarado alguna vez sabe que los nervios se llevan en el estómago tanto como en la mente, y así ocurre con todas las emociones. Por eso aquella promesa de que curaríamos lo mental con un fármaco para el cerebro ha demostrado ser una enorme cortina de humo que durante mucho tiempo nos ha impedido ver cómo funciona realmente la salud.

Casi todo lo que creemos sobre la depresión y otros trastornos mentales está equivocado o es contradictorio. Y casi todo lo que hacemos para tratarlos está mal hecho o es insuficiente. En la evolución de la ciencia vamos siempre por ciclos que nacen y se agotan, y en la psiquiatría llevamos muchos años siguiendo los mismos planteamientos sin obtener resultados, así que ha llegado el momento de reconocer que necesitamos algo nuevo. El modelo sanitario actual se ha terminado, está obsoleto. Hay que dinamitarlo por la más simple de las razones: porque no funciona. Es la única reacción puramente pragmática que nos permitirá dejar de depender de un sistema levantado a base de parches y construir uno que trate a sus pacientes como personas completas y complejas.

Necesitamos una nueva manera de entender al ser humano. Volver a colocar a la persona en el centro, comprender su historia, dar importancia a qué le ha pasado por encima de lo que le pasa en el momento. No aliviaremos el sufrimiento de nadie a base de sumar psiquiatras, psicólogos, medicinas, psicofármacos, diagnósticos, etiquetas. No es cuestión de más, es cuestión de otro enfoque, otro modelo, otro sistema. De otra forma de mirar.

Después de casi cincuenta años dedicados a la consulta, la investigación y la formación de profesionales, mi aportación a la medicina, la psiquiatría y la psicoterapia está casi completa, pero necesitaba poner palabras a lo que llevo tanto tiempo elaborando en silencio.

Este libro nace con la voluntad de provocar, de despertar conciencias y de generar cambios. Si consigo mover una pequeña pieza en la conciencia de algún lector, y eso termina impactando en algo a nivel colectivo, mi viaje habrá valido la pena.

PRIMERA PARTE

ANATOMÍA DEL MALESTAR