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CAPÍTULO 1

VIOLET

Nunca te líes con un deportista. Esa era la única norma que tenía con respecto a los chicos. Por lo que parecía, se me daba fatal seguirla.

—Jeremy me va a matar —dije mientras cruzaba el aparcamiento a toda prisa con mi prima Mia. Se estaba jugando el primer partido de la temporada de hockey de mi novio y llegábamos veinte minutos tarde. Miré el reloj y solté un taco por lo bajo: ya iban treinta minutos…

No pudimos salir puntuales de la cafetería porque no paraban de entrar clientes. Tampoco ayudó que mi coche tardara un buen rato en arrancar. A la pobre Betty no le había sentado nada bien nuestro reciente traslado a Sunshine Hills, Minesota. Llevaba quejándose ruidosamente del repentino cambio desde que mi madre nos abandonara aquí a principios de verano.

Sus rabietas no hicieron más que empeorar con la llegada del invierno y, con él, la nieve, aunque no podía culparla; a mí también me estaba costando acostumbrarme al frío. No pertenecíamos a este sitio, ni ella ni yo. Deberíamos estar paseando en coche bajo el sol de California en lugar de estar aquí atrapadas en este infierno helado en mi último año de instituto.

Para colmo, me resbalé en un charco congelado y estuve a punto de acabar en el suelo. Me sentía todavía más perdida que Betty y había empezado a preguntarme si mi madre me odiaba. Sabía que había ido a Europa en busca del trabajo de sus sueños, pero dejarme aquí tirada con mi tío en el medio de la nada, en Minesota, y encima en invierno, era simple y llanamente cruel.

—Tampoco es que te vaya a matar —dijo Mia—. Estará en medio del partido y seguro que el estadio se llena hasta arriba de gente. Dará por hecho que andas perdida entre los millones de fans.

—Puede.

Por aquel entonces Jeremy estaba supercentrado en el hockey, así que no me lo imaginaba buscando entre los espectadores a ver si me veía, sobre todo cuando se encontraba en mitad de un partido que quería ganar. Aunque seguro que alguna de esas grupis que andan detrás de él a todas horas por el instituto se chivaría de que había llegado tarde.

El instituto de Sunshine Hills estaba plagado de ellas, pero solo una me preocupaba: Heather. Jeremy me había asegurado que no eran más que amigos, pero tenía la sensación de que le había desbaratado los planes a Heather de atarlo bien atado y casarse con él al aparecer por allí ese verano. Sabía que no dejaría pasar la oportunidad de informarle de que me había perdido casi todo el partido.

—Seguro que no le importa, y menos si han ganado —continuó Mia para intentar que me sintiera algo mejor mientras empujaba las pesadas puertas del estadio.

Me sentí decepcionada al comprobar que el ambiente en el interior del edificio continuaba siendo frío. ¿De qué me sorprendía? No dejaba de ser una pista de hielo…

—Es el primer partido de la temporada y me he perdido la mitad. Seguro que se sentirá decepcionado. —Cruzamos corriendo el vestíbulo, ya vacío porque el público estaba en su sitio. Tenía que estar siendo un partido muy emocionante a juzgar por las ovaciones que se oían desde allí—. Intento ser una novia que le apoya.

—Tiene suerte de que salgas con él; sobre todo con esa regla de no salir con deportistas que tienes desde que descubriste que existían los chicos.

—Ya te he dicho que Jeremy es la excepción que confirma la regla. No se parece en nada a mi padre… —Se me fue apagando la voz al decir esto, pues no tenía ninguna gana de hablar de él. Tampoco es que hubiera mucho que decir…

Mi madre se quedó embarazada de un universitario superestrella del fútbol americano que la abandonó. Pensó que él era su cuento de hadas cuando la realidad fue que se convirtió en el villano de esos cuentos que los padres les cuentan a sus hijas adolescentes para advertirlas de que usen protección. Mi madre me enseñó a no confiar nunca en los chicos de sonrisas resplandecientes y brazos musculosos, y a salir corriendo en dirección contraria si la vida de un chico giraba alrededor del deporte. Siempre había seguido los consejos de mi madre… hasta este verano.

Puede que Jeremy fuera la estrella del hockey de mi nuevo instituto, pero nunca sentí que fuera un deportista superficial del que no te pudieras fiar. Me había cruzado con muchos a lo largo de los años y él no era así.

Nos habíamos conocido en la biblioteca durante el verano. Yo había acudido allí para refugiarme de una tormenta repentina y me lo encontré haciendo de voluntario en la sección infantil; les leía un libro a un grupo de niños pequeños que no se perdían detalle. Por entonces no sabía que era deportista; de haberlo sabido jamás le habría dado una oportunidad. Desde el principio sentimos química y el universo no dejó de hacer que nuestros caminos se cruzaran durante todo el verano. Para cuando me enteré de que era el capitán del equipo de hockey del instituto, los Santos, ya estaba loca por él. Puede que salir con Jeremy significara saltarme mis propias normas, pero ¿quién era yo para jugar con el destino?

—Ya, bueno, yo solo espero que no se parezca en nada a tu padre.

Como de costumbre, Mia no sonaba muy convencida. A ella le encantaba el hockey, por lo que cabría esperar que fuera la más ferviente admiradora de Jeremy. Sin embargo, no había dejado de advertirme que tuviera cuidado desde que se enteró de que salíamos juntos.

—No se parece —insistí—. Jeremy es amable, y dulce, y considerado. Ya sabes que no estaría con él de no ser así.

—Amable, dulce y considerado no son los adjetivos que usaría yo para describir a Jeremy Hoffman. ¿Estás segura de que no te has saltado la regla de no salir con deportistas solo para devolvérsela a tu madre por haberte dejado aquí?

—Segurísima.

—Ya sabes que no te juzgaría si fuera ese el motivo…

—No estoy con él por eso.

—¿Seguro? Es que a veces parece uno de esos tíos obsesionados con el deporte.

—No es para tanto.

Mia se detuvo y se giró en mi dirección.

—Vi, todos en el instituto piensan que puede caminar sobre el agua. Hasta él lo cree.

La opinión que le merecía Jeremy a mi prima no era especialmente buena. Aunque yo sabía que solo trataba de protegerme porque conocía el motivo por el que me había pasado años evitando a toda costa a los deportistas.

—Si nos ponemos así, no deja de ser cierto que camina sobre el agua. Solo que está un poco congelada…

Mia puso los ojos en blanco, pero terminó por reírse.

—Solo digo que a lo mejor no le conoces tan bien como crees. Lleváis saliendo desde el verano nada más.

Mia tenía razón. Pero esos meses que habíamos pasado juntos habían sido increíbles. Además, conocer a Jeremy era la única razón por la que había merecido la pena el traslado forzoso a la otra punta del país. Aun así, no era ajena a lo que insinuaba Mia. Desde que había comenzado el instituto, había conocido una versión diferente de él, sobre todo cuando estábamos en público. Era el capitán del equipo de hockey y mucha gente le admiraba y dependía de él. El pueblo entero albergaba grandes expectativas. No me podía ni imaginar lo que sería vivir con esa carga sobre tus hombros. Pese a eso, Jeremy era un buen chico. Mia solo necesitaba un poco más de tiempo para darse cuenta.

—Bueno, de todas formas, no seguiremos saliendo mucho tiempo si llego más tarde al partido.

Cogí a Mia de la mano y tiré de ella en dirección a la pista. Cuando por fin pudimos ver el hielo, una ovación estridente emergió de los espectadores. Me estremeció, y no porque empezara a creer que hacía más calor fuera; era que no me gustaba mucho el hockey.

Solo había ido a un partido en mi vida, hacía años, pero no tardé en darme cuenta de que ese deporte no estaba hecho para mí. No entendía por qué alguien iba a querer jugar en un congelador por voluntad propia. Perdía de vista la pastilla cada dos por tres cuando la lanzaban de un lado al otro del hielo y el juego en sí me parecía muy violento. Tanto los jugadores como los espectadores parecían emocionarse más con un choque brutal o con una pelea que cuando marcaban un gol. ¿Y he mencionado ya el frío?

—Echo de menos el sol.

Mia se echó a reír y entrelazó su brazo con el mío.

—Ya verás como acabamos convirtiéndote en una aficionada al hockey.

—Lo dudo —me quejé, aunque lo más seguro es que Mia no me oyera con el ruido de la gente. El ambiente en el estadio era electrizante. Seguro que Jeremy estaba disfrutando de ese entusiasmo tan intenso.

Mia me condujo hasta la tribuna mientras sonreía de oreja a oreja a un par de chicos que se habían arrancado las camisetas y llevaban el número veintitrés pintado en los pectorales. Al pasar le guiñó el ojo a uno de ellos y los dos intercambiaron unos codazos antes de devolverle el saludo.

—¿Has venido a ver el partido o a recrearte la vista? —le pregunté.

—¿No se pueden hacer las dos cosas?

Los ojos de mi prima brillaban con picardía. Se recolocó detrás de la oreja un mechón de pelo rosa que se le había soltado y se giró para mirar a los del pecho al descubierto. Mia era una ligona y nunca le había dado ningún reparo hablar con chicos. Ojalá hubiera tenido yo la mitad de esa confianza en mí misma. Lo cierto es que jamás me habría atrevido a hablar con Jeremy si no hubiera tomado él la iniciativa.

—Eres terrible.

—Lo sé —me contestó riéndose.

Su risa sonaba desenfada y era contagiosa. No dejaba de sorprenderme que la gente pensara que nos reíamos igual. No nos parecíamos en nada más. Y menos aún físicamente. Yo había heredado el pelo rojo y la tez pálida de mi madre mientras que Mia tenía la piel morena y el pelo rubio de la suya. Solo había visto a mi tía en las fotos que había en la casa del tío Luke. No tuve la oportunidad de conocerla porque murió cuando Mia y yo éramos bebés. Supongo que eso también lo teníamos en común: las dos crecimos con un solo progenitor.

Cuando por fin encontramos un par de asientos libres, me centré en el partido y busqué a Jeremy con la mirada. Los jugadores se deslizaban por el hielo con la cara casi cubierta por el casco por completo y con tanta rapidez que eran prácticamente imposibles de distinguir. Los colores del instituto Sunshine eran el blanco y el dorado, por lo que me sentí confusa al ver que uno de los equipos vestía de negro y el otro iba de rojo. Nunca antes había ido a un partido de los Santos, así que pensé que igual el equipo de Jeremy estaba jugando con la segunda equipación.

Me sacó de mis pensamientos el ruido estridente que produjo la colisión entre dos de los jugadores, y que hizo enloquecer a la grada. Uno de ellos salió despedido por los aires, mientras que el otro se mantuvo erguido. Llevaba el número veintitrés a la espalda. Me giré a echar un vistazo a los admiradores del pecho descubierto, que estaban locos de emoción. No había duda de que se trataba de su jugador favorito. No tardé mucho en averiguar por qué. El número veintitrés se alejó cuando su rival todavía seguía tirado en el suelo, a sus pies. Se deslizó por el hielo sin esfuerzo aparente esquivando a los jugadores del equipo contrario como si ni siquiera estuvieran allí. Sabía que patinaba a una velocidad de vértigo y aun así tenía la sensación de que todo estuviera ocurriendo a cámara lenta. El rugido de las gradas se fue amortiguando a mi alrededor. Pese a odiar el hockey tenía que admitir que ese jugador era impresionante.

Casi como para confirmar mi cumplido, el número veintitrés esquivó al último defensa y envió la pastilla a toda velocidad al fondo de la red. La bocina que había tras la portería y los gritos de los seguidores que nos rodeaban estallaron al unísono. Querían que les diera más. Incluso a mí me costaba apartar los ojos de su figura.

—Estoooooo, Violet…

—Dime.

El tono de Mia era apremiante, así que me esforcé por apartar los ojos del partido y centrarme en ella.

—¿A qué hora dijiste que empezaba el partido de Jeremy?

—A las tres. ¿Por?

—Creo que te has equivocado.

—¿De qué hablas?

—Bueno, odio decirte esto, pero este partido no es el de los Santos. Están jugando los Diablos.

—¿Cómo?

Me volví con rapidez al marcador. Se me cayó el alma a los pies al comprobar el nombre de los equipos que aparecían en la pantalla. Mia tenía razón: no estábamos en el partido del equipo del instituto Sunshine. Por error, habíamos acabado en el partido de sus mayores rivales: Los Diablos de Ransom.

—No puede ser —murmuré.

Solo llevaba unos meses viviendo en Sunshine Hills, pero lo sabía todo de Ransom, el pueblo que había cruzando el río. Sunshine Hills estaba repleto de mansiones imponentes, campos de golf y clubes de campo mientras que Ransom era un pueblo industrial de clase obrera. El instituto de Ransom y el de Sunshine Hills eran igualmente divergentes. La rivalidad que existía entre ellos estaba enquistada y no conocía la clemencia. Impactaba en cualquier evento en el que participaran los dos institutos, pero se alimentaba del hockey.

—¿Estás segura de que el partido empezaba a las tres?

—Eso creo…

—¿Nos habremos equivocado de estadio?

Saqué el teléfono para revisar el mensaje que me había mandado Jeremy la noche anterior con los detalles. Estaba medio dormida cuando lo leí, pero no creía haberme equivocado de hora ni de lugar.

En cuanto abrí el mensaje solté un taco.

—El partido era a la una, Mia. Me lo he perdido…

No había recibido ningún mensaje de Jeremy desde entonces. Esa no era buena señal…

—Fue por error, Vi. Seguro que lo entiende.

Una nueva y estruendosa colisión devolvió nuestra atención al hielo. El número veintitrés había estampado a un jugador contra la barrera que rodeaba la pista y se había cernido sobre su desafortunado contrincante durante unos segundos, observándolo. Este tío parecía disfrutar más de golpear al contrario que de jugar el partido.

Aunque no tuvo mucho tiempo de regodearse en ese despliegue de agresividad, pues enseguida se vio rodeado de un rabioso grupo de contrincantes. La respuesta de sus compañeros de equipo fue acudir corriendo en su ayuda y los árbitros empezaron a pitar frenéticamente y a agitar los brazos para tratar de apaciguar la inminente refriega.

Mia se abanicó la cara con las manos.

—Eso ha sido muy sexi.

Le di un golpecito en el hombro con el mío.

—Llevas mucho tiempo viviendo en el frío —dije—. Estás perdiendo el norte.

—¡Qué dices! A mí me gusta un pelín agresivo.

—Estooo… ¿Seguimos hablando de hockey?

—Por supuestísimo. —Mia se llevó la mano al pecho para mostrarse falsamente escandalizada. Tras esto señaló con la mano a la multitud que nos rodeaba, que no dejaba de ovacionar cada vez más alto mientras los árbitros trataban de detener la pelea en la pista de hielo—. Yo no soy la única a la que le gusta.

Suspiré como toda respuesta. Esto no era lo mío…

—Mi pobre Violet, que ha crecido privada del hockey. ¡Cuánto te queda por aprender de la vida en Sunshine Hills! No pasa nada. Ya lo pillarás.

Me pasó un brazo por el hombro y volvió a prestar atención al partido. Se había acabado la pelea y el número veintitrés salía de la pista.

—Hablando de sexi y ligeramente agresivo… —dijo Mia—. Ese es uno de los diabólicos Darling. Se dirige al banquillo por la falta que ha dado lugar a la pelea.

—¿Quién?

—Uno de los Darling. Ya sabes, los hermanos Darling. —Me hablaba como si estuviera diciendo una obviedad.

—¿Y quiénes son esos si puede saberse?

—¿De verdad que no has oído hablar de ellos?

—No te lo preguntaría si lo supiera.

—Bueeeno… —Se notaba que estaba encantada de contármelo—. Los hermanos Darling son tres de los mejores jugadores del estado. Juegan en los Diablos de Ransom y son fulminantes. —Bajó un poco la voz mientras me lo contaba, pero sus ojos seguían brillando de la emoción—. Y no estoy hablando solo del hockey. Tienen muy mala reputación también fuera de la pista. Se dicen muchas cosas sobre esos chicos.

Fruncí el ceño mientras contemplaba al jugador de los Diablos que acababa de sentarse en el banquillo. Veía lo justo para leer el nombre de Darling en la parte trasera de la camiseta.

—Ese es Reed Darling —dijo Mia señalando en su dirección con un movimiento de cabeza—. Es el capitán de los Diablos de Ransom. Acabará en la liga profesional, aunque se rumorea que juega incluso mejor fuera de la pista.

—Parece toda una joya —solté con sarcasmo.

—Lo es, si te gustan los tipos duros —continuó Mia—. Oí que no había ido al instituto el año pasado porque estuvo en el reformatorio.

—Qué maravilla. Su madre debe de estar superorgullosa.

Mia sonrió.

—Bueno, su madre hizo algo bien: es un magnífico ejemplar.

Mia esbozó una leve sonrisa y ladeó ligeramente la cabeza mientras contemplaba a Reed. Pese a saber que ese chico le traería problemas, no podía evitar admirarlo.

—Que a un chico le quede bien la camiseta de hockey no lo convierte en sexi —añadí yo.

Mia se rio como si estuviera escandalizada.

—Solo lo dices porque no le has visto la cara. Además, tiene una cicatriz en el cuello, recuerdo de una pelea de bar, que todavía ensalza más ese atractivo rebelde y tosco.

Lo cierto es que no estaba de acuerdo en que verle la cara a Reed Darling fuera a hacerme cambiar de opinión. Hablábamos de un chico que jugaba al hockey y que además se iba peleando por los bares. Jamás encontraría atractivo a alguien así.

—Sus hermanos son igual de detestables —añadió Mia—. Me contaron que le dieron una paliza a un chico en una fiesta el año pasado solo porque miró mal a Reed.

—¿En serio?

—Estáis hablando de los hermanos Darling ¿a que sí?

Nos giramos para mirar a la chica que estaba sentada al otro lado de Mia, y que se había inclinado en nuestra dirección. Estaba claro que había escuchado la conversación y le apetecía intervenir.

—Eso es solo el principio de lo que ocurrió en aquella fiesta. Al parecer, después de darle una paliza a ese chico, uno de los diabólicos se enrolló con su novia.

Mia abrió los ojos como platos antes de dirigirse a mí, con una sonrisa de superioridad en la cara.

—Qué te he dicho. Todo el mundo conoce a los diabólicos Darling.

No me sentía del todo cómoda cotilleando sobre alguien a quien no conocía, pero a juzgar por lo que decían de los Darling se habían ganado a pulso su reputación, así que me limité a asentir. Además, tampoco es que tuviera tiempo de preocuparme por cómo se divertían unos jugadores de hockey degenerados. Tenía problemas mayores.

—Debería llamar a Jeremy para preguntarle por el partido.

—Pero no he terminado de contártelo todo sobre los Darling. En primero, Reed…

La hice callar de un aspaviento.

—Luego me pones al día.

—¡Venga ya, Violet! —me dijo con un puchero—. ¿No podemos quedarnos a ver el partido?

Solté un suspiro.

—Quédate tú. Yo voy a un sitio más tranquilo para llamarle. Luego vengo a buscarte.

—Creo que sería más divertido que te quedaras para que pueda instruirte sobre jugadores de hockey sexis —dijo al tiempo que me levantaba.

—Lo que pasa es que tengo la sensación de que solo me instruyes sobre los que no tienen cabeza.

—Los que te hacen perder la cabeza —me corrigió antes de girarse y entablar una conversación con la chica de al lado. Al parecer todavía les quedaban muchos cotilleos por compartir sobre los «diabólicos Darling».

Bajé por la grada y me alejé de la pista de hielo en dirección al puesto de comida que había en el vestíbulo de la entrada. Solo me crucé con un par de personas que merodeaban por allí, el resto seguía absorto en el partido. Me saqué el móvil del bolsillo y llamé a Jeremy. Dio señal dos veces y después saltó el buzón de voz.

—Esto no pinta bien —dije para mis adentros mientras me retiraba el móvil del oído y comenzaba a escribirle un mensaje. Fui a sentarme a uno de los bancos cercanos mientras pensaba en qué decirle. No importaba cómo se lo dijera: iba a sentirse decepcionado porque me hubiera perdido el partido. Escribí y reescribí el mensaje unas cuantas veces, pero no encontraba la manera de hacer que «Lo siento. Soy muy mala novia» sonara bien.

Acabé dándome por vencida y volví con Mia. Tal vez fuera más fácil hablar con Jeremy en persona…

La bocina sonó al tiempo que volvía a entrar en la zona de las gradas y una celebración atronadora sacudió los cimientos del edificio. Miré al marcador para comprobar que el partido había terminado: los Diablos habían machacado al otro equipo.

Los espectadores se habían levantado de sus asientos y comenzaban a marcharse, inundando las gradas al bajar y dirigirse en tropel hacia la salida. Me hice a un lado y esperé a que pasara Mia, pero no la vi. No conseguí llegar a nuestros asientos hasta que se dispersó la gente. Mia seguía donde la había dejado y devoraba con los ojos a los jugadores de hockey que permanecían en la pista de hielo.

—¿Te lo estás pasando bien? —pregunté.

Sonrió contenta mientras se levantaba de su asiento.

—Solo me hago con mi dosis de tío bueno del hockey mientras puedo.

Me reí.

—Nunca babeas así con los del instituto.

—Claro, porque llevo años yendo a clase con esos tíos y sé que son unos cerdos.

—Vaya, gracias.

—Ya sabes que no me refiero a Jeremy —dijo con una mirada que me hizo sospechar que no lo decía en serio—. ¿Has hablado con él?

—No. Me ha saltado el contestador.

—Qué fastidio. Bueno, seguro que va a la fiesta esta noche. Vienes, ¿no?

—Ahora que lo dices…

—Violet. Por favor, no me digas que tus planes para el sábado por la noche son quedarte en casa.

—No era mi intención. Es que mi madre me dijo que igual podía hacerme una videollamada esta noche.

—Violet Sinclair. —La voz de Mia sonaba muy seria—. Ni te atrevas a quedarte en casa esta noche por si llama tu madre. —Arrugó la nariz como si fuera una ofensa solo planteárselo. Luego continuó con voz más suave—: Necesitas vivir tu vida, no puedes quedarte esperando al lado del teléfono una llamada que sabes que no va a llegar.

Hacía ya un tiempo que no hablaba con mi madre. Por culpa de la diferencia horaria, la mejor hora para hablar con ella era por la tarde, pero siempre la pillaba en el trabajo.

—Igual esta vez sí que puede…

Mia me sonrió con tristeza.

—Tal vez. —Asentía con la cabeza, pero yo sabía que estaba segura de que iba a acabar decepcionada de nuevo cuando pasara otra noche sin que llamara—. Solo piénsalo. A tu madre no le importará hablar contigo mañana.

Solté un suspiro.

—Vale. Lo pensaré.

—Así me gusta. —Bajó la vista al teléfono, que se había iluminado con un aviso—. Es Grant. Me está esperando fuera…

Le mostré una sonrisa cómplice.

—No me mires así. Sabes que somos solo amigos.

—Sí. Solo amigos a los que les gusta ir juntos a todas las fiestas.

—¿Y qué? —me dijo encogiéndose de hombros—. Tampoco es que estemos «juntos» en las fiestas. Y como no somos más que amigos, estaré encantada de darle plantón si así consigo convencerte de que me acompañes a la fiesta.

—Ya te he dicho que lo pensaría —protesté.

—Y yo sé que eso significa que es muy probable que no vengas. No me lo pasaré bien sin ti. —Abrió los ojos como platos y pestañeó con lentitud. Parecía un cachorrillo sentado a los pies de la mesa mendigándole a su dueño las sobras—. Va a haber bailoteo…

Lo dijo como si cantara, esforzándose por tentarme. No me gustaban mucho las fiestas, pero sabía que no me podría resistir a una pista de baile.

—Por favooor. —No iba a darse por vencida.

—Vale, de acuerdo. Nos vemos allí.

—Perfecto.

Me sonrió con inocencia como si no acabara de salirse con la suya con malas artes al ponerme la zanahoria del baile delante de la cara.

Descendimos juntas por la grada. Ya casi no quedaba nadie en el estadio, pero, al avanzar por el pasillo que conducía al vestíbulo, oí jaleo un poco más adelante. Era uno de los jugadores del Ransom. Todavía llevaba puesta la equipación y estaba rodeado de un grupo de chicas. Se encontraba de espaldas a mí, por lo que le pude ver el apellido y el número escritos en la camiseta. Se trataba del número veintitrés: Reed Darling.

Era alto. Medía por lo menos uno ochenta. Pese a que todavía llevaba las hombreras puestas, resultaba evidente que era musculoso. Ahora que no llevaba el casco puesto, pude comprobar que tenía el pelo revuelto y oscuro. Miraba hacia el otro lado y una parte de mí sintió curiosidad por ver si era tan guapo como decía Mia. Sin duda, tenía razón en lo de su fama con las chicas. Casi no había salido de la pista y ya revoloteaban a su alrededor. Esa forma que tenían de reírse entre ellas con algo que le había dicho a otra hizo que me entraran ganas de vomitar. Era justo el tipo de chico sobre el que me había advertido mi madre. La razón por la que tenía esa norma de tolerancia cero a los deportistas.

—A esas chicas no parece preocuparles mucho su reputación —le dije a Mia.

Contestó con un resoplido.

—No sé de qué te sorprendes, Vi. Es un dios del hockey con fama de malote. Puede que siembre miedo en los corazones de muchos tíos, pero la mayoría de las chicas le entregarían el suyo en bandeja de plata.

—Bueno, por lo que se puede apreciar desde aquí los jugadores del Ransom también parecen unos cerdos.

Pensé que lo había dicho en voz baja; sin embargo, Reed Darling se dio la vuelta y levantó los ojos azules grisáceos para mirarme. Me decepcionó un poco que Mia volviera a tener razón: estaba buenísimo. Sus rasgos eran muy llamativos y tenía una mirada penetrante que amenazaba con adentrarse hasta las profundidades de tu alma, robándote la respiración. Nadie debería tener un físico tan perfecto como el de este chico. Dejando a un lado su reputación, comprendí por qué a la gente le gustaba tanto hablar de él.

Me estaba juzgando con la mirada y tenía el semblante serio, a juego con las líneas severas de su rostro. La intensidad de su mirada hizo que sintiera un escalofrío, por lo que aparté la vista con rapidez y arrastré a Mia hasta la salida tan rápido como pude.

Se echó a reír en cuanto salimos por la puerta.

—Creo que te ha oído.

Me encogí de hombros tratando de aparentar indiferencia. ¿Y qué más daba si un chico me había oído llamarle cerdo? Se estaba comportando como si lo fuera al coquetear con todas esas chicas. Claramente a ellas les distraía tanto su belleza que no les preocupaba que fuera conflictivo. Ya solo quedaba borrar de mi memoria que, por un instante, a mí también me había distraído.

CAPÍTULO 2

VIOLET

—Por favor, Betty. Ahora no —supliqué mientras el coche exhalaba un último estertor y comenzaba a traquetear hasta pararse definitivamente en el arcén. Como si no hubiera quedado suficientemente claro lo que estaba sucediendo, el vehículo acentuó su protesta con un sonoro y clamoroso estallido—. No, no, no —me quejé mientras trataba de volver a arrancar el motor.

Las cosas iban de mal en peor: Jeremy seguía sin contestar a mis llamadas y llegaba tarde a la fiesta porque había esperado en casa a lo tonto por si llamaba mi madre. Como siempre, le había surgido algo y había tenido que cancelar la videoconferencia. Lo único que me faltaba era que se me averiara el coche.

Había oscurecido ya y estaba helando. Si no conseguía arrancarlo, sabía que no duraría ni cinco minutos sin la calefacción. Mi única opción era arrancar a Betty, así que seguí intentándolo a ver si así la convencía de que le diera otra oportunidad a la vida.

—Te prometo que te trataré mejor, Betty. Utilizaré tu cera favorita la próxima vez que te lave. Te cambiaré el aceite y revisaré la presión de los neumáticos. Seguro que te gustará, ¿a que sí? Haré lo que quieras, pero arranca, por favor.

Betty eligió no responder y el motor continuó sin encenderse. Siempre había sido una antigualla caprichosa, aunque tenía la sensación de que estaba llegando a las últimas. La mudanza a Minesota había acabado con ella.

Traté de arrancar un par de veces más antes de darme por vencida. Era evidente que Betty no iba a moverse de allí. Llamé a Mia, pero no respondió. Lo intenté también con Jeremy, pero, para sorpresa de nadie, tampoco contestó al teléfono. Incluso llegué a preguntarle a ChatGPT qué hacer, pero la aplicación de inteligencia artificial se limitó a explicarme que podía haber varios motivos por los que un vehículo no arrancaba y me recomendó hablar con un mecánico.

Maldije para mis adentros y salí del coche para revisar el capó. No era la primera vez que Betty se averiaba y hasta ahora siempre me las había arreglado para hacerla funcionar. ¡Quién dijo que necesitara un mecánico! Lo que pasaba es que se había puesto caprichosa. Una ráfaga de viento helador me golpeó al salir del coche. Contuve el escalofrío. La persona a la que se le ocurrió llamar a este sitio Sunshine Hills, que significaba colinas soleadas, tenía un sentido del humor muy negro: no había más que una colina y empezaba a olvidarme de lo que era el sol.

Me eché el aliento en las manos congeladas y di saltitos en el sitio para mantener el calor mientras revisaba el motor. ¿Por qué pensaba que iba a ayudarme en algo? No sabía nada del funcionamiento de los coches, pero estaba desesperada. A pesar de que la fiesta no era lejos de allí, no quería dejar abandonada a Betty a la intemperie con ese frío.

Pensé en llamar a mi tío para que me ayudara, pero enseguida descarté la idea. Creía que Mia y yo habíamos quedado con unas amigas para ir al cine. Y ahí estaba yo, a las afueras del pueblo, lo más lejos posible del cine. Iba a enfadarse muchísimo si se enteraba de que Mia y yo habíamos ido a una fiesta sin adultos que nos supervisaran. Si lo llamaba para pedirle ayuda, averiguaría la verdad y nos castigaría todo el año. Luke se tomaba muy en serio sus responsabilidades como mi tutor temporal. La verdad es que no hacía falta que se preocupara tanto por mí. Tampoco es que a mi madre le fuera a importar.

Encendí la linterna del teléfono y apunté hacia el motor. No sirvió de mucho. No salía humo de ningún sitio ni se apreciaba ninguna fuga. Tampoco se veían trozos de metal sueltos en ángulos extraños. El motor tenía la pinta que me imaginaba que debía de tener un motor, por lo que la misteriosa enfermedad de Betty siguió siendo inexplicable.

—Mierda, mierda, mierda. —Cerré el capó de un golpe—. Creía que éramos amigas —le grité—. ¿Por qué me haces esto?

Para asegurarme de que entendía con claridad que me había decepcionado, le propiné un puntapié a una de las ruedas.

Solté otro taco cuando la patada aterrizó en el neumático y se me aplastaron los dedos contra la puntera de la bota. Reculé dando saltitos con un pie y me resbalé en el suelo helado. Se me cortó la respiración cuando el pie salió despedido hacia arriba y aterricé hecha un amasijo en el arcén, levantando una nube de nieve a mi alrededor.

Por suerte, la espesa capa de nieve que cubría la acera amortiguó ligeramente la caída. No me incorporé de inmediato, sino que me quedé observando el oscuro y encapotado cielo y me eché a reír. ¿Podía empeorar el día? Ni siquiera quería ir a la fiesta y después de esto tendría suerte si me dejaban volver a salir de casa sola.

—¿Estás bien?

Una cara se cernió sobre mí y me bloqueó la vista del cielo. Estaba equivocada: al parecer, la noche todavía podía empeorar, porque el chico más guapo que había visto en mi vida acababa de presenciar cómo le gritaba a mi coche, le daba una patada y me caía en la nieve. Me observaba desde arriba como si creyera que estaba loca. Puede que tuviera razón. Mucho no me faltaba para estarlo…

Arrugó la frente mientras esperaba mi respuesta. Entonces me di cuenta de que conocía esa frente, esos ojos… Quien estaba frente a mí era Reed Darling. De repente deseé que la nieve sobre la que había aterrizado me enterrara por completo.

A pesar de que me había oído llamarle cerdo unas horas antes, no le había cambiado la expresión al verme: no se acordaba de mí. Tampoco es que me sorprendiera. Los chicos como él no se fijaban en las chicas como yo. Y a mí me parecía estupendo que fuera así.

—¿Y bien?

Ladeó la cabeza y me miró a los ojos a la espera de una respuesta. Igual estaba preocupado por si me había golpeado fuerte en la cabeza. ¿Y si era así? No me sentía especialmente lúcida en esos momentos. Todo era como un mal sueño.

—Estoy bien —dije incorporándome lo más rápido que pude. Por la forma en que empezó a darme vueltas la cabeza, supuse que lo había hecho demasiado rápido.

—¿Estás segura? Acabo de ver cómo le gritabas a tu coche y le dabas una patada…

—Ya, bueno. Se lo merecía.

Noté que se me cerraba la boca del estómago cuando levanté la cabeza para mirarle. Reed tenía un físico imponente en la distancia, pero de cerca era arrollador. A menudo me preguntaba qué les daban de comer a los chicos en este sitio porque había un montón de chicos corpulentos en Sunshine Hills. Sin embargo, Reed conseguía que parecieran endebles en comparación con él. Si no hubiera sabido que tenía mi edad, habría pensado que estaba en la universidad. Además, había algo excesivo en su ademán: una seguridad en sí mismo chulesca que solo se encontraba en la gente que siempre se salía con la suya.

Procuré mantener la expresión lo más neutral que pude mientras le miraba a los ojos. Básicamente esa era mi reacción siempre que me encontraba con alguien tan despampanante: fingía que no estaba en absoluto interesada en la persona y acababan pensando que me faltaba alguna neurona o que los despreciaba. Reed era tan atractivo que debía de haberlo mirado como si fuera la reencarnación del mal. Aunque si los cotilleos que me había contado Mia eran de fiar, puede que lo fuera de verdad.

Tal vez debería haber reculado. Estaba sola en una calle oscura con un coche averiado. No era el mejor momento para encontrarse con un chico que claramente tenía problemas para controlar la ira. Podía verle la cicatriz del cuello. Mia dijo que se la había hecho en una pelea. Sin embargo, no moví un músculo y, sorprendentemente, no me sentí en absoluto nerviosa en su presencia.

—¿Y puedo preguntarte por qué se lo merecía? —Se cruzó de brazos, sonriente.

Lo miré de arriba abajo. Tenía unas gotitas de sudor en la frente y las mejillas sonrosadas. Llevaba ropa de deporte y respiraba con dificultad. Di por hecho que había salido a correr cuando fue testigo de mi gloriosa caída en la acera. Incluso dejando a un lado los cotilleos y su reputación, había algo raro en él. Nadie que saliera a correr por iniciativa propia después de un partido de hockey tan intenso estaba bien de la cabeza. ¿Por qué seguía hablando conmigo? Ya me había levantado del suelo y estaba bien. A lo mejor sentía una curiosidad malsana.

—¿Que por qué se lo merecía? —Se me escapó una risita algo perturbada con la que probablemente conseguí que se arrepintiera de haberme preguntado—. Porque estoy teniendo muy mal día y me ha abandonado cuando más lo necesitaba.

Debería haberlo dejado allí, pero las palabras me salían a borbotones.

—Se lo merecía porque ni mi novio, ni mi madre ni mi prima responden a mis llamadas. Y porque no puedo llamar a mi tío porque se supone que no debería estar aquí. Mierda. Ni siquiera tendría que estar en este infierno helado y deprimente. Pero aquí estoy, sola, atrapada en el arcén, atrapada aquí durante mi último año de instituto. Atrapada. Y no hay nadie que me ayude. Así que, ya ves, por eso le pegué una patada a mi antigualla y si por casualidad vuelve a arrancar le pediré perdón profusamente, pero hasta que eso ocurra, por lo que a mí respecta, se lo merecía.

Terminé de quejarme y respiré hondo. Mi frustración había entrado en estado de ebullición y se había desbordado, aunque no era solo por lo de esta noche. Este ataque de nervios llevaba fraguándose desde que mi madre me trajo hasta aquí y me abandonó. Es solo que no me había esperado que ocurriese en medio de una tormenta de nieve y con el jugador de hockey de peor reputación del estado de testigo.

—Yo estoy aquí —dijo pillándome desprevenida.

—¿Cómo dices?

—Dices que no hay nadie que te ayude. —Se encogió de hombros, descruzó los brazos y se miró de arriba abajo—. Bueno, pues aquí estoy yo.

Lo miré con desconfianza porque no tenía ni idea de por qué seguía ahí. Me había pillado insultando a mi coche y me había oído descargar mi basura emocional en la fría noche. Por no mencionar que todavía sentía el pelo apelmazado por la nieve aplastada, así que seguro que mi aspecto iba en consonancia con mi trastornado discurso. Aunque no podía negar que estaba allí y sonreía como si, más que preocuparle, le resultara divertida.

—Y no deja de ser una suerte que esté aquí, porque creo que puedo ayudarte.

—¿Puedes ayudarme?

—Con lo del coche. Conozco a alguien.

—Conoces a alguien —repetí procurado no sonar muy desconfiada.

—Digamos que vivo con él. Mi padre tiene un taller. Está cerrado los sábados por la noche a no ser que haya una emergencia, pero puedo llamarlo y pedirle que remolque tu coche hasta allí.

Negué con la cabeza. ¿Qué probabilidades había de que se me averiara el coche justo cuando pasaba por delante un chico cuyo padre tenía un taller? Una parte de mí pensó que por fin había cambiado mi suerte de ese día, pero entonces me acordé de las advertencias de Mia sobre este chico. ¿No sería que lo peor estaba aún por venir?

—No te molestes —tartamudeé—. Te he interrumpido la carrera. Ya te he molestado bastante. Seguro que encuentro a alguien si miro en Google.

—¿En Sunshine Hills un sábado por la noche? —Sonrió entre dientes—. No lo creo. El único taller que hay cerca de aquí es el de mi padre.

Miré a Reed y luego al teléfono, escéptica. ¿Estaría diciéndome la verdad? ¿Qué razón tendría para mentir?

—No te fías de mí, ¿me equivoco?

—Bueno, acabo de conocerte en el arcén y mi madre se aseguró de que aprendiera a desconfiar de los extraños desde bien pequeña. Aunque, si te soy sincera, es muy probable que prefiriera que hablara con un extraño aterrador antes que con un deportista de mala reputación.

—Bueno, llevas un rato hablando con un desconocido, así que lo mismo no has asimilado tan bien como pensabas lo de desconfiar de los extraños.

—O tal vez es que el coche en el que debería escapar está averiado —dije mientras señalaba con la cabeza en dirección a Betty.

—Ya veo. —Sonrió entrecortadamente—. Me llamo Reed Darling. Ahora el extraño tiene nombre.

—Todavía podrías ser peligroso, Reed Darling.

—Te doy mi palabra de que para ti no soy un peligro.

Eso no significaba que no fuera peligroso. Sin duda Mia creía que lo era. Pero seguía sin sentir la necesidad de ponerme a salvo ni se había aguzado un sexto sentido que me avisara de que debía escapar de este chico. Por lo que parece, el radar no me funcionaba demasiado bien. En ningún momento desde que empezamos a hablar me había sentido amenazada.

—Entonces ¿vas a dejar que te eche una mano? —preguntó.

Dudé. Necesitaba ayuda, aunque no estaba segura de querer que viniera de una estrella del deporte engreída que, según las habladurías, acababa de salir del reformatorio. ¿Quién me decía a mí que no fuera a desmontar mi coche y venderlo por piezas? Tampoco sabía a quién quería engañar: no podía permitirme pagar para que se llevaran a Betty.

Tardé un segundo más de la cuenta en contestar, y Reed aprovechó para sacar el teléfono y llevárselo a la oreja.

—Todavía no he aceptado…

Levantó un dedo para indicarme que esperara mientras daba señal el teléfono. Como había sospechado, no era de los que aceptaban un no por respuesta. La forma en que ignoró mi comentario de protesta habría conseguido enfadarme si no hubiera tenido tanto frío y si mi coche no hubiera estado tan definitivamente muerto.

—Hola, papá. —La voz de Reed se suavizó ligeramente y su expresión se volvió más relajada—. Ya sé que es sábado por la noche, pero se le ha averiado el coche a una amiga. ¿Podrías llevarlo al taller? —Esperó la respuesta—. No te preocupes por eso. Seguro que ni se da cuenta. —Reed volvió a hacer una pausa—. Vale, perfecto. —Tras esto le dio la dirección, colgó el teléfono y se volvió hacia mí—. Viene de camino. Puede llevarlo al taller, pero no podrá echarle un vistazo hasta el lunes. ¿Te parece bien?

—Claro. —Suspiré profundamente, deshaciéndome así de toda la tensión que había estado acumulando. Ahora que había hablado con su padre, pensaba que era una tontería haberme planteado rechazar la ayuda. Puede que Reed Darling fuera peligroso, pero no parecía ser malo al cien por cien—. Gracias.

—No es necesario que me des las gracias. Solo he llamado por teléfono.

Para mí había sido mucho más que una simple llamada. Había estado a puntísimo de darme por vencida y llamar a Luke. Mia no habría dejado de recordármelo si nos hubiera metido a las dos en un lío. Ella también debería estarle agradecida a Reed.

—Mi padre también me ha dicho que te pida que por favor no lo juzgues.

—¿Por qué iba a hacer eso?

—Ya lo verás. —Las comisuras de los ojos se le arrugaron al tratar de contener la risa—. No he oído cómo te llamas.

—No te lo he dicho. Al parecer yo soy la única que desconfía de los extraños.

Se echó a reír. Era una risa grave y agradable, que hizo que me preguntara cómo podía ser tan malo como me había hecho creer Mia alguien que emitía un sonido tan reconfortante.

—Pillado —dijo—. ¿Y bien?

—Violet, aunque mis amigos me llaman Vi.

—¿Y yo soy tu amigo?

Su tono era amable, pero tragué saliva porque me estaba mirando con tanta intensidad que me costaba sostenerle la mirada.

—Bueno, si no me has timado con lo de la grúa, creo que podríamos ser amigos.

—Está bien saberlo.

Mientras esperábamos, me pregunté cómo era posible que no estuviera congelado con la ropa de deporte que llevaba puesta, que se adhería a su robusto cuerpo. Pese a que había estado corriendo, debía notar el frío. ¿Por qué había salido a correr? Tenía que estar exhausto después del partido de hoy…

Antes de que pudiera armarme de valor para preguntárselo, fue él quien me preguntó a mí:

—Bueno y ¿qué estabas haciendo aquí sola?

—Iba a una fiesta. ¿Y tú? ¿Tienes por costumbre salir a correr los sábados por la noche con este frío?

—Solo cuando se me dispara la alarma de damisela en apuros.

—¿Ah, sí? Supongo que eso te convierte en el príncipe encantador.

—Disculpe, princesa, pero disto mucho de ser un príncipe. —Reed me sonrió con picardía y casi le devuelvo el gesto sin pensar. Conseguí controlarme y, en lugar de sonreír, puse los ojos en blanco. Parecía que Reed estuviera flirteando conmigo, pero, claro, casi seguro que intentaba ligar con todas las chicas que se encontraba en el arcén.

—¿Sabes qué? Si yo fuera tu novio respondería a tus llamadas y te llevaría a las fiestas en coche.

Esta vez no sentí el impulso de sonreír. En su lugar me puse colorada al recordar que le había soltado todos mis problemas unos minutos antes. No tenía ninguna gana de profundizar en los motivos por los que mi novio estaba evitando mis llamadas. No había hablado con Jeremy desde que me había perdido el partido, una deprimente verdad que me estaba esforzando por ignorar.

—Sé conducir.

Reed sonrió mientras miraba mi coche averiado y el agujero que había con mi forma en la nieve del suelo.

—¿Estás segura? —Se acercó ligeramente al ver aparecer unos faros de coche en la distancia—. Diría que tu coche tenía otros planes.

No tuve tiempo de contestar porque por fin llegó la grúa y el conductor se bajó del vehículo. Tuve que contener la risa cuando lo vi. Iba disfrazado de langosta gigante.

Era un hombre corpulento, de la misma constitución que su hijo y con los mismos ojos azules intensos y pelo oscuro, aunque el suyo estaba salpicado de canas. Cuando se percató de mi sonrisa, se le oscureció el semblante.

—¿No le ibas a pedir que no se riera?

A Reed también le estaba costando contener una carcajada.

—Se está riendo de un chiste que le he contado, papá, no de tu gloriosa langostinidad.

—¿Acabas de hacer un chiste? Supongo que hay una primera vez para todo.

Su padre soltó un gruñido y se me acercó.

—Soy Danny —dijo ofreciéndome la mano.

—Yo soy Violet —contesté—. Siento haberle hecho venir hasta aquí un sábado por la noche.

—El taller queda de camino a la fiesta. No pasa nada. Eso sí, no voy a poder mirar tu coche hasta el lunes.

—Ya me ha avisado Reed. No hay problema.

—Vale, vamos a engancharlo. Rezad para que no se eche a perder el disfraz o la madre de Reed me matará.

Una vez que hubo enganchado a Betty a la grúa, Danny se ofreció a llevarme a casa. Fue un gesto muy amable, sobre todo teniendo en cuenta lo que ya había hecho por mí, pero no estaba preparada para enfrentarme a mi tío. Aún no. Además, tenía la esperanza de encontrarme a Jeremy en la fiesta y poder hablar con él. Ya volvería después con Mia.

—Gracias, pero me dirigía a casa de una amiga que está aquí al lado. Puedo caminar hasta allí.

—Yo te acompaño. —Reed lo dijo con tanta convicción que no supe decirle que no hacía falta. No dejaba de sorprenderme que se hubiera quedado tanto rato y que no hubiera desaparecido en cuanto llegó su padre. Y ahora se había ofrecido a acompañarme a la fiesta. Puede que no fuera un príncipe, pero sí que podía ser encantador cuando quería. A no ser, claro, que sus intenciones no fueran honestas.

—Bueno, os dejo solos —dijo Danny antes de entregarme una tarjeta—. Pásate por el taller el lunes y hablamos de lo que le ocurre a tu coche.

—Gracias —le sonreí—. ¿Necesitas que te pague ahora el remolque?

Hizo un gesto de desdén con la mano.

—No te preocupes por eso. La primera vez es gratis para las amigas de Reed. —Me guiñó un ojo consiguiendo que me ruborizara antes de volver al vehículo y sentarse, no sin dificultad, en el asiento del conductor, donde cabía por los pelos con el disfraz de langosta.

—Eso ha sido todo un detalle por parte de tu padre —le dije a Reed mientras observábamos cómo se alejaba—. Y de ti.

—Supongo que has tenido suerte de que seamos amigos.

—Supongo —asentí con una sonrisa.

—¿En qué dirección vamos?

Le di la dirección y aproveché para decirle:

—No hace falta que me acompañes.

—Está aquí al lado y me queda de camino.

Me invitó a ponerme en marcha con un gesto de la mano y avanzamos los dos, el uno al lado del otro de camino hacia la fiesta.

Seguro que tenía mejores cosas que hacer un sábado por la noche, pero aprecié su compañía igualmente. No sabía qué habría hecho de no haber aparecido él cuando lo hizo. Le estaba sinceramente agradecida por haber llamado a su padre para que me ayudara.

—Entonces vas al instituto de Sunshine Hills, ¿no?

Arrugué el entrecejo preguntándome cómo sabía eso. Debió de darse cuenta de lo que pasaba por mi cerebro, porque enseguida se explicó:

—Has dicho que estabas en el último año de instituto y no te he visto por el mío.

—Ya —asentí—. Sí, voy al de Sunshine.

Teniendo en cuenta mi edad y el estado de salud de mi coche, lo más seguro es que se estuviera preguntando cómo era posible que fuera a una institución tan prestigiosa y cara. No había duda de que Betty estaba fuera de lugar en el aparcamiento del instituto. Era la única chica que conducía un coche que tenía más años que ellos. El único motivo por el que podía permitirme ir a ese centro era porque mi tío trabajaba allí de profesor y mi matrícula tenía mucho descuento. Mi madre jamás se lo habría podido permitir de no ser así.

Reed no juzgó mi coche.

—Yo voy al instituto de Ransom.

Me observaba con detenimiento mientras esperaba mi respuesta, como si estuviera esperando que lo juzgara. No había crecido aquí, así que no compartía los prejuicios que mis compañeros tenían contra Ransom.

—Ya lo sé —contesté mientras señalaba con la cabeza hacia el logo que ocupaba gran parte de su camiseta.

Se miró hacia el pecho y frunció el entrecejo.

—Me sorprende que me sigas hablando.

—¿Por?

—La gente de Sunshine Hills y la de Ransom no suelen ser amables entre sí.

—Bueno, yo no soy de Sunshine Hills ni de Ransom.

Se me quedó mirándome con un brillo divertido en los ojos.

—Eso me había parecido.

—¿Qué me ha delatado si puede saberse?

Se echó a reír.

—Tal vez haya tenido que ver con que lleves como diez capas de ropa y sigas teniendo frío.

—Ojalá llevara diez capas —murmuré.

—¿De dónde eres? ¿Y cómo has acabado en este infierno helado y deprimente?

Hice una mueca cuando volvió a referirse a mi rabieta.

—Soy de California. Mi madre me dejó aquí tirada con mi tío todo el año. Es profesor en el instituto Sunshine.

—¿Te dejó tirada?

—Así es. —Suspiré—. Le ofrecieron el trabajo de sus sueños en Londres y no podía rechazarlo, así que aquí estoy.

—Atrapada —dijo en voz baja, como si lo hubiera dicho para sí mismo, aunque después me miró de soslayo—. Lo siento. Eso no mola.

—No pasa nada. Entiendo el motivo por el que se fue. O al menos lo intento.

No sé por qué le estaba contando todo esto a Reed. Era un chico al que acababa de conocer y que, a primera vista, parecía justo del tipo al que yo trataba de evitar. Antes de que pudiera dejarme llevar por la incertidumbre, nos llegó la música en la distancia y me di cuenta de que estábamos a punto de llegar a la fiesta. Conforme nos acercábamos, pudimos vislumbrar a gente merodeando por el jardín pese al frío. La fiesta estaba en pleno apogeo. Algunos nos miraron con curiosidad cuando llegamos a la puerta, pero es muy probable que con esa oscuridad nadie nos hubieran reconocido.

—Hemos llegado. Muchas gracias por lo de esta noche. Claramente me has rescatado.

—Ya te lo he dicho, me ha sonado la alarma de damisela en apuros.

No sabía cómo reaccionar porque no estaba del todo lista para despedirme de Reed. Mia había hecho que sonara tan sencillo: Reed Darling era sinónimo de problemas. Sin embargo, tras nuestro corto pero accidentado encuentro, sentía que había algo más en él. Se asemejaba a un buen puzle y no quería recogerlo hasta que hubieran encajado las piezas.

—¿Quieres entrar? —le pregunté—. Ya sé que es una fiesta de Sunshine pero la chica que la ha organizado es muy maja. Seguro que no le importa.

Reed sonrió levemente y negó con la cabeza.

—No creo que sea buena idea. Además, voy con la ropa de correr.

Era difícil no sentirse decepcionada, y lo estuve aún más cuando se inclinó hacia mí y me susurró al oído:

—Pásatelo bien esta noche, Sunshine. Espero haberte demostrado que no todos los jugadores de hockey somos unos cerdos.

Abrí los ojos como platos al darme cuenta de que me había reconocido. Percibí un leve olor a colonia y tras esto se marchó corriendo hasta perderse en la oscuridad de la noche. Me quedé en estado de shock mientras lo veía desaparecer. Puede que los rumores giraran en torno a Reed Darling, pero, pese a todo lo que había oído sobre él, nada parecía confirmar su mala reputación.

Al menos por ahora…