poneribarco

Sarah Wright

Cheshire (Inglaterra), 1845

No sé en qué momento decidí que escapar era mi única opción. Siempre me ha parecido que huir es de cobardes y que, por el contrario, enfrentar las situaciones, por desagradables que estas se nos antojen, demuestra valentía y arrojo. Pero, muy a mi pesar, en algún momento entre el invierno y aquel caluroso julio de 1845, me uní al grupo de los pusilánimes, temerosos y cobardes, y hui de mi hogar.

Mi vida podría considerarse que rozaba la perfección. Con dieciocho años recién cumplidos gozaba de una existencia acomodada, con cualquier necesidad cubierta, acceso a una buena educación y a unas amistades interesantes. En el tintero quedaban la ausencia de mis padres, un hermano de carácter peculiar y una sensación abrumadora de soledad.

Pertenecía a Mottram Hall por nacimiento, pero me sentía desubicada en aquella gigantesca casa de campo en el condado de Cheshire. La mansión había sido construida en 1750 por el abuelo William como regalo para mi padre, siguiendo los cánones de la época: ladrillo anaranjado, revestimientos beis y un tejado de pizarra coronado por nueve enormes chimeneas, en una finca de doscientos setenta acres con cuidados jardines, varios lagos y frondosos bosques. Sin embargo, pese a la belleza del lugar, no quedaba nada entre aquellas paredes que me hiciera sentir en mi hogar. Mi madre había muerto cinco años atrás de unas extrañas fiebres y mi padre… apenas resistió unos meses más.

Si hubiera una historia de amor perfecta en un libro, a la altura de las que narraba Jane Austen en sus novelas, sería la suya, aunque, eso sí, con un trágico final digno de Shakespeare.

En ese momento, mi hermano Frederick se convirtió en el cabeza de familia y se dedicó a administrar Mottram Hall desde el desconocimiento que da la temprana edad y el engreimiento que seguramente había heredado del bisabuelo Laurence, un individuo intratable. Según me relató mi madre años atrás, la bisabuela Margaret, harta del carácter excéntrico de su esposo, de su apego excesivo a las apuestas arriesgadas y de su afición irrefrenable al alcohol y a cualquier otra mujer, lo había abandonado a su suerte y se había escapado en barco al Nuevo Mundo. Su partida dejó a la familia envuelta durante varios años en pérfidas habladurías y la convirtió en la comidilla de todas las reuniones sociales de la época.

Pasados los años del escándalo, mi hermano se descubría como un auténtico sucesor del bisabuelo, con una personalidad áspera, arisca y con cierto punto de maldad.

Hasta aquel invierno, Frederick no me prodigaba más atención que algún «buenos días» si resultaba estrictamente necesario y había algún testigo involucrado. Sin embargo, después de enero y a punto de cumplir los dieciocho años, comenzó a entrometerse en mi vida, indicándome de forma categórica a qué fiestas debía o no asistir y con quiénes debía o no tratar.

En esos momentos me di cuenta de tres cuestiones trascendentales: primero, mi hermano quería encontrarme esposo; segundo, mi opinión no tenía ninguna validez para él, y tercero, tenía tanto gusto en hombres como en escoger pantalones; es decir, desastroso.

Así que en un periodo muy breve me encontré con un tal lord Clinton pidiendo mi mano y a mi hermano otorgándole su bendición.

Lord Clinton era un hombre de barriga prominente, mostacho portentoso, pobladas patillas y de edad de la que diré, con intención de no resultar grosera, que rozaba la ancianidad y que seguramente Dios no le había llamado a su lado aún porque estaba demasiado ocupado en otros menesteres. Jamás he creído que mereciera la suerte de unión que tuvieron mis padres, pero la decepción fue inmensa al conocer a lord Clinton y a su mostacho. Si había un caballero más alejado de mi ideal de futuro esposo, definitivamente era él.

La tarde que me visitó oficialmente, a principios de la primavera, juro con solemnidad que intenté, con todo mi ánimo, otorgarle una oportunidad. Había bajado de su carruaje malhumorado, sofocado por el intenso calor y abanicándose con su sombrero, ni se percató de la belleza de nuestro jardín, ni me dirigió más atención que un rápido saludo con un movimiento de su cabeza. Además de su avanzada edad, lord Clinton no profesaba ningún interés por la lectura o la música, ni siquiera por la historia o los grandes viajes. Se me agotaron los temas de conversación antes siquiera de haber apurado la primera taza de té, y puedo asegurar que soy una experta en temas interesantes y siempre llevo muchos preparados. Lord Clinton únicamente parecía fascinado por las piezas de caza de mi hermano, cabezas de hermosos animales que tuvieron la mala suerte de encontrarse con el temible Frederick, y por el enorme retrato del desalmado bisabuelo Laurence. Algo que no presagiaba nada bueno.

Observándole deambular apático por la encantadora sala del té, me enojó darme cuenta de que aquel era el futuro al que estaba destinada. Un futuro que se escapaba de mis manos sin que yo pudiera oponerme o resistirme. Mis decisiones o pensamientos no le importaban a nadie. Simplemente, yo no era nadie.

En cuanto lord Clinton se marchó de Mottram Hall tan malhumorado y acalorado como había llegado, solicité una conversación privada con Frederick, la cual debía pedirse con más de un día de antelación, como si la reunión en vez de con mi hermano fuera con la misma reina Victoria.

—Me vas a decir que lord Clinton no te agrada —dijo él nada más oírme entrar en su despacho, sin mirarme. Tenía un rostro agraciado de nariz recta, ojos avellana y frente despejada que se veía oscurecido por su tono duro de voz y sus gestos arrogantes.

—Frederick, no puedo casarme con él.

—¿Eso debería importarme? —me lanzó brusco, levantando por primera vez la vista y enfrentándose a mi mirada—. Lees demasiada basura, siempre lo he pensado, pero nunca nadie ha osado detenerte. Ahora idealizas el matrimonio y piensas que encontrarás el amor de tu vida. Eso es una vulgar patraña. Mírate, siendo generoso, ni siquiera eres la mitad de guapa que cualquier muchacha de la zona, tu cintura es ancha, tu risa estridente y tienes demasiada verborrea. ¿Quién va a escogerte como esposa si no es por obligación? Mi deber como hermano es cuidar de ti y de tu futuro. Lord Clinton te proporcionará una vida acomodada y una buena posición social.

—¿Crees que es eso solo lo que ansío?

—Debería bastarte. Eso sí, tienes que proporcionarle un heredero cuanto antes.

—Una auténtica declaración de amor —mascullé contrariada.

—No seas egoísta, Sarah. Eres una carga para la familia y estás alcanzando una edad que no te hace apetecible para ningún soltero decente. Solamente busco tu bienestar.

—Nuestros padres nos dejaron en una posición por la que dudo que yo llegue a ser una carga en algún momento. —Alcé la vista hacia el sencillo cuadro que, tras Frederick, mostraba a mis padres. Los echaba tanto en falta que el sentimiento me abrasaba por dentro.

—Los idealizas demasiado.

—Puede entonces que su dinero haya caído en unas manos poco coherentes.

—Cuida esa lengua, hermana. No tienes derecho a nada. Yo decido aquí, esta es mi casa, y tú, una invitada, así que te casarás con lord Clinton y no dejarás más en ridículo a esta familia.

Después se levantó y se marchó del despacho con un violento portazo. Aquella fue la penúltima vez que nos dirigimos la palabra.

La temporada

Mientras otros decidían mi futuro, la temporada de eventos sociales había comenzado en el condado. Los bailes y banquetes se entremezclaban con cacerías y acontecimientos deportivos durante los cuales se mostraban las mejores galas, las más bellas residencias, y se urdían acuerdos matrimoniales. Hasta entonces siempre me había parecido una época de diversión y de encuentro con amigos y familia que el invierno había mantenido enclaustrados a millas de distancia.

Aquel año, sin embargo, la temporada no se me mostraba como una distracción, sino como el preludio de una nueva vida. Pronto llegaría a aquellas celebraciones del brazo de un marido que no deseaba y no podría participar en todas las cosas con las que tanto disfrutaba: los bailes, las conversaciones interesantes, las risas.

Aún gozaba de una amiga soltera, lady Maria Watson, ya que las restantes habían sufrido una especie de enfermedad contagiosa en los últimos meses que había derivado en una sucesión eterna de bodas. Debía sentirme feliz por ellas, llevaban preparándose para aquel momento toda su vida y sus esposos habían resultado galantes y atentos. Iguales, sin duda, a mi terrible lord Clinton.

—Sarah… —Maria llamó mi atención por encima del sonido de la música que llenaba el salón principal de Iscoyd Park, la preciosa mansión georgiana que la familia Godsal poseía desde un siglo atrás y donde mi hermano solía acudir a las cacerías—. Estás muy callada. ¿Te preocupa algo?

Intenté esbozar una sonrisa que más debió de parecer una mueca, ya que el rostro delicado de mi amiga, con sus llamativos ojos azul turquesa y su diminuta nariz, se tornó grave.

—¿Crees que nuestras amigas serán felices en sus matrimonios? —pregunté deslizando la mirada por los bailarines que danzaban por la sala, engalanada con llamativos adornos florales.

—¿Por qué no iban a serlo? Tienen unas casas preciosas y Emma está esperando un bebé.

—No las veo sonreír igual que antes.

—Ahora deben demostrar que saben comportarse en sociedad. —Maria soltó una risita que ocultó tras su mano enguantada—. No como otras.

—¿Me estás acusando de falta de educación? —Reí, fingiéndome escandalizada.

—¡Por supuesto! Llevas años esquivando las buenas conductas.

—Ese es el motivo por el que pensaba que había alejado a todos los pretendientes de la zona, pero según Frederick soy desagradable a la vista.

—Tu hermano no posee el gusto ni la agudeza visual entre sus talentos.

—No, tampoco la cordura. Me va a casar con lord Clinton.

—¿El viejo gordo? —Maria alzó las cejas con asombro.

—¡Lady Watson! —exclamé, divertida—. ¿Qué forma es esa de hablar de mi futuro esposo?

—¡Dios mío, Sarah! ¡Ese hombre es realmente repulsivo! —Se giró hacia todos los lados con cautela mientras los bucles dorados de su recogido volaban a su alrededor, y después añadió en voz baja—: No deseo contrariarte, pero… lord Clinton ha pedido la mano de al menos tres jóvenes en lo que va de año y solo ha obtenido negativas.

—Pues el cielo ha respondido a sus plegarias.

—No puedes casarte con ese hombre. ¡Podría ser tu padre! ¡No! ¡Tu abuelo! Y su aliento… Tuve la insatisfacción de bailar con él la pasada temporada y las dos palabras que intercambiamos fueron acompañadas de un olor pestilente. Ahora entiendo de qué falleció su mujer.

Me eché a reír de tal forma que varios invitados me observaron con desagrado. Tomé aire para serenarme, no quería darle la razón a mi hermano con respecto a mi comportamiento.

Jane Austen había narrado en sus novelas, treinta años atrás, escenarios similares al que me rodeaba. El mundo había evolucionado en ese tiempo; sin embargo, las mujeres seguíamos atrapadas en la misma red, sin posibilidad de decisión.

—Quizá estoy idealizando mi futuro —murmuré alicaída—. Tal como dice Frederick.

—Chisss… —Maria siseó mientras me pellizcaba el brazo tratando de llamar mi atención. El señor Shaw se acercaba en nuestra dirección—. Aquí viene tu posible escapatoria: joven, instruido y un buen bailarín.

—Maria, no me busca a mí. Lleva mirándote con cierta discreción, aunque no la suficiente, toda la noche.

—Tonterías. Tú posees Mottram Hall y él tiene ganas de ascender socialmente. Su familia sufrió unas pérdidas económicas bastante acusadas por unos malos negocios en América.

El señor Shaw era un hombre ciertamente apuesto, disponía de una sonrisa franca, un cabello rubio ensortijado y un porte elegante. Nos saludó con una inclinación de cabeza y acto seguido se dirigió hacia mi amiga.

—Lady Watson, me haría muy feliz si me reservara uno de los próximos bailes.

—Por supuesto —contesté yo por Maria, que se había quedado repentinamente muda—, estará encantada. La polca es su preferida.

—Perfecto, gracias. ¿Y usted no baila, lady Wright?

—Aún nadie se ha atrevido a pedírmelo —respondí con sinceridad. Conocía a Patrick Shaw desde niños, ya que era un buen amigo de mi hermano. Hasta que este, en uno de sus súbitos arrebatos, decidió reemplazar a sus amistades por otras más provechosas.

—Puede que las noticias de su probable compromiso hayan desmoralizado a sus pretendientes —dijo él con su voz suave y elegante.

—Oh, vaya… Ya es de dominio público.

—Este condado es pequeño —añadió el señor Shaw—. Tanto las buenas como las malas nuevas se propagan con facilidad.

—Y como caballero, ¿qué opinión le merece mi futuro esposo? —expuse ante la expresión de pavor de mi amiga. Maria jamás hacía más preguntas de las habituales a un hombre, y siempre dentro de la prudencia y la discreción.

—Desde luego que es un caballero respetable y…, bueno… —El señor Shaw parecía tan preocupado en la búsqueda de un adjetivo afable que sentí lástima por él.

—Agradezco sus palabras, señor Shaw —atajé con una sonrisa—. Ahora le dejo con lady Watson. Es una buena bailarina, así que no dude en pedirle algún baile más antes de que se le adelanten los jóvenes que se encuentran junto a la orquesta.

—Por supuesto, por supuesto. —El señor Shaw lanzó una mirada de evaluación a sus posibles contrincantes y se acercó un paso más a mi amiga—. Lady Watson, no es una polca lo que viene a continuación, pero concédame este baile con urgencia.

Maria, recompuesta por fin de la situación, asintió con un gesto amable en sus labios y un brillo especial en sus ojos que aseguraban demasiadas promesas.

Me despedí rápidamente de ambos y desaparecí entre la multitud en busca de algún lugar solitario. Un lugar, si lo había, en el que nadie supiera mucho más de mi porvenir que yo misma.

Apenas dos meses después del baile en Iscoyd Park, lady Maria Watson y el señor Shaw se desposaban en la catedral de Chester ante un centenar de nobles invitados. El padre de Maria, el barón Watson, tuvo la gentileza de regalar a la nueva pareja una finca de cincuenta acres cerca de Liverpool, que por desgracia alejaba a mi amiga lo suficiente como para no poder visitarla con la asiduidad a la que estaba acostumbrada.

Mis días continuaron solitarios, con algún evento social, las eternas clases de piano y la inmensa biblioteca de mi padre en la que siempre hallaba refugio. En aquel tiempo, lord Clinton me visitó en varias ocasiones, en todas me encontré casualmente indispuesta y no pude recibirlo. Si mi hermano no pensaba tomarme en consideración, yo podría utilizar cualquier recurso en mi mano para alejar de mi vista a lord Clinton, a sus intenciones y a su mostacho el mayor tiempo posible.

Sin embargo, la tenacidad era la mejor (y única) cualidad de mi pretendiente, así que comenzó a asistir a las fiestas a las que no solía acudir y me encontré en la tesitura de bailar con él las mínimas veces para no resultar grosera.

—Espero que se encuentre mejor, Sarah —me dijo con sus evidentes problemas bucales revoloteando a nuestro alrededor mientras bailábamos un vals. Una pieza en la que manteníamos una cercanía demasiado indecorosa.

—Sí, gracias —contesté educada pese a que no recordaba cuándo le había permitido llamarme por mi nombre de pila.

—Me preocupa que estas enfermedades le provoquen esterilidad. Su hermano sabe que necesito un heredero con urgencia.

El comentario consiguió que diera un traspié y estuviera a punto de chocar con la pareja de bailarines de mi derecha.

—Siempre me han dicho que los hijos llegan cuando Dios lo decide, señor —contesté sobreponiéndome a la irritación que me habían causado sus palabras.

—Soy un hombre experimentado, Sarah. Sé que sus caderas anchas son el mejor indicio de la fertilidad.

—Entiendo, entonces, que he tenido el honor de que se fijara en mí gracias a mis medidas. —Había perdido el control de los pasos del baile y el desastre resultaba más que evidente.

—A mi edad no puedo andarme con rodeos.

—Si me disculpa, señor, sufro una nueva indisposición. —Me marché rápidamente, obteniendo miradas y cuchicheos de espanto. Frederick, por desgracia, volvía a tener razón.

El final de la primavera convertía Mottram Hall en un bello cuadro de hermosos y llamativos colores. Los jardines, famosos por su esplendor, eran una parada obligatoria para todo aquel viajero que pasara por el condado. Mis padres habían comenzado la tradición de abrir las puertas de la mansión para los visitantes que así lo desearan y, pese a la reticencia de Frederick, aún de vez en cuando algún viajero se asomaba a disfrutar de la visión de los arbustos en flor, de los estanques llenos de peces anaranjados y de los ciervos que paseaban tranquilos entre los bosques de abedules.

Si se daba la ocasión, me ofrecía como acompañante y relataba todos los pormenores de la construcción de la casa, explicaba cuadros de batallas navales o de tristes naturalezas muertas y me inventaba, por qué no, algún fantasma dolorido que recorría las habitaciones en busca de su amada.

—Señorita Sarah —Louisa, que me perseguía donde fuera como si aún tuviera dos años, reprimió una risa cuando cerramos las puertas tras un matrimonio de viajeros. Era una mujer pelirroja, menuda y fuerte, de risa contagiosa e incontables pecas—, debería escribir historias en vez de leerlas.

—Casi todos los libros de la biblioteca tienen como autor a un hombre. ¿Qué posibilidades abriga una mujer de publicar y ser leída? —Louisa asintió ante tal evidencia—. Jane Austen, Mary Shelley y muchas otras han tenido que recurrir a los seudónimos o al anonimato para ser tomadas en cuenta.

—Pues póngase entonces un nombre de hombre, de esos que parecen acaudalados y atractivos solo con pronunciarlos.

Nos reímos un buen rato mientras tratábamos de dar con alguno.

—¡Querida hermana! —La voz de Frederick en un tono que no era el usual hizo que tanto Louisa como yo nos volviéramos hacia él sorprendidas. Caminaba con aire despreocupado, con sus pantalones de rayas importados de Londres y que creía que estilizaban su figura—. Supongo que estarás de acuerdo conmigo en que ya es hora de organizar un banquete aquí.

—Si no recuerdo mal, los prohibiste hace unos cuantos años.

—Pobrecilla Sarah —dijo de forma melosa y con algo parecido a un gesto cariñoso en mi mejilla—, eso no es posible. Puede que tu memoria comience a fallar, como le ocurría a nuestra madre con las fiebres. Sabes perfectamente que disfruto de ese tipo de velada.

—Quieres que me encargue de la organización, ¿verdad?

—¿No es esa la misión preferida de las mujeres? —Soltó una carcajada—. Intenta recordar: cincuenta personas, tres platos y postre. Algo de música sencilla y pocos adornos florales, no quiero que esto parezca la selva amazónica. La última semana de junio sería perfecta.

—Bien —asentí, y aquella sí que fue la última vez que hablé con mi hermano.

Organizar un banquete o un baile requería de unos nervios templados, grandes dosis de paciencia y un cerebro calculador. Cualquier error en su ejecución podría considerarse como una vergüenza, y tampoco podía faltar de nada, ni jabón en los tocadores ni una buena temperatura en la sala de baile, entre miles de cosas más. Cada detalle era primordial y la vida social del anfitrión dependía de ellos.

Las invitaciones se enviaron dos semanas antes por mensajero y enseguida llegaron las confirmaciones de asistencia. Ninguno de mis amigos o familiares se encontraba en el selecto grupo de invitados escogido por mi hermano, solo un nombre me era de sobra conocido: lord Clinton.

Cuando llegó el día, aún tenía muchas tareas pendientes: terminar de decorar, repasar la cubertería, inspeccionar la comida, perseguir a los jardineros para que podaran los cincuenta setos de la entrada y aparecer ante los invitados bella y fresca como si acabara de levantarme en ese momento de la cama.

Con esa misión, Louisa me escogió un precioso vestido de seda verde, apretó mi corsé hasta privarme auténticamente de la respiración y colocó el armazón de la crinolina a mi alrededor como, si en vez de una mujer, yo fuera una inmensa lámpara de araña.

Pese a mis esfuerzos, no fue una fiesta divertida. Frederick monopolizó las conversaciones para demostrar su amplia sabiduría, su éxito en los negocios y su escueto dominio del lenguaje. El menú resultó al menos delicioso y vi caras de aprobación y palabras de halago. Entonces, cuando los invitados parecían comenzar a disfrutar de la velada, mi hermano se levantó de la mesa con su larga copa en la mano (la cual llevaba rellenando y vaciando toda la noche) y la hizo sonar con la ayuda de una cucharilla.

—Amigos —dijo endulzando el tono y sonriendo ampliamente hasta casi rozar las orejas con las comisuras de sus labios carnosos—, os he invitado esta noche para haceros partícipes de las buenas nuevas.

Sus ojos se clavaron en mí y entonces me di cuenta de la trampa y de lo estúpida que había sido al caer en ella.

—Mi hermana, lady Sarah —continuó con una mueca triunfal—, contraerá matrimonio con lord Joseph Clinton el próximo 2 de agosto. Y, por supuesto, estáis todos invitados al deseado enlace.

Me quedé sin aire y el frío invadió mis extremidades hasta arraigar en mi corazón. Ya no quedaba tiempo para treguas, ni triquiñuelas para aplazar al destino. Contraería matrimonio en menos de cuatro semanas y no había nada que pudiera hacer para evitarlo.

La huida

Los días pasaban con una cruel rapidez. Mi hermano se marchó de cacería para evitar, con toda seguridad, encontrarse conmigo. Era listo y ruin como el bisabuelo.

La temporada social continuaba, pero decliné cada una de las invitaciones a bailes. ¿Cómo iba a poder sonreír en público cuando lo único que quería hacer era llorar? Traté de concentrarme en que aquel era mi papel en la sociedad: casarme, tener hijos, cuidar de mi hogar, pero, pese a que los niños me cautivaban, no podía considerarlos motivo suficiente para casarme con alguien que solo me deseaba como proveedora de un heredero y que, además, aborrecía leer.

Nada me unía con lord Clinton más que una obligación contra la que resultaba imposible luchar.

Paseaba por los pasillos de Mottram Hall cabizbaja, a ratos enojada, a ratos abatida. Aquello, pese a su normalidad, no podía ser justo. No, no iba a permitirlo.

Me detuve delante del único retrato que permanecía en aquella casa de mi bisabuela Margaret. Estaba escondido en la biblioteca, por lo que Frederick, que nunca pisaba aquella estancia, no se había percatado de su existencia.

Observé la similitud de sus rasgos con los míos: ojos marrones, demasiado oscuros para considerarlos interesantes, como repetía mi hermano; cabello castaño, demasiado apagado para brillar con un día de sol, y un cuerpo de curvas pronunciadas que ni el corsé conseguía domar. La tristeza también se reflejaba en su mirada, honda, arraigada. Parecía un reflejo de mi propio espejo.

Margaret había tenido la osadía de tomar un barco hacia lo que entonces eran las colonias de Norteamérica, sin nadie que la esperara al otro lado del océano, sin familia ni amigos. Sola, decidida, fuerte.

Su imagen me infundía coraje. Ahora Estados Unidos no era un lugar tan salvaje y desconocido como generaciones atrás. La guerra de Independencia era ya un lejano recuerdo y las hostilidades contra los británicos habían cesado. Numerosos inmigrantes cruzaban el Atlántico para empezar una nueva vida.

Yo podría ser una de ellos.

La idea consiguió que me flaquearan las piernas y mis rodillas perdieran fuerza, y tuve que tomar asiento en el lustroso suelo de madera. Yo no era tan valiente como mi bisabuela, jamás había cometido una fechoría o me había alejado sola y sin consentimiento más allá de los límites de Mottram Hall. Fuera de los muros de la finca, no podría valerme por mí misma, jamás había tenido que hacerlo.

Inspiré profundo para serenarme. ¿De qué otras opciones disponía? Tenía familiares desperdigados por todo el país que dudaba que pudieran acogerme. Frederick sería incansable y perseverante a la hora de dar conmigo y recuperarme; no podía permitirse un nuevo escándalo. Aquello le desacreditaría para siempre.

Por un segundo sentí lástima por él. Si huía, atraería la desdicha sobre Mottram Hall, mas no podía permitir que mi vida estuviera regida por Frederick. Quería tener la oportunidad de ser feliz o de, al menos, intentarlo.

Si huía, jamás podría regresar a mi hogar, estaría sola ahí fuera, pero la idea de pronto me resultó menos agobiante y desoladora que ceder a un futuro con lord Clinton.

Sabía lo que tenía que hacer, estaba segura. Me levanté del suelo con la vista fija en mi bisabuela y juraría que, por un segundo, la vi sonreír.

Preparar una huida es más sencillo que organizar un baile de sociedad. Ya me había enfrentado a la posibilidad del fracaso con anterioridad y no me asustaba. Solo debía ser meticulosa hasta la extenuación.

Escribí una carta a mi amiga Maria Watson para solicitar una visita. El joven matrimonio acababa de regresar de su viaje de luna de miel y a nadie le extrañaría que quisiera saludarla.

Maria me contestó enseguida rogándome para que la visitara lo antes posible y mi hermano, notificado por Louisa, no puso ningún impedimento para que pasara unos días en casa de los nuevos señores Shaw antes de mi boda. Preparé una pequeña maleta con ropa sencilla y mudas, nada extraordinario para una visita casual. Después hice lo difícil, buscar dinero.

Sabía que teníamos una caja fuerte en el despacho de Frederick donde se guardaban escrituras y documentos importantes, seguramente también dinero, pero desconocía dónde se encontraba la llave. Repasé cada uno de los cajones y solo en uno hallé algunos chelines sueltos y treinta libras dentro de un sobre.

Realmente desconocía cuánto podría costar un billete para América, solo estaba habituada a pequeñas compras de pocos chelines para vestidos, guantes o alguna alhaja. Había escuchado que Louisa recibía un salario como sirvienta de veinte libras al año, por lo que treinta deberían de constituir un botín suficiente para mi huida.

Volví a mi dormitorio antes de que Frederick regresara de su cacería y me vestí rápidamente. Los nervios habían comenzado a aflorar y no podía cometer un error por su culpa. Repasé mentalmente todos los pasos y bajé las amplias escaleras de mármol de la mansión.

El coche de caballos que había solicitado ya se encontraba junto a la entrada. Louisa me acompañó cargando la maleta y la subió al carruaje.

En cuanto se volvió hacia mí, no pude evitar estrecharla entre mis brazos. Durante toda mi vida había estado a mi lado, casi como una hermana mayor, casi como una madre.

—Señorita Sarah —dijo aturdida—, cuidaré de usted cuando se case con lord Clinton. No pienso dejarla sola.

—Lo sé, Louisa. Solo me gustaría decirte que… —podría confiarle a Louisa cualquier secreto, incluso mi vida, pero no podía involucrarla en mi decisión. Su trabajo podría depender de ello— te voy a echar de menos.

—¡Qué cosas tiene! Solamente serán un par de días. Salude a lady Maria de mi parte y deséele toda la felicidad.

Asentí repetidamente con un grueso nudo en la garganta. Mi visión comenzó a enturbiarse y tuve que reprimir las ganas de echarme a llorar. Dirigí una última mirada a Mottram Hall, a su imponente fachada, a sus altas chimeneas, a los perfectos setos en flor. Allí atesoraba dieciocho años de recuerdos, muchos tan felices que me acompañarían de por vida.

Tomé asiento en el carruaje y dirigí mi atención al frente. Ya no había vuelta atrás, jamás regresaría. Inspiré hondo mientras la silueta de mi hogar desaparecía de mi vista.

Tardamos casi una jornada en llegar a la propiedad que los nuevos señores Shaw tenían a las afueras de Liverpool. Era una preciosa casa de tres plantas de estilo neoclásico con un amplio patio de caballerizas, un gran jardín con setos formando un laberinto y varios edificios para los establos. Desde luego que no era la lujosa mansión que el padre de Maria, el barón Watson, poseía en Chester, pero para el señor Patrick Shaw, cuya fábrica familiar de perdigones de plomo había sufrido serias adversidades en sus exportaciones a Estados Unidos, suponía un buen ascenso social.

Maria estaba en la puerta esperándome con nerviosismo, me dio un abrazo antes incluso de que apoyara los dos pies en el suelo de la entrada y estuvo a punto de hacerme perder el equilibrio.

—¡Sarah! ¡Cuánto te he echado en falta!

—Incluso disfrutando de un mes de luna de miel con el apuesto señor Shaw, ¿me has echado de menos? —Sonreí—. Me lo tienes que contar todo.

Ella asintió feliz, estaba preciosa con su cabello rubio suelto sobre los hombros y su silueta estilizada en un sencillo vestido de flores. Todo lo contrario a mí.

Aquellas últimas horas de la tarde las pasamos entre risas, tazas de té, bizcochos y numerosas anécdotas de nuestro pasado en común.

—Quédate una semana —me dijo antes de que nos fuéramos a acostar—, ¡qué digo! Quédate un mes. Te necesito a mi lado. Patrick no regresará de Londres hasta dentro de varios días.

—Ojalá pudiera, pero el 2 de agosto será mi enlace con lord Clinton.

La lámpara de aceite tembló en su mano. La tenue luz bailó por la antesala de los dormitorios, formando extrañas sombras sobre los muebles.

—No puedo permitirlo —apuntó solemne—. Tenemos que evitarlo.

—Mañana… —dudé antes de hablar. En ningún momento había considerado hacer partícipe a Maria de mi descabellado plan. En ese momento, con la tenacidad de sus ojos sobre los míos, vacilé en mis convicciones—, mañana hablamos, Maria.

No podía dormir. En mi cabeza se agolpaban mil dudas y temores. Me mantuve despierta tratando de leer, con la escasa luz de la lámpara, un viejo volumen de La tragedia de Macbeth. En esta ocasión Shakespeare no conseguía abstraerme pese a las brujas, maleficios y guerras que llenaban el argumento.

Me levanté de la cómoda cama y tomé asiento junto a la ventana. La luna llena dibujaba los establos, al otro lado del patio, otorgándoles un aspecto tétrico. Desde allí podía ver las altas copas de un bosque cercano, tras el cual comenzaba la ciudad de Liverpool.

En ese momento, una sombra pasó rauda bajo la ventana y desapareció tras la puerta de una de las cuadras. Me quedé paralizada, sorprendida por la irrupción, dudando de mi propia visión. Solo había sido capaz de distinguir una capa oscura y un rápido movimiento, más parecido al de un halcón que al de un ser humano.

Me incorporé presa de la curiosidad. ¿Mis temores comenzaban a provocarme alucinaciones? Debía constatarlo.

Tomé la lámpara, cubrí mis hombros con una toquilla y, descalza, salí al pasillo. El dormitorio de Maria se encontraba al otro lado del vestíbulo, el de su esposo a su izquierda, y suponía que los del servicio estarían en la planta baja. El silencio reinaba en toda la casa, pero bajé las escaleras con sigilo. No quería tener que dar explicaciones de mis excursiones nocturnas.

Llegué al patio. A aquellas horas, pese a encontrarnos en julio, hacía frío y caía una fina lluvia, y comencé a echar en falta las zapatillas y algo más de abrigo. Avancé decidida hacia los establos, aún no tenía más emociones conocidas rondando que la de la curiosidad. Jamás había estado en peligro, jamás había sentido alguna amenaza o miedo, más allá de tener como esposo a lord Clinton.

Abrí la vieja puerta de la cuadra, que chirrió súbitamente. Otro movimiento al fondo me puso en alerta. El establo disponía de varias dependencias independientes para los caballos. Maria sentía predilección por aquellos animales y se había traído de su antiguo hogar más de una decena de ellos. Reconocí a varios enormes purasangres negros y a un Suffolk Punch color canela, que se encontraba extremadamente nervioso.

Avancé hacia él con la intención de sosegarlo y entonces distinguí un bulto oculto detrás de los fardos de paja.

—¿Hola? —dije de pronto nerviosa—. Espero que no esté intentando robar algún caballo. El señor Shaw tiene un carácter difícil y más de un fusil, no le aconsejo enojarle. Si, por el contrario, solo ha venido a guarecerse durante la noche, muéstrese y podré traerle, si así lo desea, algo de comer.

El bulto se mantuvo inmóvil y me aproximé. El Suffolk Punch desplazó a un lado su cuerpo robusto y fuerte, de caballo de tiro, dejándome paso, y me encontré a una escasa distancia de los fardos y del tímido visitante.

Me agaché junto a la paja. El extraño desprendía aroma a tierra, a rancia humedad que destacaba por encima del olor de los caballos. Una de sus manos, pálida, de largos dedos, aferraba la capa para mantenerse oculto. En su pulgar portaba un sello de oro con la efigie de un dragón.

Apoyé la lámpara a un lado y, estirando el brazo, aparté la tela que lo cubría. A la vista quedó un rostro joven, masculino, de pómulos demacrados, cabello negro revuelto e intimidantes ojos azules.

Reaccionó a la claridad como si fuera la mismísima luz solar, y retrocedió hasta topar con la pared con auténtica desesperación. Su cuerpo se agitaba tembloroso, parecía tener frío. Atenué la intensidad de la lámpara.

—Tranquilo —dije—. ¿Está bien?

El joven apartó con reticencia la capa. Su rostro se ocultaba entre las sombras, enterrado por mechones de su largo cabello oscuro. Sus facciones eran elegantes, marcadas, y presentaba una boca atractiva con algunas heridas en sus labios. Había visto hombres apuestos, el condado de Cheshire se podía enorgullecer de la calidad física de sus habitantes masculinos; sin embargo, jamás había visto una belleza similar, perturbadora, salvaje. Jamás me había quedado absorta ante un rostro, jamás hasta esa vez.

Me di cuenta demasiado tarde de que llevábamos un rato excesivo observándonos en silencio, a una distancia escueta y en una situación que rozaba lo peculiar.

Retrocedí, recobrándome de mi osadía, e inspiré hondo un aire que parecía haber repelido durante todo aquel tiempo.

—Quizá será mejor que no salga de su escondite —añadí con el corazón palpitando rápido—. Voy a traerle algo caliente de comer y una buena manta.

Salí del establo más nerviosa que cuando había entrado persiguiendo a una posible alucinación. Recordé el frío y la lluvia, que en ese momento descargaba todo su poder, en cuanto regresé al patio. Corrí hacia la casa y me colé tiritando. Tardé un rato en apaciguarme y recobrar el calor, entonces me dirigí a la cocina y rebusqué hasta dar con la sopa que habíamos cenado. No disponía de ninguna noción culinaria, pero sabía cómo encender un fogón para calentar la comida.

Después subí a mi dormitorio, me puse las zapatillas y cogí una manta, almacenada en el armario entre sábanas que olían a lavanda.

Con el cargamento de sopa y abrigo, entré de nuevo en el establo. Los caballos resoplaron disgustados, hartos de ver perturbado su descanso esa noche. Por un momento no encontré al intruso y sentí cierta desilusión, pensando que el objetivo de mi labor de beneficencia se había esfumado. Sin embargo, el joven seguía allí. Se incorporó ligeramente y apoyó la espalda en la pared. Tiritaba bajo aquella capa húmeda con la que se cubría.

Le tendí la manta, que aceptó con desconfianza, y se lanzó con auténtica avidez al tazón de sopa humeante que le ofrecía. Comía llevado por la urgencia, con desesperación. Lucía unas ojeras acusadas y un corte en la sien, y vi que los nudillos de sus manos estaban amoratados y que tenía algunas uñas rotas.

Tomé asiento en el fardo de paja mientras el joven se acababa la sopa, intentando disimular mi interés por él. Jamás había visto a alguien tan mugriento y apaleado. ¿Sería uno de esos malhechores de los que hablaba la gente? ¿Un ladrón? ¿Habría robado el sello de oro que llevaba en su pulgar? Desconocía completamente el mundo de los delincuentes, pero estaba familiarizada con el de las joyas, y aquella era de las valiosas.

Encogió la mano viendo que yo no cesaba de observarla y la ocultó bajo la manta. El tazón, a su lado, se hallaba vacío.

—Soy Sarah —me presenté—. ¿Cuál es su nombre?

Me observó con la manta cubriéndolo hasta la nariz. Había temor, pero también curiosidad, en aquella mirada turquesa.

—Caleb —susurró con dificultad.

—¿Ha robado ese anillo, Caleb?

Negó despacio con la cabeza. Cada movimiento parecía sobrellevar un gran esfuerzo, gotas de sudor perlaban su frente, y me pregunté si padecería algún tipo de infección. No era buena idea, más bien pésima, compartir espacio con alguien enfermo cuando pensaba realizar un largo viaje.

—¿Se encuentra mal?

Asintió y, poco a poco, deslizó la manta hasta apoyarla en el suelo. Llevaba puesta una chaqueta vieja, descosida, y debajo una camisa sucia. En el costado, una mancha oscura se extendía por la tela. Tardé en comprender que aquello era sangre… Él se desabotonó la camisa y me enseñó el alcance de su herida.

Su piel pálida como la luna mostraba magulladuras y heridas, algunas ya cicatrizadas. A la derecha del vientre, de musculatura bien definida, vi un corte abierto que él mismo había tratado de proteger o curar con un trapo, que ya estaba completamente empapado.

—¡Dios mío! —exclamé sin saber bien qué hacer—. ¿Qué le ha sucedido?

Me levanté aturdida, pero me esforcé en centrarme en lo que tenía que hacer. Llené un cubo con agua del abrevadero y me despojé de mi toquilla. Con cuidado, separé el trapo sucio de su piel y limpié la herida con agua. Pese a la abundancia de sangre, el corte no parecía demasiado profundo.

—¿Le han disparado? —pregunté. Había leído que en esos casos se debía extraer la metralla para que la herida pudiera curarse.

—No —masculló con los dientes apretados por el dolor, mientras yo continuaba tratando de limpiar el corte con las peores dotes de enfermera posibles—. Un cuchillo.

—Bien. —¿Bien?—. Mejor. De todas formas, mi primo William se abrió la frente al caerse de un árbol centenario que hay en mi jardín y tuvieron que coserle la brecha —dije, dándome cuenta de que mi verborrea, de la que tanto se quejaba mi hermano, era un mal que me dominaba cuando estaba nerviosa o preocupada—. Quizá debería…, deberíamos hacer lo mismo.

—Sanará —murmuró él espaciando cada sílaba—. Solo… necesito… descansar.

Parecía realmente exhausto, apenas podía moverse. Utilicé mi toquilla para cubrir la herida y evitar que continuara sangrando, y la até con un nudo alrededor de la cintura. Después lo ayudé a tumbarse y lo tapé con la manta. Cerró despacio los ojos, como si no se atreviera a perder la consciencia, pero el cansancio al final pudo con él.

Resoplé agotada y me dejé caer en la paja a su lado. ¿Quién era aquel hombre? ¿Algún tipo de señal divina para que no escapara? Dios era desde luego muy imaginativo.

Miré mis manos manchadas de sangre y me las lavé. Pese a la lástima que sentía por el joven y el desconcierto que me producía su mirada azul, debía continuar con mi plan de huida. Nada ni nadie podían detenerme.

Great Britain

Me desperté cuando Maria entró en mi habitación con sus pasos rápidos y firmes y descorrió las cortinas de las ventanas.

—A levantarse, holgazana. ¡Es casi mediodía!

Me incorporé súbitamente tratando de ubicarme y de reconocer como pesadilla lo que había sucedido de madrugada.

—Podríamos dar un paseo a caballo por la finca —dijo mi amiga sentándose en el borde de la cama—. Mi padre me ha regalado un nuevo purasangre, debes verlo.

—¡No, no, a caballo, no! —dije rápidamente, recordando al muchacho de las cuadras y consiguiendo que Maria se echara a reír—. Mejor un paseo… Necesito estirar las piernas.

—Vale, pues una buena caminata hasta el río, pero antes debes desayunar. Voy a decirle a Lucy que te suba algo de comer. —Me palmeó la pierna con cariño—. ¡Estoy tan feliz de tenerte aquí!

—Yo también —contesté con sinceridad—. ¿Qué tal la luna de miel? ¿Y Patrick…, es decir, el señor Shaw?

—París es extraordinario, una bellísima ciudad. No sé por qué los ingleses nos empeñamos en mantener trifulcas con los franceses ¡si tienen una comida magnífica y unas telas sublimes! —Parecía entusiasmada—. Patrick me compró tres vestidos. Te los tengo que enseñar.

—Me alegro de que tu esposo tenga buen gusto, pero no me has contestado. ¿El señor Shaw se porta bien contigo? ¿Es el matrimonio como habías pensado?

—Patrick es un buen hombre —sopesó sus palabras, pensativa—. Creo que se siente abrumado por la presión que ejerce mi padre sobre él y porque la fábrica que posee su familia no va demasiado bien. No lo sé con certeza, los hombres son poco dados a compartir sus pesares. Y por lo demás… Bueno, la noche de bodas quizá no fue como había imaginado… —Sus mejillas se sonrojaron hasta adquirir la tonalidad de un tomate.

—Mi imaginación es escasa y no encuentro un solo libro que me otorgue un indicio de qué hay más allá del simple cortejo, así que ni siquiera sé qué esperar. ¿Qué sucede exactamente?

—¡Sarah! —exclamó nerviosa—. ¡Es algo íntimo!

—No puedes dejarme con la incógnita, Maria —me quejé—. Sabes que yo te hubiera informado con todo lujo de detalles.

—Hay que quitarse la ropa —soltó de sopetón, para acto seguido taparse la boca con la mano avergonzada.

—¿Para qué?

—Para que pueda tocarte y…, bueno, después te tumbas y… es doloroso. Algo raro. No sabría explicarlo bien, pero mi madre dice que nuestros encuentros mejorarán con el tiempo.

—¿No resulta recomendable entonces?

—¿Recomendable? —Maria soltó una carcajada—. No lo sé. Supongo que no.

Resoplé levantándome el mechón castaño que tapaba mi visión.

—No quiero imaginarme una noche de bodas con lord Clinton si con un esposo atractivo como el tuyo no resulta recomendable.

El rostro dulce de Maria se tornó grave, preocupado.

—Tienes un plan, ¿verdad, Sarah? —dijo tomándome de la mano y acariciando mis dedos—. Tú, menos que nadie, puedes casarte con él. Eres lista, risueña y divertida. Ese hombre acabará con esa parte de ti, y me matará comprobarlo.

—Frederick no cree que pueda optar a algo mejor.

—Tu hermano es mezquino. —Clavó sus ojos claros en los míos. Estaba segura de que sabía leer mi mente—. ¿Qué vas a hacer? Cuéntamelo.

—Voy a escapar, Maria. Siento haber utilizado tu amabilidad como excusa, pero eres mi primer paso hacia la libertad.

—Y me alegra escucharlo. Si pudiera retenerte y detener esa boda, lo haría.

—Lo sé. —Apreté sus manos entre las mías—. Lo que no quiero es obligarte a guardar el secreto. Voy a tomar un barco hacia América, es el único lugar en el que Frederick no podrá buscarme.

—¿América? ¡No volveré a verte! —Maria parecía aturdida, triste—. Sin embargo, creo que tienes razón. Tu hermano revolverá Inglaterra en tu búsqueda. ¡Será un auténtico escándalo!

—¿Crees que me comporto de forma egoísta? ¿Hago bien?

—Solo Frederick sufrirá las consecuencias de las habladurías, y créeme cuando te digo que esas situaciones son más benévolas con los hombres. Saldrá adelante sin problemas. —Mi amiga se levantó de la cama con un súbito entusiasmo—. ¿En qué te ayudo?

—Pensaba tomar uno de los barcos que salen del puerto de Liverpool mañana, pero ha surgido un… imprevisto —Me miró como si ya nada pudiera sorprenderla—. ¿Me puedes prestar algo de ropa de Patrick?

Entramos en los establos de la mano. Los caballos parecieron darse cuenta de la presencia de su dueña y se revolvieron complacidos hasta que Maria se detuvo a acariciarlos.

Señalé el fondo de la cuadra y nos acercamos con sigilo. El sol de la tarde se filtraba débil a través de las pequeñas ventanas de la edificación, marcando el suelo lleno de forraje con su luz.

El muchacho se había refugiado en una esquina y había construido una especie de escondite con varios fardos de paja. La chaqueta y su capa reposaban a un lado.

—Caleb —dije con suavidad—, esta es mi amiga, la señora Shaw. Traemos comida y algo de ropa.

Maria se mantuvo a mi espalda, nerviosa, agarrándome de la cintura.

—Debe de tratarse de un borracho —susurró en mi oído—. Ten cuidado.

Caleb se incorporó turbado y nos dirigió una mirada llena de desconfianza.

—¿Comida? —preguntó únicamente.

Le tendí un plato con una buena ración de asado y un trozo de pan. Arrastrando a Maria, que seguía anclada a mi espalda, conseguí acercarle también un poco de agua.

—Gracias —dijo en un murmullo, y empezó a devorar los alimentos con ansiedad.

—¿Qué hace en mis establos, señor…? —indagó Maria, viendo que el muchacho no tenía más anhelo que la comida.

Caleb dejó el plato a un lado, se limpió la boca con el dorso de la mano y levantó su intensa mirada hacia Maria. La sostuvo durante unos segundos, como si estuviera sopesando su respuesta.

—Caleb Hay —murmuró él al fin. Su voz era profunda, un poco ronca—. Siento las molestias. Me encontraba desfallecido, pero partiré sin dilación hacia Liverpool.

—¿Y qué planea hacer en la ciudad, señor Hay? —continuó Maria envalentonada.

—Embarcarme hacia América.

Permanecimos en silencio, meditando sorprendidas la información.

—Asombroso —añadió mi amiga, tan atónita como yo misma—. ¿Tiene algún motivo importante para un viaje así?

—No lo llevaría a cabo si no fuera crucial —contestó con sequedad.

Maria tiró de mí hacia la puerta sin discreción y me sacó de los establos. Allí fuera, con el sol brillando sobre su cabello rubio, anduvo de un lado a otro recapacitando.

—No, no, Sarah. Te conozco. No me digas lo que vas a decir.

—Debo ir con el señor Hay —apunté al fin, apoyando las manos en sus hombros y mirándola fijamente—. Es el destino.

—¡Oh, no! ¿Desde cuándo crees en esas cosas?

—Desde que un joven mugriento, con la intención de viajar a América, se coló entre tus purasangres. ¿No resulta una casualidad increíble?

—Tanto Liverpool como Bristol forman los dos únicos puertos de los que zarpan todos los barcos con destino a Nueva York o a Boston. No hay nada extraño en eso.

—Dime que no has pensado que la providencia tiene unas formas retorcidas de mostrarse.

—Tienes razón, lo he pensado —cedió nerviosa—. Pero no conocemos a ese joven. Podría tratarse de un peligroso malhechor.

—Un malhechor bien instruido, puesto que utiliza la palabra «dilación» con absoluta tranquilidad. —Intenté esbozar una sonrisa despreocupada—. Únicamente compartiré el carruaje con él hasta el puerto. Llamaré menos la atención con un hombre a mi lado.

—Eso no es un hombre, por más mirada encantadora que tenga, es un desconocido. —Resoplé y ella se rio—. ¿Por qué me das tantos disgustos? ¡Primero lo de lord Clinton y ahora esto! Vale, te otorgo mi bendición, pero tendremos que conseguir que ese joven harapiento luzca decente si ha de acompañarte.

El puerto de Liverpool se encontraba en el paso del río Mersey por la ciudad y estaba formado por bulliciosos muelles con numerosos veleros y barcazas. Enormes edificaciones de ladrillo de tres o cuatro alturas, la cúpula del ayuntamiento y la picuda torre de la iglesia de Saint Paul completaban un escenario abarrotado de carros, caballos y trabajadores. El vocerío y el ruido, en aquel nublado 25 de julio, nos envolvieron en cuanto nuestro carruaje se detuvo.

Maria había insistido en que yo fuera delante con el cochero y que nuestro «invitado» fuese en el interior, ataviado con un traje de Patrick, que le quedaba excesivamente corto, y la capa oscura que ya poseía y que desentonaba con la buena temperatura del verano. Su cabello negro, sorprendentemente largo, lo había escondido bajo un sombrero. En su mugrienta chaqueta, había encontrado una llave y un cuaderno que a todas luces podría ser un diario. Antes de deshacernos de la prenda, mi incorrecta curiosidad me había obligado a guardar ambos objetos a buen recaudo en mi maleta, en busca del momento propicio para devolvérselos a su propietario.

La despedida con mi amiga había estado cargada de lágrimas, de deseos y de miedos. Jamás volveríamos a vernos, y aquella realidad resultaba más dolorosa que cualquier infortunio con el que pudiera toparme por el camino. O eso pensaba en aquel momento.

Mi aventura, la trascendental, comenzaba allí, en el puerto de Liverpool, junto al pequeño edificio de venta de billetes. Me apeé del carruaje y tras recoger mi maleta y una bolsa con algunos víveres que me había preparado Maria, me adentré en la penumbra de la única sala que formaba la construcción. Había varios bancos alargados de madera donde esperaban familias con sus equipajes. Algunos niños dormían sobre las piernas de sus madres, otros jugaban llenando de vida el austero lugar. Me situé en una larga cola para acceder al mostrador de venta.

—¿Qué quiere, señora? —Un hombre de larga barba y espeso bigote me hablaba mientras yo me fijaba en las personas que me rodeaban: familias, parejas, hombres de negocios en regios trajes oscuros, pero ni una mujer sola.

—Deseaba comprar un billete para el primer barco que parta hacia América. —Me acerqué ante la atenta mirada del hombre. Me había puesto un vestido sencillo, como los que llevaba Louisa; nada que me hiciera destacar.

—El SS Great Britain zarpa a mediodía hacia Nueva York —dijo observándome sin reparos—. No obstante, en este viaje inaugural no hay disponible una segunda clase.

—¿Y la primera?

Me revisó de nuevo.

—¿Tiene suficiente dinero?

—Por supuesto. —Treinta libras y doce chelines llenaban mi bolso.

—Bien. —Comprobó un listado con una media sonrisa indeterminada—. Hay un camarote doble. Veintiséis guineas por persona, cincuenta y dos en total

—¿Guineas? —me extrañé. En pocas ocasiones había visto aquellas monedas de oro cuyo valor era superior al de la libra—. ¿Ese es el precio solo de la ida?

—Sí, señora —contestó el hombre, hastiado, casi a voz en grito—. La tercera clase son quince libras por persona. ¿Le parece más apropiado para su bolsillo?

Asentí avergonzada y le tendí el dinero.

—Necesito sus nombres y la firma de su marido.

—No viajo con mi marido —murmuré, y me volví a mirar la fila de viajeros que crecía detrás de mí, nerviosos porque me demorara tanto en la compra del billete.

—Señora, como comprenderá, no puedo venderle un billete si no va acompañada por…

—Su hermano.

Un hombre se había apoyado a mi lado en el mostrador. Su voz era ronca; alto, hasta casi sacar una cabeza a los presentes, y cubierto con una capa oscura. Allí de pie, no mantenía ningún parecido con el joven malherido que había encontrado en el establo.

—Apunte —le indicó con cierto menosprecio—: Caleb… Addison y mi hermana, la señorita Sarah Addison.

—Bien, señor Addison. Firme aquí. —El vendedor le tendió una lista de pasajeros donde había escrito nuestros supuestos nombres—. El camarote de tercera tiene capacidad para cuatro pasajeros, pero, por la hora que es y las plazas que quedan, puede que se libren de tener compañía. Buen viaje.

Me separé del mostrador, sintiéndome humillada. Cada vez que pensaba que la vida de las mujeres era como la de unos títeres en las manos de los hombres, sucedía algo que reforzaba más esa idea. No podía viajar sola porque ¡no podía comprar un mísero billete por mi cuenta! ¡Y no podía escoger marido, ni futuro! Si nadie pensaba que pudiera hacerlo, ¿por qué quería intentarlo? Pero allí estaba, desafiando a un mundo que no parecía fabricado para mí.

Caleb dio un traspié a mi lado. Si no hubiera tenido los reflejos de sujetarlo, se habría desplomado en el suelo. Se apoyó en mis hombros, como si no dispusiera de fuerzas para sostenerse en pie, y conseguí llegar a uno de los bancos para que tomara asiento.

Me agaché delante. No tenía buen aspecto. Su rostro lucía macilento y el sudor resbalaba por su frente. Además, respiraba entrecortadamente. Llevó su mano al costado, visiblemente dolorido.

—¿Tiene algo de comer? —murmuró despacio, con esfuerzo.

Maria me había preparado un buen surtido de alimentos. Saqué de la bolsa lo primero que encontré: pan y un trozo de queso. Caleb los consumió rápidamente, pero no me pidió más.

—¿Le duele la herida? —pregunté.

—Estoy mejor —susurró, levantando la vista y fijándola unos segundos en la mía. Tenía unos ojos preciosos, enmarcados con densas pestañas oscuras y dotados de una mirada diferente, indescifrable—. Deberíamos dirigirnos al barco.

Los viajeros salían por una puerta al fondo de la sala y los seguimos, pausadamente, hacia el exterior. Allí no pude evitar detenerme obnubilada, sin palabras que lograran expresar mi sorpresa.

Jamás había visto nada igual. Un gigantesco barco emergía en aquel muelle abarrotado de gente. El casco, negro como el carbón, presentaba filigranas doradas; los altos mástiles enarbolaban infinidad de banderas, destacando en cada extremo las de Estados Unidos y Gran Bretaña.

El ruido resultaba ensordecedor, la gente se agolpaba por todas partes luciendo sus mejores galas: sombreros de copa, vestidos de todos los colores, sombrillas…

Caleb tiró de mí hacia el barco y empezó a abrirse paso como pudo entre la multitud. Los comentarios a nuestro alrededor sobre la reciente visita de la reina Victoria, el lujoso interior del navío y su inmenso tamaño me sugerían que me encontraba ante un evento único.

Conseguimos llegar hasta la pasarela de embarque, que, con una pendiente demasiado acusada para las escasas fuerzas de mi acompañante, llevaba hasta la primera cubierta del barco. Un miembro de la tripulación buscó nuestro nombre en la lista y acto seguido nos indicó unas escaleras que descendían hacia las profundidades.

—Camarote cincuenta y seis —nos informó, áspero.

La gente elegantemente vestida de, con seguridad, la primera clase siguió en la cubierta, despidiéndose con la mano de sus seres queridos, que los saludaban con entusiasmo desde el muelle.

Bajamos tres plantas, siguiendo a otros pasajeros en nuestras mismas circunstancias, y nos encontramos con un pasillo estrecho y alargado. Había puertas numeradas a ambos lados y las parejas y familias comenzaban a ocupar sus camarotes.

El camarote cincuenta y seis se encontraba en el extremo izquierdo del corredor. Las voces y los ruidos rebotaban en las paredes haciendo que la algarabía resultara insoportable, por lo que agradecí entrar en nuestro habitáculo y cerrar la puerta. La sensación de opresión no mejoró allí, puesto que se trataba de una pequeña estancia, con dos literas a ambos lados y un diminuto lavabo enfrente. No había ventanas ni apenas espacio para movernos o colocar nuestras escasas pertenencias.

Falta de aire, apoyé la espalda en una de las paredes recubiertas de madera oscura. Me sentía agobiada por tener que compartir el minúsculo camarote con un desconocido.

—Gracias —dijo de repente, tomando asiento en la cama inferior de la litera—, no tenía ninguna intención de comprar un billete. Pensaba viajar de polizón. Ahora le debo quince libras y mi agradecimiento.

—No me iban a dejar embarcar sola, así que el favor ha sido mutuo.

—En mi opinión, si queremos hacernos pasar por hermanos, deberíamos abandonar los formalismos, ¿no le parece…, Sarah?

Un escalofrío recorrió mi espalda al escucharle pronunciar mi nombre, como si una ráfaga de aire gélido hubiera atravesado la pared.

—Sí, lo entiendo —añadí incómoda—, pero mi esperanza reside en que sobren plazas y podamos utilizar diferentes camarotes.

—Por supuesto, si encuentro uno libre, me mudaré rápidamente. —Asintió Caleb, ante mi alivio.

De pronto, como si fuera algo usual, Caleb se deshizo de la chaqueta de Patrick y comenzó a desabotonarse la camisa.

Reaccioné tarde. Para cuando me di la vuelta y enfoqué mi mirada en la pared, ya había podido memorizar cada línea de su torso, tan parecido al de las estatuas griegas que decoraban los jardines de Mottram Hall.

—No creo que esto sea apropiado… —me quejé, molesta.

—Tengo que cambiarme el vendaje —explicó, y podría jurar, sin mirarlo, que sonreía—. Aún no he encontrado la forma de hacerlo vestido.

—Muy gracioso, señor Hay. Pero, si vamos a compartir este espacio, tendremos que establecer unas normas de conducta.

—No desnudarse, esa la primera.

Me giré hacia él con los brazos en jarras y cierta incomodidad. Se estaba limpiando la herida en el pequeño lavabo, y sin duda le dolía.

—¿Se está burlando de mí?

—No era mi intención —dijo con los dientes apretados mientras intentaba colocarse con desacierto una nueva venda, afianzándola alrededor de la cintura—. No estoy acostumbrado a las relaciones sociales y he debido de perder las buenas costumbres.

—¿Necesita ayuda? —pregunté obligada por su torpeza.

—Por favor —claudicó, alzando las manos por encima de su cabeza y permitiéndome maniobrar con el vendaje.

Hay momentos puntuales en los que adviertes que lo que estás sintiendo, lo que notan tus sentidos, sucede por primera vez, que jamás has percibido nada igual. Y aquel fue uno de esos momentos. Cerca de su cuerpo, con mis brazos rodeando su cintura, respirando el mismo aire a pocos centímetros de distancia, se había creado una atmósfera extraña, absorbente. No conseguía entender por qué mi corazón había comenzado una carrera frenética y mi estómago se había contraído. ¿Podía estar sufriendo algún tipo de indisposición?

Disimulé como si fuera una enfermera experimentada y, con mi mejor gesto de calma y aplomo, anudé el vendaje y retrocedí un paso sin ser capaz de encarar su mirada.

—Resulta increíble comprobar lo bien que cicatriza, señor Hay.

—Caleb. Recuerda que soy tu hermano.

—Sí, eso. —Me limpié las manos en la falda, con un gesto nervioso, y miré a mi alrededor sin saber qué hacer—. Voy a dar una vuelta.

Y, sin esperar respuesta, abrí la puerta y salí del camarote completamente desconcertada.