aquel triste martes nadie del pueblo vio amanecer. Las nubes dominaban los cielos desde hacía semanas y por fin decidieron descargar su furia sobre el valle. La tormenta parecía el preludio del cambio estacional tras un verano demasiado seco, con un rugir que hacía retumbar los cristales. Dalia llegó a primera hora de la tarde dando volantazos con su escarabajo negro al aparcamiento del tanatorio. Ocupó dos plazas, tiró del freno de mano y corrió hacia las puertas. La noticia no le había permitido dormir y toda la rutina previa a salir de su casa se le hizo cuesta arriba, como si una fuerza invisible la atara a cada esquina. Se había recogido sus ondas pelirrojas de manera desordenada, empleando un par de pinzas pequeñas para sujetar toda su cabellera en algo parecido a un moño. No empleó tiempo en maquillarse. Escoger vestimenta le había tomado un poco más de tiempo del habitual.
La recepción estaba abarrotada de gente llorando a moco tendido. Ella entró cabizbaja, intentando no establecer ese contacto visual que la gente interpreta como una invitación a entablar conversación. Entre la muchedumbre se podía apreciar el afán del decorador por intentar hacer acogedora la estancia: butacas de terciopelo verde oscuro, mesita de café, cojines, libros y un jarrón de diseño con crisantemos frescos.
El maravilloso ambiente casi compensaba el hecho de que, justo en la planta inferior, estaban embalsamando cuerpos. En la pared del fondo, un expositor de urnas perfectamente alineadas y mármoles para lápidas recordaban a los asistentes qué era ese sitio.
Abrieron las puertas de la sala de ceremonias y todo el mundo se apresuró a entrar.
—Como si se fuese a mover la protagonista del evento —dijo Dalia entre dientes después de recibir codazos de familiares lejanos.
El recepcionista repartía estampas funerarias entre la marea de gente. Sin oración. Únicamente su foto, su nombre y «1954-2023». La tormenta golpeaba contra los ventanales como si también quisiera formar parte de tan penosa escena. Una familia medio rota, reunida bajo el mismo techo por un funeral que todavía no tenía que llegar. Ella había sido el pilar principal, la portadora del apellido que dio en herencia al resto de los descendientes; la matriarca. Los tres hijos de la difunta intentaban no cruzar miradas. Narciso sostenía en la mano derecha el móvil con el número de su abogado marcado, listo para iniciar la batalla por la herencia. Su quincuagésimo cumpleaños se acercaba, imponente, y ya dejaba rastro en el color de su pelo y las arrugas de su frente. La muerte de su madre no parecía más que un inconveniente burocrático. Había arrugado la estampita y se la había metido en el bolsillo del traje. Hortensia, que acababa de soplar cuarenta y cuatro velas hacía tan solo unas semanas, ocultaba bajo las gafas de sol el rostro desencajado; no era tristeza, sino un sentimiento más cercano a la rabia, que de momento solamente le cerraba los puños y le tensaba la mandíbula. Gardenia, siete años menor que Hortensia, seguía incrédula y cabizbaja. No estaba preparada para aquello. Nadie lo estaba.
Dalia se sentó en una de las últimas filas y buscó deliberadamente la mirada de su prima, que la ignoró girando la cabeza con gesto exagerado. Arrastraban desde hacía tiempo una disputa que Dalia no lograba entender, y, aunque ella era tres años menor, había sido quien más sensatez había intentado imponer frente a los problemas familiares. Un fragmento de la canción preferida de la difunta dio inicio al funeral, callando a la vez los murmullos y sollozos de los asistentes. El mayor de los hermanos apoyó el móvil sobre el atril para no perderlo de vista y ofreció una fría bienvenida a todas aquellas personas que habían compartido momentos especiales con Adelfa Nerón. Se fueron sucediendo infinitos parlamentos de familiares y amistades. Dalia no se enteró de nada. Entró en una especie de trance intentando no hacer caso a las voces del otro lado, que le molestaban cada vez que se acercaba a lugares así. Tenía la mirada perdida entre las cortinas azules a medio cerrar, contando las gotas que se resbalaban desde el tejado hasta el capó del coche fúnebre que asomaba por el lado derecho. Atenta al resplandor eléctrico que teñía las nubes oscuras, cada vez más próximo al sonido de horribles truenos.
—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho… —El turno de palabra pasaba de una persona a otra. La espera se hacía infinita y efímera a partes iguales; Dalia había perdido la noción del tiempo que llevaba ahí dentro escuchando sollozos—. Uno, dos, tres… —Contaba en voz baja los segundos entre la luz y el estruendo para conocer la distancia que la separaba de la tormenta y, sobre todo, si se alejaba o venía hacia ella—. Cinco, seis, sie…
El cielo bramó un poco antes que en el recuento anterior. Otro resplandor. Golpes más intensos de las gotas sobre el cristal. Volvió a contar.
No hacía estos cálculos por temor a las fuertes lluvias. De hecho, esperaba pacientemente a que llegasen días así para usar toda su fuerza, tal y como la abuela le había enseñado. Miró fijamente el reloj de su muñeca, intentando deducir cuánto tiempo más debía desperdiciar allí dentro. No quería perderse la tormenta. Empezó a configurar un plan. Se le había olvidado poner recipientes en el jardín de casa para recoger el agua, pero si la ceremonia terminaba en los siguientes minutos y sobrepasaba un poquito el límite de velocidad en la carretera… Aun así, no tenía nada preparado. No había podido dormir, pero el disgusto tampoco dejó que hiciese algo de provecho. Permitió que la mirada se le volviese a perder en el exterior. Otro coche fúnebre había aparcado al lado del que antes miraba. Descargaban un ataúd que parecía pesar poco.
Justo antes del discurso de cierre, una ráfaga de viento abrió los ventanales de par en par, sacudiendo las cortinas y sacando a Dalia de su estado meditativo. Los hijos de la difunta abandonaron sus asientos para ayudar al personal a cerrar los portones de madera y cristal. Al concluir la ceremonia, Hortensia se acercó a su hija.
—Pensaba que no estarías aquí.
—¿Cómo no iba a venir, mamá?
—Dalia, no me montes otro número, y menos hoy. Ya está siendo un día suficientemente dramático.
—Lo que tú digas —soltó a media voz, apartándole la mirada.
La sangre era el único vínculo que les quedaba, lo poco que mantenía a Dalia dentro de la familia. Conforme se acercaba su vigesimosegundo cumpleaños, menos reconocía a la gente que la había rodeado toda su vida. Apartó la mirada de la de su madre, recordando las noches de verano en el salón de la abuela, viendo telenovelas extranjeras tapada bajo la misma manta que su prima Azucena, pensando en lo exagerados que eran los capítulos, riéndose con ella.
«Ninguna familia real se comportaría así».
Todo el mundo quería acercarse al fondo de la habitación, a decir adiós o a no decir nada. Allí estaba la abuela. Mil flores cubrían el ataúd en el que la habían metido. Dalia dudó al acercarse a ella; no sabía si estaba preparada, pero quería despedirse. Se abrió paso hasta llegar a su lado. Tenía los ojos cerrados. Sin embargo, su rostro no reflejaba aquella calma que siempre había desprendido. Le habían puesto su vestido preferido y las joyas que le regaló abuelo Jacinto cuando se casaron.
—¡Ay, Adelfa! —lloraba a los pies del ataúd una de sus mejores amigas.
Se llevaba al otro lado detalles que le iban dejando entre las manos pálidas. Ramitas de romero, castañas bordes, cartas sentimentales y alguna fotografía. Sus pendientes de ópalo y oro relucían tras los mechones de su larguísima cabellera blanca. Dalia se fijó en su rostro, ya sin sonrisa. Las chicas del tanatorio habían hecho un gran trabajo. Sombra de ojos turquesa oscuro, pintalabios granate y un poco de lápiz de cejas. Casi como ella se maquillaba. Esperó a que se vaciase un poco la sala antes de intentar escupir las palabras que le apretaban la garganta desde la noche anterior.
—Abu —dijo en voz muy baja—, aún no te tenías que ir. ¿Qué ha pasado?
No era capaz de pronunciar más palabras. Saber que la pregunta no tendría respuesta inmediata le arañó las entrañas. Cerró los ojos y sostuvo la mano derecha sobre la cabeza de su abuela, aguzando el oído por si escuchaba su voz desde el otro lado.
Escuchaba mil voces, pero ninguna era la que buscaba.
Intentó disimular que sus rodillas cedían bajo el peso de la horrible pena; no iba a poder soportar el entierro. Decidió enfrentarse al arduo trayecto hacia su coche. Cruzó la recepción con paso ligero, evitando las conversaciones de cortesía, los pésames y a las señoras desconocidas que aseguraban haberle cambiado los pañales cuando era pequeña. Salió del edificio y corrió hacia su escarabajo. Cerró la puerta con tanta fuerza que sacudió todo el vehículo y, justo cuando bajó la mirada buscando dónde encajar el cinturón, alguien intentó abrir la puerta bloqueada del copiloto. Bajó la ventanilla; era tía Loto.
—¡Qué susto me has dado!
—Hola, Dalia, cariño.
—Hola, tía. —Inspiró profundamente, intentando recuperar el aliento.
—¿Qué, carinyet?
—He salido a que me dé el aire. La gente está especialmente pesada después de un funeral. —Desbloqueó la puerta, apartó los trastos que ocupaban el espacio del copiloto y dio un par de golpecitos sobre el asiento a modo de invitación.
—A mí tampoco me apetecía estar ahí —dijo mientras se acomodaba—. ¿Ha pasado algo?
Loto no le ofreció ningún abrazo encajado entre los asientos. Sabía que lo del contacto físico no iba demasiado con su sobrina.
—Nada importante. Solo necesito calmarme un poco.
—Sabes que se te nota en la cara cuando dices mentiras.
—No te preocupes, tía Loto, de verdad.
—¿Me vas a hacer el favor de contármelo o tengo que sacar las cartas? —Arqueó la ceja izquierda esperando una respuesta—. O me lo cuentas tú o me lo dicen ellas.
—Los muertos. No podía parar de escucharlos. Es como si hoy hubiese venido con una parabólica puesta —miró a través de la luna trasera hacia la entrada del tanatorio— y, aun así, no he oído la voz de la abuela.
—Sintonizar con Difunto FM nunca es algo agradable, pero no es motivo para que estés así.
Dalia se dio un pequeño cabezazo contra el cristal de su ventanilla, frustrada porque alguien que no compartía sangre con ella la conociese tan bien.
—No te va a gustar. Tu marido…
—¿Qué ha hecho ya? —preguntó con un tono más de madre que de esposa.
—No soltaba el teléfono. No tenía buena pinta. Tía Gardenia no dejaba de mirarlo de reojo, como pidiéndole que parase lo que fuera que estuviese intentando hacer.
—Narciso lleva desde anoche así. Mi suegra… Tu abuela se fue sin firmar unos papeles. —El gesto de confusión de Dalia demandaba más respuestas—. Hay una parte de propiedades y bienes que, ahora mismo, no están a nombre de nadie.
—¿Qué?
—Esta mañana lo he visto en su oficina. Ya tiene una lista con varios compradores que no pagarán ni la mitad de lo que valen las casas de tu abuela.
—¿Eso es lo que le preocupa ahora?
—Parece que tiene mucha prisa por quitárselas de encima.
—Todavía no sé cómo se lidia con la muerte de una madre, pero estoy bastante convencida de que así no es. —Apretó el volante entre las manos como si fuese el culpable de la situación—. Y vuestra hija…
—¿Azucena?
—Me ha apartado la mirada. Que no espero que seamos amigas íntimas, pero devolverme el saludo no hubiese estado de más.
—Hace tiempo que no habláis. Las dos habéis estado ocupadas. —Dalia resopló—. Si te sirve de consuelo, tu prima casi no sale de su habitación y no cruzamos palabra.
—Bueno, no sé. No sé qué decir.
—Dale tiempo. Creo que esto de la muerte de vuestra abuela le ha afectado más de lo que parece.
Ambas se quedaron en silencio durante varios minutos, dejando que su mirada se perdiese en la luna delantera. Narciso y su mala manera de hacer las cosas se habían convertido en un tema recurrente e insoportable, y su hija parecía estar absorbiéndolo todo. Ambas sabían que el mayor de los problemas era el que todavía no habían mencionado: que ese funeral no debía estar teniendo lugar. Ninguna de las dos quería continuar esa conversación.
Tras el momento de reflexión, Loto volvió a sí misma. La lluvia impedía ver algo más que siluetas y los limpiaparabrisas estaban al borde del colapso.
—Bueno, Dalia, ¿cuál es el plan?
—¿Qué?
—¿Qué hacemos?
—Todavía queda el entierro.
—¿Quieres quedarte? —Loto la miró con los ojos entrecerrados y arqueando la ceja otra vez.
—No me apetece nada seguir aquí.
—Arranca.
—Con esta lluvia no vamos a llegar muy lejos. Casi no veo el semáforo de la esquina.
—Tú sal del pueblo. Vamos a cenar algo.
Loto bajó la ventanilla y sacó la cabeza mirando a su sobrina a los ojos. Sacudió la melena rubia y la mojó por completo. Todavía con el pelo fuera del coche, empezó a recogerlo en una trenza bien tensa y prieta mientras recitaba entre dientes uno de esos encantamientos que no compartía con nadie. Dalia puso los dedos sobre el freno de mano, lista para arrancar. Tras atar la tormenta en su cabello, Loto asintió con la cabeza. Dejaban el pueblo atrás cuando la lluvia pasó de ser torrencial a pequeñas gotas que formaban solamente una neblina. La distancia que las separaba de aquel lugar crecía y, con ella, la calma.
los días posteriores al funeral de Adelfa fueron pasados por agua. Una borrasca de agua fría y vientos fuertes se había posado sobre el valle. Sus nubes oscuras hacían difícil distinguir el día de la noche sin ayuda de un reloj, y su energía no terminaba de encajar en ningún trabajo mágico. Llevaba días sin pisar su tienda esotérica. Poco después del funeral decidió cerrar La Cripta durante unas semanas para recomponerse y descansar, pero cancelar las citas para rituales y lecturas de tarot había sido una tarea verdaderamente extenuante. Ser la bruja de referencia en la zona no era nada fácil.
Dalia se despertó por inercia unos minutos antes del mediodía y se deslizó de la cama hasta un lado del ventanal. Apartó un poco la cortina sin llegar a abrirla. Había alguien en la casa de al lado. Entrecerró los ojos en un intento fallido de enfocar la mirada sin ponerse las gafas.
—¿Dónde las he dejado? —murmuró entre dientes algo enfadada.
Repasó detenidamente todas las superficies de su habitación sin éxito antes de dirigir la búsqueda hacia la planta inferior. El salón estaba algo desordenado, con libros abiertos que cubrían la mesa por completo y tazas de café que deberían estar a remojo en el fregadero. Si agradecía una cosa de vivir sola era la calma de desordenar tanto como sus investigaciones requiriesen. Algo le decía que la muerte prematura de su abuela no había sido fortuita, a pesar de que se determinase que falleció por causas naturales, y estaba decidida a probarlo.
—A ver, Dalia, piensa —se dijo a sí misma—. ¿Cuál fue el último libro que consultaste ayer?
Levantaba cada uno de los ejemplares lo suficiente como para comprobar si las gafas estaban ahí. En la mesa había de todo menos eso.
—¿Me las quité en el sofá? —se cuestionó mientras apuñalaba los huecos entre cojines con las manos—. ¡Aquí! Joder, Dalia.
Pudiendo ver algo más que borrones, cruzó la puerta hacia la cocina. Al mismo tiempo que llenaba la cafetera con agua caliente y una mezcla molida de aroma acaramelado, echó otro vistazo a la casa de al lado. Ahora sí, podía ver que alguien había colgado cortinas nuevas. Tras ellas se vislumbraba una silueta que no reconocía.
Cuando el café estuvo listo, se sirvió un poco con una cucharadita de miel y subió al ático. El ventanuco del último piso tenía las mejores vistas de la casa de al lado, y bajo él estaba su altar.
—¿Quién se ha mudado ahí?
Encendió los velones y prendió un atadillo de artemisa sobre un platito de arcilla. Había dejado de hablar consigo misma. Las llamas daban saltitos y se ondulaban. El humo del atadillo dibujaba espirales en el aire.
—Queridas antepasadas —agachó la cabeza frente a su altar—, ¿quién es? —Tomó su mazo de tarot y lo lanzó al suelo. Eligió una carta al azar. El Mago—. Entonces no tengo de qué preocuparme. Nadie peligroso.
No quiso sobreinterpretar el arcano. Su única intención era saber si aquella persona era de bien.
Acercó la cara al cristal de la ventana. Desde allí pudo ver cajas apiladas frente a la valla delantera. Un deportivo azul algo viejo estaba aparcado en el vado de la casa. Tenía los cristales tintados y no podía distinguir qué había dentro, pero las ruedas traseras estaban a punto de tocar la carrocería; ese coche estaba cargado de cosas.
Una mudanza. Dalia tenía un vecino nuevo.
Dejó media taza del café a modo de ofrenda en el centro del altar y se despidió de sus ancestras. Cuando estaba recogiendo el resto de las cartas, una de ellas salió disparada de la baraja. El Cuatro de Espadas; un caballero descansando sobre una tumba.
—Sí, ya sé que desaparecí antes del entierro —dijo mirando a todas partes—, pero no sé si debería ir al cementerio tan temprano.
—Sí —pronunció una voz al otro lado.
Dalia resopló y obedeció al espectro de una de sus bisabuelas. Estar muertas no les había quitado el hábito de ejercer de madres, y aprovechaban cada sesión de comunicación para echarle un sermón a Dalia.
Bajó al primer piso para vestirse. Mientras buscaba una blusa sencilla, sonó el teléfono.
—¿Diga?
—¿Dalia? Soy Úrsula.
—¡Úrsula! No había reconocido el número.
—Me lo he tenido que cambiar. En algún concierto perdí mi móvil. ¿Cómo estás? ¿Cómo llevas todo?
—Si por todo te refieres a lo de mi abuela…
—¿Ha pasado algo? —preguntó Úrsula, como si no notase el malestar de su amiga al otro lado de la línea.
—Llevo varios días ocupada, leyendo. Bueno, mejor dicho, investigando.
—¿Ahora vas a añadir «detective» a tu currículum? —Forzó una risa final intentando aliviar la pesadez de la situación.
—Creo que alguien ha matado a mi abuela.
Úrsula pareció guardar silencio al otro lado de la línea durante una fracción de segundo, seguramente analizando si aquello era una de sus bromas y sería correcto responder con medio minuto de risas.
Pronto concluyó que no. Su amiga hablaba en serio.
—¿Qué? Dalia, ¿estás durmiendo bien?
—La verdad es que no. —Se sentó en el suelo y se abrazó las piernas—. Me acuesto tarde porque no paro de buscarle una explicación lógica a su muerte, pero no la tiene.
—¿No le hicieron autopsia? Tendrían que haber encontrado indicios de si alguien la mató.
—Que no ha sido un asesinato asesinato. —Enfatizó la última palabra mientras se presionaba la sien derecha—. El médico lo declaró muerte natural, pero no me lo creo. Alguien le ha hecho algo.
—¿Seguro que no le tocaba irse? Ya casi tenía setenta años. Son seis más que cuando murió mi abuelo.
—Que no, que no. Que setenta años no son nada. Que ella estaba fantástica. Que aquí hay cosas que no me encajan.
—Querida amiga, por tu bien y por el mío, que tengo que aguantarte cada vez que entras en bucle y haces algo raro, sal de casa y toca césped. —Dalia suspiró como si le diese la razón—. Pasea, tómate una infusión en algún lugar que no sea tu casa, llévate algún libro que no hable de brujas y desconecta un poquito. —El tono desenfadado de Úrsula se había teñido de preocupación.
—Tranquila. Hoy tengo planes que implican abandonar mi humilde morada.
—¿Seguro? —Hubo una pausa corta al otro lado del teléfono—. Dalia, si no te encuentras bien, dímelo. Puedo volver un poco antes, aunque no estuviese previsto. La mitad de las reuniones las puedo hacer por videollamada.
—Úrsula, cálmate. Literalmente me estoy poniendo los zapatos.
—¡Por fin pisarás la calle! —dijo con tono sarcástico—. ¿Adónde vas? ¿Has quedado con alguien?
—Voy al cementerio. No encuentro respuestas en los libros.
—Serás deprimente. —Soltó una carcajada ensordecedora—. El viernes que viene, cuando vuelva de Madrid, iré a verte y a asegurarme de que no estás como un cencerro. —Sabía que su humor forzado había dibujado una sonrisa en la cara de su amiga.
—Te esperaré con café preparado.
—¡Cuidadito con los muertos! —Dalia podía sentir cómo su amiga había levantado el dedo índice al otro lado del teléfono.
—Que sííí. Hablamos.
El estruendo de un taladro agujereando cualquiera de las paredes de la casa de al lado le recordó que había un nuevo habitante en el pueblo.
—¡Ay! Úrsula, por cierto, ¿sabes si alguien ha comprad…?
Su amiga colgó la llamada antes de que Dalia pudiese formular su pregunta. Se encogió de hombros. Ya descubriría quién vivía allí. En algún momento saldría de detrás de las cortinas.
Las casas de su calle pertenecían a los ancianos del pueblo. Su abuela cambió los papeles de la casa a nombre de Dalia —a escondidas de toda la familia— cuando se mudó a una masía de la reserva natural. De alguna manera, aquella fue la forma de proteger a su nieta y de sacarla de casa de su madre. Era un lugar hostil donde cada vez se le hacía más difícil existir.
La casa vecina era propiedad de otra de las familias del valle, anteriormente habitada por el señor Hilari, abuelo de Úrsula, que había muerto un par de años atrás mientras podaba los rosales de su jardín trasero. Desde entonces la vivienda recibía visitas esporádicas de sus dos hijos mayores para arrancar las malas hierbas y reparar los desperfectos que causaba el paso del tiempo en una propiedad inhabitada. Dalia no sabía que estaba a la venta. De hecho, nadie del pueblo se había enterado.
Cogió el ramo de flores que tenía en el jarrón de la entrada y subió al coche. La llovizna matutina se había convertido en diluvio y las gotas parecían quererle romper la luna delantera. Consiguió aparcar al lado de la puerta. Metió la mano en el bolsillo, buscando la cartera, y sacó tres monedas, que dejó a los pies de la entrada del cementerio.
—Vengo a ver a Adelfa y Jacinto —dijo en voz baja.
No había nadie ahí para dar respuesta, al menos no de cuerpo presente, pero ella sabía lo que hacía. La lápida de sus abuelos era de las pocas sin una cruz coronando el mármol. El nombre de Jacinto llevaba veinticinco años inscrito en la parte superior, dejando suficiente espacio para que alguien grabase el de su esposa cuando llegara el momento. Ya estaban reunidos.
Las coronas del funeral todavía seguían frescas. Dalia puso su ramo junto al resto de los arreglos florales.
—Hola, abuelo —vocalizó con la mirada perdida entre las coronas y los atadillos—, sé que llevo tiempo sin venir a visitarte. He tenido un verano caótico y esta semana pasada ya ha sido la traca final. Anoche hice este ramo con flores de mi jardín. He traído las cartas por si queréis hablar.
Sacó el mazo de tarot del bolso y extendió el pañuelo con el que lo envolvía sobre la tierra —todavía revuelta— de la tumba de sus abuelos. Se arrodilló justo delante, mirando la lápida. Al partir la baraja para empezar a mezclar las cartas, la Torre salió disparada hacia la cara de Dalia.
—No me deis estos sustos, que no he hecho ninguna pregunta todavía.
Siguió barajando como de costumbre. Cerró los ojos y vio a Jacinto y Adelfa justo delante.
—¿Cómo ha muerto la abuela?
Sus manos dejaron de mezclar y sacó una carta. La Muerte.
—Ya sé que ha muerto. La he visto muerta.
El viento se levantó, azotándole el pelo ondulado contra los ojos cerrados. Pudo ver cómo su abuelo sacudía la cabeza. Ella frunció el ceño. No entendía nada. Sacó otra carta: el Rey de Copas invertido.
—¿La Muerte es alguien?
Justo después, la visión que tenía de sus abuelos se nubló. Abrió los ojos. Intentó seguir preguntando, pero las respuestas ya no tenían ningún sentido. Diez de Oros, el Juicio, la Muerte. Una y otra vez variaciones del mismo mensaje. Familia, fin, ¿más allá? ¿Resurrección? No entendía nada.
Tras darse por vencida, sacó un botecito de cristal del bolso y recogió una pizca de la tierra que cubría la tumba. Se levantó apoyando las manos sobre la lápida y guardó la tierra. Dio un paseo por el camposanto. Llevaba manzanas, granadas, castañas y una botella medio vacía de moscatel. Se sentó bajo el sauce llorón del centro del cementerio.
—Os he traído cosas —dijo mientras cortaba las frutas por la mitad y las dejaba entre las raíces del árbol—. Ahora está también mi abuela. Espero que encuentre paz aquí.
Terminó de repartir las castañas y rellenó con moscatel una copa de plata que había dejado ahí la última vez que fue.
Nunca había percibido el otro lado como algo oscuro, ni comunicarse con difuntos se le hacía macabro. Tampoco podía hablar del tema de manera natural con cualquiera, pero comprendía aquello como una parte más de su experiencia en este mundo. Si algo le había enseñado la abuela era que mantener una relación cordial con los espíritus del entorno es crucial para una bruja. Tras haberse desvinculado casi por completo de su familia, Dalia se sentía más cerca de los que ya no estaban.
—No sé qué ha pasado —ella oía a los espíritus, pero ellos también a Dalia— y no sé si voy a poder resolverlo.
Volvió al coche, no sin antes despedirse de todos los allí (no) presentes. Sus pies chapoteaban dentro de las botas granates que había escogido. Hasta entonces no había prestado atención a la lluvia, que la había empapado por completo. Se sentó tiritando y encendió la calefacción. Cuando se le secaron las manos y las suelas de los zapatos dejaron de resbalar contra los pedales, emprendió el camino de vuelta hacia su casa.
El deportivo azul seguía ahí aparcado, aparentemente descargado. Ya no había cajas a la vista y las luces estaban encendidas dentro de la casa vecina.
la vida en casa del señor Narciso pasaba como si no acabasen de enterrar a la matriarca de la familia. Los negocios del cabeza de familia eran, todavía, su prioridad. Se encerraba días enteros en su despacho. En la mesa se seguía hablando de negocios, en los ratos libres se disfrutaba de batidos algo caros en cafeterías modernas, y la única que derramaba lágrimas por la difunta era Loto. El ambiente en aquella casa no acompañaba su duelo.
—Qué desgracia de mañana —dijo la mujer para sí, sin esperar respuesta de nadie—. Al menos, con esta lluvia me libro de regar las plantas.
Cruzó el umbral de la puerta trasera sin prisa alguna, con la resignación de quien entiende que el día no le pertenece del todo. Atravesó el porche trasero para coger dos ramitas de romero fresco y, de paso, arrancar cuatro hierbajos que habían crecido de más a los pies del pozo. No se molestó en calzarse. Durante los pocos minutos con la tierra bajo sus pies y el agua humedeciéndole el pelo, sintió que todo estaba bien. Cerró los ojos, se recostó sobre la tierra y dejó que las gotas se llevasen el cansancio de tantas noches sin dormir. Toda la vegetación del jardín estaba cubierta por una capa perlada de humedad. Tras un breve momento de meditación, abrió los ojos y estiró las piernas, volviéndose a situar en este plano, en el mundo terrenal. Siguió el camino de piedras hacia la casa y entró en la cocina.
Había decidido, sin darle muchas vueltas, tomarse un par de semanas libres. Restaurar coches era un oficio honesto, pero nada que no pudiese esperar. Sentía que otros asuntos iban a requerir su atención. La sensación era de estar en el borde mismo de algo, con los pies rozando el filo de un acantilado. Preparó café y añadió una cucharada de miel oscura, y puso a tostar una rebanada de pan casero con aceite y romero.
Acababa de sentarse a desayunar a la mesita de hierro forjado bajo el porche cuando su hija asomó la cabeza hacia el exterior por la ventana del salón.
—Mamá, necesito que me lleves a la ciudad dentro de un rato —dijo Azucena.
—¿Ahora sí hablas?
—Si quieres te sigo ignorando y se lo pido a papá. Tengo que ir a comprar telas.
—Azucena Nerón —levantó la ceja izquierda con gesto inquisitivo—, cuidado con ese tono.
—¿Me llevas o no? —Apoyó los puños cerrados sobre sus caderas ladeadas.
—No molestes a tu padre. Dame un momento para terminarme el desayuno y nos vamos.
Azucena giró la cabeza y se fue dando pisotones por el interior de la casa, decidida a hacerse notar de camino a su habitación. Subiendo las escaleras, miró a través de los ventanales de la entrada. La niebla y la lluvia mantenían a toda la gente del pueblo en sus casas, y el valle entero parecía desierto. Murmuraba posibles combinaciones de ropa y accesorios mientras atravesaba el pasillo. ¿Un vestido fluido con un cinturón de conchas? ¿Bolso grande o pequeño? ¿Debía recogerse el pelo?
Su habitación era el caos perfecto. Había convertido la mitad de su gigantesco cuarto en un taller de costura, donde se atrincheraba cada tarde. Un corpiño a medio coser, hilvanado y prendido con alfileres al maniquí de la esquina; una estantería llena de telas, retales y ropa pendiente de remiendos; su última creación todavía bajo el prensatelas de la máquina… Rebuscó entre la ropa que se había apilado sobre su galán de noche una prenda capaz de deslumbrar a alguien.
—¡Mierda! —Se sobresaltó al tirar un botecito con cuentas de cristal de un codazo.
Eligió un top recién confeccionado de encaje con grandes lazos blancos a modo de tirantes. Antes de abrocharse una falda larga de satén color verde bosque, se perfumó las caderas con una bruma corporal dulce. Se recogió las ondas doradas con una horquilla grande de madera y se difuminó algo de sombra oscura y brillante sobre los párpados sin demasiado esfuerzo. Máscara de pestañas, pendientes dorados cómicamente grandes y un bolso malva de crochet que había tardado varias noches en tejer. Solamente le quedaba escoger brazaletes.
En la planta inferior, el último sorbo de café de Loto lo interrumpió un grito de su marido.
—¡Loto! —llamó a su esposa desde el despacho.
Narciso no podía verlo, pero los ojos de su mujer habían dado un giro de 360 grados dentro de sus cuencas.
—¡Narciso! —respondió de manera irónica, intentando desfogarse al levantar de más el tono de voz.
—¿Dónde está mi agenda?
—Donde tú la hayas dejado.
—¡Estaba aquí encima antes de que limpiases el escritorio!
—Pues ahí seguirá. Yo levanto cosas, paso el trapo y dejo todo en su sitio.
No se molestó en ir a ayudar a su marido. Años atrás lo hubiese hecho, pero el orgullo la anclaba a esa silla y la obligaba a terminarse el desayuno con calma, a no desviar sus planes ni un milímetro para complacerlo.
Tras dejar la taza en el fregadero, Loto se puso los zapatos y abrió la puerta hacia el garaje. Se subió al coche. Azucena, alertada por el chirrido de la puerta de que su madre salía de casa, corrió escaleras abajo con el bolso medio abierto y el neceser de maquillaje entre las manos.
—¿Voy bien así? —dijo mientras se sentaba en el asiento del copiloto.
—Está diluviando.
—Diría que las tiendas de la ciudad siguen teniendo techo.
—Va, cierra la puerta. Como te vea tu padre con el ombligo fuera…
—Tengo veinticuatro años —vocalizó de forma burlesca—. Es mi deber lucir todo esto antes de que la gravedad haga su efecto. —Su madre le lanzó una mirada capaz de atravesarle el cráneo, y ella corrigió el tono de inmediato—. Llevo un suéter fino en el bolso para cuando volvamos.
El trayecto hasta la ciudad no era una gran travesía. Bajaban la ladera de la montaña por la carretera principal, que no contaba con más de un carril por sentido, y cruzaban el punto más bajo del valle por uno de los varios puentes que conectaban los dos márgenes del río. En la orilla contraria estaba la ciudad. Esos seis minutos en coche se traducían en paseos de algo más de un cuarto de hora, que a Azucena le encantaba dar sola.
Se tomaba la bajada bordeando la carretera como su pasarela personal, e intentaba lucir sus mejores galas en un intento de prendar a alguien. Los días de lluvia, el puente era resbaladizo, y el paso bajo las vías del tren se encharcaba; un terreno incompatible con sus zapatos de diseño. Entonces, sacrificaba su paz mental e intercambiaba cuatro palabras con sus familiares para que le hiciesen de taxi.
Loto dejó a Azucena delante de la tienda de telas y tapizados, y aprovechó el viaje en coche para dar un paseo por el centro. El casco histórico estaba conformado por cuatro calles, que llevaban a la plaza del antiguo ayuntamiento. Pese a que el encanto se perdía en cuanto caminabas más allá de la rambla, hacer un par de recados por las calles peatonales y sentarse a tomar un café en cualquiera de las cafeterías del centro la hacía sentir en paz.
Pasó por su pastelería preferida, justo al lado del parque, y compró dos dulces pequeños a granel antes de dirigirse al horno-cafetería del otro lado de la calle. Las enormes cristaleras sustituían las paredes del establecimiento, y en días tan húmedos se empañaban un poco en la parte superior. El interior era tremendamente moderno; las sillas de colores estaban sacadas de Pinterest y todas las bebidas del menú llegaban a la mesa listas para hacerles fotos.
—¡Hola! Un café con leche y una tostada con tomate y aceite, por favor —dijo a la camarera antes de que tuviese tiempo de traerle la carta.
Tras casi una hora de paseo se le había vuelto a abrir el estómago. Tal vez fue el ejercicio físico, o tal vez esa hambre de media mañana era fruto de la ansiedad provocada por una hija que cada vez era menos joven y no tenía la vida encaminada, y por un marido que últimamente se comportaba como otro niño al que criar… Quién lo sabía.
A aquellas horas el café estaba lleno de señoras diez o veinte años mayores que ella, que hablaban de sus nietos, de patchwork o de las pastillas que les había recetado el médico. Seguramente no hubiesen diseñado aquel espacio con personas de la tercera edad en mente, pero los sillones eran tremendamente cómodos, y el chocolate caliente con avellanas y nata montada parecía ser la mejor de las meriendas para aquellas ancianas.
Pronto llegaron el café y las tostadas a la mesa. Loto volvió a sí misma después de un rato perdiéndose en conversaciones ajenas, y aprovechó que el café estaba demasiado caliente para enviarle un par de mensajes a su hija.
Azucena, estoy en El Horno.
Ven al terminar o llámame.
TQ
En su bolso de piel de segunda mano guardaba algunos minerales, especias multiusos y su baraja de tarot preferida. Evitaba sacarla en público, pero siempre la llevaba encima por si las moscas. Tomó una ramita de canela disimuladamente y la usó para remover el café en lugar de la cucharilla. Con el aceite dibujó runas sobre las tostadas, para proteger y dar energía, que era lo que más le hacía falta.
Se acomodó en aquella butaca de terciopelo rosa pastel y empezó a comer. Desde el día del funeral había intentado estar al tanto de los pasos de su marido respecto a la herencia, pero sin generar sospecha. No soportaba estar cerca de alguien tan enfadado y con tan pocas ganas de solucionar lo que le molestaba. También pensaba en la conversación con su sobrina. Tenía muchísima facilidad para escuchar a personas difuntas, y siempre había mantenido muy buena relación con Adelfa. Era extraño que no le hablase desde el otro lado.
Los doscientos pensamientos en su cabeza no paraban de mezclarse y, tal vez, tomarse una bebida con cafeína no le estaba ayudando nada. Un montón de bolsas de papel llenas de telas y ornamentos cayeron sobre la butaca opuesta y la sacaron de su abstracción.
—Ya estoy.
—¡Azucena! ¡Qué susto!
—Te he llamado, pero no lo has cogido, así que he venido por debajo de los balcones.
—¿Te has mojado mucho? —Pellizcó el dobladillo de la falda de su hija para comprobarlo por sí misma.
—No, por suerte llevaba un invento en el bolso llamado paraguas —dijo con tono sarcástico.
—¿Quieres algo?
—Una manzanilla. Necesito algo caliente.
Mientras su madre llamaba la atención de la camarera y pedía la infusión, Azucena empezó a sacar de las bolsas sus mejores hallazgos en la tienda de telas.
Metros de brocado azul y dorado, flecos de colores, cintas de pedrería, tela vaquera con brillantitos incrustados, chifón de color azul y encaje a juego, terciopelo oscuro de estampado floral… Con cada elemento había una idea tremendamente clara. El terciopelo era para una falda de corte godet perfecta para entretiempo; la tela vaquera, para probar un patrón sesentero de vestido mini; el chifón y el encaje, para un set de lencería con una de esas batas largas superdramáticas. Se le encendía una chispa especial en la mirada y la voz le cambiaba de tono cuando hablaba de sus proyectos de costura. Tenía muy buenas ideas y muchísimo gusto para ejecutarlas. Su madre intentaba escuchar atenta, pero solía perderse en cuanto Azucena empezaba a utilizar tecnicismos costuriles.
—A esta falda le pondré un galón de pasamanería en los bajos, del color de las hojas del estampado, que creo que va a quedar precioso y le dará un toque especial.
—Es una tela preciosa.
—Sí, he tenido que coger unos metros extra de casi todas porque quiero hacer pruebas con patrones nuevos, que no sé si los tendré que cortar al bies, y hay algunos tejidos que siempre me dan sustos durante el deslustre.
—Bueno, ¿había alguna oferta? Si tuviesen tarjeta de membresía, tú seguro que serías una clienta preferente.
—La señora últimamente me redondea los precios hacia abajo, pero además algunos modelos estaban a mitad de precio por liquidación de final de temporada.
Llegó la manzanilla cuando la joven había devuelto todas sus compras a su respectiva bolsa. Decidió empezar a tomarla con la cucharilla, soplando un poco, porque se moría de ganas por llegar a casa y ponerse a coser. Su madre comía con calma y miraba por la ventana perdida en sus pensamientos.
La lluvia en ese momento iba acompañada de fuertes rachas de viento, que impulsaban cada gota contra los cristales que delimitaban la cafetería. Loto giró la cabeza en dirección al ventanal más cercano, sorprendida por los golpes casi rítmicos desde el exterior. El agua se deslizaba formando una cortina que impedía ver más que siluetas a través de ella. Madre e hija, sin llegar a intercambiar palabras al respecto, decidieron quedarse unos momentos más esperando que amainase la tormenta.
—No vas a hacer lo del pelo, ¿eh? —dijo Azucena.
—Es una gran tormenta y hoy me duele la cabeza. Como ate esto para salir de aquí, voy a estar encamada el resto del día.
Su hija le ofreció media sonrisa comprensiva y se acomodó en su butaca para buscar patrones en internet. Loto llamó a la camarera levantando un poco la mano de la mesa y, en vista de que la espera iba para largo, pidió el mismo chocolate caliente que las señoras. Cuando la joven se apartó, ella distinguió una silueta tras la cascada de agua al otro lado del ventanal. Parecía un pájaro oscuro, batiendo las alas lo suficiente como para mantenerse en el mismo punto; estático, a pocos centímetros del cristal, como si intentase mirar hacia dentro. En el momento en que entrecerró los ojos para vislumbrar qué era y qué hacía esa criatura, el pájaro echó a volar, desapareciendo de su campo de visión.
Loto frunció el ceño con gesto de extrañeza y trató de reproducir la escena en su mente. La sombra, las alas, una mirada que le había puesto los pelos de punta… Balanceó la butaca sobre las patas traseras para tener mejor ángulo y poder observar el exterior.
—¿Mamá? ¿Qué haces? —Levantó la cabeza y alargó el brazo alrededor de la mesa para evitar un desliz del asiento de su madre.
—Nada… —respondió, mirando aún el ventanal—. Me ha parecido ver algo.
—¿Qué vas a ver con toda esta lluvia? —dijo Azucena con tono gracioso, devolviendo la vista al móvil.
—Un pájaro. No sé, parecía que miraba hacia aquí.
—Aquí solo hay palomas, y dudo que hayan salido mientras cae el diluvio universal.
—No, una paloma no. Era un ave de pluma más oscura, y no volaba como un pájaro.
Azucena alzó la vista con gesto de interés y miró hacia fuera.
—¿Un cuervo, entonces?
Loto no ofreció respuesta inmediata y su hija volvió a ensimismarse en su búsqueda del patrón perfecto. Algo de la aparición fugaz le había revuelto el estómago. Su intuición le decía que aquello no había sido un hecho casual. Tenía un nudo en la garganta, signo que siempre precedía un evento catastrófico. Se frotó los lagrimales con el meñique y miró por última vez a través del cristal, pero el ventanal solo ofrecía el reflejo borroso del interior del café, y la lluvia implacable parecía que nunca daría una tregua.
—¿Tú crees en los presagios? —preguntó Loto de pronto, bajando el tono de voz como si alguien estuviese escuchando.
—¿Qué clase de pregunta es esa? —rio Azucena.
—No sé… He tenido un mal presentimiento.
Su hija respondió con mirada seria y el gesto firme que usaba para arrancar de raíz las fantasías de su madre.
—Será el dolor de cabeza. Cuando te da fuerte, siempre ves cosas raras. ¿Te has traído las pastillas?
Por un momento parecía que los roles de cuidadora y cuidada se hubiesen invertido. Llegó el chocolate caliente y Loto rodeó la taza con ambas manos, necesitada de un poco de calidez para deshacerse del escalofrío que todavía le recorría el cuerpo. No quedó muy convencida con la resolución racional de su hija, pero quería creer en esas palabras. Quería creer que había sido producto de su imaginación, de una migraña intensa, y no que había visto… algo más.
Asintió despacio, sacó el monedero del bolso en busca de un analgésico y lo tomó con un sorbo de chocolate. En ese preciso instante un pensamiento fugaz le terminó de helar la sangre: ¿y si ese ser trataba de encontrar a alguien?