Aossí (I-shí)
Raza de seres parecidos a los elfos que viven en las islas de Sídhe y de Riftdremar.
Sídhe (Shí)
La isla de Sídhe es un reino en el que residen los aossí. Es donde tiene lugar la mayor parte de la historia.
Riftdremar (Ríft-dra-mar)
Isla al este de la isla de Sídhe. Riftdremar fue destruida tras un levantamiento contra el esfuerzo colonial de Sídhe para extender su influencia sobre la cultura, la economía y los recursos de Riftdremar.
Rebelión de Riftdremar
Levantamiento contra la isla de Sídhe que se convirtió en una rebelión a gran escala y que, a su vez, dio lugar a una guerra entre dos Estados. La guerra terminó veinte años antes de los eventos de esta historia. A algunos refugiados se les otorgó la ciudadanía de Sídhe tras los sucesos del conflicto. Las personas de Riftdremar se apellidan Riftborne.
Riftborne (Ríft-born)
Niños que fueron salvados de la destrucción de su país natal, Riftdremar, y llevados a la isla de Sídhe. Antes de otorgarles la ciudadanía, estos refugiados se marcaban con un símbolo de unidad en la muñeca y la mano izquierdas. La mayoría se crio en casas de acogida a lo largo de la isla con la intención de que se integrasen en la cultura y la sociedad de Sídhe.
Esencia
La magia que se encuentra en todo el reino y confiere poderes tanto a la propia tierra como a los aossí.
Foco
Cada aossí es bendecido con un don individual, ya sea mundano o extraordinario, y a este se le llama foco. Es la forma en la que la esencia se manifiesta en cada individuo.
Esprithe (Es-príz)
Panteón de dioses a los que adoran en la isla de Sídhe. Estos son:
Sibyl (Sí-bil), la Esprithe de la adivinación; Conleth (Kón-lez), el Esprithe de la sabiduría; Niamh (Níiv), la Esprithe de los sueños; Ainthe (Á-na), el Esprithe de los recuerdos; Eibhlín (É-ve-lin), la Esprithe de la justicia, y Fírinne (Fí-ri-nieh), el Esprithe de la verdad.
Luminaria
Capital de la isla de Sídhe.
Emeraal
La ciudad más grande en la frontera occidental de Sídhe, al sur de Stormshire.
Stormshire (Es-torm-shaia)
La mayor base militar en la frontera occidental de Sídhe, al norte de Emeraal.
Fia (Fía)
Laryk (Lá-rik)
Maladea (Ma-lái-dia)
Osta (Ás-ta)
Raine (Réin)
Baelor (Bé-lor)
Briar (Bráiar)
Draven (Dréi-ven)
Nazul (Na-zúl)
Hace mucho tiempo, motivada por una visión de unidad y prosperidad, la isla de Sídhe se embarcó en una expansión por los mares orientales y compartió con generosidad el regalo de la civilización con los habitantes de Riftdremar. Aspiraban a sacarla de un estado de caos.
Con el paso de los siglos, la gente de Riftdremar, al principio vacilante, experimentó el impacto positivo de la influencia de Sídhe. Y este, al reconocer el gran potencial de Riftdremar, invirtió en infraestructura, educación e intercambio cultural. Esta generosa integración pretendía fomentar una unión armoniosa entre las dos tierras.
Por desgracia, el levantamiento acabó siendo un capítulo oscuro de nuestra historia en común. Los líderes radicales de Riftdremar, influenciados por antiguos agravios, incitaron a que se rebelaran contra nosotros. En respuesta, nuestra valiente Guardia de Sídhe llevó a cabo una acción ofensiva para sofocar los disturbios y restaurar el orden.
Desafortunadamente, el conflicto provocó una gran devastación en Riftdremar. Los ciudadanos se vieron alcanzados en el fuego cruzado y sufrieron las consecuencias del mal liderazgo de sus dirigentes. En consecuencia, la isla de Sídhe extendió sus brazos para desplazar a los niños de Riftdremar para proporcionarles un refugio, sustento y una oportunidad de comenzar una nueva vida en la isla.
Para asegurar que la paz y la estabilidad perdurasen, Sídhe tomó medidas para identificar a los potenciales instigadores y para prevenir más revueltas. Marcar a los refugiados se convirtió en un paso necesario para mantener el orden y la seguridad y así salvaguardar nuestro futuro en común.
Dudé en el precipicio de la seguridad, con la piel ardiéndome por la urgencia de volver sobre mis pasos hasta Luminaria. Mis instintos me decían que corriera, que me escondiera, esos instintos que me había pasado toda la vida cultivando. El aire húmedo nocturno se adhería a mí como una segunda piel, pesado con un olor a tierra y a algo con un toque floral.
Había un sendero iluminado con velas que conducía a la arboleda, un valle situado entre dos colinas onduladas y el abrazo nudoso del bosque. El humo sobresalía de las copas de los árboles y el fuego dorado, de los pozos que se encontraban en toda la extensión de abajo. Una mezcla de nervios y curiosidad me corría por las venas mientras observaba con detenimiento sus relucientes profundidades.
Casi pude saborear la mezcla intensa de licor, sudor y hormonas que flotaba en el aire, acompañada de las peculiares subidas y bajadas de la música de Sídhe. Las melodías evocadoras danzaban por mi columna vertebral, tentándome a perderme en la música.
«Por el amor de los Esprithe, Fia. Está encantada».
Cambié el peso de un pie a otro, reajustando mi agarre en la caja de madera rugosa. Me aferraba a cualquier ápice de lucidez que aún tenía pendiendo de un hilo tras haber pasado un día entero elaborando tónicos para la nobleza de Sídhe y sus fiestas absurdas.
Si no hubieran hecho los pedidos tan tarde, nada de esto estaría pasando. No me encontraría aquí. No obstante, a las élites de Sídhe les importaba poco el día a día de la gente común. Estaban demasiado absortas.
Dirigí mi atención al cielo mientras un tejedor de la luz arrojaba rayos brillantes a las nubes y atravesaba la niebla como un río en los cielos.
En el mundo de abajo, un caleidoscopio de vestidos de satén se arremolinaba mientras los aossí bailaban al unísono.
La belleza podía ser un engaño, y a menudo lo era. Después de todo, las víboras distraían con sus escamas relucientes antes de matar. Los nobles eran bastante parecidos y el doble de letales, pues eran hipnotizantes.
Solo nos separaba la pendiente de una colina. Otro minuto andando y me encontraría entre ellos.
Por desgracia, los caprichos de esta gente y sus veladas extravagantes me proporcionarían mucho más dinero que cualquier día normal en la botica, así que no podía renunciar a hacer negocios con ellos.
Además, ¿cómo podía la élite alcanzar esos niveles deseados de desenfreno sin unos cuantos regalos para los asistentes que causaran euforia?
La ridícula valentía que había reunido de algún modo en la botica se había desvanecido por completo. Se suponía que esta entrega le correspondía a Eron, no a mí. Al fin y al cabo, él había sido quien llevaba haciéndolas todo el día. Yo solo me había ofrecido porque su mujer se había puesto de parto. Qué jugada más estúpida. Ya lo sabía, pero ahora, aquí de pie, sentía que se trataba de un horror fatal.
Yo era una riftborne, una de las muchas personas que habían emigrado a Sídhe a las que habían marcado con un símbolo de unidad tras la rebelión de Riftdremar. «Porque nada grita más “unión” que una marca para identificarte entre las masas». Le eché un vistazo a mi mano izquierda, donde dos serpientes idénticas de Sídhe se enroscaban alrededor de las astas de Riftdremar.
«Por lo menos, llevo guantes».
Tenía tres años cuando los barcos nos trajeron aquí. Era demasiado pequeña para recordar las caras, las voces o incluso los nombres de las personas que me dieron la vida. La mayoría de los niños riftborne llegaron sin nada, pero, de alguna forma, yo sostuve un pequeño brazalete de oro durante todo el viaje; la única prueba de que pertenecí a alguien alguna vez. Ese alguien me había querido lo suficiente como para deslizarlo por mi diminuta muñeca antes de que todo se redujera a cenizas.
Aunque pocos recordamos la rebelión que finalizó hace veinte años, todo el mundo en Sídhe conocía a alguien que había fallecido en la guerra. Y muchos de ellos querían que pagáramos ese precio con nuestras vidas.
La ira comenzó a brotar en mi interior, pero una gran fuerza emergió en mi cabeza y apartó esos pensamientos. Cerré los ojos de golpe.
La maldición que vivía dentro de mí no solía ser más que una ligera presencia que permanecía en las profundidades de mi mente. Ahora amenazaba con explotar en cualquier momento, aguardando justo bajo la superficie, desesperada por tener una oportunidad de desatarse.
«Y una vez que lo haga…».
No permití que el pensamiento terminara mientras me estabilizaba y enterraba los talones en la tierra húmeda.
A pesar de las palpitaciones violentas de mi corazón, di otro paso tembloroso hacia el aire denso y cargado con una mezcla de perfume y humo de madera.
Al aferrarme a la caja e intentar hacerme lo más pequeña posible, me fundí con las sombras de la linde del bosque y seguí mi camino por el sendero de tierra.
Esperaba que los asistentes hubieran tomado los elixires con el tiempo suficiente para que los efectos deseados hubieran tenido lugar. Sería mucho más fácil navegar por un espacio lleno de mentes drogadas, donde los pensamientos nadaban y los pasos flaqueaban.
Estiré el cuello por encima de la masa de cuerpos en movimiento y examiné el área, buscando el puesto de Ma.
«Ah, ahí está».
Manteniendo la cabeza gacha, pude cruzar hasta el otro extremo de la arboleda, donde las pociones de Ma se exponían en una mesa bordeada por velas titilantes y flores de todo el reino. Me invadió un sentimiento de irritación. La afinidad de Ma por curar era revolucionaria, pero este iba a ser su legado: proporcionarles cócteles que aumentaban la libido a la Guardia de Sídhe y sus fanáticos irreverentes.
Mis hombros estaban deseando soltar la caja. Casi me salió disparada de las manos cuando la puse en el filo de la mesa y los viales chocaron los unos con los otros por la sacudida.
Busqué a la persona que pudiera estar a cargo de ese puesto, aunque no se veía a nadie. Empecé a sacar los viales de la caja mientras me movía de un lado a otro y los ponía en la mesa.
Nunca había estado cerca de una de estas fiestas antes, pero sabía qué esperar. A Ma le encantaba cotillear sobre ellas durante nuestras horas más aburridas en la botica. Esa noche, todas las clases se volverían locas mientras sus ídolos militares desfilaban entre la multitud. Se darían el gusto de tomar las mejores delicias culinarias, perderse en cervezas aromáticas, tónicos con alcohol y el tan difícil de conseguir vino de Bloodthorne para al final volver a casa tambaleándose y abandonar el caos en su despertar ebrio. Solo sería otro desastre que alguien más limpiaría.
No obstante, esta noche era diferente. Esta noche, el general Ashford estaría presente.
El rey y la reina asistían con regularidad a la capital para desfiles, festivales y procedimientos oficiales y proclamaban a viva voz sus alabanzas sobre un tal Laryk Ashford. Sin embargo, el hombre era un enigma. En ocasiones, se oían los susurros del general colándose de manera silenciosa en el cuartel de la Guardia de Sídhe tras una noche en una de las superexclusivas estancias que Luminaria ofrecía, pero solo unos pocos lo habían visto alguna vez con sus propios ojos. Supongo que el misterio atraía a la gente como una polilla a las llamas.
Tal vez, si era lo bastante rápida, podría escapar antes de que apareciera.
No obstante, la suerte no estuvo de mi lado.
Nunca lo estuvo.
Cuando solo había colocado tres puñeteros frascos, un chillido familiar hizo eco en el aire a mis espaldas. Inspiré hondo con calma antes de girarme y encontrarme con los brillantes ojos aguamarina de Osta, que parecía lo bastante emocionada como para explotar.
Mi mejor amiga, además de riftborne, Osta atravesó la división con mucha más facilidad que yo. Ella era capaz de andar por una calle con las mangas subidas con naturalidad, con la marca a la vista para que todo el mundo pudiera verla, pero de alguna forma se mimetizaba también. Parecía y se sentía perfectamente en casa dondequiera que fuera.
Una seda azul oscuro le caía en cascada con pliegues brillantes por el cuerpo, como los pétalos de una flor.
El cabello bronce le bajaba en unos tirabuzones perfectos por la espalda. La piel le relucía con un brillo dorado.
Si Osta era la vida en persona, yo era la encarnación viviente de la muerte.
Bajé la vista hacia mi blusa manchada con plantas y mis pantalones arrugados y sentí cómo me recorría una oleada de calor.
—¡Fiiiiiiaaa! —chilló Osta mientras me estrechaba entre sus brazos; se percibía el dulce aroma del vino en ella—. ¡No me puedo creer que estés aquí de verdad! Aunque jamás he pensado que aparecerías… —Dio un paso hacia atrás para ver mi estado desaliñado—. ¿Quieres que vayamos al taller en un salto? ¡No está lejos, y tengo muchas prendas que te quedarían divinas!
Me pasé los dedos por el pelo e intenté echármelo hacia atrás.
—Gracias por señalar de manera tan sutil lo mal que estoy…, pero no tengo intención de quedarme. Eron me necesitaba para traer esta caja y luego me largo…
—Pero, ya que estás aquí, ¡quédate! ¡Solo una hora! —Me agarró de las manos manchadas y me miró con ojos suplicantes. Osta siempre sabía cuándo recurrir al dramatismo.
Y, como la suerte no estaba nunca de mi lado, fue justo entonces cuando el sonido de las trompetas inundó la arboleda.
Un mar de aossí se dividió en dos y dejó un camino libre para que el cortejo real llegara a la tarima elevada que había cerca del centro.
Osta daba saltitos a mi lado, aplaudiendo y poniéndose de puntillas para poder ver mejor al rey y a la reina. Vestidos con telas a juego de un esmeralda brillante, se movieron con una gracia imponente. Cuando al fin llegaron a los tronos encima de la tarima, se volvieron y saludaron al mismo tiempo, de la mano, antes de tomar asiento.
Los asistentes trastabillaban mientras me empujaban al abrirse paso, y me fijé en la avalancha de cuerpos. Una figura emergió de la plataforma más al sur.
El general Laryk Ashford.
Tanto los hombres como las mujeres se abalanzaron prácticamente sobre él, alabándolo y desmayándose de placer ante su presencia.
A pesar del cansancio, conseguí verlo bien.
No tenía nada personal en contra del general, solo odiaba a la Guardia tanto como ellos me odiaban a mí.
Un movimiento erróneo por mi parte y desaparecería. O moriría en algún enfrentamiento extraño que, sin duda, se consideraría un trágico accidente. En Sídhe no se toleraba la presencia de los Riftborne, solo nos soportaban. Para ellos, éramos como una enfermedad, aunque su desdén siempre estaba oculto bajo su fachada de amabilidad.
Apreté los dientes y me volví a centrar en la celebración.
Mientras el general se subía a la tarima y se giraba, una corriente eléctrica atravesó la arboleda. Todos los ojos estaban puestos en él.
El pelo cobrizo le caía en ondas sobre los hombros e, incluso desde mi lugar con vistas privilegiadas, los rasgos afilados de su rostro eran prominentes: bajaban hasta la cicatriz que le cruzaba la mejilla y el ojo derechos.
Era más alto que la mayoría de los aossí, y su cuerpo esbelto y poderoso destacaba incluso bajo las capas del uniforme de la Guardia.
—Guau. —Los labios pintados de rosa de Osta se abrieron por el asombro.
No sé cómo esperaba que fuera el aspecto de nuestro general más célebre, pero desde luego que así no.
Por mucho que quisiera fingir indiferencia, no se podía negar lo impresionante que era el hombre. Si te gustaban los cretinos pomposos con complejo de inferioridad, claro.
El general sonrió a sus fervientes fans, y habría jurado que oí un suspiro real entre la multitud. Me pregunté si alguien tendría la suficiente suerte de ganarse su atención. Quizá unos cuantos aossí tuvieran el placer de disfrutar de su compañía esta noche.
La fiesta ya bullía de tensión sexual; se notaba densa y opresiva en el aire.
El general se giró hacia los cientos de personas y esbozó una sonrisa tan encantadora que resultaba ofensiva en su rostro. Paseó la mirada por el espacio hasta que sus ojos se encontraron con los míos y se detuvo. El aire pareció silenciarse a mi alrededor y contuve el aliento hasta que desvió la vista.
—¿Intentamos acercarnos más? —susurró Osta, como si alguien pudiera oírnos—. ¡Quiero que la reina tenga la oportunidad de ver mi diseño!
Notamos las señales del foco de Osta bastante pronto. Ella tenía doce años, y yo, catorce, y ya llevábamos en la Casa de la Unión once años.
Aunque Osta tendía a ser ajena a las personas, en cuanto a lo que a objetos inanimados se refería, no había nada que se le escapara. Siempre había sido la niña más curiosa del mundo; investigaba todo, planteaba preguntas que a otros niños jamás se les ocurrirían. Era parte de lo que la hacía tener tanto talento en el diseño. Podía mirar algo y detallar al instante lo que sacaría a relucir sus mejores atributos.
—No creo que sea buena idea. Con el modelito que llevo ahora mismo… Puede que se lo tomen como un insulto si me acerco al trono. —Me tiré de la manga para asegurarme de que la marca todavía seguía oculta.
—Bueno…, deja que me dé una vuelta y prométeme que nos tomaremos una copa al menos antes de que te vuelvas al apartamento.
Por mi mejor amiga, era capaz de sobrevivir a esta tortura un poco más.
—Vale, lo prometo. Daré un paseo… y me mimetizaré todo lo posible —murmuré al tiempo que ya me arrepentía de haber dicho que sí—. Búscame cuando termines. Pero, por favor, no tardes mucho. —Se me notó el cansancio en la voz. Le hice un gesto para que se marchara, aunque ella se detuvo y me examinó.
—Fia…, ¿estás bien? Pareces tener los ojos más oscuros de lo habitual. ¿Estás durmiendo? —susurró mientras se acercaba más—. ¿Has tenido más terrores nocturnos?
—Estoy bien, Osta. Ha sido un día largo. Venga, ve a presumir de tu vestido. —Me llevé las manos temblorosas a la espalda para ocultarlas. Estaba más cansada de lo normal, y contener mi poder cuando estaba falta de sueño siempre era más complicado. En cuanto perdí de vista a Osta, me dirigí a las afueras de la fiesta una vez más. Unas cuantas miradas persistentes me siguieron, y un escalofrío me recorrió la espalda.
No era fácil evitar la curiosidad distraída de los extraños cuando tenías un aspecto como el mío. La gente siempre había podido sentir mi otredad. Había aossí con atributos únicos, sí. Resultaba que yo reunía una combinación perturbadora de ellos.
Mi única cualidad salvable podrían haber sido los ojos opalescentes, de no haber estado cubiertos por unas sombras perpetuas. La oscuridad se dispersaba y libraba una guerra contra mi piel pálida. Era muy consciente de que siempre parecía una ferviente insomne. No obstante, daba igual lo que descansara, no tendría ningún efecto en mi aspecto de fatiga.
Una leve brisa sopló por la arboleda y me besó la piel con una frialdad refrescante que interrumpió mis pensamientos.
Cuanto más me alejaba del tumulto, más se despertaban mis sentidos. Me detuve en una zona con árboles en la parte superior de la colina. Otorgaba una posición ventajosa decente y permitía una vista de las luces y los cuerpos danzantes de abajo.
El general pasaba de una pareja a otra sin esfuerzo. Durante otro breve segundo, sus ojos se encontraron con los míos, y contuve el aliento. Era como si me estuviera tratando de localizar.
«¿Lo estaría haciendo?».
Tenía esa misma intensidad en la mirada que yo no podía clasificar, algo oscuro y… embriagador. Continuó quemándome con los ojos, y comencé a sentir ligereza en el cuerpo. Aparté la mirada y me alejé dando unos cuantos traspiés, y la fiesta desapareció de mi vista.
El sentimiento de malestar me caló hasta los huesos. No me gustaba que me observaran.
La brisa se intensificó, y una dulce fragancia me inundó la nariz: lirios del valle. Llevaba sin encontrar un ramo de flores silvestres años, y los comerciantes rara vez los tenían en sus inventarios.
«Tal vez un poco de recolección me tranquilice».
Seguí el olor hasta la linde del bosque, en busca de las flores con campanas blancas bajo la tenue luz de la luna. Quizá fuera un rayo de esperanza en una noche que, de otro modo, habría resultado ser engorrosa.
Una sutil nota musical me hizo girarme hacia la izquierda y avanzar varios pasos antes de encontrar un área de flores en el suelo del bosque.
Me quité los guantes, me arrodillé para recoger unos manojos y atarlos juntos con un trozo de cordel antes de meterlos en la bolsa plegada de mi cinturón de boticaria. Palpé los compartimentos para asegurarme de que todas mis herramientas estaban en su sitio. Noté los cuadernos diminutos, las plumas, los frascos y los viales; todo se encontraba donde debía estar.
Cuando me levanté, oí las últimas notas de una canción que finalizaba. Sin duda, Osta me empezaría a buscar pronto.
Puse rumbo de vuelta a la fiesta, esquivando las ramas caídas, y solté un quejido. No me había dado cuenta de lo mucho que me había adentrado en el bosque.
Antes de llegar a la linde, oí sonidos de risas y de crujidos de ramitas en mi dirección. «Por todos los Esprithe».
Reconocí las voces estridentes de inmediato: Bekha y Jordaan.
Llevaba años sin verlas, pero reconocería esas voces en cualquier lugar. Se me vinieron los recuerdos a la mente mientras se acercaban.
Su madre, lady Nessa Fairbanks, regentaba la Casa de la Unión de Luminaria, la casa de acogida en la que Osta y yo crecimos junto con otros niños riftborne. Su marido había fallecido en el frente de la revuelta, y ella jamás nos dejó olvidarlo. Además, cada pizca de crueldad que residía dentro de esa mujer la habían heredado sus hijas.
Aquello parecía pertenecer a otra vida distinta ahora, el haber crecido en aquel lugar.
Aparté los recuerdos y me clavé las uñas en las palmas de las manos. El calor ya se me estaba extendiendo a lo largo del cuerpo, hirviendo bajo la piel. Aguardando.
Las chicas se acercaron. Yo agaché la cabeza con la esperanza de que pasaran de largo sin verme.
Pero la suerte nunca estuvo de mi lado.
–Bekha. Jordaan —asentí, mirando hacia el cielo. «¿Podían los Esprithe matarme ya?».
—Fia…, qué agradable sorpresa. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Seis, siete años? Ese horroroso pelo blanco es difícil de olvidar. —Jordaan sonrió con suficiencia—. Y ya veo que todavía no has aprendido lo bien que te vendrían unas cuantas horas de sol —espetó antes de mirar a Bekha.
—Deberíamos ponernos al día en algún momento. Seguro que a nuestra madre le encantaría oír lo que has hecho todo este tiempo alejada de nosotras. —Bekha observó mi atuendo de arriba abajo una vez más—. ¿Ahora vives en la calle?
—¿Ya hemos acabado? —Puse los ojos en blanco y pasé por su lado.
Necesitaba salir de aquí antes de que hiciera algo malo.
—Siempre has sido muy borde. Qué desagradecida. Tuviste suerte de que nuestra madre tuviera un corazón tan grande y de que le dieras pena. Si fuera por mí, te habrías quemado con el resto del traidor de tu país —soltó Jordaan.
Me detuve, apretando los dientes.
«Sigue andando».
Me repetí mentalmente las palabras, desesperada por distraerme del aluvión de energía que me recorría la mente como un arma. El dolor se me extendió por la base del cráneo.
Respiré hondo y me adentré de vuelta en la noche con pasos temblorosos e inestables hacia las luces danzantes que ahora parecían, sin lugar a dudas, mucho más seguras que la falsa soledad del bosque.
Bekha se aclaró la garganta.
—Las presas son muy impredecibles… He oído lo que les pasó a tus amiguitos. Qué devastador. Igual si hubieran nadado más rápido…
Me detuve. Ahí estaba.
Las palabras se me clavaron como una daga y dieron justo en el blanco.
Me empezó a temblar la mandíbula y noté otra descarga de dolor incandescente en la cabeza que envió corrientes a lo largo de todo mi cuerpo.
«¡No! ¡No! ¡No! Aquí no puede suceder».
Intenté calmarme, pero el sonido de sus risas resonaba en mi mente. El eco de sus palabras…
Se me tensaron los músculos, y el mundo a mi alrededor se volvió borroso. Un grito amenazó con desgarrarme mientras luchaba por mantener el control, pero ya podía sentir cómo estaba perdiendo la batalla.
Estaba pasando. Y no podía pararlo.
Una vez que alcanzaba este estado, nunca era capaz de hacerlo.
La maldición implacable emergió a la superficie y me inundó las venas con una furia intensa e imparable. Me giré para mirar a las chicas mientras el suelo bajo mis pies temblaba y el aire chisporroteaba por la energía.
Sin pensar en ello, extendí las manos hacia delante y desaté un torrente abrasador de fuerza. La explosión rasgó el aire y encontró a las muchachas en un instante.
Se alejaron trastabillando y mirándose la una a la otra atemorizadas y confundidas. No podía hacer otra cosa que mirar cómo abrían la boca para gritar, pero no emitían ningún sonido. La comprensión las alcanzó en un horror silencioso mientras el vórtice de energía les robaba las voces.
El tiempo pareció ralentizarse al mismo tiempo que un resplandor inquietante empezaba a vibrar en sus ojos, cálido y cegador, como un cuerpo celestial en explosión.
Qué excitante era sentir cómo el poder rompía los confines de mi piel. El deshacerme de él, aunque fuera por un momento fugaz. Me odié por el placer que me embargaba. Mis ojos estaban fijos en las chicas, y yo era incapaz de apartar la vista de la escena espantosa que se estaba desarrollando ante mí.
Unas volutas de energía espectral se les enroscaron alrededor de los mechones de pelo y de los vestidos. Una brea carmesí comenzó a salirles de la nariz mientras una garra invisible les estrangulaba la mente.
Se cayeron al suelo. La energía continuó tejiendo patrones alrededor de sus formas inconscientes antes de liberarse poco a poco en el éter.
Los últimos latidos de energía resonaron a mi alrededor como el calor que emana de una piedra caliente. Me quedé paralizada.
Despacio, sentí cómo el peso de mis acciones se derrumbó sobre mí. Se rompió el trance.
«¿Están muertas?».
Me acerqué trastabillando a los cuerpos sin vida, y mis rodillas golpearon el suelo y la hierba húmeda amortiguó mi caída. «Por favor, por favor, no estéis muertas».
Me sobrevino una oleada de náuseas que amenazó con hacerme expulsar toda la cena.
Hundí los dedos en la tierra. ¿Cómo me había permitido perder el control de esa forma? Debí haber seguido andando. Joder, debí haber seguido andando.
Las lágrimas me recorrieron la cara y desdibujaron el mundo a mi alrededor mientras se apoderaba de mí el arrepentimiento. Un pensamiento lo invadió todo.
«Corre».
Las piernas me dolían mientras buscaba el equilibrio y me puse de pie, temblando. Di un paso trémulo hacia la linde del bosque justo cuando crujió una rama a mis espaldas.
Me di la vuelta y encontré un par de ojos esmeralda con una belleza impresionante, casi palpitantes, entre la oscuridad. El viento arreció y su cabello cobrizo voló. La luna lo iluminaba por la espalda y le otorgaba una cualidad etérea a su rostro arrollador, ese que ahora estaba centrado en mí.
El corazón se me iba a salir de la garganta.
El general Laryk Ashford.
Estaba ahí plantado, jugueteando con una daga entre los dedos mientras se le dibujaba una sonrisa en la comisura de los labios. Seguro que lo había visto todo.
«Esprithe, salvadme».
El pánico se apoderó de mi cuerpo mientras yo trataba de lidiar con las consecuencias que me estarían esperando una vez que él me escoltara de vuelta a la fiesta e informara a la gente de lo que había hecho. Ellos me matarían sin dudarlo. El punto culminante de la noche, la muerte de una riftborne.
Me estaba taladrando con los ojos, pero tenía una expresión extraña…
«¿Eso es diversión?».
Ladeó la cabeza hacia un lado y dirigió la vista hacia mi mano izquierda, desnuda y visible bajo la luz de la luna.
Pasó una eternidad.
«¿Va a matarme aquí y ahora?».
Era un general de Sídhe. Podía hacer justicia como él quisiera. Mis amigos habían sido asesinados por tomar un simple baño.
Yo había atacado a dos hijas de la nobleza.
Y sus cuerpos yacían sin vida a mis espaldas. La sangre les teñía las mejillas perfectamente maquilladas y creaba un charco denso en sus melenas enmarañadas.
Compuse una mueca.
Volvió a meter su daga en la vaina y me dirigió una última mirada de curiosidad antes de girarse sobre sus talones y andar de vuelta a la celebración animada que se localizaba colina arriba.
Me quedé impactada.
«¿Qué acaba de pasar?».
Seguía sin poder respirar.
Lo observé durante un instante antes de que mi mente dejara de dar vueltas, lo suficiente para que el instinto de supervivencia se apoderara de mí. Mis pies comenzaron a moverse otra vez, y desaparecí entre las sombras del bosque, invadida por un sentimiento de desasosiego por que mi encuentro con el general fuera solo el principio de un ajuste de cuentas inevitable.
Tras lo que parecieron siglos de inquietud, al final acepté que el sueño no me iba a invadir esa noche. Mis pensamientos bullían y alargaban cada hora hasta convertirla en una eternidad.
Observé la pintura descascarillada del techo, muy consciente de que la luz de la mañana ya se estaba asomando por la ventana como las velas de un funeral en un templo oscuro.
Por algún asqueroso capricho del destino, la única pesadilla que había sufrido era la de mi propia consciencia inquebrantable. Mi mente no tenía necesidad de crear sus propios paisajes oníricos horripilantes cuando podía atormentarme con recuerdos que yo misma había creado, esos que habían salido de mis propias manos.
Mientras me quedaba tumbada allí, envuelta en el abrazo sofocante de mis pensamientos, el sonido de una puerta al crujir inundó la habitación.
Me levanté de un salto de la cama y fui corriendo hacia el salón, donde encontré a Osta quitándose los zapatos cerca de la puerta principal. El alivio me invadió nada más verla. Ella alzó la vista y se encontró con mi mirada.
Un enfado silencioso refulgía en sus ojos.
—Fia —me llamó, frunciendo el ceño—, ¿qué ha pasado?
Me trabé al contestar.
—Osta, pe-perdí el control… Ha vuelto a ocurrir… Pero ha sido muchísimo peor esta vez. Las chicas…
Ella me interrumpió.
—Sé que no querías estar allí, Fia, pero me dejaste tirada. Ni siquiera te despediste. —Suspiró y dejó caer la cabeza entre las manos.
Yo me quedé en silencio, confusa. Abrí la boca y luego la cerré al tiempo que buscaba las palabras correctas que decir.
—En algún momento, Fia, tendrás que crecer y…
—Osta…, Bekha y Jordaan. Cerca del bosque… Yo… las maté. Fui yo. Hablaron del accidente… El río. La presa… y yo… Yo perdí el control. Se me fue la cabeza por completo, Osta. Sucedió muy rápido… Soy estúpida. —Me derrumbé en el suelo mientras las palabras salían a borbotones. ¿Cómo podía explicar algo que ni siquiera yo comprendía?
—Fia, relájate —me interrumpió mientras en su rostro se reflejaba la frustración—. No ha muerto nadie. ¿De qué estás hablando?
¿Cómo no se había enterado?
—Osta. Me vio. El general. Él lo vio todo, joder —insistí con la voz temblorosa—. Vio cómo yo las atacaba.
—Fia, si un general de Sídhe te hubiera visto cometer un asesinato, dudo mucho que ahora mismo fueras una mujer libre.
Sopesé sus palabras. Tenía razón. Nada de esto tenía sentido.
Osta dio un pasito hacia mí y alzó las manos, como si quisiera calmar a una bestia salvaje.
—Fia, vi a Bekha y Jordaan anoche. Observé cómo se marchaban con soldados de Emeraal, y estaban vivitas y coleando. —Se arrodilló a mi lado sobre las tablas de madera inestables del suelo para agarrarme la mano.
—Eso no es posible. Te lo juro por Fírinne, las vi morir. Presencié cómo la sangre les salía de la nariz después de que yo… Literalmente, los ojos les refulgieron de blanco. El general lo vio. Creí que iba a matarme justo en ese instante. No lo comprendo… No entiendo nada.
—¿Crees… que igual pudo buscar un sanador? Estoy convencida de que había muchos presentes…
—Osta, él no necesitaría un sanador, sino más bien un puto resucitador —espeté, interrumpiéndola.
Ella respondió en un tono bajo:
—Sea como sea… Tal vez eso fue lo que pasó… A ver… Es el general, así que supongo que tendrá acceso… —Sus palabras se fueron apagando, y apartó la vista. Ambas sabíamos lo ridículo que sonaba. ¿Por qué me habría dejado marcharme él si estaba lo bastante sobrio para ir en busca de ayuda?
—No estoy loca —susurré.
—No creo que lo estés, Fia. Solo sé que los sueños están empeorando. Puedo imaginarme lo que ver a Bekha y Jordaan pueda haberte hecho sentir, sobre todo si no has estado descansando mucho. Siempre te han tratado peor que a todos los demás. Quizá no ocurrió tal y como lo presenciaste. Igual… no fue real —sugirió Osta. Me miró con prudencia.
Abrí la boca para hablar, pero no me salió ninguna palabra. Todo me había parecido muy real; era imposible que mi mente hubiera generado esa secuencia de eventos tan horripilante…, ¿no?
Osta me contempló durante lo que me parecieron horas y, a continuación, se tumbó junto a mí y se frotó los ojos antes de inhalar hondo.
—Fia…, no es que no te crea… Te conozco lo bastante bien para distinguir cuándo me estás contando la verdad. Es solo que no sé qué pensar de esto. Las vi marcharse. Horas después de que desaparecieras.
Nos sentamos juntas en un silencio compartido hasta que noté la cabeza de Osta apoyada en mi hombro. Su respiración cada vez se hizo más profunda con los zumbidos del sueño.
Yo no tardé en sumergirme en la oscuridad.
El río estaba manso y tranquilo y el sol salía por el horizonte. Miré hacia abajo, al caudal espumeante y luminoso, mientras la corriente lo arrastraba hacia el sur.
Era muy temprano. Las nubes flotaban en el cielo y filtraban el alba con rayos de tonos pastel. Soplaba una ligera brisa fresca que hacía que me diera un escalofrío, como siempre me ocurría los últimos días de primavera.
A solo unos pocos pasos, oí el ruido sordo de unas botas que subían las escaleras, como los redobles de un tambor de guerra. Una figura apareció al filo de la plataforma llevando una armadura con el emblema de la Guardia de Sídhe. Me dio un vuelco el estómago. Su cabello dorado y sus ojos azul hielo parecían modestos. No obstante, su sonrisa retorcida me dejó en la boca un sabor a podredumbre.
Esta siempre comenzaba con mucha tranquilidad. Era difícil imaginar que aquel día pudiera tornarse en lo que se convirtió.
Me apoyé en la barandilla de la presa; desvié la vista hacia abajo cuando un grupo de siete personas emergió de la linde del bosque cercana. Se entremezclaban con la hierba alta mientras rompían el silencio con risas a la vez que montaban el campamento a un tiro de piedra de la orilla del río. Contemplé con horror cómo cinco de ellos se quitaban la ropa y se zambullían en el río uno a uno.
Quería gritar, pero tenía la voz atrapada y el cuerpo paralizado. Quería decirles que se marcharan, que corrieran de vuelta a la ciudad tan rápido como pudieran. Sin embargo, fui insoportablemente inútil.
Nunca lo verían venir. Para cuando se abrieran las compuertas y la corriente fluyera, sería demasiado tarde. Jamás conseguirían volver a la orilla.
Lo único que pude hacer fue contemplar cómo mis mejores amigos se enfrentaban a la ira de la presa del río Sprithe y las manos odiosas de aquellos que controlaban las palancas.
Esta era una de las pesadillas que más odiaba.
Nadaron hasta el centro; eran tan poco conscientes de las consecuencias que resultaba doloroso. Detuve los ojos en el leve resplandor en la mano izquierda de Mairyen, esa que reflejaba la luz. Esa que cargó con su maldición de Riftborne.
El sonido distante de unos golpes en la puerta interrumpió mis pensamientos y reverberó en el sueño como una manifestación del propio destino. Solo lo sofocó el repentino chirrido del metal.
El suelo a mis pies retumbó. Traté de apartar la mirada; no podía presenciarlo. No otra vez. Pero mi cuerpo me traicionó.
Bajé la vista para ver el agua correr a través de las compuertas y caer al río de abajo. Golpeó la superficie como un ajuste de cuentas.
Mi cuerpo se sacudió y volvió a la realidad de nuestro salón. Se me abrieron los ojos de golpe. Osta estaba tendida en el suelo junto a mí, roncando levemente. Miré a mi alrededor mientras parpadeaba para ahuyentar el sueño de los ojos.
Toc, toc, toc.
El sonido hizo que dirigiera la vista al instante hacia la puerta. Alguien estaba llamando. Bueno, aporreando más bien. El pánico se apoderó de mi cuerpo mientras mi mente rememoraba los eventos de la noche anterior. Osta se revolvió, desplazándose por el suelo mientras otros golpes en la puerta reverberaban a través del apartamento.
Me pasé los dedos temblorosos por el pelo, lo que hizo que se me quedara flotando alrededor de la cabeza como una aureola demente. Cada una de mis venas palpitaba de preocupación mientras me sentaba para contemplar en silencio. Había llegado el momento de mi ajuste de cuentas.
Osta se incorporó despacio, aún con los ojos cerrados mientras bostezaba y estiraba los brazos.
—¿Hay alguien en la puerta? —murmuró. Nunca teníamos visitas.
El sonido volvió a retumbar por la habitación, pero esta vez lo siguió una pregunta.
—¡Fia! ¿Estás ahí? —gritó una voz familiar; las palabras rebosaban preocupación.
El corazón me dio un salto mortal en el pecho.
«Solo es Ma».
—Fia, te lo juro por Eibhlín, si no abres la puerta, no tendré más opción que usar esta arma apagafuegos que tengo en la mano.
Eso hizo que me pusiera de pie. Pasé por encima de una Osta adormilada, me dirigí a la puerta y la abrí despacio para encontrarme con la mirada furiosa de Maladea Thiston.
¿Podría haber sido de verdad lo de la noche anterior un mal sueño?
—Fia, ¿tienes idea de lo preocupada que estaba? —me regañó. Abrió la puerta de par en par, me apartó para pasar y entró en nuestro apartamento pisando fuerte. Las puntas plateadas de su cabello castaño parecían predominar más aquel día. Le brillaba la frente arrugada de sudor y tenía las manos teñidas de hibisco cerradas en puños.
—¿Preocupada? —conseguí graznar.
Ma se dirigió a un sillón reclinable que había en una esquina y se sentó mientras me observaba con desaprobación. Osta la siguió con una mirada confusa.
—Fia. Primero, te fuiste de la botica sin decir nada. Segundo, no has venido a trabajar esta mañana. Tercero, Eron me ha contado que terminaste haciendo la última entrega a la arboleda anoche. ¿Te puedes siquiera imaginar lo que se me ha pasado por la cabeza? —Vi un breve destello de miedo en sus ojos antes de que se aclarase la garganta y se recompusiera mientras sacudía la cabeza.
—Ma…, lo siento mucho. No dormí bien anoche. Debo de haberme quedado frita. —Se me debilitó la voz.
Ma se echó hacia delante.
—¿Has tenido más pesadillas?
—Eh…, sí. Aunque no es ninguna novedad. A estas alturas, ya me las espero —murmuré, cambiando el peso de un pie a otro. La miré con nerviosismo—. Pero ¿va todo bien en la tienda?
—Todavía parece que ha pasado un tornado, pero, aparte de eso, sí. ¿Por qué? ¿No debería estarlo? —Alzó una ceja en mi dirección.
Intenté deshacerme de los últimos restos de sueño. Los resplandecientes rayos de sol que se colaban por la ventana me decían que era primera hora de la tarde. Nunca había faltado al trabajo. No me extrañaba que estuviera tan preocupada.
Ma no era una riftborne. Ella había nacido y se había criado en Sídhe, aunque provenía de una familia humilde. No hablaba mucho de ellos. Asumí que se habían peleado. Ahora, en esencia, éramos la familia escogida la una de la otra.
Al principio, dudaba de ella, como de la mayoría de los extraños, pero tenía que buscar trabajo, y eso resulta muy complicado cuando eres hija de la rebelión.
No obstante, en cuanto entré en la botica por primera vez, Ma me trató con calidez y amabilidad. Ella veía más allá de la marca de mi mano, más allá de la etiqueta que me había definido durante tanto tiempo. Para ella, yo solo era Fia.
Tragué con fuerza, intentando deshacer el nudo que se me había formado en la garganta. El mero pensamiento de decepcionarla era asfixiante. Si descubría lo que había hecho…
Puse una mueca de dolor.
Traté de actuar con despreocupación y me encogí de hombros.
—No, claro que no. Solo me estaba asegurando de que… Si me das cinco minutos, me puedo arreglar para volver a la tienda contigo.
Ma me examinó, pero no dijo nada; al final, desvió la vista y me hizo un gesto con la mano para indicar que le daba lo mismo.
—¿Y qué le pasa a esta? ¿Demasiado vino de las Tierras Altas? —se burló de Osta mientras yo llegaba al vestíbulo. Un gemido somnoliento retumbó por el espacio seguido de unos cuantos rugidos de risa.
Me vestí a toda velocidad, todavía con preguntas rondándome la cabeza. Sin duda, si las muchachas hubieran sido asesinadas…, estaría sentada en una celda de una prisión de Sídhe a estas alturas. Y, aun así, el recuerdo de mi poder estallando fue muy vívido…, muy real. Me encogí de hombros e intenté apartar el pensamiento.
Tal vez Osta tuviera razón. Quizá fuera alguna especie de alucinación provocada por el estrés y la falta de sueño.
Miré mis pantalones de anoche y agarré el cinturón de boticaria. Los lirios del valle, me había olvidado de ellos por completo.
Desabroché la bolsa y encontré las flores aplastadas e inservibles.
Mientras salía a las calles del distrito central de Luminaria, el clamor de la ciudad me golpeó con la dureza de una pared.
La botica estaba a solo quince minutos andando, pero yo aceleré el ritmo. Cada segundo ahí fuera me hacía sentir expuesta y observada, sobre todo aquel día.
Los canales conectaban las zonas más alejadas de la ciudad y permitían viajar rápido e intercambiar bienes. Barcos de todas formas y tamaños navegaban por los transitados ríos. Unos cuantos pescadores se reunían a lo largo de las orillas del agua, recogiendo despacio sus sedales y redes mientras charlaban entre ellos.
La naturaleza se expandía a lo largo del paisaje urbano: enredaderas abrazando torres de mármol, flores adornando las calles mientras los árboles y sus raíces libraban una guerra contra los caminos adoquinados. Unas cuantas mujeres con vestidos florales recogían plantas del jardín comunitario que se encontraba a la derecha, sonriendo como si nada en el mundo les preocupara.
Al cabo de poco tiempo, llegamos a las puertas de la botica. La ansiedad me punzaba la piel mientras examinaba el perímetro. Nada parecía fuera de lugar. No había signos de la Guardia de Sídhe.
La puerta crujió al abrirse, y me inundó un olor familiar: una mezcla de hierbas curiosas, infusiones y un toque de nostalgia añadida, por si fuera poco.
Las incontables filas de estanterías, que gemían bajo el peso de los tarros de cristal, albergaban una mezcla de partículas vegetales de todo el reino que harían que incluso el botánico más respetado se retorciera de envidia.
Los cristales, algunos relucientes con hilos encantados, reposaban en cada rincón. Los barriles en las esquinas, marcados con runas —algunas tan antiguas que incluso a Ma le costaba entenderlas—, contenían ingredientes demasiado raros para usarlos a diario. Gran parte de su colección era heredada; se la había dejado el dueño anterior.
Me senté en mi puesto, anhelando la familiaridad, esperando sentir cómo me inundaba la calma habitual cuando reunía mis herramientas, pero esta nunca llegó.
«Puñeteros Esprithe».
Tras intentar encender el carbón bajo el fuego de nuestro caldero y fallar muchas veces, el encendedor se me terminó quedando sin aceite y no pude encontrar ninguna cerilla por ahí suelta.
Solté un quejido. Después de evitar con éxito los ojos inquisidores de Ma, ahora parecía que mi única opción era pedirle ayuda.
Suspiré, me puse de pie, desvié la vista en su dirección y me la encontré mirándome a mí mientras envolvía cataplasmas de hierbas con pericia. Esa mujer era implacable.
—¿Quieres pedirme algo, Fia? —espetó en mi dirección, con la boca esbozando una sonrisa. Di unos cuantos pasos hacia ella.
—Depende. ¿Requerir tu ayuda tiene un precio? ¿O lo harás solo por la simple bondad de tu corazón? —Alcé una ceja.
—Ay, Fia. Todo tiene un precio, ya lo sabes —contestó, guiñándome un ojo.
—Supongo que no tengo otra opción que pedirte ayuda para encender el carbón para los calderos —repliqué.
—Creía que jamás lo pedirías. —Dejó las cataplasmas y se acercó arrastrando los pies hasta mi puesto.
Se arrodilló y presionó una mano contra el carbón. Tras unos segundos, salió humo. Las chispas salieron disparadas de la hoguera y el carbón empezó a refulgir de un rojo brillante.
—Nunca dejará de sorprenderme —dije mientras me acercaba a ella.
—Bueno, es mi mejor truco. —Sonrió, y yo la ayudé a levantarse del suelo.
—Es mucho más que un truco, Ma. —Me quedé mirándola antes de darme la vuelta, mientras la culpa volvía a aparecer. Comencé a llenar el caldero de agua.
El foco de Ma se manifestó cuando ella era más joven, al igual que en la mayoría de los aossí. Le había prendido fuego a un almiar jugando de niña, lo que provocó que todo un matadero ardiera hasta los cimientos. A pesar de que fue un accidente, a Ma le encantaba atribuírselo a su sentido innato de justicia, pues recordaba que incluso a esa edad tan temprana ya tenía un brillo de orgullo en los ojos.
La mayoría de los focos eran ordinarios. Un agricultor podía tener algún truco para identificar buenos depósitos de tierra. Un cazador podía tener un sexto sentido en lo que se refiere a rastrear. Y Ma podía prender pequeñas llamas. No obstante, había todo un linaje en la Guardia que podía hacer que el mundo se sumiera en la destrucción.
Algunos de nosotros no teníamos ni idea de cuál era nuestro supuesto foco.
Pero, en el fondo, sabía la verdad: lo mío no era en absoluto un foco.
Era una maldición.
Ma se dirigió al taburete que había al lado de mi escritorio y se sentó, observándome con reticencia. Su sonrisa burlona se convirtió en una fina línea.
—Fia, ¿vamos a hablar de esto algún día? —preguntó, interrumpiendo mis pensamientos.
Yo suspiré y metí los manojos de corteza en mi bolsita para las infusiones antes de echarla al caldero para dejarla en remojo.
—¿Qué es lo que quieres saber exactamente? —Me deslicé en mi silla e inhalé hondo.
—Fia…, nunca faltas al trabajo. Pareces un fantasma esta mañana…
La voz de Ma se fue apagando, y apartó la vista de mí por primera vez aquel día.
Sentí que me quitaban un peso de encima cuando ella desvió los ojos, pero también noté cómo algo pesado se removía en mi interior. Pánico. De pronto, sentí la ausencia de su mirada como un vacío, como un incendio forestal que al fin se consumía y revelaba la tierra yerma que había dejado atrás.
—Bueno, Ma, eso no es tan raro. Siempre parezco un fantasma —bromeé en voz baja, vacilante. Seguía sin mirarme, impasible a mis intentos de evitar el tema.
Me quedé sentada en silencio durante largo rato, barajando mis opciones. Justo por esto estaba tan preocupada. Me conocía demasiado bien. Quería respuestas…, y se las merecía, pero ¿qué le podía contar? «O asesiné a dos personas anoche, o lo he alucinado. De cualquier manera, estoy perfectamente y no hay nada de lo que te debas preocupar». Dudaba que ella me creyera.
—Estaba preocupada por si pasó algo en la fiesta… —dijo, bajando cada vez más la voz y dejando las palabras en el aire denso.
—Ma… Yo… —susurré justo cuando las campanas repiquetearon en la parte delantera de la tienda. Ambas giramos las cabezas en dirección al sonido.
Ma me volvió a mirar y se detuvo durante unos instantes antes de dedicarme un asentimiento empático y dirigirse a la parte delantera de la tienda.
Me sumí en el silencio. Inhalé hondo, solo medio consciente del mundo fuera de mi mente. ¿Había sido aquello una señal para que me guardara para mí lo que había ocurrido?
Tal vez el cliente solo necesitara un arreglo rápido. No estaba segura de cuánto tiempo podría soportar el peso de la anticipación. Algunos retazos de la conversación resonaron en la sala.
Poco después, los pasos de Ma se acercaron. Alcé la vista mientras ella giraba la esquina, pero entonces mis ojos se dirigieron hacia su izquierda y contuve la respiración.
El general Ashford me miraba fijamente.
Era deslumbrante de una forma muy fría, como si su belleza estuviera teñida de veneno.
Sencillo, incluso atractivo.
Alcé los ojos para encontrarme con los suyos.
La cicatriz que manchaba su rostro, por lo demás perfecto, era más oscura de lo que había pensado antes. El centro era de un negro azabache que se difuminaba hasta el color del vino antes de extenderse en patrones venosos a lo largo de su mejilla.
Mis ojos, más valientes que el resto de mi cuerpo, no se apartaron de él. Su expresión era cauta. No había manera de leer al general.
La lógica me dijo que estaba allí para arrestarme.
Así que sí me había visto la marca en la mano.
Por supuesto que me había encontrado. Cada riftborne había rellenado unos documentos de admisión para la monarquía, registros en los que se detallaba dónde vivíamos, dónde trabajábamos, dónde nos quedamos después de que los barcos nos trajeran. Teníamos la obligación de actualizar nuestras direcciones cada vez que nos mudábamos y de avisar de cualquier cambio de trabajo. Lo sabían todo sobre nosotros.
Para alguien del rango del general, dar conmigo habría sido tan sencillo como abrir una carpeta.
Mientras continuaba mirándome, sentí un ardor en el estómago. Sabía que el mejor plan era ir sobre seguro, pero el deseo de resistirme se aferraba a mí.
Aún sentía miedo, aunque ahora se había teñido de una rabia que se había encontrado oculta en mi interior durante los últimos cinco años, una rabia que había enterrado muy hondo después de que los guardias de la presa hubieran matado a mis amigos. Supe entonces que jamás podría dejarme llevar por la rabia, que nunca permitiría que me dominase, o acabaría haciendo que me mataran también. Sin embargo, ahora esa rabia había vuelto con ganas.
—El general te requiere para hacerte preguntas sobre anoche… —comentó al fin Ma, pero su tono parecía muy inseguro.
—¿Fia Riftborne? —Mi nombre salió de sus labios como sangre de una daga. Su voz aterciopelada hizo que me recorriera un escalofrío de arriba abajo más de lo que debería haberlo hecho.
—Sí, soy yo —murmuré, sonando más segura de lo que me sentía.
—¿Estuviste presente durante la celebración de anoche? —preguntó, con cierta diversión en la voz.
Él sabía que había estado. Había visto lo que había hecho. Esta conversación no tenía sentido.
—Me pidieron que llevara los últimos tónicos a la fiesta. Los pedidos de última hora de la nobleza —contesté, inexpresiva.
Estrechó los ojos durante unos segundos antes de volverse hacia Ma.
—¿Hay algún lugar en el que pueda hablar con ella en privado? —preguntó, con una dulzura nauseabunda en la voz—. Al fin y al cabo, estoy aquí por un asunto oficial. Es mejor que maneje esto con discreción y lejos de potenciales ojos y oídos curiosos.
La confusión se propagó en mi interior. ¿Por qué no me detenía para interrogarme?
A Ma le costó responder. Me miró, con la preocupación reflejada en la frente. Yo solo le dirigí un simple asentimiento. Esto iba a pasar de un modo u otro. Más me valía acabar con ello de una vez.
Ella volvió a mirar al general. Podía notar que no quería complacerlo, pero no estaba en posición de negarse, y yo no quería que lo intentara. Este follón era mío.
—Hay unos invernaderos en la parte de atrás… Están cerrados con llave a menos que alguna de nosotras esté trabajando allí… —Hizo una pausa antes de ir andando hacia su escritorio y sacar una llave del cajón. Creí que iba a decir algo más, considerando su vacilación, pero regresó despacio con la mano extendida.
El general le sonrió mientras agarraba la llave.
—Gracias, Maladea. No tardaremos mucho.
Se volvió hacia la puerta de atrás sin pensárselo dos veces; era evidente que esperaba que lo siguiera. Le di un apretón a Ma en la mano cuando pasé por delante de ella y le dirigí una mirada reconfortante. Solo esperaba que fuera convincente.
Fuimos al invernadero en silencio.
Llegó hasta la puerta y la abrió con gracia. Dio un paso atrás tirando de ella y me hizo un gesto para que entrase. Dudé.
—Después de ti —murmuró.
El miedo volvió a inundarme mientras pasaba por delante de él.
Se podía entrever el sol sobre las montañas mientras descendía. Pronto se haría de noche.
Me crucé de brazos mientras la puerta se cerraba de golpe a mis espaldas.
Al mirarlo a hurtadillas, mis ojos me delataron. Él me estaba mirando también con una extraña curiosidad de nuevo. No dijo ni una palabra.
—Bueno, vamos al grano —solté cortante.
Él negó con la cabeza y soltó un suspiro de diversión.
—¿Ese tono pretendes usar? —preguntó con tanta superioridad que creí que me iba a asfixiar.
—¿Cambiaría algo?
Fue dando zancadas hasta la mesa donde guardábamos las herramientas de jardinería y, a continuación, agarró una pala de mano y la examinó.
—Solo intento entender por qué ese desdén. Pareces enfadada y yo solo he pedido tener una simple conversación contigo —se mofó.
—Lo siento —murmuré, ocultando el frío que amenazaba con teñir mi tono.
Alzó una ceja y bajó la barbilla.
—Esa actitud es mucho más aceptable, ¿no crees? —Su voz destilaba sarcasmo—. Como ambos sabemos el motivo por el que estoy aquí, ¿por qué no empiezas por contarme con exactitud lo que le hiciste a esas pobres chicas? —Se apoyó contra la mesa y cruzó los pies.
—No… No lo sé en realidad. —Se me escaparon las palabras.
Puso los ojos en blanco.
—Riftborne. Se me está acabando la paciencia. Tu foco. ¿Cuál es? —espetó.
—¿Mi foco? No… lo sé. No tengo un foco… Es decir… —Negué con la cabeza—. No tengo ningún control sobre él. Yo no lo llamaría foco.
Ladeó la cabeza y entrecerró los ojos.
—¿A qué te refieres con que no tienes el control? ¿Cómo lo canalizaste entonces?
—Estaba inquieta. Solo pasa cuando estoy muy alterada. No sé cómo explicarlo. Simplemente me superó. No pude pararlo. Nunca puedo detenerlo sola —tartamudeé.
Frunció los labios antes de girar la cabeza, pensativo.
—No pretendía que ocurriera —añadí. Como si no fuera obvio.
Continuó mirando la esquina de la habitación como si no me hubiera oído.
—¿Ha sucedido esto antes? —preguntó al fin.
—Prefiero no hablar de ello —contesté mientras me envolvía la cintura con los brazos.
La ira titiló en sus ojos.
—Y yo prefiero no hacer esto más complicado de lo necesario —replicó, encogiéndose de hombros y ladeando la cabeza—. Pero que no te quepa duda de que podría.
En un destello cegador, una daga se deslizó por el aire, directa al centro de mi cara. Se me formó un nudo en la garganta del terror. El tiempo pareció detenerse mientras me encogía de miedo; la hoja susurró al pasar junto a mi mejilla antes de incrustarse en el travesaño de madera a mis espaldas.
Después de unas cuantas respiraciones profundas, abrí los ojos y me lo encontré sonriendo con malicia, como si aquella fuera su forma personal de entretenerse.
—¡Si has venido a matarme, hazlo ya! —solté, quitándome el sudor de la frente.
El general se puso de pie, se acercó a mí con pasos comedidos y se detuvo a pocos centímetros de mi rostro. Clavó su mirada esmeralda en la mía mientras alargaba la mano más allá de mí para recuperar la daga. Me la acercó a la mejilla y me la pasó con delicadeza por el contorno de la garganta. Yo contuve el aliento, a la espera de que me matara.
—No vas a morir hasta que respondas a mis preguntas. Si tu propia vida no te importa, entonces tendremos que cambiar el enfoque. Esa otra chica riftborne también estaba en la fiesta, ¿a que sí? —El tono bajo de su voz me golpeó como una daga de hielo—. ¿Cómo se llamaba…? ¿Osta?
Necesité cada fragmento de lógica de mi cerebro para impedirme escupir en sus botas pulidas justo en ese momento. Sentí cómo se me contraían las palmas.
Lo que debería haber sido miedo quedó reemplazado una vez más por ira, esa que no podía controlar, y la neblina familiar se apoderó de mi visión. Me eché hacia atrás hasta apoyar la espalda en la madera y oí cómo crujía al resistirse. Me presioné las sienes con las manos en un intento de calmar físicamente el poder que estaba intentando inundarme.
Había investigado. Todo el mundo que pertenecía a la Guardia era malvado a más no poder. Lo único que hacían era abusar de su poder, matar de manera indiscriminada y manipular para su propia diversión enfermiza. Se me aceleró el corazón.
Sus pasos se oyeron distantes mientras se alejaba.
—Solo quiero que me cuentes cómo fue las otras veces que ocurrió esto. Es simple —insistió.
—Fue la primavera pasada. Dentro de la botica. —Las palabras me salieron entrecortadas y me costaba respirar. La sensación de arrepentimiento familiar comenzó el descenso hacia mis entrañas mientras los recuerdos salían a la luz. Los había ocultado tanto en mi mente que liberarlos iba a ser duro.
—Sigue —me instó, apoyándose de nuevo en la mesa.
—Estaba en la parte delantera de la tienda, reponiendo las vitrinas de pociones. —Se me nubló la vista mientras revivía los sucesos—. Oí alboroto fuera. Me imaginé que solo eran algunos vendedores ambulantes peleándose por la zona. No obstante, los sonidos se oyeron cada vez más cerca, y pude escucharla, a Osta, gritar. —Me llevé la mano al pelo y la deslicé por él, atrapando unos cuantos nudos—. Estaba con un chico nuevo. Ni siquiera sé sobre qué estaban discutiendo, pero ella corrió hacia la tienda. Él se encabritó y parecía tener la intención de golpearla, y entonces lo perdí.
—¿Que perdiste qué? Explícame eso, por favor —repuso el general desde el otro lado de la sala.
—Perdí el control. Esta… ola me recorrió… Es complicado de explicar, pero… Fue como si una fuerza pura saliera a chorros de mí y forcejeara con él. —Cerré los ojos, recordando cómo su cuerpo se había elevado del suelo. Cómo había empezado a temblar de forma incontrolable y poco natural. Lo que había hecho… Aún me aterrorizaba. Se me formó un nudo en la garganta—. Al final, Osta tiró de mí y salí del trance. Él cayó desplomado. —Hice un gesto de dolor, recordando el sonido del golpe del cuerpo estrellándose contra el suelo que crujía de la tienda—. No estaba muerto. Solo inconsciente. Ma pudo curarlo. Supongo que fue una suerte que estuviéramos en la botica… —dije mientras se me iba apagando la voz.
La manera en la que Ma me había mirado aquel día…
Sentí cómo el corazón se me volvía a hacer añicos. Había mucho terror en sus ojos. Jamás me imaginé que podría mirarme de ese modo. Igual que lo hacían los demás.
Como si fuera un monstruo.
Ma sabía que había algo… peligroso dentro de mí. Osta y ella siempre lo habían sabido. Pero no creía que ninguna de nosotras se hubiera dado cuenta de su magnitud. A partir de entonces, dejé de avisarlas a las dos de cuándo sentía que venía… Cuándo sentía que tomaba el mando. Parpadeé, reteniendo las lágrimas que amenazaban con caer.
—Entonces ¿sobrevivió? —preguntó el general, sacándome de mi bucle de pensamientos.
Tras unos cuantos instantes, sentí cómo los labios podían moverse de nuevo.
—Pudieron revivirlo. Se quedó inconsciente durante un tiempo. Sin embargo, cuando se despertó, no pudo recordar nada.
Nos quedamos en silencio durante un rato largo. La habitación se había oscurecido. Incluso el aire parecía agobiante. Después de lo que se me antojaron siglos, el general se aclaró la garganta.
—Estaban al borde de la muerte cuando las encontramos. Es decir, les quedaban segundos de vida. Pensé que no había forma de que pudieran haber sobrevivido a tu ataque. El modo en el que se encontraban… Bueno, digamos que parecían indudablemente muertas. —Reprimió una sonrisa—. Mi alteracionista se pasó bastante tiempo quitándoles la sangre del pelo. No fue tarea fácil. En serio. Costó casi cada pizca del foco de nuestro sanador revivirlas, a las chicas, me refiero. —Se calló.
Me quedé paralizada.
—Dijo que era como si sus mentes hubieran sido aplastadas por algo… Una fuerza invisible que las había exprimido sin parar. —Empezó a pasearse mientras divagaba—. ¿Sabes? Me causaba mucha curiosidad la pérdida de memoria. Ellas tampoco se acordaban. De nada de nada… Era fascinante…, absolutamente fascinante. Nunca había visto algo así.
Bekha y Jordaan estaban vivas.
La noticia me golpeó como una ola.
«Están vivas».
Respiré hondo y sentí como si mi cuerpo se derritiera en el suelo. La tensión se evaporó al exhalar y dejar caer la cabeza entre las manos.
«Al borde de la muerte». Las palabras resonaron en mi mente. No «muertas».
Las chicas que me habían atormentado casi toda la vida y cuya muerte había deseado un sinfín de veces, sin que fuera yo la que cometiera el acto.
Sentada en silencio durante unos segundos de más, me permití adaptarme al alivio. Parecía extraño.
La risa del general se coló en mis pensamientos y me trajo de vuelta a la realidad.
—Y no te preocupes. Nadie tiene ni idea de lo que has hecho. Es nuestro pequeño secreto. Bueno, salvo mis sanadores. Ellos lo saben, claro, pero no dirán ni una palabra.
—¿Qué? ¿Por qué…? —tartamudeé, y la confusión estalló en medio de mi paz efímera.
Él volvía a tener una sonrisa burlona en el rostro, pero continuó con esa expresión aguda y calculadora en la mirada.
—¿Por qué harías eso? —repetí en un tono de voz más bajo. Sentí que el estómago me daba un vuelco.
Alguien como él solo ayudaba a personas como yo cuando quería algo a cambio.
—Me alegro de que preguntes. —Se llevó las manos a la espalda mientras se acercaba a mí—. Cuando vi lo que hiciste, de lo que eras capaz, me di cuenta de que eras diferente. Incluso especial. Un don como el tuyo no es algo con lo que me tope todos los días. Podría serme útil…
«¿Un don?».
«¿Este hombre no ha oído nada de lo que le he dicho?».
—Serle útil a la isla —prosiguió el general—. Yo presido una facción de nuestra Guardia entrenada en combates especiales. Me encantaría entrenarte para que uses tu foco como es debido. Y me gustaría que te unieras a la Guardia. A la facción Veneno. —Se volvió para mirarme, con los ojos refulgiendo con algo terrorífico.
¿En serio?
Se me escapó una risa casi en una oleada de desesperación. No pude evitarlo. Tenía que estar de broma. ¿Se le habría ido la pinza? Tal vez fuera lo más absurdo que había oído en mi vida.
¿Una Riftborne en la Guardia?
Nunca había oído hablar de un solo riftborne que hubiera intentado unirse. Y había una buena razón: no duraríamos ni una semana. Los prejuicios ya de por sí eran asfixiantes, y eso sin pensar en los «accidentes» que ocurrirían de forma inevitable durante nuestro entrenamiento.
La Guardia asesinaba a los riftborne, no los reclutaba.
—No le veo la gracia. Explícamela —dijo con un tono distinto en la voz.
Me detuve. Iba en serio.
Comencé a sacudir la cabeza mientras lo miraba confusa y con una especie de exasperación hastiada aún en las comisuras de los ojos.
—¿Para qué? ¿Para que todo tu pequeño pelotón acabe con los sesos exprimidos en cuanto yo pierda los nervios? —pregunté con la voz inconstante. ¿En qué mundo querría ser yo parte de la Guardia de Sídhe? Hasta donde sabía, su padre podría haber matado al mío. Aunque tampoco es que tuviera manera de averiguarlo. La Guardia fue muy meticulosa al quemar todos los registros de aquella época.
—Qué rápido te has olvidado del favor que he tenido la gracia de concederte. Cubrir tu intento de asesinato no ha sido tarea fácil. —Su voz contenía una arrogancia necesariamente innata—. Es tu decisión. —Se detuvo y se crujió los nudillos—. A ver… No puedo obligarte. Si prefieres enfrentarte a las consecuencias de tus acciones, entonces que así sea, por supuesto. ¿Una riftborne que ataca a dos jovencitas indefensas hijas de las élites de Sídhe? Ah, seguro que te ejecutan por tus crímenes. Sería una pena, claro. Un desperdicio de potencial. —Se encogió de hombros antes de proseguir—. Necesito tu respuesta antes de que acabe el fin de semana. Estoy convencido de que tomarás la decisión correcta, Fia. —Me guiñó un ojo y pasó andando tranquilo por delante de mí. Mientras yo me quedaba de pie allí, oyendo cómo se marchaba, supe lo que tenía que hacer.
Supe que tenía que huir.