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Esto va a acabar conmigo.

Con la palma sudorosa cubro la daga que llevo en la mano mientras me abro paso entre la multitud. Tengo la hoja escondida bajo la manga, con el reluciente y frío metal midiéndome el pulso. Un paso en falso y podría apuñalarme a mí misma. Mejor eso a que alguien se percate del arma estando aún tan lejos de la parte delantera.

Me pongo de puntillas para calcular la distancia a la que me encuentro y la veo.

La plataforma.

Una piedra inmensa del tamaño de un estadio. Una roca negra con motas plateadas como una losa caída de la noche. Es preciosa, uno de los últimos retazos de magia que quedan en este lado de la tierra.

Pronto quedará cubierta de sangre.

Cientos de personas han viajado desde cada rincón de Stormside, armadas con sus mejores metales y años de entrenamiento profesional a sus espaldas, listas para luchar por un puesto en esa plataforma. Miles han arriesgado sus vidas recorriendo caminos inhóspitos con el único objetivo de venir a observar.

La Sendastral solo ocurre cada cincuenta años.

A cincuenta mortales se nos permitirá cruzar las puertas y adentrarnos en la tierra de los inmortales para emprender un viaje letal.

Solo unos pocos regresan. La mayoría son asesinados por bestias legendarias o mueren a manos de los propios inmortales.

Y, aun así, el premio al final de la odisea merece la pena el riesgo. Un cáliz repleto de algo que puede convertir kilómetros de cenizas en llanuras fértiles, invocar tormentas tras años de sequía, curar cualquier enfermedad, conceder poder, riqueza o, incluso, inmortalidad.

Magia.

No hay más que cincuenta codiciados puestos. Cientos de personas lucharán a muerte por ellos durante la enigmática Criba del rey.

Pero, para poder participar en la Criba, primero hay que llegar a la plataforma.

Un anillo de guardias del rey rodea la piedra, sus desgastadas armaduras plateadas brillan bajo el sol abrasador. Entorno los ojos, tratando de encontrar al guardia del que debo mantenerme lo más alejada posible, aunque es evidente que no está aquí.

«Qué raro».

El alivio me recorre la columna vertebral. Mis posibilidades ya están bastante jodidas de por sí, pero al menos no tendré que enfrentarme a él.

Los ojos y oídos del rey, conocido solo como el Vigía, se encuentra justo a la izquierda de la piedra y tiene un halcón plateado reluciente sobre el brazo, una de las rarezas codiciadas del rey. El plateado es el color de los dioses. Al ser la figura más poderosa de este lado, cree que todo lo de ese tono le pertenece. Dar cobijo a las criaturas de la sombra es un delito castigado con la muerte.

Aun así, he visto cómo vendían enjaulado este raro animal en los mercados ilegales del desierto. Necesitan capturarlos cuando son crías y no oponen resistencia, porque cuando crecen…

Se convierten en grandes armas.

Las plumas del halcón brillan como la luz de la luna derretida. Sus largas garras parecen dagas. Un escalofrío me recorre los brazos, por debajo de las gruesas mangas. He visto tripas esparcidas por las calles a causa de esas garras. He visto a ese halcón decapitar a un ladrón y alzar el vuelo exhibiendo la cabeza como si fuera un maldito trofeo.

Como si sintiese mi mirada, la cabeza del pájaro se gira bruscamente y sus ojos negros se clavan en los míos. Vuelvo a apoyar los talones en el suelo, con el corazón en la garganta.

«Diez minutos».

Una vez que el halcón dé su primer alarido, solo tendré diez minutos para subirme a la plataforma. Irá marcando los minutos con un grito, hasta que se acabe el tiempo. En cualquier momento, abrirá el pico y se desatará el caos.

«Sigo demasiado lejos».

Acelero el paso intentando no llamar demasiado la atención, forma parte de mi estrategia. No solo me preocupa la guardia del rey. Algunos espectadores se encargarán de eliminar a los posibles voluntarios antes de que se acerquen siquiera a la parte delantera, una forma retorcida de asegurarse de que solo los mejores lo consiguen.

Hoy, el asesinato está autorizado. Es más, se celebra.

Así que, a diferencia del círculo de aspirantes armados al frente, que están mirando fijamente a los guardias del rey, listos para pelear, yo estoy intentando acercarme todo lo posible sin ser vista. Me abro paso entre la multitud con la cabeza gacha. No me detiene nadie, asumen que soy otra espectadora curiosa. Deben de percatarse de que carezco de músculo. De que no tengo espada. Ni peso. Y la piel es pálida, sin el rubor saludable que aporta la nutrición. Insuficiente para enfrentarse a herederos y guerreros que se han entrenado toda su vida para este día. Recorrer la senda de forma voluntaria, desde su punto de vista, sería una sentencia de muerte.

Y tienen toda la maldita razón.

Alguien me empuja por la espalda y me hace tropezar.

«Mierda».

Apenas consigo mantener la daga pegada a la piel mientras me tambaleo hacia delante, justo hacia la mujer que tengo enfrente. Me fulmina con la mirada por encima del hombro y su rabia se intensifica cuando paso a su lado, susurrando una disculpa. A juzgar por el material grueso y de tejido tupido del abrigo que lleva en la mano, es una viajera del norte lejano.

Casi todos los pueblos han enviado voluntarios o testigos a Nochecaída, nombrada así por la roca negra que tiene en el centro. Me deslizo entre tejidos que no había visto nunca. Todos están descoloridos, rotos y cubiertos de una capa de suciedad. Junto a los restos de algo que en otro tiempo pudo haber sido bonito, pero que ahora está destrozado. Como todo lo de este lado.

Un ruido repentino me hace levantar la cabeza bruscamente. Junto a la plataforma, una columna de fuego se eleva hacia el cielo, crepitando con fuerza, como un atardecer desgarrado.

No tengo que preguntarme para lo que es, ya lo sé. Los cuerpos de quienes no consigan alcanzar la plataforma se lanzarán al fuego y serán calcinados.

Trago saliva. Casi es la hora.

—¿Es que quieres alimentar las llamas?

La voz ronca procede de un hombre alto y delgado, con el pelo peinado hacia atrás, que apoya todo su peso en una espada. Apostaría mi propia daga a que no puede sujetarla como es debido. El metal es muy pesado. La mayoría de los hombres que visitan la fragua quieren el arma más grande que puedan permitirse, aunque solo unos pocos pueden levantarla del suelo cuando llega el momento.

Tras su estúpido comentario, varias cabezas se vuelven hacia nosotros.

«Mierda».

Aunque me arde la lengua por preguntarle al hombre si es él el que quiere afilar mi cuchilla, a ser posible entre las costillas, escondo el metal aún más arriba de la muñeca y esbozo una sonrisa tímida.

—Por supuesto que no. Solo intento ver un poco mejor. —Mi voz dice «Qué tontería. ¿Yo? ¿Intentar clasificarme para la Sendastral? Estaría muerta antes de empezar». Palabras que no son más que el eco de lo que Stellan me dijo esta mañana cuando me vio con la daga en la mano.

«No te rescaté de las cenizas para verte morir en la maldita plaza del pueblo», había sentenciado Stellan, pero ahí está, entre la multitud, viéndome desde lejos con los ojos entrecerrados y las cejas blancas fruncidas por la frustración. Sacude la cabeza, haciéndome saber, hasta mi último aliento, que no aprueba lo que estoy haciendo.

«Me has entrenado para esto», le respondí en la fragua, el lugar en el que crecí, donde cortar acero era tan natural como su silbido interminable. Me encontró en las cloacas de este mundo cuando era una cría, una huérfana que solo poseía un nombre. Ni siquiera eso, en realidad.

Ante esa situación, se le encendieron los ojos con una furia tan feroz que casi disminuyó la fragua que tenía detrás. Después, la rabia se convirtió en algo que jamás había visto en su expresión. Terror.

«Yo no quería esto», había dicho.

Sin embargo, no me pidió que le devolviese la daga, la mejor arma que ha hecho nunca, fabricada a partir de un fragmento de un mundo tan cruel y mortal que se niega a hablar de ello. Hasta conmigo.

Una lástima, porque saber cómo Stellan consiguió ser uno de los Cincuenta me sería de gran ayuda ahora mismo.

No, no me verá morir. Todavía no. Conseguiré llegar a la plataforma. Aunque primero necesito dejar atrás a este hombre que está haciendo un agujero en el suelo con su espada. Sigue estudiándome demasiado de cerca.

Me encojo un poco, como si no entendiese porqué me mira. Como si me diese miedo la espada que él ni siquiera es capaz de coger. Temblorosa, doy un paso hacia atrás y meto el pie en el barro.

El hombre se ríe con sorna y se toma su tiempo para mirarme de arriba abajo, fijándose de nuevo en mi ropa. Debe estar preguntándose por qué llevo manga larga y tela hasta la barbilla con este calor. Debe estar dándose cuenta de la evidente ausencia de vaina y bandolera. Frunce el ceño cuando llega a mis botas gastadas, con la tela encogida y rota. La gente a su izquierda y derecha vuelve a darnos la espalda, ha perdido el interés.

Sin embargo, él sigue observándome, contempla mi cabello castaño, trenzado y sujetado con cuidado en la parte posterior de la cabeza para evitar que los mechones se me peguen a la cara, y para evitar que otros puedan usarlo contra mí. Probablemente es la señal más clara de que estoy aquí para algo más que para entretenerme, pero su mirada vaga por mi rostro hasta que finalmente se encuentra con la mía.

De repente, crece su interés. Mis ojos. Azul oscuro. Un tono poco común. En este momento, desearía que fuesen de cualquier otro color.

No bajo la vista. él ladea la cabeza. Finalmente, se inclina hacia mí y su espada con él.

—No dejes que te detenga.

Se lo agradezco con una sonrisa y paso por su lado.

Es entonces cuando desliza la mano por mi cuerpo. Me aprieta y yo me paralizo.

La bilis me sube por la garganta, pero me aguanto, al igual que las ganas de cortarle las manos de un tajo. No quiero llamar la atención. Todavía no, hay demasiadas filas de por medio.

Hago lo que he hecho durante años. Entierro la rabia y sigo avanzando.

De pronto, un grito atraviesa la multitud como una guadaña.

El halcón plateado. Tiene el afilado pico abierto de par en par, emitiendo un grito desgarrador.

Es la hora.

Un fogonazo de color capta mi atención cuando un hombre se lanza desde un tejado, en un intento desesperado de alcanzar la piedra con el salto. Parece que lo va a conseguir.

Casi lo hace.

Sin embargo, justo antes de que sus pies toquen el suelo, la espada de un guardia le atraviesa las entrañas. Se resbala con su propia sangre y cae de la piedra.

Al instante, lanzan su cuerpo al fuego. Las llamas rugen y crepitan con fuerza.

Fuego o piedra. Morir o vivir.

Así es la Sendastral.

En una oleada de armas, el primer anillo de aspirantes se precipita hacia delante, solo para encontrarse con un muro de guardias reales, todos empuñando el metal más noble: la plata.

El metal es lo único que nos queda de la magia: mineral extraído de la tierra, imbuido de poder. Algunas variedades dan lugar a armas mucho más fuertes. La plata es el más poderoso de todos los metales de los mortales.

Están muertos. Veo sus espadas desde filas atrás y sé con certeza que no tienen oportunidad alguna.

Aun así, levantan las hojas. Gritan mientras se lanzan hacia delante, listos para pelear.

Y una tras otra, espadas de cobre, estaño y aluminio, se rompen en pedazos contra el metal superior.

A sus portadores los embisten. Caen. Todos caen. Apartan los cuerpos a un lado y los lanzan a las llamas, antes incluso de haber exhalado su último aliento.

«Joder».

La siguiente oleada de aspirantes avanza con decisión. Más metales que se quiebran y se rompen.

El pánico crece en mi interior como una marea encarnizada. Se me abren los ojos al ver los ríos de sangre que ya se desbordan por la piedra y la tierra que la rodea.

Recorro con el pulgar los trazos de la empuñadura que yo misma tallé, la curva de una llama que refleja la que ahora mismo está derritiendo una pila de carne y hueso. Un recordatorio de por qué estoy aquí.

«Por ti. Lo estoy haciendo por ti».

El halcón chilla por segunda vez. Ha pasado un minuto.

Se acabó el quedarse quieta. Aprovecho el caos como cobertura y me agacho, deslizándome entre las filas, con la mirada fija en la piedra resplandeciente. Cinco filas más. Cuatro, otro chillido. Tres.

A mi izquierda, oigo el sonido de metales chocando. La multitud se convierte en un hervidero cuando nada menos que una legión se abre paso a través de su centro, con escudos curvos que crean una barrera esférica. Marchan en bloque, avanzando lentamente hacia delante, derribando a cualquiera que se interponga en su camino.

Cuando llegan a la plataforma, hacen que el escudo se abra y sale un hombre caminando con una armadura resplandeciente que casi se mimetiza con el sol.

Está hecho de oro puro, sin filtrar. Vender tan solo un trocito de esa pieza daría de comer a todo nuestro pueblo durante un año. Es prácticamente impenetrable, ha sido fabricado con el máximo cuidado.

Yo lo sé. Se hizo en la fragua de Stellan.

Crecen los murmullos entre la multitud, pero el descontento se queda en un susurro porque Cadoc es el heredero de la Casa Bolter, una de las cinco Grandes Casas que quedan en Stormside. Son miles los que dependen de esa casa para tener comida, pues los Bolter poseen la mayor parte de la tierra fértil que queda a este lado.

No es casualidad. Cada Sendastral, la Casa Bolter ha enviado a su hijo mayor a través de las puertas y ha vuelto con magia suficiente para otro medio siglo de prosperidad. Al menos para ellos. Han acaparado las reliquias y los conocimientos que facilitan la supervivencia de sus descendientes. Generación tras generación, el poder de la casa ha crecido exponencialmente.

El acceso ilimitado al oro desde las minas de su casa tampoco les ha perjudicado. Yo no tengo una legión. Gracias a Stellan, no la necesito. Me ha enseñado a ser fuerte. Independiente. Resiliente ante la tragedia.

«Resurgirás. Resurgirás de las cenizas como un fénix», me dijo cuando era una cría y no paraba de llorar.

«Los fénix no existen», repliqué.

«Aquí no —respondió—. Aquí no».

Es lo máximo que jamás ha revelado del lugar que hay más allá de las puertas. El mismo que ahora todos estamos arriesgando nuestras vidas para visitar.

Starside. Tierra de magia e inmortales. Un lugar que dicen que brilla como los diamantes y corta como los dientes.

Un paraíso codiciado y temido a partes iguales. Los inmortales no mueren a causa de enfermedades, no sangran, no necesitan comida ni agua para sobrevivir. Sus ojos relucen como piedras preciosas. Son descendientes de los dioses. Y los mismos dioses viven en ese lado, imbuyendo su tierra con recursos ilimitados.

Nosotros nos matamos unos a otros por unas migajas de esa magia.

Estoy muy cerca. La multitud está un poco dispersa y me aprovecho de ello. La piedra brilla intensamente, resplandece bajo la luz del sol. Doy un paso más hacia delante…

Y casi me llevo un flechazo en el ojo. Me giro en el último segundo y me caen salpicaduras de color carmesí cuando la flecha atraviesa el cráneo del hombre que había a mi espalda. Se desploma en la tierra, su cuerpo rompe el cristal de las copas desechadas, las bebidas de quienes han esperado durante días en el mismo lugar para captar un atisbo de la acción.

Su cuerpo sin vida agarra una espada. Es un metal inferior. Pero eso no impide que un hombre medio muerto de hambre se abalance desde la multitud para cogerla. Otro más lucha contra él.

«Se han percatado de mi ruta». Me agacho y me golpean en el costado cuando alguien trata de abrirse paso a empujones, corriendo hacia la plataforma. Es una mujer con la piel bronceada y el pelo oscuro muy corto.

La flecha iba para ella. Queda claro cuando otra silba al cortar el aire caliente de la tarde, directa hacia su pecho. Se agacha para esquivarla, rueda por el suelo y saca su propio arco y flecha de la espalda, lo hace tan rápido que sus movimientos se vuelven borrosos.

Ni siquiera se para o baja el ritmo. Apunta sin mirar, dispara y sigue hacia delante, antes de saltar a la plataforma.

El arquero cae desde el tejado de un edificio cercano, su cuerpo se estrella en la calzada con un ruido sordo repugnante.

Un cuarto chillido.

Solo quedan siete minutos.

Echo a correr y casi tropiezo con un cuerpo agazapado. Las crestas de la columna vertebral se le notan claramente a través de la fina tela. Gira la cabeza bruscamente hacia el lado, no es más que un niño, y se aferra a un trozo de cristal afilado como arma.

Alzo la mirada hacia la plataforma. Hay un hueco, una brecha entre los guardias reales que se enfrentan a otros oponentes. Debería correr. Debería aprovechar la oportunidad. No obstante, en lugar de eso, me agacho.

—No lo hagas —le digo al niño. Me mira con unos enormes ojos color ámbar. Sé que soy una maldita hipócrita cuando le digo—: No lo conseguirás.

Pero está decidido, igual que yo.

—Mi familia se muere de hambre. Soy su única oportunidad.

Trago saliva para deshacer el nudo que se me ha formado en la garganta.

—¿Tu familia sabe que estás aquí?

Sacude la cabeza.

Bajo la mirada hacia mi daga.

—Escucha, yo…

Antes de que pueda terminar, el niño se gira y se lanza a la carrera. Es pequeño. Nadie parece percatarse de su presencia. Puede que incluso lo consiga. Justo antes de que ocurra, alguien se interpone en su camino. Un guardia real. Su boca se convierte en una sonrisa cruel y mira hacia el chico deleitándose.

Quinto chillido.

Debería quedarme atrás. Esperar al momento adecuado. Es la única forma en que puedo conseguirlo.

Sin embargo, cuando la espada plateada del guardia cae con fuerza, me planto delante del niño sin pensarlo siquiera. La daga que tanto he tratado de ocultar se desliza por mi manga y la giro en el aire, hasta que la fría empuñadura golpea mi palma. La levanto delante de mi cara en el último momento. Cierro los ojos con fuerza. Un segundo más tarde, la espada del guardia choca con mi daga con una fuerza estremecedora.

Se produce un estruendo glorioso cuando esa plata se hace añicos.

La multitud se ha quedado en silencio. Poco a poco, abro los ojos. El guardia me está mirando fijamente, con la boca abierta, como si aún no entendiese lo que acaba de ocurrir. No entiende cómo una daga se ha alzado contra su espada y… ha salido victoriosa. Cuando por fin se fija en el metal de mi hoja, palidece.

Su empuñadura golpea el suelo y él se tambalea hacia atrás, sin su espada no es más que un cobarde. El niño se ha escapado y ha llegado hasta la piedra. Antes de que pueda hacer lo propio, la multitud cobra vida de nuevo y media docena de personas se abalanzan sobre mí.

Ya no puedo echarme atrás.

Sexto grito.

Una hoja de cobre me alcanza primero, me giro levantando la daga, mi metal apenas ha rozado el borde de la otra, pero con eso basta. El arma se rompe en pedazos, justo cuando una espada de níquel se dirige a mi cuello.

Su filo ya parece una telaraña a causa de las grietas, la marca de una mala soldadura o de demasiadas batallas. Sea como sea, un toque de mi metal basta para que quede reducido a fragmentos a mis pies. Algunas de las personas que avanzan con decisión se paran en seco. Se están pensando dos veces enfrentarse a mi metal. Bien. Pero, justo cuando pienso que tengo vía libre, un grito de guerra suena detrás de mí.

El hombre de antes, el de las manos sueltas, tiene problemas para levantar su espada mientras se abalanza contra mí, con el filo apuntándome directamente a la columna vertebral.

No pienso. Recuerdo el tacto de sus manos recorriéndome el cuerpo y…

Se las corto de un tajo. El acero estelar atraviesa la piel y el hueso sin obstáculo alguno. La hoja brilla incluso más de lo normal, como si saborease la sangre. Su enorme espada cae al suelo con los dedos aún cerniéndose sobre ella. El hombre grita. Algunas personas se estremecen.

Séptimo grito.

Cuando vuelvo a alzar mi cuchilla hacia la multitud, nadie se mueve. Incluso los guardias reales parecen reacios a enfrentarse a mí ahora que han visto que mi metal es mejor que el suyo. Cada uno solo recibe una espada. Sin ella, son hombres muertos.

El pecho me sube y baja violentamente mientras doy un paso atrás, avanzando lentamente hacia la plataforma. Quizá lo consiga de verdad. Al fin, me giro para saltar.

Pero un hombre que parece engendrado por las imponentes Montañas Afiladas me bloquea el camino.

«Joder».

Pagnus Ender, de la Casa Ender, conocido por su inmenso tamaño, se rumorea que tienen dioses en su linaje, da un paso hacia mí y el suelo parece temblar. Puedo ver mi expresión horrorizada en el reflejo de su armadura de bronce, no le llego ni a la altura del estómago, su filo es casi tan grande como mi cuerpo entero.

Su casa tiene ocho herederos y se espera que la mitad recorran la senda esta vez. Ya los veo, están colocados en las esquinas de la plataforma, luciendo todos ellos el metal de su casa. Están eliminando a los posibles reclutas, junto con los guardias. Ni siquiera han intentado eliminarlos a ellos, como si fuesen órdenes del rey, que tiene alianzas con todas las Grandes Casas.

Como no podía ser de otra forma, él es la persona que se interpone entre la plataforma y yo. Por supuesto, joder.

Respiro hondo. Me preparo. Adopto la postura que ya me resulta tan natural como dormir. Estoy lista para el golpe que podría ser mi final.

Sin embargo, Pagnus Ender me mira desde lo alto y me sonríe con burla. Se hace hacia un lado.

Algo peor que el miedo se me hunde en el pecho.

Ni siquiera piensa que yo sea digna de su golpe mortal. No cree que tenga ninguna posibilidad de sobrevivir a la Criba.

El orgullo y la rabia me crecen por el pecho, pero aplaco esas emociones y opto por la gratitud. Haría cualquier cosa por llegar a esa plataforma, pasar la Criba y atravesar esas puertas.

Avanzo por su lado. Estoy a punto de llegar a la piedra resplandeciente.

Es en ese preciso instante cuando Pagnus parece cambiar de idea. Quizá ha decidido que quiere reclamar mi daga. En un abrir y cerrar de ojos, el sol reflejado en el bronce me ciega y su espada se dirige directamente hacia mi cabeza.

Puede que él sea más grande, pero yo soy más rápida, sobre todo sin armadura. Me aparto rodando y le clavo la cuchilla en la espinilla, el metal superior atraviesa la carne, alcanza el hueso y él ruge de dolor. El resto de los Ender se gira hacia nuestra posición, permitiendo que otros competidores salgan indemnes, incluida una niña pelirroja. La multitud estalla en vítores.

Pagnus se gira, tiene los ojos muy abiertos y cargados de furia, y vuelve a arremeter con su espada. No le he herido lo suficiente. Demasiado tarde. Le arranco la daga de la pierna y me lanzo hacia atrás. El tiempo se detiene mientras me elevo, esperando sentir el metal atravesándome la piel. El sol parece guiñarme un ojo, me tapa la visión. Se me tensan los músculos mientras me preparo para el impacto.

Choco de espaldas contra la piedra caliente. Me quema a través de la camisa, pero apenas noto el calor, todos mis sentidos se concentran en la hoja que aún se dirige a mi cara. No es acero estelar, el bronce es incluso el menor de los metales de los mortales, pero, con la fuerza de Pagnus, bien podría serlo. No hay tiempo. Lo único que puedo hacer es mirar a la espada que está a punto de abrirme el cráneo.

Estoy en la piedra. Estoy en la piedra. Todo orgullo se diluye en pánico puesto que el bronce no se frena lo más mínimo. Se supone que aquí estamos a salvo, bajo la protección del rey.

Pagnus está a la vista del Vigía. Lo descalificarían. O quizá no.

Quizá a él no se le aplican las mismas reglas. Quizá él lo sabe. Ese miedo me atraviesa el pecho y me preparo para la muerte que me habían prometido.

La hoja se detiene a un centímetro de mi cara.

Gruñe cual bestia y me dice:

—Nos vemos en la Criba.

Y entonces se sube junto a mí en la plataforma.

Octavo grito.

Tres minutos. Lo he conseguido con tres minutos de margen.

Me pitan los oídos. El corazón se me va a salir del pecho. Joder, lo único que quiero es respirar. Me arrastro tan rápido como puedo, con las rodillas al borde del colapso, hasta que consigo ponerme de pie. Corro hacia el centro, junto a la chica de pelo rojo que se camufla entre la abundante cantidad de sangre que brota de su cráneo. Se gira hacia mí y sonríe. Debo parecer horrorizada porque ella se limita a encogerse de hombros.

—Estoy bien. Me encantan tus ojos, por cierto. Me recuerdan a casa. —Me tiende la mano—. Soy Kira, de Brambleside.

Una ciudad situada en el extremo más occidental de Stormside, junto al mar. Por lo que sé, no queda nada de magia allí. Al menos aquí, en el este, aún tenemos los restos de lo que un día fue. Cuanto más al oeste vas, menos magia encuentras.

La Criba no ha empezado siquiera. Para formar parte de los Cincuenta, puede que tenga que matarla.

Aun así, antes de que pueda darme cuenta le estoy dando la mano. Sacudiéndola. Con una voz erosionada por el alivio y el agotamiento, le respondo:

—Soy Aris. De Silverside.

Su sonrisa se desvanece. Los ojos verdes se le abren como platos. Mierda. Esa reacción es la razón exacta de por qué llevo años sin decirle a nadie de dónde soy. Tampoco es que muchos se hayan preocupado en preguntar.

Soy la aprendiz del herrero. No merezco atención. Lo cierto es que no sé por qué comparto mi verdadero origen con ella ahora.

—No sabía que hubiera sobrevivido nadie allí —dice al fin.

Si por un momento olvidara por qué estoy aquí hoy, este recordatorio me calaría hasta lo más profundo. Una ira cegadora me estalla en el pecho, una llama que arde con más intensidad que la que arde a pocos metros de distancia.

—La mayoría no lo hicieron.

Noveno grito.

Solo quedan dos minutos. Los aspirantes empiezan a desesperarse. Se descuidan. Se lanzan hacia los guardias reales, pero solo consiguen ser asesinados y arrojados al fuego.

Décimo grito.

El último minuto.

Los gritos y alaridos de celebración alcanzan su punto álgido. Los guardias aumentan la brutalidad, disfrutan del derramamiento de sangre, no se detienen, ni siquiera cuando la persona ya está claramente incapacitada. Solo dos personas más consiguen abrirse paso, y ambas están heridas.

Casi puedo sentir la cuenta atrás de los segundos, la tensión aumenta como el calor sofocante de las llamas. Última oportunidad. Alguien lo intenta de un salto, pero lo cogen del pelo, lo arrastran hacia atrás y lo asesinan. Nadie más lo intenta. Y ya no queda más tiempo. El sol me golpea en la coronilla, me giro y veo cómo el halcón plateado abre los ojos por última vez.

Sin embargo, el chillido muere en su garganta.

Y, como si el viento se hubiera llevado con él todos los gritos, la multitud se queda muda.

—No —susurra Kira a mi lado.

No puede ser.

Ni de coña.

Las mismas personas que intentaron matarme ahora huyen asustadas. No se limitan a bajar las armas. La multitud se divide por completo en el centro, creando un pasillo directo a la plataforma.

Un imponente caballero da un paso al frente. Una capucha negra y una máscara plateada le ocultan la cara. Como si eso importase. Todos sabemos quién es y lo que ha hecho.

Su armadura plateada está intacta, pues nunca nadie se ha atrevido a acercarse lo suficiente para matarle. La única parte de piel que se le ve son las manos, blancas como el hueso. Unas finas marcas de tinta le recorren los nudillos y se curvan por cada uno de los dedos.

Parece un demonio.

Lleva una enorme espada oculta detrás del hombro. Mientras avanza, con pasos firmes y despreocupados, se vislumbra un ligero destello plateado entre la empuñadura y la vaina.

Plata brillante y sobrenatural, como estrellas fundidas. Acero estelar. Una espada entera. Hace que mi propia daga parezca un juguete. La suya es la única que se reclama actualmente a este lado de las puertas. Tiempo atrás, las espadas poderosas elegían a sus portadores. Y esta eligió a un hombre que divide a toda una multitud sedienta de sangre solo con su reputación.

Harlan Raker, jefe de la guardia real. El caballero más temido de Stormside.

Un hombre famoso por su falta de piedad. Yo lo sé bien. Le supliqué por ella y se mantuvo tan frío como está ahora mientras estudia a los contendientes. Mientras me estudia a mí. No puedo verle la cara, pero casi noto cuando se da cuenta. Su arrogancia. Por el gesto de sus anchos hombros, no parece impresionado. Más bien aburrido.

De pronto, a pocos metros de la plataforma, Raker se detiene. Hasta las llamas parecen calmarse. Mira a su alrededor, con los músculos tensos por primera vez, y casi puedo imaginarme el brillo de sus ojos bajo la capucha, el mismo de mi daga, como si desafiara a alguien a dar un paso. Como si ansiara derramar sangre.

Ojalá. Casi lo deseo, solo para ver esa magnífica espada desenvainada.

Pero nadie mueve un músculo. Los guardias inclinan la cabeza, tambaleándose hacia atrás. Y se sube a la plataforma sin que nadie se lo impida.

Entonces, el halcón, por fin, concluye con su último chillido.

Los murmullos se propagan como el fuego entre la multitud. ¿Por qué motivo querría el jefe de la guardia real arriesgarse a cruzar Starside? Miembros inferiores de la guardia lo han hecho antes, pero nunca un líder. Ellos ya tienen lo que muchos contendientes desean: un hogar, comida, riqueza, gloria. El rey les proporciona todo lo que podrían necesitar.

Aun así… Supongo que hay cosas que ni siquiera la persona más poderosa de este lado puede ofrecer.

La Sendastral consiste en recorrer Starside, y llegar a la Tierra de los Dioses, para reclamar un cáliz de magia.

Todo el mundo tiene sus razones para ir. Las gotas de magia pueden usarse como medicina, venderse para conseguir riqueza o, si alguien se bebe una taza entera, hacer que un humano se vuelva inmortal. Si sobreviven a la Transformación, claro está. En la mayoría de los casos, los humanos no lo consiguen, por lo que pocos se arriesgan.

Cuando un contendiente de la Sendastral realmente sale victorioso, vuelve convertido en héroe y saborea cada gota, haciendo que la magia le dure décadas. Pueblos enteros han salido de la pobreza con una taza de magia, sus habitantes viven en la opulencia mientras el resto pasamos hambre y robamos para sobrevivir.

La mayor parte de los Cincuenta ni siquiera vuelven.

Stellan lo hizo, pero con un cáliz vacío. Lo único que tenía para mostrar de su viaje era el metal brillante con el que hizo la daga que ahora agarro con fuerza. La gente lo odiaba y lo cuestionaba, así que se convirtió en un paria. Se mudó, aunque lo siguió su reputación. El único motivo por el que tiene trabajo es porque sus habilidades son innegables. Aun así, vive con poco, cuando podría haber vuelto con la riqueza de un rey.

Siempre he querido saber el porqué. Se lo he preguntado, por supuesto, más veces de las que puedo contar.

Nunca he recibido respuesta.

Kira salta cuando el halcón despliega las alas en un destello plateado. Según el Vigía, ahora mismo somos doscientos veintiséis encima de la piedra.

Aquellas personas que no lo han conseguido están esparcidas entre la multitud, muertos o muriéndose. La sangre de sus cuerpos ha convertido la tierra en barro. Los miembros inferiores de la guardia del rey comienzan a lanzar los cadáveres a las llamas que tenemos a un lado.

El hombre al que derribé es uno de ellos.

La bilis me sube por la garganta otra vez cuando el fuego arde con furia. Los recuerdos me invaden, asfixiándome. Quiero mirar para otro lado, quiero correr. Quiero caer de rodillas y vomitar. Pero no puedo mostrarme tan débil. No ahora, cuando la competición no ha hecho más que empezar. Me obligo a mantenerme en pie y ver cómo piel, huesos y llamas se funden y se convierten en montones de cenizas.

El Vigía arrastra un cubo por estas y lo llena.

Uno por uno, se para frente a cada uno de los supervivientes, ahora contendientes de la Sendastral. Me mantengo erguida, con la mirada fija en Stellan, el sudor me cae por la espalda y maldigo toda la tela que estoy obligada a llevar, hasta que el Vigía se coloca frente a mí.

—¿Participarás en la Criba? —pregunta por quincuagésima séptima vez.

Stellan sigue en un lateral de mi campo de visión. Es la última oportunidad para echarme atrás. La última oportunidad que tengo para bajarme de la plataforma y volver a la fragua. El trabajo me espera. Hay que hacer la cena.

Percibo la súplica en su mirada, diciendo: «No lo hagas. Di que no».

Rompo el contacto visual y respondo:

—Sí.

El comandante mete la mano en el cubo. Con el pulgar sudoroso y caliente me dibuja un arco sobre la frente, una corona de ceniza.

—En nombre de los dioses —dice.

—En nombre de los dioses —respondo.

Pasa al siguiente.

Alzo la vista al cielo. Hacia esos dioses. Me pregunto si sentirán la furia que me recorre los huesos enfrentándose al calor de la esperanza, metal hirviendo endureciéndose hasta convertirse en acero. Una espada de venganza se está forjando en mi interior.

«Esto es realmente en vuestro nombre», pienso. «Es por vosotros».

Porque yo no voy a ir a Starside para conseguir magia o para arrodillarme ante nuestros adorados dioses.

Voy a matarlos.

2

Apenas tenía diez años cuando una diosa incendió mi pueblo como si no fuese más que leña. Cada noche desde entonces, en mis sueños veo sus ojos plateados repletos de poder. Veo su melena plateada y su piel con gemas incrustadas, resplandeciendo ante la luz de las llamas. Veo su capa ondearse al viento mientras se da la vuelta y nos deja a todos ardiendo.

Voy a matarla, a ella y al resto de dioses que se han olvidado de este lado. Aunque también me mate a mí en el proceso.

Pero para ello, primero debo sobrevivir a la Criba. Tengo que convertirme en una de los Cincuenta. Por ellos, sobreviviré a lo que sea. Incluso a la mirada atormentada de Stellan mientras observa cómo me bajo de la plataforma de un salto.

Ahora no puedo lidiar con su decepción. Aún no. Así que aprovecho el entusiasmo y la celebración para salir sin ser vista.

Las carreteras están plagadas de guardias del rey. Su presencia no es inusual, teniendo en cuenta lo cerca que estamos de sus campos de entrenamiento. Aun así, su mera existencia hace que me hierva la sangre.

Hace cuatro años, en la peor de las sequías, doblé una esquina con un cubo de agua que había cargado tres horas desde uno de los pocos pozos que seguían en funcionamiento, solo para encontrarme con un guardia recostado en la pared, hasta las cejas de draconina. Me observó la cara, seca y cubierta de costras de suciedad, con los nudillos blancos y tensos, y dijo:

—Dame. Deja que te ayude con eso.

—No, puedo…

Intenté darme la vuelta, pero se lanzó hacia delante, me arrancó el cubo de las manos y vertió el agua poco a poco, justo delante de mis narices, sobre los adoquines agrietados. No dejó de sonreír mientras lo hacía, la expresión de horror que me invadió el rostro se reflejaba en su armadura de plata.

Lanzó el cubo al suelo y pasó de largo.

Tras ese incidente, aprendí a elegir mejor las carreteras. Esta suele estar despejada.

Me encuentro con un grupo que me interrumpe el paso y se me tensa todo el cuerpo. La furia me invade.

Sin embargo, cuando me ven el arco de ceniza sobre la ceja, dan marcha atrás. Deben haber recibido instrucciones de no meterse con los contendientes de la Sendastral del rey.

—Buena suerte —suelta uno, en un susurro animado. Escucho algo más, un murmullo sobre a cuántos contendientes matará Raker en la primera hora, pero me alejo a toda prisa antes de poder escuchar algo más.

El aire caliente me asfixia y la garganta me ruge sedienta. Me abro paso entre las filas de caravanas y carros que han venido desde pueblos lejanos. No me detengo hasta que llego al familiar trozo de tierra en la base de la colina que visito casi todos los días, y entonces empiezo a subir las desgastadas escaleras de piedra.

El pánico sigue anclado en mi pecho, como si mi cuerpo no supiese que ya no corre peligro. Se me acelera el corazón. Tropiezo antes de recuperarme, cegada por los recuerdos de la masacre: metal rompiéndose, cuerpos que se desploman, sangre tiñendo el suelo de color carmesí, piel y huesos fundiéndose en las llamas. Aprieto los dientes, obligo a las imágenes a quedarse en los rincones más oscuros de mi mente y me concentro en no torcerme el tobillo. No he sobrevivido a todo esto para ser derribada por unos escalones medio derruidos.

Para distraerme, empiezo a quitarme las horquillas y me las guardo en los bolsillos. En la fragua, el pelo siempre me estorba, así que siempre lo divido en dos, me hago dos trenzas de raíz a ambos lados de la cabeza y las fusiono en una única trenza en la parte de atrás. Normalmente la dejo colgando por la espalda, pero hoy la enrosqué en el hueco entre las trenzas, como si enhebrara una aguja, dando vueltas y vueltas hasta que pude fijarla entera contra mi cuero cabelludo. Ahora la desenredo y libero un poco de tensión al volver a dejar caer la trenza por la espalda.

Cuando llego por fin a las ruinas de lo alto de la colina, todo el peso de lo que acabo de hacer me golpea con fuerza. Me fallan las rodillas y me derrumbo en lo que queda del mármol blanco, agitada, con las manos temblando. Cuando consigo volver a respirar con normalidad, me tiro contra el suelo y me tumbo boca arriba entrecerrando los ojos para mirar el cielo gris tras lo que queda del techo hecho añicos a mi alrededor. El sonido del pulso acalla todo lo demás, late con fuerza, como diciendo: «Estoy viva».

Lo conseguí. No me puedo creer que lo haya conseguido.

He superado el primer paso. Voy a ir a la Criba.

Me siento. Una brisa baila entre las columnas de las ruinas y se me eriza la piel bajo el arco de ceniza de la ceja.

Este lugar está demasiado deteriorado como para saber qué fue una vez, pero lo más lógico es que fuese un templo. Además, de las Grandes Casas, las únicas estructuras construidas con materiales de este valor son las destinadas a honrar a los dioses.

Lo descubrí hace años mientras husmeaba. Al principio, quise con todas mis fuerzas terminar de destrozarlo todo, porque «que les jodan». Sin embargo, cuando vi que la piedra era tan dura que no conseguiría hacerle ni un rasguño, intenté saquearlo. Todas las cosas de valor habían desaparecido tiempo atrás, pero había un destello de color detrás de una enorme piedra. El borde de lo que parecía un cuadro.

La idea del arte, en un mundo en ruinas, parecía ridícula. Pero me recordó a cuando encontraba flores silvestres con mi hermana, años atrás: un florecimiento un poco extraño en un páramo. Un rayo de esperanza en un lugar oscuro.

Así que volví a este lugar cada día durante semanas, movía la piedra que bloqueaba el color unos centímetros cada vez, hasta que por fin quedó a la vista y descubrí que era un paisaje.

Pronto reconocí el escarpado horizonte, una cordillera montañosa que se asemejaba a una hoja dentada. La había visto innumerables veces.

Aquí.

Alargué el cuello para ver más allá de la pared y divisé el mismo contorno. Era… un cuadro antiguo de esas mismas vistas. Aunque también podría tratarse de un lugar completamente diferente. La ilustración estaba llena de verdes y azules, bosques, ríos y valles cubiertos de flores…

Lo que contemplo ahora es una interminable extensión de tierra y cenizas.

—¿Por qué toda la magia está en el otro lado? —le pregunté a mi madre cuando tenía ocho años mientras me cepillaba el pelo como cada noche.

—Tenemos nuestra propia magia —me respondió, al mismo tiempo que me hacía un nudo con cuidado.

—¿Ah, sí? —indagué con los ojos abiertos de par en par, mirándola a través del espejo. Ella asintió.

—Tenemos la magia de los calcetines calientes y de las noches jugando a las cartas junto a la chimenea, de la risa, del amor.

—Eso no es magia —repuse con el ceño fruncido. Habría preferido tener un dragón o una espada mágica como en las historias que me contaba antes de dormir. Las mismas que su madre le había contado a ella.

—Es la única magia que cuenta —espetó ella.

No la creí entonces. Pero la creo ahora, cuando ya es demasiado tarde.

Resoplo y me pongo de pie, las botas me resbalan entre los escombros. Me adentro más en las ruinas, me arrastro entre dos paredes desmoronadas y meto la mano todo lo que puedo, hasta que rozo la tela con los dedos.

Con cuidado, desenvuelvo el paquete lleno de polvo.

Me costó dos años ahorrar el dinero suficiente, recolectando basura, para poder comprar esta sencilla bolsa y todo lo que guardo dentro: una cantimplora, una pastilla de jabón, algunos envoltorios para usar como vendajes, aguja e hilo, retales de tela y una única moneda de oro por la que cambié todo lo que tenía de valor. Es todo lo que pude conseguir y lo que supongo que necesitaré durante el viaje.

Suposiciones es lo único que tengo. La preparación para cualquiera que no sea heredero de una Gran Casa es prácticamente nula. Cuando se alzaron las puertas, todos los libros que teníamos sobre el otro lado se quedaron mágicamente en blanco. Los poemas desaparecieron, los cuadros perdieron color y solo quedaron lienzos vacíos.

Solo quedaron las historias contadas oralmente. Y estoy segura de que la realidad se distorsionó con el paso del tiempo. Todo lo que nos queda son mitos y leyendas. Incluso nuestro conocimiento sobre los dioses es limitado.

Sin embargo, los herederos cuyos ancestros han ido a la Sendastral tienen información más reciente.

Si de alguna forma consiguiera que Stellan me contase lo que sabe, yo también la tendría.

Contemplo Nochecaída en el horizonte, cuento las caravanas y estudio a la multitud. Aunque Stellan no me cuente a qué se enfrentó, lo sabré muy pronto.

Sobreviviré a la Criba.

Cruzaré esas puertas.

No me queda otra.

Entonces, veré con mis propios ojos todo lo que estaba destinado a permanecer oculto. Veré Starside, el mundo que dio lugar a miles de leyendas.

—Lo hice —repito, en voz alta esta vez, con los ojos en dirección a donde mi casa estuvo una vez. Siento una atracción implacable hacia ella, el dolor y la pérdida me dejaron una herida abierta en el alma, como si parte de mí siguiese ahí, arrodillada entre las cenizas—. Lo hice por vosotros.

Echo una última ojeada al mural, al mundo que fue una vez, y empiezo el largo descenso.

Las calles ahora están llenas, abarrotadas de viajeros borrachos de cerveza barata. Opto por el camino largo, a través del antiguo cementerio, a lo largo de una fila de casas abandonadas, con los techos caídos, revestimientos descoloridos y ventanas rotas desde hace mucho tiempo. Todos los vecinos hicieron las maletas y se largaron en mitad de la sequía, en busca de comida y agua.

Aún recuerdo cuando me encontré sus caravanas en la carretera, años después, con los carros saqueados. Sus esqueletos. Los niños…

Me cuelo por la parte de atrás con la esperanza de que Stellan esté en la fragua y no me oiga, pero me lo encuentro esperándome justo en la puerta de atrás, como si supiera que sería demasiado cobarde como para usar la entrada principal.

La mirada de Stellan se va directamente hacia mi bolsa. Luego me mira a los ojos. Veo cómo el dolor lo atraviesa al darse cuenta de que llevo planeando esto mucho tiempo.

Alzo la barbilla.

—Ahórrate la saliva. No pienso cambiar de opinión.

Intento pasar junto a él, pero se mueve hacia el lado y me bloquea el paso.

Me dispongo a quedarme allí plantada y escuchar todas y cada una de las razones por las que no debería ir con el Vigía mañana por la mañana. Todas las formas en las que podría morir. Me lo explica todo con detalle, como si mi muerte fuera inevitable, aunque cuida sus palabras para no contarme nada que de verdad pudiera serme de utilidad. Tiene una lista repleta de razones por las que no estoy preparada y rechaza todas mis objeciones.

No obstante, horas de debate no son nada comparado con diez años de odio. Es como si los metales inferiores chocan con acero estelar, quedan hechos añicos.

Al final, levanto las manos.

—Mira. Voy a ir. No puedes detenerme. No tiene sentido que malgastemos nuestros últimos momentos juntos discutiendo sobre ello.

«Últimos momentos». Últimas horas, más bien, antes de que el Vigía se presente en nuestra puerta y me suba al carro que me llevará hacia el este, al castillo del rey.

En ese instante la preocupación se refleja de nuevo en los ojos de Stellan y me arrepiento de las palabras que he usado.

Nunca se nos han dado muy bien. Hemos pasado días sin decirnos nada el uno al otro. Nuestro lenguaje siempre ha sido el de fundir y darle forma al metal. Apenas dijo nada durante las primeras semanas cuando me trajo aquí, cuando lo único que yo hacía era llorar. Pensaba que yo no le importaba. Pensaba que él era un zoquete enorme, todo barba, cejas gruesas y gruñidos. Creía que me dejaría olvidada en el armario de una habitación. O que quizá me dejaría de nuevo en la calle.

Un día, tocó a mi puerta y entró, me encontró todavía llorando.

«Se acabaron las mantas calentitas y la sopa que me dejaba en la puerta», pensé. Las lágrimas me ardían en las mejillas. «Mejor. Si me abandona a mi suerte, quizá me muera. Quizá sea mejor que todo este dolor».

Sin embargo, no me echó de su casa. Lo único que hizo fue ponerse de rodillas delante de mí, para que sus ojos estuviesen a la altura de los míos. Me ofreció la figurita de una niña blandiendo una espada, en posición de combate. Estaba minuciosamente fabricada en metal, con tanto detalle y tanta maestría que solo podía tratarse de una persona.

—Pero yo no tengo ninguna espada —dije entre sollozos.

Negó con la cabeza. Señaló con el enorme dedo la diminuta figurita.

—Esto de aquí es una daga. No una espada. Y tendrás una, si te levantas y dejas de llorar.

En ese momento, se sacó una cuchilla del bolsillo. Algo dentro de mí pensó que quizá debería tener miedo de este hombre tan imponente de mirada dura, piel curtida y barba larga. Tenía un arma. Podría matarme. Pero el metal brillante me dejó atónita y dejé de llorar por primera vez en semanas.

La envainó rápidamente.

—Será tuya cuando estés preparada. Incluso puedes diseñar la empuñadura si quieres. Aunque solo si te levantas. La decisión es tuya.

Se puso de pie y me ofreció la mano. Sabía lo que significaba, incluso en ese momento. Arder o renacer de las cenizas de una vez por todas.

La acepté.

Desde ese momento, se pasó los días enseñándome a hacer espadas y las noches a usarlas.

En la última década, no le he visto fruncir el ceño ni una sola vez. Nunca le he visto mostrar ni un ápice de emoción.

Y ahora su rostro está plagado de líneas retorcidas. Es fácil ver el paso del tiempo en su rostro.

Doy un paso al frente para separarme de la pared. Suavizo el tono.

—Si quieres ayudarme a seguir con vida, cuéntame algo. Lo que sea que me mantenga con vida.

Las historias que se cuentan sobre Starside están llenas de criaturas y magia que resultan casi inverosímiles como para creerlas. Pero él sabe la verdad. Él fue uno de los pocos supervivientes de la última Sendastral. Podría decirme cómo lo hizo.

La expresión de Stellan se endurece de nuevo. Me preparo, pensando que por fin va a contarme algo sobre el otro lado, después de todos estos años.

—¿Quieres vivir? —me pregunta.

Asiento. Por supuesto. Necesito sobrevivir hasta el final para llegar a los dioses.

—Sí.

Se inclina hacia mí, como si estuviese a punto de decirme uno de sus secretos mejor guardados. No me atrevo ni a respirar por la emoción. Hay un silencio absoluto, puedo oír el bullicio de la fragua, lo que me recuerda todo el trabajo que aún queda por hacer esta noche. Casi me pega la boca al oído.

—Pues no vayas —declara. Y entonces pasa por mi lado y se va a la fragua. Me quedo plantada frente a la chimenea, con la esperanza de que vuelva y me cuente algo que me resulte útil, hasta que escucho el familiar sonido del metal martilleado. Solo cuando rebusco entre mis bolsillos me doy cuenta de que me ha quitado la daga sin que me entere.

«Mierda».

No sé qué otra cosa esperaba. Jamás ha dicho una palabra sobre Starside. ¿Por qué me ayudaría ahora, cuando sigue esperando que me quede?

Ilusa. Nos había imaginado sentados frente a las llamas tenues. Él contándome todo lo que necesito saber. Yo planeando cómo sobrevivir.

Cojo una hoja inferior de su lugar oculto en un estante alto mientras maldigo a Stellan y su perenne preocupación por mi bienestar. Entonces, salgo a escondidas en plena noche.

Hace un calor sofocante, como siempre. Un lugar muy conveniente para alguien que debe llevar tantas capas para poder vivir. El sudor ya me cae por el pecho, pero compruebo a conciencia la tela del cuello, como he hecho casi toda mi vida, por si acaso se me ha deslizado la camisa.

«Malditas marcas».

Conforme me acerco a la plaza del pueblo, veo a una mujer vistiendo solo unos trozos de tela, me pregunto cómo será eso. Sentir el viento contra la piel desnuda. Que la gente me mire. Sin esconderme.

Una risa entrecortada se escapa desde el interior de un bar que suele estar vacío, ya que poca gente aquí puede permitirse gastar trozos de metal de sobra. A través de la ventana abierta, un hombre dando tumbos se fija en el arco que llevo sobre la ceja y trata de ponerme una copa desportillada en la mano.

La rechazo y cruzo al otro lado de la calle abriéndome paso entre un mar de desconocidos. Rozo tejidos mil veces más suaves que los míos, ásperos, hechos por la tejedora local, una mujer con las uñas largas y sucias que me compra las ropas que robo de los cadáveres. Algunas semanas me da para comer gracias a ella. También es la razón por la que tengo prendas que me cubren entera, cuando tanta cantidad de tela se vería como un desperdicio o un peligro con un calor como este.

Doblo otra esquina y luego retrocedo tambaleante cuando un grupo de viajeros sale en tropel de la posada local. Una posada que juraría que estaba abandonada, teniendo en cuenta que en la última década no he visto dentro a ni una sola persona. Ahora, la segunda planta está notablemente abarrotada debido a la multitud.

Stellan me advirtió sobre las muchedumbres hace meses. En ese momento, pensé que exageraba. ¿Quién viajaría durante días, o semanas, para ver a otra gente pelear a muerte por subirse a una piedra? Si al menos fuesen a ver los eventos de la misteriosa Criba…

Miles de personas, al parecer.

Han traído carros de comerciantes desde kilómetros de distancia. Las filas forman laberintos por las calles que normalmente están vacías. Me abro paso entre ellos, observando las jarras espumosas, la crema batida y los pasteles recubiertos de especias. Algunos viajeros se quedarán tanto como les duren las monedas, con tal de recibir noticias de alguien que haya conseguido volver a cruzar las puertas.

Me suenan las tripas. Pero mis bolsillos están vacíos. Yo no tengo trozos de metal para derrochar, aunque aún me quedan algunas setas de la recolección.

Se me revuelve el estómago, y esta vez no es por el hambre. Stellan y yo deberíamos estar haciendo sopa en lugar de discutiendo.

El arrepentimiento me recorre el cuerpo. Parecía molesto. Muy decepcionado. Debería volver a casa, pero no lo hago. Giro de nuevo, hacia la piedra que he alcanzado por los pelos. La multitud comienza a dispersarse, la mayoría de la gente se dirige hacia los carros. Veo una humareda.

—Ahí está. La ladrona de manos.

Doy un salto y luego giro en dirección al callejón por el que acabo de pasar, con la cuchilla bien agarrada. Es de bronce, apenas vale nada. Fue una de las primeras dagas que Stellan me dejó hacer.

Hay un hombre apoyado contra el ladrillo, removiendo una bebida en una copa oxidada. Tiene la piel morena, el pelo oscuro y es tan alto que tengo que levantar la barbilla para mirarle a la cara. Lo reconozco de la plataforma, es un contendiente. Inclina la cabeza hacia mí.

—¿No estás sudando a mares con tanta ropa?

«Sí». Literalmente, a mares, así es como lo siento.

Ignoro su pregunta y levanto una ceja.

—Dime que no pretendes beberte eso. —Es una de las copas más baratas del bar. Él esboza una sonrisa.

—Ni una sola gota. Me gustaría llegar a las puertas. Sería una vergüenza haber sobrevivido a la plataforma solo para que una cerveza mala acabe conmigo.

—Está envenenada —interviene Kira caminando hacia nosotros desde el otro lado de la calle. Su melena roja ya está limpia y perfectamente peinada, sin restos de sangre en ella. Frunce el ceño al ver su propia copa—. Hasta el aspecto es repugnante.

El veneno no debería sorprenderme. Algunas de las Grandes Casas harían lo que fuese para asegurar que sus herederos formen parte de los Cincuenta. De momento todos estamos bajo la protección del rey, pero es difícil demostrar la presencia del veneno.

Kira vierte el líquido en un arbusto medio muerto que hay junto a ella. Para mañana ya estará marchito.

Una pena. El verde no es que abunde en este lado.

—Y… —continúa Kira, girándose hacia el hombre. Permanece en la entrada del callejón, bajo un rayo de luz de la luna—. ¿Tú quién eres?

—Zane —le responde—. De Los Filos. Pico Guía, concretamente.

Kira tropieza hacia delante, su sospecha inicial se ha convertido en entusiasmo.

—¿De veras?

Los Filos son una extensión de territorio montañoso al oeste. Stellan dice que la gente que tiene la suerte de nacer en ese lugar muere allí. La cima de las montañas sigue siendo exuberante. Cada año, cientos de personas migran a Pico Guía durante la primavera, cuando las condiciones no son tan duras. Poca gente sobrevive a la subida.

Kira abre los ojos de par en par, tiene un millón de preguntas. Yo solo tengo una: si la gente muere intentando alcanzar la cima de su montaña, ¿por qué se marcha?

¿Por qué arriesgarse a una muerte casi segura?

—Dime, ¿los halcones guía existen de verdad? —Kira ahora está en la penumbra, en mitad del callejón. Yo me quedo en la entrada, sin dejar de aferrarme a mi daga. Debería seguir adelante. La frustración que siento en los huesos ya se ha suavizado, aunque debería volver y ayudar a Stellan a terminar los últimos pedidos. Es lo mínimo que puedo hacer.

Estos dos solo son extraños. Bueno, ahora son contendientes. Todos vamos a luchar por cincuenta puestos. Son rivales.

Sin embargo, no me muevo ni medio centímetro. Tengo curiosidad por la respuesta de Zane. No he estado en el oeste, ni cerca.

—Existían —termina por decir.

A la tejedora de la ciudad le gusta hablar mientras me hace la ropa. Me hace descuento por escucharla. Cuenta que una vez fue la modista personal del heredero de una Gran Casa, que quería telas de todos los rincones de Stormside. Viajó por casi todos ellos, recopilando telas para su jefe. Y, para ella misma, recopilaba botones. Los tenía todos metidos en un cajón cerrado con llave. Cada botón tiene su historia. A lo largo de los años me ha ido contando la mayoría de ellas. A veces me acercaba al cajón y sacaba uno. «Cuéntame la historia de este otra vez», le pedía. Gracias a eso conozco Pico Guía y a los halcones que vivieron allí durante un tiempo.

Se dice que los halcones guía son más grandes que las personas y que se congregan en el pico más alto que encuentran; en este lado, el más alto es Pico Guía. Se rumorea que hace cientos de años dejaban que la gente se montase en ellos.

—¿Se han ido? —pregunta Kira, tan fuerte que algunos transeúntes giran las cabezas hacia el callejón. Zane asiente.

—Se fueron hace un siglo. Solo queda un puñado de plumas gigantes. La única prueba de que estuvieron allí alguna vez.

Esa es la historia que se conoce en todo este lado. Después de la guerra, y de las puertas, la magia de este lado se desvaneció. La naturaleza se marchitó. Dependemos de la magia que traemos de vuelta. Los años previos a la siguiente Sendastral son los más duros.

Quizá debería sentirme culpable por no tener la menor intención de volver. Quizá mi motivación debiera ser más honorable que la venganza.

Aunque los dioses son la razón de nuestro sufrimiento. Cuando ellos mueran, las puertas caerán. Y la magia dejará de estar retenida solo en un lado.

Kira me agarra del codo y el instinto hace que casi la apuñale en el pecho. Me alegro de haber vacilado porque lo único que hace es reírse y decir:

—Mira esos idiotas. Mañana van a vomitar en sus carros.

No aparta la mirada del grupo de contendientes coronados con ceniza sentados en la oscura plataforma, frente a un fuego recién encendido. Están bebiendo vino que se habrán traído de casa porque no se vende nada tan bueno en ningún sitio de por aquí cerca, ni siquiera en los carros. Las botellas desechadas se les amontonan a los pies, sobre el suelo cubierto de sangre. Hasta el cristal tiene algo de valor. Aplaco la necesidad de ir a recogerlas. Podría convertirlas en algo que vender.

Algunos contendientes están sentados con mujeres en sus regazos. Otros yacen inconscientes en el barro. Y otros ni siquiera son contendientes.

La mitad de la guardia real está aquí, en pie y celebrando como si fuesen ellos quienes han ganado un puesto en la plataforma. Aprieto los puños al verlos. La piel se me eriza a causa de la furia que llevo años reprimiendo.

El líder está sentado frente a ellos, con su inmensa espada clavada en la tierra a su lado. Se sostiene por sí sola.

Es el arma de más valor a este lado de las puertas. Por costumbre, imagino cuánto costaría en los mercados del desierto.

Es absurdo, en realidad. Porque, aunque no estuviera protegida por caballeros y por el mismísimo Harlan Raker, no podría reclamarla.

Necesitaría ser más poderosa que Raker. Las espadas antiguas no se eligen, se reclaman por ambas partes. Se ganan.

Como si percibiera que me he fijado en su arma, Harlan Raker levanta la cabeza bruscamente.

Por un instante, el tiempo parece detenerse. Un escalofrío me recorre la espalda. Terror. Una criatura que se encuentra con el mayor depredador de su especie. Un asesino despiadado. Tiene el rostro oculto en la sombra de la capucha, ni siquiera brilla la máscara. Me mataría aquí mismo si no fuese en contra de las normas. Si le mereciera la pena.

El cerebro me dice que aparte la mirada, que vuelva a refugiarme en las sombras del callejón. Entonces, recuerdo aquel día bajo la lluvia. El día que le supliqué piedad. Le supliqué que me dejase ir.

No lo hizo.

No bajo la vista, aunque ni siquiera puedo verle los ojos. Entrecierro los míos, como si así pudiera transmitir una mínima parte del odio que siento por él.

El bastardo ni siquiera parece desconcertado. No parece nada. Por supuesto que no. No le veo la cara, pero su postura despreocupada lo dice todo.

Alguien le da un golpecito en el hombro y, por fin, se gira, como si ya se hubiese olvidado de mí. Como si no me recordase.

—Lo más probable es que nos mate a uno de nosotros —comenta Zane con indiferencia, refiriéndose a Raker. Se ha colocado a mi lado.

Kira lo mira con incredulidad.

Zane se limita a levantar los hombros.

—Es verdad. No tiene sentido pretender lo contrario.

Tiene razón. Una vez Harlan Raker asesinó a todo un levantamiento sin la ayuda de nadie. Cien personas contra él y, según cuentan, salió sin una sola gota de sangre en su armadura. Sus movimientos fueron tan precisos y su hoja tan afilada que ni siquiera pareció que hubiese habido una batalla; o al menos eso cuentan los comerciantes que pasaban por la ciudad.

No obstante, no es el único que irá a la Criba con un acero estelar. Convenceré a Stellan de que me deje llevarme su daga. Está enfadado, pero siempre me ha prometido que algún día sería mía.

A Stellan le gustan las listas. Cada mañana hace una con todas las tareas y pedidos que tenemos que hacer. De camino a casa, hice una con todas las razones por las que debería ayudarme.

Hay juerguistas tambaleándose por las calles. El arco de ceniza me brinda unas cuantas inclinaciones de cabeza, algunos cumplidos y, sobre todo, apuestas sobre cuánto duraré en la Criba. No demasiado, al parecer. Aunque, al menos, nadie intenta robarme la daga, lo cual ya es una mejora comparada con mi habitual camino de vuelta a casa.

No escucho a Stellan en la fragua a pesar de que suele encerrarse allí toda la noche cada vez que discutimos por algo. A lo mejor ha decidido perdonarme, noto en el pecho cómo la esperanza aumenta. Puede que haya ido a ofrecerme la daga. Quizá no necesite la lista, lo que estaría genial porque no iba a sonar nada convincente.

No quiero irme sin que hayamos hecho las paces. No quiero que se quede aquí sentado odiándome.

—¿Stellan? —lo llamo. Las tablas del suelo crujen mientras avanzo con cautela por la casa. La chimenea está apagada. Utilizo el atizador para apartar una capa de ceniza y descubrir las pocas brasas que aún arden. Echo un poco de leña y soplo con suavidad, apretando los dientes como hago siempre que estoy cerca del fuego. Los troncos arden.

Me doy la vuelta pensando en que a lo mejor ya se ha ido a la cama y doy un grito ahogado. Stellan está tirado en el centro de la habitación sobre un charco de sangre.

El bramido que suelto llena la estancia. Me arrodillo junto a él, buscando dónde está herido, con los dedos encuentro una profunda herida en la piel. Las manos se me resbalan con la sangre. Hay demasiada. Necesito ayuda, necesito…

Me cubre la mano con la suya. Está helada.

—Necesito…

—Niña, escúchame —me interrumpe. Se esfuerza en cada palabra, luchando por mantenerse consciente. ¿Cuánto tiempo llevará tirado en el suelo? ¿Cuánto tiempo habrá estado esperando a que yo volviese a casa?

El arrepentimiento me perfora más profundo que cualquier cuchillo. No debería haberme ido. Debería haberle seguido a la fragua. Esto no habría pasado.

Le tiembla el brazo por el esfuerzo al intentar tocar mi bolsillo y la hoja de cobre que hay dentro. Es débil, nada que ver con la suya.

La suya. Miro en su funda y la encuentro vacía.

No.

Esto es mi culpa. Uno de los contendientes debió verme usando la daga, debió ver cómo el reluciente acero atravesaba el hueso sin hallar resistencia y destrozaba el acero con facilidad. Sabían que tendría un valor incalculable en la Criba y vinieron aquí para hacerse con ella.

Me pone la daga en las manos. Sé lo que intenta decirme.

Quiere que lo mate. Quiere que reclame su daga. Si no lo hago, lo hará la persona que ha hecho esto.

Pero no puedo.

Niego con la cabeza. Un sollozo se me escapa del pecho y resuena por toda la habitación. Me coge la mano. Está templado.

—Escúchame. Encuentra a Vander Evren. —Su voz es tan débil que apenas consigo entenderlo.

—¿Qué?

No responde. Se limita a cerrarme los dedos sobre la daga. A arrastrar nuestras manos hacia su corazón. Me suplica con la mirada.

—Mátame —pide ahogándose.

Recuerdo la figurita que me hizo, la que guardo al lado de la cama. Recuerdo el día que me dejó acompañarle a una Gran Casa para entregar una espada. Recuerdo el pueblo a las afueras del estado y cómo abrió la bolsa raída llena de trozos de metal que guardaba en el bolsillo delantero. Utilizó una de sus únicas monedas de cobre para comprarme un trozo de pan frito cubierto de azúcar. Cómo le miré y sonreí de oreja a oreja después de dar el primer bocado. Cómo le metí la mitad en la boca e hizo como que no le gustaba, pero sé que no fue así. Cómo aprendió a coser para hacerme camisetas de manga larga que me cubriesen todas las marcas hasta la garganta —lo que me mantuvo con vida— cuando yo era demasiado joven para poder hacerlo por mi cuenta y la tejedora aún no había montado su taller. Cómo, cada vez que fracasaba en algo, él me decía que resurgiera de mis cenizas como el fénix que era.

—No puedo —balbuceo con lágrimas en los ojos.

—Necia —me dice, y entonces muere.

Me quedo junto a su cuerpo hasta que el amanecer tiñe de escarlata las tablas del suelo. Hasta que el sol ilumina sus ojos inertes.

Hasta que se oye un solo golpe en la puerta y un chirrido agudo.

Los carros rechinan afuera. Se oye un murmullo de voces.

Se me han agotado las lágrimas. Se me han secado en las mejillas. El oscuro agujero de mi estómago, aquel donde residen mis peores recuerdos y emociones, se está revolviendo. Lo empujo hacia abajo. Lo entierro porque, si no lo hago, no me levantaré jamás. Me quedaré tirada junto a Stellan y dejaré que la rabia y la agonía me consuman de una vez por todas.

La única razón que me da fuerzas para no rendirme es que Stellan lo habría odiado.

En mi voz hay pura convicción.

—Encontraré a quien ha hecho esto y lo mataré. Usaré todo lo que me has enseñado, en lo que me has convertido, y los mataré a todos. —Deposito un beso en la frente helada.

Entonces cojo mis cosas, me subo al carro y observo cómo mi pueblo se convierte en una mancha de ceniza.

3

Jamás había estado tan al este. Stellan solía viajar al castillo con frecuencia para llevar armas al rey, pero nunca me dejó ir por mucho que le suplicase. Presiento que ahora descubriré por qué.

Stellan.

Pensar en él pudriéndose en nuestro suelo hace que se me revuelvan las tripas. No había tiempo para un entierro, pero debería haberle cavado una tumba. Debería haberle escuchado cuando me dijo que me quedase en casa.

Es culpa mía que esté muerto. Que todos ellos estén muertos.

Aparto el dolor y el arrepentimiento, los entierro bajo las costillas y en el rincón más alejado de mi mente. Dejo que alimente la rabia dentro de mí, transformando el odio, haciendo que hierva.

Por él. Ahora también hago esto por él.

Kira y Zane están en mi carro, entre otros tantos. Nos sentamos juntos, pero con el espacio suficiente como para estirar las piernas por turnos. La carretera es de tierra y rocas irregulares durante kilómetros. Las ruedas del carro no están parejas y nuestros cuerpos se empujan e inclinan hacia delante constantemente, provocándome oleadas de náuseas cada pocos metros. Hay tantos contendientes delante de nosotros que me alegro de llevar el cuello tapado. Me subo la tela hasta la nariz, aunque la intensidad del sol por la tarde hace que enseguida me empape de sudor.

El nombre de Stormside es como una burla, un recordatorio de lo que fue una vez. Rezamos por que haya tormentas. No hemos visto una en años. Nada de lluvia. Solo el sol abrasador que por lo general hace más mal que bien.

Dicen que la primera gota de magia que se trae de la Sendastral siempre se usa para que llueva. La gente deja cubos fuera esperando ese momento. Si cierro los ojos, casi puedo sentir el agua fresquita sobre la piel.

El destello de un recuerdo me hace volver a abrirlos.

Miro a mi alrededor, está claro que la mayoría de estos contendientes no saben cómo sobrevivir a largos periodos al aire libre con este calor. Algunos ya se han debilitado. Otros no paran de quejarse en voz alta, preguntando cuándo pararemos para descansar a la sombra. Me pregunto si suelen pasar el tiempo a cubierto, sin tener que salir a buscar comida, como la mayoría de nosotros.

Esta es mi ventaja. Puede que no tenga los mismos metales que ellos, pero sé lo que es luchar por sobrevivir. Siempre he encontrado una forma de hacerlo, incluso en las condiciones más adversas.

Kira observa cómo me hago la trenza y la sujeto con una horquilla para evitar que se me pegue al cuello con el sudor y también para que, si me inclino demasiado sobre el carrito, no se enganche en una rueda y me rompa el cuello. Unos minutos más tarde, la propia Kira empieza a desprenderse de algunas de sus capas hasta que se queda en ropa interior. Cadoc Bolter se gira en el carro de delante y grita por encima del caballo y del guardia que conduce nuestro carro:

—La carretera ya está cubierta de vómito. No hace falta que nos provoquen arcadas al resto.

«Imbécil».

Le responde con un gesto, pero estoy lo bastante cerca como para ver que se pone colorada. Se abraza las piernas contra el pecho y aparta la mirada.

Ahora Cadoc posa su mirada sobre mí.

—Y tú, cubierta hasta la barbilla. No me importaría que te desvistieses.

Quiero lanzarle la espada que llevo colgada y atravesarle el cráneo. Pero no puedo. No hasta que nos digan que la Criba ha comenzado oficialmente. Sabemos muy poco de los desafíos, ya que los que sobreviven se van a la senda y son pocos los que consiguen volver de ella. Lo único que sé es que no pueden durar demasiado. La Sendastral siempre empieza el vigésimo quinto día del quinto mes. Es decir, en dos días.

En cualquier caso, enfrentarme a Cadoc sería una sentencia de muerte. La espada que he cogido de la fragua de Stellan es de titanio. Es un metal fuerte, pero no es de los superiores, y no es nada comparado con el oro de Cadoc, solo dos escalones por debajo del acero Starside.

Cadoc abre la boca para decir algo más, pero Zane se le adelanta:

—Dicen que los hombres que hieren con palabras no pueden hacer lo mismo con sus espadas. ¿Es eso cierto? Ayer no tuve ocasión de ver tus habilidades… Todos esos escudos me impedían la visión.

Silencio.

Cadoc frunce el ceño sin dejar de sonreír. Intenta, sin éxito, fingir que no le afecta.

—¿Y tú quién eres?

—Zane.

—Zane ¿qué?

—Sterling.

La sonrisa de Cadoc desaparece de un plumazo. Kira se gira hacia Zane poco a poco. Desvío la mirada hacia su arma, un hacha, enfundada. Acabo de darme cuenta de que no he visto de qué metal está hecha.

—¿De la Casa Sterling? —pregunta Cadoc. No solo ha cambiado el tono, también la postura.

Zane asiente levemente.

Cadoc se endereza.

—Entonces estarías mejor en nuestro carro. Mi casa tiene provisiones para todo el viaje. —Señala algo en la distancia y allí, en el horizonte, hay una caravana de hombres a caballo. Cómo no.

Seguro que tienen comida. Y agua, que bien podría equipararse al acero estelar en esta carretera desolada. Mi bolsa lleva horas vacía.

Cadoc se gira a uno de los hombres de su carro y le dice:

—Cámbiale el sitio.

—¿Qué? Somos primos, Cadoc. Mi padre…

—No hace falta —le interrumpe Zane, con la voz grave y despreocupada, aunque mantiene el ceño fruncido—. No creo que haya sitio para mí en ese carro con todo tu ego dentro.

Kira se queda boquiabierta.

Cadoc responde con una sonrisa gélida.

—Tú mismo —espeta antes de girarse de nuevo. Unos minutos más tarde su carro está tan lejos que ya no podemos oírle. Por fin.

En ese momento, Kira se vuelve para mirar a Zane.

—No nos habías dicho que fueses de la Casa Sterling.

Zane da golpecitos con los dedos en el lateral del carro.

—He dicho que era de Pico Guía.

—Sí, pero no has dicho que eras el dueño de toda la puta montaña —contraataca Kira.

«Y todo lo que hay en ella», reflexiono yo. Incluyendo siglos de plata extraída.

Los Sterling suministran metal a la guardia del rey y a herreros como Stellan. Sus propias espadas son la razón por la que su casa ha mantenido el control de la montaña todo este tiempo sin tener que recorrer la senda. Por lo que la participación de Zane resulta aún más enigmática.

¿Por qué la Casa Sterling necesita magia de repente?

—Deberías haber aceptado su oferta —comenta Kira con amargura.

Sus palabras son aún más acertadas a última hora de la tarde, cuando vemos a Cadoc y a sus amigos beber bolsas de agua una detrás de otra y comer platos de carne al mismo ritmo, tirándonos los huesos cuando terminan.

«Bastardos».

Tengo la lengua áspera a causa de la sed. Me duele la garganta y los ojos me escuecen por todo el polvo que levanta la interminable hilera de carros.

El hambre me consume por dentro y es peor a cada hora que pasa. Seguimos avanzando, solo paramos brevemente para hacer nuestras necesidades y después seguimos con la marcha.

Anoche no dormí ni cené, y estoy empezando a notarlo. Se me cierran los ojos antes de que nuestro carro tropiece con una roca enorme y casi salga volando. Me agarro al lateral justo a tiempo, raspándome la piel hasta dejármela en carne viva. Me quito las astillas de los dedos y tomo la decisión de no volver a dormirme de nuevo.

Qué fácil es decirlo.

Los dedos se me empiezan a entumecer. La cabeza se me cae hacia delante y me despierto sobresaltada. Siento como si mi estómago se estuviera devorando a sí mismo. Tengo los labios y las fosas nasales completamente secas. Me duele hasta respirar.

Justo cuando creo que el calor y el hambre van a acabar conmigo, Kira me agarra del brazo.

—Mira. —Señala.

Tengo que parpadear un par de veces hasta conseguir ver la forma de un pueblo más adelante. Y… gente. Hay gente de pie, a los lados de la carretera. Tienen las manos extendidas. ¿Mendigando? No. No tienen las palmas vacías. Están sujetando algo que no puedo ver hasta que nos acercamos más.

Cestas llenas de comida. Armas también, hechas de metales inferiores.

—Ofrendas —susurra Kira.

No lo cuestiono, aunque quizá debería. Sin embargo, estoy jodidamente desesperada. Mis manos son codiciosas. Cogen todo lo que se les ofrece. Pan, que me trago sin llegar a masticarlo del todo y casi me ahogo; y especialmente agua, que me gotea por la barbilla y se cuela por el cuello de la camisa. Me echo un poco por la cara para limpiar la suciedad y luego acepto otra bolsa.

—¿Por qué nos dan cosas con lo poco que tienen? —pregunta Kira mientras mastica una especie de carne seca. Un pastel empaquetado casi le da en la cabeza cuando lo lanzan directamente al carrito.

Zane lo desenvuelve, lo huele y coge un pedazo de la esquina. Emite un sonido de satisfacción.

—Esperan que sobrevivamos y que no nos olvidemos de su pueblo cuando regresemos con la magia.

Tiene razón. Algunos nos lanzan cartas, mensajes para los dioses, deseos, oraciones. Una mujer a la que se le marcan los huesos a través de la ropa se las apaña para seguir el ritmo de nuestro carro. Cuando se da cuenta de que la estoy mirando, acelera el paso y me pone con fuerza una nota en la palma de la mano. Tiene las uñas cubiertas de tierra y se me clavan en la piel.

—Por favor —suplica—. Cógela.

Quiero decirle que es absurdo. Que sería mejor que quemase la carta. Los dioses se han olvidado de nosotros.

Sin embargo, tiene la mano tan huesuda, los ojos tan vidriosos y la voz tan frágil que al final la cojo y me la guardo en el bolsillo. Cae de rodillas y me da las gracias desde el suelo mientras el carro la deja atrás, levantando una nube de polvo.

—Tienen tanta esperanza —comenta Kira, y se come un trozo de pan mientras ve cómo la gente desaparece a lo lejos.

Un hombre en nuestro vagón se ríe con desdén. Ha estado todo el tiempo en silencio, sentado tan lejos de nosotros como le era posible. Su armadura está plagada de arañazos enormes. Es de hierro, un metal inferior, por debajo del titanio. De igual manera, cualquier tipo de armadura es valiosa.

—Patéticos, eso es lo que son —espeta. No come nada de lo que nos han dado. De hecho, coge un puñado de cartas que están atadas a los panes y lo tira fuera del carro.

Kira pone los ojos en blanco.

—Hablas como alguien que nunca ha tenido que suplicar.

El hombre se limita a sonreír. Tiene los dientes demasiado apelotonados. La mira divertido.

—¿Tú suplicarás? —pregunta con aparente genuina curiosidad.

—¿Qué? —Pálida, frunce el ceño.

—Cuando tenga la punta de mi espada apuntando a tu garganta, ¿suplicarás por tu vida? —Habla en serio.

—¿Suplicarás tú por la tuya? —responde Kira.

La sonrisa del hombre es lenta y siniestra.

—No, no creo que me haga falta —aclara. Después vuelve a posar su atención en la carretera.

El sol es implacable. Para cuando llega la noche, tengo las mejillas coloradas y la punta de la nariz quemada. La piel llena de pecas de Kira está más bronceada y es de un rojo intenso en los hombros. Por una vez, agradezco todas mis telas.

Lo único que quiero hacer es dormir, pero, antes de que pueda siquiera considerarlo, un grito recorre la oscuridad. Entonces, nuestro carro se tambalea hacia un lado cuando una de las ruedas pasa por encima de algo.

Un cuerpo.

Otro.

Otro más.

Trago saliva y un escalofrío me hiela la sangre. La Criba no ha empezado, pero bajo el manto de la noche es difícil saber si alguien se ha caído o le han empujado.

Mantengo los ojos bien abiertos y la espada agarrada con fuerza. Kira y Zane parecen muy majos, pero todos queremos uno de esos cincuenta puestos. No debo confiar en nadie.

El tiempo avanza lentamente hasta que, por fin, llega de nuevo el día.

Un chillido resuena en la mañana. Levanto la vista y veo un destello plateado. El halcón. Poco después, el Vigía viene cabalgando junto a los carros. Sabemos lo que eso significa. Otra parada.

—¡Todos arriba! —grita.

Los carros paran en el borde de un bosque y yo me permito observar los árboles, asombrada. No es el bosque del cuadro que escondo en las ruinas. No hay apenas nada verde. Solo tierra, ramas retorcidas y hojas diminutas y punzantes. Aun así, no había visto nada parecido en años.

Algunas personas se adentran en la arboleda para disfrutar de un poco de privacidad. Estiro las piernas, casi entumecidas, y recorro la corteza con los dedos, no puedo evitar seguir observando a mi alrededor deslumbrada.

Hay un arroyo que fluye cerca. Algunos contendientes corren hacia él con sus cantimploras. Yo me quedo donde estoy y muevo el cuello.

Los viajes de Stellan para ver al rey nunca duraban más de tres días en total, así que debemos de estar cerca. El rey querrá alimentarnos antes de que empiece la Criba. No le veo el sentido a beber agua que podría hacer que enfermara.

Kira da un paso hacia el arroyo, pero mi brazo la detiene. No sé ni por qué lo hago. Su muerte me beneficiaría. Las amistades son una carga.

—Yo no lo haría —digo igualmente.

—Pero no me queda nada. —Levanta su cantimplora.

Zane se coloca junto a mí. Estira el cuello con un crujido satisfactorio.

—Conocí a uno que bebió de un arroyo en mal estado y se cagó encima hasta que se murió.

Con desgana, vuelve a meter la cantimplora en la bolsa.

—Vale. ¿Y cuánto creéis que queda?

—Medio día, puede que menos. —Hago un cálculo rápido.

Los hombros de Kira se encogen hacia delante con alivio.

—Qué bien. No aguanto más sentada en el carro. Tengo una docena de astillas en el culo.

Casi me saca una sonrisa mientras caminamos hacia el Vigía, que lleva al halcón posado en su brazo.

En cambio, me quedo paralizada.

Los carros no están. Los murmullos comienzan a extenderse entre los contendientes como la pólvora.

Espera para hablar hasta que todos hemos salido del bosque.

—Sois doscientos dieciséis. —El número hace que se me hiele la sangre. Diez contendientes han sido asesinados en la carretera—. Y solo hay ciento cincuenta caballos.

Me giro y entrecierro los ojos. Ahí están, sobre una colina lejana, más allá del bosque, ensillados y de pie en fila.

—La Criba empieza ahora —sentencia el Vigía, desatando el caos.

4

Correr. Si puedo correr y conseguir un caballo, tendré un tercio de las posibilidades de llegar a Starside. Puedo hacerlo.

Aunque no soy la única que ha tenido esa idea.

Veo cómo decenas de contendientes me adelantan. Y acto seguido los veo caer. Parece que la mitad de nuestro grupo tiene un plan diferente. Van a pelear por cada caballo. Los arqueros están en los árboles, disparando a los corredores uno por uno. Me paro en seco, me giro y me agacho detrás de un árbol en el último momento. Oigo la madera crujir cuando una flecha atraviesa el tronco.

Todas y cada una de las personas que han corrido están en el suelo. Muertas, o casi.

No puedo darles la espalda.

Voy a tener que luchar.

Zane suspira, se encuentra a pocos metros a mi izquierda. Desenvaina su hacha y se la apoya en el hombro. Abro los ojos como platos. La plata es gruesa y está reforzada con piedras preciosas. Jamás había visto nada parecido, los diamantes y rubíes parecen estar fundidos en el metal.

Se da cuenta de que la observo y se encoge de hombros.

—Lleva en mi familia desde antes de la guerra.

Una reliquia. Uno de esos objetos que ofrecen las Grandes Casas. Observo mi propia arma. Stellan era uno de los mejores, pero un herrero está limitado a los metales inferiores.

—Espero verte en el castillo —me dice Zane con un gesto de cabeza y se lanza hacia delante.

Las espadas chocan. Los metales se rompen.

A mi lado, usando el mismo árbol como escudo, Kira está temblando.

—Mi hermana —susurra.

—¿Qué?

Una flecha pasa rozándome el costado. Nos escondo a las dos detrás de un tronco más grande. No nos servirá durante mucho tiempo, no mientras el resto del grupo esté avanzando.

—Está enferma. Por eso estoy aquí. Sin magia… morirá.

Siento como si hubiera metido la mano en mi alma y la hubiera estrujado.

Cierro los ojos con fuerza cuando el recuerdo de mi hermana aparece en mi mente. Sus gritos. Su cuerpo entre mis brazos durante sus últimos momentos mientras…

Me golpeo la mejilla contra una raíz cuando Kira me arrastra por el suelo.

—¿Qué…? —Alzo la vista y me quedo quieta.

Toda la copa del árbol ha desaparecido.

Los Ender. Sujetan una cadena brillante entre ellos. Está recubierta por una fina capa de acero estelar. Lo están usando para acabar con cualquiera que se interponga en su camino. Árboles incluidos.

«Joder».

Los cuerpos yacen destrozados detrás de nosotras. Los árboles caen en todas las direcciones haciendo que el suelo tiemble. No hay ningún lugar seguro en el que esconderse. Una chica se lanza hacia delante, con los ojos muy abiertos, justo antes de ser aplastada por un roble. La sangre brota de sus oídos.

Kira vomita a mi lado.

—Vamos —ordeno, tirando de ella hacia arriba. Me habrían partido en dos si ella no hubiera tirado de mí hace un momento. Estaba demasiado absorta en mis pensamientos.

Distracciones. Las emociones y los recuerdos son distracciones. Conseguirán que me maten.

Tengo que enterrarlos. Todos ellos.

Las flechas han parado. Los Ender han tirado al suelo a la mayoría de los arqueros. Es la mejor oportunidad que vamos a conseguir. Echamos a correr. Más adelante, el bosque ha sido arrasado. La tierra es un campo de minas lleno de troncos rotos con bordes afilados sobresaliendo como cuchillas. Corro a toda velocidad, con cuidado de no empalarme en ninguno de ellos y…

«Me muevo demasiado lento». No demasiado lejos, oigo la estampida de contendientes que vienen por detrás. Tengo que ser más rápida. Me esfuerzo por correr más rápido de lo que he corrido nunca, y las respiraciones entrecortadas de Kira me hacen pensar que está a punto de desmayarse, pero se las apaña para mantener el ritmo. Las ramas huecas y débiles se parten bajo nuestras botas.

Una flecha me pasa a escasos centímetros de la cabeza y se clava en la tierra delante de mí.

Joder. Como mínimo un arquero está de vuelta.

Salto por encima de un árbol caído y casi tropiezo con otro. Esquivo las flechas que me lanzan, ignorando el sonido de los que están muriendo a mi alrededor y enterrando en lo más profundo de mi ser la necesidad de ayudar.

Se oye un golpe seco cuando una mujer que corría a mi izquierda cae al suelo, levantando una nube de polvo. Más adelante, un hombre recibe un golpe en el cuello y apenas me da tiempo a saltar por encima de su cuerpo.

El arquero está cerca. Al igual que la siguiente oleada de contendientes. Los pasos resuenan y crujen contra el suelo destrozado del bosque. Algunos simplemente pasan corriendo y otros arremeten contra los que los rodean, tratando de aumentar sus posibilidades.

No me giro, solo avanzo, se me eriza la piel de la nuca al anticipar que me pueden golpear en cualquier momento. Los gritos son cada vez más fuertes.

—Están llegando —anuncia Kira. Y entonces se cae.

«Sigue, —resuena en mi mente—. Consigue un caballo. Déjala atrás».

Sin embargo, entonces pienso en su hermana. Yo no pude salvar a la mía, pero quizá Kira sí pueda salvar a la suya.

Me paro. Giro sobre mí misma y mi espada se encuentra con el hierro.

El hombre del carro. Su desordenada dentadura brilla cuando sonríe. Kira grita, mientras que con una mano presiona la parte posterior de su cabeza y la sangre brota entre sus dedos. Entonces, veo que el hombre está sujetando un enorme mechón de su pelo. «Se lo ha arrancado del maldito cráneo».

—Es un poco estúpido proteger a alguien que seguramente va a morir.

Nuestras espadas vuelven a cruzarse, pero esta vez la suya se fractura. La línea es como una vena que recorre la hoja. Un par de golpes más y se deshará en pedazos.

—También lo es luchar contra alguien que tiene un metal mejor —respondo golpeando su espada con la mía. Se tambalea hacia atrás. Parece desconcertado, como si no esperase que pudiera sujetar mi propia arma. Entrecierra los ojos con furia y se lanza a atacarme de nuevo.

Pero estoy preparada.

Una década de entrenamiento con Stellan me mantiene estable frente al pánico y me coloco en posición. Bloqueo su siguiente golpe.

Se gira y, a continuación, lanza una brutal ráfaga de golpes, como si pensara que su velocidad me pillaría por sorpresa.

Podría ser, si Stellan no me hubiese hecho mucho más rápida que él. Si no hubiera practicado esto mismo cada mañana durante años. La espada de titanio es una extensión más de mi cuerpo cuando bloqueo todos sus avances y lo obligo a retroceder.

Por suerte, las flechas han parado. Los arqueros habrán supuesto que nos mataremos el uno al otro y no quieren malgastar sus existencias limitadas.

Podría matarle. Sé que podría. Pero me llevaría un tiempo que no tengo, puesto que ya nos han adelantado enjambres de contendientes que corren hacia la fila de caballos.

Yo debería estar ahí. Debería darme la vuelta y correr.

Intenta destriparme de nuevo, pero mi espada se lo impide.

Otra fractura.

—Waldron —suelta de repente. El sudor le resbala por la frente. Ha dejado de mirarme. Tiene la mirada fija en mi espada de titanio—. Perteneces… perteneces a Waldron.

Se sabe que las buenas espadas pueden traicionar a sus portadores si encuentran a alguien más poderoso, incluso en mitad de un duelo. Aunque esta no es ese tipo de espada.

Y Waldron no es lo suficientemente hábil como para asestar ni un solo golpe. Nuestras espadas vuelven a cruzarse.

Esta vez la fractura termina de recorrer su espada, a punto de partirla en dos.

Sin arma, no tendría oportunidad alguna en la Sendastral. El malnacido es consciente de ello, así que, antes de que pueda golpearla de nuevo, se echa hacia atrás.

—Me haré con tu espada —sentencia—. Otro día, será mía. Tallaré mi nombre en la empuñadura. Lo tallaré directamente en tu cadáver.

Nombres tallados. Se me corta la respiración. Un recuerdo me asfixia. Para cuando me deshago de él, lo único que veo es su sonrisa, que promete una muerte atroz, antes de pasar corriendo junto a nosotras.

Kira sigue en el suelo. Me está mirando atónita, con un charco de sangre junto a ella.

—¡Me has salvado! —exclama, sin dejar de sujetarse la parte posterior de la cabeza.

—Tú me has salvado primero.

—Sí, pero yo no…

—Levántate —apremio.

Lo hace y echamos a correr. Corremos antes de que nos alcancen los que aún quedan por detrás de nosotras. Hasta que el bosque termina y llega el momento de escalar.

Kira es lenta y no para de sangrar, pero la arrastro conmigo. Me arden las piernas. El estruendo de los cascos ahoga el choque de las armas y nos apartamos de un salto justo antes de que los caballos con el escudo de la Casa Bolter en la armadura nos pisoteen. Están llevando a Cadoc, escondido entre dos guerreros, cubierto por sus escudos.

«Patético».

Ya son muchos los que han pasado sin molestarse en detenerse para matarnos. Les importa más conseguir un caballo. Me pregunto si quedará alguno. Me pregunto si tendría que haber dejado morir a Kira.

No sirve de nada lamentarse. Nos arrastro a ambas colina arriba hasta que los veo. La fila de caballos. Todos ellos cogidos.

No, todos no.

Uno junto al otro, al fondo, hay dos caballos sin jinetes. Corremos. Se oyen pasos a nuestras espaldas.

—¡Corre! —grito, y Kira, que tiene la respiración acelerada, se lanza sobre el primer caballo. Hago lo propio con el otro, uno grande marrón con una marca blanca en la frente. Alguien intenta tirarme del caballo cogiéndome del pie, pero le doy una patada y se cae al suelo.

Por fin estoy sentada.

Lo hemos conseguido.

Kira sigue sangrando, pero está radiante.

Unos cuantos más salen del bosque tambaleándose. Aunque muchos más ni siquiera logran salir de entre los árboles. Oímos los gritos de los moribundos, pidiendo ayuda. Suplicando que alguien regrese. El chico joven de la plataforma no está por ningún lado. Me pregunto si será una de esas voces. «Entiérralo —me recrimino—. La empatía es una carga». Busco entre la gente que ha conseguido hacerse con un caballo y encuentro a Zane. Cadoc, por supuesto. Los cuatro Ender. Waldron, el maldito bastardo. El arquero, que tiene el pelo negro. Y otros tantos que no reconozco. Hay una persona que destaca por su ausencia.

Entonces encuentro a Harlan Raker. Sigue en la linde del bosque, apoyado contra uno de los pocos árboles que quedan.

Nos observa.

Incluso con esa inmensa espada a la espalda llega a lo alto de la colina con facilidad. Aunque ya no le sirve de nada. No quedan caballos libres. Los contendientes ya se han girado hacia el castillo. Ya han comenzado el viaje hacia el rey.

Justo cuando pienso que Raker se ha quedado atrás, echa la mano a la espalda y lanza su espada por el aire en un destello borroso. Vuela tan rápido como una flecha, y con la misma precisión.

Atraviesa el pecho de Waldron, que se desploma hacia delante.

Raker extiende la mano y la espada vuelve a atravesar a Waldron antes de regresar al puño de Raker.

Trago saliva. La boca se me seca.

«Magia». La espada tiene magia. Y Raker sabe cómo usarla. Me hierve la sangre. Nunca había visto que un arma hiciese nada parecido.

El cuerpo sin vida de Waldron cae del caballo.

Raker ocupa su lugar.

Silencio.

No muy lejos, oigo la voz de Zane:

—Bienvenidas a la Criba.