Marosa

Marosa

Cárscaro

Reino de Yscalin

1003 E. C.

Mucho antes de ser una ciudad, Cárscaro había sido una mina.

En esos días, los gulthaganianos gobernaban sobre el noreste del vasto continente de Edin. Ansioso por conquistar el resto del territorio, el emperador de Gulthaga había enviado a sus soldados al otro lado de las montañas que se alzaban al oeste de su ciudad, hacia terreno desconocido, para extraer cobre con el que forjar armaduras y espadas.

En el otro lado de las heladas cumbres de las Escarpadas, los soldados habían encontrado cobre y se habían puesto a cavar. Pero las tribus del oeste de Edin, conocidas como los yscalinos, sentían veneración por sus montañas. Maldijeron a los forasteros por excavar en el monte Fruma, en el que veían a un dios pétreo, al gigante que había creado su pueblo.

Los yscalinos luchaban con sílex y madera; los gulthaganianos, con bronce. La batalla estaba perdida desde el inicio, y cuando los obligaron a trabajar en el interior de las minas, los yscalinos se hicieron cortes en la piel en un intento por desagraviar a su dios.

Los gulthaganianos llamaron a aquel puesto de avanzada Karkara, que significaba «jaula de pájaros». E incluso cuando tuvieron que abandonar la ciudad, dos siglos después de su llegada, Karkara seguía siendo un lugar para el exilio. Cualquiera que atravesara sus murallas para huir moría en la llanura que se extendía ante la ciudad, y sus huesos acababan perdiéndose entre el polvo.

Para la mayoría, aquellos días ya no eran más que una historia del pasado. Los antiguos dioses de las montañas habían caído en el olvido, y en su lugar se había instaurado el culto al Santo extranjero. Las antiguas minas de cobre habían quedado enterradas bajo el suelo de Cárscaro, ahora transformada en la espléndida capital de Yscalin, y sus habitantes podían entrar y salir a su antojo.

Aunque no así su futura reina, la donmata Marosa.

El séptimo día de primavera abrió los ojos de golpe, como si el Santo hubiera alargado el brazo desde la corte sagrada de Halgalant para despertarla. Algo más allá, la primera dama de honor seguía durmiendo, con sus oscuros rizos cubriendo la almohada. Priessa siempre había tenido un sueño profundo.

Marosa aguzó el oído. Aún se sentía solo en su cuerpo, a medias; la otra mitad estaba en otra parte, en otro momento. Tres recuerdos atravesaron su mente en una rápida sucesión: un murmullo junto al oído, una mano agarrando fuerte la suya, un grito.

Tras asegurarse de que nada alteraba el silencio de su habitación, se levantó y se puso una bata sin mangas sobre el camisón. El aire era denso como la mantequilla; hasta el mínimo movimiento la hacía sudar. Abrió la puerta de su estancia esperando encontrar una brisa fresca, una bebida helada.

Por la tenue luz que se veía en el pasillo, debía de estar amaneciendo. Raramente se levantaba tan temprano de forma natural.

—Donmata.

La voz procedía de su izquierda, donde estaba Ermendo Vuley­dres, junto a una ventana, armado con una pistola y una espada ropera, y con una alabarda al lado. Debía de estar cociéndose como un cangrejo bajo aquella armadura dorada.

—Ermendo —dijo Marosa—, ¿no has notado algo ahora mismo?

—Un pequeño temblor.

—¿No es el sexto en seis días?

—Eso creo.

Su curtido rostro no revelaba nada. Los Vardya eran demasiado disciplinados como para mostrar una emoción tan básica como el miedo.

—Daré mi habitual paseo —dijo Marosa—. Si estás libre.

—Por supuesto, vuestro esplendor.

En Cárscaro había temblores de vez en cuando, pero no tantos, y nunca tan seguidos. Aun así, Marosa se había acostumbrado a ellos. Saber que la ciudad podía temblar alguna vez formaba parte de la identidad carscariana.

Siguieron el itinerario que habían recorrido innumerables veces, escoltados por otros dos guardias. De vez en cuando, Marosa veía su reflejo en las brillantes paredes del palacio de la Salvación, que parecían haber sido pintadas con tinta.

Su prisión era un espacio de ciento cincuenta metros de piedra negra, carbonilla y basalto, decorado con cristal volcánico. Incluso en las plantas más bajas, provistas de ventanas en arco para que pasara la brisa, la temperatura resultaba sofocante. Cien mil antorchas no habrían bastado para iluminar los pasillos. No solo era un lugar opresivo, sino que contaba con angostas escaleras y paredes falsas para confundir a los intrusos.

La reina Rozaria III no había hecho caso a sus asesores cuando ordenó su construcción. La advirtieron de que la piedra negra retendría el calor, que solo en lugares más al norte, como Hróth, se entendería una fortaleza tan negra. Pero Rozaria no se había echado atrás. Aquello era un monumento a la potencia de Yscalin, erigido en el corazón de Cárscaro. Quería que proyectara una imagen tan temible como la de un wyrm, para que les recordara a todos que Yscalin se había levantado de entre las cenizas de la Caída de las Sombras.

Lo consiguió, aunque no vivió para ver la torre erigida sobre el resto de la capital. Era un recordatorio para que nadie en la ciudad se olvidara de Fýredel, cuyas temibles alas habían sumido al mundo en las sombras tanto tiempo atrás.

Un wyrm que no habían conseguido matar.

Ermendo abrió una puerta, y Marosa salió al balcón en forma de media luna. Se acercó a la balaustrada y posó la mirada en la capital de Yscalin. Muchos llamaban a Cárscaro la Ciudad Alta. No había ningún otro asentamiento en el continente que gozara de mejor posición para la defensa. Estaba construida sobre un gran despeñadero a un lado de las Escarpadas, con esas cubres nevadas a sus espaldas, a modo de guardaespaldas, y la Gran Llanura de Yscalin delante. La lavanda ya había florecido, cubriendo el terreno de un color morado que se extendía hasta el horizonte.

—Parece que hará buen día —dijo Ermendo—. A la reina Sahar le habría gustado pasarlo en la llanura.

Marosa asintió casi imperceptiblemente. Ambos habían ido muchas veces a la llanura con su madre, que la prefería a la ciudad. Algunos carscarianos afrontaban el descenso, normalmente para montar a caballo o salir de caza, pero nadie disfrutaba entre las flores como la reina Sahar.

Además de sus favoritos y otros huéspedes, solían acompañarla sus damas de honor: Sennera Yelarigas, Denarva uq-Bardant y Aryete Feyalda. Comían en algún lugar a la sombra —embutido rojo picante, queso y uvas— y charlaban con el fragor de las cascadas Gloriza de fondo, mientras Marosa jugaba con los otros niños. Cuando hacía mucho calor, se daban un baño en los bajíos del río, a los pies de la cascada. Esos días suponían un respiro de aquella oscura torre.

Su padre nunca había ido con ellas.

Marosa no tenía recuerdos más felices que los de aquellos momentos dorados. Su madre bailando con ella, haciéndola reír hasta que le dolía el pecho, enseñándole a montar. Cuando Marosa tuvo edad suficiente para casarse, la reina Sahar aprovechó aquellos días entre las flores para hablar con ella en privado, para tranquilizarla y responder a sus preguntas.

Daba la impresión de que había pasado una eternidad desde aquellos días. Ahora las cascadas habían desaparecido, y también su madre. Marosa apartó la vista de la lavanda y la posó en el río de fuego que atravesaba Cárscaro.

Había llegado cuando ella tenía diecisiete años, abriéndose paso a través de una resquebrajadura en las Escarpadas. El chisporroteante reguero de lava había ardido a un ritmo lento pero constante, y no tardó mucho en abrirse paso por debajo de la Casa Vanata, donde estalló en una enorme erupción de vapor, destruyendo las cascadas Gloriza.

La mayoría de los reyes habrían trasladado su capital, pero no Sigoso Vetalda. Él llamó a constructores y alquimistas para que buscaran un modo de detener la lava, sin reparar en gastos. Al ver que no podían represarla, la desviaron a los cauces ya existentes y habían cavado otros para que se diseminara.

Confiaban en que se secaría. Casi una década más tarde no lo había hecho. Ahora la gente cruzaba por encima a través de puentes de piedra cerrados, y a sus ramificaciones les habían puesto los nombres de las seis virtudes.

Su padre lo había llamado el Tundana. Las ramificaciones se unían al borde del despeñadero, cayendo sobre la Gran Llanura de Yscalin y enfriándose, con la consiguiente acumulación de escombros negros. Ya se habían agolpado toneladas a los pies de Cárscaro, que habían creado una mancha como de barro al borde de las montañas y habían acabado con una parte de los campos de lavanda. Algunos años el flujo de lava disminuía, casi permitiendo que cayera la noche, pero este año llevaba fluyendo con fuerza y rapidez desde principios de la primavera. Hacía semanas que Marosa no veía las estrellas por culpa del resplandor rojizo que proyectaba.

Contempló el paisaje hasta que casi le dolieron los ojos. La ciudad que podía ver, pero no tocar. Para su padre, aquel palacio era un refugio en las alturas, como un nido de águilas que protegía su frágil legado. Se comportaba como si Marosa no tuviera ya veinticinco años, como si no hubiera salido del huevo y echado plumas, ella, que ya estaba lista para abrir las alas y emprender el vuelo.

Quizá fuera ese el motivo por el que sentía unas ganas incontenibles de saltar.

Las mismas ganas que sentía a diario desde hacía nueve años, desde la noche en que le dijeron que su madre había muerto.

Notó las manos sudadas sobre la balaustrada. Tenía la sensación de que iba a caer, y las costillas le presionaban los pulmones, dificultándole la respiración.

—¿Donmata?

Ermendo acudió a su lado. Marosa cerró los ojos con fuerza y esperó a que pasara, como siempre ocurría.

—Estoy bien —dijo, irguiendo la cabeza—. Gracias, Ermendo. Regresaré a mis aposentos.

Para cuando llegó a su dormitorio, ya le habían preparado el baño. El agua salía de las tuberías ardiendo. No se recordaba ninguna erupción del monte Fruma, pero, aun así, transmitía su calor a la capital. Priessa dejó que el agua se enfriara antes de ayudar a Marosa a entrar en la bañera, y luego la frotó con jabón de oliva y la envolvió en telas. Una vez seca, Priessa le aplicó aceite y le peinó la larga melena.

Sus aposentos eran de la misma piedra oscura que el resto del palacio, con techos abovedados, suelos de mármol negro de Samani y ventanas con enormes cortinajes. Priessa usaba espejos para dar más luz a la estancia y hacía que trajeran flores frescas cada mañana. Hoy eran amapolas.

Cuando Marosa tenía doce años, su madre había elegido a tres jovencitas para que fueran sus damas de honor. Una de ellas era Priessa Yelarigas, una prima lejana. Cuatro años más tarde, cuando el rey Sigoso reformó el servicio de la corte, remodelándolo a su gusto, solo Priessa sobrevivió a los cambios. Su padre era ministro de Defensa, y uno de los nobles más importantes de la corte.

Marosa confiaba en ella por encima de cualquier otra persona, salvo por Ermendo, su fiel guardia personal, que llevaba a su servicio desde que era niña. Las hermanas Ruzio e Yscabel Afley­tan también se habían ganado su confianza, pero no lo habían conseguido con halagos, como solían hacer la mayoría de las doncellas que le había enviado su padre.

Cuatro personas en las que podía confiar, en un palacio con cientos de personas. Lamentaba que tuvieran que quedarse allí, atrapadas con ella.

—Para vos —dijo Priessa, entregándole una carta—. La paloma llegó ayer por la mañana.

La carta tenía el sello roto. Marosa la abrió y se encontró unas líneas escritas en yscalino, con una elegante caligrafía.

En Ascalon, Reino de Inys

Primavera, 1003 E. C.

Lady Marosa, confío en que la presente os encuentre bien, pero os ruego que me enviéis noticias de vuestro estado. No he oído de vos en demasiado tiempo, y aunque sé de la confianza que tiene el rey Sigoso en su diligente heredera, me gustaría saber de vos de primera mano.

Nuestro invierno ha sido breve y clemente. La nieve ya se está fundiendo en Hróth, lo cual me consta que es excepcional para esta época del año.

Espero y confío poder abrazaros de nuevo en vuestra boda con el príncipe Aubrecht, cuando quiera que vaya a celebrarse. En el caso de que necesitéis asesoramiento para la ceremonia religiosa, el santario mayor estará encantado de visitaros en Cárscaro.

Vuestra amiga y compañera en la fe,

SABRAN, Reina de Inys

Marosa dejó la carta a un lado, preguntándose cómo habría reaccionado su padre al leerla. Sin duda, le habría herido en el orgullo. Había dejado que su compromiso se alargara tanto que hasta la líder del principal Reino de las Virtudes había sentido la necesidad de ofrecer la colaboración del santario mayor, que tendría que viajar cientos de millas por mar y por un arduo terreno para llegar a Cárscaro. Eso daría una mala imagen del rey, que debería ser capaz de gestionar los asuntos de su propia familia sin la intervención de Inys.

—Responderé enseguida —le dijo a Priessa—. La reina Sabran es muy amable de interesarse por mí.

—Sí.

Priessa la ayudó a ponerse una enagua de verano, el corsé y el verdugado, así como un vestido de una seda de color tostado a juego con sus ojos. Una pechera blanca le cubría el escote. En los últimos años, con el aumento de la temperatura, en Yscalin se habían puesto de moda los vestidos que dejaban los hombros al descubierto, pero en el palacio no había lugar para esa falta de decoro. Su padre lo habría visto como un insulto al caballero de la Cortesía.

Al acabar, Priessa dio un paso atrás y Marosa se tocó las perlas doradas de Seiiki que lucía en las orejas. Eran un regalo de compromiso de Aubrecht, procedentes del lejano Oeste, de donde habían llegado tras atravesar el mar del Sol Trémulo.

—Priessa —dijo—. ¿Hoy sigue igual?

Su amiga la miró a través del reflejo del espejo.

—Sí —respondió, con voz suave—. Todo igual.

Primera parte de la ilustración en tonos negros, blancos y grisáceos. Representa la ciudad de Yscalin, construida sobre un gran despeñadero. Destaca una gran cúpula de la cual emergen serínes, aves que sobrevuelan la ciudad.

Segunda parte de la ilustración en tonos negros, blancos y grisáceos. Representa la ciudad de Yscalin, construida sobre un gran despeñadero. Destaca una gran torre, que representa el palacio de la Salvación.

Marosa

Cárscaro

Reino de Yscalin

1003 E. C.

Cada hora de cada día se medía y se administraba como si fuera un caro aceite. A las ocho en punto, Marosa ya estaba rezando en el Santuario Real. Arrodillada en su reclinatorio, declaraba en voz alta su amor eterno por el Santo —exterminador del Innombrable y salvador del mundo— y por los seis miembros del Séquito Sagrado, representantes de las seis virtudes de la caballería.

A las nueve fue a desayunar con Priessa y con las hermanas Afleytan. Nunca llamaba a sus otras doncellas, que vivían en elegantes aposentos en la planta que quedaba bajo la suya, satisfechas con su modesto salario y con el prestigio que les daba servir a una princesa.

A las diez ensayó con el arpa. No podía cambiar su vida, pero podía variar el ritmo y el temperamento de su música. Escogió «La canción del cisne», una balada que le encantaba a Aubrecht, escrita como alabanza a su ancestro.

Las horas siguientes solía dedicarlas a estudiar la historia y la lengua de Mentendon, tierra que muy pronto sería la suya por matrimonio. Aubrecht escribía bien en yscalino, y ambos hablaban inys, pero para ser su consorte tenía que dominar la lengua por cuya conservación el pueblo de su futuro marido había luchado tras siglos de servidumbre a Hróth. Así podría comprender los triunfos y los infortunios de su pasado.

La reina Sahar, como tantos otros ersyris, valoraba mucho la educación. Hasta los dieciséis años, Marosa había tenido de maestros a los mayores intelectuales de los Reinos de las Virtudes. Todos habían desaparecido tras la muerte de su madre, despedidos sin explicación. Ahora era ella misma la que se ocupaba de su educación. La biblioteca de Isalarico le proporcionaba los libros y los documentos que precisaba. También tenía conexión con otros niveles del palacio, lo que le permitía oír a los funcionarios de las plantas inferiores mientras se ocupaban de los asuntos de gobierno, aunque sus voces le llegaran lejanas y distorsionadas.

De todos los textos que Marosa había podido leer, no había ninguno en el que hubiera encontrado mención a un rey que mantuviera a su heredera apartada de su corte. A los diecinueve años le había pedido a su padre que la dejara acompañarlo en la corte, o en una de sus audiencias, para poder aprender las artes de gobierno.

«Curiosa petición —había respondido el rey Sigoso, con frialdad—. ¿Es que ya aspiras al trono, Marosa?».

Imaginar la muerte del soberano era traición. Aquella fue la última vez que se lo pidió Marosa. Pero siguió acumulando conocimientos de historia y política por su cuenta, de agricultura y de religión, de filosofía, de retórica y de poesía. Se negaba a ser una ignorante cuando llegara el momento de acceder a la corona.

Ese día retomó su lectura sobre la Tragedia de Brygstad, un relato acerca de la fiebre sudorosa que había devastado la corte méntica, el único motivo por el que Aubrecht iba a alcanzar el trono. Como era el hijo de un príncipe segundogénito, estaba destinado a ser santario, no monarca.

Marosa pensaba darle apoyo hasta que fuera reina de Yscalin. Por lo que sabía, el actual gran príncipe —su tío abuelo Leovart— ya había delegado gran parte de sus obligaciones en algunos de sus familiares. Incluso antes de la coronación, Aubrecht necesitaría apoyo. Por fin tendría alguien con quien practicar el arte de la política, y con quien usar sus conocimientos, tras años de aislamiento.

A mediodía, cuando más calor hacía, se retiró a sus aposentos. A las tres se fue a la terraza-jardín, donde cenó una cazuela de salmón. El pescado estaba aromatizado con naranja sanguina y azafrán, sobre una masa con pasas, piñones y almendras blanqueadas.

En el centro de la mesa había un cuenco con peras rojas, antiguo símbolo de su dinastía, a juego con el rubí de su colgante. Yscabel se estaba comiendo una chirimoya, mientras Ruzio servía unos vasos de sidra de pera helada y Priessa observaba la balaustrada frunciendo las oscuras cejas.

Su paciencia tuvo recompensa. Un pajarillo aterrizó en ella, atraído por las semillas que habían esparcido por la mañana.

—Oh, qué monada —exclamó Yscabel—. ¿Es un verderón, Essa?

—Un serín —dijo Priessa—. Probablemente, de Inys.

El serín picoteó las semillas. Tenía el plumaje negro y amarillo, y una cola bifurcada que lo ayudaba a mantener el equilibrio. Desde la aparición de la lava fundida, era raro que llegaran a Cárscaro pájaros de otras tierras.

—Un pájaro muy bonito —observó Marosa—. ¿Adónde vuela en invierno?

—A Lasia o al Ersyr —dijo Priessa, esbozando una sonrisa—. Es un ave que ve gran parte de nuestro mundo.

El serín emitió un gorjeo y emprendió el vuelo. Marosa lo siguió con la mirada.

—Donmata —dijo Ermendo—, está aquí lord Wilstan Fynch, duque de la Templanza, príncipe viudo de Inys.

Marosa apartó su vaso.

—Gracias, Ermendo.

Wilstan Fynch apareció en la terraza. Por el sudor que le cubría la frente, la ascensión debía de haberle resultado algo dura, pero estaba fuerte para su edad, y a menudo salía a la llanura a hacer ejercicio con los embajadores de Hróth. Cuando la vio, se le iluminaron los ojos, y desapareció el gesto serio de su alargado rostro.

—Donmata. —Se quitó el bonete e hizo una reverencia—. Buenas tardes.

—Excelencia —saludó Marosa en inys—. Hoy el calor es muy intenso. ¿Os apetece un poco de vino helado?

—No, gracias. Tomaré un poco de leche con nuez moscada, si es posible.

—Por supuesto.

Priessa fue dentro a buscarla. Fynch escogió el asiento frente a Marosa. La mayoría de los nobles inys se vestían de acuerdo con la estación —una nueva moda—, pero a él siempre le había visto vistiendo el gris del luto, sin más joyas que el sello de su patrón. En claro contraste con su hija, la reina Sabran de Inys, que irradiaba brillos dorados cada vez que movía un dedo.

—Ha pasado muchísimo tiempo, vuestro esplendor —dijo Fynch, con afecto—. ¿Cómo estáis?

—Muy bien, su excelencia —respondió Marosa—. Confío en que sigáis encontrándoos a gusto en Yscalin.

—La hospitalidad de Cárscaro no tiene parangón. Al igual que vuestra generosidad al invitarme de nuevo a vuestra mesa.

Marosa deseó que hubiera sido el caballero de la Generosidad el que la hubiera movido a hacerlo. Los embajadores extranjeros eran el único medio que tenía para alargar la vista más allá de Yscalin. También hacía mucho tiempo que había hecho amistad con sir Robrecht Teldan, el embajador méntico, que le parecía muy amable e inteligente.

Su padre nunca le había prohibido invitarlos, pero tenía la impresión de que era mejor que no lo supiera.

Afortunadamente, al igual que sir Robrecht, Fynch comprendía que prefiriera mantener la discreción.

—Donmata, he venido a… —Fynch se interrumpió para aceptar una taza de Priessa—. Gracias, lady Priessa. Tan rápida como sugiere su nombre.

Ella inclinó la cabeza.

—Soy consciente de lo mucho que les gusta la nuez moscada a los inys en verano, su excelencia.

—Bueno, ayuda a combatir el calor del día, en ausencia de un médico que pueda practicarme una sangría.

Marosa cruzó una mirada con Priessa, que hizo una mueca. Inys era la cuna de una fe que se extendía por cuatro naciones, pero también el lugar de origen de algunos de los peores médicos de la historia.

—Vuestro esplendor —le dijo Fynch a Marosa—, no os entretendré demasiado, pero hay un asunto delicado del que quiero hablaros. —Marosa les hizo un gesto discreto a sus damas con la cabeza, y ellas se fueron—. El rey Sigoso se niega a recibirme en audiencia desde el otoño, e incluso entonces la reunión no duró demasiado, ya que ese día su majestad tenía jaqueca. Él y yo tenemos mucho de lo que hablar. ¿Se encuentra bien?

—Mi padre es un hombre devoto, su excelencia. Dedica mucho tiempo a la oración.

—Su dedicación al Santo es admirable, pero es un soberano, no un santario.

Fynch ponía nervioso a su padre. Marosa lo había observado desde el momento de la llegada del príncipe viudo, en sustitución de un embajador inys menos diligente, que se contentaba con disfrutar de las espectaculares vistas y de los baños de vapor de Cárscaro, y que solo se reunía con el ministro de Defensa.

—Yscalin fue el primer reino en unirse a Inys en el culto al Santo —prosiguió Fynch—. No ha habido amistad más estrecha entre reinos en toda la historia. No hagamos sufrir al caballero de la Camaradería permitiendo que la amistad se degrade.

Con la mano sobre el regazo, Marosa le daba vueltas al anillo de compromiso que llevaba en el dedo meñique.

—Supongo que habrá un buen motivo —dijo—, pero os pido disculpas, excelencia. Le pediré a mi señor padre que se reúna con vos con la máxima urgencia, pero lo cierto es que yo no puedo hacer mucho más.

—Sin duda, a su hija la escuchará.

—No tanto como podéis suponer.

Las palabras le salieron de la boca sin pensar, como una tos que le llevara irritando la garganta demasiado tiempo. Fynch clavó sus pequeños ojos marrones en ella y la examinó con gesto inquisitivo.

—Donmata —dijo—, ¿puedo preguntaros cuándo fue la última vez que salisteis del palacio de la Salvación?

—Cuando asistí a la celebración de los mil años de gobierno Berethnet.

—Eso fue hace tres años.

—Así es.

Su padre la había enviado con un fornido contingente de guardias. Y, durante todo el descenso por la montaña, Marosa estaba convencida de que en algún momento cambiaría de opinión. Aun así, el carruaje había seguido ladera abajo, hasta los campos de lavanda.

Tras una agotadora jornada la llevaron al galeón real, el Príncipe Therico. Vio por primera vez el mar, la tempestuosa costa de Inys, y por fin su famosa capital, Ascalon, sede histórica del culto a las Virtudes.

La reina Sabran se comportó como una anfitriona muy generosa, y la impresionó con su elegancia y su ingenio. Tenían más o menos la misma edad, y ambas habían perdido a sus respectivas madres cuando eran jóvenes. Quizá por eso Sabran se había preocupado tanto de que se sintiera cómoda, presentándole a todas las personas que pudo. Quizá fuera también por eso por lo que Sabran se abstuvo de dar su opinión sobre si la reina Sahar merecía ocupar un lugar en Halgalant, dejando la decisión al gran santario de Yscalin.

Durante los doce días de celebraciones, Marosa había cenado con diversos cortesanos ménticos deseosos de presentar sus respetos a su futura gran princesa. Había bailado con lords y caciques, jugado a las cartas con las damas de honor y había salido de caza por el bosque de Chesten. Incluso conoció al embajador ersyri, Chassar uq-Ispad, que no había pisado Cárscaro desde el día de la muerte de su madre, cuando se había interrumpido todo contacto diplomático entre Yscalin y el Sur, pero Inys había mantenido una relación cordial con el Ersyr, y Chassar —un gigantón encantador— se había mostrado muy interesado en asegurarse de que estaba bien.

«Donmata —le había dicho, con su voz grave—, si alguna vez decidís visitar el Ersyr, vuestros tíos estarían encantados de recibiros en Rauca». «Sois muy amable, excelencia, pero no creo que sea posible. Al menos de momento», había respondido.

—A mí me parece mucho tiempo —dijo Fynch, devolviéndola al presente—. ¿No deseáis ver más de Yscalin?

Habría querido decirle que su padre se lo había pensado durante meses antes de dejarle ir a Inys. Que no habría querido permitírselo, de no ser porque él mismo no tenía ningún deseo de hacerlo y porque su heredera era la única sustituta aceptable. Y que desde aquel momento la presión que ejercía sobre ella se había vuelto aún mayor.

—Por supuesto —dijo ella—. Pero su majestad no tiene más descendencia. Creo que se preocupa por mi seguridad.

Fynch no respondió inmediatamente, pero Marosa sabía lo que pensaba. Su prematura muerte provocaría una crisis sucesoria, pero ni siquiera la reina Sabran, que no estaba prometida ni tenía hijos, pasaba sus días confinada en un palacio, y su dinastía era la que mantenía sometido al Innombrable.

—Lo entiendo —dijo Fynch—. ¿Tenéis alguna noticia sobre vuestro matrimonio con el príncipe Aubrecht?

—Su majestad fijará la fecha cuando llegue el momento.

Una vez más, Fynch hizo gala de su exquisita educación y no hizo comentarios, y una vez más Marosa le leyó el pensamiento. Ya estaba en edad de tener hijos, y no había ningún motivo claro para que no contrajera matrimonio cuanto antes.

Quizá aquel interés repentino por parte de Inys espoleara por fin a su padre a actuar. En cierto modo, aquella idea la animó.

—La semana que viene me embarco en dirección a Ascalon —dijo Fynch—. Este calor está haciendo mella en mí. —Se acabó su bebida—. Volveré a Cárscaro a tiempo para la Fiesta de la Templanza.

—Dudo que el calor haya disminuido para entonces —respondió Marosa—, pero entiendo que necesitéis unas vacaciones, milord.

—Gracias por vuestra comprensión.

Inys era una isla fría y lluviosa, azotada por los fuertes vientos del mar Cetrino. Era sorprendente que Fynch pudiera soportar el calor de Yscalin, pero solo volvía a casa una o dos veces al año para ver a su hija.

Marosa entendía por qué. Ella vivía en un lugar asolado por la ausencia, y de haber podido escoger, no se habría quedado allí mucho tiempo.

—Creo que habéis recibido una carta de su majestad hoy mismo —dijo Fynch, poniéndose en pie—. A la reina Sabran le gustaría mucho veros de nuevo, si decidierais ir a visitarla. Buenas tardes, vuestro esplendor.

—Buenas tardes, su excelencia.

Esa noche, Marosa se arrodilló de nuevo en el Santuario Real, con la mirada fija en un relieve de Glorian la Temible, décima reina de Inys, que lucía una inscripción debajo con su nombre, porque todas las reinas Berethnet de la historia tenían exactamente el mismo aspecto que la anterior.

Marosa no tenía muy claro si aquello le habría gustado. Aunque se parecía mucho a su madre, se sentía diferente; sin duda, establecer parecidos resultaría doloroso. Pero cada Berethnet daba a luz solo a una hija, que acababa convirtiéndose en la viva imagen de su madre: una saga de mujeres idénticas que se extendía por un milenio. Una señal de su divinidad.

Habían pasado seis siglos desde que Isalarico el Benevolente, antiguo rey de Yscalin, había visto aquella señal con sus propios ojos, cuando Glorian naufragó en sus costas. Sobrecogido por su belleza, había abandonado el culto a los antiguos dioses de las montañas para casarse con ella, creando la Cadena de la Virtud. Y, como consecuencia de ese amor, a partir de aquel día, Yscalin rindió culto al santo.

Marosa bajó la vista y la posó en su anillo, pensando en Aubrecht. El hombre que sería su compañero para toda la eternidad, incluso en Halgalant.

Solo habían pasado doce días juntos, siempre vigilados por su séquito de damas. La primera vez, Aubrecht acudió a la corte para presentarle sus respetos. A Marosa le sorprendió que su padre considerara siquiera el compromiso. Mentendon era un elemento peculiar dentro de los Territorios de las Virtudes, y el hecho de que comerciara con Seiiki —una isla que adoraba a los dragones marinos— era un constante motivo de discordia. Siempre había pensado que se acabaría casando con un lord inys o un cacique hróthi.

Aubrecht había hecho gala de una cortesía exquisita. Marosa recordaba sus ojos oscuros y su mata de pelo cobrizo, y su sonrisa nada más verla. Ella no sabía bien cómo actuar y había estado algo rígida, reticente. Afortunadamente, Aubrecht era méntico, y hasta los ménticos más tranquilos mostraban una curiosidad insaciable. A la hora de cenar le hizo un montón de preguntas sobre su vida, sus intereses y sus proyectos para Yscalin. Y, cuando ella respondía, Aubrecht la escuchaba como si no hubiera nadie más en el salón. No solo era detallista y culto, sino que también tenía un gran talento para contar historias. Los ménticos eran conocidos por sus artistas, que pintaban al óleo; Aubrecht pintaba con sus palabras, que la transportaron a Mentendon, para que se imaginara como su gran princesa. En el mundo que le describía él, contemplaban los barcos que zarpaban de los muelles de Ostendeur, recorrían las calles adoquinadas de Brygstad, cabalgaban por el bosque de las Novias. Oía el borboteo de las aguas del Hundert y sentía el contacto de las pesadas pieles que necesitarían con la llegada del invierno.

Hacia el final de la semana, solo con verlo ya sonreía. Y cuando se fue de Cárscaro montado en su caballo, se sintió como si hubiera perdido a un viejo amigo.

Aubrecht había vuelto seis meses más tarde, después del anuncio oficial de su compromiso. A Marosa le preocupaba que se hubiera perdido aquella conexión mutua, pero Aubrecht se mostró encantado de verla otra vez, y ella sentía lo mismo. Brindaron por el compromiso con los mejores vinos del valle de Groneyso. Celebraron un banquete, y luego, un baile.

Después se sentaron en una terraza, con vistas a Cárscaro, y él la agarró suavemente de la mano para colocarle el anillo en el dedo. «Esto es un símbolo de mi lealtad. La promesa de que te querré siempre».

Marosa no era tonta. Sabía que dos encuentros no bastaban para que floreciera el amor, aunque la ausencia de Aubrecht le había dolido como si se hubiera fracturado una costilla. Sabía que los hombres podían ocultar sus intenciones; que cabía la posibilidad de que Aubrecht llevara una máscara, como su padre, cuyas sonrisas no eran más que la vaina que escondía una espada.

Pero quería confiar en Aubrecht. Aunque hubiera sido viejo y desagradable, lo habría necesitado.

Una vez casados, como consorte, Marosa tendría obligaciones en Mentendon. Su padre tendría que dejarla marchar. Y en cuanto se quedara embarazada, le diría que los humos tóxicos de Cárscaro eran demasiado peligrosos, y que la lava era un riesgo demasiado grande para un recién nacido.

No volvería a encerrarse en aquel palacio.

Aun pensando en escapar de allí, volvió a notar aquella sensación de sofoco. El santuario no tenía ventanas. Para distraerse, se quitó el anillo del dedo y leyó las palabras grabadas en el interior.

EL TIEMPO • UN AMIGO • HASTA EL FINAL

Para Aubrecht, la paciencia era la séptima virtud. Aunque tuvieran que esperar, su amistad se volvería más firme con el tiempo, y formaría unos sólidos cimientos para su matrimonio. Una base sólida para su plan.

Su sueño, que mantenía oculto, como el vino en las bodegas, iba madurando con cada año que pasaba. Volvió a ponerse el anillo en el dedo. Miró hacia atrás por encima del hombro, y levantó una baldosa suelta del suelo. Debajo, escondido, había un espejo con una cadena de plata, junto con una imagen en miniatura de su madre.

La reina Sahar tenía una sonrisa que denotaba confianza en sí misma. La pintora de la corte había sido una de sus damas, y había hecho un buen retrato de ella. Su cabello negro, recogido ha­cia atrás, dejando a la vista un par de pendientes de oro ersyri, y sus imponentes ojos marrones, enmarcados en gruesas pestañas. Marosa pasó los dedos por el marco, sintiendo cómo el corazón le dolía.

«¿Por qué tuviste que dejarme?».

Levantó la cadena lentamente, con cuidado de no rozar el espejo. El colgante ovalado era magnífico, un espejo enmarcado en una filigrana de plata. Su madre lo llevaba bajo la pechera. Era un símbolo de la fe de Dwyn, que ya pocos seguían, incluso en el Sur.

Un símbolo prohibido en los Reinos de las Virtudes.

«Busca en los demás tu propia imagen. Trátalos como te tratarías a ti misma —le había dicho su madre—, con la esperanza de que ellos te concedan la misma gracia. Es lo que dicta la fe de Dwyn».

Aún le dolía ver el espejo y la miniatura. Limpió la plata para evitar que se desluciera, y luego usó el espejo para mirarse a los ojos, de un ámbar tan intenso que era casi naranja. Los ojos de Oderica la Forjadora, prisionera en la antigua Cárscaro y más tarde primera reina de Yscalin. Ella también había estado atrapada en la oscuridad nueve años.

Marosa volvió a meter el espejo en su escondrijo y lo tapó.

Su plan podría llevarle nueve años o más. Quizá le costara el resto de su vida.

Pretendía hacer de Yscalin un lugar tan seguro como Lasia, donde los que rechazaran la fe dominante no fueran condenados a la ejecución; donde la gente como su madre no tuviera que convertirse; donde pudiera abrazar a su tío del Sur sin que eso se viera como una traición al Santo; donde la gente tratara a sus vecinos con la misma benevolencia que tenían por sí mismos.

Su matrimonio con Aubrecht era el primer paso, la llave que abriría su jaula. Esperaba tener en él a un aliado, una vez que reu­nie­ra el valor necesario para contárselo. A diferencia de otros territorios de las Virtudes, en Mentendon no mataban a los no creyentes; incluso permitían que los intelectuales cuestionaran las seis virtudes. La casa de Lievelyn había declarado su lealtad al Santo, pero en principio los ménticos habían sido convertidos a la fuerza. Sin duda, él entendería la necesidad de imponer la tolerancia.

Tendría paciencia. Por el Santo y el Séquito Sagrado, por su reino y para asegurarse de no perder el juicio, se aferraría al Príncipe Rojo de Mentendon con todas sus fuerzas.

«Santo, tú hiciste gala de tu compasión con la Damisela, una mujer que no compartía tu fe. —Se tocó el broche de su patrono, un escudo, símbolo del caballero del Valor—. Ayúdame a ofrecerle esa compasión a Yscalin».

Ilustración en tonos blancos, grisáceos y negros, enmarcada en un marco con detalles de espinas. Aparece Estina Melaugo, dentro de la madriguera del lindorm, en el fondo aparece un barco en el mar. En una mano sujeta su arma, un pico, y en la otra sujeta la cabeza del monstruo.