Antes
TOM
Estoy enamorado. Desesperada, terrible, completa y ridículamente enamorado.
Se llama Daisy. Nos conocimos cuando teníamos cuatro años. He estado enamorado de ella desde entonces. Así de lamentable soy. La vi en el patio del recreo dando de comer trocitos de su bocadillo a las hambrientas ardillas y lo único que se me ocurrió pensar fue que nunca había conocido a ningún ser vivo tan hermoso ni bueno como Daisy Driscoll. Y perdí la cabeza.
Durante mucho tiempo no le dije lo que sentía. No podía. Me parecía imposible que ese ángel de cabello dorado, ojos azul claro y piel como la porcelana de nuestro lavabo del cuarto de baño pudiera sentir jamás una décima parte de lo que yo sentía por ella, así que no tenía sentido esforzarse.
Pero últimamente eso ha cambiado.
Últimamente, Daisy me ha permitido acompañarla a casa desde el instituto. Si hay suerte, me deja agarrarla de la mano y me mira con una sonrisita disimulada en sus labios rojo cereza que hace que las rodillas me tiemblen. Empiezo a pensar que a lo mejor quiere que la bese.
Pero me da miedo. Me da miedo tratar de besarla y que ella me dé una bofetada en la cara. Me da miedo decirle lo que de verdad siento y que ella me mire con lástima y me conteste que no siente lo mismo. Me da miedo que no vuelva a dejarme acompañarla a casa.
Pero eso no es lo que me da más miedo.
Lo que me da más miedo es acercarme para besar a Daisy y que ella me permita hacerlo. Me da miedo que acceda a ser mi novia. Me da miedo que me deje entrar en su dormitorio cuando sus padres hayan salido para que podamos estar por fin solos los dos.
Y me aterra que, en el momento en que me encuentre a solas con ella, acabe rodeando su bonito cuello blanco con los dedos y apriete hasta matarla.
En la actualidad
SYDNEY
Quién es este hombre? ¿Y qué ha hecho con mi cita?
Se supone que he quedado con un hombre que se llama Kevin para cenar esta noche a las ocho. Bueno, se suponía que íbamos a tomar unas copas a las seis —de las copas es más fácil huir—, pero Kevin me envió un mensaje a través de Cynch, la aplicación de citas, para decir que se estaba retrasando en el trabajo y preguntarme si podíamos posponer el encuentro para cenar a las ocho.
Pese a saber que era un error, dije que sí.
Pero Kevin me parecía de lo más agradable cuando nos estuvimos enviando mensajes. Y, en sus fotos, era mono. Muy mono. Tenía una sonrisa aniñada con un brillo en los ojos y llevaba su pelo castaño claro encantadoramente revuelto y caído por la frente. Parecía un Matt Damon de joven. He tenido un montón de citas malas en Cynch, pero esta vez me sentía cautelosamente optimista. Incluso he llegado pronto al restaurante y he pasado los últimos diez minutos esperando ansiosa en la barra a que llegara.
—¿Sydney? —me pregunta el hombre que está delante de mí.
—Sí.
Me quedo mirando al hombre a la espera de que me diga que Kevin ha muerto en un trágico accidente de taxi cuando venía de camino a nuestra cita porque, desde luego, este hombre no es Kevin. Pero, en lugar de eso, extiende la mano.
—Soy Kevin —se presenta.
No me muevo del taburete.
—¿De verdad?
Vale, seamos sinceros. Nadie tiene tan buen aspecto en la vida real como en las fotos de las aplicaciones de citas. Es decir, si lo que quieres es conseguir una cita, no vas a poner una foto tuya recién levantado de la cama y con resaca. Vas a arreglarte, a hacerte como cincuenta fotos distintas desde cada ángulo posible y con una docena de opciones de iluminación, y vas a elegir la mejor. Es lo más sensato.
Y, oye, a lo mejor esa foto tan perfecta te la sacaste hace diez años. Yo no estoy de acuerdo con este razonamiento, pero entiendo por qué lo hace la gente.
Pero este tipo…
Para nada es el mismo hombre de su perfil de Cynch. Ni de hace diez años ni de nunca. No me lo creo.
Aunque es un gesto desagradable, saco el móvil de mi bolso y abro la aplicación delante de él. Comparo al hombre atractivo y de aspecto juvenil de la foto con el que está delante de mí. Eeeeh…, no.
Mi cita de esta noche es, por lo menos, diez años mayor que el hombre de la foto y está en los huesos, rozando lo cadavérico. Creo que su color de ojos también es distinto. Su pelo rubio empieza a clarear, pero lo que queda de él es largo y está recogido por detrás en una coleta descuidada.
Este no es el mismo hombre que el de la foto. Estoy aún más segura de eso que de saber que me gusta dar largos paseos por Central Park y darme atracones de Netflix.
—Sí, soy yo —me asegura el falso Kevin. (Aunque, en realidad, el de la foto es el falso Kevin. A lo mejor el de la foto sí que es Matt Damon. Empiezo a pensar que podría serlo).
Me dispongo a protestar diciendo que no se parece en nada a la foto, pero las palabras suenan de lo más superficial en mi cabeza. Vale, sí, Kevin es enormemente distinto a su foto de perfil, pero ¿de verdad importa eso? Hemos estado enviándonos mensajes por Cynch y da la impresión de ser un tipo bastante agradable. Debería darle una oportunidad.
Y, si la cosa no funciona, mi amiga Gretchen me va a llamar dentro de veinte minutos con una excusa inventada para sacarme de aquí. Jamás en la vida voy a una cita sin planear una llamada de rescate.
—Me alegra mucho conocerte en la vida real —dice el Kevin real—. Eres exactamente igual que en la foto.
¿Espera que yo diga lo mismo? ¿Es una especie de prueba?
—Ajá —respondo.
—Venga. Vamos a sentarnos.
Nos dan un reservado en un rincón del bar. Y mientras nos dirigimos hacia allí, no puedo evitar fijarme en lo alto que es Kevin. Tiendo a sentirme atraída por los hombres altos, pero este necesita con urgencia un poco de carne en los huesos. Es como si fuese caminando junto al palo de una escoba.
—Me alegra que por fin estemos haciendo esto —me dice Kevin mientras se desliza por el asiento enfrente de mí. ¿Por qué lleva tan mal hecha la coleta? ¿No podría al menos haberse peinado antes de nuestra cita?
—Yo también —respondo, lo cual no es más que una mentirijilla.
Me recorre con la mirada. Una expresión de aprobación se dibuja en su cara cadavérica.
—Ahora que nos conocemos en persona, Sydney, debo decirte que estoy convencido de que eres la mujer perfecta.
—Ah, ¿sí?
—Sin ninguna duda. —Me sonríe—. Si cerrara los ojos y me imaginara a la chica perfecta, serías tú.
Vaya. Eso es… encantador. Posiblemente uno de los cumplidos más bonitos que me han dicho en una cita. Gracias, Kevin Real. Empiezo a alegrarme de haberme quedado. Y, como he mencionado antes, me gustan los hombres altos, así que, aunque sea infinitamente distinto a su foto de perfil, siento una pequeñísima atracción.
—Gracias.
—Bueno —añade—, excepto por los brazos.
—¿Los brazos?
—Los tienes algo flácidos. —Arruga la nariz—. Pero, por lo demás, uf. Como te he dicho, eres la mujer perfecta.
Un momento. ¿Tengo los brazos muy flácidos? ¿De verdad acaba de decirme eso?
Y, lo que es peor, ahora estoy empezando a examinarme los brazos con disimulo. ¿Por qué me he puesto un vestido sin mangas esta noche? Solo tengo en mi armario dos vestidos sin mangas. Podría haberme puesto algo con mangas que hubiera ocultado mis, según parece, espantosos brazos, pero no, he elegido este.
—¿Os traigo algo para beber?
Hay una camarera de pie junto a nosotros y nos mira con las cejas levantadas. Aparto los ojos de mis monstruosos brazos y la miro.
—Para mí… una Coca-Cola Light.
—¿Una Coca-Cola Light? —Kevin parece agraviado—. Qué aburrida. Pídete una copa de verdad.
Nunca bebo alcohol en una primera cita con un hombre al que he conocido en Cynch. No quiero que se me altere el juicio de ninguna forma.
—La Coca-Cola Light es una copa de verdad.
—No, no lo es.
—Bueno, es un líquido. —Le fulmino con la mirada desde el otro lado de la pegajosa mesa de madera—. Así que yo diría que es una copa.
Kevin mira a la camarera poniendo los ojos en blanco.
—Muy bien, yo quiero una Corona y ella una Coca-Cola Light. —A continuación, guiña un ojo a la camarera y le susurra un «lo siento».
Lanzo una mirada a mi bolso, que está a mi lado. ¿Cuándo me va a llamar Gretchen? Necesito una vía de escape.
Pero a lo mejor no estoy siendo justa. Solo conozco al Kevin Real desde hace cinco minutos. Debería darle una oportunidad. Al fin y al cabo, por eso es por lo que le he dicho a Gretchen que me llame a los veinte minutos de la cita. Cinco minutos es un juicio prematuro. Si no puedo concederle a un tío más de cinco minutos, voy a tener primeras citas durante los próximos veinte años. Y ahora que ya he cumplido treinta y cuatro, no puedo permitirme ese lujo.
—Joder —comenta Kevin sin dejar de mirar a la camarera mientras va a por nuestras bebidas—. Ella sí tiene unos brazos bonitos.
Gretchen, ¿dónde estás?
Así que tienes que pagar dos mil dólares si eres un miembro nuevo del grupo —me explica Kevin—. Pero, por cada paquete de vacaciones que vendas, te llevas una comisión de cinco mil dólares. Increíble, ¿no?
Paso una de mis patatas fritas por un pequeño resto de kétchup de mi plato. Llevamos casi cuarenta minutos con esta cita e, inexplicablemente, sigo aquí. La estúpida de Gretchen. Estará enrollándose con su novio o algo así y se ha olvidado por completo de su pobre amiga. Incluso le he enviado un mensaje con «Socorro» y sigue sin llamarme.
—Podría meterte sin problema en el grupo. —Kevin mastica una de sus alitas de pollo picantes a la barbacoa. Tiene un apetito increíble para ser un tío tan delgado. Antes le he señalado que tenía salsa barbacoa en la mejilla y se la ha limpiado, pero, cada vez que da un mordisco, se le queda más salsa por toda la cara. En un momento dado, me he hartado de decirle que tenía la cara sucia—. ¿Quieres que llame a Lois a la sede central? Es una oportunidad increíble, Sydney. Tienes suerte de que yo haya aparecido.
—No, gracias —contesto.
Kevin acerca la mano y coge mi Coca-Cola Light. Cuando llegaron sus alitas, se quejó de que estaban demasiado picantes y, después, a lo largo de quince minutos, ha procedido a acabarse su cerveza, después una segunda cerveza, y ahora se ha adueñado de mi Coca-Cola Light.
—¿Por qué no? ¿Por qué ibas a desperdiciar una oportunidad de ganar al año un sueldo de unas seis cifras?
—¿Porque es una estafa piramidal?
—¡Una estafa piramidal! —Kevin se ríe entre dientes—. ¿Por qué piensas eso?
—Porque soy contable y sé lo que es una estafa piramidal.
—No, es que no lo entiendes —insiste—. Mira, estoy tratando de hacerte un favor, Sydney. Tienes un trabajo superaburrido trajinando con números todo el día. ¿No prefieres realizar unas cuantas ventas al año y descansar el resto del tiempo en tu lujosa casa de vacaciones?
No sé qué responder a eso, así que lo que hago es coger mi bolso.
—Voy al baño.
Espero que el baño tenga una ventana por la que poder salir.
Cuando llego al servicio de señoras, veo que por desgracia no tiene ventana. Así que uso de verdad el váter y paso otros dos minutos mirándome en el espejo, observando con atención mis «flácidos» brazos. No están tan mal, ¿no?
¿No?
Estoy buscando online en mi móvil «ejercicios para adelgazar los brazos» cuando empieza a sonar. Aparece el nombre de Gretchen en la pantalla y aprieto la mandíbula. Por fin llama. Cuarenta y cinco malditos minutos después de que hayamos empezado a cenar. Deslizo el dedo por la pantalla para responder la llamada.
—¿En serio, Gretchen? —grito al micrófono sin siquiera decir hola—. He tenido la peor cita de mi vida y es en buena medida por tu culpa.
Eso no es del todo justo. El Kevin Real se merece, al menos, un cincuenta por ciento de responsabilidad por esta espantosa velada. Pero estoy cabreada y necesito pagarlo con alguien.
—¡Lo siento mucho! —exclama Gretchen—. Randy y yo estábamos viendo una película y hemos perdido la noción del tiempo…
—Ajá.
—Yo ni siquiera quería ver la película —insiste—. Randy me prometió que no iba a permitir que me olvidara de llamarte, pero luego…, en fin, ya sabes.
Oigo a Randy por detrás diciendo: «¡Eh! ¡No le digas que es culpa mía!». Y luego Gretchen se ríe como si él le estuviese haciendo cosquillas o algo así. Me muerdo el labio, resentida por lo encantadores que son Gretchen y Randy juntos. Cuando nos hicimos amigas, ella estaba soltera, como yo. Luego, un día, subíamos juntas en el ascensor y empezó a hablar entusiasmada de lo adorable que era el encargado de mantenimiento de mi edificio. ¡Y ahora llevan saliendo como seis meses!
No me malinterpretéis. Estoy feliz por que mi amiga haya encontrado al hombre de sus sueños. Pero es que yo sigo buscando al mío.
—¿Dónde estás ahora? —pregunta.
—Escondida en el baño, evidentemente.
—Ay, Dios. Lo siento mucho.
—No pasa nada —refunfuño—. Probablemente estabas haciendo el amor apasionadamente con tu novio mientras yo me veo aquí atrapada con un tipo que trata de convencerme de que participe en una estafa piramidal.
—¡Ay, no, Syd! ¿De verdad?
—Y eso ni siquiera es lo peor —continúo—. Su madre le ha llamado por FaceTime durante la comida y él ha cogido la llamada. ¡He tenido que saludarla! ¡A su madre, Gretchen! ¡En nuestra primera cita!
—Lo siento de verdad —insiste, aunque sé que está esforzándose por no reírse.
—Seguro.
—En serio, Syd. Soy lo peor. Mañana, después de yoga, yo pago los cafés y los muffins.
Supongo que puedo aceptar esa disculpa. En cualquier caso, la cita casi ha terminado. Estoy a cinco minutos de no volver a ver nunca más al Kevin Real ni al Kevin Falso. Bueno, puede que vuelva a ver al Kevin Falso si voy a una película de Matt Damon.
Me despido de Gretchen, echo un último vistazo analítico a mis brazos (¡que están bien tal y como son, Kevin!) y, después, salgo y me encamino hacia el reservado. Y, sorpresa, ha ocurrido un milagro y la cuenta está sobre la mesa, esperándome. A lo mejor me voy de aquí antes de lo que esperaba.
—Has tardado una eternidad —comenta Kevin. Se limpia los labios con la manga. Se quita la salsa de los labios, pero se mancha toda la camisa de cuadros blancos y rojos. Ya ni siquiera me importa—. ¿Te has desmayado?
Consigo fingir una sonrisa.
—Gracias por la cena.
—Claro. —Kevin desliza la cuenta por encima de la mesa hacia mí.
—Tu parte son treinta y ocho dólares.
No deseaba que Kevin me invitara a la cena porque no quiero deberle nada, pero me cuesta imaginar cómo es posible que mi pequeña ensalada y mi Coca-Cola Light, además de la propina, hayan terminado costando treinta y ocho dólares. La contable que llevo dentro desea coger la cuenta y calcular mi parte verdadera de la cena, pero la mujer que hay en mí no quiere prolongar esto un segundo más. Así que lanzo sobre la mesa dos billetes de veinte.
Mientras Kevin va saliendo del reservado, suena en la radio la canción «Eye of the Tiger». Me sonríe y me guiña un ojo.
—Es mi canción favorita. ¿No te parece que Rocky es la mejor película de todos los tiempos?
—No la he visto.
Kevin se lleva la mano al pecho, asombrado, como si acabara de decirle que mato cachorros por puro placer.
—¿No la has visto?
—No.
—Bueno, pues ya sabemos qué vamos a hacer en nuestra segunda cita.
Decido no contradecir su idea de que habrá otra cita. Pero, en cuanto salga de aquí, voy a bloquearle en Cynch. No tiene mi número de teléfono, así que no hay manera de que vuelva a ponerse en contacto conmigo.
—Y luego —añade— podemos ver Rocky II en nuestra tercera cita. ¡Y Rocky III en la cuarta!
Se encuentra en plena planificación de nuestra séptima cita (Rocky VI) cuando salimos del bar. Estamos justo a mediados de agosto, una época estupenda para llevar un vestido sin mangas que muestre mis brazos monstruosos, pero también es la época de mayor humedad en Nueva York. A pesar de mi acondicionador sin aclarado y mis cuidadosos esfuerzos con el rizador, el pelo se me ha empezado a encrespar. Por suerte, no me puede importar menos lo que ahora mismo piense mi cita sobre mi pelo.
—Te acompaño a casa —me dice Kevin.
Casi me atraganto.
—No, no es necesario.
Él levanta el mentón.
—Insisto. Está anocheciendo. ¿Qué clase de caballero sería si dejara que volvieras a casa sola y de noche?
—No pasa nada. En serio.
—Podrían matarte, Sydney.
Eso parece poco probable. En cualquier caso, estoy dispuesta a arriesgarme a morir con tal de deshacerme de este tío. Pero tiene una expresión de determinación en la cara y empiezo a sospechar que la opción más sencilla sería dejar que me acompañe a casa. No es que vaya a dejar que me acompañe de verdad a mi casa. Vivo a unas diez manzanas de distancia y se me ocurre que, tras tres o cuatro, señalaré un edificio cualquiera y le diré que es el mío. Y después me libraré del Kevin Real para siempre.
—Vale —refunfuño—. Vamos.
Me sonríe.
—Tú dirás por dónde.
Como es martes por la noche, en lugar de ser fin de semana, las calles están más vacías de lo habitual cuando salgo sola después de haber anochecido. Sobre todo porque normalmente voy por una zona más transitada y ahora estoy tomando un atajo por otra más residencial para así acabar con esto cuanto antes. Las zonas residenciales son siempre más tranquilas y también huelen menos a orines que el camino más poblado hasta mi edificio de apartamentos. Esto está bastante desierto y no es del todo terrible contar con la compañía de Kevin.
Dicho eso, bajo ningún concepto voy a dejar que vea dónde vivo. Jamás me libraría de este tipo.
Me detengo en seco ante una casa de piedra rojiza a varias manzanas de mi verdadero edificio. Señalo el pasamanos.
—¡Bueno, pues aquí es!
Espero que no vaya a insistir en acompañarme al interior del edificio porque no tengo forma de entrar. Pero parece poco decidido a marcharse.
—Lo he pasado genial, Sydney —me dice Kevin.
No consigo devolver el cumplido, aunque solo sea por resultar agradable.
—Ajá.
Un extremo de sus labios se levanta hacia arriba.
—¿Te parece que nos demos un abrazo?
—Eh… —Veo sus brazos extendidos y las manchas que se le han formado en las axilas por haber estado paseando en el ambiente húmedo de agosto—. No doy abrazos en las primeras citas.
—Ah. —Al principio parece que va a protestar, pero después dice—: Bueno, ¿y un beso?
¿Es que ha perdido el bendito juicio? Ni siquiera he querido abrazarlo y, desde luego, no quiero que los labios babosos de este tío rocen los míos.
—Vamos —dice—. Te he invitado a cenar. ¿De verdad no vas a besarme?
¿Que me ha invitado a cenar? ¿En qué planeta el hecho de que yo pague cuarenta dólares por una ensalada significa que él me ha invitado a cenar?
—No beso ni abrazo en las primeras citas —le explico. Y entonces, por si me pide que choquemos las caderas o Dios sabe qué otra cosa, añado—: Sigo una política muy estricta de no tocar.
—¿En serio?
Da un paso hacia mí. Es mucho más alto que yo, pero aun así puedo oler el hedor agrio a cerveza de su aliento. Doy un paso atrás y me choco contra los escalones de la entrada del edificio donde he asegurado que vivo. Observo la calle, consternada al ver que no hay más peatones a la vista. Creía que Kevin era un desastre y lo había etiquetado como inofensivo.
Grave error.
—Vamos, Sydney. —Da otro paso más hacia mí, esta vez generando una incómoda proximidad. Puede que Kevin sea delgado, pero parece fuerte. Más que yo, eso seguro—. No puedes burlarte así de mí. Solo te estoy pidiendo un beso, por el amor de Dios.
—Creo que esta cita se ha acabado —respondo con firmeza.
—No me calientes. —Frunce el ceño y sus rasgos se deforman bajo la tenue luz de la farola que tenemos encima—. Todas las mujeres sois iguales. Nunca vas a conseguir un marido si ni siquiera besas a un hombre en una cita, ¿sabes?
Mi mente repasa a toda velocidad el contenido de mi bolso y lo que puedo utilizar como arma. Gretchen me dio una lata de gas pimienta, pero la saqué en algún momento porque siempre goteaba por todo el bolso y nunca me había visto en una situación en la que hubiera estado cerca de necesitarla. Sí que llevo un espray de desinfectante de manos, ¿serviría eso? Por supuesto, implicaría tener que encontrarlo en mi bolso gigante, que probablemente esté en este momento lleno al ochenta por ciento de pañuelos de papel arrugados.
Decido que lo mejor es empujarlo y salir corriendo. Estoy segura de que en una o dos manzanas más me cruzaré con otra persona.
—Sydney —dice.
Evito mirarle a los ojos mientras intento huir rodeándole. Pero Kevin es más rápido de lo que parece. Me rodea la muñeca con sus dedos y la inmoviliza contra la áspera pared de ladrillos del edificio. Sus larguiruchos dedos se clavan en mi carne.
—Vamos, Sydney. No interrumpas nuestra velada. La diversión no ha hecho más que empezar.
Kevin aprieta su cuerpo contra el mío. El hedor a cerveza agria es casi abrumador y tengo que apartar la cabeza mientras trato de soltarme.
No solo quiere un beso. Quiere algo más que eso. Y no va a irse hasta conseguirlo. No debería haber permitido que me acompañara a casa.
Dios, ¿por qué es tan fuerte?
—¡Suéltame! —siseo entre dientes.
—Te lo he dicho —contesta con los suyos apretados—. Deja de calentarme.
Ahora tiene su cuerpo, caliente e incómodo, adherido al mío. Abro la boca, dispuesta a soltar un grito ensordecedor. Hay viviendas en esta manzana. Seguro que alguien lo oye, aunque todas las ventanas estén cerradas y los aires acondicionados estén a reventar en el interior. Pero antes de que ningún ruido atraviese mis labios, se oye una voz detrás de mí.
—¡Eh! ¡Eh! ¿Qué está pasando ahí?
Kevin afloja la mano sobre mi muñeca. Se aparta de mí unos centímetros y decido aprovechar el hecho de poder moverme de nuevo. Apoyándome en un cubo de basura metálico que tengo al lado, levanto la pierna izquierda y le doy un rodillazo en la ingle con todas mis fuerzas.
Resulta gratificante ver lo rápido que Kevin cae. Nunca le había dado a un hombre en las pelotas, y, vaya, sí que funciona. Se agacha agarrándose las partes con la cara enrojecida. Es todo un subidón. Bueno, hasta que pierdo el equilibrio al hacerlo y caigo al suelo golpeándome la cabeza con el cubo de metal.
—¡Zorra! —jadea Kevin—. ¿Qué cojones te pasa?
Mientras vuelvo a levantarme con cuidado, miro con los ojos entrecerrados hacia las sombras, a la figura que ha venido en mi ayuda. Está demasiado oscuro para verlo con claridad, pero es evidente que se trata de un hombre de complexión y altura medias. Está mirando a Kevin, que sigue doblado, pero levanta los ojos hacia mí.
—¿Se encuentra bien, señorita?
—¡Eso no es asunto tuyo! —le suelta Kevin—. Teníamos una cita, gilipollas. Lo estábamos pasando estupendamente.
El hombre misterioso continúa mirándome, a la espera de mi respuesta, con sus oscuros ojos en sombra.
—Me encuentro bien. —Me sacudo la suciedad de la acera de mi vestido azul sin mangas, que probablemente jamás vuelva a ponerme por múltiples razones, incluida la vergüenza por mis brazos inaceptablemente flácidos. Debería tirarlo a la basura después de esto—. O sea, me encuentro bien ahora.
—¿Que te encuentras bien? —estalla Kevin—. ¡Debería demandarte por haberme atacado!
El Hombre Misterioso suelta un bufido de estupefacción.
—He visto lo que estabas tratando de hacer. Me encantará llamar a la policía y contárselo todo.
Y, al decir eso, saca el teléfono de su bolsillo como si fuese a llamar a emergencias. Me mira de nuevo, como para pedirme permiso, y niego con la cabeza. No es así como quiero terminar la noche. Solo deseo volver a casa y meterme en mi bañera. Y bloquear a Kevin en Cynch. Puedo denunciarlo a los administradores de la aplicación, que tienen toda su información personal.
Por primera vez, Kevin parece preocupado de verdad. Consigue levantarse con cierto esfuerzo.
—Eh —dice—. Eh, oye, a lo mejor te has confundido. Yo no iba a…
—Vete de aquí —le interrumpe el Hombre Misterioso—. Ya. Antes de que tu cita cambie de opinión en cuanto a lo de llamar a la policía. —Baja un poco la voz, casi hasta convertirla en un gruñido—. Y, si alguna vez vuelves a molestarla, estaré dispuesto a testificar sobre lo que te he visto hacer. ¿Sabes lo que les pasa en la cárcel a los agresores sexuales?
Kevin abre los ojos de par en par. Por fin, se hace a la idea.
Veo cómo mi cita se aleja cojeando por la calle, en la dirección opuesta a mi edificio de apartamentos. Cuando desaparece de mi vista, consigo por fin relajar los hombros.
—¿Seguro que estás bien? —me pregunta el Hombre Misterioso.
Giro la cabeza en la dirección de su voz. Ha entrado bajo la luz de la farola y por fin puedo verlo bien. Y…
Vaya.
¿Sabéis esa cosa tan cursi que dice la gente de que mira a otra persona y le atraviesa un rayo? Siempre he creído que era una absoluta ridiculez hasta que me pasó hará unos tres años y conocí al primer hombre que me atravesó con un rayo. Pero no funcionó y abandoné toda esperanza de que volviera a suceder. Ahora, sin embargo, aquí está. Ese maldito rayo ha aparecido de nuevo.
El Hombre Misterioso es atractivo, eso como poco. Tiene un denso pelo moreno y ojos negros como el carbón, con un nivel de intensidad que me atraviesa con otro rayo. Su fuerte mandíbula parece expresar un control y una seguridad absolutos. Su rostro muestra esa agradable simetría de manual. Lleva una camiseta negra que deja ver su complexión esbelta y que hace que el negro de su pelo y sus ojos parezca aún más intenso. No se le ve ningún anillo de casado en la mano izquierda.
Pero lo mejor de todo es la forma en que me devuelve la mirada. Si yo he sido alcanzada por un rayo, él también. Apostaría mi vida a ello.
—Estoy bien —consigo decir—. Solo…, ya sabes, alterada.
El Hombre Misterioso mira hacia lo lejos para asegurarse de que Kevin se ha ido de verdad.
—¿Es tu novio?
Niego con la cabeza.
—Nos hemos conocido esta noche. Nos hemos liado por Cynch. —Me ruborizo un poco—. No me refiero a que nos hayamos enrollado, evidentemente. Pero hemos tenido una cita esta noche. —Y añado sin necesidad—: Ha ido mal.
—Eso he supuesto.
—No sabe dónde vivo. —Cruzo los brazos sobre el pecho—. Lo denunciaré en la aplicación. Estas cosas se las toman en serio. No creo que vuelva a molestarme. Pero… gracias por ayudarme.
Me mira con media sonrisa.
—Parece que tú sola te lo habías quitado de encima bastante bien. Apenas podía caminar.
Sonrío ante el agradable recuerdo de la sensación de haber hincado la rodilla en las pelotas de Kevin.
—Gracias.
El Hombre Misterioso me mira fijamente con esa media sonrisa juguetona en sus labios. La electricidad entre los dos es evidente. A veces no estoy segura de si un tío está interesado o no por mí. Pero, por el modo en que el Hombre Misterioso me mira, sé que está interesado. Y, a pesar de lo alterada que me encuentro por lo que acaba de ocurrir, le daría encantada mi número de teléfono ahora mismo.
Qué gran flechazo. Ya me imagino contándole la historia a nuestros hijos. «Había un imbécil que pretendía besarme y así, niños, es como conocí a vuestro padre».
Vale, quizá me esté adelantando un poco. Pero, cuando lo sabes, lo sabes.
—¿Puedes volver a casa desde aquí sin problema? —me pregunta el Hombre Misterioso.
Miro a mi alrededor. En los últimos minutos las calles se han llenado de gente. No parecen tan solitarias como cuando Kevin me agarró.
—Estaré bien.
—Estupendo.
Y entonces, para mi sorpresa, se dispone a darse la vuelta. Para marcharse.
—Eh…, ¡gracias de nuevo! —grito—. Agradezco de verdad lo que has hecho. Eres algo así como mi héroe.
Con eso le saco al chico una sonrisa completa. Y, si eso es posible, resulta aún más atractivo cuando sonríe. Tiene que ser actor, modelo o algo así. O sea, madre mía.
—Claro —contesta—. Me alegra que estés bien.
Nos quedamos mirándonos un momento más y me imagino las siguientes palabras que salen de su boca…
«¿Te parece bien que te llame alguna vez?».
«¿Puedo invitarte a salir el sábado por la noche?».
«¿Podemos hacer el amor de forma apasionada esta noche? ¿Te apetece?».
Pero no dice nada de eso. Ni siquiera me pregunta cómo me llamo. Simplemente, levanta una mano y se despide.
—En fin, pues buenas noches.
Y después se aleja.
¿Qué… cojones…?
Antes
TOM
Daisy.
No puedo dejar de mirarla.
Se me está notando demasiado. En algún momento, va a empezar a pensar que soy un asqueroso si sigo mirándola desde tres metros de distancia sin hacer nunca nada. Pero cuesta no mirarla. Hoy está muy guapa. Tiene el pelo del color del centro de una margarita[1] y casi parece oro que lanza destellos bajo el sol mientras está rodeada de sus amigas en la puerta del instituto. Su ajustado jersey azul celeste recorre todas las suaves curvas de su cuerpo.
«Deja de mirar, Tom. Ahora mismo. No seas asqueroso».
Ella levanta la vista y, por un momento, me quedo inmóvil. Me ha pillado. Espero a que me mire entrecerrando sus ojos azules, pero no lo hace. En lugar de eso, una lenta sonrisa se va extendiendo por sus labios. Un par de amigas suyas se dan cuenta de que nos estamos mirando y oigo algunas risas. Distingo las palabras «Tom» y «muy mono» en la misma frase.
—Dios, Tom. ¡No seas nenaza y ve a hablar ya con ella!
Babosa, mi mejor amigo, se ha echado sobre mí para hacerme entrar en razón. Su aliento sigue apestando a tabaco a pesar del saludable aroma del espray bucal de menta que usa para ocultarle el olor a sus padres. A menos que sean tontos, deben de saber que fuma y han decidido que no les importa. Babosa es el menor de cinco hijos y sus padres ya están de vuelta de todo, por lo que yo sé. Siempre que no se tire en plancha desde un edificio, no les importa.
—Voy a hablar con ella —contesto.
Solo que no me muevo. Siento los pies pegados al suelo.
Babosa vuelve los ojos hacia arriba con un gesto tan exagerado que lo único que veo entre sus párpados es el color blanco.
—Si una chica me mirara igual que Daisy te mira a ti, se la estaría metiendo detrás de las gradas ahora mismo.
A Babosa se le cae la baba con cada chica del instituto al completo y todas piensan que es repulsivo. Para ser justos, sí que es repulsivo. Su verdadero nombre no es Babosa, evidentemente. Le pusieron el apodo cuando estábamos en el colegio porque comía bichos, pero bichos de verdad. Durante el recreo, cuando íbamos al patio y la mayoría de los niños corrían o jugaban a la pelota, Babosa zampaba insectos. Sobre todo hormigas. Pero un día encontró una babosa moviéndose por la tierra, la llevó a la cafetería a la hora de comer y, con mucha teatralidad, se la tragó delante de toda la clase.
Después de eso, la mayoría de los chicos no querían juntarse con él. Así que, cuando me senté un día frente a él en la cafetería para comer, parecía pasmado. Diez años después, seguimos siendo los mejores amigos. Dejó de comer bichos, al menos delante de otras personas, pero sigue sin tener muchos amigos.
¿Qué se puede decir de un chico de diecisiete años con un apodo como Babosa? Por otra parte, ¿qué dice de mí el hecho de que sea mi mejor amigo? Mi único amigo.
Además, no ayuda a sus avances con las chicas el hecho de que, aunque haya crecido hasta el metro ochenta en los últimos dos años, solo haya engordado cuatro kilos desde cuando medía metro y medio. Tiene toda la pinta de ser un esqueleto andante que lleva unos vaqueros azules y una camiseta y tiene la cara llena de acné.
Me mira con una mueca.
—¿Qué cojones te da tanto miedo? Sabes que le gustas.
Me coloco bien la correa de la mochila en el hombro.
—Vale.
Su cara se ilumina.
—Y cuando hables con ella ¿le hablarás bien de mí a Alison?
—Claro —contesto para dejarlo contento, aunque Babosa tiene más oportunidades de enrollarse con una modelo de Victoria’s Secret que con la mejor amiga de Daisy.
El corazón me late con fuerza en el pecho mientras me acerco a Daisy y su grupo de amigas. Las chicas están de pie junto a las escaleras que conducen a la entrada del instituto, delante de un montón de carteles pegados a la pared. Justo detrás de la cabeza de Daisy hay uno del musical de este año en el instituto —Grease—, que se estrena dentro de dos semanas, y al lado hay una foto en blanco y negro de una adolescente con la palabra «DESAPARECIDA» debajo. Reconozco la cara de nuestra compañera de clase Brandi Healey, que se escapó de casa a comienzos de curso, razón por la cual el cartel está arrugado y desgastado.
—¡Tom! —La cara de Daisy resplandece cuando me voy acercando—. ¡Creía que hoy tenías clases particulares!
Niego con la cabeza. Siempre se me han dado bien las matemáticas y las ciencias, así que imparto clases particulares desde mi primer año. El semestre pasado daba clases tres días a la semana para sacarme un dinero extra, pero este semestre son solo dos días. Me encanta que Daisy conozca mis horarios.
—Eso era antes.
Cuando me mira, sus ojos son del color del océano Pacífico. Nunca he visto un tono de azul más claro. Literalmente, me resulta imposible imaginar a una chica de una belleza tan perfecta como la de Daisy Driscoll.
Pero, de alguna manera, mis ojos se desvían de su cara y bajan por su delgado cuello. Hacia el pulso de su arteria carótida, por debajo del ángulo de su mandíbula. El corazón de la mayoría de las personas late entre sesenta y cien veces por minuto. Me pregunto a qué velocidad late el corazón de Daisy. Si pudiera mirarla un minuto podría calcular su ritmo cardiaco.
—Entonces estás libre, ¿no? —pregunta Daisy.
—Ajá. —Me rasco la nuca. Todas las amigas de Daisy me están mirando y dándose codazos entre sí. Lo mejor que Daisy podría hacer sería apartarse para que yo pudiera hablar con ella sin sentirme humillado. Pero no se mueve—. ¿Tú…, eh…, me dejarías…, eh…, acompañarte a casa?
Mi petición provoca un repique de risitas del gallinero. Una chica se ha llevado una mano a la boca como si esto fuera lo más divertido que ha visto en todo el año.
—Callaos. —Daisy gira la cabeza para lanzar a sus amigas una mirada asesina. Después vuelve a mirarme con una expresión seria en la cara—. Me encantaría que me acompañaras a casa, Tom.
Estoy tan feliz que ni siquiera me importa que esas estúpidas chicas no paren de reírse. Que lo hagan. Yo voy a acompañar a Daisy.
Pero antes de que Daisy pueda apartarse de sus amigas para venir conmigo, la que está más cerca de ella, con pelo castaño completamente liso y unas gafas gruesas, la agarra del brazo. Es Alison. La mejor amiga de Daisy. Yo tengo a Babosa y ella tiene a Alison. Probablemente, los dos podríamos haber elegido mejor.
—Daisy —murmura.
Es lo único que dice. «Daisy». Lo cual hace que me acuerde de que ha dicho muchas otras cosas de mí en el pasado. Y ahora esa única palabra es el recuerdo de las cosas espantosas que habrá dicho de mí cuando yo no estaba delante.
A Alison no le caigo bien. Lo ha dejado bastante claro. Y no es que no me conozca ni me comprenda. Alison me conoce. De hecho, somos compañeros en el laboratorio de biología este año. Hemos pasado bastante tiempo juntos. Y cada minuto que estamos juntos le gusto un poco menos.
—Calla —dice Daisy, esta vez con más firmeza.
Alison suelta el brazo de Daisy, pero no antes de lanzarme la mirada más asesina de todas las miradas. Si fuéramos animales de la jungla, me sacaría los ojos ahora mismo. No puedo creer que Babosa sienta algo por ella.
Pero no me importa porque, un segundo después, Daisy se despide de sus amigas y, a continuación, los dos nos alejamos del instituto en dirección a su casa. Y, cuando me sonríe, me olvido de Alison. ¿Qué Alison?
Hoy es un día estupendo de verdad. El sol brilla y, después del invierno más largo y frío de la historia, por fin no necesitamos más las chaquetas. Solo puedo pensar en Daisy. Tiene una expresión encantadora y casi parece ir dando brincos a mi lado. La conozco desde hace mucho tiempo y hay veces que me recuerda a la misma niña de las coletas que veía desde el otro extremo del patio cuando tenía cuatro años, aunque entonces lo único a lo que podía aspirar era a ser su amigo. Pero, incluso cuando tenía cuatro años, sabía que quería casarme con Daisy Driscoll.
Y algún día lo haré.
—Deja que te lleve la mochila —suelto de buenas a primeras.
Me mira sorprendida.
—Yo puedo llevar mi mochila.
Pero ¿no es eso lo que se supone que debe hacer un hombre? ¿Llevar las cosas de la chica? No quiero meter la pata. Daisy es demasiado importante.
—Sí, pero quiero llevártela yo.
Se piensa mi ofrecimiento un momento. Al final, me pasa su mochila morada.
—Eres todo un caballero, Tom.
Sonrío al pensarlo. Lo he hecho bien. Al menos sonrío hasta que me cuelgo su mochila en el hombro. El trasto pesa una tonelada. ¿Qué narices lleva ahí dentro? ¿Ladrillos? Dios santo.
—Llevas…, llevas muchas cosas aquí. —jadeo.
—Me gusta llevar todos mis libros de texto. —Me mira con los ojos entrecerrados—. ¿Pesa demasiado para ti?
—No. No. Claro que no.
No es que pueda devolvérsela, precisamente. No tendría que haberme ofrecido a llevarla, pero no hay que ser Einstein para darse cuenta de que no voy a ganar puntos si le digo que su mochila pesa demasiado para que yo se la lleve. Así que sufro en silencio. Dedico la mayor parte de mis esfuerzos a no caerme hacia atrás por el peso de las dos mochilas mientras atravesamos las siguientes manzanas en dirección a su casa. Por suerte, no está lejos. Vivimos en una ciudad muy pequeña, como a noventa minutos de Buffalo, en el norte del estado de Nueva York, donde solo hay un instituto, todo el mundo se conoce y puedes atravesar la ciudad en una hora.
—Siempre estás muy callado, Tom —dice Daisy.
Vaya…, estas mochilas me están distrayendo.
—¿Sí?
—En clase no —rectifica—. En clase siempre levantas la mano.
Mi cara se ruboriza. ¿Piensa que en clase me dedico a alardear? Intento no hacerlo. Solo quiero sacar buenas notas. El año que viene tenemos que presentar las solicitudes para la universidad y quiero entrar en una facultad buena para ingresar por fin en Medicina. Toda mi vida he querido ser cirujano. Pienso mucho en eso. Tengo todo un estante lleno de libros de medicina y me los he leído todos.
Me pregunto cómo será rajar a una persona con un bisturí. Sentir que su piel se abre bajo mi mano. Verle las entrañas.
Estoy deseando averiguarlo.
—No me importa —dice—. Eres listo. No tiene nada de malo ser listo. De hecho —me sonríe—, resulta atractivo.
Eso sí que es una noticia.
—¿Lo…, lo es?
Daisy deja de caminar y ladea la cabeza para mirarme.
—Sabes que me gustas, Tom, ¿verdad?
Dejo de pensar en todo el peso que llevo en los hombros y, a continuación, mis ojos se sienten atraídos de nuevo por su cuello. Es tan delgado que puedo ver a la perfección cómo late su carótida. Incluso veo cómo se acelera mientras espera a ver cómo reacciono ante su confesión.
La arteria carótida es la arteria grande que lleva sangre al cerebro. Está más o menos dos centímetros por debajo de la superficie de la piel. Cortar la arteria carótida supone la muerte en unos diez segundos. La vena yugular es aún más vulnerable. Está justo por debajo del mentón y se puede rebanar fácilmente con una hoja afilada.
Sin embargo, tengo la sensación de que Daisy no va a estar muy interesada en saber nada sobre las delicadas arterias y venas de su cuello. Así que extiendo mi mano y agarro la de ella.
Parece muy contenta con este giro de los acontecimientos. Mucho más, sospecho, que si le rebano la yugular con un cuchillo.
Daisy parlotea mientras caminamos, hablando de sus clases y sus amigas. Yo escucho y asiento y le hago las preguntas pertinentes en los momentos adecuados. Aunque sobre todo me concentro en lo mucho que me está sudando la mano. Estoy tratando de pensar en cosas secas, pero me cuesta. La mano de Daisy está seca, suave y perfecta.
Por mucho que me guste estar con ella, es un alivio cuando llegamos a los escalones de su porche delantero y puedo devolverle su mochila de cinco toneladas y soltar mi mano sudorosa de la suya. Me la seco en los vaqueros con toda la discreción de que soy capaz. Como si ella no hubiese notado que mi mano estaba encharcada.
Daisy tiene una casa bonita, de tres plantas y recién pintada de un color azul claro que hace juego con sus ojos. Es una de las casas más nuevas del barrio y no está desesperadamente necesitada de reparaciones como la mía. Su familia tiene más dinero que la mía, y también estoy dispuesto a apostar a que Daisy no se despierta en medio de la noche con los gritos de sus padres y el ruido de platos rompiéndose en pedazos al estrellarse contra la pared.
—Bueno —dice—. Muchas gracias por acompañarme a casa. Y gracias por llevar mi mochila.
—De nada.
—Eres muy educado. —Se ríe, como si mi buena educación le encantara y le divirtiera. Sí que soy siempre educado, porque en casa hay consecuencias si no lo soy—. ¿Siempre eres tan caballeroso?
Hay cierto tono en su voz que me hace pensar que busca algo de mí. ¿Quiere que la bese? Hemos estado cogidos de la mano durante los últimos veinte minutos. Un beso sería el paso natural. Pero no me resulta fácil. Nunca antes he tenido una novia y no creo que Daisy haya tenido nunca un novio.
La verdad es que solo he besado una vez a una chica, y ni siquiera quería hacerlo. Me besó ella. Aunque las únicas personas que lo sabemos somos ella y yo. Y ahora solamente yo.
—¿Tom?
Tiene la cabeza levantada hacia mí. Está claro que quiere que la bese. Extiendo la mano y le paso el dedo por debajo del mentón. Sus labios fruncidos hacia mí relucen con brillo de labios rosa. Probablemente sean suaves y blandos y, Dios mío, ¿por qué no puedo besarla ya?
—Eh, ¿ese de ahí es Tom Brewer?
De un salto, me aparto de Daisy como a metro y medio al oír el sonido de la estruendosa voz que viene del lateral de la casa de los Driscoll. Me horroriza un poco pensar que, si no hubiese sido tan gallina, el padre de Daisy me habría pillado besando a su hija. Gracias, Dios mío, por estos pequeños favores.
—Hola, papá. —Daisy mira a su padre con una sonrisa relajada—. Has llegado pronto.
Jim Driscoll se acerca a nosotros con su metro noventa de altura. Es un muro sólido de músculos y, si me hubiese pillado besando a Daisy, probablemente me estaría moliendo a patadas mientras hablamos. Daisy tiene dos hermanos mayores, los dos se han ido a la universidad, así que ella es la pequeña y también la única chica. Su padre es muy protector con ella.
Pero puede que no me hubiese molido a palos si nos hubiese sorprendido besándonos. Parece más divertido que otra cosa. Además, no soy ningún gamberro. No es como si hubiese pillado a Babosa a punto de besar a su hija.
—Esta noche tengo turno hasta tarde —le explica a Daisy—. Solo he venido para cambiarme y dar un beso a tu madre.
Daisy arruga su naricita.
—Puaj, papá. Ahórrate los detalles.
Su padre suelta una carcajada estruendosa.
—¿Te da asco? No creo que a Tom le parezca que besar da asco. —Me guiña un ojo—. ¿Verdad, Tom?
Si pudiera desaparecer ahora mismo bajo tierra, lo haría.
Me da una palmada en el hombro con una mano grande. Este año he llegado al metro sesenta, pero el padre de Daisy es mucho más alto que yo. Igual que mi padre.
—Deberías venir a cenar alguna noche. Daisy está siempre hablando de ti. A mi mujer y a mí nos encantaría conocerte mejor.
—¡Papá! —No sé qué es más gratificante, saber que la chica con la que he estado fantaseando habla siempre de mí o ver lo avergonzada que parece Daisy cuando él lo dice. Me mira como pidiendo perdón—. No es verdad.
Él no le hace caso.
—¿De acuerdo, Tom?
—Sí, claro —balbuceo—. Me parece genial.
El padre de Daisy me guiña un ojo.
—Dile a mi mujer cuándo puedes y te preparará un banquete. Ni siquiera tendrás que ponerte corbata, aunque ganarás más puntos si la llevas.
La piel pálida de Daisy se ha vuelto de un adorable color rosa. Mientras su padre desaparece en el interior de la casa, ella niega con la cabeza mirándome.
—No te sientas obligado a venir a cenar. En serio.
Me alegra que lo diga, porque no tengo intención de cenar nunca con la familia Driscoll. Aunque pienso en Daisy cada minuto de cada día, no quiero conocer a sus padres. No quiero pasar tiempo con ellos. Sobre todo con su padre. Estaré encantado si el padre de Daisy y yo no volvemos a conversar el resto de mi vida.
Al fin y al cabo, cuanto menos tiempo pase con el comisario de policía, mejor.