Capítulo 1

Capítulo 1

El martes 14 de enero fue el día en que Kip Grady aprendió que las licuadoras ruidosas y las resacas no eran una buena combinación.

La noche anterior no había tenido la intención de beber tanto, pero Chuck y Jimmy estaban en la ciudad y hacía meses que no los veía. Tampoco es que se cogiera un gran pedo. Era consciente de que a las seis de la mañana tenía que ir a trabajar, pero aun así había bebido lo suficiente como para convertir las potentes licuadoras en su enemigo mortal.

Pero tenía un trabajo que hacer. Y ese trabajo consistía en preparar el mejor smoothie posible para la mujer que esperaba en la barra con aire de tener muchas cosas que hacer.

—Aquí lo tiene. —Trató de no hacer una mueca de dolor mientras le entregaba el pedido a la clienta—. Un smoothie «Guerrero verde» con un shot de hierba de trigo.

Miró el reloj. Las seis y media. Madre de dios.

No le sobraba tiempo para descansar la cabeza sobre la tentadora pila de naranjas que había en el mostrador. Las mañanas de los días laborables en el Straw+Berry solían ser ajetreadas hasta las nueve. Maria compartía turno con él esa mañana, y eso era genial. Estaban bien juntos porque, aunque no fuera el trabajo de los sueños de ninguno, se lo tomaban en serio y hacían todo lo que se les pedía. Además, era divertida.

—¿Cuál de estos malditos smoothies cura la resaca? —se quejó Kip en un momento en que la tienda se quedó vacía.

—Eeeh, ninguno. Pero en teoría el de sandía.

—Vale. Pues voy a prepararme uno gigante de sandía con unas cinco aspirinas.

—Imagino que lo que quieres decir es cinco «potenciadores de bienestar».

Kip se preparó un smoothie inmenso de sandía y se encontró algo mejor después de bebérselo. Al final se tomó dos aspirinas.

—¿Y qué hiciste anoche? —preguntó Maria.

—Ah, solo estuve con unos amigos de la universidad.

—¿Ah, sí? ¿Son monos?

—No. No sé. No son mi tipo.

Chuck era grande, corpulento y barbudo. Y Jimmy era todo lo contrario: bajito, delgado y aparentaba siete años menos de los que en realidad tenía.

—¿Y también tienen la suerte de ser baristas de locales de zumos?

—Ellos sí trabajan de lo suyo. En Boston. ¿Negocios? ¿Seguros? ¿Algo de finanzas? No lo sé. Pero tienen que llevar traje.

—Tú llevas delantal. Eso tampoco está mal.

—Claro, y estoy superorgulloso.

—Y una gorra con una fresita bordada. ¡Toma ya!

Kip le tiró un trozo de piña congelada.

—Para que veas, Kipper. Voy a ser buena y voy a montar yo todas las preparaciones para que puedas descansar esa cabecita cuando pase todo el ajetreo.

—Ay, ¿sí?

—¡Sip!

—Eres la mejor y te quiero un montón. —Suspiró feliz.

—Ya lo sé. ¡Ahora espabila! ¡Vienen mujeres de negocios y querrán kale licuado!

Pasó otra hora de trabajo intenso hasta que Kip finalmente pudo disfrutar de la tranquilidad que Maria le había prometido. Ella se fue a la trastienda a cortar frutas y verduras, y él se dejó caer en una silla que había arrastrado detrás del mostrador y apoyó la cara contra la pared, que estaba fresquita.

No fue consciente de que había cerrado los ojos hasta que alguien carraspeó y se sobresaltó. No de forma agresiva, solo lo justo como para hacerle saber que había alguien allí.

Abrió los ojos y se puso de pie a toda prisa.

—Disculpe —balbuceó—. ¿En qué puedo…?

Es posible que la boca de Kip se abriera como la de un personaje de dibujos animados. Puede que la mandíbula se le cayera al suelo y la lengua se desenrollara como una alfombra. Y es que el hombre más atractivo que había visto jamás estaba frente a él.

—Eh, ¿en qué puedo ayudarle? —consiguió decir Kip.

El hombre era alto, rubio y, bueno, musculoso. Y Kip sabía que era musculoso porque llevaba una chaqueta con cremallera Under Armour ridículamente apretada y pantalones de entreno. Por cómo le caía por la frente el pelo mojado y cómo le brillaba la piel, probablemente volvía de correr.

—Buenos días —dijo el hombre sudado alegremente—. Siento haberte despertado.

Kip se sonrojó. Bajó un poco la cabeza para que la visera de la estúpida gorra lo ocultara. «Dios, el tío más bueno del mundo está frente a mí y yo con un delantal y una gorra con una fresa plantada en el medio».

—No me has… No estaba… —Kip respiró hondo. «¡Contrólate!»—. Disculpa. Anoche me pasé de divertido.

El chico levantó la ceja.

—¿Un lunes por la noche?

—Sí, bueno, la vida de un preparador de smoothies es así… Hay que vivir a tope, que son dos días y esas cosas, ¿no?

El chico se rio. Kip casi se cayó de la silla.

—¿Y qué tenéis por aquí que esté rico? —preguntó el chico mientras echaba un vistazo a la carta.

—Pues tenemos un smoothie con arándanos, piña y kale… en que apenas se nota el kale, ¡te lo aseguro! Está rico. A mí me gusta.

—¿Ese es el… «Luna azul sobre Brooklyn»?

—Sí. Todos los nombres aquí son un poco absurdos.

El chico señaló con el dedo la chapa con el nombre de Kip.

—Me gusta tu nombre.

Kip miró hacia la chapa como si no supiera lo que ponía en ella. Como un tonto.

—Es, tipo, un mote —le dijo como si el tío bueno le hubiera pedido más información. Cosa que no había hecho. Pero Kip siguió hablando porque él era así—. O sea, todo el mundo me llama Kip. Así que es mi nombre. Pero no tipo mi nombre de verdad. Es, eeeh… Da igual. ¿Entonces quieres uno de arándanos?

—Me encantaría —le respondió el cliente ignorando por completo lo idiota que podía parecer Kip.

Kip se puso manos a la obra y cargó la licuadora con diferentes frutas congeladas y kale fresco. Por suerte, requería de concentración, y además la máquina hacía tanto ruido que no le permitía hablar por encima. Echó un vistazo al chico, que esperaba de pie con las manos en las caderas, estudiando las fotos poco atractivas de frutas que decoraban el pequeño local. Kip no sabía hacia dónde mirar, pasaba la vista rápido desde los anchos hombros a los brazos ridículamente grandes, a la espalda musculosa que se estrechaba hasta una cintura esbelta y a un culo que, la verdad, pues era…

Kip sacudió la cabeza y apagó la licuadora. Rebuscó hasta encontrar un vaso de plástico y lo llenó con el smoothie azul.

—Aquí tienes.

El chico se volvió, asintió y le dio a Kip un billete de veinte dólares doblado y algo húmedo que sacó del bolsillo de su pantalón de chándal.

—Quédate el cambio.

—¿En serio? —preguntó Kip mientras miraba cómo el chico daba el primer sorbo y cómo sus labios rosados se amoldaban a la pajita.

—Sí. —El chico sonrió—. Es el suplemento por haber acertado. Está riquísimo.

Kip le devolvió la sonrisa.

—Me alegra que te haya gustado. Que tengas un buen día.

El cliente brindó con el vaso del smoothie.

—Y tú también, Kip.

Kip se sintió un poco mareado al oír su nombre salir de la boca de aquel chico. Cuando el chico de sus sueños se fue, entró otro que no era tan atractivo.

—¡Joder! —dijo el cliente mientras señalaba con el pulgar hacia la puerta—. ¡Ese era Scott Hunter!

—¿Qué?

El hombre miró a Kip como si fuera idiota.

—Scott Hunter.

—¿Se refiere a, tipo, el jugador de hockey? —dijo Kip.

—¿Qué? —apareció una voz detrás de él. Maria se asomó a la puerta de la trastienda—. ¿Me he perdido a Scott Hunter?

—No creo que… ¿De verdad cree que era él? —preguntó Kip.

El cliente asintió.

—Uy, sí. Sin duda. Me sorprende que se deje ver por la ciudad, con lo mal que está jugando últimamente.

—¿No está jugando bien?

Kip sabía más o menos quién era Scott Hunter, claro. Todo el mundo lo sabía, no hacía falta ser aficionado al hockey para saberlo. Era el centro estrella y capitán de los New York Admirals. Hacía tres años había llevado al equipo estadounidense a conseguir el oro olímpico. Pero Kip sobre todo lo conocía por los anuncios de Hugo Boss en los que aparecía. Era muy fan de esos anuncios.

A Kip le gustaba el hockey, pero no había seguido muy de cerca la NHL. Por lo que él sabía, Scott Hunter siempre había sido famoso y querido en esta ciudad. Como el rey de Nueva York. Pero, al parecer, Kip se había perdido algo.

—Sí, lo está haciendo fatal esta temporada —siguió el cliente—. ¡No ha marcado ni un gol desde noviembre! No sé por qué le pagan tanto dinero. Deberían traspasarlo por vago.

—Bueno… —dijo Kip, sin saber muy bien cómo continuar. No tenía sentido, pero se había tomado como algo personal las críticas de ese tipo y se vio obligado a defender a Scott Hunter—. Quizá está pasando por una mala racha.

El cliente resopló.

—Pues podría pasarla en verano. Si sigue con esa mierda, este año no llegaremos a los play-offs.

Kip sintió una ira inexplicable, pero se encogió de hombros y le dio al chico su smoothie para que se fuera.

Cuando Maria y él se volvieron a quedar solos, Maria dijo:

—¿De verdad ha venido Scott Hunter?

—No lo sé. Quizá. O sea, ahora que el chico lo ha dicho, creo que sí. Me había distraído por lo bueno que estaba, pero sí, se parecía a Hunter. Y, eeeh, me ha dejado una muy buena propina.

—¿Cómo de buena? Eso se divide, ya lo sabes.

—Sí, sí, claro. ¡Ha dejado como trece dólares de propina!

—¿¡Cuánto!?

—Bueno, si de verdad era Hunter, probablemente para él no sea casi nada, ¿no? Lo más seguro es que no le preocupe nada el dinero.

—Pues qué majo.

—Sí.

—Así queeeeee… —dijo Maria mientras invadía el espacio personal de Kip—. ¿Estaba bueno?

—Ay, dios mío. —Kip sonrió—. Dios del Olimpo. No parecía de este mundo.

—¿Y qué llevaba puesto?

—Ropa de entreno. Creo que venía de salir a correr. Llevaba ropa deportiva muy apretada.

—Ay, dios mío.

—Ya te digo.

—No me puedo creer que no lo haya visto. Si vuelve, avísame. Aunque esté en el baño, ¡tú avísame!

—Claro, lo más normal del mundo.

Maria empezó a meter la fruta y verdura frescas recién cortadas en la nevera. Kip la ayudó. Estuvieron trabajando un rato en silencio.

—Oye —dijo Kip—, que ha dicho mi nombre.

—¿Quién? ¿Hunter? ¿Ha dicho la palabra «Kip»?

—Sí —le respondió ensimismado.

—Dios, me apuesto algo a que cuando él lo pronuncia no suena tan absurdo.

Kip le tiró una fresa.

Kip vio el titular a la mañana siguiente cuando iba en el tren: «¡Hunter sale de caza!». Se inclinó un poco hacia delante para leer la portada del periódico del pasajero sentado frente a él. Al parecer, Hunter había logrado hacer un triplete la noche anterior y había hecho dos asistencias en la goleada contra Washington de 7 a 1. Kip sonrió. De algún modo se sintió orgulloso de él.

«Ay, sí, superbién que la superestrella millonaria haya tenido una buena noche. Será posible…».

En el periódico ponía que los Admirals jugaban esa noche en Nueva Jersey. Mientras Kip caminaba las dos manzanas que separaban la estación del Straw+Berry, pensó en la última vez que fue a ver un partido de los Admirals. Habían pasado como unos ocho años. No, más, porque a Hunter solo lo había visto jugar en la televisión.

«Dios, ¿es que ahora voy a estar pensando todo el rato en Scott Hunter?».

Bostezó mientras sacaba la llave y abría la puerta del local. Tenía que buscar algún trabajo que no le hiciera madrugar tanto. Levantarse antes de las cinco para entrar antes de las seis era ridículo. Sobre todo, si era por el salario mínimo.

La mañana transcurrió como la mayoría de los días laborables: ajetreo constante desde las siete hasta las nueve, y luego un poco de tranquilidad antes de que empezaran a llegar lo que Maria había bautizado como «las mamis yoguis».

—Tu novio jugó un buen partido anoche —dijo Maria mientras rellenaba el cuenco de naranjas.

—¿De qué narices me estás hablando?

—De Scott Hunter. Marcó como un millón de goles o así.

—Tres —le corrigió Kip—, e hizo dos asistencias.

—Ay, disculpa. No era consciente de que fueras tan fanático.

—¡Y no lo soy! Lo he visto en un periódico de camino aquí. Es, tipo, como la gran noticia.

—¡No me lo puedo creer! ¡Estás pilladísimo de él! Anoche cuando fuiste a casa buscaste imágenes en Google de Scott Hunter, ¿verdad?

—¡No!

«En realidad, sí».

—Ya, claro. Eres miembro de su club de fans. Qué mono.

—Te odio.

—No es verdad.

Maria apilaba las naranjas y Kip fregaba el suelo detrás del mostrador, aunque no estuviera tan sucio. Era solo que se ponía nervioso si se quedaba de pie sin hacer nada.

A las diez y poco, se abrió la puerta y, de nuevo, Kip se topó una vez más con Scott Hunter con ropa de entreno sudada.

Esta vez Maria estaba allí para presenciarlo.

—Hostia puta.

Kip le dio un codazo de la forma más sutil que pudo.

—Buenos días de nuevo, Kip —dijo el chico que definitivamente era Scott Hunter.

—Buenos días, eeeh… Jesús. Tú eres Scott Hunter, ¿verdad?

Parecía que la pregunta le resultó divertida.

—Sí, lo soy.

—Qué pasada —susurró Maria.

—Es, eeeh —dijo Kip y luego rectificó—. Buen partido anoche.

—¡Gracias! He pensado que querría tomarme otro smoothie de esos de arándanos. Cuando algo me va bien en un partido, trato de repetir lo que he hecho ese mismo día.

—Entiendo —dijo Kip. Los ojos de Scott eran azules. Muy azules.

—Así que… Ponme otro smoothie de arándanos, por favor.

—¡Claro! —Kip salió del estado de trance y se puso a prepararlo.

Scott Hunter llevaba, una vez más, una chaqueta y unos pantalones de chándal ridículamente ajustados de Under Armour. Tenía el pelo mojado y revuelto, y la piel ligeramente enrojecida de haber hecho ejercicio. Kip Grady llevaba, una vez más, un puto delantal absurdo y una gorra con una puñetera fresa bordada. Pero por lo menos esta vez no tenía resaca.

Le entregó el smoothie al famoso deportista y trató de no fijarse demasiado en cómo sus labios se amoldaban a la pajita. Le resultó difícil porque Scott lo estaba mirando mientras daba el primer sorbo. Sus labios se curvaron un poco cuando se dio cuenta de que Kip también lo miraba.

—Gracias de nuevo, Kip —dijo—. Espero verte el próximo día de partido.

Levantó el vaso del smoothie en señal de despedida y se marchó.

Cuando Kip se volvió hacia Maria, vio que estaba boquiabierta.

—«¿Espero verte el próximo día de partido?» —dijo ella—. ¿Me estás vacilando?

—¿Qué?

—¡Está pilladísimo de ti, Grady!

Kip se puso tan rojo como la fresa de la gorra.

—Anda ya. No es eso lo que quería decir.

—Seguro que no.

—¡Que no! Es que es supersticioso. ¡Lo que quería decir es que ojalá funcione y tenga un buen partido para que pueda volver otro día que tenga que jugar! ¡Y ya!

—Ya sé qué quería decir, idiota, pero no solo está diciendo eso.

—Ni siquiera es… Ay, dios mío. No me puedo creer que esté hablando de esto. A Scott Hunter no le gustan los hombres. Y desde luego no le gustan los tipos que trabajan en locales donde se preparan smoothies.

—Si tú lo dices.

—Voy a volver allí detrás para cortar la piña —refunfuñó Kip.

—Es mejor que compruebes que nos quedan suficientes arándanos —le dijo Maria con tono burlón mientras él se iba.

Kip se quedó admirando las vistas del río Hudson en el salón de su mejor amiga, que se situaba en el barrio de Tribeca. No podía imaginarse cuánto podía costar un lugar así.

Vivir en Nueva York era caro, pero Kip tenía una estrategia impresionante que le permitía trabajar por el salario mínimo y pagar cada mes las cuotas de su préstamo universitario: seguía viviendo con sus padres.

Sí, tenía veinticinco años. Sí, se había graduado en la universidad a los veintidós. Pero la cuestión era que los graduados en Historia no estaban precisamente muy cotizados en el mercado laboral.

Kip tenía sueños. Aspiraciones. Quería trabajar en algún museo. Quizá algún día trabajar en uno en Europa. Quizá escribir un libro o dos. Quizá presentar un programa de televisión en el que se dedicara a viajar por el mundo y presentar diferentes lugares históricos a la audiencia. Quizá trabajar como asesor en películas históricas en Hollywood…

O quizá convertir frutas y verduras en purés bebibles para gente ocupada que se dirigía a trabajos que eran importantes de verdad.

La propietaria del apartamento en el que ahora se encontraba, Elena, tenía un trabajo de verdad y una vida que parecía muy adulta en comparación con la de Kip. Era ingeniera de ciberseguridad en Equinox Tech, una de las empresas de IT con más crecimiento del país. Kip no sabía exactamente qué era un ingeniero de ciberseguridad, pero sonaba a bien pagado y rimbombante.

Elena era, sin duda, la persona más inteligente que Kip conocía. Además de ser listísima y divertida, también era muy guapa, con una combinación especial con la altura y estructura ósea de su padre noruego, y el pelo oscuro y piel morena de su madre libanesa.

La amistad de Kip con ella en el instituto le había ayudado a darse cuenta de que no le interesaban sexualmente las mujeres. Porque si no le interesaba ella, pues…

De todos modos, lo más probable era que Elena supiera desde antes que él que era gay. Ella siempre lo sabía todo antes.

—¿Necesitas compañero de piso? —preguntó Kip mientras se alejaba de la ventana.

—No —respondió ella—. Ni loca.

Se acomodaron en el sofá para tomar comida china estilo Sichuan (Elena no era de las que cocinaban). Kip apenas había dado un bocado cuando Elena dijo con naturalidad:

—Bueno, ¿y quién es él?

A Kip se le escaparon los fideos de los palillos y volvieron a caer en la caja de donde los había sacado.

—¿Qué? ¿Quién? ¿De qué hablas?

—Llevas toda la noche embobado. ¿En quién estás pensando?

Kip se sonrojó. Pinchó los fideos con los palillos.

—En nadie.

—Christopher.

A Elena le gustaba usar su nombre real cuando él se ponía pesado.

—Te vas a reír.

—Eso no sería propio de mí.

Kip sonrió al oír su respuesta.

—Es solo que… ¿Conoces a Scott Hunter?

—¿Que si conozco a Scott Hunter? En persona no.

—Pero has oído hablar de él.

—Sí.

—Vale. Pues ha estado viniendo al local.

—¿Al local de smoothies?

—Sí. Estos últimos dos días. Para tener suerte, según dice él, porque jugó muy bien después de tomarse un smoothie ayer por la mañana. Así que hoy ha vuelto y se ha pedido otro porque tenían partido esta noche.

—Vale.

—Está… Es que está muy bueno, y ya está.

A Elena se le movieron un poco los labios, pero no se rio.

—Qué guay.

—Sí.

Continuaron comiendo en silencio. Y Kip, que al parecer no podía mantener la calma, aguantó un minuto antes de soltar:

—Y sabe cómo me llamo.

Elena levantó una ceja.

—Me ha dicho: «Buenos días, Kip» cuando ha venido hoy.

Kip intentó, sin éxito, borrar la sonrisa de tonto de su cara.

—Debe de haber sido emocionante.

—Sí, y, eeeh, también dijo que esperaba volver a verme. Ya sabes, tipo, si el smoothie funciona y eso.

—¿El smoothie mágico del hockey?

—Deja de reírte de mí.

—¡No me río! Y te diré algo más: esta noche vamos a ver ese partido de hockey.

Kip sentía vergüenza por los nervios que notaba viendo el partido de hockey. Cada vez que Scott recibía un golpe, Kip se estremecía. Cada vez que Scott lanzaba un tiro a la portería, Kip contenía la respiración. Quería que ese partido le fuera bien a Hunter, y no tenía sentido engañarse a sí mismo sobre el motivo.

Al final de la primera parte, iban empatados a uno. Scott se detuvo de camino al vestuario para conceder una breve entrevista. Se quitó el casco y el pelo húmedo se le rizó hacia todas partes. El corazón de Kip se aceleró. Scott estaba empapado de sudor, incluso más que cuando entraba al Straw+Berry después de sus carreras. Kip podía ver cómo le brillaba la nuca bajo el cuello rojo de su camiseta.

Scott hablaba de una defensa fuerte y del trabajo en equipo. Su preciosa boca se cernía sobre el micrófono, sus ojos azules miraban a la cámara y no al hombre que le estaba entrevistando. Era como si apenas estuviera presente en la entrevista, como si ya estuviera donde preferiría estar en ese momento.

—Desde luego, es atractivo —dijo Elena.

—Sí… —suspiró Kip.

El partido siguió igualado durante el segundo tiempo. No fue hasta el tercero, en el que Scott marcó dos goles y asistió otro, cuando los Admirals acallaron a los fans en el estadio de Newark. Kip estaba eufórico.

—Dios, es una pasada. En ese último gol, puede que haya disparado el puck a unos ciento sesenta kilómetros por hora, pero parecía a cámara lenta.

—Es hábil con las manos —coincidió Elena, con una sonrisa en los labios.

Cogió el móvil y se puso a buscar algo.

—El siguiente partido lo juegan aquí el sábado por la noche contra Tampa Bay —dijo ella—. ¿Trabajas el sábado?

Kip gimió.

—¡Joder! ¡Tengo que… cambiar el turno! ¿Quién trabaja el sábado?

Cogió el móvil y le envió un mensaje a Maria:

Kip: ¿Trabajas el sábado?

La respuesta llegó un minuto más tarde:

Maria: Sí, ¿por?

Kip: ¿Me cambias el turno?

Maria: ¿Por qué?

Kip: A mí me toca el viernes. Cámbiamelo, por favor…

Maria: ¿¡Es por Scott Hunter!?

Kip se sintió tonto, pero aun así respondió:

Kip: Puede.

Maria: Dios, Kip.

Kip: ¿¡POR FAVOR!?

Maria: Vale.

Hubo una pausa, y luego ella añadió:

Maria: Te toca turno con Jeff.

Puaj. Jeff era lo peor. Era un vago y básicamente siempre iba colocado. Kip no acababa de entender cómo podía seguir trabajando ahí.

Pero merecería la pena, porque cuando acabó el partido el marcador iba 6-2 a favor de los Admirals. Lo que significaba que Scott iba a ir el sábado con toda seguridad.

Probablemente con toda seguridad.

Casi con toda seguridad.

Capítulo 2

Es posible que Kip se hubiera levantado muy temprano el sábado para cuidar más su aspecto.

No podía hacer nada con el uniforme, pero por lo menos se había asegurado de que sus mejores vaqueros estuvieran limpios y había decidido ponerse las zapatillas nuevas que había comprado hacía un par de semanas y que en realidad no podía permitirse, pero a las que no pudo resistirse.

Incluso se había tomado la molestia de arreglarse un poco el pelo, a sabiendas de que tendría que ponerse la estúpida gorra. Había utilizado hilo dental. Y se había guardado pastillas de menta en el bolsillo para disimular el posible olor a café en el aliento.

Llegó al local diez minutos antes de lo previsto después de ir a un ritmo muy relajado, y no le sorprendió en absoluto ser el primero en llegar. Se puso a trabajar en las preparaciones, poniendo especial cuidado en que los ingredientes para el smoothie «Luna azul sobre Brooklyn» de Scott estuvieran listos.

Veinte minutos antes de que el Straw+Berry abriera a las seis, Kip seguía estando solo. Y, otra vez, no le resultó nada nuevo, ya que ese día le tocaba trabajar con Jeff, pero aun así le era irritante.

A las seis y media sonó el teléfono: era Jeff diciendo que estaba enfermo. Kip ni siquiera pudo reunir la energía para enfadarse, sobre todo porque eso significaba que estaría solo en el local cuando Scott…

«Estás demasiado emocionado por la posibilidad de tener una interacción de dos minutos con un chico al que no le interesas, Kip».

Los sábados siempre eran más tranquilos que los días entre semana. La mañana transcurría despacio, con algún que otro cliente que iba rompiendo la monotonía. Kip acabó sacando el móvil y, cómo no, leyendo artículos antiguos sobre Scott Hunter.

Había un montón de noticias. Casi todas contenían la misma información: que Scott había nacido y se había criado en Rochester y que desde su adolescencia siempre había sido el mejor jugador en todos los equipos en los que había estado. Los artículos a menudo destacaban su generosa dedicación a organizaciones benéficas, sobre todo a aquellas que ayudaban a niños enfermos, y lo describían como un modelo que seguir tanto dentro como fuera de la pista.

Otra cosa que siempre se mencionaba era que Scott Hunter era uno de los solteros más codiciados de Nueva York. Nunca había tenido una relación sentimental duradera con ninguna mujer (interesante) y solía esquivar cualquier pregunta sobre su vida privada (aún más interesante).

Kip estaba ocupado guardando las fotos del artículo de Scott para la revista GQ en el móvil cuando se abrió la puerta. Se dio prisa en guardar el móvil en el bolsillo al ver entrar a Scott Hunter.

Sería ridículo decir que la cara de Scott se iluminó cuando vio a Kip, pero… fue realmente lo que pareció.

—¡Kip! —dijo con una sonrisa de alegría que se extendía por todo el rostro­—. Estaba preocupado por que no fueras a trabajar hoy.

—¿Ah, sí? —preguntó Kip, demasiado sorprendido como para preguntar algo más inteligente.

—Quiero decir… —¿Acaso Scott Hunter parecía avergonzado?—. Me gusta que mi rutina sea lo más estable posible, y, como tú preparaste los otros smoothies, pues…

—Será por la forma en que los preparo —dijo Kip mientras intentaba sacar valor para esbozar una sonrisa.

—Será…

Kip empezó a coger los ingredientes y los fue echando a la licuadora.

—Vi el partido anoche —dijo—. El último gol fue increíble.

—Gracias. —Scott sonaba genuinamente agradecido—. Ese me hizo sentir bien.

Sonrió a Kip, que se quedó con la boca seca. Encendió la licuadora antes de poder decir algo estúpido como: «¿A qué saben tus abdominales?».

—¿Estás solo hoy? —le preguntó Scott mientras Kip le servía lo de siempre.

—Sí, eeeh, en teoría tendría que estar trabajando con alguien, pero ha avisado diciendo que estaba enfermo. No creo que sea verdad. Es un inútil.

Kip se encogió por dentro al decir eso.

«Como si a Scott Hunter le importaran una mierda tus compañeros de trabajo».

—Pues lo siento —dijo Scott—. Yo también tengo compañeros de equipo así.

Kip se rio porque ¿de verdad Scott Hunter estaba comparando los trabajos de los dos?

—¿Te… importa si lo tomo aquí? —preguntó Scott como si no hubiera mesas y sillas detrás de él—. Es que… Tengo un par de correos pendientes de responder —dijo mientras sacaba el móvil del bolsillo y lo mostraba al aire.

—Claro, sin problema —dijo Kip sin acabar de creerse la suerte que tenía.

Scott se sentó en una de las mesitas altas, de espaldas a la puerta (y de cara a Kip). Kip intentaba con todas sus fuerzas no quedarse mirándolo mientras Scott revisaba los correos electrónicos en el teléfono y, de vez en cuando, daba sorbos a su smoothie azul. Al parecer, lo estaba bebiendo muy despacio.

Después de quince minutos, Kip salió de su puesto detrás del mostrador y se puso a limpiar mesas que no necesitaban en absoluto una limpieza.

Cuando estaba junto a la mesa de Scott, aprovechó para romper el silencio.

—¿Y estás seguro de que esto no va a afectar a tu partido? ¿Tipo, al romper la rutina así?

—¿Qué? Ah, no. No tengo que hacer todo exactamente igual. Quiero decir, no soy tan obsesivo.

—Ya —dijo Kip con una sonrisa burlona.

Scott primero sonrió y luego se rio.

—Probablemente parezco raro, ¿no? Como si el smoothie fuera una poción mágica o algo.

Kip se encogió de hombros.

—He leído sobre los deportistas. Estáis un poco como una cabra, ¿no? Os ponéis los uniformes de un modo en concreto, no os cambiáis los calcetines, dejáis de afeitaros…

Scott lo señaló con el dedo.

—¡Oye, eso es solo en los play-offs, y es una tradición consagrada!

—Ah, claro, normalísimo.

Kip no podía creer lo que estaba a punto de hacer, pero tenía que tantear el terreno. Solo un poco.

—Tranquilo, si no me molesta —dijo con la mayor naturalidad que pudo—. Siempre os veis muy rudos cuando levantáis la copa. Como si fuerais un grupo de leñadores buenorros.

Toma. Ahí lo dejaba.

Scott lo miró y Kip habría jurado haber visto cómo se le dibujaba una leve sonrisa en los labios.

Pero entonces la sonrisa de Scott se esfumó de golpe.

—Bueno, tengo que irme.

Kip se quería morir. Acababa de coquetear con el puto Scott Hunter y ahora él se iría y no volvería nunca más porque ¿qué cojones te pasa, Grady?

—Gracias de nuevo, Kip —dijo Scott. Fue más majo de lo que Kip se merecía.

Pero, cuando llegó a la puerta, Scott se detuvo y se dio la vuelta.

—¿Te gustaría ir al partido de esta noche?

—¿Qué?

—Nadie va a usar mis invitaciones. Podría darte dos, así puedes llevar a alguien… si… te apetece.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—¿Por qué no iba a hacerlo?

Kip se quedó boquiabierto ante la estrella increíblemente guapa que tenía plantada en la puerta y le estaba ofreciendo un regalo sin motivo aparente.

—¡Si te parece bien, me encantaría!

—Claro que me parece bien, y me encanta oír eso. Al ir, da tu nombre en taquilla y ya.

—De acuerdo. Entonces, nos vemos esta noche —dijo Kip, como un idiota.

Scott solo sonrió y se fue.

A Kip no debería haberle sorprendido en absoluto que los asientos personales fueran una fantasía. En la sexta fila desde la pista, en la línea azul frente al banquillo local. Simplemente increíble.

—Joder —dijo Elena—. Me consta que Equinox tiene un palco aquí, pero estos asientos son mucho mejores.

—No me puedo creer que estemos aquí. ¡No me puedo creer que estemos usando las entradas de Scott Hunter!

—Aunque es una cita un poco rara. Tú aquí con una chica y él trabajando.

—No es una cita.

—Ya. Seguro que le da entradas a todas las personas que le venden smoothies.

Kip había intentado no pensar mucho en por qué Scott le había dado las entradas.

—Tan solo está siendo agradecido porque cree que de alguna manera soy responsable de su racha de buena suerte. Como ya te comenté, está loco.

—Loco por ti, quizá.

—No seas idiota.

—Kip —dijo ella mientras dejaba la cerveza en el portavasos—. ¿Tú sabes cómo te ves, verdad?

—¿A qué te…?

—A que estás muy bueno, Grady. Muy muy bueno.

—Estoy… normal.

—No, escúchame. Eres muy atractivo. ¿Te crees que me parece justo que seas gay? Pues no.

Kip puso los ojos en blanco.

—Venga ya. Además… —Bajó el volumen hasta llegar a susurrar y se inclinó hacia ella—. No sabemos si… está en mi equipo.

—Ah, ¿no?

—¡No! O sea… Tengo indicios de que quizá…

—¿Como que estamos en sus asientos personales porque te ha dado las entradas en persona después de que te visitara en el trabajo por tercera vez esta semana?

Kip se sonrojó.

—Es que es supersticioso… —murmuró—. Es por eso.

Los jugadores salieron a la pista para calentar. Kip los vio patinar, tumbarse en el hielo para estirar y turnarse para lanzar tiros fáciles a los porteros. Intentó, sin éxito, no hacer mucho caso al número 21, Scott Hunter. Estaba haciendo un estiramiento de isquiotibiales en zancada profunda que demostraba lo flexible que era. Kip imaginó cómo sería esa postura sin los pantalones tan acolchados de hockey.

Su cerebro falto de sexo lo llevó a un maravilloso viaje durante unos minutos, y estaba tan distraído que casi no se dio cuenta de cuando Hunter patinó frente al cristal que tenía delante, con su impecable uniforme rojo, blanco y azul, como si hubiera salido de un póster publicitario, y le saludó con la cabeza.

«No. No es a mí. Habrá alguien sentado detrás de mí».

Kip volvió la cabeza. Todavía no había nadie sentado detrás de él. Tampoco había nadie delante.

Uy.

Una vez finalizado el calentamiento, salieron las máquinas Zamboni para pulir el hielo y entonces comenzó el espectáculo previo al partido. Se apagaron las luces y se proyectaron vídeos de los Admirals en acción sobre la pista mientras sonaba rock de fondo a todo volumen. Había hielo seco y pirotecnia, y, cuando los jugadores salieron al campo, el lugar alcanzó su punto álgido.

A Kip le llamaron la atención dos cosas: Scott Hunter era una gran estrella. Tipo, una estrella alucinante. Era un atleta superestrella gigantesco y esta ciudad lo amaba. Parecía que la mitad de la gente del público llevaba su camiseta. Y, cuando anunciaron el nombre de Scott como centro titular del partido, los gritos del público se volvieron ensordecedores. No era un simple tío al que le gustaran los smoothies de arándanos y fuera amable con los dependientes que se los preparaban. Este tío era Nueva York.

Y Kip estaba ahí como su invitado.

Hostia puta.

Otra cosa que le llamó la atención fue que Scott se había ganado el respeto de sus compañeros de equipo. Kip podía ver la manera en que se les iluminaba la cara a los jugadores más jóvenes cuando les daba una palmada en el hombro y los felicitaba por una buena jugada. Parecía que incluso los árbitros lo apreciaban, pues le daban golpecitos en el codo después de explicarle una decisión de penalización.

El partido fue impresionante. Scott estuvo impresionante. No solo marcó un gol en cada tiempo y asistió en otro, sino que también hizo rugir al público cuando derribó a un extremo de Tampa cerca del centro de la pista con un enorme golpe de cadera. A Kip le impresionó sobre todo cuando Scott evitó una pelea antes de que sucediera, calmando a su compañero de equipo con un firme agarre en el brazo y algunas palabras que Kip hubiera deseado poder oír.

Era innegablemente sexy ver a Scott mostrando tanta habilidad y autoridad durante todo el partido. Estuvo increíble.

—¡Ha sido la hostia! —dijo Kip, en voz demasiado alta, mientras se dirigían al metro después del partido—. ¡Quiero ir a otro! ¡Quiero ir a todos!

—Pues tendrás que esperar, superfán —dijo Elena—. Los Admirals estarán de viaje durante las próximas dos semanas.

Kip no debería haberse sentido tan devastado por esa noticia. De golpe, la idea de trabajar un turno entero sin ver a Scott le parecía insoportable.

Esa noche, ya en casa y en la cama, no pudo evitar preguntarse si Scott estaría triste por tener que salir de gira, lejos de su rutina segura.

Estaba siendo estúpido. Scott era un jugador de hockey profesional que no iba a echar de menos sus estúpidos smoothies mientras estuviera de viaje. Kip suspiró y se resignó a pasar al menos dos semanas sin ver a Scott Hunter en el trabajo.

Capítulo 3

Scott vio desaparecer la isla de Manhattan mientras el avión atravesaba las densas nubes que habían cubierto la ciudad durante días.

Se sentía raro, pero no sabía por qué. No tenía nada que ver con su manera de jugar, porque lo estaba haciendo mucho mejor que en toda la temporada. El equipo llevaba una racha ganadora y no había lesiones importantes. Además, el avión privado del equipo los llevaba a Phoenix, lo que les daría un agradable respiro del frío glacial de enero en Nueva York.

Por lo menos, su agente volvía a estar contento. Hacía un par de semanas, Scott había recibido una llamada muy alarmada de Todd Wheeler, el hombre que lo había representado desde que era jugador de hockey en la universidad.

—Tenemos un problema gordo —le había dicho Todd—. A los patrocinadores no les gusta lo que están viendo de ti. Gillette dice que a este paso no renovará el año que viene. Incluso Under Armour se está poniendo nerviosa. ¡La puta Under Armour, Scott! ¡No podemos perderlos!

Si la conversación tenía como objetivo motivar a Scott, no había funcionado. No era que él no supiera que estaba jugando fatal ni que estuviera contento con ello.

—Créeme, Todd —le había dicho Scott—. Nadie está más decepcionado que yo.

Pero, ayer, Scott había recibido una llamada muy diferente.

—¡Lo que sea que hayas hecho para recuperar tu juego sigue haciéndolo! —le había dicho Todd con tono de alivio.

Excepto que Scott no podía seguir haciéndolo. Estaría de viaje jugando sobre todo contra equipos de la Conferencia Oeste. Los Admirals tenían programados siete partidos, el último de ellos en Toronto, antes de volver a casa. A Scott nunca le había importado salir a jugar fuera. Le gustaban sus compañeros de equipo y, a diferencia de alguno de ellos, no le daba miedo volar. Además, al contrario que la mayoría del equipo, no tenía mujer ni hijos a los que dejar atrás.

Pero, por primera vez en su carrera, Scott, de forma absurda, sintió que estaba dejando a alguien atrás.

El compañero de asiento de Scott y uno de sus capitanes suplentes, Carter Vaughan, estaba más emocionado que el resto por su próxima parada en Los Ángeles. Llevaba unos meses saliendo con Gloria Grey, una actriz de televisión muy famosa y extremadamente atractiva. La última vez que Scott le había preguntado al respecto, Carter había insistido en que «no era nada serio». «Solo somos dos personas guapas y tranquilas que disfrutan de la compañía del otro cuando estamos en la misma ciudad».

Scott pensaba que podría ser algo más, pero no dijo nada. Era el menos indicado para meterse en la vida amorosa de los demás.

Carter ya se había puesto los auriculares. Como no había nada que ver fuera de la ventana, Scott sacó su libro. Era una novela de espías aburrida, pero era algo con lo que pasar el rato.

Scott intentó leer, pero no paraba de divagar. No dejaba de evocar la imagen de un encantador dependiente de una tienda de smoothies con unos impresionantes ojos color avellana y la sonrisa más bonita que había visto…

Volvió la cabeza para que Carter no se diera cuenta de la tonta sonrisa que se le había puesto.

Había ido al partido la noche anterior. Kip. Scott le había saludado con la cabeza, pero Kip no le había respondido. Quizá no lo había visto. Quizá pensaba que Scott era raro.

En cualquier caso, a Scott le había hecho absurdamente feliz verlo sentado en el estadio. Y aún más feliz ver que había traído a una amiga, porque Kip había dado a entender que le atraían los hombres. Al menos, Scott estaba bastante seguro de que eso era lo que había sucedido. No tenía ni idea de cómo ligar.

Frunció el ceño. Kip podría ser bisexual. Quizá esa chica con la que estaba era su novia. Sin duda, era bastante guapa.

Scott no era bisexual. Lo que el mundo no sabía era que tampoco era heterosexual. Sabía que era gay desde hacía mucho tiempo. En realidad, desde que jugaba en la liga juvenil. En aquella época estaba locamente enamorado de un compañero de equipo, y estaba seguro de que su amor no era correspondido. Y, aunque lo hubiera sido, sabía que Jacob nunca habría hecho nada al respecto. Nunca lo habría admitido. Si hubiera intentado ligar con él, Scott solo habría conseguido un ojo morado, o algo peor. Si se hubiera corrido la voz, podría haberle costado la carrera. Porque los jugadores de hockey no eran gais. Ningún jugador de la NHL había sido gay.

Scott sabía, ahora que era mayor y más sabio, que eso no podía ser verdad. Pero eso no cambiaba el hecho de que nadie en la liga había sido abiertamente gay, ni siquiera abiertamente bisexual. Los jugadores de la NHL se casaban jóvenes, tenían un montón de hijos y se iban con la familia a la cabaña en verano. Los jugadores de la NHL jugaban al golf y al póquer, bebían, comían filetes de carne, iban a clubes de striptease, se acostaban con fans del hockey que estuvieran buenas y usaban insultos homófobos con total libertad.

Así que Scott mantenía su vida amorosa en secreto. O, más bien, la falta de ella.

Ya era bastante difícil ser discreto cuando se era una persona normal y corriente. Era infinitamente más complicado al ser un deportista superfamoso. Scott no podía conectarse a internet y ligar con hombres al azar; siempre temía que alguno de ellos hablara con la prensa. Sentía lo mismo con respecto a los trabajadores sexuales. Evitaba los bares y clubes gais, aunque tampoco es que le gustaran ese tipo de cosas. Era muy mal bailarín.

La mayoría de sus encuentros sexuales tenían lugar durante los veranos. Se iba a lugares exóticos donde nadie tuviera ni idea de la NHL. Italia, España, Brasil o Grecia. Sitios en los que él tan solo era uno de los jóvenes en forma que iban en busca de una única cosa.

Hacía mucho que había terminado el verano. Lo que Scott no hacía (no hacía nunca, jamás) era coquetear con los dependientes en Manhattan. Porque eso sería una idiotez, además de peligroso, y no merecía la pena correr el riesgo. Claro estaba que nunca les daría a entender que le interesaban los hombres. Scott era un experto ocultándolo; al fin y al cabo, tenía años de práctica.

Pero con Kip ocurría algo distinto.

Scott ni siquiera podía ponerle nombre. Obviamente era mono («Es guapísimo, joder, Scott, no me jodas»), con esos hoyuelos y esos ojos. En el partido de anoche, Scott por fin había podido ver a Kip sin la gorra y el delantal. Le gustaría verlo más de cerca alguna vez.

«Dios».

Así que sí, era atractivo. Muchos chicos en Nueva York lo eran. Joder, un montón de chicos del equipo de Scott lo eran. Así que esa no era la única razón por la que Scott no podía parar de pensar en él.

Había algo en él. Scott quería hablar con él durante horas y averiguar todo sobre él. Enseñarle todo. Dárselo todo.

Su motivo para volver al Straw+Berry los días de partido no era una estratagema. De verdad creía que era importante mantener la rutina cuando le iba bien en el hielo. Había estado jugando sus peores partidos antes de que entrara en esa tienda y Kip le sirviera ese smoothie, y desde entonces había estado en racha.

En más de un sentido, si era sincero.

—Dichosos los ojos…

­—Hola, papá —dijo Kip mientras se dirigía al armario para coger la caja de cereales. Era el día libre de Kip, lo que significaba pasar una mañana poco habitual en casa.

—No te pregunté cómo fue el partido de la otra noche —dijo su padre.

—Fue increíble. —Mientras lo decía, Kip sonrió para sus adentros—. La verdad.

Su padre dio un sorbo al café y miró a Kip desde donde estaba sentado en la pequeña mesa de la cocina.

—Fue muy amable por parte de Scott Hunter darte esas entradas.

—Lo fue, sí.

—No creo que haya nadie en Brooklyn a quien tu madre no se lo haya contado.

—Dios, tampoco es para tanto.

—Nuestra vida no es muy emocionante —dijo su padre sonriendo.

Kip se sentó junto a su padre en la mesa redonda en la que había desayunado toda su vida.

Quería mucho a sus padres. Le gustaba la casa, pero también se moría de ganas de independizarse.

—¿Cómo está Elena? —preguntó su padre.

—Bien. Ya sabes, espectacular en todos los aspectos.

—¿No hay ofertas de trabajo para ti en Equinox Tech?

—¿Y qué narices iba a hacer yo en Equinox? Solo soy un friki de la historia como mi viejo.

—Sí, del equipo historiador.

Su padre se rio entre dientes y se recostó en la silla.

—Entonces, lo que tienes con Scott Hunter…

—No tengo nada con Scott Hunter.

—Vale… —dijo su padre con ese tono cantarín de «muy bien, no es asunto mío».

­—En serio, él solo… cree que los estúpidos smoothies que le preparo le traen suerte o algo así. No tiene nada que ver conmigo.

—Tu madre se va a decepcionar mucho al oír eso.

Kip puso los ojos en blanco, pero sonrió.

—Creo que Megan vendrá a cenar esta noche —dijo su padre—. Y Andrew también.

—Ay, qué bien.

Megan era la hermana mayor de Kip, y Andrew era su pareja. Los dos vivían juntos en Williamsburg.

Cada vez que Megan iba a casa por cualquier motivo, eso le recordaba a Kip que ella tenía que «volver a casa». Era cuatro años mayor que él, pero aun así…

—¿Tienes planeado quedarte esta noche? —le preguntó su padre.

—Claro —respondió Kip, esbozando una sonrisa forzada—. ¿Dónde si no iba a estar?

Scott se desplomó contra la pared de la sauna, agotado y frustrado. Deberían haber ganado ese partido.

Habían jugado con el portero suplente, un chico sueco llamado Tommy Andersson, y no había salido bien. Pero Andersson no tenía la culpa. Nadie le había ayudado.

Scott se pasó las manos por la cara sudada y el pelo húmedo.

Scott ni siquiera había hecho una aparición decente aquella noche. Ninguno del equipo se había esforzado lo suficiente, y debería haber sido una victoria fácil.

El entrenador Murdock ya les había hecho sentir avergonzados de sí mismos. Entró en la sala, sacudió la cabeza y se fue, lo que resultaba peor que gritarles.

Nadie entró en la sauna para molestar a Scott. Sabían que no era buena idea.

Suspiró y se levantó, ajustándose la toalla alrededor de la cintura. Necesitaba darse una ducha. Y algo de beber.

Entró en la zona de descanso, todavía con la toalla puesta, y cogió una botella de agua de la nevera. Se la bebió de un trago y luego se dio la vuelta y vio a Greg Huff sentado en la encimera de detrás.

—Menuda mierda hemos hecho —dijo Huff.

—Desde luego —respondió Scott—. No sé ni qué decir.

—Bueno, yo no soy el capitán, pero qué tal algo como: «A ver, cabrones. Dejad de jugar tan de puta pena», o algo así…

Scott sonrió un poco.

—Eso era más o menos lo que estaba pensando.

—Pobre Andersson, tío. Lo siento mucho por el chiquillo.

—Ya… —dijo Scott mientras miraba hacia la dirección del vestuario—. ¿Cómo está?

—Mejor que nunca. ¿Pues tú qué crees?

—Hablaré con él. Tú te libras. Eres el único que ha marcado un gol esta noche. Además, ha sido muy bueno.

Huff le hizo un saludo algo vago.

—Es lo que se me da bien.

Era verdad. Greg Huff era uno de los mejores tiradores de la liga. Tenía una puntería increíble y, gracias a ello, había sido elegido para el All-Star de la NHL durante ocho temporadas seguidas.

Scott cogió un Gatorade de la nevera. Huff extendió las manos en posición de recibirlo, así que Scott le tiró uno.

—Voy a darme una ducha —dijo Scott—. Pero dile a Andersson que se quede por aquí, ¿de acuerdo?

—Oído.

Si Scott pudiera tener un equipo repleto de Greg Huffs, estaría encantado. Greg era un tío de fiar, honesto, y una presencia muy necesaria en el equipo, tanto dentro como fuera de la pista. No era el jugador más llamativo, ni de lejos el más grande, pero contribuía mucho al equipo.

Scott se dirigió a las duchas. Había un par de compañeros más allí. La mayoría del equipo ya se había duchado y se estaba preparando para volver al hotel de San José.

Uno de los que estaban en la ducha era Frank Zullo. Era el único jugador del equipo que a Scott no le gustaba. Era muy buen defensa, sin duda, grande y duro, y un luchador increíble cuando era necesario. Pero también era un matón y, la verdad, resultaba un poco asqueroso. Había un puñado de tíos como Zullo en la NHL.

Scott calentó la temperatura del agua, dejando que se llevara por delante ese terrible partido. Por la mañana volarían a Chicago. Tenían la noche libre y al día siguiente por la tarde había partido. Luego, un vuelo nocturno a Toronto para jugar un partido la noche después y, finalmente, volverían a Nueva York.

Salió de las duchas y se dirigió a las taquillas. Se puso unos pantalones cortos y una camiseta y fue a buscar a Andersson al vestuario. El joven portero estaba recogiendo su equipo deportivo, con un aspecto bastante lamentable.

—Oye —dijo Scott mientras se sentaba junto a la enorme bolsa del equipo de portero de Andersson—. Siento que no te hayamos ayudado esta noche.

Andersson soltó una risa enfadada.

—La he cagado —dijo con su acento fuerte y marcado.

—Todos la hemos cagado.

—Parecía un puto idiota ahí fuera.

—Murdock tomó la decisión correcta al ponerte a ti —dijo Scott—. No te culpo en absoluto. Nos culpo al resto. Es algo psicológico. Supongo que poner al portero suplente nos hace ser arrogantes. Como si el entrenador pensara que este partido fuera a ser fácil, todos nos lo creemos y entonces…

—Y entonces parezco un puto idiota ahí fuera.

Scott asintió con la cabeza.

—Todos vamos a dedicarnos a repetir nuestros errores esta noche cuando estemos en la cama. Nadie en este equipo está orgulloso de sí mismo esta noche. Pero nadie te culpa. Necesito que seas consciente de eso.

El joven portero le dedicó una sonrisa reticente.

—Gracias —dijo. Metió el resto de su equipo en la bolsa y se puso de pie—. Me voy al hotel. Repasaré algunos de los errores. Y luego lo olvidaré todo y me centraré en el próximo partido.

—Bien hecho. Tu compañero de habitación es Burke, ¿no? —preguntó Scott tratando de sacar conversación mientras salían del vestuario.

—Sí.

—Lo siento mucho, tío. Buena suerte.

Tommy se rio.

—Ya, gracias. Finjo que no lo entiendo cuando necesito que deje de hablar.

Scott se rio también. El inglés de Tommy era excelente.

—Voy a preparar mis cosas —dijo Scott—. Te veo mañana, Tommy.

—Buenas noches.

Kip analizó la multitud que había en el pub hasta que vio a Shawn sentado en una mesa pequeña solo. Shawn le sonrió desde la otra punta de la sala.

—Hola, ¿qué tal? —dijo Shawn mientras lo esperaba de pie hasta que Kip llegó y lo abrazó—. Cuánto me alegro de que te hayas organizado para poder venir.

—He estado con demasiada gente hetero últimamente ­—bromeó Kip mientras soltaba a Shawn y se acomodaba en la silla de madera que había frente a él.

Era el mismo bar al que llevaban años yendo: el Kingfisher. Tenía el mismo ambiente acogedor y desgastado de cualquier pub inglés con madera oscura, luz tenue y carteles de cerveza en las paredes. Una televisión al fondo de la sala mostraba deportes locales. A simple vista, no parecía en absoluto un bar gay, o por lo menos no lo que la mayoría de los heteros probablemente imaginaban que era un bar gay. Pero los hombres se sentaban un poco más cerca y los camareros eran, en opinión de Kip, un poco más atractivos. Le encantaba ese sitio.

—Tenemos un camarero nuevo muy mono —dijo Shawn—. Te gustará.

—Ay, no puedo competir contra ti.

Shawn negó con la cabeza y levantó la pinta.

—Demasiado pulcro para mí. Todo tuyo.

Shawn era guapísimo, con la piel morena, los ojos tiernos y una sonrisa cálida.

También vestía impecable, siempre parecía un modelo del catálogo de J.Crew.

Kip y él habían tonteado un poco en la universidad. Nada muy serio, en aquella época ambos estaban ansiosos por experimentar. Sin embargo, a Shawn le gustaban los chicos malos. A pesar de su apariencia conservadora, siempre se había sentido atraído por los hombres con tatuajes y un aire peligroso. Kip tan solo era un friki ansioso por complacer que no sabía qué hacer con su vida.

El camarero se detuvo junto a la mesa, y Shawn no estaba de broma. Delgado, atlético y con el pelo rubio cayéndole sobre la cara, el chico era exactamente el tipo de Kip.

Kip le dedicó una sonrisa coqueta mientras pedía, porque no pudo evitarlo. El camarero se la devolvió y se presentó como Kyle. Shawn se rio después de que Kyle se marchara.

—Siempre con tanto desparpajo.

—Sí, hombre —dijo Kip­­—. La mayor parte del tiempo soy un desastre.

—No, eres todo un encanto. Ese chico ya está pensando en decirte cuándo termina su turno.

Kip miró por encima del hombro hacia la barra, donde Kyle estaba esperando, suponía que a la cerveza de Kip.

—Bueno…

—Pero, antes, tenemos algo de lo que hablar —dijo Shawn.

—¿De qué?

—He estado pensando sobre el otro día de la semana pasada que estuvimos con Jimmy y Chuck.

—¿Ah, sí?

A Kip le iba a ir muy bien esa cerveza.

—En primer lugar, creo que te atacamos un poco en grupo cuando estábamos…

—¿Preguntándome qué cojones hacía con mi vida?

—Animándote a perseguir tus sueños.

—Ajá.

Kyle, el maravilloso ángel, apareció en la mesa con la pinta de ale roja artesana. Mientras dejaba el vaso en la mesa, aprovechó una oportunidad para apoyar la mano sobre su hombro. Kip notó las yemas de los dedos tocándole la nuca.

—Avísame si necesitas algo más —dijo Kyle sin dejar que el doble sentido pasara desapercibido.

—A ver —le dijo Kip a Shawn después de disfrutar de la sonrisa de despedida de Kyle—. Sé que tan solo…

—Tengo una propuesta para ti —le interrumpió Shawn.

Kip levantó una ceja.

—Eso nunca ha acabado especialmente bien hasta ahora.

—Una propuesta de negocios. Y de esas recuerdo algunas que no fueron mal del todo.

Kip sonrió mirando la cerveza.

—Yo también.

—Propongo —dijo Shawn— que busques un trabajo mejor.

Kip luchó contra el impulso de poner los ojos en blanco.

—¿Tipo, dónde?

—Tengo un amigo…

—Un amigo, ¿eh?

—Que trabaja en el Museo de la Ciudad de Nueva York.

Bueno. Ahora Kip sí que estaba prestando atención.

—Me ha dicho que están a punto de publicar la oferta de un puesto como asistente de educador. Ya sabes…, alguien que ayude con la organización de las excursiones y esas cosas. Enseñarles a nuestros pequeñines todo sobre nuestra preciosa ciudad.

Kip se echó hacia atrás en la silla.

—No estoy calificado para eso.

Shawn lo miró desafiante.

—¿Tengo que usar mi voz de Elena?

—No —refunfuñó Kip.

—Vas a presentarte a ese trabajo, Kip Grady. Y los vas a encandilar con tu carisma, tu amor por la historia y por el hecho de que has vivido aquí toda tu vida.

—¡No me van a llamar ni para la entrevista!

—Voy a llamar a Elena.

—Pues muy bien. No te lo va a coger. Odia que la llamen por teléfono.

—Preséntate a ese puesto, Kip.

Kip suspiró. «Por qué no, ¿no?».

—De acuerdo. Me presentaré. Gracias por avisarme.

—No se merecen, idiota. Y ahora… —Shawn se echó atrás y fingió que buscaba algo por el bar—. Qué tal si miras si a nuestro amigo Kyle le apetece celebrar tu nueva glamurosa carrera.

Ahí Kip sí que puso los ojos en blanco.

—No pienso celebrar una mierda. Y…

Se calló porque no sabía muy bien qué quería decir. «Estoy a ver si pasa algo con alguien nuevo. Probablemente lo conozcas…, es el capitán de los New York Admirals. ¿Quizá lo recuerdes del especial de la revista People “Las 50 personas más bonitas”? Sí, pues me gusta. Estoy casi seguro de que es heterosexual. ¡Cruzo los dedos!».

En lugar de eso, tan solo dijo:

—Creo que me iré pronto a casa esta noche. Pero veamos si te podemos encontrar a alguien a ti.

—¡Eso no era embestida, joder! ¡Era un puto golpe legal! Es hockey, ciego hijo de…

—Ya vale. —Scott agarró a Zullo fuerte con las dos manos y lo arrastró lejos del árbitro.

Zullo volvió la cabeza y siguió gritando.

—¿Qué pasa? ¿Ahora no puedo tocar a nadie o qué? ¿Ya no es un deporte de contacto? Abre los putos ojos, joder…

—Ahora hablo con él. Ve a la caja, Zullo.

Zullo negó con la cabeza. Carter se acercó patinando para ayudarle a acompañarlo a la caja de castigo. Si Zullo seguía gritando, lo acabarían expulsando. Scott volvió junto al árbitro.

—¿Embestida, Hal? ¿En serio?

—¿Me estás diciendo que no sé hacer mi trabajo, Hunter? Sé lo que he visto.

Hal Coleman, uno de los árbitros favoritos de Scott, solo le llegaba hasta el pecho, pero bajo su apariencia tranquila era duro como una piedra. Además de inteligente.

—Bueno —dijo Scott mientras miraba hacia la caja de castigo en la que ahora estaba un furioso Frank Zullo—, no le vendrá mal relajarse un poco ahí dentro.

—Es un trozo de pan —coincidió Hal.

Scott miró hacia el otro lado de la pista, hacia el banquillo de Chicago.

—¿Becker está bien?

—Voy a ver cómo está. Parece que sigue en pie. —Hal miró fijamente a Scott—. Dile a tu chico que, si vuelvo a ver eso, lo echo.

—Oído.

Hal fue hacia el banquillo de Chicago y Scott se dirigió a la caja de castigo.

—No lo he podido convencer —dijo—. Quédate un par de minutos para relajarte y luego acabaremos de decepcionar al público local.

—No era embestida. Ni de puta coña era embestida —escupió Zullo.

—Excepto en la parte en que te le has echado encima.

—Hostia puta, Hunter. ¿Me lo estás diciendo en serio? ¿Ahora vas con Chicago? ¡Becker se ha tirado!

Scott ya estaba patinando de vuelta al banquillo.

—¡Quédate dos, Frank! —gritó por encima del hombro.

Carter lo alcanzó.

—¿Cuánto puedo darle a Hal para que suspenda a Zullo unos cuantos partidos?

—Venga, tira —dijo Scott en seco—. Zullo es capaz de buscar que lo penalicen sin la ayuda de nadie.

—Puto psicópata —murmuró Carter—. Seguimos con el plan de cenar en el Chicago Cut después del partido, ¿no? Necesito esos filetes.

—Sí, sí.

Hal pitó entonces para reanudar el partido. Scott se dirigió al círculo en su zona de la pista para recibir el saque y le dijo unas palabras de ánimo al portero mientras patinaba junto a la portería.

—¡Está siendo un buen partido, Benny!

—No me digas nada. Me gafas, y voy a por ti.

Scott se rio entre dientes. Eric Bennett era muy amable fuera de la pista, pero, una vez que estaba dentro de la portería, era el competidor más duro que Scott había conocido jamás.

Scott se agachó en el círculo y puso el stick sobre la pista. Levantó la vista para mirar a los ojos de su rival, un centro estrella de Chicago que se llamaba Clarke.

—Si Zullo vuelve a hacer algo así —gruñó Clarke—, mando a Harvey que vaya a por él.

—Bueno, tú verás. No sé muy bien por qué le harías eso a Harvey.

Scott sonrió.

—Zullo es un pedazo de mierda.

—Venga, va. Si puedes decir algo agradable…

En cuanto Scott ganó el saque, corrió hacia la zona del equipo contrario y recibió un pase rápido de Carter. Lanzó el puck y lo vio pasar por encima del hombro del portero para marcar un gol en inferioridad numérica.

Se sentía la hostia de bien al ver que volvía a jugar como el mejor.