DE LA CARPETA DE BORRADORES DE «QUERIDA DEBBIE»
Querida Debbie:
En tu maravillosa columna siempre nos cuentas que el desayuno es la comida más importante del día. ¡Y te creo! Pero ¿mi familia está dispuesta alguna vez a sentarse a desayunar? Antes las ranas criarían pelo.
Cada mañana es el mismo circo. Mis hijos buscan zapatos que se les han perdido o deberes que han desaparecido durante la noche y mi marido no encuentra las llaves o sus gafas de leer.
Nadie muestra interés en dedicar cinco minutos a sentarse en la mesa de la cocina para disfrutar de un desayuno buenísimo para el que me he pasado cocinando los quince últimos minutos.
¡Lo he intentado todo! Comidas rápidas, opciones para llevar, sobornos (¡mejor no preguntes!), pero, por mucho que haga, mi familia siempre sale de casa con el estómago vacío.
¿Cómo narices se supone que puedo conseguir que mi familia dedique unos minutos a tomar un desayuno nutritivo antes de salir corriendo por la puerta sin despedirse siquiera? ¡Ayúdame, Debbie!
HAMBRIENTA DE HINGHAM
Querida Hambrienta de Hingham:
Sin duda, el desayuno es la comida más importante del día. Estimula los niveles de energía y lucidez y, si no tomas un desayuno sano, arrastrarás la flojera todo el día. En los niños y los adolescentes, un desayuno nutritivo puede estimular la memoria y la concentración en el colegio.
Si tu familia no muestra interés por el desayuno, prueba a investigar qué tipo de comida les puede tentar para dedicar esos esenciales quince minutos de más cada mañana. Algunas personas prefieren un cuenco de cereales, puede que otros quieran tortitas y otros un desayuno completo con huevos y beicon y una tostada de pan integral. Averigua qué es lo que más le gusta a tu familia y satisface esos deseos.
Y, si eso no te funciona, te recomendaría colocar un candado en las puertas delantera y trasera de tu casa. A primera hora de la mañana, cierra ambas puertas por dentro y guárdate la llave en el bolsillo. Avisa a todos de que no van a salir de casa hasta que hayan tomado un desayuno sano. Si ves que dudan, seguro que una sencilla amenaza de tragarte la llave a menos que se sienten a comer hará que todo se agilice.
¡No me cabe duda de que pronto estarás disfrutando de un maravilloso desayuno con tu familia todos los días!
DEBBIE
DEBBIE
Tengo prohibido hablar con mi hija Lexi por las mañanas.
Me impuso esa norma cuando empezó en el instituto y, ahora que está en el último año, sigue vigente de manera inflexible. La norma entró en vigor cuando decidió que no le gustaba que yo me atreviera a preguntarle «¿Cómo estás?» nada más empezar el día ya que ella sencillamente no estaba «de humor para hablar ahora mismo, mamá, por Dios».
Así que, a mediados de su primer año, Lexi anunció de forma oficial que ya no se me permitía hablar con ella por la mañana temprano. Y si pruebo con alguna forma de comunicación, verbal o no verbal, ella me soltará: «¿Qué te tengo dicho?». O puede que algo peor aún: me fulminará con esa mirada suya.
Ya sabéis a qué me refiero. Al menos, los que tenéis hijos adolescentes.
Así que, cuando Lexi entra en nuestra cocina este miércoles por la mañana, yo no pronuncio palabra. Me limito a seguir comiendo mi cuenco de cereales, los que llevan más fibra. (A mis cuarenta y tantos años, cualquier cosa que tenga mucha fibra la compro sin pensar). Resulta fácil no hablar con Lexi porque unos auriculares gigantes le tapan las orejas. Siempre lleva esos auriculares. Es posible que se le hayan fusionado con los huesos temporales del cráneo.
Lexi tiene el pelo recogido en una coleta desaliñada que parece como si se la hubiese hecho anoche o quizá hace varios días y no haya encontrado tiempo para arreglársela. Lleva una sudadera muy grande con capucha que bien podría ser una prenda para irse a la cama, una impresión reforzada por el hecho de que lleva puestos unos pantalones de pijama de cuadros. No es que hoy sea el día del pijama en el instituto ni nada de eso. Es lo que se ponen ahora los chicos. A mí me parece de mal gusto, pero, por otro lado, también siento envidia. Ojalá pudiera llevar yo pantalones de pijama todos los días.
De mis dos hijas, Lexi es la que se me parece, algo que, estoy segura, le provoca una vergüenza tremenda. Tiene la misma estructura ósea delicada en la cara que yo y un tono oscuro similar en el pelo, ligeramente ondulado. Como a mí, las tareas de clase le resultan fáciles, razón por la que este año se apuntó a cuatro cursos de nivel avanzado universitario y a varias clases teóricas, porque ya estuvo en clase de Cálculo avanzado el año pasado.
Al igual que yo, puede que sea un poco más lista de lo que le conviene.
Lexi ni siquiera me mira de reojo cuando va directa hacia la nevera, aunque sí lanza una mirada de desprecio a las latas que he amontonado sobre la encimera de la cocina para la recolecta de comida en conserva. Todo lo que hago es una mezcla entre bochornoso y molesto. Sin embargo, mi delito más imperdonable es haberla llamado Alexa. En mi defensa, debo decir que yo no podía saber que Alexa terminaría convirtiéndose en una cosa.
Lexi echa un vistazo por encima del hombro y se sorprende al verme. Está deseando hacer un comentario, pero eso acabaría con su eterno voto de silencio. Su lucha interna es real.
Por fin entiendo de qué se trata. Es el lápiz de labios. Nunca me pongo lápiz de labios.
«¿Para qué te has arreglado, mamá?», quiere saber.
Tomo otra cucharada de mis cereales con fibra y, a continuación, me doy toques en los labios con una servilleta. Soy más bien del tipo de madre que lleva camiseta y mallas, así que le sorprende verme con un vestido y maquillada. Incluso me he secado el pelo con el secador en lugar de hacerme una coleta mientras aún está mojado.
—Hoy vienen los fotógrafos de Jardinería doméstica —le recuerdo—. Van a hacer fotos del jardín.
Fue un honor que la revista me eligiera para este reportaje en particular. Como ama de casa y madre de dos hijas, ha habido veces en las que mi vida ha estado un poco…, en fin, vacía. Estoy orgullosa de mis hijas, pero quería sentirme orgullosa de algo que fuera solo mío. Esta sesión de fotos ha supuesto un buen chute de energía para mi nivel de confianza. Trabajo mucho en mi jardín.
Ha habido veces en las que he pensado que, si no hubiese sido por mis flores, no habría sido capaz de levantarme de la cama por la mañana.
—No lo sabía —contesta Lexi, aunque se lo he dicho docenas de veces. No hago mención a que si yo me hubiese olvidado de algo que ella me hubiera contado ayer mismo estaría arremetiendo contra mí en este mismo momento—. En fin, buena suerte.
Eso ha sido bonito. Y ha habido otro milagro: mi hija de diecisiete años ahora me habla por la mañana. Es como una especie de sueño loco y maravilloso. ¿Me puedo atrever a pensar que los difíciles años de la adolescencia quizá estén llegando a su fin?
—Gracias —respondo con cautela, deseando no hacer nada que perturbe la paz.
Entonces, Lexi arruga la nariz.
—No irás a llevar de verdad todas esas latas hoy a nuestro instituto, ¿verdad? Vas a parecer una basurera.
Vale, los años difíciles quizá no estén llegando a su fin todavía.
Antes de que se me pueda ocurrir una respuesta adecuada a la crítica de mi hija por haber recolectado comida para los necesitados, mi otra hija, Isabel, entra en la cocina. Probablemente sea lo mejor, porque no le habría gustado nada de lo que yo dijera.
Izzy es alumna de segundo curso del Instituto de Secundaria Hingham, dos cursos por debajo de su hermana. Mientras Lexi me recuerda inquietantemente a mí, Izzy es mucho más parecida a su padre. Tiene su pelo castaño claro, su sonrisa sincera y su constitución robusta. Y, al igual que él, es despreocupada.
Al contrario que Lexi y que yo, Izzy siempre ha sido muy deportista. He llegado a la conclusión de que las endorfinas hacen que sea más agradable que su hermana. En fin, esa es mi teoría recurrente. Si yo no me obligara a ir al gimnasio varios días a la semana, asesinaría a alguien de mi manzana.
—Hola, mamá. —Izzy coge una manzana del cuenco de la encimera de la cocina—. Tengo que irme. El autobús llega en un minuto.
—¿Eso es lo único que vas a desayunar? —protesto.
—Mamá, tengo que irme.
En la vida y en la maternidad, sobre todo cuando se es madre de adolescentes, una debe elegir sus batallas.
—Vale. Te quiero —grito—. Te recojo después del fútbol.
Izzy vacila, y su coleta alta se balancea por detrás de la cabeza mientras se queda quieta, como si estuviese eligiendo sus palabras. Se mete la manzana en el bolsillo de la sudadera.
—No hace falta —dice por fin—. Vendré a casa en autobús.
—Pero espera un momento. —Cuando me apresuro a ponerme de pie, el cuenco de cereales se vuelca lo suficiente como para derramar leche sobre la mesa de la cocina. Al menos, no me ha manchado el vestido—. El autobús escolar no va a pasar después de que haya terminado el fútbol. Puedo recogerte yo.
Izzy no contesta.
—¡No es ningún problema! —insisto mientras trato de no pensar en la época en la que recogía a Izzy en la guardería y ella se lanzaba corriendo hacia mí con tanta fuerza que casi me hacía caer.
No estoy segura de cuánto tiempo se habría quedado Izzy mirándome con las manos metidas en los bolsillos si Lexi no hubiese intervenido.
—Por el amor de Dios, Iz, díselo —salta.
Miro a una y a otra. Odio cuando comparten secretos, aunque eso es mejor que si se estuviesen peleando.
—¿Decirme qué?
Izzy sigue sin abrir boca.
Lexi suelta un exagerado suspiro antes de hablar.
—La han echado del equipo de fútbol.
—¡Lexi! —protesta Izzy a la vez que se ruboriza.
—¿Qué?
Vale, esto es de lo más absurdo. Izzy lleva jugando al fútbol desde que estaba en el jardín de infancia. Podría regatear con el balón de fútbol aun estando dormida. ¿Cómo van a echarla del equipo? Es una de las mejores alumnas que tienen. Dios santo, es una de las mejores jugadoras que tienen.
—No lo entiendo —digo—. ¿Por qué te han echado del equipo?
Izzy no quiere mirarme a los ojos.
—Mamá…
Debe de tratarse de algún error. No hay otra explicación.
—Voy a llamar al entrenador Pike.
—No, mamá. —Sus ojos se abren con expresión de pánico—. Tengo que irme ya. No llames al entrenador Pike.
—Izzy…
—Por favor, no le llames. —Tiene los ojos llenos de desesperación—. Prométeme que no vas a llamarle, mamá.
No quiero que pierda el autobús. No puedo permitirme tener que llevarla ahora porque debo estar aquí para la sesión de fotos. Pero no va a moverse hasta que yo acceda, así que por fin le digo:
—Lo prometo.
Prometo que no voy a llamarle. Pero no le he prometido que no voy a ir a su despacho para preguntarle en qué narices estaba pensando cuando ha echado a mi hija del equipo.
Izzy me lanza una última mirada y, a continuación, sale a toda velocidad por la puerta. Esa chica siempre va corriendo. Es una jugadora de fútbol increíble. No sé qué habrá pasado para que la echen del equipo, pero estoy decidida a llegar al fondo del asunto.
Dirijo la atención a mi hija mayor, que ha cogido una lata de crema de maíz dulce y está leyendo la etiqueta con una expresión avinagrada en el rostro, como si los ingredientes le hubiesen lanzado una ofensa personal.
—¿Tú sabes qué ha pasado? —le pregunto a Lexi.
—Dios mío, mamá. No, no lo sé —refunfuña Lexi—. Por favor, ¿puedes dejar de preguntarlo un millón de veces?
Es la primera vez que se lo pregunto, pero da igual.
—¿No te han contado nada de nada?
—No. —Lexi me mira con furia, pero después añade—: De todos modos, le conviene más que la hayan echado del equipo. El entrenador Pike es un pervertido.
—¿Un pervertido?
Pone los ojos en blanco, fastidiada por tener que dedicar tiempo a explicarme cada pequeño detalle.
—Mi amiga Mira estaba en el equipo de fútbol y me contó que siempre daba la «casualidad» de que entraba en el vestuario cuando las chicas se estaban cambiando. Se disculpaba y se marchaba rápidamente, pero…, en fin, a mí no me parece ninguna casualidad.
¿Que hacía qué?
Los cereales se me pegan a la garganta mientras asimilo esta nueva revelación. Izzy no ha dicho nunca nada parecido, pero conozco a Mira, la amiga de Lexi, y no es del tipo de chicas que vayan inventándose historias. ¿Es posible que sea verdad? Y, si lo es, ¿de verdad quiero que Izzy esté en el equipo de fútbol?
—Uf, ¿puedes parar ya, mamá? —pregunta Lexi con tono de fastidio.
Me obligo a tragarme la cucharada de cereales.
—¿Parar qué?
—Lo de masticar —contesta.
—¿Masticar? —repito incrédula.
—Tu forma de masticar… Haces mucho ruido. Es que nadie en el mundo mastica haciendo tanto ruido. Créeme…, es superraro. Probablemente lo oigan hasta los vecinos.
Nadie ha criticado nunca el volumen de mi forma de masticar. Por un momento, me siento confundida.
—Lo siento, intentaré masticar más silenciosamente.
—Se oye mucho —insiste—. Siempre estás masticando y es como, en plan, supermolesto.
Durante un momento, me saca de mis pensamientos sobre el entrenador Pike el asunto más inmediato de lo que sea que haya pasado en mi relación con mi hija mayor. Recuerdo una época en la que hacía tortitas para Lexi por la mañana. Me entregaba de lleno. Formaba una cara sonriente en cada tortita usando arándanos o, si era una ocasión especial, trocitos de chocolate. Cuando Lexi veía esas tortitas con caras sonrientes, sobre todo las de trocitos de chocolate, los ojos se le iluminaban y, después, empapaba todo el montón con sirope de arce. Tras unos cuantos bocados, levantaba los ojos para mirarme con una sonrisa pringosa y feliz. «¡Haces las mejores tortitas del mundo mundial, mami!».
Tomo otra cucharada de cereales mientras me pregunto si habrá alguna actividad que podría proponerle para hacer juntas. A lo mejor ir de compras. A Lexi siempre le ha encantado ir de compras, incluso cuando era pequeña, y todavía le sigue gustando mucho la ropa. Aunque encontrar las prendas que le gustan puede ser un desafío.
A lo mejor puedo plantearle llevarla a una tienda de pijamas. ¿Existen sitios así? Si no, deberían inventarlo. Es una idea buenísima.
Se oye un claxon en la calle lo bastante fuerte como para que las dos nos sobresaltemos. Yo ya no puedo hacer que mi hija sonría, pero ese claxon sí. Es su novio, Zane, que hace poco ha cumplido dieciocho años, se ha sacado el permiso de conducir y ahora puede llevarla al instituto todos los días.
Pero nunca entra en casa. Solo hace sonar ese maldito claxon lo bastante fuerte como para que todas las ciudades de alrededor sepan que ya ha llegado. Puede que incluso haga más ruido que yo cuando mastico.
—Tengo que irme —canturrea Lexi.
Mi hija coge del suelo su mochila, que pesa lo suficiente como para que, cuando la lleva, camine con la espalda inclinada ligeramente hacia atrás. Abre la boca como si fuese a decirme adiós, pero, a continuación, recuerda su norma de no hablarme por las mañanas y sale a toda velocidad por la puerta sin decir nada más.
Solo me he tomado la mitad de mis cereales, pero, de todos modos, ya no tengo mucho apetito. Atravieso la sala de estar siguiendo la estela que ha dejado Lexi hasta la puerta de la calle, consciente de que no se habrá molestado en cerrar con llave al salir. ¿Por qué iba a hacerlo si yo siempre voy detrás para cerrarla?
Siempre estoy disponible para mi familia. Siempre.
Me asomo por la ventana para ver el destartalado Kia rojo que sale de mi camino de entrada. Siempre que veo ese coche pienso que debería llevarlo directo al vertedero y dejarlo allí. No me entusiasma que a mi hija mayor la lleven al instituto en esa chatarra, pero reconozco que no tengo voz ni voto en ese asunto.
Mis pensamientos sobre el chico que conduce la chatarra son aún menos benévolos.
Consigo entrever a Zane mientras sale a la calle de delante de mi casa. Tiene el pelo largo y desgreñado y es más delgado que un fideo, aunque las veces que ha estado en mi casa ha devorado una tonelada de comida. Si la mitad de mi nevera se ha quedado vacía, quiere decir que Zane ha estado de visita. Sobre todo si la nevera se ha quedado entreabierta y la tapa del váter está levantada. Por no mencionar el hecho de que estoy bastante segura de que fuma cigarrillos electrónicos. Ni siquiera sé bien qué son, pero sí sé que no quiero que mi hija salga con un chico que los fuma. Aunque tampoco tengo otra opción.
Pero, sobre todo, no me gusta su forma de mirar a Lexi. Hay algo en su expresión que me inquieta. Es algo que he visto antes, un recuerdo que no consigo borrar.
Lexi y Zane llevan saliendo unos cuatro meses, y yo me había imaginado que habrían terminado hace tres y medio.
Pero no puedo prohibirle que salga con él. Tiene diecisiete años y eso no terminaría bien. Si le dijera que no lo viera, ella lo vería… mucho más. No, lo más inteligente es esperar a que corten. Es una chica lista y sabrá qué tiene que hacer. Al final, Zane desaparecerá.
Y si no, en fin, tengo la intención de proteger a mi hija. A las dos. Les guste o no.
Estoy a punto de volver a la cocina, pero me detengo cuando veo un nuevo movimiento al otro lado de la ventana. Es mi vecino Brett Carlson recorriendo el camino de entrada que separa nuestras casas. La verdad es que, más que caminar, va dando pisotones. Se dirige hacia nuestra puerta. En un minuto, la estará aporreando.
El día está a punto de ponerse interesante.
Aunque estoy a pocos metros de la puerta, no la abro directamente. Le doy a Brett la oportunidad de que llame al timbre. Repetidamente. A continuación, como era de esperar, empiezan los golpes.
—¡Abre! —grita mientras da puñetazos inútilmente contra nuestra puerta—. ¡Abre ahora mismo!
Cuánto dramatismo.
Brett Carlson se mudó a nuestro barrio hará un año. Conozco bastante bien a la mayoría de nuestros vecinos, pero apenas conozco a Brett. Lo único que sé es que trabaja en finanzas, que conduce su deportivo a demasiada velocidad y que pone música al máximo volumen en el despacho de su casa mientras trabaja, lo bastante alta como para molestar a todo el vecindario. Siempre parece arreglárselas para bajarla justo antes de que llegue la policía por las denuncias de ruido.
Me tomo mi tiempo para abrir la puerta. Pero, antes de hacerlo, cojo el cúter que guardamos en un armario de la entrada y me lo meto en el bolsillito de la falda del vestido. Por si acaso.
Brett está en mi porche delantero, con las manos apretadas en puños y toda la cara de color escarlata oscuro. Me fulmina con la mirada con ojos amenazantes. Yo mantengo los dedos de la mano derecha apretados en torno al cúter que tengo guardado.
—¡Buenos días, Brett! —saludo con tono alegre—. ¿Qué deseas?
—Sé lo que has hecho —me suelta—. ¡Sé lo que has hecho, Debbie! ¡Y no vas a salirte con la tuya!
Lo miro parpadeando.
—No sé de qué me hablas. ¿Qué narices crees que he hecho?
—¡Sé que has sido tú! —A Brett se le hinchan todas las venas del cuello—. ¿Creías que después de todas esas denuncias por ruido no me lo iba a imaginar?
—En serio —insisto—. No sé a qué te refieres, Brett.
—Mi cuadro eléctrico —me aclara—. Has entrado en mi sótano y has arrancado el interruptor de mi despacho. No tengo ninguna luz en esa habitación. ¡Me va a costar miles de dólares arreglarlo!
Me llevo la mano al pecho.
—¡Cielo santo!
—«Cielo santo» —repite con tono de burla—. Eres una mentirosa de mierda. No te gusta que ponga la música fuerte y me has cortado la luz. —Me mira entrecerrando los ojos—. Sé que has sido tú. Y vas a pagar por ello, sea como sea.
Parece dispuesto a tratar de abrirse paso a empujones al interior de mi casa para continuar la conversación. Yo le bloqueo el paso, preparada para sacar el cúter si es necesario. Pero no hace falta. A Brett se le va la fuerza por la boca.
—Siento mucho lo que ha pasado con tu cuadro eléctrico, Brett —digo con el ceño fruncido—. Pero te juro que no he sido yo. ¡Apenas sé cómo funciona el nuestro! Todos esos cables… son un gran misterio para mí. Pregúntale a Cooper. Él siempre arregla los interruptores.
Brett sigue fulminándome con la mirada, nada convencido.
—Sé que has sido tú.
—¿Tienes alguna prueba?
—¿Alguna prueba?
Sonrío con cortesía.
—Es una pregunta sencilla, Brett.
—No necesito ninguna prueba. Sé que has sido tú.
Me río, lo cual parece que solo consigue enfurecerlo.
—Esto es de lo más absurdo. ¿Cómo iba yo a entrar siquiera en tu sótano?
Hace una pausa de una milésima de segundo para pensar.
—Tenía una llave escondida bajo el farol del patio trasero. Debiste de imaginar que estaba ahí.
Es verdad que hay determinadas personas ingenuas que esconden las llaves de su puerta delantera en un lugar fácil de encontrar: bajo una piedra, en una maceta o incluso bajo la alfombrilla de la puerta. Es como dejar una invitación impresa para los ladrones. Cuando visitamos a algunos amigos, Cooper y yo tenemos un jueguecito en el que debo adivinar dónde han escondido la llave de repuesto antes de que lleguemos a la puerta de entrada. Siempre se ríe con eso. Hace poco, cuando fuimos a cenar a casa de uno de sus compañeros de trabajo, le dije que la llave de repuesto estaba escondida debajo de un gnomo del jardín junto a la puerta. Cuando lo levantamos, como me esperaba, ahí estaba. Tengo un sexto sentido para estas cosas.
—Entonces, ¿me estás diciendo que yo he encontrado esa llave que escondes en tu jardín trasero y que, después, he entrado a escondidas en tu casa en mitad de la noche y que, como sea, he arrancado un interruptor de tu cuadro eléctrico? Yo no soy más que un ama de casa, Brett. ¿De verdad crees que he hecho todo eso?
Por primera vez desde que ha aparecido, hay en su cara un destello de inseguridad.
—¿Sabes? —continúo—. Probablemente hayan sido unos adolescentes. Ayer por la noche vi a unos chicos con mala pinta por la calle. No me sorprendería que se les hubiera ocurrido hacer alguna fechoría.
No es del todo mentira. Zane siempre anda por aquí y tiene la peor de las pintas.
—Sigo pensando que has sido tú. —Brett me lanza una mirada asesina desde el porche delantero, aunque la convicción de sus palabras ha desaparecido en parte—. Puede que no tenga ninguna prueba, pero voy a instalar una cámara en cuanto arregle esto.
—¡Una idea maravillosa! —exclamo—. Las cámaras de seguridad son una forma estupenda de mantener tu casa a salvo.
Brett parece estar deseando estrangularme con sus propias manos. Estoy a punto de coger de nuevo el cúter, pero, entonces, me detengo y, en lugar de eso, miro a mi vecino con una sonrisa.
—Espero de verdad que pillen al gamberro que te ha hecho esto —le aseguro.
—Sí —murmura—. Seguro que sí.
Y dicho eso, se da la vuelta y baja los escalones del porche echando humo mientras no deja de lanzar miradas furiosas por encima del hombro.
Suena mi teléfono en la cocina.
A pesar de que con frecuencia regaño a las niñas por tener el móvil sobre la mesa durante la cena, lo cierto es que yo tampoco me alejo del mío. De hecho, está justo al lado de mi cuenco de cereales, en la mesa de la cocina. Al principio, doy por sentado que será la revista con alguna instrucción de última hora para la sesión de fotos. Pero, cuando vuelvo a la cocina, veo el nombre de Garrett Meers en la pantalla.
Mi jefe.
Aunque a veces me identifico como madre y ama de casa, la verdad es que trabajo a media jornada para un periódico destinado a familias que se llama Hingham Household, donde escribo una columna con el título de «Querida Debbie». Es algo parecido a la ya clásica «Querida Abby» que lleva en funcionamiento desde los años cincuenta, solo que la escribo yo, así que es Debbie en lugar de Abby. ¿Me explico? La gente de todo Hingham me manda preguntas en busca del fruto de mi sabiduría. Hago lo que puedo.
La gente me dice que le encanta mi columna y, aunque no me pagan mucho, me gusta. Por supuesto, cuando empecé la universidad en el MIT hace casi treinta años para estudiar informática, jamás habría creído que mi empleo principal sería como escritora de una columna de consejos de un periódico. Mi profesor de informática del instituto me dijo que yo iba a ser la próxima Bill Gates.
No hace falta decir que no soy la próxima Bill Gates. Nada más lejos. De hecho, dejé la universidad en el segundo semestre del segundo año.
Pero todavía jugueteo con la programación. La verdad es que he creado algunas aplicaciones para el teléfono, aunque nadie las usa, salvo mis familiares más cercanos. De la que estoy más orgullosa es de una aplicación que se llama Findly, un rastreador bastante preciso de amigos y familiares. Tanto Izzy como Lexi se instalaron Findly en el móvil, lo que implica no solo que sé dónde están, sino que también puedo descargar un historial de sus anteriores ubicaciones. Mis hijas están más seguras cuando sé dónde se encuentran.
También tengo un rastreador en el teléfono de mi marido. Con su permiso, claro.
Mi teléfono sigue sonando, así que lo cojo de la mesa de la cocina y deslizo el dedo para aceptar la llamada. Los fotógrafos no van a venir hasta casi dentro de una hora, y Garrett nunca quiere hablar mucho rato. Como siempre dice, es «un hombre ocupado».
—Hola, Debbie —saluda—. Me alegro de poder encontrarte.
—Ajá. —Me vuelvo a sentar en mi silla. Garrett se hizo cargo del periódico hace dos años y no es mi persona favorita del mundo. Le evito todo lo posible—. ¿Qué pasa?
—Oye —dice—. ¿Crees que podrías pasar hoy por la oficina?
Frunzo el ceño ante la inusual petición. Normalmente le envío por correo electrónico mis artículos y me ingresan directamente los pagos.
—¿Hoy? ¿A qué hora?
—Lo antes posible.
Noto una sensación de inquietud en la boca del estómago. Ya estaba nerviosa por la sesión de fotos de hoy, y una reunión misteriosa con mi jefe es lo último en lo que necesito pensar ahora.
—Claro. Iré esta tarde. ¿Sobre las dos?
—Me parece bien, Debbie. Te veo luego.
Antes de que yo pueda preguntar nada más, Garrett cuelga. ¿A qué viene todo esto?
Sigo sintiendo un pellizco en el estómago. Estoy tentada de ir allí ahora mismo para llegar al fondo del asunto, pero es imposible. Los fotógrafos están al caer, y justo después tengo una comida del club de lectura con unas mujeres del barrio. Si me salto lo del club, me lo van a echar en cara toda la eternidad.
Bajo la mirada al teléfono. ¿Debería llamar a Garrett de nuevo para que me dé más información? Estoy tentada de hacerlo, pero, en ese momento, Cooper entra en la cocina. Siempre es el último miembro de la familia en bajar por las mañanas, pues no tiene que estar en su despacho de contabilidad hasta unas cómodas nueve de la mañana. Le gusta dormir hasta tarde, y yo disfruto de esos momentos de tranquilidad con él.
Cooper lleva una camisa de vestir blanca con rayas azul claro, y la corbata gris le cuelga aflojada del cuello. Acaba de afeitarse y tiene un diminuto trozo de papel higiénico pegado a un corte por encima de su suave mandíbula inferior. Huele a su loción de menta de después del afeitado y me sonríe mostrando una fila de dientes rectos, uniformes y casi blancos.
Me levanto de mi asiento y cojo mi cuenco de cereales pastosos. Si alguna vez supieron bien, ese momento ya ha pasado. Mejor será tirarlos.
—¿Te preparo un cuenco de cereales? —le ofrezco.
—Lo puedo hacer yo.
—No es ningún problema. —Le guiño un ojo—. Me gusta cuidar de ti.
Se ríe un poco avergonzado. A Cooper lo educaron bien, lo que quiere decir que está encantado de hacer las tareas de casa. Se sorprendió la primera vez que me ofrecí a hacerle la colada después de casarnos. Pero tenía sentido, puesto que él trabajaba y yo no. Si yo podía hacerle la vida más fácil, ¿por qué no? Tampoco es que tuviese otra cosa mejor que hacer.
Cooper se desliza en uno de los asientos de la mesa de la cocina y se queda sentado, viendo cómo le preparo el desayuno. Mientras le sirvo la leche en el cuenco, su teléfono empieza a sonar y se lo saca del bolsillo. Su móvil no es el último modelo ni tampoco el anterior al último. Cooper se compra uno nuevo cuando el que tiene está tan viejo que el software ya no se puede actualizar. Ni siquiera se compró un teléfono inteligente hasta que todos nuestros conocidos tuvieron uno. Al contrario que yo, siente aversión por la tecnología. Evita todas las redes sociales y ni siquiera le gusta enviar mensajes a menos que se vea obligado. «¿Qué tiene de malo una llamada?», refunfuña a menudo.
Es una de las cosas que me encantan de él. Es lo opuesto a lo que era yo.
Cooper mira la pantalla del móvil y frunce el ceño. Levanta la mirada hacia mí durante una milésima de segundo y no puedo evitar darme cuenta del modo en que lo ladea para que yo no pueda ver la pantalla. Silencia la llamada y se vuelve a meter el teléfono en el bolsillo.
Dejo el cuenco de cereales de Cooper en la mesa de la cocina. No es exactamente un desayuno gourmet, pero, al contrario que nuestras hijas, al menos va a comer algo antes de salir de casa. Sin embargo, en lugar de hincarle el diente a su desayuno, se toquetea la corbata. Normalmente no lleva, pero hoy es un día importante para él.
—Deja que te ayude con eso —digo.
—Ya lo hago yo.
—No, déjame. Es un suplicio mirarte.
Cooper se levanta, obediente. Hoy está guapo, con su camisa recién planchada y el pelo todavía algo mojado de la ducha. Tiene mediada la cuarentena, igual que yo. Lo cierto es que está más cerca de los cincuenta, si nos ponemos pedantes con el tema. Pero, pese a que tiene el pelo algo más fino que antes, sigue siendo guapo. Ni siquiera parece muy diferente a como era cuando nos conocimos con veintipocos años, aunque quizá sea porque lo veo todos los días y no me doy cuenta de los cambios más graduales. No atrae miradas, pero, de todos modos, nunca las atrajo. Tiene el atractivo del típico vecino mono, igual que yo tengo el de la típica vecina mona.
O, al menos, así era antes yo.
Le aprieto la corbata alrededor del cuello, y es entonces cuando los ojos de Cooper se posan en mi vestido, que es blanco con dibujos irregulares rojos. Juro que en la tienda parecía estupendo, pero, cuando veo ahora el estampado, esas manchas rojas casi podrían ser…, en fin, manchas de sangre.
Mecachis. Quizá debería cambiarme.
—Eh —dice—. Estás estupenda.
Parece decirlo en serio.
—Gracias.
—Hoy es tu sesión de fotos, ¿no?
Se acuerda. Puede que Cooper sea la única persona de mi casa que de verdad escucha las palabras que salen de mi boca.
—Así es. Vienen a las diez.
—Es genial. —Me rodea el cuerpo con sus brazos y me atrae hacia él—. Nuestro jardín va a salir en una revista. ¡Vamos a ser famosos!
Creo que Cooper está sobrestimando el alcance de la revista Jardinería doméstica.
—La verdad es que no.
—No te subestimes. —Baja los labios para darme un pico en los míos. Cooper tiene la altura perfecta para los besos cuando estamos de pie—. Siempre le digo a todo el mundo que eres la mejor jardinera de la ciudad.
—Ajá.
—Tengo a la mujer con más talento de todo el barrio. —Me besa de nuevo, esta vez con más intensidad. Sus siguientes palabras las susurra en mi oído—. Y la más sexy.
Cooper y yo llevamos ya casi veinte años casados y, aun después de todo este tiempo, siempre hace que me sienta tan atractiva como el día que nos conocimos. Actúa como si siguiera siendo la misma recepcionista de veintipocos años que revisaba con él las cuentas de la empresa mientras trataba de fingir que no me miraba las piernas.
Cuando me pidió salir casi le respondí que no de forma automática. Estuve a punto de pararle los pies. En aquel entonces yo no quería salir con nadie, pero había algo en sus ojos que me hizo cambiar de opinión. Y ahora, después de tantos años, no me arrepiento. Al menos, no en lo que a él respecta.
Me pregunto si él siente lo mismo.
Por fin me aparto de su beso con un pellizco de remordimiento. Por mucho que esté deseando esta sesión de fotos, un polvo rápido con Cooper tampoco estaría mal. Siempre parece dispuesto por las mañanas, pero ninguno de los dos tiene tiempo.
—Llevas mi lápiz de labios —me burlo señalándole la mancha de rojo que me ha quitado de los labios para quedarse en los suyos.
Él se ríe y coge una servilleta de la mesa para limpiarse.
—Ken me pondría mala cara si apareciera en el trabajo con los labios pintados.
Eso no es de extrañar. Su jefe siempre pone mala cara con todo.
—Bueno —digo—. ¿Hoy es el día que vas a hablar con él de… eso?
Cooper se encoge. Lleva ya una década trabajando para Ken Bryant y no le paga ni de lejos lo que se merece. Cooper Mullen tiene muchas virtudes: es un buen marido, un buen padre y un mejor contable. Pero su peor defecto es que no es ambicioso. No quiere trabajar por cuenta propia pese a que sería más lucrativo. Ha estado tanteando a Ken con la idea de hacerse con una parte de la empresa contable, y se supone que van a tener hoy una reunión para tratar el asunto. Por eso la corbata que no sabía cómo anudarse.
—Supuestamente —masculla Cooper sin mirarme a los ojos. Hasta aquí el momento de pasión.
Le quito el trocito de papel higiénico del corte en el mentón y hace un gesto de dolor.
—No querrá perderte. Eres increíble en tu trabajo. Dile sin más a lo que aspiras y apuesto a que estará encantado de hacerte socio.
—No se va a alegrar —contesta Cooper, lo cual probablemente sea verdad.
—Aun así, plantéaselo y mantente firme.
Cooper está diciendo algo más, pero no le escucho, distraída al entrever un camión que está pasando por el lateral de la casa. Parece que ha llegado un electricista para ayudar al pobre Brett. Espero de verdad que el problema de su cuadro eléctrico no sea mucho peor de lo que se imagina.
COOPER
Debbie me hace un nudo perfecto.
Me he anudado docenas de corbatas. No, cientos. Pero, siempre que lo hago, parece la obra de un niño pequeño. No sé qué me pasa; mi destreza no es suficiente. Pero Debbie siempre me la deja perfecta. Es uno de sus superpoderes, además del de todas esas flores de llamativos colores del jardín trasero que parecen salir de la nada.
Y esa es solo la punta del iceberg. A mi mujer se le da bien todo lo que prueba. Es un genio: ha inventado varias aplicaciones para nuestros teléfonos que funcionan de verdad. Las programa ella misma. Yo apenas sé utilizar la mayor parte de las chorradas de mi móvil y ahí está ella, creando aplicaciones por arte de magia.
Sinceramente, a veces me pregunto cómo ha terminado en esta vida, casada con un desgraciado como yo.
—No lo olvides. —Debbie ladea la cabeza para mirarme. Casi me había olvidado de lo atractiva que está con maquillaje—. No le pidas lo que quieres. Dile lo que quieres.
Se refiere a lo de ser socio de la empresa. Tiene más confianza que yo, porque ni siquiera ha conocido nunca a Ken Bryant. Mi jefe sigue una política muy firme con respecto a lo de separar la vida privada de la laboral. No celebramos grandes fiestas de Navidad en la empresa a las que se invita a las esposas y a los hijos y uno de nosotros se disfraza de Santa Claus. A Ken le molesta incluso que te pongas una foto de tu familia en tu propio despacho. Ese hombre sonríe, como mucho, dos veces al año.
Así que no, no me siento nada confiado con esta reunión. Ni por asomo.
No puedo confesarle a Debbie que casi con toda seguridad esta reunión no va a tener el resultado que ella se espera. La hipoteca de la casa es lamentablemente alta y el coste de la vida en nuestra ciudad está por las nubes. Debbie tiene un sueldo en el periódico, pero yo soy el principal sostén de la familia. Necesitamos este chute en el sueldo. Con urgencia.
Pero a lo mejor tiene razón. A lo mejor Ken acepta. Al fin y al cabo, no querrá quedarse sin mí.
—Confianza —me recuerda Debbie—. Ahora cómete tus cereales.
Le sonrío.
—Sí, señora. Pero solo porque lo has dicho con confianza.
Me siento en la silla que está enfrente de ella para hincarles el diente. Son esos terribles cereales con fibra que ha empezado a comprar hace poco. Los engullo aunque no me gustan nada. Siempre quiero decirle que compre algo que no sepa al cartón en el que viene empaquetado, pero, al menos, esto es sano. A juzgar por su sabor, tiene que serlo.
Mientras como, apoyo la mano sobre el bolsillo donde tengo metido el teléfono con gesto protector. He intentado que no se me note, pero esa llamada inesperada me ha pillado fuera de juego. ¿Cómo me ha podido llamar sabiendo que sigo en casa, probablemente en medio del desayuno? Si Debbie lo hubiese visto…
No quiero pensar en eso.
Me meto en la boca unas cuantas cucharadas más de cereales de cartón y es todo lo que puedo aguantar. Me limpio la boca con el dorso de la mano y me levanto.
—Será mejor que me vaya ya. Hoy no quiero llegar tarde. Deja que coja mi almuerzo.
—Pues… —Debbie se pone de pie con gesto nervioso—. No he tenido tiempo de prepararlo todavía. Pero puedo hacerlo ahora. ¿Quieres un sándwich?
Debbie siempre me prepara el almuerzo. Nunca le he pedido que lo haga, pero, nada más casarnos, anunció que esa iba a ser una de sus responsabilidades. No podía decirle que no, pues cualquier cosa que ella hiciera siempre sería muchísimo mejor que lo que yo pudiera comprar en un puesto ambulante o en algún establecimiento de comida rápida.
Esta es la primera vez desde que nos casamos que no me ha preparado nada. Y me deja una extraña sensación de confusión.
—No te preocupes. —No quiero que vea lo que me duele que mi mujer se haya olvidado de prepararme el almuerzo. Soy un adulto y me parece ridículo decirlo en voz alta—. Compraré algo en el centro comercial que hay al lado del despacho.
Rodeo la mesa para darle un beso a Debbie. Creo que nunca me he ido de casa sin despedirme con un beso y es un ritual que hoy no vamos a olvidar. Aprieto mis labios contra los suyos mientras le bajo la mano por la espalda, notando la curva de su caja torácica por debajo de la suave tela de su vestido.
Cuando nuestros labios se separan, Debbie me mira a los ojos.
—Buena suerte con Ken.
Sí, la voy a necesitar.
Ayer aparqué en el camino de entrada, así que salgo por la puerta de la calle para ir hasta mi coche. Cierro con llave al salir, un acto reflejo al que me acostumbró Debbie. Vivimos en un barrio seguro, pero siempre dice que una puerta sin cerrar es como buscar problemas.
—¡Mullen!
Saco la llave del cierre a la vez que veo a mi vecino, Brett Carlson, en nuestro jardín delantero, aplastando con sus botas el verde césped al que mi mujer dedica tanto tiempo para que se mantenga frondoso y sano. No sé cómo lo hace Debbie. Es una especie de genio con las plantas.
—¿Qué tal, Brett? —pregunto, reprimiendo mi fastidio por el césped.
Es entonces cuando veo la forma en que Brett aprieta los dientes. Un músculo bajo su ojo derecho se mueve mientras se acerca hacia mí con expresión amenazante. Parece cabreado. Yo jamás me he peleado a puñetazos, pero me preocupa que hoy vaya a ser la primera vez. Ahora mismo.
—Ha venido el electricista —me suelta—. Ella no solo ha arrancado el interruptor. Ha destrozado también el cableado.
¿De qué narices me está hablando?
—¿El cableado?
—Mi cuadro eléctrico —aclara Brett—. Tu mujer se coló anoche en mi sótano y lo ha destrozado.
Al principio, pienso que debe de estar de broma, así que me río. Pero la expresión de furia de su rostro hace que la sonrisa desaparezca rápidamente del mío.
—¿Qué estás diciendo? —Niego con la cabeza—. Debbie no le ha hecho nada a tu cuadro eléctrico.
—Y una mierda. Es ella la que siempre se está quejando a la policía por mi música.
Es posible que eso sea verdad, pero, aun así, esa acusación es intolerable. Se me ocurre que Brett ha estado bebiendo, pero no le noto el olor.
—Te equivocas.
—No me equivoco —contesta—. Y deja que te diga una cosa, Cooper: más vale que vigiles bien a esa mujer tuya.
Pongo los ojos en blanco antes de recordar lo poco que me gusta cuando Lexi hace lo mismo.
—Ah, ¿sí?
—Sí. —Se queda mirándome a los ojos—. Es peligrosa.
No sé qué contestar a eso.
Así que mantengo la boca cerrada. Debbie siempre dice que no se puede razonar contra la opinión de alguien que no razona. Por suerte, el electricista sale de la casa de Brett y lo llama, así que me libro. Aun así, los hombros no se me relajan hasta que mi vecino vuelve a entrar en su casa y cierra la puerta.
Por un momento, me pregunto si debería advertir a Debbie de que Brett está en pie de guerra. Pero me parece innecesario. Su acusación es tan disparatada que estoy seguro de que enseguida se va a dar cuenta de que ha cometido un terrible error.
DE LA CARPETA DE BORRADORES DE «QUERIDA DEBBIE»
Querida Debbie:
Permíteme que te diga que me encanta el jazz. No hay nada mejor que poner la radio y oír algo de Kind of Blue. ¡Pero mi marido, que Dios le bendiga, no me deja escucharlo! A él solo le gusta la música folk, que no es santo de mi devoción.
Pero aquí está la cuestión: si vamos en su coche, dice que, como conduce él, debe ser también quien elija la música. Muy bien, le digo yo. Pero cuando vamos en mi coche y yo conduzco, dice que, como gana más dinero que yo, en teoría es su coche, así que debe ser él quien elija también la música. ¡Dime si no es la mayor estupidez que has oído en tu vida!
¡A mí no me importa escuchar lo que él quiera, pero me parece que yo debería elegir la música al menos alguna que otra vez! ¿Qué debo hacer?
FRUSTRADA CON LA MÚSICA FOLK
Querida Frustrada con la música folk:
¡Créeme si te digo que no sois la primera pareja que ha entrado en guerra por culpa de la banda sonora de un viaje en coche! Pero el matrimonio consiste en negociar y este es un buen punto de partida. Antes de vuestro próximo viaje largo, intentad pensar en unos cuantos artistas que os guste escuchar a los dos y haced una lista de reproducción con ellos. ¡De ese modo, los dos podréis disfrutar de la música!
Si tu marido no accede a esta negociación, es el momento de sacar el costurero. Ponle en el vino un antihistamínico sin receta por la noche y, mientras duerme, puedes hacerle un agujero en el tímpano usando la aguja del costurero. (¡Son de lo más prácticas!). Cuando hayas terminado con el primer oído, pasa al segundo. Puede ser un poco tedioso, pero se trata de una intervención bastante sencilla.
Después de eso, ¡no le importará nunca más qué vais a escuchar en el coche!
DEBBIE