Desde Atlanta, venía mirando por la ventanilla del vagón restaurante con un deleite casi físico. Mientras se tomaba el café del desayuno, vio cómo quedaban atrás las últimas colinas de Georgia y aparecía la tierra rojiza, y con ella las casas con tejados de chapa en medio de patios bien barridos, y en los patios las inevitables matas de verbena rodeadas de neumáticos encalados. Sonrió cuando vio la primera antena de televisión en lo alto de una casa de negros sin pintar. Conforme aparecían más y más, se redobló su alegría.
Jean Louise Finch siempre hacía el viaje por aire, pero para aquella visita anual a casa decidió ir en tren desde Nueva York hasta el Empalme de Maycomb. Por un lado, porque se había llevado un susto de muerte la última vez que viajó en avión, cuando el piloto optó por atravesar un tornado. Por otro, porque llegar a casa en avión significaba que su padre tenía que levantarse a las tres de la mañana, conducir ciento sesenta kilómetros para ir a buscarla a Mobile y trabajar después toda la jornada. Tenía ya setenta y dos años, y no era justo hacerle eso.
Se alegraba de haber decidido ir en tren. Los trenes habían cambiado desde su niñez, y la novedad de la experiencia le divertía: cuando apretaba un botón que había en la pared, se materializaba un genio orondo en forma de revisor; cuando lo pedía, un lavamanos de acero inoxidable salía de otra pared, y había un retrete sobre el que se podían poner los pies.
Resolvió no dejarse intimidar por los mensajes estampados en varios lugares de su compartimento (un «coche cama», lo llamaban) pero, al acostarse la noche anterior, se las había arreglado para quedar atrapada entre la cama y la pared por no hacer caso del letrero que recomendaba BAJAR LA PALANCA HASTA LOS SOPORTES. Para sonrojo de Jean Louise, que tenía por costumbre dormir solo con la parte de arriba del pijama, tuvo que ser el revisor quien la sacara del apuro. Por suerte, dio la casualidad de que iba haciendo su ronda por el pasillo cuando aquella trampa se cerró con ella dentro.
—¡Yo la saco, señorita! —gritó en respuesta a los golpes que llegaban desde dentro.
—No, por favor —dijo ella—, solo dígame cómo salir de aquí.
—Puedo ponerme de espaldas para sacarla —respondió, y así lo hizo.
Esa mañana, cuando despertó, el tren iba traqueteando y resoplando por los campos de Atlanta, pero, obedeciendo otro letrero que había en su compartimento, Jean Louise se quedó en la cama hasta que pasaron como una exhalación por College Park. Al vestirse se puso su ropa de Maycomb: pantalones grises, blusa negra sin mangas, calcetines blancos y mocasines. Aunque quedaban aún cuatro horas, ya podía oír el resoplido de desaprobación de su tía.
Cuando comenzaba a tomarse la cuarta taza de café, el Crescent Limited saludó a otro tren que iba hacia el norte con un graznido, cual un ganso gigantesco, y cruzando el Chattahoochee se adentró en Alabama.
El río Chattahoochee es ancho, plano y fangoso. Ese día estaba bajo; un banco de arena amarilla había reducido su caudal hasta convertirlo en un hilo de agua. «Quizá cante en invierno», pensó. «No recuerdo ni un verso de ese poema. ¿Era «Soplando mi flautín por valles agrestes»? No. ¿Se lo dedicaba a un pato o a una cascada?».
Tuvo que reprimir con firmeza un conato de alborozo cuando cayó en la cuenta de que Sidney Lanier tenía que haberse parecido un poco a Joshua Singleton St. Clair, un primo suyo muerto hacía mucho tiempo cuyo coto literario privado se extendía desde el Cinturón Negro hasta Bayou La Batre. Su tía solía ponerle a Joshua como un ejemplo familiar que no había que tomarse a la ligera: era hombre de espléndida figura, un poeta desaparecido en la flor de la vida, y ella haría bien en recordar que constituía un orgullo para la familia. Sus retratos les dejaban en buen lugar: el primo Joshua tenía la apariencia de un Algernon Swinburne un tanto andrajoso.
Jean Louise sonrió al recordar el resto de la historia, que le había contado su padre. El primo Joshua había desaparecido, sí, pero no por obra de Dios, sino de los servidores del César. Cuando estaba en la universidad, estudiaba demasiado y pensaba en exceso. De hecho, se consideraba a sí mismo salido directamente del siglo XIX. Vestía capa de estilo Inverness y calzaba botas militares de caña alta que le fabricó un herrero según un diseño propio. Las autoridades frustraron su intento de matar a tiros al rector de la universidad, quien a su modo de ver era poco más que un experto en limpiar cloacas, lo cual sin duda era cierto pero no justificaba una agresión a mano armada. Después de mucho trasiego de dinero, el primo Joshua fue retirado de la circulación e ingresado en una institución pública para desequilibrados, donde permaneció el resto de sus días. Decían que era un individuo cabal en todos los sentidos hasta que alguien mencionaba el nombre del rector. Entonces se le crispaba el rostro, adoptaba la postura de una grulla trompetera y así se quedaba ocho horas o más, sin que nada ni nadie pudiera hacerle bajar la pierna hasta que se olvidaba del rector. Cuando tenía un día lúcido leía griego, y dejó un pequeño volumen de versos que mandó imprimir a título privado a una empresa de Tuscaloosa. Era una poesía tan adelantada a su época que nadie la ha descifrado aún, pero la tía de Jean Louise la tenía expuesta como quien no quiere la cosa, en lugar bien visible, en una mesa del salón.
Jean Louise se rio en voz alta, y después miró alrededor para ver si alguien la había oído. Su padre sabía cómo socavar los sermones de su hermana sobre la superioridad intrínseca de los Finch: siempre le contaba a su hija lo que su tía se callaba, adoptando un aire calmoso y solemne, aunque Jean Louise a veces creía distinguir un inequívoco destello de irreverencia en los ojos de Atticus Finch. ¿O era solo la luz que se reflejaba en los cristales de sus gafas? Nunca lo supo.
El paisaje campestre y el tren se habían ido difuminando hasta convertirse en un suave balanceo, y no veía más que pastos y vacas negras desde la ventanilla hasta el horizonte. Se preguntaba por qué su tierra nunca le había parecido hermosa.
La estación en Montgomery estaba enclavada en un recodo del río Alabama y, al bajarse del tren para estirar las piernas y asaltarla su grisura, sus luces y sus curiosos aromas, sintió la familiaridad del reencuentro. «Pero falta algo», pensó. «Los cojinetes recalentados, eso es». Un hombre se tumba junto a los bajos del tren con una palanca. Se oye un ruido metálico y luego un s-sss-sss, sube un humo blanco y uno tiene la impresión de estar dentro de una vaporera. «Ahora estos cacharros funcionan con petróleo».
Sin motivo aparente, la inquietaba un antiguo temor. Hacía veinte años que no pisaba aquella estación, pero cuando de niña iba a la capital con Atticus le aterrorizaba que el tren, en su zarandeo, se precipitara por la ribera del río y acabaran todos ahogados. Sin embargo, cuando volvió a subir a bordo camino a casa, se olvidó de aquello.
El tren traqueteaba atravesando pinares, y tocó la bocina con aire guasón al pasar junto a una locomotora varada en un claro, con su chimenea campanuda y sus alegres colores, como una pieza de museo. Llevaba el cartel de una empresa maderera, y el Crescent Limited podría habérsela tragado entera y aún le habría quedado sitio. Greenville, Evergreen, Empalme de Maycomb.
Le había dicho al maquinista que no se olvidara de detener el tren para que se apeara y, como era un hombre mayor, adivinó la broma que iba a gastarle: pasaría por el Empalme de Maycomb a toda pastilla, detendría el tren seiscientos metros más allá de la pequeña estación y luego, al despedirse de ella, le diría que lo sentía, que casi se le había olvidado. Los trenes cambiaban; los maquinistas, no. Gastar bromas a las jovencitas en las estaciones donde el tren se detenía a petición del viajero era una marca de la casa, y Atticus, que era capaz de predecir lo que haría cada maquinista desde Nueva Orleans hasta Cincinnati, la estaría esperando, por tanto, ni a seis pasos de distancia del lugar donde tendría que apearse.
Su casa estaba en el condado de Maycomb, una circunscripción de unos ciento doce kilómetros de longitud y casi cincuenta en su punto más ancho, un desierto salpicado de diminutos asentamientos, el mayor de los cuales era Maycomb, la sede del gobierno local. Hasta una época relativamente reciente en su historia, el condado había estado tan apartado del resto del país que algunos de sus vecinos, ignorantes de las inclinaciones políticas del Sur en los últimos noventa años, seguían votando a los republicanos. Hasta allí no llegaba ningún tren: en realidad, el Empalme de Maycomb (al que se daba ese nombre por simple cortesía) estaba ubicado en el condado de Abbott, a treinta kilómetros de distancia. El servicio de autobuses era impredecible y no parecía llevar a ninguna parte, pero el Gobierno Federal había impuesto la construcción de una o dos carreteras que atravesaban los pantanos, dando así a los vecinos una oportunidad de salir y entrar a su antojo. Eran muy pocos, sin embargo, los que se servían de ellas, porque ¿para qué? Total, si uno se conformaba con poco, allí en Maycomb tenía de todo.
El condado y la ciudad llevaban el nombre de un tal coronel Mason Maycomb, un individuo cuya errónea confianza en sí mismo y cuya arrogante tozudez hicieron cundir el pasmo y la confusión entre quienes cabalgaron a su lado en las guerras contra los indios creek. El territorio donde operaba era vagamente montañoso por el norte y plano por el sur, en los márgenes de la llanura costera. El coronel Maycomb, convencido de que los indios aborrecían luchar en terreno llano, peinó en su busca el extremo norte del territorio. Cuando su general descubrió que Maycomb estaba vagando por las colinas mientras los creek acechaban en el sur, detrás de cada soto de pinos, le mandó a un emisario indio amigo con el mensaje: «Váyase al sur, maldita sea». Maycomb, persuadido de que aquello era un ardid de los creek para atraparlo (¿acaso su cabecilla no era un diablo pelirrojo y de ojos azules?), hizo prisionero al emisario indio y siguió avanzando hacia el norte hasta que sus tropas se perdieron sin remedio en el bosque virgen, quedándose sin participar en las guerras para desconcierto de todos.
Cuando hubieron pasado suficientes años para que el coronel Maycomb se convenciera por fin de que el mensaje podía ser, después de todo, auténtico, emprendió la marcha hacia el sur, y por el camino sus tropas se encontraron con colonos que avanzaban tierra adentro y que les informaron de que las guerras indias prácticamente habían terminado. Las tropas y los colonos entablaron tal amistad que con el tiempo llegaron a ser los antepasados de Jean Louise Finch. El coronel Maycomb, por su parte, siguió avanzando hasta lo que ahora es Mobile para asegurarse de que sus hazañas recibieran el reconocimiento debido. La versión oficial de la historia no coincide con la verdad, pero estos son los hechos tal y como pasaron de boca en boca con el paso de los años y como sabe todo vecino de Maycomb.
—... sus maletas, señorita —dijo el revisor.
Jean Louise lo siguió desde el vagón restaurante hasta su compartimento. Sacó dos dólares de la cartera: uno por rutina y otro por haberla sacado de apuros la noche anterior. El tren, como era de esperar, pasó como un rayo por la estación y se detuvo cuatrocientos metros después. Apareció el maquinista sonriendo y dijo que lo lamentaba, que casi se le va el santo al cielo. Jean Louise le devolvió la sonrisa y esperó con impaciencia a que el revisor colocara el escalón amarillo. La ayudó a bajar y ella le dio los dos billetes de dólar.
Su padre no la estaba esperando.
Miró vía arriba, hacia la estación, y vio a un hombre alto parado en el minúsculo andén. Se bajó del andén de un salto y corrió hacia ella.
Le dio un abrazo de oso, la apartó, la besó con fuerza en la boca y acto seguido la besó con delicadeza.
—Aquí no, Hank —murmuró ella, muy contenta.
—Calla, niña —dijo él sujetando su cara—. Te besaré en las escaleras del juzgado si quieres.
Quien ostentaba el derecho a besarla en las escaleras del juzgado era Henry Clinton, su amigo de toda la vida, el camarada de su hermano y, si seguía besándola de ese modo, su esposo. «Ama a quien quieras pero cásate con los de tu clase» era una sentencia que, en el caso de Jean Louise, equivalía a un instinto. Henry Clinton era de su clase, y a Jean Louise aquella sentencia ya no se le hacía particularmente dura.
Caminaron por la vía agarrados del brazo para recoger su maleta.
—¿Cómo está Atticus? —preguntó ella.
—Hoy tiene calambres en las manos y los hombros.
—No puede conducir cuando está así, ¿verdad?
Henry cerró a medias los dedos de la mano derecha y dijo:
—Solo puede cerrarlos hasta aquí. Cuando está así, la señorita Alexandra tiene que atarle los zapatos y abrocharle los botones de la camisa. Ni siquiera puede sostener la cuchilla de afeitar.
Jean Louise negó con la cabeza. Era demasiado adulta para quejarse de lo injusto que era aquello y demasiado joven para aceptar sin un conato de resistencia la enfermedad que estaba dejando inválido a su padre.
—¿No se puede hacer nada?
—Ya sabes que no —contestó Henry—. Se toma cuatro gramos de aspirina al día, eso es todo.
Levantó la pesada maleta y fueron caminando hacia el coche. Jean Louise se preguntó cómo se comportaría ella cuando le llegara la hora de tener dolores día tras día. No como Atticus: si le preguntabas cómo se encontraba, te lo decía, pero nunca se quejaba. Su talante se mantenía inalterable, de modo que, para descubrir cómo estaba, había que preguntárselo.
Henry descubrió su enfermedad por accidente. Un día que estaban en la sala de archivos del juzgado buscando la escritura de unas tierras, Atticus se puso de pronto totalmente blanco y soltó el pesado libro de hipotecas que llevaba entre las manos.
—¿Qué sucede? —preguntó Henry.
—Artritis reumatoide. ¿Puedes hacerme el favor de recogerlo? —dijo Atticus.
Henry le preguntó desde cuándo sufría aquella enfermedad y Atticus le respondió que desde hacía seis meses. ¿Lo sabía Jean Louise? No. Entonces, más valía que se lo dijera.
—Si se lo dices, vendrá enseguida y se empeñará en cuidarme. El único remedio para esto es no permitir que pueda contigo.
Y así quedó zanjado el tema.
—¿Quieres conducir?
—No seas tonto —le contestó ella.
Aunque conducía bastante bien, detestaba manejar cualquier cosa mecánica que fuera más complicada que un imperdible. Plegar una tumbona era para ella fuente de profunda irritación; nunca había aprendido a montar en bicicleta, ni a escribir a máquina, y pescaba con un palo. Su deporte favorito era el golf porque sus principios esenciales consistían en un palo, una pelotita y cierta disposición mental.
Verde de envidia, observó la maestría con que Henry manejaba el automóvil, sin el menor esfuerzo. «Los coches están a su servicio», pensó.
—¿Dirección asistida? ¿Transmisión automática? —preguntó.
—Faltaría más —respondió él.
—Ya, pero ¿y si todo se apaga y no tienes marchas que cambiar? Entonces tendrías problemas, ¿a que sí?
—Pero no va a apagarse.
—¿Cómo lo sabes?
—Para eso está la fe. Ven aquí.
Fe en la General Motors. Jean Louise reposó la cabeza sobre su hombro.
—Hank —le dijo al cabo de un rato—, ¿qué fue lo que pasó de verdad?
Era una vieja broma entre ellos. Debajo del ojo derecho de Hank comenzaba una cicatriz rosada que tocaba el borde de su nariz y corría en diagonal cruzando su labio superior. Detrás del labio tenía seis dientes postizos que no se quitaba ni siquiera por Jean Louise, por más que ella insistía en que se los mostrara. Había vuelto de la guerra con ellos. Un alemán le había golpeado en la cara con la culata de un fusil, más por expresar su desagrado por el fin de la guerra que por otra cosa. Jean Louise había decidido conceder credibilidad a su historia aunque, entre los cañones que disparaban más allá del horizonte, los B-17, las bombas V y otras cosas parecidas, era probable que Henry no hubiera visto a los alemanes ni de lejos.
—Está bien, cariño —dijo él—. Estábamos en un sótano, en Berlín. Todos habíamos bebido demasiado y comenzó una pelea... Porque quieres que te cuente algo creíble, ¿verdad? ¿Vas a casarte conmigo ya?
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Quiero ser como el doctor Schweitzer y seguir con la música hasta cumplir los treinta.
—Él tocaba bien —repuso Henry con un punto de amargura.
Jean Louise se revolvió bajo su brazo.
—Ya sabes lo que quiero decir —dijo.
—Sí.
No había un chico mejor que Henry Clinton, afirmaba la gente de Maycomb, y Jean Louise estaba de acuerdo. Henry era del extremo sur del condado. Su padre había abandonado a su madre poco después de su nacimiento, y ella había trabajado día y noche en su tiendecita del cruce para que Henry pudiera estudiar en la escuela pública de Maycomb. Henry vivía desde los doce años en una pensión, enfrente de la casa de los Finch, y eso por sí solo lo situaba en un plano superior: era dueño de sí mismo, libre de la autoridad de cocineras, jardineros y padres. También era cuatro años mayor que ella, lo cual suponía una gran diferencia en aquel entonces.
Henry se burlaba de ella; ella lo adoraba. Su madre murió cuando él tenía catorce años y no le dejó casi nada. Atticus Finch se ocupó del poco dinero que se obtuvo de la venta de la tienda (la mayor parte se fue en los gastos del funeral), añadió algo de su bolsillo sin que nadie se enterara y le consiguió un empleo a Henry como dependiente en Jitney Jungle después de clase. Henry se graduó y se alistó en el ejército, y después de la guerra fue a la universidad y estudió derecho.
Más o menos en aquella época, un buen día, el hermano de Jean Louise murió de repente y, tras la pesadilla que supuso todo aquello, Atticus, que siempre había pensado en dejarle el bufete a su hijo, miró a su alrededor en busca de otro joven. Le pareció natural que ese joven fuera Henry y, a su debido tiempo, este se convirtió en su chico para todo, en sus ojos y sus manos. Henry siempre había respetado a Atticus Finch. Al poco tiempo el respeto se transformó en afecto, y desde entonces Henry le consideraba un padre.
A Jean Louise, en cambio, no la consideraba una hermana. En los años en que estuvo fuera, primero en la guerra y luego en la universidad, Jean Louise había pasado de ser una criatura malhumorada que vestía pantalones de peto y estiraba la goma de mascar, a convertirse en un razonable facsímil de un ser humano. Comenzó a salir con ella durante las visitas de dos semanas que ella hacía todos los años a casa, y aunque seguía moviéndose como un muchacho de trece años y renegaba de la mayor parte de los adornos femeninos, Henry veía algo tan intensamente femenino en ella que se enamoró. Era fácil encontrarla atractiva y fácil estar con ella, casi siempre, aunque no fuera, en ningún sentido de la palabra, una persona fácil. La afligía una inquietud de espíritu que Henry no alcanzaba a entender, y sin embargo estaba convencido de que eran el uno para el otro. La protegería, se casaría con ella.
—¿Cansada de Nueva York? —le preguntó.
—No.
—Dame carta blanca estas dos semanas y haré que te canses de esa ciudad.
—¿Eso es una proposición indecente?
—Sí.
—Entonces, vete al infierno.
Henry detuvo el coche. Giró la llave de contacto y se volvió para mirarla. Jean Louise siempre sabía cuándo hablaba en serio porque el cabello cortado casi al cero se le erizaba como un cepillo, le cambiaba el color de la cara y la cicatriz se le enrojecía.
—Cariño, ¿quieres que lo diga como un caballero? Señorita Jean Louise, he llegado a una situación económica que permite el sostén de dos personas. Yo, como el Israel del Antiguo Testamento, he trabajado siete años por ti en los viñedos de la universidad y en los pastos de la oficina de tu padre...
—Le diré a Atticus que sean otros siete.
—Qué mala eres.
—Además —añadió ella—, ese fue Jacob. No, Israel y Jacob eran el mismo. Siempre cambiaban de nombre cada tres versículos. ¿Cómo está la tía?
—Sabes perfectamente que lleva treinta años como una rosa. No cambies de tema.
Jean Louise movió las cejas.
—Henry —le dijo remilgadamente—, tendré una aventura contigo pero sin casarme.
Acertó de lleno.
—¡Por Dios, Jean Louise, no seas cría! —balbució Henry y, olvidando los últimos adelantos de la General Motors, agarró la palanca de cambio y pisó el embrague. Como no respondieron, giró violentamente la llave de arranque, pulsó varios botones y el gran automóvil se deslizó lenta y suavemente por la carretera.
—Es lenta esta camioneta, ¿no? —observó ella—. No sirve para moverse por la ciudad.
Henry la fulminó con la mirada.
—¿A qué te refieres?
Un minuto más y aquello se convertiría en pelea. Henry hablaba en serio. Más valía ponerlo furioso y que se callara. Así ella tendría tiempo para pensárselo.
—¿De dónde has sacado esa corbata tan fea? —le preguntó.
Y ahí se quedó.
Estaba casi enamorada de él. «No, eso es imposible», pensó. «O estás enamorada o no lo estás. El amor es lo único de este mundo que es inequívoco. Hay distintas clases de amor, pero todas se sienten o no se sienten».
Era del tipo de persona que, al toparse con una salida fácil, toma siempre el camino más difícil. En este caso, la salida fácil sería casarse con Hank y dejar que trabajara para mantenerla. Pasados unos años, cuando los niños le llegaran a la cintura, aparecería el hombre con quien debería haberse casado desde un principio. Habría examen de conciencia por ambas partes, fiebres y preocupaciones, largas miradas cruzadas en la escalera de la oficina de Correos y desdicha por doquier. Y cuando dejaran atrás los gritos y los elevados principios morales, solo quedaría otra fea aventurilla más, estilo club de campo de Birmingham, y un infierno privado de creación propia, pertrechado, eso sí, con los últimos electrodomésticos marca Westinghouse. Hank no se merecía eso.
No. Por el momento, ella seguiría avanzando por el sendero empedrado de la soltería. Se dispuso a restablecer la paz con honor:
—Cariño, lo siento, de verdad que lo siento —afirmó, y así era.
—No pasa nada —dijo Henry, y le dio una palmadita en la rodilla—. Es que a veces me dan ganas de matarte.
—Sé que soy odiosa.
Henry se quedó mirándola.
—Eres rara, amor. No puedes disimularlo.
Jean Louise le miró.
—¿De qué estás hablando?
—Bueno, por regla general la mayoría de mujeres, antes de casarse, se muestran risueñas y complacientes delante de sus novios. Ocultan sus pensamientos. Tú, en cambio, cariño, si te sientes mal, eres mala.
—¿Y no es más justo para el hombre saber a qué atenerse?
—Sí, pero ¿no te das cuentas de que así nunca vas a pescar a un hombre?
Ella se mordió la lengua ante lo obvio y preguntó:
—¿Y cómo lo hago para convertirme en una seductora?
Henry se aplacó. A sus treinta años, era todo un consejero. Quizá por ser abogado.
—Primero —dijo desapasionadamente—, muérdete la lengua. No discutas con un hombre, sobre todo si sabes que puedes vencerle. Sonríe mucho. Haz que se sienta grande. Dile lo maravilloso que es y sírvele en todo.
Ella mostró una sonrisa radiante y contestó:
—Hank, estoy de acuerdo con todo lo que has dicho. Eres el individuo más perspicaz que he conocido en años, mides uno noventa y cuatro y ¿puedo darte fuego? ¿Qué tal así?
—Fatal.
Volvían a ser amigos.
Atticus Finch se subió el puño izquierdo de la camisa y volvió a bajárselo con cuidado. Las dos menos veinte. Algunos días, como aquel, llevaba dos relojes: uno antiguo con leontina, de cuando a sus hijos empezaban a salirles los dientes, y uno de pulsera. El primero lo llevaba por costumbre; el segundo lo utilizaba para mirar la hora cuando la rigidez de sus dedos le impedía sacar el otro del bolsillo.
Había sido un hombre muy alto hasta que la edad y la artritis le habían reducido a una estatura media. El mes anterior había cumplido los setenta y dos, pero Jean Louise siempre pensaba que andaba por los cincuenta y cinco. Ella no lo recordaba más joven, y él parecía no envejecer.
Delante del sillón en el que estaba sentado había un atril de metal para partituras, y en él reposaba El extraño caso de Alger Hiss. Atticus se inclinó un poco hacia delante, señal de que desaprobaba lo que estaba leyendo. Un extraño no habría advertido malestar alguno en su semblante, dado que raras veces expresaba ese sentimiento. Un amigo, en cambio, habría anticipado de manera inminente un seco «Humm»: Atticus tenía las cejas levantadas y su boca dibujaba una agradable y fina línea.
—Humm —dijo.
—¿Qué pasa, querido? —preguntó su hermana.
—No entiendo cómo un hombre como este puede tener el atrevimiento de dar su opinión sobre el caso Hiss. Es como si Fenimore Cooper se pusiera a escribir las Novelas de Waverley.
—¿Por qué, querido?
—Tiene una fe pueril en la integridad de los funcionarios civiles y parece pensar que el Congreso está en connivencia con esa aristocracia. No entiende en absoluto la política americana.
Su hermana miró la tapa polvorienta del libro.
—No conozco al autor —afirmó, condenando así el libro para siempre—. Bueno, no te preocupes, querido. ¿No deberían haber llegado ya?
—No me preocupo, Zandra. —Atticus miró a su hermana con expresión alegre.
Zandra tenía un carácter imposible, pero prefería verla a ella que tener a Jean Louise siempre en casa sintiéndose desgraciada. Cuando su hija se sentía infeliz, andaba sin parar de un lado para otro, y a Atticus le gustaba que las mujeres de su casa estuvieran relajadas, en vez de dedicarse a vaciar ceniceros constantemente.
Escuchó que un automóvil entraba en el sendero, oyó cerrarse dos de sus puertas y, un instante después, oyó cerrarse también la puerta de la calle. Con cuidado, apartó el atril con el pie, hizo un vano intento de levantarse del hondo sillón sin servirse de las manos, lo logró a la segunda y acababa de recuperar el equilibrio cuando Jean Louise se abalanzó sobre él. Aguantó su abrazo y lo devolvió lo mejor que pudo.
—Atticus... —dijo ella.
—Lleva su maleta al dormitorio, por favor, Hank —indicó Atticus por encima del hombro de su hija—. Gracias por ir a buscarla.
Jean Louise besó a su tía sin llegar a tocarla con los labios, sacó un paquete de cigarrillos de su bolso y lo lanzó al sofá.
—¿Qué tal el reuma, tía?
—Mejor, cariño.
—¿Y tú, Atticus?
—Mejor, cariño. ¿Has tenido un buen viaje?
—Sí, señor.
Se desplomó en el sofá. Hank regresó de sus tareas, le pidió que le hiciera sitio y se sentó a su lado. Jean Louise bostezó y se estiró.
—¿Qué noticias hay? —preguntó—. Últimamente solo me entero de lo que consigo leer entre líneas en el Maycomb Tribune. Vosotros nunca me escribís.
—Ya te habrás enterado de la muerte del chico del primo Edgar —dijo la tía Alexandra—. Fue una cosa tristísima.
Jean Louise vio que Henry y su padre intercambiaban una mirada. Atticus dijo:
—Un día regresó tarde del entrenamiento, muy acalorado, y saqueó el congelador Kappa Alpha. Se comió además una docena de plátanos y los regó con casi medio litro de whisky. Una hora después estaba muerto. No tuvo nada de triste.
—Vaya —dijo Jean Louise.
—¡Atticus! —le espetó Alexandra—. Era el pequeño de Edgar.
—Sí que fue horrible, señorita Alexandra —dijo Henry.
—¿Te sigue cortejando el primo Edgar, tía? —preguntó Jean Louise—. Me parece que después de once años ya debería haberte pedido que te cases con él.
Atticus levantó las cejas a modo de aviso. Vio cómo el demonio que su hija llevaba dentro se agitaba y la dominaba: tenía las cejas levantadas, como él, los ojos se le redondearon bajo los párpados pesados y una de las comisuras de su boca se curvó de manera peligrosa. Cuando tenía esa expresión, solo Dios y Robert Browning sabían lo que podía salir de su boca. Su tía protestó:
—Por favor, Jean Louise, Edgar es primo hermano de tu padre y mío.
—A estas alturas del partido, eso no debería importar gran cosa, tía.
—¿Cómo está la gran ciudad? —preguntó Atticus rápidamente.
—Ahora mismo prefiero saber cosas de esta gran ciudad. Vosotros dos nunca me escribís para contarme los cotilleos. Tía, confío en ti para que me resumas las noticias de un año en quince minutos.
Dio unas palmaditas en el brazo a Henry, más que nada para evitar que se pusiera a hablar de trabajo con Atticus. Henry lo interpretó como un gesto de afecto y se lo devolvió.
—Bueno... —dijo Alexandra—. Bien, supongo que ya te habrás enterado de lo de los Merriweather. Eso sí que fue tristísimo.
—¿Qué ha pasado?
—Se han dejado.
—¿Qué? —dijo Jean Louise con sincero asombro—. ¿Quieres decir que se han separado?
—Sí —afirmó su tía con la cabeza.
Jean Louise se volvió a su padre.
—¿Los Merriweather? ¿Cuánto tiempo llevaban casados?
Atticus miró al techo, recordando. Era un hombre minucioso.
—Cuarenta y dos años —dijo—. Yo estuve en su boda.
—Notamos que algo andaba mal cuando iban a la iglesia y se sentaban cada uno en una punta de la sala —observó Alexandra.
—Se miraban con mala cara un domingo tras otro... —dijo Henry.
—Y lo siguiente fue que fueron a mi oficina a pedirme que les arreglara los papeles del divorcio —afirmó Atticus.
—¿Y se los arreglaste? —Jean Louise miró a su padre.
—Sí, se los arreglé.
—¿Con qué base?
—Adulterio.
Jean Louise meneó la cabeza, asombrada. «Señor», pensó, «debe de ser cosa del agua...».
La voz de Alexandra interrumpió sus cavilaciones.
—Jean Louise, ¿has venido en el tren así?
Jean Louise, que estaba distraída, tardó un momento en comprender lo que quería decir su tía con «así».
—Pues... sí —dijo—, pero espera un momento, tía. Salí de Nueva York con medias, guantes y zapatos. Me puse esta ropa después de pasar Atlanta.
Su tía soltó un soplido.
—Me gustaría que esta vez intentaras vestirte mejor mientras estés en casa. La gente se lleva una mala impresión de ti. Piensan que eres... eh... de barrio pobre.
Jean Louise sintió cierto desasosiego. La guerra de los Cien Años había cumplido más o menos su vigésimo sexto aniversario y, más allá de periodos de inquieta tregua, seguía sin tener visos de acabar.
—Tía —le dijo—, he venido para pasar dos semanas sin hacer nada, simple y llanamente. Dudo que vaya a salir de casa el tiempo que esté aquí. Ya me paso todo el año estrujándome el cerebro. —Se levantó y fue hacia la chimenea, miró furiosa la repisa y se dio la vuelta—. Si la gente de Maycomb no se lleva una impresión, que se lleve otra. Desde luego, no está acostumbrada a verme elegante. —Su tono se volvió más paciente—. Mira, si de repente me presentara ante ellos vestida de punta en blanco, dirían que me he convertido en una neoyorquina. Y ahora vienes tú a decirme que van a creer que no me importa lo que piensen si voy por ahí en pantalones. Dios mío, tía, en Maycomb todo el mundo sabe que hasta que tuve la regla solo me ponía pantalones de peto.
Atticus se olvidó de su dolor de manos. Se inclinó para atarse perfectamente los cordones de los zapatos y se incorporó con la cara enrojecida, pero seria.
—Ya basta, Scout —dijo—. Discúlpate con tu tía. No empieces a discutir nada más llegar a casa.
Jean Louise sonrió a su padre. Cuando tenía algo que reprocharle, Atticus siempre recurría al apodo de su niñez. Ella suspiró.
—Lo siento, tía. Lo siento, Hank. Me siento oprimida, Atticus.
—Entonces, vuélvete a Nueva York a desinhibirte.
Alexandra se puso de pie y alisó las ballenas de su vestido, cuyas protuberancias recorrían su cuerpo de arriba abajo.
—¿Has comido algo en el tren?
—Sí —mintió ella.
—Entonces ¿qué te parece un café?
—Sí, por favor.
—¿Hank?
—Sí, señora, gracias.
Alexandra salió de la habitación sin preguntar a su hermano.
—¿Aún no has aprendido a beber café? —preguntó Jean Louise.
—No —dijo su padre.
—¿Whisky tampoco?
—No.
—¿Tabaco y mujeres?
—No.
—¿Te diviertes últimamente?
—Voy tirando.
Jean Louise juntó las manos como si agarrara un palo de golf.
—¿Qué tal va? —preguntó.
—No es asunto tuyo.
—¿Todavía sabes manejar el palo?
—Sí.
—No lo hacías del todo mal para estar ciego.
—No les pasa nada a mis... —afirmó Atticus.
—Nada, excepto que no ves.
—¿Te importaría demostrar esa afirmación?
—No, señor. Mañana a las tres, ¿de acuerdo?
—Sí... no. Tengo una reunión. ¿Qué tal el lunes? Hank, ¿tenemos algo el lunes por la tarde?
Hank se removió en su asiento.
—Nada, salvo esa hipoteca a la una. No creo que nos lleve más de una hora.
—Entonces soy todo tuyo —dijo Atticus a su hija—. Aunque por la pinta que tienes, doña Remilgada, va a ser como si un ciego guiara a otro ciego.
Jean Louise había sacado de la chimenea un viejo palo de golf ennegrecido, con la varilla de madera, que durante años había hecho las veces de atizador. Vació el contenido de una gran escupidera antigua llena de pelotas de golf, la puso de lado, lanzó a puntapiés las pelotas de golf al centro del salón y estaba volviendo a meterlas en la escupidera cuando su tía entró de nuevo llevando una bandeja con café, tazas, platos y pastel.
—Entre tu padre, tu hermano y tú —dijo Alexandra—, esta alfombra es una vergüenza. Hank, cuando me vine a vivir aquí para ocuparme de la casa, lo primero que hice fue mandar que la tiñeran del color más oscuro posible. ¿Te acuerdas del aspecto que tenía? Madre mía, había un caminito negro que llegaba desde aquí a la chimenea y que no salía con nada.
—Sí que me acuerdo, señora —afirmó Hank—. Me temo que yo también contribuí.
Jean Louise devolvió el palo de golf a su sitio, al lado de las tenazas de la chimenea, recogió las pelotas de golf y las lanzó a la escupidera. Se sentó en el sofá y observó cómo Hank recogía las pelotas que aún quedaban por ahí. «Nunca me canso de verlo moverse», pensó ella.
Él volvió a sentarse, se bebió una taza de café negro hirviendo a velocidad alarmante y dijo:
—Señor Finch, será mejor que me vaya.
—Espera un poco y me voy contigo —dijo Atticus.
—¿Le apetece, señor?
—Claro que sí. Jean Louise —dijo de repente—, ¿cuánto de lo que pasa por aquí llega a los periódicos?
—¿Te refieres a la política? Bueno, cada vez que el gobernador comete una indiscreción aparece en los tabloides, pero, aparte de eso, nada.
—Me refiero a lo que está haciendo la Corte Suprema para pasar a la posteridad.
—Ah, eso. Bueno, según lo cuenta el Post, da la impresión de que nos desayunamos cada día con un linchamiento. Al Journal le trae sin cuidado, y el Times está tan obsesionado con su compromiso para con la historia que te mata de aburrimiento. No he prestado atención a nada de eso, aparte del boicot a los autobuses y de ese asunto de Mississippi. Atticus, el que el estado no consiguiera una resolución favorable en ese caso ha sido nuestra peor metedura de pata desde la Carga de Pickett.
—Así es. Supongo que los periódicos le sacaron tajada, ¿no?
—Se volvieron locos.
—¿Y la NAACP?
—No sé nada de ese grupo, salvo que el año pasado algún empleado mal informado me envió unos sellos de Navidad de la Asociación y los pegué en las tarjetas que mandé a casa. ¿Recibió la suya el tío Edgar?
—Sí, y también me hizo algunas sugerencias respecto a lo que debería hacer contigo. —Su padre dibujó una ancha sonrisa.
—¿Qué, por ejemplo?
—Ir a Nueva York, agarrarte por el pelo y darte unos azotes. A Edgar nunca le ha gustado tu comportamiento, dice que eres demasiado independiente...
—Nunca ha tenido sentido del humor, ese viejo pomposo, cara de barbo. Así es, exactamente: todo patillas y una boca como la de un barbo. Imagino que piensa que vivir sola en Nueva York equivale, ipso facto, a vivir en pecado.
—Más o menos, sí —dijo Atticus. Se levantó trabajosamente del sillón e indicó a Henry que fuera saliendo. Henry se volvió a Jean Louise.
—¿A las siete y media, cariño?
Ella asintió y miró a su tía por el rabillo del ojo.
—¿Te molesta si me pongo pantalones?
—Sí, señorita.
—Bien dicho, Hank —afirmó Alexandra.