Playlist

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She – BRNDN |
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2:28 |
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Man I Need – Olivia Dean |
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3:04 |
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Make Me Forget – Muni Long |
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3:58 |
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F&MU – Kehlani |
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2:14 |
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DAISIES – Justin Bieber |
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2:56 |
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All Me – Kehlani feat. Keyshia Cole |
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2:58 |
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God Went Crazy – Teddy Swims |
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3:03 |
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I Do – Toosii & Muni Long |
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2:46 |
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This Is – Ella Mai |
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Black & White – Teddy Swims & Muni Long |
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3:00 |
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GO BABY – Justin Bieber |
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3:14 |
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Different Too – Elmiene |
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2:45 |
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Funeral – Teddy Swims |
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3:54 |
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Keep Going – Mario |
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2:48 |
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Photographer – BRNDN |
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2:12 |
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Better – ZAYN |
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2:54 |
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Useless (Without You) – Elmiene |
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2:46 |
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Little Things – Ella Mai |
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Want You To Know – Blxst |
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2:48 |
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Find Someone Like You – Snoh Aalegra |
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3:26 |
1
Emmett
¿Es el principio del fin?
Parece el principio del fin.
¿En qué momento sabré que este es mi destino? Que es mi último primer día aquí. Mi última primera reunión con la plantilla. Mi último primer «hola» a los compañeros que no he visto en meses.
La offseason nunca me había parecido tan corta.
Por lo general, me muero de ganas de que vuelva el béisbol, cuento los días para que se acabe el invierno, pero este año no. Este año, me ha aterrado la idea de volver a mi despacho en el estadio, sabiendo que cada movimiento que hiciera iba a ser analizado.
Porque esta temporada tengo jefa nueva, una que no cree que sea adecuado para ocupar el puesto de director deportivo del equipo de Chicago de las Grandes Ligas de Béisbol, aunque ya lleve en este puesto siete años.
Esta mañana hay mucho bullicio en la sala de proyección. Todos los que trabajan para los Windy City Warriors, excepto los jugadores, llenan los asientos dispuestos en forma de anfiteatro. Esta es la sala donde solemos repasar los partidos para prepararnos ante un futuro adversario o cuando hace falta una sesión individual para corregir errores. Pero hoy nos apretujamos aquí para la primera reunión con la nueva propietaria del equipo.
Reese Remington.
La mujer de treinta y cinco años es la nieta del propietario anterior, un tío que ocupó el puesto casi los mismos años que tengo yo, y que me permitía dirigir el equipo como yo considerara. Su nieta, sin embargo, a juzgar por nuestras interacciones la temporada pasada, cuando tan solo estaba preparándose para asumir el mando, hará cualquier cosa menos no intervenir.
Kai me da un codazo desde el asiento de al lado.
—¿A qué hora quieres quedar mañana para repasar la alineación de lanzadores?
—Digamos que a las once y media.
—Puede que me tenga que llevar a Max. Espero que no te importe.
Le lanzo a mi futuro yerno una mirada impasible.
—Claro que no me importa, As.
—No creo que me puedas seguir llamando As. Esta temporada vas a tener un nuevo lanzador estrella. Solo tenemos que decidir quién va a ser.
—Tú siempre serás As. Le deseo suerte al próximo.
Kai, o As como lo llamamos, era el lanzador estrella de los Windy City Warriors desde que se unió al equipo hace algunos años. Era, hasta que se retiró al acabar la temporada pasada, y me quedé sin mi chico de confianza en el montículo. Pero por mucho que vaya a echar de menos contar con él para abrir los partidos, todavía estoy más orgulloso de él por haber tomado la mejor decisión para su familia. En particular, porque esa familia ahora incluye a mi hija.
Se conocieron hace un par de años, cuando Miller se pasó el verano cuidando del hijo de Kai, y el resto es historia. No me podría imaginar un hombre mejor para mi chica. Y ahora, viendo a Miller tan tranquila y en paz aquí en Chicago con él y Max, me cuesta recordar a la niña salvaje que crie, la que en otro tiempo nunca parecía ser capaz de echar raíces en ningún sitio.
Estoy muy orgulloso de Kai por haberse retirado cuando ha llegado el momento, pero él ya echaba de menos el béisbol antes siquiera de que terminaran los entrenamientos de primavera. Así que, aunque puede que ya no esté entre mis jugadores, ahora lo tengo en el cuerpo técnico. Las ventajas de ser el director deportivo de un equipo de las Grandes Ligas. Puedo contratar a mi propio equipo, y no hay nadie más preparado que Kai Rhodes para ser mi nuevo entrenador de lanzadores.
La puerta que da a la abarrotada y bulliciosa sala se abre y mi cuerpo se tensa al instante, esperando verla, pero cuando una pelirroja bajita con una coleta saltarina y tres cafés en equilibrio en las manos entra despacio, me vuelvo a relajar en el sitio.
—¿Me he perdido algo? —pregunta Kennedy, mientras toma asiento en la silla vacía que hay a mi otro lado antes de pasarnos a Kai y a mí un café a cada uno.
—De momento, no. —Levanto mi taza hacia ella—. Gracias.
—No hay de qué, Monty.
—Feliz primer día oficial, doctora Rhodes.
Mis palabras hacen sonreír a Kai, que mira a su cuñada desde donde se sienta a mi lado.
—Gracias —dice ella. El rubor le cubre las mejillas.
Kennedy no solo es la nueva doctora del equipo, también está casada con uno de los jugadores, el hermano pequeño de Kai, Isaiah.
Los hermanos Rhodes han formado parte de mi familia desde que llegamos a Chicago. Hay ocasiones en las que, si les hace falta, les hago de padre, y otras en las que, como no hay una diferencia de edad enorme entre nosotros, poco más de una década, tan solo soy su amigo.
Sí, ambos han sido mis jugadores y yo su entrenador, pero nuestro vínculo es mucho más fuerte que eso. Además, da la casualidad de que Kai se va a casar con mi hija dentro de poco y de que Isaiah está casado con la médica del equipo, con quien trabajo codo con codo, así que se trata de un gran grupo familiar sin lazos de sangre.
—¿Nos vemos esta noche en la cena, chicos? —pregunta Kai.
Kennedy asiente.
—Allí estaremos.
—Yo también —le confirmo.
Aunque hay bastante ruido en la sala de proyección, puedo oír el chirrido de la puerta alto y claro, y ese sonido hace que la tensión recorra todos y cada uno de mis músculos.
Reese es la última en llegar, y en cuanto uno de sus tacones de aguja cruza el umbral, desvío toda mi atención hacia ella de inmediato. El pelo rubio cortado justo por debajo de la mandíbula. Una falda lápiz gris antracita que se ajusta a sus curvas. Los ojos azul oscuro, indescifrables, analizan con frialdad la sala. Y cuando se posan en mí, dicen a gritos lo poco que le gusto. Bueno, retiro lo de «indescifrables», porque son bastante fáciles de descifrar en el momento en que me miran.
La mirada de desdén se mantiene hasta un segundo antes de que la aparte de mí y continúe caminando hacia el estrado que hay en la parte delantera de la sala.
No sé qué es lo que le molesta tanto de mí, que le deja tan mal sabor de boca, pero a mí me ocurre lo mismo con ella. Sin embargo, yo tengo mis razones.
En primer lugar, se pasó toda la temporada pasada diciéndome que su primer año como propietaria oficial del equipo coincide con el año que tengo que renovar mi contrato. Como si tuviera que recordarme de palabra que esta temporada tiene el destino de mi carrera en sus manos.
En segundo lugar, ya ha empezado a presionarme con los horarios, los presupuestos y la reasignación de fondos, como si yo fuera el culpable de que ciertos departamentos del club estén en números rojos, en vez de admitir que el responsable de ello es su abuelo, que en los últimos tiempos ya no tenía energía para estar al tanto de todo. La verdad es que no tengo el menor interés en ocuparme de la gestión interna del club siempre que mis jugadores están bien cuidados. Yo lo único que quiero es entrenar al equipo.
Y, por último, lo peor de todo es… su aspecto.
Mi nueva jefa no es solo un grano en el culo, también es imponente, y la primera mujer, desde Dios sabe cuánto tiempo, a la que mi cuerpo ha decidido prestar atención.
Al final, el resto de mi cuerpo acabará enterándose de que no nos gusta. Solo que tal vez no lo haga hasta que esté recogiendo las cosas de mi escritorio cuando termine la temporada porque Reese se niegue a renovar mi contrato de entrenador.
—¿Estás bien? —me pregunta Kai con un codazo.
Me aclaro la garganta.
—Claro que sí.
—Vale. —La palabra rezuma ese molesto tono cómplice que no me pasa desapercibido cuando se inclina hacia Kennedy y los dos intercambian una miradita.
—Lo he visto —murmuro.
—No intentábamos ocultarlo —dice Kennedy, riéndose.
De pie en la parte delantera de la sala, Reese se dirige al público, pero la multitud está haciendo tanto ruido, está tan animada por volver a ver a sus compañeros después de la offseason, que nadie le presta atención ni parece escucharla.
Contemplo el movimiento de su garganta cuando traga saliva, como si intentara sacudirse los nervios, con las manos agarradas con fuerza al estrado. Y lo entiendo. No solo es la primera mujer dueña de un equipo de las Grandes Ligas de Béisbol, también es la más joven. Pero Reese es una crac. El tipo de jefa que consigue resultados, que no aguanta las tonterías de nadie. Lo vi el año pasado cuando estaba preparándose para tomar las riendas del equipo. Es la razón por la que Kennedy está aquí, ocupando el puesto que debería haber sido suyo hace años. Reese vio lo que su abuelo fue incapaz de ver, que el anterior médico del equipo era un sexista de mierda, y actuó en consecuencia. Lo despidió y le dio su puesto a Kennedy, convirtiéndola en la primera médica de un equipo de la liga.
Por mucho que no me encante la idea de trabajar con alguien que no me quiere aquí, Reese será un soplo de aire fresco para este club. Pero primero tiene que superar esta reunión con la plantilla.
Abre la boca para hablar de nuevo, pero no le sale nada, los nervios la frenan, la gente está demasiado ocupada charlando como para darse cuenta de que está ahí pidiendo su atención. Se le ponen los nudillos blancos de la fuerza con la que se aferra al estrado, sus rodillas tiemblan un poco, algo que solo yo puedo ver porque estoy en primera fila.
Las risas y conversaciones que hay tras de mí me están sacando de quicio. Me sabe mal por ella… «Joder». Me riño a mí mismo por dentro por lo que estoy a punto de hacer. La culpa es de mi hija. Es la razón por la que soy un blando de la leche.
—¡Ey! —Me levanto, me giro hacia el resto de la sala desde mi asiento y toda la atención recae de golpe sobre mí—. Un poquito de respeto ¿no?
La sala se queda en silencio al escuchar mi tono.
—Maldita sea —digo entre dientes.
Vale, la mayor parte del tiempo doy la impresión de ser un cabrón cascarrabias, un poco intimidante por mi constitución y mis tatuajes, pero cualquiera que me conozca sabe que soy un buen chico hasta que me hinchan las narices. Y la falta de respeto hacia Reese me estaba hinchando las narices.
Vuelvo a sentarme, sintiendo la mirada de mi jefa, y tardo un segundo en levantar los ojos hacia ella. Asiente con frialdad con la cabeza y, con un tono del todo profesional, dice:
—Gracias, Emmett.
Y luego está ese… «Emmett».
Es la única persona de todo Chicago que me llama por mi nombre de pila cuando el resto me llama por mi apodo. Sé que lo hace a propósito, como si rechazara permitirse cualquier tipo de familiaridad entre nosotros. Es como si me recordara una y otra vez que es mi jefa, que soy su empleado y que da igual cuánto tiempo vayamos a pasar juntos esta temporada, porque no somos amigos y nunca lo vamos a ser.
Así será mucho más fácil para ella despedirme cuando acabe el año.
De puta madre.
—Para aquellos que no me conozcáis, soy Reese Remington. —Con la sala en silencio, empieza con seguridad su primera reunión de plantilla—. La nueva propietaria de los Windy City Warriors.
—Emmett. —Estoy en medio de una conversación con otros chicos de mi cuerpo técnico. La reunión ha acabado, así que la mayoría está charlando antes de dar la jornada por terminada—. ¿Puedo hablar contigo? —continúa Reese.
Respiro hondo por la nariz para reunir fuerzas mientras me vuelvo hacia ella.
—Tú eres la jefa.
—Me sorprende que lo recuerdes. —Sus ojos se dirigen al grupo que forman mis analistas de vídeo—. A mi despacho, por favor.
Reese gira sobre sus tacones de aguja y va directa hacia la puerta, esperando que vaya tras ella. Lo que, por supuesto, hago. Con las manos en los bolsillos, la sigo afuera de la sala de proyección, por el pasillo, y asciendo dos tramos de escaleras en dirección a su despacho.
Mantengo la cabeza gacha, en parte para evitar contemplar su pecaminoso bamboleo de caderas con cada paso que da, pero sobre todo porque me siento como un niño pillado en una travesura al que llaman al despacho del director y no como un director deportivo de larga trayectoria con un historial de éxitos y un anillo de la Serie Mundial.
Aprieto la mandíbula durante todo el trayecto hasta su despacho, pero el chicle me sirve para disimular ante cualquiera que pudiera estar observándonos. Mis jugadores y la plantilla siempre me han tenido por alguien tranquilo y seguro de sí mismo. Pero cuando se trata de Reese, me siento justo lo contrario.
Quién sabe lo que me va a echar en cara el primer día de esta nueva temporada. Solo sé que es el principio. Su objetivo de demostrarse a sí misma que no necesita renovar mi contrato el año que viene comienza hoy.
Cuando llegamos a la última planta, dobla la esquina hacia su despacho y yo la sigo, pero me detengo de golpe al ver el mostrador de recepción vacío junto a su puerta.
—¿Dónde está Denise? —Cuando Reese no responde, la miro a los ojos—. ¿Has despedido a Denise? ¿En serio?
Entiendo que esta mujer quiera hacer suyo este lugar, pero ¿despedir a la recepcionista de su abuelo, que ha trabajado aquí tanto tiempo como Arthur? ¿En qué coño está pensando?
Reese me mira con los ojos entornados.
—Claro que no he despedido a Denise. La conozco desde que nací, pero quería jubilarse, así que eso es lo que ha hecho, aunque le pedí que se quedara. Y todavía no he encontrado sustituta. Sé que te cuesta creerlo, pero no soy un monstruo, Emmett.
Reese no me da la oportunidad de responder, lo que casi es mejor. Se mete en el despacho y cierra la puerta en cuanto entro.
El enorme ventanal que da al campo es lo primero que llama mi atención, igual que en todas las ocasiones que me reuní con Arthur en los últimos siete años. Las vistas desde aquí son, con toda probabilidad, unas de las mejores de la ciudad, y no me puedo imaginar un lugar mejor desde el que disfrutar de un partido de béisbol.
Bueno, aparte de mi sitio privilegiado contra la barandilla del banquillo.
Aunque las vistas son idénticas y el despacho es el mismo en el que he estado en innumerables ocasiones, ya no se parece en nada a cuando lo ocupaba Arthur. El escritorio de Reese, elegante y moderno, nada tiene que ver con la tosca mesa tras la que se sentaba Arthur, siempre cubierta con un montón de papeles y un ordenador desfasado. Y su silla es de color marfil y dorado, mientras que la de su abuelo era de cuero agrietado marrón oscuro.
Los montones de trastos que Arthur había acumulado durante las últimas cuatro décadas han desaparecido. Ahora, la estancia, luminosa y limpia, se ve elegante, sobria y moderna. Justo tal y como describiría su estilo a la hora de vestir si alguna vez admitiera que me he fijado en él.
—Toma asiento —dice, señalando una de las nuevas sillas que hay frente a la suya.
Durante un instante, me permito creer que puede que me haya llamado para firmar una tregua entre los dos. Que sabe tan bien como yo que este año va a ser una pesadilla si no nos llevamos bien. Pero esa idea se desvanece en cuanto dice:
—Tienes que despedir a uno de tus analistas de vídeo.
—¿Disculpa?
—Tienes tres en plantilla, cuando siempre han sido dos. No tenemos espacio salarial para pagar a tres personas.
«¿Qué cojones?».
—Arthur me dio permiso al final de la temporada pasada para añadir a un tercero. Acabo de contratar a alguien. No puedo despedirlo.
—¿No puedes o no lo vas a hacer?
Clavo mis ojos en los suyos.
—No lo voy a hacer.
—No debería haberlo permitido. El presupuesto es un desastre porque mi abuelo dejó de prestarle atención. No tenemos fondos para pagar a tres personas.
—Entonces sácalo de mi salario.
Reese se echa hacia atrás, sorprendida ante mis palabras. Se queda en silencio un momento mientras reflexiona sobre mi breve comentario.
—No. No es solo el salario. Son los gastos añadidos de alojamiento y comida cuando estamos fuera. No nos hace falta esa tercera persona.
—Bueno, no voy a despedir a uno de mis chicos. Dos han estado conmigo desde siempre y el tercero acaba de llegar de un equipo de la Triple-A. Su familia acaba de mudarse aquí y su mujer está embarazada. Necesita el aumento de sueldo.
Reese no muestra ninguna emoción; no hay vacilación alguna en esos ojos azul oscuro.
—Solo voy a pagar a dos, así que tú eliges quién se va.
Y hasta aquí lo de «No soy un monstruo, Emmett».
Puedo sentir la fuerza que ejerzo en el reposabrazos de la silla, noto la mandíbula tan tensa que deberían preocuparme mis dientes.
—Eso no va a pasar, Reese. Encuentra dinero en otro lado o sácalo de mi salario. Tu abuelo nunca me hubiera pedido que despidiera a alguien que necesita el trabajo.
Irritada, aparta de mí la mirada y se centra en algo del ordenador.
—Puede que tuvieras a mi abuelo en el bolsillo, pero yo no soy él. Las cosas van a cambiar este año, Emmett, así que deberías ir acostumbrándote a la idea.
Ya, que las cosas van a ser diferentes, no me digas.
Detesto esa idea.
—¡Monty! —Es lo primero que oigo cuando abro la puerta de la casa de mi hija—. ¿Pintas conmigo?
—Claro que sí. —Levantó a mi niño de tres años favorito, lo acomodo en mi cadera y cierro la puerta tras de mí—. Te he echado de menos, Max.
Se acurruca en mi hombro mientras lo llevo a la cocina en busca de sus padres. Ya va con el pijama puesto.
—Hola, papá —dice Miller, y me da un abrazo rápido por un costado.
Le planto un beso en la coronilla antes de que agarre la fuente de pasta que ha preparado para la cena y entremos en el comedor.
Choco el puño con Kai e Isaiah cuando los veo en la mesa y pongo a Max de pie en el suelo. Me tira de la mano para que me siente donde están su libro y sus ceras de colorear. Se acomoda en mi regazo y escoge un color por mí, pidiéndome en silencio que le ayude a colorear el dibujo.
—Lo siento, era la nueva preparadora física que he contratado. —Kennedy cuelga el teléfono antes de sentarse en el último sitio libre junto a su marido—. Le han cancelado el vuelo, así que no llegará hasta mañana. —Suspira, mirando la comida que hay en la mesa—. Gracias por hacernos la cena. Todavía nos quedan muchas cajas por desempaquetar y no hemos encontrado los platos.
Max levanta la mirada desde mi regazo.
—Ken —dice, sonriendo a su tía.
—Hola, bichito.
Kai sirve un plato con pasta y ensalada para su prometida.
—Mañana nos acercamos y acabamos de hacerlo.
—Puedo ordenar a los chicos que vayan a vuestra casa a ayudar a la nueva médica del equipo… —interrumpo.
—O podrían venir a ayudar a su compañero de equipo porque me quieren —añade Isaiah.
—Kennedy está a cargo de su tratamiento médico —le recuerda Kai—. Creo que van a estar más dispuestos a hacerle la pelota a ella que a ti.
—Monty. Más. —Max me da un codazo en la mano tatuada, la que sostiene la cera que va más lenta de lo que le gustaría a él.
Relleno con rapidez el árbol dibujado en la página.
—¿Qué tal está la casa? —pregunto a Kennedy e Isaiah.
—Es perfecta. —Ella sonríe.
Isaiah mira a su hermano mayor. Es evidente que entre ellos se entienden sin necesidad de palabras.
—Me alegro de que vivamos cerca.
Miller pasa la panera por la mesa y, mientras lo hace, clava sus ojos en mí durante un instante demasiado largo.
—¿Qué? —pregunto con recelo.
—Nada.
—¿Desde cuándo tienes filtro, Miller? Suéltalo.
—Es solo que creo que está bien que Kennedy e Isaiah hayan dejado el centro y se hayan comprado una casa a una calle de nosotros.
—Está bien —admito—. Para ellos.
Se centra en el plato que tiene enfrente.
—¿Tan bien como para que quizá tú quisieras hacer lo mismo?
Suelto una carcajada.
—Buen intento. Soy muy feliz en la ciudad, y me gusta mi apartamento. Puedo ir a trabajar andando. En cualquier caso, en temporada se podría decir que vivo en el estadio.
—Papá, solo digo que toda la familia vive ahora en las afueras.
—Y me alegro de que vosotros cuatro viváis felices en pareja a las afueras.
—Tú también podrías vivir feliz en pareja, ¿sabes?
Otra vez esa risa incrédula. Mi hija nunca ha sido de las que se callan lo que piensan.
—Ostras, Millie.
Kai sacude la cabeza.
—Dejemos que el hombre cene en paz.
—Ah, no, no, no, no. —Levanta un dedo—. Ahora no puedes jugar a ser Suiza. Estabas de acuerdo conmigo cuando hablamos de esto anoche.
Enarco una ceja.
—¿Vosotros dos hablasteis de mí anoche? ¿No hay nada más interesante en vuestra vida?
—Solo queremos que seas feliz, papá.
—¿Y qué te hace creer que no lo soy? Tengo el trabajo de mis sueños y mi hija por fin vive cerca. ¿Qué más podría querer?
—Una amiga —interrumpe Isaiah, hablando con la boca llena.
—¿Una amiga? —pregunta Kennedy, poco convencida con la palabra elegida por su marido.
—Sí. Una amiga. Una novia. Una mujercita. —Le guiña un ojo—. O solo una follamiga.
Le tapo a Max las orejas con las manos.
—Qué asco. —Miller esboza una mueca.
—Venga, Miller. Mira a este hombre. ¿Te crees que tu padre tiene este aspecto y que no tiene follamigas? Venga ya.
—Rhodes. —Niego con la cabeza en su dirección—. Cierra la boca.
Sonríe para sí mismo antes de meterse el tenedor lleno de pasta en la boca.
—Claro, entrenador.
—Estoy feliz y demasiado ocupado como para preocuparme de cualquier otra cosa que no sea el trabajo y vosotros cuatro. —Destapo las orejas de Max—. Cinco —corrijo.
—Solo decía —murmura Miller entre dientes— que igual te toca a ti ahora.
Antes de que Miller conociera a Kai, nunca había mencionado lo de que yo tuviera citas, pero ahora no deja de hacerlo. Como si al ser tan feliz ella, quisiera lo mismo para mí. Y lo entiendo, de verdad, pero yo ya tuve mi momento.
Cierto, han pasado veinte años desde que estuve con la madre de Miller. Solo llevábamos un año juntos cuando la perdimos los dos, y me convertí de golpe en el padre de veinticinco años de una niña de guardería que acababa de perder a su madre y que no era mi hija biológica, y tenía demasiadas cosas encima como para preocuparme por algo más.
Ahora, con cuarenta y tantos, estoy centrado en mi carrera. Y feliz, si se me permite decirlo, y demasiado ocupado en el campo como para conocer a alguien.
Cuando el silencio se alarga, Miller lo deja pasar.
—¿Qué tal la reunión? —nos pregunta entonces.
—Bien —dice Kai con un suspiro—. Parece que va a haber unos cuantos cambios este año, pero Reese ha hablado bien. Es inteligente.
—Papá, ¿ha ido bien? —El tono de Miller revela preocupación.
—Ha estado bien.
No menciono el cuasi monólogo de Reese en su despacho (y sí, digo monólogo y no conversación) después de la reunión para informarme de que iba a deshacerse de uno de los analistas de vídeo. No sabría decir si es una buena decisión empresarial o no, y tampoco tiene por qué importarme. Solo sé que el salario que quiere que suprima pertenece a alguien a punto de ser padre y que lo necesita.
Kennedy esboza una sonrisa.
—Ha sido increíble escuchar la visión que tiene Reese para el equipo. Estoy encantada de que ella tome las riendas.
Y aun cuando la conversación vira hacia temas no relacionados con el trabajo, lo único que pienso durante el resto de la cena es…: «Pues yo no».
2
Reese
—Reese, ¿sigues con nosotros?
Levanto la vista al oír mi nombre y me encuentro con cinco pares de ojos devolviéndome una mirada intimidante. No tengo ni idea de lo que me he perdido en esta reunión, ya que he estado centrada en la copia impresa que hay en la mesa frente a mí. La columna de números rojos ha estado acaparando toda mi atención.
Me aclaro la garganta, buscando a Phil, uno de los cinco miembros del consejo asesor que creó mi abuelo cuando todavía estaba al cargo.
—Lo siento —digo, levantando los papeles repletos de marcas rojas—. Tenemos que volver a esto. ¿Es nuestra previsión anual?
—Correcto.
—La mayoría de los departamentos están en números rojos.
Phil entrelaza las manos, las apoya en la mesa, con una expresión de indiferencia en el rostro. Como si estuviera a punto de tener que repetirse por enésima vez porque un niño no parece capaz de comprender un concepto básico.
Pero yo entiendo a la perfección lo que está pasando, lo que no entiendo es cómo lleva pasando tanto tiempo. O por qué los supuestos «asesores» de mi abuelo muestran tanta calma mientras que el club está perdiendo dinero a raudales. Y cuando digo que el club está perdiendo dinero, en realidad me refiero a mí. Yo soy la que está perdiendo dinero a raudales. Porque ahora que mi abuelo me ha entregado el legado familiar, soy la única propietaria de los Windy City Warriors, y el dinero que estamos perdiendo sale directo de mis bolsillos. Sabía que estábamos gastando demasiado, pero no me percataba de hasta qué punto.
Las Grandes Ligas de Béisbol no aplican un límite salarial a los equipos, así que este presupuesto es más bien una cifra orientativa que usamos para evitar ciertos impuestos de la liga y asegurarnos de que no gastamos dinero a lo loco. Y queda claro al juzgar por estas cifras que mi abuelo disfrutaba gastando dinero de esa manera.
—Sí, Reese. —Phil lo dice despacio, como dándome más tiempo para comprender esas palabras—. Como hablamos, al ser este tu primer año como propietaria, creemos que lo mejor es que no hagas grandes cambios y, en vez de eso, te bases en la estructura que creamos cuando Arthur estaba al mando…
—Operando en números rojos —termino por él.
—Si no me equivoco, fuiste tú la que decidiste despedir a un médico que llevaba años trabajando en el equipo en mitad de la temporada pasada, obligando a tu abuelo a liquidar ese contrato y al mismo tiempo a pagar a la señora Rhodes un nuevo salario.
—Doctora Rhodes —lo corrijo—. Y el doctor Fredrick es un cerdo sexista. Me niego a que se relacione a alguien así con «mi» club.
Me fijo en que pone durante un segundo los ojos en blanco y, cuando echo un vistazo al resto de la sala, me encuentro con esa misma expresión de fastidio en el resto del consejo. Bueno, en todos, salvo en Ed. Ed siempre ha sido mi favorito. Es de la edad de mi padre y ha trabajado con mi abuelo desde que nací. También es el único hombre del consejo asesor que no trata de intimidarme. Que no se me malinterprete, en parte lo hace —todos lo hacen en mayor o menor medida—, pero en su caso no es algo premeditado. Yo tan solo quiero hacerlo bien en este nuevo puesto y todos ellos han sido testigos en primera fila de los cuarenta años de éxitos de mi abuelo.
—Ese incremento en el gasto salarial tan solo fue una gota en el océano —recuerda Ed al grupo—. Reese tiene razón. Arthur se relajó demasiado con el presupuesto los últimos años, pero de seguir así, va a ser un problema para ella a largo plazo. Estamos aquí para asegurarnos de que no fracase.
De nuevo, esas miraditas compartidas entre los otros cuatro, como si dijeran en silencio: «En realidad, esperamos que lo haga».
Soy del todo consciente de la controversia que provoca que yo esté al frente del Windy City Warriors. Durante mucho tiempo ha existido esa postura tan anticuada de que no haya mujeres en el béisbol y ahora, aquí estoy yo, la primera mujer propietaria de un equipo en la historia de las Grandes Ligas de Béisbol.
Hay mucha más gente ahí fuera, aparte de estos cuatro sentados a la mesa de reuniones, que desea mi fracaso. Pero me niego a fracasar. Haré todo lo que esté en mi mano para que mi trabajo aquí sea un éxito. He renunciado a demasiado como para fallar ahora.
Y sí, sé que por ser mujer lo más probable es que tenga que trabajar el doble y conseguir el doble de éxitos con el club para tener alguna oportunidad de que me vean como la persona adecuada para dirigir el equipo.
—Entonces ¿dónde hacemos los recortes? —pregunto al grupo.
Scott se retrepa en la silla y entrelaza las manos por detrás de la cabeza.
—Dínoslo tú, «Stanford».
Añade el nombre de mi alma mater con un tonito condescendiente.
—¿Por qué no me explicas lo que quieres decir con eso, Scott?
—Te gastaste un montón de dinero en un MBA muy caro. —Se inclina hacia delante con confianza, con las manos juntas sobre la mesa—. ¿No crees que tu tiempo sería más valioso en un despacho, concentrada en la parte empresarial? Si tanto te preocupa el estado financiero del club, ¿por qué no dejas las operaciones deportivas a otra persona?
—¿Con «otra persona» te refieres a ti?
Sus labios esbozan una sonrisa arrogante.
—Qué gran idea, Reese. Mírate, tomando decisiones inteligentes tú sola.
Puede que Scott sea el que menos me gusta del grupo. Es el más joven de todos, casi somos de la misma edad, pero va por la vida con una arrogancia increíble, como si su cargo le diera derecho a todo.
No es del todo habitual que el propietario de un equipo se involucre demasiado en las operaciones diarias de su club de béisbol, pero no es así como dirigimos a los Windy City Warriors. Sí, mi abuelo era el propietario del equipo, pero también el presidente de operaciones deportivas, un puesto para el que los otros veintinueve equipos suelen contratar a alguien.
En los últimos años, antes de que yo estuviera lista para asumir el cargo, como a mi abuelo empezaba a costarle lidiar con todo, contrató a Scott para que se uniera al consejo asesor, pero, en realidad, era el que llevaba la mayor parte de las operaciones deportivas, aunque mi abuelo ostentara el puesto de forma oficial.
Cuando decidió que era el momento de jubilarse e informó de que yo asumiría el puesto como propietaria del equipo, la mayoría esperaba que nombrara a Scott presidente de operaciones deportivas.
No lo hice.
Cuatro de los cinco hombres de esta sala todavía esperan que cambie de opinión. Y, ostras, puede que todos los directivos piensen lo mismo, e incluso puede que los jugadores también quieran que lo haga. Y, por el odio que he percibido en internet, parece que la mayoría de los aficionados de Chicago están de acuerdo con que debería contratar a alguien para que ocupara ese puesto.
Pero estoy convencida de que puedo hacerlo. Conozco bien tanto el mundo de los negocios como el del béisbol, aunque no voy a negar que más de una vez se me ha pasado por la cabeza que puede que no sea la persona adecuada para el trabajo.
Es difícil evitar que aparezcan esos pensamientos cuando la única persona que cree en mí soy yo.
Reúno un poco de valor y no permito que nadie de la sala se percate de que es algo forzado.
—Como ya he dicho, el puesto de presidente de operaciones deportivas no es objeto de debate. —Me levanto, doy unos golpecitos en la mesa con la pila de papeles para alinearlos—. No obstante, Scott, si quieres seguir formando parte de este consejo, espero oír tus ideas sobre cómo abordar este presupuesto. —Capto un leve atisbo de sonrisa en los labios de Ed cuando me agacho a por el bolso—. Que tengáis un buen día, chicos —digo por encima del hombro mientras salgo de la sala de reuniones.
En cuanto se cierra la puerta tras de mí, dejo que caiga la fachada.
Estoy jodida.
Ya sabía que este nuevo puesto iba a ser un proyecto inmenso con muy poco apoyo de la gente a mi alrededor. Pero ahora tengo que empezar el año haciendo todavía más recortes en el presupuesto de los que había previsto al principio, y la gente me va a odiar por ello. No debería importarme. Son negocios, al fin y al cabo. Pero ya me siento como una paria con respecto a los otros propietarios de los equipos de la liga, así que preferiría que mi propio club no me despreciara también.
Con el bolso colgado del brazo, evito mi despacho y voy directa al único lugar en el que sé que podré estar sola ahora mismo.
Las cosas no están tan mal como para que tenga que vender acciones ni nada parecido. Tenemos dinero. Pero la gente perderá su empleo si sus puestos no son necesarios. Los jugadores que no rindan se traspasarán. Cuando lleguemos a la fecha límite de traspasos este verano, quiero comprar jugadores para los playoffs, no venderlos, y para hacerlo, necesito margen en el presupuesto.
Tomo el ascensor hasta la planta de la sede del club. El entrenamiento ha acabado hace horas, así que no espero encontrarme con nadie aquí abajo, pero en cuanto se abren las puertas del ascensor, veo a uno de los jugadores de pie al otro lado.
Y quizá es el que peor me cae de todos. Se trata de Harrison Kaiser, uno de los jardineros que fichó mi abuelo la temporada pasada. Cobra demasiado para lo que hace por el equipo. Por no hablar de que no encaja bien con el resto. Ah, y que también es un cabrón condescendiente y que me molesta muchísimo cada vez que tengo que firmar sus pagas.
—Ey. ¿Dónde vas con tanta prisa? —dice queriendo entablar conversación.
—Tengo que atender un pequeño asunto de negocios —respondo con una sonrisa forzada al pasar a su lado—. Buenas noches.
—¿Quieres que te ayude a encontrar el camino, encanto?
Estoy de espaldas a él, así que no puede ver cómo pongo los ojos en blanco, en parte por ese «encanto», pero sobre todo porque este tío solo lleva aquí unos meses, la mayoría durante la offseason, mientras que yo me he criado en este club. Creo que sé adónde voy.
—Me llamo Reese —le recuerdo, proyectando la voz para que me escuche mientras sigo andando por el pasillo—. O señora Remington, si lo prefieres.
Puedo oír desde aquí cómo se ríe entre dientes.
—No trabajes demasiado hoy. No queremos que se te estropee esa bonita manicura que llevas.
Espero hasta que se cierran las puertas del ascensor con él dentro antes de levantar la mano frente a mí. Mi manicura tiene buena pinta. El rosa neutro perfecto y un corte impecable en forma de almendra. Me aseguraré de que esté igual de bien el día que firme su traspaso a otro equipo.
Por suerte, no me encuentro con nadie más. No quiero que nadie sepa dónde voy. Es mi rincón secreto. Bueno, supongo que el banquillo no es lo que se dice secreto, pero es el último lugar en el que me buscaría alguien del equipo directivo.
Una vez allí, en vez de ir a la izquierda para sentarme en el banquillo de los jugadores, voy a la derecha. En ese lado hay un pequeño hueco con espacio para que se sienten no más de una o dos personas. Es donde se encuentra el teléfono del banquillo, en el medio tabique. Ese mismo medio tabique que concede a esta zona un poco de privacidad y que evitará que alguien me vea si por casualidad sale aquí.
Este lugar es para los directores deportivos, aunque nunca he visto a uno capaz de sentarse durante un partido, pero siempre he considerado este rinconcito como algo propio. Cuando era pequeña y mi abuelo estaba demasiado ocupado trabajando, me escondía aquí. Era mi pequeña fortaleza. Venía a pintar o a leer a este rincón. Me escondía de mis padres si no quería irme todavía a casa.
El año pasado, cuando regresé para empezar a prepararme para hacerme cargo del equipo, me volví a encontrar en este mismo lugar. Esta vez no para esconderme de mis padres, sino para esconderme de todos los demás.
Todos los ojos han estado puestos en mí desde que volví a este equipo la temporada pasada y, de vez en cuando, necesito alejarme de ese escrutinio. Estar aquí fuera es como una especie de tregua y, con el campo vacío y el estadio en silencio, es un buen recordatorio de por qué estoy haciendo esto.
Tomo asiento e inspiro lo que parece ser la primera respiración profunda de todo el día.
Es una tarde agradable en Chicago. El sol empieza a ponerse, el aire empieza a refrescar por el lago.
Había pasado tanto tiempo desde la última vez que estuve aquí que casi me había olvidado de lo que me encanta vivir en esta ciudad. Casi me había olvidado de lo que quiero a este equipo.
Siempre supe que regresaría, pero me tomé suficiente tiempo como para separar lo que una vez sentí por este equipo de cómo tengo que verlo ahora.
Crecí en este club, y este campo atesora algunos de mis mejores recuerdos de la infancia. Pasaba innumerables horas en el despacho de mi abuelo, escuchándole hablar sobre todo tipo de asuntos relacionados con el béisbol. Me pasé incontables veranos quedándome despierta hasta tarde para ver los partidos en directo desde su palco de propietario, todo mientras animaba a los jugadores por sus nombres de pila, porque la niña de seis años que era los veía como parte de la familia. Quiero decir, yo casi vivía en el campo y ellos también, así que no llegaba a entender del todo que la razón de que pasáramos tanto tiempo juntos era porque jugar a béisbol era su trabajo y que por ello habían sido contratados por mi abuelo.
En aquel entonces, tan solo me parecía una gran familia. Desde los directivos a los jugadores, pasando por los acomodadores y los empleados de los puestos de comida. Tenía esa visión ingenua de este lugar. Ahora, aunque me gustaría poder volver a mirar al equipo de esa manera, no puedo.
Ahora que estoy al cargo tengo que verlo como lo que es: un negocio.
El béisbol es un negocio.
Aparto la mirada del campo y me vuelvo a concentrar en el presupuesto que tengo en las manos. Paso las hojas hasta llegar a la que contiene los salarios de los entrenadores. Todavía aparecen tres analistas de vídeo. El puto Emmett Montgomery aún no ha despedido a nadie tal y como le dije que hiciera.
Todavía no me puedo creer que ofreciera su propio salario para cubrir el de otra persona.
Paso a fijarme en su salario.
Ese número no está en rojo. Está impreso en tinta negra, pero bien podría estarlo en verde porque casi ganamos dinero con su contrato. El acuerdo al que llegó con mi abuelo hace años fue un chollo. En aquel entonces, Emmett llegaba por primera vez a las Grandes Ligas como director deportivo, pero este es su último año de contrato. Su valor es tan alto que, el año que viene, esa cifra se va a disparar y cualquier equipo en la liga con espacio en su presupuesto aprovechará la oportunidad para pagarlo si no lo hacemos nosotros.
La verdad es que no sé cómo nos lo vamos a poder permitir. Desde que me uní al club, he intentado convencerme de que no merece la pena renovarle el contrato, pero si ya caigo mal a algunos, estoy segura de que el equipo entero me odiará si nos deshacemos de él. Y también toda la ciudad de Chicago. A este tipo lo adoran por aquí, y también tenía a mi abuelo rendido a sus pies. Solo eso ya me hace querer contratar a alguien nuevo, porque de ninguna de las maneras voy a ceder a los caprichos de Emmett Montgomery como hacía mi abuelo.
Hace un par de años, el lanzador estrella de los Warriors tuvo un bebé, y como necesitaba una niñera, Emmett convenció a mi abuelo de que el club pagara el salario de esa niñera. Ah, ¿y quién era la niñera? Sí, la hija mayor de edad de Emmett. Qué oportuno. Y, claro, el crío del lanzador y su nueva niñera tenían que viajar con el equipo, así que mi abuelo reorganizó todo un puto avión a petición de Emmett.
No es de extrañar que estemos en números rojos. Mi abuelo despilfarraba dinero en cualquier cosa que hiciera feliz a su director deportivo. Eso no va a pasar este año y, si a Emmett no le gusta, como sospecho que ocurrirá, entonces quizá debería buscarse un nuevo equipo para la temporada que viene.
Solo de pensarlo siento un hormigueo, una especie de frustración hirviendo bajo mi piel. No sé qué tiene ese tipo que me saca tanto de quicio. Puede que solo sea ese presentimiento inquietante que tengo de que no va a ser capaz de verme como a su jefa. Él es algo más de diez años mayor que yo y se ha pasado los últimos siete trabajando para mi abuelo.
Además, está el hecho de que no podríamos tener enfoques más diferentes a la hora de ver el club. Emmett tiene la libertad de tratar al equipo como si fuera su familia (joder, la mitad del equipo es su familia), mientras que yo tengo que tomar las decisiones difíciles que harán que la gente me odie. Porque esto es un negocio.
Todavía no ha echado a uno de los analistas de vídeo, como le dije que hiciera, así que ahora voy a tener que hacerlo yo misma. A él le seguirá queriendo todo el mundo y yo seré la poli mala.
Maravilloso.
No pasa nada. ¿A quién le importa si no les gusto siempre y cuando haga bien mi trabajo?
Son negocios.
Me pongo de pie, agarro mi bolso y guardo dentro el presupuesto antes de doblar la esquina para dirigirme a mi despacho. Solo doy un paso antes de chocarme contra… un pecho, supongo.
Y, de verdad, me choco con fuerza. Lo hago con tanta fuerza que casi reboto en él.
—Joder —suelto dando un paso atrás para recuperar el equilibrio, solo para percatarme de que lo que me mantiene estable es el brazo que me rodea la cintura. Me agarro al antebrazo para ganar más estabilidad.
Es un buen antebrazo.
—Ufff, Reese. Te tengo.
Solo espero que haya sido el golpe en la cabeza lo que me haga escuchar cosas porque, por desgracia, sin lugar a dudas, reconozco esa voz. Parpadeo un par de veces en un intento de borrar la imagen de lo que ahora mismo estoy mirando. De a quién estoy mirando.
—¿Estás bien? —pregunta Emmett.
Más parpadeos. Lo único que consigo es aclararme la vista para ver a mi «empleado» alzándose frente a mí, sosteniéndome para que no me caiga.
Emmett Montgomery es un exreceptor de las Grandes Ligas, de alrededor de uno noventa de altura, que por lo visto aún conserva su musculatura atlética. Tal vez más que cuando tenía veinte y todavía jugaba. Yo no soy para nada una mujer pequeña. Mido uno setenta y uso una cuarenta y dos o una cuarenta y cuatro, según el día, pero algo me dice que este tío podría dominarme sin problemas… Vale. Sin lugar a dudas, esta idea solo puede ser producto del golpe en la cabeza que me acabo de dar.
—Reese —repite, bajando la barbilla para que sus ojos estén a la altura de los míos—, ¿estás bien?
Tiene los ojos marrones. Están a la sombra de su gorra de béisbol, pero son cálidos y expresan preocupación, y esa expresión dulce que tiene ahora mismo es, lo más probable, la razón por la que siempre consigue lo que quiere.
Pero hoy, ni de broma.
Estiro la mano para quitar la suya de mi cintura y doy un buen paso atrás, dejando espacio entre los dos.
—La cabeza está bien, gracias.
—No estoy hablando de la cabeza. ¿Tú estás bien? Pareces distraída. Como si algo te inquietara.
Qué perspicaz el tío. Lo tendré que recordar.
Pongo la espalda recta, me coloco la melena corta por detrás de las orejas y observo cómo recorre con la mirada el montón de pendientes dorados que las adornan.
—Lo único que me inquieta —digo, haciendo que se centre en mi rostro— es que todavía no hayas echado a uno de tus analistas de vídeo.
Se ríe con desdén.
—Veo que tus sentimientos hacia mí no se han ablandado con el golpe.
—¿Por qué no lo has hecho?
—Porque ya te dije que no voy a hacerlo.
Sacudo la cabeza, incrédula.
—Tienes hasta que termine la semana para tomar una decisión o lo haré yo por ti.
—Reese…
—No es objeto de debate, Emmett.
Nos quedamos ahí de pie, en guardia, sin ceder ninguno de los dos. Y, tal y como imaginé, parece haber olvidado que trabaja para mí. Aprieta la mandíbula, pero enseguida se pone a mascar chicle para ocultar lo tenso que está, lo enfadado que está conmigo por obligarlo a despedir a alguien de su equipo.
—¿Se puede saber qué haces en mi banquillo? —pregunta al fin.
Alzo las defensas de inmediato. Ni de broma le voy a contar que estaba teniendo un momento emotivo en el lugar donde solía esconderme de pequeña.
—¿Tu banquillo? —pregunto con una ceja arqueada—. La última vez que lo comprobé aparecía mi nombre al lado de «Propietaria del equipo».
Emmett relaja el gesto y aparece un brillo en su mirada.
—¿Qué? —pregunto, sin saber cómo interpretarlo.
—No lo sé. Eres rápida. Tienes una lengua afilada.
—Bueno, disculpa que no sea más blanda contigo.
—No querría que lo fueras. He criado a una hija que siempre tiene algo que decir. No me asusta el desafío.
No me atrevo a preguntarle por qué no está con su hija en ese momento. No le pregunto por qué pasa la noche del domingo en un campo en el que todos los jugadores y empleados se han ido a casa con su familia. En vez de eso, lo rodeo para dirigirme a mi despacho y ponerme a trabajar en este presupuesto durante el resto de la noche.
—Te veo mañana en el avión.
Emmett me detiene poniéndome una mano en el bíceps, haciendo que me dé la vuelta.
—¿De qué estás hablando?
—Mañana tenemos nuestra primera serie fuera, Emmett.
—Así es. Y ese es el único motivo por el que vienes con nosotros, ¿no? Porque es la primera serie de la temporada y no porque tengas previsto viajar con nosotros en cada salida.
Entiendo por qué tiene la esperanza de que le confirme que así será. La temporada pasada no fui a todas las series que jugamos fuera mientras me preparaba para el puesto y mi abuelo dejó de viajar con el equipo hace años.
Finjo estar confundida cuando le digo con voz inocente:
—Claro que voy a ir a todos los viajes. ¿Qué clase de dueña sería si no vigilara de cerca el rendimiento del equipo? ¿O cómo lo hace el director deportivo?
Abre mucho los ojos, incrédulo.
—Tu abuelo no viajaba con nosotros a todos los partidos.
Me encojo de hombros, con indiferencia, me giro sobre los tacones y disfruto del claqueteo que suena con cada paso. Antes de haberme alejado demasiado por el pasillo, añado:
—Como ya te he dicho, Emmett, las cosas van a cambiar este año.
3
Emmett
—¿Crees que si bajara una talla de pantalón tendría mayor amplitud de movimiento? —Cody, nuestro primer base, se agacha para hacer un estiramiento profundo.
Isaiah se ríe.
—¿Amplitud de movimiento? ¿En serio?
La sonrisa de Cody se vuelve sugerente.
—Puede que también me haga el culo más bonito, no lo sé.
—¿De verdad eso es lo que estás pensando justo antes de que empecemos el último partido de esta serie? —pregunto con los brazos cruzados sobre la barandilla del banquillo.
—No te preocupes, entrenador. Estoy al cien por cien concentrado en el partido. He estado vigilando al número siete de allí.
Kai intenta contener la risa, pero se le acaba escapando.
—Sí, seguro que has estado haciendo eso.
Cody, nuestro primer base, y Travis, nuestro receptor, son los mejores amigos de Isaiah. Y aunque no suelo tener favoritos, Isaiah y Kai son casi de la familia, así que Cody y Trav se han convertido en una extensión de la misma. Kai y Travis siempre han sido mis chicos responsables y juiciosos, mientras que Cody e Isaiah son los graciosos, siempre dispuestos a pasárselo bien.
Solo lo admitiría si necesitaran oírlo, pero de verdad que los quiero. Hacen que mi trabajo sea divertido.
—¿Qué pensáis de Natalie? —pregunta Travis sobre nuestra nueva preparadora física.
Los tres jugadores están en el césped, estirando, mientras que Kai y yo estamos con los antebrazos apoyados en la barandilla que separa el terreno de juego del banquillo, donde estamos nosotros.
—¿En serio, Trav? —pregunto—. ¿Tú también? Faltan diez minutos para el primer lanzamiento.
—Es solo una pregunta inocente. —Levanta las manos—. Parece una chica agradable.
—Parece que hace bien su trabajo. No intentes distraerla de eso.
—Creo que no necesitamos otra situación como la de Kennedy e Isaiah —dice Kai.
—¿De qué situación estás hablando? —pregunta Kennedy, que se une a nosotros en el banquillo.
—Aquí está. —Isaiah sonríe y se inclina sobre la barandilla para darle un beso a su mujer.
—La situación de «estoy obsesionado con nuestra preparadora física» —le informa Cody.
Kennedy mira a Travis.
—Déjala en paz, Trav.
—¿Que la deje en paz? —El tono de Travis está cargado de incredulidad—. Le dijimos a Isaiah que te dejara en paz durante tres años, y luego vas tú y te casas con él.
—Vale, de acuerdo. Échale la culpa al tequila. —Se vuelve hacia su marido—. Aunque vaya error, ¿eh?
—El mejor —responde Isaiah.
—Voy a necesitar que en este club todo el mundo deje de salir y casarse con el resto —interrumpo—. Todo esto empieza a parecer un poco incestuoso.
—Dice el tío que permite que su hija se vaya a casar con mi hermano.
—Yo no permito a mi hija nada. ¿No conoces a Miller? Solo hace lo que quiere desde el mismo día que la conocí.
—Eso es verdad —añade Kai.
—¿Dónde trabajas hoy, Kenny? —pregunta Isaiah a su mujer.
—En el bullpen. Will y Natalie se ocupan del banquillo.
Todas las miradas se clavan en Travis, que levanta otra vez las manos.
—Joder. Vale. Lo pillo. La dejaré en paz.
Entonces lo oigo, el inconfundible claqueteo de un par de tacones contra la pasarela de cemento que hay detrás de mí. No hace falta que me gire porque ya sé que Reese viene hacia aquí desde la sede del club del equipo visitante.
—Hola, Reese —saluda alegre Kennedy, confirmando mis sospechas—. ¿Dónde vas a ver el partido hoy?
Sigo con la mirada al frente, centrado en el calentamiento de mis jugadores y en cómo el estadio de Cleveland se va llenando de aficionados. Pero la siento, a unos diez metros de nosotros.
—Estaré en uno de los despachos que nos ceden, viéndolo por una pantalla. Tengo algo de trabajo, pero si necesitas algo, házmelo saber.
—Claro —dice Kennedy—. Debería ir yendo al bullpen.
—Yo también —dice Kai—. Te acompaño.
Ambos suben por las escaleras del banquillo y se dirigen hacia el jardín central derecho, donde se halla el bullpen de Cleveland. Se les une el resto, dejándonos a Reese y a mí solos en el banquillo. Isaiah besa a su mujer y abraza a su hermano cuando lo dejan atrás en el cuadro interior.
—Qué bien se les ve juntos —dice Reese y, por un instante, me olvido de mis defensas y me permito prestarle atención.
Hoy va vestida de mujer de negocios. Unos pantalones de color beige claro que hacen que sus piernas parezcan kilométricas. Conjuntados con una camiseta de tirantes de color crema que parece cortada a medida para su cuerpo. Un collar de oro que se apoya con gracia entre sus…
Joder, parezco un baboso.
«Es tu jefa».
Pero a pesar de ser mi jefa, Reese Remington es una de las mujeres más guapas que he visto en mi vida. Despiadada, pero guapa.
Me vuelvo a centrar en el campo y retomo la conversación:
—Hacen buena pareja.
Vuelvo a oír el claqueteo de sus tacones y con el rabillo del ojo veo que se acerca. Clavo la mirada en el marcado ángulo que le forma el pelo justo por debajo de la mandíbula, no podría haber elegido un corte que le pegara más, y después continúo por la elegante curva de su hombro y el brazo hacia la mano. Y es entonces cuando me acuerdo de apartar la mirada de nuevo.
Las suaves notas de ámbar y vainilla de su perfume invaden mis sentidos en cuanto se acerca lo suficiente. Y sé que es su perfume porque es en lo único en lo que me he podido concentrar durante el vuelo hasta aquí. Reese se sienta justo detrás de mí y ha sido un buen alivio temporal del hedor a tío que por lo general reina en nuestro avión.
—Tenemos una rueda de prensa programada después del partido de esta noche.
—¿Tenemos? —pregunto con recelo—. ¿Tú y yo? ¿Por qué?
Reese se apoya en la barandilla del banquillo, a mi lado, imitando mi postura, pero logra que el movimiento se vea mucho más elegante que la forma en la que se encorva mi voluminosa figura.
—Algunas de las cadenas más importantes quieren hablar sobre nuestra nueva relación.
Me giro hacia ella, arqueando la ceja.
—Nuestra ¿qué?
—Nuestra relación —repite—. Nuestra relación laboral. Ya sabes, esa en la que tú eres el director deportivo con años de experiencia y yo soy la nueva presidenta de operaciones deportivas.
—Bueno, supongo que va a ser una rueda de prensa cortísima, dado que no tenemos una relación laboral muy estrecha.
Aparte de en el vuelo, apenas he visto a Reese en este viaje. Creo que es obvio para ambos que nos hemos estado evitando.
—Podemos fingir tenerla —dice sin más.
—Sería mejor si la tuviéramos de verdad. —De pie, me vuelvo para mirarla—. Quiero que tengas éxito aquí, Reese. Puede que no me creas, pero es verdad. Y esta temporada sería mucho más sencilla si pudiéramos comunicarnos. Diriges las operaciones deportivas. Yo dirijo los partidos. Tenemos que trabajar juntos. Así que… sería bonito si intentáramos llevarnos bien. Entiendo que puede que nunca seamos amigos, pero yo te respeto.
—¿En serio? —Su pregunta parece ponerme a prueba por el tono con el que la dice.
—Claro que sí.
—Entonces ¿por qué no has despedido a uno de tus analistas de vídeo tal y como te pedí? Se acabó la semana, Emmett.
Esto otra vez no.
Pongo durante un instante los ojos en blanco.
—Porque no voy a hacer eso, joder.
—Y eso es lo que me respetas.
—Te respeto, Reese. Pero no me respetaría a mí mismo si despidiera a alguien a punto de ser padre después de darle el ascenso que necesitaba. Que su familia necesitaba.
Una fuerte tensión reina en el silencio que nos envuelve y, si solo va a saber una cosa de mí, espero que sea esto. Que no voy a hacer algo que vaya en contra de lo que creo, incluso si arriesgo mi trabajo o me trae problemas con mi jefa.
Reese pone la espalda recta y levanta la barbilla para mirarme.
—Está bien. Ya me he ocupado de eso por ti.
Se me hiela la sangre de golpe.
—¿Qué?
—Nate. Lo he despedido. Era el último que había llegado de los tres. Te concedí hasta que acabara la semana y no lo hiciste, así que lo he hecho por ti.
—¿Qué cojones, Reese?
No dice nada, no se aprecia ni una pizca de remordimiento en su expresión. Me está haciendo replantearme algunas cosas.
Sí, lo sé, Reese lo hace muy bien. Arthur estaba demasiado distraído, mientras que ella sí que consigue resultados. Pero ¿a qué coste?
—¿Entiendes lo que eso supone para su familia? —pregunto con un tono cargado de desesperación—. ¿Cómo eres así de desalmada? Me estoy dando cuenta de que lo eres más de lo que pensaba.
Si le ha dolido el golpe, no lo demuestra. Tan solo se da la vuelta y se marcha. No se cabrea. No me insulta. Solo se marcha.
Pero no antes de añadir una cosa más por encima del hombro.
—El béisbol es un negocio, Emmett. Estaría bien si empezaras a verlo de ese modo.
Se podría pensar que ganar la serie mejoraría mi humor.
No ha sido así.
Sigo cabreado. Y cuanto más pienso en que Reese ha despedido a uno de mis chicos, más me cabreo. Y, aun así, ahora me tengo que sentar en la rueda de prensa y fingir que ella y yo tenemos algún tipo de relación laboral cordial.
Casi todas las cadenas deportivas más importantes están aquí, con ganas de cubrir la entrevista, lo que me sorprende un poco, la verdad, no solo porque es viernes por la noche en Cleveland, Ohio, y nosotros somos el equipo visitante, sino porque, además, se está acabando la temporada de la NBA y de la NHL… e incluso la Final Four del baloncesto universitario es este fin de semana, joder. ¿Cómo es que les resultamos tan interesantes?
Está claro que es importante que el Windy City Warriors tenga un nuevo presidente de operaciones deportivas, pero nunca había visto antes que algo así fuera objeto de tanta atención.
—¿Empezamos? —pregunta Reese, sentada a mi lado, con innumerables micrófonos apuntando hacia ella.
Se levantan demasiadas manos de golpe, pero, por suerte, tenemos a alguien supervisando la rueda de prensa y llama al primer reportero.
—Sí, esta es para los dos. ¿Habéis tenido algún desacuerdo respecto a la forma en la que dirigís al equipo? Y, de ser así, ¿cómo lo habéis gestionado?
Señalo a Reese para que responda primero porque puedo garantizar que no le va a gustar mi respuesta.
Es la viva imagen de la profesionalidad: sentada recta, con las manos cruzadas sobre la mesa frente a ella. Su pelo rubio pulido le cubre estratégicamente el montón de pendientes dorados que brillan a lo largo de sus orejas. Que no se me malinterprete: no creo que esos pendientes perjudiquen su imagen profesional; al contrario, solo la hacen destacar un poco más entre los veintinueve viejos que dirigen los otros equipos de la liga.
—Por supuesto, hay algunos asuntillos sobre los que todavía no nos hemos puesto de acuerdo del todo, pero para eso está la comunicación. Los dos queremos lo mejor para el equipo, y cualquier decisión que tomemos será solo con ese único objetivo en mente.
Pura palabrería profesional bien presentada, pero yo no me referiría a despedir a alguien de mi plantilla como «un asuntillo».
Cuando me toca responder me inclino hacia los micrófonos.
—Este es el equipo de Reese.
Noto como casi todos están esperando a que desarrolle mi respuesta, ella incluida. Pero añadir «nuestra comunicación consiste en que no me escucha» o «hace lo que quiere» no es algo que quiera contar a todo el mundo, por muy enfadado e infantil que me sienta.
Pero tampoco voy a mentir diciendo alguna tontería sobre que somos un equipo y que estamos haciendo esto juntos, así que apoyo de nuevo la espalda en el asiento para indicar que ya he terminado de responder.
El rostro de Reese parece esculpido en piedra, impasible ante mi respuesta.
—De acuerdo, entonces. —El coordinador elige otra mano levantada.
—Sí, esta pregunta también es para ambos. ¿Qué tal ha ido la transición hasta ahora? Reese, en tu caso, trabajando codo con codo con un director deportivo con una larga trayectoria y grandes éxitos. Y Monty, en tu caso, trabajando para alguien que no sea Arthur Remington por primera vez en toda tu carrera.
De nuevo, miro a Reese para que responda primero, y ella hace un gesto sutil con la cabeza.
—Todavía es todo muy reciente. La temporada empezó hace solo una semana, pero estoy deseando trabajar juntos este año. Todo el mundo quiere a Emmett, así que tengo ganas de descubrir por qué.
Reese me mira con una sonrisita de suficiencia en los labios.
Todos los ojos se clavan en mí. Bien, si ella quiere jugar, vamos a jugar, joder.
—Bueno, puede que sea todo muy reciente, pero estoy aprendiendo rápido que ella es la jefa y que se hace lo que ella dice…
Hay un murmullo de risas entre los reporteros y me permito mirar a Reese. La princesa estoica muestra alguna grieta, parpadea con rapidez y traga saliva, antes de volver a su pose neutra.
Ahora soy yo el que luce una sonrisita burlona.
—Es un poco diferente que te mangonee una mujer, ¿eh? —mete baza otro reportero, y la multitud sigue con las risitas. Eso capta mi atención de inmediato.
Me centro en el grupo de reporteros, buscando al imbécil que acaba de decir eso.
Y entonces me doy cuenta de lo que pasa. Por eso están todos aquí.
Esta enorme rueda de prensa no es porque los Windy City Warriors tengan un nuevo presidente. Es porque tiene una nueva presidenta. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza que su género fuera la razón de todo este circo.
Qué puta chorrada en la que centrarse. Si Reese fuera un hombre, estaría igual de cabreado por esta mierda.
—¿Quién ha dicho eso de «que te mangonee una mujer»? —pregunto.
Un periodista levanta la mano y lo reconozco al momento. Después de tantos años, conozco a todos estos reporteros de las diferentes coberturas de prensa y televisión. Me centro en él. Si yo le tiro alguna pulla a Reese es porque sé que ella sabe defenderse y me la puede devolver, pero no voy a permitir que ninguno de estos periodistas haga que mi jefa se sienta incómoda.
—Para que quede claro —empiezo a decir con tono tajante—, la pregunta original ha sido que cómo era trabajar para otra persona que no fuera Arthur Remington por primera vez en toda mi carrera. No ha sido «¿cómo es trabajar para una mujer?». Creo que todos sabéis que tengo una hija, así que ni se os ocurra volver a decirme una estupidez así.
Reese me dedica la más leve, casi imperceptible, sonrisa de agradecimiento. Joder. Puede que parezca que estemos en equipos contrarios la mayor parte del tiempo, pero, a fin de cuentas, estamos en el mismo.
La rueda de prensa continúa.
—Reese, como sabrás, no hay muchas mujeres en el mundo del béisbol y nunca ha habido una en tu posición de poder. ¿Te parece que este nuevo puesto te supera?
Todavía estoy mosqueado, así que me inclino hacia el micrófono para responder por ella, pero Reese se me adelanta.
—No estoy segura de que la primera frase tenga algo que ver con la pregunta —dice Reese, con toda la tranquilidad del mundo—. ¿Me parece que este nuevo puesto me supera? No. ¿Me siento preparada y tengo la experiencia y los conocimientos suficientes tanto sobre el mundo empresarial como sobre el béisbol? Sí. Siguiente pregunta.
Se le da la palabra a otro reportero.
—Sí, esta es para Reese. ¿Qué les dirías a todos los seguidores de los Warriors y, en fin, a la mayoría de la liga, que no cree que seas el hombre adecuado para este trabajo?
Pero ¿qué cojones?
De nuevo, sigue inalterable.
—Les diría que tienen razón. No soy el hombre adecuado para el trabajo. Soy la mujer adecuada. Siguiente pregunta.
No puedo contener la risa. Me quito la gorra y me paso la mano por el pelo antes de volver a ponérmela. Luego cruzo los brazos bajo el pecho y dejo que las cámaras capten la sonrisa de orgullo que luzco.
—Reese, en este momento no tienes hijos ni pareja, pero si eso cambia en el futuro, ¿te preocupa cómo podrás equilibrar tu vida familiar con tu carrera?
La hostia.
Me inclino hacia delante, a punto de poner de vuelta y media a ese tío, cuando Reese me pone una mano en el muslo para detenerme. Lo hace de forma que nadie lo vea.
Uñas pintadas de rosa suave, dedos esbeltos y un sencillo anillo de oro en el meñique. Un contraste total con mi mano llena de tinta apoyada junto a la suya sobre mi muslo.
Nos miramos, me vuelvo a apoyar en el respaldo y permito que responda.
—Frank, ¿no? —pregunta al reportero, que asiente para confirmar—. Frank, ¿alguna vez le has hecho esa pregunta a alguno de los otros veintinueve dueños de un equipo? —Se queda en silencio un instante, no porque trate de recordar, sino porque sabe que le van a poner en evidencia—. ¿Alguna vez has hecho esa pregunta a alguno de los jugadores de la liga que sea padre y marido? ¿Te has preguntado cómo son capaces de tener hijos y seguir yendo a trabajar? Lo dudo mucho. Siguiente pregunta.
—Última pregunta —interrumpo—. Porque estas han sido demasiado predecibles.
Le toca a una reportera. Creo que se llama Kelly. Trabaja para una de las cadenas más importantes y ha cubierto varios de nuestros partidos a lo largo de los años.
—Hola, Monty. —Me sonríe—. Tengo una menos predecible para ti. Ya llevas un tiempo en Chicago y estaré allí dentro de poco para cubrir algunos partidos de los Warriors. ¿Tienes algún restaurante favorito que deba probar?
—Eh, claro, un montón. No soy un gran cocinero, así que soy un habitual de los restaurantes de Chicago. Eh, le diré a alguien de nuestro equipo que te envíe algunas recomendaciones por correo electrónico.
—Y, en esos lugares que me vas a recomendar, ¿estará bien que vaya sola o es mejor si reservo para dos personas? Porque estaré sola cuando vaya.
—Madre mía —murmura Reese entre dientes.
—Eh, bueno, la mayoría tiene zona de bar donde te puedes sentar. Yo suelo ir a comer solo.
Kelly asiente, aún sonriéndome.
—Bueno, puede que ya no tengas que ir solo cuando esté yo por allí.
—De acuerdo. —Reese se levanta de la silla—. Esto es todo por hoy. Espero que todos tengáis un buen viaje de vuelta a casa. Gracias por vuestro tiempo.
Yo también me levanto para ir detrás de ella, pero es rápida con esos tacones.
—Reese —la llamo, trotando para alcanzarla, y cuando lo hago, vuelvo a caminar para ir a su lado—. ¿Estás bien? Esas preguntas no han sido apropiadas…
—Desde luego que no lo han sido. En particular, la última.
La agarro del brazo para detenerla porque no tenía previsto hacer cardio corriendo por toda la sede del club. Se gira de mala gana y se toma su tiempo para levantar la vista hacia mí.
—¿La pregunta de Kelly? —pregunto—. ¿Esa es la pregunta que crees que no ha sido apropiada?
—Emmett, te estaba tirando los tejos.
«¿En serio?». Llevo tanto tiempo fuera de juego que ni siquiera me he percatado de ello. Mi cara debe de reflejar eso mismo.
—¿De verdad no te has dado cuenta? —pregunta Reese, poco convencida.
—Parece que te ha molestado muchísimo.
Suelta una risa incrédula.
—No me podría importar menos. Solo es que me gustaría que no utilizaras tu lugar de trabajo como un sitio para buscar citas.
Mi sonrisa se ensancha cuando bajo la mirada hacia ella. La pulcra princesa está ahora nerviosa.
—Deja de sonreírme así —refunfuña, alejándose mientras yo me quedo clavado en el sitio, viéndola irse—. Te veo mañana en el avión.
Mi tono rezuma satisfacción, hasta me duelen las mejillas de sonreír como un idiota.
—Que pases buena noche, Reese.
—No me digas lo que tengo que hacer —me responde.
Suelto una carcajada. Puede que esto de las broncas entre los dos no esté tan mal.