Un perro en el tejado

Un perro en el tejado

—«Sin una coincidencia fortuita, no hay historia que valga» —dice mi madre cuando Hermano Primero termina de contarnos su sueño de anoche; y eso, como casi siempre, parece arreglarlo todo.

No sé cuántas veces habrá pronunciado mi madre ese aforismo elogioso durante mis primeros diez años de vida en este mundo. Ni cuántas versiones habré oído del sueño de Hermano Primero. Un campesino pobre se dirige al mercado de la ciudad para intercambiar su cosecha de nabos por sal. Da un paso en falso y cae por un acantilado. La historia podría terminar con una «muerte terrible» lejos de casa, que es lo peor que puede pasarle a un akha, pero el campesino aterriza en el campamento de un rico vendedor de sal. El comerciante prepara té, los dos hombres empiezan a hablar y... En fin, a partir de esa coincidencia fortuita, el vendedor de sal puede acabar casándose con la hija del campesino, o el campesino librarse de verse arrastrado por una inundación gracias a la caída... Pero esta vez ambos se benefician del trueque allí mismo y el labriego se ahorra la caminata hasta el mercado de la ciudad.

Ha sido un buen sueño, sin malos augurios, y eso complace a todos los que estamos sentados en el suelo alrededor de la hoguera. Como dice ama, cada historia, cada sueño, cada minuto de vigilia de nuestras vidas está lleno de una serie interminable de fatídicas coincidencias. Las personas, los animales, las hojas, el fuego y la lluvia... todos nos movemos dando vueltas vertiginosas unos alrededor de otros, como puñados de arroz seco arrojado al cielo. Un grano solitario no puede cambiar de dirección. No puede elegir si vuela a la derecha o a la izquierda, y tampoco dónde aterrizar: si lo hará en equilibrio sobre una roca, y por lo tanto será recuperable, o si rebotará en esa misma roca y caerá al barro, cosa que lo convertirá de inmediato en algo inútil y sin valor.

El lugar en el que aterrice dependerá del destino, y nada, nada material al menos, puede cambiar ese destino.

Hermano Segundo, el siguiente, nos cuenta un sueño bastante anodino. Luego le toca a Hermano Tercero, y el suyo es aburridísimo.

Aba me da un codazo.

—Niña, ¿qué soñaste anoche?

—¿Yo? —La petición me sorprende: ni mi padre ni mi madre me han pedido eso antes, al fin y al cabo no soy más que una niña. No importo gran cosa, como me han dicho muchas veces. No sé por qué mi aba ha elegido este día para darme un trato especial, pero confío en ser digna de su atención—. Volvía al pueblo después de haber recogido té. Ya había oscurecido. Veía cómo se elevaba el humo de los fuegos de las casas. El olor a comida debería haberme dado hambre... yo siempre tengo hambre... pero mi estómago, mis ojos, mis brazos y mis piernas parecían contentos de saber que estaba donde se suponía que debía estar: en el hogar de nuestros ancestros.

Observo los rostros de los miembros de mi familia. Me gustaría ser sincera, pero no quiero asustar a nadie con la verdad.

—¿Qué más has visto? —pregunta ama.

En nuestro pueblo, el poder y la autoridad siguen este orden jerárquico: el líder de la comunidad; el ruma o sacerdote espiritual, encargado de mantener la armonía entre los espíritus y los seres humanos, y el nima o chamán, capaz de entrar en trance, visitar los árboles que Dios plantó en el mundo de los espíritus en representación de todas las almas de la tierra, y luego determinar qué encantamiento se puede utilizar en cada caso para curar o aumentar la vitalidad. A esos hombres los siguen todos los abuelos, padres y varones de cualquier edad. Mi madre ocupa el primer puesto entre las mujeres, no sólo en nuestro pueblo, sino en toda la montaña. Es partera y mucho más, pues a ella acuden hombres, mujeres y niños a lo largo de sus vidas. También es conocida por su habilidad para interpretar los sueños. Las bolas de plata que decoran su tocado se estremecen a la luz del fuego mientras espera mi respuesta. Los demás, nerviosos por mí, inclinan la cabeza sobre sus cuencos.

Me obligo a hablar.

—He soñado con un perro.

Todos parecen haberse puesto a la defensiva ante semejante revelación.

—Permitimos que los perros vivan entre nosotros por tres razones —dice ama con un tono tranquilizador, para calmar a la familia—: los necesitamos para los sacrificios, nos alertan de los malos augurios y son un buen alimento. ¿De qué tipo era el tuyo?

Dudo una vez más. El perro de mi sueño estaba en nuestro tejado, alerta, con el hocico levantado y la cola tiesa. Daba la sensación de que vigilaba nuestro pueblo, y verlo me hacía confiar en que llegaría a casa sana y salva. Pero el pueblo akha tiene la creencia de que...

Ama me mira con severidad.

—Los perros no son humanos, pero viven en el mundo de los humanos. No pertenecen al mundo de los espíritus, pero tienen el don de ver espíritus. Cuando oyes a un perro aullar o ladrar por la noche, sabes que ha visto un espíritu y, con suerte, que lo ha ahuyentado. Ahora respóndeme, Niña —añade subiéndose las pulseras de plata muñeca arriba—. ¿De qué clase era el tuyo?

—Toda la familia estaba sentada fuera cuando el perro empezó a ladrar —explico, cuando sé perfectamente que soñar con un perro en el tejado significa que no ha cumplido con su labor y que un espíritu se ha colado por la puerta espiritual, el arco de madera que señala la entrada del pueblo y lo protege, y deambula entre nosotros—. Ahuyentó a un espíritu maligno. Apoe Miyeh quiso recompensarnos y nos dio un pollo para comer a cada uno...

—¿Nuestro dios supremo ha dado un pollo a cada hombre y mujer de nuestra familia? —suelta Hermano Primero en tono de burla.

—¡Y a todos los niños también! Un pollo entero a cada uno...

—¡Eso es imposible! ¡Absurdo! ¡Menuda patraña! —Hermano Primero se vuelve hacia aba con indignación—. Haz que se calle...

—De momento me gusta su sueño —replica aba—. Sigue, Niña.

Cuanta más presión siento para continuar con mi historia, menos me cuesta mentir.

—He visto pájaros en un nido. Los polluelos acababan de romper el cascarón. La madre pájaro le daba suaves golpecitos a cada uno con el pico. Tic, tic, tic.

Mis padres y mis hermanos varones reflexionan sobre esa nueva información durante unos instantes. Cuando ama escudriña mi rostro, me quedo tan inmóvil como un cuenco de leche de soja que se ha dejado fuera toda la noche. Finalmente, asiente con cara de aprobación.

—Estaba contando a sus polluelos: las nuevas vidas. Una madre protectora. —Sonríe—. Todo está bien.

Aba se levanta, lo que indica que el desayuno ha concluido. No sé qué es más preocupante: que ama no pueda ver todo lo que hay dentro de mi cabeza, como siempre he creído que era capaz de hacer, o que me haya salido con la mía con esa patraña. Me siento fatal, pero entonces me digo que mi sueño habría preocupado a mi familia. Me llevo el cuenco a los labios y apuro el caldo de un sorbo. Las hojas de un amargo arbusto montañoso se deslizan en mi boca junto con el líquido caliente. Noto las hojuelas de guindilla que se abren paso hasta mi estómago; mientras dure su ardor, me sentiré satisfecha.

Cuando salimos de casa, las estrellas aún brillan sobre nuestras cabezas. Llevo una pequeña cesta a la espalda. Los demás miembros de mi familia avanzan con unos cestos enormes colgados del hombro. Recorremos juntos el camino de tierra que cruza la aldea de Aguas Puras, apenas unas cuarenta casas arrebujadas en una de las muchas hondonadas del monte Nannuo. Casi todas las casas están protegidas por viejos árboles del té. Sin embargo, los bancales y huertos donde lo cultivamos quedan fuera del pueblo.

Nos unimos a nuestros vecinos, que viven cuatro casas más allá de la nuestra. Su hija pequeña, Ci Teh, tiene mi edad y somos amigas. Es fácil reconocerla porque su gorro es el más decorado de todas las niñas de Aguas Puras. Su familia se dedica al cultivo de la calabaza, la col, la caña de azúcar y el algodón, y al cultivo del té, por supuesto. También recolectan opio, que venden al sacerdote espiritual para sus ceremonias, y a ama, que lo usa como medicina para el dolor de los huesos rotos, el tormento de la enfermedad debilitante o la angustia vital por la pérdida de un ser querido. Gracias al dinero extra que gana la familia de Ci Teh, se pueden sacrificar animales más menudo y además más grandes para las ofrendas, y los trozos de carne que suelen repartirse entre los habitantes del pueblo son también mayores y más abundantes. Los amuletos de plata que decoran el gorro de Ci Teh simbolizan la riqueza de su familia. Excepto por esas diferencias, Ci Teh y yo somos como hermanas; y tal vez más que hermanas, porque pasamos mucho tiempo juntas.

De camino hacia el lugar de trabajo, dejamos atrás la última casa y avanzamos un trecho más hasta llegar a la puerta de los espíritus. En sus postes se han tallado las figuras de una mujer y un hombre. La mujer tiene unos pechos enormes; el hombre, un pene grueso como un tallo de bambú gigante y más largo que yo que sobresale tieso. Del madero transversal cuelgan tallas de aves de presa y perros feroces. Están ahí a modo de advertencia: si alguien no cruza la puerta como es debido, si llega a tocarla, por ejemplo, puede ocurrirle algo terrible, como la muerte. Todos debemos andarnos con mucho cuidado con esa puerta.

Empezamos a ascender. Ci Teh y yo charlamos animadas, como si hubieran pasado muchas semanas en lugar de una sola noche.

—Trabajé en mi bordado antes de acostarme —me explica.

—Yo me dormí antes de que mi abuelo fumara su pipa.

—¿Agua caliente o té con el desayuno?

—Té.

—¿Algún sueño?

No quiero contarle nada de eso. Tenemos un largo camino por delante y para que el tiempo pase rápido nos inventamos juegos y desafíos.

—¿Cuántas plantas parásitas diferentes eres capaz de reconocer en los árboles antes de que lleguemos a esa roca? —suelto con una risotada.

Nueve, y he ganado yo.

—¿Cómo te va con el tejido? —pregunta Ci Teh, consciente de que no se me da muy bien.

—¡Menudo aburrimiento! —Algunos hombres se vuelven para mirarme con desaprobación—. A ver cuántos saltos hacen falta desde esta roca hasta aquella de ahí arriba.

Siete, y he vuelto a ganar.

—Anoche, Deh Ja dijo que quiere tener un hijo varón.

Deh Ja es la cuñada de Ci Teh.

—Eso no es ninguna novedad. —Señalo una pequeña loma—. Apuesto a que puedo llegar antes que tú a la cima.

Mis pies conocen bien esta ruta. Brinco de roca en roca y esquivo las raíces expuestas. En algunos sitios, se me llenan los dedos de tierra polvorienta; en otros, se me clavan piedrecitas en las plantas. Como todavía está oscuro, intuyo más que veo los viejos árboles del té, alcanfor, ginkgo y casia, así como los rodales de bambú que se elevan a mi alrededor.

Gano de nuevo, y Ci Teh se molesta. Son cosas que pasan entre hermanas. Ci Teh y yo estamos muy unidas, pero competimos constantemente. Hoy he ganado en nuestros juegos, pero ella me ha recordado que borda y teje mejor que yo. Nuestra maestra dice que para demostrarle que soy inteligente debo esforzarme un poco más; nunca diría algo así sobre Ci Teh.

—¡Nos vemos en el centro de recolección de té! —le digo a Ci Teh cuando se va por otro camino siguiendo a su ama. Miro cómo trepan por un escarpado tramo montañoso, con las cestas vacías rebotando a sus espaldas, y luego echo a correr para alcanzar a mi ama.

Al cabo de media hora de caminata, la negrura de la noche se desvanece y el cielo se vuelve pálido. Las nubes adquieren tonos rosados y lavanda, y todo se ilumina cuando el sol corona la montaña. Las cigarras se despiertan y arrancan a cantar. Y seguimos subiendo. Mi padre y mis hermanos se mantienen a cierta distancia por delante de nosotras para poder hablar de sus cosas de hombres. Ama es tan fuerte como cualquiera de ellos, pero se toma su tiempo, buscando hierbas y hongos que pueda utilizar en sus pociones. Cuñada Primera se ha quedado en casa con los niños demasiado pequeños para recolectar té y demasiado grandes para que sus madres carguen con ellos, pero mis cuñadas segunda y tercera nos acompañan con sus bebés ceñidos al pecho mientras también ellas hurgan en el bosque húmedo en busca de cualquier cosa que llevar a casa para nuestra sopa de la cena.

Por fin llegamos a los bancales de té de Hermano Primero. Me muevo despacio entre las densas hileras de arbustos, escudriñando entre las ramas en busca de brotes y de dos o tal vez tres hojas que comienzan a desplegarse cuando los rayos del sol las calientan. Pellizco suavemente el pequeño racimo con la uña del pulgar y la yema del índice, por encima de la primera articulación. Tengo la uña manchada y se me ha formado un callo en la almohadilla: ya tengo las marcas de una recolectora de té.

Al cabo de dos horas, ama se acerca a mí. Sus manos recorren mis hojas, ahuecándolas e inspeccionándolas.

—Se te da muy bien encontrar los mejores brotes, Niña, quizá demasiado bien... —Echa un vistazo en dirección a aba, a varios bancales de distancia; luego se inclina y susurra—: Recoge un poco más rápido. También puedes arrancar algunas hojas más viejas y duras. Nos hacen falta más hojas de cada planta, y no sólo los mejores brotes.

Lo comprendo. Más hojas significa más dinero que pagará el centro de recolección de té. Cuando mi cesta está llena, voy en busca de Hermano Primero, que transfiere mi cosecha a un saco de arpillera, y el proceso se reanuda de nuevo. Hacemos una pausa para almorzar unas bolas de arroz envueltas en musgo seco y luego seguimos recogiendo durante toda la tarde. Me mantengo cerca de mi madre, que canta para que no perdamos el ritmo de la recolección y para distraernos del calor y la humedad. Finalmente, aba grita:

—¡Ya es suficiente!

Nos congregamos en el lugar donde Hermano Primero ha estado reuniendo nuestra cosecha. Las últimas hojas se meten en sacos de arpillera. Luego, cada saco se ata con cuerdas y una tablilla. Ama me pone el más pequeño a la espalda, me ciñe los hombros con las cuerdas y me sujeta la tablilla en la frente. Esto sirve para ayudarnos a llevar el peso de manera uniforme, pero el roce de las cuerdas en los hombros y la presión de la madera contra la frente me duele al instante.

En cuanto todos tienen sus sacos a la espalda, dejamos las cestas de recolección atadas unas a otras para recuperarlas en el camino de vuelta a casa y emprendemos el ascenso de dos horas hasta el centro de recolección de té. Somos conscientes de que debemos darnos prisa, pero nuestro ritmo es obligadamente lento. Con paso firme, cruzamos más bancales de té, cada uno más empinado que el anterior. Y luego nos internamos de nuevo en el bosque, donde la espesura ha engullido los viejos árboles y jardines de té abandonados. Las enredaderas se enroscan en los troncos, convertidos en hogar de orquídeas, hongos y otras plantas parásitas, como la pinza de cangrejo. ¿Cuántos años tienen esos árboles? ¿Quinientos? ¿Mil? Nadie lo sabe. Lo que sí sé es que sus hojas dejaron de venderse hace mucho tiempo. Sólo familias como la nuestra las usan para las bebidas caseras.

Cuando llegamos al centro de recolección de té, estoy tan cansada que tengo ganas de llorar. Cruzamos unas grandes puertas que dan paso a un patio. Mi mirada revolotea por el espacio abierto en busca del gorro de Ci Teh. Los akha tenemos nuestro propio estilo de vestir, al igual que lo tienen los dai, los lahu, los bulang y las demás tribus de la zona. Todos llevan ropa de trabajo y los tocados, pañuelos o gorros de su clan, aderezados al gusto y el estilo de cada mujer o niña. No veo a Ci Teh. Su familia debe de haber llegado antes y ya se habrá marchado. Es posible incluso que ya estén cenando en casa.

El estómago me reclama, impaciente, mientras camino cautivada por los olores de los puestos de comida. Casi me mareo con el aroma de un pincho de carne al fuego. Se me hace la boca agua. Algún día conseguiré probar una cosa así. A lo mejor. De vez en cuando nos damos el capricho de comer unas tortitas de cebolleta que una anciana dai vende con su carrito en el patio del centro de recogida de té. Su aroma es tentador, no tan intenso como el de la carne asada, pero sí con ese olor limpio y fragante a huevos frescos.

Ama, mis cuñadas y yo nos sentamos de cuclillas en el suelo de tierra mientras mi aba y mis hermanos cruzan con nuestros sacos una serie de puertas dobles que conducen a la zona de pe­saje. Al otro lado del patio veo a un chico de mi edad merodeando junto a una montaña de sacos de arpillera llenos de té que pronto serán transportados a la gran ciudad de Menghai, donde se procesarán en una fábrica estatal. Tiene el pelo tan negro como el mío. También va descalzo. No lo reconozco del colegio, pero me interesa menos su persona que la humeante tortita de cebolleta que sostiene entre sus dedos manchados de té. Mira a su alrededor para asegurarse de que nadie lo está observando (es evidente que no me ha visto) antes de agazaparse tras el montón de arpillera. Cruzo el patio y me asomo por la esquina del muro de sacos té.

—¿Qué haces ahí detrás? —le pregunto.

Se vuelve hacia mí y sonríe. Tiene las mejillas brillantes de aceite. Antes de que tenga oportunidad de responderme, oigo cómo me llama mi ama.

—¡Niña! No te alejes de mí.

Corro de vuelta al otro lado del patio y llego junto a mi madre justo cuando aba y mis hermanos salen de la zona de pesaje. No parecen contentos.

—Hemos llegado demasiado tarde —explica aba—. Ya han comprado su cuota del día.

Suelto un gemido para mis adentros. Somos una familia de ocho adultos y muchos niños. Apenas logramos sobrevivir con lo que ganamos en los tres períodos anuales de cosecha, de diez días cada uno, el arroz y las verduras que cultivamos y lo que cazan mi padre y mis hermanos. Ahora tendremos que llevarnos las hojas a casa y confiar en que se mantengan frescas para poder volver aquí muy temprano y venderlas antes de ir a trabajar a la plantación de té de Hermano Segundo.

Ama suspira.

—Mañana nos toca jornada doble.

Las cuñadas se muerden el labio. Yo tampoco tengo ganas de venir aquí dos veces mañana. Pero mis hermanos segundo y tercero no miran a sus esposas a los ojos, así que intuyo que eso no es lo peor.

—No hace falta —dice aba—. He vendido las hojas a mitad de precio.

Eso significa sólo dos yuanes el kilo. El sonido que brota de ama no es tanto un gemido como un sollozo. Todo ese trabajo a mitad de precio. Las dos cuñadas se alejan apesadumbradas hacia el caño de una fuente para llenar las jarras de barro. Los hombres se ponen en cuclillas. Mis cuñadas vuelven y les ofrecen agua. Después, las dos mujeres se acurrucan junto a ama, ajustan a sus bebés en los arrullos y les dan el pecho. Éste es nuestro descanso antes de la caminata de más de dos horas hasta la aldea de Aguas Puras.

Mientras los demás se relajan, me alejo hacia el otro extremo del patio, donde está el niño.

—¿Vas a contarme por qué te escondes aquí detrás? —pregunto, como si no hubiera pasado el tiempo.

—No me estoy escondiendo —me suelta con descaro—. Estoy comiendo mi tortita. ¿Te apetece un bocado?

«Más que nada en el mundo.»

Miro por encima del hombro hacia mi madre y los demás. No sé muy bien qué me pasa, pero lo que empezó con las mentiras del desayuno vuelve a abrirse paso en este momento. Me oculto detrás del muro de sacos, que huelen a hojas de té recién cosechadas. Una vez ahí, el chico no parece muy seguro de qué hacer a continuación. No parte un trozo ni me alarga la tortita para que la muerda. Pero me ha ofrecido un mordisco, y voy a darlo. Me inclino, hundo los dientes en la suavidad de la masa y arranco un bocado, como un perro arrebatándole un trozo de comida a su amo.

—¿Cómo te llamas? —me pregunta.

—Li Yan —respondo con la boca felizmente llena. Mi nombre de pila sólo se usa en la escuela y con fines ceremoniales. En mi pueblo, la gente me llama Hija de Sha Li (hija de mi aba) o Hija de So Sa (hija de mi ama). Para mi familia, soy «Niña».

—A mí me llaman San Pa —dice—. Soy de la aldea de Sombra que Da Cobijo. Mi padre es Lo San. Mi abuelo era Bah Lo. Mi bisabuelo era Za Bah...

A todos los varones akha se les enseña a remontarse a cincuenta generaciones atrás en el linaje de sus antepasados masculinos, nombrándolos de modo que la última sílaba de una generación se convierte en la primera de la siguiente. Creo que está a punto de pa­sar justo eso cuando una voz de mujer, indignada, lo interrumpe:

—¡Conque estás aquí, ladronzuelo!

Me doy la vuelta y veo a la anciana dai que regenta el puesto de tortitas del patio. Me agarra de la tela de la túnica. Luego, con la otra mano, tira de la oreja de San Pa, que aúlla de dolor cuando la vieja nos saca de nuestro escondite.

—¡Sol y Luna, mirad! ¡Ladrones! —Su voz se abre paso entre el estruendo del patio—. ¿Dónde están los padres de estos dos?

Ama mira en nuestra dirección y ladea la cabeza, sin dar crédito. Hasta hoy, nunca me había metido en problemas. No cruzo las piernas delante de los adultos, acepto las palabras de mis padres como una buena medicina y siempre me tapo la boca para ocultar los dientes cuando sonrío o me río. Es posible que haya retocado un poco mi sueño esta mañana, pero no soy ninguna ladrona ni hago trampas en la escuela. Por desgracia, el residuo aceitoso alrededor de mi boca es la prueba de que he comido tortita, aunque no la haya birlado del carrito de la mujer dai.

Ama y aba cruzan el patio. Ver la confusión en sus rostros hace que me ruborice. Me concentro en sus pies callosos mientras hablan con la vendedora. No tardan en unirse a nosotros otros dos pares de pies, que ocupan un sitio a cada lado de San Pa: sus padres.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunta aba con tono afable y tranquilo.

Puede que en casa sea brusco, pero ahora trata de disipar la ira de la mujer con sus educadas maneras akha.

—Ya he tenido problemas con éste antes. —La anciana le da otro tirón de oreja a San Pa—. Es un ladrón, ¡que lo devore un ti­gre mañana! Que si se acerca al agua, ¡se hunda en sus profundidades! Que al pasar junto a un árbol, se le caiga encima...

Son las típicas maldiciones, aunque eso no significa que sean inocuas, pues le está deseando que sufra una muerte terrible, pero al chico no parece importarle. Ni siquiera se tapa la boca para ocultar su sonrisa.

La mujer dai mira a mi madre con cara de compasión.

—Y ahora parece que ha metido a tu hija en su círculo.

—¿Es cierto eso, Niña? —pregunta ama—. ¿Por qué harías algo así?

Levanto la vista.

—No me ha parecido que estuviera haciendo nada malo.

—¿Nada malo? —repite ella.

—Me la ha dado él. No sabía que la tortita era robada...

La gente se agolpa a nuestro alrededor para ver qué está pasando.

—No vamos a dejar que la culpen a ella —interviene el hombre que, según parece, es el padre de San Pa—. Ya te has metido en líos otras veces en este mismo sitio, muchacho. Diles la verdad.

—La he cogido yo —admite San Pa, aunque no parece que lo angustie reconocerlo. Lo dice con naturalidad, como si estuviera hablando del tiempo o de cuántos huevos pusieron las gallinas anoche.

—Me ha ofrecido un mordisco —tercio yo—. Quería compartirla conmigo...

Pero a ama no le interesan mis excusas.

—Ahora el mundo está desequilibrado por culpa de los dos —anuncia—. Nosotros seguimos la Ley Akha...

—Nosotros también nos guiamos por la Ley Akha —afirma el padre de San Pa—. Todos los akha de la tierra comparten el recuerdo de lo que podemos y no podemos hacer...

—Entonces debemos realizar ceremonias de purificación para estos dos niños, nuestras familias y nuestras aldeas. Sólo falta decidir si hacerlas para los dos a la vez o por separado. —Aba es el cabeza de familia, pero ama, por su condición de partera, es quien lleva a cabo esta negociación—. Lo más adecuado sería que las dos familias pudieran hacerlo juntas. —Para unos desconocidos como éstos, su voz debe de sonar tan suave y cálida como sonaba antes la de mi padre («este desagradable episodio puede quedar olvidado y todos podemos ser amigos»), pero la conozco muy bien: en su tono percibo decepción y preocupación—. ¿Puedo preguntar qué día del ciclo nació vuestro hijo?

—San Pa nació el Día del Tigre, el noveno día del ciclo —responde su madre tratando de ser útil.

Los miembros de mi familia se mueven nerviosos al oír esa información tan desafortunada. Para los akha, la semana tiene doce días, y cada uno de ellos recibe el nombre de un animal diferente. Yo nací el Día del Cerdo. Todo el mundo sabe que los tigres y los cerdos nunca deben casarse, ser amigos o trabajar juntos en las plantaciones, porque los tigres comen cerdos.

Ama revela la mala noticia.

—Mi hija nació el Día del Cerdo. Entonces será mejor celebrar ceremonias de purificación por separado. —Inclina la cabeza con gesto cortés y tintinean las bolas y monedas de su tocado. Luego me pone una mano en el hombro—. Vámonos a casa.

—¡Esperad! —dice la vendedora de tortitas—. ¿Y yo qué? ¿Quién va a pagarme a mí?

El padre de San Pa mete la mano en una bolsita índigo que lleva sujeta a la cintura, pero aba interviene:

—Una muchacha sólo tiene su reputación. Soy su padre, de modo que pagaré lo que se le debe.

Saca un par de monedas de la mísera suma que hemos ganado hoy y las deja en la mano de la mujer dai.

Antes me sentía mal, pero ahora me siento fatal. Si Ci Teh hu­biera estado aquí, nunca habría rodeado ese muro de sacos de té, ni conocido a San Pa, ni dado un mordisco a la tortita...

La mujer dai le da otro tirón de orejas a San Pa.

—Espero que te marches y no vuelvas jamás.

Es otra maldición habitual, pero no por eso menos inquietante, ya que pronostica una muerte terrible. Por suerte, a mí no me dirige esas palabras.

Los padres de San Pa se lo llevan a rastras. Cuando él mira por encima del hombro y me sonríe por última vez, yo no puedo evitarlo... y le sonrío también.

Esa última chispa de conexión me acompaña durante todo el camino de vuelta a casa. Mi familia está claramente disgustada por mi comportamiento y ninguno me habla. Su silencio es de lo más estridente. Sólo nos detenemos para recoger las cestas que habíamos dejado en los bancales de Hermano Primero. Llegamos a Aguas Puras bastante después del anochecer. De las casas sale el resplandor dorado de las chimeneas y las lámparas de aceite. Al entrar en nuestra casa, tenemos tanta hambre que casi nos mareamos con el aroma del arroz al vapor que ha preparado Cuñada Primera. Pero aún no se nos permite comer. A Hermano Primero lo mandan fuera en busca de una gallina. A Hermano Segundo le encomiendan arrancar al ruma de su pipa de la tarde. Hermano Tercero despeja con la mano la piedra plana encajada en la tierra frente a nuestra puerta. Ama hurga en sus cestas buscando hierbas y raíces mientras Cuñada Primera aviva el fuego. Mis sobrinitos y sobrinitas se arremolinan en torno a las piernas de sus amas mirándome con los ojos muy abiertos.

Poco después, Hermano Segundo regresa con el ruma, que lleva su manto ceremonial, profusamente decorado con plumas, huesos y colas de pequeños animales, y sostiene un cayado hecho con un tallo seco de raíz de árbol del tule. Es nuestro intermediario entre el mundo de los espíritus —ya sean internos, como nuestros antepasados, o externos, como los que traen la malaria, roban el aliento a los recién nacidos o devoran los corazones de nuestros queridos abuelos— y el mundo de los seres humanos en la aldea de Aguas Puras. Esta noche ha venido por mí.

Mi familia se reúne en la zona abierta entre la casa y las cabañas de los recién casados, donde mis hermanos duermen con sus esposas. Hermano Primero sujeta a la gallina por las patas. El ave aletea tristemente, forcejeando en vano. Los ancianos de la aldea, que nos guían y cuidan, salen a sus porches y bajan por las escaleras. Otros vecinos no tardan en salir de sus casas y unirse a nosotros para no dejarme a solas en mi deshonra.

Veo al herrero y al mejor cazador de la aldea, ambos con sus familias. A Ci Teh con sus padres, seguidos de su hermano y su esposa, Ci Do y Deh Ja, que duermen en la cabaña de recién casados ante la casa de los padres. Ci Do siempre ha sido amable conmigo y Deh Ja me cae bien. La barba y el pelo de Ci Do se ven largos y rebeldes, porque los hombres no deben afeitarse ni cortarse el cabello a partir del quinto mes de embarazo de su esposa. Toda la aldea está pendiente, como cada vez que una mujer se queda embarazada. Y así será hasta que nazca el bebé de Deh Ja, entonces se podrá determinar si ha sido un buen parto, es decir, si ha tenido un varón perfecto, o incluso una niña, y no un mal nacimiento; así nos referimos a la llegada de lo que llamamos un «despojo humano».

Los ojos del ruma se clavan en los míos. Empieza a temblar y las piececitas que penden de su tocado y su ropa traquetean con él. Me castañetean los dientes, me estremezco y me entran ganas de hacer pis.

Ama Mata era la madre de los humanos y los espíritus —declara el ruma en un tono de voz tan bajo que todos tenemos que inclinarnos para oírlo—. Ama significa «madre» y Mata significa «juntos», y hubo un tiempo en el que los humanos y los espíritus vivían juntos en armonía. Ama Mata tenía dos pechos delante, de los que podían mamar los humanos, y nueve pechos en la espalda para alimentar a sus hijos espirituales. Los humanos siempre trabajaban durante el día y los espíritus siempre trabajaban de noche. El búfalo de agua y el tigre, la gallina y el águila, también vivían juntos. Pero siempre hay alguien que se encarga de destruir el paraíso. —Me señala con su cayado—. ¿Cuál fue el resultado?

—Humanos y espíritus, búfalos de agua y tigres y gallinas y águilas debían separarse —recito con nerviosismo.

—Exacto, debían permanecer separados —repite—. Dado que la decisión de dividir el universo se tomó durante el día, los humanos fueron los primeros en decidir en qué reino querían vi­vir. Eligieron la tierra, con sus árboles, montañas, frutos y presas de caza. A los espíritus les fue dado el cielo, y eso los dejó indignados para siempre. Hasta el día de hoy, su venganza ha consistido en causar problemas a la humanidad.

He oído esta historia muchas veces, pero ahora me duele en el alma porque sé que va dirigida a mí.

—En la estación húmeda —continúa—, los espíritus bajan a la tierra junto con la lluvia trayendo consigo enfermedades e inundaciones. En primavera, cuando comienza la estación seca, hacemos ruido para animar a los espíritus malévolos a seguir con su camino. Pero no siempre se van. Son especialmente activos por la noche. Ése es su momento, no el nuestro.

Mi familia y nuestros vecinos escuchan con atención. Aquí y allá, la gente chasquea la lengua para mostrar su desaprobación ante lo que he hecho. Prefiero no mirar a nadie en concreto porque no quiero verme obligada a reconocer la vergüenza que les hago sentir. Sin embargo, de alguna manera, mis ojos se encuentran con los de Ci Teh. Ella me mira con lástima. Nada podrá ocultar la deshonra que me desgarra la carne.

—Adoramos a muchos dioses, pero ninguno es tan magnífico como Apoe Miyeh, cuyo nombre significa «antepasado de gran poder». Él creó el mundo y a esta alma que tengo ante mí. —El ruma se toma un instante para asegurarse de que cuenta con la atención de todos—. Tenemos muchos tabúes. Los hombres no deben fumar ni las mujeres masticar nuez de betel cuando atraviesan la puerta de los espíritus. Una mujer embarazada, como Deh Ja, no debe ir de visita a otra aldea porque podría sufrir un aborto espontáneo allí. Una mujer nunca debe pasar por encima de la pierna de su marido cuando él está tumbado en su esterilla para dormir. Siempre actuamos con cautela y siempre tratamos de compensar nuestros errores con actos propiciatorios, pero, por favor, nuestra Li Yan no ha tenido intención de ofender.

¿Está diciendo que no va a pasarme nada malo?

Luego me pone el dedo índice debajo de la barbilla y me levanta la cara. Ve lo que ama no fue capaz de ver en mí. Sé que lo ve. Todo. Pero lo que les dice a los demás es muy distinto.

—Sólo es una jovencita hambrienta —explica—. Igual que el sol sale cada día, que la tierra se extiende bajo nuestros pies, que los ríos fluyen por las montañas y los árboles crecen hacia el cielo, pongamos entre todos a Li Yan de nuevo en la senda correcta de los akha.

Golpea el suelo con su cayado tres veces. Me rocía con agua y me da palmaditas en la cabeza. Me ha mostrado tanta clemencia y perdón que decido que nunca volveré a tenerle miedo. Pero cuando se da la vuelta para llevar a cabo el rito que permitirá mi purificación, mi estómago se encoge de nuevo. Toma la gallina que sostiene Hermano Primero, presiona el cuerpo del ave contra la piedra que Hermano Tercero ha limpiado antes y, acto seguido, le corta la cabeza. Mi familia tiene muy pocas gallinas y por tanto muy pocos huevos. Ahora, por mi culpa, mi familia tendrá aún menos comida. Mis cuñadas me miran con indignación. Pero entonces...

Ama toma la gallina de manos del ruma y la despluma a toda prisa mientras aún se retuerce. Y luego, ¡chas, chas, chas! Arroja los trozos de gallina en la olla que cuelga sobre el fuego que Cuñada Primera ha mantenido encendido.

Veinte minutos después, ama sirve la sopa en cuencos. Los hombres se congregan a un lado de nuestra casa familiar; las mujeres, al otro. Nos sentamos en cuclillas para recibir nuestros cuencos. Los sonidos de sorber, chupar y masticar con avidez son de los más felices que he oído en mi vida, pero los de las ranas, los mosquitos y las aves nocturnas son la prueba de las horas de sueño que hemos perdido. Mordisqueo el cartílago de un hueso mientras las ideas chispean en mi cabeza. En mi sueño de anoche, el mal presagio de ver a un perro en el tejado auguraba que iba a meterme en líos. Y así ha sido. Pero ahora mismo, en este instante, cada persona de mi familia, al igual que el ruma, dispone de un trozo de pollo para comer y un rico caldo para beber. Eso también es como en mi sueño. Mi sueño falso... el que me inventé... Aunque en ese sueño cada uno tenía un pollo entero... Y aun así...

«Sin una coincidencia fortuita, no hay historia que valga.»

Una cascada de lágrimas celestiales

Somos un pueblo al que le gusta deambular y viajar de un lugar a otro. Para subsistir, talamos y quemamos bosques para crear campos de cultivo y, cuando la tierra deja de darnos cosechas, seguimos adelante. Pero a las últimas generaciones les ha resultado imposible hacerse con nuevas tierras en Nannuo o en cualquiera de los montes del té de la prefectura de Xishuangbanna, de modo que nos hemos asentado, al igual que otros. De forma permanente, dice aba, pese a que la idea misma va en contra de nuestra naturaleza. Aun así, nuestra casa, como todas las edificaciones en la aldea de Aguas Puras, se construyó pensando que sería temporal. Antes de que yo naciera, mi padre y mi abuelo se internaron en el bosque para recoger la paja que cubre nuestro tejado. Cortaron bambú, le arrancaron las hojas y luego ataron entre sí los tallos con cuerda trenzada a mano para crear las paredes que se convertirían en los cuartos separados para hombres y mujeres. Nuestra casa se alza sobre pilotes de bambú, lo que proporciona una zona cubierta para los animales, aunque no tenemos cerdos, bueyes, mulas ni búfalos de agua, sólo unas cuantas gallinas que están mudando el plumaje, un gallo y dos patos. La vivienda principal y nuestras tres cabañas para recién casados componen el único hogar que he conocido, pero algo en mi sangre me hace anhelar dejarlo atrás en busca de un lugar nuevo y diferente donde mis parientes puedan colocar el altar dedicado a nuestros ancestros y construir una nueva morada en la que fluya el aire tan espaciosa como la que tenemos aquí. Esa sensación de inquietud aumenta durante la temporada del monzón, los meses en que prevalecen los espíritus.

Hoy las adultas y las niñas de nuestra casa se han reunido alrededor del hogar, en el lado de las mujeres de la casa, para hacer labores de aguja. El fuego nos proporciona luz y calor, mientras que el humo asfixiante ayuda a ahuyentar a los mosquitos. Cuñada Primera y Cuñada Segunda conversan en privado con las cabezas gachas. Del tocado de Cuñada Primera, brotan borlas de colores de los alambres envueltos con hilo de bordar, como si fueran florecillas silvestres en un prado. La hilera de bolitas de plata huecas del tamaño de un guisante del tocado de Cuñada Segunda se agitan en su frente como un flequillo. Me pongo un poco nerviosa cuando Cuñada Tercera examina mi bordado. Normalmente, Ci Teh está a mi lado durante estas inspecciones, pero no la han dejado visitarme desde mi episodio de mal comportamiento ciclos atrás, en el centro de recolección de té.

La llegada de Deh Ja y su suegra, que le traen a ama cacahuetes de regalo, rompe la monotonía de la tarde. Nunca es demasiado pronto para sellar el vínculo con la mujer que traerá a tu hijo al mundo. Pero, pobre Deh Ja. Lo normal es que a una mujer apenas se le note el embarazo. Nuestras prendas se confeccionan lo bastante holgadas como para resultar cómodas a pesar de sus muchas capas. Éstas aportan calidez y dan muestras de la riqueza familiar, además de ocultar astutamente lo que hay debajo. Más allá de eso, a las niñas nos inculcan desde la infancia cómo debemos comportarnos durante el embarazo, para que una vez casadas no olvidemos nuestras responsabilidades. Cuando llegue el momento, debemos mostrarnos pudorosas y adoptar posturas que disimulen nuestro vientre. Incluso tenemos una forma cortés de referirnos a una mujer que lleva una criatura en su seno: «la que vive debajo de otro», pues debe obedecer a su marido y nunca huir de él. Sin embargo, cuesta imaginar a Deh Ja bajo Ci Do o intentando huir de él, porque tiene la barriga como un melón dejado demasiado tiempo en la planta, a punto de reventar.

—Tiene que haber un bebé grande ahí dentro —dice ama retirando la tetera del fuego—. Quiere salir y saludar a su ama y a su aba, y sobre todo a los padres de su aba.

Deh Ja sonríe feliz.

—Que sea un niño, que sea un niño, que sea un niño.

Canturrea eso muy convencida, y me fijo en que su lealtad agrada a su suegra, que también ha apreciado los comentarios de mi ama acerca de que el bebé quiere conocer a sus abuelos. Un embarazo supone un regalo para todo el pueblo. Incluso yo sé reconocer cuándo una mujer ha quedado encinta por sus náuseas matutinas. Ama me ha enseñado a identificar si el bebé será niño o niña por cómo duerme en el vientre de su madre. Si tiende más hacia el lado derecho, entonces nacerá un niño. Si está más en el lado izquierdo, será niña. Necesito aprender estas cosas si voy a seguir los pasos de ama y convertirme algún día en partera del pueblo, como es su deseo.

Deh Ja no sólo es persistente con sus canturreos, sino que también se ha aprendido ya de memoria las reglas para la presentación de su bebé en Aguas Puras. Ha puesto buen cuidado en no maldecir ni comer en un porche descubierto, pues con ambas cosas llamaría demasiado la atención. Cuando recita: «Ci Do y yo nos abstendremos de tener relaciones carnales durante diez ciclos después de que nazca nuestro hijo, como debe ser», su suegra sonríe con orgullo y le da la respuesta adecuada y complaciente: «Ojalá tengas la bendición de un parto fácil».

—Me gusta ver que Ci Do también ha puesto de su parte —comenta ama mientras sirve té para todos—. Ha dejado de trepar a los árboles, pues todo el mundo sabe que eso puede hacer que nazca un bebé llorón, algo que nadie en el pueblo desea.

—Y se dedica únicamente a actividades de hombres, sobre todo a la caza —presume el ama de Ci Do—, para asegurarse de que su primogénito sea un varón.

—Entonces todo debería ir bien —concluye mi madre, aunque le he oído expresar su preocupación por el volumen de Deh Ja ante las cuñadas.

Cuñada Tercera ha ignorado todo este intercambio. Tiene el ceño fruncido por la concentración mientras cuenta mis puntos por segunda vez, y no es buena señal. Se considera que sus labores de aguja son las más excelsas de Aguas Puras. Su tocado está cubierto de apliques con criaturas simbólicas: una rana y un mono jugando para mostrar armonía; un pájaro con un gusano en el pico para representar su amor maternal; una mariposa con la cabeza bordada para que parezca un cangrejo en tonos lavanda y amarillo... Se le dan tan bien esas labores que puede presumir de su destreza y creatividad sólo por pura diversión.

Finalmente, deja de supervisar mi labor y arroja el pedazo de tela a mi regazo.

—Tendrás que deshacer todos los puntos y volver a empezar.

Cuñada Tercera es mi favorita, aunque a veces siento que no hace otra cosa que darme órdenes. Es madre de un hijo varón, y algún día yo me casaré y me iré a la casa de mi marido, y por eso ama lo tolera. Pero entonces Cuñada Tercera no puede evitar mostrar su hocico afilado y su lengua viperina:

—Si dependiera de tus labores de costura, nunca conseguirías que te propusieran matrimonio...

Ama levanta una mano para evitar que prosiga. Las cosas de­sagradables no deben decirse de forma tan directa.

—Déjala en paz —ordena para zanjar el tema—. La chica contraerá matrimonio con una valiosa dote. Encontrará a alguien dispuesto a casarse con ella, aunque sólo sea por eso.

La habitación es pequeña, y es probable que ama advierta las miradas que se intercambian entre las tres cuñadas y nuestras vecinas. Tengo una dote, es cierto, pero no es precisamente valiosa. Se trata de un remoto bosquecillo de té situado en lo alto de la montaña y legado por las mujeres de la familia de mi madre. Su ubicación es un secreto por tradición y porque se dice que la propia arboleda trae mala suerte a los intrusos. Hay quienes dirían incluso que ese bosque está maldito...

—Ven a sentarte conmigo, Niña —continúa ama rompiendo el incómodo silencio—. Quiero darte algo.

¿Podría tratarse de su posesión más preciada y valiosa, la pulsera de plata con dos dragones enfrentados, hocico contra hocico, que se han ido pasando unas a otras las mujeres de su familia? No, porque levanta una mano y deja que sus dedos recorran con ligereza su tocado. Ha trabajado en él durante años, añadiendo cuentas, bolas de plata, cascabeles y alas de escarabajo. Es posible que el tocado de Cuñada Tercera tenga los mejores bordados, pero el de ama es realmente el más exquisito de nuestro pueblo, acorde con su condición de partera. Sus dedos encuentran su destino. Con unas tijeritas, corta y oculta el tesoro en su mano. Repite el proceso otras dos veces antes de dejar las tijeras. El silencio en la habitación se vuelve más profundo mientras las demás esperan el desenlace.

—Ahora que ya paso de los cuarenta y cinco años, cuando las mujeres ya no deberían plantearse tener hijos, es hora de que me concentre en mi única hija y en la mujer, esposa y madre en la que se convertirá. Dame la mano.

Las demás estiran el cuello como gansos surcando el cielo. Sin revelar qué más ha escondido, ama deja caer uno de los premios en mi palma extendida. Es una moneda de plata con escritura extranjera en una cara y un mundo de fabulosos templos en miniatura en la otra.

—Esta moneda es de Birmania —explica—. No sé qué pone en ella.

He visto Birmania en el mapa del colegio. Es el país más cercano a nosotros, pero tampoco tengo ni idea de qué significan los caracteres birmanos.

—Y toma, una concha.

En el otro extremo de la habitación, Cuñada Primera sisea entre dientes. Ha felicitado a ama por esta concha en muchas ocasiones. Sospecho que siempre ha creído que le tocaría a ella. La decepción tiñe su rostro, pero ni a ella ni a las demás cuñadas les toca repartirse todavía los amuletos del tocado de mi madre.

—Este último es uno de mis favoritos. Es una pluma que viajó por la Ruta del Té y los Caballos desde el Tíbet hasta nuestra montaña. Piénsalo, Niña. Estas cosas han cruzado océanos y ríos, recorrido puertos de montaña y rutas comerciales. No tardarás en poder añadirlas al tocado que estás aprendiendo a hacer, y eso indicará que eres una joven en edad de casarse.

Mi corazón late desbocado de alegría, aunque soy consciente de que mi ama sólo lo ha hecho para desviar la conversación del mísero pedazo de tierra que es mi dote.

Una semana más tarde, empieza a correr la voz por el pueblo de que Deh Ja se ha puesto de parto. La está atendiendo su suegra, como debe ser en esas primeras horas. Ama pasa la mañana revisando sus estantes, cogiendo medicinas y herramientas de varias cestas y cajas y metiéndolas en su maletín para que todo esté lis­to cuando Ci Do venga a buscarla. El silencio cauteloso se quiebra cuando alguien sube corriendo por las escaleras hasta el porche de los hombres. Incluso antes de que Hermano Tercero haya podido dar golpes en la pared que divide los dos lados de la casa, ama ya se ha levantado y ha cogido su maletín. Cuñada Primera espera en la puerta con la capa de ama, confeccionada con corteza y hojas.

—Dásela a Niña —ordena ama mientras ella descuelga otra capa de un gancho. Luego se vuelve y me mira a los ojos—. Hoy vendrás conmigo. Ya tienes edad suficiente. Si vas a ser comadrona, debes empezar a aprender ahora.

Las tres cuñadas me miran con una mezcla de orgullo y miedo. Yo siento lo mismo. La idea de llevar la capa de ama hace que se me erice la piel de emoción, como si tuviera hormigas corriendo por los brazos y las piernas, pero ¿ayudarla en un parto?

—¿Lista? —pregunta mi madre.

Sin esperar respuesta, abre la puerta que da al porche de las mujeres. Ci Do ha llegado a nuestro lado de la casa y espera en el camino embarrado que divide la aldea. Se frota las manos con tanta urgencia que me entran ganas de volver a entrar corriendo en casa. Ama sin duda se ha dado cuenta, porque ordena:

—¡Vamos!

Los presagios son especialmente preocupantes: estamos en la temporada de los espíritus, está lloviendo, y el bebé de Deh Ja lle­ga antes de lo esperado, pese a que su panza está enorme desde hace muchos ciclos. La única señal propicia es que es el Día de la Rata, y las ratas viven en valles fértiles, cosa que debería serle de ayuda a Deh Ja en las próximas horas.

Cuando pasamos por delante de la casa principal de la familia de Ci Do, veo a mi amiga Ci Teh asomada a la puerta. Su valiente sonrisa hace crecer por un instante mi confianza. Ama y yo continuamos hacia la cabaña para recién casados, y una vez allí Ci Do nos deja al pie de las escaleras. Uno de los dogmas del Sol y la Luna es que el marido podría morir si viera a su mujer dando a luz. Una vez dentro, la mayor de las tías de Ci Do nos ayuda a quitarnos las capas. Ama se sacude las gotitas de lluvia del pelo mientras examina la habitación, aún más llena del humo del fuego que la nuestra. La madre de Ci Do está en cuclillas sobre la esterilla de parto, con las manos debajo de Deh Ja, masajeándola.

—Apártate.

Ama ha reducido al mínimo sus palabras, pues ha dejado al margen las partes de sí misma que son hija, hermana, esposa, madre y amiga. Está aquí como partera.

En lo que parece un único movimiento, semejante al de tres árboles que se doblan juntos en una tormenta, la madre de Ci Do se desliza hacia su derecha y se aleja de la esterilla de parto, mientras mi ama se arrodilla ante la parturienta y tira de mí hacia ella. Tengo curiosidad por saber qué estaba haciendo la madre de Ci Do cuando hemos entrado, de modo que mis ojos se dirigen de forma automática a la entrepierna de Deh Ja. Se ha formado un charco de sangre y mucosidad debajo de ella. ¡No me esperaba eso! Parpadeando, miro la cara de Deh Ja. Está apretando la mandíbula para soportar el dolor; tiene el rostro enrojecido y los ojos cerrados con fuerza. Cuando lo que sea que haya estado sucediendo parece remitir por unos instantes, las manos de ama se mueven deprisa: primero hurgan entre las piernas de Deh Ja y luego suben y le recorren el vientre en una serie de apretones.

—Tu hijo te está dando problemas —dice.

No sé si es por las palabras de ama («tu hijo») o por el tono amable con que las ha pronunciado, como si la situación de Deh Ja no fuera distinta de la de cualquier parturienta en el monte Nannuo, pero Deh Ja responde con una sonrisa.

Ama extiende un trozo de tela bordada azul índigo sobre la estera de parto. Encima coloca su cuchillo, un trozo de cuerda y un huevo.

—Deh Ja, quiero que pruebes una postura diferente —dice—. Ponte a gatas. Sí, así... Esta vez, cuando te venga el dolor, quiero que inspires y luego sueltes el aire despacio. Sin empujar.

Tres horas más tarde, no ha pasado gran cosa. Ama se sienta sobre sus talones y hace girar la pulsera de dragón en su muñeca mientras reflexiona.

—Creo que tenemos que llamar al sacerdote espiritual y al chamán.

La madre y la tía de Ci Do se quedan paralizadas como ciervos muntjac sorprendidos en el bosque.

—¿El ruma y el nima? —El pánico en la voz de la madre de Ci Do habla por sí solo.

—Ahora mismo, por favor —ordena ama.

Diez minutos después, la madre de Ci Do regresa con los dos hombres. No hay tiempo que perder. El nima entra en trance, pero los dolores de Deh Ja no disminuyen, sino que se intensifican. Sus ojos siguen cerrados. No puedo ni imaginar qué horrores estará viendo en el reverso de sus párpados. Es una agonía. Me alivia pensar que no todas las mujeres pasan por esto.

Finalmente, el nima regresa a nuestro plano.

—El agravio no puede ocultarse. Un espíritu exterior está ofendido porque Deh Ja cometió un error en una de sus ofrendas a los antepasados.

El nima no especifica en qué consiste el daño, pero podría haber sido cualquier cosa. Los akha hacemos ofrendas a las montañas, a los ríos, a los dragones, al cielo... También hacemos ofrendas a nuestros antepasados en cada ciclo, y todas ellas incluyen alimentos, de modo que quizá una ofrenda no se repartió como era debido o un perro se apoderó de una parte y se la comió debajo de la casa.

El ruma asume el mando. Pide un huevo, no el que está en la estera de parto, sino uno nuevo.

—Crudo —exige.

Le traen el huevo y resigue con él el cuerpo de Deh Ja, tres ve­ces, mientras se dirige al espíritu.

—No comas ni bebas más en esta casa. Vuelve a tu propia morada. —Se mete el huevo en el bolsillo y luego le habla directamente a Deh Ja—. Llevas de parto tanto tiempo que ya estamos en el Día del Búfalo. Los búfalos ayudan a los humanos en su trabajo. Ahora el espíritu del día te ayudará a barrer la habitación y a dejarla limpia de malevolencia.

Deh Ja gime mientras su suegra y ama la ayudan a incorporarse. No consigue mantenerse en pie y tienen que llevarla casi a rastras hasta el otro extremo de la habitación, donde está la escoba. Abro la boca, a punto de protestar. Ama me ve y me lanza una mirada tan severa que cierro la boca de golpe. Me quedo ahí sin poder hacer nada mientras el nima y el ruma se aseguran de que Deh Ja barra todos los rincones. Va desnuda bajo la túnica y un líquido sanguinolento le serpentea por las piernas.

Cuando el nima y el ruma consideran que la estancia está libre ya del espíritu maligno, se marchan, llevándose consigo regalos en forma de dinero, arroz y el huevo en el bolsillo.

—¿Tienes fuerzas para ponerte en cuclillas? —pregunta ama cuando Deh Ja se deja caer de nuevo en la estera de parto.

La joven parturienta gime mientras adopta esa postura.

—Imagina a tu bebé saliendo de tu cuerpo tan mojado y resbaladizo como un pez —le dice mi madre.

Los sonidos que emite Deh Ja son horribles, parece un perro al que estuvieran estrangulando. Ama sigue animándola y masajeando la abertura por donde saldrá el bebé. Todo está demasiado rojo para mi gusto, pero no aparto la mirada. No puedo hacerlo, sobre todo después de haber decepcionado a ama. Ella me ha hecho este regalo y debo intentar demostrarle que soy digna de él. Todo el cuerpo de Deh Ja se contrae y empuja con fuerza... Y entonces, tal como ama ha dicho antes, el bebé se desliza al exterior y va a parar a la esterilla. Deh Ja se desploma sobre el costado. Las mujeres mayores miran fijamente al bebé. Es un niño, pero nadie se mueve para tocarlo o cogerlo en brazos.

—Un bebé no nace de verdad hasta que ha llorado tres veces —recita ama.

Es mucho más pequeño de lo esperado, teniendo en cuenta lo enorme que estaba Deh Ja cuando lo llevaba dentro. Todas hacemos el recuento: diez dedos de los pies, diez dedos de las manos... Las extremidades coinciden: dos piernas y dos brazos, del mismo tamaño. Sin labio leporino, sin el paladar hendido... Es perfecto. He oído hablar en susurros sobre lo que ocurriría si fuera un desecho humano. Ci Do estaría obligado a...

Por fin, el pequeñín rompe a llorar. Suena como un pájaro de la selva. Ama pronuncia las palabras rituales:

—El primer llanto es una bendición.

El niño llena de aire sus nuevos pulmones. Esta vez llora aún más fuerte.

—El segundo llanto es por el alma.

Luego se oye un lamento ensordecedor.

—El tercer llanto es por su esperanza de vida.

Ama sonríe mientras lo levanta y se lo entrega a su abuela. Acto seguido, ata el cordel alrededor del cordón umbilical del bebé y lo corta con el cuchillo.

Deh Ja empuja entonces un par de veces más, y lo que ama llama «la amiga que vive con el niño», una masa roja y pegajosa, se derrama sobre la estera de parto. La dejan a un lado para que Ci Do la entierre debajo de la casa de sus padres, justo bajo el altar de los antepasados.

Ama respira hondo preparándose para ponerle un nombre provisional al niño, de modo que ningún espíritu maligno pueda llevárselo antes de que su padre le asigne un nombre adecuado. De pronto Deh Ja suelta un gemido. Las expresiones de las mujeres me dicen que algo anda terriblemente mal. Deh Ja se acurruca ha­ciéndose un ovillo. Ama hace que se vuelva, le palpa el vientre y aparta las manos como si se las hubieran quemado.

Tsaw caw —murmura—. Gemelos. Desechos humanos.

La tía de Ci Do se lleva una mano a la boca, horrorizada. La madre de Ci Do deja caer al primer bebé al suelo. El recién nacido succiona con frenesí el aire lleno de humo y sus bracitos se mueven como si buscara a su madre. ¿Y Deh Ja? Está sufriendo tanto que ni se da cuenta de que ha ocurrido lo peor. La madre y la tía de Ci Do salen para darle la terrible noticia al padre. Me revuelvo en la estera, a punto de salir corriendo, pero ama me agarra del brazo.

—¡Quédate aquí!

El primogénito yace solo, desnudo y desprotegido. El segundo bebé, una niña, viene al mundo muy deprisa. No la tocamos. No contamos sus llantos.

—Los gemelos son el peor tabú de nuestra cultura: sólo los animales, los demonios y los espíritus tienen camadas de varias crías —me cuenta ama—. Los desechos de animales también van en contra de la naturaleza. Si una cerda da a luz un solo lechón, ambos, madre y cría, deben ser sacrificados de inmediato. Si una perra da a luz un solo cachorro, también hay que matarlos a los dos al instante. Tampoco se puede comer su carne. El nacimiento de gemelos, algo que nunca hasta ahora había ocurrido en Aguas Puras, es una calamidad no sólo para la madre, el padre y los familiares de los niños, sino para toda nuestra aldea.

Empiezan a oírse gritos y lamentos procedentes del exterior.

Ci Do entra en la habitación. Las lágrimas se mezclan con la lluvia en sus mejillas. Lleva un cuenco y sus dedos amasan el contenido a un ritmo espantoso.

—Ya sabes qué debes hacer —dice ama con tristeza.

Ci Do mira a Deh Ja. Su rostro está tan pálido como el de su mujer. Ella intenta tragarse los sollozos, pero no lo consigue. Apenas puedo entender sus palabras:

—Lo siento. Lo siento mucho...

Ci Do se arrodilla junto al primer bebé.

—Cierra los ojos —me ordena ama—. No hace falta que veas esto.

Por fin se muestra indulgente conmigo, pero mis párpados se niegan a cerrarse.

Las lágrimas de Ci Do caen sobre el niño, que sigue revolviéndose y llorando entre hipidos y sollozos. Deh Ja mira a su marido; sus ojos son charcos de dolor. Yo también lo observo, horrorizada. Ci Do saca del cuenco una mezcla de ceniza y cásca­ras de arroz y la mete con ternura en la boca y las fosas nasales de su hijo. El bebé se retuerce durante unos segundos desesperados. Todo mi cuerpo rechaza lo que acabo de ver. Eso no está pasando. No puede pasar...

Ci Do se acerca a la niña.

—¡No!

Mi voz suena tenue, apenas audible.

—¡Niña!

El tono de ama es imperioso.

—Pero él no puede...

La palma abierta de ama me pilla por sorpresa y casi me tira al suelo. El dolor ardiente me llena de asombro, pero aún más el acto de la bofetada en sí, porque en nuestra cultura a los niños no se les pega ni se les da puntapiés ni se los maltrata.

—Somos akha —declara ama con dureza—. Éstas son nuestras reglas. Si vas a ser partera, tienes que seguir nuestras costumbres. Los desechos humanos deben ser enviados al Gran Lago de Sangre Hirviendo. Así protegemos al pueblo de los idiotas, de los deformes o de aquellos que nacen tan pequeños que sólo prolongarán su propia muerte. Somos nosotras, las parteras, las que mantenemos pura y en consonancia con la bondad de la naturaleza a nuestra gente. Si se permite que los desechos humanos tengan relaciones carnales, con el tiempo un pueblo entero podría acabar ha­bitado tan sólo por ellos.

Sus palabras van dirigidas a mí, pero también insuflan valor a Ci Do. Cuando se arrodilla junto a su niñita, escondo la cara en la falda de mi madre. Ella me pone la mano en el hombro, y tengo la sensación de que esa mano pesa diez mil kilos. La niña muere más rápido que su hermano, aunque eso no lo hace menos terrible. Si todo ser vivo tiene alma, como me han enseñado, ¿acaso no la tenían los gemelos de Deh Ja? Si Dios creó un árbol para representar a todos y cada uno de los akha, ¿se han venido abajo ahora dos árboles en el mundo de los espíritus? ¿No deberíamos estar oyendo los ecos del ruido que producen al caer contra el suelo, los chirridos indignados de los pájaros, los aullidos asustados de los monos? Cuando ama aparta la mano de mi hombro, me siento tan ligera que me parece que podría flotar hasta el techo, atravesar la paja y llegar hasta las estrellas.

Ama mete la mano en su cesta, saca un trozo de tela y se lo da a Ci Do. Él la desenrolla en silencio, coloca a los bebés uno al lado del otro y vuelve a enrollarla con ellos dentro. ¿Cómo sabe qué ha­cer? ¿Cómo ha sabido qué hacer durante todo este episodio?

—Ci Do, ¡cambia esa cara! —exige ama—. Cuando salgas, debes mostrar a nuestros vecinos que estás indignado y furioso con los espíritus por haber permitido que este suceso espantoso os maldiga a ti y a tu familia. Es la tradición. Seguirla te ayudará.

Con gesto brusco, él se seca las lágrimas de las mejillas con el dorso de las manos. Luego asiente con firmeza mirando a su esposa, se mete el fardo bajo el brazo y sale al exterior.

—Vigílalo —ordena ama, y sé que sigue decepcionada conmigo por haber tratado antes de detener a Ci Do cuando añade—: Hazlo bien. Asegúrate de que alguien lo acompañe; no debe ir solo al bosque.

Yo también corro hacia la puerta. Llueve a cántaros, como si cayera una cascada de lágrimas celestiales. Dos ancianos esperan en el barro al pie de las escaleras. Ci Do no es el mismo hombre desconsolado que estaba dentro de la cabaña de recién casados con nosotras hace un momento. Baja por las escaleras echando los hombros atrás y sacando pecho. Cuando llega adonde están los hombres, gesticula airadamente con la mano libre. Sus palabras no me llegan a través de la lluvia, pero los ancianos lo flanquean y acompañan a buen paso más allá de la aldea.

Ahora en la habitación reina el silencio. Deh Ja llora quedamente y sus lágrimas mojan la estera de parto. Pero su sufrimiento no ha terminado. La sangre sigue manando del lugar por donde los bebés han salido de su cuerpo. Ama cubre la zona con un puñado de hojas y tierra, pero al cabo de unos instantes el líquido rojo vuelve a filtrarse. La mirada de mi madre recorre la habitación has­ta que me encuentra.

—Niña, corre a la casa —me ordena—. Del estante superior de la habitación de las mujeres, tráeme la tercera cesta por la izquierda.

Fuera está diluviando. El camino que divide el pueblo parece un río de barro. No veo a ni una sola persona o animal.

Mis cuñadas me dan la espalda y tapan los ojos de sus hijos cuando entro en la estancia de las mujeres. Cojo la cesta que ama me ha pedido y luego corro de vuelta a la cabaña de los recién casados. Deh Ja está aún más pálida, pero ha dejado de llorar. En el suelo, junto a ella, hay un montón de tierra y hojas empapadas de sangre. Quizá ha traído al mundo a unos desechos humanos, pero su muerte supondría un triunfo aún mayor para los malos espíritus.

Ama rebusca en la cesta.

—Caparazón de pangolín —dice en voz baja.

No estoy segura de si me habla a mí o a Deh Ja. O a lo mejor, y esta idea me asusta casi más que todo lo que ha pasado hasta ahora, se dirige a los espíritus.

Ama frota el caparazón entre las manos, como si quisiera calentarlo. Luego lo usa para masajear el vientre de Deh Ja.

—¿Ves lo que estoy haciendo? —me pregunta—. Coge tú el caparazón. Sigue pasándolo en círculos suaves para ayudar a que su útero se contraiga.

Mi mano tiembla mientras la muevo por el vientre de Deh Ja, que noto angustiosamente esponjoso bajo la lisa dureza del caparazón. La sangre sigue manando y se acumula debajo de ella. Aparto la vista y veo cómo ama abre una cajita.

—Quiero que observes con mucha atención lo que estoy haciendo —dice con firmeza mientras saca una madeja de mechones de pelo que han sido enrollados cuidadosamente para evitar que se enreden—. Se tomaron de una mujer a la que mató un rayo.

Coloca la lámpara de aceite entre nosotras y luego empieza a quemar los pelos sobre la llama, asegurándose de que la ceniza caiga en una taza con agua. Una vez que la mezcla está lista, le tiende la taza a Deh Ja.

—Bébetelo todo —aconseja ama—. Cuando termines, el sangrado se detendrá y te sentirás mejor.

El sangrado se interrumpe, pero tengo la sensación de que lo hace porque a Deh Ja ya no le queda sangre. Tampoco me parece que se sienta mejor.

Mi madre saca entonces una piedra plana y pulida de su maletín, la pone en la palma de la mano de Deh Ja y le cierra el puño.

—Nada eliminará por completo la agonía de que te baje la leche sin un niño que la succione, pero te dolerá menos si te masajeas los pechos con esto. —Ama hace una pausa. Cuando vuelve a hablar, es como si estuviera comunicando la peor de las noticias—. Pronto tendrás que levantarte.

Eso me confunde, porque todas las mujeres de nuestro pueblo se levantan después de dar a luz. He visto cómo lo hacen mis cuñadas: ama las ayuda a tener a sus hijos, esperan a que acabe la ceremonia de los tres llantos y luego se levantan y vuelven al trabajo. Pero Deh Ja no ha dado a luz a un bebé al que le falta un dedo o al que haya echado a perder la ceguera (a los que también deben asfixiar los padres) sino que ha parido gemelos, los peores desechos humanos. Me aterroriza lo que vaya a pasar ahora.

—Probablemente continuarás teniendo dolores y sangrando. —Ama palpa con suavidad el abdomen de Deh Ja. Luego desenvuelve un nido de pájaro de un trozo de tela, y Deh Ja observa con atención cómo arranca un pedacito no mayor que la yema de su dedo—. Esto es del nido del cálao gigante —explica—. El cálao construye su hogar con barro y con la sangre de sus presas. La tierra y la sangre ayudan en casos como éste. Y por último... —Coge el huevo que ha estado en la estera de parto todo este tiempo—. Tienes que comerte este huevo del olvido del corazón. Se supone que te ayudará a dejar atrás el dolor del parto. Tal vez te ayude a olvidar también el dolor de...

No hace falta que termine la frase.

Nos sentamos con Deh Ja toda la noche. Durante esas largas horas en vela, tengo la sensación de que la decepción de ama irradia de su cuerpo como el calor de un fuego lento. Es posible que hubiera podido pasar por alto mis errores como parte de mi aprendizaje, pero mi intento deliberado de impedir que Ci Do cumpliera con su deber puede haber supuesto una transgresión de la Ley Akha de la que nunca me recuperaré. Me odio por haberle fallado a mi madre, pero me odio aún más por no haber detenido a Ci Do. Nada de eso me convierte en una akha muy buena que digamos.

Los gallos anuncian la mañana y la luz comienza a filtrarse entre los listones de las paredes de bambú. La voz del sacerdote espiritual nos llega a través del insistente repiqueteo de la lluvia.

—¡Gentes de la aldea de Aguas Puras, venid!

Ama y yo obedecemos y Deh Ja se queda sola en la habitación. El sacerdote de los espíritus está en su porche, con el cayado en la mano, esperando a que se reúnan todos. Ci Do y los dos ancianos se encuentran a poca distancia. Ci Do todavía se muestra indignado, como ama le dijo que hiciera.

El ruma levanta los brazos cuando se dirige a la multitud.

—Un gran poder ha enviado un nacimiento anormal a nuestra aldea. Es una tragedia terrible para Ci Do y Deh Ja. Es una tragedia terrible para todos nosotros. Ci Do ha cumplido con sus obligaciones: ha quemado los desechos en el bosque. Sus espíritus no volverán a molestarnos. Ci Do es un buen hombre de buena familia, pero todos sabemos lo que debe pasar ahora. —Da golpes con el cayado en el suelo del porche: toc, toc, toc—. Nuestro pueblo guardará abstinencia ceremonial durante un ciclo. Todos deberán tener cuidado con sus brazos y sus piernas. —Es su forma de decir que nadie podrá tener relaciones carnales—. Debemos colocar enredaderas mágicas en torno a nuestro pueblo, de punta a punta, para protegernos de otros espíritus malignos. No habrá escuela para los niños y...

La madre de Ci Do y Ci Teh lloran con la cara entre las manos. Su padre mantiene la vista clavada en el suelo.

—Los padres de los desechos humanos serán desterrados y su casa de recién casados deberá ser destruida —concluye el ruma.

Ci Do, el ruma y el nima entran en la cabaña de los recién casados. Los demás esperamos. El viento arrecia y nos arroja lluvia en la cara. El ruma reaparece sosteniendo la ballesta de Ci Do. A continuación el nima muestra las pulseras de plata de boda de Deh Ja para que todos las veamos. Tienen derecho a elegir lo que quieran como pago por sus servicios, pero se han llevado las posesiones más valiosas de Ci Do y Deh Ja.

Ci Do sale de la cabaña. Se ha quitado el turbante. Lleva un bulto a la espalda y los brazos cargados con todo lo que puede acarrear. Deh Ja aparece detrás de él. El hecho de que no lleve su tocado es una de las cosas más impactantes que he visto hasta ahora. La lluvia le empapa muy deprisa el cabello, y los mechones se le pegan a la cara y la ropa. A la espalda, lleva su cesta de recoger té, con la tablilla en la frente para sujetar las correas que soportan el peso de sus pertenencias. Da un par de pasos y se tambalea. Hago ademán de ayudarla, pero ama me lo impide.

Cuando Ci Do y Deh Ja están a punto de alcanzar la puerta de los espíritus, el ruma exclama:

—¡Espíritus del caos y la destrucción, abandonad esta aldea y no volváis nunca!

Una vez que la pareja ha desaparecido de la vista, los hombres de nuestra aldea se ponen manos a la obra. En cuestión de minutos, la cabaña de recién casados de Ci Do y Deh Ja ha quedado destruida. Después, los hombres se dividen en grupos y se adentran en el bosque para recoger meh, una enredadera mágica de tallos largos y flores rojas, emparentada con la planta del jengibre, que provoca un gran pavor en los espíritus, y luego rodean con ella el perímetro de la aldea de Aguas Puras.

—¿Has visto, Niña? —me dice ama—. Por eso es buena la norma de que los niños nazcan en la cabaña de los recién casados. De lo contrario, deberíamos quemar la casa familiar.

—¿Adónde irán ahora Ci Do y Deh Ja? ¿Dónde dormirán?

—¡Cuántas preguntas!

Le doy un tirón de la manga.

Ama, ¿volverán a casa alguna vez?

Ella hace chasquear la lengua para mostrar su impaciencia y me da un manotazo en la espalda. Me siento tan confusa... Sólo quiero hundir la cara en su falda.