30 DE AGOSTO DE 1999
El precioso encuentro
Joey
—Lo que tienes que hacer es pasar desapercibido y controlar ese genio. Eres un chico listo. Te las apañarás. Tú mantén la lengua a raya y pasa de tonterías. ¿Quieres que entre contigo?
—No me jodas.
—No pasa nada si estás nervioso, Joe.
—No estoy nervioso.
—Y tampoco pasa nada si tienes miedo.
—¿A ti te parece que tengo miedo? —gruñí molesto por sus mimos continuados—. Dar, no soy un bebé.
—Ya lo sé —concedió mi hermano mayor mientras subíamos el camino que llevaba al instituto público de Ballylaggin, un trayecto que él había recorrido cada día lectivo durante los últimos seis años. Su etapa en secundaria había acabado, mientras que la mía estaba a punto de comenzar—. Es que de verdad necesito que te vaya bien.
—Ya —resoplé—. Bueno, los dos sabemos que no va a ser así.
—Empiezas de cero, Joey —dijo—. Lo que ocurrió en primaria es agua pasada. No arrastres contigo ninguno de esos problemas.
—No se puede empezar de cero —contesté hastiado—. Solo cambiar de sitio para ver las mismas mierdas.
—Eres demasiado joven para ser tan cínico.
—Y tú demasiado listo para perder el tiempo y el aliento con esta charla motivacional —repliqué—. Tío, no soy Shannon. No necesito palabras de ánimo ni que me cojas de la mano.
—¿Tan malo es que quiera despedirme de ti tu primer día de instituto?
—Podrías haberlo hecho en casa —le recordé—. No hacía falta que me acompañaras. No soy un bebé.
—Eres mi hermanito.
—Dar, nunca me han molado los diminutivos.
—Siempre tan duro. —Negando con la cabeza, me dedicó una sonrisa triste—. Bueno, a lo mejor quería pasar más tiempo contigo.
—Compartimos habitación —sentencié al tiempo que me cambiaba de hombro la mochila, que pesaba como una tonelada de ladrillos—. Ya pasamos bastante tiempo juntos.
—Te quiero, Joe —declaró provocando mi desconcierto—. ¿Verdad que lo sabes?
—¿Que me quieres? —Con los pies vacilantes, me volví y elevé la mirada hacia él—. Pero ¿a ti qué coño te pasa?
—Nada —contestó con un tono que destilaba emoción—. Solo… quería que lo supieras.
—¿Por qué? —exigí perplejo ante su repentina afirmación. Estaba fuera de lugar y no me había dado buena espina—. ¿Qué pasa?
—Nada. —Sonriendo, me puso la mano sobre la cabeza y me despeinó—. No pasa nada, idiota. Solo quería decírtelo.
—Vale… —Lo miré con desconfianza; no estaba seguro de creerme lo que me decía—. Pero si se te ocurre abrazarme delante de toda esta gente, te voy a dar una patada en los huevos.
—Empiezas a hacer gallos con la voz —observó riéndose entre dientes—. Mi hermanito se hace mayor…
—No me hace falta tener una voz profunda para patearte el trasero —le respondí hecho una furia.
Él puso los ojos en blanco.
—Lo que tú digas, voz de pito.
—¿Aquí todas las chicas llevan la falda tan corta? —Con los ojos como platos, observaba cómo un grupo de chicas se bajaba del autobús escolar y se incorporaba al sendero justo delante de nosotros—. Retiro lo dicho, Dar —le dije a mi hermano con sonrisa burlona—. Creo que me va a gustar el instituto.
—Quítatelo de la cabeza —soltó entre risas—, esas chicas son de último curso, para ellas no eres más que un niñito de primero.
—Ya te he dicho que no me molan los diminutivos —repuse guiñándole un ojo antes de volver a centrarme en el glorioso espectáculo de piernas desnudas y culos de melocotón.
—¿No eres un poco joven para tener opiniones sobre las chicas?
—Tengo trece años.
—Los cumples en diciembre.
—Seguro que he visto más tetas que tú.
—Las de mamá no cuentan.
Los dos nos reímos, lo que hizo que se giraran algunas de las chicas que teníamos delante.
—¡Ay, Dios! ¡Darren Lynch! —chilló una de las rubias ofreciéndole a mi hermano una cálida sonrisa mientras iba directa hacia él—. ¿Qué haces aquí? ¿No sacaste como mil puntos en los exámenes de acceso a la universidad el pasado junio? No puede ser que repitas segundo de bachillerato.
—No, no repito. Solo he venido a acompañar a mi hermano pequeño en su primer día —contestó Darren mientras recibía el medio abrazo que le daba la chica—. Aunque yo podría preguntarte lo mismo: ¿qué hace una chica del Tommen por estos barrios tan bajos con el uniforme del Ballylaggin?
—Pues… Me han transferido aquí. Cursaré el último año en este centro —contestó la rubia en tono forzado—. Bueno, bien mirado, supongo que es lo mejor, ¿no?
—Sí. —Mi hermano asintió y sus ojos se llenaron de compasión, lo que me dejó la hostia de confundido—. Supongo.
—¿Y cómo va todo, Dar? —dijo ella apresurándose a dejar de lado lo que coño fuera que les había hecho mirarse con tanta intensidad. Yo puse los ojos en blanco y reprimí las ganas de vomitar—. No he vuelto a verte desde aquel fin de semana.
—He estado por ahí —contestó él rascándose la nuca—. A mis cosas, ya sabes.
—Sí. —Se volvieron a encontrar en otra mirada intensa—. Ya lo sé.
—Pues yo no —me entrometí; porque, ¿qué coño?—. ¿Os importaría contarme de qué cojones estáis hablando?
Mi hermano suspiró resignado antes de hacer rápidamente las presentaciones.
—Caoimhe, este bocazas de mierda es mi hermano pequeño. —Se volvió hacia mí y señaló a la chica—. Joe, esta es Caoimhe Young. Probablemente eras muy joven para recordarla de la escuela primaria, pero su hermana pequeña es amiga de Shannon.
Sus ojos azules aterrizaron en mi cara y sonrió.
—Así que tú eres el siguiente Lynch en la jerarquía, ¿eh?
—Eso parece. —Me encogí de hombros de forma evasiva antes de volverme hacia Darren—. ¿Has acabado de buscar en el baúl de los recuerdos o me tengo que quedar aquí parado otros diez minutos?
—Ostras, Dar —exclamó ella riéndose—, ¡vaya peligro tiene!
—Qué me vas a contar —respondió mi hermano con un suspiro—. Me alegro de verte, Caoimhe. —Entonces me agarró por la nuca y, dirigiéndome alrededor del grupo de chicas, seguimos avanzando por el camino que llevaba al instituto—. Cuídate.
—¡Tú también, Dar! —gritó detrás de nosotros—. ¡Ya me dirás algo!
—¿Ya me dirás algo? —Sacudí la cabeza para librarme de su mano—. ¿Y eso qué coño significa?
—Ni idea —murmuró Darren—, ya sabes cómo son las chicas.
—¿Te has acostado con ella?
—¿Qué? —Se detuvo y me giró para que lo mirara a la cara—. No, no me he acostado con ella. ¿Por qué me preguntas eso?
—No te hagas el remilgado conmigo. —Me reí y le di unos empujones de complicidad en el pecho—. Sé que has estado con chicas.
Darren suspiró profundamente.
—No de esa manera.
—Bueno, creo que a esa le gustas —comenté mientras me ponía de nuevo a su lado—. Te miraba en plan empalagoso.
—Empalagoso… —repitió con una risa sofocada—. Eres la hostia.
—Pero ¡es verdad! —repliqué riéndome—. Me sorprende que no se haya desmayado al verte. —Aclarándome la garganta, me puse el dorso de la mano contra la frente y la imité—: Oh, Darren Lynch. ¿Eres tú a quien ven mis ojos? ¡Cálmate, mi palpitante corazón!
—Qué imbécil eres —dijo mi hermano entre carcajadas.
—Y tú eres una caja de sorpresas —repuse guiñándole un ojo y dándole con el codo en las costillas—. ¿Hay más rubias merodeando por el instituto esperando para caer rendidas a tus pies? Porque yo estaría encantado de quitártelas de encima.
—Déjalo ya —pidió moviendo la cabeza con pesadumbre—. De verdad, no va de eso. Caoimhe es solo una buena amiga.
—Dar, no te preocupes. Sé que eres gay. Solo estaba bromeando…
—¡Joey, por Dios! —espetó Darren agarrándome el hombro con la mano. Miró a nuestro alrededor, con unos ojos desorbitados que reflejaban su pánico, y luego soltó un suspiro y murmuró—: No lo digas tan alto, ¿vale?
—¿Por qué lo haces? —le pregunté dejando atrás las risas mientras me sacudía su mano de encima y notaba cómo me iba cabreando—. ¿Por qué ocultas quién eres?
Él movió la cabeza hacia los lados; sus ojos azules estaban llenos de dolor.
—Joey.
—No, es una gilipollez, Dar —insistí sin intención de dejarlo pasar—. Yo no me avergüenzo de ti, y tú tampoco deberías hacerlo.
—No me avergüenzo de mí mismo —declaró en voz baja.
—Genial —le solté—. Porque no tienes una mierda de que avergonzarte.
—Ya, bueno, según papá, sí.
—Ya, bueno, que le den por culo a papá —solté—. Él es quien debería estar avergonzado de sí mismo, no tú.
—¿Tú te das cuenta de que hasta hace seis años ser gay se castigaba como un delito en este país?
—Sí, igual que usar condones o cualquier otro método anticonceptivo —bramé—. Lo que demuestra que las leyes son una mierda.
—Joe…
—Darren, este país está atrasado. Lo sabes tan bien como yo —argumenté—. Es cierto que va mejorando, pero a ninguno se nos escapa que los cimientos sobre los que se construyen nuestras leyes tienen mucho más que ver con la religión que con el sentido común.
—Joe, de verdad que no quiero hablar de eso.
—Bueno, pues yo no quiero verte por ahí con el rabo entre las piernas sin ningún motivo —repliqué—. Son gilipolleces, Darren. Todas las palabras que salen de la boca de ese hombre son una completa gilipollez, así que no permitas que te haga sentir mal contigo mismo. Papá vive en la Edad Media; no te atrevas a dejar que te arrastre hasta allí con él.
—¿Y qué quieres que haga, Joey? —preguntó en tono cansado—. ¿Me doy de hostias con él?
«Exacto».
—Puedes con él.
—Claro que no —contestó—. Además, no todas las desavenencias de la vida tienen que resolverse con una pelea de perros.
—En nuestro caso, sí —corregí acaloradamente—. Así que más te vale hacerte a la idea y asegurarte de que eres el perro más grande.
—¿Como tú, voz de pito?
—Puede que no sea el perro más grande de la pelea —concedí a regañadientes—, pero mis dientes siempre son los más afilados.
—¿Como en la cita esa que dice que lo importante no es el tamaño del perro, sino el fervor con el que luche?
Asentí con la cabeza.
—Ahora empezamos a entendernos.
Darren me miró extrañado.
—Entonces, según tú, ¿en el mundo impera la ley del más fuerte?
—No es que yo lo diga, Dar. Es que es un hecho.
—¿Sabes? —musitó en tono melancólico—. No sé si esas agallas que tienes van a ser tu salvación o tu perdición.
—Pase lo que pase, por mí no hay problema —dije encogiéndome de hombros—. Porque no podría importarme menos.
—Eso no es cierto —sostuvo—. Claro que te importa.
—No. —Me reí con desgana—. La verdad es que no.
—Pues necesito que empiecen a importarte las cosas, Joey.
—Me importan —refunfuñé—. Me importáis tú, Shan, Tadhg, Ols…
—Necesito que también te importen tus cosas, Joe.
—Hostia puta.
Mis pies se detuvieron de golpe en el instante en que mis ojos se posaron sobre una rubia alta con cara de ángel que estaba sentada en el muro de contención de la entrada del instituto.
—¿Qué pasa? —preguntó Darren mirando a nuestro alrededor—. ¿Dónde está el incendio?
Me quedé mudo al verla y, ya sin ninguna intención de seguir conversando con mi hermano, señalé a la chica cuya larga melena rubia se mecía a su alrededor con la brisa.
—No la conozco —dijo mi hermano—. Debe de ser de primero.
Nunca había visto nada igual. La observé chupar un chupachups, totalmente indiferente hacia el chico que intentaba hablar con ella mientras sus largas piernas colgaban pared abajo.
—Madre mía. —Lancé un suspiro—. Me da igual que seas gay. No puedes negar que esa chica es lo más bonito que han visto tus ojos.
De repente, ella desvió su mirada hacia la mía. Cuando nuestros ojos se encontraron, sentí como si me dispararan un rayo de calor directamente contra el pecho.
Me cago en mi vida.
Estaba seguro de que iba a sonrojarse y apartar la vista. No lo hizo. En lugar de eso, inclinó la cabeza hacia un lado y me escrutó con una mirada que con toda seguridad se parecía mucho a la mía. Arqueando una ceja, se sacó lentamente el chupachups de la boca y me contempló expectante.
Desvié una inquisitiva mirada hacia el chaval moreno que seguía realizando intentos fallidos por llamar su atención y luego la volvía a llevar hacia su rostro. Tras alzar la barbilla con gesto desafiante, me miró como diciendo: «¿A qué esperas?».
«Joder, vaya mierda».
¿A qué estaba esperando?
—Tranquilo, hermanito. —Darren se reía mientras me forzaba a seguir avanzando por el camino hacia el edificio principal y me alejaba de la rubia—. Es guapa, pero no te tires a la piscina todavía. Te aseguro que en tu curso habrá otras cincuenta chicas igual de encantadoras.
«Lo dudo».
—No quiero otras cincuenta chicas —contesté girándome para ver que seguía mirándome—. Solo quiero a esa.
—Ay, quién pudiera volver a ser de primer año. —Entre risas, Darren me arrastró junto a él hasta que la chica quedó fuera de mi campo de visión—. Si hay algo que quiero que recuerdes de todo lo que te he enseñado durante estos doce años es esto: mantén esos humos a raya, la cabeza en los libros, el culo fuera de las calles y las manos lejos de ese tipo de chicas.
—¿De qué tipo de chicas?
—De las que llevan «Rompecorazones» escrito en la frente.
—En otras palabras, que me pase los próximos seis años de instituto viviendo como un cura —refunfuñé antes de zafarme de él en cuanto llegamos al edificio—. ¿Dónde hay que firmar?
—Oye, es lo que yo hice. —Mi hermano se rio entre dientes, recreándose en mi disgusto—. A mí me funcionó.
—Porque tú eres un puto muermo —le dije—. En serio, Dar. Parece mentira que seamos familia.
—Bueno, pues lo somos —me recordó antes de darme un abrazo—. Pase lo que pase, siempre seré tu hermano, ¿vale? No lo olvides.
—¿Qué te he dicho hace un rato? —protesté separándome de él antes de que alguien me viera abrazando ni más ni menos que a mi propio hermano—. Debería cumplirlo y darte una patada en los huevos.
—Cuídate. —Su voz rezumaba emoción mientras me contemplaba con el ceño fruncido—. Te quiero.
—Joder, déjate ya de ñoñerías —farfullé con una profunda sensación de incomodidad—. Que empiezo la secundaria, imbécil, no me voy a la guerra.
Asintió con rigidez.
—Ya lo sé.
Desconcertado, lo miré con recelo antes de hacer un gesto de negación con la cabeza y dirigirme hacia la entrada.
«Espera».
«No te vayas».
«Pasa algo».
«Date la vuelta».
«Nada de esto tiene sentido».
—Dar… —Con aire indeciso, me di la vuelta y vi cómo se alejaba—. Te veo después del instituto, ¿vale?
Mi hermano no respondió.
—¿Dar?
Tampoco se volvió para mirarme.
—¿Darren?
Lo que hizo fue subirse la capucha y seguir alejándose de mí.
—Entonces ¿ese tío es tu guardián o eres capaz de pensar por ti mismo? —me preguntó una voz de chica; y yo me giré y me encontré nada menos que a la rubia del muro plantada frente a mí… Hostia puta, de cerca era todavía más guapa.
Olvidada ya cualquier idea sobre la extraña despedida de Darren, me centré por completo en el rostro que me miraba. Pómulos altos, labios rosados y carnosos, unos enormes ojos verdes y una melena como sacada de una revista: sin duda era la cosa más preciosa que había visto en mi vida.
—Te aseguro que puedo pensar por mí mismo.
—Me viste antes —dijo serenamente con los ojos clavados en mí.
—Sí, te vi.
—Y seguiste andando.
Asentí como un tonto.
—Sí.
—No vuelvas a hacerlo.
«La madre que me parió».
—Entendido.
Me miró de nuevo e hizo un gesto de aprobación con la cabeza.
—Eres muy guapo.
«Joder, flipo».
—Lo mismo digo.
—Mmm. —Torció el morro—. Entonces ¿tienes nombre, chico-que-puede-pensar-por-sí-mismo?
—¿Acaso importa? —repliqué intentando recuperar algo del terreno que había perdido ante el torbellino de fuerza que era esta chica—. Los dos sabemos que acabarás llamándome «cariño».
Se pasó la lengua por los labios para ocultar su sonrisa.
—¿Ah, sí?
Me acerqué un poco más.
—Dímelo tú, rubia.
Ahora sí sonrió, y fue un espectáculo asombroso.
—Vale, tienes mucha labia.
Se me dibujó una sonrisa de medio lado.
—Gracias.
—Me llamo Aoife. —Se reía mientras me tendía la mano.
—Joey —dije a mi vez aceptando su pequeña mano en la mía.
—Joey… —Inclinó la cabeza hacia un lado y me analizó sin una pizca de timidez—. Te pega ese nombre.
—Podría decir lo mismo del tuyo —contesté—; significa «resplandor y belleza», ¿no?
Esbozó una sonrisa burlona.
—Sabes irlandés.
Sí, sabía irlandés, pero no tanto. Había una chica en mi escuela de primaria que se llamaba Aoife y no dejaba de parlotear sobre cómo le habían puesto ese nombre por una reina guerrera irlandesa cuya belleza se rumoreaba que rivalizaba con la de Helena de Troya.
Pero eso no tenía pensado decírselo a esta Aoife en particular.
Porque necesitaba conseguir toda la ventaja posible.
—¿A qué clase te han asignado? —preguntó sacando un horario doblado del bolsillo de su corta falda plisada—. Yo estoy en Primero 3.
«No tengo ni puta idea».
Extendí la arrugada bola de papel en que había convertido mi horario de clases del año escolar. Me emocioné un huevo cuando leí «Primero 3» en la página.
—Yo también.
Estaba en mi clase.
Puede que mi suerte estuviera cambiando.
—Entonces eres un estudiante tan mediocre como yo. —Sonrió—. A mi hermano lo asignaron a Primero 1. Es la clase de los cerebritos.
—¿Sois mellizos?
Ella asintió.
—Por desgracia.
—Entonces ¿somos la tercera clase más lista?
—O la tercera más idiota —repuso riéndose—. Depende de cómo lo mires.
—¿Por qué? ¿En cuántas clases está dividido nuestro año?
—En cuatro.
—Mierda. Eso no dice mucho de nosotros, ¿verdad?
—No. —Sonrió—. Más bien al contrario. ¿Y de qué escuela primaria vienes?
—Del Sagrado Corazón —respondí—. ¿Y tú?
—De St. Bernadette —dijo con una mueca. —Es la…
—¿… escuela primaria de monjas solo para chicas que está a las afueras de la ciudad? —Hice un gesto de dolor como muestra de solidaridad—. Pues vaya mierda de suerte la tuya, ¿eh?
—Sí. Ocho años con las monjas. ¿No ves cómo resplandece mi aureola?
—Claro, me está dejando ciego.
—La hermana Alphonsus dice que debería continuar mi educación en un entorno solo de chicas —musitó con una sonrisa traviesa—. Al parecer tengo un lado salvaje y cierta inclinación por las formas masculinas que no hay oración que pueda eliminar. —Puso los ojos en blanco—. Y todo porque dije que el tío que hacía de Jesús en una película que pasaron me parecía monísimo.
Arqueé una ceja.
—¿Monísimo?
—¿Qué pasa? Lo era.
—Bueno, me parece que necesitas pasar menos tiempo rezando de rodillas y más…
—No lo digas —me advirtió mientras se acercaba para taparme la boca con la mano.
—… con las formas masculinas. —Me reí entre dientes y, con la mano, le aparté los dedos de mis labios.
—Entonces ¿debería pasar más tiempo con las formas masculinas en general… —planteó con sus dedos ya entrelazados con los míos— o contigo? Porque te puedo asegurar que la forma masculina que tengo delante me tiene impresionada.
—¿Es tu manera de decirme que no tienes novio?
—No, es mi manera de decirte que tendré novio cuando me lo pidas.
—Joder. —Se me aceleró el ritmo cardiaco—. No reculas ante nada, ¿eh?
Me guiñó un ojo y se deslizó la mochila por el hombro.
—¿Qué tiene eso de divertido?
Descolocado por aquella chica, cogí la mochila que me tendía y me la colgué del hombro que me quedaba libre.
—Eso es —dijo con un gesto de aprobación mientras admiraba su mochila rosa chillón sobre mi hombro—. Con eso debería bastar.
—Bastar ¿para qué?
—Para ahuyentar a las otras chicas.
Alcé ambas cejas.
—¿Me acabas de marcar con tu mochila?
—Por supuesto que sí —afirmó sonriéndome dulcemente antes de girar sobre sus talones y ponerse a caminar sin prisa hacia el instituto—. Vámonos ya, cariño.
Me reí, porque, la verdad, ¿qué otra cosa podía hacer?
Tenía el presentimiento de que iba a seguir muchas veces a esa chica.
Aun así, mis pies fueron tras ella.
PRIMERO
30 DE NOVIEMBRE DE 1999
Los monstruos de debajo de mi cama
Joey
Con el sonido de mi propio pulso retumbándome en los oídos, fijé la mirada en el suelo de mi cuarto y me concentré en mi respiración, en las grietas del zócalo, en el agujero recién horadado de mi calcetín, en lo que fuera menos en el gilipollas que aporreaba la puerta y exigía entrar.
«¡Abre la puerta, chaval, que te voy a enseñar modales!».
«Eres un cabroncete inútil, igual que tu hermano».
«Ya no eres tan hombre, ¿verdad, gilipollas?».
«¡Saca el culo de ahí, desgraciado, o tiro la puta puerta!».
El corazón me latía con violencia en el pecho, tenía golpes y magulladuras en cada centímetro de mi cuerpo y, aunque sabía que mi madre estaba indefensa ahí afuera, juro por Dios que no fui capaz de volver a pelearme con el hombre al que ella llamaba «marido». Sobre todo porque me había ganado muy fácilmente esa noche.
Tragándome la sangre que me chorreaba por la garganta, giré la cabeza hacia un lado y consideré mis opciones.
«Luchar».
«Morir».
«Huir».
«Morir».
«Contarlo».
«Morir».
«Esconderme».
«Morir».
«Morir».
Tras dedicarle una egoísta cantidad de tiempo a la idea de llevarme un cuchillo a las muñecas, apreté los ojos y tensé todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo hasta que el esfuerzo me hizo temblar.
«No lo hagas, tío».
«Aún no te toca».
«No le des esa satisfacción».
«Piensa en los otros».
Desesperado por distraerme de la tentación, contuve el aliento y me concentré en pensar por qué no podía irme de casa.
Por qué debía quedarme.
«Shannon. Tadhg. Ollie…».
Poco a poco, a medida que mi mente se resignaba al hecho de que de ningún modo iba a dejar a tres niños inocentes con los monstruos que nos habían creado, sentí cómo se me destensaban los músculos, lo que hizo que me hundiera más y más en un estado depresivo.
«Atrapándome…».
El rencor borboteaba en mi interior y tenía la mente fija en una sola cara.
«En un nombre».
Darren podía irse a la mierda por dejarme aquí solo.
Mamá lloraba en su habitación; tenía la ropa desparramada por todas partes y se había despojado de toda dignidad ante mi padre, así que yo no podía hacer una mierda por ella.
«Y, como la última vez, no pude salvarla».
«Y, como todas las veces anteriores, no pude detenerlo».
El grave timbre de voz de mi padre resonaba en las paredes de mi cuarto, mientras las amenazas que había estado profiriendo contra mí hasta altas horas de la noche se transformaban lentamente en gruñidos frustrados y, por último, en insultos de borracho.
«Puto imbécil» fue lo último que le oí llamarme antes de que sus pesados pasos se alejaran torpemente de la puerta.
Volví a oír su voz a los pocos minutos, pero en esta ocasión al otro extremo del descansillo, con mi madre otra vez como blanco de su rabieta inducida por el whisky.
Cogí el despertador de la mesilla de noche y entrecerré los ojos para intentar distinguir la hora con la única ayuda de la tenue luz de la calle que se filtraba por la ventana.
Las 02.34.
Joder.
Dejé el reloj en su sitio, lancé un suspiro de frustración y traté de calmarme de una puta vez mientras repiqueteaba los dedos sobre el pecho.
Aunque no iba a ser fácil.
«Al menos esta noche».
Porque Darren se había ido y él seguía ahí.
La única persona de la que dependía en momentos como ese (en noches como esa) se había marchado sin tan siquiera mirar atrás.
«Lo sé bien. Vi cómo se iba».
Papá nunca le pegó a Darren como me pegaba a mí.
Él era el primogénito, el niño bonito. Yo era el de repuesto.
A Darren le daba bofetadas con la mano abierta. A mí me daba puñetazos. Darren era diplomático. Era el que mejor sabía persuadir a nuestro padre de toda la casa y hacerlo entrar en razón… Bueno, la mayoría de las veces.
Al lanzar una furiosa mirada hacia su litera vacía, intacta desde su marcha, sentí cómo me invadía una conocida oleada de amargura que se llevó consigo una parte más de mi infancia.
Acababa de empezar primero, por el amor de Dios, y aún me quedaba un mes para cumplir los trece… ¿Qué posibilidades tenía contra un hombre el doble de grande que yo?
Ninguna. Darren lo sabía perfectamente, y, aun así, me había dejado ahí, indefenso.
Tenía doce años y era un soldado de primera línea en la guerra que asolaba el hogar familiar. Me enfrentaba a un enemigo más grande y fuerte que yo, y mi aliado me había abandonado cuando más lo necesitaba.
Durante los primeros días tras la repentina marcha de mi hermano mayor, había esperado con el corazón en un puño, rezando para que, de algún modo, todo pasara y Darren volviera a entrar por la puerta principal.
No fue una reacción normal en mí.
Aunque tampoco es que rezara realmente.
Pero la tarde en la que llegué a casa después de mi primer día de instituto y descubrí que se había ido, me puse a susurrarle promesas y juramentos al hombre de los cielos, ofreciéndole todo lo que se me ocurría a cambio de que me devolviera a mi hermano sano y salvo.
«A mi aliado».
Mis plegarias no obtuvieron respuesta, y había perdido más terreno del que podía permitirme durante las semanas transcurridas desde entonces.
Asqueado de mí mismo por esconderme tras una puerta cerrada, traté de razonar con mi orgullo, aunque en el fondo sabía que salir de allí esa noche equivalía a firmar mi propia sentencia de muerte.
Entonces el sonido de alguien sorbiéndose los mocos inundó el cuarto, y, reprimiendo un gruñido, dejé caer la cabeza contra la puerta de la habitación en la que me apoyaba, con el hurley en la mano.
—No le hagas caso —le ordené a uno de mis hermanos (no tenía ni idea de a cuál, porque los tres que aún residían en ese agujero de mierda estaban escondidos bajo mi edredón)—. Haz como si no lo oyeras.
—Da mucho miedo, Joe. —Tadhg se sorbió los mocos y salió de debajo de mi edredón en la litera de arriba—. ¿Y si le está haciendo daño a mamá otra vez?
—No le está haciendo daño —solté consciente de la mentira que le estaba contando a mi hermano de seis años—. Está de maravilla. Duérmete.
—No puedo —rezongó.
—Pues tienes que hacerlo —le susurró mi hermana de diez años—. Ya sabes lo que pasará si se da cuenta de que estamos despiertos.
—Cállate, Shannon —dijo Tadhg entre gemidos—. Tengo miedo…
—Ya lo sé, Tadhg —prosiguió ella dulcemente mientras salía de entre las sábanas con Ollie, nuestro hermano de tres años, acurrucado en su regazo—. Por eso tenemos que estar callados.
—Tenéis que iros todos a dormir de una puta vez —ordené asumiendo el papel de protector que se me había asignado sin ningún miramiento—. Tú estás genial. Mamá está genial. Todos estamos genial. Todo es la hostia de genial.
—Pero ¿y si le está haciendo daño otra vez?
No tenía ninguna duda de que, efectivamente, le estaba haciendo daño otra vez.
El problema era que no podía hacer una mierda al respecto.
«Dios sabe que lo había intentado».
La nariz rota que lucía desde un rato antes demostraba lo poco que podía hacer para detener al animal al que llamábamos padre.
Afortunadamente, Tadhg y Shannon no parecían entender de qué manera nuestro padre estaba lastimando a nuestra madre. Yo, en cambio, tenía diez años cuando aprendí el significado de la palabra «violación».
No era la primera vez que veía cómo la forzaba, ni tampoco la primera vez que oía esa palabra en una conversación, pero sí que fue la primera vez que relacioné la palabra con los hechos y entendí lo que le había estado pasando a mi madre.
«Entendí lo que aquel animal le había introducido en el cuerpo a la fuerza».
«Una y otra vez».
Mi intervención había sido infructuosa y solo había conseguido que mi madre (golpeada, magullada, ensangrentada, desnuda de cintura para abajo y tirada en el suelo) me echara de la cocina. Me culpó con la mirada de algo que escapaba a mi control, ya una vez que mi padre le había propinado unos buenos golpes a mi cuerpo prepúber.
Después de aquello, mi determinación de mantener la boca cerrada sobre lo que había pasado en casa se vio aún más reforzada.
Sabía que Darren había sufrido agresiones sexuales durante los seis meses que pasamos en una casa de acogida al final de la educación infantil. Había oído hablar lo suficiente sobre aquello (con la intención de hacer que me sintiera culpable) como para saber que había sido tan horrible que no debía contárselo a nadie ni airear los asuntos privados de la familia.
«Joey, recuerda que por muy mal que se ponga papá, nada será peor que aquello…».
«¿Crees que eso es malo? No sabes la puta suerte que tienes…».
«Tu familia de acogida te dio tarta y helado, a mí me destruyeron…».
«No puedes quejarte de nada, comparado conmigo. Lo tuviste fácil, así que deja de compadecerte de ti mismo…».
«¿Sabes lo que pasa en esas casas de acogida? ¿Quieres que Tadhg acabe como yo? ¿Quieres eso para Shannon? Mantén la boca cerrada. En esta casa no pasa nada tan malo como para que merezca la pena volver allí. Nada…».
Cuando lo vi con mis propios ojos, supe que de ninguna manera iba a poner a mis hermanos en una situación en la que pudiera pasarles algo así.
Antes me moriría… Y no estaba siendo dramático.
Lo decía en serio.
Después de aquel episodio, no dormí por las noches durante años. No me atrevía. Llevaba los ruidos (los putos sonidos que ella hacía) grabados a fuego en la memoria, repitiéndose una y otra vez en un bucle de destrucción mental. E incluso cuando había calma, tenía los nervios de punta. El silencio me inquietaba casi tanto como sus gritos.
Porque sus gritos significaban que aún respiraba.
Su silencio podía significar que estaba muerta.
Recuerdo estar tumbado en mi cuarto, más o menos como esa misma noche, con el cuerpo rígido mientras me esforzaba por oír cada uno de los chirridos del colchón, cada uno de los repugnantes gruñidos y gemidos que procedían de la puerta cerrada que había al otro lado del descansillo.
El pánico me consumía y, nueve de cada diez veces, saltaba de la cama y montaba guardia frente a la habitación de mi hermana, aterrado de que ella poseyera algo que un animal como nuestro padre acabara yendo a buscar.
Al menos, cuando todos estábamos bajo el mismo techo, podía protegerla, podía protegerlos a todos, ser yo quien soportara parte de su dolor y permitirles tener algo similar a una infancia.
Si lo contaba, nos pondrían en acogida. Y estando en acogida era muy probable que nos separaran. Y si nos separaban, no podría protegerlos de los depredadores que, según me había advertido Darren, estaban por todas partes.
La mera idea de que le sucediera algo a Shannon, Ollie o Tadhg hacía que se me erizara la piel y se me cerrara la boca de golpe.
Podía soportar la presión. Podía soportar los golpes. Podía soportar las rabietas que propiciaba el whisky. Podía soportar lo que fuera si de ese modo les libraba a ellos de hacerlo.
Como si se tratara de un juramento de sangre sagrado, reafirmé mentalmente la promesa que me había hecho a mí mismo la noche después de que Darren se marchara, que no era otra que proteger a mis hermanos y a mi hermana con todo lo que estuviera en mi mano. No iba a permitir que les pegaran, como hacían conmigo, ni que abusaran de ellos, como le ocurría a nuestra madre, ni tampoco que los agredieran sexualmente, como había pasado con nuestro hermano.
Iba a dejarme la piel protegiéndolos y defendiéndolos de cualquier daño. No tendrían que sentarse detrás de una puerta atrancada con un hurley en la mano. Yo lo haría por ellos.
Sabía lo que se sentía cuando tu protector te abandonaba, y jamás iba a permitir que eso les ocurriera a ellos. Sí, a la mierda Darren por abandonar a nuestros hermanos y a nuestra hermana a su suerte con un monstruo. A la mierda por convertirme en el principal saco de boxeo de nuestro padre.
«Siempre lo has sido, chaval…».
Y, ya que nos ponemos, a la mierda también el instituto. Desvié la mirada hacia mi mochila sin abrir, que contenía una montaña de deberes. No tenía la menor intención de hacer las gilipolleces que nos asignaban los profesores, cuyas opiniones sobre mí eran la última de mis preocupaciones.
Sí, podía decir sin temor a equivocarme que el instituto era otra pifia.
Según mi nuevo director, el señor Nyhan, yo tenía «malas pulgas» y era «indiferente a la autoridad». Si él tuviera que aguantar la mitad de mierdas que yo, seguro que tampoco sería tan receptivo a la autoridad.
«Gilipollas».
Disfrutaba haciéndolo enfadar.
El motivo de mi descarada aversión hacia él era sencillo: en su época había jugado al hurling con mi padre.
Hurling.
Me recorrió un escalofrío.
Era tanto mi gran salvación como una auténtica pesadilla.
Mi padre me obligaba a jugar desde los cuatro años y, como me aterrorizaba la idea de que ese peso cayera sobre los hombros de Tadhg de la misma forma en que había caído sobre los míos cuando Darren lo dejó, me esforcé por seguir jugando.
Y se me daba bien.
Era mejor de lo que nunca habían sido mi padre o Darren, y creo que eso lo hizo odiarme aún más: no era un completo inútil, como él no dejaba de recordarme.
«Capullo».
Fueron ese tipo de pensamientos, y las noches de mierda como la que estaba viviendo, los que me llevaron a aceptar la propuesta de Shane Holland, un chico unos años mayor que yo del instituto de Ballylaggin, que en quinto me ofreció darle mi primera calada a un porro. Cuando me prometió que me relajaría la mente y me ayudaría a dormir, aspiré esa mierda con tanta fuerza hacia los pulmones que casi me ahogo.
¿Y qué fue lo que pasó?
Que funcionó.
Esa noche me fui a casa y dormí como un bebé, feliz en la ignorancia de todo lo que ocurría más allá de la puerta cerrada de mi habitación. Tras esa primera noche de sueño ininterrumpido en años, me convertí al instante y decidí que la hierba estaba hecha para mí.
Después de fumar, me relajaba más de lo que nunca había sido capaz. Podía cerrar los ojos por la noche y no oírla a ella en mi cabeza.
Tenía paz.
El sábado anterior, por ejemplo, después del trabajo, había quedado unas horas con Shane y otros de los chicos mayores del instituto. A la mayoría ya los conocía, puesto que nos habíamos criado en la misma zona. Eran todos bastante inofensivos… Bueno, casi todos, al menos.
No era tan ingenuo como para creer que Shane o cualquiera de los gilipollas de sus amigos eran amigos míos de verdad. Tan solo me ofrecían una escapatoria al mayor gilipollas de mi mundo.
«Mi padre».
Además, la perspectiva de colocarme me había resultado muchísimo más atractiva que la de llevarme una puta paliza de mi viejo por fallar un 65 (el equivalente a un córner en el hurling) durante el partido de la mañana.
Así que no dudé en aprovechar la oportunidad de escaparme una noche.
«Solo para hacer que todo se detuviera…».
A la mañana siguiente se desató un verdadero infierno cuando me abroncaron por mi aventura nocturna, pero no me arrepentía de nada. No recordaba haber llegado a casa. La puta mezcla de hierba, sidra Devil’s Bit y pastillas me había subido demasiado como para enterarme de lo que pasaba.
«O como para que me importara».
Joder, volvería a hacerlo sin pestañear, conseguía librarme de la realidad de mi vida (de ellos) durante unas horas.
«Hostia, ojalá pudiera fumar ahora mismo…».
—Creo que le está haciendo daño otra vez —farfulló Tadhg, alejándome de mis pensamientos, cuando los gemidos de dolor de nuestra madre flotaron en el aire, seguidos de unos gruñidos salvajes.
«Sí, ya lo sé».
—Por última vez, no le está haciendo daño.
—¿Estás seguro?
«No».
—Sí.
—¿Lo prometes?
«No».
—Sí.
—Joe, gracias por dejar que nos quedemos contigo.
—No hay problema.
—¿Quieres que te hagamos un huequito aquí entre nosotros?
«¿Y que dos tercios de vosotros os meéis encima de mí por la noche?».
—No, gracias.
—¿Estás seguro de que no quieres…?
—A dormir. Ahora mismo.
De un humor más sombrío, dejé que mis pensamientos volvieran a Darren mientras me metía en la cama para pasar la noche con la única compañía de mi rencor y mi hurley.
«Gilipollas».
14 DE FEBRERO DE 2000
Cualquiera menos ella
Joey
—Y luego solo tienes que volver a conectar los cables así, y a correr —me explicó Tony Molloy el jueves por la tarde después de clase mientras me pasaba el cortaalambres.
El motor del coche cuyo cableado había estado renovando se puso a rugir.
Sonreí.
—Hostia, qué pasada.
Elevó una de sus canosas cejas.
—Te lo enseño por si hay alguna emergencia, no para que te des ningún paseíto por ahí a medianoche en cualquier cacharro ni para que hagas ninguna de las mierdas que hagáis los jóvenes de por aquí.
—Por supuesto.
—Oye, pásame el comprobador de corriente.
Fascinado a más no poder, hacía lo que me pedía, empapándome de todo lo que ese hombre me enseñaba y sintiéndome más que agradecido de que el año anterior se la hubiera jugado conmigo, aunque eso significara que me asignaran el papel de lacayo con pretensiones de Tony.
No es que echar gasolina en la explanada que había junto al taller fuera muy emocionante, pero descubrí que me gustaba tener la oportunidad de trabajar con motores. Más que gustarme, era justo la distracción que necesitaba.
Ganaba poco dinero, cinco pavos la hora, pero era demasiado joven como para conseguir un trabajo de oficina, aparte de que mi impulsividad me habría impedido mantenerlo aunque hubiera tenido la edad suficiente.
No parecía que pudiera evitarlo. Para mí era un problema mantener la calma. La rabia que se acumulaba en mi interior siempre que me enfrentaba a un altercado o a algún gilipollas empeñado en discutir conmigo era incontrolable.
Había algo dentro de mí que exigía que me defendiera, por pequeña o insignificante que fuera la discusión. Escapaba a mi control. Era como si bajo la superficie de mi piel viviera un demonio que estaba harto de recibir patadas tirado en el suelo y se negara a recibir una sola más.
Además, el alivio que reflejaba la cara de mi madre cuando le entregaba mi sueldo los viernes por la noche hacía que todo mereciera la pena. Si pudiera evitarle tan solo una décima parte de la carga que soportaba sobre sus frágiles hombros, depositada allí por el hijo de puta inútil con el que se había casado y que se negaba a buscar trabajo, estaría encantado de aguantar lo que fuera por cinco pavos la hora.
Hacía todas las horas que me daban; trabajaba la mayor parte de las tardes después de clase hasta las nueve o las diez de la noche y el sábado durante todo el día, a menos que necesitara tomarme algunas horas libres para los partidos.
—¿Y cómo van los estudios, muchacho? —preguntó Tony poniéndose de pie—. Espero que estés más centrado después de la expulsión de la semana pasada.
No me entusiasmaba el instituto y mi jefe lo sabía. Se podría decir que lo odiaba a muerte. Pero, sopesando mis opciones, me habría quedado a vivir en él (o allí mismo) si eso significaba no tener que volver a casa.
—Ya te lo dije —contesté siguiendo a Tony hasta el despacho que hacía las veces de sala para empleados—. El capullo de Rice se pasó de la raya.
—Y tú estabas más que dispuesto a ponerlo en su sitio —sugirió Tony. Encendió la tetera y señaló mi ojo amoratado—. Si sigues viniendo así a trabajar, vas a asustar a todas las viejas que se acercan a echar gasolina.
Me encogí de hombros.
—Mira, Joe, tienes que aprender a mantener la cabeza fría —continuó diciendo mientras servía dos tazas de té—. Ese mal carácter te convierte en un peligro, chaval. No te dejará avanzar en la vida.
«O me mantendrá vivo el tiempo suficiente para hacerme mayor y largarme de este pueblo».
—Es posible —convine pasándome la lengua por el corte recién cicatrizado del labio inferior.
—Ya no te está dejando avanzar —dijo tendiéndome una de las tazas, antes de embarcarse en una de sus frecuentes charlas motivacionales acerca de mi gran potencial.
Me hundí en una silla que había en el lado opuesto de la mesa, le di un sorbo al té y desconecté de su voz, asegurándome de asentir e indicar que estaba de acuerdo en los momentos precisos, puesto que ya había oído cada una de sus putas palabras, pero con la profunda convicción de que Tony no era el enemigo.
Todas las palabras que soltaba me resultaban familiares porque ya las había oído.
De él. De la tata Murphy. Del director del instituto de Ballylaggin. De mis entrenadores y preparadores.
«Bla, puto bla, bla, bla…».
—Hola, papá —espetó una voz de mujer desde la puerta del despacho interrumpiendo la perorata de Tony y acelerándome el corazón en el pecho. Dirigí la mirada a la familiar rubia de piernas largas que estaba plantada en la puerta luciendo el mismo tipo de uniforme escolar que yo había llevado un rato antes, y tuve que ahogar un gruñido.
«Madre de Dios».
Esa chica…
Sí, esa chica era un grano en el culo.
—Aoife. —A Tony se le iluminaron los ojos—. ¿Qué haces aquí?
—Estaba estudiando en la biblioteca con Paul —respondió su hija con las mejillas sonrojadas mientras dejaba caer la mochila al suelo y se dirigía hacia su padre—. Tenemos exámenes parciales la semana que viene. Perdí la noción del tiempo y me dijiste que no volviera a casa caminando de noche. —Sonriéndole a su viejo de un modo angelical, pestañeó con sus enormes ojos verdes y preguntó—: ¿Crees que me podrías llevar a casa?
—Así que ¿perdiste la noción del tiempo en la biblioteca? —Tony arqueó una ceja con aire incrédulo—. ¿A las siete y media de la noche de San Valentín? ¿Crees que me acabo de caer de un guindo?
Resoplé; su excusa también me había parecido ridícula.
Ella me miró entrecerrando sus preciosos ojos verdes en señal de advertencia y yo me encogí de hombros.
Como si me importara una mierda que se la estuviera intentando colar a su viejo.
Debería haberse inventado una mentira mejor.
Aquella era patética.
—¿Exámenes parciales? —Tony me miró—. Joey, hijo, tú vas a la misma clase que mis gemelos. ¿Has oído algo en el instituto sobre unos exámenes parciales?
—Ni una palabra —contesté recordando vagamente haber oído que tendríamos exámenes en breve, pero disfrutando demasiado de su incomodidad como para darle la cuerda que sin duda necesitaba para salir de ese agujero.
—Como si él fuera a saberlo —replicó Aoife Molloy con un gruñido—. Papá, no le hagas ni caso. Joey Lynch pasa más tiempo en el despacho del director que en clase con…
—¿Contigo y con Paul? —sugerí.
Tony elevó las cejas.
—¿Ese tal Paul es su novio?
—Más bien es un capullo —afirmé mofándome.
—Vaya, Joey. —Volvió a mirarme con los ojos entornados—. Me sorprende que hayas sacado la cabeza de tu culo el tiempo suficiente como para haberte aprendido los nombres de tus compañeros.
—Estamos en el mismo equipo de hurling.
Cruzó los brazos sobre el pecho.
—Vale, ¿y qué?
—Que por eso me sé su nombre —dije recostándome en la silla—. Nada de cabezas en culos. Y Paul Rice es un capullo.
Tony se rio y retrocedió rápidamente en la conversación.
—Espera, ¿ese no es el chaval con el que te peleaste la semana pasada y por el que acabaste expulsado?
—El mismo —confirmé.
—Porque le pegaste sin motivo —refunfuñó Molloy acudiendo de inmediato a defender a su novio.
—Eso es lo que tú te crees —repliqué.
—En fin, me da igual —soltó—. ¿Me llevas o no, papá? Necesito ir a casa. Tengo que hacer un montón de deberes.
—¿Por qué no los hiciste en la biblioteca? —me burlé disfrutando más de la cuenta el hecho de estar sacándola de quicio—. Mientras estudiabas con Paul con tanto ahínco.
—¿Por qué no cierras la boca? —repuso indignada—. Métete en tus asuntos.
—Y, lo más importante, ¿por qué no te ha acompañado a casa ese Paul? —interrumpió Tony ya en tono serio—. ¿Qué clase de caballero deja a su novia sola en la ciudad por la noche?
—Su madre lo fue a recoger para llevarlo a entrenar —explicó encogiéndose de hombros.
Tony me miró.
—¿A entrenar?
Negué con la cabeza.
—Hoy no hay entrenamiento de hurling.
—Tai chi —corrigió ella encendida—. No todo gira en torno al hurling.
—¿Tai chi? —repitió Tony frunciendo el ceño—. Pensaba que eso tenía algo que ver con decorar la casa.
—Papá, eso es el feng shui.
Ahogué una carcajada.
Molloy me lanzó una mirada feroz.
—¿Y su madre no te ha llevado a casa?
Nerviosa, se encogió de hombros.
—No se lo he pedido.
Su padre arrugó el entrecejo.
—¿Y por qué no se lo pidió él por ti?
—¿Lo ves? —dije mirando a su padre con complicidad—. Es un capullo.
—Papá —soltó ella ignorándome con diligencia—. ¿Me llevas o no?
—No.
—¿Qué? Papá, necesito ir a casa. Ya te he dicho que tengo un montón de deberes.
—Cariño, lo siento, pero tengo que hacerle una revisión completa a un Corolla antes de cerrar. Aún me quedan unas cuantas horas de trabajo.
—Papá.
—Hija.
—¡Padre!
—Carne de mi carne.
—Vale —accedió resoplando con dramatismo mientras recogía su mochila—. No te molestes en llevar a tu indefensa hija adolescente a casa por la noche. Me arriesgaré a ir andando.
—Ni se te ocurra —le ordenó su padre—. Siéntate. Puedes ir haciendo los deberes mientras termino y luego te llevo a casa.
—No me voy a quedar aquí hasta que cierres —replicó ella molesta ante la idea—. Hay solo tres kilómetros. Veinte minutos, como mucho. Además, aquí hace frío y me aburro, y tengo que…
—… hacer los deberes —dijo su padre completando la frase—. Creo que eso ya lo has dicho. Bueno, sola no vas a ir.
—Pues no me pienso quedar —contraatacó desafiante con la coleta rubia balanceándose sobre sus hombros mientras se colgaba la mochila y se encaminaba hacia la puerta—. No me va a pasar nada.
—¡Virgen santa! —farfulló Tony sacudiendo la cabeza—. Joey, hijo, hazme un favor y asegúrate de que la cabezota de mi hija llegue a casa de una sola pieza. Después puedes irte.
—No necesito niñero —argumentó ella con cara de espanto.
Su padre puso fin a la discusión.
—O te acompaña a casa o esperas aquí a que yo acabe de trabajar. Tú eliges.
Vacilante, pareció sopesar sus opciones antes de clavar sus ojos en los míos.
—Bueno, ¿me acompañas a casa o no?
«Me cago en todo…».
Se suponía que iba a aprender a cambiarle las bujías al viejo Corolla de Danny Reilly, pero en vez de eso había acabado acompañando a casa a una adolescente furiosa en contra de su voluntad. Nunca llegaría a comprender cómo me había metido en aquella mierda.
Si Tony me conociera lo más mínimo, enseguida se habría dado cuenta de que su hija iba a estar mejor sola que conmigo. Yo no merecía la pena; mi madre ya había tenido a bien decírmelo muchas veces.
Caminaba junto a Aoife Molloy con las manos en el interior del bolsillo delantero de la sudadera, escuchándola despotricar sobre el machismo, la diferencia de trato que recibía por ser chica y la doble moral que implicaba el hecho de que tuviéramos la misma edad y a su padre no le supusiera ningún problema que yo volviera a casa solo, por no mencionar el resto de las gilipolleces que soltó desde que dejamos a su progenitor en el taller.
Sinceramente, a esas alturas su dramático desvarío debería estar volviéndome loco. En cambio, la encontraba bastante entretenida.
—Es una vergüenza —protestó mientras caminaba enérgicamente por el sendero con sus zapatos escolares de tacón alto y enseñando los muslos bajo el trozo de tela gris al que llamaba «falda»—. Su comportamiento es del todo irracional…
—¿Me permites que te interrumpa? —intervine levantando una mano.
—Sí —dijo volviéndose hacia mí con mirada expectante—. ¿Por qué?
—Por nada —respondí—. Solo quería que dejaras de hablar.
—¿Sabes, Joey? A veces puedes ser muy gilipollas. —Llena de frustración, movió la cabeza con gesto de desaprobación y se puso a caminar por delante de mí—. Muy gilipollas.
Por mí, genial.
No aceleré el paso ni la perseguí, como sospechaba que estaba acostumbrada a que hicieran los tíos. Cuando se dio cuenta, se dio la vuelta para mirarme.
—Esta noche me has dejado con el culo al aire con lo de la biblioteca —profirió más exaltada de lo necesario con su razonamiento—. Podrías haberme apoyado o sencillamente no haber dicho nada. Sin embargo, has preferido meterle a mi padre ideas en la cabeza, como hacer que se preocupe por mi relación con Paul o insinuar que, en lugar de estudiar, estaba haciendo vete tú a saber qué cosas con él.
—¿Y no era así? —bromeé señalando la purpúrea marca que tenía en el cuello, sin duda cortesía de los labios del capullo de Paul.
—Esa no es la cuestión —gritó dando un zapatazo contra el suelo—. Podrías haberte callado. Haberme ignorado, como haces siempre. Pero, en lugar de eso, has intentado crearme problemas.
Me encogí de hombros, parcialmente de acuerdo con su afirmación.
—Es evidente que ahora mismo no quieres estar aquí conmigo. Soy la última persona a la que te apetece acompañar a casa. Dime, ¿por qué te molestas en hacerlo?
—Me lo ha pedido tu padre.
—Bueno, pues yo te pido que no lo hagas.
—Tú no me pagas un sueldo.
—Ufff. —Lanzó otro suspiro de frustración—. Eres tan irritante…
—Y tú eres una puta princesa —respondí sin el menor rubor—. Quejándote y tocando los huevos porque tu padre se preocupa lo suficiente por ti como para querer asegurarse de que vuelves a casa sana y salva. —Puse los ojos en blanco—. Sí, Molloy, ya veo que estás teniendo un día muy duro.
Sus pies se detuvieron en seco y se volvió para mirarme a la cara.
—¿Por qué no te gusto?
—¿Qué más te da?
Se quedó boquiabierta con mis palabras y, de nuevo, negó con la cabeza.
—Estamos en la misma clase, ya hace casi un año, y sigues comportándote como si yo no existiera. Soy buena persona, ¿sabes? Nunca te he dicho nada malo, pero me evitas como si tuviera la peste. Te portas fatal conmigo en el instituto, y no lo entiendo. —Soltó una profunda exhalación—. ¿Qué ha cambiado?
—Nada.
—Y una mierda —me espetó—. El primer día te gusté y luego, de repente, ya no. Dime, ¿qué ha cambiado?
«Mi vida se desmoronó y me di cuenta de que eras la hija de mi jefe».
—Nada.
—¡Eres un mentiroso! —afirmó sin intención de dejarme en paz de una puta vez, que era lo que yo necesitaba—. Nos entendimos, y lo sabes.
—No es ningún delito que un tío cambie de opinión, Molloy —sentencié—. Asúmelo y sigue adelante, ¿vale?
—Podría hacerlo si no me evitaras a propósito.
—Yo no te evito.
—Me evitas constantemente —dijo corrigiéndome—. Solo te diriges a mí cuando te ves obligado a hacerlo, que suele ser en presencia de mi padre y únicamente para burlarte y tomarme el pelo. Con el resto de las chicas de clase sí que hablas, Joey. Con todas. Pero conmigo no. Nunca.
«Deberías alegrarte por ello», pensé para mis adentros.
—Tienes novio —le recordé pese a la amargura que ese pensamiento me causaba—. ¿Por qué ibas a querer que te hablara?
—¿Por ser agradable?
—Yo no soy agradable.
—Sí que lo eres.
—Te equivocas.
—Dime algo agradable.
—Molloy.
—Venga —exigió—. ¿A que no te atreves?
—Tienes unas piernas bonitas —concedí de forma inexpresiva—. Ya está, ¿contenta?
—Eres agradable con todas las chicas de nuestra clase, menos conmigo —alegó.
—Molloy…
—Te he visto ser agradable con Danielle Long y con Rebecca Falvey, y también con un montón de chicas más de nuestro curso.
Le dirigí una incisiva mirada que decía todo lo que necesitaba decir al respecto.
—¿Has estado con todas? —preguntó antes de soltar un gemido—. Es repugnante.
—No más que cuando Paul Rice te metió las manos en las bragas la semana pasada.
Se le sonrojó la cara.
—¿Perdona?
—Ya me has oído. —La combinación de sentimientos de mierda que crecía en mi interior me empujó a cachondearme de ella—. Tanga rosa de encaje, por lo que me ha llegado. ¿Cuánto hace que sales con él? ¿Una semana? Parece que ha encontrado una manera muy rápida de meterse en tus bragas.
—¿Te lo ha dicho él?
—Molloy, se lo ha dicho a todo el mundo.
—¿A quién? —La cara se le caía de vergüenza y yo me sentía como un trozo de mierda—. ¿A quién se lo ha dicho?
La tristeza que reflejaban sus ojos hizo que me entraran ganas de volver a zurrar a ese capullo. La expulsión había merecido la pena.
Oír cómo Paul Rice le contaba a la mitad de los chavales de nuestra clase de Educación física que la hija de Tony era tan estrecha que apenas le dejaba meterle un dedo me había hecho estallar contra él en el vestuario.
Lo hice por Tony, que no estaba allí para hacerlo él mismo. Al menos eso es lo que no dejaba de repetir para mis adentros.
—Es un capullo, Molloy —declaré con desdén—. Y los capullos hablan, así que ya lo sabes: nunca hagas nada con ellos si no quieres que se entere todo su círculo de amistades.
—Tú no lo haces.
—¿Nada con ellos?
—Hablar.
—Porque no soy un capullo. Soy gilipollas, ¿te acuerdas?
Le pasé por al lado y crucé la calle en dirección a su casa, sin mirar hacia atrás para ver si me seguía. Sabía que lo estaba haciendo por el ruido que hacían sus tacones al chocar con el suelo.
—A ver, aprovechando que estás tan comunicativo esta noche, dime por qué ya no te gusto.
—Queda muy desesperado hacerle esa pregunta a un tío.
—¿A un gilipollas, quieres decir? Y ya sabes que no lo digo en ese sentido.
—Aun así queda desesperado.
—Contéstame de todos modos.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no.
—¿Porque no? Venga, Joey. Por favor.
—No somos compatibles —dije resoplando con frustración.
—¿Para conversar?
—Para hacer nada juntos.
—Entonces ¿lo que quieres decir básicamente es que te crees demasiado bueno para ser mi amigo? —Se puso las manos en las caderas—. ¿Para pasar el rato o que te vean conmigo?
«Justo lo contrario».
—Me has hecho una pregunta —expuse mientras abría la verja y le hacía un gesto para que entrara—. Te la he contestado. Tómatelo como quieras.
—Con eso no basta.
—Me da igual —respondí con la mano en la verja—. Ya te he traído a casa sana y salva, con tiempo de sobra para que hagas tus preciados deberes. De nada.
Ella no hizo ademán de entrar, prefirió quedarse bajo la farola y mirarme fijamente, mientras yo seguía sujetándole la puerta como un imbécil.
—Es por mi padre, ¿verdad? —insistió mientras su coleta ondeaba al viento de la noche—. ¿Cambiaste de opinión por eso? ¿Por qué ni siquiera quieres que seamos amigos? ¿Te dijo algo?
—Entra, Molloy.
—Joey, no me digas lo que tengo que hacer.
—Vale. Como quieras. —Moviendo a un lado y a otro la cabeza, solté la verja y me giré para irme—. Total, ¿a mí qué me importa?
—¿Sabes qué? Creo que sí te importa —dijo detrás de mí—. De hecho, creo que te gusto. Y por eso actúas de ese modo. Por eso has puesto a mi padre en contra de Paul esta noche. ¿A que tengo razón? Te gusto.
Joder, claro que me gustaba. Ella fue lo primero que captó la atención de mis ojos cuando crucé la puerta del instituto público de Ballylaggin en septiembre, y su cara ha sido la única que he buscado sin cesar desde entonces.
«—Nuestra Aoife es buena chica —dijo Tony observándome con sus ojos oscuros llenos de recelo. Se había ido mostrando cada vez más agitado desde el día en que fui a trabajar después de empezar la secundaria y mencioné que a su hija y a mí nos habían asignado a la misma clase—. Es un poco alocada, pero qué joven no lo es hoy en día. Y aunque no recula ante nada, en el fondo es una buena chica. Muy inocente, además…
»—Te entiendo, Tony —me apresuré a señalar, puesto que necesitaba ese trabajo más que verme envuelto en ningún otro drama innecesario. Además, en casa tenía responsabilidades, mierdas que estaban por encima de cualquier otra cosa. Incluso de preciosas rubias con piernas muy muy largas—. No tengo ninguna intención de acercarme a tu hija.
»—Tú también eres buen chaval —respondió aliviado—. No es que no me gustes, muchacho. Sabes que sí. Pero no quiero que salgáis juntos y compliquéis las cosas en el trabajo. Sobre todo siendo ella…
»“Demasiado buena para alguien como tú”.
»—No te preocupes —interrumpí—. Sé cómo son las cosas. No me meteré en ese jardín. Por mi parte, no tienes nada de que preocuparte.
»Sabía que Tony me tenía aprecio. Yo era un buen trabajador, aunque no lo bastante bueno para su hija…
»—Buen chico —dijo soltando una risita—. Pero si pudieras echarle un ojo por mí, asegurarte de que no se aprovechan de ella ni pierde la cabeza, te debería una.
»—De acuerdo…».
—Estás delirando, Molloy.
—Y tú niegas lo evidente, Lynch. —Puso los brazos en jarra y me echó una mirada de pura frustración—. Te estuve esperando, ¿sabes?
Arqueé una ceja.
—¿Me esperaste?
—Ajá. —Asintió y se apartó un mechón de pelo de la cara—. Esperé durante meses a que te pusieras las pilas y me pidieras salir. —Me miró fijamente a los ojos cuando reveló—: Paul no era mi primera opción.
—¿Qué quieres decir?
—Ay, perdona —se disculpó en tono sarcástico—. No sabía que necesitabas que te hiciera un croquis, gilipollas.
«Vale, joder».
La verdad es que si Tony no fuera su padre, y yo no me jugara tanto con mi trabajo, no habría tenido que esperarme ni de coña. Lo que estaba claro es que no estaría tonteando por ahí con ese capullo pretencioso de Paul Rice, eso segurísimo.
Pero yo tenía responsabilidades que ella nunca podría entender. Tenía una hermana a la que proteger, hermanos a los que alimentar y una madre por la que preocuparme hasta altas horas de la madrugada. No podía permitirme el lujo de perder el tiempo como hacía Paul, ni contaba con las credenciales o la reputación que cualquier padre desearía para el novio de su hija.
No culpaba a Tony por querer que me mantuviera alejado de su niña. Yo sentiría lo mismo hacia mí.
—Bueno, parece que te has cansado de esperar —me oí decir mientras me lanzaba a mí mismo patadas mentales por no dar por finalizada la conversación y marcharme, tal como sabía que debía hacer—. Te las has arreglado para liarte con el hijo de un Garda que vive en una zona buena de la ciudad, así que podríamos decir que te ha salido bien la jugada, Molloy.
—Sí. —Exhaló con frustración—. Eso parece, ¿no?
No sabía qué contestarle.
Qué decirle.
«Vaya puta mierda».
—Entra y acaba los deberes como una niña buena —opté por decir finalmente ignorando el extraño dolor que me llenaba el pecho mientras me daba la vuelta para irme—. Ah, y no te olvides de quitarte el olor a Paul, el capullo.
—Ja. ¡Lo sabía! —Extendió el brazo, me cogió la mano y me atrajo hacia ella—. Sabía que te gustaba.
—¡Oye! —Liberé mi mano y me la volví a meter en el bolsillo delantero de la sudadera, sintiéndome innecesariamente nervioso por haberla tocado—. No vuelvas a hacer eso.
Sus ojos se llenaron de confusión.
—Que no haga ¿qué?
—Tocarme.
—¿Por qué no?
—Porque no.
—¿Porque no?
—Porque no me gustas.
—Mentiroso.
—¿Y si te digo que es porque no sé dónde han estado esas manos?
Entrecerró los ojos.
—¿Perdona?
«Un comentario muy bajo».
«Retíralo».
—Mira. —Me encogí de hombros, sin intención de avenirme a razones—. Por lo que sé, podrías haber estado meneándosela al santo de tu novio con ellas.
—No me creo que hayas dicho eso.
Sí, lo había dicho, y el hecho de que ella estuviera ahí plantada desafiándome significaba que no podía retractarme.
«Joder, no estoy bien de la cabeza».
Como una mocosa insolente, Molloy llevó sus manos hasta mi pecho y le dio unas palmaditas, y luego me las restregó por el cuello y la cara.
—Ahí tienes, gilipollas, toma unos gérmenes.
Me bajó la capucha y me alborotó el pelo antes de arrastrarme las manos por el pecho y alcanzar el bolsillo delantero de la sudadera.
—Mmmmmm… —profirió en tono de burla antes de entrelazar sus dedos entre los míos—. Qué gustito, ¿eh?
—Eres una malcriada —murmuré sacudiendo la cabeza mientras reprimía las ganas de estremecerme que me causaba la maravillosa sensación de notar su cálida piel sobre la mía.
—Y tú eres imbécil —replicó ella al instante, reacia a ceder ni un ápice—. Entonces ¿me vas a acompañar adentro o tengo que decirle a mi padre que me abandonaste en la oscuridad?
Me quedé con la boca abierta por la indignación.
—Te he acompañado hasta la verja.
—La verja no es la puerta. —Arqueó una ceja en señal de desafío—. Podría pasarme cualquier cosa.
—Sí, claro. —Puse los ojos en blanco—. ¿En los diez segundos que se tarda en entrar?
Como no hacía ademán de echarse atrás, me vi obligado a ceder entre suspiros de frustración.
—De acuerdo. —Moviendo la cabeza a un lado y a otro, la seguí hasta el jardín—. Te voy a acompañar hasta la puta puerta.
—Qué caballeroso —bromeó mientras sonreía triunfante hacia mí—. Y qué mono.
—No soy mono.
—Y galante.
—Tampoco soy eso, y suéltame las manos.
Riéndose maliciosamente para sus adentros, Molloy giró el picaporte de la puerta principal y la empujó hacia el interior.
—¿Vas a entrar?
—No, Molloy —contesté impertérrito—. No voy a entrar.
—¿Seguro? —Reclinándose contra la puerta, movió las cejas y dijo—: En la cocina hay una caja llena de Coco Pops que lleva mi nombre y estoy dispuesta a compartirla contigo.
—No voy a entrar… —Interrumpí mis palabras cuando mi cerebro registró lo que ella había dicho—. ¿Has dicho «Coco Pops»?
Asintió con la cabeza.
—De los buenos.
«Joder, qué putada».
Mientras me frotaba la nuca, me oí preguntar:
—¿Hay leche en la nevera?
—Siempre.
Mi estómago rugió con fuerza ante la perspectiva de recibir algún tipo de alimento esa noche porque, admitámoslo, era poco probable que en mi casa hubiera algo en la cocina un lunes a esas horas.
—Esto no significa que seamos amigos —le advertí mientras daba un paso con indecisión hacia el interior del recibidor—. Molloy, esto no cambia nada.
14 DE FEBRERO DE 2000
Alcánzame con esos ojos verdes
Aoife
Vale, puede que invitar a mi casa la noche de San Valentín a un chico que no era el novio que me acababa de echar no fuera la mejor idea, pero en mi defensa quiero alegar que compartir una caja de Coco Pops con Joey Lynch tampoco es que pudiera considerarse el crimen del siglo. Fue una amable muestra de gratitud inofensiva, platónica y espontánea hacia el chico que me había acompañado a casa por la noche.
—Coge una silla —le ordené mientras entraba a zancadas en la cocina delante de él—. Voy a sacar unos cuencos.
Con semblante receloso y desconfiado, mi compañero de clase arrastró los pies hasta la mesa de la cocina y retiró lentamente una silla.
—Lo digo en serio, Molloy. Esto no significa que seamos amigos.
—Queee sííí —dije alargando las palabras, complacida por su patético intento de protegerse de mi irresistible encanto—. Lo que tú digas, Joey Lynch.
Me puse manos a la obra y cogí cuencos, cucharas, leche de la nevera y una caja de cereales del armario que dejé sobre la mesa, frente a él.
—¡A comer!
No se movió ni un milímetro.
—¿Quieres té? —Se me ocurrió ofrecer.
Joey me miró como si me hubiera crecido una segunda cabeza.
—¿Té?
—Sí, té —confirmé conteniendo una sonrisa ante su incomodidad—. Es una cosa que la gente normal toma de vez en cuando.
—Sé lo que es el té —farfulló entre dientes negando con la cabeza—. Y no, yo… no tengo sed.
Cuando entendí que no iba a tocar nada de lo que había en la mesa hasta que me uniera a él, pese a que no había dejado de mirar la caja de cereales desde que se la había puesto delante, dejé la tetera y me senté en la silla que le quedaba enfrente.
—En serio, Joe —dije para animarle mientras echaba esas delicias de chocolate en los dos cuencos y los llenaba de leche hasta el borde—. Híncales el diente.
Con el ceño muy fruncido, se acercó uno de los cuencos rebosantes y cogió una cuchara.
—Gracias.
—De nada —le contesté a punto de comerme una cucharada de cereales, con una sensación un tanto extraña en la boca del estómago mientras lo observaba engullir los cereales del cuenco como si no hubiera comido nada en varios días.
—Mi madre ha salido con unas amigas esta noche y yo no sé cocinar, así que esto es lo mejor que puedo ofrecerte.
—¿No sabes cocinar?
—No, ¿tú sí?
Joey se encogió de hombros.
—Un poco.
Las cejas se me dispararon hacia arriba.
—¿Y qué sabes hacer?
Volvió a encoger los hombros.
—Depende.
—¿Depende? —le insistí mientras le rellenaba el cuenco vacío desde el otro lado de la mesa—. ¿De qué?
—Gracias —exclamó él esperando obedientemente a que retirara la caja antes de seguir devorando la comida—. Depende de lo que haya en la despensa.
—Bueno, la economía doméstica se te da bien —decidí añadir movida por el hecho de haber compartido aula con él durante los últimos meses—. Los platos que preparas siempre son los favoritos de la profesora.
—Solo porque son comestibles. —Dio un bufido sin levantar la cabeza del cuenco mientras comía—. He practicado mucho.
—¿Con tu madre? —pregunté intrigada a más no poder por aquel chico mientras apoyaba el codo sobre la mesa y me lo quedaba mirando—. ¿Cocinabais mucho juntos cuando eras pequeño?
—Algo así —respondió alcanzando la caja de cereales—. ¿Te… Te importa si…?
—Adelante.
—¿Y dónde está tu hermano?
—Conociendo a Kev, lo más probable es que esté devorando libros en su habitación.
—Es bastante cerebrito, ¿no?
—Solo un poco —concedí de mala gana haciendo una mueca al pensar en mi hermano mellizo y su increíble genialidad académica—. Es el niño mimado de mi madre.
—Mmm… —Joey asintió con la cabeza para indicar que me entendía—. Conozco esa sensación.
—¿Qué? —dije en tono burlón—. ¿Me estás diciendo que no eres el favorito de la casa?
Levantó una ceja.
—Más bien el proscrito.
Me reí.
—No me lo creo ni de lejos, don hurler de primera.
Sonrió con suficiencia.
—Te sorprenderías, Molloy.
—¿Cuántos hermanos tienes?
—Cuatro —balbuceó antes de corregirse enseguida y decir—: Tres.
—¿Cuatro, tres? —Puse una sonrisa sarcástica—. ¿En qué quedamos?
—Tenía cuatro, ahora tengo tres —respondió en tono neutro.
—Dios mío —dije con voz grave sintiendo una punzada de compasión—. ¿Ha muerto alguno de tus hermanos?
—Todavía respira —señaló Joey sin inmutarse—. Pero para mí está muerto.
«Uy, cagada…».
—Vale —respondí mirándolo con recelo—. Háblame de los otros.
Joey se encogió de hombros.
—Dos hermanos, una hermana.
—¿Cuántos años tienen?
—Diez, seis y casi cuatro.
—¿Eres el mayor?
—Ahora sí.
«Vale…».
—¿Cómo es tener hermanos pequeños? —me oí preguntar—. Aquí solo estamos Kev y yo.
—Es agotador.
—Me lo imagino.
Me miró a través de sus pestañas caídas.
—No tienes ni idea.
—¿A cuál prefieres?
Me miró con dureza.
—Molloy, no se eligen preferidos.
—Y una mierda. —Sonreí—. Todo el mundo tiene un preferido. Eso no significa que quieras a uno más o menos que a otro. Tan solo que eres más compatible con alguno de ellos y prefieres su compañía.
Lo pensó durante bastante rato antes de murmurar:
—Supongo que me entiendo mejor con Shannon.
—¿Tu hermana?
Hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—¿Es la que tiene diez años?
Otro gesto de afirmación.
—Cumple once el mes que viene.
—Ella es la que viene después de ti, ¿verdad?
Otro gesto de afirmación.
—Entonces ¿el hermano muerto es el mayor?
Me fulminó con la mirada.
—No te pases.
—Venga, no te enfades conmigo.
—Pues deja de hacerme tantas preguntas.
—Está bien. —Le sonreí con dulzura, consciente de que se atrapan más moscas con miel que con vinagre, y le solté—: Tienes unos ojos preciosos.
—Unos ojos preciosos.
—Ajá. —Cogí la caja de cereales y me eché unos cuantos más—. Has dicho que dejara de hacerte preguntas, así que he decidido hacerte un cumplido.
—¿Por qué?
—¿Por qué no?
—Ya, pero ¿por qué?
—Porque ser agradable es agradable, Joey.
—Eres una chica rara de la hostia —farfulló con semblante desconcertado antes de añadir a regañadientes—: Con unas piernas preciosas.
Esbocé una sonrisa.
—Gracias.
Él me miró con incredulidad.
—De nada.
—¿Y el resto de tu familia?
—¿Qué pasa con ellos?
—¿Con quién te llevas mejor?
—Conmigo mismo.
—Venga ya. —Puse los ojos en blanco—. No puedes decir que contigo mismo.
—¿Por qué no? Es la verdad.
—A ver, ¿tienes alguna tía rica secreta o algún primo guay con el que te lo pasas bien en las reuniones familiares?
—No.
—Venga, Joe. —Sonreí—. Sígueme el rollo. Alguien habrá.
Se me quedó mirando fijamente durante un buen rato y luego lanzó un suspiro.
—Tengo un bisabuelo.
—¿Sí?
Asintió receloso.
—¿Cómo se llama?
—Anthony.
—Como mi padre. —Le brindé una sonrisa radiante—. ¿Es el abuelo de tu madre o de tu…?
—El de mi madre.
—¿Y es majo?
Volvió a asentir lentamente.
—Ya… casi no nos vemos, pero de pequeño pasé mucho tiempo con él.
—¿Y por qué ya casi no os veis?
—Por cosas que han pasado en mi familia. —Se encogió de hombros—. Y también porque estoy ocupado con el trabajo, el instituto y el hurling.
Desde que nos conocimos al inicio del curso, esta era la vez que más tiempo había conseguido que Joey Lynch se quedara a hablar conmigo, y estaba dispuesta a hacer casi cualquier cosa para que no se fuera de la cocina… y siguiera hablando.
Decir que me sentía atraída por él sería quedarse muy corta. Lo sentí el día que empezamos primero (aquella brutal oleada de confianza, lujuria y camaradería) cuando nuestras miradas se cruzaron y lo sentía ahora.
Había algo en ese chico que me resultaba imposible ignorar, y sabía que él sentía lo mismo. Joey podía negarlo hasta el fin de los días y levantar todas las paredes que quisiera, pero a mí no me la colaba con su falsa indiferencia de mierda.
El ártico recibimiento con el que me obsequió el segundo día de primero (y el resto de los días desde entonces) no tenía nada que ver con que yo no le gustara, sino con el hecho de que trabajaba con mi padre y no quería cabrearlo.
Después de aquel primer día, no volvió a flirtear conmigo ni a tirarme los tejos ni una sola vez, y eso me cabreó muchísimo. Como estaba enfadada conmigo misma por haber desperdiciado casi seis meses de mi vida esperando a que Joey se pusiera las pilas y me pidiera salir, acabé aceptando la oferta de nuestro compañero de clase.
Ahora volvía a estar enfadada, pero esta vez mi ira se proyectaba hacia mi mierda de capacidad de juicio. Desde que empecé en el instituto de Ballylaggin, los tíos no habían dejado de hacerme ese tipo de propuestas, pero accedí a salir con Paul porque me resultaba cómodo estar con él y era una apuesta relativamente segura.
Joey era más esbelto que Paul. Y más alto. Tenía músculos, de eso podía dar fe porque lo había visto sin camiseta muchas veces después de Educación física, pero estaba muy flaco.
Como un corredor.
«O alguien que pasa hambre…».
Paul no iba a romperme el corazón. Sin embargo, aunque desde luego mi corazón estaba intacto, no había duda de que me había herido el orgullo. Saber que sus amigos sabían lo que hacíamos, saber que Joey lo sabía, hizo que la humillación fuera mucho más difícil de digerir.
—Pareces cabreada —apuntó Joey mirándome desde el otro lado de la mesa con sus perspicaces ojos verdes.
—Lo estoy.
—Me puedo ir.
—No, no tiene que ver contigo —respondí—. Estoy cabreada con Paul por hablar de mí.
—Ah.—Joey dejó la cuchara en el cuenco vacío, se reclinó en la silla y me miró con dureza—. Bueno, si te sirve de consuelo, no volverá a hacerlo.
—Porque lo pusiste en su sitio, ¿no? —dije de broma.
Joey no se rio.
—Madre mía. —De repente me di cuenta—. Realmente lo pusiste en su sitio —susurré sintiendo que se me disparaba el pulso mientras pensaba en su pelea del otro día—. Por eso le pegaste, ¿verdad?
—Alguien tenía que hacerlo.
—Y ese alguien eras tú, claro.
Se encogió de hombros.
Me dio un salto el corazón.
—Joe…
—Gracias por la comida, Molloy. —Echó la silla hacia atrás y se puso de pie—. Debería irme.
—No. —La decepción alcanzó nuevas cotas en mi interior—. No hace falta que te vayas todavía.
—Sí, tengo que irme.
Cogió el cuenco y la cuchara, se acercó al fregadero y los enjuagó rápidamente antes de dejarlos en el escurridor.
Meticuloso, volvió a la mesa con un paño de cocina en la mano y limpió la superficie en la que había comido. Cuando acabó de recoger, dejó el paño en el fregadero y se dirigió hacia la puerta principal.
—De nuevo, gracias por la comida.
—No hay de qué —contesté abriéndole la puerta.
Se subió la capucha y, con el rostro oculto, se adentró en la noche.
—Nos vemos, Molloy.
—Sí, Joey Lynch. —Lancé una exhalación temblorosa—. No lo dudes.
25 DE FEBRERO DE 2000
Eres igual que él
Joey
Mis primeros recuerdos son de cuando tenía alrededor de tres años. No sabría decir con certeza si los acontecimientos anteriores a ese día habían sido especialmente buenos, porque solo parecía recordar los malos. Y, en ese momento, a las diez de la noche de un viernes, después de que se desatara el caos absoluto entre mis padres, tan solo recordaba los malos. Me dolían lugares que no sabía ni que existían, y no podía evitar que mi cerebro reviviera algunos de los recuerdos más perturbadores de mi infancia…
«—Joey, puedes llorar —susurró mamá con los dedos enroscados en mi huesudo brazo. Su tacto era suave y cálido, y sentirla hizo que se me revolviera el estómago—. Sentir es bueno, cariño.
»No.
»Se equivocaba.
»Otra vez.
»Furioso con ella y con el puto mundo en general, me tragué el dolor, arrinconé mis sentimientos en el fondo de mi mente y me centré en la tarea que estaba llevando a cabo y que, con bastante seguridad, ningún otro chico de mi instituto hacía por su madre.
»Mientras acunaba al pequeño Ollie en mis brazos, le acerqué el biberón a los labios y observé atentamente si había algún signo de que tuviera gases, tal como mamá me había enseñado.
»Ella no podía hacerlo.
»No, claro que no.
»Hemorragia posparto una mierda.
»Más bien agresión posparto.
»Le pegó la otra noche porque el bebé no paraba de llorar.
»Fue lo más cerca que la vi de estar a punto de morir en mucho tiempo.
»La imagen se me había quedado grabada en la mente.
»La sangre.
»Los gemidos.
»La sensación de desesperanza.
»—¿Dónde están los pañales? —pregunté cuando el mierdecilla malhumorado terminó por fin de engullir el biberón de más de cien mililitros que le había preparado—. Huele que apesta.
»—Ya lo hago yo —comenzó a decir mamá mientras trataba de incorporarse.
»—No te levantes —le ordené estremeciéndome al recordar lo que había visto salir de su cuerpo hacía apenas unos días—. Yo puedo cuidarlo.
»Vi la bolsa de pañales en un rincón de su habitación, aseguré a mi hermanito en mis brazos y la cogí.
»—Venga, gordinflón —murmuré dejándolo de nuevo sobre la cama de mi madre y sacando con cuidado su cuerpo juguetón del bodi—. Acabemos con esto de una vez.
»Él me observaba; era todo ojos y ternura, y yo arrugué el ceño.
»—No me mires así —le advertí. Como si yo pudiera mantenerte a salvo…—. Y ni se te ocurra mearme.
»—En unos años serás un padre estupendo —dijo mamá con voz temblorosa.
»—Antes prefiero estar muerto —fue mi única respuesta…».
—Joey.
Quería que dejara de hablarme.
Su voz me causaba dolor.
Por todo.
—Joey, por favor.
De mala gana, me obligué a mirarla, y la visión de mi madre hizo que el corazón se me encogiera y muriera en mi pecho.
Estaba destrozada.
«Otra vez».
Solía disimularlo bien, pero ese día no fue así. Como una capa de pintura fresca en la pared, mi padre la había cubierto de moratones de color verde azulado.
Nunca había visto nada igual, y no lo digo por exagerar.
Parecía un cadáver.
La culpa se revolvía en mi interior y de verdad que quería morirme.
¿Qué podía decirle? ¿Con qué palabras podía llegar a expresar lo mucho que lo sentía y lo enojado que estaba?
Quería abrazarla y zarandearla a la vez.
Mientras mis pulmones expulsaban el aire que había estado reteniendo, dejé que todas las ideas y sentimientos dañinos asociados a lo que había ocurrido esa noche penetraran en mi cabeza, con la esperanza de que, de algún modo, encendieran en mi interior la llama de la supervivencia. Esperaba que mis pensamientos alimentaran mi ira y que esta, a su vez, me ayudara a apagar el interruptor y dejar de preocuparme. Porque la preocupación me estaba matando y, sinceramente, no me veía capaz de aguantar mucho más.
—¿Qué quieres de mí, mamá? —me oí preguntar en tono grave y el corazón hecho trizas.
Sus ojos azules se abrieron como platos.
—¿Qu-qué quieres decir?
—¿Que qué es lo que quieres? —solté pasándome una mano por el pelo—. ¿Levantarme de la cama para que me pelee con él? Lo he hecho. ¿Para que atranque la puerta? También lo he hecho. ¿Qué más quieres de mí, mamá? ¿Qué quieres que haga?
—Esta vez se ha ido —susurró—. No va a volver. T-te lo prometo.
—Eso no te lo crees ni tú —respondí demasiado cansado como para pelearme con ella. Un rato antes había tenido que reunir todo mi valor para enfrentarme mano a mano con el gilipollas de su marido. Ya no tenía nada en la reserva, ni siquiera podía tirar de mi odio—. Volverá, y la próxima vez será peor.
—Joey…
—Mamá, te va a matar —le solté—. ¿No lo entiendes? ¿Por qué no me escuchas? Vas a morir en esta casa. Si no te alejas de él, vas a morir aquí. Tengo esa corazonada… —Se me quebró la voz y ahogué un sollozo; no estaba dispuesto a derramar ninguna lágrima—. ¿Es que no te quieres a ti misma? ¿No me quieres a mí?
—Claro que sí —dijo gimoteando en voz baja mientras se acercaba a la mesa para ponerme su pequeña mano sobre los nudillos en carne viva—. Quiero muchísimo a mis hijos.
«Quiero a mis hijos», no «Te quiero, Joey».
Típico de ella.
Tal vez pensara que quería a todos sus hijos, pero a mí desde luego no me quería, o no podía quererme. Darren era el primogénito y su preferido, Ollie, su dulce y cariñoso bebé, Tadhg, su pequeño granujilla y Shannon, su única hija.
Luego estaba yo.
El de repuesto.
Pestañeé para expulsar la humedad de mis ojos y me quedé mirando su pequeña mano mientras ella intentaba consolarme con el menor contacto posible.
—¿Por qué?
—Por qué ¿qué?
«¿Por qué no me quieres?».
Con una inclinación de la cabeza, señalé la alianza que llevaba en el cuarto dedo de la mano izquierda y preferí preguntar:
—¿Por qué la sigues llevando?
Mamá apartó la mano bruscamente, la acurrucó en su pecho y susurró:
—Porque es lo que debo hacer.
Cada vez más cerca de perder los estribos, la miré con crudeza.
—Y se supone que lo que él debe hacer es no molerte a palos, ¿o esa promesa no la incluisteis en los votos matrimoniales?
—Para, Joey.
—¿Que pare de qué? —repuse con sorna—. ¿De decirte la verdad?
—Estoy demasiado cansada para pelearme contigo.
—Y yo estoy demasiado cansado para seguir sacándote las castañas del fuego —escupí—. Nos tienes aquí, en esta puta casa donde no hay más que dolor. Tú eres la que eliges, y siempre lo eliges a él. Darren hizo bien en salir de aquí cagando leches.
Estremeciéndose como si la hubiera golpeado, mamá se levantó despacio de la mesa con aspecto de estar a punto de desmayarse.
Sentí cómo me levantaba en contra de mi voluntad y movía los pies directamente hacia ella.
—Espera —le pedí agarrándola con suavidad por la espalda—. Deja que te ayude a subir…
—¡No! —Se apartó de golpe como si la hubiera quemado al tocarla y soltó varias respiraciones entrecortadas—. No, por favor.
Estupefacto, me quedé allí parado con las manos levantadas, sin saber qué coño había hecho para provocar una reacción así en mi propia madre.
—Mamá —dije tratando de calmarla con el tono más delicado que pude reproducir—. Soy yo. Joey. No voy a hacerte daño. Ya lo sabes.
—Sé exactamente quién eres —susurró temblando.
—¿Eso qué significa? —Me pasé una mano por el pelo mientras sentía que todo mi cuerpo vibraba con una retorcida mezcla de desesperación y resentimiento—. Mira —añadí intentando tranquilizarla—, sé que no soy tan diplomático como lo era Darren, ¿vale? Sé que era con él con quien hablabas de estas mierdas, y siento haberte echado en cara que se fuera, pero yo…
—No —dijo ahogando un sollozo con las mejillas cubiertas de lágrimas—. Ni se te ocurra hablar de Darren. ¡No te pareces en nada a él!
—¿Porque yo sigo aquí? —le solté notando cómo el resentimiento le ganaba terreno a la desesperación—. Noticia de última hora: tu adorado Darren ya no está. Se largó, tan santo que parecía. Nos abandonó. Pero yo sigo aquí, mamá. Estoy aquí, joder.
—Ya sé que estás aquí —vociferó—. No dejas de gritar y dar órdenes y ponerte autoritario, igual que… —Cerró la boca y sacudió la cabeza hacia los lados—. Da lo mismo.
—¿Igual que quién? —insistí confundido observando cómo se dirigía lentamente hacia la puerta de la cocina—. ¿Soy igual que quién, mamá?
—No importa.
—Sí que importa. Dime lo que ibas a decir. ¿Soy igual que quién, mamá? —Temblando de pies a cabeza, aventuré con voz ahogada—: ¿Que él? ¿Es eso lo que ibas a decir? ¿Que te recuerdo a él?
«Por favor, di que no».
«Por favor, di que no».
«Por favor, di que no».
—Sí —confirmó con el rostro impregnado de dolor—. Me recuerdas a tu padre. —Se estremeció y cerró con fuerza los ojos mientras le resbalaba una lágrima por la mejilla—. Sé que no es culpa tuya. De verdad que lo sé, pero es que me recuerdas mucho a él. Cada día más.
—¿En qué sentido? —pregunté con el pecho agitado—. ¿Físicamente? Porque si te refieres a eso, la culpa no es mía. No puedo evitar tener este aspecto, pero aparte de eso no me parezco en nada a ese hombre.
—Sí que te pareces —reiteró antes de salir de la habitación—. En todo.
Y, con esas palabras, mi madre me hirió de una forma más profunda y cruel de lo que jamás había hecho mi padre.
«Ni jamás podría hacer».
Y fue justo entonces cuando supe en lo más profundo de mi ser que para mí ese era el principio del fin. El interruptor que con tanta desesperación había tratado de no encender durante los últimos años, finalmente se había activado. Y no sentí nada.
Con la mano temblorosa, saqué el teléfono del bolsillo de la sudadera. Marqué ese número tan conocido por mí y que había estado intentando evitar, pulsé el botón de llamada y me acerqué el móvil al oído.
Contestó al tercer tono.
—Vaya, vaya, vaya, si es mi chavalín preferido.
—No soy un chavalín —le dije con el pecho inquieto—. Necesito una cosa.
Shane se rio al otro lado de la línea.
—Creía que por fin ibas por el buen camino, chavalín. ¿No es eso lo que me dijiste después de la última vez?
Apreté bien los ojos, me pasé una mano por el pelo y dejé escapar un suspiro.
—Bueno, sí, pero ha habido un cambio de planes.
—Nos vemos en la pista de Casement Avenue dentro de media hora.
Me sentí aliviado.
—Allí estaré.
—Ah, chavalín —añadió en tono de advertencia—. Ha dejado de ser gratis.
25 DE FEBRERO DE 2000
Ahora ya sabes por qué
Aoife
—No lo entiendo —concluyó Paul la noche del viernes desde el otro lado de la línea en tono impaciente—. Ya te dije que no iba a volver a hacerlo. ¿Por qué no te olvidas de eso y quedas conmigo?
—Porque la última vez que quedamos, le contaste a la gente cosas privadas —repliqué poniendo los ojos en blanco ante su nuevo nivel de estupidez—. Sigo enfadada contigo. Has traicionado mi confianza. Y, si no puedo confiar en ti, no puedo estar contigo…
—¡Claro que puedes! Puedes confiar en mí —suplicó pasando rápidamente de un tono duro a un tono rastrero—. Lo siento mucho, nena. De verdad. No volverá a ocurrir.
—No —reconocí totalmente de acuerdo, aunque solo enfadada a medias puesto que solo me importaba a medias—. No volverá a ocurrir, Paul Rice, porque tu mano nunca volverá a acercarse tanto a mis bragas.
—Pero yo te quiero.
—Dios mío. —La incredulidad me hizo poner los ojos en blanco—. Contrólate. Solo hemos salido unas semanas.
Se produjo una larga pausa hasta que el sonido de una risita apacible llegó a mi oído.
—¿Me he pasado?
—Un pelín —dije sonriendo—. «Te quiero» —exclamé imitando su reciente declaración—. Qué mamón eres. ¿Y si fuera una de esas chicas que se creen a pies juntillas las tonterías que les dicen los chicos?
—Entonces ¿a lo mejor estaría un poco más cerca de meterte otra vez la mano en las bragas? —preguntó esperanzado.
—No tanto como para que tu dedo meñique vuelva a acercarse a ellas.
Lo oí reírse al teléfono antes de decir:
—Oye, mañana por la noche hay una discoteca para menores en el pabellón de la asociación de hurling y fútbol gaélico. Vente conmigo. Deja que te compense.
—¿Quieres compensarme por haberte portado como un depravado conmigo llevándome a una sórdida discoteca de menores donde las chicas se quedan esperando junto a la pared para que los chicos les metan mano? —Arqueé una ceja—. Ostras, es muy tentador, pero no, gracias.
—Me vas a hacer sufrir de verdad, ¿eh?
—Sí —confirmé—. Así es.
—Te gustó el collar que te compré, ¿a que sí?
—No estaba mal —musité acercando el pulgar a la brillante joya que me rodeaba el cuello—. Pero no vas a conquistarme comprándome regalos, Paul.
Suspiró al otro lado de la línea.
—Aoife.
—Se acabó, estoy ocupada.
—¿Qué estás haciendo?
—Quedar con gente.
—¿Has salido? —Su tono rezumaba curiosidad y celos—. ¿Con quién?
—Con mi otro novio —le solté con las piernas colgando de la tapia de mi jardín—. ¿No te lo había dicho? Es un chico del que realmente te puedes fiar.
—No tiene gracia.
—Era una broma.
—Aoife, ¿con quién estás?
—Con nadie. —Me reí—. Buenas noches, Paul.
—No, espera, dime con quién estás…
Colgué el teléfono, me lo volví a meter en el bolsillo de la bata y suspiré mientras se apoderaba de mí un familiar torrente de extraña frustración.
Habían pasado casi dos semanas desde que Joey Lynch me había soltado la bomba sobre el tanga de encaje rosa y, en realidad, ya no estaba enfadada con Paul. Para empezar, toda esa debacle ni siquiera me había mosqueado tanto.
Evidentemente, no me gustaba en absoluto que hubiera hablado de mí con sus amigos, pero sabía lo suficiente sobre los chicos de mi edad como para darme cuenta de que hacían ese tipo de cosas.
Les gustaba soltar mierda sobre la gente.
«Mucha mierda».
Casey, mi mejor amiga, pensaba que yo debería estar cabreadísima por lo que había hecho Paul, y puede que tuviera razón, pero a mí no parecía importarme lo suficiente (al igual que ocurría con nuestra relación) como para que se me despertaran los sentimientos necesarios.
Además, estar con Paul era agradable. Era guapo, inteligente y, por lo general, nos divertíamos mucho juntos. Sin embargo, no podía evitar sentirme inquieta.
Aunque no llegaba a entender por qué.
«Claro que sí, mentirosilla…».
—Aoife, ¿qué haces aquí fuera? —preguntó Katie Wilmot, la vecina de al lado, sacándome de mi ensoñación.
Éramos amigas desde la infancia, pero el año pasado nuestros caminos se separaron cuando ella se quedó en primaria y yo pasé al instituto público de Ballylaggin. El año que viene subirá el listón e irá a Tommen, el colegio privado que hay a las afueras de Ballylaggin, pero el hecho de vivir la una al lado de la otra significaba que nuestra amistad iba a permanecer intacta.
Subió su cuerpecito a la tapia del jardín y se sentó junto a mí, introdujo su brazo por el hueco del mío y me apoyó la cabeza en el hombro.
—Hace mucho frío.
—Sí, lo sé. —Dejé escapar un profundo suspiro y apoyé la mejilla en sus rizos pelirrojos—. Solo estoy observando a la gente.
—Quieres decir que estás observando a los chicos —me corrigió Katie con sonrisa irónica.
Sin molestarme en negar lo que ambas sabíamos que era cierto, volví a centrar la atención en el tumulto que se estaba produciendo en las casas de la hilera de enfrente, al otro lado de la calle. Eran las once y media de la noche del viernes y la Gardaí estaba deteniendo a gente; nada nuevo en esa zona de la ciudad. Últimamente actuaba con mano dura para reducir el consumo de alcohol entre los menores y se habían apuntado un tanto gracias a esa banda de adolescentes.
Los conocía a todos.
Algunos eran de mi calle, otros de mi instituto, y luego estaba él.
—Oye, ¿ese no es el tío que trabaja con tu padre? —preguntó Katie verbalizando mis pensamientos mientras veíamos a un Garda llevando a Joey Lynch a un lateral del furgón.
En lugar de mantener la boca cerrada como hacían los demás, Joey le vacilaba al Garda, que lo cacheaba bruscamente. Ataviado con la indumentaria habitual, una enorme sudadera azul marino con capucha que ocultaba su pelo rubio, siguió replicándole al Garda y provocándolo para sacarlo de sus casillas.
—Joey Lynch —respondí con un hondo suspiro—. Y sí. No hay duda de que es él.
Tras arrancarle a Joey el cigarrillo de entre los labios, el Garda lo tiró al suelo y le dio un pisotón. Eso le hizo ganarse un montón de insultos por parte de mi compañero de clase.
—Qué idiota —refunfuñé moviendo la cabeza a los lados, decepcionada por su comportamiento, sobre todo porque sabía que podía hacer las cosas mejor.
Maldita sea, ya no se trataba de hacer las cosas mejor, es que él era mejor que eso.
Pensaba que el hecho de haber compartido con él una caja de cereales hacía dos semanas habría conseguido derretir de algún modo esas paredes de hielo que se alzaban a su alrededor, pero estaba sumamente equivocada. Al día siguiente se había presentado en el instituto más cerrado que nunca, con un horrible ojo morado a juego con su todavía más horrible actitud.
Sabía con certeza que Joey no se lo había comentado a sus amigos, porque Paul habría perdido el juicio si el encuentro con nuestro compañero de clase hubiera llegado a sus oídos.
—Es un peligro andante —convino Katie antes de añadir—: ¿No es un poco joven para andar por ahí con Shane Holland? ¿No tiene Shane diecisiete…?
—Shane tiene dieciocho años —dije corrigiéndola mientras miraba con cara de asesina al mayor cabrón de Ballylaggin.
Shane era problemático, y todo el mundo lo sabía. Iba a sexto, en el instituto público de Ballylaggin, y era la peor clase de mala persona con la que te podías juntar. Era de dominio público que traficaba con drogas y, aunque él era un camello de poca monta, sus hermanos no. Al parecer, los hermanos Holland más mayores tenían vínculos muy estrechos con algunos de los grandes traficantes de la ciudad.
Joey solo iba a primero. Si andaba con Shane, estaba jugando con fuego. No era la decisión más inteligente.
Observé cómo la Gardaí metía a empujones a tres de los chicos mayores en la parte posterior del furgón y solté un suspiro de alivio al ver que no se llevaba a Joey; sin duda debido a su corta edad.
—¿Por qué crees que lo hace? —planteé formulando en voz alta la pregunta que me había estado haciendo a mí misma desde la primera vez que lo vi.
Ya lo había visto acorralado por las autoridades en otras ocasiones. Era algo frecuente.
—¿Por qué crees que se autodestruye así?
Autodestrucción. No se me ocurría otra manera de describir su imprudente comportamiento.
—¿Quién? —preguntó Katie—. ¿Joey?
—Sí —respondí con los ojos fijos en la furgoneta de la Gardaí que pasaba por delante de mi casa.
—¿Porque es un adolescente? —Katie se encogió de hombros.
—Ya, pero tiene que haber algo más —repliqué volviendo a mirar a Joey, que contemplaba la furgoneta policial con expresión frustrada—. Ya has visto cómo ha reaccionado ante la Gardaí, Katie. Casi parecía como si quisiera que se lo llevaran.
—¿Qué? —Mi vecina se rio—. Eso es una locura. Nadie quiere que se lo lleve la Gardaí.
—Puede que la mayoría no quiera —susurré.
«Pero él sí».
—No sé, Aoife —dijo frunciendo los labios—. A mí me parece mal tío.
Hice un gesto de negación con la cabeza.
—No es mal tío.
—¿Por qué estás tan segura?
«Ni idea».
—Simplemente lo estoy.
—¿Por qué?
—Mira, pasa lo siguiente —me oí soltar de buenas a primeras—. Sé que es un desastre con patas, ¿vale? Sé que se droga y se mete en peleas, que se junta con gente que no debería y que puede ser un verdadero gilipollas, tal como acabamos de ver.
—¿Pero? —intervino Katie con una sonrisa burlona.
—Míralo, Katie. —Suspirando profundamente levanté una mano y la dirigí hacia él—. Míralo bien.
—Sí —afirmó con suavidad—. Es bastante guapo.
—Más que bastante —la corregí mientras me recorría un escalofrío—. Pero no es solo eso. —Mordiéndome el labio inferior, traté de encontrar las palabras que me permitieran describir lo que sentía—. Hay algo en él que me fascina. No sé lo que es, pero, desde que lo vi por primera vez, sentí una especie de… curiosidad.
—Claro que sí —dijo Katie riéndose—. Como ocurre desde el principio de los tiempos. Siempre hay una razón por la que a la chica buena le gusta el chico malo drogodependiente.
Sonreí irónicamente.
—Muy graciosa.
—Bueno, fascinante o no, liarse con un tío así es el camino más corto hacia el desastre —agregó—. En serio, Aoife, parece peligroso. Deberías alejarte de él si no quieres que te haga daño.
Y, en esas, su cabeza se giró hacia nosotras y sus ojos verdes se encontraron con los míos. Y, como siempre que me clavaba la mirada, mi corazón, ese cabrón traidor, me retumbaba estrepitosamente dentro del pecho.
No parecía contento de verme.
Como de costumbre.
Se quedó en la esquina de mi calle, inmóvil, sin apartar los ojos de los míos.
Con las fosas nasales dilatadas, siguió mirándome con descaro.
Sujetando entre los labios algo que yo sabía que no era exactamente un cigarrillo, inclinó la cabeza hacia un lado, con los ojos vidriosos pero todavía penetrantes y llenos de desconfianza.
—¿Tengo monos en la cara, Molloy?
«Vale, volvemos a los insultos».
Alcé una ceja.
—No, tienes un problema de actitud.
Entornó los ojos.
—¿Estás disfrutando del espectáculo?
—En realidad es un espectáculo de mierda —repuse burlándome—. Oye, y parece que te las has apañado para conseguir uno de los papeles principales. Felicidades. Tu actuación ha sido de diez.
—Aoife, ¿qué haces? —susurró con agresividad Katie mientras me clavaba su huesudo codo en las costillas—. No hables con él. ¿No habíamos dejado claro que era un tío problemático? Vaya, genial, viene hacia aquí.
Sabía que era problemático, aunque puede que solo tuviera problemas.
En cualquier caso, sabía que no iba a ser el caballero de brillante armadura de nadie.
Casey siempre bromeaba diciendo que Joey Lynch nunca llegaría a cumplir los veinticinco. Sus últimas estupideces no hacían más que incrementar las probabilidades en su contra. Eso debería haber sido aviso suficiente. Aun así, había algo en él que me hacía querer saltar al vacío.
Con el estómago en un puño, observé a Joey cruzar la calle, acortando el espacio que nos separaba. Tenía los labios hinchados. No estaba segura de si se trataba de un atributo natural o se debía a sus continuas peleas, pero aquellos labios eran casi demasiado bonitos como para pertenecer a un chico.
«Y demasiado tentadores…».
—¿Qué haces aquí fuera tan tarde? —preguntó colocándose frente a mí. Al estar sentada en la tapia, yo estaba más alta que él y tuvo que levantar la vista para mirarme. Cuando lo hizo, juro que sentí cómo se me escapaba el aire de los pulmones.
No porque fuera increíblemente sexy, que lo era, sino porque tenía el lado izquierdo de la cara de un tono morado oscuro y el ojo izquierdo cerrado casi por completo debido a la hinchazón.
—Tu cara —dijo Katie con voz entrecortada verbalizando mis pensamientos—. ¿Qué te ha pasado? —Desvió la vista hacia su mano—. Dios mío, ¿te estás fumando un…?
—He hecho demasiadas preguntas —interrumpió dirigiéndole a mi amiga una amenazante y gélida mirada—. ¿A ti también te pasa?
Sentí cómo Katie empequeñecía a mi lado.
—No —contestó ella con voz grave—. Es que la Gardaí está por la zona y no quiero que me vean con… drogas.
—¿Drogas? —Joey la miró como si tuviera dos cabezas—. Es un canuto, no una raya. Relájate, ¿vale?
—Oye. —Entrecerré los ojos a modo de advertencia—. No seas imbécil.
—Me voy para dentro —susurró Katie visiblemente desconcertada por sus palabras mientras bajaba al suelo de un salto y salía casi por patas hacia la puerta principal—. Buenas noches, Aoife.
—¿Era necesario decirle eso? —pregunté una vez que mi amiga se había apresurado a meterse dentro—. La has asustado.
Él se encogió de hombros de forma evasiva.
—Qué bata tan bonita, abuela.
—Qué cara tan bonita, Rocky —le respondí apretándome el nudo de la prenda que me cubría.
En sus labios se dibujó una ligera sonrisa.
—¿No deberías estar dentro poniéndote al día con todas tus telenovelas?
—Qué va —exclamé despreocupada—. Fair City no es tan entretenida como el numerito que acabas de montar.
—Estoy aquí para complacerte.
—Entonces ¿por qué quedas con Shane Holland y los demás idiotas?
—¿A ti qué te importa?
Me encogí de hombros.
—Llámame «curiosa».
—Ya sabes lo que le pasó al gatito curioso… —replicó fríamente mirándome con una expresión que decía «No te metas en lo que no te importa».
—Ni te molestes en usar conmigo esas tácticas intimidatorias —contraataqué sintiendo un fogonazo de calor bajo el ombligo—. No soy de las que se asustan fácilmente.
—Me alegro por ti —murmuró Joey. Le dio una última calada al porro y exhaló una turbia bocanada de humo con un enfermizo olor dulzón antes de tirar la colilla. Metiéndose las manos en el bolsillo de la sudadera, retrocedió unos pasos—. No le cuentes a tu padre lo que ha pasado esta noche.
—Vale —convine mientras me bajaba de la tapia de un salto, en parte porque se me había quedado el culo insensible por el frío del hormigón, pero sobre todo porque quería impedir que se fuera—. ¿Y tú qué vas a hacer por mí a cambio?
Se detuvo y se volvió hacia mí.
—¿Qué quieres?
«Que me hagas caso», pensé mientras me acercaba a él. No me detuve hasta que lo tenía justo delante.
Sin la ventaja de la tapia, ahora él era mucho más alto que yo.
—Aún no estoy segura.
Inclinó la cabeza hacia un lado y se me quedó mirando fijamente durante mucho rato. Su rostro evidenciaba desconfianza, recelo y una reacia curiosidad al preguntar:
—Molloy, ¿qué haces?
No lo tenía del todo claro.
Por un lado, tenía un novio que, aparte de sufrir un extraño caso de lengua suelta, me trataba bastante bien. Pero, por otro, me sentía atraída por ese chico mucho más de lo que debería.
—Mi amiga cree que eres peligroso —le comenté con una sonrisa—. Dice que debería mantenerme alejada de ti. —Inclinando la cabeza hacia un lado, añadí—: Cree que si voy con chicos como tú podría salir escaldada.
—Muy sabia, tu amiga —contestó tranquilamente—. Deberías hacerle caso.
—Lo que pasa, Joe —dije con total naturalidad—, es que no me gusta que nadie me diga lo que tengo que hacer.
Lo observé mirarme; sus ojos recorrían mi cuerpo.
Cuando clavó su mirada en la mía, juraría que algo cambió en su interior.
—Supongo que tenemos algo en común, al fin y al cabo.
—Sí. —Lancé un suspiro tembloroso—. Supongo que sí.
Con una expresión sombría grabada en su precioso rostro magullado, dio un paso hacia mí, y yo traté desesperadamente de fingir indiferencia al tiempo que un escalofrío me recorría por dentro.
—Pero eso no significa que seamos amigos.
—Lo entiendo —respondí con la respiración atascada en mi garganta mientras seguía provocando a la bestia—. Te resulta demasiado difícil ser amigo de alguien a quien deseas con tanta desesperación.
—¿Ah, sí? —Sonriendo, dio otro paso hacia delante, al tiempo que yo retrocedía con cada nuevo paso que él daba hasta que mi espalda chocó con la tapia del jardín. Entonces apoyó una mano junto a mí en la tapia y se me acercó aún más—. ¿Crees que me gustas, Molloy?
—Sé que te gusto —declaré soltando el aire con el corazón galopándome de forma temeraria en el pecho.
Con la mano que le quedaba libre, me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y susurró:
—¿Crees que te deseo?
El aire salió de mis pulmones con un silbido audible. Estaba mirando al peligro a la cara. Ese chico poseía todos esos rasgos terribles sobre los que las madres advertían a sus hijas. Reunía todas las características malas, dañinas y sucias de los adolescentes envueltas en un paquete tan perfecto como maldito.
Físicamente, me superaba en todo.
«Era más alto».
«Más fuerte».
«Más siniestro».
«Más malo…».
Aun así, quería que se acercara.
—Vete adentro, Molloy —ordenó en un tono más suave mientras sus verdes ojos buscaban y encontraban en los míos algo que logró apagar su fuego—. Tú no encajas aquí fuera, a oscuras, con alguien como yo.
—Sí que encajo —contesté de inmediato antes de añadir rápidamente—: Vivo en esta calle, ¿recuerdas?
—¡Aoife! —La voz de mi padre resonó desde la puerta de casa—. ¿Qué haces fuera a estas horas de la noche? La Gardaí está rastreando toda esta hilera de casas, cariño.
—Mierda.
Apartándose bruscamente de mi cuerpo como si fuera agua hirviendo, Joey se metió las manos en el bolsillo y soltó una retahíla de palabrotas por lo bajini mientras movía la cabeza a los lados y lanzaba exhalaciones entrecortadas.
Mi padre desvió su confusa mirada hacia Joey, que parpadeó unos instantes hasta que en su rostro se dibujó una mueca de resignación.
—Joey —dijo reconociéndolo con un fuerte suspiro—. Espero que no estuvieras con la pandilla a la que se llevaron los guardias. Eres buen chaval, y sabes que te tengo cariño, pero esos chicos no traen nada bueno. Si andas con estos tipos, no me siento cómodo con que hables con mi…
—Él no iba con ellos —afirmé adelantándome a Joey—. Estaba acompañando a Katie a casa —añadí rápidamente sintiendo que la mentira se deslizaba por mi lengua con sorprendente facilidad—. Han ido juntos al cine. ¿Verdad, Joey?
—Eeeh… sí. —Joey asintió moviendo despacio la cabeza arriba y abajo con sus cautelosos ojos verdes fijos en los míos—. Así es.
—¿Tú y la pequeña Katie? —Mi padre frunció el entrecejo mientras observaba a Joey—. Qué callado te lo tenías.
Joey se encogió de hombros.
—Es que… es muy reciente.
—Ah, estupendo. Qué buen chaval eres —respondió papá con una animada sonrisa antes de darse la vuelta para volver a entrar en casa—. Aoife, no te quedes mucho aquí fuera, ¿me oyes? A estas horas de la noche solo hay gente mala por ahí.
—Vale, papá, voy en un par de minutos —le contesté destensándome con alivio cuando la puerta se cerró tras él.
—Has mentido por mí. —El tono de Joey era frío y tácitamente acusador—. Me has encubierto.
—Sí. —El corazón me percutía la cavidad torácica como si intentara salir a golpes de mi cuerpo y aunar esfuerzos con el suyo—. Es cierto.
—¿Por qué? —Sus ojos verdes combinaban la emoción y el fastidio con cierta curiosidad reticente—. ¿Qué quieres de mí?
—Todavía no lo sé. —Le clavé la mirada en el corte recién cicatrizado del labio inferior—. Supongo que de momento no te queda otra que estar en deuda conmigo.
—¿De momento? —Respirando con dificultad, se acercó hasta que no quedó ni un centímetro de separación entre nuestros cuerpos—. No me gusta deberle nada a nadie.
—Ostras, qué pena —exclamé sacando la lengua para humedecerme los labios—. Porque esta situación no la controlas tú.
Se le dibujó una sonrisa fantasmagórica en los labios.
—¿Y tú sí?
—Respuestas —resolví entonces sintiendo que la fuerza de su mirada se me hacía insoportable—. Quiero respuestas.
—Si quieres respuestas para los deberes, te equivocas de persona —dijo con pereza—. Por si no te has dado cuenta, Molloy, estoy lejos de ser un intelectual.
—Eso no es verdad.
Nada que tuviera que ver con Joey Lynch me había pasado desapercibido, por lo que me había dado cuenta de que era mucho más inteligente de lo que hacía creer a los profesores del instituto.
—¿Crees que soy un intelectual?
—Creo que eres más inteligente de lo que parece.
Puede que su actitud fuera horrible y rara vez entregaba los deberes a tiempo, si es que los hacía, pero tenía una mente despierta.
—¿Y cómo has llegado a esa conclusión, Molloy?
—El trabajo que haces en clase nunca está mal, el problema son los deberes para casa —afirmé sin reparos—. No te cuesta hacer ninguna de las tareas que nos mandan en cualquiera de las asignaturas. Matemáticas, Inglés, Ciencias, Economía doméstica… Las haces todas sin inmutarte. Siempre que estés en clase, claro.
No parecía que le faltara cerebro, sino tiempo.
—Joder —murmuró frotándose la mandíbula—. Menuda acosadora, ¿no?
—Menudo cabrón, ¿no? —contesté antes de añadir—: Y se le llama ser perspicaz. Así que no, no quiero copiarte los deberes, si quisiera copiármelos ya tengo al sabelotodo de mi hermano, pero sí que sé lo que quiero.
—¿Y qué quieres?
—Quiero saber por qué estás tan empecinado en decir que no te gusto cuando los dos sabemos que sí. Quiero que me expliques por qué soy la única chica de nuestro curso con la que haces todo lo posible por no coquetear. Y, ya puestos, quiero que admitas la verdadera razón por la que pasas de mí desde septiembre.
—Madre de Dios. —Mientras se restregaba una mano por el rostro amoratado, Joey encadenó una ristra de tacos—. No me puedo creer que empieces otra vez con lo mismo.
Me encogí de hombros.
—O me dices por qué no te gusto o admites que te gusto.
—Es que ya no me gustas, ¿vale?
—Ese «ya no» sugiere que te he gustado en algún momento.
—Déjalo, ¿vale? —Levantó las manos y dio varios pasos hacia atrás, alejándose de mí—. Creía que me gustabas, pero cambié de opinión. No me interesas. En absoluto. Y, por lo que tengo entendido, eso no es ningún delito. Así que supéralo y deja de mirarme. Joder, pareces mi pequeña acosadora particular.
—Y tú pareces mi pequeño cabrón particular. —Reclamé el espacio que él había creado entre nosotros—. Venga, vamos a ver. Y esta vez dime la verdad. ¿Por qué pegaste a Paul si no te gusto? —Levanté una ceja—. Me dijo que lo amenazaste con cortarle los dedos y metérselos por el culo si lo volvías a pillar hablando de toquetearme bajo las bragas. —Había logrado sacarle esa confesión a Paul mientras se arrastraba y suplicaba que lo perdonara—. Dime, Joe. —Exhalé un débil suspiro y agregué—: ¿Por qué hiciste eso si no te intereso en absoluto? ¿Por qué ibas a molestarte en luchar mis batallas y defender mi honor si no te importo?
—Lo hice por tu padre —respondió con la mandíbula en tensión—. Porque se ha portado bien conmigo.
—Y porque te dijo que te mantuvieras alejado de mí, ¿verdad?
Negó con la cabeza, pero permaneció en silencio.
—Estoy en lo cierto, ¿no? —insistí sin intención de dejarlo pasar—. Por eso no me miras en el instituto. Por eso te empeñas en fingir que no existo. Pues no te lo voy a poner tan fácil.
La furia bailaba en sus ojos mientras se acercaba a mí con paso airado.
—Escúchame bien —dijo en un tono frío como la muerte mientras caminaba hacia mí haciéndome retroceder hasta que mi espalda quedó de nuevo pegada a la tapia del jardín—. Cuando le casqué al capullo de tu novio, estaba defendiendo el honor de tu padre, no el tuyo. —Entrecerró los ojos y se inclinó tanto hacia mí que rozó mi nariz con la suya. Ese movimiento generó en mí una sacudida eléctrica que me recorrió el cuerpo, principalmente las partes situadas al sur del ombligo—. Pensaba en tu padre, que es un buen tipo y no merece enterarse de que su hija es tan…
—Acaba la frase —le advertí henchida de furia mientras alzaba la mano y le agarraba la parte delantera de su sudadera con capucha—. Atrévete.
—Fácil —me espetó mirándome con desprecio—. ¿Quieres saber por qué no me gustas, Molloy? —Entornó los ojos y luego añadió—: Porque eres la hostia de fácil. Podría haberte tenido con solo hacer así —chasqueó los dedos para enfatizar sus palabras— desde el primer día. ¿Sabes lo aburrido que es eso? ¿Sabes lo increíblemente poco interesante que te hace parecer?
Tras darle un violento empujón, mi mano se alzó por iniciativa propia y le propinó una fuerte bofetada en un lado de la cara.
—Que te jodan, Joey.
El golpe le giró la cabeza hacia el lateral opuesto y, por un momento, contuve la respiración, sin atreverme a mover ni un pelo mientras esperaba que tomara represalias.
No lo hizo.
No llegó a tocarme.
Sin embargo, asintió bruscamente, más para sí mismo que para mí, y susurró:
—Ya lo has pillado. —Retrocedió poco a poco, me clavó la mirada y me dijo—: Es precisamente por eso, Molloy.
—¡Precisamente por eso ¿qué?! —le grité—. ¿Por lo que no te gusto?
—No —negó por encima del hombro mientras se alejaba de mí—. Por lo que no deberías querer gustarme.
Y luego desapareció.
SEGUNDO
10 DE ENERO DE 2001
Tío, ella no es problema tuyo
Joey
A las nueve y media de la noche de un miércoles de mediados de enero, se me ocurrían sitios mejores en los que estar que ahí en camiseta y pantalones cortos, con los huevos congelados, luchando contra los quince jugadores de un equipo rival que no llegaba ni a mediocre por el control de una pelota de cuero.
La intensa luz de los focos que rodeaban el campo de la asociación de hurling y fútbol gaélico iluminaba la lluvia que caía con fuerza sobre nosotros mientras jugábamos los últimos minutos del partido, que nos habíamos llevado de calle hacía ya un buen rato.
Había perdido la cuenta del marcador en la primera parte, cuando íbamos dieciséis puntos por delante. A esas alturas, me resultaba incómodo seguir dándolo todo con una ventaja tan aplastante. Aun así, seguí dándole toques a la bola con mis compañeros, consciente de que suspender el partido constituiría un insulto aún mayor para los chicos del equipo contrario. Al fin y al cabo, todavía conservaban su orgullo.
—¡Lynchy, aquí, aquí! —gritó Paul Rice dejándose a sí mismo en evidencia por pedir la bola a gritos como si estuviéramos jugando la final del All-Ireland—. ¡Estoy solo, tío!
«Menudo idiota».
Haciendo un gesto de negación con la cabeza, reprimí las ganas de mandarlo a la mierda y le pasé la sliotar, demasiado dispuesto a ceder el control en esta ocasión.
Ganar un partido de la competición me hacía sentir orgulloso. Aniquilar y humillar a un equipo inferior no me producía ningún placer.
Tras atrapar la pelota en el aire, el capullo de mi compañero de equipo salió disparado por el terreno de juego, superando en potencia y habilidad al oponente, y hundió la bola hasta el fondo de la red, celebrándolo como si no hubiera un mañana.
«Puaj».
Contuve un gruñido y bajé la cabeza, sintiendo muchísima vergüenza ajena por ese memo que llevaba la camiseta del mismo color que la mía.
—¿A ese qué le pasa, seis? —me preguntó el chaval que me marcaba dirigiéndose a mí por el número de mi camiseta, al parecer tan poco impresionado por Ricey como yo—. Está claro que hemos perdido. No hace falta restregárnoslo.
No podía responderle con sinceridad sin revelar el conflicto que se había producido entre mi compañero y yo, así que murmuré algo ininteligible en voz baja y me encogí de hombros, decidido a no entrar al trapo por el bien del equipo.
El pitido final no tardó en sonar, y yo hice un esprint hasta la banda para no participar en las celebraciones de chupapollas que estaban teniendo lugar en el campo.
Me quité el casco, lo tiré al césped junto con mi hurley y me hice con una botella de agua. Por suerte, había otros compañeros que pensaban como yo y, tras unos apretones de manos, se dirigieron al vestuario para cambiarse.
—Qué deportividad, seis —exclamó el entrenador del otro equipo, acercándose a darme una palmada en el hombro—. Has jugado al hurling como un campeón, chaval.
—Gracias. —Reprimiendo el impulso de arrancarle la mano de mi hombro, hice un esfuerzo por asentir y le di varios tragos al agua antes de agregar—: Se lo agradezco.
—Eres hijo de Teddy Lynch, ¿no?
En ese momento sí que sacudí el hombro y me quité su mano de encima.
—Así es.
—Tu padre era todo clase en aquellos tiempos —declaró el hombre exhalando un melancólico suspiro—. Una verdadera leyenda. Yo mismo jugué contra él unas cuantas veces. Cork perdió a uno de sus mejores hurlers cuando se lesionó la rodilla.
—Sí —murmuré entre dientes pese a saber bien que el alcoholismo de mi padre, además de su incapacidad para mantener la polla dentro de los pantalones, tuvo mucho más que ver con su desaparición del hurling que ninguna lesión en la rodilla.
—Se nota que te ha educado él —continuó diciendo el hombre—. Eres un jovencito afortunado por tener un padre así.
—Ya. —Me di la vuelta, dándole la espalda con la intención de hacerle saber que para mí la conversación había terminado.
«Soy afortunado de cojones».
Por suerte, pareció que lo pillaba y se largó con su propio equipo, dejándome a solas con mi resentimiento.
No tenía sentido salir del campo con el resto de mi equipo hasta que la leyenda en persona viniera a saldar cuentas conmigo, así que esperé en la banda, sabiendo que acabaría asomando su repugnante cabeza.
Si el partido de esa noche se hubiera celebrado un jueves o un viernes, no habría tenido que aguantar su presencia. Cobraba la ayuda de la Seguridad Social todos los jueves y esos días estaba demasiado ocupado emborrachándose en el bar del barrio como para molestarme.
De un modo enfermizo, lo prefería.
Tenerlo allí, sobrio y sin blanca, concentrado únicamente en la precisión de mi juego hasta que pudiera conseguir una nueva dosis de alcohol, solo hacía que empeorar muchísimo las cosas.
—¡Joey!
El sonido familiar de su voz me taladró los oídos y me hizo estremecer, provocando que todos los músculos de mi cuerpo se tensaran firmemente anticipando el pánico. De mala gana, me di la vuelta hacia la multitud que se agolpaba en el verde monte situado junto al campo y me encaminé hacia mi padre, que a su vez venía directo hacia mí. Era difícil no prestarle atención, admití a regañadientes, ya que todo el mundo sabía quién era y se paraba para estrecharle la mano y saludarle.
—¿Qué ha pasado? —exigió abriendo la verja y accediendo al campo en dirección hacia donde yo me encontraba.
—¿Cómo que qué ha pasado? —pregunté con rotundidad.
—Esa bola era tuya —gruñó mi padre acercándose a mí—. El gol lo tenías que haber marcado tú, pero se lo dejaste a ese delantero idiota.
—He metido tres goles, papá —le recordé con un tono áspero y repleto de amargura—. Y he anotado doce puntos. —Encogiéndome de hombros, añadí—: Ha sido suficiente.
—¿Suficiente? —Me miró como si yo estuviera loco—. ¿¿¿Suficiente???
—Sí, suficiente —le solté—. Por el amor de Dios, has visto el partido. Tadhg y su equipo de menores de seis años nos lo habrían puesto más difícil.
—Mira, chaval —masculló mi padre colocándome su robusta mano sobre el hombro—. Tienes que dejar la conciencia al margen. Cuando estés en el campo, sigue siempre adelante. ¿Me oyes? —Me clavó los dedos en la carne mientras hablaba—. Mueve esas piernas hasta que no puedas más. No pares hasta que tu cuerpo diga basta. Hasta que vomites y sangres y tus piernas ya no puedan sostenerte. —Entrecerró los ojos y dijo—: Y por encima de todo no muestres compasión.
Apreté la mandíbula.
—El partido había terminado.
—El partido no se acaba hasta que suena el pitido final —replicó—. Si quieres hacerte un nombre en este deporte, ten en cuenta lo que te he dicho, chaval. Sé de lo que hablo.
—Yo no soy como tú.
—Y nunca lo serás si no empiezas a ser más despiadado en el campo.
—Entonces supongo que nunca lo seré.
—¿Dónde está ese instinto asesino, chaval?
«Lo guardo para cuando necesite usarlo contra ti».
Luego me soltó el hombro y me dio un rápido repaso con la mirada antes de negar con la cabeza en una evidente muestra de decepción.
—No eres lo suficientemente grande.
—Soy el más alto del puto equipo —repuse odiándome a mí mismo por hacer caso a sus tonterías—. ¿Qué quieres de mí?
—Joder, estás demasiado flaco —continuó diciendo—. Yo era el doble de fuerte que tú cuando tenía tu edad. Tienes que empezar a ganar peso, chaval. Tu hermana tiene más músculos que tú.
«Adorable».
—Tu hermano igual pesaba unos seis o siete kilos más que tú cuando jugaba en la sub-16.
«Hombre, por supuesto».
—Darren estaba bastante condicionado en aquella época.
Conteniendo la furia, enderecé los hombros y esperé en silencio a que continuaran los insultos.
—Pero, a diferencia de ti, a Darren no parecía que el viento lo fuera a derribar.
«Evidentemente».
—Puede que tengas la altura y la velocidad necesarias, chaval, pero eres demasiado menudo, joder.
Desconectando de su voz, me concentré en lo que ocurría justo por encima de su hombro, en la ladera que quedaba a su espalda. Desde donde me encontraba, tenía una vista perfecta de Aoife Molloy, que conversaba acaloradamente con Paul Rice.
No parecía contenta.
De hecho, parecía bastante abatida.
Ricey, del todo ajeno al mal humor de su novia o quizá tan solo indiferente a él, saludó con la mano mientras hablaba, volviéndose para señalar a un coche atestado de compañeros de nuestro equipo. Moviendo la cabeza hacia los lados por algo que ella había dicho, se acercó para besarla, pero no encontró más que una mano sobre su pecho y una Molloy de aspecto furioso que le advertía que se fuera. Levantó las manos en señal de frustración y le ofreció algún tipo de respuesta antes de correr hacia el coche y subirse al asiento de atrás, dejándola sola con los brazos cruzados sobre el pecho.
La observé mientras el coche se alejaba y, frustrado, negué con la cabeza. No entendía por qué seguía con aquel capullo egoísta seis meses después. No se portaba ni remotamente bien con ella, y seguro que tampoco le era fiel. Sabía de buena tinta que, en al menos dos ocasiones durante el verano, le había puesto los cuernos a sus espaldas. De hecho, Podge había visto con sus propios ojos cómo le comía la boca a una de las chicas jóvenes del colegio de monjas de secundaria.
Si Molloy no lo sabía, era estúpida. Y si lo sabía y aun así seguía con él, era patética.
—¡¿Me estás escuchando, chaval?! —vociferó mi padre desviando mi atención de la rubia y centrándola de nuevo en él.
—Sí, te estoy escuchando —dije con rabia pese a no tener ni idea de lo que acababa de decir mientras le miraba de mala gana.
Odiaba mirarlo. Detestaba sus ojos. Eran fríos, mortecinos, inexpresivos… Solo cobraban vida cuando le infligía daño a alguien.
—Coge tus cosas —me ordenó—. Ya te ducharás en casa. Podemos acabar de hablar en el coche.
«¿Para quedarte a solas conmigo?».
«Claro, de puta madre».
Subirse al coche con mi padre cuando estaba de un humor como ese sería el equivalente a seguir a un desconocido a la parte de atrás de su furgoneta porque ha prometido darte caramelos. Sabía exactamente cómo acababa él las conversaciones y siempre era yo quien salía peor parado. Ni de puta coña iba a subirme a su coche como un cordero ofreciéndose en sacrificio sin nadie alrededor que pudiera detenerle.
—No puedo —me oí mentir mientras daba la vuelta a su alrededor y me dirigía hacia la verja—. Tengo que pasar por el trabajo antes de ir a casa.
—¿Por qué? —preguntó con impaciencia—. ¿Tienes que cobrar algún sueldo o algo así? Porque puedo llevarte en coche.
«Te encantaría, ¿verdad?».
—No, es que me he dejado la mochila en el taller.
—Entonces puedes mover el culo e ir andando —gruñó—. No soy tu criado, chaval.
Ignorándolo, seguí mi camino en dirección al vestuario; necesitaba poner tierra de por medio entre sus puños y mi cuerpo.
—¡Eh, gilipollas! —gritó Molloy cuando pasé junto a ella, dejándome claro que aún no me había perdonado del todo que la llamara «fácil» en primero.
Le había soltado aquella palabra a modo de retén, como una distracción para que saliera corriendo en la dirección opuesta a la mía.
Pero no funcionó.
En lugar de evitarme, como necesitaba que hiciera, como habría hecho cualquier chica normal, me hizo pasar un infierno. Mediante frases ingeniosas y comentarios de sabelotodo, Molloy no dejó de poner en práctica su versión de lo que era hacerme la vida imposible, totalmente decidida a vengarse de mí por haberla ofendido.
—Molloy —dije saludándola con una ligera inclinación de cabeza.
—Buen partido.
—Buenas piernas.
—¿Por qué no te comportas como un caballero y acompañas a estas buenas piernas a casa?
—¿Y eso? —Con la mano en la puerta del vestuario, me volví para mirarla—. ¿No va a volver a por ti?
Con la cara roja, negó con la cabeza.
Me puse furioso.
—¿Se ha ido y te ha dejado aquí?
Ella hizo un gesto afirmativo.
—Qué gilipollas.
Avergonzada, volvió a asentir.
—¿Dónde está tu padre?
—Ha salido con mi madre y estarán fuera hasta tarde. —Me hizo señas con el teléfono—. Está apagado.
—Joder —solté un gruñido de frustración—. ¿Qué coño haces con un memo así, Molloy?
—¿Me acompañas a casa o no?
«No».
«Ni de coña».
«Tío, no es problema tuyo».
«Lárgate y punto».
—Dame diez minutos para que me duche y me cambie —me oí murmurar al tiempo que me daba una patada mental en los huevos.
Sus ojos brillaron de alivio.
—Gracias, Joey.
—Mmm —fue todo lo que respondí antes de entrar al vestuario e irme directo a las duchas.
«Gracias por nada».
10 DE ENERO DE 2001
Acompañante por compromiso
Aoife
Sentada en el terraplén del pabellón de la asociación de hurling y fútbol gaélico, mientras esperaba a que mi poco dispuesto acompañante saliera del vestuario, le escribía frenéticamente un mensaje de texto al gilipollas que se había largado y me había dejado sola de noche.
Aoife: Espero que disfrutes celebrando la victoria con tus amiguitos, porque conmigo no vas a volver a celebrar nada, gilipollas
Paul: No te enfades, nena. Te lo compensaré. xx
Aoife: Compensármelo? Paul, me has DEJADO SOLA para irte a la bolera con tus compañeros! Ni siquiera me has ofrecido llevarme a casa!
Paul: No es culpa mía que no hubiera sitio en el coche. Venga, Aoife.
No le des tanta importancia. Ni que vivieras en el campo. Conoces la ciudad mejor que yo. Vas a estar genial. Te veo mañana en el insti, ok? Y te invito a comer. xx
—¡Ufff!
Furiosa, apagué el teléfono para no tener que seguir hablando con él ni un segundo más. No quería ni que me invitara a comer ni que hiciera nada por mí. Lo que me hubiera gustado es que me hubiera acompañado a casa.
No creía que fuera mucho pedir, teniendo en cuenta que la única razón por la que había cruzado la ciudad era porque él me había estado atormentando para que fuera a verle jugar.
Había unos cuarenta minutos andando desde las instalaciones de la asociación hasta mi calle, que se encontraba al otro lado de la ciudad, y, aunque mis padres eran bastante tranquilos, si mi padre se enteraba de que había vuelto a casa sola, estaría castigada un mes. «Como mínimo».
No estaba dispuesta a perder mi libertad por un niñato gilipollas.
Cuando Joey por fin salió de la parte posterior del edificio, su hostilidad era evidente. Con una bolsa de deporte colgada al hombro, el casco y el hurley en una mano y sujetando un cigarrillo entre los labios, inclinó la cabeza hacia donde yo estaba sentada e indicó:
—Vámonos.
Resistiendo el impulso de meterme con él o provocarlo como habría hecho normalmente, bajé de un salto del lugar donde me había encaramado y me puse a caminar junto a él por el sendero, consciente de que hacer que me acompañara a casa era la forma más segura de evitar los malos humos de mi padre.
Mi padre quería a Joey.
Es más, confiaba en él.
A ojos de mi padre, que Joey me acompañara a casa supondría una mejora respecto a Paul.
Con cara de no estar para nada convencido de la situación en la que le había puesto, mi compañero de clase avanzaba a mi lado por el sendero con pasos pesados, rabiando en silencio mientras se fumaba el cigarrillo.
—¿No eres demasiado joven para estar enganchado al tabaco?
—¿No eres demasiado entrometida por preguntar cosas que no te incumben?
—¿En serio? —Me reí sin ganas—. ¿Tan cabreado estás por haberte pedido que me acompañes a casa?
—No, Molloy —me dijo—. Lo que me cabrea es que ese capullo te haya puesto en la situación de tener que pedírmelo.
Su respuesta fue aguda, cortante y precisa.
—Oye, ya estoy bastante avergonzada —me oí admitir—. No hace falta que hurgues en la herida, Joe.
—Es que debes estar avergonzada —me soltó tirando la colilla—. Por darle a un gilipollas como Paul Rice la oportunidad de tratarte como una opción más.
—Lo que tú digas —farfullé—. No voy a pelearme contigo por esto.
—Porque sabes que tengo razón.
—Pero ¿a ti qué te importa? —le pregunté.
—Nada —escupió con un tono cargado de veneno—. A mí no me importa nada, Molloy.
Sí que le importaba.
Le importaba más que cualquier otra cosa, como me ocurría a mí, pero era demasiado cabezota para admitirlo.
—Bueno, entonces deja de hablar de eso —solté cruzando los brazos sobre el pecho con gesto protector—. Joder.
Joey estuvo callado durante más o menos medio minuto, pero luego suspiró con frustración y afirmó:
—Lo único que digo es que si un gilipollas tratara a mi hermana como le he visto a él tratarte a ti esta noche, te aseguro que no iba a tener otra oportunidad de volver a hacerle esa jugarreta.
—Vaya —exclamé con frialdad—. Joe, si sigues así voy a empezar a pensar que tienes sentimientos.
—Los tengo —respondió al instante—. Por la gente que de verdad me importa.
—Como tu hermana.
—Como mi hermana —confirmó sin una pizca de vergüenza, pese a que era algo que la mayoría de los chicos de nuestra edad no estarían dispuestos a admitir—. Aunque Shan no es tan boba como para colgarse de un capullo como Rice.
Le miré con los ojos entrecerrados.
—Como si tú fueras un santo en lo referente a las chicas…
Joey se encogió de hombros con aire despreocupado.
—Nunca he dejado sola a mi novia en un barrio de mala muerte para irme por ahí con mis colegas.
—Porque te niegas a tener novia.
—Algo de lo que Ricey se aprovecha —dijo antes de resoplar—. ¡Teniendo en cuenta que me paso la mayor parte del tiempo cuidando de la suya!
—Anda ya. —Puse los ojos en blanco—. Me has acompañado a casa un par de veces. No es para tanto.
—¿Un par? Deberías volver a contarlas. —Me echó una mirada severa—. ¿Cuántas veces me ha hecho tu viejo acompañarte a casa desde el taller?
«Por lo menos media docena».
—¿Cuántas veces te ha tratado ese capullo como si fueras un segundo plato?
Me sonrojé.
—Ay, cállate ya.
—Solo digo que pienses en cómo te ha tratado esta noche. Sobre todo cuando se presente mañana en el instituto con una disculpa de mierda y una ostentosa pulsera nueva o lo que sea que use para retenerte.
—No soy una urraca, Joey —le solté ya muy molesta—. No se me puede comprar con joyas nuevas y brillantes.
—No, solo eres una muñeca —fue su hiriente respuesta—. Un puto maniquí al que Ricey cubre de joyas y mantiene a su lado, siempre con buen aspecto y sin decir nada.
Dejé de caminar.
Dejé de respirar.
Sus palabras me habían herido en lo más profundo.
—Muévete, Molloy —refunfuñó unos metros más adelante, girándose para mirarme—. No te voy a estar esperando toda la noche. Tengo mierdas que hacer después de esto, ¿vale?
—Gilipollas.
—¿Yo?
—¡Sí, tú!
—¿Por qué soy yo el gilipollas?
—Porque has herido mis sentimientos.
—No es verdad.
—¡Claro que sí, Joey!
—Vale —admitió mofándose—. Soy gilipollas. Pero vámonos ya.
Hice un gesto de negación con la cabeza.
—Molloy.
—¡No soy ningún maniquí!
—De acuerdo. —Joey movió la cabeza a un lado y a otro—. Lo retiro. No eres un maniquí.
—Eso ha sido muy cruel.
Se me quedó mirando durante un buen rato y luego lanzó un suspiro.
—Sí, lo sé.
—Discúlpate.
—¿Por qué?
—Por llamarme «maniquí».
—Pero si acabo de decir que no eres un maniquí…
—Eso no es una disculpa.
—Sí que lo es.
Lo miré boquiabierta.
—No, no lo es, Joey.
—¿Por qué no es una disculpa?
—Porque no incluía las palabras «lo siento», gilipollas.
Con expresión confusa (y de evidente hartazgo) mi compañero de clase lanzó un iracundo gruñido.
—Vamos a seguir caminando, ¿vale? Muévete, Molloy. Te lo pido por favor.
Cedí, puesto que me lo había pedido «por favor», y avancé por el espacio que nos separaba para ponerme a su lado una vez más.
—¿No te has disculpado nunca con nadie? —le pregunté.
—Acabo de hacerlo.
—Madre mía. —Estudié su perfil—. No es verdad.
Con el ceño profundamente fruncido, Joey se concentró en el camino que teníamos delante, pero no respondió. El resto del trayecto lo hicimos en silencio y, hasta que no doblamos la esquina de mi calle, no se atrevió a murmurar «Lo siento».
—Vaya. —El corazón me dio un vuelco en el pecho—. ¿Es la primera vez que se lo dices a alguien?
Se encogió de hombros, visiblemente incómodo.
—Es probable.
—Pues gracias —respondí dándole un golpecito con el hombro al llegar a mi verja—. Te perdono.
—Mmm —gruñó a modo de respuesta—. Qué ilusión.
Esbocé una sonrisa vacilante y le propuse:
—¿Quieres entrar?
—No es buena idea —dijo acompañándome obedientemente hasta la puerta. Puede que el chico tuviera mal genio, pero aprendía rápido y no me había dejado en la verja desde la noche en que me mosqueé.
—¿Por qué? —quise saber mientras abría la puerta principal y entraba en el pasillo para encender la luz.
—Ya sabes por qué.
—No, no lo sé.
—Porque tienes novio.
—¿Y? —argumenté—. Te he preguntado si quieres entrar, no si quieres casarte conmigo. ¿Qué pasa? ¿Que por tener novio no puedo ser amiga de ningún chico?
—Molloy, no soy tu amigo.
Solté un gruñido de frustración, le cogí la mano y lo arrastré al interior de la casa.
—Pues yo sí soy amiga tuya, gilipollas. —Cerré la puerta a su espalda y le di un tirón de la capucha—. ¿Lo ves? No era tan difícil, ¿a que no?
—No.
—Además, has estado en mi casa cientos de veces con mi padre.
Tensó la mandíbula.
—Eso es diferente.
—¿Porque él es tu amigo? —me burlé—. Cállate y dame de comer.
—¿Que te dé de comer?
—No sé cocinar, ya lo sabes. —Lo llevé de la mano hasta la cocina, lo acompañé a la nevera y le sonreí ampliamente—. Pero tú sí.
Joey se me quedó mirando con la boca abierta.
—¿Crees que voy a cocinar para ti?
—No, para los dos —lo corregí con la más dulce de las sonrisas.
—No hagas eso —me advirtió.
—¿El qué?
—Sonreírme como si nunca hubieras roto un plato —dijo señalándome con el dedo—. Conmigo no va a funcionar, Molloy. Soy inmune.
Pues claro que iba a funcionar.
—Me encanta el bistec.
—¿Bistec?
Asentí.
—Ajá.
—¿Hay bistec?
—Hay dos bistecs.
Me miró durante un buen rato, sin duda barajando sus opciones antes de soltar una exhalación de contrariedad.
—Pásame la sartén.
—¡Bieeen! —Aplaudí de alegría e hice un pequeño baile de movimientos contoneantes antes de pegar un bote hasta el armario en el que mamá guardaba las ollas y las sartenes—. Me gusta la carne bien hecha.
—Te vas a comer la carne como yo te la dé —refunfuñó Joey mientras buscaba en la nevera lo que necesitaba—. Esto no quiere decir nada, Molloy —agregó—. No has ganado este asalto.
Eché la cabeza hacia atrás y me partí de risa.
—Yo siempre gano, Joe.
18 DE ENERO DE 2001
Esto no es una cita
Joey
No sé cómo ocurrió, pero acabé sentado en el sofá de mi jefe frente a un fuego crepitante, con el estómago lleno y un plato vacío en el regazo, y el hombro de su hija pegado al mío, en lo que, de no ser por aquello, hubiera sido un día de mierda.
No solo había cocinado para ella, sino que además me había convencido para que trajera unos cubos de carbón y encendiera el fuego.
La persuasión era sin duda una habilidad que Aoife Molloy había cultivado hasta perfeccionar.
Aunque era consciente de que no debería estar ahí, no quería comer y salir corriendo como un capullo, así que decidí que media hora era un tiempo razonable para quedarme.
—Bueno. —Transcurridos los treinta minutos, dejé el plato en el brazo del sofá y me di una palmada en los muslos—. Me voy a casa.
—No, no te vas —rezongó ella ensartando su brazo en el mío.
—Molloy.
—No. —Se acercó más, me apoyó la mejilla en el hombro y volvió a centrarse en la película que daban por televisión—. Cállate, anda.
—No puedo estar aquí cuando lleguen tus padres —razoné intentando zafarme, sin conseguirlo, del brazo que me agarraba con una fuerza inusitada.
—¿Por qué no?
—Porque a tu padre se le iría la puta olla.
—Qué va —dijo con sorna—. Somos amigos, Joe. Puedo invitar a mis amigos a casa cuando quiera.
—No somos amigos, Molloy. Y deja de acurrucarte contra mí.
—Los amigos se acurrucan entre ellos.
—Los amigos no se acurrucan.
—Yo me acurruco con Casey continuamente.
—Bueno, pues te aseguro que yo nunca me he acurrucado con Podge.
—Entonces puedes practicar conmigo. —Se acercó aún más, se hizo un ovillo y con la cabeza se abrió camino por debajo de mi brazo—. ¿Lo ves? Ya eres todo un profesional.
—Vale, ¿esto te parece normal? —insistí absorto con cómo mi brazo de alguna manera había acabado sobre sus hombros—. Te mueves como una anguila, ¿eh?
—Tranquilo, Joe —dijo persuasivamente mientras me apoyaba la cabeza sobre el pecho y me cubría el estómago con el brazo—. Tú mira la película.
—Yo no veo películas.
—Claro que sí.
—Te digo que no.
—Pues ahora sí que las ves.
—Vale. —Exhaló un suspiro de resignación—. ¿Cómo se llama la película?
—Es una película espeluznante de miedo que se llama Km. 666: Desvío al infierno sobre un grupo de veinteañeros que se equivocan de camino y acaban siendo perseguidos por unos caníbales que ponen los pelos de punta. Es muy sangrienta y muy gore, con pocas escenas de amor, pero bastante buena.
—Más o menos como esta noche, que me equivoqué de camino y he acabado en una pesadilla —comenté con sarcasmo—. Tal vez no sea tan espeluznante como esa película, pero cuando mi jefe llegue a casa y me vea acurrucado con su hija, seguro que se produce un baño de sangre.
—Mira, Joey Lynch. —Se irguió, me agarró la barbilla y me giró la cara para que la mirara directamente—. Yo te vi primero. Eres amigo mío, no suyo. Así que deja de preocuparte por mi padre y empieza a hacerme caso a mí.
—Técnicamente, fue tu padre el que me vio primero…
—Eres mío, ¿vale?
—No soy tuyo, pero da igual. —Con un resoplido, probé a cruzarme de brazos, pero Molloy se limitó a aclararse la garganta en tono expectante—. Accedo a estar aquí, a quedarme a ver la puta película, pero no nos vamos a acurrucar.
—Deja que me acurruque.
—No.
—Hazlo.
—No voy a hacerlo, Molloy.
—Joey, deja que me acurruque.
—Te he dicho que no.
—O me dejas que me acurruque o me pongo a gritar.
—Por el amor de Dios, ¡vale! —espeté levantando el brazo para que se acurrucara contra mí—. Ya está. Nos estamos acurrucando. ¿Estás contenta?
—Lo estaré enseguida —aseguró entre carcajadas al tiempo que se acercaba para poner sus largas piernas sobre mi regazo—. Cuando hagas una cosa más por mí.
—¡Virgen santa!, ¿el qué?
—Di que somos amigos.
—Molloy.
—Dilo, Joe.
—¿Por qué?
—Porque es importante.
—¿Para quién?
—Para mí.
«Por Dios».
Revolviéndome de incomodidad, dejé caer los hombros y murmuré:
—Somos amigos.
—¿Cómo dices?
—Somos amigos.
Se rio.
—Esperaba que dijeras algo así como «Aoife, eres la mejor, más querida, sexy y encantadora amiga del mundo».
—No tientes a la suerte.
—Pero soy tu preferida, ¿verdad? —Con un tono burlón en la voz, dijo—: ¿Tu amiga preferida?
—¡Sí, vale! Como quieras. Dios… —gruñí poniendo los ojos en blanco—. Eres mi amiga preferida y tus piernas también son mis preferidas.
—Bueno, ¿ves?, no ha sido tan difícil. —Se rio mientras alzaba la mano para acariciarme la mejilla—. Y, para que lo sepas, Joe… —Se inclinó hacia mí y me plantó un beso en la cara—. Tú eres mi amigo preferido y todo lo que hay en ti también son mis cosas preferidas.
«Ufff, mierda».
11 DE MARZO DE 2001
Tranquilo, tío, no es para tanto
Joey
¿Eso que dicen de que la pereza es la madre de todos los vicios? Sí, creo que podría ser cierto.
El domingo era el único día de la semana en que no tenía que ir a trabajar, al instituto o a entrenar. Excepto algún partido ocasional, era libre de hacer lo que quisiera. El problema era que no se me daba bien no hacer nada. Cuando menos control tenía era precisamente cuando no sabía qué hacer.
Mano sobre mano y sin nada en lo que ocupar mi frenética mente, salí a buscar problemas y los encontré a base de compartir unas cuantas rayas de coca con Shane y los muchachos.
El subidón temporal fue fantástico.
Me sentía en la cima del mundo.
Sentía que podía correr una maratón y ganarla.
Sentía que no había nada que no pudiera hacer.
El único fleco suelto de ese domingo tan perfectamente planificado fue que se me olvidó que tenía que jugar un partido. Varias horas más tarde, tras un bajón de los duros, me sentía como una mierda.
Durante todo el partido, mi corazón no había dejado de acelerarse violentamente; retumbaba tan alto y tan fuerte contra el esternón que el sonido me llegaba hasta los oídos. Distraído e inquieto, la fui cagando por todo el campo, ya fuera por darle toques a la sliotar durante demasiado tiempo o por no estar en la posición de defensa que correspondía, y solo había conseguido anotar dos míseros puntos en los sesenta minutos de juego.
En las gradas había un seleccionador de las ligas menores del condado de Cork, y yo la había pifiado.
El hecho de saber que mi padre también se encontraba en algún punto de las gradas, observando mi pésima actuación y pensando cuál iba a ser mi castigo por decepcionarle, me hizo sentir un millón de veces peor.
Completamente abatido y estresado de cojones, me arranqué el casco en cuanto el árbitro pitó el final del partido y me fui como un loco hacia el vestuario, haciendo caso omiso de algunas palmadas que recibí en el hombro por parte de mis compañeros.
Dejé el hurley y el casco encima de la bolsa de deporte, me llevé una mano a la nuca y me quité la camiseta de un tirón, ajeno al parloteo que había a mi alrededor. Ardiendo de calor tras haberme pasado la última hora corriendo por el campo, lancé un hondo suspiro y agarré bruscamente la botella de agua.
—Buen trabajo, chicos —afirmó Eddie, el entrenador de nuestro club, mientras daba una palmada al entrar en el vestuario unos minutos después—. Ha sido una victoria significativa. Los chavales del St. Pat’s son un equipo duro. Nunca caen sin luchar, así que podéis estar orgullosos de vosotros mismos por haberos ganado la victoria a pulso.
Desenrosqué el tapón de la botella y me eché el contenido por la cara y el cuello, sintiendo un alivio inmediato cuando el agua comenzó a enfriar mi acalorada piel.
—Buen partido —dijo una voz que me sonaba familiar e hizo que girara la cabeza lo suficiente para ver nada más y nada menos que a Paul Rice, el novio de Molloy. Estaba sentado en el banco que había junto a mí, recién duchado y con una toalla colgada alrededor de la cintura—. Creía que ibas a marcar ese gol en la segunda parte.
—Ya —asentí volviendo a meter la botella en la bolsa y cogiendo una toalla—. Yo también.
Sin duda, la bola que había estado tan cerca de entrar se volvería en mi contra en cuanto llegara a casa.
—Pero has jugado un buen partido —opinó Ricey mientras se vestía—. El último tiro fue bueno. Llegué a pensar que iban a irse de rositas…
—He jugado mal —repuse cortándole—. No intentes maquillarlo.
—¿Tú qué problema tienes? —exigió pasándose una mano por el pelo oscuro—. Hemos ganado, ¿no?
—Mi problema eres tú —solté como un resorte erizado por la tensión—. Pensé que había quedado claro el año pasado.
—¿De qué coño hablas?
—No me gustas, gilipollas. No me gusta cómo hablas, no me gusta cómo actúas, y te aseguro que no me gusta una mierda cómo tratas a tu novia. Tal vez compartamos equipo y vayamos a la misma clase, pero eso es todo —añadí—. No creas que porque tolero tu presencia tienes vía libre para hablar conmigo de otra cosa que no sea el hurling.
—¿En serio? —Vi cómo su expresión cambiaba al caer en la cuenta—. ¿Todavía no se te ha pasado lo de aquella pelea que tuvimos?
Por supuesto que no se me había pasado.
—Joder, Lynchy. —Movió la cabeza con frustración—. Eso fue hace un año, y Aoife ya lo ha olvidado, ¿por qué no haces lo mismo?
—Peor para ella —contesté sin emoción—. Supongo que no te conoce tan bien como yo.
Su ceño se frunció.
—¿Eso qué se supone que significa?
—Significa que sé que eres un cabrón —respondí antes de tomar la decisión de no ducharme. A la mierda, ya me daría una ducha luego en casa. Metí el equipo en la bolsa, cogí un par de sudaderas y me las puse—. Y no muy discreto, además.
Sus oscuros ojos se abrieron como platos cuando lo comprendió.
—¿Te refieres a Danielle Long? Porque no pasó nada entre nosotros, lo juro…
—Pero porque ella no quiso. —Me puse una camiseta limpia, me calcé las zapatillas y me eché la bolsa de deporte al hombro—. Sí, capullo, vi los mensajes de tono sexual que le enviaste a mediados de febrero. Todos y cada uno de los muchos que le enviaste. —Deslicé mi hurley por los orificios del casco, cogí el mango por el medio y le lancé una mirada incisiva—. Te tengo en el punto de mira, pequeño pervertido.
—¿Qué hacías revisando el teléfono de Danielle?
—Me los enseñó ella —respondí—. Justo mientras me pedía que te diera un mensaje de su parte. —Lo miré con expresión amenazante y le dije—: ¿Necesitas que te lo explique en detalle o ya te haces a la idea?
—Eran mensajes de broma —se defendió con una risa falsa—. Para divertirme con los colegas.
—Claro que sí —convine impertérrito—. Ya te he dicho que el viejo de Molloy es muy buen amigo mío. Si jodes a esa chica, me lo tomaré como un insulto personal.
—Tranquilo, chaval. No es algo tan profundo —resopló Ricey a la defensiva.
—¿Y Aoife lo sabe? —contesté como una bala.
—No he hecho nada malo —refunfuñó—. Solo fueron unos cuantos mensajes. No hablé mal de la chica y, además, Aoife y yo no estábamos juntos por aquel entonces.
—Basándonos en esos mensajes que le enviaste a su amiga, creo que es evidente que Aoife y tú no deberíais estar juntos nunca.
—Ah, claro, eso te iría de perlas, ¿no? —afirmó—. Estarías encantado, ¿verdad, Lynchy?
—¿Sabe ella que has estado tonteando con muuuchas otras chicas a sus espaldas?
Entrecerró los ojos.
—Eso es mentira.
—Tú sí que eres una mentira —escupí señalándole con el dedo—. Te tengo calado, Ricey. Sé perfectamente cómo eres, gilipollas.
—Y yo te tengo calado a ti —masculló poniéndose en pie—. Al menos ten las pelotas de admitir por qué te interesa tanto mi vida amorosa.
Enfurecido, di un paso hacia él, y luego tuve que respirar hondo para no liarme a hostias, para no arremeter contra ese cabrón y estrangularlo… Pero no me resultaba fácil.
—Es la hostia de evidente, tío. —Entornó los ojos—. Estás celoso porque estoy con ella.
—Sigue hablando —le advertí mientras mi pecho subía y bajaba rápidamente a causa de la ira—. ¿A que no te atreves?
—Hey, hey, hey —intervino Eddie tras percatarse de la palpable tensión mientras venía a ponerse entre nosotros, seguido por otros miembros del equipo, Podge incluido—. ¿Qué está pasando aquí, chicos?
—Ese rencor que me guardas no tiene nada que ver con que seas amigo de su padre —dijo Ricey con una sonrisa burlona—. Tu problema conmigo es que me llevé a la chica que te ha gustado desde el día uno. Está conmigo, no contigo, y eso hace que te subas por las putas paredes.
—Ya basta, chicos. Somos todos del mismo equipo.
Cada poro de mi cuerpo emanaba furia mientras apretaba los puños a los lados y me obligaba a no reaccionar.
—Si me gustara tu novia, ella estaría conmigo, gilipollas.
—¿Que estaría contigo? —Rice echó la cabeza hacia atrás y se rio, todo subidito ahora que el entrenador y la mitad del equipo estaban cerca para salvarlo—. Hablas por hablar, Lynchy. Mi Aoife no se pararía ni a mirar a un desgraciado como tú. Es una buena chica, a veces hasta demasiado. Así que no confundas su amabilidad con otra cosa que no sea sentir pena por el patético hijo miserable de un borracho fracasado. Ya es lo suficientemente lamentable que su padre te tire la carne de las sobras como a un perro callejero hambriento…
—¡Eres un puto hombre muerto!
—Déjalo —se apresuró a decir Podge colocándose con astucia delante de mí y apartándome del capullo con ganas de morir—. No vale la pena, Joe.
«No, pero ella sí».
Joder, ¿de dónde ha salido ese pensamiento?
—Venga, chico —intervino Eddie cogiéndome por la nuca con su robusta mano y tratando de encaminarme hacia la puerta—. Tienes que calmarte.
—No hagas eso —gruñí zafándome de su mano con el pecho agitado y la carne de gallina debido al contacto, a la multitud de recuerdos que me venían a la mente después de que me agarraran de esa manera—. ¡No vuelvas a tocarme así, joder! —le advertí temblando mientras me llevaba la mano a la nuca y me la acariciaba—. Nunca más.
—Está bien, Lynch —respondió Eddie con calma levantando las manos y retirándose hacia atrás—. Solo quiero que salgas y te tomes un respiro. Por tu propio bien, eso es todo. Hay un seleccionador fuera que quiere hablar contigo y, si te ve perdiendo los nervios así, te quedarás sin opciones de que te llamen para jugar en las ligas menores.
—Como si me importaran una mierda las ligas menores… —solté mientras retrocedía hacia la puerta. Levanté la mano, todavía sosteniendo mi hurley, y señalé a Ricey—. Cuando nos volvamos a ver, no tendrás una habitación llena de gente para que te proteja.
—Mira cómo tiemblo.
—No hace falta que tiembles, gilipollas. Simplemente encomiéndate a la Virgen porque te voy a enterrar.
Dicho eso, giré sobre mis talones y salí a zancadas del vestuario dando un sonoro portazo tras de mí.
Me volví tres veces hacia el vestuario, dos para ir a matar a Ricey y otra para hablar con el seleccionador, antes de lograr mantener a raya mi genio.
Lancé un gruñido lleno de rabia, le di una patada a la gravilla y me forcé a alejarme. No tenía ni la paciencia ni la capacidad mental necesarias para soportar ningún tipo de conversación sobre mi futuro. Además, el hurling era un deporte amateur y, aunque comprendía el gran honor que suponía que te eligieran para jugar en tu condado, tampoco es que fuera a ayudarme a pagar ninguna factura.
Ahora bien, si hubiera nacido con dinero, podría haber jugado al rugby como esos pijos capullos del Tommen y habría tenido la oportunidad de ganar una considerable cantidad de pasta por poner mi cuerpo en peligro.
—Veo que has sobrevivido al partido sin lisiar a nadie —me dijo una voz familiar sacándome de mis pensamientos—. Y además te las has arreglado para marcar. Eres un superdotado.
Llevé la vista de un lado a otro hasta que mis ojos se posaron en las increíbles putas piernas de Molloy, que colgaban de la pared en la que estaba encaramada.
Entorné los ojos para protegerlos del sol de la tarde y la miré.
Llevaba un enorme jersey blanco y unos vaqueros ajustados, y chupaba un polo de fresa mientras me sonreía.
—Buen tanto de partido, por cierto.
—Buenas piernas.
Con sonrisa traviesa, le dio otro lametón al polo y preguntó:
—¿Tienes algún plan para esta noche?
—¿Por qué?
—¿Qué quieres decir con «por qué»?
—«Por qué» significa «por qué», Molloy.
—¿Quieres ir a dar una vuelta?
—¿Contigo y con él? —Resoplé—. Joder, no, gracias.
—Venga, Joe —dijo en tono juguetón mientras sus verdes ojos bailaban con picardía—. Paul puede ser el aguantavelas.
—Muy graciosa.
Puso los ojos en blanco y soltó una carcajada.
—Ay, no seas tan gruñón.
—¡Joey! —exclamó un coro de jóvenes voces.
Ollie y Tadhg venían hacia mí gritando.
—Estuviste de categoría, tío.
—Sí, fuiste el más mejor —convino Ollie rodeándome la cintura con los brazos—. Buen trabajo, Joe.
—Gracias, chicos.
Le di unas palmaditas a Ollie en su pequeño hombro y solté el hurley para que Tadhg pudiera cogerlo y examinar si tenía grietas o había sufrido daños, como hacía después de cada partido.
—¿Quiénes son estos pequeños clones tuyos? —preguntó Molloy fijando sus curiosos ojos verdes en mis hermanos—. No me digas que tienes una esposa y una familia secretas y me lo has estado ocultando.
Puse los ojos en blanco.
—Son mis hermanos, genio.
—Me llamo Ollie —saltó mi hermano pequeño antes de que pudiera presentarlos—. Y ese es Tadhg —añadió señalando a Tadhg, que trasteaba con mi hurley—. Este es Joe. Es nuestro hermano mayor. —Arqueando la cabeza hacia atrás, preguntó—: ¿Tú quién eres?
—Me llamo Aoife —respondió con una risita—. Y, sí, ya conozco a vuestro hermano mayor. Va a mi clase en el instituto.
—Joe, ¿es amiga tuya? —inquirió Ollie volviendo la vista hacia mí—. Es guapa.
—Claro que soy su amiga, Ollie. Y creo que eres encantador por llamarme «guapa». —Desvió la mirada hacia mí y me guiñó un ojo—. Joey también piensa que soy guapa.
—Guapamente molesta —murmuré por lo bajo.
—Eso es porque es verdad —declaró Ollie con una sonrisa de medio lado—. Buah, es que es muy muy guapa, Joe.
—Echa el freno, semental —refunfuñé mientras buscaba en el bolsillo delantero de mi bolsa el billete de diez que siempre guardaba allí—. Toma —dije apretándoselo contra la mano para tratar de conseguir un minuto de paz—. Sube a la tienda y compra una tableta de chocolate para ti y para Tadhg.
—Buah, gracias, Joe. ¡Hey, Tadhg! —bramó Ollie corriendo en dirección a nuestro otro hermano, que estaba dando toques con una sliotar en la pared algo más arriba—. ¡Joey nos ha dado un billete de diez!
—Genial —le oí decir a Tadhg, que ya se había olvidado del hurley mientras Ollie y él corrían hacia el quiosco del pabellón.
—¡Quiero que me traigáis el cambio! —les grité.
—Son adorables —dijo Molloy captando de nuevo mi atención—. No han venido solos, ¿verdad?
—Se hacen querer, la verdad —murmuré buscando con la mirada entre la multitud que se dispersaba, notando cómo una reconocible sensación de fatalidad inminente se instalaba en lo más profundo de mi estómago—. Y no, han venido con nuestro padre.
—¿Tu padre es el grandullón con el que te veo hablar a veces después de los partidos?
—El mismo.
—¡¿Nena?! —Oí gritar a Ricey, y ambos giramos la cabeza al unísono y nos lo encontramos fuera del vestuario con expresión de hartazgo—. ¿Vienes o qué?
—Sí, dame un segundo —respondió ella dando un salto desde la pared y aterrizando demasiado cerca de mí como para que me sintiera cómodo—. ¿Seguro que no quieres venir?
—Sí, Molloy, estoy seguro.
—Te quiero allí con nosotros.
«Yo también te quiero…».
—No me interesa.
—De acuerdo, Joe. —Suspirando profundamente, me dio unas palmaditas en el hombro—. Te veo mañana en el insti, ¿vale?
—Sí. Nos vemos mañana.
Frunciendo el ceño, la seguí con la mirada mientras se largaba por el mismo camino por el que yo acababa de venir.
«El camino que la llevaba hacia él».
Que casualmente era el mismo camino por el que ahora se aproximaba mi padre con una cruda expresión dibujada en el rostro.
«Mierda».
15 DE MAYO DE 2001
Enhorabuena
Joey
«Hacía un tiempo de mierda y me quería morir…».
«El cielo estaba negro y yo estaba cabreado…».
«Nada de eso importa porque no es lo que nos da de comer…».
Lancé el cuaderno de Inglés al otro lado de la habitación y me di por vencido con la redacción que había estado intentando escribir. Mientras contemplaba la agenda de los deberes como si fuera la mismísima encarnación del diablo, reprimí las ganas de gritar.
¿Qué demonios estaba haciendo?
Hacer los putos deberes sentado en la cama, ni más ni menos. Contemplé la pared que tenía enfrente y suspiré con aire de derrota.
¿A quién pretendía engañar?
Daba igual si acababa o no la redacción de esa noche. No iba a ir a la universidad, no iba a ir a ninguna parte, y los profesores no podían hacer una mierda para hacerme sentir peor de lo que ya me sentía al respecto.
El sonido de mi estómago rugiendo de hambre me sacó al instante de mis deprimentes pensamientos, y me puse en pie, sabiendo que tarde o temprano tendría que enfrentarme a él.
Además, tenía que estar en el trabajo al cabo de una hora.
«Después, Joey».
«Después siempre es mejor cuando se trata de él».
—A la mierda —gruñí para mis adentros—, vas a morir joven de todos modos, así que por qué no ponerme un sello que diga «urgente».
Me quité el uniforme del instituto y me enfundé la ropa de trabajo antes de colocarme en el descansillo. Ignorando el hedor a meado y a whisky, bajé las escaleras, tratando de mostrarme lo más frío e indiferente posible ante mis padres.
Esa era mi única salvación. Solo así podía protegerme del capullo de cuyo capullo había sido concebido.
«Si no te importa, nada de lo que haga podrá hacerte daño».
En cuanto dejé atrás el último peldaño de la escalera, los oí discutir en la cocina. Para mi sorpresa, esta vez no era yo la palpitante causa de la decepción. Ese día le tocaba el turno a Shannon.
—¡No va a ir, Marie! —gritó mi padre haciendo una bola con un montón de papeles y lanzándoselos a mamá por encima de la mesa—. ¡Ni hablar!
—Pero es tan callada, Teddy… —dijo mamá tratando de persuadirlo—. Tan tímida. Nunca lo conseguirá. Ya le cuesta salir adelante en la escuela primaria.
—Pues tendrá que superarlo —respondió papá sin pestañear—. Ella no es mejor que los demás. No la voy a enviar a un colegio privado cuando los chicos van a un instituto público.
—Puedo hacer turnos extras en el trabajo —se apresuró a decir mamá—. No me importa. Lo pagaré yo…
—¡He dicho que no! —bramó papá—. Punto final. Quítatelo de la cabeza.
—¿Qué pasa? —pregunté mientras entraba en la cocina.
—Tu madre cree que tu hermana tiene que ir a un colegio privado el año que viene, cuando acabe primaria —me explicó papá, que para variar estaba sobrio—. Cree que es demasiado sensible para ir al instituto público de Ballylaggin.
Y así era.
A Shannon le costaba mucho encajar con la gente, lo pasaba como el culo, y yo a menudo me preguntaba qué sería de ella cuando empezara la secundaria. Sinceramente, era un pensamiento que me paralizaba de terror, así que intentaba alejarlo de mi cabeza.
Como la retuvieron en el jardín de infancia, Shannon iba tres años por debajo de mí en el colegio, así que cuando al año siguiente tomáramos caminos diferentes al traspasar las puertas del instituto de Ballylaggin, ella como alumna de primero y yo como alumno de cuarto, no tendría a nadie que la cuidara, y eso era algo que ella necesitaba desesperadamente.
Las chicas de su clase en la escuela primaria eran tóxicas y le habían hecho pasar un infierno desde que era un bebé, pero es que esas eran púberes. Las adolescentes a las que tendría que enfrentarse cuando empezara la secundaria serían harina de otro costal.
Mi hermana tenía un par de amigas; recordaba especialmente a una chica muy maja llamada Claire que sin duda iría al Tommen al acabar la primaria uniéndose así a su hermano Hughie, que jugaba al rugby.
Por desgracia para Shannon, a ella le tocaría ir al instituto público de Ballylaggin conmigo.
No podía hacer mucho por ella, aparte de defender su honor hasta que me expulsaran un tiempo, cosa que sin duda acabaría ocurriendo. Algún día mi hermana iba a tener que empezar a defenderse.
—¿Cuánto cuesta ir al Tommen? —pregunté asaltando la nevera en busca de un paquete de jamón york.
—Varios miles al año —respondió mamá—. Pero, al parecer, es una escuela fantástica. Y tengo un año entero para ahorrar para la matrícula. Aún está terminando quinto de primaria, así que me queda tiempo de sobra para organizarlo. Estoy convencida de que sería el mejor lugar para ella…
—La escuela comunitaria local no tiene nada de malo —dijo papá con desaire soltando un bufido—. Es gratis y los dos fuimos allí, Marie. Y fíjate en Joey. Le va estupendamente. Está que se sale con el hurling. Ya está entrenando con el equipo de menores y tampoco necesitó una puta educación de lujo en el Tommen para llegar ahí.
—Sí —afirmó mamá con cautela—, pero Joey no es Shannon.
—Gracias a Dios —murmuró papá.
Me tensé, incómodo por el inusual cumplido, acabé de prepararme un bocadillo de jamón y cogí una lata de Coca-Cola de la nevera. Intenté mantener la cabeza fría, adoptar una actitud calmada y controlar mi mal carácter. Nunca me había resultado fácil, y cada segundo que pasaba en su compañía me costaba más y más.
No me gustaba ni que mi padre me hiciera cumplidos ni que me hablara como un ser humano civilizado. Quizá era algo enfermizo, pero prefería sus insultos de borracho y sus bofetadas furiosas. Al menos sabía a lo que atenerme.
Llevaba tres semanas sin beber y sabía que era cuestión de tiempo que volviera a las andadas. Porque mi padre era alcohólico.
La adicción dominaba su vida. Ese era el patrón por el que se guiaba, y yo lo odiaba por ello. Pero no tanto como me odiaba a mí mismo por seguir sus pasos.
Un canuto para dormir, una raya para ser funcional y cualquier otra cosa que cayera en mis manos para escapar. Ese había sido mi mantra durante mucho tiempo.
Sabía que era demasiado joven para ir precisamente por ese camino, pero, en honor a la verdad, no tenía ninguna otra opción a la que aferrarme.
En mi cabeza era morir o drogarme.
Y había demasiada gente que dependía de mí para no morir.
«Joder».
Alejando de mi cabeza cualquier pensamiento de autodesprecio para no estallar y cometer alguna imprudencia, me volví hacia mis padres y les dije:
—Creo que deberíais enviarla allí.
—¿Al Tommen? —preguntó mamá en tono esperanzado.
—Sí —asentí masticando un bocado de mi sándwich—. Sería bueno para ella. Tienes razón, mamá. A Shannon se la comerán en el Ballylaggin.
—¿Y cómo propones que financiemos esa escuela privada de varios miles de euros al año? —preguntó papá desviando hacia mí su mirada.
—Ostras, no sé —repliqué señalándome el mono lleno de manchas de aceite—. Tal vez moviendo el culo y buscando trabajo como hacemos los demás.
—Ay, Joey —suspiró mamá dejando caer la cabeza entre las manos mientras mi padre se ponía de pie tan rápido que la silla en la que estaba sentado se deslizó por los azulejos de la cocina.
—¿Qué coño me acabas de decir, cabroncete de mierda?
—¿Necesitas un sonotone o qué? He dicho que muevas el culo y te pongas a buscar trabajo. —Sin intención de mantener la boca cerrada o simplemente incapaz de hacerlo, continué firmando mi propia sentencia de muerte—. Lo creas o no, hay muchos por ahí. Es verdad que todavía no he oído hablar de ninguno que pague bien por tu especialidad. En tu defensa debo decir que no tiene que ser fácil encontrar un pub que te pague por sostener su economía, por muy experto que seas en eso.
No intenté esquivar el puño que me estrelló contra la mandíbula.
La cabeza se me fue hacia atrás debido a la fuerza del impacto. El dolor que me infligieron sus nudillos me dejó sin aire en los pulmones, pero no permití que lo viera. Prefería morir antes que exponer un ápice de vulnerabilidad frente al hombre al que tenía la desgracia de llamar «padre».
Respirando de forma rápida y dificultosa, me apresuré a pasarme la lengua por los dientes para evaluar los daños mientras el reconocible sabor metálico de la sangre me inundaba la boca. Mi cuerpo era un mapa de cortes y hematomas, cicatrices y deformaciones. Nada iba a cambiar. Nadie iba a preguntar y yo tampoco iba a contarlo… porque no podía. Parecía que la norma era que lo aceptara sin rechistar. Además, si yo me llevaba la peor parte de su mal humor, eso quería decir que ellos se libraban… que mamá se libraba.
Mi padre era un hombre corpulento, y los puñetazos que lanzaba tenían una fuerza de la hostia. Eran lo suficientemente potentes como para dejarme fuera de combate, pero no tanto como para hacerme callar.
—¿Eso es todo? —Como un masoquista suicida, me reí en su cara—. Te estás ablandando, viejo.
—Teddy, no —suplicó mamá apresurándose a interceptar el brazo de su marido antes de que volviera a tomar impulso—. No es más que un crío.
—No me hagas favores —dije en tono de burla odiándola por defenderme. Joder, ella no me quería. Pensaba que yo era igual que él—. No necesito que hagas una mierda por mí.
—Cuidado con lo que dices, mamoncete —me advirtió mi padre agarrándome la camiseta con su robusta mano—. No le hables así a tu madre. Y menos en su estado.
—¿Así cómo? ¿Como le hablas tú? —Me reí y lo aparté bruscamente de un empujón, rebobinando al instante cuando caí en la cuenta de lo que había dicho—. Espera, ¿qué quieres decir con «en su estado»…? —Levanté una mano embargado de repente por una sensación de asfixia mientras las paredes se cerraban sobre mí—. No lo digas. —Mareado, clavé la vista entre ellos hasta que, de mala gana, mis ojos se posaron en su estómago—. No lo digas, joder.
Mamá se puso la mano sobre el vientre, que estaba ligeramente abultado, y a mí me entraron ganas de morirme.
—Vamos a tener otro bebé, Joey.
«No».
—Salgo de cuentas en noviembre.
«No».
—Los médicos creen que será otro niño.
«Por favor, Dios, no me jodas».
—Joey, esta vez va a ser diferente —añadió mamá de inmediato dando un ligero respingo cuando papá la rodeó con el brazo—. Tu padre ha dejado la bebida. Esta vez para siempre. Nos estamos ocupando de todo… —Se le entrecortó la respiración y tuvo que carraspear antes de decir muy bajito—: Este bebé nos ayudará a empezar de cero.
«Mentirosa».
«Mentirosa».
«Mentirosa».
Se supone que no debían hacerse bebés para tapar las grietas de los matrimonios, pero este iba a ser exactamente eso. De hecho, es lo que éramos todos nosotros: enyesados temporales con los que cubrir las grietas de la relación disfuncional de nuestros padres.
Anestesiado, contemplaba el rostro de mi madre mientras se apoderaba de mí un nuevo nivel de destrucción.
—¿Ha sido planeado?
Mamá abrió la boca para responder, pero él se le adelantó.
—Lo planeamos entre los dos —soltó—. Entonces ¿no tienes nada que decirnos a tu madre y a mí?
—Felicidades —contesté con un tono mortecino que reflejaba muy bien cómo me sentía en ese momento. Negando con la cabeza, les pasé por al lado y me dirigí hacia la puerta, recogiendo mi bolsa de entrenamiento por el camino—. Trabajo hasta las seis y media, y luego tengo un partido, así que llegaré tarde a casa.
—Esta vez va a ser diferente, Joe —dijo mamá elevando una voz llena de emoción—. Te lo prometo.
—Ya —susurré antes de cerrar la puerta principal tras de mí.
Porque esta vez no tenía intención de acordarme de nada.
Ni siquiera durante un puto segundo.
Para cuando llegué al trabajo, mi humor era tan sombrío que, francamente, no me veía capaz de soportar ni una insignificante gilipollez más.
Sin embargo, eso fue justo lo que recibí en cuanto entré al taller y me encontré nada más y nada menos que a Molloy cogida de la mano del perrito faldero de su novio.
Qué maravilla.
Qué puta maravilla.
—Hola, Joe —dijo Molloy con una sonrisa radiante en cuanto entré en el edificio y se percató de mi presencia.
Asentí con frialdad.
—Molloy.
—Joey, chaval —dijo Tony sonriendo—. ¿Cómo estás?
—Genial, Tony. Perdona que llegue tarde —murmuré pasándoles por al lado para ir a guardar el hurley, el casco y la bolsa de deporte al despacho.
No estaba de humor para jugar ningún partido esa noche, pero, a veces, los encuentros para los que no estaba en forma acababan siendo los mejores. Desde luego, me encontraba lo suficientemente cabreado como para que así fuera.
De nuevo centrada en su conversación, Molloy charlaba y se reía con su padre, mientras el capullo de Paul permanecía a su lado como… bueno, como un capullo prescindible.
Ese día llevaba suelto su increíble pelo rubio, que le caía suavemente hasta la mitad de la espalda, y juro que nunca había visto nada igual. Como un ángel con las alas sucias, batía sus largas pestañas en dirección a su padre escondiendo esa lengua viperina que yo sabía que poseía mientras interpretaba el papel de niña de papá y de buena chica en general.
Pero ella sabía que no era así.
Y yo también.
Me recordaba a uno de esos hermosos y exóticos pájaros enjaulados que hay en las tiendas de animales: fuera de lugar y con ansias de libertad.
Por alguna razón, dudaba que la consiguiera paseándose de la mano con un estirado como el puto Paul Rice.
Al principio, había supuesto que Molloy intentaba sacar algún tipo de provecho con respecto a mí al salir con mi compañero de equipo. Se había enfadado porque no le prestaba atención, y ella no era de esa clase de chicas que se ataban a nadie. Estaba convencido de que su relación era su forma de provocarme.
El problema era que habían pasado quince meses desde que aceptó salir con él y, aunque habían estado más tiempo separados que juntos y él la trataba como a una mierda, ella siempre volvía con él.
Eso me desconcertaba.
Me dolía, joder.
Sabía que no tenía derecho a sentirme de ninguna manera al respecto, pero eso no impedía que me sintiera de todas y cada una de las maneras posibles. ¿Qué coño hacía con un tío como Paul Rice? Era demasiado aburrido para ella y su gancho de derecha no valía una mierda.
No me quedaba más remedio que dominar la técnica de fingir que no sufría al verla con él. Así que, como hacía siempre que ella entraba en el taller presumiendo de su fantástico novio de mierda, soporté la sensación de apuñalamiento en el estómago como un campeón y seguí a lo mío.
Vibrando a causa de la tensión, me puse a trabajar de inmediato clasificando una pila de neumáticos según el estado de su dibujo. Logré ignorar a la pareja que jugaba a la familia feliz a mis espaldas y dejé que mis pensamientos volaran hacia mi madre.
Otro bebé.
Nacería en noviembre.
Eso quería decir que solo tendría tres años cuando yo cumpliera los dieciocho.
Estaría dejando atrás a un niño pequeño cuando me largara de aquella puta casa.
«Madre de Dios».
Sentí un escalofrío y apreté tanto la mandíbula que me hice daño en los dientes.
Me había prometido a mí mismo que resistiría hasta que terminara el instituto. Para entonces tendría dieciocho años y medio. Me quedaría en casa y cuidaría de mis hermanos hasta ese momento. Podía hacerlo. Podía aguantar hasta entonces. Pero después, una vez que hiciera los exámenes de acceso a la universidad, me largaría de allí.
Lo tenía todo planeado en mi mente.
Conseguiría un segundo empleo, algo a tiempo completo y que estuviera bien pagado, y con el dinero daría un depósito para alquilar un piso barato de una habitación. Shannon vendría conmigo. Ella se quedaría con el dormitorio y yo con el sofá. Sería pequeño y sencillo, pero nuestro.
Unos meses después, cuando hubiera ganado algo más de dinero, nos mudaríamos a un piso más grande, y Ollie y Tadhg se vendrían con nosotros. Para entonces tendrían once y trece años, respectivamente, edad suficiente para cuidarse ellos solos.
El plan que tenía en la cabeza no incluía en ninguna parte tener que cuidar de otro hermano, y menos aún de un niño pequeño.
No podría hacerlo.
Tendría que trabajar durante el día, y quizá también algunas noches.
No podría cuidar del bebé.
Pero tampoco podía dejar que ellos lo hicieran.
«Por el amor de Dios».
TERCERO
1 DE SEPTIEMBRE DE 2001
Nuevos baños y viejos errores
Aoife
—¿Dónde quieres que tire la vieja?
Esa voz tan familiar me hizo despertar de golpe, así que me incorporé en la cama estirando el cuello para oír mejor.
—Tírala en el patio de fuera. —Esa era la voz de mi padre—. Ya la cargaré luego en la furgoneta y la llevaré al centro de reciclaje.
—¿Estás seguro? —Abrí los ojos horrorizada al oír la segunda voz—. Es una bañera de hierro. Podrías sacarle algo si se la llevas a Timmy Murphy a Glenmore. Hace trapicheos con la chatarra.
—Tiene una hija que va al mismo curso que tú y los mellizos, ¿no?
—Neasa. Sí, va a mi clase. Oye, si quieres le doy un toque. Puede darte unos veinte por ella.
—No, este armatoste está en las últimas. Está oxidado por debajo. No me sacaría ni lo que vale el diésel que gastaría en llevarlo hasta allí.
«Ay, Dios».
—De acuerdo.
«¡No puede ser!».
—Bien hecho, Joey. ¿Puedes bajarla tú solo?
«¡Pues sí!».
—Claro, Tony, sin problema. Aunque hoy me tendré que ir sobre las tres. Tengo un partido en el pabellón.
«Papá lo ha traído a casa».
—Madre mía, hijo, estás fuerte como un toro. Y ningún problema. Terminaremos antes de esa hora.
«¡Otra vez!».
Y a mí parecía que me habían arrastrado por una zanja.
«Perfecto».
La perspectiva de ver a Joey después de pasarme todo el verano sin verle la cara como todas las mañanas de clase me llevó a apartar la colcha de un tirón y saltar de la cama, con la mala suerte de que me caí al suelo de bruces de una forma memorable golpeándome el dedo del pie con la esquina metálica del somier.
—¡Madre del amor hermoso! —chillé junto con todo un repertorio de coloridas palabrotas. Al ponerme boca arriba, dejé escapar un sonido penetrante y sofocado mientras me agarraba el pie para sujetármelo—. ¡Ay, ay, ay…!
Entonces la puerta de mi habitación se abrió hacia dentro y vi la expresión preocupada de mi padre, que me miraba desde el umbral.
—¿Qué haces, Aoife? ¡Por el amor de Dios! —me preguntó llevándose una mano al pecho—. Con esos ruidos creía que había un gato en celo en tu habitación.
—No hay ningún gato. Solo… estoy yo —murmuré dejando caer la cabeza contra la alfombra de mi cuarto, con el orgullo (y el dedo del pie) herido—. ¿Qué estáis haciendo?
—Joey me está echando una mano para cambiar el viejo cuarto de baño —explicó papá—. Tu madre quiere sacar la bañera y poner una ducha eléctrica.
—Suena caro —contesté preguntándome cómo es que podíamos permitirnos un cuarto de baño nuevo—. ¿Qué tiene de malo el que tenemos?
—Ya conoces a tu madre —dijo papá con un suspiro de agotamiento.
Sí, la conocía… y también conocía a mi padre.
Si mamá quería algo, papá se lo conseguía, independientemente de si podía permitírselo, por lo general para compensarla por su último desliz.
«Supongo que pagar un cuarto de baño nuevo no era un precio muy alto por todas las veces que se le iban los ojos».
No me haría ningún bien saber el nombre del último error de mi padre. Sobre todo porque ya conocía los nombres de muchos de los errores anteriores a ese.
Frunciendo el ceño, papá dijo:
—Por Dios, Aoife, ponte algo de ropa, anda. —Señaló mis piernas, que estaban desnudas—. Tu hermano está abajo con sus amigos y yo he traído al chaval del trabajo.
—Estaba en la cama —repliqué a la defensiva tirando del dobladillo de mi top de tirantes en un patético intento de taparme los muslos—. Y este es mi cuarto. No acostumbro ir por ahí en bragas, papá.
—Me da igual —refunfuñó con aire avergonzado mientras se daba rápidamente la vuelta y desaparecía en el cuarto de baño—. ¿Has oído hablar de los pijamas? Y son las diez de la mañana. ¿No deberías estar levantada y haciendo algo productivo?
—A lo mejor no te has dado cuenta, pero fuera estamos a veintitrés grados, algo rarísimo aquí, así que por eso voy en bragas —le solté—. Y en cuanto a la falta de productividad, me quedan dos días de vacaciones de verano antes de que el lunes vuelvan a empezar las clases y no me quede otra que ponerme a repasar para los exámenes finales de este año, padre querido, así que mi intención no es otra que aprovechar al máximo el tiempo que me queda.
—¿Y qué? —le oí gritar desde el cuarto de baño—. Eso no es excusa para pasarte holgazaneando todo el fin de semana. Deberías encontrar algo productivo que hacer.
«Qué manera más encantadora de poner fin a las vacaciones de verano —pensé con desánimo mientras cruzaba a toda prisa la habitación decidida a cerrar la puerta—. Tu padre anda por ahí cepillándose a cualquiera y, en lugar de lidiar con la infidelidad, tu madre se gasta los ahorros en un puñetero baño nuevo».
—Tony, la tienes cargada en la furgoneta. ¿Quieres quitar el suelo de linóleo ya que estamos? Así solo tendremos que hacer un viaje al punto limpio…
La voz de Joey se fue apagando cuando se detuvo en seco en el descansillo, justo delante de la puerta de mi habitación, que seguía abierta.
En cuanto sus ojos se posaron sobre mis piernas desnudas, noté cómo una ola de calor me recorría la piel. No sentía la necesidad de ocultar mi cuerpo; estaba encantada de que por fin lo contemplara. Además, no era de las que tenían complejos. Mi cuerpo era bonito y nadie iba a convencerme de lo contrario, sobre todo cuando el resto del mundo estaba más que dispuesto a minar la autoestima de una adolescente.
—¿Estás disfrutando del espectáculo? —bromeé poniéndome las manos en las caderas al ver que sus ojos seguían mirándome. Me pareció bastante poético poder devolverle la misma pregunta sarcástica que él me había hecho una vez.
Con la misma falta de complejos que yo, se tomó su tiempo hasta que volvió a mirarme a la cara.
—Desde luego, esto es mejor que verle la raja del culo a tu padre.
Levanté una ceja.
—¿Esto?
El buen humor le titilaba en los ojos, todo un cambio respecto a su habitual mirada genérica de «que le den por culo al mundo y a todos los que viven en él» que repartía a diestro y siniestro.
—Tú.
Tampoco es que no nos hubiéramos visto en todo el verano. Yo me había pasado por el taller muchas veces para fastidiarlo mientras trabajaba con papá, y había ido a la mayoría de los partidos en los que jugaban él y Paul, pero siempre habíamos estado rodeados de amigos o de mi padre.
Por ridículo que pareciera, echaba de menos nuestros ratitos a solas.
Con el corazón brincando más violentamente de lo necesario, teniendo en cuenta que había puesto sus ojos sobre mí, pero no me había tocado, levanté la mano y le deslicé el pulgar por el abultado labio inferior, adicta a hacerlo sufrir.
—¿Qué es eso que tienes en la boca, Joe? ¿Babas?
—No hagas eso. —Sus ojos verdes se ensombrecieron—. Aquí no.
—¿Que no haga qué? —Con un tono cargado de sarcasmo, volví a rozarle el labio inferior con el pulgar y sonreí maliciosamente—. ¿Esto?
—Jugar así cuando tu padre está otro lado del descansillo.
—¿Por qué no? —bromeé con la firme resolución de seguir jugando—. ¿Tienes miedo de que te pille mirando a su hija como si te la quisieras comer? —Me acerqué más, creyendo que iba a rajarse y ser el primero en apartarse—. ¿Es eso lo que quieres, Joe? ¿Quieres comerme?
Alargando el brazo, Joey me cogió la muñeca con su manaza, pero, en lugar de empujarme, tal como yo esperaba que hiciera, tiró tanto de mí hacia él que mi cuerpo quedó presionado contra el suyo.
—No intentes liarme, Molloy. —Su voz sonaba grave y encendida, y poseía cierto tono de advertencia—. Consiento tus jueguecitos, pero no tientes a la suerte.
—¿A la suerte?
—Sí, a la suerte —confirmó—. Solo puedes tentarme hasta cierto punto.
No pude hacer otra cosa que mirarlo a la cara y vencer la tentación de darle una bofetada… o besarlo.
No estaba segura de cuál de las dos cosas.
—No soy Ricey. No voy a darte un besito en la mejilla ni a cogerte la mano —añadió en tono acalorado—. Como no dejas de provocarme para que te toque, eso es exactamente lo que voy a hacer. —Se le dilataron las pupilas y mi corazón empezó a martillear de forma imprudente contra mi caja torácica—. Tal vez creas que eres tan valiente como para enfrentarte a mí o que luchemos de igual a igual, pero no te equivoques. —Inclinándose hacia mí, me acercó los labios al oído y susurró—: No eres el lobo de esta historia, Molloy. —Su aliento me acarició la mejilla e hizo que se me acelerara el pulso—. Eres el cordero.
—¿Qué me decías, Joey? —gritó mi padre arrodillado en el cuarto baño, de espaldas al descansillo.
—Nada, Tony —respondió Joey elevando la voz sin mover un músculo mientras volvía a centrar su atención en mí—. Eres un dulce e inocente corderito que se empeña en jugar con fuego —dijo haciéndome retroceder hasta que mis piernas chocaron con la cama—. Así que te aconsejo que dejes de intentar cazarme, Molloy. —Me puso las manos en las caderas y me tiró sobre el colchón—. Porque si no… —Sujetándome las muñecas contra el colchón por encima de mi cabeza, se colocó entre mis piernas y se inclinó hacia mí, tan cerca que su nariz rozaba la mía—. Un día de estos seré yo quien te cace a ti.
«Joder…».
—¿Te ha quedado claro? —Me soltó una muñeca y rápidamente me cogió la barbilla para obligarme a mirarlo—. ¿Amiga?
—Me ha quedado claro. —Sin aliento y al borde del desmayo, logré asentir con la cabeza—. Amigo.
—Buena chica.
Entorné los ojos.
—Imbécil.
Me sonrió con aire triunfal antes de soltarme y salir de mi habitación para reunirse con mi padre en el cuarto de baño.
Con las piernas temblorosas, corrí hasta la puerta de mi habitación y la cerré de golpe antes de exhalar un suspiro entrecortado.
—Mierda.
¿Qué acababa de pasar?
Unas horas más tarde, después de mucha introspección y poca búsqueda de algo que hacer, acabé tirada sobre una toalla en el césped del jardín trasero dispuesta a tomar los últimos rayos de sol con el perro de la familia acurrucado junto a mí sobre la hierba.
Mientras todavía le daba vueltas en mi cabeza al altercado que había tenido con mi compañero de clase, mi padre me había ordenado que me fuera para abajo y me mantuviera alejada de él y de Joey. Dijo que había llegado a su límite esa mañana cuando yo me había puesto a revolotear por la puerta del cuarto de baño haciendo comentarios de sabihonda acerca de lo chapucero que era su trabajo y atormentando a su valioso aprendiz.
No era culpa mía.
Ese chico me distraía demasiado como para no mirarlo, y yo tenía la lengua demasiado afilada como para no divertirme con ella, pero eso a papá le daba igual.
Desterrada de mi propio cuarto por distraer al, y cito literalmente, «pobre chaval» que había traído mi padre, me vi obligada a retirarme al jardín con el perro.
—Spud, ¿a ti qué te parece? —Me agaché y le acaricié el cuello—. ¿Mmm? ¿Verdad que no soy un cordero?
Spud, una mezcla de bóxer y como mínimo otras tres razas, dejó escapar un gemido de satisfacción y se echó boca arriba pataleando como un loco mientras le rascaba la oreja.
—Exacto —dije en tono mimoso—. Un cordero no podría rascarte así de bien las orejas. Ese chico no tiene ni idea.
«Y es muy sexy».
—¿Te importa? —Sobre mí se ciñó una oscura sombra que me tapaba el sol—. Han venido mis amigos.
—¿Y? —exclamé dándole una patada a mi hermano para que saliera de en medio y no bloqueara la luz del sol.
—Pues que estoy intentando jugar al WWE —gruñó Kevin empujándome hacia atrás con el pie—. Pero no dejan de bajar a por bebidas.
—No me toques con esos pies tan raros llenos de hongos —le advertí—. ¿Y yo qué tengo que ver con los anormales de tus amigos?
—Se llama «pie de atleta» —replicó Kev a la defensiva—. Y no es que bajen a tomar algo, gilipollas. Bajan para mirarte y se quedan embobados.
Me quité las gafas de sol, me apoyé sobre los codos y le eché una mirada llena de odio a ese escuálido mierdecilla.
—No me llames «gilipollas», gilipollas.
—Venga, Aoife —dijo señalando hacia donde estaba tumbada—. ¿No puedes ir a hacer eso dentro?
—¿Si puedo tomar el sol dentro? No, Kevin, lo siento, pero no puedo. No es así como se toma el sol —sentencié ajustándome el tirante de la parte de arriba de mi biquini amarillo.
—Entonces tápate.
—Tampoco funciona así, Kev.
—Aoife —gimió como lloriqueando—. Venga, me estás avergonzando. Vete dentro o ponte algo de ropa.
—Kev, ¿cuántos días de sol tenemos en Irlanda? —le pregunté a mi mellizo.
Vale, puede que hubiéramos compartido vientre durante nueve meses, pero eso era lo único que teníamos en común. La verdad era que no podíamos ser más diferentes el uno del otro.
—La respuesta es: no los suficientes —le expliqué—. Ni de lejos. Además, papá está arriba con Joey instalando un cuarto de baño nuevo y me ha prohibido que esté allí.
—Sí, ya he visto que lo ha vuelto a traer —farfulló mi hermano—. Podría haberme pedido a mí que lo ayudara con el baño.
—¡Ja! —me reí—. Como si tuvieras la más mínima idea de trabajar con las manos…
—Podría enseñarme —espetó Kev en tono defensivo—. Aprendo más rápido que ese cabronazo imbécil que está ahí arriba.
—No le llames «imbécil» —le advertí con el vello erizado—. Sabe más del mundo de lo que tú nunca llegarás a saber.
Kev puso los ojos en blanco.
—Ya, claro, porque hay que ser un auténtico genio para saber dónde pillar drogas.
—¿Qué más da que fume hierba de vez en cuando? —protesté—. No es para tanto, Kev. Lo hace mucha gente de nuestro curso. Eso no quiere decir que sea mala persona.
—Tampoco que sea buena —replicó—. ¿Por qué siempre lo defiendes?
—Porque es amigo mío, Kevin.
—¿Ah, sí? Pues tu amigo hace otras cosas, además de fumar hierba.
—Qué sabrás tú…
—Pues sí que lo sé —contestó—. No te olvides de que yo también voy a su curso. Me entero de todo lo que pasa tanto como tú.
—Sí, en la clase de los empollones —repuse dando un resoplido—. Y claro que te enteras, Kev. Allí es donde están los peces gordos, ¿verdad, señorito popular?
—¿Crees que tu aspecto y tu popularidad te van a llevar lejos en la vida? —Se rio—. Eres tan tonta que hasta me da pena.
—Mírate, todo sulfurado y sacando la malicia. —Sonreí—. No hace falta que me compadezcas, querido hermanito, me va muy bien haciendo las cosas por mí misma.
—No, Aoife, a mí me va bien. Soy yo el que va a sitios. La única forma que tendrás tú de salir de este barrio será casándote —dijo con sorna—. Porque te aseguro que no lo conseguirás por tu cuenta. Así que mejor aférrate a Paul Rice, porque diría que es tu opción más factible.
—Lo que tú digas, gilipollas.
—Es la verdad.
—Sigue hablándome así, y a lo mejor me quito la parte de arriba del biquini y les hago un pase especial a esos amiguitos juguetones tuyos.
Entrecerró los ojos.
—No serías capaz.
—Ponme a prueba. —Mirándolo yo también con los ojos entrecerrados, me llevé la mano a la nuca para coger el cordón del biquini y declaré—: Dicen que tengo unos pezones turgentes.
—Eres una cabrona —vomitó antes de irse hacia la casa hecho una furia.
—Mira quién fue a hablar, macarrilla —le grité antes de suspirar alegremente, encantada de haberlo hundido en la miseria—. Buena respuesta, ¿eh? —comenté entre arrullos mientras le hacía cosquillas en la barriga a Spud—. Sí, ya sé que tú también piensas que es un tarado. No necesito ningún chico, ¿a que no? No, claro que no. Me labraré mi propio camino.
—¡Aoife Christina Molloy! —bramó mi madre unos minutos después. Abriendo de golpe la ventana de la cocina, se asomó y agitó una cuchara de madera en dirección hacia mí—. Métete en casa y tápate si no quieres que salga yo misma y te arrastre hacia dentro.
—¿Hablas en serio? —gruñí haciéndole una última caricia a Spud en la barriga antes de ponerme en pie a regañadientes—. ¿Se ha chivado?
—Hay adolescentes en casa, Aoife —replicó mamá—. Y tú estás tumbada en el jardín como si fueras la mismísima Pamela Anderson. ¿Es que quieres que se pongan de los nervios?
—Sé cuántos años tienen, mamá. La mayoría están en mi curso —repuse riéndome—. Y no te preocupes, más que de los nervios los voy a poner cach…
—Ni se te ocurra terminar esa frase —me advirtió mi madre, todavía meneando la cuchara de madera como un ama de casa demente.
—Ya, bueno, es que papá me dijo que desapareciera de su vista —le señalé—. Así que eso es lo que voy a hacer.
—No seas tan fresca, jovencita. Entra aquí ahora mismo o te castigo durante el resto del mes. Y eso también incluye traer amigos a casa. Y usar el teléfono. Y…
—Madre mía, de acuerdo —resoplé encaminándome hacia la puerta de atrás—. Relájate, ¿vale? No es para tanto.
—Gracias —dijo mamá cuando entré en la cocina—. Ahora sube y ponte algo de ropa como una buena chica antes de que a tu hermano le dé un ataque.
—¿Me puedo tomar algo antes de que me exiliéis de la casa familiar por tener un par de tetas? —pregunté malhumorada mientras metía la mano en la nevera y me hacía con un brik de zumo de naranja—. ¿O resulta que ahora hidratarse también es un delito?
—No te pongas melodramática. —Mamá puso los ojos en blanco y luego sonrió y empezó de nuevo a planchar—. Y échame a mí otro vaso.
Saqué dos vasos del armario, serví zumo en uno de ellos y me lo tragué a toda velocidad antes de volver a rellenar mi vaso y servirle uno a mi madre.
—Gracias, mi amor.
—Sí hay de qué —bromeé dejando el vaso junto a ella sobre la encimera.
—¡Trish, cariño, el cuarto de baño está casi listo. Voy a llevar la bañera vieja al centro de reciclaje antes de que cierren! —gritó mi padre desde el recibidor—. ¡No tardaré mucho!
—Nos vemos, Trish. Gracias por el bocadillo.
—De nada, Joey, cariño.
Resistiendo el impulso de salir corriendo al pasillo para echarle un último vistazo a Joey Lynch antes de que se fuera con mi padre, logré mantenerme firme y le di otro sorbo al zumo de naranja.
—Tony, asegúrate de llevarte el linóleo que habéis quitado —indicó mamá sin molestarse en levantar la vista de la tabla de planchar—. Y hay unas cuantas bolsas de basura al lado de la casa que no vendría mal tirar.
—Ya me he ocupado de ellas.
—Bien hecho.
—Podríais haberme avisado de que iba a venir Joey —comenté una vez que la puerta se había cerrado tras ellos.
—Ay, es un chico encantador, ¿verdad? Es muy trabajador —dijo mamá con efusión y sonriendo mientras planchaba—. Pensé que te gustaría verlo. Sois amiguitos en el instituto, ¿no?
—Sí, somos amigos —confirmé reprimiendo una carcajada—. De todas formas, hubiera preferido que me avisarais.
—Es una pena que él y tu hermano no se lleven bien —agregó mi madre con un suspiro.
—Eso no es culpa de Joey, mamá, Kev no se lleva bien con nadie —afirmé resoplando mientras apoyaba la cadera en la encimera—. Es demasiado engreído.
—Aoife.
—¿Qué? —Levanté una mano—. Es verdad.
—A tu hermano no le vendría nada mal dejar el ordenador y pasar más tiempo en el taller. Estoy segura de que si se le diera una oportunidad, se darían cuenta de que tienen muchas cosas en común.
—Pero ¿en común con quién? ¿Con papá o con Joey? Porque, no te ofendas, mamá, pero tu niñito del alma cree que está por encima de los dos. A Kev no le interesa en absoluto ensuciarse las manos. Tiene una opinión demasiado elevada de sí mismo como para vivir con nosotros, la gente normal.
—Eso no es verdad —me reprendió mi madre—. No seas mala.
—Bueno, ¿y qué pasa con el nuevo cuarto de baño?
Decidí cambiar de tema para no darle a mi hermano ni un segundo más de protagonismo.
—¿Qué quieres decir?
—Mamá, ya sabes lo que quiero decir.
—No pasa nada, mi amor. —Mi madre, que se parecía mucho a lo que yo suponía que iba a ser la versión cuarentona de mí misma, sonrió alegremente. Quizá demasiado—. Es que ya era hora de cambiarlo.
—Mamá —suspiré acercándole un pie para acariciarle la pierna con él—. ¿Estás bien?
Yo sabía que no. Mi padre le había roto el corazón quizá por cuarta vez en unos pocos años… que yo supiera.
—Lo estaré —respondió en un tono marcadamente alegre mientras se colocaba un mechón de pelo rubio detrás de la oreja—. Estoy deseando darme una buena ducha caliente esta noche.
—¿Y con quién ha sido esta vez? —pregunté tentando a la suerte. En realidad no quería saberlo, o al menos no debería querer, pero se lo pregunté de todos modos porque yo no parecía escarmentar. Me estiré para llegar hasta la pila de ropa perfectamente planchada y doblada que tenía sobre la mesa de la cocina, cogí una camiseta y me la puse—. ¿Fue cosa de un día o duró un tiempo?
—No quiero hablar de ello, Aoife —contestó mamá en voz baja—. Y tampoco quiero que pienses mal de él. En el fondo es un buen hombre y un padre maravilloso.
—Sí, es un buen padre —reconocí dejando mi vaso vacío en el fregadero—. Pero es un marido de mierda, mamá.
Ella, en cambio, era a la vez una buena esposa y una madre fantástica, aunque eso no quitaba que, a mis ojos, su obsesiva manía de perdonar se pareciera horriblemente a la debilidad.
—Comete muchos errores —declaró mamá al pasarme los shorts vaqueros que acababa de planchar.
—Demasiados errores —opiné mientras metía las piernas por los pantalones y los arrastraba sobre mis caderas—. Demasiadas veces.
—Sé que tienes tu propio punto de vista sobre cómo debería reaccionar a esto —comentó ella con ecuanimidad—. Pero es mucho más fácil saber lo que hay que hacer cuando es la vida de los demás la que se juzga.
—A mí me parece que en esto no caben muchos matices.
—Eso es porque eres joven. —Sonrió—. Las cosas no son blancas o negras, Aoife. Hay muchas tonalidades de gris.
—No lo entiendo —admití con un suspiro cargado de frustración—. No entiendo por qué sigues con él cuando ha demostrado que no te puedes fiar. —Moví la cabeza hacia los lados y la señalé con la mano—. Si estás cañón, mamá.
—¿Cañón?
—Significa que eres atractiva —le expliqué—. Preciosa, guapa, follable…
—Vale —concedió mamá riéndose entre dientes—. Gracias por el cumplido, pero deja ya de decir palabrotas.
—Pero si es verdad. Eres impresionante, mamá —insistí—. Kev cree que los bichos raros de sus amigos bajan para verme a mí, pero en realidad la mitad de las veces lo que quieren es echarte un vistazo a ti de extranjis.
—Aoife —dijo con una risilla floja.
Lancé un suspiro y le pregunté:
—¿Por qué lo aguantas, mamá?
—Le quiero —respondió—. He invertido más de veinte años de mi vida en ese hombre y he tenido a mis hijos con él. Y, lo creas o no, él también me quiere.
—Entonces tal vez debería quererte mejor —repliqué—. Porque sus palabras y sus actos no es que se correspondan precisamente, mamá.
—Ningún matrimonio es perfecto.
—No —acepté—. Pero tampoco engañan a todas las mujeres casadas.
—¿Y qué pasa con Paul? —preguntó mi madre centrando en mí la conversación un poco a la defensiva—. Le quieres, ¿no? Pues imagínate haber pasado la mayor parte de tu vida formando una familia con él para luego acabar…
—No.
Mamá parpadeó con gesto sorprendido.
—¿No?
—No —confirmé mientras negaba con la cabeza—. Ni quiero a Paul ni tengo pensado que eso cambie.
—¿Por qué?
—Porque no tengo la menor intención de ofrecerle a ningún chico ese tipo de poder sobre mí —respondí llanamente—. Desde mi punto de vista, los hombres te defraudan. No puedes fiarte ni de los buenos, como papá. Así que, ¿por qué iba a exponerme a esa clase de dolor? Sería un suicidio emocional.
Mi madre se quedó a cuadros y luego soltó una risita.
—Aoife, si no sientes nada por ese pobre chico, ¿por qué narices has estado saliendo con él durante el último año y medio?
—Porque quiero —le expliqué—. No porque lo necesite.
—¿Y Paul? —inquirió—. ¿Te has parado a pensar en sus sentimientos?
—Mamá, nunca he dicho que él no me importe. Claro que me importa. —Me encogí de hombros y añadí—: Le tengo cariño, por supuesto. Pero no siento esas emociones tan locas y profundas que nublan la razón.
Arqueó una ceja.
—¿Le tienes cariño?
—¿Qué tiene de malo el cariño?
—Las chicas no suelen usar la palabra «cariño» para describir lo que sienten por su novio.
—Bueno, pues es lo que hay, mamá.
—Pero…
—Y si crees que Paul Rice está enamorado de mí, te equivocas —me apresuré a señalar—. Para él, sus sentimientos son tan reemplazables como yo. Si lo dejáramos mañana, te garantizo que no tardaría más de una semana, dos como mucho, en irse con otra.
—Aoife —dijo mamá con un gritito ahogado.
—¿Qué pasa? Es la verdad. —Mientras me reía, agité una mano distraídamente en el aire—. Así de fugaces son los sentimientos de los chicos. Y no me refiero solo a Paul, sino a todos en general. Sí, puede que hiriera su orgullo, pero se olvidaría de mí en un abrir y cerrar de ojos.
—Pero…
—Venga, mamá, si tú misma lo acabas de decir. Llevas veinte años casada con papá, pero eso no le impide olvidarse de ti cada vez que se va de picos pardos.
—Entonces ¿es nuestro matrimonio lo que te hace pensar así?
—Puede ser. —Volví a encogerme de hombros—. No lo sé.
—Espero que no.
—Pero, aunque así sea, me alegro porque me ha preparado para lo inevitable. No te dejes llevar por los sentimientos y nadie podrá hacerte daño. —Sonreí—. Así de fácil.
—¿Me estás diciendo que no quieres enamorarte ni casarte?
—No es que me oponga al cien por cien a la idea del matrimonio y la maternidad. Si llegara el chico adecuado y me demostrara que me equivoco, entonces podría hacerlo sin problema —admití—. Pero lo que nunca sería capaz de hacer es aguantar la mierda con la que tú has tenido que lidiar. Yo no podría, mamá. Y menos aún con tu buen hacer.
»Si quisiera a un hombre, y me refiero a quererlo de verdad, con locura, desde lo más hondo, no podría soportar saber que está con otra mujer. Me destrozaría. Nunca podría perdonar ese nivel de traición. Por eso me parece demasiado arriesgado jugármela. Así que, sí, es probable que no lleve ninguna alianza durante los próximos cuarenta y tantos años.
—Entonces ¿no te importaría que Paul se fuera con otra chica? —preguntó mamá—. Como hemos quedado en que no lo quieres…
—Sinceramente, puede que me cabreara, pero sobre todo me sentiría aliviada.
Mi madre se quedó boquiabierta.
—¿Aliviada?
—Sí —le respondí—. Porque me habría demostrado lo que siempre he sabido: que no se puede confiar en ningún hombre.
—Ay, no sé, Aoife —dijo mamá mordisqueándose el labio—. Es una forma de pensar terriblemente cínica.
—Práctica. —Le guiñé un ojo—. Es una forma de pensar práctica… y desde luego acertada, teniendo en cuenta los rumores que he oído.
Mamá me miró desconcertada.
—¿Qué clase de rumores?
Levanté una ceja y le eché una mirada que decía «¿Tú qué crees?».
—¿Te ha puesto los cuernos? —preguntó entendiéndome a la primera—. Entonces ¿por qué sigues con él?
—¡Ja! —Crucé los brazos sobre el pecho—. Le dijo el cazo a la sartén.
Lanzó un profundo suspiro.
—Aoife, mi amor, no tienes por qué tolerar ese tipo de cosas.
—Ya lo sé —convine—. Y, no te preocupes, he hablado con Paul acerca de los rumores.
—¿Y?
—Dice que son una sarta de mentiras.
—Pero ¿tú le crees?
—¿Tú lo harías?
Mi madre me miró con comprensión.
—No me creo ni una sola palabra que salga de la boca de un chico —le dije.
«Técnicamente, eso no es cierto».
«Hay un chico al que sí creo».
—¿Y desde cuándo llevan circulando esos rumores?
«Desde hace más de lo que estoy dispuesta a admitir ante mi madre».
—Desde hace un tiempo.
—¿Estás segura de que no te ha engañado?
—¿Crees que podría saberlo con seguridad?
—No, supongo que no.
—Exacto.
—Entonces ¿por qué sigues con él, Aoife?
—¿Por qué sigues con papá?
—Esa comparación no es justa —protestó ella—. Nosotros estamos casados.
—Exacto —repetí—. Estáis casados, comprometidos, enamorados, dedicados el uno al otro… y aun así continúa pasando. Sigue jodiéndote una y otra vez. Así que, si he aprendido algo de papá y de ti, es que no se puede confiar en ningún hombre, por perfecto que parezca.
—No deberías tener miedo de amar a un chico, Aoife. —Su voz estaba llena de tristeza al hablar—. No dejes que nuestros errores te impidan avanzar en la vida, por favor. Me rompería el corazón pensar que nuestra relación te ha afectado hasta el punto de que tienes problemas para comprometerte con alguien.
—No tengo miedo de amar a un chico —le dije con sinceridad—. Tengo miedo de perderme en uno.
—Odio decirte esto, pero, la mayoría de las veces, las dos cosas van de la mano.
—Lo sé.
«Eso es lo que me asusta».
—Aoife.
—Basta de dramas. —Le di a mi madre unas palmaditas en el hombro y le brindé una radiante sonrisa antes de encaminarme hacia la puerta—. Tengo calor y estoy pegajosa, así que necesito pegarme una ducha urgentemente.
—¡No te atrevas a usar esa ducha antes que yo! —gritó mamá mientras me iba—. ¡Lo digo en serio, jovencita, quiero ser la primera en disfrutarla!
—¡Entendido! —respondí mientras subía las escaleras a toda velocidad con la intención de cumplir ese mismo deseo.
Me quité la camiseta, cogí una toalla del armario del calentador y entré en el cuarto de baño, riéndome para mis adentros.
—¡Lo digo en serio, Aoife Molloy! ¡Ni se te ocurra!
—¡Vale! —dije entre risas mientras cerraba la puerta para que mi madre no pudiera concluir su amenaza.
Con cierta sensación de orgullo, me quité rápidamente el resto de la ropa y me froté las manos anticipándome al júbilo mientras entraba en la sofisticada ducha y la encendía.
El motor rugió, pero no salió nada de la alcachofa.
Ni una gota de agua.
—¿Qué narices pasa? —gruñí girando y rotando las llaves que tenía delante—. Funciona, joder, funciona.
Llamaron a la puerta del baño y dejé escapar un suspiro de frustración. Me apresuré a coger la toalla, me envolví rápidamente con ella y abrí la puerta de un tirón.
—Sé lo que parece, pero te juro que no iba a usarla antes de que tú…
Mis palabras se fueron apagando al posar los ojos sobre Joey.
—Has vuelto.
—He vuelto.
—Bueno, me alegro. —Ajustándome la toalla, me agarré a la puerta e intenté hacerme la interesante—. Porque has instalado la ducha como el culo. Esta mierda de trasto ni siquiera funciona.
—Ya lo sé —respondió mientras me esquivaba y se acercaba al inodoro—. Por eso he venido. —Se agachó delante del retrete y metió la mano detrás de la cisterna—. Se me olvidó volver a abrir la llave de paso.
—¿La llave de paso? —Me reí—. ¿Qué demonios es eso?
Después de girar la perilla de una de las válvulas, Joey alargó la mano, tiró de la cadena del váter y se inclinó sobre la taza para observar cómo circulaba el agua. Con expresión satisfecha, se levantó, se dirigió a la ducha y la encendió. Esta vez, el rugido del motor vino acompañado del homogéneo chorro de agua que salía de los cabezales.
—Ta-rán.
—¡Bien! —exclamé mientras aplaudía encantada—. Eres mi héroe.
—No es difícil complacerte, Molloy.
—Ha sido impresionante, Joe.
Resopló.
—Solo he vuelto a abrir el agua.
—Yo no habría sabido hacerlo.
Se encogió de hombros, se fue hacia la pila del lavabo y abrió el grifo para lavarse las manos.
—Bueno, disfruta de la ducha.
—No te preocupes, lo haré. Gracias de nuevo, Joe.
—No hay de qué.
Cerró el grifo y, al no encontrar una toalla a su alrededor, se acercó a mí y se secó las manos en la parte inferior de la mía.
—Oye —refunfuñé dándole un guantazo en las manos—. No seas maleducado.
—Bonita toalla —comentó con picardía guiñándome un ojo antes de dirigirse hacia la puerta—. Nos vemos, Molloy.
—Espera. —El corazón me palpitaba estrepitosamente en el pecho mientras lo seguía hasta la puerta y lo esquivaba para ponerme delante con la espalda contra la madera—. ¿Te vas a tu partido?
No parecía muy contento cuando dijo:
—Esa es la idea.
—Pero ¿quieres jugar?
Mi pregunta lo dejó desconcertado, porque arrugó el entrecejo con aire confuso.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Porque cuando estás en el campo no pareces feliz —respondí ajustándome de nuevo la toalla. Levanté la vista para mirarlo a la cara y le sonreí con tristeza—. No parece que seas feliz en ningún sitio.
—Claro, y ahí estás tú para decírmelo —contraatacó de inmediato poniéndose a la defensiva—. Porque vigilas todos mis movimientos como una puta acosadora.
—Joe, puedes bajar la guardia. —Como ya me conocía todos sus trucos, mantuve el tono cuando le aseguré—: No soy el enemigo.
Joey me miró lleno de ira durante unos segundos hasta que la hostilidad de sus ojos acabó dando paso a la resignación.
—Lo sé. —Parpadeó, lanzó un intenso suspiro y asintió con la cabeza—. Ya lo sé, Molloy.
—Y yo sé que lo sabes —contesté alzando una mano para acariciarle el hombro a ese cabrón quisquilloso—. No pasa nada. Te perdono.
Los ojos le echaban chispas mientras decía:
—Pero no lo siento.
—Lo sé. —Le revolví su precioso pelo rubio con la mano y sonreí—. Aun así, te perdono.
Incapaz de disimular su incomodidad y su estado de agitación general, se pasó una mano por el pelo y señaló hacia donde yo estaba.
—¿Te puedes apartar para que me vaya? Voy a llegar tarde al partido.
—Me aparto —respondí— si me prometes que me esperas.
Frunció el ceño.
—¿Esperarte?
—Sí —contesté con una sonrisa—. Voy contigo.
—¿Que vienes conmigo? —Volvió a fruncir el ceño—. ¿Adónde?
—Tú vas al campo de la asociación de hurling. Yo también. Podemos hacernos compañía por el camino.
—No.
—Sí.
—No vas a venir conmigo.
—Claro que sí.
Joey me miró con cara de espanto y sus paredes volvieron a alzarse a toda velocidad.
—¿En qué universo alternativo te he dado la impresión de querer que me acompañaras?
—¿A lo mejor en ese universo en el que dejas de fingir que mi mera presencia te incomoda y admites que besas el suelo que piso?
Se quedó boquiabierto.
—Eso no es verdad.
—Sabes que sí —Sonriéndole, le di una palmadita en el hombro—. Amigo.
—No soy tu…
—Ni se te ocurra acabar esa frase.
Cerró la boca al instante y tragó saliva. Se me quedó mirando durante mucho rato hasta que anunció entre dientes:
—Tienes cinco minutos, luego me voy.
Con una sonrisa triunfal, le di unas palmaditas en el pecho, me aparté y me fui hacia la ducha.
—Tardaré veinte minutos.
—Diez —dijo abriendo de golpe la puerta—. Si no, me voy sin ti.
—¡Veinte! —grité por encima del hombro mientras dejaba caer la toalla y me metía en la ducha—. Puedes esperar en mi habitación.
Dio un portazo tras él con la puerta del cuarto de baño y le oí decir:
—¡Quince y no hay más que hablar!
—¡Veinteee! —tarareé deleitándome enormemente en su estado de alteración.
—¡Eres un grano en el culo!
Me reí.
1 DE SEPTIEMBRE DE 2001
Duelo de hurleys
Joey
Estaba tremendamente alterado, y lo peor era que sabía que mi estado tenía muy poco que ver con la paliza que nos habían dado en la primera parte del partido y todo que ver con ella.
Mi enfado no derivaba del hecho de que Molloy hubiera vuelto a meterse en mi vida acoplándose a mí para venir al campo. Tampoco de las detalladas explicaciones que me había ofrecido de la excursión que había hecho con Casey a principios de verano al Aqua Dome de Tralee.
Al parecer, Molloy me consideraba un amigo tan íntimo como para someterme a un relato pormenorizado de sus desventuras con el cordón de un tampón. La mayor parte de la conversación se había centrado en los peligros de las piscinas, las menstruaciones inesperadas y los minúsculos biquinis blancos, y me había dejado con una leve sensación de angustia y eterno agradecimiento por tener polla.
Lo que me había llevado a ese estado de alteración era el hecho de que, al llegar al campo, ella había permitido que el pedazo de mierda de su novio la menospreciara como si fuera una niña.
Cuando entramos en las instalaciones de la asociación, Ricey estaba descompuesto. No quería que ella se acercara a mí. Si la hubiera tratado remotamente bien, no me habría parecido mal que se sintiera así.
Pero no había sido el caso.
Ese tío era un capullo mojigato que, cuando no hablaba por encima de ella, la denigraba o la abandonaba como si fuera una maleta que no le cabía en el coche y que había decidido que ya no necesitaba.
Ricey miró a Molloy y vio una cara bonita y un cuerpo ardiente.
Y, para él, eso era suficiente.
No se había molestado en ir más allá.
Yo, en cambio, sabía de qué palo iba su novia y conocía perfectamente su personalidad. Era una chica juguetona, segura de sí misma, libre de convencionalismos, divertida, de buen corazón y con cierta tendencia a los problemas.
Debido a su carácter despreocupado y travieso, no se tomaba muy a pecho la mayoría de sus humillaciones, pero yo sí.
Yo me las tomaba a pecho por ella.
Verla tolerar esa forma poco menos que abusiva en que él la trataba me sacaba de mis putas casillas. Me despertaba sentimientos que, para empezar, ni siquiera debían estar ahí.
—¡Lynch! —bramó Eddie desviando mi atención de la pantalla del móvil.
Intentaba jugar una partida al Snake para calmarme y distraerme del ferocísimo impulso de lanzarme a la otra punta del vestuario para meterle de hostias al capullo de Paul.
—Mierda —farfullé cuando me mataron en la partida debido a su interrupción. Levanté la cabeza de inmediato para mirar a mi entrenador, que se paseaba de un lado a otro del vestuario—. ¿Qué?
—Que guardes el teléfono —me ordenó—. Atiéndeme a mí. Ya le escribirás a tu novia después del partido.
—Novia. —Moví la cabeza hacia los lados totalmente confundido. ¿Qué novia?
—Esa chavala rubia con la que andas tonteando todo el rato —soltó Eddie—. La que se sube a lo alto de la cubierta de los banquillos y me vuelve medio tarumba con tantos vítores. Muchacho, hazme un favor y déjala en casa para el próximo partido. Es una distracción. Te manda mensajes y te molesta mientras tú intentas jugar. Puedes darle todo el amor que quieras en tu tiempo libre, pero hazlo después de ganar este partido.
—Buah, mierda —se rio Alec apretándose el puño contra la boca mientras nos señalaba primero a Ricey y luego a mí con la mano que le quedaba libre—. Cree que ella es tu…
—Cierra la puta boca —dijo Ricey lanzándole el casco a Alec antes de levantarse y salir como un rayo de la sala.
El vestuario al completo estalló en carcajadas. Ya con otro estado de ánimo, sonreí maliciosamente para mis adentros, recreándome en el hecho de que Eddie hubiera cabreado a Paul de forma involuntaria y además creyera que Molloy estaba conmigo.
«Está contigo».
—¿Me he perdido algo? —preguntó Eddie mirándonos a unos y a otros—. ¿Qué le pasa a Rice?
—¿Sabes esa distracción buenorra de la que hablas? —planteó Alec con una risita—. Bueno, pues vendría a ser la novia de Ricey. —Movió las cejas antes de añadir—: Pero no te preocupes, Eddie. Creo que Lynchy va a darle mucho amor en un futuro próximo.
—Joder, Al —dije riéndome entre dientes mientras el equipo se partía el culo y bromeaba a nuestro alrededor—. No puedes evitarlo, ¿eh?
—Bueno, vale. Ya está bien —refunfuñó Eddie muerto de vergüenza—. Moved el culo hasta el campo y poneos las pilas para ganar algún trofeo.
Dolorido e incómodo, volví a enfundarme el casco, agarré el hurley y salí del vestuario en dirección al campo.
—¡Buah! ¡Mira qué culo tiene el número seis! —chilló una voz familiar cuando traspasé la puerta metálica de la valla que separaba a los aficionados del campo para reunirme con los demás.
Desde lo alto de la estructura que cubría los banquillos de nuestro equipo, en una zona del interior de la valla donde no debería estar, Molloy me guiñó un ojo.
—Bonitos movimientos.
—Bonitas piernas —respondí mucho más satisfecho que diez minutos atrás.
Me sonrió desde las alturas, con sus largas piernas colgando del borde del techo metálico.
—No te vayas a meter en líos ahí fuera, ¿vale?
Asentí lentamente.
—Haré lo que pueda.
—A ver si es verdad. —Se rio—. Porque me he dejado la piel en salvarte, seis.
Se me escapó una risa que denotaba mi confusión.
—¿Eso qué quiere decir?
Molloy me guiñó un ojo.
—Quiere decir lo que quiere decir, amigo mío. Ahora, vete a jugar con tu palito y la pelotita…
—Aoife —espetó Ricey acercándose a ella justo cuando el árbitro hizo sonar el silbato—. ¿Qué coño haces?
Sin demasiada convicción, volví corriendo al campo y me coloqué en mi posición mientras empezaba la segunda parte.
Pero no podía concentrarme ni de puta coña. Los ojos se me iban una y otra vez al lugar en el que Ricey, al que habían sustituido para la segunda parte, discutía con Molloy.
—¡Corre, Joey, vamos! —me gritó Eddie desde la banda cuando atrapé una bola en el aire que estaba a huevo.
Normalmente, no hacía falta que me dijeran nada.
Cuando tenía una sliotar en la mano, seguía mi instinto.
Pero ese día no era así.
Y menos al ver que ese pedazo de capullo agarraba a Molloy del brazo y la arrastraba por la cubierta del banquillo.
Cuando ella se cayó de rodillas, perdí el control.
Dejé la sliotar en el suelo y me encaminé hacia ellos mientras me arrancaba el casco y sentía un nivel de furia que rozaba lo inhumano.
Él la tenía cogida por el brazo y tiraba de ella hacia la puerta de la valla gritándole algo que la distancia me impedía oír.
—¡Joey! —gritó Eddie—. ¿Qué haces? ¡Vuelve!
—¡Lynchy!
—Número seis, o vuelves al campo o te ganas una amonestación.
Ignorándolos a todos, continué avanzando y no me detuve hasta que ese hijo de puta quedó a mi alcance. Me deshice del hurley, lo agarré por la parte de atrás de la camiseta y lo aparté de ella.
—¿Qué cojones…? —comenzó a decir Ricey antes de que lo hiciera callar encajándole un puño en la mandíbula. Se tambaleó hacia atrás, se cogió el mentón con la mano e intentó estabilizarse—. ¿Cuál es tu puto problema?
—Tú —rugí con el pecho agitado—. Que le pongas las manos encima de esa manera.
—¡Madre de Dios! —bramó Ricey—. ¿Cuándo se te va a meter en la cabeza que no es tu novia, gilipollas, sino la mía?
—No vuelvas a cogerla así, ¿me oyes?
—¿O qué?
—O te pondré a criar malvas.
—Anda, lárgate con la puta vagabunda de la que saliste, escoria de mierda.
—¡Joey, no! —gritó Molloy tratando de interponerse entre nosotros a toda prisa. Pero era demasiado tarde. Porque yo ya había perdido por completo la razón.
3 DE SEPTIEMBRE DE 2001
Amigos y novios
Aoife
—¿Qué hiciste? —quiso saber Casey bien tempranito el lunes por la mañana mientras se deslizaba en el asiento contiguo al mío en la tutoría—. Todo el instituto habla de ello.
Era nuestro primer día de instituto tras las vacaciones de verano y el profesor llegaba tarde, por lo que la clase estaba sumida en el caos. Todos parloteaban a gritos entre sí mientras yo iba languideciendo poco a poco en mi sitio.
—Ay, Dios. —Dejé caer la cabeza sobre el pupitre y contuve las ganas de gimotear—. Te refieres a la pelea, ¿no?
—Obviamente —respondió Casey ojiplática—. Desembucha.
—¿Por dónde empiezo? —dije con agobio.
La trifulca que había estallado entre Paul y Joey el fin de semana no podría describirse más que como una cruenta pelea de perros que, de no haber sido separados a la fuerza, sin duda habría acabado con alguno de ellos trasladado en ambulancia.
Y no exageraba ni un pelo.
En mi vida había visto tanta violencia de cerca y que me afectara directamente.
Todavía me acuerdo del sonido que hacían los huesos al crujir.
La camiseta blanca que llevaba puesta había acabado en el cubo de la basura, ya que le habían caído gotas de sangre que mamá no había sido capaz de eliminar. No podía asegurar a quién pertenecían, porque, cuando los separaron, los dos habían sangrado lo suyo.
A dos pupitres a mi izquierda tenía a Paul, cuyas heridas eran horribles, mientras que Joey se encontraba seis filas por detrás de la mía, al fondo de la clase, con un aspecto algo menos magullado. No se miraban entre ellos ni tampoco me miraban a mí.
—No sé cómo se me fue tanto de las manos, Case —gimoteé después de ofrecerle a mi mejor amiga un informe detallado de mis correrías del fin de semana—. Pero, según parece, todo es culpa mía.
A ambos los habían suspendido del equipo de hurling, algo que los había puesto realmente furiosos, y querían que yo cargara con la culpa.
—Bueno, en cierto modo lo es —contestó mi mejor amiga riéndose, sin compadecerse ni lo más mínimo de mi terrible experiencia.
—Vaya —refunfuñé—. Muchas gracias, cabrona.
—Venga ya —dijo antes de soltar un «¡psche!» en señal de indiferencia—. Si sabes que tengo razón. Tan solo digo en voz alta lo que piensas.
—¡Ufff! —gruñí consciente de que no se equivocaba—. Es solo que…
—¿Quieres estar en misa y repicando? —me planteó en tono de burla.
—Case, Joey tan solo es un amigo.
—Sí, un amigo buenorro que es incapaz de llevarse bien con tu novio, que es otro buenorro —me corrigió antes de soltar una risita—. Mientras tanto, la más buenorra de tus amigas, moi, se ha pasado el último fin de semana del verano escuchando cómo el cabecero de la cama de su madre se estampaba una y otra vez contra la pared del dormitorio porque tú estás demasiado ocupada persiguiendo a chicos como para salir con ella.
Hice una mueca de arrepentimiento.
—Lo siento.
—Ya te vale, cabrona. —Volvió a poner los ojos en blanco—. Pero llévame contigo la próxima vez. Habría pagado una pasta por ver a esos dos partiéndose la cara. —Esbozó una sonrisa pícara y añadió—: ¿Fue sexy? Sí que lo fue, ¿verdad? ¿Se arrancaron las camisetas? ¿Se vio piel? ¿Les viste los abdominales? Cuenta, cuenta.
—Eres una friki pervertida.
—Y tú eres una zorra avariciosa por quedártelos a los dos.
La miré fijamente unos instantes y exhalé un suspiro.
—Se vio piel.
Sus ojos azules se iluminaron por la excitación.
—¿La de quién?
—La de Joey.
—¡Bien! —Fingió morderse el puño—. Cuéntamelo todo.
—Los entrenadores le arrancaron la camiseta a Joey mientras intentaban separarlo de Paul —susurré acercándome bien a ella para que no nos oyera ningún fisgón—. Nunca he visto nada igual, Case. Fueron necesarios tres hombres adultos para alejarlo de él.
—Ese chico da miedo, Aoife —respondió—. Vale, es sexy, pero también francamente aterrador.
—No es verdad.
—Claro que sí —me dijo ya en tono serio—. Sabes que yo también soy de la urbanización Elk. Crecí al otro lado del barrio en el que vive. Joder, si hasta fuimos a la misma guardería. De hecho, recuerdo sobre todo que la mayoría de los días se quedaba castigado en una esquina porque se había peleado. Cariño, lo he visto en acción muchas más veces que tú, así que créeme cuando te digo que Joey Lynch es un chico que da mucho miedo.
—A mí no —me oí decir con un hilo de voz—. Para mí, él es simplemente Joey.
—¿Y Paul?
—Paul es… Paul.
—Aoife, estás jugando con fuego —sentenció con los ojos llenos de preocupación—. O enfrías la amistad que tienes con Joey o lo dejas con Paul. Esto no puede seguir así.
—No voy a hacer nada con Joey. Es que me preocupo por él, ¿vale? Está bien preocuparse por la gente.
—Puede que no estés haciendo nada con él en el plano físico.
—Y eso es lo importante. No voy a cruzar esa línea, Case.
—Sí, se supone que eso es lo importante… —aceptó ella en tono inseguro.
—¿Qué quieres decir?
—Que eres mi mejor amiga y no quiero que te hagan daño —contestó ella—. Y, si tonteas con Joey Lynch, acabará haciéndote daño.
—No me ha hecho daño…
—No te ha hecho daño todavía —interrumpió—. Pero te lo hará si no empiezas a proteger tu corazón. —Suspiró profundamente antes de susurrar—: Si te sirve de algo, no te culpo por refrenarte con Paul. No es lo que se dice un caballero de brillante armadura, pero pasar de Paul a Joey es como saltar de la sartén para caer en las brasas. Ya sé que te preocupas por él, Aoife. Lo pillo, ¿vale? Pero esa clase de chicos no tienen arreglo. Ni con amistad, ni con amor, ni con nada… Simplemente no es posible arreglarlos.
—No puedo alejarme de él —admití desgarrada—. No sé por qué, pero me resulta imposible.
—¿De quién? ¿De Paul? —La mirada se le fue hacia alguno de los pupitres que teníamos detrás y, haciendo una mueca, dijo—: ¿O de Joey?
Siguiendo su línea de visión, me giré en mi asiento justo a tiempo para ver cómo Neasa Murphy deslizaba la mano bajo el pupitre que compartía con Joey.
Girándose hacia él, se le acercó y le susurró algo al oído.
No sé qué cuchichearon entre ellos, pero Joey la miró con los ojos encendidos y Neasa se levantó de su asiento y salió de la clase. Sin perder un segundo, Joey se puso en pie y la siguió fuera del aula, ignorándome por completo cuando pasó por delante de nuestro pupitre.
Me partió el corazón.
Qué digo partirlo, se me quedó hecho añicos en el pecho.
No hacía falta ser un genio para saber adónde iban y lo que pensaban hacer cuando llegaran.
—¿Sigues sin poder alejarte, Aoife? —preguntó Case en tono triste—. Porque parece que él no tiene el mismo problema.
24 DE SEPTIEMBRE DE 2001
Una ligera discrepancia
Joey
—¿De quién es el puño con el que se ha encontrado tu cara? —fueron las primeras palabras que me dedicó Podge Kelly cuando me deslicé en el pupitre que había junto al suyo en la parte de atrás del aula para la tutoría del lunes por la mañana—. Parece como si hubieras aguantado diez asaltos con Tyson.
Y así es como me sentía.
Aún recordaba el tacto de la bota con puntera de acero de mi padre mientras me la clavaba en la caja torácica el viernes por la noche. Recordaba el olor, la sensación, el dolor, todo a la vez. Se me había quedado grabado en la memoria en un vívido tecnicolor.
«—Eso es, cabroncete —dijo riendo con crueldad—. ¡Escóndete detrás de una puerta cerrada como tu hermana! ¿Qué tengo ahí dentro, un hijo o dos hijas?
»—¡Que te den por culo! —rugí mientras trataba de ponerme en pie siguiendo el impulso de evitar toda una vida de palizas.
»—¡Joey, no lo hagas! —chilló Shannon mientras intentaba inútilmente tirar de mí para ponerme a salvo—. No salgas ahí.
»Desbloqueé la puerta alejando la cómoda, retiré con torpeza el pestillo y la abrí de golpe a sabiendas de que todavía no era lo bastante corpulento para vencer a ese mamón, pero sin que me importara una mierda.
»Prefería soportar otra vida de palizas a dejar que creyera que me había ganado».
Me negué a hacerme un ovillo como haría cualquier animal herido, como haría mi madre, y me impulsé con las manos y las rodillas tratando una y otra vez de ponerme en pie a cada nuevo y contundente golpe de bota.
Cuando me tuvo en el suelo, después de darme una buena paliza, el cabrón me escupió a la cara. Destrozado y casi sin aire, me quedé tumbado en el suelo de mi cuarto como un niño, escuchando cómo sus pasos se alejaban lentamente de la habitación.
«Puedes irte —murmuró una voz en lo más profundo de mi mente—. No tienes por qué aguantar sus mierdas ni un segundo más. ¡Haz las maletas, hazte un Darren y sal corriendo!».
Tras rechazar la idea, moví la cabeza hacia los lados y dejé escapar un gemido de dolor, sintiéndome mareado de cojones y a unas tres patadas en la cabeza de acabar bajo tierra.
«Si no sales de esta casa, vas a morir en ella…».
Sí, había tenido un fin de semana realmente estelar.
Encogiéndome de hombros, dejé caer la mochila al suelo junto a mí y me quité enseguida la capucha, ya que si no lo hacía no tendría más remedio que pasar por el despacho.
—Me lo hice en un partido.
—Este fin de semana no ha habido partido.
—Entonces en el entrenamiento.
—Tampoco ha habido entrenamiento, tío.
—¿Quién eres, mi madre? —le solté enervado—. ¿Quieres que te haga una lista de todos los sitios en los que he estado? Déjame en paz con tus preguntas, idiota.
Se inclinó hacia mí y me tiró del cuello de la camisa.
—Madre mía, Joe, tienes el cuello azul y negro.
—Vuelve a tocarme y te quedas sin la mano de las pajas —le advertí dándole un guantazo en la mano antes de arreglarme rápidamente el cuello de la camisa gris del uniforme.
Con el ceño fruncido, Podge se pasó una mano por su brillante pelo rojizo y murmuró:
—Cálmate, tío, te lo preguntaba porque me preocupas. Perdona si me importas.
—Deja de hacerlo.
—¿El qué? ¿Preocuparme por mi amigo? ¿Hacer preguntas cuando llegas al insti como si te hubieran dado una paliza de muerte?
—Exacto —contesté mientras buscaba en la mochila la agenda de los deberes—. Deja de preguntar y deja de preocuparte.
—De acuerdo —soltó, y, durante unos instantes, me pregunté qué pasaría si le contara la verdad, hasta que me estremecí mentalmente cuando las palabras de advertencia de Darren resonaron en mi cabeza.
«Adelante, díselo a tu profesor. Verás lo que pasa si lo haces. Verás qué les pasa a los demás. Nos obligarán a irnos a todos, nos separarán. A lo mejor tu conciencia puede vivir con la culpa de haberles robado su inocencia, pero te aseguro que la mía no».
«No hay salida —pensé sintiendo cómo la desesperación volvía a filtrarse por mis venas a toda velocidad—. Estoy completamente solo».
Me sentía atrapado, acorralado en una puta esquina.
Estaba rodeado de mentirosos y fulleros a los que no podía darles la espalda ni un puñetero segundo. Cansado de luchar en una guerra que nunca iba a ganar, y abierto en canal por la traición, luché por reprimir mis tumultuosos pensamientos.
Ya nada tenía sentido.
Era como si todos fueran a por mí.
No podía confiar en nadie, eso estaba claro.
No había ayuda posible para gente como nosotros, para familias como la nuestra. Estábamos jodidos, jodidos de verdad, y yo estaba demasiado destrozado como para seguir manteniendo a esos niños con vida.
«Porque yo mismo quería morir».
Justo en ese momento, el teléfono me vibró en señal de que me había llegado un mensaje. Me lo saqué del bolsillo y le eché un rápido vistazo a la pantalla.
Holland: Un porrito para el almuerzo?
Inmediatamente aliviado, tecleé una respuesta y le di a Enviar.
Lynchy: Nos vemos donde siempre.
Negando con la cabeza, movía arriba y abajo la rodilla mientras escribía frenéticamente otro mensaje.
Lynchy: Tienes algo más?
Holland: Como qué?
Lynchy: Algo más fuerte. Algo que me haga desconectar.
Holland: Hoy es tu puto día de suerte. Tengo una remesa de 512 que lleva tu nombre.
Lynchy: 512? Eso hará lo que yo necesito?
Holland: Tanto que ni te lo vas a creer, colega.
Lynchy: Entonces me apunto.
En algún lugar de mi interior, sabía que me estaba comportando de forma autodestructiva, provocándome un dolor innecesario, infligiéndole daño a mi cuerpo y mi mente… Pero no podía parar. La depresión que me consumía por dentro me lo impedía.
El cuerpo me funcionaba con el piloto automático. Hacía las cosas por inercia, tratando de llegar de A a B como fuera necesario.
Solía conseguirlo fumándome un porro, pero ya no era así. Sentía que mi idilio con el cannabis se desvanecía, porque a medida que las palizas de mi padre se intensificaban, perdía más y más el control, y la desesperación por escapar alcanzaba unas proporciones épicas.
Necesitaba algo más fuerte.
Algo que lo detuviera todo.
Algo que me ayudara a sobrellevar los días.
—¿Qué ha pasado entre vosotros? —me preguntó Podge tratando claramente de relajar el ambiente mientras señalaba hacia la otra punta del aula—. Y no me vengas con el mismo cuento que a todos.
—¿De quién hablas? —contesté sin inmutarme volviéndome a guardar el teléfono en el bolsillo.
—¿Que de quién hablo? —Podge me echó una mirada de indignación, como diciendo «No me mees en la espalda y me digas que llueve»—. De Aoife, imbécil. ¿De quién voy a hablar?
En cuanto pronunció su nombre, no pude evitar ponerme a buscar su reconocible melena rubia por toda la clase, lo que me hizo descubrir que ella ya me estaba mirando.
Con una ceja arqueada, le devolví la mirada y articulé visiblemente la palabra «acosadora».
Demostrando una vez más que no era como las demás chicas de nuestro curso, que se habrían sonrojado y habrían apartado la mirada al sentirse observadas, Molloy hizo el mismo gesto que yo de arquear una ceja y articuló en el aire la palabra «desgraciado».
Le guiñé un ojo. «Bonitas piernas».
Sonriendo, se rascó la nariz con el dedo corazón. «Gilipollas».
Tuve que aguantarme las ganas de reír. Negué con la cabeza y me di la vuelta, consciente de lo mucho que me podía distraer. Había días en los que me había perdido clases enteras por estar haciendo caso de sus traviesas payasadas.
Aunque después de pelearme con el capullo de su novio unas semanas atrás nunca llegamos a aclarar las cosas entre nosotros, de alguna manera se las había arreglado para que tuviéramos buen rollo. Algo que yo había jurado que no iba a pasar tras ver que volvía a su lado.
Mi intento de ignorarla había durado tres días porque, sinceramente, alejarme de Aoife Molloy me resultaba casi tan difícil como seguir enfadado con ella.
Era la hija de mi jefe y compartíamos aula durante siete horas al día. En algunas de las clases los asientos estaban asignados de antemano, así que no me quedaba más remedio que soportar sus ingeniosas ocurrencias durante cuarenta minutos seguidos.
Los miércoles había cuatro clases en las que nos teníamos que sentar juntos. Eso suponía intentar ignorarla durante todo el puto día, por eso solo había aguantado enfadado tres.
No sabía qué hacer con ella, la verdad. Era como un olor la hostia de agradable que no se iba ni para atrás. Una parte de mí sentía un miedo atroz ante la idea de que siguiera escarbando y, de algún modo, lograra atravesar mis paredes, todas mis pútridas capas, hasta llegar a mi horrible núcleo central y luego saliera huyendo.
Otra parte mayor se negaba a preocuparse.
¿Por qué iba a hacerlo?
¿Qué coño me importaba a mí si se largaba?
No iba a perder el sueño por ella.
Me negaba.
Ella no significaba nada para mí, y así iba a seguir siendo.
—No ha pasado nada, Podge —dije tras aclarar mis pensamientos—. Se le ha metido en la cabeza que somos amigos.
—¿Y no lo sois?
«No tengo ni idea de lo que somos».
Le cogí un boli del estuche y rápidamente falsifiqué una semana de firmas de mi madre en la agenda de los deberes y el cuaderno de mal comportamiento firmando todas las notas de advertencia que me habían puesto tanto los profesores como la tutora del curso, y luego me quedé admirando mi obra.
Marie Lynch.
Levanté una ceja y sonreí para mis adentros.
«No está mal».
—¿Te lo has hecho con ella?
—¿Con quién? —dije distraído mientras grababa mis iniciales en el pupitre con el compás.
—Con la Virgen María —respondió Paul con sarcasmo—. ¿Con quién crees?
—¿Que si se lo ha hecho con quién? —preguntó Alec Dempsey girándose en su asiento para hablar con nosotros. Su mirada, cargada de curiosidad, saltaba de la cara de Podge a la mía—. ¿Con quién te lo has hecho, Lynchy?
—Con nadie.
—Aoife Molloy.
—Joder, tío, pensaba que solo era un rumor. ¿De verdad te la has tirado? —Los ojos de Alec se abrieron como platos—. ¿Por eso os peleasteis?
—No.
—¿No?
—No —repetí lentamente—. ¿Qué parte de la palabra «no» te cuesta pillar?
Desvié la mirada hacia Ricey, que se apresuró a centrar su atención en la parte delantera de la clase para evitar el contacto visual.
Sonreí con malicia mientras saboreaba su incomodidad.
No me supuso ningún problema ignorar a ese hijo de puta y, salvo por algunos comentarios superfluos que nos hacíamos cuando jugábamos juntos, me ocupé de mis asuntos haciendo como si no existiera. Aquel día le había dicho lo que opinaba de él con mis puños, y el chaval había tenido la sensatez de no volver a cruzarse en mi camino.
—Claro que lo ha hecho —sentenció Podge guiñándole un ojo a Alec—. Por eso ella no deja de mirarlo.
—Tío, es de lejos la chica más guapa de nuestro curso —gimoteó—. Puede que hasta de todo el instituto.
En realidad no había ninguna duda. Era indiscutible que Molloy ostentaba ese título.
—Por eso Ricey está tan obsesionado con ella. Siempre quiere tener lo mejor y ser el mejor en todo. Casi nunca pierde de vista a esa chica —compartió con nosotros Alec antes de seguir diciendo, con los ojos fuera de las órbitas—: Hostia puta, ¿te lo montaste con ella en el taller? Trabajas allí con su padre, ¿no?
—Seguro que ella va por allí sin Ricey —conjeturó Podge—. Es una buena oportunidad para pasar un rato a solas.
—Es verdad, tronco, es el momento perfecto —confirmó Alec asintiendo con entusiasmo—. Así es como te la tiraste sin que Ricey te pillara, ¿a que sí?
Entrecerré los ojos en señal de repulsa.
—¿Lo veis? Precisamente así es como se pone en marcha la fábrica de rumores.
—Me sorprende que fueras capaz de abrirle las piernas —se rio Mike Maloney uniéndose a la conversación—. Por lo que he oído, es más estrecha que…
—Acaba la frase —ordené con frialdad—. Venga, atrévete. A ver qué pasa.
—Como si tú supieras mucho sobre cómo hacer que una chica se abra de piernas, ¿eh, Mike? Con esa cabeza de chorlito que tienes… —dijo Podge partiéndose el culo y tratando de reconducir la conversación hacia aguas seguras—. Joe, si dices que no has estado con ella, yo te creo.
—Es que es la pura verdad —me limité a decir.
—Joder, pero es una tía difícil —añadió Mike con un suspiro—. Ricey es un cabrón con mucha potra por haber conseguido convencerla para que salga con él.
—Vaya si lo es —ratificó Alec—. Os juro que he llegado a soñar con sus piernas.
—Tan largas…
—Y esa falda.
Me tragué la amargura del momento y me obligué a mí mismo a desconectar de la conversación, porque si no lo hacía era muy posible que se me fuera la olla.
Por una vez, me sonreía la suerte.
—Joseph Lynch —anunció la señora Falvey, nuestra tutora de curso, cuando entró en el aula un instante después—. Se te requiere en el despacho. —Chasqueó la lengua con expresión de desagrado—. Y tráete el libro rojo de faltas.
—¿Qué has hecho esta vez? —susurró Mike, tan entrometido como siempre.
—Ni puta idea —murmuré poniéndome en pie a toda velocidad.
Encantado de dejar atrás la conversación que se desarrollaba a mi alrededor, cogí la mochila y me dirigí hacia la puerta.
—Me has decepcionado mucho —dijo la señora Falvey cuando pasé por delante de su mesa—. Creía que habíamos logrado controlar tus problemas de comportamiento el año pasado. Y, como este es otro curso y todo eso, estaba dispuesta a hacer borrón y cuenta nueva. Pero a las cuatro semanas me entero de que te has vuelto a pelear.
—¿Con quién? —pregunté confundido mientras me rascaba la nuca.
—Con Marcus Shorten.
—Marcus ¿qué?
—Es del instituto comunitario de Kilcock —soltó—. ¿Te suena?
Me quedé con la mirada perdida.
—Joey, le rompiste el dedo —afirmó suspirando con frustración—. Con el hurley. A propósito.
—¿Cuándo?
—El viernes pasado —respondió enfadada—. Su madre nos ha llamado esta mañana. Como te puedes imaginar, estaba muy disgustada por lo que había sucedido. Quiero elevarlo a la junta.
—Ah, vale —musité tras recordar vagamente el incidente que tuvo lugar en el campo el viernes anterior cuando nuestros institutos se enfrentaron en un partido de liga—. ¿De verdad ha llamado su madre a nuestro instituto?
—Sí, así es. Estaba muy disgustada.
—Aquello no fue una pelea —dije en tono de burla.
«Qué chivato, se lo ha dicho a su mamá».
La profesora entrecerró los ojos.
—Entonces ¿tú cómo lo llamarías?
Ese mamón casi me arranca los nudillos con la banda metálica de la base de su hurley. Lo único que hice fue devolverle el favor.
—Una ligera discrepancia.
—Bueno, pues esa ligera discrepancia ha hecho que te ganes la primera expulsión temporal del año —me espetó—. Enhorabuena. —Mientras aplaudía burlonamente, preguntó—: ¿Quieres decir algo en tu defensa?
—Sí. Ese día ganamos el partido —repliqué encogiéndome de hombros—. Y yo fui el mejor jugador.
18 DE OCTUBRE DE 2001
Expulsiones y tacones de aguja
Aoife
—Cincuenta euros, papá. Es por una buena causa —dije tratando de respaldar mi argumentación el jueves por la tarde después del instituto.
—¿Desde cuándo un par de zapatos nuevos se considera una buena causa?
Me encogí de hombros.
—¿Preferirías que te mintiera y te dijera que iba a meter el dinero en el cepillo de las limosnas?
—Aoife.
—Papá, por favor —le supliqué—. No volveré a pedirte nada nunca más.
—Hasta que quieras una falda que vaya a conjunto con los zapatos, ¿no? Siempre haces lo mismo cuando me pides dinero.
—Vale, tienes razón —concedí levantando una mano—. Pero no comprendes lo muchísimo que necesito esos zapatos, papá. Son perfectos para el disfraz que quiero llevar para Halloween.
—¿Tu madre qué dice al respecto?
Puse los ojos en blanco.
—Ya la conoces.
Papá frunció el ceño.
—Si tu madre cree que no…
—¡Venga, papá! —traté de persuadirlo; luego me saqué el as que tenía en la manga—: A Kev le compráis todos los juegos de ordenador que os pide y no se las hacéis pasar tan canutas. Es que casi parece como si no me quisierais.
Oí que salía una carcajada de debajo del coche en el que me había apoyado. Miré fijamente al culpable, que estaba espatarrado sobre una camilla deslizante con solo medio cuerpo al alcance de mis patadas.
—Aoife —suspiró papá—. Claro que te queremos.
—Lo único que pido es un par de zapatos, papá —gimoteé forzando un tono suave y frágil—. ¿Por favor?
—Virgen santa —farfulló limpiándose las manos en un trapo lleno de aceite—. De acuerdo. Voy a coger la cartera. Está en el despacho.
—Eres el mejor. Te juro que vivirás siempre conmigo y nunca pisarás un geriátrico —canturreé rodeándolo con los brazos y radiante de júbilo—. Pero, sí, mejor ve a coger la cartera —añadí guiándolo en dirección a su despacho—. Porque son el último par que tienen a la venta y me moriría si Danielle Long llega con ellos al mostrador antes que yo.
Esperé hasta que mi padre hubo desaparecido en el despacho y me volví a centrar en Joey. Con una pierna a cada lado de su cuerpo, me agaché, le agarré la parte delantera del mono de trabajo y tiré con fuerza hacia fuera, haciendo que saliera rodando de debajo del coche, todavía con la llave inglesa en la mano.
—¿Te importa? —dijo arrastrando las palabras y mirándome desde su posición, con la gorra de béisbol hacia atrás y la mejilla embadurnada de aceite—. Me pillas ocupado ahora mismo.
—¿Que si me importa? —repliqué con los brazos en jarra, de pie sobre su cuerpo y fulminándolo con la mirada—. Casi me lo fastidias con tanta risita.
—Eres una brujilla manipuladora, ¿eh? —Volvió a reírse—. Mira que jugar así con tu viejo…
—Solo cuando es necesario —resoplé negándome a sentirme mal al respecto—. No has visto cómo son los zapatos.
—Zapatos —repitió con un bufido mientras negaba con la cabeza—. Y te preguntas por qué no somos compatibles.
—Ah, ya veo por dónde vas, señor «No me importa tirar el dinero gastándomelo en hierba» —contraataqué—. Te garantizo que si vieras cómo me quedan esos zapatos, lo entenderías.
—Si te quedan tan bien como ese tanga amarillo que llevas ahora mismo, voy a tener que darte la razón —contestó señalando el perfecto ángulo de visión que, sin querer, le estaba ofreciendo.
—Cierra los ojos.
—Cierra las piernas.
—No. —Me inundó una ola de calor—. No me da vergüenza.
—A mí tampoco.
—Me estás mirando por debajo de la falda.
—Me estás poniendo el coño en la cara.
—Dios. —Me entró la risa—. No me creo que hayas dicho eso.
Riéndose dulcemente, comenzó a rodar de nuevo bajo el coche.
—Espera. —Le apreté el pie contra el estómago para evitar que desapareciera bajo el vehículo e hice que volviera a salir.
—Entonces ¿te gusta el color amarillo?
—Se acaba de convertir en mi favorito.
—¿Ah, sí?
—Pues sí, Molloy.
—Mi color favorito también es el amarillo.
—Es que te queda muy bien.
—Me queda aún mejor cuando me lo quito. —Como me sentía juguetona, comenté con un ronroneo—: Estás muy seguro de que somos incompatibles, pero me pregunto qué pasaría si me sentara en tu regazo. ¿Mmm? ¿Crees que encontraríamos algún punto en común, Joe?
—¿Por qué no te sientas y lo comprobamos?
—¿Qu-qué? —Totalmente desconcertada ante su arranque de coqueteo, fruncí el ceño—. ¿Qué haces?
—No, ¿qué haces tú?
—Estás intentando ligar conmigo.
—Eres tú la que intentas ligar conmigo.
—¿Y qué? —repuse con un resoplido—. Yo siempre lo hago.
Joey sonrió con malicia.
—Bueno, puede que haya decidido cambiar de táctica.
—¿Y ligar conmigo?
—¿Por qué no? —Se encogió de hombros—. No parece que me vaya muy bien siendo un gilipollas, ¿no?
—Pero se te da muy bien.
—Acércate y te enseño lo bien que se me da hacer otras cosas.
—Vale, me estás asustando —dije partiéndome de risa mientras me alejaba de él—. Para ahora mismo y devuélveme a mi gilipollas.
Riéndose, Joey volvió rodando bajo el coche.
—Has perdido esta ronda, Molloy.
—No la he perdido —afirmé con un bufido—. Has cambiado las reglas.
—¡Claro, claro! —gritó desde debajo del vehículo—. Ve a comprarte esos zapatos, princesa.
31 DE OCTUBRE DE 2001
Mi disfraz es mejor que el suyo
Joey
—¡Una calle más, Joe! —suplicaba Ollie juntando las manos mientras miraba con esos enormes ojos marrones que normalmente me hacían ceder y darle lo que me pidiera.
«Esta noche no».
Esa noche, con motivo de Halloween, había una discoteca para menores en el pabellón de la asociación de hurling y fútbol gaélico y, en cuanto metiera a esos dos mamoncetes en la cama, tenía toda la intención de ir y ponerme hasta el culo de todo.
Era lo único que me animaba a ir, el hecho de saber que había una botellita de vodka y un canuto, ambos con mi nombre, esperándome en la otra punta de la ciudad.
—Llevas la bolsa llena de caramelos, chaval. —Apoyándome contra un muro cualquiera, me puse a jugar distraídamente otra partida al Snake en el móvil, haciendo caso omiso de las hordas de críos disfrazados que corrían por la calle—. Tienes de sobra.
—Tadhg tiene muchos más que yo —lloriqueó Ollie—. Tiene una bolsa entera más. ¡Mira, Joe! —Señaló a nuestro hermano, que llevaba una bolsa de plástico rebosante de caramelos en un brazo y una funda de almohada igual de llena sobre el hombro—. No es justo.
—Déjalo ya, no seas quejica —soltó Tadhg riéndose—. Si dejaras de intentar hablar con todas las viejecitas que te abren la puerta, a lo mejor habrías podido ir a más casas.
—Estaba siendo amable —replicó Ollie dolido—. Hay que tener buenos modales.
—Hay que tener cerebro —contraatacó Tadhg—. Así que deja de quejarte.
—Pero tiene más que yo —siguió gimoteando Ollie—. Mira, Joe, mira…
—Eso solo significa que Tadhg va a estar mucho más gordo que tú —respondí distraído; entonces me mataron en el juego y solté una retahíla de tacos entre dientes.
—Bueno, mi disfraz es mejor que el suyo —gruñó Ollie señalando la capa y la máscara improvisadas que le había hecho Shannon—. Soy Robin.
—No te vengas muy arriba, Ols —le contestó Tadhg—. Llevas una bolsa de basura negra alrededor de los hombros. Más que Robin, pareces una bolsa de mierda sacada de un contenedor.
—Tadhg —dije en tono de advertencia—. No te pases. Es pequeño.
—Ya, bueno, me queda mejor que a ti —afirmó Ollie con un bufido cruzando sus flacos brazos sobre su igualmente flaco pecho—. Eres una caca de Batman.
—Puede ser —convino Tadhg—, pero sigo teniendo más caramelos que tú.
—Vale —accedí metiéndome el teléfono en el bolsillo—. Venga, chicos. Llevamos fuera más de dos horas. Hay que ir a casa. Tengo cosas que hacer.
—¿Qué cosas? —inquirió Tadhg mirándome con recelo mientras los guiaba por la calle como si fueran ganado y cogía a Ollie de la mano justo antes de que saliera corriendo delante de un coche.
Sonriendo con suficiencia, le guiñé un ojo.
—Haces preguntas que ni la Gardaí.
—Oh, oh —refunfuñó Ollie, que se arrastraba a paso lento junto a mí—. Eso suena a problemas.
—De todas formas, ya sé adónde vas —comentó Tadhg—. A esa disco del pabellón.
—¿Y para qué preguntas?
Se encogió de hombros.
—No sé.
—¿Hay que vestirse bien? —A Ollie se le iluminó la cara—. ¿Tenes disfraz?
—Se dice «tienes», no «tenes» —lo corrigió Tadhg suspirando—. Aprende a hablar, ¿vale?
—Tadhg —dije a modo de advertencia antes de responderle a Ollie—. No sé, colega. Supongo que habrá algunas chicas que se disfracen.
—¿Con trajes de miedo?
«Más bien irán de ángeles y diablesas cachondas».
—Algunas —acabé por decir, distraído ante tal posibilidad.
Sin permiso de mi cerebro, mi imaginación conjuró una imagen de Molloy que era una puta maravilla, en la que llevaba unas medias rojas de rejilla que acentuaban sus largas piernas en toda su inmensidad, un minúsculo vestido de enfermera blanco que le juntaba las tetas en el escote, y uno de esos sombreritos con una cruz sujeto en lo alto de su larga melena rubia.
Pero entonces mi imaginación me jugó una mala pasada y me mostró al capullo de Paul toqueteándola en medio de la pista de baile, y mi cuerpo rechazó la imagen.
Con un disgusto de cojones, aparté de mi mente cualquier pensamiento relacionado con Molloy y me centré en llevar a los chicos a casa.
Cuando llegué a casa con mis hermanos después del truco o trato, Shannon nos recibió en la puerta principal, donde esperaba pacientemente su parte del botín. Era un acuerdo al que había llegado con los chicos al aceptar hacerles los disfraces.
Los dejé con sus discusiones y subí corriendo a darme una ducha y a cambiarme de ropa. Cuando entré en la cocina, unos veinte minutos más tarde, mamá ocupaba su sitio habitual junto a la mesa.
—¡Qué bien hueles! —dijo con las manos alrededor de una taza de té—. ¿Vas a salir?
—Esta noche hay discoteca en el pabellón. Me voy a encontrar allí con Podge y otros chavales del instituto —contesté en tono civilizado, algo que siempre resultaba más sencillo cuando mi viejo no estaba en casa.
La semana anterior mi padre había tenido un arrebato monumental que lo había enviado al banquillo por un tiempo.
—¿Ha dicho algo? —pregunté mientras cogía una lata de Coca-Cola de la nevera—. ¿Ha llamado?
Porque, seamos sinceros, todos sabíamos que iba a hacerlo. Cuando se aburriera de su ligue de esa semana, la que había decidido que era mejor que la madre de sus hijos, volvería arrastrándose.
Siempre lo hacía.
—No. —Negando con la cabeza, dejó escapar un leve suspiro—. Ya te lo dije la semana pasada, se ha ido y…
—Esta vez es para siempre —la interrumpí completando la frase que había oído por lo menos media docena de veces al año desde que tenía uso de razón—. ¿Estarás bien sola con los niños? —Le miré el abultado vientre y un nudo de preocupación me carcomió las tripas—. Si me necesitas, puedo quedarme en casa.
—No, vete —indicó poniéndose en pie—. Estaré bien.
—Mamá, si salgo, llegaré tarde. —«En otras palabras, no voy a volver si cambias de idea y decides que me necesitas aquí»—. ¿Estás segura de que vas a estar bien? —Arrugué las cejas; estaba indeciso—. ¿Qué pasa con el… bebé?
—No salgo de cuentas hasta dentro de tres semanas —contestó—. Y tengo aquí a Shannon para que me haga compañía. —Sonriendo, algo que no ocurría con frecuencia últimamente, agregó—: A lo mejor pedimos chino y vemos una película cuando los niños se acuesten.
—Ya, yo no contaría con que se fueran a dormir demasiado pronto —le advertí pensando en las bolsas de caramelos que habían juntado—. Toma… —Haciendo una pausa, metí la mano en el bolsillo de los vaqueros y saqué un billete de veinte euros—. Pedid la cena con eso.
—No, no, no —comenzó a negar mamá moviendo a un lado y a otro la cabeza—. Eso es tuyo. Tengo dinero suficiente.
No era verdad.
Lo sabía porque hacía un rato la había visto meter su último billete de diez en el contador de la luz.
—No hay problema, mamá. Ayer cobré —le aseguré poniéndole el dinero en la mano—. Aún me queda para mí.
Se quedó mirando el dinero que tenía en la mano durante mucho rato antes de metérselo en el bolsillo de la bata de forma temblorosa.
—Gracias, Joey.
—Genial. Asegúrate de que Shannon coma algo, ¿vale? —dije cogiendo las llaves y encaminándome hacia la puerta de la entrada—. Se ha quedado en los huesos.
«Igual que tú».
—Lo haré, lo prometo —afirmó mamá siguiéndome hasta la puerta y viendo cómo me marchaba desde el umbral, lo cual resultó un tanto incómodo—. Que te diviertas.
—Claro —respondí—, tú también, mamá.
—¡Joey! —gritó cuando yo ya estaba en la tapia del jardín. Se ciñó bien la bata y vino corriendo hacia mí. Me quedé petrificado y no moví ni un músculo cuando se acercó y me puso su pequeña mano en la cara.
Con maternales ojos azules llenos de lágrimas no derramadas, se puso de puntillas y me dio un beso en la mejilla.
—Ten cuidado.
—Claro —contesté bruscamente, aclarándome la garganta, mientras me invadía la culpa por los pecados que ambos sabíamos que iba a cometer esa noche.
—Lo tendré, mamá.