SURCABA EL MAR HACIA ALTO TEMPLO EL CORSARIO ATARDECER
CON SU BOTÍN DE GUERRA DE INFRAMAR, Y SIN PROMESAS DE VOLVER.
—¡BARCO A LA VISTA! —GRITARON DESDE LA COFA—.
¡NOS PERSIGUE UN NAVÍO RHI’AHR QUE TRAE LA GUERRA
A NUESTRA POPA!
—NO TEMÁIS, MIS MUCHACHOS —EL CAPITÁN LES JURÓ—.
¡PORQUE ESTE BARCO NUESTRO DERRIBARÁ
LA GRAN BARRERA DEL TERROR!
—JAMÁS SE HIZO UNA GESTA TAL —LE DIJE, PERO ÉL NO CLAUDICÓ.
—NOSOTROS LO LOGRAREMOS, ¡EL AMANECER, TÚ Y YO!
TERROR QUE ENGULLE LOS CIELOS, LOS NAVÍOS Y LA GRAN BARRERA:
LOS HOMBRES BUENOS DERRIBAN LO QUE LA MAXIA ELEVA.
EL ACORAZADO ES RÁPIDO, MAS NOSOTROS AÚN MÁS LO SEREMOS
PUES NUESTRAS VELAS RETUMBAN, VENGA
DE DONDE VENGA EL VIENTO
Y NUESTRA GOLETA SE ADENTRA EN LAS TROMBAS
Y SUS MARES AGITADOS
Y EL ACORAZADO LA SIGUE, BAJO TRUENOS Y CIELOS DESGARRADOS.
Dos semanas y dos más, BAJO DOS ARDIENTES ASTROS
EL AMANECER NO SE RINDE, MAS SÍ SUFRE, EXHAUSTO
Y A LOS DOS SOLES REZAMOS, A ASCUA EL PÁLIDO Y FORJA EL VIVO
Y TAMBIÉN A LAS TRES LUNAS, LáR, LÍRIKA Y LÚNA, PEDIMOS.
ATRAPADOS EN LA CALMA, SEDIENTOS Y AGOTADOS
CON NUESTRO BOTÍN MALDITO Y NUESTRO ESPÍRITU QUEBRADO.
MAS AÚN CANTAMOS, COMO EN DÍAS DE ALBOR
LA CaNCIÓN DEL TeRROR, MI CAPITÁN Y YO.
La Guardia del Amanecer
Recuerdo muy bien la primera vez que vi el Barco de los Hechizos porque, en realidad, no lo vi.
El causante era un manto de tormenta, conjurado para que el afamado navío permaneciera oculto mientras estuviera atracado en el abarrotado astillero de Labranza. Era un día soleado, con fuertes vientos del este y suaves vientos cargados de sal. Yo acababa de cumplir los veintidós años y lo estaba celebrando sola en una taberna junto al muelle. De repente, me descubrí mirando a todas partes salvo al amarre vacío del embarcadero. «Es muy sutil —me había dicho mi madre en los tiempos en los que la escuchaba—. Ves otras cosas: la gente, las nubes, las coloridas banderas que ondean al viento… Hasta la danza de las aves marinas. Lo ves absolutamente todo salvo aquello que no debes ver…». Era obra de un magus con mucha experiencia. Una vez me propuse encontrarlo, el barco se materializó poco a poco como una ilusión, una visión fantasmal de madera de roble teñida de ébano y velas con hebras doradas.
Así que alcé mi vaso para brindar por las habilidades de su tripulación.
Y luego alcé otro, porque era joven y estaba en una taberna. Hay cosas que se entienden sin necesidad de que haya maxia de por medio.
Tras el tercer vaso, empezó mi servicio como la subteniente azumagus Honor Renn, aprendiz del nigromagus de la fragata real Guardia del Amanecer. No tardamos en dejar atrás el puerto, y a aquel misterioso barco, rumbo al Confín Inferior, con la esperanza de recuperar las aguas que nos había arrebatado la flota rhi’ahr.
Aquello había ocurrido hacía meses, pero yo jamás había podido olvidar la imagen del afamado Barco de los Hechizos o, más concretamente, la ausencia de ella.
Y fue curioso que aquel preciso recuerdo aflorase en mi mente justo cuando el mundo explotaba bajo mis pies.
Los cañonazos destruyeron primero el palo mayor de la Guardia del Amanecer, con una andanada de balas partidas que rompieron el aparejo en mil pedazos. Después, arrojaron tres descargas más contra la parte baja del casco, letales y directas, que destrozaron la cubierta de cañones de babor. La fragata escoró violentamente hacia un lado y los gritos de mis compañeros de tripulación resonaron en el aire.
El buque rhi’ahr era un crucero pesado, con mucha más potencia de fuego que la Guardia del Amanecer, que era mucho más pequeña en todos los sentidos. Además, como llevaba ya meses ocurriendo con el arsenal de los rhi’ahr, las balas estaban impregnadas de quimérico. Los patrones mortales, tejidos como telas de eraña, grababan a fuego sus runas en toda superficie que alcanzaran, ya fuera madera, hierro o carne.
Nuestros dos barcos habían pasado horas jugando al gato y al ratón bajo la neblina de la mañana temprana, pero la situación había cambiado: ahora, el cielo crepitaba y el fuego de los cañones cegaba incluso a los soles nacientes.
Oí un estruendo tras de mí: la tripulación estaba empujando otro cañón por la cubierta, y de nuevo maldije nuestra falta de preparación. Habíamos trabajado con ahínco desde que habíamos avistado el barco enemigo, pero la Guardia del Amanecer no era más que una fragata de patrulla con una tripulación de ochenta marineros y un conjurio de tres en el que yo era la más joven, la menos experimentada y la de menor rango. Miré hacia el alcázar, donde estaba el nigromagus, cuyo nombre era Taran Vir. Estaba de pie junto al capitán, hilando hechizos en forma de escudo y lanzándolos hacia mí. Yo los atrapaba y sentía su calor abrasador mientras danzaban sobre las palmas de mis manos y grababan a fuego su energía cinética en mis antebrazos. Mi cometido era amplificarlos y lanzarlos hacia la trayectoria de los cañonazos en cuanto los disparaban. Llevábamos horas inmersos en aquella tarea, y los patrones y el calor me habían dejado las manos entumecidas. Era un trabajo violento, frenético y muy por encima de mis habilidades, pero habían apostado a la rojomagus en la cofa y se la habían llevado por delante con el primer cañonazo. Un disparo estratégico. Solo quedábamos dos magus en pie, y yo no era más que una subteniente azul, novata e inexperta. En cualquier caso, tenía más talento del que había tenido nunca aquella rojomagus. Que la eliminaran había sido solo cuestión de tiempo.
Se me hizo un nudo en el estómago al ver la proa del barco rhi’ahr, que avanzaba hacia nosotros inexorablemente a través de las aguas.
El navío enemigo estaba ya demasiado cerca, y rugía a su paso, dejando tras de sí una estela furiosa de espuma de mar y fuego rúnico. Aun así, logré leer el nombre grabado en el casco: Endorathil. Un nombre hermoso. Un idioma hermoso. Se deslizaba por la lengua como miel, empapado en una cualidad antigua y afilada. Los rhi’ahr hacían la guerra como otras gentes el amor: lanzaban cada flecha con un propósito, arrojaban cada lanza con una gracia letal. Sus cubiertas de artillería hacían música; exhalaban fulgor y estruendo, más fulgor y más estruendo.
Otro disparo atravesó el aparejo por encima de mi cabeza y tuve que agacharme para esquivar las astillas de madera que llovían del cielo. Mientras tanto, del mástil a la mesana se propagó una humareda naranja repleta de patrones arcanos que crepitaban, y el corazón comenzó a latirme desbocado en el interior del pecho. Quimérico. Era el arma más letal del arsenal rhi’ahr, tan antigua como mortal. Era imposible resistir y luchar contra la fuerza con la que amplificaba los destrozos del fuego de cañón.
Abrí unos ojos como platos al ver que aquellas runas desconocidas continuaban chispeando sobre las velas, convirtiendo aquellos lienzos blancos en carbonilla aun mucho después de que el humo se hubiera disipado. Por el rabillo del ojo, atisbé un destello metálico que asomaba por una de las portas del enemigo. Miré al nigromagus, Taran Vir, y maldije para mis adentros al darme cuenta de que él no lo había visto. Estaba de espaldas a mí, con el pelo rubio ondeando al viento. Se había girado para cubrir estribor, y no se había percatado de que tenía ante él una amenaza de muerte.
Como azumagus, no tenía permiso para conjurar mis propios hechizos, pero que me tragase el inferno antes de permitir que los rhi’ahr nos atacasen otra vez. No esperé: lancé un escudo crepitante hacia el otro lado del agua, por encima de la boca del cañón. Vi los destellos de la pólvora por la tronera, pero, como la bala estaba bloqueada, la amurada del Endorathil retumbó hacia dentro. Fue la primera vez que causábamos daños graves a la nave enemiga, y yo, con el pecho henchido, no fui capaz de disimular mi orgullo. Yo lo había causado, yo. Ni la rojomagus y ni tan siquiera Taran Vir, el nigromagus.
Si perdíamos aquella batalla, ya no quedaría nadie para castigarme, así que empecé a conjurar un segundo hechizo. Pero, de repente, se hizo el silencio.
Pensé que debía de tratarse de un hechizo Tempus, pues todo se ralentizó, como si estuviéramos bajo el agua. Vi que una bala negra pasaba chisporroteando por mi lado, directa a proa, donde se estrelló, rompiendo la madera en miles de astillas que se elevaron en el viento matutino. Vi las manos de Vir, llenas de runas que brotaban de las puntas de sus dedos. Demasiado lento. Demasiado tarde. Vi la boca abierta de par en par del capitán, cuyas órdenes quedaron silenciadas por el estallido, y una horrenda nube blanca y amarilla en la que el quimérico se articulaba. Tanto magus como capitán salieron disparados hacia atrás, convertidos en meras siluetas dibujadas sobre el fogonazo cegador que acabó por engullirlos.
Fulgor, fulgor y estruendo. La cubierta dio una sacudida bajo mis pies, golpeada por la música del casco lleno de maxia.
El sonido regresó de golpe junto a un vendaval abrasador, y sentí que mis botas se despegaban de la cubierta. Me llevé la mitad de la barandilla conmigo. Salí despedida hacia atrás y hacia abajo, con mi cinto azul, cuyos extremos flotaban en el aire, envueltos en llamas, y caí al agua violentamente entre los cascos de ambos navíos. El frío me mordió la espalda y los hombros, pero me esforcé por mantener las manos por encima de las olas. No serviría de nada sin mis manos; no podría tejer los patrones necesarios para arrojar los hechizos. Era una magus de la Armada. Mis manos eran mi vida.
Pero las olas tenían otros planes. Se alzaron para recibirme y me arrastraron completamente en su furioso abrazo. Me ardía el pecho: las profundidades tiraban de mí y el agua me arrancaba el aire de los pulmones. Por un instante, me sentí tentada de dejar que se me llevase. Era desgraciada, pobre y joven, pero estábamos en guerra, y aquella era la mejor vida que podía esperar una magus con orgullo y talento que había nacido en una isla del tamaño de un guijarro.
Ya bajo el agua, luché contra el escozor de la sal y abrí los ojos. El chaquetón del uniforme me pesaba sobre los hombros, henchido de agua, y me hundía como un ancla de plomo. Me lo quité, empujando con fuerza contra la lana empapada, y sentí que se desprendía de mi piel poco a poco, doblándose en pliegues lentos e inútiles. Era mejor quitárselo. Me sentí tentada de deshacerme también de las botas, pero me estremecí al pensar en dejar los dedos de los pies expuestos ante las fauces hambrientas que habitaban las profundidades. No, de momento, mejor sería dejármelas puestas.
Mis calzas negras, también parte del uniforme de la Armada, no eran tan gruesas, y su peso no me hundía tanto como el del chaquetón. Aún llevaba el cinto azul enrollado en la cintura, con sus extremos ondeando como balizas, como si mi rango tuviera alguna importancia en las profundidades. La camisa de lino se había convertido en una segunda piel, y se adhería a mis curvas mientras yo pataleaba con furia y con tesón, tratando de llegar a la superficie.
Pasé nadando junto a los restos de roble de la Guardia del Amanecer, desperdigados por las profundidades. Sus baos y sus tablones se hundían poco a poco en la oscuridad. Vi la silueta oscura de una bala de cañón cuando pasó zumbando por mi lado, dejando un reguero de gruesas burbujas. Alguien apareció tras ella, moviendo con desesperación los brazos y las piernas, y me di cuenta, horrorizada, de que se trataba de Corwen, el mozo de la pólvora, al que una cuerda atada a un pie estaba arrastrando hacia las profundidades. Alargué las manos hacia él y las puntas de nuestros dedos se rozaron durante un fugaz momento, pero la furia del agua era demasiado poderosa y no logré aferrarme a su mano. Sus ojos aterrorizados fueron lo último que vi antes de que el abismo lo engullese para siempre.
Por los soles, solo tenía doce años. Era demasiado joven para reunirse con nuestra Madre, la Mar. Era la madre de todos nosotros y su pecho de agua, el hogar en el que los grumetes exhaustos nos acurrucábamos al final de nuestros días. Sabía que era una bendición, pero, por acogedora que fuera, yo todavía no estaba preparada para terminar entre sus brazos.
Solté el aire, formando un remolino de burbujas, y pateé, retorciéndome con todas mis fuerzas. Cuando por fin emergí a la superficie, cogí aire en frías y avariciosas bocanadas. Y, mientras yo subía y bajaba con el oleaje, el mundo seguía rugiendo a mi alrededor. Me rodeaban los estruendos de los disparos y los gritos de mi tripulación, y oí también el crujido de la madera cuando el aparejo se partió y cayó desde las alturas. Los mástiles destruidos abofetearon las olas y las velas se llenaron de agua, convirtiéndose en anclas de tela pesadas que se hundían sin remedio. Contemplé horrorizada cómo la Guardia del Amanecer empezaba, lenta y salvajemente, a volcar.
Podía detenerla. Tenía que detenerla.
Alcé las manos lo más alto que pude y obligué a mis dedos a hilar un hechizo de contención. Tracé círculos con la mano derecha y cerré la izquierda en un puño. Los dientes me castañeteaban mientras pronunciaba el ensalmo, y se oyó un siseo en el aire cuando la runa cobró vida. Sin embargo, las olas tiraron de nuevo de mí, engulléndome y llenándome la boca de agua salada, y me atraganté. Pateé con las piernas, me obligué a resurgir del agua y maldije de viva voz. El patrón se estaba desintegrando, así que saqué las manos del agua justo cuando, una vez más, los cañones del Endorathil abrían fuego tras de mí.
Sentí el calor de una bala que atravesaba mi hechizo justo mientras desaparecía, y, al ver que el quimérico crepitaba y lanzaba chispas, lancé un segundo hacia el mismo lugar. No fui lo bastante rápida. La bala se estrelló contra el casco de la Guardia del Amanecer y cientos de astillas salieron disparadas como una lluvia de flechas. Mis dedos estaban danzando en el aire para lanzar un tercer conjurio, un Praesidium de protección y, por puro instinto, me tapé la cara con las manos. Fue un acto instintivo, y también una estupidez. Mis manos eran mi vida, mi oficio, mi futuro. Mi rostro no era más que un mero añadido.
La fuerza del estallido me propulsó hacia atrás, y de nuevo me hundí entre las olas. Pero, en cuanto mis manos tocaron el agua, el océano mismo estalló. La luz irradió hacia fuera, y sentí que hasta la última fibra de mi ser se prendía fuego. En ese momento, salí despedida de mi propio cuerpo, igual que antes había salido despedida de la cubierta de la Guardia del Amanecer. Vi el Endorathil y mi fragata hecha pedazos. Vi el horizonte y el cielo y el humo que oscurecía los rostros de los soles.
Y entonces vi cosas que jamás había visto. Centellas que atravesaban el hielo y la nieve a toda velocidad, un halcón blanco con un báculo dorado en las garras y las ramas de un árbol, que se extendían para alcanzar las estrellas. Vi anillos y círculos hechos de runas, una isla llena de palmeras moribundas y un volcán que expulsaba quimérico hacia el cielo.
Y entonces volví al océano, a retorcerme entre las olas y a esperar a que volviera el aire.
Subía y bajaba, ondeaba y me sumergía. Sacudí la cabeza y escupí sal por la boca. Luché contra el peso del agua y el quimérico que danzaba por su superficie. Necesitaba las manos, pero no sentía nada al final de mis brazos de plomo. Con un grito, las saqué de entre las olas y me quedé paralizada ante aquel horror.
Tenía decenas de astillas del casco de la Guardia del Amanecer clavadas en las manos. Algunas me habían atravesado las palmas; otras sobresalían de mis muñecas, como espinas. Los restos de quimérico crepitaban entre mis dedos, grabando a fuego patrones empapados de agua sobre mi piel. La carne estaba despedazada como si fuera una tela hecha jirones, y habían quedado al descubierto los delgados huesos blancos y los tendones largos y amarillos. Se me cayó el alma a los pies, hundiéndose igual que se había hundido el mozo de la pólvora, al contemplar los muñones ensangrentados que antaño habían sido mis manos.
Un estruendo cortó el aire cuando la Guardia del Amanecer se partió en dos, pero juro que no oí nada.
Ni vi nada, mientras los cañones del enemigo descargaban sus últimas balas contra el casco destrozado de la fragata que se hundía. No oí a mis compañeros gritando, ahogándose, tratando de salvarse moviendo los brazos y las piernas con desesperación. No vi las velas que ondeaban, se hundían y se desgarraban mientras la Guardia del Amanecer desaparecía bajo las aguas negras. Los restos del naufragio flotaban a mi alrededor, crepitando por culpa de las llamas y el quimérico, y yo solo era un pedazo más. Rota, despedazada, destinada a seguir al mozo de la pólvora hasta el abismo.
Y así, sin más, el Endorathil se alejó, navegando rumbo al horizonte como una regia ave marina. Lo observé hasta que se desvaneció completamente en la distancia, hasta que no quedó nada más que el cielo, las nubes, el humo y la desgracia. Y me quedé sola en el mar, subiendo y bajando con el movimiento de las olas. Las aguas estaban frías, pero no congeladas, no lo bastante para entumecer mi cuerpo mientras me ahogaba. Todavía no estaba versada en hechizos de muerte, pero, aunque lo hubiera estado, dudaba que mis manos hubieran sido capaces de tejer patrón alguno.
Pensé en los grumetes que suplicaban por cerveza en las puertas de las tabernas del muelle. Solía despreciarlos porque era joven, orgullosa, hábil y capaz. Ahora, sin mis manos, sería una de ellos. Una magus inútil cuyas manos no podían ni sostener una moneda, y aún menos un vaso.
No importaba. Jamás lograría llegar al muelle.
Al cabo de un rato, empezaron a dolerme los hombros, y me di cuenta de que todavía estaba aguantando las manos sobre la superficie del agua. Las bajé, pero en cuanto tocaron el agua, el quimérico empezó a crepitar, ondulando el agua a mi alrededor y lanzando un eco de dolor que atravesó mi cuerpo como un rayo. Volví a intentarlo, pero ocurrió lo mismo. Entorné los ojos y observé qué había pasado con mis brazos.
No quedaba ya nada de las mangas de la camisa; el lino seguía ardiendo, carbonizándose, transformándose en jirones de encaje. Las astillas se habían convertido en agujas de incienso prendido, pues las runas quiméricas consumían la madera. Mis manos tenían aspecto de haber sido marcadas en una forja; las runas y la carne se fundían en patrones entretejidos. Los dibujos de mis hechizos de contención y protección aún chisporroteaban, escribiendo historias sobre mi piel.
Cerré los ojos y deseé ser una grismagus. De haberlo sido, habría llamado a un tiburón para que me arrancase los brazos de un mordisco. Por los infernos, habría llamado a una ballena para que se me tragase de golpe.
Una vez, mi madre me había contado una historia sobre una muchacha descarriada que había huido de casa a nado. Una ballena se la había tragado y, un año después, la había escupido en la orilla. Para entonces, se había transformado en una siverna (mitad muchacha, mitad pez), y había muerto en las rocas. Mi madre me había jurado que la historia era cierta, pero yo nunca la había creído. Ahora, mientras mi cabeza subía y bajaba entre las olas, casi deseé que lo fuera.
Un tablón ennegrecido de la cubierta pasó flotando por mi lado, atrapado en la red de quimérico que undulaba a mi alrededor. Tenía las runas grabadas, pero ya no crepitaba y, no sé cómo, pero supe que había pertenecido al Endorathil, y que se había desprendido de su estructura gracias a alguno de los disparos con los que le habíamos acertado. Sin embargo, prefería morir a salvarme gracias al enemigo, así que nadé y pateé en dirección a otro tablón, esta vez, un resto de nuestro barco. Lo agarré con los codos y me lo puse bajo el pecho para apoyar la mejilla en su superficie.
El pelo oscuro me cayó sobre la cara, convirtiéndose en una sola cosa junto a la madera mojada. Aquel era, tal vez, el último pedazo que quedaba de la fragata, de mi fragata. Mi primer destino de verdad, mi última esperanza de verdad. Parpadeé para detener las lágrimas y hundí el dolor en lo más profundo de mi ser, bajo la fuerza de voluntad que me mantenía a flote. Me dije que la Guardia del Amanecer había sido una fragata insignificante con una tripulación insignificante. El capitán no se había dignado a dirigirme la palabra ni una sola vez, y Taran Vir no me habría dirigido más de veinte, aunque se le hubiera asignado la tarea de formarme. El maestre de cubierta había sido duro conmigo, y la rojomagus aún lo había sido más. Pero, a pesar de todo, la Guardia del Amanecer había sido mi hogar durante ocho meses. Más que eso, había sido mi futuro. Sin un barco, yo no era nada.
Me mordí el labio. Peor que nada. Mi madre tenía razón.
El tablón rhi’ahr flotó de nuevo hacia mí, como si se viera atraído por mi luz mortecina. Los patrones de runas chisporroteaban sobre el agua, pero no me importaba. «Que se me lleven —pensé con amargura—. Por los soles, que me ahogue de una vez».
Subía y bajaba, ondeaba y me sumergía.
Los soles brillaban en lo alto del cielo. Forja el Vivo y Ascua el Pálido. Forja era grande y blanco, mientras que Ascua era tenue y lejano. Eran los soles gemelos de las Mareas del Norte, los emblemas de nuestro imperio bajo asedio. Me observaban flotar, así que recé una oración para Forja. Yo nunca rezaba. Había elegido el camino de Forja para que se me permitiera servir en la Armada, pero no tenía fe. Mi madre le rezaba a las Lunas Hermanas, hacía sacrificios ante las Lunas Hermanas y me había dedicado a las Lunas Hermanas cuando había nacido. Declarar mi fe por Forja había sido mi última y más grande rebelión. Era una lástima que no me fuese a servir de nada. Una lástima que ella jamás fuese a enterarse.
No sé cuánto tiempo floté hasta que oí un chapoteo entre el ruido de las olas. El cielo se había teñido de dorado, pues los soles ya empezaban a ponerse, pero no abrí los ojos. Podría haber sido un barco. Podría haber sido un tiburón. Poco me importaba. Fuera lo que fuese, mi vida había llegado a su fin. Solo era cuestión de tiempo y maxia que mi cuerpo se diese cuenta.
Pero entonces oí otro chapoteo, y esta vez sí decidí mirar. Un enorme halcón de invierno flotaba en el agua frente a mí, con las alas recogidas a su espalda. Tenía las plumas tan blancas como la sal y, probablemente, una envergadura que me doblaba en tamaño. Los ojos eran también de un blanco espeluznante, y el pico era negro y ganchudo, perfecto para despedazar a sus presas. Vi sus garras a través del agua, remando con suavidad pero con decisión. Como los rhi’ahr, los halcones de invierno nacían en el hielo, la nieve y el horror de Inframar. Por supuesto, la última criatura que me iba a ver con vida tenía que ser nacida en el Inframar.
Una vez más, me empezaron a escocer los ojos, y las lágrimas brotaron, acumulándose tras mis pestañas. Lágrimas para llorar mi corta, miserable y descarriada vida. Lágrimas por mi triste, patética y valerosa tripulación y por la muerte horrible y fútil a la que había sido condenada.
Con la compañía de nadie, más que de un ave marina, dejé que por fin se derramasen esas lágrimas silenciosas y testarudas, y que se mezclasen con la sal del océano. No sollocé. No me quedaban fuerzas para hacerlo. Me limité a seguir allí, a la deriva, demasiado exhausta para que me importase, demasiado entumecida para luchar, aunque, de algún modo, mis pies seguían pataleando bajo las olas, de forma lenta y fútil, como si no se hubieran enterado de que su dueña estaba acabada.
El halcón de invierno se limitaba a mirarme, satisfecho, meciéndose con las olas igual que yo. Por fin, exhalé una vez, y luego otra. Levanté la vista para mirarlo. Era libre y magnífico; sin más dueño que el cielo. Contaba solo consigo mismo y con la fuerza de sus alas.
—Llévame contigo —le rogué.
Ladeó la cabeza y me pregunté si habría sido aquella la primera vez que oía una voz.
—Déjame ser pájaro —le pedí—. Déjame irme volando, huir de todo y de todos; no me dejes morir sola y rota en mitad del mar.
Hablar me hacía sentir bien, aunque no sabía muy bien por qué.
—Hay magus que saben llamar a los animales —le conté al halcón—. Pero hay otros, los speculumagus, que pueden convertirse en animales. Si yo fuera uno de ellos, me convertiría en un pájaro como tú, y nunca más tendría que volver a trabajar en un barco ni a vivir con gente.
No parpadeó. Aquel magnífico halcón de invierno se limitó a mirarme con sus extraños ojos blancos. Y entonces, abrió sus gigantescas alas y se lanzó a los cielos sin chapotear ni una sola gota. Ni siquiera se volvió. Se marchó volando, sin más.
Y volví a quedarme sola.
Subía y bajaba, ondeaba y me sumergía.
Y, así, seguí flotando, aferrada a aquel resto de una fragata que antaño había sido una promesa de algo mejor. Sin embargo, al cabo de un rato, el sol llamado Forja trazó una curva a través del cielo y trajo estrellas a su paso, solo para volver a salir horas más tarde, seguido por su hermano, Ascua el Pálido. Y yo seguí aferrada a aquel tablón, exhausta. No me había congelado en las frías aguas del océano. Ningún tiburón había venido a devorarme. Ninguna ballena se me había tragado de golpe.
No oí el ondear de las velas, ni el crujido del roble, ni el rugido de las olas al partirse. No vi ninguna mujer tallada en la proa de ningún barco. No sentí nada cuando bajaron las cuerdas para sacar mi cuerpo inerte del agua, y aún sentí menos cuando me arrastraron hacia un lado y me depositaron en cubierta. Creo que me llevaron abajo y me tendieron sobre un baúl de cirujano, y recuerdo el rostro de un joven con el pelo negro y los ojos marrones. Tras él había otro hombre, alto y delgado, pero con los cuernos retorcidos de un fauno. Tras ellos, de pie, un hombre rhi’ahr con un chaquetón de capitán y los brazos cruzados ante el pecho.
Era una pesadilla, era evidente. Lo único que yo necesitaba era una ballena.
—Bienvenida —dijo el enemigo—. Estás en el Barco de los Hechizos.
Y así, como una ballena, la pesadilla se me tragó de golpe.
El Barco de los Hechizos
Resultó que el Barco de los Hechizos tenía un nombre: la Piedra Angular.
Era una vieja fragata de tres mástiles, aún más pequeña que la Guardia del Amanecer, y no ondeaba bajo bandera alguna. Supuse que tenía sentido, pues era, técnicamente, un barco corsario contratado por el rey. Yo no sabía gran cosa sobre los corsarios, salvo que, en realidad, no eran piratas. Eran el azote de la Armada, pues no hacían más que sembrar la anarquía a través de aguas legítimas, y desafiaban las leyes de la guerra cada vez que les convenía. Aun así, aquella era una nave de estructura sólida y elegante, y olía a aceite de linaza, jabón de pino, a roble viejo y al mar.
—Bueno, ¿qué te ha pasado en las manos? —preguntó el fauno. Era el cirujano del barco y había dicho llamarse Eco.
No le respondí. No había hablado nunca con un fauno. Por todos los infernos, ni siquiera había conocido a ninguno. Berryburn Yard era una academia naval alejada de todo, y en la plantilla había menos faunos que minotauros y enanus. De todos modos, si no me hubieran acabado de sacar del océano tras haber perdido mi barco, mis manos y mi futuro, seguramente le habría invitado a un trago. O a la inversa, teniendo en cuenta que él tenía un empleo y yo no.
—Bueno, sea lo que sea… —continuó—. Está afectando a tu recuperación de un modo bastante curioso. Cuando te hemos subido a bordo, de tus manos no quedaban más que huesos, pero ahora… —Tiró de la gasa que me envolvía el pulgar—. La carne se ha curado. Muy curioso.
Tenía razón, y tendría que haber estado contenta. Debería haberme sentido agradecida.
—Es un efecto secundario del quimérico, salta a la vista —prosiguió el fauno. Parecía gustarle hablar, así que no necesitaba una respuesta de mi parte—. Pero no un efecto que yo haya visto antes. ¿Te duele?
Me mordí la lengua. Dolía como los garfios en la carne, pero no pensaba admitirlo. Le dio la vuelta a mi mano mientras la vendaba y frunció el ceño. O, al menos, me dio la sensación de que lo fruncía. El nacimiento de los cuernos le arrugaba la frente entera, así que no era fácil de discernir. Parecía estar perpetuamente pensativo. No me importaba. Yo no había mediado palabra desde que me habían sacado del mar, pero Eco hablaba suficiente por los dos.
—Bueno, intentaré ir con cuidado —dijo.
Tenía los dedos muy largos. Qué gracioso que, de todos los rasgos suyos que me habían llamado la atención, el que más interesante me resultase fueran sus dedos. Sus dedos, y no los cuernos, ni su pelaje corto, liso y de color tostado, ni su hocico ancho, sus fosas nasales semejantes a las de una cabra o las pupilas rectangulares de sus dulces ojos castaños. Tenía las orejas largas y puntiagudas, y en una de ellas lucía un aro dorado. También llevaba un delgado anillo de oro en uno de los largos dedos, y me pregunté si igual el pendiente significaría que se trataba de un corsario o si simbolizaría otra cosa. Pero no, eran sus dedos lo que más me cautivaba. Los observé mientras, de un modo cuidadoso y metódico, me envolvían las manos y las muñecas en gasas.
Levantó la vista para mirarme.
—Eres una Azul, ¿no? —preguntó—. El cinto está casi intacto. Se le han quemado un poco los extremos, pero, con todo ese quimérico, era de esperar. Supongo.
Hilos azules mezclados con otros blancos, sin teñir; lo que marcaba el rango de un oficial subalterno y guardiamagus. Aunque ya no importaba.
—¿Estabas conteniendo hechizos o lanzándolos? —preguntó.
—Las dos cosas —gruñí. Eran las primeras palabras que había pronunciado en horas. O días, no lo sabía con seguridad. Tenía el recuerdo vago de un halcón en el mar.
—Hum… —respondió el fauno, y se volvió a concentrar en su trabajo.
Exhalé un suspiro y me permití recorrer el camarote con la mirada. Estábamos en una enfermería, en las tripas del barco. No había ventanas; la única luz provenía de una vela y un espejo. Los techos eran bajos y el suelo desigual, cubierto de sacos de arena para que absorbieran la sangre. En una esquina había un joven homani sentado tomando apuntes; su ayudante, deduje.
Yo también podría haber sido la ayudante del médico de abordo cuando me había alistado, pero ese puesto me habría recordado demasiado a mi madre, una verdemagus curandera con mucho talento, pero selvaje. Yo había sido su aprendiz desde los tres años. Sabía coser y vendar, sangrar y aplicar remedios, y era capaz de identificar casi todo lo que Eco tenía en sus estanterías. Torniquetes y férulas, aceite de linaza y cal, yeso, jabón y ungüentos. Sin embargo, no creía que aquel fauno fuese un magus. Hasta el momento, el tratamiento que había aplicado a mis manos había sido enteramente tradicional, pues no había empleado más que hielo, vendas y un poco de grasa amarilla.
En uno de los estantes había un pequeño espejo de bronce. Hice una mueca al ver mi reflejo. Casi nunca veía mi propio rostro, salvo las veces que lo atisbaba fugazmente en el agua al inclinarme sobre la barandilla, pero ahí estaba en toda su gloria. Un rostro curtido por el mar. Homani, como el ayudante del médico, y con la piel bronceada por haber pasado tantos meses a bordo de una embarcación. Pelo oscuro, cortado toscamente a la altura de la barbilla, ojos grises, cejas gruesas, pómulos marcados y un rostro anguloso. Tenía una cicatriz bajo el ojo, un recuerdo de mi primer día en la Guardia del Amanecer. Y un puñado de oscuros moratones, un recuerdo del último.
Eco me observaba. Aparté la vista del espejo y clavé la mirada en la cortina de lona que hacía las veces de puerta.
—Arik —dijo—. Ve a buscar al señor Fahr, por favor.
—Sí, señor —respondió el muchacho, y salió agachándose para pasar por debajo de la lona, no sin antes echarme un último vistazo.
—Bueno —dijo Eco—. No sé si se te quedarán así o si el quimérico seguirá quemándotelas y acabarás sin manos en una semana. Pero parece que se están curando, así que apuesto por las cicatrices. Muévelas, por favor.
Lo único que no estaba vendado eran los dedos. Solté un siseo de dolor al flexionarlos por debajo de las gasas.
—Hum… —murmuró el fauno.
Cuando dio un paso atrás para admirar su trabajo, bajé la vista hacia sus piernas. Patas, mejor dicho. Unas patas de cabra que se doblaban hacia atrás a la altura de los corvejones, cubiertas por unas calzas remetidas dentro de unas botas que le llegaban al corvejón. Vestía una camisa atada a la cintura con un cinturón y un chaleco de lana, pero no llevaba ni espada ni daga. Pero, claro, era un cirujano. En general, los cirujanos no sabían qué hacer con algo más grande que un bisturí. De todos modos, sí me planteé si los cuernos le servirían como arma, pues, aunque se curvaban hacia atrás, tenían pinta de ser capaces de causar daños si le provocaban.
Se oyeron unos golpecitos en la pared y una persona cruzó la cortina de lona. Era el hombre de ojos castaños que me había sacado del mar. No debía de tener muchos años más que yo, y tenía el pelo negro y unos ojos que danzaban como la luz de las estrellas. Llevaba las ropas informales de un oficial, y la camisa blanca y el chaleco de lino contrastaban regiamente con su piel de color ámbar oscuro. Sus cejas eran tan gruesas que podrían haber competido con las mías, así como las cicatrices que le recorrían la mejilla y la línea de la mandíbula. Sin embargo, había algo en lo que sí nos diferenciábamos: a él no le parecía costarle nada sonreír.
Igual que el fauno, llevaba un pendiente, pero ningún cinto que hablase de su maxia.
—Vaya, así que no es una siverna —dijo—. Es una pena. Buck lleva las apuestas.
—No es ninguna siverna, Dev —respondió Eco—. Déjate de apuestas. —Le dio un último tironcito a la gasa—. No sé si conservará las manos, pero, de momento, no parece haber sufrido efectos adversos por la exposición prolongada tanto al mar como al quimérico.
—¿Era quimérico, entonces?
—De eso no tengo ninguna duda.
El oficial se volvió hacia mí y se puso recto.
—Soy Devanhan Fahr, primer oficial de la fragata corsaria Piedra Angular, bajo las órdenes del capitán Gavriel Thanavar. —Su mirada se detuvo primero en mis manos vendadas y luego en mi rostro—. ¿Qué le pasó a tu barco?
Lo miré a los ojos y no contesté.
—Servía en la fragata Guardia del Amanecer —le informó Eco—. El Endorathil la atacó en aguas abiertas.
—¿Qué? ¿Cómo? —Lo miré boquiabierta—. ¡Pero si no he abierto la boca!
Sonrió y se dio unos golpecitos en la cabeza con un largo dedo.
—Tenías razón. No soy un magus.
Gruñí para mí misma. Un clarividente. Mi madre me había hablado de ellos. Oían los pensamientos de la gente con la misma facilidad que los demás oíamos las palabras que pronunciaban. Siempre había insistido en que eran tipos peligrosos, pues nunca sabías cuándo estaban hilando.
Devanhan Fahr enarcó una ceja y sonrió.
—Bueno, ¿quieres decirme tú misma cómo te llamas o se lo pregunto al cirujano?
—Honor Renn —contesté—. Subteniente azumagus de la fragata real Guardia del Amanecer.
—¿Capitán?
—Lagerheim.
—¿Segundo de a bordo?
—Taran Vir, nigromagus.
—¿Cuánto tiempo llevabas destinada ahí?
—Ocho meses. Fui reclutada como azumagus en la academia naval Berryburn Yard.
—No me creo que terminases el plan de estudios —dijo Echo.
—Era la mejor de todos ellos —contesté, encogiéndome de hombros.
—¿Dejaste los estudios? —preguntó Fahr.
Alcé la barbilla.
—El magistrado dijo que estaba preparada. Lo único que me faltaba era el barco.
—No olvides cuál es tu rango, subteniente —dijo el fauno—. Dev es el primer oficial. Has de llamarle «señor».
—Pasé de blanco a azul en menos de un año. Me tenían envidia.
—Me tenían envidia, señor —insistió Eco.
Resoplé.
—Formo parte de la Armada. Vosotros sois corsarios. Mi rango es superior al de todos vosotros.
—Corsarios contratados por el rey Bonavanczek en persona —repuso Fahr—. ¿Quieres echarle un vistazo a nuestra patente de corso?
«Maldita sea», pensé, y bajé la vista. Stephanus Bonavanczek IV era el rey de Supramar, legítimo soberano de las Mareas del Norte y todas sus colonias. Eso legitimaba también el rango de los corsarios, aunque no formasen parte de la cadena de mando de la Armada, y yo valoraba esa estructura, esa jerarquía. Esa ley.
—No, señor —contesté, utilizando por fin el término de cortesía.
—Buena decisión, subteniente —contestó Fahr—. Ahora, dinos, ¿adónde te dejamos?
—¿Dejarme?
—No puedes quedarte con nosotros. Al fin y al cabo, formas parte de la Armada. Nosotros no somos más que humildes corsarios.
—¿Dónde aceptaste tu misión? ¿En Labranza? —preguntó Eco—. Suele ser un buen sitio para empezar de cero.
—Que los Soles se apiaden de ella. No dejaría en un nido de ratas como Labranza ni a mi peor enemigo. Pero, claro, forma parte de la Armada…
Y se echó a reír. Una reacción muy inusual en un corsario, aunque yo ya empezaba a pensar que la fragata Piedra Angular era un barco de lo más inusual…
—No puedo volver —admití, mirando primero a uno y luego al otro—. Las manos… Necesito… No puedo.
—Bueno, aquí no puede quedarse —sentenció otra voz, y otro hombre más entró cruzando la lona. Era un enanu, varios palmos más bajo que yo, pero con un cuerpo hecho de hierro y músculos firmes, con el pecho ancho como un armario, los brazos fuertes y las manos callosas. El grueso pelo y la espesa barba eran del color de la nuez moscada, y tenía unos ojos grandes y expresivos, con unas cejas tan pobladas como el pelaje de un oso en invierno—. Da mala suerte llevar un náufrago a bordo —añadió con el acento refinado de quien se ha criado lejos de los muelles—. Sobre todo si es una muñequita de la Armada. La tripulación ya está bastante nerviosa.
Me fijé en que solo llevaba una bota.
—Es una magus —dijo Fahr.
—Una magus que no sabe hilar un brumoso hechizo. ¿Qué infernos va a hacer en mi barco? —masculló. A pesar de su acento refinado, tenía la boca tan sucia como cualquier marinero.
—Humo… —empezó a decir Fahr.
—No sabe izar velas. No sabe atar cabos. No sabe tirar de las cuerdas. Por todos los infernos, no creo ni que sepa limpiar. —Empezó a trastear por la enfermería, levantando paquetes y moviendo mantas—. Y yo no soy mamá pato. Si no trabaja, tengo por ahí un bote justo de su tamaño.
—Subteniente, este es Humo Oakum —dijo Fahr—. Nuestro contramaestre, timonel y magistrado de maxia.
—Lo hago todo —gruñó el contramaestre.
—Todo, menos ganarme al Manotazo —replicó Eco.
—Es imposible ganar a un brumoso clarividente al Manotazo. Menudo estafador presumido estás tú hecho. —El contramaestre apartó dos barriles a un lado—. Ah, ahí está. —Sacó una bota de debajo de una estantería y la sacudió para sacarle la arena. Me di cuenta entonces de que también llevaba un pendiente, y un sencillo anillo de oro en el mismo dedo que el médico—. Que ardan en Forja los faunos. Son más bien feéricos ladrones, si me preguntas a mí.
—No te dejes las botas en mi enfermería —replicó Eco, moviendo una oreja–. Tampoco te pido tanto.
El enano gruñó de nuevo, aunque yo habría jurado que se sonrojó. De repente, comprendí que aquellas alianzas idénticas representaban que eran más que compañeros, que simbolizaban lo más parecido a un matrimonio que alguien podía tener en alta mar.
—La pregunta, muchachos —interrumpió Fahr—, es ¿dónde la dejamos? El capitán no tenía previsto pasar por Labranza.
El corazón empezó a martillearme contra el pecho. Yo no era nada sin un barco.
—Como te venía diciendo, Dev, tengo un bote que…
Me incliné hacia delante, haciendo caso omiso del dolor que me causaba el quimérico.
—Puedo quedarme.
—Campanas, ¡ni hablar! —replicó Fahr.
—Puede que no sea más que una azumagus, pero soy buena de narices —insistí, mirando a los tres hombres—. ¡Y este es el Barco de los Hechizos! ¡La de cosas que podría aprender aquí! ¡La de hechizos que podría conjurar!
—No sin tus manos —repuso Fahr.
Dio en la llaga. Dolida, luché contra el nudo que me atenazaba la garganta.
Se hizo un silencio, hasta que Eco levantó la vista.
—Quizá la Piedra Angular la haya elegido.
—Pamplinas —replicó Oakum mientras deslizaba la bota sobre un pie lleno de callos y durezas—. No es más que una náufraga de la Armada a la que ha escupido el mar. Eso trae mala suerte, lo mires por donde lo mires.
Sin embargo, el primer oficial se cruzó de brazos y me observó con atención.
—El capitán dijo que la Piedra Angular se sintió atraída por los patrones quiméricos que había en el agua.
—Y ella fue la causante —añadió Eco, señalándome con un gesto—. Y esos mismos patrones que se le están replicando por los dedos y las palmas de las manos.
—Lo más probable es que solo sean ecos del Endorathil —dijo Fahr—. Después de la Piedra Angular, es la criatura más arcana del mar.
—Mucho me temo que no estoy de acuerdo —repuso Eco—. Las cicatrices aún siguen hilándose.
Sentí un ramalazo de gratitud hacia él. Ahora sí que invitaría a ese fauno a un trago, sin importar cuál fuese mi situación laboral.
—Arrojarlos al mar —masculló Oakum mirando atrás–. Eso es lo que se hace con los despojos y los lastres.
Y se marchó por la lona, tal y como había venido.
Fahr me observó con atención un largo instante.
—En fin, quizá la Piedra Angular sepa algo que nosotros no sabemos —concluyó—. La llevaré ante el capitán. Que decida él.
Asentí a toda prisa. No pensaba suplicarles. Ni entonces, ni nunca. Pero tampoco quería ir a Labranza después de haber quedado despedazada por obra del mar.
—El capitán es un hombre duro, pero es justo —añadió Fahr mirándome a los ojos—. Su decisión será indiscutible. ¿Lo has entendido, Azumagus?
—Sí, señor.
Hice ademán de bajarme del baúl de cirujano, pero el camarote empezó a dar vueltas en cuanto puse las botas en el suelo. Me vi obligada a aferrarme al borde de la mesa para no caerme.
Nadie intentó cogerme, por lo que me sentí agradecida.
Mientras nos íbamos, me volví para mirar a Echo. El fauno me sonrió, y comprendí que había hallado más amabilidad en las pocas horas que llevaba en la Piedra Angular que en los meses que había vivido en la Guardia del Amanecer. Y, entonces, salí de la enfermería, y me hallé en la oscuridad de un estrecho pasaje.
Me detuve al ver la escalerilla y me miré las manos vendadas. No sabía si lograría agarrarme bien. El primer oficial, que ya estaba subiendo, bajó la vista desde los peldaños de arriba. Habría jurado que se le había dibujado una sonrisilla.
—¿En los barcos de la Armada no hay escaleras, Azul?
Maldije y alargué una mano para cogerme de un peldaño.
Fuego. Fuego y madera. «Fuego y madera y barcos y árboles y nieve y plumas y ramas y anillos y estruendos y estallidos y la negrura…».

—¿Y la escalerilla?
—Carbonizada. —Reconocí la voz, pero la oía como si estuviese debajo del agua—. Buck y Ben ya han empezado con las reparaciones.
Abrí los ojos y parpadeé, tratando de aclarar las marismas de mi mente.
—¿Estás seguro de que no es una simple hiladora de fuego? —preguntó una voz a mi izquierda, suave pero profunda, de esa clase de voces que no necesitan alzarse para que les respondan con obediencia.
—No lleva hebras rojas en el cinto. Además, las runas todavía están prendidas —contestó la primera voz.
Fahr. Eso era. Se llamaba Fahr.
Esta vez, estaba en otro camarote, más grande y mejor iluminado, y supe enseguida que se trataba de los aposentos del capitán. El gran camarote, lo llamaban, con sus elegantes muebles, candiles ornamentados y el olor dulce de la cera flotando en el aire. Había montones de mapas desplegados sobre un viejo escritorio de madera y libros y diarios apiñados en unas estanterías construidas entre los palos de la estructura del barco. Me fijé en un ciro que había apoyado en una esquina, la legendaria pica dorada de un guerrero rhi’ahr. Qué extraño. En el fondo de la estancia, había una ancha hilera de ojos de buey con cristales de parteluz y un hombre que nos daba la espalda, silueteado contra la luz de los soles.
—Está despierta. —Fahr bajó la vista para mirarme—. Subteniente Renn, ¿has prendido fuego a la escotilla a propósito?
Estaba sentada en una silla de madera, con los brazos rodeándome el tronco, sujetos en cabestrillos. No tenía ni idea de cómo ni de cuándo había llegado hasta allí.
—¿Subteniente Renn? —insistí.
Levanté la vista hacia él.
—No, señor. Yo… No entiendo qué ha ocurrido.
Fahr se volvió hacia la silueta.
—¿Me quedo? —preguntó.
—Te mandaré llamar cuando hayamos terminado —respondió el hombre con la misma voz baja y profunda—. Y, por favor, dile que Worley traiga una botella. Esta noche tengo intención de dormir.
—Sí, capitán.
—Puedes irte, Fahr.
Antes de volverse para marcharse, el primer oficial me sostuvo la mirada. Sus ojos decían muchas cosas, pero yo no conocía su idioma. Luego, en silencio, abandonó la estancia.
Yo me quedé allí sentada y me limité a inhalar y exhalar, a ordenar mis pensamientos, a atenuar el miedo. Llamaron entonces a la puerta, y entró un hombre delgado. Dejó una botella sobre la mesa, sirvió un vaso y se lo tendió al hombre que había junto a la ventana.
—Solo uno, señor, si gusta —dijo el mayordomo—. Es un licor fortísimo.
—Gracias, Worley.
El hombre llamado Worley me sonrió al salir, y aquel gesto me reconfortó, aunque solo fuera un poco.
Debido a la luz de los soles y las profundas y alargadas sombras que arrojaban, me resultaba difícil distinguir al capitán en la distancia, pero logré vislumbrar que era alto y esbelto y que llevaba un abrigo del más intenso azul. Y entonces se movió, atrapando la luz de los astros, y me dio un vuelco el corazón cuando su forma borrosa se tornó clara y definida, como cuando el mar esculpe la línea de la costa.
—Honor Renn —dijo sin volverse—. Una azumagus, ¿no es así?
Postura perfecta. Porte regio. Espalda ancha y cintura estrecha. Tenía una mano a la espalda y con la otra sujetaba el vino. Ambas eran elegantes, con un ligero tinte dorado en la piel, extrañas en una persona que vivía para el mar.
—Sí, capitán. De la Guardia del Amanecer —respondí.
—De blanca a azul en ocho meses, según me han contado.
Su voz era profunda y lírica; hacía que la sangre me palpitara como un antiguo tambor. Sin embargo, su acento era extraño, desconocido. Traté de ubicarlo.
—Sí, capitán.
—Muy rápido. ¿Hiciste trampas?
—Soy buena, capitán. —Tragué salvia, tratando de calmar los nervios—. Muy buena.
Parecía demasiado joven para ser el capitán de un barco como aquel. No tendría más de cinco o seis años más que yo, aunque tampoco podía saberlo con certeza. De su figura se desprendía un poder arcano; las runas antiguas me susurraban en los oídos. Además, las cicatrices rúnicas de mis manos rotas se estremecían en su presencia, como si él fuese o bien un bálsamo necesario para curarlas o bien una hoja para clavarse en ellas.
Pero, fuera cual fuese su edad, sentía, hasta en lo más profundo de mi ser, que estaba en presencia de un magus muy poderoso. Debía andarme con mucho cuidado.
—Mejor que todos los demás —dijo él.
—Sí, capitán. Es la verdad.
—Te creo.
Pero había algo que no me decía.
Alzó el vaso de licor para llevárselo a los labios y luché contra el impulso de inclinarme hacia delante. Quería ver su rostro, para orientarme, para comprender, pero el ángulo no me lo permitía.
—Y ahora estás enredada en quimérico. —Había un matiz extraño en su voz, algo que me erizaba la piel. ¿Sarcasmo? ¿Desdén? ¿Le parecía divertido, acaso?—. ¿Qué sabes sobre el quimérico, subteniente?
Tragué saliva, valiéndome de ese instante para prepararme. Me estaba metiendo en aguas profundas, oscuras y peligrosas, como las de las corrientes más traicioneras.
—Solo lo que aprendí en la academia, señor.
—¿Y eso es…?
—Es, es… —Me costaba recordar lo que me habían enseñado en la Armada. Las enseñanzas sobre quimérico eran vagas, pues nadie sabía gran cosa sobre él—. Es un polvo arcano y alquímico que la flota rhi’ahr utiliza con desmesura y sin freno alguno. Proporciona a sus disparos unas llamas inestables e imbatibles.
—Con desmesura y sin freno alguno —murmuró—. ¿Se puede frenar la libertad, subteniente? ¿Se puede domar el poder?
Cambió de postura, apoyando su peso en sus talones, y la luz de los soles alumbró entonces la parte de atrás de su cabeza por completo. Y me quedé sin aliento.
El pelo, cortado toscamente, como con una daga, le llegaba a los hombros, pero no fue su corte de pelo el motivo de mi alarma. No, fue su color.
—¿Y no te enseñaron de dónde viene esta «alquimia arcana»?
Era negro, con algunos reflejos cambiantes en tonos azules, púrpura y verde oscuro, como un charco de brea sobre el agua que espera a que le lancen una cerilla.
—No, capitán —respondí, con el estómago en un puño.
Su pelo era negro como la noche. Negro como el abismo. Negro como los colores que el mar no comparte con nadie.
—En efecto, la terre tembló cuando lo hilaron…
Vi las puntas de sus orejas de elfo, que asomaban entre los mechones despeinados. En una de ellas lucía un pendiente.
—Pero las lunas… —Se giró y, por fin, se puso frente a mí. Los soles iluminaron su rostro afilado y anguloso. Las cejas se enarcaban sobre unos ojos tan verdes como azules, llenos de motas doradas. Parecía un arrecife de las profundidades marinas que ondulaba y se sumergía, y el pánico empezó a adueñarse de mí. Me aguantó la mirada y añadió—: Las lunas cantaron.
Estaba segura de que, en ese momento, tenía la misma expresión que el mozo de la pólvora cuando se había quedado atrapado en el aparejo que lo había arrastrado hasta las profundidades. Lo del bote ya no me sonaba tan mal. Me parecía, de hecho, una opción estupenda. Me marcharía de allí y no volvería a mirar atrás. No sería más que una muchacha descarriada esperando a su ballena.
—Soy Gavriel Thanavar, el capitán de la Piedra Angular. Tengo entendido que quieres unirte a mi conjurio.
El corazón me martilleaba en los oídos, pero no lograba apartar la mirada de aquellos ojos. Claros como la luz, oscuros como el abismo y dorados como los tesoros que había desperdigados por la arena.
«Es muy sutil —me había dicho mi madre hacía una vida entera—. Ves otras cosas: la gente, las nubes, las coloridas banderas que ondean al viento… Hasta la danza de las aves marinas. Lo ves absolutamente todo salvo aquello que no debes ver…».
El capitán esbozó una sonrisa taimada y peligrosa, como la de un gato a punto de zamparse a un ratón, y mi audacia se derritió de golpe, como una gota de miel en la lengua. Porque yo era el ratón, pequeño e insignificante, que esperaba la colmillada del elegante gato negro. Era un pez en las garras de un halcón de invierno.
—Pero la respuesta a tu pregunta es no —añadió—. No se te permitirá unirte, ni ahora ni nunca.
Quería huir. Quería esconderme. Y, sin embargo, era incapaz de apartar la mirada de aquel rostro aterrador y etéreo. De aquel rostro enemigo.
—Eres demasiado orgullosa para el Barco de los Hechizos —concluyó.
El miedo me atenazó la garganta. Pues el hombre que tenía delante, con aquellas ropas de capitán de Supramar, era un rhi’ahr.
El Cantus Lumiere
Unos vendidos. Unos traidores. El barco de los espías.
Odiaba a todos y cada uno de ellos y lo único que quería era irme a casa.
Y el sentimiento parecía mutuo, pues pusieron rumbo hacia Labranza de inmediato. Sin embargo, nadie brindaría conmigo cuando volviera al muelle. Dudaba incluso de si tendría monedas suficientes para comprar un pasaje en barcaza rumbo a los Chubascos, y el miedo de verme obligada a mendigar en las puertas de las tabernas me rondaba sin descanso en las horas de vigilia.
Eco y Humo Oakum estaban tratando de arreglar para mí un par de guantes de cuero que habían impregnado con un hechizo de contención. Decían que era para protegerme las manos mientras se estuviesen curando, pero yo sabía que, en realidad, eran para proteger al barco de aquella maxia descontrolada.
Una maxia para la que nadie parecía tener una explicación.
Yo sabía que el quimérico de la bala de cañón había reaccionado de algún modo a aquellos tres hechizos casi simultáneos que le había lanzado, y que ahora estaban fundidos en uno. Ninguno de aquellos hechizos habría podido, por sí solo, causar algo así. En efecto, el quimérico era una «alquimia arcana», un elemento antiguo que extraía el enemigo, con el que comerciaban entre las sombras a través de los mares.
Así pues, me quedé sentada bajo el propao hasta el atardecer, con las manos enguantadas sobre las rodillas, y me dediqué a estudiar el extraño mascarón de proa. Era el rostro de una mujer, tallado en un bloque de madera densa y oscura. Era inquietante, con un velo hecho de hendiduras curvas y unos ojos vacíos que oteaban el vasto mar que se extendía ante ella. Unas runas resplandecían sobre la superficie de madera, las mismas que yo llevaba grabadas a fuego en la piel, y me pregunté si la habrían forjado también en quimérico. Si era así, no quería tener nada que ver con ella, igual que no había querido tenerlo con aquella tabla ennegrecida que me había perseguido por las aguas tras el naufragio.
Aparté la vista para observar a la tripulación, que, a mi pesar, había despertado mi interés.
No era un conjurio muy grande y, como ocurría en la Guardia del Amanecer, todas las naciones de Supramar estaban representadas en él. A pesar de que los faunos, los minotauros y los enanus eran numerosos, la mayoría eran homani, como yo, un pueblo de piel desnuda de complexiones diversas, pero sin cuernos, cascos ni pezuñas, sin pelaje, colmillos ni alas que nos protegieran. Yo estaba convencida de que si habíamos sobrevivido era solo gracias a nuestra testarudez.
Por lo general, la Piedra Angular funcionaba como cualquier otra embarcación, con sus vigías, sus navegantes, sus oficiales y sus grumetes. Se fregaban las cubiertas, se remataban los cabos y se izaban las velas para aprovechar los vientos dominantes. Aun así, vi que a un maremagus se le enredaba un pie con las jarcias, y que uno de sus camaradas lo ayudaba quemando la cuerda con un hechizo Ignateaus. Vi a otro lanzando un Praesidium mientras limpiaba el ánima de un cañón. Ninguno de ellos llevaba los cintos de colores que indicaban sus distintos oficios de la maxia y sus niveles, pero sospechaba que todos ellos eran capaces de conjurar hechizos cuando estos eran necesarios o cuando les daban orden de hacerlo. En la Armada no era así, y me resultaba muy atractivo. Aunque pensaban dejarme en Labranza, así que lo que me resultase a mí «atractivo» o no era irrelevante.
Además, aquello de servir a un capitán enemigo no me gustaba, por mucho que navegase con una patente de corso del rey.
Vi que un hombre se acercaba a la borda. Era Worley, el mayordomo del capitán, que susurraba con dulzura a una cesta que llevaba en las manos. Para mi sorpresa, abrió el pasador que la cerraba y sacó de dentro un pájaro de plumaje negro, salvo por una franja blanca en el cuello. Lo reconocí: era un vencejo, el ave que se empleaba para llevar mensajes de barco a tierra. Y, como suponía, tenía un pergamino diminuto atado a una pata.
—Para el rey y el país —dijo—. Buenos cielos, mi amor.
Le dio un beso en la cabeza y lo soltó.
Luego dio media vuelta y abandonó el castillo de proa, abandonándome también a mí, dejándome sola con las sombras y mis desdichados pensamientos.
La noche era fresca; el cielo estaba lleno de estrellas y las Lunas Hermanas, Lúna, Lírika y Lár, sonreían desde ese manto oscuro y profundo, observando la noche como tres lechuzas. Las contemplé desde mi rinconcito, envuelta en un chaquetón tres tallas más grande de la que me correspondía. Eco me había traído mi ración del rancho, pero yo lo había vuelto a rechazar. Ahora bien, si me hubiese traído lima y ron, o incluso un vaso de cerveza caliente y salobre, lo habría aceptado. Era capaz de beber más que el más recio de los maremagus, un rasgo que, al parecer, había heredado de mi padre, y el único por el que le estaba agradecida.
Levanté la vista al oír unos suaves pasos. Era Eco, que me miraba con una sonrisa, con su pelo de cabra ondeando al viento nocturno.
—No era mi intención escuchar —se excusó mientras me tendía un vaso—. Pero tus pensamientos son muy altos.
El vaso estaba lleno de lima y ron.
—No te lo bebas muy rápido —me recomendó—. No has comido nada, y el ron te irá directo a la sangre. Antes de que te des cuenta, estarás bailando en la cofa, y por la mañana me odiarás. Y todo porque fui amable.
Alargué una mano para cogerlo, preguntándome si me explotaría de repente entre los dedos, envuelto en llamas avivadas por el alcohol.
—Siento que no puedas quedarte —añadió.
—Pues yo no.
—Mientes, pero supongo que era de esperar —repuso—. La vida es muy curiosa; dulce como el ron y amarga como la lima. Por eso nos gusta.
—Amargura he tenido de sobra —contesté—. Tendré que creerte en lo de la dulzura.
—Escuchar a los faunos es el comienzo de la sabiduría.
Me sonrió. Y no pude evitarlo: aunque cansada, le devolví la sonrisa.
—¡Eh, doctor! —gritó una voz desde la cubierta principal—. ¡Manotazo después del segundo cuartillo! ¡En el camarote de oficiales!
—¡Ahora voy! —Dio vueltas al anillo que llevaba en la mano izquierda—. Humo no aprende nunca, pero le gano el ron, así que no me importa.
Y lo vi marcharse con esos andares bamboleantes de cabra.
Me quedé allí sentada, con el ron en las manos enguantadas. Lo bebía a sorbitos, respirando el aire salobre, disfrutando del suave balanceo del océano. Era en noches como aquella cuando pensaba en mi hogar, en aquel pobre pedacito de tierra en las arenas pantanosas de los Chubascos. Pensaba en mi madre, una verdemagus selvaje a la que nadie había formado, pero que tenía unas habilidades asombrosas. Había luchado contra el desprecio de las gentes para convertirse en una afamada curandera. A ojos de los demás, había sido hermosa y cautivadora, pero conmigo siempre había sido dura, implacable y cruel. Y todo para hacerme más fuerte, según me había dicho. Todo para regalarme la esperanza de tener una vida fuera de los Chubascos. En fin, tenía razón, porque me había marchado, y no quería volver a verla en lo que me restaba de vida.
Cuánta amargura. Aún estaba esperando a que empezase la parte dulce de la vida.
Abrí los ojos al oír pasos de nuevo, con la esperanza de ver al fauno con otro vaso de ron, pero era Devanhan Fahr. No me había visto, acurrucada como estaba bajo el propao, envuelta en chaquetones y sombras. Se quedó allí de pie, oteando el horizonte. Era un hombre enigmático, con aquellos ojos risueños y aquella sonrisa torcida, con el pelo repeinado con raya al lado, al estilo militar, y un pendiente que gritaba rebelión. Y, con todo, allí, en la proa del barco, me parecía muy apuesto. De habérmelo encontrado en una taberna o una atarazana, me lo habría brumado sin pensármelo dos veces y luego me habría largado antes de que salieran los soles. Sin embargo, navegaba junto al enemigo, así que también habría podido, con la misma facilidad, clavarle una daga en las costillas y quedarme tan a gusto.
Poco a poco, se sacó las manos de los bolsillos y empezó a trazar los patrones de la hilatura de luz, moviendo los labios al mismo tiempo. Mientras dibujaba las runas en el cielo oscuro, saltaban chispas de las puntas de sus dedos. Poco después, una erupción de luz cobró vida entre sus manos, iluminando su rostro con luz parpadeante. La recogió entre las palmas de sus manos y la sopló con suavidad, arrojando chispas sobre las olas. Como si no hubiera nada en el mundo que lo preocupara. Como si no estuviera navegando con un rhi’ahr como capitán.
—Traidor… —le espeté con desdén.
—¡Por los garfios del inferno! —exclamó, dando un paso atrás—. ¿Qué haces aquí?
—¿Y adónde debería ir? No tengo dónde dormir, y a pesar de la amable oferta del contramaestre, no creo que el bote sea tan cómodo como lo pinta. —Me enfrenté a él con la mirada. Eso se me daba bien—. Además, ahí abajo apesta a rhi’ahr. Prefiero lidiar con el mar.
Negó con la cabeza.
—No es lo que piensas —dijo.
—No necesito pensar nada —repliqué—. Se ve muy claro.
Habían pasado diez años desde que Inframar hubiera prendido la llama de la guerra, y no pasaba un día sin que los rhi’ahr echasen más leña al fuego. Habíamos sufrido demasiada muerte, demasiada desolación, y, como resultado, mi pueblo, mis huesos, ansiaban cobrarse toda aquella sangre.
—Ah, ¿sí, Azumagus? —Se lanzó la luz a la otra mano sin apartar la mirada—. Dime, ¿qué puedes ver sin pensar?
—Que el afamado Barco de los Hechizos está capitaneado por el enemigo. ¿A quién sirves tú, eh?
—Al rey, a Supramar y a las Mareas del Norte mismas.
—Mentiroso.
Sonrió.
—Apuesto a que uno de los mejores que conocerás nunca.
—¿Cómo infernos os las arreglasteis para conseguir grada en Labranza?
—Eso es asunto del rey, Azul, y no tuyo.
—Qué conveniente.
—Así es la corona.
Se volvió para dejar que la luz volviera a danzar junto al viento. Yo apoyé la espalda en el propao y repliqué:
—No importa. Cuando lleguemos a Labranza, le contaré a todo el mundo que sois espías, y seguiré haciéndolo hasta que manden una flota entera para hundiros.
—Vaya, ocho meses en el mar y ya sabes más que el rey. —Se echó a reír, y sentí el impulso repentino de darle una patada en la espinilla—. Quizá, en lugar de Labranza, deberíamos dejarte en Alto Templo. He oído que infiltrarse en su corte es bastante fácil. ¿No le robaron a un príncipe una vez?
Me mordí la lengua, aferrándome al vaso de ron con tanta fuerza que temí que acabase convirtiéndose en azúcar entre las palmas de mis manos. La historia del Príncipe Robado de Supramar era muy vieja, una fábula fantasiosa para acompañar las noches frías y la cerveza caliente. Había sido uno de los cuentos favoritos de mi madre, lo que probablemente explicaba por qué yo no tenía paciencia para escucharla.
—Créeme, Azul —añadió—. Nos quedaríamos contigo si pudiéramos, aunque fuese solo para enseñarte un par de cosas sobre lo que se ve y lo que no.
Me miré los pies con atención. Las chispas de su maxia parpadeaban sobre mis botas. Era un magus, eso era evidente, pero no llevaba ningún cinto. En aquel barco, nadie lo llevaba.
—¿Cómo haces para hilar así la luz? —le pregunté, y él se volvió a mirar las manos. Parecía aliviado por cambiar de tema.
—Es una línea luminaria básica con un ensalmo Cantus. Va un poco más allá de las habilidades de un azumagus.
—Enséñame —le pedí.
—No puedo.
Lo miré con los ojos entornados.
—Lo que significa eso es que no quieres porque pertenezco a la Armada.
Se encogió de hombros.
—Lo que significa eso, Azul, es que no serviría de nada.
—¿Por qué? —protesté—. ¿Porque el capitán cree que soy demasiado orgullosa para una nave corsaria? ¿O porque sabe que lo mataré en cuanto me dé la espalda, o cuando esté acurrucado en la cama?
—Porque llegaremos a puerto por la mañana… Y aprender medio hechizo es peor que no aprender nada.
Aquello tenía cierto sentido, tenía que reconocerlo. De todos modos, me enfurecía que no estuviera dispuesto a enseñarme al menos ese medio. Cualquier cosa me habría valido con tal de dejar de pensar en el hombre que había abajo, en su camarote.
—Deberías matarlo y ser tú el capitán —le dije, y una comisura de la boca se me curvó hacia arriba antes de que pudiera contenerme—. Quizá entonces te seguiría.
—¿Seguirías a un amotinado que ha asesinado a su capitán? Eso es caer bajo, incluso para alguien de la Armada.
Y con eso se borró toda mi astucia.
—¡Su gente hundió mi barco! —grité; mi pecho subía y bajaba con violencia con cada palabra que escupía—. ¡No pude salvar a nadie! ¡Vi cómo el mar se tragaba a mi mozo de la pólvora! Corwen tenía doce años. ¡Doce!
Esta vez le tocó a él apartar la vista. Me alegré, ya que se me habían llenado los ojos de lágrimas.
—Lo siento —respondió al cabo de unos instantes.
Me hundí de nuevo entre las sombras y me enjugué las mejillas. Doblegué mis emociones y las enterré en el abismo, donde habían terminado Corwen y la bala de cañón.
—Y casi siento también que tengas que marcharte, pero lo cierto es que tenemos una misión —añadió.
—¿Una misión? —Resoplé—. ¿Qué misión podríais estar desempeñando, teniendo al enemigo como capitán? —No respondió—. ¿Qué misión podría haber encomendado el rey a un barco de traidores?
—¿Recuerdas cuando acababas de llegar a bordo y no querías abrir la boca? —repuso con gesto nostálgico—. Qué bonito era.
—¿Para qué, exactamente, pagaría el rey de Supramar a un capitán enemigo?
—Y, ahora mismo, el bote de Humo también me parece una buena opción. La metemos ahí y ¡al agua! Hasta siempre y buenos mares, Honor Renn, azumagus de la Armada. ¡Adiós!
Lo miré con los ojos entornados.
—¿Qué escondes?
—¿Esconder, yo? —Bajó la vista y se me quedó mirando un largo instante, aunque me dio la sensación de que no me estaba viendo a mí en absoluto. Era como si se hubiese quedado atrapado en el lado equivocado de algo de mucha más importancia—. Te propongo un trato. Yo te enseño el Cantus y tú te muerdes la lengua cuando lleguemos a Labranza.
Aquello no me lo esperaba. Lo fulminé con la mirada.
—¿Y de qué me sirve un hechizo Cantus si no puedo usar las manos?
—Bueno, si te da miedo intentarlo…
—A mí no me da miedo nada —mentí.
—Fracasarás estrepitosamente, y la vergüenza te perseguirá hasta el fin de tus días, pero sospecho que eres de las que se crece cuando está sumida en la oscuridad y la afrenta.
Estaba sonriendo, no sé si con intención de provocarme o si para burlarse de mí, pero el gesto encendió en mí una mecha que nada tenía que ver con el quimérico.
Me incliné hacia delante y contraataqué su mirada risueña con las dagas que irradiaban de la mía.
—¿Qué te parece si el trato te lo propongo yo? —respondí—. Enséñame el hechizo, dejadme en Labranza y yo le cuento a todo el mundo que sois espías de todos modos. La Armada os manda directos al abismo y yo tendré un nuevo hechizo que lucir a cambio de unas cuantas monedas. Una victoria para mí, y vosotros acabáis en el fondo del mar. En definitiva, todos salimos ganando.
Se agachó y apoyó un brazo sobre su rodilla.
—¿Tan insensata eres, que te atreves a amenazar a un barco de espías?
—Insensata y orgullosa —repliqué—. Demasiado orgullosa para el Barco de los Hechizos.
Esbozó una sonrisa torcida, brillante como la hoja de un cuchillo.
—¿Sabes qué pasa? Que dentro de unas horas ya no estarás aquí… Estarás abandonada en esa tierra baldía llamada Labranza, perdida, desamparada, buscando dinero…
Estaba tan cerca de mí que casi podía sentir su maxia, que me hacía cosquillas en la piel. Sin embargo, no era la misma sensación que despertaba en mí la maxia del capitán. La de este último era profunda y oscura, como una corriente que te arrastraba hacia el mar y te ahogaba en la pena. La de Fahr, en cambio, era como una caricia en la superficie: cálida, fácil, como una vieja amiga que supiera cuándo debía quedarse cerca de la orilla.
—Pero, hasta entonces… —prosiguió él, tendiéndome la mano—. Hagamos un poco de luz.
No me di cuenta de que había cambiado de tema hasta mucho después.
Me bebí el ron, deleitándome en el placer que me provocaban el azúcar y la lima al pasar por mi garganta. Le cogí la mano tras prepararme para el impacto que sabía que venía, y que hizo que me castañetearan los dientes. Fahr gruñó entre dientes mientras tiraba de mí para ayudarme a ponerme de pie, tras lo que apartó la mano de inmediato.
—Campanas, ¡qué daño! —se quejó, y se me quedó mirando mientras la sacudía.
—El dolor es vida —mascullé.
—La vida es vida —replicó—. El dolor solo es un espectador entusiasta. En fin. Ponte ahí. Apoya bien los pies. El equilibrio lo es todo. —Obedecí—. Respira hondo y junta las manos.
Me detuve. Acababa de darme cuenta de que los guantes cubrían la piel desnuda que era necesaria para crear maxia.
—Quítatelos —dijo—. Pero intenta no prenderle fuego al castillo de proa, por lo que más quieras.
Me quité los guantes con cuidado y me los remetí por el cinto. Los cortes se habían curado, y las cicatrices rúnicas resplandecían como si ellas mismas fueran hechizos. Me pregunté cuánto duraría aquello.
—Respira hondo y junta las manos —repitió. Juntos, repasamos el patrón rúnico; yo con las dos manos y serias dificultades; él, solo con una y cierta condescendencia—. Otra vez.
Repetimos el patrón una, dos y tres veces, sin obtener ningún resultado. Ni una chispa, salvo por el fulgor de las runas dibujadas sobre mi piel.
—Ya no me funcionan los dedos —me lamenté con un suspiro. Se me encorvaron los hombros—. Me los destrocé en la batalla.
—Quizá necesites pronunciar el ensalmo. ¿Conoces el Cantus Lumiere entero?
—Lo leí una vez —respondí, omitiendo la segunda parte de la respuesta: «en las hojas de runas de mi madre, cuando tenía cinco años».
—Pronúncialo mientras trazas el patrón. Concéntrate.
Y eso hice. Ni siquiera me cuestioné cómo lo recordaba. Me limité a repetir las palabras. Una vez, otra y otra. No hubo luz, pero las cicatrices empezaron a danzar como el fuego que recorre la mecha de la pólvora. Repetí el ensalmo con los dientes apretados, escupiéndolo casi, mientras mis pobres dedos tejían torpes patrones en la oscuridad. Sin embargo, no apareció ni una sola gota de luz.
—Te lo he dicho —dijo él, con una sonrisilla que le curvaba los labios.
—No —repliqué. Lo conseguiría—. Solo tengo que…
—Bajar a dormir un rato —me interrumpió, con los ojos marrones colgados de pena—. Labranza no será amable contigo.
—¡Que no!
Con un rugido, junté las manos y, de repente, casi salí despedida por los aires. La luz estalló hacia el bauprés y los patrones brillantes salieron despedidos en todas direcciones a través del mar.
Oí los gritos de la tripulación, que acudió a toda prisa a sus puestos. El corazón me latía desbocado, el pulso me rugía en los oídos y el dolor se me extendía por los brazos. La luz seguía brotando de las palmas de mis manos, bailando a través de las olas como música. Me obligué a mantener el equilibrio, pero lo único que quería era volver arrastrándome al propao, y al chaquetón, y a las sombras.
ARO’EL, susurró una voz en mi mente.
—Maldito sea Forja —maldijo Fahr—. ¡Mírate los brazos!
Los mismos patrones que habían danzado por las aguas bailaban también hacia mis codos. Sin embargo, las runas eran otras. Cantus Lumiere. En los dedos y las palmas de las manos eran donde refulgían con más fuerza, pero trepaban también por mis muñecas, en las que palpitaban, más tenues, las runas quiméricas.
Y entonces, tan repentinamente como habían estallado, los patrones se extinguieron. El mar volvió a convertirse en una masa oscura.
Respiré hondo varias veces, luchando porque no me fallaran las piernas. El dolor iba menguando poco a poco y un entumecimiento silenciaba mis manos.
—Vaya —dijo Fahr—. Eso sí que no lo había visto venir. Cúbrete las manos y te daré el último vaso de ron.
Estaba demasiado abrumada para mediar palabra. Con dedos temblorosos, me deslicé los guantes sobre aquellas incomprensibles manos.
Mientras nos dirigíamos hacia la escotilla que daba a las cubiertas inferiores, traté de ignorar las miradas de los marineros en turno de guardia. Oí que murmuraban «rastrearunas» por lo bajo, pero ni eso fue capaz de armarme de furia. Eco y Humo aparecieron desde abajo, probablemente, intrigados por el extraño estallido de luz, y me pregunté quién iría ganado. Sin duda, yo no. Nunca ganaba yo. Ni siquiera en un barco lleno de rebeldes e inadaptados había un lugar para mí.
Tras de mí, se oyó una campana. Todo el mundo se quedó paralizado.
Volvió a sonar. Una alarma que hacía castañetear los dientes, que resonaba sobre las aguas y disparaba los pulsos de los tripulantes. Éramos una nación en guerra. Todos sabíamos lo que significaba.
—¡A sus puestos! —gritó Fahr—. ¡Todo el mundo a sus puestos!
Sobre nosotros, el palo trinquete retumbó cuando se desplegaron las velas. Me volví para escudriñar las aguas con los ojos entornados.
En la distancia, los cielos ardían.