Han pasado más de diez años desde la publicación en inglés de mi libro La magia del orden. Desde entonces, he vivido, trabajado e incluso criado a mis hijos en Estados Unidos. También he entrado en numerosas casas a lo largo y ancho del país, donde he ayudado a la gente a ordenar su hogar y a responder a la pregunta fundamental: ¿Qué es lo que produce felicidad? Al echar la vista atrás a esta década mágica, me doy cuenta del profundo efecto que han tenido sobre mí las experiencias que he vivido por todo el mundo. Y, aunque sigo con mi actividad a nivel global, en la actualidad resido y trabajo en Japón.
Durante mis sesiones de orden y limpieza y mis entrevistas con los medios de fuera de mi país natal, me di cuenta de que no estaba lo suficientemente preparada para responder a todas las preguntas de «¿Por qué?» que se me formulaban. Prácticas que para mí eran perfectamente naturales —saludar a una casa al entrar en ella por primera vez o expresar gratitud a las cosas de las que me iba a deshacer— dejaban desconcertada a la gente. Su curiosidad acerca de mis creencias y mis hábitos suponía todo un reto para mí. Había numerosos porqués que no estaba preparada para responder y a los que tampoco había esperado nunca tener que dar respuesta. Trabajar fuera de Japón se convirtió pronto en una oportunidad inmersiva para la autorreflexión, haciendo que tomara conciencia de mi propia cultura como nunca antes.
Mi crianza ha sido fundamental en la elección de mi carrera profesional y en mi filosofía de vida. De hecho, no creo que mi método, que ayuda a la gente a descubrirse a sí misma a través del acto de ordenar, pudiera haberse desarrollado en ninguna otra cultura. La sociedad japonesa no siempre alienta la expresión personal. Ve virtud en dejar cosas sin decir, en leer entre líneas, y acostumbra a exigir más la conformidad que el individualismo. Pero también creo que los japoneses, que habitan un país donde los hogares son espacios a menudo reducidos y especialmente vulnerables a los desastres naturales, valoran como nadie el hacer que las cosas perduren y el vivir en armonía con nuestro entorno, y no en conflicto con él.
He querido escribir este libro para explorar mis raíces y para intentar responder a las preguntas que se me han hecho acerca de los aspectos más esotéricos de la cultura japonesa relacionados con mi método para ordenar. Los seis capítulos de que consta la obra —«Apreciar», «Perfeccionar», «Considerar», «Saborear», «Purificar» y «Armonizar»— recogen algunos de los principios rectores que guían mi vida. También revelan los valores que fluyen a través de las artes, los rituales y las sensibilidades de la cultura japonesa. En cada capítulo he incluido también abundantes claves y enfoques que siento que pueden ser especialmente útiles para contrarrestar los problemas globales a los que nos enfrentamos hoy en día.
También considero este libro una carta a mis hijos. Gracias a sus experiencias por haber vivido en distintos países, mis hijos han desarrollado una mayor curiosidad por el mundo que los rodea. Pero, se encuentren lo que se encuentren en el futuro, hay una sabiduría tradicional japonesa que desearía que mantuvieran muy cerca de su corazón.
Por último, este libro ha sido una manera de devolver algo a los demás: a mis lectores, mis clientes y todos los completos desconocidos a lo largo y ancho del planeta que me abrieron su vida y me inspiraron para explorar mis propios orígenes y, sí, todo aquello que me produce felicidad. En un mundo plagado de información e ideas en conflicto, creo que es vital que entendamos y organicemos lo que hay dentro de nuestra mente y nuestro corazón. Un mundo en armonía empieza por que cada uno de nosotros encuentre la armonía dentro de sí mismo. Espero que esta Carta desde Japón os ayude en vuestro viaje hacia la iluminación y la paz interior.
Marie Kondo
Tokio, 23 de mayo de 2025

Me encontraba en Nueva York, muy lejos de casa. En medio de una jornada llena de actos promocionales, mi marido, Takumi, y yo atravesábamos velozmente la ciudad en un taxi, rumbo a otra nueva entrevista de prensa. Cansada como me sentía, miraba por la ventanilla y veía pasar el paisaje urbano como en una borrosa bruma incolora. De repente, una alegre explosión rosa claro captó mi atención. Habría reconocido esa familiar tonalidad de rosa en cualquier parte del mundo.
—Sakura! —exclamé—. ¡Cerezos en flor!
Takumi alzó la vista.
—¡Guau! —soltó con idéntico entusiasmo—. Es verdad. Sakura!
—¡Qué preciosidad! —dije casi sin aliento, maravillada ante los grupitos de cerezos en flor que se alineaban una manzana tras otra. Me sentía como si me hubiera topado con un viejo amigo después de mucho tiempo. La alegría inundó mi corazón, teñida de una agridulce punzada de nostalgia. Aquellos árboles me transportaron al instante a los días primaverales de mi infancia en Japón: de pícnic con mi familia bajo un dosel rosado o de camino a la escuela en una mañana de abril, envuelta por una lluvia de pétalos danzantes.
En el asiento trasero del taxi, Takumi y yo estallábamos de júbilo cada vez que avistábamos otro sakura. Sacamos el móvil y tomamos fotos como si nos hubiéramos encontrado con una celebridad, y nos lamentamos por no poder bajar del coche para retozar bajo aquella tormenta rosada. Mi colega, que iba en el asiento del copiloto, se giró para mirarnos.
—Solo son cerezos en flor —comentó, enarcando una ceja—. ¿A qué viene tanto revuelo?
Me lo quedé mirando, boquiabierta.
—¡Pues que son cerezos en flor! —traté de explicar—. Son algo muy hermoso. Anuncian que ha llegado la primavera…
Él se encogió de hombros. Me observó con aire escéptico y se giró de nuevo. Su despreocupación me dejó descolocada por un momento, pero no consiguió mitigar mi entusiasmo. Seguí lanzando exclamaciones de placer y asombro junto con mi marido. Sencillamente, no podía parar.
Todas las primaveras, los meteorólogos de Japón empiezan a rastrear el sakura zensen, el frente de floración de los cerezos, que se inicia al sudoeste, en la prefectura de Okinawa, que se compone de más de ciento sesenta islas y es famosa por sus playas de arena blanca, y se extiende progresivamente hacia el norte, tierra adentro. La Agencia Meteorológica Japonesa utiliza cincuenta y ocho muestras escogidas de cerezos para pronosticar cuándo florecerán en cada región. En áreas rurales como Yoshino, en la prefectura de Nara, la floración de los cerezos transforma laderas montañosas enteras en espectaculares cascadas de color rosa, mientras que en zonas urbanas como Shibuya, rebosantes de gente y de tráfico, te puedes encontrar con un solitario árbol floreciendo en algún inesperado rincón o recoveco.
Los meteorólogos no son los únicos que se afanan en intentar predecir la primera floración. Al igual que muchos japoneses, cuando observo que los brotes de sakura empiezan a crecer e hincharse, me pongo muy nerviosa y pienso: «¿Florecerán mañana? ¿Quizá pasado mañana?».
Y cuando veo que las primeras flores comienzan a abrirse en algún lugar soleado, le digo entusiasmada a mi familia: «¡Ha empezado la primavera!». Entonces consulto mi agenda y la previsión del tiempo para escoger el mejor día para un pícnic bajo los cerezos en flor.
En primavera, los supermercados japoneses montan pequeñas ferias basadas en la sakura, y los pasillos rebosan de productos inspirados en la flor del cerezo: sake, pastas y dulces tradicionales wagashi adornados con las icónicas flores y saborizados con sus fragantes hojas. Con sus tonalidades que van desde el rosa empolvado hasta el blanco perla, los motivos florales de la sakura lo embellecen todo, desde kimonos hasta artículos para el hogar. Los cerezos florecen también en los terrenos de los templos budistas y de los santuarios sintoístas, así como en los campus universitarios y en las orillas de los ríos. Algunos de estos árboles, como el Miharu Takizakura en la prefectura de Fukushima, tienen más de mil años de antigüedad y están reconocidos como monumento natural a nivel nacional.
¿Y qué sería del arte japonés sin las flores de los cerezos? Su frenesí color rosa sirve de espectacular telón de fondo a incontables películas y animes, así como a artes escénicas tradicionales como el noh, con sus trajes y máscaras, o el kabuki, con sus interpretaciones sumamente estilizadas. Inspiran canciones pop, adornan pinturas y grabados ukiyo-e y ocupan un lugar prominente en muchos títulos literarios.
El idioma japonés tiene también multitud de términos y expresiones que reflejan la fascinación por estas flores: sakura-fubuki, por la manera en que los pétalos caen de los árboles como si fueran copos de nieve; o hana-akari, «luz de flor», en referencia al suave resplandor de las sakura en la oscuridad. El término hanami, que se traduce como «contemplar las flores», apunta al amor inveterado de los japoneses por dicha práctica.
La palabra sakura apareció por primera vez en el periodo Nara (710-794), dentro del Manyoshu, la antología de poesía clásica más antigua de Japón. Por aquel entonces, la corte imperial tenía predilección por las fragantes flores de ciruelo importadas de China, pero a medida que Japón cultivaba su propia identidad cultural, su atención fue desviándose gradualmente hacia las flores de cerezo nativas. En las montañas, el florecimiento de las sakura coincidía históricamente con la época de la plantación del arroz. Por eso los campesinos japoneses veneraban las sakura como heraldos divinos que presagiaban una cosecha abundante.
En el año 812, el emperador Saga celebró la primera fiesta imperial de contemplación de las sakura, o hanami, un elegante evento en el que también había recitales de poesía y actuaciones de música y danza. Las flores de cerezo, que por lo general solo duran unas dos semanas, simbolizan tanto la vibrante exuberancia como la naturaleza efímera de la vida. Resulta conmovedor pensar en todas las generaciones que a lo largo de la historia han celebrado la contemplación de las sakura con las mismas emociones que nos remueven por dentro hoy en día. La célebre cortesana y poetisa Murasaki Shikibu capturó la esencia de los hanami en su clásica obra La novela de Genji, en la que entrelazaba intrigas románticas y luchas de poder con el telón de fondo de los cerezos en flor. A través de la poesía y la literatura imperial, las sakura se convirtieron en el símbolo por antonomasia de la primavera nipona.
Durante siglos, la contemplación de los cerezos en flor constituyó un privilegio de las élites, hasta que los generales shogun del periodo Edo decidieron compartir su pasión con las masas. En 1720, Yoshimune, el octavo shogun Tokugawa, impulsó una plantación de cerezos a gran escala en espacios que se convertirían en algunos de los lugares más populares para su contemplación, como las riberas del río Sumida en Tokio. En esa época también se produjo un rápido desarrollo de las variedades de cerezos, lo cual ayudó a su expansión por todo el país. El pueblo japonés, unido bajo esos doseles rosados, contribuyó a dar a los hanami su forma actual: una celebración de la primavera con exquisitos manjares y bebidas, y un queridísimo pasatiempo nacional accesible a todo el mundo.
El hecho de que sigamos disfrutando de costumbres establecidas tanto tiempo atrás hace que me sienta sinceramente agradecida por la riqueza de nuestra historia. El aprecio que sentimos por los cerezos en flor está cruzando océanos y arraigando en países lejanos. En lugares como la Cuenca Tidal de Washington D.C., los cerezos regalados por el pueblo japonés hace muchos años florecen cada primavera. Cuando pienso en cómo nuestro amor compartido por la belleza estacional trasciende culturas, una cálida alegría me inunda el corazón.
¿Por qué amo tanto la flor del cerezo? Podría dar innumerables respuestas a esa pregunta. En primer lugar, por el pálido y delicado rosa de sus pétalos. No existe otro color en el mundo que despierte tanta calidez y alegría dentro de mí como el «rosa sakura». Cuando contemplo su suave tonalidad en el aire primaveral, siento que mi corazón rebosa de esperanza y ternura.
Y, por encima de todo, el espectáculo de las flores al caer es incomparable. Aunque deseo poder disfrutar de su belleza solo un día más, los pétalos caen revoloteando y meciéndose al viento. La certeza de que una vida que acaba es hermosa me atraviesa calladamente el corazón. ¿Cuántos años más podré seguir contemplando los cerezos en flor? La presencia de las sakura tiene el efecto de despertar en mí la misma delicada sensibilidad que conmovió a los poetas de la corte imperial.
Quizá lo que más amo de los cerezos en flor es su capacidad de ofrecer una ocasión para la reflexión: un momento de experimentar profundamente toda una estación a través de una entidad única. En japonés, llamamos al acto de adorar algo mederu (愛でる), escrito con el carácter kanji para «amor». Vamos a ahondar en el concepto de mederu a medida que exploramos las cuatro estaciones en Japón.
Yo me crie en Koto, un distrito de la metrópoli de Tokio donde todos los veranos se celebraba un gran festival con fuegos artificiales. Ese día era muy especial. De pequeña, mi tarea consistía en ir a la orilla del río Arakawa durante el día para coger sitio. Al caer la tarde, iba a ponerme un yukata (una bata sencilla y fresca, por lo general de algodón) y luego me unía a mi familia, que ya estaba sentada sobre la sábana de pícnic que yo había extendido previamente.
Cuando el cielo empezaba a oscurecerse, una emoción expectante se apoderaba de las márgenes del río. Entonces, ¡un gran cohete atravesaba el cielo nocturno y estallaba con un estruendo atronador! Lo que seguía a continuación no era una simple velada de entretenimiento. Al principio de cada una de las series de fuegos artificiales, se anunciaba el nombre del artesano y la temática o los componentes de su espectáculo pirotécnico. Los espectadores contemplaban sobrecogidos el impresionante despliegue y apreciaban calladamente el arte efímero que flotaba en la oscuridad del firmamento.
Para mí, los fuegos artificiales eran una experiencia emocional exclusivamente japonesa que había quedado grabada en mi mente junto con el calor del verano. Por esa razón, descubrir que en otros países los espectáculos pirotécnicos no se circunscriben a la época estival me dejó muy impactada, y eso me hizo apreciar aún más la cultura nipona de los fuegos artificiales.
En Japón los fuegos artificiales también se fabrican de una manera única y tradicional. Mientras que en Occidente tienden a ser cilíndricos, en nuestro país son esféricos. Los artesanos japoneses, algunos de los cuales forman parte de linajes familiares que han perfeccionado su arte a lo largo de generaciones, empaquetan a mano una capa tras otra de colores y figuras. Cada carcasa puede tardar días o incluso semanas en completarse, y explotan con una tridimensionalidad perfecta. Esa es la razón por la que los fuegos son hermosos con independencia del ángulo desde el que los mires. Incluso el sonido de las explosiones tiene una dimensionalidad perfecta. De hecho, el estallido de los fuegos artificiales en las noches de verano es algo más que un simple sonido; se convierte en una vibración que resuena muy hondo por todo el cuerpo, reverberando en cada célula.
Los veranos en Japón son asfixiantes, muy calurosos y húmedos. Sin embargo, al caer la noche, la temperatura baja, la humedad se disipa y un aroma sutil y dulce emana de la tierra. Todavía recuerdo la sensación tan especial de meter los brazos en el tejido terso y fresco de un yukata al prepararme para el festival de verano en mi barrio. Ahora solo necesito cerrar los ojos para evocar el sabor de un ramune helado, un refresco muy popular en esas celebraciones. Se trata de una bebida gaseosa afrutada que se vende en una botella de vidrio de cuello Codd, un diseño original del siglo xix. El cuello consiste en una cámara en la que hay una canica y una arandela de goma que sirven para sellar y mantener el gas de la bebida. Para abrirla y beber, hay que empujar la canica al interior de la botella. Al cerrar los ojos, también visualizo los fuegos estallando en brillantes colores y figuras contra el cielo nocturno, y siento el sonido multidimensional resonando por todo mi cuerpo.
«Quizá lo que más amo de los cerezos en flor es su capacidad de ofrecer una ocasión para la reflexión: un momento de experimentar profundamente toda una estación a través de una entidad única».
Podríamos suponer que en nuestra sociedad moderna la felicidad está siempre al alcance de la mano. Después de todo, estamos pasando incesantemente imágenes en la pantalla de nuestros dispositivos, determinando nuestras preferencias y compartiéndolas con el mundo. Sin embargo, tanto en Japón como en Estados Unidos, una de las confesiones más frecuentes que me hacen las personas a las que ayudo a poner orden es que no saben qué se siente al ser feliz. No alcanzan a experimentar la auténtica felicidad, esa que resuena profundamente en nuestro espíritu y nuestro corazón.
Cuando explico mi método, siempre animo a la persona a sostener cada objeto —a abrazarlo si es necesario— para ver si le aporta felicidad. El proceso de tocar los objetos a fin de decidir qué conservamos y qué desechamos ayuda a refinar nuestra sensibilidad. Admirar las estaciones cambiantes actúa más o menos en el mismo sentido. Quizá lo que necesitamos actualmente es maravillarnos ante algo que ocurre cerca de nosotros, mucho más cerca que cualquier cosa que podamos contemplar en una pantalla.
Mientras escribo esto, Japón sigue en plena época lluviosa, húmeda y con sombríos cielos grises. Una vez que pasen las lluvias, nos encontraremos en el apogeo del verano. He aprendido que los fuegos contemporáneos que se exhiben actualmente en mi país fusionan la artesanía tradicional con las tecnologías más avanzadas. Los fuegos estallan al unísono con la música, e incluso se utilizan drones para crear un fascinante arte espacial. Aunque personalmente prefiero la sutil belleza de los fuegos tradicionales, sé que, sea cual sea su evolución, siempre serán una magnífica oportunidad para que levantemos los ojos de las pantallas y miremos juntos el cielo nocturno, unidos los unos con los otros y con la naturaleza, aunque solo sea por unos momentos.
Si has visitado mi país, probablemente te hayas dado cuenta de que los japoneses se toman muy en serio el tema de la gastronomía. Su gran diversidad, la laboriosa preparación, la exquisita presentación y la pasión casi fervorosa que acompañan a cada comida son realmente extraordinarias. Desde las muestras de degustación en las tiendas de proximidad hasta las experiencias kaiseki de múltiples platos, los placeres culinarios florecen a lo largo de todo el año. Sin embargo, pienso que el otoño podría considerarse la estación con un mayor atractivo gastronómico, a la altura de su reputación como época de cosechas más abundantes.
Durante el tiempo que viví en Estados Unidos, con la llegada del otoño siempre aumentaba mi añoranza por la comida japonesa. Saber que muchas de esas exquisiteces otoñales están ligadas a determinadas regiones y solo pueden consumirse en épocas muy específicas (y, por tanto, resultan casi imposibles de conseguir en el extranjero) no hacía más que intensificar mi nostalgia. Pero durante mi cuarto otoño en Estados Unidos, mientras hablaba con mis hijas, me di cuenta de algo que me alarmó sobremanera. No estaban familiarizadas con el concepto de los «sabores otoñales» japoneses. ¡Aquello me pareció muy grave! De inmediato planeé un viaje a Kioto en otoño, con su hermoso follaje. Allí disfrutamos de exquisiteces de temporada como la paparda del Pacífico a la brasa, servida con una pizca de sal y limón recién exprimido; los hongos de pino conocidos como matsutake en Japón; unos dumplings perfectamente redondos y luminosos, elaborados especialmente para contemplar la luna de la cosecha… Mis hijas se maravillaban con cada bocado. «Esto es el otoño en Japón», recuerdo haberles dicho con orgullo.
Los ingredientes de temporada japoneses que se obtienen de la naturaleza son tesoros efímeros, y por lo general solo están disponibles durante una semana o dos. Su preparación suele requerir mucho tiempo y esfuerzo. Es el caso, por ejemplo, de las kuri, o castañas japonesas. Dulces y de un color dorado cuando están hervidas, se cosechan en otoño tras haber caído por sí solas al suelo boscoso, y la cápsula espinosa que las envuelve hace imprescindible el uso de guantes protectores. Hay que quitarles la cáscara exterior y la piel interior antes de lavarlas y clasificarlas. Todos los años estoy deseando preparar kuri gohan, o arroz con castañas, para mi familia. El momento en que levanto la tapa de la arrocera siempre es motivo de felicidad: las castañas doradas emergen como joyas ocultas en medio del arroz esponjoso, emanando un aroma delicioso y embriagador que impregna toda la casa.
En esta era dominada por las conveniencias, es posible que la estacionalidad no parezca tan relevante para nuestra existencia cotidiana. Si lo deseamos, podemos decorar nuestro hogar con girasoles en mitad del invierno, o comer castañas en pleno verano. Actualmente no puedo evitar pensar que la naturaleza y el ser humano viven en líneas temporales cada vez más separadas. Cuando la naturaleza se manifiesta, a menudo la percibimos como un inconveniente o una molestia: una intrusión en nuestra agenda cuidadosamente planeada. Pero no hace tanto que vivir siguiendo los ciclos de la naturaleza era una cuestión de supervivencia. Los seres humanos necesitaban sincronizarse con el entorno para asegurarse de que tenían suficiente para comer y para protegerse de los elementos.
En el Japón antiguo, la gente estructuraba sus años según el kyureki, o calendario lunisolar. Este sistema temporal híbrido, que tiene en cuenta tanto las fases de la luna como la órbita de la Tierra alrededor del sol, se originó en China, pero fue adaptado en Japón para reflejar la singularidad del clima y los fenómenos naturales de nuestro país. El kyureki divide las cuatro estaciones en seis segmentos, creando veinticuatro divisiones llamadas sekki (términos solares). A su vez, los sekki se dividen en tres, dando lugar a setenta y dos ko, o microestaciones. Un sekki suele durar unos quince días, mientras que cada ko abarca unos cinco días.
Los veinticuatro sekki empiezan con Risshun (Inicio de la Primavera), y avanzan a través de los equinoccios y solsticios de primavera, verano, otoño e invierno, antes de finalizar con Daikan (Gran Frío) a finales de enero. Por su parte, los setenta y dos ko suelen tener nombres poéticos y descriptivos. Las microestaciones del otoño, por ejemplo, incluyen «El arroz madura», «Los agricultores drenan los campos», «Los grillos cantan en torno a la puerta» o «Las hojas del arce y la hiedra se vuelven amarillas». Esos nombres tan evocadores no solo constituyen una crónica de las transiciones graduales de la naturaleza, sino que también ofrecen sutiles pistas sobre cómo deberíamos alinear nuestra vida con esos ritmos.
El kyureki dejó de estar oficialmente en vigor en 1873, cuando Japón adoptó el calendario gregoriano occidental en su afán de una mayor modernización. Sin embargo, algunos grupos, como los agricultores, los pescadores, los poetas y los artistas, mantuvieron sus ritmos cotidianos siguiendo el kyureki. Entiendo muy bien sus razones. Los veinticuatro sekki, cada uno de los cuales dura solo unas dos semanas, me ofrecen una lente más matizada a través de la cual contemplar cada día, al tiempo que me permiten «captar» cada estación con todo lujo de detalles. Por ejemplo, en cierta ocasión, en el día que estaba señalado como «El tiempo en que cantan los insectos», oí el canto de los grillos campana en mi jardín y pensé: «¡Guau, el calendario está realmente vivo!». En la actualidad, mirar al exterior y preguntarme, guiándome por las palabras del kyureki, qué podría depararme el día se ha convertido en uno de mis pequeños placeres cotidianos.
Al seguir este calendario a lo largo de los años, he empezado a darme cuenta de que, a diferencia de otros que me dicen en qué lugares debo estar y las cosas que debo conseguir, el kyureki me recuerda que debo bajar el ritmo. Me incita a detenerme, mirar alrededor y saborear lo que la naturaleza tiene que ofrecer. Cuando degusto algún producto otoñal, procuro tomar cada bocado muy despacio y con un profundo sentimiento de gratitud. Los sabores únicos y deliciosos de esas exquisiteces no son su única virtud; también encarnan la verdadera energía de los ritmos cíclicos de la naturaleza en ese momento preciso. Y yo no quiero perdérmelo.
El invierno hace que la nostalgia por mi país aumente más de lo habitual. A muy pocos les sorprenderá saber que el ritual japonés de limpieza de fin de año es mi favorito. Conforme se acerca el Año Nuevo, una palpable oleada de energía recorre todo Japón, urgiendo a la gente a restaurar el orden y a preparar sus hogares para el año venidero. El Año Nuevo encarna el concepto de fushime: un punto de inflexión fundamental. La mera pronunciación de esa palabra me impulsa a levantarme y ponerme manos a la obra. Osoji, el ritual de limpieza de fin de año, contiene tanto un significado práctico como simbólico, ya que se produce en ese momento crítico de cambio.
Mientras que las culturas occidentales suelen realizar dicha limpieza general en primavera, el Osoji es una costumbre japonesa asociada tradicionalmente al invierno. Esta práctica ha evolucionado desde los susubarai, un ritual de deshollinamiento que se practicaba en el palacio imperial y que se inició en el periodo Heian (794-1185). Esta costumbre nobiliaria se extendió gradualmente a los templos y santuarios antes de arraigar entre la población general durante el periodo Edo (1603-1868). En todo ese tiempo, mantuvo su significado espiritual como ritual de purificación, realizado para dar la bienvenida al Toshigami, el dios del nuevo año, quien, según la tradición, concede buena fortuna a un hogar limpio y ordenado.
Durante el Osoji anual, trato siempre de dirigirme al espacio que estoy limpiando. Mientras barro la entrada, susurro: «Que todas las bendiciones visiten este hogar en el año que viene». Mientras limpio los surcos de la encimera de la cocina, digo con gratitud: «Gracias por ayudarme a preparar comidas deliciosas para mi familia». Mientras quito el polvo de detrás del cabecero del dormitorio, pronuncio un deseo en voz baja: «Que en el año que entra podamos dormir profundamente y disfrutar de mucha salud».
Naturalmente, no puedo llevar a cabo la limpieza sin la ayuda de mi familia. Mi marido se encarga del cuarto de baño, mis hijas se ocupan de los pasillos y las escaleras, y su hermano pequeño baila alrededor de ellos para animarlos a seguir. Dividir las tareas durante el Osoji nos ayuda a apreciar aún más nuestro hogar y fortalece nuestro sentido de unidad familiar. Estos rituales y costumbres de fin de año nos acercan al significado espiritual de nuestros hogares y del tiempo que pasamos en ellos.
Al igual que la vida sigue el ciclo de las estaciones —brotar en primavera, alcanzar la plenitud en verano, madurar en otoño y marchitarse en invierno—, he llegado a percibir una trayectoria similar en los objetos inanimados. Las nuevas posesiones irradian una energía especial, y luego entran en un periodo en que las disfrutamos plenamente: su «verano». Nuestra relación con ellos se hace más profunda con el tiempo hasta que completan su servicio. Por otra parte, hay objetos —como un libro que nos gusta mucho o una reliquia familiar— cuyo valor aumenta con el uso, mientras que otros cumplen su propósito solo por un tiempo limitado en nuestra vida.
Ser consciente de la esperanza de vida de un objeto influye enormemente en mi forma de limpiar. Tomemos como ejemplo el primer par de zapatillas deportivas que llevaron mis hijos. Cuando veo las suelas gastadas y las manchas de suciedad, de repente oigo sus risas mientras correteaban por el parque con ellas. Pero cuando percibo que las zapatillas ya han cumplido con creces su cometido, les doy un apretón final y las dejo ir con un sentido «¡Gracias!».
Orime tadashii, que se traduce literalmente como «doblado con pliegues perfectos», describe a alguien que se comporta con orden y conciencia plena. Creo que esta expresión única refleja una cultura que guarda las prendas dobladas en cajoneras tansu, en lugar de colgarlas en perchas. El kimono conserva su elegante forma porque se dobla con sumo cariño y meticulosidad antes de ser guardado. Aspiro a finalizar cada estación con el mismo cuidado y determinación que invierto en experimentarla y disfrutarla.
Primavera, verano, otoño e invierno… Tener algo que apreciar en cada estación constituye una auténtica bendición. No obstante, en los últimos años, los fiables indicadores estacionales en los que nos hemos basado toda la vida han empezado a cambiar debido al calentamiento global.
He oído que cada vez es más difícil predecir el frente de floración de los cerezos que recorre todo Japón hacia el norte, y también es cierto que algunos años el verano se prolonga tanto que el otoño pasa casi inadvertido. Si perdemos las sutiles transiciones entre estaciones, el coste que acabaremos pagando será, sin duda, inconmensurable.
Aun así, quiero continuar apreciando la belleza efímera de la naturaleza que solo puede ser experimentada en ese preciso momento, sean cuales sean las circunstancias. Quiero valorar las tradiciones y sensibilidades ancestrales que se han ido transmitiendo a través de generaciones.
¿Qué tipo de cambios estacionales observas en el lugar donde vives?
¿Qué placeres estacionales anhelas disfrutar y apreciar, o mederu?
El mero hecho de formularte esas preguntas puede hacer que percibas el tiempo que pasa ante tus ojos de manera un poco diferente. Ser más conscientes de los cambios de estación puede ayudarnos a darnos cuenta de lo valioso que es realmente el momento presente. Y eso, a su vez, puede llenar el día de hoy —este mismo día— de destellos de felicidad y asombro.