El revisor me ofreció lumbre y me informó de que saldríamos enseguida, con muy poco retraso, y yo le sonreí en silencio. He viajado tanto en mis años de servicio que sabía que el tren no estaría listo hasta pasada una hora, como poco. Fumé el cigarro mirando sin mirar el ajetreo del andén, y me dejé vencer por la modorra del verano madrileño. Debí de caer en un sueño pesado, pues cuando desperté, la locomotora subía las faldas de Guadarrama. A este ritmo, pensé, a lo mejor llegamos a París en hora.
Al sacar la cajita para preparar otro cigarro, toqué el sobre con la carta de Emiliano, la que me animó a hacer el equipaje y salir de casa. Emiliano es un diplomático de mis tiempos de Berlín, buena pieza, un camarada de correrías liberales que empezó escribiendo en los papeles, como yo, aunque es mucho más joven. Fue cónsul, pero está cesante desde lo de Pavía, como tantos, y espera muerto del asco a que los nuestros lleguen al gobierno y le ofrezcan una misión. Mientras, se dedica a cobrar un sueldo sin destino.
Yo me llamo Juan Antonio de Rascón y Navarro, Conde de Rascón y Vizconde de Lagasca, títulos que no heredé, sino que gané por mis méritos como diplomático. Por eso los exhibo y no me disgusta que me llamen conde, pese a que la nobleza me importe un higo. Nací en Madrid el mismo día que murió Napoleón en Santa Elena, el 5 de mayo de 1821, lo cual me parece un augurio irrefutable. No sé de qué, pero es una coincidencia que me coloca en el mundo moderno. Me vi predestinado desde la cuna a superar las guerras de nuestros antepasados, y esto no es un exceso de solemnidad o presunción, aunque tiene poca importancia para esta historia.
Crecí entre liberales. Desde que eché los dientes me inculcaron el odio a los carcas y la lealtad a los nuestros. Tanto el odio como la lealtad, en grado feroz. Me alisté muy joven en la milicia nacional. No tendría quince años cuando empecé a patrullar las calles de Madrid, pero las fiebres guerreras pasaron y mi vocación por la palabra se impuso. Estudié leyes y me dediqué al periodismo, como todos los jóvenes progresistas en la época de Espartero, y de las crónicas veniales y las diatribas vitriólicas, sin mucho orden ni concierto, fui escalando en el partido hasta que, ya en los años cincuenta, me hice diplomático. Desde entonces he desempeñado mi servicio a España fuera de las fronteras, en Berlín, Frankfurt, La Haya, Florencia o Buenos Aires. Y desde la proclamación de Alfonso XII, en el dique seco, como tantos correligionarios. No soy bienquisto del rey ni de Cánovas, y aquí me encuentro, conspirando, cultivando viejas amistades que tal vez me ayuden en el futuro y echándome a perder mientras aguardo otro cambio de vientos y a nuestro Sagasta le hacen jefe del consejo.
Por supuesto, estoy casado y tengo dos hijos, un varón y una mujer, el primero de los cuales parece que va a seguir mis pasos en la diplomacia, confío que al servicio de una España menos pasional y mejor situada en Europa. Me gustaría, antes de retirarme, dejarle un país más fuerte y mejor concertado con las potencias del continente. Hace tiempo que hago proselitismo en favor de Alemania. No porque sea un agente de Bismarck, sino porque mi partido se equivoca en sus alianzas internacionales. España debería apartarse de Francia. Ya he dicho que nací el mismo día que murió Napoleón: estoy predestinado a cortar las sogas que nos amarran a los Pirineos. Pero esto tampoco importa, porque cuando sucedieron los hechos que necesito recordar en estos papeles yo aún tenía pelo y no sabía alemán. Y francés, muy poco. Tan sólo lo cuento porque quien lea esto y sienta algún interés por la historia de amor muerto que aquí voy a narrar tiene derecho a saber quién es este viajero que va a Francia, amodorrado y excitado, repasando la carta de Emiliano, el diplomático cesante.
Huelga en París, el canalla de mi amigo, y desde allí me informa de que ha trabado amistad con uno de esos banqueros israelitas que tanto abundan desde que terminó la guerra con Prusia. Este se ha quitado el acento alemán, se ha hecho católico y se ha puesto un nombre francés, Frédéric, en vez de Friedrich. Se hace llamar Barón d’Erlanger, y su banco, Erlanger & Söhne, tiene sucursales en Frankfurt, Viena y París. Emiliano se burla un poco. Ya en nuestros tiempos de Berlín le hacía gracia el complejo de los ricos alemanes, que se afrancesan en cuanto ponen un pie en París. Estos, escribe Emiliano, con su franqueza riojana, quieren conquistar Francia para ser franceses. No soportan ser alemanes. Y no los culpo, dice: si yo tuviera los millones de francos que tienen ellos y pudiese elegir nacionalidad, elegiría cualquiera menos la alemana.
Yo tengo más caridad con los pobres alemanes. Quizá por eso llegué más lejos en la diplomacia. En el fondo, los liberales españoles también somos afrancesados. Yo mismo me sentía rejuvenecer conforme el tren subía hacia el norte, y me emocionaba saber que a la mañana siguiente me recibirían el verdor de las Landas y la hierba segada de los campesinos franceses, desconfiados y orondos. París nos pone un poco tontos. Comprendo al Barón d’Erlanger, y tal vez Emiliano también, pues apenas le dedicaba tres malicias en la carta. El resto era pura admiración.
Monsieur d’Erlanger es un alma refinada, amante y patrocinador de las artes, tal vez afrancesado de más, pero sin renegar de Alemania. Encarna otro de los tópicos de los que Emiliano se burla: el enamorado de España, el que ha visto Carmen, ha tomado el té con la Viardot en Baden-Baden y una vez cogió un coche de postas en Irún con la ilusión de ser asaltado por bandidos y enamorar a una gitana andaluza. Los diplomáticos conocemos bien el paño. Nos encontramos a esta especie en los bailes, y se pasan la noche impartiéndonos lecciones sobre España. Yo las escucho con cortesía y sin corregirlas, pero Emiliano se desespera cuando le explican el Greco y Cervantes y evocaban los aromas primaverales del Generalife, donde tuvieron un amor con una niña que vendía flores y todas esas boberías de las que están llenas las óperas y las novelas francesas. D’Erlanger pertenece a una secta de hispanófilos que han ido unos pasos más allá y se han comprado propiedades en el país, e incluso se atreven a malhablar la lengua. Para mi amigo, esos son los peores, pues se empeñan en conversar en castellano, creyendo que se les entiende.
Entre bromas y saetillas, Emiliano me contó que nuestro barón conocía a un especulador francés con el que había tenido algún negocio bancario. El tipo había adquirido muchas parcelas en el alfoz de Madrid, por los Carabancheles y otros arrabales, con la intención de urbanizarlas y dar la campanada. Pero algo le salió mal en unos terrenos junto al río, una quinta con casa de labor y terreno de cultivo. El barrio proyectado no se hizo, se malogró el plan municipal, qué sé yo, y el banquero d’Erlanger aprovechó para quedárselos y salvar la quinta de la piqueta. El hispanófilo estaba muy interesado en la propiedad desde que leyó un libro de Charles Yriarte y se enteró de que había allí unas pinturas murales que se estaban echando a perder.
Nuestro barón compró la casa, una ruina deshabitada, y contrató a un arquitecto, que le dijo que no había forma de salvar las pinturas. D’Erlanger no se dio por vencido y empezó a molestar a todo Madrid, hasta que encontró a un conservador del Prado, Martínez Cubells, quien diseñó un plan para arrancarlas y pasarlas a lienzos. Dicho y hecho. Destruyó la casa, que dejó sin paredes, pero salvó las pinturas. Y ahí llegaba la invitación de Emiliano. Le había hablado de mí a d’Erlanger, le había ponderado mi afición a la pintura y mis escritos juveniles, y el banquero se había empeñado en enseñarme los cuadros.
El pobre barón, apostilla mi amigo, está desesperado y no disimula la angustia: ha alquilado unas salas en la Exposición Universal, se ha hecho traer las pinturas desde Madrid y las ha colgado con todo el cariño, pero no las visita nadie. Es tristísimo, querido Rascón, me dice: los visitantes pasan de largo. Las damas se asoman un momento a la galería y se dan la vuelta, santiguándose. Es la esquina más desangelada de todo el Trocadero. Los pocos que se acercan actúan como si vieran a Satanás, y yo, que las he visto y sabes que no me espanto con facilidad, concuerdo con ellos. Hay un no sé qué lúgubre en esos lienzos. Son terribles. No te quiero sugestionar, pero yo los cubriría con paños negros para que no se escapen los monstruos. Aunque algo me dice, termina Emiliano, que tú vas a ver en ellos una luz que a los demás se nos escapa. Ven a París, entiéndete con Monsieur d’Erlanger, os tendréis simpatía. Yo me alegraré de verte, y d’Erlanger, a quien considero un amigo, se aliviará de su decepción si alguien como tú le regala alguna frase amable sobre esos cuadros en cuyo rescate tanto ha invertido.
Releí la carta varias veces mientras anochecía sobre los campos de la vieja Castilla, hasta que la penumbra me lo impidió. Compadecí al bueno de Emiliano, ignorante de los demonios que había puesto a danzar en mi alma. Qué sabía él de mi juventud. Qué sabía él de mis paseos, de los susurros, de las confesiones que atendí en silencio cuando la esperaba en la Plaza de Oriente y marchábamos del brazo. Yo, de uniforme; ella, con vestido de trabajo, las manos manchadas de grafito y las uñas echadas a perder de nervios y pigmentos. Qué sabía Emiliano de aquellos terrores, de aquella quinta que ella me señalaba desde el puente de Segovia. Allí crecí yo, decía, y cuando leí la carta de Emiliano volví a sentir esos dedos en el brazo, apretando un poco más fuerte cuando me contaba dónde había vivido de niña. La casona, al otro lado del río, se encendía de violeta en aquella hora, como si las brasas del sol se le enfriasen dentro.
El revisor llamó a la puerta para anunciar que podía hacerme servir la cena en el compartimento si no deseaba ir al coche restaurante. Gracias, no tengo hambre, le respondí. Y me di cuenta de que no tenía hambre desde que recibí la carta, una semana atrás. Conforme el tren se acercaba a París, menos hambre tenía, más cigarrillos fumaba y más pensamientos impropios me envenenaban. No podía hacer nada más que encender otro cigarro y divagar por mis adentros.
La amaba. La amé. Repetía el verbo amar al recordarla y me sonaba cada vez más forzado. Los amantes en castellano se dicen te quiero, pero el verbo querer, en primera persona y en pasado, se rebaja a un cariño genérico, como el que se siente por una tía. Yo la amé en pretérito irreparable, en lo gramatical y en lo vivo. La amé en el pasado de la juventud a ratos olvidada, y la amé en una carne que ya no puede ser amada porque hace treinta y cinco años que se pudrió en la Sacramental de San Isidro.
Pero no anhelo sus huesos, me repugna pensar en su carne agusanada, y la idea de que su espíritu se me aparezca me aterra sin prometerme a cambio el menor consuelo. Nada hay que hacer, nada que añorar. Ni siquiera he visitado su tumba. El pasado es un imposible, y yo me he dedicado a lo posible, a manejar las bielas y golpear los yunques de la realidad manejable y golpeable. Amo lo carnal, lo que se puede abrazar y acariciar, amo la voz que se puede escuchar, la risa que no es un recuerdo ridículo. Por eso amé y no amaré más.
Me preguntarán: ¿por qué escribe entonces, señor conde? Si usted la amó y ya no la ama más, ¿qué empuja su mano tantos años después? ¿Por qué no dedica sus fuerzas seniles a una empresa mejor, en vez de ensuciarse en los recuerdos? A sus hijos, por ejemplo. O a su esposa. O al Estado que tanto le debe y hoy tanto lo ignora. No sé responder a esas preguntas. Tan sólo escribo, no puedo hacer otra cosa más que escribir, a ver adónde llego.
Escribo en París una noche tórrida de julio de 1878, desde una habitación del Hotel Crillon que da a la Concorde, todas las ventanas abiertas. Tengo casi sesenta años. Hasta mi secreter llegan los ruidos de los menestrales que construyen las tribunas y las gradas para el desfile del día 14, aniversario de la Bastilla. No paran ni de madrugada. Hacen turnos para llegar a tiempo, como si la historia no pudiera esperar.
Al enterarse de mi viaje, la legación española me ha incluido en su comitiva, pese a que ya no soy nadie para ellos. Esos nietos de los sans-culottes están armando también la silla en la que me sentaré. Trabajan en parte para mí, no puedo pedirles silencio. Pero no es el desfile el propósito de mi visita. Ya no represento a España. Sólo he venido —me miento— a airearme, a sacarme la bilis negra que me retrepaba en Madrid y a practicar un poco de francés y buenos modales.
Es Frédéric d’Erlanger un hombre fino, flaco y bien parecido, de bigote y patillas espesas, a la moda de hace un tiempo. Tiene nervio juvenil, pese a que ya cumplió largamente los cuarenta, y emana esa ambigüedad del joven maduro o del señor pubescente. Esta mañana se comportó como un buen guía, un Caronte seductor que surcaba las galerías de suelo pulido del Trocadero como un gondolero veneciano. Tan simpático es que nadie sospechaba que nos arrastraba al Hades. Emiliano, d’Erlanger y yo parecíamos tres turistas más, confundidos entre el público galante y curioso que a esas horas ya empezaba a reunirse en la Exposición Universal, un escaparate de la república para demostrarle al mundo que la derrota ante Prusia es agua pasada. ¿Lo ves?, me susurró Emiliano, que insistía mucho en la prosperidad de disparate de París: con salchichones de Auvernia atan a los perros, con salchichones gordos. Han echado el resto los franceses, mira cómo brilla todo, qué de quilates.
Puede que el barón oyera el chascarrillo, porque se volvió y pidió disculpas por tanta pompa. Esta república ha salido versallesca, dijo en buen castellano, sin tropezar apenas en las trampas de erres y eses de la frase. Soy de gusto más austero, prosiguió, y en verdad que a mi exposición le vendría bien otro ambiente, pero no podía desaprovechar este escenario. Los ojos del mundo nos miran, amigos míos.
Emiliano se puso detrás de mí y susurró: más quisiera, los ojos del mundo se apartan de sus pinturas. Le chisté y le di un manotazo. Si d’Erlanger lo oyó, no se dio por enterado. Mientras nos conducía por pasillos y salones llenos de las maravillas del siglo y del arte de cien naciones, sin detenernos en vitrina alguna, nos contó lo conmovedor que fue ver aquellas pinturas por primera vez en su lugar. La casa, nos explicó, llevaba años deshabitada. Las ventanas estaban rotas, los postigos no cerraban, al tejado le faltaban la mitad de las tejas. El viento de quince inviernos y la humedad del río se habían ensañado con los muros. Además, el hijo o el nieto del artista, vaya usted a saber, había intentado arrancar las pinturas para venderlas, y sólo consiguió destruir una en el empeño. Eran quince y ahora son catorce. Pero las catorce estaban salvadas. Gracias a un ángel, dijo, un genio llamado Martínez Cubells. Fue una suerte que el maestro no usara la técnica italiana al fresco, sino que las pintase al óleo sobre el yeso. Por eso se pudieron desprender de las paredes y colocar en lienzos. Ahora están restauradas. Martínez Cubells les ha devuelto la gloria, pero, si me permiten decirlo, dijo el barón, que no callaba y se giraba hacia nosotros todo el tiempo, y se movía por aquel laberinto sin mirar dónde pisaba, como si fuera su casa, e intercalaba en las frases unos cuantos síganme, por aquí, por favor o ustedes primero, si me permiten decirlo, dijo el barón, la impresión original, la primera vez que las vi en los mismos muros donde el maestro las pintó… Eso no se me olvida. No hay forma de replicar ese momento, que me llevaré a la tumba como uno de los más bellos y estremecedores de mi vida.
Emiliano, tan incapaz de callarse como el barón, le preguntó si no se había planteado dejarlas en su sitio y convertir la quinta en un museo.
Claro que se lo había planteado, dijo el barón, con voz casi indignada. Pero no había manera de salvar aquella ruina sin tirar los muros. Habló con varios arquitectos y todos le dijeron lo mismo: tenía que elegir entre las pinturas o la casa. ¿Y para qué queremos la casa? ¿Íbamos a sacrificar los cuadros del maestro para preservar una ruina? ¿Usted qué habría hecho?
Emiliano puso cara de que él se habría quedado con una buena quinta tan bien situada, con su huerta y su hogar para asar chorizos. Menos mal que, en el duelo eterno que el diplomático y el labriego riojano libran en el alma de mi amigo, volvió a imponerse el primero, y dijo que el barón había acertado sin ninguna duda, y que la historia lo recordaría como el salvador de ese conjunto de obras maestras del arte español.
Un poco demasiado adulador, Emiliano, pensé para mí, pero correcto.
Al barón también se lo pareció, sonrió con todo el bigote y dijo: por favor, síganme, ya casi llegamos.
En cuanto nuestro anfitrión se giró, Emiliano volvió a acercarse a mi oreja: ya puede recordarle la historia, ya, porque lo que es hoy, nadie le hace caso, ya verás qué vacía está la sala.
Ni me molesté en reprenderle. Por algún sitio tenía que desahogarse el labriego.
Entramos a la galería de arte español como quien descubre un templo perdido en la selva, emulando la emoción del amigo d’Erlanger el día que compró la quinta. La luz de julio entraba dura por los ventanales del Trocadero, espantando cualquier sombra. Y, sin embargo, la sensación era tenebrosa. Yo había sudado un poco por la cabalgada entre los expositores, pero de pronto sentía frío. El silencio era también denso, como si apagase los rumores y las voces de las salas vecinas, muy concurridas.
No les puedo engañar, amigos míos, dijo d’Erlanger: aquí no viene nadie.
Emiliano puso cara de te lo dije.
Puedo comprender, dijo el barón, que haya espíritus escrupulosos a quienes estas escenas perturben, pero confiaba en que en el París moderno habría también almas audaces, ojos sensibles a la belleza rara y cautivadora de esta colección. Nada, amigos, no los hay. O yo no he conseguido atraerlos hasta estas pinturas, que llevan más de dos meses colgadas. Me pregunto dónde están los románticos de cabellera verde, dónde los poetas que se emborrachan en Pigalle, en el Tortoni o en el Riche. ¿Por qué no vienen? ¿Por qué no le cuentan al mundo esto? Me habría esperado un silencio así en Londres o incluso en Viena, pero ¿en París? ¿En la capital del arte, la casa de los pintores, la que bebe los vientos por Goya? No les voy a ocultar mi decepción: estaba convencido de que los periódicos se ocuparían del descubrimiento y de que se hablaría de ello en los salones y en las academias, y que vendría gente de toda Europa a maravillarse. Pero ya lo ven. Nadie. Estamos solos. Ustedes y yo frente a los demonios del maestro. En fin, remató el pobre barón, aprovéchense del fracaso, tómense su tiempo, contemplen las obras a placer. Yo estaré aquí si quieren preguntarme cualquier cosa.
No soy un romántico de pelo verde ni me emborracho en los cafés de Pigalle, pero tampoco soy lo que mi apostura y mi cabeza calva puedan dar a entender. Seré un viejo embajador en cesantía de casi sesenta años, pero dentro de la camisa aún respira un pecho liberal apasionado que se inflama con el arte. El joven que aprendió de los maestros antiguos sigue rugiente como en los días de fuego y periódico del Madrid de Espartero. No soy una damita neurasténica. He estado en combate, por Dios santo. He visto morir a hombres, me las he tenido tiesas más de una vez en mi larga vida. Y, sin embargo, ni mi conocimiento de las artes ni mi experiencia mundana me habían preparado para lo que contemplé esta mañana en el Trocadero.
El primer cuadro, de más de tres varas de largo, representa una especie de procesión desordenada o una romería. En cabeza, un grupo de viejas horribles, más celestinas que brujas, gritan y ponen muecas. Todo, de las figuras al cielo, está hecho con grandes brochones, hasta el punto de que se confunden en el horizonte. Jorobados, deformes, caras espantosas, todos los cuerpos descoyuntados, como sacados de una leprosería. A su lado, un lienzo de tamaño similar parece ampliar un detalle del anterior. Una comitiva de individuos monstruosos canta al son de una guitarra. Las caras son aquí más espantosas, irreales, como si la deformidad les hubiese arrebatado la forma humana. Al fondo, embozados y manolas tristes que traen helor de difuntos. Es, no cabe duda, una romería, pero sin la inocencia encantadora de quienes viven un día de fiesta. Más parece de condena, de condena eterna, de seres sin carne ni alma que se deshacen bajo un sol de barro.
No sé si al lado o enfrente o encima, porque ya empecé a mezclar las pinturas y me costaba distinguirlas y marcar dónde terminaba una y principiaba la siguiente, había dos viejos. O una vieja y un muerto, una calavera, una estantigua hecha de hueso amarillo, sin expresión. La vieja tiene una cuchara de madera y las dos figuras parecen concentradas en comer un potaje de brujas. O tal vez comen la cabeza de Holofernes, decapitado por Judith en otro cuadro.
Es Judith decapitando a Holofernes, dijo el barón a mi espalda.
Lo sé, respondí, aunque no sobraba la aclaración. Cualquier luz en aquel marasmo de sombras y tierras era bienvenida. Cualquier palabra que sirviera para comprender las escenas era agradecida.
Me sorprendió menos la más grande, la que dicen El gran cabrón. Debía de ocupar un muro entero de una estancia amplia en la vieja quinta. Es, quizá, la más espantable, pero casi pasé de largo porque en ella reconocí lo que más familiar me era de Goya. Nadie que sepa de sus Caprichos se asustará con esa convención de brujas en torno a Satanás en forma de macho cabrío. Le encantaban las brujas, a Goya. Las colocaba en todas partes. Comprendo que esas almas sensibles que se asoman un instante a la exposición y retroceden rápido, al abrigo de las otras salas, se desmayen ante aquello, pero no encontré nada perturbador allí. Incluso me permitió descansar la mirada un rato.
Estas dos forman pareja, hay que verlas juntas, me dijo d’Erlanger, que necesitaba charlar y ansiaba que le pidiera explicaciones.
Se refería a una que parece otro capricho, más brujas y criaturas preternaturales volando sobre una arboleda parda, y otra que sucede en el suelo, bajo un cielo azul con nubes algodonosas como las que pasan veloces sobre Madrid en los días de mayo. Clavados en el fango hasta las rodillas, dos mozos se muelen a palos.
Perturba mucho más la de la pelea, ¿verdad?, opinó el barón, y yo tuve que asentir sin apartar la vista de la sangre que se escurría por la figura de la izquierda.
Yo creo, dijo d’Erlanger, que Goya sufre más con el mal de los hombres que con el de brujas y demonios. De alguna manera que no sé expresar mejor, esas criaturas del inframundo nos sobrevuelan, invocan a entidades, pero no nos amenazan directamente. Parecen inmersas en sus propios ritos. Sin embargo, este duelo es un espanto veraz, la tragedia desnuda de un día cualquiera.
Yo he visto a esos mozos, dije, sin saber por qué lo decía. Y me corregí, ante la extrañeza del barón: quiero decir que he visto escenas así, he visto a asesinos, en mi juventud, ya sabe. Me temo que todos hemos visto escenas parecidas, dijo. Está usted en París, recuerde las barricadas.
Me molestaba el barón, y me costaba mucho disimularlo. Deseaba estar solo, asimilar en silencio aquello y dejar libres los pensamientos y las emociones. No tenía cuerpo para departir ni apostillar los juicios estéticos de mi anfitrión, que me preguntó si me encontraba bien. Perfectamente, señor barón, le dije, y me soné brusco, muy poco embajador. Intenté aliviarlo con una sonrisa amigable, pero no sirvió de mucho. D’Erlanger, y quién sabe si también Emiliano, creía que me había afectado el mismo sofoco baladí que arrebataba a las damitas. Leí la decepción en sus ojos: no esperaba tales remilgos de un liberalote español. Me propuso retirarnos a almorzar, ya vería el resto de la colección en otro momento.
De eso nada, pensé. Quería verlos todos. Había visto siete, me faltaban la mitad.
No me había parado aún ante otros dos viejos, estos de pie, sin comer sopas. Uno lleva barba larga y cayado, y el otro es una calavera monda, con orejas de bestia, que le grita al oído. A lo mejor no son dos viejos, ni estos ni los de la sopa, sino un solo viejo al que le ronda la muerte, una muerte gritona, siempre hablando, siempre pegada a su cuerpo, apestando, incordiando, no dejándole oír otra cosa que sus reclamos de baba y hiel.
Tampoco había visto a esas dos mujeres, una desdentada, que se ríen de nosotros, como busconas en lo oscuro de un bulevar, ni esa manola melancólica que guarda luto junto a una verja, ni aquellos otros paisanos apiñados sobre una hoja volandera, como en los tiempos de la regencia, cuando nos revolvíamos ansiosos contra los carcas.
Descansé otra vez los ojos con una tela grande a la que el barón se refirió como Asmodea. La tituló así Yriarte en su libro, me informó: es la que menos me gusta. Si no fuera por respeto a la integridad de la colección, la descolgaría, dijo.
Me fastidió concordar en su juicio, pero agradecí el alivio que esa hoja descuadernada me ofrecía. Tampoco me dijo nada una cabeza de perro bajo un cielo turbio e inmenso, por rara que fuera la composición. Así pude llegar con algún arresto de ánimo al Saturno final, esa bestia devoradora que tanto se parece a los viejos de los otros cuadros. ¿No son acaso todos Saturnos? Los de la romería, los de las sopas, las meretrices burlonas, las brujas y celestinas, hasta la manola de mantilla negra. ¿No se mezclan todos en la boca abierta del dios antropófago? Sentía las figuras como una gran masticación, las dentelladas de ánimas carnosas con los pellejos podridos. Me mordían, me arrancaban trozos de brazo, las mejillas, el pecho. Me atenazaban los lomos y se llevaban jirones de piel.
Salgamos a tomar el aire, señor conde, insistió d’Erlanger: le hará bien. Me negué. No quería salir de allí. Después de tantos años al fin comprendía a Rosario. Miraba con sus ojos y me dejaba morder por las mismas bestias satánicas que la despertaban a ella cada mañana. Me acerqué más a la pintura de Saturno, la examiné muy de cerca, casi pegando la nariz al lienzo, y le dije al barón: esto está mal, aquí debería haber una verga.
¿Una qué?, preguntó, como si no conociese la palabra. Tal vez no la conocía, y yo no sabía decirla en francés.
Aquí, y señalé las ingles de la bestia. Aquí ha pintado alguien encima, esto no estaba así, ¿verdad?
D’Erlanger se excusó. Martínez Cubells había repintado muchas zonas, las pinturas estaban muy dañadas. No se dañaron al despegarlas, subrayó, ya les he dicho que la humedad y el viento habían estropeado casi todas. El restaurador aplicó el pincel allí donde fue preciso.
De acuerdo, insistí, pero aquí había una verga, una verga erecta, y ustedes la han cubierto con pintura negra, como si estuviese en sombra. Han castrado a Saturno.
El barón me preguntó cómo podía saber eso, quién me lo había dicho. Sí, Saturno tenía el miembro viril en erección, y tanto a Martínez Cubells como a él mismo les había parecido una indecencia innecesaria. Bastante duro era que Saturno devorase a su hija, porque eso era un cuerpo femenino, como para que encima le excitara el acto de la devoración.
Entonces, señor barón, le dije, ustedes opinan que el furor erótico es menos soportable que el canibalismo. Quieren que los turistas de la exposición aprecien la belleza de un dios que devora a su prole, pero los salvan de su verga. D’Erlanger se encogió de hombros, sin entender qué le reprochaba. Sacó el reloj y nos apremió, era la hora de almorzar.
Apenas abrí la boca en el coche camino de la villa del barón, a unos quince minutos de trote por la ribera diestra del Sena. Comparto gusto con Goya, dijo el anfitrión, yo también me mudé a un terrenito cerca del río, junto al Bosque de Bolonia.
Villa Erlanger no se parece en nada a la Quinta. Claro que yo nunca estuve en la casa de Goya, sólo la contemplé desde los terraplenes de San Nicolás, señalada por ese dedo de Rosario, agarrotado tras un día sujetando lápices y buriles, con restos de carbón y tinta. Me fijaba más en la mano esculpida por el trabajo que en lo que señalaba, y sin su guía no podía localizar la casa en el panorama del otro lado del puente. Pero incluso con mi despiste y poco conocimiento veía que Villa Erlanger es un pequeño Versalles, y la Quinta era lo que su nombre anunciaba, ni más ni menos. Con salchichones de Auvernia, me dijo Emiliano con los ojos cuando el coche traspasó el portón. Ni el Sena es el Manzanares; ni el Bosque de Bolonia, Carabanchel; ni Villa Erlanger, la Quinta. Pero, de algún modo, entiendo al amigo banquero. Hay entre Goya y él un espíritu común, un deseo de mirar la ciudad a lo lejos.
Todo en los jardines y en el palacete está pensado para alegrar la vida. D’Erlanger ha reunido una colección de pinturas imponente, y también tiene instrumentos antiguos, un gran piano y un gabinete de objetos curiosos. Almorzamos bajo unos plátanos de sombra, y al primer sorbo de vino recuperé el ánimo y el oficio frívolo de mis mejores días como diplomático. Hablamos de naderías, de política, de cómo la guerra y la comuna ya no eran ni un recuerdo en las calles de París, de la bonanza financiera, de la temporada de ópera, qué sé yo, fruslerías que Emiliano domina por ser vecino de la villa y que a mí me permitían disimular y digerir la borrasca que llevaba en el pecho.
Tras el café, con unos puros cubanos que D’Erlanger se hace traer de España, nos pidió impresiones de los cuadros. Cree él, tal vez para consolarse de su chasco, que había que conocer España para apreciar esas pinturas. A Goya lo comprenden, decía, Goya gusta mucho en Francia, entre los artistas sobre todo. Han visto muchos Caprichos, los grabados se conocen bien, pero estas pinturas… ¿No creen, amigos míos, que captan algo intrínsecamente ibérico? Un sentido de lo trágico, un fatalismo, un mirar a la muerte sin espanto, como una compañía cotidiana. No sé si las he visto demasiadas veces y estoy volviéndome loco, necesito que me cuenten algo ustedes.
Emiliano le dio la razón, es su especialidad. Le dijo que veía en esas telas la mugre de la reacción, el atraso de las sotanas y las supercherías que los liberales detestábamos desde siempre y que trabajábamos por erradicar. Pero también dijo que aquella España de hacía medio siglo ya no existe, como bien podía comprobar el barón, buen conocedor del país. El liberalismo la ha llenado de ferrocarriles, industrias, oficinas de correos, bancos y escuelas. Quedaba mucho por hacer, qué duda hay, y los conservadores de Cánovas no van a ponerlo fácil, pero retó al barón a encontrar escenas así en los pueblos y villas de la España de 1878.
Sentí el impulso, raro en mí, de contradecirle: no, Emiliano, dije, escenas así las hay por toda la nación. Incluso en Madrid, no lejos de la Quinta donde estaban las pinturas. Me parece, amigo mío, que llevas demasiado tiempo en París. Yo sí he reconocido a esos viejos y a esos pordioseros con la cara deformada. Aparecen por todas partes. En la Puerta del Sol, en el Avapiés, en las fondas de la carretera de Francia, en el mismo Prado cuando cae la noche y las putas más desgraciadas se colocan en las rejas del Buen Retiro. A poco que el barón haya paseado por los barrios bajos o por los pueblos de Castilla habrá visto también esas figuras ajadas, sin dientes, con la piel color ceniza, los ojos saltones. No hace falta ni apearse del carruaje para contemplarlas, salen al paso del viajero en cualquier carretera. A veces con la mano tendida pidiendo limosna, a veces empuñando una faca o un arcabuz. Las habrá visto rebañando calderos negros, mendigando la sopa boba en los conventos, apoyadas en las esquinas, como las mujeres públicas que se ríen de nosotros en ese cuadro. Esa España vive, pero sólo asusta puesta en óleo. En carne, pasa inadvertida. Se confunde uno con facilidad en ella. Un caballero fino se la sacude de encima como la vaca espanta las moscas con el rabo, y perdónenme la comparación. Yo creo que para verla así hace falta estar sordo y un poco alejado. Desde dentro no se ve.
D’Erlanger se apoltronó y dio una calada honda. Luego me miró, con los ojos entrecerrados por el humo, y me preguntó quién era ella.
No supe a qué se refería, y él lo notó, divertido. Antes, en la exposición, me dijo, hablaba usted para sí mismo, como murmurando. No entendí lo que decía, tan sólo una frase: esto es lo que vio ella. ¿Quién es ella, señor conde?
Me sentí desnudo y señalado, pero creo que me recompuse veloz. Sonreí, incluso solté una carcajada. Emiliano dijo que él no había oído nada, y me miraba intrigado por la aparición de ese pronombre femenino. No sé, señor barón, respondí. Alegué que estaba sometido a una impresión muy fuerte, que jamás me había enfrentado a unas pinturas parecidas, y que era posible que mi mente, desajustada y deslumbrada por tanta oscuridad, divagase o incluso alucinase un poco. Usted ha visto el efecto que esos cuadros producen en la gente, le dije, no puede extrañarle un poco de delirio.
Está bien, dijo el barón, pero usted sabía lo de las ingles de Saturno, y si no lo había visto antes, es que alguien se lo había contado. Por eso sentí curiosidad por esa ella, quizá su confidente.
Le dije que lo de la verga era una intuición, lo había adivinado bajo la pintura. D’Erlanger sonrió como si me creyera y ordenó servir más coñac. A Emiliano le convencieron mis explicaciones, por eso no me preguntó nada en el paseo de vuelta a la Plaza de la Concorde, y bien que se lo agradecí. En días como este, la mejor compañía es la más banal.
Cené con el embajador, el Marqués de Molins, en su residencia. Qué remedio. Ni él ni yo podíamos escurrir el compromiso. Yo lo detesto tan cordial como intensamente, aunque él no debe de tener mucha conciencia de mi odio. En el año trágico de 1843, malhadado para mí por muchas más razones que las políticas, como el lector tendrá ocasión de comprobar, este caballero fue un agente destacado en la caída del querido Olózaga. Yo era entonces un miliciano y un plumilla. Por pequeño que fuese Madrid, él no podría recordarme entre tanto tumulto, pero yo sí recordaba el veneno que vertió sobre el honor de Olózaga y sus conspiraciones para mandarlo a Francia. En fin, mucho había corrido el reloj desde entonces, y los enemigos habían tenido tiempo de amistarse y volverse a enemistar. No lo perdono, pero yo ya no soy aquel joven que sabía tirar con la pistola, y él, puesto el pie en el estribo, debe de considerarme una infamia menor, un liberal tolerable con el que no merece la pena discutir. Todo se serena con el tiempo, aunque, excitado como estaba yo con tanta bruja y tanto monstruo, no me quitaba de la cabeza que aquella estantigua había sido muy amiga de los Madrazo, lo que tendrá sus consecuencias en esta historia. No sé si lo desprecio más por el lado político o por sus amistades con esa familia de intrigantes que tanto daño hicieron a mi amor.
El embajador es muy remilgado, y también poeta y académico, y por ahí salvamos la velada, charlando de literatura, un terreno donde no íbamos a confrontarnos. Por momentos, cuando se tomó el consomé, me recordó a los viejos de las pinturas, y la imagen me estremeció porque el marqués sólo es nueve años mayor que yo, y calculé que, si Rosario viviera, serían casi quintos. Puedo soportar mi ancianidad y la de mis amigos, pero no me imagino a una Rosario vieja, sentada al lado del marqués, tomando sopa con la mano temblona.
Con el segundo plato llegó la pregunta que confiaba eludir: qué negocios me llevaban a París y en qué podía ayudarme la legación española. No había preparado una mentira para esa pregunta tan elemental, por lo que dije la verdad y añadí un poco de proselitismo en favor de mi nuevo amigo el Barón d’Erlanger. Le pregunté si estaba al corriente de las pinturas de Goya expuestas en el Trocadero. Algo había oído, dijo, pero no las había visto ni tenía el menor interés en verlas. Alguien le había contado que eran monstruosas, la obra de un loco, algo tosco y horrendo. No le extrañaba que el público las ignorase, y bien que se alegraba de que los visitantes prefiriesen otro arte español, más patriótico y representativo. ¿Conoce a Raimundo, el hijo de Federico de Madrazo?, me dijo. Está triunfando a lo loco, se hincha a vender escenas costumbristas. Esa es la pintura que necesitamos.
En vano le hablé del heroísmo del barón, del prodigioso rescate de la Quinta, de su restauración cuidadosa. No sólo le disgustaba el asunto, sino que intentó disuadirme de mi propio interés. Déjelo estar, señor conde, me dijo. No moleste con esas demencias satánicas. Ya se habrá dado cuenta, me dijo, de que cada día abre un nuevo banco en París, ya ve con qué alegría corre el dinero por estos bulevares.
Buen amigo de los Madrazo, sí señor: de los que ven el dinero trotar y saben atraparlo al vuelo para que les caiga en la bolsa. Pensé también en los recurrentes salchichones de Auvernia de Emiliano, y asentí ante el embajador con diplomacia previsible.
No todos los banqueros israelitas, dijo, se parecen a su amigo d’Erlanger. Les gusta el arte, como a todos los ricos con palacios grandes para decorar, pero un arte que invite a invertir en España. En eso estamos trabajando, en llevar dinero a la patria, en que financien ferrocarriles y obras públicas y abran minas y funden fábricas, y no vamos a convencerlos con monstruosidades de un viejo loco del que ya nadie se acuerda, dijo. Me instó a olvidarme de esos cuadros, como se olvidaría el mundo pronto de ellos, incluido el tan bien ponderado barón, que se cansaría de verlos, como todos esos volubles amateurs de las artes, y encontraría enseguida otro juguete con que entretenerse.
Le di la razón por cortesía y volvió a cruzar mis ojos la estampa de una Rosario vieja, con el mismo vestido de gasa de aquel cuadro y una mano esquelética y ensortijada haciendo pantalla en su oreja. Parpadeé, y Rosario volvió a sus veintitantos años, como siempre.
Ahora estoy en el secreter de mi habitación, las ventanas del balcón abiertas y el trajín de los obreros golpeando abajo, la camisa desabotonada y las manos manchadas de tinta y ya cansadas de tanto escribir, pero incapaces de parar. Hace mucho calor, he comido demasiado y he fumado más. La cama está sin deshacer y no creo que duerma nada esta noche. Cada vez que cierro los ojos se me ponen en los párpados esas pinturas, con sus romerías y sus calaveras y sus mordiscos. Y aunque lograse olvidarlas y me entregase al sueño, las obras de la plaza me harían pensar en patíbulos y cabezas cortadas y en la plebe deforme agitándose en una romería de difuntos.
Nunca me creí sus historias. Por un lado, Rosario hablaba de Goya con amor, con nostalgia, con verdadera pena de huérfana. Por otro, me contaba pesadillas, bandadas de pájaros negros que entraban por los ventanales de la Quinta, fuegos prendidos en el jardín, celestinas forradas de verrugas danzando en círculos hasta que de la tierra emergía un gran macho cabrío con una verga enhiesta que las viejas lamían y frotaban en trance. Yo creía que eran terrores naturales en una niña criada en el campo, que pasaba demasiado tiempo sola y se dejaba dominar por una imaginación mal instruida. Cuando me contaba que todo eso estaba en las paredes de su casa, a la hora del desayuno, a la de la cena, a la de las lecciones de caligrafía, en todo momento, yo pensaba que dramatizaba sus miedos infantiles.
Quién es ella, preguntó el barón, y tal vez debí habérselo contado. Qué vergüenza. ¿Qué sentido del honor estúpido me obligó a callarme? La verga de Saturno era la prueba rotunda de la verdad. Ese miembro tapado por la pudicia del barón demostraba hasta qué punto ella me había participado de la intimidad de su niñez, sin ahorrarse detalle. ¿Por qué no lo conté? ¿Por salvar la honra de Rosario? Como si ella fuera culpable de haber crecido en esa casa, como si hubiera algo impío o bochornoso en ello. No iba a encontrar un interlocutor más comprensivo y atento para mi historia que el señor d’Erlanger. Si yo mismo di la noticia de su muerte al mundo, si me encargué de publicar su necrológica en aquel maldito y perro verano de 1843, para que el todo Madrid, miserable y mohoso, se enterase de quién fue Rosario Weiss y bajara la cabeza con vergüenza por haber permitido que muriera sin gloria ni honores. ¿Por qué ahora la niego, como Pedro a Cristo? ¿Porque entonces era un miliciano ardoroso y hoy soy un diplomático calvo en la reserva? ¿Porque tengo esposa e hijos que leerían estas hojas con el mismo espanto con el que yo contemplaba esta mañana a los viejos que comen sopa? ¿Con qué pigmento negrísimo quiero tapar la mancha de aquel amor en mi vida? ¿Soy acaso tan hipócrita como d’Erlanger? ¿Tan insoportable me resulta contemplar mi propia historia, lo que sentí, lo que hice, lo que escuché?
Basta, no más quejas. Ya he empezado a contarlo todo. No me detendré hasta terminarlo, y que el lector me perdone si a veces me pierdo o desordeno los acontecimientos. La pasión, más que el talento, será mi guía en los pliegos que me faltan por escribir.
Al principio, Rosario sólo era la hermana de Guillermo. No sé cuándo Guillermo se convirtió en el hermano de Rosario.
Yo no era nadie, un pisaverde con el mostacho recién crecido que creía saberlo todo y lo demostraba paseando con soberbia por el Prado con un chacó y el sable a la vista. La milicia, decía en voz muy alta, para que me oyeran las señoritas y los señorones, es el conjunto de la parte viril de la nación. Se lo había leído a alguien en algún sitio y me gustaba cómo sonaba allí. Nadie me contestaba, pero se les subía a la cara el miedo. La mayoría de esos paseantes eran para mí enemigos del pueblo, carne de garrote cuyos cuellos habría que estrujar antes o después. Estábamos en guerra con los carlistas, y casi en guerra con los moderados en Madrid. Pronto habría que usar el sable para algo más que afilarlo en la piedra, y yo ansiaba que ese día llegase.
Pero las tardes del otoño de 1837 eran bien tranquilas en Madrid. Tras el fracaso de la Expedición Real en la primavera, que a punto estuvo de entrar en la villa, la guerra discurría lejos, en las provincias del norte, y por primera vez era favorable a los nuestros. Los milicianos nos dedicábamos a pasear y a meter borrachos en la cárcel municipal los días de verbena. Hasta las hijas de los duques se habían acostumbrado a vernos patrullar, y ponían ojitos a los lanceros que iban a caballo. A los de la infantería no nos hacían requiebros, aunque llevásemos chacó y sable en vez de gorra y basto. Éramos liberales del escalafón más bajo, chusma. Nos llamaban negros. Para que no me perdieran el respeto, gritaba de vez en cuando lo de que la milicia es la parte viril de la nación, pero ya nadie me escuchaba. Lo convertí en algo inconsciente, un vicio cualquiera, como silbar o canturrear coplas, por eso me sorprendió mucho la tarde en que sonó una carcajada a mis espaldas. Me volví furioso, la mano en el sable.
Frente a mí se reía otro miliciano con chacó de rango superior al mío. Tenía las patillas largas y unidas por una sonrisa, en un gesto simpático que lo declaraba incapaz para la guerra. Y, pese a ello, imponía respeto e incluso temor. Pero, hombre, me dijo sin parar de reír, guárdate esa munición para el enemigo, que aquí estás en casa. Baja la guardia, ¿no ves que los carcas se burlan de ti con esos andares tan tiesos?
Me convidó a fumar y paseó conmigo hacia Cibeles, como si fuésemos dos ociosos galantes del Madrid antiguo, y no los heraldos que anunciaban el Madrid futuro a bayonetazos. Tenía veintiséis años, me sacaba diez, parecía que había vivido cien vidas, se llamaba Guillermo Weiss y lo más extraño de él no era el apellido —herencia de un padre medio alemán con quien no tenía tratos y que malvivía borracho y sin un real en alguna covacha del Madrid viejo—, sino que no se tomaba nada en serio.
Nadie vestía las ropas de miliciano con desgana o sin una fe rotunda en la causa liberal, por eso yo daba por descontada la sinceridad de su compromiso. Pero, al mismo tiempo, me parecía un descreído coqueto. Hablaba con naturalidad, sin palabras políticas, en un castellano tocado de un acento leve que al principio tomé por alemán, por su padre, aunque enseguida supe que era francés, y se reía de casi todo lo que se nos cruzaba en el camino. Como yo estaba a punto de terminar mi guardia y él ya había cumplido con la suya, me propuso acompañarlo Alcalá arriba, hasta la Calle del Desengaño, donde tenía un almacén de pianos.
Era natural que yo cayera rendido ante este nuevo hermano mayor que combinaba lo mejor de la figura de un padre y la de un amigo, pero ignoro qué llevó a alguien como él, tan bien relacionado y con tanto mundo, a cultivar la amistad de un poquita cosa. Puede que le gustase que apreciara su almacén o que hablase de arte y de literatura. No eran esas aficiones, nunca lo fueron, comunes en la milicia nacional. Y aunque a los dieciséis años, bachiller reciente y pronto estudiante de leyes, sólo podría decir tonterías categóricas sobre todas esas materias, mi amigo debió de valorar la intención o el espíritu. O fue otra cosa, qué sé yo.
Importaba pianos de Francia y los vendía en aquel almacén de la Calle del Desengaño. No le iba mal el negocio, aunque aseguraba que, en Francia, donde había vivido, le iría mucho mejor. Eran pocas las familias que en España podían permitirse un instrumento así, y con la guerra se hacía difícil transportarlos desde el extranjero, lo que encarecía aún más el precio. Pero no desistía: rico no me estoy haciendo, te lo aseguro, decía, pero me mantengo y puedo ayudar un poco a mi madre y a mi hermana.
Me encantaba aquel lugar, con todos esos instrumentos de tamaños variados. Llegaban desmontados en cajas, y un maestro lutier dirigía a los obreros que se encargaban de juntar las piezas. En la trastienda, sobre la caja vacía de uno de esos animales musicales, Guillermo Weiss servía chocolate y licores a un grupo de amigos que formaban tertulia todas las semanas, a la que pronto me incorporé. Eran milicianos peculiares, con querencias por las artes y las letras, y allí se discutían libros y se comentaban artículos de las revistas francesas a las que Weiss estaba suscrito. También se hablaba de política, pero menos que en otros sitios. Ahora que lo pienso, puede que Guillermo, aquella tarde, sólo estuviese reclutando a un nuevo miembro para su club. Qué fortuna la mía haber gritado aquella tontería del cuerpo viril justo cuando él pasaba a mi lado.
Se respiraba en la tertulia una devoción unánime por Guillermo Weiss, a quien llamábamos casi siempre por el nombre completo, y algunos le añadían el don delante. Eran más jóvenes que él, aunque no tanto como lo era yo, y ninguno habíamos vivido la época gloriosa. Él guardaba recuerdos del Madrid de Riego, en el que yo nací, y tenía en su expediente una hazaña que nos despertaba la envidia. En 1830, había acompañado a Espoz y Mina desde Bayona en su intento de conquistar España. Que no pasaran de los valles navarros y tuvieran que replegarse en Vera de Bidasoa no le quitaba heroísmo al asunto, que en nuestra imaginación se parecía al arrojo de Torrijos o de Mariana Pineda. Nuestro Guillermo Weiss se las había visto con las huestes del Felón y había seguido la estela del héroe liberal, quien lo tuvo por un hermano de armas. Todos los que nos reuníamos en torno a la caja vacía de aquel piano habríamos dado nuestros brazos y nuestras piernas por ser hermanos de armas de Espoz y Mina, muerto en Cataluña las Navidades últimas, mientras dirigía la guerra contra los carlistas. Guillermo, a los diecinueve años, ya había conspirado en Francia, había sido prisionero y había conocido la gloria del combate por la libertad de España. Y nosotros, casi a esa misma edad, paseábamos ufanos por el Prado y recitábamos poemas en la trastienda de su almacén. Qué vergüenza, qué desperdicio de juventud para una España necesitada de sacrificios.
Esa orla de camarada de Espoz y Mina brillaba por todo Madrid, que para Guillermo Weiss era una ciudad de puertas abiertas. No había ministerio, academia o salón donde no lo esperase un abrazo emocionado. Todo el Madrid progresista se alegraba de verlo, y él tenía sonrisas para todos.
Una escalera de madera comunicaba la trastienda de las tertulias con el entresuelo, donde vivía la madre de Guillermo, doña Leocadia, con su hermana la artista, que tenía el estudio ahí mismo. En aquellas primeras tertulias no vi nunca a doña Leocadia. O no bajaba al almacén o no lo hacía las tardes que lo alborotábamos. A Rosario, en cambio, a quien a veces llamaban Rosarito o Mariquita, para su disgusto, sí la vi a menudo. Bajaba los escalones haciendo mucho ruido, imponiendo un silencio de respeto. Ella nos ignoraba y se dirigía a su hermano. Se entendían con monosílabos, no querían que nos enterásemos de sus asuntos. Siempre llevaba mucha prisa y a veces traía algún papel que Guillermo firmaba sin leer. Se despedían con un beso en la mejilla un poco demasiado confianzudo para la costumbre de la época, pero ya sabíamos que los Weiss, crecidos en Francia, no cuidaban la etiqueta, tenían fama de asilvestrados. Cuando Rosario hacía mutis, nos levantábamos y le deseábamos buenas tardes y nos poníamos a sus pies en una reverencia, pero ella salía escopetada sin responder a nuestras galanuras.
Una tarde que llegué pronto al almacén, me la encontré sentada a un hermoso piano de cola de ocho octavas. Estaba tan concentrada que no me oyó entrar, y yo no me atreví a interrumpirla. Me quedé de pie en la puerta, sin respirar, temeroso de que me descubriese y se enfadara. Rosario estaba entregada a la música. Le procuraba placer, y ese placer se contagiaba al aire en ondas densas. Me impresionó la intimidad que se creaba entre las teclas y ella. Tenía la partitura abierta en el atril, pero no la miraba, y si la pieza no hubiera tenido tantas frases reiteradas, habríase dicho que improvisaba.
Cuando terminó, sonó un aplauso solitario al fondo del almacén. Era Guillermo, que había asistido a la escena medio escondido entre dos cajas. Aplaude, Rascón, aplaude, que parece que no te ha gustado, me gritó desde su esquina, y entonces Rosario se volvió y me miró con lo que me parecieron rabia y sonrojo. Empecé a aplaudir con mucha timidez, y le rogué que me disculpase, que no había querido interrumpirla, que la canción era muy bella. Es una sonata, me corrigió, y sonrió al levantarse. Recogió la partitura y cerró el teclado, mientras me seguía contando: entre las muchas tonterías que mi hermano se manda traer de Francia se incluyen a veces unas partituras. Llevo unos días estudiando esta del maestro Zimmermann. No debería haberla usted escuchado, señor Rascón, no me la he aprendido aún.
Mi nombre sonaba muy extraño en su voz.
Mariquita tenía un piano cuando vivía con el viejo en Burdeos, dijo Guillermo. Y siguió: a veces creo que me he dedicado a estos negocios sólo por darle gusto. Se quedó tan triste cuando perdió el piano que me propuse que viviera encima de un almacén lleno de ellos, para que cada día pudiera tocar uno distinto.
Rosario sonrió otra vez y se despidió de mí con las cortesías acostumbradas en tales momentos y que, hasta entonces, nunca me había concedido. Llego tarde al Liceo y tú tienes tertulia, le dijo a Guillermo. Y volviéndose a mí: me ha contado mi hermano que tiene usted interés en el arte, y muy buen juicio. ¿Por qué no viene una tarde al Liceo? Nos reunimos todas las semanas y dibujamos lo que se nos antoja.
El azorado entonces fui yo. No era normal en esos años que una señorita invitase tan alegremente a un joven a hacer nada ni a ir a ningún sitio. No sabía qué decir para no comprometerme sin ofenderla. Menos mal que Guillermo Weiss me rescató. Yo mismo le acompañaré y le presentaré a la buena gente del Liceo, dijo, pero ahora vuela, Mariquita, vuela, que te están esperando, y hasta que no llegas tú, allí no pinta nadie.
Sería hermoso decir que me enamoré de ella en ese instante, pero no frecuentaba Cupido aquel almacén de pianos. Si el azar hubiera querido convertirla en mi esposa, hoy, en vez de escribir estos papeles, me sentaría con nuestros nietos y les contaría la gracia que tenía su abuela a los veintitrés años, cuando se concentraba al piano y se mordía un poco el labio inferior. Se lo contaría aunque fuese mentira, porque las familias necesitan estas historias. A todos nos gusta enseñar la medalla con el retrato a lápiz de la abuela y presumir de lo guapa que era en su juventud. Pero como ese cuento no sucedió, puedo decir que me enamoré del más mezquino de los modos. Por celos, ese sentimiento reaccionario, tan impropio de un liberal.
Del brazo de Guillermo Weiss comencé a frecuentar los jueves del Liceo Artístico y Literario de Madrid. A pesar de su nombre altanero era poco más que una tertulia de amigos, como la que nos reunía en la trastienda de Desengaño, aunque más concurrida y variada. Luego se instaló en el Palacio de los Duques de Villahermosa, pero entonces aún itineraba, como las viejas cortes, entre domicilios y salones del viejo Madrid. Estaba en la plazuela que llaman de Matute, alborotada de jóvenes pimpollos con anteojos y levitas de colores vivos, para irritación de porteras y comadres. La primera vez me vestí de más, con un traje que acababa de encargarme mi padre como regalo por principiar la universidad, y pese a ser el más joven de la reunión, parecía el dueño de la casa.
En el Liceo se recitaban poemas recién compuestos, se escenificaban cuadros de dramas a medio escribir, se tocaba música al piano y al violín y al violoncelo y, por supuesto, se dibujaba. Tenían mucho éxito los certámenes de dibujo rápido, en que los artistas competían y donde Rosario se llevaba los elogios más ruidosos. No me extrañaba tal entusiasmo, pues manejaba los lápices con una rapidez y una firmeza impresionantes. Se mordía el labio inferior como cuando tocaba el piano, y en un visto y no visto, sin corregir ni un trazo, sacaba del blanco rugoso del papel un busto, una escena inventada o una fruslería que sucediese ante sus ojos, en el mismo salón.
No había jueves en que los dibujos de Rosario no despertasen aplausos y celebraciones, y Fernández de la Vega, el jefe de aquellos salones, después de hacerlos pasar de mano en mano por toda la concurrencia, los guardaba en un cartapacio y se los llevaba a una recámara. Luego supe que los compraba y coleccionaba, como algunos otros liceístas con dinero y ganas de invertirlo en jóvenes, más baratos que los artistas consagrados. Amalia de Llano, futura Condesa de Vilches y entonces una joven que soñaba con ser escritora, era una de las más partidarias de Rosario, a quien le encargaba retratitos a lápiz y litografías. Aquellos jueves del Liceo eran parte del sustento de mi amiga. Nosotros nos divertíamos. Ella estaba trabajando a conciencia, aunque nadie lo diría, entre tanta risa.
Un jueves particularmente concurrido no encontré más asiento que una sillita junto a la señorita Menchaca, también llamada doña Petronila, aunque prefería Menchaca. Era una dama soltera, como todas las artistas del Liceo, más cerca de los cuarenta que de los treinta, lo que la declaraba solterona de oficio, circunstancia que no parecía acarrearle sufrimiento alguno. No cultivaba la vida en sociedad en busca del amor, como tantos otros. Era académica y tenía el respeto ganado de sus pares, pero siempre estaba malhumorada.
Cuando empezó el concurso aquella tarde, ella tomaba chocolate y observaba a los demás trajinar con los lápices. Por galanura, me atreví a preguntarle si no había traído útiles esa tarde. No, hoy no me apetece dibujar, dijo. Y la conversación prosiguió entre nadas y decires banales. Hasta que sonó la campanilla y los concursantes depusieron las armas. Se celebró, como de costumbre, la composición de Rosario, que en un par de minutos había trazado de memoria, o imaginándola, lo que anunció como una pasiega. Llevaba la figura femenina su traje típico con todos los detalles, y posaba en tres cuartos, una mano a la cintura, retándonos sin humildad ninguna. Cuando el dibujo llegó al rincón donde la Menchaca y yo departíamos, esta lo miró un segundo y dijo: qué lástima que la pobre sea tan cegata.
Debí de dar un brinco, porque Menchaca sonrió dulce y me aclaró: Rosarito no ve de lejos, ¿no lo sabía? Tiene problemas para copiar cuadros en el Museo, porque han de descolgárselos para que los pueda mirar de cerca. Por eso dibuja tan bien los detalles y los gestos. Es lo único que ve, la criaturita. La colocas frente a un paisaje y sólo te saca borrones, no distingue un pino de una cabra. Claro que igual se los elogiarían. Dirían que los contornos difuminados recuerdan a los de su maestro, y todos aplaudirían a la Weiss, y que si la Weiss es un genio y esto y lo otro y lo de más allá. Lo de todos los jueves, señor Rascón. No me diga que no es aburridísimo, yo no sé para qué vengo.
Ignoré la maledicencia, no quería herir aún más esa alma herida de envidia. Pero sentí curiosidad por la mención al maestro, y le pregunté a quién se refería. Me miró, cuestionándose en silencio de qué guindo me acababa de caer —un guindo que la Weiss sólo podría pintar si pegaba la nariz al tronco, según ella—, y me preguntó si no sabía que mi amiga era la alumna de Goya, que la educó y la sacó adelante. Por favor, me dijo, no me puedo creer que no lo sepa, si presume de ello todo el tiempo. Es imposible charlar cinco minutos con esa mujer sin que saque a Goya a relucir. ¿Cómo cree usted que un pajarillo tan exótico como ella se ha colado en estos salones? Claro, que un día se va a llevar un buen disgusto, porque sé de buena fuente que al hijo de Goya no le hace ni una pizca de gracia que esta vaya por todo Madrid aireando el nombre de su padre y haciendo crecer la sospecha. Un día se va a armar una muy gorda, recuerde lo que le digo.
Encajé entonces las piezas. Cuando Guillermo y Rosario se referían al viejo y a Burdeos, aludían a Francisco de Goya. Idiota de mí. Ellos debían de suponer que yo sabía de quién hablaban, por eso no se molestaban en explicarlo. Me sentí tan estúpido que me levanté y me disculpé con Menchaca, que se quedó rumiando sus rencores a la callada.
Volví solo a casa, paseando por un Madrid nocturno muy distinto al actual, en que las calles principales deslumbran de luces eléctricas. Para quien no la ha vivido, cuesta mucho imaginar la negrura de la ciudad de hace cuarenta años, con esos faroles pálidos que apenas se alumbraban a sí mismos. Nadie volvía solo del Liceo a esas horas. Nos organizábamos por parejas o grupos o alquilábamos coches. Casi a tientas encontré el camino a casa, que no quedaba lejos, y en la aventura me sentí observado desde las ventanas por celestinas y criaturas noctívagas. No soy asustadizo, y mucho menos lo era entonces, orgulloso miliciano, pero lamenté no llevar el sable reglamentario al cinto y apreté con indignidad el paso, por si me seguía uno de esos canallas esquineros que se aprovechaban del tenebrismo urbano.
El nombre de Goya me percutía en las sienes, aunque bien poco sabía yo de él. Algunos retratos de la Academia de San Fernando y esos caprichos que mi padre tenía encuadernados y que tanto le divertían, sin que yo supiera por qué. A mí me perturbaban. No encontraba palabras para explicar la incomodidad, pero era muy similar a la de aquel paseo nocturno, en que lo oscuro se difuminaba en una paleta de negros, grises y ocres, y las casonas parecían esbozadas al carboncillo sobre una aguada densa. Había en aquellos caprichos un algo que no estaba dibujado, acechando en las sombras o fuera de los márgenes del papel, presto a morder. Para mi padre, y para casi todo el mundo, eran chistes cuya gracia nunca comprendí. Supongo que hablaban de cosas de sus tiempos, de una España desaparecida que yo no podía entender pero que aún era familiar para los mayores.
Con esas inquietudes llegué a casa sin percance. Tras fumar un cigarro con mi padre, que leía amodorrado en el salón, busqué en el gabinete el libro de los Caprichos y me lo llevé a la alcoba. Los búhos y las quimeras me hechizaron, y me quedé dormido sobre las láminas sin encontrar ni un trazo de semejanza con los dibujos de Rosario.
Se nos unió un jueves de camino al Liceo don José de Espronceda. Cabello revuelto y perilla luenga, acababa de regresar de alguna misión política. Espronceda era para Guillermo lo que Guillermo era para mí. Le adoraba, y quizá por eso a mí me cayó como un plomo. Qué pesado era el dichoso don José, que hablaba en verso y todo. Aquella tarde quería presentar ante el Liceo unas escenitas de un drama que andaba rematando, El estudiante de Salamanca, del que Guillermo había leído algunas partes y ponderaba como la mayor genialidad del siglo. Yo me preguntaba si sabría fingir interés por él hasta el día del estreno, al cual, por supuesto, me había convidado, y me consolaba pensando que aquel mártir vivo del liberalismo no tardaría en irse de Madrid para rescatar a alguna novicia de un convento de Burgos o para liberar a los moros de un sultán. Paciencia, me dije, sólo es una tarde.
Al entrar, todos corrieron a abrazar y a estrechar la mano de Espronceda, el hijo pródigo. Alguien gritó un viva Espronceda que secundó el salón entero. El muy tunante fingió modestia y pidió que no pasaran apuros por su presencia. Allí era un colega más, un siervo de Atenea y Apolo, otra alma humilde herida por las musas.
En la sala aneja, junto a un balcón, Rosario charlaba con un pollopera no mucho mayor que yo, aunque se engomaba y afilaba las puntas del bigote para echarse un poco de virilidad a ese cuerpo a medio cocer. Al verme, ella me hizo gestos para que me acercase. Señor Rascón, ¿conoce a don Ramón de Campoamor? No lo conocía, pero sabía quién era, y me excusé por no haberlo leído aún. No se preocupe, me dijo con una voz de flautilla y sin mirarme a los ojos: esta tarde podrá remediarlo, pues voy a recitar algunas de mis últimas composiciones. Fernández de la Vega tocó una campanilla y nos mandó sentar: don José de Espronceda iba a comenzar la lectura de El estudiante de Salamanca. No me dio tiempo a detestar del todo a Campoamor, que tomó con su mano regordeta los dedos de Rosario y los besó antes de sentarse en primera fila, para que el maestro le viera bien.
Yo me acomodé junto a mi amiga casi al fondo, donde no alcanzaban los faroles del entarimado que servía de escena, de modo que Espronceda no podía ofenderse por mi cara de aburrimiento. Cuando recitó «fuero le da su osadía, / le disculpa su riqueza, / su generosa nobleza, / su hermosura varonil», Rosario contuvo la risa. En la última sílaba de varonil, soltó media carcajada. Mientras, en la escena, Espronceda se ponderaba a sí mismo como encarnación de su propio verso. Me volví hacia ella, que sonrió y agachó la cabeza. Lo siento, dijo en un susurro. Le devolví la sonrisa y nos guardamos el secreto.
Un millón de estrofas después, el Liceo se rompió en aplausos, y Rosario aprovechó el barullo para decirme al oído que no quería burlarse del pobre Espronceda, pero… Y ahí quedó ese pero, la o estirada como un trazo de grafito que se deshace en el margen de un cuaderno. Es un poeta magnífico, le dije. Sí que lo es, dijo ella.
Tras los besamanos y abrazos, subió a la tarima el desgraciado de Campoamor. El público se recolocó en las sillas de mala gana y algunos caballeros sacaron sin disimulo el reloj del bolsillo.
Estos versos, dijo con voz de tiple resfriada, llevan por título «El modelo», y nacieron en estos mismos salones, al final de uno de estos benditos jueves que constituyen la más bella expresión del sueño liberal y progresista por el que combatimos, poniendo nuestra pluma al compás de la espada.
Aplausos de repertorio. Los de estreno se los había llevado Espronceda. El gaznápiro se aclaró la garganta y se arrimó las cuartillas al rostro.
A la señorita doña Rosario Weiss, dijo, y yo no supe reprimir la mirada que se me escapó hacia ella. Todo el salón volvió la cabeza y un murmullo alfombró la estancia antes de apagarse al unísono. Rosario, encendida de rojo de los pies al moño, fingía una compostura rígida. Luchaba por no achicarse y meterse debajo de la silla.
Del poema sólo recuerdo una estrofa, la que más me escoció: «Pintad su cintura leve, / blanco el cuello y sin aliño, / torneada la mano y breve, / la frente como la nieve, / y el pecho como el armiño». Pintad su cintura leve, cantaba el currutaco en medio del todo Madrid.
El Liceo publicó el poema con esa dedicatoria, aunque me consta que Campoamor la retiró en las reediciones, dejando «El modelo» como una declaración de amor descarnada, porque no tenía carne que invocar. Nunca he podido leerlo sin sulfurarme. Aquella emoción era tan nueva para mí que pensé que me estaba dando un síncope. Con cada rima, los hervores me recocían los hígados. Sentía un tipo concreto de ansia que Espronceda calificaría de varonil. Quería levantarme y romperle los anteojos al vate de un bofetón. Le habría retado a duelo de haber encontrado un motivo. Lo odiaba tanto que imaginé varias formas de darle muerte mientras me mantenía muy quieto en la silla. En mi cabeza, le di vueltas al garrote hasta que le crujieron las vértebras. También lo subí al cadalso y le coloqué la soga al cuello. Lo ensarté con mi sable de miliciano, y después con mi bayoneta. Lo lancé al vacío desde un risco y lo ahogué con mis manos en el río hasta que dejó de patear, y ahí lo abandoné, para que se lo comiesen las carpas y los barbos.
Me faltaba el temple de la vida para reconocer una emoción tan destructiva, pero no salí mal parado de aquel primer ataque de celos. Prueba de ello es que, tantos años después, el poeta vive y sigue escribiendo y recitando y dando la paliza en las Cortes con su escañito conservador. Quién lo ha visto y quién lo ve, a Campoamor: de desenvainar su pluma al compás de la espada liberal, a apoltronarse en el Congreso como mayordomo de Cánovas. Como tantos otros, claro.
¿Cómo se atrevía a poner en semejante compromiso a una dama? ¿A quién se le ocurre declarar un amor en una escena, ante el todo Madrid? ¿Qué debía responder la aludida? ¿Aceptar la ofrenda y entregarle un pañuelo, como en las justas medievales? No cabía más reacción que la que obtuvo: Rosario se levantó y buscó la puerta. Yo la seguí y me ofrecí a acompañarla, si deseaba irse a casa. Lo deseaba, y me aceptó la compañía. Nos despedimos medio a la francesa, mientras Campoamor seguía leyendo otros poemas a un público que ya no lo miraba, pendiente como estaba de nuestra marcha. El infeliz ni siquiera se dio cuenta de que su amada huía de él como la liebre del galgo.
Espronceda y Guillermo Weiss fumaban en el descansillo y nos cortaban el paso. Al humilde siervo de Atenea y Apolo le habían sabido a poco los aplausos y Guillermo le saciaba el hambre con un buen surtido de halagos. Enfrascados como estaban, no se enteraron del revuelo, que ya debía de subir por toda la Calle de Atocha y alcanzaba la Plaza Mayor. Por eso les sorprendió el sofoco de Rosario, a quien preguntaron si se encontraba bien. Yo les dije que se había indispuesto y que me ofrecía a acompañarla a casa para que descansara. Espronceda, magnánimo, nos excusó: no les entretengo, queridos amigos, ya me contarán sus impresiones sobre El estudiante de Salamanca en la próxima ocasión. Por supuesto, le dije, y pudimos al fin salir a la calle casi nocturna.
Me tomó del brazo y noté su pulso aún agitado. Caminamos en silencio un trecho. Yo no sabía qué decir y ella no hablaba, hasta que le dio un espasmo. Pensé que estaba echándose a llorar y me tenté los bolsillos en busca del pañuelo, pero Rosario reía. Reía tanto que tuvo que pararse. Se doblaba de la risa, y yo me reía con ella, contagiado. Estábamos en medio de Atocha, riendo como dos locos. Con cada oleada yo reía más y no podía articular palabra, hasta que recuperé un poco la compostura y le pregunté de qué nos reíamos. Rosario me miró fijamente y redobló las carcajadas. De eso, dijo, o así creí entender: de eso, dijo. Se calmó un poco e hizo como que se colocaba unas lentes y desplegaba unos papeles. Puso cara de burla y fingió leer con una voz muy aguda: a la señorita doña Rosario Weiss. Y volvió a doblarse de la risa, y yo con ella.
Ay, dijo al amainar, tomándome otra vez del brazo y reanudando el paseo: ay, Rascón, qué calamidad de hombre este Campoamor. ¿Usted se cree? Pues no le habré explicado yo cien veces mi situación, y él, erre que erre. Lo de esta tarde ha sido de llamar al juez. Mire, me río mucho, aunque no hay derecho. Se lo tengo yo muy dicho a Campoamor, pero el muchacho no atiende, sólo se escucha a sí mismo, con esa vocecilla que tiene.
Le pregunté, si me lo permitía y sin ánimo de ofenderla, qué era eso que le había explicado tantas veces a Campoamor. Y me respondió: pues que yo no me puedo casar. Yo tengo un oficio, estoy casada con mis pinceles y mis lápices, y no me da la gana abandonarlos por el primer poeta romántico que se me cruce. Ya habrá notado usted que en Madrid hay más poetas románticos que ventanas. ¿No será usted también un poeta romántico? Negué con un mohín de conjuro, como si me hubieran mentado a Satanás. Menos mal, dijo. Si me caso, ¿qué va a ser de mi madre? ¿Quién se va a preocupar de su sustento? Y de contemplarla, porque doña Leocadia tiene un genio que no hay yerno que sobreviva. Se lo dije la primera vez que le vi venir, porque a Campoamor lo veo venir hasta yo, que soy miope. Y nada. Dale que dale. Yo me tengo que reír, Rascón, porque el día que me dé por llorar no paro.
Nos concedimos el tuteo esa misma noche en que también inauguramos la costumbre de dar largos paseos por Madrid. A la salida del Liceo, o después de las tertulias en la Calle del Desengaño, o cuando terminaba alguna visita o algún encargo o, simplemente, cuando me llevaba al Museo de Pinturas y me las explicaba con lo que ella llamaba palabrería de bachillera. Empezó a dejar de ser la hermana de Guillermo Weiss, y Guillermo Weiss comenzó a ser el hermano de Rosario.
Fue el nuestro un amor de paseos y risas. Rosario me sacaba siete años, era una mujer imponente a mis ojos medio amanecidos, y aún no sé qué la llevó a confiarse tanto a mí, por qué fui el custodio de su historia y me tocó honrarla con un obituario. No era yo, pese a mi soberbia de miliciano con sable, el mejor confidente ni el consejero más sabio, pero me quedé con su vida, que me regaló a retales sin orden.
De su brazo ya no me intimidaba el gentío del Prado, que atravesaba con levita de civil, sin chacó ni sable. Nuestros andares acababan muchas veces en el Museo de Pinturas, una extensión del Prado que se llenaba los días de frío o lluvia. Los de sol y primavera, en cambio, estaba vacío, y eran esas tardes nuestras preferidas, cuando había que hablar en voz muy baja para que las bóvedas no amplificasen las palabras.
Muchos de esos cuadros los había copiado Rosario en su época de copista, de la que intentaba olvidarse. A esas alturas, su negocio principal eran los retratos. Se estaba convirtiendo en la mejor retratista de lápiz y tinta de Madrid. No había noble, político, literato o gualtrapa con ambiciones recién llegado de Mondoñedo que no quisiera un retrato de la Weiss para colgar en el gabinete o imprimir en el frontispicio de sus obras completas. Qué bien miraba de cerca, mi querida miope, con qué finura insinuaba las penas y los deseos de los retratados, con qué comprensión callada penetraba en su alma.
Me conducía hasta el retrato de Goya de Vicente López, que ella misma había copiado maravillosamente para la Academia de San Fernando y cuyos detalles conocía con precisión absoluta. Yo tenía doce o trece años cuando se lo hizo, me decía, pero no lo vi hasta que no cumplí veinte, cuando mamá y yo volvimos a España. Fue…, y se quedaba un rato columpiada en los puntos suspensivos y mordiéndose el labio inferior. Era muy de ensimismarse y de dejar las frases a medio decir. A su lado aprendí algo que el miliciano del sable y el chacó no podía saber: cuando alguien empieza a hablar y calla, hay que honrar el silencio, pues pide compañía, no preguntas.
Yo tenía trece años, me dijo en otra visita, y lo recuerdo así, como lo pintó Vicente, con ese porte, esa manía de vestirse de domingo aunque sólo fuera a dar una vuelta a la manzana y airearse. Era difícil, Rascón, era muy difícil retratar a Goya. Posaba solemne, le gustaba ponerse de efigie para los siglos del futuro, pero a la vez quería verse humano, no sé si me explico. Me pasa como a él, me entiendo mejor con el lapicero que con la palabra. A ver, era como si tuviera dos caras. Bueno, todos tenemos dos caras, aunque no lo sepamos. Tú tienes dos caras, Rascón, ya te las contaré otro día. Hay una cara para el mundo y otra para la vida, y el retrato tiene que mezclarlas. Si no ves las dos caras en el retrato, no está bien hecho. O te sale un busto muerto, una cosa numismática para acuñar monedas, o te sale algo muy deshabillé, demasiado doméstico y sin asear. Goya lo ponía difícil porque estaba en el secreto, y Vicente lo hizo muy bien. Era una comisión endemoniada la que le encargaron. Fíjate, Rascón: está digno, es un retrato oficial, es un gran señor, el príncipe de los pintores, pero a la vez es el viejecito sordo al que hay que apartar de la calzada para que no lo arrollen los carruajes cuyo trote no oye, como me tocaba hacer a mí cada vez que íbamos a la feria o al río. Esto es muy difícil, me gusta mucho lo que hizo Vicente. Es el Goya que me crió y, a la vez, el Goya que impresionaba al mundo. Los dos en uno, ¿ves? Eso es un retrato. Si sólo está un Goya, no sirve, por muy bien que pintes las manos y las narices y los detallitos de los botones.
Yo asentía y callaba, feliz de recibir tales enseñanzas. Mi silencio la ponía nerviosa. Di algo, Rascón, maldita sea, decía: no te quedes como un pasmarote, que parezco una bachillera y no me soporto.
Bachillera es una palabra que ya no se dice en Madrid. Es de los tiempos goyescos, de cuando las mujeres parlanchinas y con lecturas caían mal, quizá porque abundaban más que ahora, cuando viven encerradas en casa. Las bachilleras no se casaban ni recibían invitaciones a los bailes. Rosario empleaba algunas palabras antiguas, tenía unos decires pasados de moda, tal vez porque había crecido en Francia y todo el castellano que escuchaba era el de los emigrados, resignados a una lengua que había perdido todas las guerras y ya sólo se oía en Burdeos.
Es magnífico el retrato de Vicente, de verdad, dijo cuando ya nos íbamos hacia la rotonda, pero el mío es mejor. Claro que es un dibujo, no un lienzo, es una cosita que hice en Burdeos una tarde de lluvia, un esbozo del busto, pero es mejor. Tenía que ser mejor, sólo yo podía hacer ese retrato. Estoy muy orgullosa, algún día te lo enseñaré, lo tiene mi madre puesto en un marquito, como un recuerdo. Creo que a él también le gustaba. Se lo hice cuando volvió del último viaje a Madrid, después de posar para Vicente. Llovía mucho y habían suspendido el circo, y mi madre y él habían discutido por algo, siempre discutían por tonterías. Estaban enfurruñados, y como a mi madre sólo se le pasaban los disgustos en la calle, y con esa lluvia no se podía pasear, andaba maldiciendo y jurando en el piso de arriba, sin parar quieta. Aunque Goya estaba sordo, parecía que la escuchaba. Yo creo que tenía algo de oído para mi madre, porque sabía cuándo rezongaba y a veces la entendía sin leerle los labios ni atender a sus gestos. Yo estaba en mi mesa de dibujo, no me atrevía a tocar el piano con ese ambiente, y tenía que terminar las tareas de la escuela de Monsieur Lacour, pero no me apetecía ponerme a practicar las aguadas. Qué horror, Rascón, las aguadas. Lo que me costó dominarlas. En fin, que con la lluvia y las nubes entraba una luz muy bonita por el ventanal. El piso daba a la calle principal de Burdeos, con una perspectiva hacia la torre de la catedral, y los días grises formaban unos volúmenes como de lápiz blando, sin líneas claras. Goya miraba por la ventana y suspiraba de disgusto. A él también se le curaban los males con un paseo. Me parecía esas bestias tristes que quieren escaparse de la jaula en las casas de fieras. Sin darme cuenta, empecé a dibujar su cabeza. Ni él sabía que posaba ni yo sabía que dibujaba. Sólo cuando repasé las arrugas de los ojos y remarqué la línea del párpado izquierdo, que era el que veía completo desde mi mesa, me di cuenta de lo que estaba haciendo. Y puede que él también, pues se retrepó en la butaca y me ofreció un perfil de tres cuartos más señorial. Reduje los ojos a su pupila, un medio punto que bajaba del párpado como una lágrima negra. Goya me lloraba en seco. Como un niño castigado, así lo veía yo con luz de lluvia. Desobedecí todos los mandamientos de Monsieur Lacour, esquematicé, reduje el busto a cuatro trazos alborotados, y cuando me quedé satisfecha me levanté y le enseñé el papel.
Siempre me corregía. Aunque ya se movía muy lento y mal, yo esperaba que se levantase, tomara asiento en mi mesa de dibujo y, con unos toques de lápiz, mejorase algunas sombras o delinease con más vigor un rasgo. Pero no hizo nada. Sólo lo contempló un rato largo, yo creo que sonriendo, y dijo: ay, Mariquita, qué pena que sea yo. Y me lo devolvió sin una marca, sin un comentario, como si ya hubiera dado por acabadas las lecciones y me permitiera ir a dibujar por libre.
¿Qué podía comentar yo ante esos cuentos? Diez años habían pasado desde esas historias. Rosario era una mujer de veintitrés con una vida entera sobre los hombros y un oficio en el que, de haber nacido hombre, sería ya profesora y académica, y no tendría que pasar los jueves en el Liceo, al albur de las marquesas que no saben si comprarse un sombrero nuevo o hacerse un retrato. Pero era mujer, bachillera, emanaba de ella una insolencia luminosa que nadie sabía tratar. Quizá por eso aún se identificaba con aquella adolescente de Burdeos. Quizá por eso volvía al cuadro de Vicente López y lo copiaba, y dibujaba tantas veces la cabeza de Goya, y hablaba de él en cuanto se le soltaba la lengua. No para abrirse camino, como decían las víboras liceístas, sino porque una parte de ella aún vivía allí.
Le costó un tiempo invitarme a visitar su estudio. Corría ya el año 1838 y mi amistad con Guillermo Weiss se había enfriado un tanto debido a su matrimonio, que le llevó a espaciar las tertulias de la trastienda del almacén y suspender su actividad en la milicia. Había sentado la cabeza, mi Guillermo, como todo el mundo a nuestro alrededor, y Rosario y yo nos quedábamos cada vez más solos entre amigos casados que se retiraban a sus hogares, y gente industriosa afanada en sus negocios o demasiado agitada en conspiraciones y trajines de gobierno, sin tiempo para pasear por el Museo ni para charlar. Subí al estudio una tarde en que doña Leocadia no estaba, e inspeccioné a placer los lienzos y los trabajos a medio terminar.
La cara de Rosario me sorprendió en una tela cuadrada casi acabada. Llevaba el pelo suelto y un vestido de gasa, apenas una túnica que le dejaba al descubierto los hombros y casi hasta más abajo del nacimiento de los pechos, cuyas formas se adivinaban con claridad en el margen inferior del cuadro. Me turbé, no quiero dar a entender que ya era el hombre de mundo que luego sería. Por mucha milicia que llevara en el cuerpo, aquella intimidad del estudio, tan silenciosa como la de un templo, y el autorretrato de mi amiga como recién salida de la alcoba me hicieron sudar las manos, que no sabía en qué bolsillo ocultar. A Rosario, maldita sea, le divirtió mi torpeza.
Eres tú, le dije. Y ella lo negó. Qué voy a ser yo, dijo: es una alegoría del silencio.
La figura que era Rosario sin ser Rosario se llevaba la mano derecha a los labios, en el gesto universal de mandar callar, pero lo hacía sin severidad, con una sonrisa cándida, tan vaporosa como la tela que apenas le cubría los senos. Incitaba a compartir un secreto, lo cual me ponía mucho más nervioso, y mis nervios tenían un efecto más perturbador aún en ella. Me parecía distinta, había perdido ese talento suyo para ignorar lo que me pasaba cuando me galopaba el corazón, así que no me calmé. No sabía devolver el pulso y la respiración a un ritmo de civilidad.
¿Por qué el silencio?, pregunté con una voz que me sonó tan aflautada como la de Campoamor aquella tarde ya lejana. No lo sé, Juan Antonio, y dijo Juan Antonio, no Rascón. Y lo dijo en un tono insólito que más tarde, cuando la vida me concedió perspicacia, identifiqué como insinuación. No lo sé, Juan Antonio, insinuó Rosario: un silencio que se explica no es un silencio. Pero sí te puedo decir que el silencio es mi vida. Salvo cuando estoy contigo, vivo en el silencio. Para dominar mi arte hay que pasar el día en silencio, observando con paciencia, meditando entre sombras y volúmenes. Sólo te escuchas respirar. Aprendes a distinguir los matices de los materiales, el difumino o el lápiz perfilador, sobre papel usado o nuevo. Puedo adivinar de qué color es una pincelada con sólo oír el ruido que hace al trazarse en el lienzo. Pero contigo hablo. ¿Lo ves? Hablo y hablo y hablo y tú nunca me callas. Has abierto un manantial que ya no puedo devolver a la piedra. Las palabras corren descontroladas, saltan sobre el cauce, bajan al valle, y yo pierdo la cuenta de lo que he dicho o callado.
De no haber sentido el cuerpo paralizado, habría huido a la carrera y nunca más habría regresado a la Calle del Desengaño. Pero mi organismo obedecía la orden del cuadro, y callaba y ni siquiera tembló cuando la Rosario física empezó a parecerse a la pintada, la cabellera tan suelta, los hombros tan a la vista y el índice en esos labios que de pronto se cerraban en los míos, llenándome la boca de colores. Me pintaba por dentro, Rosario, con su boca entera, la lengua y los dientes. Me trataba como a un lienzo recién estrenado, blanquísimo y tenso en el bastidor, y en el cielo del paladar se me aparecían frescos y filigranas que nunca pensé que pudieran pintarse así. Me llevó en volandas por las nubes de Madrid sin salir de aquella habitación. No sé qué hizo, pero puedo hacer una lista infinita con todo lo que yo no hice. Quieto, desconcertado de mi propio placer, entendí de golpe los poemas que aún no había leído, mientras ella me rondaba y yo me dejaba rondar. Una lucidez omnisciente se adueñó de mí unos segundos, y después caí sobre la tarima de madera salpicada de pintura, como si el dedo de Dios me hubiera expulsado, ángel caído.
Siete años más que yo tenía ella, y estoy seguro de que nada habría sucedido en ese estudio si la diferencia de edad hubiera sido a mi favor. Fue la primera vez que sentí placer con una mujer, los primeros pechos que acaricié, el primer pubis en el que me perdí, la primera risa de lascivia que me dio escalofríos. Pero ella —lo supe desde que se soltó el pelo— había vivido aquello otras veces. No fui su primer amor. En el silencio que prometía su pintura había algunas escenas como la que acabábamos de interpretar que nunca iba a compartir conmigo. Debería haberme ofendido. Al Rascón miliciano, incluso al Rascón estudiante de leyes y al Rascón periodista debería haberles dolido que esa Rosario que no quería casarse no fuese doncella. Pero a Juan Antonio no le importaba nada. Durante un tiempo, creí que Juan Antonio se equivocaba y que Rascón debería haberse impuesto como hombre burlado, aunque no sé cómo habría restituido mi honor, sin nadie a quien pedir satisfacciones. Hoy sé que Juan Antonio acertaba como sólo se acierta en el arte: en silencio, sin explicaciones de más.
Un apellido exótico y difícil de escribir —Weis, Beys, Veiss, Weys, Weyss, entre otras posibilidades— fue lo único que le legó un padre natural al que nunca había visto. Nació Rosario en octubre de 1814 en casa de ese Isidoro Weiss, hijo de alemanes, en la Calle Mayor o en la del Arenal, donde regentaba una joyería. Mi amiga tenía un hermano mayor que Guillermo al que tampoco conocía. Cuando Leocadia se separó de aquel buen señor, se repartió con él los hijos. El joyero retuvo al heredero, y Leocadia, a mis dos amigos.
Como es normal, no guardaba Rosario ningún recuerdo de sus primeros años. Doña Leocadia tampoco daba razón de qué sucedió entonces, aunque lo que su hija le sonsacó y las historias mínimas que divulgó Guillermo hablaban de unos años de penuria y peregrinaje. Una mujer separada y con dos criaturas en el Madrid hambriento de la posguerra no tendría muchos cuentos edificantes que compartir con su prole, pero tan mal no se debió de conducir cuando, entrados en la edad adulta, los dos hijos no tenían más que devoción hacia su madre. Yo era muy joven, pero ya sabía lo bastante de rencores para entender que entre Leocadia y sus hijos no había ninguno. Hiciera lo que hiciera para sobrevivir en aquellos años oscuros, para mí siempre será tan noble como la loba capitolina amamantando a Rómulo y Remo.
Leocadia era pariente lejana de Goya, pero muy lejana y muy política, casi ni familia podían decirse. A ver si lo explico bien, porque me pierdo en genealogías y nunca entendí el ramaje de esta. Leocadia quedó huérfana de madre y su padre se casó en segundas nupcias. La segunda esposa tenía una hermana, que pasó a ser como la tía adoptiva de Leocadia. Esa tía tenía a su vez una hija, digamos prima putativa, que se casó con Javier, el hijo de Goya. Para simplificar, como hacen en los pueblos, Javier y Leocadia eran primos por parte de la mujer, aunque entre ellas no sé si había lazos de sangre. Así que Leocadia era prima de Goya en un sentido muy amplio, y no era nada a la vez.
Lo que importa de todo este lío de parentescos y no parentescos es que Leocadia pertenecía al mundo de Goya desde joven, y entre meriendas y visitas, los dos se hicieron familiares en el sentido íntimo de la palabra. Por eso, Goya nunca apareció en la vida de Rosario. Siempre estuvo en ella. No recordaba el día en que lo conoció, como no recuerda nadie el día en que conoció a su padre. Cuando pensamos en la infancia, los padres ya están colocados en la escena, no se presentan. Aunque no tengamos recuerdos de ellos, sabemos que vienen de lejos, son el mundo que vivimos. Tan sólo están, como las montañas y los mares.
No podía conocer Rosario a quien conocía desde siempre, pero sí había una escena de érase una vez o de al principio fue el verbo. A los seis años, Rosario se asomó a un pozo. Quería ver el fondo y se apoyó en el pretil, abocando medio cuerpo en la fosa. Gritaba para hacer eco, y las voces alertaron a Leocadia, que trajinaba por el jardín. La madre tiró del vestido de la niña con todas sus fuerzas, y la niña salió despedida, como si el pozo la hubiese escupido. Tumbada en la hierba, sin saber qué había pasado e ignorante del peligro que acababa de correr, Rosario vio recortarse contra el cielo la silueta de su madre, la cara descompuesta, agitando los brazos y jurando por Dios, ¿no te das cuenta de que te ibas a caer? Pero qué cabeza tiene esta niña, a mí me va a matar a disgustos. ¿Y qué hacemos si te caes? Dime, Mariquita, ¿qué hacemos?
Al fondo, en la primera planta de la casa, Goya contemplaba la escena asomado a un ventanal. Rosario lo vio dejar la paleta y los pinceles en la mesita, salir por la puerta del jardín y encaminarse hacia ellas, preguntando qué pasaba. Leocadia, con su mezcla de gritos y lenguaje de sordomudos, le dijo que todo era culpa suya, que esto pasa cuando uno se empeña en vivir en campicos, que en Madrid no hay pozos, ni culebras, ni zorros, ni jabalíes, ni nada que pudiese hacer daño a Mariquita. No me des la espalda, Paco, decía: mírame, que esto te lo tienes que oír. Pero Paco no miraba las manos ni la boca de Leocadia, que es la forma que tienen los sordos de hacerse los sordos.
Goya tendió la mano a la niña, tumbada en la hierba, callada, aguantando la tormenta, y la condujo hasta el pretil, mientras Leocadia bramaba: estáis los dos locos, sois tal para cual, yo un día me voy a ir por la puerta y allá os apañéis, y si os caéis al pozo u os come un oso, le pedís socorros a San Isidro.
Asomados los dos, sin soltarse de la mano, Goya le preguntó qué creía ella que había al fondo del pozo. La niña se encogió de hombros. ¿Un duende?, dijo con la lengua sordomuda. A Goya le gustó la respuesta. ¿Y si es una niña que se cayó hace muchos años y ahora es una vieja y está esperando a que otra niña se caiga para comérsela?, preguntó. Rosario respondió que podría ser: si la niña se cayó hacía tanto tiempo, debía de tener mucha hambre atrasada, y una niña se le haría poco desayuno. ¿No te da miedo lo que haya en el pozo, Mariquita? Mariquita negó con la cabeza. Está bien, dijo, pero a nosotros sí nos da miedo que te caigas y te hagas vieja en el fondo y te pases tantos años esperando a que se caiga otra niña. Pero, dijo Rosario, si me caigo me podéis traer comida, no hay que esperar a que se caiga otra niña. ¿Y si no nos enteramos, Mariquita? Yo no oiría tus gritos, y a lo mejor tu madre estaba en la otra punta del jardín o dentro de la casa y tampoco los oiría.
Lo que quiere decir Paco, dijo Leocadia, que se había calmado y escuchaba dos pasos por detrás, lo que quiere decir Paco es que aquí estamos solos, Rosario, y debemos tener cuidado porque esto es muy grande. No te asomes al pozo, ¿me oyes?
Anda, dijo Goya, vamos a dibujar al duende y a la vieja que viven dentro del pozo. A ver si nos sale un buen retrato.
No recordaba Rosario otra casa anterior a esa quinta. La Quinta, la llamaban, como si no hubiera otra. La Quinta del Sordo, le dicen algunos hoy, pero Rosario juraba que nunca había oído ese nombre. Era la Quinta de Goya. En los tiempos en que paseábamos por las galerías del Museo vivía en ella el hijo, o la usaba de villa de recreo. Le había metido muchos reales y la había dejado irreconocible. Una vez, me dijo Rosario, fuimos mi madre y yo a verla. Desde fuera, desde el camino. Por curiosidad, nada más, por salir de Madrid a que nos diera el aire, por el gusto de cruzar el puente en un coche. No quedaba nada de la casa que fue nuestra. Parece ahora, me dijo, un hotelito o un palacete. Donde en mi niñez había huertos ahora hay jardines y rosales y senderillos de arena fina de albero. Está bonita, pero a mí me parecía más hermosa entonces, con sus manzanos y esa acequia que regaba las lechugas y los tomates.
Nada de eso debía de quedar cuando el barón d’Erlanger la compró, hace pocos años.
A Goya le gustaba madrugar para aprovechar la luz natural que entraba por los ventanales. Cuentan que en la ciudad era más de trasnochar, pero en su vejez geórgica le dio por imitar a los labriegos hasta en lo de levantarse con el canto del gallo. Rosario lo acompañaba casi siempre. Guillermo y Leocadia preferían calentar las sábanas un poco más, y bien que hacían. Del río subían en los meses fríos un relente y una neblina que no invitaban a encarar la jornada. Con escarcha o con sofoco, a Goya le salía el cazador que fue, y soltaba a los perros por el terreno que bajaba suave hasta la ribera cuando el sol aún no asomaba por encima de los tejados de Madrid. No pocas mañanas le seguía Rosario, como un perro más de la jauría, pendiente de que el amo le señale la presa. Como si echara de menos la escopeta, el pintor se colocaba al hombro el garrote que usaba para caminar por aquellos andurriales, y cuando la luz clareaba del todo, apuntaba a los gorriones y a las palomas que volaban sobre las cúpulas, y les metía tiros imaginarios que debían de retumbar en su cabeza sorda.
Una bella vista de Madrid se imponía al frente, y cualquier otro pintor habría llevado su caballete para pintarla en un lienzo grande y muy apaisado. Pero a Goya no le interesaban las perspectivas. No pintaba arquitecturas ni paisajes, y parte de su fama y la causa de los peores disgustos que había vivido tenían que ver con ese descuido con el que trataba el fondo, muchas veces una aguada negra o marrón; otras, brochazos que simulaban edificios o árboles sin ser ni una cosa ni la otra. Para sus amigos esto era una genialidad. Para sus enemigos, la prueba de que Goya no valía nada, que era un garrulo aragonés sin finura ni técnica. Rosario se preguntaba si no le pasaría lo que a ella, que veía borroso a lo lejos, pero muy bien de cerca. A lo mejor por eso no quería pintar ese Madrid que cada mañana atracaba como un galeón enorme en el puerto fluvial de la Quinta, porque a aquella distancia no distinguía una iglesia de un palacio y le quedaría la vista sucia y sin formas.
No podía ser eso, se dijo mucho después, pues Goya cazaba y era buen tirador, y ella no podría acertarle ni a un elefante. La maña que se daba con la escopeta probaba que tenía ojos de lince, y aun de lechuza, y si no pintaba paisajes y perspectivas de ciudades era, simplemente, porque no le daba la gana. Como tantas otras cosas que podía hacer y no hacía.
De eso iba la vida en aquella república de cuatro habitantes donde creció Rosario: de hacer lo que a cada cual le viniera en gana. Bien es verdad que Leocadia algunas veces gritaba de más, pero siempre para conjurar peligros o prevenir descalabramientos. Guillermo, a sus nueve o diez años, se subía a los árboles y tiraba piedras a los pájaros y se rebozaba con los perros. Leocadia leía, atendía el jardín, bordaba a ratos y suspiraba un tanto cuando la vista se le perdía en el caserío de Madrid. Goya pintaba las paredes, las de la planta baja y las de la principal, y Rosario unos días lo veía pintar; otros, se asomaba al pozo y hablaba con los duendes, y cuando a ambos, a Goya y a ella, les apetecía, se sentaba a dibujar letras y a copiar dibujos que le salían más o menos parecidos.
Rosario vivía en un país que limitaba al este con el Manzanares, al norte con el camino real de Extremadura, al oeste con los Carabancheles y al sur con San Isidro. No había necesidad alguna de ir a esos sitios, pues en la Quinta cabía todo. Leocadia le contaba que, allá en Madrid y en el mundo de afuera, las niñas tenían que estar calladas y guardar la compostura, y aprender a bordar, e ir a misa, y pintar querubines y vírgenes en vez de frailes muertos y monstruos, y no reírse de los enanos saltarines. El mundo de afuera estaba lleno de gente como Javier y Gumersinda. ¿A que no te gustan Javier y Gumersinda?, preguntaba Leocadia, asegurándose antes de que Goya no estaba o les daba la espalda. Qué cosas tenía Leocadia. ¿Cómo le iban a gustar Javier y Gumersinda? Si cada vez que los visitaban ponían firmes a todos. Echaban broncas sin ton ni son, nada les parecía bien hecho y, sobre todo, trataban mal a Leocadia. Le mandaban callar si opinaba algo, la echaban de la habitación, le decían que nadie le había dado vela en ese entierro.
Pues Javier y Gumersinda, le decía Leocadia, son el mundo de afuera. La gente del mundo de afuera es como ellos, siempre regañando, siempre diciéndoles a los demás lo que tienen que hacer. Por eso no hay que salir de la Quinta, Mariquita, le decía. Si sientes curiosidad, nosotros te llevamos de paseo a Madrid para que veas fieras y prodigios, pero por la noche nos recogemos aquí, que no se nos ha perdido nada allí. Donde yo te vea, Mariquita. Juega donde quieras, pero en la Quinta.
Si Rosario hubiera estado bien catequizada, habría visto en los manzanos plantados en hilera el remate de la alegoría bíblica en que la habían metido. Y tal vez se le habría quitado el gusto por morder manzanas, por si acaso bajaba Dios y la desterraba a la casa de Javier y Gumersinda, a ganarse el pan con el sudor de la frente y a parir muchos hijos con mucho dolor.
Una tarde le preguntó Gumersinda a Leocadia por ciertas alhajas nuevas que esta llevaba puestas. Son mías, dijo. ¿Cómo van a ser tuyas, Leo, hija? ¿Con qué dinero las has comprado? ¿Ya te ha devuelto la dote el Isidoro, o es que ahora cobras por hacerle otros trabajitos a mi suegro? Recordaba Rosario esta charla porque fue la única vez en que vio a su madre llorar cuando se quedó sola.
Que los niños no iban a misa ni hacían nada de provecho era una de las broncas que Gumersinda le echaba a Leocadia los domingos que se reunían para comer. En la sobremesa, Goya se levantaba para echarse una siesta y Javier daba una vuelta a la casona gritando que había que tirarla y hacerla de nuevo, que menuda ocurrencia, irse a vivir a una finca de labradores. Cuando pasaba por delante de Saturno, siempre la misma queja: ay, papá, con el pijo tieso tenías que pintarlo. Con el pijo tieso, decía, sin importarle que Rosario y Guillermo le escuchasen. Por eso sabía yo lo del miembro erecto del dios caníbal. Se quedaban a solas las dos primas en el comedor, y Rosario escuchaba desde el cuarto anejo. No recordaba de qué disputaban, pero siempre acababan gritándose, y Gumersinda salía muy malhumorada y, si se cruzaba con Rosario en la puerta, le revolvía un poco el pelo, pero no con cariño, sino hurgando, y le decía a Leocadia: a ver si lavas a la niña, que hasta piojos ha de tener, la pobre. Cuando el hijo y la nuera de Goya se montaban en el landó y enfilaban la cancela, Leocadia abrazaba a Rosario, le revolvía el pelo, ella sí con amor, y decía bajito, como si por ser niña no pudiera escucharla: piojos tendrá ella en el coño, y bien gordos. Habrase visto, la muy cerda.
Cuando el mundo de afuera les hacía una visita, dejaba un rastro de devastación en la finca. Leocadia pasaba un par de días retirada en su alcoba sin ganas de nada, y Goya pintaba manchurrones y no encontraba un momento para sentarse a dibujar frailes muertos con Rosario. Guillermo era el único que no se alteraba, atolondrado en su mundo de adentro, cabalgado con jenízaros y húsares.
Hasta las brujas se escondían. Se despegaban de las paredes o se remetían en el estuco, borrándose en el yeso. Las viejas y las manolas subían al techo y buscaban refugio detrás de las lámparas, y el pobre Saturno saltaba por la ventana y se llevaba a los hijos medio devorados al río, a zampárselos en la ribera sin que Gumersinda le reprochase que comer hijos era un vicio muy poco sano para el cuerpo y para el espíritu.