Nota de la autora

Nota de la autora

Quemando la luz del día es una novela romántica contemporánea, el primer volumen en una serie de novelas autoconclusivas pero interconectadas. La pareja protagonista tendrá su final feliz en este libro, pero hay tramas paralelas y líneas argumentales que no se cerrarán y continuarán a lo largo de la serie.

No es imprescindible, pero sí muy recomendable, leer en orden los libros de la serie.

En Quemando la luz del día hay expresiones malsonantes, escenas de sexo explícito, consumo de drogas, enfermedades terminales (cáncer), violencia y situaciones de contenido adulto que pueden provocar reacciones en algunas personas. En EmilyMcIntire.com hay una lista completa a la que también se puede acceder con el código QR impreso al final de esta nota.

La historia se cuenta en primera persona y el punto de vista es limitado y mediatizado por el trauma y dolor del pasado, y no refleja todos los matices de una situación muy compleja. No pretende definir la adicción y a las personas que la sufren. Si el lector o un ser querido están en esa lucha, no se encuentran solos. No son peores. Su vida tiene valor.

Al final del libro hay una lista de recursos.

Se recomienda que el lector ejerza su propio criterio.

Código QR

Lista de reproducción

«Teenage Dirtbag» - Wheatus

«Love Story (Taylor’s Version)» - Taylor Swift

«Save Tonight» - Eagle-Eye Cherry

«As I Lay Me Down» - Sophie B. Hawkins

«Lovefool» - The Cardigans

«we can’t be friends (wait for your love)» - Ariana Grande

«I Don’t Want to Miss a Thing» - Sonny Tennet

«I Love You, I’m Sorry» - Gracie Abrams

«The Night We Met» - Lord Huron

«Someone You Loved» - Lewis Capaldi

«Paris» - The Chainsmokers

«You Are the Reason (Duet Version)» - Calum Scott & Leona Lewis

«I Get to Love You» – Ruelle

Código QR

¡Amor nacido del odio, harto pronto te he visto, sin conocerte! ¡Harto tarde te he conocido! Quiere mi negra suerte que consagre mi amor al único hombre a quien debo aborrecer.

William Shakespeare, Romeo y Julieta

ACUERDO DE WAYMONT

ROSEBROOK FALLS, CONNECTICUT

Este Acuerdo tiene lugar el 13 de agosto de 1930 entre las empresas fundadoras abajo firmantes (los «Fundadores»).

POR CUANTO los Fundadores desean colaborar en la fundación de un nuevo pueblo dentro del Condado de Verona, que llevará como nombre Rosebrook Falls, con el objetivo de crear una comunidad próspera y sostenible.

Los Fundadores reconocen la importancia de garantizar una representación justa, un desarrollo equitativo y evitar la monopolización de recursos, liderazgo o toma de decisiones dentro del pueblo.

EN FE DE LO CUAL, los Fundadores han ejecutado el presente Acuerdo en la fecha que consta al principio de este documento.

EMPRESA A:

Calloway Enterprises

Nombre: Alabaster Calloway

Firma: Alabaster Calloway

EMPRESA B:

The Montgomery Organization

Nombre: Theodore Montgomery

Firma: Theodore Montgomery

Prólogo

Juliette

Trece años

No tendría que estar aquí.

Me agazapo mientras Beverly, mi niñera, y Aaron, el chef, entran con la compra y cotillean como si fueran periodistas del Rose-brook Rag.

Si Beverly se entera de que estoy escuchando a escondidas, me mata.

Y más hoy, que me hacen las pruebas del vestido para la Gala Anual de los Fundadores, que se celebra todos los años en la Universidad de Verona.

—¿Tú crees que Marcus Montgomery sabe que su mujer se está tirando a Craig? —le pregunta Aaron.

—Pues claro. Es el secreto peor guardado de Rosebrook Falls.

—No creerás que por eso Marcus mató a…

Beverly le da un palmetazo en el brazo.

—Chissst. No se habla de los muertos. Es una ordinariez.

El chef levanta las manos en señal de rendición.

—Solo era una pregunta. Pero es raro que Marcus esté aquí, ¿no?

Beverly se encoge de hombros.

—No tengo tiempo para esas cosas, y tú, tampoco. Ayúdame a buscar a esa granujilla de Juliette.

Me acurruco más entre las sombras, debajo de las escaleras. Es un lugar donde no hay nada, solo un rincón oscuro con una lámpara que parpadea y libros con las páginas en blanco.

Pero es el único lugar de toda la mansión donde me siento como en casa. Es el único lugar donde puedo meterme que no está coreografiado a la perfección.

Colegio. Clases de piano. Lecciones de etiqueta. Lecciones de francés. Lavar. Aclarar. Repetir.

En eso consiste mi vida.

Pero hoy es domingo, el único día que tengo para esconderme y escribir.

Y eso estaba haciendo hasta que la pareja de cotillas ha llegado sin parar de parlotear.

Frunzo el ceño. He visto a Marcus Montgomery a lo largo de los años, en la Gala de los Fundadores y en todos los acontecimientos sociales que exigen de mí que me ponga un vestido bonito y sea la perfecta niña Calloway, pero el desprecio hacia el apellido Montgomery corre por las venas de mi familia, de todos y cada uno de nosotros, desde el momento en que nacemos.

La palabra «odio» define este sentimiento a la perfección.

Así que tener a Marcus en los terrenos de la mansión… es raro, sí.

Beverly y Aaron desaparecen al doblar la esquina y cierro de golpe mi libreta de relatos, salgo de mi escondite y me escabullo hacia el ala de la casa donde está el despacho de mi padre.

Al llegar, miro a través de la rendija que hay entre la puerta y el marco, y la adrenalina me corre por las venas cuando lo veo con Marcus.

Cambio de postura, la madera del suelo cruje y el eco retumba en los techos altos. Se me acelera el pulso cuando entreabro la puerta, solo lo justo para ver un poquito.

No se dan cuenta, y dejo escapar el aliento contenido.

Mi padre es todo trajes almidonados y sonrisas perfectas tan afiladas que cortan como un cuchillo, y esta noche no es una excepción. Siempre parece preparado para la batalla, aunque esté en su propia casa, a la espera de doblegarte para hacer su voluntad.

Tiene el pelo negro, igual que yo, y lo lleva bien cortado y peinado hacia atrás; las cejas gruesas se le juntan, y parece que tenga una oruga en la cara. Ha fruncido el ceño y está rígido, con los nudillos muy blancos contra el gran escritorio.

Marcus es similar, pero a la vez completamente distinto.

Todo lo que mi padre tiene de rígido y pulido, en Marcus Montgomery es… fluido.

Pero ambos irradian poder.

Marcus viste unos vaqueros oscuros y una chaqueta deportiva azul marino abierta que deja ver la camiseta blanca, y su pelo rubio es la antítesis del de mi padre. Lo lleva revuelto, como si se hubiera peinado con los dedos. No le veo los ojos, pero he visto fotos en el Rosebrook Rag y sé que son tan gélidos que te hielan hasta los huesos.

Marcus está apoyado en la estantería de la izquierda, con los tobillos cruzados como si no tuviera ni un problema en la vida.

—No —dice, y se mira las uñas.

—No me obligues —replica mi padre con voz tensa, en el mismo tono que utiliza cuando mi hermano Lance se mete en algún lío… O sea, casi siempre.

Marcus se yergue.

—No, Craig, que te den. No voy a romper el acuerdo de Way-Mont solo para que puedas obligar a la gente a dejar su casa en HillPoint y construir allí.

Se me acelera el corazón. HillPoint está en la zona oeste de Rosebrook Falls y es territorio Montgomery de principio a fin. Tengo prohibido poner el pie allí.

Mi padre se encoge de hombros.

—Yo no obligo a nadie a nada. Me limito a sugerir cosas.

—Ya, y los que no hacen caso de tus sugerencias resultan heridos. Tiene gracia la coincidencia.

—Te queda muy graciosa esa careta de inocente, Marcus, pero estamos solos. No nos ve nadie, no hace falta que actúes.

—Ni que tú tengas cara de coño, y mira.

Mi padre deja escapar una risita.

—Ya sabes lo que se dice…, somos lo que comemos. Por cierto, ¿qué tal tu mujer?

Se me revuelve el estómago. ¿Está engañando a mi madre? Marcus se pone rígido.

—¿Así que es eso? ¿Sigues órdenes de Eleanor?

Mi padre se encoge de hombros.

—Y si es así, ¿qué?

—Fóllatela lo que quieras, Craig, pero no me pongas a prueba intentando apoderarte de todo lo que es mío.

—Estás depositando demasiada fe en un contrato de hace un siglo firmado por dos hombres que están muertos —le replica mi padre con frialdad—. Sobre todo después de la muerte del hermano de mi mujer. No quisiera ver una tragedia en tu lado de la raya.

Marcus se acerca hasta que su cara queda a cinco centímetros de la de mi padre.

—No se te ocurra acercarte a mi familia, Craig, o te juro por Dios que te arrepentirás. Mira, eso sí es una amenaza.

Se me encoge el corazón de miedo, pero mi padre se limita a sonreír.

—Yo no le haría daño a Eleanor.

—No me refiero a ella, y lo sabes. —Marcus ha bajado la voz, que ahora es un susurro cargado de peligro.

—Firma los papeles y no tendrás nada de qué preocuparte.

Marcus sonríe, burlón.

—¿Tan amenazado te sientes por mí? No es más que un niño, ni siquiera formo parte de su vida. No te causará problemas.

—Lleva tu apellido, así que me vas a perdonar, pero no me quedo tranquilo —replica mi padre.

—Tú estás loco. No pienso firmar nada.

La sonrisa de mi padre es tan amplia que un escalofrío me recorre la columna vertebral.

—Entonces, saluda de mi parte a tus invitados.

Marcus suelta un resoplido y se vuelve hacia la puerta.

El corazón se me sube a la garganta y salgo corriendo por el pasillo, junto al comedor, al vestíbulo, y subo por las escaleras a mi habitación. Cierro de un portazo, me apoyo en la pared y respiro a bocanadas.

Cuando consigo calmarme, cojo la libreta y paso las páginas de la historia en la que mi madre se transforma en un ogro y garabateo a toda prisa lo que acabo de ver.

No he entendido nada, pero no quiero olvidarlo.

Cuando termino, compruebo que los ventanales del balcón están cerrados, me meto en la cama y me tapo la cabeza con la colcha hasta que casi me parece que voy a asfixiarme en la oscuridad.

Al final, me quedo dormida.

Dos días más tarde, mi padre está sentado ante la enorme mesa redonda de la sala del desayuno. Se está bebiendo un café y no hace caso de nada de lo que lo rodea.

Lo miro, confusa. ¿Qué hace en casa otra vez?

Van dos veces en una semana. Hacía meses que no lo veía tanto.

Me apoyo en la isla de mármol y bebo un sorbo de zumo de naranja, y se me van los ojos a la televisión con las noticias locales.

En la pantalla se ven dos imágenes. En una, una entrada en las redes sociales del Rosebrook Rag. En la otra, una presentadora con el rostro tenso. Muestran una foto en la que aparece un coche estrellado contra un árbol. Hay llamas tras las ventanillas rotas y el metal retorcido. Luego aparece de nuevo la imagen del periódico.

Choque mortal en HillPoint.
¿Accidente o suicidio?

La prometedora artista Heather Argent y sus dos hijos han muerto en un accidente a última hora de la noche en territorio Montgomery. La policía lo atribuye a un fallo de los frenos, pero se habla de suicidio.

Según algunas fuentes, unas horas antes se la vio discutiendo acaloradamente con Marcus Montgomery.

¿Perdió el control… o fue solo un trágico giro del destino?

Sea como sea, Rosebrook Falls habla… y nosotros seguiremos investigando.

#RosebrookRag #RumoresDeLaCiudad #LaManoDeMontgomery #HaSidoSuicidio

Se me encoge el corazón.

Cuando alzo la vista, veo sonreír a mi padre.

Roserook Rag

Paxton Calloway, comprometido.
¿Amor o interés?

Paxton Calloway, el soltero más recalcitrante de Rosebrook Falls, sale oficialmente del mercado, para asombro de la ciudad.

La afortunada es Tiffany Heartinger, heredera de un imperio petrolífero, enamorada de los diamantes y un completo enigma. Según las fuentes consultadas, la petición de mano fue privada, perfecta y sospechosamente oportuna.

¿Es amor? ¿O una fusión de alto nivel disfrazada de cuento de hadas?

Según se dice, el nombre de Heartinger lleva meses dando vueltas por las salas de juntas de Calloway.

Sea como sea, esta boda, si llega a celebrarse, será un espectáculo Rosebrook en estado puro. Y no nos perderemos detalle.

#PaxtonPoneElAnillo #JugadaMaestraCalloway #ManiobraHeartinger #AmorOInterés #RosebrookRag #TodosAtentosACalloway

Capítulo 1

Juliette

Diecisiete años

Rosebrook Falls está maldito.

O eso dice la leyenda.

Beverly siempre nos ha contado historias de la ciudad a mis tres hermanos y a mí.

Nos explica entre susurros que los edificios se alzan sobre unos cimientos de corazones rotos y secretos enterrados. Que dos personas se enamoraron, aunque estaban prometidas con otras, y todo terminó en tragedia.

Nunca he dado crédito a esas historias, la verdad. Hasta que me dijo que sus apellidos eran Calloway y Montgomery.

Eso sí me lo creí.

En mi familia, la lealtad lo es todo, así que tiene lógica que la cosa fuera igual hace generaciones.

Beverly nunca lo dijo, pero me imagino que se refería a los fundadores de la ciudad: Theodore Montgomery y mi tatarabuelo, Alabaster Calloway.

Un gigante de la construcción y un magnate de los bienes inmuebles.

Hicieron un trato. Construyeron juntos Rosebrook Falls, firmaron el Acuerdo de WayMont para dividirlo todo al cincuenta por ciento, y luego se aseguraron de que todo el poder y la influencia quedarían en familia y decidieron casar a sus hijos.

Así que cuando Kenneth, el hijo de Theodore, conoció a una chica de la familia Voltaire y se enamoró de ella, ¿qué pasó? Que Alabaster se lo tomó muy mal.

La joven Voltaire murió, y las acusaciones se multiplicaron.

No sé si hubo algo de verdad en eso; sé que Eleanor, la mujer de Marcus, también era una Voltaire y también acabó muerta.

A mi hermano Alex le encantaba repetir las historias de Beverly cuando iba de acampada. Se subía a un cajón y conjuraba visiones de muerte y destrucción en las que todas las manos estaban manchadas de sangre y el amor acababa en tragedia.

A mí me encantaba verlo en su elemento, cuando representaba las escenas y hechizaba a su público. A veces fantaseaba con escribir novelas y que él fuera el protagonista de las adaptaciones al cine.

Hoy en día, Alex sigue jurando que las historias eran ciertas, pero las contaba con una linterna debajo de la barbilla y hacía ulular la voz como si el espíritu de nuestro tatarabuelo nos fuera a saltar encima, así que no le doy mucho crédito.

Mi hermano mayor, Paxton, dice que Beverly se inventaba cuentos de hadas trágicos para explicar que nuestros padres no dejaban de pelearse.

En cierto modo, eso tiene lógica.

Seré sincera: hacía años que no le daba tantas vueltas al cuento de viejas de Rosebrook Falls.

Pero hoy no me lo quito de la cabeza.

Puede que sea porque Paxton ha anunciado su compromiso con Tiffany Heartinger, la princesa del petróleo de Pensilvania, y todos los miran con estrellitas y corazones en los ojos, pero en mi opinión salta a la vista que a Paxton le da igual.

Para él, es un trato de negocios más. Fortalecer las relaciones de la familia y todo eso.

Pero cuando lo veo tan resignado a su destino no puedo dejar de pensar que Beverly tiene razón.

Puede que la ciudad esté maldita.

Sea como sea, me alegro de poder escapar de la fiesta, aunque solo sea para embarcarme en la absurda misión que me ha encomendado mi madre.

Puñetero Lance…

Cuando lo encuentre le voy a dar un puñetazo en la cara.

Siempre le da por desaparecer, y a mí siempre me toca ir a buscarlo.

He ido a los lugares habituales, desde el pequeño campus de la Universidad de Verona hasta El Juguete del Destino, el teatro de la plaza.

Pero el liante de mi hermano no está por ninguna parte.

Y ya solo se me ocurre un lugar, así que subo al punto más alto de Rosebrook Falls: la Roca del Revés, una zona aislada, oculta entre los caminos y la maleza del Parque Comarcal de Verona.

Empieza a sonarme el teléfono cuando estoy subiendo por la empinada ladera de la colina, pero ya sé que es Paxton o mi madre, y no lo cojo.

Recorro el camino polvoriento y lleno de hierbajos, y la nostalgia me asalta de repente con violencia.

Cuando cumplí trece años, Lance me enseñó a escabullirme de la casa para venir aquí. Me dijo que era «un rito de iniciación de todo adolescente Calloway».

Siempre dice que esta zona le transmite serenidad.

Yo creo que es su refugio cuando nuestro padre lo cabrea.

Hay un peñasco enorme al borde del precipicio, con la superficie del tamaño de un SUV pequeño. Solíamos subir con cuidado y tumbarnos con los pies hacia el cielo hasta que se nos subía la sangre a la cabeza y parecía que nos íbamos a desmayar, o a caer. Era emocionante… y peligroso.

No recuerdo la última vez que vi esa expresión despreocupada en los ojos de Lance; así era por aquel entonces.

La nostalgia se vuelve más intensa cuando me detengo ante la roca, pongo los brazos en jarras y miro a mi alrededor.

Rosebrook Falls se encuentra en un valle, y este es el punto desde donde se domina. Desde aquí se ve todo, desde la universidad, al este, hasta las vías del tren que bordean los límites de HillPoint al oeste, cerca del precipicio.

Todo está tranquilo. Pacífico. Sereno.

Y no hay ni rastro de Lance.

Me dejo invadir por los maravillosos tonos anaranjados, rojos y rosados del cielo del ocaso. Mi teléfono vuelve a vibrar y me saca de mi ensimismamiento. Dejo escapar un suspiro, lo saco del bolsillo y abro el grupo de chat que tengo con mis hermanos.

LOS REYES (Y LA REINA) CALLOWAY



Alex:

Menudo cabreo tiene mamá.

Yo:

Es su cara de cabrona habitual.

Alex:

Pues hoy, más. Mira hacia la puerta como si pudiera invocar a Lance desde el inframundo. Da miedo.

Paxton:

Ya se le pasará. ¿Hay suerte, Jules?

Ahora viene la culpa. Yo no he perdido a Lance, pero me siento responsable por no encontrarlo.

Yo:

No. Lance, si lees esto, que sepas que te voy a matar.

Alex:

Y yo.

Suelto un bufido.

Alex:

¿Has mirado en el teatro? Se está tirando a la prota de Sueño de una noche de verano.

Arrugo la nariz, asqueada.

Yo:

Puaj. ¿No es Heidi?

Alex:

Sí.

Yo:

Qué asco.

Alex:

¿VERDAD? LO MISMO DIJE YO.

Yo:

Lo he buscado por todas partes. Estoy cansada, estoy sudando, y cuando mamá vea cómo me ha quedado el vestido, me va a asesinar.

Lo cierto es que me cambié antes de salir, pero ellos no lo saben.

Alex:

¿Por todas partes? ¿Todas, todas?

Ya sé lo que insinúa. Quiere saber si mi «por todas partes» incluye HillPoint.

Yo:

Negativo. No quiero que me peguen un tiro.

Alex:

Qué tontería. Ahí no te pegan un tiro. Te tiran al río con unos zapatos de cemento.

Paxton:

¿Dónde estás ahora, Jules?

Yo:

Haciendo de guardabosques.

Paxton:

¿En el Parque de Verona? No te quedes por ahí cuando oscurezca.

Yo:

Vale, papá.

Pongo los ojos en blanco ante la vena sobreprotectora de Paxton, pero tampoco voy a mentir, me ablanda un poquito el corazón.

En teoría el Parque de Verona es territorio neutral, pero el director del parque le debe el empleo (y la bonificación anual) a mi padre, así que la cosa se decanta a nuestro favor.

Alex:

No quiero que te destripe un oso y salgas en primera plana en el Rosebrook Rag.

Paxton:

Hay cosas peores que los osos y los periodicuchos. Vuelve antes de que anochezca.

Alex:

Sí. Como que un sicario de los Montgomery te tire al río.

Me doy la vuelta para quedar de espaldas al precipicio, y que se vea Rosebrook Falls a mi espalda, y me hago una foto enseñando el dedo corazón con una sonrisa sarcástica. Se la mando.

Me guardo el teléfono en el bolsillo, voy hacia la roca y me tumbo boca arriba, con las piernas contra la pared y los pies hacia el cielo. Se me acelera el corazón en cuanto me echo hacia atrás con el pelo colgando, agitado por la brisa que sopla al borde del precipicio. La adrenalina me corre por las venas, solo la justa para sentir la emoción del peligro, y cierro los ojos, huelo los abedules, tan de Connecticut que se me llena el corazón de su aroma.

Oigo el crujido de una ramita a mi espalda y se me sube el corazón a la garganta. Cierro los ojos con fuerza y rezo para que no sea un coyote, o un oso.

Juro que como mis días acaben aquí, dándole la razón a Paxton, mi fantasma rondará por este lugar para siempre.

—¿Lance? —pregunto con cautela.

Pasan unos segundos. Y a continuación, otro ruido.

Me doy cuenta de que son pisadas.

Trato de incorporarme para ponerme en pie, pero con las prisas lo único que consigo es resbalar.

Me quedo sin respiración en cuanto empiezo a deslizarme por la roca, intento agarrarme a la piedra lisa, pero no hay asideros. Dejo escapar un grito, todavía con las piernas por encima de la cabeza, me rompo las uñas contra la piedra en busca de algo a lo que sujetarme, lo que sea.

De pronto, algo me agarra por el brazo y tira de mí.

Me doy un buen golpe contra el suelo, y el aliento se me escapa de los pulmones.

Tengo los ojos cerrados, los aprieto con fuerza, y el corazón al galope, y tardo un momento en darme cuenta de que la tierra no es tan sólida como debería.

Y respira.

La tierra es cálida, maleable; abro los ojos, y la tierra es una persona.

Y clavo mis ojos castaños, abiertos de par en par, en los suyos, azules como el hielo.

Capítulo 2

Juliette

Es un chico.

Todo su cuerpo son líneas duras; músculos esbeltos, bien definidos, tensos debajo de mi cuerpo, y unos dedos fuertes que se me clavan en la cintura hasta el punto de que no sé si trata de apretarme contra él o de apartarme.

Me muevo sin pensar y suelta un gruñido. Es un sonido grave, áspero, que se me clava como un estallido de calor. Me echo hacia atrás, me apoyo en la gravilla, me pongo en pie como puedo. Sigo teniendo el corazón acelerado, lo miro, y parpadeo varias veces seguidas.

Está echado en el suelo, y sé que yo parezco un ciervo paralizado por las luces de un coche, pero él está tranquilo.

Relajado.

Un mechón de pelo castaño tan oscuro que casi parece negro le cae sobre la frente; se lo aparta de los ojos y veo su tatuaje en el dorso de la mano, que asciende serpenteante por su muñeca y desaparece bajo la manga de la sudadera azul, y la tinta es muy negra en contraste con su piel pálida.

Noto un calor ardiente por dentro, como si me hubieran electrizado cada terminación nerviosa.

«Qué bueno está».

Vaya si lo está.

He estado a punto de morir y el universo me recompensa con una mandíbula tan firme como para rematarme. «Típico».

La adrenalina que me queda en el cuerpo hace que me tiemblen las manos. No cabe duda de que me acaba de salvar la vida. Así que por eso no puedo… parar… de… mirarlo.

Supongo que se va a levantar, que va a decir algo, no sé, que va a hacer algo, pero no.

Se limita a sonreír. Se le forman unos hoyuelos en las mejillas y me ciega con una sonrisa que, no sé cómo, le acentúa aún más la línea de la mandíbula.

Y hasta eso le queda bien, claro.

Me recorre con la mirada y noto que me sonrojo.

Echo la espalda hacia atrás y hago una mueca al notar el dolor sordo que se me clava en la articulación, pero no le presto atención y adopto una expresión impasible, como si el tipo no me afectara en absoluto.

Se estira, cruza los tobillos, se acoda en el suelo. La sudadera se le abre lo justo para dejar a la vista una camiseta blanca y una cadena de plata, y tiene el pelo revuelto con tanto estilo que no me creo que no invierta un tiempo considerable en peinarse por las mañanas.

La sonrisa se le acentúa mientras estudio sus rasgos.

Como si dejarse mirar por mí fuera el mejor plan del mundo.

—¿Tú quién eres? —pregunto, alzando la barbilla con un aire muy de los Calloway.

Arquea una ceja y se humedece el labio inferior.

—Soy el que te acaba de salvar la vida. ¿Y tú?

Frunzo el ceño. No sé si está siendo irónico o de verdad lo ignora.

—¿No lo sabes?

Me arrepiento en cuanto lo digo. He sonado engreída, pero no era mi intención. No es habitual que alguien de Rosebrook no conozca a la única hija de Craig y Martha.

Se levanta y se sacude la tierra de los vaqueros, y la sonrisa se le ha acentuado como si no hubiera en la tierra nadie tan divertido como yo.

—Caray. Guapa, y además, modesta.

—No, es que… —Sacudo la cabeza. Me estoy poniendo muy colorada—. No quería decir eso.

Se pasa la mano por el pelo asquerosamente perfecto y se lo revuelve todavía más, y tal vez me haya equivocado y no pase tanto tiempo peinándose.

«¿Le cae así, sin más? Dios, ¿es que no hay justicia en el mundo?».

Se me acerca un paso. Se me acerca demasiado, de hecho, tanto que me roza las Adidas con las punteras de las botas.

Tengo que echar el cuello atrás para mirarlo, y se me tensa todo por dentro.

Es alto. Yo mido un metro setenta y cinco y me supera por mucho.

Si lo incluyera como personaje en alguna de mis historias, no cambiaría ni un solo atributo físico.

La única conclusión lógica es que debe de ser un completo imbécil. El mundo no puede ser tan injusto como para dotar de una personalidad atractiva a uno de los tíos más buenos del planeta. Eso va contra las leyes de la física o algo así.

Se inclina hacia mí y mi corazón traidor se acelera de nuevo.

—Esa palabra que estás buscando y que no te sale es «gracias» —me susurra.

No sé por qué, pero no digo nada. Tal vez porque no me gusta que un desconocido me diga lo que tengo que hacer. «De eso ya tengo bastante en casa».

—No eres de aquí —digo para cambiar de tema.

Suspira y empieza a voltear al anillo que lleva en el pulgar.

—¿Tanto se nota?

Hay cierto matiz de derrota en su voz que hace que me sienta mal por él, así que le sonrío.

—Un poquito.

—Al menos eres sincera.

Se me van los ojos hacia los tatuajes, pero vuelvo a alzar la vista. Es tosco de un modo tan natural que quizá solo se trate de una fachada, con esa brusquedad que parece decir que podría ser más refinado si quisiera, pero no piensa intentarlo.

Justo el tipo de chico que mis padres no querrían ni ver.

Por desgracia, eso lo hace infinitamente más atractivo.

—Te lo agradezco —logro decir.

Inclina la cabeza hacia un lado.

—¿Qué me agradeces?

Levanto las manos.

—¿Querías que te diera las gracias o no?

—¿Siempre eres tan agresiva?

—¿Y tú siempre eres tan inaguantable?

Se le ensancha la sonrisa, con hoyuelos incluidos.

—Esto es divertido, me encanta que nos vayamos conociendo así.

Suelto un bufido.

—No tengo el menor interés en conocerte.

—Ay, princesa. —Se lleva la mano al pecho y se tambalea como si le hubiera clavado un puñal—. Directo al corazón. ¿No sabes lo que es la etiqueta?

Se me suben los colores. He recibido clases de etiqueta desde que tuve edad para coger el tenedor, pero no le voy a dar la satisfacción de decírselo.

Además, ¿quién se cree que es para juzgarme?

Hay algo en este tío que no acabo de identificar. La energía que desprende me abrasa la piel como papel de lija, me deja en carne viva.

—No me llames princesa —le espeto.

—Como tú digas… princesa. —Pronuncia la palabra muy despacio, como si la saboreara. Aún me pongo más colorada—. ¿Siempre te sonrojas con tanta facilidad?

—No lo puedo controlar. —Me llevo las manos a la cara para tapármela—. Haces demasiadas preguntas, ¿lo sabías?

El desconocido chasquea la lengua y se me acerca.

Y, no sé por qué, no me aparto.

—No hagas eso —susurra, y me aparta los dedos de las mejillas—. Es una pena cubrir una cosa tan bonita.

Se me vuelve a llenar el estómago de mariposas.

—Lo mismo diría un asesino en serie —le replico—. ¿Eres un criminal?

—Depende. ¿Es un crimen querer conocer a una chica guapa?

—Puede —respondo—. Eres atractivo. Y eres un tío. Estadísticamente, eso es señal de peligro.

Se le iluminan los ojos con un brillo travieso.

—Así que te parezco guapo.

Abro la boca, pero las palabras se me enredan en la lengua.

—Tengo novio —digo por fin.

«Genial, Juliette. Has quedado de maravilla».

Siento una punzada de culpabilidad, porque a decir verdad es la primera vez que pienso en Preston desde que he visto a este chico.

—Un tipo con suerte —responde sin alterarse—. ¿A él también le gritas sin motivo o es solo a mí porque soy especial?

—No te estoy gritando.

—Claro. Me lo habrá parecido. —Sonríe—. Para que quede constancia, yo también creo que eres guapa. Sobre todo cuando te enfadas.

El cumplido me corre por las venas como un chute de dopamina.

Entorno los ojos y me muerdo el labio por dentro.

—Sí, bueno, que no se te suba a la cabeza.

Se inclina hacia mí.

—Demasiado tarde. Ya me has acusado de intento de asesinato, ese nivel de confianza me afecta.

Vale, ahora me cuesta un esfuerzo controlarme para no sonreír.

—Una tiene que estar alerta.

—Claro, será por eso.

Y se me escapa la sonrisa, no lo puedo evitar. Es encantador, y ni me acuerdo de la última vez que alguien habló conmigo sin segundas intenciones.

—¿De verdad no sabes quién soy? —indago de nuevo.

Arquea una ceja.

—¿Se te ha pasado por la cabeza que igual deberías saber tú quién soy yo?

—Vale. ¿Cómo te llamas? —Se queda en silencio—. ¿En serio no me lo vas a decir? —Se limita a sonreír y aprieta los labios—. ¿Ves? Eso es lo que haría un asesino en serie.

—Si pensara matarte, te daría un nombre falso.

—Si me mataras, el nombre daría igual.

Se encoge de hombros.

—Ya, bueno, pero ¿y si algo saliera mal y te me escapases? Te chivarías a la poli. Tengo que proteger mi marca comercial.

Me echo a reír.

—¿La marca comercial de un asesino en serie?

—Ni que decir tiene que, al final de mi reinado, sería famoso.

Entrecierro los ojos y se me curvan los labios.

—Eres de lo más irritante.

—Me han llamado cosas peores. —Sonríe—. Criminal, por ejemplo.

Agito la mano como si este tío fuera de humo e intentara despejarlo.

—Bueno, si el zapato encaja…

—¿Y qué pasa con lo de «inocente hasta que se demuestre lo contrario»?

—No me dices cómo te llamas. Sales de la nada, en medio del bosque, con ropa suelta y lleno de tatuajes. —Lo miro de arriba abajo—. No me digas que no tienes pinta de estar escondiendo algo.

Levanta las manos con las palmas hacia mí, la viva imagen de la rendición, con la sonrisa traviesa aún en el rostro.

—Tienes toda la razón. Tengo pinta de peligroso. Puedes cachearme cuando quieras.

Un millón de mariposas me revolotean por el estómago. Me cruzo de brazos y trato de fingir indiferencia.

—Seguro que así es como atraes a tus víctimas.

—Protesto —dice en tono juguetón—. Está poniendo palabras en la boca del testigo.

—No estamos ante un tribunal. —Lo miro—. Y como abogado, serías espantoso.

—¿Quién lo dice?

—Lo digo yo.

Inclina la cabeza a un lado y me estudia como si fuera un acertijo.

—¿Qué pasa? —le digo, suspicaz.

—Nada. Solo que no tienes pinta de abogada.

—¿Y qué pinta tiene una abogada?

Me mira de la cabeza a los pies, sin prisa, sin disimulo.

—La tuya, no.

—Me ofendes. ¿Tú qué sabes si quiero estudiar Derecho?

Se le acentúa la sonrisa.

—Vaya, entonces tendré que portarme bien.

—Demasiado tarde, liante.

Sacude la cabeza, en plan «qué guapa estás cuando te enfadas», y me lanza una mirada.

Vuelvo a cruzar los brazos y tamborileo los dedos contra el hueco del codo.

—Vale, me da igual, no me lo digas. ¿Qué importa el nombre?

—Exacto —dice como si le hubiera dado un buen argumento.

—Pero yo no hablo con desconocidos.

—Anda, venga, princesa, no seas así.

Se ríe, y su risa tiene un sonido grave, tentador, que me acierta en medio del pecho. Hago una mueca.

—Y no me llames «princesa», liante.

En ese momento, el teléfono me vibra en el bolsillo. Lo saco y se lo enseño con una sonrisa.

—Me marcho. Salvada por un mensaje.

Sonríe.

—Qué atrevida, mira que anunciarle tu plan de huida al asesino. Al presunto asesino.

Pongo los ojos en blanco. Él se vuelve a meter las manos en los bolsillos y flexiona los brazos tatuados lo justo para distraerme.

—¿Te volveré a ver? ¿Mañana, a la misma hora?

El corazón se me acelera.

—Lo dudo mucho. No suelo subir aquí.

—Puedo esperar.

—Genial. Ahora sé que no tengo que venir por aquí.

Retrocede unos pasos hasta quedar al borde de la roca donde me ha salvado.

—Naaah. Vas de farol.

—¿Por qué voy a ir de farol?

—¿Y yo qué sé? A lo mejor para no tener que reconocer lo atraída que te sientes por mí, a pesar de tener novio.

Me echo a reír.

—Vale, ahora sí que me voy.

—Claro, princesa.

Distingo un destello de luz a lo lejos, rápido pero inconfundible; me vuelvo hacia allí con los ojos entornados y no veo nada.

Pero he vivido aquí lo suficiente para saber que no puedo seguir en este lugar. ¿Y si ha sido uno de esos asquerosos paparazzi del Rag? Me vuelvo hacia él.

—No te pongas demasiado cómodo —le digo.

—Demasiado tarde. —Se sienta en el suelo y me mira—. Me gustan las vistas.

Hago como si sus palabras no me estuvieran prendiendo fuego en las terminaciones nerviosas.

—Como quieras. Adiós, liante.

Asiente.

—Hasta que vuelvas.

—Pues vas a tener que esperar mucho.

—Me parece bien. La luz se va acabando.

—No sé por qué lo dices. —Aprieto los labios—. Bueno, que te diviertas.

Me obligo a dar media vuelta para marcharme. Si no lo hago, casi me temo que acabaría pasándome la noche entera sosteniendo un duelo verbal con este tipo.

¿Eso ha sido un coqueteo? Porque a mí me ha parecido un coqueteo.

—¡Ya me darás las gracias luego! —me grita mientras me alejo.

No puedo contenerme y sonrío.

«Maldita sea».

El corazón me late al galope durante todo el camino de vuelta al coche, la adrenalina me corre a raudales por las venas.

«¿Quién demonios será?».

Una vez en casa, el pulso se me sigue acelerando con solo pensar en él, así que saco el cuaderno de relatos y empiezo a escribir.

El bosque no tenía nombre, o no tenía un nombre que se dijera en voz alta. Los viajeros decían que, si escuchabas con atención, te susurraba secretos, pero a ella nunca le había contado nada. No pensaba que fuera a encontrar a nadie, y menos a él. Al bribón de la roca, con unas runas tatuadas que ella no sabía leer, con unos ojos como un océano y una sonrisa capaz de deshacer reinos.

Él la llamó princesa con una reverencia burlona, como si ya supiera cómo iba a terminar su historia.

Ella se dijo que estaba maldito. O quizá fuera un ladrón. Pero, aun así, quería conocerlo.

No vuelvo a la Roca del Revés al día siguiente.

Ni al otro.

Lo que sí hago es pasar demasiado tiempo buscando el rostro del liante en un océano de caras conocidas.

Pero no lo vuelvo a ver.

Capítulo 3

Juliette

Veintiún años

Felicity, mi mejor amiga desde la infancia y mi compañera de habitación desde hace cuatro años, no pide, exige. Así que cuando me dice por decimotercera vez en dos horas «Esta noche salimos», sé que no vale la pena discutir.

Ya lo he intentado muchas veces, y he fracasado.

Además, está enfadada porque según ella me lo tomo todo demasiado en serio. No para de hablar sobre aprovechar la ocasión ahora que ya solo me quedan unos días antes de que se acabe la universidad y tenga que volver a casa con «papi y mami».

Cito literal.

Su familia es propietaria de la cadena de tiendas de comestibles Segundo Círculo, así que tiene dinero, pero no forman parte de los Fundadores.

Está lo bastante cerca para entender el mundo en el que vivo, pero también a la distancia suficiente para sentirse resentida. Además, no comprende cómo llevan mis padres las riendas de mi vida, y no soporta que se lo permita.

Me imagino que no es fácil comprender que alguien desarrolle tanta pasividad si es lo único que le enseñan.

—¿Me has oído?

Me da un manotazo en la libreta y me mueve el bolígrafo cuando estoy a medio escribir una palabra, convirtiendo una «s» en un garabato.

Suspiro, dejo la historia que estoy escribiendo y alzo la vista.

Está guapísima, como siempre, con su silueta curvilínea recortada contra la puerta deslizante de cristal que da al océano de California, detrás de nosotras, y con el pelo largo, rubio y liso, y la piel bronceada a la luz de las primeras horas de la tarde.

—¿Qué? —pregunto.

Me chasquea los dedos delante de la cara.

—Sabía que no me estabas prestando atención, cretina.

Le aparto los dedos de un manotazo.

—Te he escuchado. Solo tenía la esperanza de que me dejaras seguir en paz con mi vida de ermitaña.

Felicity se echa a reír.

—Si te lo permitiera, acabarías siendo una vieja con veinte gatos y ni un solo amigo.

—Soy alérgica a los gatos.

—Ya lo sé. —Hace una pausa y frunce el ceño—. Pero a mí me encantan.

—Lástima, ya no podemos ser amigas —respondo impávida.

—Anda ya. Me metí en tu vida a la fuerza cuando teníamos cuatro años y desde entonces no he salido. Es como si fuera parte de tu cuerpo —replica.

—Sí, como un tumor.

—Cuestión de semántica. —Se echa el pelo hacia atrás—. Lo cual hace que aún resulte más insultante que creas que vas a salirte con la tuya y quedarte en casa esta noche. Venga, Jules, por favor. Una noche de diversión. Esto me está matando.

La culpa me invade y me quita las ganas de resistir.

—De acuerdo, vale.

—¡Bien! —Agita un puño en el aire con gesto triunfal y a continuación arquea las finas cejas rubias—. ¿Te lo pasarás bien o vas a estar de un humor de perros toda la noche?

Suspiro, me paso una mano por el pelo, y los mechones negros me hacen cosquillas en la parte trasera de los brazos.

—Hace tiempo que aprendí que, cuando tú estás de por medio, es inútil resistirse.

Casi se atraganta.

—¿Has hecho una alusión a Star Trek?

Felicity lleva años obsesionada con Star Trek, después de ver una maratón de episodios con mi hermano Paxton un fin de semana, en mi casa. No lo olvidaré jamás porque es la única ocasión en que se han llevado bien.

—Una pequeña referencia.

Se pone una mano en el pecho.

—Nunca había estado tan orgullosa de ti.

Estiro los brazos para desperezarme y me echo hacia atrás hasta que me cruje el cuello con un sonido muy satisfactorio.

—¿A dónde vamos a ir?

—Hay un…

—Espera. —Alzo una mano para interrumpirla—. Más importante todavía. ¿Con quién vamos?

«No digas que con Keagan. No digas que con Keagan. No digas que…».

—Con Keagan y unos amigos suyos.

Obviamente, Felicity ha visto la cara de asco que he puesto, pero no dice nada porque de repente se distrae con el teléfono. Sus dedos vuelan a demasiada velocidad para que se trate de una respuesta casual. Entorno los ojos.

—¿A quién escribes?

—A nadie.

—Si le estás contando a Keagan que voy a ir, no me levantaré de este sofá en lo que me queda de vida.

—Exagerada.

—Felicity.

Suspira y deja el teléfono.

—No es a Keagan. Es a Alex.

Me quedo boquiabierta.

—¿Alex? ¿Mi hermano Alex? —Se encoge de hombros y trata de ocultar que está sonriendo—. Ay, Dios.

—Cualquiera diría que no lo conozco de toda la vida. —Felicity se echa a reír—. Es encantador, es gracioso, y cuando sonríe se le forma una arruguita que…

Me meto un dedo en la garganta y finjo una arcada, lo cual hace que se ría todavía más.

—Es broma —me dice por fin.

Le lanzo un cojín.

—Te odio.

Sacude la cabeza sin dejar de sonreír.

—Vamos, mujer. Sabes de sobra que no me va Alex. Es como un hermano para mí.

—Sí, ya —mascullo—. Puede. Pero ten cuidado con él, ¿vale?

Su sonrisa se vuelve incierta.

—¿Y eso por qué lo dices?

Le lanzo una mirada reprobatoria.

—Sabes de sobra que está medio enamorado de ti.

Se pone rígida.

—No es verdad. Y además, da igual, yo estoy con Keagan. —Hago una mueca al oír el nombre de Keagan—. No sé qué te pasa con él, pero tienes que superarlo.

—¿Tú crees?

Se deja caer en el sofá a mi lado y adelanta las palmas de las manos.

—Es mi novio. —Mueve una mano—. Tú eres mi mejor amiga. —Mueve la otra, y las junta de golpe—. Tenéis que coexistir.

—Yo he tenido muchos novios que a ti no te gustaban.

—Eso era diferente.

—¿En qué sentido?

—Te importaban una mierda, ¿por qué me iban a importar a mí?

No va desencaminada. O no del todo. Desde que Preston cortó conmigo con un mensaje de texto y me dejó hecha polvo un mes entero, no he permitido que nadie se me acercara demasiado.

—Vale, es verdad. Pero Keagan sigue siendo un gilipollas.

—Puede —admite—. Pero es mi gilipollas.

Abro la boca para responderle, pero Felicity entorna los ojos y vuelvo a cerrarla.

—¿Qué pasa? —pregunto con total inocencia.

—Estás pensando muy alto.

—Vale, vale. Caray, el mundo tampoco se va a acabar porque esté un poco gruñona.

Sonríe y se inclina hacia mí, me abraza y el olor a fresas de su champú me inunda los sentidos.

—Nos lo pasaremos genial esta noche, ya verás —susurra contra mi hombro.

—Si tú lo dices…

Se aparta, me coge la mano, y una chispa de sinceridad aflora en medio de su descaro.

—¿Cuándo vas a reconocer que sé lo que es mejor para ti?

—Eso es más que discutible. —Me echo a reír—. Te puedo hacer una lista de todas las veces que me has puesto en una situación comprometida.

Me mira con el ceño fruncido.

—Te dije te que te olvidaras de esas cosas.

—¿Y qué quieres que haga, que me lobotomice? —Sonrío y me doy unos golpecitos en la sien—. Mi mente es una trampa de hierro, nena.

Se recuesta contra el respaldo y lanza un gemido.

—Da igual. Lo cierto es que solo te quedan unos días aquí, en el Salvaje Oeste, y no te has permitido portarte ni una sola vez como crees que tendrías que portarte para ser simplemente…

—¿Para ser simplemente quién?

—Pues… para ser Juliette. Deja que Juliette vea la luz.

Asiento, pero me trago lo que le iba a decir. Ni yo estoy segura de quién es Juliette. La niña que escuchaba tras las puertas, con una libreta, en busca de cotilleos, se ha perdido por el camino. Después de tantos años diciéndoles que sí a mis padres y sonriendo para la prensa, me he convertido justamente en lo que ellos querían. Soy una fotocopia más.

He tenido que ir a la universidad para reencontrarme con aquella niña.

Pero da igual. La graduación es la semana que viene, y luego, vuelta a Rosebrook Falls. Para convertirme de nuevo en una versión pulida y aceptable de mí misma.

—Deja que te dé un consejo —me dice Felicity, irrumpiendo en mis pensamientos—. Tienes que buscarte a alguien para echar un polvo antes de que tu arcaica familia venga para la graduación y acabe con todas tus posibilidades. —Se me escapa la risa, y ella frunce el ceño—. ¿De qué te ríes? Una buena polla te iría de fábula.

—Puaj, no digas esas cosas.

Felicity se ríe.

—¿Qué pasa? Es verdad. Desde que tengo la de Keagan estoy de mucho mejor humor. —Hago una mueca y ella me pilla—. No pongas esa cara.

Borro la expresión de mi rostro.

—¿Qué cara?

—La que dice que para ti Keagan es Satanás. Si supieras qué polla tiene no te caería tan mal.

—No basta con tenerla grande, hay que saber utilizarla. Y tampoco iba a acostarme con él, así que permíteme que lo dude.

—Le dejaría que se acostara contigo. —Me mira—. Yo también me acostaría contigo.

—Haces que suene tan romántico…

—Follar es de lo más romántico.

—¿De verdad? —Inclino la cabeza a un lado, y ella sonríe de nuevo.

—Cuando lo hago yo, sí.

—Es muy tentador —respondo, inexpresiva—. Pero no, gracias.

Se me queda mirando y al final asiente como si aceptara mi decisión.

—Ya, es lo más sensato. Hago unas cosas con la lengua que te volverían loca, no querrías ver a nadie más en la vida y caerías rendidamente enamorada de mí.

—Obviamente.

—Yo trataría de cortar por las buenas —prosigue, sin inmutarse—. Pero la cosa iría a más, empezarías a comportarte de forma extraña, dejaríamos de vernos, escribirías una novela trágica y me harías una dedicatoria pasivo-agresiva… Sí, mejor así. Valoro demasiado nuestra amistad.

Parpadeo.

—Eso ha sido… intenso.

Se encoge de hombros.

—No hago más que proteger lo que tenemos.

—Claro —asiento—. Para que yo no provoque una situación incómoda.

Suspira y se acomoda en el sofá.

—Exacto.

—Bueno. —Dejo la libreta sobre la mesita auxiliar—. Has dicho que íbamos a una exposición. ¿De qué artista?

Felicity debe de haber notado intranquilidad en mi voz, porque responde al instante y sin inmutarse.

—Tranquila, ya sé que no se puede poner en peligro tu reputación inmaculada.

—No estaba pensando en eso.

Es mentira.

La verdad es que a mí no me importa, pero a mi familia, sí. Y aunque esté tan lejos de Connecticut, si protagonizo algún escándalo, acabará en el Rosebrook Rag. Mi familia tendrá que hablar con Frederick, el abogado, para que eche tierra sobre el asunto, y a mí me tratarán con indiferencia hasta que estalle el siguiente escándalo local.

Felicity se me queda mirando, y al final me rindo.

—Vale, puede que sí, pero ya sabes cómo son las cosas.

Hace una mueca.

—Resulta agotador estar en tu pellejo.

«A mí me lo dices…».

—Es un artista callejero.

—¿De verdad? —El arte no me interesa demasiado, pero eso suena interesante—. ¿Cómo se llama?

Sonríe y mueve las cejas arriba y abajo.

—Eso es lo mejor. Nadie lo sabe.

—¿Cómo que nadie lo sabe? Si le han montado una exposición, alguien lo tiene que saber.

Aprieta los labios.

—Cierto. Pero, en general, mantiene el anonimato. Lo firma todo como RMO, y ya está. Es parte de la mística del tío.

—¿Cómo sabes que es un tío?

—No lo sé, lo supongo. —Frunce el ceño como si de verdad nunca se hubiera parado a pensarlo—. Pero eso tampoco es lo que importa.

—Entonces ¿qué es lo que importa?

—Lo que importa es sacarte a la calle, que respires aire fresco, yo qué sé, que vivas un poco.

—Ya te he dicho que voy a ir, ¿qué más quieres?

Felicity sonríe de oreja a oreja.

—¿Quedaría raro si vuelvo a mencionar lo del trío?

Le lanzo otro cojín, lo atrapa en el aire y se deja caer al suelo muerta de risa.

Yo sonrío, vuelvo a coger la libreta y la abro, pero las palabras no me salen con la fluidez de siempre. Por el contrario, me asalta la melancolía cuando reparo en que solo me quedan unos días de esta parte de mi vida.

Felicity también vuelve a casa, así que estaremos cerca, pero… todo será diferente.

Y me prometo a mí misma en silencio que de verdad voy a intentar pasarlo bien esta noche.

Capítulo 4

Roman

Veintitrés años

Nunca es fácil visitar a mi madre.

No solo porque nunca sé con qué versión de ella me voy a encontrar, sino porque, cuando estoy a su lado, los recuerdos de la persona que era antes se me clavan como un cuchillo sin filo.

Solía ser una mujer rica.

Solía ser una mujer admirada.

Solía quererme.

Ahora no es ninguna de esas cosas.

Pero sigue siendo mi madre, aunque a ella le gustaría olvidarlo.

Subo por el camino de asfalto lleno de baches que lleva a la entrada de su casa. Hay basura en la hierba: una servilleta, una pajita de plástico rojo vivo con la punta mordida. Lo aparto todo a un lado con la bota antes de seguir caminando y recordarme una vez más qué hago aquí.

Por qué sigo viniendo.

«Por Brooklynn».

Se me tensa todo por dentro, como me pasa siempre que pienso en mi hermana.

No hay día en que no intente buscar la manera de ayudarla, pero nunca puedo; por mucho que me gustaría hacerme cargo de ella y sacarla de este ambiente, no tengo suficiente dinero.

«Nunca es suficiente».

No es que no me gane la vida. El arte me proporciona lo suficiente para subsistir. O me lo proporcionaría si no le diera a mi madre todo lo que puedo.

El problema es que mi madre tiene un problema de drogas, así que siempre estamos a un patinazo de que mi hermana no reciba los cuidados que necesita.

Brooklynn tiene una enfermedad crónica desde hace cuatro años. No sabemos lo que le pasa y da igual las pruebas que le hagan o las veces que la ingresen, nadie da con ello.

No paran de llegar facturas médicas, no paran de hacerle revisiones, y otra cosa que no para nunca es el miedo a que cualquier dolor o molestia se acabe convirtiendo en algo peor.

Últimamente ha empezado a tener ataques. Los médicos no saben la causa, pero al menos han conseguido estabilizarla con medicación. Lo malo es que vivo con un miedo constante a que necesite cirugía cerebral, o a que desarrolle algo cuyo tratamiento no nos podamos permitir.

Las facturas médicas son caras. Las medicinas, también.

«Putos cabrones de las farmacéuticas».

Llego a la puerta principal, con la mosquitera oxidada, llena de puntos rojizos y pardos y la pintura blanca descascarillada. Llamo dos veces y al final se abre, y me encuentro con los ojos de cervatillo de mi hermana pequeña.

Sonríe al verme, con unos ojos castaños brillantes. Es la viva imagen de nuestra madre, o de cómo solía ser nuestra madre, y cada vez que la veo siento un dolor sordo en el pecho, como el de un miembro amputado, al recordar cómo eran antes las cosas.

—¡Hola! —Brooklynn se pone de puntillas.

«Hoy está bien». Le devuelvo la sonrisa.

—¿No deberías estar en clase?

Tiene diecisiete años y está en el penúltimo año de instituto. Y, al igual que hacía yo, suele faltar a clase, aunque tengo la sospecha de que es porque nada le parece un desafío que esté a su altura. Porque, a diferencia de lo que me pasaba a mí, no hay libro de texto que no le guste.

—Las clases son un rollo. —Se encoge de hombros—. Además, a última hora tocaba estudio, así que he venido a casa.

Se hace a un lado para dejarme pasar, y apenas acabo de poner un pie en la sala de estar oigo la voz de mi madre.

—¿Qué haces aquí?

La pregunta es inexpresiva, el tono indiferente, pero me sienta como un puñetazo en el estómago.

Me vuelvo y veo el metro y medio de mi madre en la puerta que da a la estrecha cocina. Tiene una taza amarilla descascarillada en una mano, y la otra en la cadera.

—Lo de siempre, mamá, vengo a disfrutar del placer de tu compañía.

Sorbe por la nariz y se recoge un mechón de pelo castaño detrás de la oreja. La tensión, el tira y afloja entre nosotros, resulta agotador, pero hago como con todo lo demás y lo escondo en algún rincón de mi mente para fingir que no me afecta.

No, no es que finja. Es que no me afecta.

No me puede afectar.

Si permito que me afecte, no volveré por aquí y, me guste o no, Brooklynn y yo somos lo único que tiene mi madre.

Durante mucho tiempo, mi madre fue lo único que tuve yo.

Ahora siento que no tengo ni eso.

—Me alegro de verte —dice mi madre con una voz más suave. El sutil cambio me pone en guardia, porque sé lo que viene a continuación. Se me acerca y aprieta el asa de la taza en la mano—. Estaba pensando en llamarte.

Arqueo una ceja, pero no digo nada. Veo por el rabillo del ojo que Brooklynn suspira, se sienta en el sofá y empieza a pasar las páginas de un libro de filosofía.

Está tratando de no escuchar. Vale. Ojalá no tuviera que ver esto.

—Las cosas no han ido bien últimamente —sigue diciéndome. Le lanza una mirada a Brooklynn y vuelve a mirarme a mí con una sonrisa tensa—. Me han vuelto a despedir, y…

—¿Te han vuelto a despedir? —la interrumpo.

—No ha sido culpa mía —me espeta, toma aliento y trata de suavizar el gesto—. Da igual. Pero si no pago el alquiler en dos días, nos van a… bueno…

Aprieto los dientes hasta que siento que se me van a romper las muelas.

—Esta noche tengo una exposición. A ver qué puedo hacer.

—Tú y tus exposiciones —resopla, despectiva—. Con eso no basta y lo sabes.

Se me encoge el corazón, pero aparco a un lado ese sentimiento. Nunca me ha apoyado. Cuando era pequeño, soñaba con el día en que estaría orgullosa de mí. Ahora, cada vez que pienso en aquel niño ingenuo, el resentimiento me hace hervir la sangre.

—Vale, a la mierda la exposición —le replico—. Voy a cancelarla.

Mi madre pone cara de pánico.

—No —dice—. No digas tonterías. Nos hace falta ese dinero, y tienes que dejarte ver por allí. No te imaginas lo que he tenido que hacer para conseguirte esta exposición.

Tiene razón, ha movido algunos hilos; de los pocos que le quedan de sus días de artista, cuando aún le importaba algo, cuando aún quería crear. Con un poco de esfuerzo, casi puedo fingir que lo ha hecho por mí, y no para llevarse la pasta o financiarse la próxima dosis.

—No sé qué quieres de mí —le digo—. No puedo hacer nada.

Traga saliva y se lleva a la boca la taza de café desportillada.

—Podrías hablar con tu padre —responde, con los labios pegados al borde.

Suspiro y me pellizco el puente de la nariz.

—No empecemos.

—Yo solo digo que…

—¡Le importamos una mierda! —estallo con más violencia de la que pretendía.

Mi madre se encoge como si la hubiera abofeteado, pero no retiro lo dicho. Es desagradable, pero es la verdad. Lo que pasa es que ella no quiere verlo. Nunca ha querido verlo.

Por cómo se sigue aferrando a él, o a la imagen de él, después de todo lo que ha hecho…, cualquiera diría que ese tío tiene magia en la polla.

—A ver, lo siento —digo más tranquilo—. Pero lo que me pides es… —Sacudo la cabeza—. No quiero acudir a él. Nos apartó de él… Te apartó de él. A ti tu orgullo te importa una mierda, pero yo sí lo valoro.

Me mira a los ojos con una expresión indescifrable.

—Tenía sus motivos. —Se me escapa una risa seca, pero sigue hablando con voz desafiante—. Y eres su único hijo. Si hablas con él, seguro…

—¿Seguro, qué? —la interrumpo—. ¿No te cansas ya de esta conversación? La hemos tenido mil veces a lo largo de los años.

No me comprende. O quizá sí, y lo que pasa es que no le importa. Sea como sea, me mira con su habitual expresión de cansancio.

—Te lo debe.

—No quiero ser parte de su puto legado ni de nada que tenga que ver con eso. —Mi voz es cortante como una navaja—. ¿No lo he visto en cuatro años y quieres que lo llame, que le pida dinero para su hijo bastardo, para su examante y para la hija de esta, que ni siquiera es suya? ¿Y que se supone que están muertas?

Frunce el ceño y me clava un dedo en el pecho, me arrastra la uña dura por la camisa. Entorna los ojos y me preparo, porque sé que lo que dirá a continuación va a dolerme.

«Son las drogas —me recuerdo—. No es ella, son las drogas».

—Quiero que, por una vez en tu vida, seas un hombre y te ocupes de nosotras.

Me escuecen los ojos, y la rabia me asciende por la garganta.

¿Qué cree que he estado haciendo todo este tiempo?

Cada sueldo que he conseguido juntar, cada noche que me he acostado sin cenar para que Brooklynn y ella comieran algo, cada tontería que he hecho, fruto de la desesperación, solo para que no nos cortaran la luz, para llenarle la nevera, para que no se desmoronara por completo.

—¿De qué nos sirves, Roman? —sigue diciéndome.

—No me llames así —le escupo, y me paso los dedos por el pelo.

Me responde con una sonrisa sarcástica.

—Te guste o no, es tu verdadero nombre.

—Ya no. —Me inclino hacia delante y hablo en voz baja, gélida—. El hombre al que tanto adoras se encargó de eso.

Tiene las pupilas dilatadas y los ojos vidriosos. Me miro en ellos, busco a la madre que tuve.

Lo que veo lo he visto demasiadas veces.

—Estás colocada.

Resopla y aparta el rostro.

—Me duele la espalda.

Se me escapa un suspiro, pesado, amargo, como si hubiera estado conteniendo el aliento durante años.

—Cada vez que me dices que hable con él, muere una parte de mí —digo sin alzar la voz.

Hay algo en mi interior, en lo más hondo, que aún quiere que ese hombre sea algo más. Algo diferente.

«Un padre».

No quiero su dinero. No quiero su poder. Solo lo quiero a él, y me detesto por eso. Aprieto los puños contra las rodillas y me clavo las uñas en las palmas de las manos hasta que el dolor me devuelve a la realidad.

Parpadeo con fuerza. Una vez, dos.

Luego, dejo escapar el aire por la nariz y empujo ese sentimiento hacia el fondo, hacia donde debe estar. Enterrado y olvidado, encerrado en un rincón, detrás de todo lo que he llegado a ser a pesar de él.

—No nos quiso, por si no lo recuerdas. No lo necesitamos.

—A ti sí te quiere. Si no te quisiera, no te habría dado su apellido. El problema es ella.

No hace falta que le diga lo evidente: que fue mi padre quien borró nuestras antiguas identidades de la faz de la tierra después de que mi madre lo visitara cuando yo tenía quince años. Estrelló el coche contra un árbol, y luego vino él con su versión del Programa de Protección de Testigos. Todo borrado, la salida fácil para impedir que los errores de su pasado ensuciaran un futuro perfecto.

Me imagino que no bastaba con que no viviéramos en su mierda de ciudad, en Connecticut. Quería que dejáramos de existir.

«Ella», la mujer de la que mi madre no habla sin escupir, es la esposa de mi padre. La difunta esposa de mi padre.

Eleanor Montgomery. O Voltaire, su apellido de soltera.

Y si ella fuera el problema de verdad, si ella fuera la que me quería lejos, mi padre me habría acogido cuando asistí al funeral.

Pero no fue así.

Resultó que todo lo que me había dicho de Eleanor Montgomery era mentira.

Porque a mi madre le encanta vivir engañada.

Me paso la lengua por la cara interior de la mejilla.

—Pues da igual, porque yo no lo quiero a él.

Alza la barbilla.

—¿Aunque esté en su mano salvar a tu hermana?

La culpa me atenaza, me oprime el corazón.

Mi madre deja la taza en la mesa y se acerca a mí, me coge la cara como si todavía fuera un niño ciego a todo lo que no fuese su amor.

—Sigues siendo un Montgomery, Ry —dice en voz baja—. Te guste o no. Ya es hora de que te portes como tal.