1. Mollie

CAPÍTULO 1

Mollie

BÉSAME EL CULO, VAQUERO

SEPTIEMBRE

Estoy en plena tierra de vaqueros, pero aun así doy un frenazo cuando veo a un auténtico cowboy parar su auténtico caballo fuera de una auténtica taberna.

¿He retrocedido en el tiempo?

¿O toda la escena no es más que un espejismo? El salpicadero marca que fuera hay cuarenta y tres grados.

La nube de polvo que me ha seguido desde Belton envuelve mi todoterreno y oculta temporalmente la vista de un edificio con un cartel que reza: the rattler.

El polvo de Hill Country se disipa. Vale, no hay duda de que eso es un caballo.

Y no hay duda tampoco de que eso es un tío con tejanos ajustados y sombrero cowboy deslizándose de la montura con una facilidad que me deja sin aliento.

Se me vienen a la cabeza las palabras de mi madre: «En Hartsville solo hay sitio para un caballo». No sabía a qué se refería, pero viendo este pueblucho ahora sé que lo decía literalmente.

Siento una vaga familiaridad mientras contemplo la fachada del edificio que hay detrás del vaquero y su caballo. Es de dos pisos, de ladrillo, con ventanas de hojas desniveladas que brillan bajo la brumosa luz vespertina. Tiene un toldo descolorido de rayas verdes y negras en el que destaca la imagen de una serpiente de cascabel blanca con la lengua bífida asomando entre los colmillos.

Tenía seis años la última vez que estuve en este pueblo diminuto erigido en medio de la nada. ¿Cómo es que recuerdo precisamente un bar?

—¿Mollie? ¿Te he perdido?

Se me encoge el estómago; la voz de Wheeler al teléfono me devuelve de golpe al interior del Range Rover. Sin mirar, piso inmediatamente el acelerador y luego agradezco en silencio que Main Street esté vacía. Nadie a quien atropellar, gracias a Dios.

Bueno, salvo por ese vaquero a caballo, a quien echo un vistazo por el retrovisor. Me encuentro a poco más de trescientos kilómetros al sudoeste de Dallas, pero bien podría estar en otro planeta a juzgar por lo diferente que parece este lugar.

Alargo la mano hasta la rejilla de ventilación que hay junto al volante y dirijo una ráfaga de aire acondicionado a mi cara.

—Perdona, aquí estoy. Acabo de llegar a Hartsville y… creo que he tenido un momento tipo Outlander. Pero ambientado en el Oeste, con una taberna y un vaquero.

La áspera risa de mi mejor amiga y socia resuena en los altavoces.

—Tráete a la versión vaquera de Jamie a Dallas. Dile que se vive mejor en la ciudad.

—Y que lo digas. —Miro por el parabrisas mientras el GPS me indica que estoy acercándome a mi destino—. Mi madre no bromeaba cuando dijo que aquí no había nada.

—Coge tu dinero y sal pitando de ahí. Llámame cuando acabes, ¿vale? Estaré pensando en ti.

Sonrío, aunque se me vuelve a encoger el estómago.

—Gracias, amiga. Estoy deseando que llegue la pop-up.

—Yo también. Tengo curiosidad por ver cómo va.

Esta semana, una de las boutiques más conocidas de Dallas va a acoger una tienda pop-up de nuestra empresa de botas cowboy. A la clientela de la boutique le gusta ir a la última y está forrada, así que esperamos vender bastante. Bien sabe Dios lo genial que nos irían esos ingresos.

Mientras cuelgo el teléfono, reduzco la velocidad al pasar frente al último edificio que hay a la izquierda, antes de que Main Street se convierta en un desolado trecho de vacuidad. La tierra blancuzca, apenas salpicada de árboles, cactus y matorrales, se agita bajo el calor de media tarde.

En una placa de latón colocada junto a la puerta del edificio puede leerse: goody gershwin, abogada desde 1993.

«Ha llegado a su destino», me comunica el GPS.

Aparco en una plaza en ángulo que hay junto a una enorme camioneta de color rojo manzana caramelizada. También parece de 1993: sus ventanas bajadas revelan un asiento delantero tipo banco tapizado en una tela gris descolorida. Hay una caja con los grandes éxitos de Brooks & Dunn en el asiento del copiloto.

Está llena de cintas de casete.

Tal vez sí que haya retrocedido en el tiempo.

El calor me golpea como una bofetada en la cara en cuanto me bajo del coche. Irradia desde el asfalto y me abrasa las piernas desnudas. Al mismo tiempo, el sol me pega en la cabeza y en los hombros desde arriba. Es como si me presionaran contra una plancha de cocina.

Me echo el bolso al hombro y me pregunto por qué narices querría nadie vivir aquí. ¿Qué vio mi padre en este sitio?

No me puedo creer que yo haya venido. No me puedo creer que él se haya ido. Pero sobre todo no me puedo creer que haya perdido la oportunidad de arreglar las cosas entre nosotros. La pena, aderezada con una buena dosis de ira, reposa sobre mi pecho como un elefante.

Una campana suena justo encima de la puerta cuando entro en el edificio. Por suerte, dentro del despacho hace fresco. El familiar aroma del café recién hecho me hace sentir un poco menos desorientada.

Un joven con gafas redondas me sonríe desde un escritorio cercano.

—Usted debe de ser Mollie Luck. ¡Bienvenida! Soy Zach, el ayudante de Goody. —Da la vuelta al escritorio y me tiende la mano—. ¿Puedo ofrecerle algo? ¿Agua? ¿Café? Espero que el viaje no haya sido demasiado horrible.

Le estrecho la mano.

—Tres horas. Pasable. Encantada de conocerte, Zach. Y no quiero nada, gracias.

Se queda mirando mis botas rosa metalizado.

—¡Son espectaculares!

—Ah, gracias. Forman parte de la última colección de mi empresa de botas.

—¿Tienes una empresa de botas? —Una mujer con el pelo corto y oscuro que luce un traje claro de lino sale por una puerta situada a mi izquierda. Parece que lleva una corbata de cordón (negra, con un broche plateado) sin ningún viso de ironía—. ¡Qué maravilla!

—Se fabrican aquí mismo, en Texas.

Cuando la mujer me sonríe, se le forman arrugas alrededor de los ojos.

—Mejor aún. Soy Goody Gershwin. Encantada de conocerte por fin, Mollie. Tu padre hablaba mucho de ti. Estaba muy orgulloso.

Siento un ardor en los ojos y me da un vuelco el corazón. ¿Que papá estaba orgulloso de mí? Pues nunca lo demostró. Y, desde luego, nunca me lo dijo. Pero me gusta saber que sí estaba un poco orgulloso de lo que he conseguido.

Dibujo una sonrisa.

—¿Qué tal, Goody? Encantada de conocerte también.

—Mi más sentido pésame. A nuestra comunidad le ha dolido mucho la muerte de Garrett, así que no puedo más que imaginar lo difícil que debe de haber sido para todos vosotros.

Un dolor punzante me atraviesa el corazón y se instala en la parte posterior de la garganta. Esa comunidad de la que habla debía de estar mucho más unida a mi padre que yo. Aunque, pensándolo bien, los únicos que fuimos a su funeral en Dallas hace tres meses fuimos mamá, los padres de mamá, Wheeler y yo, así que ¿quién sabe?

—Te lo agradezco.

—Bueno, nos alegra que estés aquí. —Goody me suelta la mano—. Esto no debería ser muy complicado. Como albacea del testamento de tu padre, voy a pasar a detallarte su patrimonio y la distribución de sus bienes, además de lo que deseaba en cuanto a…

Levanta la vista al oír el tintineo de la campana detrás de mí. Las arrugas del contorno de sus ojos se acentúan.

—¡Hola, Cash! Siempre es un placer verte.

«Cash». ¿Por qué me resulta familiar ese nombre?

—Hola… Buenas tardes.

Hay algo en esa voz grave, quizá su aspereza o ese acento tan espeso como la melaza, que me hace echar un vistazo por encima del hombro.

El corazón se me acelera al ver al increíblemente apuesto hombre que se ha quedado plantado frente a la puerta. Aparenta veintimuchos, quizá treinta y pocos. Es alto —rondará el metro noventa— y tiene esa complexión típica de los quarterbacks: hombros anchos, brazos fornidos y largas piernas con muslos que tensan sus ajustados tejanos. Wrangler, si tuviera que apostar.

Sostiene un sombrero cowboy contra su pecho, como si acabara de arrancárselo de esa mata de pelo castaño enmarañado que se le riza en las puntas. Se le marcan unas venas entrecruzadas en el dorso de la mano. Lleva una barba desaliñada más larga en el labio superior —no me suelen atraer los bigotes, pero por algún motivo el de este chico me resulta muy sexy— y una camisa de botones con unas rayas blancas y azules a juego con sus ojos color cobalto. El intenso bronceado de su rostro hace que sus ojos azules parezcan centellear.

Se clavan en los míos y el pulso me retumba en los oídos. Un latido. Dos.

La intensidad de ese prolongado contacto visual, su atrevimiento, hace que el estómago me dé un vuelco. Parpadea. ¿Por qué tengo la sensación de que está molesto? ¿Incluso enfadado?

Me sobreviene un recuerdo: dos desgarbados muchachos de ojos azules en la parte de atrás de una camioneta. Uno le iba dando puñetazos al otro en la cabeza. Los golpes se sucedían cada vez más rápido hasta que una voz les gritó que pararan desde la cabina.

Los chicos de los Rivers.

Pese a la alta incidencia de lesiones físicas en su familia, esos niños me daban mucha envidia. Como hija única, me moría por vivir en una casa llena de hermanas y hermanos, y ahí estaban los Rivers, que eran la tira. Recuerdo claramente haber visto a la señora Rivers en el asiento del copiloto apoyando la mano sobre su vientre embarazado.

Su familia es dueña del rancho que hay junto a la finca de mi padre. Recuerdo haber visto a los chicos en la tienda de suministros para tractores, aquí, en el pueblo, y una vez en el rodeo de Lubbock. No tantas veces como para ser amigos —su madre les daba clase en el rancho, así que no se prodigaban mucho por ahí—, pero las suficientes como para saber quiénes eran.

Incapaz de mantenerle la mirada a Cash ni un segundo más, bajo la vista hacia sus botas. Son de punta cuadrada, marrón oscuro. El cuero está arrugado por el paso del tiempo, pero salta a la vista que lo ha cuidado bien, y el color brilla bajo una reciente capa de crema para cuero.

Vuelvo a notar esa vaga reminiscencia.

Gracias a mi trabajo, conozco las botas cowboy mejor que nadie. Las que lleva son unas Lucchese: elaboradas con maestría, caras y clásicas. Son el tipo de botas que van pasando de generación en generación.

Papá llevaba Lucchese. No sé por qué lo recuerdo, pero la certeza se asienta en mi tripa como un ladrillo.

—Mollie, déjame que te presente a Cash Rivers. —Goody extiende el brazo—. Es el capataz del rancho de tu familia desde hace… Madre mía, ¿hace ya…?

—Doce años.

La cortante respuesta de Cash me lleva a pensar que está molesto de verdad. ¿Conmigo? Pero ¿por qué? ¿Y resulta que trabaja en nuestra finca? ¿Qué le ha pasado al rancho de su familia? Estoy confusa.

Aunque eso explica por qué ha venido a la lectura del testamento de mi padre. Como capataz, a lo mejor va a ponerme un poco en situación.

Me da igual. En cuanto Lucky Ranch esté a mi nombre, pienso ponerlo a la venta. No tengo ningún interés en dirigir un rancho ganadero en Hill Country. Siempre he sido una chica más bien de interiores y, además, toda mi vida está en Dallas: mis amigos, mi familia… Bellamy Brooks, la empresa de botas cowboy que fundé con Wheeler también tiene la sede por la zona. El negocio por fin está despegando y la herencia que voy a recibir sin duda nos permitirá subir de nivel.

—Cash. Vaya… Me acuerdo de ti. —Le tiendo la mano.

Él le echa un vistazo; su boca es una línea severa. Se produce un momento incómodo hasta que, sin mediar palabra, envuelve mi mano en la calidez de la suya. El corazón me da un vuelco ante la firmeza de su apretón. Siento cómo su callosa mano, seca, pero a la vez electrizantemente viva, presiona la mía.

Le devuelvo el fuerte apretón, asegurándome de volver a mirarlo a los ojos.

—Hace ya algún tiempo… —responde por fin.

Su aroma llega hasta mí. Jabón sencillo mezclado con algo más sexy. ¿Loción para después del afeitado? No sé qué es, pero huele a fresco y a hierba, y es lo suficientemente delicioso como para hacer que se me pare de nuevo el corazón.

—Me alegro de volver a verte —logro decir.

Espero que Cash me conteste. ¿Qué clase de nombre es Cash, por cierto? ¿Es su nombre real o un apodo?

No abre la boca.

—Bueno, ahora que ya estamos todos —Goody coge un dosier y una bolsita con cremallera que le entrega Zach—, podemos empezar. Seguidme a la sala de juntas.

Se dirige hacia un pasillo. Miro a Cash, que despega el sombrero un centímetro del pecho.

—Después de ti.

Me pregunto si es hombre de pocas palabras o simplemente gilipollas.

Tengo tantas ganas de volver a Dallas que incluso me duele el estómago, algo que no es ninguna novedad porque a mí siempre me duele el estómago.

Sigo a Goody por el pasillo, con los pesados pasos de Cash detrás.

«Una hora. Dos, como máximo». Después tendré el dinero que necesito para hacer realidad mis sueños.

Bueno, uno de ellos, al menos.

Tal vez, cuando utilice el dinero de mi padre para invertirlo en Bellamy Brooks, me sienta por fin menos enfadada por…, bueno, por todo.

Goody toma asiento en la cabecera de la brillante y alargada mesa de juntas. Yo me siento en la silla que hay a su derecha y veo a Cash doblar su enorme cuerpo sobre la que está situada a la izquierda de la abogada. Deja el sombrero en la mesa al revés, con la copa orientada hacia arriba. ¿A qué viene eso? ¿Es para proteger la forma del sombrero o algo así?

Entonces levanta las manos y se pasa los gruesos dedos por el pelo, haciendo que se le tense la camisa sobre la musculosa amplitud de su pecho.

Aparto la mirada e intento entretenerme sacando mi agenda del bolso. No es que la necesite para nada, pero tengo que hacer algo con las manos. De repente me he puesto nerviosa.

Aunque no tiene ningún sentido. Mamá me aseguró que yo era la única descendiente directa viva y, por tanto, la heredera. Según el acuerdo de divorcio entre ella y mi padre, recibiré todas sus propiedades, puesto que nunca se volvió a casar ni tuvo más hijos. Todos estos años, lo único que papá me dio fue dinero. Cada vez que lo necesitaba, me extendía un cheque.

Pero, cuando lo necesitaba a él, nunca aparecía.

No tengo duda de que mis nervios son culpa del vaquero enfurruñado que tengo enfrente, que, por cierto, está reclinado perezosamente en la silla, con las rodillas muy separadas y los antebrazos colgando de los reposabrazos como si estuviera aburrido.

Me sube una oleada de ira. «Yo tampoco quiero estar aquí, capullo».

Mi padre y yo no estábamos muy unidos. Aun así, desearía que no hubiera muerto, a pesar de que estoy a punto de quedarme con su rancho y con un buen montón de dinero. De hecho, ojalá estuviera aquí, así podría…, no sé…, intentarlo por última vez.

Tal vez podría llamarlo y decirle: «Te quiero, lo siento, ¿podemos empezar de cero?».

Siempre pensé que tendríamos todo el tiempo del mundo para arreglar nuestra relación. Un parte de mí quería que él supiera lo mucho que me dolía su ausencia en el día a día después de que se divorciara de mi madre cuando yo tenía seis años, así que en cuanto crecí un poco lo aparté de mi vida. Supuse que, una vez que yo alcanzara cierto éxito —y tras convertirme en una verdadera adulta, de esas que no guardan rencor—, limaríamos asperezas.

Ahora ya nunca tendré oportunidad de hacerlo, y eso me mata.

Goody dispone varias hojas de papel sobre la mesa y las desplaza hasta alinearlas en filas de tres.

—Me gustaría empezar diciendo que en estas situaciones las emociones suelen estar a flor de piel. Podemos tomarnos un descanso cuando lo necesitéis, ¿vale?

Le saco el capuchón a un rotulador de color lila.

—Vale.

—De acuerdo. —Cash se incorpora en la silla y apoya los codos sobre la mesa.

—Vamos a meternos en faena. —Goody baja la vista hacia los documentos—. Para simplificar las cosas, dividiremos los activos de Garrett Randall Luck en dos categorías: financieros y tangibles. Lucky Ranch comprende ciento cuatro mil hectáreas y quince mil cabezas de ganado, además de veintidós estructuras, varias piezas de maquinaria pesada y una explotación petrolífera que produce aproximadamente mil barriles al día. En el momento de firmar este testamento, el rancho empleaba a cincuenta personas…

Oigo un roce de tela tejana. Al llevar la vista al otro lado de la mesa, veo que Cash está moviendo una pierna a toda velocidad. También está nervioso.

¿Qué hace aquí? ¿Espera recibir algo de mi padre?

—… y luego tenemos la categoría financiera, que incluye dinero en efectivo y una cartera de inversiones. Garrett solicitó que se pusiera en un fideicomiso…

Cash levanta la vista y nuestros ojos se encuentran. Por fin reconozco esa mirada.

Resentimiento. ¿Por qué? Llevo veinte años fuera de esta ciudad. ¿Qué podría haberle hecho?

—… todo esto es para decir —Goody inspira hondo y Cash le clava los ojos— que Garrett modificó su testamento por última vez en abril de este año. En esa modificación, estipuló que Lucky Ranch y todas sus explotaciones se legaran a su única pariente viva, Mary Elizabeth Luck, conocida como Mollie.

Las manos de Cash aterrizan de golpe sobre la mesa, cosa que me sobresalta.

—Con el debido respeto, Goody, eso no puede estar bien. Garrett dijo que el rancho sería para mí.

La cabeza me da vueltas. Siento que un puño me aprieta los pulmones.

—¿Perdón? —logro balbucir.

—Garrett me prometió el rancho. —Cash me mira directamente a los ojos—. Me lo dijo muchas veces, a decir verdad.

Goody frunce el ceño.

—Me temo que no ha quedado constancia por escrito —asegura.

Fulmino a Cash con la mirada y pregunto:

—¿Te has vuelto loco?

—¿Y tú? —replica—. Goody, Garrett dijo que lo pondría en su testamento. Todo Hartsville, todos los vecinos de este pueblo pueden dar fe de ello. Patsy y John B. Los jornaleros del rancho. Sally y Tallulah… Bueno, todos se lo oyeron decir. Párate a pensarlo. Conozco Lucky Ranch mejor que nadie. Mi familia lleva generaciones en Hartsville…

—Era mi padre. —«Aunque casi no habíamos hablado durante la última década»—. Soy su hija. ¿Qué te hace pensar que tienes algún derecho sobre sus bienes? Apenas he oído hablar de ti.

A Cash se le incendian los ojos.

—Habrías oído hablar de mí si hubieras llamado o hubieras venido al rancho alguna vez.

Vete. A la puta. Mierda.

—No sabes nada de mí. —Me tiembla la voz—. Y está claro que no sabes nada de mi familia. El rancho me pertenece…

—Déjame adivinar. Vas a venderlo.

—Eso no es asunto tuyo.

—Pues claro que sí, joder. Ni en broma voy a dejar que vendas nuestra explotación a uno de tus estúpidos amigos con fondos fiduciarios que no sabrían distinguir entre su codo y su culo en cuestiones de ganadería. No tienes ni idea del trabajo que hemos hecho con…

—Me da igual. —Aprieto los dientes—. En serio, literalmente no podría importarme menos quién eres y el trabajo que haces.

—Pfff, «literalmente».

—¿Perdona?

Clava sus ojos en los míos.

—En esa frase no tiene ningún sentido.

—Pero ¿a ti qué narices te pasa?

—¿Por dónde empiezo? —Se inclina hacia delante.

—¡Vale, ya está bien! —Goody alza la voz—. Vamos a intentar calmarnos, ¿de acuerdo? A Garrett no le gustaría que discutierais así. Tenemos que respetar sus deseos tal y como los dispuso en su testamento. Es la ley.

—Voy a pelearlo —asegura Cash.

Frunzo los labios.

—Me gustaría ver cómo lo intentas.

Goody se aclara la garganta.

—¿Puedo acabar?

Cash no despega sus ojos de los míos.

—Adelante —masculla.

—Los activos financieros, es decir, el efectivo y la cartera de inversiones que se han depositado en un fideicomiso, también serán para Mollie.

Mi padre hizo mucho dinero en los años noventa, tras encontrar petróleo en un rincón remoto de la finca familiar. Cuando se divorciaron, mamá se quedó con parte de las ganancias y las utilizó para crear una correduría inmobiliaria en Dallas. Mi padre dividió el resto entre el rancho y el mercado bursátil. Teniendo en cuenta que el Promedio Industrial Dow Jones se ha cuadruplicado desde entonces… Sí, hay mucho dinero ahí metido.

Cash suelta una risita siniestra.

—¿Lo ves, Chica de Ciudad? Ya tienes tu dinero. Deja que nos quedemos el rancho.

Sigo su ejemplo y permanezco en silencio. No tiene sentido honrar esa ridiculez con una respuesta. Pero ¿a quién incluye ese «nos»?

—No obstante —apunta Goody colocando la palma de su mano sobre la mesa, junto a la mía—, hay una condición.

Al final rompo el contacto visual con Cash para mirar a la abogada de papá.

—¿Una condición? ¿Como tener una edad determinada para acceder a la herencia o algo por el estilo?

—Más o menos. —Goody duda—. Se trata de una condición… singular, eso te lo puedo asegurar. Tu padre exige que residas en Lucky Ranch durante un año natural completo antes de poder acceder a los fondos del fideicomiso. También solicita que participes activamente en las explotaciones diarias como directora de Lucky Ranch Enterprises, Incorporated. Si lo haces, recibirás una generosa asignación mensual del fideicomiso por cada mes que vivas en Hartsville.

Me echo a reír.

A carcajadas, con la cabeza hacia atrás. Porque, si no lo hago, tengo miedo de ponerme a vomitar.

Seguro que Goody está de broma. Seguro que mi padre, un hombre tranquilo y práctico, nunca me pediría a mí, la hija que envió a un internado y luego a la universidad de una de las grandes ciudades, que viviera en medio de la nada durante un año dedicada en cuerpo y alma a dirigir un rancho ganadero.

Pero Goody simplemente me mira y parpadea. Impávida.

Madre de Dios, va en serio.

—Debe de haber un error. —Cash se inclina para echarles un vistazo a los papeles—. Esto no es propio de Garrett.

Al menos hay algo en lo que estamos de acuerdo.

Goody ladea la cabeza.

—Yo estaba sentada en esta misma silla cuando Garrett pronunció justo esas palabras el pasado abril. Ese día redactamos el nuevo testamento.

Reprimo las lágrimas, se me revuelve el estómago.

—Pero ¿por qué obligarme a vivir en el rancho? ¿Seguro que es legal? ¿Cómo puede eso llevarse a efecto?

Goody inhala profundamente y luego extiende las manos, con las palmas hacia arriba.

—Mollie, lo siento, es lo que tu padre quería. Ya sé que no es lo que esperabas oír.

—¿Qué pasa si no lo hago?

Cash suelta un bufido.

—Acojonante.

Lo ignoro y sigo insistiendo.

—Tengo un trabajo. Como he dicho, dirijo una empresa en Dallas. Tengo un apartamento y…, y mi madre vive allí, y yo…, mis amigos, todo… No puedo simplemente…

—¿Largarte? —Cash levanta una ceja—. Podrías intentarlo, en este mismo instante.

Lo miro entrecerrando los ojos.

—¿Por qué no sigues tu propio consejo? Está claro que mi padre no te ha dejado nada…

—Eso no es del todo cierto —interviene Goody.

—… así que ¿por qué no te largas de aquí de una vez?

Cash se vuelve hacia la abogada y le dice:

—Te escucho.

—Goody, ¿no puedes liberar los fondos y ya está? —le pregunto, desesperada—. Aunque sea una parte… Al menos hasta que consiga que los abogados de mi madre revisen el testamento.

Ella me dedica una sonrisa apenada.

—Lo siento, Mollie, eso no estaría bien. O hacemos lo que quería tu padre, o no hacemos nada. Tengo las manos atadas.

Mi mente da vueltas como un torbellino. Me presiono los dedos contra la frente, cierro los ojos e intento no entrar en pánico. No entiendo este último deseo de mi padre. Llevo veinte años sin pisar el rancho. ¿Por qué quería que volviera justo ahora?

¿Por qué quería que me convirtiera en la principal propietaria de Lucky Ranch?

¿Y a mí qué me importa?

¿A mí qué leches me importa el rancho?

No sé muy bien por qué, pero sigo sintiendo como si me hubieran pasado el corazón por una trituradora de papel.

—Mollie, como la vida en el rancho —Goody se aclara la garganta— claramente no es algo que te apasione, te sugiero que establezcas tu residencia aquí, en Hartsville, en cuanto puedas. Cuanto antes empiece a correr el reloj, antes recibirás tu asignación y podrás volver a tu vida en Dallas.

—No durará ni una semana —murmura Cash.

—Y tú no vas a durar ni un minuto más si sigues insultándome. —Le lanzo una mirada asesina—. No sé qué vio mi padre en ti, pero es evidente que no tenía buen ojo para la gente. En serio, lárgate.

—No pienso irme a ningún sitio hasta saber que Lucky Ranch queda en buenas manos.

Goody se levanta.

—¿Qué tal si nos tomamos un descanso?

Le pongo el capuchón al rotulador y lo guardo en el bolso, junto con la agenda.

—Yo no tengo nada más que decir. Goody, mis abogados se pondrán en contacto contigo.

—Ten cuidado con la puerta al salir, no vaya a golpearte el trasero —le oigo decir a Cash mientras salgo de la sala de reuniones hecha una furia.

—Espera, Mollie… Señora Luck… —Zach se levanta de su escritorio, pero yo paso a toda velocidad frente a él hasta salir al insoportable calor de la tarde.

No me permito estallar en lágrimas hasta que no me siento cobijada en el interior de mi coche. Cojo el teléfono y marco el número de mi madre; el tono de la llamada apenas se oye por encima del rugido del aire acondicionado.

—¡Mollie! —Su voz familiar consigue ralentizar ligeramente mi acelerado pulso—. ¿Cómo estás, cariño? ¿Cómo ha ido todo?

Me derrumbo sobre el volante y escondo el rostro entre los antebrazos. Tras soltar un sollozo, respondo:

—No muy bien.

CAPÍTULO 2

Cash

ARMAR UN ESCÁNDALO

Con el pulso acelerado, miro fijamente la puerta vacía. Una sensación de desasosiego se instala en mis tripas.

¿Qué mierda acaba de pasar? ¿Y cómo puede ser que siga oliendo el perfume de Chica de Ciudad si ya se ha ido?

—Entonces va en serio. —Me vuelvo hacia Goody—. Garrett le ha dejado el rancho a ella.

Goody asiente mientras cierra una carpeta marrón.

—Eso dice el testamento, sí.

—Pues estamos jodidos.

—Eso no lo sabes.

—En realidad sí. Si me hubiera dejado el rancho a mí… —Se me quiebra la voz. Aparto la mirada y doy un golpecito en la mesa con la parte inferior del puño—. Yo me habría ocupado de todo. De la gente. De la tierra. De los animales. Pero, con ella al mando, todo se irá a la mierda.

—Eso no lo sabes —repite Goody abriendo una bolsita con cremallera que hay sobre la mesa, junto a la carpeta.

—Goody, llevaba botas cowboy rosas. —Hago una mueca—. Brillantes. Nuevas.

—En cualquier caso, dejemos que las aguas se calmen y luego ya veremos qué pasa. Hay que respetar los deseos de Garrett.

Me pongo de pie y cojo mi sombrero.

—Respeto a Garrett como el que más. Por eso no voy a quedarme de brazos cruzados.

—Te ha dejado algo.

—¿Qué es?

Rebusca dentro de la bolsita y saca una llave.

—Una caja fuerte. Esta aquí, en el Lonestar.

El Lonestar Bank & Trust Co. es el único banco que tiene una sucursal en Hartsville.

Me quedo mirando la llave con el pecho encogido. ¿Qué demonios se estaba fumando Garrett cuando escribió este testamento?

—¿Tienes idea de lo que puede contener? —pregunto.

Goody niega con la cabeza.

—Lo único que me dijo es que era valioso para él. No quería arriesgarse a perderlo, así que lo trajo al banco.

Frunzo el ceño, más confundido que nunca. Garrett no era una persona cálida ni cariñosa. Y está claro que no era un sentimental. No me lo imagino atesorando reliquias familiares y mucho menos guardándolas en una caja fuerte.

¿Podría haber metido dinero en efectivo? ¿Quizá joyas o escopetas? Pero nada de eso me cuadra tampoco. En cualquier caso, no va a ser lo que quiero: el rancho.

—Echaré un vistazo. —Me guardo la llave en el bolsillo—. Gracias, Goody. Saluda a Tallulah de mi parte.

Me sonríe con calidez.

—Te echa de menos en The Rattler, ¿sabes?

Solía pasarme los viernes por la noche en ese garito infame de Hartsville hasta que hace seis años un accidente de baile en línea me mandó al hospital. Sufrí un traumatismo craneal que me impidió trabajar en el rancho durante semanas, y, mientras yo estaba fuera, se lio la de Dios. No puedo arriesgarme a que vuelva a pasar.

Me duelen los pies y las rodillas mientras avanzo por el pasillo hasta la puerta. Llevo levantado desde las tres, y a las cuatro y media ya estaba subido a un caballo, trabajando con el ganado. Joder, estoy tan cansado que podría desplomarme aquí mismo, pero ese es un lujo que no puedo permitirme. Sobre todo ahora que los planes que tenía para mi familia acaban de irse al garete.

Me paro en seco al ver el sofisticado todoterreno que hay aparcado junto a mi camioneta. No estaba ahí hace un rato, cuando entré en la farmacia antes de ir al despacho de Goody. El vehículo pertenece a Mollie, está claro. La gente de Hartsville conduce coches prácticos. No de los que llevan ruedas de quinientos dólares y cuestan un riñón arreglar.

El Range Rover es igual de brillante y ridículo que su propietaria.

Rodeo la parte delantera de mi Ford, me ciño el sombrero a la cabeza y resisto el impulso de poner los ojos en blanco al oír el rugido del sobrealimentado motor del Rover. Seguro que Mollie siempre lleva el aire acondicionado a todo trapo. Si no, una princesa como ella se marchitaría con el calor.

¿Fue al funeral con esa cosa? ¿A ese funeral al que ninguno de nosotros —la gente que mejor conocía a Garrett— estaba invitado?

El todoterreno es blanco. Tiene la pintura, las ruedas y las luces llenas de polvo por el trayecto desde Dallas, pero por lo demás está nuevecito.

Además, es enorme y está equipado para escalar montañas o, en el caso de Mollie Luck, para merodear por los aparcamientos de los centros comerciales que pueblan los barrios de lujo. Esa cosa debe de haber costado más de cien mil dólares.

La única suma de seis cifras que he llegado a ver fue cuando abrí el extracto bancario del Lonestar Bank & Trust Co. tras la muerte de mis padres. En él se detallaba el importe de la segunda hipoteca que habían tenido que pedir para cubrir las pérdidas del rancho después de que se desplomaran los precios de la carne de vacuno en 2010.

Todavía estoy pagando la puta deuda.

Aunque, pensándolo bien, eso significa que hemos conseguido mantener Rivers Ranch un año más. Y si mis hermanos y yo hemos podido ir cumpliendo con los pagos ha sido gracias a Garrett Luck.

No era perfecto. Pero fue amable conmigo cuando más lo necesitaba, y siempre mantenía su palabra. No era propio de él decir una cosa y luego hacer otra. Igual que tampoco es propio de él que haya dejado el trabajo de toda una vida en manos de una niñata consentida con un complejo de superioridad tan grande como su maldita boca.

Pero es lo que hay.

Echo de menos a Garrett. Muchísimo, joder. Durante una década, fue la figura paterna que yo tanto necesitaba. ¿Qué voy a hacer sin él?

Ahora mismo, solo me queda rezar para que la camioneta de segunda mano que compró mi padre en 1996 aguante otra temporada de partos. Mantengo la cabeza agachada mientras me saco las llaves del bolsillo y abro la puerta del conductor. No quiero ver a Mollie, y estoy seguro de que ella no quiere verme a mí. Aunque en el despacho de Goody no podía dejar de mirarla.

El estómago me da un vuelco al recordar sus ojos. Son idénticos a los de su padre: de un marrón oscuro y profundo. Expresivos.

Al agarrar la manilla cromada de la puerta, siento el peso de mis huesos. Esta pena… tiene que ir desapareciendo. De mí depende mucha gente; no puedo permitirme seguir sintiéndome tan mal.

Mientras presiono el pulgar sobre el botón que abre la puerta, oigo un leve gimoteo.

Al echar un vistazo por encima del hombro a través de la ventanilla del copiloto del Rover, veo a Chica de Ciudad desplomada sobre el volante. El estómago me da otro vuelco cuando observo cómo su espalda convulsiona al ritmo de lo que parecen ser unos sollozos entrecortados y profundos. Son lo suficientemente fuertes como para oírlos por encima del ruido del motor.

Durante un segundo, siento lástima por ella. Sé lo que es perder a tus padres; es algo que no le deseo a nadie. Ni siquiera a ella.

Pero entonces me acuerdo de que esa chica apenas conocía a su padre, y de la tristeza en la mirada de Garrett cuando hablaba de ella. Me acuerdo de los abogados llamando al rancho, diciéndonos que iban a «recuperar» su cuerpo para trasladarlo a Dallas. Garrett no vivió allí ni un solo día de su vida.

Se oye una voz por encima de los sollozos. Sale de los altavoces del Rover, con Bluetooth. Mollie está hablando por teléfono.

—Sal de ese agujero infernal y vuelve a casa —dice una mujer—. Ese dinero te pertenece, cariño, y voy a asegurarme de que lo tengas contra viento y marea.

—No lo entiendo —responde Mollie—. ¿Por qué quiso que me quedara aquí para conseguirlo?

—Tu padre… siempre fue una persona difícil.

—Creo que te quedas corta.

Me subo a la camioneta y arranco el motor. Me aferro al volante con todas mis fuerzas; tengo los nudillos blancos. Estoy sudando, la camisa se me pega a la espalda.

Mollie no está afligida por haber perdido a su padre, sino porque no le han dado el dinero. Eso era Garrett para ella, un cajero automático.

Para mí, en cambio, él lo era todo. El padre al que perdí. El mentor que necesitaba. El amigo que me mantuvo cuerdo cuando me ahogaba en el dolor.

La muerte de Garrett puede implicar que lo perdamos todo. Nuestra forma de vida. La tierra a la que llamamos «hogar» desde hace cinco…, no, seis generaciones, ya que Ella, mi sobrina, nació hace unos años.

Yo acabo de perderlo todo, y esa niñata de ciudad está llorando porque tiene que esperar un año para conseguir los millones que le ha dejado su padre, el hombre, según ella «difícil», que salvó mi vida y la de mi familia.

Mollie es guapa. Cualquiera con ojos y sangre en las venas puede verlo. Pero me cabrea muchísimo ese tipo de insensibilidad que desprende. Esos aires de superioridad.

Muevo la palanca de cambios para dar marcha atrás y salgo disparado del aparcamiento. Al mirar de reojo hacia el Rover, veo la cabeza de Mollie. Incluso a través del vidrio tintado, me doy cuenta de lo hinchado que está su lacrimógeno rostro. Se me encoge el corazón.

Hago caso omiso y piso fuerte el acelerador. Mollie Luck no es mi problema.

Sí lo es averiguar cómo dar sustento a mi familia y que los seis podamos mantenernos unidos mientras honramos la memoria y el trabajo de Garrett.

Mi camioneta no tiene aire acondicionado, así que bajo del todo la ventanilla. Un aire caliente y húmedo me sopla en la cara. Miro al cielo y solo veo neblina. Necesitamos lluvia, pero no parece que hoy vaya a caer.

Si Garrett siguiera vivo, ahora mismo estaríamos en un quad. Hace demasiado calor para montar a caballo si no es necesario. Seguramente habríamos ido al meandro del río Colorado que marca el límite occidental de Lucky Ranch. Observaríamos la vida silvestre o tal vez nos pondríamos a pescar al cobijo de una buena sombra.

Garrett amaba el río. Casi tanto como cazar, el country de los noventa y un buen cóctel Ranch Water picante. Aunque lo que más amaba era a esa hija de la que hablaba a menudo, pero que nunca vino a verlo.

¿Por qué cojones me dijo que me dejaría Lucky Ranch si no pensaba hacerlo? Hablábamos constantemente del futuro del rancho. Estaba obsesionado con él. Como yo, llevaba en las venas trabajar con el ganado. Su abuelo compró las primeras cuatro mil hectáreas, que a principios del siglo xx se convirtieron en Lucky Ranch. Desde entonces, el rancho ha pertenecido a la familia Luck.

Garrett me tomó bajo su protección cuando yo tenía diecinueve años, justo después de la muerte de mis padres. Había dejado la universidad para cuidar a mis cuatro hermanos pequeños y llevar el rancho de nuestra familia. Él me ayudó a organizarlo todo. Aunque eso significara vender hasta el último novillo y el último neumático de repuesto del tractor para pagar las deudas de mis padres. Juré que algún día recuperaría el antiguo esplendor de Rivers Ranch. Pero en aquel momento lo más importante era sobrevivir.

Como en nuestro rancho no quedaba nada, Garrett nos contrató a mis hermanos y a mí para trabajar en el suyo. El sueldo era justo, y además nos proporcionaba techo y comida. No podíamos permitirnos mantener nuestra casa familiar de Rivers Ranch, así que, cuando Garrett nos llevó a vivir al cómodo barracón que había construido en su propiedad, pudimos alquilar la casa de nuestra infancia para ganar un dinero que nos era muy necesario. Me ayudó a enseñarles a mis hermanos todo lo que hay que saber sobre el trabajo ganadero. Al estar en un rancho tan consolidado y próspero como el de Garrett, todos recibimos una formación de primera.

A menudo me preguntaba por qué Garrett se portaba tan bien con nosotros, una pandilla de huérfanos desharrapados. Él era rico. Un triunfador. No necesitaba ser generoso. Pero creo que evitábamos que se sintiera solo. Él y Aubrey, su esposa —la madre de Mollie—, se divorciaron mucho antes de que yo entrara en escena, y ella se llevó a Mollie a su ciudad natal, Dallas.

Pero, igual que mi padre, en el fondo Garrett era un hombre de familia. Y creo que, con el paso de los años, nosotros nos convertimos en la suya.

Mis hermanos y yo hemos trabajado duro. Amamos Lucky Ranch como si fuera nuestro. Siempre nos sentábamos a la mesa con Garrett, y devorábamos los platos de Patsy como si no hubiera un mañana.

Él nos quería, y nosotros a él.

Aun así, nunca imaginé que un día Garrett se volvería hacia mí para preguntarme: «¿Qué te parecería tomar el relevo cuando yo ya no esté? No se me ocurre nadie mejor para dirigir este lugar».

Se me cierra la garganta. Mientras me acerco al Lonestar Bank, agacho la cabeza para mirar las puertas de cristal del edificio por la ventanilla del copiloto. Dentro las luces están encendidas, pero hay un cartel en la puerta. No me hace falta leerlo para saber lo que ha escrito Harley, el director: estoy ocupándome de unos asuntos. mañana por la mañana estaré de nuevo en la oficina. O sea, que hoy el negocio ha estado tranquilo y ha dejado que sus empleados se relajen y él se ha ido a dar una vuelta en quad por Starrush Creek.

Supongo que tendré que volver otro día para ver qué hay en la caja fuerte.

El sudor me cae en los ojos mientras salgo del pueblo. Doy un volantazo para esquivar un bache y reduzco la velocidad cuando veo a lo lejos una figura familiar, desdibujada por el calor. Solo mi hermano es capaz de ir y volver a caballo a la ciudad con este bochorno. Debe de haber ido a recoger el dinero de la partida semanal de póquer.

Limpiándome los ojos con la camisa, saco la cabeza por la ventanilla.

—Por favor, dime que has desplumado a algún cabronazo rico.

Wyatt vuelve la cabeza y me sonríe desde la silla de montar.

—El único cabronazo rico que queda por aquí eres tú. ¿Qué se siente al ser propietario de Lucky Ranch?

Lo miro con los ojos entrecerrados. Se hace el silencio.

Él frunce el ceño y tira de las riendas del caballo.

—Mierda.

—Sí.

—¿Qué ha pasado?

—Ni idea. Tal vez Garrett olvidara actualizar su testamento. No creo que me mintiera.

—Nunca le mintió a nadie.

—Le ha dejado el rancho a Mollie Luck. Es todo para ella: la explotación, el fideicomiso…

Wyatt abre los ojos como platos.

—Esa chica no ha venido nunca por aquí.

—Lo sé.

—Va a venderlo.

—Lo sé.

Wyatt levanta la vista hacia las colinas, cociéndose bajo el calor.

—Cash…

—Ya pensaré algo. Tengo algunas ideas.

Mi hermano me lanza una mirada de sospecha.

—No es verdad.

—Puedo…

—No puedes hacerlo todo, Cash. Déjanos ayudarte. Ya se nos ocurrirá algo, a ti, a mí, a los chicos. A Patsy y a John B. Hay un torneo de póquer en Las Vegas…

—Sabes que no puedo prescindir de ti tanto tiempo cuando tenemos heno que empacar.

—La pequeña Ella ya va a la guardería, tres mañanas a la semana. Sawyer estará más disponible.

Ella es la hija de tres años de mi hermano menor Sawyer. Es adorable a más no poder y la niña de los ojos de todos los del rancho.

Lanzo un suspiro. El sudor se desliza por mis sienes. El interior de la camioneta parece un horno sin ventilación.

—Mollie tiene que vivir en el rancho durante un año. Hacer como si fuera la jefa. Solo así recibirá el dinero. Lo pone en el testamento de Garrett.

Wyatt se me queda mirando.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Lo sé… Garrett y Mollie no hablaban mucho, y estoy seguro de que, si en algún momento ella se hubiera interesado por el rancho, él me lo habría dicho. Y ella habría venido de visita, ¿no? Dejarla a cargo de todo… —Niego con la cabeza—. Es una locura.

—Y Garrett no estaba loco.

—Exacto. Es como si nos estuviera enviando un mensaje.

Como con el tema de la caja fuerte. Decido no decirle nada a mi hermano sobre la llave que tengo en el bolsillo. No quiero darle falsas esperanzas. Primero quiero saber de qué se trata y luego ya veré lo que hago.

—Tal vez. —Wyatt levanta un hombro—. O tal vez solo quería que el rancho se quedara en la familia.

«Nosotros somos su familia». No tengo ninguna duda.

Antes de prometerme el rancho, nunca pensé que recibiría ni un centavo de él, aparte del jornal que me pagaba. Nunca espero recibir nada de nadie. Las expectativas conducen a la esperanza, y la esperanza conduce a la decepción.

Creo que eso es lo que más me molesta de Mollie: es como si pensara que el mundo le debe algo.

Ni de coña voy a trabajar para ella.

Pero, claro, ¿acaso tengo otra opción? ¿Qué voy a hacer si de verdad se viene a vivir al rancho? Soy el capataz, lo que significa que tomo prácticamente todas las decisiones de la finca. Superviso a una plantilla de cincuenta personas. Me encargo de los presupuestos, las reparaciones, el mantenimiento del equipo, los partos y los programas veterinarios…, por no mencionar las más de cien mil hectáreas de tierra.

Saco adelante el trabajo. Sin embargo, el propietario de Lucky Ranch es la persona que firma mis nóminas y las de mi equipo.

Me muerdo con fuerza el interior de la mejilla. Si esa persona va a ser Mollie, estamos jodidos. Trabajar con alguien que se cree con derecho a todo puede ser una pesadilla, pero es que además no tiene ni puta idea de cómo se gestiona un rancho.

Y no olvidemos que su único objetivo es venderlo en cuanto pueda. ¿Dónde nos deja eso? ¿A merced de algún millonario gilipollas que quiera jugar a los vaqueros?

—Tengo ochocientos pavos. —Wyatt le da una palmadita a su gastada alforja de cuero—. No tenía pensado llevarlos al banco, pero puedo ingresarlos, si sirve de ayuda. Podrían hacernos ganar algo de tiempo…

—Harley ha vuelto a cerrar el Lonestar antes de hora. Pero, en serio, Wyatt, no deberías ir por ahí con tanto dinero.

Él mira por encima del hombro hacia la escopeta Beretta que lleva metida en la silla de montar.

—No tienes que preocuparte por mí.

La escopeta fue un regalo que Garrett le hizo a Wyatt por su veinte cumpleaños. No creo haber visto a mi hermano sin ella desde entonces. Probablemente, por eso es tan buen tirador. Y menos mal, ya que Wyatt dirige un club de póquer clandestino en el sótano de The Rattler.

—El alquiler de la casa debería cubrir nuestras facturas de este mes. Guárdate los ochocientos para épocas de vacas flacas.

Wyatt echa un vistazo a su alrededor.

—Por aquí no hay ninguna de esas.

El calor me está matando. Suelto los frenos.

—¿Has podido arreglar la rueda de la empacadora?

—Sí, Duke ha tapado el agujero. Era un clavo. También le hemos cambiado el aceite al tractor.

—¿Y has capado…?

—Ya está hecho. Y, cuando me iba, llegaron John B y Sally y fui a echarles un vistazo a las cuatro vacas que nos preocupaban. Sally cree que no es más que un virus. Supongo que ya habrán terminado con el reconocimiento.

—Buen trabajo. Nos vemos en la cena, entonces.

Wyatt sonríe.

—Patsy está haciendo pastel de carne. ¿Lo ves? No todo es malo.

«Solo la mayor parte», pienso mientras piso el acelerador.

El pavimento blanqueado por el sol brilla con el calor. Siento que me falta el aire. Nudo en la garganta, pulso acelerado.

Enciendo el equipo de música y lo pongo a todo trapo. Mi desenfrenado ritmo cardiaco disminuye cuando las primeras notas de «My Maria» llenan la camioneta. Joder, cómo me gustan Brooks & Dunn. Los sigo desde que Garrett me descubrió su primer disco, Brand New Man.

Tengo mucho que hacer cuando llegue al rancho. Hablar con John B —abreviatura de John Beauregard, su segundo nombre— sobre esas vacas. Debería comprobar la valla del pastizal sudeste que iban a reparar algunos de los jornaleros del rancho. Tengo que llamar al mecánico para programar el mantenimiento rutinario de nuestros camiones de pienso. Y enviarle un mensaje al herrero para recordarle nuestra cita de mañana. Ese tío siempre se lía con las fechas.

Esta mañana Ryder dijo que le dolía la garganta. ¿Le habrá contagiado Ella su faringitis? No paramos de pegarnos esa mierda unos a otros.

Tal vez por lo mucho que tengo que hacer, me paso de largo la cuidada entrada de Lucky Ranch, con sus retorcidos robles que cubren de una sombra muy necesaria los vibrantes arbustos que hay debajo.

Necesito un respiro. Tiempo para pensar. Aún sigo esperando sentirme menos ansioso, menos abrumado. Garrett falleció hace meses. A estas alturas, ya debería ser capaz de dormir al menos un par de horas seguidas. Pero me preocupa que, si dejo de moverme, de hacer todas estas cosas por toda esta gente, vuelva a pasar algo malo.

Es un derroche de gasolina, aunque sé que, si ahora mismo vuelvo a sumergirme en el caos, me derrumbaré. Y lo último que todas estas personas necesitan es un capataz, un hermano, que no puede hacer su trabajo.

Con la música a tope, conduzco otros diez minutos. A mi izquierda aparece un camino de tierra; a su alrededor, el terreno está resquebrajado, con un tono entre grisáceo y marrón que hace que se me encoja el pecho. El oxidado arco de hierro forjado que hay sobre el camino reza: rivers ranch. 1904.

Hubo un tiempo en el que estos terrenos estaban bien cuidados, aunque es verdad que no eran tan fértiles como los de Lucky Ranch. Pocos ranchos lo son. Pero Garrett se tomaba muy en serio su papel de administrador de las tierras. Juntos, trabajamos con los ecologistas para convertir el rancho en un refugio de biodiversidad.

Me encantaría hacer lo mismo con Rivers Ranch. Pero ese tipo de proyectos requiere tiempo. Y dinero. Grandes sumas de dinero. Un dinero que pensaba que hoy caería en mis manos. Entre las explotaciones ganaderas y petrolíferas, Lucky Ranch es una empresa muy rentable. Incluso si Mollie recibiera los activos monetarios de Garrett, el rancho seguiría generando los suficientes beneficios para revivir Rivers Ranch.

Es una inversión inteligente: combinar los dos ranchos me permitiría añadir unas jugosas fuentes de ingresos a nuestra cartera de valores. Podría aumentar el tamaño de las explotaciones ganaderas y petrolíferas, y quizá renovar la casa de mi niñez y convertirla en un espacio para eventos o un hotel. Tal vez podría organizar salidas de caza o alquilarlo a escuelas locales para que llevaran a cabo proyectos sobre la flora y la fauna.

Sería un trabajo monumental pero valioso. Aportaría beneficios a nuestra comunidad y convertiría a Hartsville en un destino para cazadores, turistas de fin de semana, celebraciones nupciales…

Sin embargo, ese dinero va a ir a parar al bolsillo de Mollie. Y no quiero ni pensar en qué se lo va a gastar. ¿Un Range Rover aún más moderno? ¿Otro par de botas cowboy brillantes que no le durarán ni un solo día si acaba trabajando en el rancho?

Giro hacia el camino y hago una mueca de dolor cuando la camioneta da una sacudida al pasar sobre un bache. Ese es nuevo. A mi izquierda se extiende el árido prado frontal. Una valla, abandonada hace tiempo a merced de los elementos, está caída en varios puntos.

Me asalta un recuerdo: mi padre ayudándome a ponerme los guantes de trabajo antes de acuclillarse a mi lado junto a la valla. Me estaba enseñando a repararla. Era temprano, una mañana de primavera. Hacía mucho sol. Y calor suficiente como para dejar a Duke en su sillita en el asiento trasero de esta misma camioneta, con las ventanillas bajadas. Recuerdo que se cantaba a sí mismo mientras papá me ayudaba pacientemente a cavar un profundo agujero en la tierra, ablandada por las abundantes lluvias que habían caído ese año.

Nunca olvidaré lo orgulloso que me sentí cuando el poste se mantuvo en pie y papá me dio un apretón en el hombro.

—Hijo, menuda valla más bien puesta. Bien hecho.

A Duke le había dado un berrinche, así que subimos a la camioneta y nos volvimos a casa. Mamá nos preparó un almuerzo copioso: hamburguesas cubiertas de queso con pimientos, chips de boniato caseras y brócoli al horno. Todo regado con una limonada tan dulce como para que te saliera una caries.

De postre, cómo no, había tarta de chocolate Texas. Diría que entre mis hermanos y yo nos la comimos entera. Ryder tenía tanto glaseado esparcido por la cara y los brazos que mamá tuvo que lavarlo con la manguera en el patio de atrás. Después conectó el aspersor y nos pasamos la tarde corriendo a su alrededor como unos pequeños dementes.

Qué buenos tiempos.

Los mejores.

Se me encoge el corazón al pensar que ya no volverán, igual que Garrett.

Bajo la música y me doy una vuelta por el rancho. La casa tiene buen aspecto, pero todo lo demás ha corrido la misma suerte que la valla. El granero perdió el techo durante una oleada de tornados que azotaron la región hace cinco años. El sistema de riego hace tiempo que dejó de funcionar, y ahora todos los pastizales por los que paso están secos.

Me muero por crear más recuerdos aquí. Quiero preservar la memoria de mis padres y honrar el duro trabajo que hicieron en Rivers Ranch. Construir un lugar donde mis hermanos puedan medrar y sentirse seguros.

A veces, ya bien entrada la noche, me sorprendo fantaseando con formar aquí mi propia familia, junto a mis hermanos y sus familias. La vida en el rancho no era fácil, pero fue un sitio mágico en el que crecer.

Trago saliva, doy media vuelta y regreso al camino principal. No sé qué narices voy a hacer, pero ni de coña dejaré que una engreída chica de ciudad se interponga en mis planes de darle a mi familia la vida que se merece.

Si quiere guerra, la tendrá. Todavía me quedan armas para pelear.

La pelea es la única arma que tengo.