Prólogo

1

Iris

Skara, abril de 1931

Cuando todo hubo acabado, y la señora Grierson hubo lavado las tazas y los platillos con un quejumbroso ruido de loza, bajaron a las piedras.

Antes, aquellas cuatro piedras, las Cuatro Hermanas, se alzaban erguidas sobre el promontorio, pero Iris solo las había conocido tumbadas de costado sobre la tierra, dispuestas más o menos en semicírculo de cara al mar. Aquel era su lugar especial, al que las cuatro hermanas Blackmore iban siempre que podían, para soñar y hacer planes, para contarse secretos en susurros y airear su mal humor, para reír y desfogar su ira.

A veces, Iris se sentaba allí sola con su cuaderno de dibujo. Esbozaba las vistas que se extendían sobre las espigadas hierbas marinas hasta alcanzar la curva de arena blanca, a través de las aguas hasta las islas que se alzaban más allá, una escena que no había cambiado desde hacía eones. A menudo pensaba en las cuatro hermanas de la leyenda y las imaginaba contemplando las mismas colinas, el mismo mar. ¿Habrían amado ese lugar tanto como ella?

Rubha Clachan, el promontorio donde se encontraban las piedras, se alzaba en el mismo extremo de Skara, una península unida por un estrecho istmo a la costa occidental de Escocia. Al oeste se atisbaban las distantes colinas azuladas de Harris y Lewis, y, en los días claros, de North Uist. Al norte, las imponentes montañas de las tierras interiores se adentraban en el mar, mientras que el dedo septentrional de la isla de Skye apuntaba desde el sur.

En otras ocasiones, Iris dibujaba la bahía misma, con el castillo de Dundonan erigiéndose intrépido sobre el promontorio opuesto, sus torres y torreones contrastando con la moderna mansión que Charles Blackmore había mandado construir en Rubha Clachan.

Pero ahora Iris ya no miraba hacia Dundonan.

En su lugar, mantenía los ojos clavados en las colinas que se alzaban frente a ella. Le encantaba la vista cuando estaba así, con el mar encrespado por una fuerte brisa que hacía destellar sus aguas danzantes de color turquesa, y con las laderas montañosas tan cercanas y nítidas que daba la impresión de que podía tocarlas con la mano.

Le encantaba también cuando las aguas estaban en calma, pálidas y blanquecinas bajo la queda luz, rizadas de vez en cuando por la más leve de las brisas, con las colinas extendiéndose ondulantes en suaves y sutiles tonos de azul. O cuando el sol crepuscular teñía las laderas de púrpura y oro. Incluso cuando las aguas se agitaban grises y sombrías y la lluvia azotaba la bahía como cortinas al cerrarse, con las montañas envueltas por las nubes, emergiendo fantasmalmente entre la niebla por un breve instante antes de sumirse de nuevo en la oscuridad.

Había dibujado aquel paisaje en todos sus estados, y adoraba todos ellos. Aquello era Rubha Clachan, aquel era su hogar.

Y ahora tenía que marcharse.

Solo de pensar en ello sentía que le faltaba el aire.

No quería irse.

Pero tenía que hacerlo.

Normalmente, cada hermana se sentaba en la piedra que consideraba la suya, pero hoy las cuatro se habían acurrucado juntas para confortarse. Daisy se apoyaba en Iris, Rose rodeaba con el brazo a Lily, las dos hermanas mayores flanqueando a las menores. A sus doce años, Daisy estaba creciendo muy deprisa, pero para Iris nunca dejaría de ser la pequeña. Lily, que ya tenía quince años, siempre había sido muy lista y avispada. Iris se acordaba de cómo, con solo tres añitos, les indicaba a ella y a Rose la manera más lógica de construir un castillo de arena para las hadas en la playa.

Y luego estaba Rose. No recordaba un solo momento de su vida en que su hermana no hubiera estado presente. Se llevaban solo quince meses, y podrían haber pasado por gemelas si no fueran tan distintas de carácter. Ahora Iris tenía veinte años, Rose diecinueve. Ella debería haber sido la mayor, pensaba Iris. Era inteligente y valiente, siempre con ganas de explorar, de correr riesgos, mientras que Iris era dulce como su madre, y más prudente.

Rose se puso en pie, incapaz de permanecer quieta.

—Tiene que haber otra manera —exclamó, caminando de un lado a otro frente a las piedras.

—No la hay. —Iris hizo girar el anillo en su dedo mientras pensaba en la promesa que le había hecho a su madre. «Lo encontraré. Me aseguraré de que las cuatro sigamos juntas. Todo saldrá bien».

—Pero… ¡Ceilán! Está demasiado lejos, Iris —dijo Lily—. Odiarás estar allí.

Lo odiaría, Iris estaba segura de ello. El mero hecho de pensar en ello la hacía estremecerse. Para Rose la idea resultaría emocionante, pero para ella no hacía más que invocar imágenes de un entorno desconocido lleno de serpientes, de calor y junglas inhóspitas, cuando el único lugar en el que siempre había querido estar era Skara, rodeada por el mar y el cielo y la suave luz de Escocia. Ella estaba totalmente arraigada a aquella tierra. Incluso la piedra sobre la que se hallaba sentada parecía vibrar para mostrar su acuerdo. Aquel era su lugar.

El anillo en su mano la hacía sentir una incomodidad que no podía explicar. Le había prometido a su madre que nunca se lo quitaría, pero aun así le provocaba una extraña inquietud. Puede que tuviera algo que ver con cómo pesaba en su dedo, o con la frialdad de su destello azulado.

Las cuatro hermanas tenían su propio anillo, cada uno hecho con una exquisita piedra azul, todas ellas piezas únicas que casaban a la perfección: un ópalo resplandeciente, una brillante piedra de luna, una misteriosa arenisca azul y un zafiro rutilante. Su padre había mandado unir aquellas cuatro piedras, entrelazadas con diamantes para formar un hermoso collar que regaló a su esposa cuando se vinieron a vivir a Rubha Clachan. En aquel entonces Iris tenía ocho años, Daisy era apenas un bebé.

—Una piedra por cada una de nuestras preciosas hijas, querida mía —había dicho Charles con su voz atronadora, abrochando el collar en torno al cuello de Amelia. Y tal vez se tratara de un obsequio de celebración, aunque incluso a tan corta edad Iris había sospechado que era más bien una petición de paz.

Recordaba con cuánto orgullo les había enseñado su pa­dre la mansión que había construido para su adorada es­posa.

—¡Con todas las comodidades! —alardeó muy ufano. Tenía luz eléctrica. Había un teléfono en el vestíbulo. Una nevera y un gramófono. Cada dormitorio disponía de su propio cuarto de baño. Todas las estancias eran muy espaciosas y había una gran escalinata curvada que subía hasta un amplio rellano.

Pero cuando Charles abrió la puerta de la sala de estar, con sus grandes ventanales redondeados que daban al mar, Amelia se quedó petrificada. Rose y Lily entraron correteando en la estancia, pero Iris, que iba detrás con la bebé en brazos, pudo oír cómo su madre ahogaba un grito e inhalaba profundamente.

—¿Dónde están las Cuatro Hermanas? —preguntó con una extraña voz muy tensa.

—¿Las piedras? Obstaculizaban la vista, así que hice que las tumbaran sobre la tierra. Eh, no hay de qué preocuparse —se apresuró a añadir, alzando las manos al ver la cara que puso su mujer—. Siguen ahí. Ahora son un lugar perfecto para sentarse y disfrutar del atardecer.

—Ay, Charles, ¿qué has hecho? —dijo Amelia con voz débil.

—No estarás pensando en esa ridícula maldición, ¿no? —Chas­queó la lengua en señal de reprobación—. ¡Querida mía, estamos en 1919! ¡En pleno siglo XX! Tenemos que mirar hacia el futuro, no anclarnos en el pasado por culpa de estúpidas brujerías y supersticiones sin sentido. Tampoco es que haya destrozado las piedras. Siguen ahí, pero ya no se interponen en el camino del progreso.

Fue entonces cuando Charles le entregó el collar.

—Para ti, amor mío. Para celebrar nuestra nueva vida aquí. ¿Te gusta? —le preguntó en tono ansioso cuando Amelia abrió el estuche plano.

—Es precioso —dijo ella diligentemente.

En aquel entonces, Iris no entendió la expresión consternada de su madre. Para ella, la mansión de Rubha Clachan era por fin un hogar para la familia, un lugar feliz, todo espacio y luz. Tenían multitud de sirvientes, que contemplaban con ojos agradecidos las modernas innovaciones introducidas por Charles Blackmore. Ella y sus hermanas tenían un poni cada una, vestidos de fiesta y, más adelante, sombreros nuevos. Había flores decorando todas las estancias. En la sala de estar había un piano blanco, y champán, risas y bailes al son del gramófono, y un fuego en la biblioteca en las frías noches de invierno.

Ahora había recuadros vacíos en las paredes donde antes colgaban valiosas pinturas. El jardín estaba descuidado, la plata sin abrillantar. Solo los Grierson seguían trabajando en la casa por amor a Amelia, sin ni siquiera una doncella que los ayudara. El preciado Bugatti de Charles seguía acumulando herrumbre en el garaje.

Amelia había hecho desmontar el collar para separar las cuatro piedras y hacer un anillo para cada una de sus hijas, a fin de que lo llevaran para honrar su memoria.

O tal vez lo había hecho para que Charles no pudiera vender el collar, o para que no lo perdiera jugando. Leal a su marido hasta el final, Amelia no lo había dicho con esas palabras, pero Iris pensaba que ese podía ser el caso.

Daisy, la más joven, había recibido el zafiro; Lily, la piedra de luna. Amelia entregó la arenisca a Rose; y a Iris, el ópalo, con sus profundos destellos azules, engastado en una sencilla banda de oro.

Iris volvió a hacer girar la sortija en su dedo, recordando la tristeza en la sonrisa de su madre, y la extraña sensación que la embargó cuando Amelia depositó el anillo en su palma y le cerró los dedos con fuerza.

—Para ti, queridísima Iris.

Cuando abrió la mano, reconoció al momento la piedra.

—Pero, mamá, ¡tu hermoso collar…!

—El collar ya no me sirve de nada, Iris, y quería que todas tuvierais algo de mí. Os daré a cada una vuestro propio anillo, y este es el tuyo. —Había dolor en la sonrisa de Amelia—. El ópalo siempre me ha recordado a ti, tan claro y sencillo a primera vista, pero mucho más colorido e interesante cuando lo miras de cerca. Llévalo puesto y mi amor te acompañará allá donde vayas.

—No pienso irme a ninguna parte. —Las palabras se atoraron en la garganta de Iris, y descansó la frente en el borde de la cama de su madre para que ella no pudiera ver sus lágrimas—. No te dejaré.

—Mi querida niña, debes hacerlo. Me estoy muriendo. —Ame­lia acarició el cabello de su hija—. Ojalá no tuviera que pedirte esto, pero necesito que encuentres a Ralph y que cuides de tus hermanas. Sé que no quieres marcharte, pero me temo que tu padre… —Su voz vaciló hasta apagarse.

Iris se tragó su dolor y alzó la cabeza. No permitiría que su madre se viera obligada a decir las palabras.

—No te preocupes por papá. Encontraré al tío Ralph —le prometió. Se puso el anillo en el dedo. Creyó percibir una hormigueante sensación de advertencia, pero la ignoró. De algún modo, acertó a esbozar una débil sonrisa—. Siempre lo llevaré y pensaré en ti, mamá. Siempre.

Ahora su dulce madre ya no estaba. Esa misma mañana le habían dado sepultura en una lúgubre ladera, la postrera y sin duda más dolorosa de las pérdidas que habían sufrido en los últimos dos años.

El crac de la Bolsa había sido solo el principio. La solicitud de una patente presentada demasiado tarde, una empresa rival haciéndose con la victoria ante las mismas narices de Charles. La bancarrota y un litigio judicial.

«Mala suerte», dijo Charles cuando el flujo de pérdidas pasó de ser un hilillo a un auténtico torrente.

«Muy mala suerte», dijo cuando se jugó y perdió hasta el último penique de su fortuna, y pidió más dinero para seguir jugando y perdiendo.

«Mi maldita suerte», dijo mientras vaciaba la botella de whisky en su vaso, incapaz de pagar un doctor para su agonizante esposa.

Puede que hubiera tenido mala suerte, pero Iris recordaba haber escuchado en una ocasión a la anciana Nessa hablando con la señora Grierson. Su voz temblaba de furia.

«Él derribó las piedras. Pagará por ello».

En ese momento Daisy habló como si supiera lo que Iris estaba pensando.

—¡Es todo culpa de papá! Si no hubiera tirado las piedras, ahora no bebería como bebe, mamá seguiría viva y tú e Ian… —Se interrumpió al ver que su hermana mayor daba un respingo. Entonces se corrigió—: Tú no tendrías que ir a Ceilán ni a ningún otro sitio.

—Venga, Daisy, sabes que eso no es más que una superstición —logró decir Iris.

—¿Ah, sí? —replicó la pequeña alzando el mentón. Tenía los ojos muy brillantes, e Iris sabía que estaba esforzándose por no echarse a llorar—. Pues es curioso que todo esté sucediendo tal como dice la leyenda.

—Siempre he pensado que sería injusto que la maldición recayera también sobre nosotras —intervino Lily—. ¿Por qué deberíamos pagar por algo que hizo papá sin ni siquiera consultarnos?

Iris trató de respirar con normalidad. Estaban todas muy enojadas.

—Aun cuando creyéramos en la maldición, cosa que no es así, esta afirma que toda la familia se dispersará por el mundo —dijo—. Pero solo soy yo la que se marcha. El resto de vosotras os quedaréis aquí hasta que regrese, así que la familia no tendrá que separarse —añadió, intentando esbozar una sonrisa tranquilizadora.

Daisy entrelazó su mano con la de Iris.

—No quiero que te marches —dijo con voz temblorosa—. No quiero quedarme aquí sin mamá y sin ti.

—Lo sé, cariño —respondió su hermana—. Yo tampoco quiero irme, pero tengo que encontrar al tío Ralph. Le prometí a mamá que lo haría. Y luego volveré a casa.

—¿No podemos ir todas? —preguntó Lily. Tendió la mano y, al captar la luz, la piedra de luna en su dedo lanzó destellos azules—. Mamá me dijo que nos daba estos anillos para que siempre estuviéramos juntas, como lo estaban las piedras en el collar. Si tú te marchas sola…, será como si algo no estuviera bien.

—Ojalá pudiéramos ir todas juntas, pero no podemos permitírnoslo. Es una suerte que lady Carsington necesite una acompañante y haya aceptado pagar mi pasaje, de lo contrario me habría resultado imposible viajar a Ceilán.

—¿Por qué esa mujer necesita siquiera una acompañante? —A Rose, tan práctica e independiente, no le entraba en la cabeza—. Tampoco debe de ser tan difícil subirse a un barco y ya está, ¿no?

—No lo sé —dijo Iris—. Por lo visto es amiga de una amiga de lady Malcolm. —Mantuvo un tono cuidadosamente neutro al hablar de la madre de Ian, que había evitado cruzar su mirada con la de ella durante el funeral, aunque había hecho todo lo posible por ayudar—. Imagino que es una dama anciana que necesita que alguien trate con los porteadores y se siente con ella para hablar.

—Seguro que es un monstruo —dijo Rose—. Te tendrá de aquí para allá todo el día. Ojalá no debieras hacerlo, Iris.

—¿Y qué otra opción tengo? —repuso ella en tono paciente. Rose no lograba entenderlo, y todas estaban muy afectadas después del entierro, pero Iris no quería replicar con brusquedad a su hermana—. No puedo costearme el pasaje y debo encontrar al tío Ralph como sea.

—Tal vez podríamos preguntarle si nos querría a todas como acompañantes —sugirió Lily para suavizar la tensión—. Yo jugaría al bezique con ella, Rose organizaría excursiones en tierra, y la señora podría darle palmaditas a Daisy en la mejilla y decirle que es una niña muy dulce.

—¿Y entonces yo qué haría, encargarme solo de los porteadores? —preguntó Iris, sonriendo con gratitud a su hermana—. No tendría mucha gracia, ¿no? Lamentablemente, no creo que lady Carsington nos pagara el pasaje a las cuatro. Además, necesito que os quedéis todas aquí para ayudar a Rose con papá.

A Iris le rompía el corazón pensar en su padre, recordar cómo se había tambaleado esa mañana junto a la tumba. Lo habían querido tanto cuando eran más pequeñas…

—¡Ay, mis niñas, sois el ramillete de flores más bonito que he visto en mi vida! —exclamaba con los brazos abiertos siempre que llegaba a casa, alegre y ruidoso, lleno de entusiasmo por algún nuevo proyecto, levantándolas por los aires y haciéndoles dar vueltas hasta que chillaban y reían. Iris recordaba aún el roce del tweed contra su mejilla, el reconfortante aroma a tabaco y la sensación de confianza absoluta.

Pero ya no podía confiar en él. Era demasiado tarde para eso. Ahora su amado padre era un problema con el que debían lidiar.

Tenía fe en que Rose pudiera encargarse de ello. Su hermana siempre había sido la favorita de Charles. Ella poseía toda la enérgica confianza de la que Iris carecía. Lily era brillante y Daisy encantadora, pero Rose sería capaz de manejarlo mejor. Iris ya había escondido el resto de las joyas de su madre y también las mejores pinturas.

—Vende lo que necesites para pagar a la señora Grierson y las facturas de la casa —le había dicho a Rose, entregándole la llave—. Procura que papá no se entere de nada. Si llega a saber que aún queda algo de dinero…

—Se lo jugaría y lo perdería —concluyó Rose—. Lo sé. Tendré mucho cuidado.

Ahora Daisy volvió a decir:

—No quiero que te marches. ¡No voy a poder soportarlo!

—No será para siempre —dijo Iris.

Al ver cómo le temblaba la boca a su hermana pequeña la abrazó con fuerza, al tiempo que dirigía una mirada de advertencia a Lily para impedir que soltara alguna réplica mordaz sobre la tendencia de Daisy a dramatizar. Pero ese día Lily mantuvo los labios fuertemente apretados y no dijo nada.

—Estaré de vuelta lo antes posible. La gente viaja a Ceilán todo el tiempo —prosiguió Iris, tratando de convencerse tanto a ella como a sus hermanas—. Solo tengo que encontrar al tío Ralph y entonces todo volverá a ir bien.

2

—¿Y si no nos quiere ayudar? —preguntó Lily—. Tía Edith decía que era un «bribón», aunque supongo que quería insinuar que era mucho más que eso —añadió con una expresión propia de alguien mucho mayor de quince años.

—Nos ayudará —afirmó Iris—. Es una deuda de honor. Mamá le prestó dinero hace años para que comprara una plantación de té. —Antes de que la fortuna de la familia se esfumara—. Mamá dijo que el tío prometió devolvérselo y que, aunque no pudiera hacerlo, cuidaría de nosotras como fuera.

—No ha contestado a ninguna de sus cartas —observó Lily.

Iris también se había planteado aquello.

—No creo que eso signifique mucho —dijo, con más convicción de la que en realidad sentía—. Mamá decía que nunca se le había dado bien mantener el contacto, pero que se sentía más unida a él que a ninguna de sus hermanas. Me contaba que era un chico de lo más travieso, aunque tan encantador que siempre se iba de rositas. Tengo la impresión de que es un tanto egoísta y consentido, pero que en el fondo…, bueno, es un caballero. Cumplirá su palabra.

O, al menos, eso esperaba.

—Mientras tanto, tendremos que mantener a la tía Edith a raya —dijo Rose—. Tiene un montón de planes para separarnos y colocarnos con distintos parientes, aunque también me he dado cuenta de que no nos ha ofrecido a ninguna que nos mudemos a su casa.

—De todos modos, tampoco me gustaría irme a vivir con ella —reconoció Lily—. ¡Es tan mandona!

—Lily… —dijo Iris con una mirada reprobadora.

—Bueno, es que lo es.

—La mujer tiene buena intención —añadió Iris.

Recordó la conversación que había mantenido esa misma mañana con la hermana de su madre, que si por algo se caracterizaba era por no tener pelos en la lengua.

—No ha estado nada bien. —Formidable con un abrigo y un sombrero de astracán negro, la tía Edith había sacudido la cabeza en dirección a los pocos asistentes que habían acudido a la casa después del funeral—. La pobre Amelia se merecía una despedida mejor de la que ha tenido.

Tras aceptar con gesto refinado la taza de té que le ofreció la señora Grierson con ojos enrojecidos, la tía Edith se había girado hacia Iris.

—En un momento Charles es el gallito del corral, con todos sus millones, y su moderna mansión con sus modernas comodidades, y esas ideas suyas tan avanzadas, y al siguiente toda su fortuna ha desaparecido, Amelia está bajo tierra, y, a juzgar por su estado, tu padre no hace más que beber.

Dirigió una mirada reprobadora hacia el rincón donde Charles Blackmore estaba de pie medio tambaleante, agarrando un vaso de whisky.

—Se lo advertimos —recordó con un suspiro—, pero ella se casó con tu padre igualmente. Para ser una chiquilla que de pequeña apenas abría la boca por no molestar, Amelia podía ser bastante terca cuando quería. Amenazó con fugarse si no le daban permiso para casarse con Charles. ¡Creí que a nuestro padre iba a darle una apoplejía!

Volvió a menear la cabeza y se giró de nuevo hacia su sobrina.

—Supongo que ahora también tendrás que posponer tu boda, ¿no?

Iris sabía que ese momento iba a llegar, pero aun así tuvo que esforzarse por no torcer el gesto y esbozar una sonrisa.

—Ah, ¿es que no te has enterado? No va a haber ninguna boda —dijo simulando cierta despreocupación.

—¿Cómo? Pensaba que tú y el joven Malcolm estabais comprometidos. —Las cejas de la tía Edith se alzaron y luego se juntaron en un ceño—. Ha roto el compromiso, ¿verdad? El muy sinvergüenza… No es culpa tuya que tu padre haya sido tan necio de perder toda su fortuna jugando.

La taza y el platillo temblaron en la mano de Iris al tiempo que se le hacía un nudo en la garganta. «No debo llorar. No debo llorar».

—Los dos… —Le salió una voz muy aguda y tensa, y tuvo que carraspear para que sonara más grave—. Los dos decidimos que no estábamos hechos el uno para el otro.

La tía Edith soltó un bufido.

—Lo que no estaba hecho para él era tener una mujer sin blanca, eso seguro. En fin, no puedo decir que me sorprenda. Tu padre no es…, digamos que no pertenece a lo más granado de la sociedad. Supongo que los Malcolm estaban dispuestos a pasar eso por alto cuando había muchos millones de por medio, pero ahora todo es muy diferente. Sé que no te importa que te hable con franqueza.

«Pero es que sí me importa», pensó Iris, rebelándose por dentro contra su tía. ¿Por qué hablar con franqueza significaba siempre decir cosas que herían a la otra persona?

Rose o Lily le habrían replicado sin contemplaciones, lo cual habría provocado que las acusara de ser unas maleducadas. Los grandes ojos azules de Daisy se habrían llenado de lágrimas y la tía Edith se habría visto obligada a disculparse por hacerla llorar. Pero Iris era la mayor, la responsable, la que debía tomar las riendas y enmendar la situación, así que permaneció callada.

En cualquier caso, la tía Edith siguió hablando.

—En fin, siento lo de la boda, Iris, pero tampoco tiene sentido quedarse llorando sobre la leche derramada. —Echó un vistazo alrededor de la sala, que, aunque desprovista de sus mejores cuadros, aún disfrutaba de unas magníficas vistas sobre la bahía—. ¿Qué vas a hacer ahora? Está claro que no podéis seguir así.

«¿Por qué me toca a mí tomar las decisiones? ¿Por qué tengo que ser yo siempre la que saque las castañas del fuego?». Pero, por supuesto, tampoco dijo nada de eso.

—Lo sé. —Iris tragó con fuerza y trató de mantener la voz firme—. Por eso iré a Ceilán a buscar al tío Ralph.

—¡Ralph! —repitió la tía Edith con todo el desprecio de una hermana mayor—. Ralph nunca ha tenido dos peniques en el bolsillo. ¡Yo no confiaría en él!

Pero Iris no tenía a nadie más en quién confiar. Su madre se había mostrado muy convencida de que su hermano pequeño las ayudaría, y ella le había prometido encontrarlo.

De vuelta al presente Iris se obligó a dirigir una sonrisa tranquilizadora a sus hermanas.

—Sé que la tía Edith puede ser un tanto dominante, pero al menos está aquí y quiere lo que considera que es mejor para nosotras. Le he dicho que ni se le pase por la cabeza la idea de separaros. No me ausentaré mucho tiempo. Estaré de vuelta antes de que os deis cuenta.

¿Y entonces qué?, se preguntaría Iris más tarde, cuando Rose se llevó a Lily y a Daisy a la casa y por fin pudo quedarse a solas. Permaneció sentada mientras el sol se ponía tras las colinas y el cielo se teñía de un suave color albaricoque. Sentía que algo le oprimía el pecho, cada vez más y más fuerte, hasta que apenas pudo respirar.

Si su padre no hubiera hecho esa inversión tan estúpida… Él siempre había sido muy astuto. ¿Cómo podía haber cometido semejante error? Iris no conseguía entenderlo.

Si Amelia no hubiera caído enferma… Si hubieran podido permitirse consultar a un doctor…

Si años atrás lord Malcolm no hubiera perdido jugando lo poco que quedaba de su fortuna… Entonces Ian no habría necesitado casarse con una joven adinerada.

Pero tampoco Charles podría haber comprado las tierras de Rubha Clachan que antes pertenecían a Dundonan. Iris no habría podido compartir todos esos años con Ian, montando a caballo, saliendo a navegar y paseando por las colinas.

Sus madres eran amigas de la escuela, así que Iris suponía que seguramente se habrían conocido, pero sin duda no habría sido lo mismo. Se había enamorado de Ian desde el momento en que le enseñó a hacer rebotar piedras sobre la superficie del mar, cuando sus aguas se encontraban en calma y lamían con suavidad la orilla. Ella tenía diez años, él uno más. A partir de entonces, lo habían hecho todo juntos. Todo el mundo los llamaba «Ian-e-Iris», o «las dos Íes». «¿Dónde están las Íes? —preguntaba la gente—. ¿Qué andan haciendo hoy las Íes?».

Iris miró a través de la bahía hacia el castillo que parecía crecer sobre la roca del promontorio de enfrente. Nunca había dudado de que ella e Ian se casarían algún día. Ni siquiera habían hablado de ello. Sencillamente se daba por sentado. Se amaban, no de una manera boba y afectada, sino de forma verdadera y profunda. Se conocían y entendían sin necesidad de palabras. Cuando estaban separados, tenían la sensación de que todo a su alrededor estaba torcido, pero, en cuanto volvían a tomarse de la mano, el mundo parecía enderezarse y todo ocupaba de nuevo su lugar.

Pero entonces llegó la gran recesión y el fracaso estrepitoso de su padre en un negocio tras otro. Y conforme cambiaba el signo de su fortuna, también lo hacía su persona. El padre bullicioso y entusiasta se fue convirtiendo en un hombre taciturno y malhumorado. El amor por su esposa y sus hijas había languidecido frente a su deseo, su necesidad, de beber whisky.

A Iris y a Ian les preocupó mucho aquella situación.

—Deberíamos casarnos ya —propuso él—. Tendríamos que liarnos la manta a la cabeza y contraer matrimonio sin más. Y después todas podríais veniros a vivir a Dundonan. ¿Qué más da que no haya dinero? Ya nos las arreglaremos.

«Sí —quería decirle Iris—. Sí, me casaré contigo ahora». Lo que dijo en cambio fue:

—No puedo hacerlo. Todavía no. Mamá no se encuentra bien y alguien tiene que cuidar de las chicas. Además, solo tengo veinte años. Nunca nos dejarían casarnos.

Un día, poco antes de que Amelia muriera, la madre de Ian invitó a Iris a tomar el té. A ella le encantaba Dundonan. La casa de su padre en Rubha Clachan era impresionante, con sus ángulos tan marcados y sus espacios diáfanos; en cambio, el castillo de Dundonan era justo lo contrario: se remontaba al siglo XIII y era todo torres y torreones y almenas de piedra, todo sinuosos corredores y escaleras retorcidas. Tenía un salón tradicional, con gruesos cortinajes de terciopelo rojo que podían echarse en las noches invernales, y un enorme corredor flanqueado por lúgubres retratos ancestrales y cabezas de ciervos.

Pero lo que más le gustaba a Iris era la soleada sala de estar de lady Malcolm, situada en la parte de atrás del castillo. Sus ventanales daban a unos jardines exquisitos, amurallados para protegerlos de los vientos marinos. Iris había pensado que algún día esas estancias serían suyas. La luz en la sala era perfecta para pintar. Se imaginó allí, levantando la vista del caballete para mirar a sus chiquillos fuertes y sanos mientras jugaban en el jardín, y sonriendo a Ian cuando se acercaba para depositar un beso en su coronilla.

Isobel Malcolm y Amelia habían ido juntas a la escuela en Edimburgo. Amelia se había enamorado de Rubha Clachan cuando venía de visita a Dundonan antes de casarse, y a lo largo de los años las dos amigas habían contemplado con benevolencia la relación romántica entre sus hijos. De modo que, cuando llegó la invitación para ir al castillo, Iris acudió presurosa. Estaba segura de que lady Malcolm sabría lo que hacer. Era una mujer pragmática, pero también muy agradable.

—¿Ian no está? —preguntó Iris sorprendida, tras haber sido conducida a la sala de estar y saludar a lady Malcolm con un beso en la mejilla.

—No, he pensado que tú y yo deberíamos mantener una conversación a solas.

Había algo extraño en la sonrisa de la madre de Ian y, aunque le había devuelto el beso de forma afectuosa, no había cruzado su mirada con la de Iris.

—Tomemos el té —dijo en tono animado mientras hacía sonar una campanilla—. ¿Cómo está tu madre?

—No muy bien. —Al acordarse del doloroso tema que tanto la preocupaba, Iris se mordió el labio—. Me gustaría llamar a un doctor, pero mi padre dice que no podemos permitírnoslo.

—Ay, querida. —Isobel dejó escapar un suspiro—. Yo sé muy bien lo que es tener que vivir con estrecheces. Tu pobre madre… Ha sido una terrible desgracia que los negocios de tu padre hayan dado semejante giro a peor.

No paraba de dar vueltas por la estancia, incapaz de quedarse quieta, hasta que Iris empezó a sentirse un tanto incómoda.

—¿Ocurre algo? —preguntó al fin.

—Bueno… ¡Ah, aquí está el té! —Isobel recibió la aparición de la doncella con gran alivio—. Gracias, Elspeth. Deja la bandeja sobre la mesa y yo lo serviré.

—Muy bien, señora.

Iris sonrió a la doncella, pero esta le devolvió una mirada llena de acritud. Elspeth era del cercano pueblo de Acheravie, y desde que las piedras habían sido derribadas sus habitantes se negaban a trabajar en Rubha Clachan. El lugar estaba maldito, decían, y no querían tener nada que ver con él. Todos los sirvientes de los Blackmore habían venido del interior, atraídos por los excelentes sueldos que pagaba Charles. Aunque, claro, hacía tiempo que se habían marchado.

Una vez servido el té, y tras ponerse leche y azúcar, ambas fueron dando sorbos en un incómodo silencio hasta que Isobel dejó la taza y el platillo con aire resuelto sobre la mesa.

—Quería comunicarte que he decidido invitar a algunos jóvenes procedentes de Londres.

Iris asintió despacio, sin saber muy bien adónde se dirigía la conversación.

—Pensamos que deberíamos haberlo hecho antes —prosiguió la mujer—. Sé que Ian y tú sois muy buenos amigos, pero no es conveniente para él tener un círculo social tan reducido.

Iris empezó a notar un ligerísimo temblor en la boca del estómago.

—Eres una joven sensata, y estoy segura de que estarás de acuerdo conmigo.

Isobel hizo una pausa expectante, pero Iris solo podía sostener su taza y su platillo y sentir cómo se expandía el temblor.

La anfitriona tragó con fuerza antes de proseguir:

—La situación de tu padre ha cambiado las cosas para nosotros. Lo cierto es que no podemos permitirnos mantener Dundonan a menos que Ian se muestre pragmático a la hora de escoger esposa. Sé que ambos os tenéis mucho cariño, pero nunca ha habido un compromiso formal, ¿no es así?

—No. —Iris apenas movió los labios.

—No puedo más que sentirme enormemente agradecida por el hecho de que Ian fuese demasiado joven para luchar en esa espantosa, terrible guerra, pero por más que queramos fingir que las cosas están mejor ahora, la verdad es que no es así. —Isobel retorció sus perlas con nerviosismo—. Es imposible salir adelante tal como están los precios de todo hoy en día. No tienes ni idea de lo que cuesta mantener un castillo como este… —Su voz se fue apagando y miró a la joven con aire desdichado.

Iris tenía la extraña sensación de estar observándose a sí misma desde fuera. En su interior, el temblor se había convertido en un terremoto, pero aun así fue capaz de dejar la taza y el platillo sobre la mesa sin que le temblara demasiado el pulso.

—Quieres que Ian se case con una joven rica.

—Suena muy crudo y frío, lo sé, pero James amenaza con vender Dundonan en su totalidad. Y ya sabes lo mucho que Ian ama este lugar. ¿Qué sería de él si llegara a venderse? ¿Adónde iría? —La voz de Isobel tembló por la angustia—. ¿Te lo puedes imaginar en Edimburgo?

No, Iris no podía imaginárselo. Ian formaba parte de aquellas colinas, de ese mar.

—Desearíamos que tu padre recuperara su fortuna y que todos pudiéramos ser felices —prosiguió Isobel—, pero parece que eso no va a poder ser, así que tenemos que afrontar la vida tal como es, no como nos gustaría que fuera. Y somos las mujeres las que debemos hacerlo, Iris, como acabarás aprendiendo. Mira a tu padre, ahogando sus penas en alcohol, o a James, haciendo descabelladas amenazas que no será capaz de llevar a cabo, en vez de entender que no hay más que una solución posible: Ian debe casarse por dinero.

Iris tomó aire profundamente, luego una vez más. Serenó su voz.

—¿Quieres que hable con Ian?

—Por favor… —respondió Isobel con labios temblorosos—. Eres una joven tan adorable, Iris. Lo siento muchísimo. Me gustaría que las cosas fueran de otra manera.

—A mí también —dijo Iris con voz queda, al tiempo que se levantaba.

Ian se puso hecho una furia y se negó a romper su compromiso. Proclamó que sería ella o ninguna otra, pero lord Malcolm, como muchos hombres débiles sometidos a presión, se mantuvo en sus trece y juró que cumpliría su amenaza.

—No puedes dejar que venda Dundonan, Ian —le dijo Iris—. Imagínate la vida lejos de Skara. Tan solo piensa en ello.

Iris amaba Skara, pero Ian formaba parte de ella. Durante generaciones, los Malcolm habían recorrido esas colinas, habían surcado sus aguas y habían luchado por la tierra. Dundonan era la urdimbre e Ian, la trama; ambos se entrelazaban para formar un solo tejido. Iris lo había visto al regresar al final de cada semestre escolar, había visto cómo levantaba la cara al viento y aspiraba grandes bocanadas de aire como si solo entonces pudiera respirar bien. Incluso se había negado a ir a la universidad. «Lo único que quiero es estar aquí contigo», era lo que siempre le decía Ian.

Ahora Iris vio destellar sus ojos cuando lo obligó a imaginarse una vida lejos de allí.

—Puedo cambiar —dijo él apretando la mandíbula—. Podemos ser felices en algún otro lugar. No tiene por qué ser en Dundonan. Al parecer, mi padre es capaz de plantearse la posibilidad de vivir en otra parte —añadió con amargura—. No le importa dónde sea, siempre y cuando pueda jugarse hasta el último penique que le quede.

—Tú no eres tu padre —dijo Iris con delicadeza—. No creo que pudiera soportar verte en ningún otro lugar, Ian. Se te rompería el alma, y a mí también de verte así. Imagina lo que le pasaría a Dundonan —continuó—, y también a la gente que trabaja aquí. Imagina lo que pasaría si el castillo se vendiera a alguien que no se preocupara por él como lo haces tú. Alguien que tirara abajo los muros y quisiera modernizarlo e instalara una pista de tenis en el jardín.

Alguien como su propio padre.

Iris vio un gesto de dolor en su semblante al pensar en ello.

—Podría deshacerse de los sirvientes y contratar a gente de fuera, y…, no sé, convertir el castillo en un hotel o algo peor.

—No —dijo Ian—. No podría soportarlo.

—Lo sé —dijo ella—. Y por eso debes casarte con una joven que traiga dinero a Dundonan. Tienes que afrontar la realidad.

—Pero yo te amo, Iris —exclamó él—. Te necesito.

—Y yo también te amo, pero necesitas más a Dundonan. Seremos amigos muy queridos. Con eso tendrá que bastar.

Pero no era suficiente. Resultaría muy duro estar juntos y no poder besarse o apoyar la cabeza en el hombro de él. Reconcomerse por dentro por el anhelo y el deseo.

—No puedo hacerlo —dijo Ian presa de la desesperación.

—Lo sé —convino Iris—. Pero mi madre se está muriendo —añadió al fin—. No vayas a buscarme. No me escribas. Si te veo cuando esté paseando, daré media vuelta y me iré por otro camino.

Esa misma mañana, Ian había estado en el funeral de Amelia. Iris permaneció ante la tumba agarrando las manos de sus hermanas, Lily a un lado y Daisy al otro. Había sentido la mirada de Ian posada en ella, pero ella no había podido mirarlo. Si lo hubiera hecho, se habría arrojado a sus brazos y le habría suplicado que no la soltara, que nunca la dejara ir. En vez de eso, había apretado con tanta fuerza las manos de Lily y Daisy que debía de haberles hecho daño. Pero ninguna de ellas dijo nada.

Ahora el viento había amainado. Iris podía oír el mar suspirando contra la orilla, reproduciendo sus propios suspiros. Y volvió a decirse una vez más que su padre nunca debería haber derribado las piedras.

«Pagará por ello», había sentenciado Nessa. Pero Charles no estaba pagando por nada. El amargo pensamiento se abrió paso en la mente de Iris: era ella quien estaba pagando.

Últimamente había habido tantas despedidas… Su querido y viejo poni Blossom. Uno tras otro, los sirvientes se habían marchado. Nanny, la gran rival de la señora Grierson, había regresado a Edimburgo entre lágrimas.

Ian.

Su madre.

Y ahora también debía despedirse de sus hermanas.

Iris sintió como si el pecho se le encogiera sobre sí mismo, pero se obligó a cuadrar los hombros y alzar el mentón. Recordó lo que había dicho lady Malcolm: «Tenemos que afrontar la vida tal como es, no como nos gustaría que fuera».

Debía encontrar a su tío para poder sustentar a sus hermanas. Era la única salida.

Posó las palmas de las manos sobre la piedra en la que estaba sentada, anclándose a ella. La notó casi caliente, como si hormigueara bajo su piel. Allí se sentía segura, parte de la piedra, parte del paisaje.

Deseaba permanecer allí sentada por siempre, contemplando las colinas mientras la luz se desvanecía en el cielo, pero se forzó a ponerse en pie y a alisarse la falda. Respiró hondo y aspiró el olor del brezo que crecía en las laderas mezclándose con el aroma del mar. Luego, con una última mirada a su piedra, dio media vuelta y se encaminó hacia la casa. Tenía que preparar el equipaje para su viaje a Ceilán.

3

Roz

Ridgewell, Australia Meridional, en la actualidad

Una mariposa aleteaba desesperada contra el cristal de la ventana. Con mucho cuidado, Roz ahuecó las manos en torno a ella y la llevó hasta la puerta que daba al porche. Mientras salía al caluroso exterior, notaba sus alas agitándose frenéticamente contra las palmas. Abrió las manos y sonrió al verla volar hacia la luz del sol como un destello anaranjado.

Permaneció un momento plantada a la sombra del porche. Si entornaba los ojos, era como mirar una pintura abstracta, todo bloques de gris y verde, sombras fragmentadas y manchitas amarillas en el limonero. Antaño había habido allí una buganvilla que trepaba por la valla trasera, abundantes matas de agapanto y, en la parte sombreada, los rosales que su padre había cuidado con tanto esmero en recuerdo de su tierra natal en Inglaterra.

Pero la buganvilla había representado demasiado jaleo para Richard. La había mandado cortar, mientras que las rosas de John Chatton habían sido arrancadas y desechadas.

«No pienses en él —se dijo Roz—. Ya ha acabado todo».

Su padre había amado ese jardín y habría odiado ver lo dejado que estaba ahora, la tosca hierba polvorienta y descuidada, las zarzas convertidas en maleza, la tierra de debajo alfombrada con sus flores como alegres pompones amarillos.

Tendría que contratar a alguien para que lo limpiara. Roz añadió en su mente otro punto a su lista de tareas. En los largos meses que habían transcurrido desde la muerte de su madre —casi dos años ya, cayó en la cuenta con estupor—, había hecho todo lo posible para fingir que nada había cambiado. Había regresado a Sídney, de vuelta junto a Pete y su trabajo, y había archivado todos los pensamientos sobre la investigación, el juicio y todo el agotador proceso legal en un compartimento marcado como «Abrir solo en caso absolutamente necesario». A Roz se le daba muy bien compartimentar.

Pero ahora Richard había sido condenado, la justicia había confirmado que la vivienda era de ella y que podía venderla, y por eso había vuelto por fin a casa para vaciarlo todo.

No, a casa no. Hacía mucho tiempo que Ridgewell ya no era su hogar.

Alejó el pensamiento de su mente y cerró la puerta tras de sí al entrar de nuevo en la sala de estar, acogedora y fresca, donde ahora se esparcían piezas de ropa y bolsas llenas de prendas firmemente apretujadas.

—Esto es ya lo último. —Bronwen entró en la estancia tambaleándose bajo el peso de una maleta negra. La dejó cerca del sofá y se enderezó, apartándose mechones rubios de la cara con el dorso del brazo—. La he encontrado en la parte de arriba del armario.

—Gracias, Bron. —Roz sonrió agradecida a la que había sido su amiga desde los tiempos de la escuela—. No sé qué habría hecho sin ti.

—Bueno, esto supone un agradable cambio después de tanto trajinar con los gemelos. —Bronwen despejó un espacio entre los montones de prendas y se dejó caer en el sofá. Miró a su alrededor—. ¿Quién habría dicho que tu madre tenía tanta ropa?

—Siempre le gustaba ir bien arreglada —dijo Roz. Las apariencias lo eran todo para su madre.

Bronwen se la quedó mirando con detenimiento.

—¿Cómo lo llevas?

—Bien. Si te soy sincera, me da vergüenza que hoy hayas tenido que hacer todo el trabajo duro. Es solo que… aún no me veo con fuerzas para entrar en la habitación de mi madre.

—Roz, no pasa nada —dijo Bronwen en tono comprensivo—. No te culpo. Siempre resulta muy duro vaciar una casa, no digamos ya en estas circunstancias.

Roz soltó un suspiro.

—Me siento tan tonta. Ahora ya llego hasta la puerta de su dormitorio, pero luego no puedo ir más allá.

Lo había intentado en varias ocasiones, pero era como chocar contra un muro invisible. Sus piernas se negaban a moverse. Había conseguido agarrar el pomo, solo para verse inundada por unas nauseabundas oleadas de temor que la echaban hacia atrás.

—A decir verdad, me asombra que incluso puedas entrar en la casa —dijo Bronwen—. Yo no habría sido capaz de hacerlo.

—Me he obligado a volver. De no ser así, habría sido como dejar que Richard ganara.

Aunque, la verdad, había sido realmente duro.

En Sídney no había tenido que lidiar con ello. Allí había cerrado la puerta a cualquier pensamiento relacionado con Ridgewell. El juicio se había celebrado en Adelaida, así que no había tenido que volver hasta la semana anterior.

La primera vez que vino a la casa, Roz no había podido cruzar la puerta principal. Se quedó en el porche, con el corazón latiendo a toda velocidad y sintiendo a ratos calor, a ratos frío, antes de aceptar la derrota y volver al coche entre sudores provocados por la ansiedad.

Sin embargo, se negó a darse por vencida. «Cabezota», solía llamarla su madre, aunque Roz sabía muy bien que no lo decía como un cumplido.

La siguiente vez consiguió abrir la puerta. A la tercera logró recorrer el largo pasillo con su pulido suelo de madera de eucalipto, sus pisadas amortiguadas por la alargada alfombra persa, pasando junto a los típicos paisajes australianos que colgaban en las paredes. Cruzó la puerta principal, recorrió el pasillo, se detuvo y volvió a salir. Ya era más que suficiente para ser la tercera vez.

En su cuarta visita se obligó a echar un vistazo a la salita, al comedor y a la cocina, tal como había hecho aquel día.

En la quinta se dijo que ya estaba preparada. Bajó del coche y se quedó plantada bajo el calor abrasador, sintiendo cómo el desa­sosiego se desenroscaba lentamente en su interior como una serpiente. Olió de nuevo el aroma cítrico de las hojas secas de eucalipto que cubrían la franja ajardinada entre la calzada y la acera. Subió los escalones de la entrada y se detuvo ante la puerta.

Aquel día de hacía casi dos años, recordaba muy bien, la puerta había estado un poco entreabierta. No lo suficiente para que se viera desde la calle, pero sin duda era una señal de advertencia. Solo necesitó un leve empujón para que se abriera del todo.

Entró. Ahora la casa olía diferente: por encima del familiar aroma a madera pulida, se notaba el olor del polvo y el de las sustancias químicas forenses que seguían flotando en el aire como un amargo recuerdo. Roz trató de bloquearlo mientras rememoraba sus movimientos de aquel día. «¿Mamá? —había llamado—. ¿Mamá? ¿Estás en casa?». Su voz sonaba aguda y tensa.

Había mirado en la sala de estar, en la cocina, en el jardín de atrás, antes de dirigirse hacia la zona de los dormitorios. Se detuvo ante la habitación de su madre. A través del opresivo silencio, se oía el incesante goteo, plic, plic, plic, de un grifo en el cuarto de baño en suite.

Aquel ruidito la estaba poniendo de los nervios. «¿Mamá?», volvió a llamarla mientras abría la puerta. Al ver que el dormitorio estaba vacío, sintió una oleada de alivio. Por lo visto, su madre debía de haber salido. Cerraría bien aquel fastidioso grifo y luego iría a buscarla.

Pero su madre no había salido. Estaba en el cuarto de baño.

La terapeuta de Roz le había aconsejado guardar los recuerdos de aquella habitación en una caja mental, mantenerlos encerrados e ir revisándolos uno a uno. Roz era capaz de apartar los malos recuerdos, pero no le hacía tanta gracia enfrentarse a ellos. Ante la insistencia de su terapeuta, había intentado abrir la tapa una o dos veces, pero los recuerdos saltaban estridentes, aterradores, incontrolables: la boca de su madre abierta en un gesto horrible, el carmín emborronado; el ángulo de su cabeza; el brazo espantosamente retorcido.

Roz podía cerrar con fuerza la tapa de la caja de sus recuerdos, pero seguía sin poder entrar en el dormitorio de su madre y enfrentarse a la visión del cuarto de baño.

Y por eso había tenido que pedirle a Bronwen que se pasara gran parte de la tarde vaciando el armario y la cómoda de su madre para luego llevar su ropa hasta la sala de estar, donde Roz la metía en bolsas que después llevaría a una tienda de segunda mano con el objetivo de venderla con fines benéficos.

—¿No ha habido más llamadas ni mensajes? —preguntó Bronwen, no muy convencida de que todo estuviera tan bien como aseguraba su amiga.

—No —respondió Roz negando con la cabeza.

Durante meses se había visto inundada de llamadas anónimas, a veces silenciosas, otras ofensivas, y de mensajes que la acusaban de ser una mentirosa.

Todo aquello había sido guardado en otro compartimento mental. No tenía nada que ver con su vida en Sídney, con tomar el ferry para ir a trabajar, con ir a la playa con Pete. Solo ahora, al regresar a Ridgewell, había vuelto a ser presa del nerviosismo, convencida de que la estaban observando. Cuando iba a las tiendas, sentía un hormigueo en la nuca y miraba por encima de su hombro, pero los demás clientes estaban absortos en sus compras y sus carritos. O creía oír un insulto mascullado por la calle, solo para encontrarse con semblantes inexpresivos al darse media vuelta.

—Sigo pensando que deberías haber acudido a la policía —dijo Bronwen—. Esos mensajes anónimos son un asunto muy feo.

Pero es que Richard era la policía, pensó Roz. Había sido un agente de lo más popular. Probablemente la mayor parte del cuerpo policial pensaba que ella se merecía todo lo que le estaba ocurriendo. En el juicio contra él, todo se había reducido a si el jurado creía en su reputación como agente distinguido, o en las pruebas aportadas por la poco fiable, distanciada y envidiosa hija de la fallecida.

Durante el proceso judicial, había habido momentos en que Roz había creído que acabaría yéndose de rositas.

Pero ahora todo había acabado, se recordó a sí misma.

—Desde que cambié de número no ha habido más mensajes ni llamadas —le contó a Bronwen—. Pero debo admitir que me siento más segura sabiendo que Richard está en prisión. En fin, vamos a tomarnos una copa de vino y a olvidarnos de él —prosiguió en tono enérgico—. Te lo mereces después de trabajar tan duro.

Sacó una botella de pinot gris de la nevera ya vaciada y luego las dos copas que había llevado consigo. Sirvió el vino en ellas, le pasó una a Bronwen y brindó por su amiga.

—Gracias, Bron, por todo.

Entrechocaron sus copas.

—¿Para qué están las amigas?

—Ahora solo me falta llevar mañana todo esto a la tienda de beneficencia y ya estará. Podré poner la casa en venta y seguir adelante con mi vida.

—Brindo por eso —dijo Bronwen—. ¿Vas a volver a Sídney?

—De hecho, estoy pensando en marcharme al Reino Unido durante un tiempo. Mi madre comentó algo al respecto la última vez que hablé con ella. —Roz bajó la vista a su copa recordando—. Mencionó algo sobre un viaje a Londres que habíamos estado planeando hacer antes de que mi padre muriera. Fue muy raro, porque nunca solía hablar sobre aquella época. Dijo, como de pasada, que tal vez podríamos ir juntas algún día, pero luego zanjó la conversación como si estuviera asustada. Ahora me gustaría haberla presionado un poco para que siguiera hablando.

—Siempre piensas que vas a tener tiempo para hacer más preguntas —dijo Bronwen en tono comprensivo, y Roz asintió.

—En cualquier caso, he pensado en ir a Londres tal como podríamos haber hecho juntas si las cosas hubieran sido diferentes. Mi padre era británico, así que tengo pasaporte. Podría encontrar un empleo allí, viajar un poco por Europa. Me apetece cambiar de aires durante un tiempo.

—¿Y qué pasa con Pete? Pensaba que ibais en serio.

—Ya me conoces, yo nunca voy en serio. —Roz se puso en pie antes de que Bronwen pudiera comentar nada. Lo que su amiga veía como miedo al compromiso ella lo consideraba un enfoque sensato de las relaciones. No comprometerse demasiado por ambas partes era una manera de que nadie sufriera más de lo necesario—. Acábate el vino tranquilamente. Yo voy a terminar de recoger y a ordenar todo esto.

Se quedó mirando la maleta que Bronwen había traído al final. Estaba allí en medio de la alfombra junto a la mesita de centro, achaparrada y negra y de algún modo amenazante. No, decidió, amenazante no. De mal agüero.

Bronwen siguió su mirada.

—Estaba metida muy al fondo del armario. Casi se me pasa por alto. ¿No piensas abrirla? —le preguntó al verla allí parada.

—Claro. —Roz se armó de valor. No era más que una maleta. Sacudiéndose de encima aquella sensación turbadora, se acercó a ella y la abrió.

Se encontró mirando unos zapatos de hombre y una bolsa de plástico que contenía lo que parecía una chaqueta de tweed.

Bronwen, que se había inclinado con curiosidad, volvió a recostarse en el sofá un tanto decepcionada.

—No tiene pinta de ser nada emocionante.

—Son cosas de mi padre. —La voz de Roz sonó extraña, como si procediera de algún lugar fuera de ella. Se agachó y, con la punta de los dedos, tocó con delicadeza los zapatos. Luego sacó la chaqueta de su funda de plástico—. Debieron de enviarlas desde el hospital después de que muriera.

Alzó la chaqueta ante su cara, esperando que aún conservara algo del olor de su querido padre, pero no quedaba nada: solo la rancia humedad del tejido viejo y algo raído. La pena le formó un nudo en la garganta.

—Me acuerdo de cuando mi padre la llevaba. —Se incorporó para poder enfundarse la chaqueta. Resultaba reconfortante de una forma imposible de expresar, y por un momento se imaginó que el brazo de él se posaba firme sobre sus hombros.

—Te queda muy bien —dijo Bronwen—. Podrías ponértela para ir en plan vintage.

Deseosa de ahuyentar la tristeza, Roz metió las manos en los bolsillos para pavonearse un poco delante de su amiga.

—Puede que sí me la… ¡Oh! —Un extraño estremecimiento la recorrió cuando sus dedos se cerraron en torno a una cajita. La sacó—. Esto estaba en un bolsillo.

—¡Guau, un estuche de joyería! —Bronwen se inclinó hacia delante—. ¡Ábrelo!

Roz vaciló al sentir cómo la invadía de nuevo una sensación inquietante. Pero solo era una cajita. No había razón para no abrirla.

Con cierta reticencia, levantó la pequeña tapa.

Dentro había un anillo, encajado en un lecho de satén ajado por el tiempo.

Bronwen atisbó por encima de su hombro.

—¿Es un ópalo? ¡Es una auténtica preciosidad!

—Eso creo. —Olvidando por un momento su inquietud, Roz sacó el anillo del estuchito y lo alzó para captar la luz. El ópalo era ovalado, casi rectangular, y se engarzaba sobre una banda alrededor del dedo. Sus profundas tonalidades azules eran cristalinas, fragmentadas en una miríada de facetas, cada una con un matiz de azul distinto. Parecía un ser vivo, destellando, latiendo.

—Póntelo —sugirió Bronwen casi en un susurro.

—Vale —aceptó Roz con voz igualmente queda mientras deslizaba el anillo en el dedo corazón de su mano derecha. Le encajaba a la perfección. Alzó la vista hacia su amiga—. ¿Por qué susurramos?

—No lo sé —admitió Bronwen—. Es que da la impresión de ser un… momento trascendental.

Roz sabía a qué se refería. Tenía la extrañísima sensación de que toda su vida anterior había estado encaminada hacia ese instante, y que, de algún modo, al ponerse el anillo había tomado una decisión crucial.

Estaba segura de que podía sentirlo calentándose en el dedo. ¿Cómo podía ser? De pronto, su corazón empezó a latir con fuerza. Bajó la vista hacia la joya, que resplandecía y…, sí, hormigueaba en su mano.

—Conozco este anillo —dijo muy despacio—. Mi madre lo heredó de su madre, pero no le quedaba bien. Tenía mucho interés en que se lo ajustaran y no paró de insistirle a mi padre para que lo llevara a una joyería. Recuerdo muy bien lo pesada que se puso. Y entonces, un día en que mi padre tenía que llevarme a un partido de balonred, mi madre dijo que la habían llamado para decirle que el anillo ya estaba listo y no dejó de darle la tabarra para que fuera a recogerlo en vez de llevarme a mí. No me acuerdo de cómo fui al partido, pero sí recuerdo que me enfadé muchísimo. Supongo que fui con alguna compañera del equipo, pero, cuando volví del partido, había un coche de policía delante de la casa.

Roz hizo una pausa. Recordó oír a su madre chillando como un animal. Se tapó los oídos y se quedó en el porche a oscuras. No quería entrar. No quería escuchar lo que había hecho que su madre no parara de llorar y gritar. No quería saber. Roz podía oler aún el jazmín que se enroscaba en la barandilla, podía ver las marcas de rasguños en el suelo de madera.

Al final, una agente salió y la encontró allí.

—¿Qué estás haciendo aquí fuera, cielo? —le preguntó.

Roz alzó la mirada hacia ella.

—Quiero a mi papá —dijo—. ¿Dónde está mi papá?

Solo tenía once años.

Y al parecer el anillo por el que su madre había armado tanto revuelo había quedado en el olvido, arrojado dentro de una maleta junto a otras pertenencias de su padre. Roz se dio cuenta de que sus manos estaban cerradas en puños, así que estiró los dedos y examinó el brillo del ópalo. Había olvidado que aquel anillo le había costado la vida a su padre. Si no hubiera estado en la carretera cuando aquel otro coche había dado el volantazo, si la hubiera llevado al partido de balonred en lugar de ceder al capricho de su esposa, estaría vivo. Y su madre también.

Su madre nunca había llevado el anillo. Pero Roz sí lo haría.

4

Finn

Edimburgo, en la actualidad

—Ah, Findlay, pasa, pasa. —James Kingan, uno de los socios principales de Kingan, Kingan & McVean, le hizo señas desde detrás de su enorme escritorio para que entrara en el despacho—. ¿Te estás adaptando bien? —le preguntó mientras Finn tomaba asiento en la butaca de enfrente.

Solo había una respuesta posible a esa pregunta.

—Muy bien, gracias, señor. —Finn hizo una mueca por dentro al oírse decir aquello. El hombre le había insistido en varias ocasiones en que debía llamarlo «James», pero le recordaba tanto a su antiguo jefe que el «señor» se le escapaba una y otra vez.

Kingan, Kingan & McVean era un bufete de abogados ri­dículamente tradicional. Fundado en 1923, ocupaba una enorme mansión en la New Town de Edimburgo y disfrutaba de una gran reputación por su discreción sin igual y su sólida asesoría jurídica. Finn sabía que tenía suerte de haber sido contratado como abogado asociado. Los volúmenes de aspecto antiguo que cubrían las paredes del despacho de James Kingan, el escritorio de madera pulida y las butacas tapizadas en cuero verde no podían ser más distintas de las de su anterior oficina, situada en un polígono industrial a las afueras de Dumfries.

—Todo el mundo se ha mostrado de lo más amable y acogedor —añadió, aunque Faiza, la jefa de personal, y las dos secretarias jurídicas de la recepción lo aterraban.

Esa misma mañana se había detenido ante la imponente mansión de piedra arenisca, con sus ventanas de guillotina y su montante de abanico sobre la gran puerta negra de entrada. La placa de latón se abrillantaba a diario, tan reluciente que Finn podía ver el reflejo de su nervioso rostro al subir las escaleras, pellizcándose aún para creerse que él, el insignificante Findlay Drummond de Glenussie, un pequeño conjunto de casas diseminadas en lo alto de las montañas, se encontraba allí para convertirse en un gran abogado defensor penalista en la mismísima capital de la nación.

O, por lo menos, para ganarse por fin la aprobación de su padre.

—Bien, bien. —Finalizadas las cortesías de rigor, James Kingan se reclinó en su asiento y juntó las puntas de los dedos sobre su prominente panza—. Bueno, he estado pensando en cuál sería la mejor manera de introducirte en los métodos de trabajo que utilizamos aquí en Kingan, Kingan & McVean.

—Confío en obtener cierta experiencia trabajando en casos penales —dijo Finn, resistiendo el impulso de comprobarse el nudo de la corbata—. Tal como hablamos en la entrevista —añadió.

Su hermano Angus se había sacudido el polvo de Glenussie de los zapatos hacía ya tiempo, y ahora ejercía como letrado en Londres trabajando en complejos casos financieros. Finn sabía que no tenía sentido tratar de emular los logros de su brillante hermano mayor, pero podía labrarse un nombre por sí mismo en los tribunales penales escoceses.

O, al menos, eso esperaba.

—Sí, claro, pero antes tienes que entender cómo trabajamos en el bufete —repuso James con firmeza—. Uno de los problemas a los que nos enfrentamos es la falta de espacio, y tenemos una gran cantidad de casos abiertos del pasado que sería conveniente cerrar. He pensado que revisar algunos de esos viejos expedientes podría servirte para comprender mejor nuestros métodos de trabajo. Sería de gran ayuda poder librarnos de algunos de ellos.

Haciendo caso omiso de la expresión poco entusiasta de Finn, empujó a través del escritorio un voluminoso archivo lleno de documentos.

—Podrías empezar con el Fideicomiso Blackmore. Lleva acumulando polvo desde antes de la guerra. Léelo detenidamente, comprueba cómo está la situación y averigua si es posible cerrar el caso.

Adiós a sus sueños de debatir los puntos más delicados de la ley escocesa ante el Tribunal Supremo de Justicia. Finn suspiró para sus adentros mientras cogía el expediente. Revisar un polvoriento archivo estaba muy lejos de pasearse con aire distinguido ante un tribunal, pero supuso que por algún sitio había que empezar.

—Me pondré a ello de inmediato —dijo.