
Un trozo de papel aparece por debajo de mi puerta justo cuando el último cabo de vela empieza a agonizar.
Cierro el libro y me apresuro hacia la puerta, notando el frío de la piedra en la planta de los pies. Hay una sola palabra en el papel, escrita a toda prisa y con la tinta emborronada: establos. Acabo de leerla cuando la vela titila por última vez.
Con una leve sonrisa, me cambio el largo camisón de lana por el uniforme gris de criada. Tengo esta rutina tan interiorizada que no me cuesta nada atarme las cintas del delantal en la oscuridad. A tientas, escondo debajo de la almohada el libro que… digamos que he cogido prestado de la biblioteca del castillo. Me calzo las botas de trabajo y corro a los establos mientras las últimas estrellas se apagan en un cielo que empieza a clarear. Doy gracias de que la brisa que sopla desde el río conserve el calor de finales del verano.
Cuando llego a las gigantescas puertas encaladas del establo, asoma una mano y tira de mí para arrastrarme a un rincón donde la oscuridad es más profunda.
Suelto un gritito y busco algo en el bolsillo del delantal, pero cuando oigo una risa queda y familiar a mi espalda, dejo el cuchillo donde estaba.
—¡Rowan!
—Perdona —me dice, aunque no parece nada arrepentido—. Estabas a punto de delatarnos.
Me giro para mirarlo mientras él añade:
—¡Vamos!
Y tira de mí por el lateral de los establos hacia una puerta más pequeña que hay al fondo.
En un pesebre vacío brilla la luz de una sola vela, depositada con cuidado en el suelo recién barrido. Junto a la vela descansa un tablero de ajedrez de madera pulida.
Se me iluminan los ojos. Corro al fondo del pesebre y me siento delante de las piezas negras.
—Solo tengo una hora antes de las rondas de la mañana.
No será la primera noche que, entre la lectura y reunirme con Rowan, no pego ojo.
—Tiempo de sobra para ganarte —responde a la vez que se acomoda en el suelo, ante las piezas de marfil.
Ahora la luz me permite verlo: el pelo rubio y revuelto, la sombra de la barba incipiente en la mandíbula, los labios llenos en los que se dibuja una sonrisa descarada. Y, cómo no, los chispeantes ojos azules, repletos de algo que Mellie llama «una picardía diabólica», pero que a mí siempre me han parecido inofensivos. Un miembro de la realeza que quiere entablar amistad con una criada no puede ser tan malo.
Lleva la ropa arrugada y el cuello de la camisa abierto, algo que debería otorgarle un aspecto poco principesco, pero que, en su caso, le aporta una elegancia desaliñada. Salta a la vista que lleva despierto —o al menos ocupado— toda la noche.
—Bueno —le digo levantando una ceja—, con quién… o sea, ¿qué estabas haciendo? Salta a la vista que no estabas durmiendo.
Rowan dirige la atención al tablero para meditar a fondo el primer movimiento y no contesta. Pero se le enrojecen las orejas.
—Sinvergüenza.
Se encoge de hombros.
—¿Qué quieres que haga, si no? Cedric está perdido en su propio mundo, Belle apenas me habla, Asher está ocupado siendo comandante de la guardia real o cualquier otra estupidez que le haya encargado mi padre y Sorren…
Se interrumpe en seco. Pero yo sé lo que viene a continuación.
«Y Sorren ha muerto».
Han pasado seis meses desde que el príncipe Sorren se cayó —o, si los rumores son ciertos, saltó— de la Vieja Torre. Lo siento mucho por Rowan. No estaba demasiado unido a su hermano mayor —como príncipe heredero, Sorren siempre andaba ocupado aprendiendo cómo funcionaban los asuntos del reino—, pero sentía una gran admiración por él.
Todo el mundo lo admiraba.
El príncipe Sorren era el hijo predilecto de Lumaria: apuesto, seguro de sí mismo, bueno. Su muerte sacudió a todo el reino y le complicó aún más las cosas a Rowan. No solo tenía que sobrellevar su propio dolor, sino el de todos a su alrededor. Tampoco le ayuda que sean —que fueran— tan parecidos. Rowan me confesó que durante un tiempo apenas podía soportar su propio reflejo en el espejo.
Mientras hago mi primer movimiento, le pregunto:
—¿Cómo se encuentra el rey?
El rey Octavius no se deja ver demasiado desde la muerte de Sorren. Nadie sabe exactamente cuál es su enfermedad, pero está claro que la pérdida de su hijo ha mermado su salud.
—Llevo un par de días sin hablar con él. No quiere visitas. —Rowan mueve un peón—. Pero espero que esté recuperando las fuerzas, porque ayer hubo otra protesta. Tendrá que tomar medidas.
—Pensaba que el príncipe Asher había enviado tropas…
Rowan se pasa una mano por el pelo.
—Las envió, pero es lo único que puede hacer sin el permiso de padre. Además, ¿quién dice que enviar tropas sea la mejor estrategia? No queremos que haya violencia. De momento, las protestas han sido pacíficas… Si los soldados atacaran a la población, sería un desastre. Yo pienso que… Bueno, da igual lo que yo piense. —De repente, parece cansado—. Dudo mucho que nadie me pregunte. Asher, por supuesto, quiere exhibir su poder.
—Últimamente se le da muy bien —le digo sin molestarme en disimular mi disgusto. Desde la muerte de Sorren, Asher se ha vuelto irritable, impaciente y exigente. Ha despedido a tres ayudas de cámara como poco y a dos de las doncellas de su prometida. No para de organizar entrenamientos adicionales para sus tropas o de enviarlas a intimidar a los que protestan. Pero él no siempre fue así. Me da rabia que el cambio del príncipe me importe tanto. Al fin y al cabo, ¿a mí qué más me da?
Rowan pone los ojos en blanco. Él, por otra parte, no ha cambiado nada en absoluto. Siempre ha sido cariñoso, simpático y travieso. De todos los príncipes, era él quien le gastaba bromas a la niñera y el que se escapaba para aprender a jugar a las cartas en las timbas que organizaban los mozos de cuadra.
—Ruby —me dice en tono de reproche—. No te he sacado a hurtadillas del castillo para hablar de política. No seas aburrida tú también.
—Perdona, pero del castillo he salido yo solita.
Sus manos planean por encima del caballo.
—Es verdad. Tu astucia es una de mis cualidades favoritas. Aunque tiene sus límites.
—La culpa de eso la tuvo el ave y no yo, ya lo sabes.
Se ríe.
Cinco o seis años atrás, una lechuza se posó en un árbol situado casi en el límite de los jardines del castillo: el árbol en el que casualmente yo estaba escondida. Cuando grité y perdí el equilibrio, caí a los pies de Rowan, que se dio cuenta de que le estaba espiando. Decidió no castigarme por esa falta. En vez de eso, me pidió que robara de las cocinas una bandeja de las famosas tartaletas de melocotón de Mellie.
Mi carrera delictiva fue breve, pero nuestra amistad ha perdurado.
—¿Y qué libro te ha quitado el sueño esta vez? —me pregunta—. ¿Una de las novelas románticas de madre?
Niego con la cabeza y lamento no llevar el cabello suelto para poder ocultar mi rubor. Nunca debería haberle hablado del libro que encontré escondido en un rincón polvoriento de la biblioteca, cerca de los antiguos diarios de la reina. Llamarlo novela romántica es un modo suave de definirlo. Nunca he leído nada, ni antes ni después, que fuera tan… explícito. Él, como era de esperar, me pidió que se lo pasara en lugar de devolverlo a la biblioteca. No tengo ninguna duda de que ha puesto en práctica lo que aprendió en esas páginas.
Antes de que siga tomándome el pelo, le hablo del libro que estaba leyendo antes de reunirme con él, sobre una princesa perdida y su misión de pararle los pies a la reina malvada que se ha apoderado del reino. Seguimos jugando mientras le cuento la historia, hasta que el sol proyecta un rayo pequeño y amistoso en nuestro pesebre y yo vuelco su rey.
—Muy bien, se acabó —dice Rowan—. No pienso volver a jugar contigo. Eres demasiado lista.
Sonrío.
—¿Así que admites la derrota esta vez? ¿No vas a alegar que me has dejado ganar ni vas a insistir en que ha sido el espíritu del Gran Traidor el que ha movido tu mano?
Se deja caer en el suelo de tierra compactada y se despereza poniéndose las manos detrás de la cabeza.
—La noche ha llegado a su fin. ¿Por qué brilla tanto el sol? —se queja.
Me pongo de pie.
—Ve a dormir. Algunas tenemos que trabajar.
Me sujeta el tobillo cuando paso por su lado.
—No dejes que ninguna reina malvada te secuestre.
—Pues será mejor que tu madre no nos encuentre —replico.
Suelta una risotada.
—¿Acabas de decir que mi madre es malvada?
Antes de que pueda responder, añade con un risita:
—Aunque tienes razón. ¿Sabes que ayer me obligó a besar a unos bebés? Bebés de verdad, Ruby. La prole de algún dignatario extranjero. Unas criaturas repugnantes, empapadas de babas.
La familia real de Lumaria suele hacer lo que le da la gana, pero la reina Narissa, de vez en cuando, le aplica a Rowan lo que considera un correctivo: cumplir con su deber como miembro de la realeza.
Para él, un auténtico horror.
Me suelta con un estremecimiento histriónico y golpea con la rodilla las piezas de la partida.
—Calla —le digo—. No es la reina la que debe preocuparnos. El maestro de caballería ha dicho que, si me vuelve a pillar por aquí, me obligará a limpiar pesebres cuando haya terminado mis tareas diarias.
No es algo que me apetezca después de una noche sin dormir. Ni nunca.
Rowan se pone serio. Sabe perfectamente que soy yo la que corre un riesgo. Puede que la reina Narissa le propine un manotazo en la muñeca o lo obligue a besar a un bebé, pero él no se juega el sustento.
Rowan y yo nos despedimos en voz baja y corro a la puerta de los establos y salgo. En el exterior me reciben los alegres rayos de primera hora de la mañana. El sol está mucho más alto —y es mucho más tarde— de lo que yo pensaba.
El patio de la cocina es el camino más directo a las dependencias de los criados. Con un poco de suerte, si me da tiempo, podré desayunar antes de dar comienzo a mis quehaceres.
Mientras me acerco, se me cae el alma a los pies. La cancela está entornada. Eso significa…
Echo a correr, pero es demasiado tarde.
Hay sangre por todas partes.

En el centro de ese caos de sangre y carne desgarrada gruñe un coyote con el hocico chorreando líquido rojo. Mi grito no sirve para alejarlo de su festín. Echo mano del pequeño cuchillo que llevo en el bolsillo del delantal y se lo lanzo con todas mis fuerzas. Consigo herir al animal, que por fin se aleja a la carrera, pero el daño que ha provocado sigue ahí.
El perro favorito de Asher sabe abrir la cancela y, una vez abierta, el patio de la cocina sufre los ataques de toda clase de alimañas: serpientes, ratas, tejones. La semana pasada fue una familia de zorros. Perdimos la mitad de las gallinas aquel día.
Hoy han sido nuestra mejor cazarratones y sus crías, minúsculos gatitos de pocas semanas de vida. Las manos me tiemblan de rabia mientras limpio la carnicería.
Oigo un maullido quedo y veo un movimiento en el montón de pelo ensangrentado. Una gatita sigue viva. Es imposible apreciar la gravedad de las heridas —hay demasiada sangre—, pero la recojo y la acerco a la fuente para lavarla. «Sigue respirando, chiquitina. No dejes de respirar».
—Déjalo, Ruby —grita Hessa—. No puedes hacer nada más que poner fin a su sufrimiento.
Me quedo mirando el pequeño cuerpo empapado de la sangre de su madre e imagino a otro bebé, este abandonado entre los escombros de un hogar azotado por la guerra. Si el desconocido que me encontró llorando en los brazos de mi madre muerta hubiera optado por esa clase de misericordia…
En fin. Hessa es nueva. Mellie habría sabido que la gatita se viene conmigo y al cuerno la «misericordia».
La muerte nunca es un gesto de piedad.
—Bueno, ya veremos —le digo abriéndome paso a codazos por su lado. Tengo unos tres minutos para cambiarme el delantal, encontrar un poco de leche de cabra para la gatita y subir a la biblioteca de la familia real para empezar a trabajar, o iré retrasada todo el día.
No hay tiempo para el desayuno. Maldita sea.
La gatita maúlla de hambre en mis brazos.
—No le des mis gachas a ese gato callejero —refunfuña Hessa a mi espalda.
—No se acercará a tus gachas, tranquila.
Echo mano de un paño limpio y lo hundo en la jarra de leche que hay sobre la mesa. Hessa resopla enfadada mientras yo le ofrezco el trapo al animal para que lo succione.
—Te va a partir el corazón, niña. Los gatos se mueren enseguida si pierden a su madre. Ya lo sabes.
Hessa se dirige a la enorme cocina de leña con los brazos repletos de hierbas aromáticas.
—¿Qué gato? —pregunta Sara, que acaba de entrar a toda prisa para coger una bandeja de comida y llevarla al salón principal. La trenza ya se le está deshaciendo y la abundante melena castaña se le riza alrededor de la cara. Como subordinada de Hessa, su día empieza aún antes que el mío.
Sostengo la pelusa tricolor con las dos manos.
—Esta vez, el perro del príncipe Asher ha dejado entrar a un coyote. Solo he podido salvar a una gatita.
—Será mejor que la escondas. Bryson está desatado esta mañana. —Sara enarca una ceja—. El rey ha pasado mala noche.
Bryson, el mayordomo del rey, siempre está desatado. Tiene el pelo perpetuamente de punta porque se pasa el día manoseándoselo de puro nerviosismo y sus ojos siempre están inyectados en sangre por el vino que trasiega a escondidas para mantener a raya la ira.
Gareth, el catador real, le dirige a Hessa un asentimiento desde el extremo de la mesa alargada.
—Delicioso. Nada que objetar.
Hessa levanta la bandeja con la comida.
—Sara, lleva esto a los aposentos del rey —grita, pero Sara ya ha abandonado la cocina.
—Yo se la llevo.
Me escondo a la gatita en el bolsillo del delantal y cojo la bandeja.
Subo a la primera planta por la escalera del servicio, cruzo el salón principal a toda prisa y recorro el pasillo que discurre a lo largo del castillo, entre las altas torres redondas. La Torre Norte alberga las alcobas de los nobles mientras que la Vieja Torre está prácticamente vacía: se utiliza como almacén y contiene unas cuantas alcobas en desuso que el rey utiliza en ocasiones como celdas. En la sección central, que rodea el Gran Salón, se encuentran los aposentos de la familia real. La alcoba del rey Octavius está en el centro, con vistas a la carretera que lleva a Ryvin, que es el puerto con más tránsito de Lumaria, y a las rutilantes aguas del río Talas.
Cuando llego al pasillo principal, noto una corriente gélida en la nuca. Me quedo parada un momento al oír el eco de una risita a lo lejos.
Miro en derredor presa de un estremecimiento, pero no hay ventanas abiertas, y la gigantesca puerta que conduce a los aposentos del rey está cerrada a cal y canto, como de costumbre. Hoy Drake está de servicio, apostado junto a la puerta con su armadura de cuero.
Me sacudo los nervios al acercarme a él.
—Buenos días —le digo al mismo tiempo que le tiendo la bandeja—. ¿Una mala noche?
Drake se encoge de hombros. No es muy hablador. Los guardias jóvenes son más aficionados al chismorreo.
Dando unos golpes en la puerta con los nudillos, se cuela en los aposentos del rey y yo recorro el estrecho pasillo que lleva a la biblioteca real, que todavía está sumida en la penumbra de la tenue luz del alba.
La gran estancia, diseñada como un lugar de reunión privado para la familia real, está silenciosa y desierta. Solo un leve vestigio de olor a tabaco de pipa sugiere presencia humana. El rey Octavius siempre insiste en que esta sea la primera habitación que limpiamos cada día. Dejo a la gatita en una silla de respaldo alto, junto al hogar. Protesta cuando la separo del calor de mi cuerpo, pero pronto está succionando otra vez el trapo empapado en leche.
Enciendo el fuego en la chimenea en un momento, quito el polvo de los estantes y paso la escoba por el frío suelo de piedra y por las finas alfombras, que fueron importadas de algún país lejano y cuyos colores se mantienen vibrantes después de tantos años.
Por fin hago un descanso para observar las piezas que descansan sobre el tablero pulido de ajedrez.
Alguien ha movido la torre de obsidiana y ha matado al caballo de mármol.
«Mi» caballo.
«¿En qué estás pensando? Has dejado a la reina desprotegida».
Me quedo mirando el tablero e imagino posibles movimientos analizando desenlaces en potencia.
Y entonces, por fin, entiendo la jugada.
«Ah. Muy listo».
Pero no lo suficiente.
Esquivo la trampa con facilidad.
«Jaque».
Rowan jura y perjura que él no es el jugador misterioso de la biblioteca, y yo me inclino a creerle. Teniendo en cuenta que él y yo jugamos al ajedrez todo el tiempo, no hay motivo para el secreto y, además, no es tan hábil como la persona que juega conmigo, en este tablero en concreto, desde que era niña. Pero Rowan también me ha dicho siempre que no sabe quién es y eso no lo tengo tan claro. Cada vez que le menciono estas partidas, desvía la mirada y casi siempre cambia de tema.
De repente, resuena un golpe en la habitación. Antes de que me dé tiempo a moverme, el príncipe Asher cruza la entrada trastabillando. Se detiene sobresaltado cuando me ve de pie junto al fuego. Me quedo parada un momento demasiado largo. Yo también me he asustado.
Madre mía, tiene un aspecto horrible.
Su pelo es un torbellino castaño, mucho más largo y oscuro que el de Rowan. Lleva la chaqueta desabrochada y chamuscada, y el cuello abierto de la camisa blanca deja a la vista su bronceada piel de terciopelo. Vale, no está horrible. Solo da miedo. Me mira con los ojos entreabiertos, que parecen oscuros a través de la luz del fuego.
Durante un momento me quedo hipnotizada por su mirada mientras la sorpresa me recorre por dentro como una corriente eléctrica. Él nunca me mira. ¿Por qué iba a mirarme? Soy la escoba intangible que barre el suelo, la chispa que enciende por arte de magia el fuego del hogar, el trapo que hace desaparecer el polvo.
Soy invisible.
Mentiría si dijera que eso no me molesta. Que no he pasado noches imaginando su mirada en mí, palpable como un contacto físico. Ahora por primera vez me presta atención… y no tengo ni idea de qué hacer. ¿Estoy soñando?
Una voz femenina habla tras él.
—No creo que necesites un libro a estas horas de la mañana, alteza.
Un brazo pálido y delgado se agarra a su codo y, a continuación, aparece un rostro etéreo, perfectamente enmarcado por una melena de abundante cabello rubio cobrizo.
—¿No prefieres dormir un poco?
Lady Rosaline, su prometida, no se fija en mí.
Pero ahora tengo claro que he interrumpido un momento privado entre los dos y mi cuerpo paralizado reacciona de inmediato. No me extraña que me esté mirando. Tengo que salir de aquí ahora mismo, antes de que haga algo más que mirarme.
Le dedico una reverencia apresurada, guardo la escoba en el pequeño armario que hay detrás del tapiz del caballero caído y recojo a la gatita.
—Disculpen —murmuro con la cabeza gacha—. La habitación está lista, si necesitan usarla.
—¡Oh! ¡Una gatita! —La vocecilla cantarina de Rosaline suena chillona en el silencio. Y los brazos que alarga hacia mí son exigentes—. Es preciosa.
Aparto al animal de sus manos para que no pueda cogerlo. La gatita maúlla un quejido.
—Oh, por favor, déjame verla —me pide Rosaline con una sonrisa encantadora.
Una nube de pecas le salpica las mejillas. Desde la muerte de Sorren, otras nobles han empezado a pintarse pecas falsas en la cara, ahora que lady Rosaline va a casarse con el nuevo heredero al trono.
—Siempre he querido tener una mascota. Asher, ¿no crees que me quedaría bien un gatito peludo alrededor del cuello? Una estola que ronronea. Podría…
—No.
La palabra se me escapa y Rosaline enmudece de la sorpresa. Siempre me ha parecido una persona superficial. Se cambia varias veces de vestido cada día y le pide a su doncella que le arregle el peinado una y otra vez. Pero ¿un gatito como accesorio de moda?
—¿Qué? —La voz del príncipe Asher resuena en la habitación, brusca como un latigazo.
Mierda. Ahora sí que se ha fijado en mí.
—Es mía —les espeto, y al momento me maldigo. Soy una criada. No tengo nada mío—. Quiero decir, disculpe, alteza. La estamos entrenando para cazar ratones. Su madre ha muerto. Por culpa de su perro.
«No. No digas eso. No lo acuses. Vas a empeorar las cosas».
—O sea, la necesitamos en la cocina.
Retrocedo hacia la puerta. Acabo de meterme en un buen lío. Me va a arrancar la gatita de las manos y luego mandará azotarme por impertinente. Me va a despedir…
Ay, mierda.
No espero a ver qué hace el príncipe Asher. Me doy media vuelta y echo a correr por el pasillo con la gatita contra el pecho, que se aferra a mí con sus minúsculas garras.
Acabo de llegar al Gran Salón cuando la melodiosa música de un flautín empieza a flotar por la estancia.
Me detengo en seco y la aprensión se apodera de mi cuerpo. Es raro oír música tan temprano. No la había oído desde…
Desde que murió el príncipe Sorren.
En el fondo del salón, Bryson agacha a cabeza mientras sus sirvientes cubren las ventanas con telas negras.
Sara se detiene a mi lado sin hacer ruido y susurra:
—¿Te has enterado?
Niego con la cabeza, y ahora el temor se concentra en mi estómago, pesado como una roca.
—¿Qué ha pasado?
Cierra los puños con fuerza.
—El rey Octavius ha muerto.

Tardo unos instantes en procesar las palabras. ¿El rey ha… muerto? Estuve junto a su puerta hace menos de una hora. Rowan me dijo hace nada que esperaba que su padre recuperara las fuerzas.
—Drake lo encontró muerto en la cama cuando le llevó el desayuno —me susurra Sara.
Lissa se acerca por el otro lado. Va cargada con un montón de sábanas, como si la hubieran interrumpido en plena faena.
—Entonces Asher será rey —dice con voz queda, y la tensión le estira las comisuras de los labios—. Qué más da uno que otro.
—A mí me caía bien Sorren —murmura Sara—. Siempre nos dejaba dulces en el solsticio de invierno. Quizá hubiera sido un rey distinto.
Lissa niega con la cabeza.
—Todos son iguales. Nada cambiará hasta que hayan desaparecido todos.
Le propino un codazo y la regaño por lo bajo.
—No puedes decir eso. Aquí no, Lissa.
Paseo la mirada por la silenciosa estancia. Hay más criados en corrillos por ahí, iguales al nuestro, y varias de las criadas mayores están agrupadas en un rincón llorando a lágrima viva. No veo guardias ni nadie que nos preste atención. Pero no por eso me siento más segura. Si alguien nos oyera y se chivara a Bryson…
Lissa odia a la familia real, y con razón. Sus padres murieron en la brutal guerra relámpago contra Castella, después del vergonzoso ataque de este reino a su aldea fronteriza. Fue brutal porque muchos lumarios murieron, y fugaz porque el rey Octavius le cedió a Castella una parte de nuestro territorio meridional, incluida la aldea que habían saqueado, para poner fin a la guerra. Una recompensa por la matanza, lo llama Lissa.
Ella se siente segura diciéndome ese tipo de cosas porque da por supuesto que yo también odio a la familia real. Al fin y al cabo, mis padres murieron en la guerra igual que los suyos. Pero no sabe nada de mi amistad con Rowan. Ni de los libros que he leído sobre la historia de nuestro reino. Yo no culpo al rey Octavius; no del todo. En realidad, él no declaró la guerra a nadie. Y fue su consejero de confianza, lord Garrick Donahue, el que vendió a Castella los secretos de Lumaria. Garrick, conocido como el «Gran Traidor», les informó de los movimientos y las tropas que necesitaban para atacar con éxito la frontera sur. El rey Octavius encarceló a su amigo y actuó con celeridad para poner fin a la matanza.
Y es verdad que Garrick es el hombre más odiado de Lumaria. Pero también hay quien piensa que el rey fue indulgente en exceso… y débil. Lumaria lo ha pasado mal desde entonces. Castella se anexionó o quemó una buena cantidad de nuestras tierras de cultivo. Hay auténtico sufrimiento: eso no puedo negarlo.
Yo no conocía al rey en persona, como es natural, pero siempre me pareció un hombre ecuánime y bondadoso. Una persona que cargaba con el peso del reino sobre sus hombros. Rowan me ha contado que su padre era amable y atento con sus hijos cuando eran niños, y que pasaba tiempo con ellos a pesar de la insistencia de la reina Narissa en que la presencia del rey no era necesaria. Y las pocas veces que me crucé con él en la biblioteca, siempre se interesó por mi salud. Un rey que repara en una criada y no digamos que habla con ella… Bueno, no es lo habitual.
Además, la familia real permitió que me criara en el castillo. Me podrían haber enviado a un orfanato. Podrían haber dejado que muriera cuando era un bebé.
Así pues, aunque entiendo que Lissa odie a la familia real, yo… no puedo compartir ese sentimiento.
Bryson carraspea para aclararse la garganta en el otro extremo de la habitación.
—Como muchos de vosotros ya sabéis —empieza, y su voz parece hacer equilibrios sobre el filo irregular que discurre entre la reverencia y la consternación—, el rey Octavius ha sucumbido a su enfermedad esta mañana. Habrá mucho trabajo los próximos días, porque tenemos que preparar el funeral y la coronación del nuevo rey. La familia real os ha concedido unas horas libres para que podáis llorar esta pérdida irreparable. Por favor, volved a vuestras dependencias. Tenéis hasta la quinta campanada para recuperaros, antes de iniciar las tareas de la noche.
Cuando da una palmada, nos dispersamos.
Yo intento reprimir un bostezo, pero Sara se da cuenta.
—Será mejor que aproveches este rato para dormir, Ruby —me dice propinándome un codazo—. Pareces más cansada que un oso en invierno. Me sabe mal por el rey, de verdad que sí, pero no lamento que tengamos un rato libre.
Lissa suspira con sentimiento.
—Dudo mucho que yo pueda descansar. No voy a tirar estas sábanas aquí en medio, ¿verdad?
Se aleja con paso cansino, sin hacer el menor esfuerzo por impedir que las sábanas se arrastren por el suelo. Sara y yo nos encaminamos a nuestros dormitorios.
—¿Y qué? —murmura echando un vistazo al pasillo para asegurarse de que estamos solas—. ¿Has vuelto a reunirte con tu príncipe? No creas que no me he fijado en que entrabas en la cocina por el patio.
Un amago de sonrisa asoma a mis labios.
—Haces que parezca algo indecente.
Sara es la única que sabe lo mío con Rowan. Es mi mejor amiga y, además, yo la he encubierto un par de veces, cuando ella tenía alguna cita secreta.
—Sería indecente si lo dejaras. Ese hombre ha dormido con la mitad de mujeres de este castillo, tanto nobles como plebeyas.
Agita las cejas con un gesto travieso, pero se detiene de golpe cuando un lacayo dobla la esquina y se acerca por el pasillo a grandes zancadas.
Guardamos silencio hasta que pasa de largo.
—Lo nuestro es distinto —le digo cuando volvemos a estar solas—. Somos amigos. Como tú y yo.
Sara se queda parada junto a la puerta de mi dormitorio.
—Ruby, el príncipe Rowan y tú no sois amigos como tú y yo.
Pongo los ojos en blanco.
—Oh, venga ya, Sara.
No es la primera vez que mantenemos esta conversación. Y no digo que yo sea totalmente inmune a los encantos de Rowan. Pero él nunca ha intentado nada… y yo nunca lo he animado a hacerlo.
Recuerdo su forma de agarrarme el tobillo, como si no fuera nada. Y la despreocupación con la que me soltó.
Me sacudo los pensamientos con una pequeña sonrisa. Sara ve cosas donde no las hay.

Una vez en mi cuarto, saco a la gatita de mi bolsillo. Ella se acurruca en la manta de mi camastro y se duerme. Su pelaje moteado está erizado como la pelusa de un diente de león. Me quedo un momento mirándola, sopesando la imposibilidad de que las dos estemos aquí, vivitas y coleando en el interior del castillo.
Introduzco la mano por debajo del cuello de mi camisa para palpar el pequeño colgante que llevó allí escondido, una piedra rojo rubí que noto cálida contra la piel.
Fue Mellie, la vieja cocinera, la que me puso el nombre cuando un extraño me trajo aquí para que cuidaran de mí. Ella se aseguró de que nadie me quitara el colgante, el único objeto de mi antigua vida que traje conmigo. No sé cuál era mi verdadero nombre ni quiénes fueron mis padres. Solo sé que murieron durante la invasión de Castella, que un desconocido me salvó y me trajo al castillo, y que yo llevaba esta piedra colgada del cuello cuando me encontraron.
La gatita gime en sueños. Es una superviviente, está claro. Las dos lo somos. Y, como yo, necesita un nombre. Muevo los ojos hacia la esquina del libro que tengo escondido debajo de la almohada.
Princesa. Es un nombre frívolo, pero la princesa perdida del cuento sobrevive contra todo pronóstico y yo estoy decidida a que ella sobreviva también.
—Princesa —murmuro mientras le acaricio el suave pelaje con un dedo. Las vibraciones me hacen cosquillas en la yema cuando empieza a ronronear—. Bien. Entonces no hay más que hablar.
Devuelvo el colgante al interior de la camisa y me acurruco a su lado en la cama. Hace cinco años que no tengo un día libre y, a pesar de las circunstancias, la perspectiva de disfrutar de siete horas enteras para mí se me antoja un lujo. Me planteo si leer un rato La princesa perdida de Lennox, pero la noche en vela me está pasando factura. Casi me he dormido cuando alguien llama a la puerta golpeándola con fuerza.
Adormilada y un poco aturdida, me pongo de pie, me aliso el delantal y enderezo la espalda. Supongo que nuestro periodo de luto ha terminado.
Abro la puerta y suelto un gritito estrangulado.
Bryson se encuentra ante mí flanqueado por dos guardias. Es la primera vez que aparece en mi puerta.
Su rostro, demacrado por el cansancio, exhibe una expresión particularmente sombría.
—Acompáñanos, Ruby.
—¿Disculpe, señor?
—No montes un escándalo —me dice con aire fatigado—. Sería impropio.
Lo sigo al pasillo, no sin antes volverme a mirar a Princesa con disimulo. Por suerte, sigue durmiendo.
—¿Qué pasa, señor? —me arriesgo a preguntar. El corazón me late a toda potencia.
No me responde. Los guardias me escoltan, uno delante y otro detrás, como si fuera una prisionera de camino al tribunal.
¿Ese es el motivo de todo esto? ¿Me he metido en un lío?
Está claro que Bryson no va a responder a mis preguntas y desde luego no les voy a preguntar a los guardias. No conozco a ninguno de los dos y sus caras muestran expresiones severas.
Para cuando volvemos a entrar en el Gran Salón, percibo los desacompasados latidos del corazón en la garganta y tengo las manos empapadas de sudor. Solo hay un puñado de cosas de las que podrían acusarme, pero la más reciente es mi conducta con el príncipe Asher y lady Rosaline esta mañana.
Me va a despedir. Voy a tener que vivir en la calle, porque el poco dinero que tengo para velas solo me alcanzará para buscar refugio un par de noches. Podría buscar otro trabajo, pero la gente dice que Bryson incluye en una lista negra a los criados que despide. Tendré que abandonar Ryvin.
Se me saltan las lágrimas. «Mierda».
No nos detenemos en el Gran Salón y estoy a punto de desmayarme cuando Bryson guía a nuestro pequeño cortejo a través de la recargada puerta dorada que conduce a la sala del trono. No es posible que vayamos a entrar ahí.
«No es posible».
La única doncella que tiene permitida la entrada es Miriam y solo porque es tan anciana que no oye nada.
Madre mía, estoy perdida. Esto es algo peor que un despido. Debe de estar enfadadísimo.
La opulencia de la sala del trono es deslumbrante. Del techo penden lámparas bajas que brillan como recién bruñidas y proyectan una luz preciosa. Espadas afiladas y brillantes cuelgan de las paredes y ante ellas hay una fila de soldados. Una alfombra azul marino discurre desde la puerta hasta la tarima, en la que se yerguen dos tronos dorados tapizados en terciopelo azul.
Uno, como es natural, está vacío.
La reina Narissa está sentada en el otro y lleva el cabello dorado recogido en torzales por detrás de la refulgente tiara. Los hijos del rey Octavius están de pie a ambos lados del trono. Al instante, busco a Rowan con la mirada. Sus ojos formulan una pregunta que no puedo responder… y me dejan claro que él tampoco sabe qué hago aquí. Me encojo de hombros con un gesto casi imperceptible. Él parece tan preocupado y desconcertado como yo, pero, por encima de eso, sus facciones reflejan un pesar que no es nada propio de él. Perder a su hermano mayor y a su padre en menos de un año… Me da muchísima pena.
En algún momento de las horas transcurridas desde el alba, Rowan se ha enfundado una chaqueta negra y se ha cepillado el cabello. El príncipe Asher, en cambio, todavía lleva puesto su abrigo de terciopelo chamuscado y tiene un aspecto aún peor que cuando lo he visto por última vez. Exhibe unas ojeras profundas y oscuras, y muestra un gesto crispado en la boca que me congela el aliento en el pecho.
La hermana melliza de Rowan, la princesa Belle, está plantada con rigidez al otro lado de Rowan. Tiene los ojos vidriosos y el delgado cuerpo tenso como la cuerda de un arco, todavía en camisón. El hermano pequeño, el príncipe Cedric, está algo separado del resto y lleva puesta la bata sobre el pijama. Tendrá más o menos mi edad, pero siempre ha parecido mucho más joven. Mira las espadas de la pared y finge que los demás no estamos allí.
Aparte de los soldados que flanquean los tronos y de la familia real, las únicas personas que nos esperan en la estancia son los tres consejeros del rey Octavius.
—Altezas —dice Bryson a la vez que se inclina ante la familia real—. Ruby, la criada.
Yo los saludo con una reverencia un tanto torpe bajo el peso de sus miradas y la reina Narissa enarca una ceja a la vez que tuerce la boca con una mueca recelosa.
—Lord Hayes, ¿qué hace aquí una criada? No entiendo qué pasa.
Ay, Dios mío. No soy la única.
Lord Tareth Hayes, uno de los tres consejeros más antiguos del rey, carraspea para aclararse la garganta.
—El rey Octavius dejó escrito un edicto de su puño y letra, atestiguado por su hijo menor.
Levanto la vista, sorprendida al oír las palabras. Lord Hayes se frota la marcada arruga que tiene entre las cejas. Una barba bien recortada le oculta la mayor parte de la cara, pero salta a la vista que está torciendo el gesto. Los otros dos consejeros, lord Simon Rutherford y lord Liam Stone, el padre de lady Rosaline, están de pie a su espalda.
El príncipe Cedric sigue pendiente de las espadas.
—¿Un edicto? Verdaderamente, Tareth, estoy segura de que la última cruzada educativa de mi marido o sus planes de pagar más a las criadas pueden esperar a mañana.
La reina Narissa se recuesta contra el respaldo del trono. Parece agotada, aunque su voz ha sacado las garras.
Vuelvo a buscar los ojos del príncipe Rowan. ¿Ha descubierto su padre nuestra amistad? ¿Acaso ese decreto tiene algo que ver con nosotros?
Lord Hayes carraspea.
—Alteza, le aseguro que debemos abordar este asunto cuanto antes. —Aprieta los labios, como si lo que está a punto de decir fuera tan desagradable como el primer intento de Hessa con el pastel de hígado—. El rey Octavius nombró… ejem… nombró a Ruby, una sirvienta, heredera al trono. Es nuestra reina.
Cuando concluye su declaración, me clava la mirada como esperando una respuesta.
Yo no puedo hacer nada más que pestañear, atónita.
«¿Qué?».

Se hace un silencio sepulcral. Pasado un momento, la reina Narissa vocifera con violencia:
—¿Cómo?
Rowan suelta una carcajada de incredulidad. La princesa Belle abre unos ojos como platos. Los soldados se revuelven en el sitio; se oye un tintineo de espadas. El príncipe Cedric continúa mirando la pared como si no hubiera oído nada.
Antes de que pueda hacer algo más que mirarlos a todos boquiabierta, con un «¿disculpen?» en la punta de la lengua, el príncipe Asher se abalanza sobre mí y me aferra la garganta con una mano.
—¿Qué eres? —gruñe—. ¿Una espía? ¿Una puta?
Yo intento negar con la cabeza. El pánico me golpea en el pecho. En cuestión de segundos estoy viendo manchas negras que bailan ante mis ojos. Quiere matarme.
Me va a matar.
—¡Asher, para! —grita Rowan.
Lord Stone agarra a lord Hayes del brazo entre el tintineo de sus numerosos anillos.
—Tareth, deberías haber hablado antes con nosotros —gruñe—. Nos podríamos haber ahorrado esta escena.
Y al decir «esta escena» se refiere a mi asesinato.
El príncipe Asher echa un vistazo a los hombres y afloja la presión una pizca mientras su hermano se acerca.
Lo suficiente para que yo saque la mano del bolsillo del delantal esgrimiendo el cuchillo que llevo escondido. Le pego la hoja a la garganta.
No puedo herir al príncipe, claro que no.
Pero tampoco estoy dispuesta a morir.
—Príncipe Asher, retírate. —La voz de lord Rutherford retumba entre la confusión. Es la primera frase que pronuncia el consejero más anciano—. Tú también, criada.
Y una mierda.
Durante un ratito Asher y yo nos miramos fijamente, separados tan solo por un soplo de aliento. Nuestras vidas reducidas a la presión de una mano, al filo de una hoja. Sus ojos verde bosque rezuman intenciones asesinas, ninguna disculpa.
El príncipe Asher lleva entrenándose para capitanear el ejército del rey desde que tenía dieciséis años. Como segundo en la línea sucesoria, era su derecho de nacimiento. Pero después de la muerte de Sorren, estaba destinado a heredar el trono.
Un trono que el rey me ha dejado… a mí.
Un escalofrío me recorre la columna. Si este hombre no me mata ahora, tiene todos los motivos del mundo para volver a intentarlo, la próxima vez sin público.
Intento levantar el mentón. Estoy dispuesta a morir antes que dejar que me vea asustada.
—Asher.
Lord Hayes le habla en el tono que emplearía un padre para hacerle una advertencia a su hijo. Es de lo más improcedente, pero quizá por eso funciona.
Tras otro instante asfixiante, afilado como una hoja, el príncipe me suelta.
Dejo caer la mano, que todavía aferra el cuchillo con fuerza, y toso cuando el aire vuelve a circular por mis pulmones. Me duele la garganta. Mañana tendré magulladuras en el cuello.
—¿Es… es nuestra hermana? —pregunta Rowan. Está pálido y la expresión de su rostro es indescifrable.
—Claro que no. No es una hija bastarda del rey. Imposible —escupe la reina Narissa en un tono empapado de repugnancia.
Antes de que yo pueda empezar a meditar lo que implica todo esto, lord Hayes niega con la cabeza.
—No. Ella no tiene sangre azul. El rey manifiesta con absoluta claridad que no posee derechos de nacimiento al trono.
—En ese caso anularemos el edicto —dice lord Stone—. El derecho de sangre está por encima de esta bobada. No podemos entregarle el reino a una criada.
Sus palabras me ofenden un poco, sinceramente, aunque estoy de acuerdo con él. Está claro que todo esto es un error, teniendo en cuenta que hay cuatro descendientes directos del rey que siguen vivos.
Pero lord Hayes niega con la cabeza.
—El edicto se redactó en presencia de un testigo, del puño y letra del rey, y contiene su sello personal. Lo que dice es ley. Lo sabes muy bien, Liam.
—Pero —intervengo con voz ronca— ¿no explica por qué?
La expresión de lord Hayes se suaviza. Su pesar parece sincero cuando dice:
—Me temo que no. Solo que tenías que ser tú y que no compartes lazos de sangre con la familia real. Puede que con el tiempo se aclaren sus motivos.
Cedric abandona la contemplación de la pared y se me acerca con paso cansino.
—«La historia de Ruby es la historia de Lumaria. Ella también será el futuro de nuestro reino». Eso dijo padre.
Sus ojos verdes, muy parecidos a los de Asher, me miran como si pudieran atravesarme. Su piel es blanca como la tiza bajo esta luz parpadeante.
—Eso es una enorme gilipollez —estalla el príncipe Asher. Diría que tiene ganas de estrangularme otra vez.
Es difícil reprochárselo, teniendo en cuenta lo que ha perdido. Pero no me apetece que intente asesinarme de nuevo. Retrocedo tambaleándome.
—Necesito… necesito un momento —digo con suavidad—. ¿Puedo retirarme un ratito?
Lord Hayes entrelaza mi brazo con el suyo, como si yo fuera la dama y él mi caballero.
—Por supuesto, majestad. Deberías descansar. Mañana será un día complicado. Tendremos que anunciar el edicto del rey, empezar a preparar la coronación. Tardaremos un tiempo, unas cuantas semanas quizá, en organizarlo todo…
—No puedes hablar en serio, Tareth. ¿Me estás diciendo que no vamos a intentar derogarlo?
La reina Narissa se levanta. Tiene un aspecto tan fiero y terrorífico como cualquier dragón mítico.
La mandíbula del consejero se crispa.
—No se puede hacer nada. La palabra del rey equivale a la de Dios.
—Pero ¿qué pasa con Asher? —La princesa Belle rompe su silencio.
La pregunta queda en suspenso, sin respuesta. Yo intento captar la mirada de Rowan, pero él está observando a su hermana.
Lord Hayes da media vuelta conmigo y me acompaña al exterior de la sala del trono. Su última frase, «la palabra del rey equivale a la de Dios», todavía reverbera en mis oídos.

Estoy tan aturdida, tan absolutamente desorientada, que no reparo en el camino que tomamos hasta que lord Hayes se detiene delante de una puerta inmensa. Drake está apostado junto a la entrada.
Opongo resistencia. «No».
—Este no es mi cuarto —digo con una voz que es un abrupto vestigio de sí misma.
—Ahora lo es.
Lord Hayes me guía al interior de un dormitorio enorme: sillas tapizadas en terciopelo, un fuego vivo bajo una enorme repisa de mármol, un umbral en forma de arco que conduce a una cama con dosel más grande que toda mi habitación. Esta era otra alcoba que no tenía permiso para limpiar.
—Milord, no puedo dormir aquí. Estos… aposentos… no son los míos. Yo pertenezco a las dependencias del servicio. Tengo una habitación. Mi cuarto…
Un cuarto minúsculo con una vela por semana, un camastro bajo, una manta. El mismo en el que he dormido cada una de las noches desde que llegué al castillo siendo un bebé.
Princesa está allí ahora, sola.
El pánico se apodera de mí, parloteo sin ton ni son. Lejos de la familia real, lejos de la estupefacción onírica de la sala del trono, la realidad empieza a imponerse.
Si no fuera porque esto no puede estar pasando.
El consejero del rey posa una mano pesada en mi hombro.
—Ya sé que te encuentras en un estado de estupor. Diablos, todos lo estamos. No tenía ni idea de que el rey tenía intención de convertirte en su heredera y, con franqueza, yo le habría aconsejado que no lo hiciera. Dice mucho en tu favor que te opongas a este… bueno… llamémosle regalo. Te ruego, Ruby, que uses este poder recién adquirido con sabiduría.
Sus palabras pretenden consolarme, pero el peso de su mano se me antoja una advertencia.
Le hace una indicación al soldado apostado en el pasillo.
—Drake será uno de tus guardias personales, como lo fue del rey.
—No necesito…
Me silencia con una mirada.
—Ni te imaginas, querida mía, la cantidad de personas que desean tu muerte ahora mismo.
Me trago el aliento que se me ha quedado atascado en la garganta junto con el recuerdo del destello asesino en los ojos del príncipe Asher.
—Que tengas buen día, majestad —dice lord Hayes a la vez que inclina la cabeza. Y se marcha cerrando la puerta al salir.
Tan pronto como estoy de verdad completamente sola, me desplomo en una de las butacas que hay junto a la chimenea y me echo a llorar.