Prólogo
Hace cuatro años

Yo quería a Levi Coldwell. Estaba enamorada de Levi Coldwell. Hacía cuatro años que era mi mejor amigo y los que quedaban.
Nos conocimos en primer curso, aunque no fue amor a primera vista. Sobre todo, porque ambos llevábamos brackets y el acné hormonal cambiaba de ubicación en nuestra cara a diario. El primer día de instituto, coincidimos en dos asignaturas, y a ambos se nos daba mal una de ellas.
Un suspiro audible por parte de Levi mientras intentaba enhebrar una aguja en clase de Costura y una nota baja en mi primer trabajo de Inglés fueron lo único que hizo falta para empezar a prestarnos apoyo mutuo.
Yo le enseñé a coser y él me ayudó a corregir mis redacciones. Se trataba de una transacción exclusivamente comercial que tenía lugar dos días a la semana, hasta que empezamos a hablar de cosas en absoluto relacionadas con la costura ni la escritura.
Teníamos en común una serie de pasiones: nuestro amor por el cine, la dedicación académica, la lealtad a la familia y el duelo por el que habíamos pasado —por el que estábamos pasando—. Ambos habíamos experimentado la pérdida de un padre, y creo que eso fue lo primero que nos unió.
Cuando lo conocí en primer curso, el mío había fallecido hacía tres meses, mientras que el señor Coldwell ya llevaba dos años muerto.
Levi aún cargaba con la pena como si se tratara de una botella de vino vacía.
Cuatro años después, nos habíamos convertido en mejores amigos y estábamos a punto de graduarnos juntos en el instituto.
Durante esos años, mensajearnos a diario, pasar las noches de los sábados viendo pelis y comer juntos en el instituto se volvió algo habitual. Para mí, eran el equivalente a tener una rutina matutina o a rezar por la noche.
Meses viéndome jugar desde las gradas y animándome en mis partidos de sóftbol mientras yo lanzaba bolas fuera, y noches llenas de tropiezos por culpa de aquella grieta en la acera que había en el camino entre nuestras casas.
Fui testigo de cómo Levi preparaba cupcakes para las funciones escolares de sus hermanas, de cómo les recogía el pelo en coletas y de lo quieto que se quedaba mientras nos pintaban las uñas. Esos son los momentos que revelan todas las facetas de una persona. Y, ¡Dios mío!, cuánto disfrutaba yo de cada una de las suyas.
Nos habíamos convertido en el tipo de mejores amigos que recibían invitaciones para cenar todas las semanas y cuyas madres estaban al tanto del último drama del otro y cotilleaban mientras tomaban café en el porche.
Él vivía calle abajo, de modo que yo iba a cenar con su familia los domingos por la noche, y nos partíamos de risa mientras Trish contaba viejas historias y sus hermanas se tiraban patatas fritas por encima de la mesa.
Pero todo cambió cuando llegamos a tercer curso.
Levi por fin había vuelto de Vermont, donde se había ido a pasar las vacaciones de Navidad con su familia. Yo me había aburrido como una ostra todo el mes de diciembre, esperándolo. Así que, el día de su vuelta, corrí por el pasillo hasta la segunda taquilla, a la izquierda de nuestra clase de Inglés, para verlo.
Y me lo encontré besando a alguien.
Se me encogió el estómago cuando lo pillé liándose con Jennifer O’Brien. Me sorprendió descubrirlo pegado a la taquilla, con las manos de ella recorriéndole el cuerpo como si le estuviera grabando un soneto en la piel. Me costaba recordar cuánto tiempo llevaba mirándolos; no podía parar. Era como encontrarte en persona con el famoso por el que estabas colgada. Se me secó la garganta, las lágrimas me anegaron los ojos y mis pies se negaron a moverse hasta que alguien chocó conmigo y me obligó a apartarme.
Había visto a Vi —Levi— salir con otras chicas e incluso ir al baile de fin de curso con alguna de ellas, ¡y nunca me había supuesto ningún problema! Siempre había experimentado alguna punzada de celos, pero las había ignorado, atribuyéndolas al instinto protector que me despertaba mi mejor amigo. Pero nunca lo había visto besando a nadie. Eso… eso me pareció mal; intrusivo, a decir verdad.
Y cuando descubrí a Jennifer pegando los labios a los suyos, me arrepentí al instante, porque un puñado de emociones cuya existencia desconocía afloraron a la superficie.
Había transcurrido casi un año desde aquello, y seguía sin poder deshacerme del recuerdo. Pero la graduación era a la mañana siguiente y esa noche se celebraba el baile, por lo que no podía posponerlo más.
Hacer álbumes de recortes no había funcionado; ver películas románticas sin parar no había funcionado; bordar y confeccionar colchas no había funcionado; y redactar una lista con todos sus defectos, indudablemente, no había funcionado, porque carecía de ellos.
El único que se me había ocurrido era que, en septiembre, no había intentado besarme después del primer partido de fútbol de la temporada. Estábamos sentados en su coche frente a mi casa, y yo le había mirado los labios de reojo como mínimo dos veces.
En fin, que todo eso no había servido de nada. Seguía enamorada de él. Y ya no podía fingir que el corazón no se me estrellaba contra las costillas cuando me guiñaba el ojo en clase o me rozaba la mano, y mucho menos cuando se enrollaba mis mechones en el dedo si nos sentábamos uno frente al otro. No podía fingir que no sentía la garganta tan tirante como una toalla retorcida cuando las chicas coqueteaban con él en las fiestas. Ya no podía fingir que no significaba nada.
Tenía que confesárselo esa misma noche, antes de que nos graduáramos a la mañana siguiente y nos marcháramos a la universidad a finales de verano. No soportaría pasar otras vacaciones a su lado y torturarme con la posibilidad de que él se fuese a la universidad y quizá conociera al amor de su vida.
El problema era que la noche en cuestión había llegado y yo estaba aterrorizada. Me había pasado horas arreglando y ajustando el vestido para que me quedara como un guante, pero en aquel momento sentía que me apretaba demasiado mientras me tomaba mi segundo vaso de refresco mezclado con alcohol —cortesía del equipo de hockey, que había llevado vodka— bajo las luces centelleantes que colgaban por todo el carísimo lugar donde se celebraba el baile de graduación.
Por favor, no permitas que eso influya en tu opinión sobre mí, porque no tenía por costumbre beber. No se puede decir que me gustara demasiado el alcohol y, desde luego, no era alguien que tuviera contactos en el equipo de hockey. Por desgracia, aquella panda no era lo bastante sofisticada para un cóctel Shirley Temple, así que habían optado por el vodka con soda.
Se lo había visto hacer a Molly Ringwald en una película, para ganar confianza, así que me pareció que no podía hacerme daño. Sin embargo, mientras observaba desde lejos a Levi charlando con unos amigos, el nudo de ansiedad que sentía en el estómago se hizo más presente. Aquel traje gris marengo se le pegaba a sus largas piernas y conseguía que su pelo y sus ojos oscuros parecieran más provocadores de lo habitual. Siempre desprendía esa aura tan genial, con esos rizos castaños, la postura erguida y los cautivadores ojos color avellana.
Debía de estar mirándolo con demasiada intensidad, porque se giró y me pilló in fraganti. El pánico hizo que se me parase el corazón de golpe, pero él se limitó a articular: «Hola, gamberra», me guiñó un ojo y prosiguió con su conversación.
Alargué la mano hacia un jugador de hockey de aspecto preocupantemente maduro para pedirle otra copa y me la bebí entera antes de que mi mente pudiera ser consciente del sabor. Había acudido al baile con una cita (platónica): Jeremiah. Me estaba ayudando a decidir qué decirle a Levi esa noche, lo que acabó con una nota increíblemente larga en mi móvil. Hablando del tema, ¿dónde se había metido? La última vez que había visto mi teléfono estaba en su mano.
Mierda, mierda, mierda. No podía hacerlo sin él ni el móvil.
¿Por qué tenía la cara mojada? Me pasé la mano por la mejilla y me di cuenta de que estaba llorando. Por supuesto que no era de esas borrachas tranquilas y felices, tenía que ser de las tristes y ansiosas.
Me agarré el vestido para no tropezar y corrí hacia uno de los pasillos laterales para recomponerme. Cuando logré encontrar cierta privacidad, mi cuerpo se relajó y las lágrimas fluyeron. ¿Dónde estaba Jeremiah?
Tap, tap, tap. Las lágrimas me nublaron la vista lo suficiente como para no ver a la persona que se acercaba, tan solo oía el sonido de sus pasos. Cerré los ojos con fuerza y recé para que pasara de largo. Si no volvía a abrirlos, a lo mejor sería como si nadie viera el vergonzoso desastre en el que me había convertido, allí sentada en el suelo.
—Oye, oye, oye, ¿qué pasa, Daisy?
Solo tres personas en mi vida me llamaban por mi segundo nombre, y únicamente una de ellas estaba allí.
Abrí los ojos como si su voz fuera una orden y lo vi agachándose frente a mí con urgencia. Me acunó las mejillas con las manos de inmediato. Cuando me alzó el rostro, obligándome a mirarlo a los ojos, descubrí que parecía angustiado. El corazón me retumbó con más fuerza en el pecho y se me calentaron las mejillas al sentir sus palmas contra la piel.
Era demasiada cercanía; Levi estaba demasiado cerca. ¿Era capaz de ver mi amor por él reflejado en mi expresión? ¿Se daría cuenta, por cómo me había estremecido su contacto, de que cada fibra de mi ser estaba hecha para que la tocara?
¿Cómo habíamos pasado de la amistad a aquello?
Las lágrimas se negaron a que las contuviera. Pero cuando percibí la absoluta desolación que reflejaba su rostro, me inundó la esperanza de que sintiera lo mismo que yo.
Diez minutos después, me rompió el corazón. Y me pasé cuatro años sin verlo.
1
«¿Cómo he dejado pasar tanto tiempo sin verte?»

—Jia, no estoy sentada a la mesa con ellos, no tengo ni idea de lo que dicen —susurré desde la protección que me ofrecía el reservado donde me había escondido.
—Entonces, ¿qué sentido tenía ir? —exclamó ella al otro lado de la línea.
—Pues asegurarme de que no asesinan a Gabe, obviamente —respondí con seriedad, observando al susodicho durante su cita desde el otro lado del restaurante.
—Estás en el West Village, Dani, nadie va a acabar asesinado. Por aquí, el único delito son los precios desorbitados del mercado inmobiliario —comentó Jia con toda naturalidad.
—Tenemos veintidós años, es la edad ideal para asesinar. —Me giré hacia nuestro amigo justo cuando él empezaba a fruncir el ceño—. Gabe me está lanzando esa mirada.
—¿Esa mirada? Espera, ¿por qué vas vestida como si tuvieses una cita? —Jia se salió por la tangente con aquel comentario sobre mi blusa y mis vaqueros (prendas aparentemente poco comunes en mí).
Me giré con brusquedad en el asiento y descubrí a Jia entrando en el restaurante. Si es que se podía describir así, ya que más bien caminaba encorvada detrás de un menú para esconderse de la cita de Gabe. Levanté una mano con discreción por encima de mi propio menú para llamar su atención.
—¿Dónde te habías metido? —pregunté. Apagué el teléfono y me moví para hacerle sitio en el reservado. Mi amiga llevaba una falda larga, botas de cuero y un top corto que a duras penas le cubría el pecho. Tenía una melena negra natural, pero se la había teñido de todos los colores del arcoíris, uno diferente cada estación. No importaba de qué tonalidad se tiñese, porque con ese rostro delgado y esa figura alta todo le sentaba bien. Aquella primavera iba de rubia. Sus padres odiaban que se tiñese el pelo, a lo que ella contestaba: «Trabajo en el mundo de la moda, encaja con mi puesto de trabajo». Una respuesta muy típica de Jia que, por supuesto, me daba solo a mí. Antes muerta que replicar a sus padres.
—He tenido que ir a recoger una tela para el diablo y llevársela —me explicó con un suspiro, apoyando la barbilla en el puño.
—¿Por qué no renuncias? Ya has ganado suficiente experiencia —insistí, preocupada por las pocas fuerzas que le quedaban.
—Si existe la más mínima posibilidad de que me consiga una entrada para la Met Gala del año que viene, entonces habrá valido la pena tanto trabajo —respondió con la misma urgencia y preocupación.
Antes de que pudiera responder, Josh, nuestro camarero, se acercó a la mesa con una mirada de desprecio. Y con razón. Llevaba treinta minutos allí sentada sin pedir nada más que agua. Pero había unas diez mesas libres y nadie esperando en la puerta, así que tampoco me sentía demasiado mal.
De todas formas, no pasaba nada; siempre le dejaba una propina de lo más generosa y al cabo de unos días le llevaría unas flores.
En aquello consistía nuestra relación de amor-odio. Jia, Gabe y yo usábamos aquella mesa del restaurante de vez en cuando para sacar a los demás de alguna cita si necesitaban una excusa con la que escapar de una situación incómoda (y para evitar que nos secuestraran), lo cual molestaba un poco a Josh, por lo que luego le llevaba unas flores que lo dejaban extasiado.
Antes de sentarme, ya me había mencionado que quería peonías.
—Chicas, tenéis que pedir algo si vais a ocupar la mesa…
—Dos aguas —respondimos al unísono.
—Y unas patatas fritas, por favor, Josh —añadió Jia. Él puso los ojos en blanco y se marchó con nuestro pedido.
—¿Qué ha pasado hasta ahora? —preguntó mi amiga con curiosidad, colocándose el menú para que le tapara la cara hasta justo debajo de los ojos.
—Gabe se ha reído dos veces, ha mirado el móvil una vez…
—Bien, bien.
—… y se ha acabado cuatro copas de vino —terminé apretando los labios en una línea solemne.
Jia se golpeó la frente con la palma de la mano, decepcionada.
—¿Y te ha echado una mirada?
—Sí, esa mirada.
—De acuerdo, pues se acabó, terminemos con esto —declaró ella, dejando el menú y levantándose de su asiento. En cuanto estuvo de pie, se dio la vuelta, me señaló y me miró de forma amenazadora—. No te olvides de las patatas fritas.
Aquí llega lo más divertido de la noche.
Jia se dirigió a la mesa de Gabe con los puños apretados a los costados y poniendo todo su empeño en la actuación.
—¿Cómo te atreves? —le gritó, hecha un basilisco, mientras estrellaba las manos sobre la mesa, entre Gabe y su acompañante—. ¿Te digo que estoy embarazada y tú vas y tienes una cita con otro?
Gabe se agarró el pecho, la repentina aparición de Jia había provocado que se atragantase con una gamba. El chico rubio frente a él parecía horrorizado, se había puesto rojo y las pestañas casi le rozaban las cejas.
Gabe se llevó una mano a la garganta, ahora libre de gambas, con fingida seriedad.
—Cariño…
—¡Creía que eras gay! —interrumpió su cita, horrorizado.
Debo mencionar que esa no habría sido mi primera preocupación al escuchar la palabra «embarazada»…
Gabe ladeó la cabeza ante la audacia de su preocupada cita; estaba claro que opinaba lo mismo que yo al respecto.
Jia lo agarró por el cuello de la camisa.
—Esta es la última vez que te pierdo de vista —le gritó furiosa, intentando sacarlo de aquella, por lo visto, horrible cita, y arrancándolo del asiento.
Como si se hubiesen puesto de acuerdo, Josh me trajo las patatas fritas justo cuando Jia y Gabe salían corriendo del restaurante. Cogí la comida lo más rápido que pude, dejé el dinero en la mesa detrás de mí y le hice un gesto de disculpa al camarero.
Salí a toda prisa del restaurante y encontré a mis amigos esperándome fuera, riéndose.
—¿Embarazada? —preguntó Gabe, casi jadeando de la risa—. ¡Habíamos quedado que serías mi novia, no la madre de mi hijo!
Aquel comentario desencadenó una carcajada por mi parte.
—En mi opinión, ha sido una actuación digna de un Oscar, Jia.
Ella hizo una reverencia.
—Quiero dar las gracias a mi madre y a Daniella por todo su apoyo, y a Gabe por su pésimo gusto para los hombres —declaró.
Tras recibir una palmada en el hombro, estalló en más carcajadas.
—Me debes una copa por esa actuación —le dijo Jia a Gabe, apuntándolo con un dedo.
—Sí, sí —respondió él—. Está en camino. —Puso los ojos en blanco y arrugó su nariz chata, gesto que lo hizo parecer un niño pequeño. Su mera altura ya le confería un aspecto infantil, porque era cinco centímetros más bajo que yo, es decir, varios centímetros más bajo que Jia. Sin embargo, nadie lo habría dicho, porque llevaba zapatillas con plataforma, un regalo de la empresa donde hacía prácticas como ayudante de marketing.
Al doblar otra esquina, nos dirigimos al bar del final de la calle y nos hicimos sitio entre la multitud de siempre.
—Dos cervezas y un Dirty Shirley —le pidió Gabe al camarero, abriéndose paso entre los que también pedían bebidas mientras Jia y yo le dábamos las gracias a gritos.
Mi amiga se giró hacia mí y cogió una patata.
—No has llegado a explicarme por qué te has puesto un conjunto tan bonito. —Recorrió mi ropa con la mirada, desde los vaqueros ajustados hasta la blusa de manga larga y escote pronunciado que realzaba mi pecho de una forma que sabía que a ella le encantaba, pero a la que yo me oponía. Suponía un marcado contraste con mi atuendo habitual, que solía consistir en petos, vaporosos pantalones de lino, vestidos por debajo de la rodilla, etcétera; cualquier cosa que no me quedara muy ajustada.
Tiré de la parte superior, intentando cubrirme más el pecho, pero entonces me dejé el ombligo al descubierto. Suspiré.
—Necesitaba un ejemplo de silueta para el vestido que estoy diseñando. No estaba segura de si me gustaba la combinación de este corte con un estilo ajustado en la parte inferior.
¿Me estaba escuchando siquiera? Porque parecía más concentrada en cómo yo no podía dejar de tocarme la blusa. De repente, ella también estaba tirando de la parte superior, intentando arreglar el desastre que suponía la ropa ajustada en mi persona.
—¿Qué has decidido al final? —me preguntó, ya que aparentemente sí que me estaba haciendo caso.
—Que el vestido va a ajustarse a la cintura y a las caderas, pero se ensanchará a partir de ahí. Si el escote fuese más alto, habría decidido otra cosa, pero siento que es demasiado, ¿no? —pregunté.
Hablar de ideas de diseño después de clase no era bueno para mi salud mental (me hacía sudar por el estrés), pero tenía que hacerlo, porque no podía pensar en otra cosa. Si no lo resolvía ya, esa noche llamaría a mi ventana cual Romeo desesperado visitando a Julieta. Y me gustaba dormir a pierna suelta.
Busqué mi floreada pinza para el pelo en el bolso y me recogí el pelo corto y castaño.
—No, yo lo veo perfec… —continuó Jia.
—Ay, mierda —refunfuñé cuando la pinza se me cayó al suelo.
Me agaché a buscarla y no tardé nada en incorporarme con ella en la mano… Joder. ¿Lo que me acababa de dar en la cabeza era el culo de la copa de cerveza de alguien?
—Mierda —dije a la vez que quien sostenía la bebida. Acabé de enderezarme, me pasé la mano por el pelo (no estaba manchado de cerveza, gracias a Dios) y me dispuse a disculparme con…
«¿Cómo de fuerte me acabo de dar en la cabeza? Porque es imposible que esto esté pasando de verdad».
—¿Daisy? —preguntó Levi. Levi Coldwell.
Levi Coldwell estaba de pie frente a mí.
2
«Jamás entendí por qué la gente habla mal del color marrón, en ti era de ensueño»

Cabello corto y rizado —más corto de lo que recordaba—, del tono castaño más perfecto que existía, junto con esos ojos color avellana y una tierna sonrisa.
¿Cómo era posible que se hubiese vuelto más guapo?
El Levi Coldwell del que me había enamorado en el instituto. El chico con el que pasaba casi todos los días y que provocaba que todas las chicas suspirasen por él mientras a mí se me hacía añicos el corazón. Un rugido empezó a retumbarme en los oídos y la habitación empezó a tambalearse conforme los recuerdos del pasado inundaban mi visión. La última vez que lo había visto había sido cruzando el escenario el día de la graduación del instituto, durante nuestro último curso, cuatro años atrás. Yo me secaba las lágrimas en silencio mientras evitaba su mirada entre la multitud, pensando en todo lo que me había dicho la noche anterior.
—¿Levi? —Intenté disimular el pánico, aunque era incapaz de relajar los hombros o reducir mi presión arterial al observar al hombre que tenía delante. Me apresuré a arreglar lo que fuese que la copa de cerveza me había hecho en el pelo mientras asimilaba que era real.
—¿Levi? —susurraron Gabe y Jia detrás de mí, recordándome que estábamos en público, no en un sueño.
—Te has cortado el pelo —comentó él con asombro, como si hubiésemos mantenido el contacto durante los últimos cuatro años. Alargó la mano hacia mi cara para tocarlo, pero se apresuró a bajarla. Un nudo me atenazó la garganta, cual adolescente dominada por las hormonas.
«No te sonrojes, no te sonrojes, tranquila, tranquila. Ha hecho un comentario sobre tu pelo, no una declaración romántica acerca de la forma de tus labios».
Reprimí mis numerosas preguntas sobre qué hacía allí. Como dónde había estado los últimos cuatro años, si había pensado en mí, si le iba bien.
—Sí. Así no me molesta tanto mientras coso —respondí en cambio.
No era exactamente una mentira, aunque tampoco se trataba de toda la verdad. Me lo había cortado el día después de la graduación, porque eso era lo que veía que hacían todas las protagonistas con el corazón roto cuando necesitaban un cambio. Me había parecido un buen paso después de descubrir que la persona de la que estaba enamorada no me correspondía.
A él se le iluminó el rostro.
—¿Qué tal te va con eso? Con el diseño —preguntó con una mirada sincera y una sonrisa.
—Me va bien —respondí—. Me encanta. —En un intento por no divagar, lo dejé ahí, sin saber cuánto tiempo más podría seguir con aquella conversación sin hacerle un millón de preguntas y parecer una chalada. No era mi mejor cualidad. Mientras tanto, intenté recolocarme la blusa con discreción.
¿Se veían favorecidos mis pechos con aquella ropa?
—Por cierto, lo siento. —Hizo una mueca, refiriéndose al golpe que me había dado en la cabeza con su cerveza, mientras me tocaba en el antebrazo para reafirmar su sinceridad. Aquel minúsculo roce me puso la piel de gallina, algo que me dio la sensación de que no experimentaba desde hacía una eternidad. Sentí aquel contacto más íntimo que cualquiera de las relaciones sexuales que había mantenido a lo largo de los últimos cuatro años—. ¿Me dejas que te invite a una copa? Un Shirley Temple, ¿verdad?
La sorpresa me dejó boquiabierta, pero a pesar de la copa que ya me esperaba en la mano de Gabe, respondí:
—Un Dirty Shirley, en realidad.
Levi asintió, avergonzado, como si estar juntos en la misma habitación implicase que habíamos retrocedido a nuestros años de juventud, cuando no podíamos beber alcohol.
Lo seguí hasta la barra mientras él abría camino y procuré no quedarme mirando cómo andaba. Tampoco le miré los labios cuando pidió las bebidas. Ni las manos cuando se tocó el pelo. Era como estar de vuelta en el instituto; la cabeza me daba vueltas por el mero hecho de hallarme en su presencia.
—¿Sigues estudiando en la Universidad de Nueva York? —le pregunté mientras se apoyaba en la barra.
—¿Te acuerdas? —Un destello de sorpresa cruzó por su rostro.
—Claro que sí. Confía más en mí, que éramos mejores amigos —dije en voz baja. Pero la expresión de su rostro cuando dije «mejores amigos» me dejó perfectamente claro que me había oído, pese al alboroto provocado por la gente que bebía a nuestro alrededor.
—Lo éramos —confirmó asintiendo al recordarlo—. ¿Sigues viviendo con tu madre y tu tía en el West Village?
—¿Cómo sabes que vivo ahí? —inquirí confundida. Lo último que esperaba era que Levi recordase algo de mí, y mucho menos mi dirección.
Se rio como si intentara prepararse para lo que estaba a punto de admitir.
—Llamé a tu madre el día después de la graduación para saber si ibais a seguir adelante con el plan de mudaros a la ciudad. Me dio la dirección por si alguna vez quería pasarme.
Sentí una opresión en el pecho. Nunca se había pasado por allí.
No estaba segura de cómo reaccionar ante aquella revelación y, para ser sincera, habría preferido no enterarme. Ya me había tirado los últimos cuatro años preguntándome qué estaría haciendo Levi, de modo que saber que él había dispuesto de esa información en todo momento y que no había hecho nada al respecto… Me dejó una profunda sensación de ansiedad en la boca del estómago. Puesto que aquellos viejos sentimientos estaban aflorando, me abstuve de responder y esperé a que continuara.
—¿Cómo están? Me refiero a tu madre y a tu tía —preguntó, tropezando con las palabras. ¿Estaba nervioso?
—Están bien —le aseguré con una sonrisa—. La tía Mandy lleva la floristería y mi madre diseña, como siempre. ¿Cómo están tus hermanas?
Su rostro se iluminó de alegría.
—Les va de maravilla. Claire y Rhea acaban de empezar tercero, y resulta que Sarah se va a casar.
Di un grito ahogado.
—¿Con quién? No me digas que con Jeff. —Me tapé la boca en un gesto de anticipación.
—No estás ayudando —protestó él mientras se pasaba la mano por la mandíbula con un gruñido.
—Dios mío, sí que es con Jeff —concluí, intentando no reírme de aquella horrible noticia—. ¿Cómo es posible que aceptase?
Yo siempre había estado al tanto de la vida de sus hermanas. Todavía recordaba que, en la época del instituto, cuando iba a su casa, me llevaban a sus habitaciones para ponernos al día de todos los chismes de primer curso durante una hora, antes incluso de ver a Levi. Sarah solo tenía un año menos que nosotros, así que solíamos cotillear sobre los chicos más guapos de clase. Nunca le confesé que, para mí, ese era su hermano.
—Porque está cansada del mundo de las citas; esas fueron sus palabras textuales —me informó mientras negaba con la cabeza, visiblemente estresado por el compromiso.
—¿Estás saliendo con alguien? —Las palabras se me escaparon antes de que pudiera procesar lo que estaba diciendo.
Enarcó las cejas y dudó antes de responder.
—No. ¿Y tú?
—Ahora mismo no —contesté. «¿Ahora mismo no? ¿Qué se supone que significa eso?».
Por supuesto, él no le dio demasiada importancia, porque replicó en tono despreocupado:
—Qué bien.
Dios, aquella conversación se estaba desviando hacia un terreno para el que no iba vestida de forma apropiada. Estaba segura de que se trataba del tipo de conversación para la que necesitaba prepararme antes de que se me permitiera hablar con libertad.
Era la primera vez que veía a mi amor de la niñez después de cuatro años, y llevaba un modelito que no me sentaba bien. Por favor, que alguien me sal…
—¿Levi? —Ambos nos giramos al oír su nombre.
—Bella —saludó él, ruborizándose.
—¿Cómo estás? —preguntó Bella mientras prácticamente se le echaba encima para darle un cálido abrazo. No era la clase de salvación que andaba buscando.
—Bien, bien. ¿Tú qué tal?
¿Debería marcharme? Sinceramente, ¿qué haría cualquiera en mi situación? Era evidente que yo no tenía ni idea. Me quedé allí un momento, barajando mis opciones y siendo espectadora de su charla, de cómo Levi apoyaba la mano en el brazo de ella durante toda la conversación y de cómo Bella hacía lo mismo con él.
Su pelo era del mismo tono que los blondies caseros que yo misma preparaba los domingos antes de mi turno en la floristería. Tenía un toque rubio fresa y el largo perfecto; le llegaba a media espalda. Me hizo desear no haberme cortado nunca la melena.
—He venido con una amiga de Sarah, estará en la boda con nosotros.
¿Nosotros?
Miré a Levi sorprendida. ¿Bella estaba invitada a la boda? Odiaba tener que admitirlo, pero no soportaba verlo absorto en cada palabra que salía de sus labios. Me sentía de nuevo como en el último año de instituto. Y escuchar lo involucrada que estaba Bella en su vida, cuando yo solía ser esa persona, era demasiado para mí.
Me aparté de ellos antes de tener la oportunidad de hacer algo patético, seguro que ni se darían cuenta si me perdía entre la multitud, pero entonces sentí que tiraban de mí hacia atrás y que una mano retenía la mía.
—Bella, esta es Daisy… Dani —me presentó, corrigiéndose con nerviosismo.
Oír mi nombre en sus labios afectó a mi cuerpo de una forma que otros hombres no conseguían ni siquiera besándome.
Evité mirarme la mano con expresión sorprendida, como haría una acosadora obsesionada con el amor, y me centré en la chica que tenía delante, que se despegó de Levi al ver nuestras manos entrelazadas. Ahora me estaba mirando como si me conociera. ¿En serio?
—¿Daisy? —le preguntó consternada a Levi, en vez de a mí. Ante el asentimiento de este, Bella continuó—: He oído hablar mucho de ti. —Por su forma de decirlo, parecía que preferiría que no hubiese sido así.
Continuó antes de que yo tuviese tiempo de contestar. Esbozó una sonrisa coqueta mientras le rozaba el muslo a Levi y se colocaba entre sus piernas.
—¿Ya te ha dicho Levi que estamos juntos?
El comentario me sentó como una bofetada, y el corazón me dio un vuelco al instante. ¿Me había mentido sobre lo de no tener pareja para hacerme sentir mejor por mi inexistente vida amorosa? Mi reacción debió de resultar evidente, porque él intervino de inmediato.
—Ya no somos pareja —replicó.
—Relájate, solo te estaba poniendo a prueba. —Bella puso los ojos en blanco y le acarició uno de los rizos sueltos.
Levi le agarró la mano.
—Era innecesario —le reprochó.
No pude evitar reparar en que cuando decía mi nombre sonaba dulce, pero cuando pronunciaba el de ella, sonaba seductor. Con toda probabilidad, se trataba de la forma perfecta de describir lo diferentes que éramos: ella era puro glamour y yo… vintage.
—Venga, Levi, todo el mundo sabe que estás obsesionado conmigo. Sin resentimientos. Te prometo que no afectará a la decisión de mi madre sobre el trabajo. Posiblemente. —Utilizó un tono humorístico y remató la declaración con un guiño.
—Eso no es verdad.
Ella continuó, sin importarle la negativa de él a mostrarse de acuerdo.
—¿Qué no estás obsesionado conmigo? Anda ya, pero si es de dominio público, no hay de qué avergonzarse. Si ni siquiera has salido con nadie desde…
—Estoy saliendo con Dani.
Lo único que me impidió quedarme boquiabierta fue la satisfacción que me causó la expresión de asombro de Bella.
—¿Cómo dices? —preguntó en tono gélido, con una intensidad que yo solo le había oído a mi tía cuando se equivocaban con su pedido de comida para llevar.
Levi no vaciló. Se giró hacia mí para dejarlo aún más claro. Me temblaron las rodillas cuando me sostuvo la mirada y proclamó:
—Daniella y yo estamos juntos. —Sus palabras sonaron encantadoras y firmes, como si yo fuera suya y él no fuese a quedarse ahí plantado y soportar que le dijeran lo contrario.
Le devolví una mirada de asombro; pero el momento quedó interrumpido cuando él se dirigió a Bella de nuevo.
—Así que no, no debería afectar a la decisión de tu madre.
La frialdad no era un rasgo del que Levi hiciese gala a menudo. Podía contar con los dedos de una mano las veces que había alzado la voz o interrumpido a alguien a lo largo de los cuatro años que habíamos sido amigos. Ver esa faceta suya era como presenciar un tsunami en un país sin mar.
—Nunca pensé que estar en una relación fuese lo tuyo —aventuró ella—. En ese caso, supongo que vendrá a la boda.
—Por supuesto —afirmó él.
Estaba molesto. Bella tenía la capacidad de importunarlo. A Levi le gustaba; era obvio por cómo se le había iluminado la expresión al verla. Sin embargo, siempre había sido un imán para las chicas; aquello no constituía ninguna sorpresa. El insinuante encanto, los ojos color avellana y el pelo oscuro jugaban a su favor. Era como si los ángulos y la estructura de su rostro estuvieran pensados para que los artistas los replicaran y las chicas guapas los contemplaran.
La intensidad absoluta con la que te miraba te hacía saber que prestaba atención a cada palabra que decías, como si fueras una droga adictiva. Todos deseaban estar con él y tenerlo cerca. Pero nunca había visto que Levi correspondiese los sentimientos de las chicas que seguían todos sus movimientos.
Estaba a punto de vomitar.
—Supongo que os veré mañana en el partido —comentó Bella.
¿Qué partido?
—Hasta mañana. —Levi terminó la conversación sin dedicarle siquiera una segunda mirada. Me agarró de la mano, me sacó del bar y me hizo doblar la esquina. Antes de que siguiera caminando, sin tener ni idea de a dónde se dirigía, me detuve.
—Me debes una explicación, ahora mismo. —Le solté la mano. Necesitaba poder pensar con claridad.
El cielo empezaba a oscurecerse a medida que el sol se batía en retirada. Las farolas se encendieron e iluminaron las casas y los negocios de piedra rojiza.
Cuando Levi se dio la vuelta, me di cuenta de que era la primera vez en toda la noche que lo veía con expresión angustiada y masajeándose la sien.
—No es que lo tuviera planeado —dijo, apoyándose en la pared, no muy lejos de mi casa y de la floristería.
—Madre mía, eso espero, porque deberías saber que soy la peor persona a la que se puede recurrir para una farsa. Así que explícame qué acaba de pasar —le pedí.
—Me he dejado llevar por el pánico. —Se frotó la nuca.
—¿Pánico? —pregunté con asombro—. Si esa chica me hubiera mirado una sola vez más, ¡estoy segura de que habría sido lo último que hubiera visto antes de que me dejara inconsciente!
En su rostro bronceado apareció una sonrisa. Cuando nuestras miradas se cruzaron, toda la ira de mi cuerpo se extinguió. De repente, estábamos de nuevo en la cafetería del instituto, intercambiando historias y quejas, la mitad de mi sándwich de mantequilla de cacahuete frente a él y la mitad del suyo de jamón y queso frente a mí.
—¿Qué pasó entre vosotros? —pregunté. Basándome en cómo había reaccionado ella al ver que él salía con otra persona, esperaba una historia de ruptura terrorífica.
—Es amiga de Sarah. Quedamos un par de veces hace meses, pero la cosa no salió como Bella quería. —Parecía tener más que decir, pero su expresión reflejaba el conflicto que sentía.
Por mucho que deseara acercarme a él y envolverlo en un abrazo similar al que nos dábamos todos los jueves por la noche antes de que yo volviese a casa o cuando aprobábamos nuestros temidos exámenes de Física de los viernes, me reprimí con todas mis fuerzas. Ya no éramos los mismos.
—Entonces, ¿por qué le has dicho que estamos saliendo? —pregunté, presa de una genuina curiosidad.
Él sacudió la cabeza.
—Intento quedar bien con ella, y lo sabe. Su madre dirige el departamento de Arte de The New York Times y tiene el poder de contratarme. Pero está convencida de que soy un bala perdida.
—¿Qué? ¿Por qué? Eso no tiene sentido. —Negué con la cabeza, aún más confundida que antes.
—Antes de enterarse de que salí con Bella, me consideraba un candidato cualificado para el puesto. Ahora está convencida de que no me quedaré en la ciudad y de que no me tomo en serio mi futuro porque no quiero comprometerme a tener una relación con su hija.
—¿Eso te dijo? —inquirí con incredulidad; me dolía la cara por la sorpresa. ¿No sonaba… ilegal?
—Es su madre. No se la puede culpar por ponerse en guardia.
Levi, tan protector y empático como siempre.
—¿Y cómo encajo yo en todo esto?
Él gruñó, avergonzado.
—Insisto, te prometo que no lo tenía planeado. El pánico me ha vencido. Primero te he visto a ti —sentí el corazón henchido al oír aquellas palabras— y luego a ella. Sé que, si Bella me ve en una relación, es probable que le vaya con el cuento a su madre.
—No sé yo. Estamos hablando de fingir ser pareja y hace años que no te veo. Lo último que quiero es engañar a tu familia y entrometerme en la boda de Sarah. —Era mucho más fácil justificarlo así que explicar los sentimientos no correspondidos que albergaba hacia él, incluso después de tantos años.
Él se apartó de la pared y cruzó la amplia acera con una zancada fluida.
—Pero ¿qué dices? —preguntó, negando con la cabeza, perplejo—. A Sarah le hará una ilusión tremenda volver a verte; mi familia siempre te ha adorado.
Aquella confesión me inundó de nostalgia y eché de menos aquellas grandes cenas familiares y el parloteo de sus hermanas. Y ese recuerdo imprevisto debió de reflejárseme en la cara, pues la tensión desapareció de sus hombros. ¿Cómo iba a decirle que no? Había sido mi mejor amigo.
—Me harías un gran favor. —Me dedicó una sonrisa infantil que me provocó una carcajada.
—No es justo —protesté como una niñita.
—¿El qué?
—Nunca he podido negarte nada —dije, sabiendo que se lo tomaría como una muestra de nuestra amistad y nada más.
Me dio un beso entusiasmado en la cabeza, como si nada hubiera cambiado.
—¡Eres increíble, Daniella Maria! —proclamó.
—Me debes una, Levi Coldwell —respondí con un dedo en su pecho, intentando recuperarme del fantasma del beso en mi frente.
—Tarta de fresa gratis para el resto de tu vida. —Vitoreó con alegría mientras retiraba las manos de mi cara.
—¿Cómo es posible que te acuerdes de eso? —Me reí, sorprendida de que recordara algo tan específico.
—Amigos, ¿recuerdas? —respondió como si nada, sin tener ni idea de que esas eran las últimas palabras que yo quería oír.
Amigos.
—Bueno, ¿cómo va a funcionar esto y qué pasa con ese partido?
3
«Todo aquello que amabas, pero nunca tú»

Tres horas después, estaba de vuelta en casa, concretamente en la de la tía Mandy. Una casa adosada de piedra rojiza que había pertenecido a mi madre antes de que esta se mudase a las afueras y formase una familia. Cuando su carrera como diseñadora de vestidos de novia despegó, compró una casa en la zona más cara, aunque preciosa, de Nueva York. Años después, tras casarse y mudarse, se la había vendido a Mandy, la hermana de mi padre.
Me había mudado con ella al empezar la universidad. Mi madre solía ir y venir entre aquel lugar, nuestra casa en las afueras y los hoteles de cinco estrellas de las ciudades a las que viajaba para sesiones de fotos, semanas de la moda, etcétera. Mandy y mi madre solo se llevaban un año, así que se comportaban más como mejores amigas que como cuñadas. Cuando nos juntábamos las tres, todo ello propiciaba un ambiente muy parecido al de una comedia de situación.
Subí las escaleras con una inmensa cantidad de información acerca de la boda de Sarah y cómo iba a funcionar aquel plan, y descubrí a Gabe y a Jia sentados en el sofá de Mandy.
—Vaya, hola —saludé, pese a que no esperaba encontrarme allí con ninguno de los dos. En realidad, tenían el código de la alarma, así que tampoco era la primera vez que me los encontraba esperándome.
Ambos se levantaron disparados del sofá. Me formularon una batería de preguntas a la misma velocidad, deteniéndose a tomar aire solo cuando el otro me planteaba la siguiente.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Jia.
—¿Hablamos del Levi que creo? —preguntó Gabe.
—¿Quién era la rubia?
—¿Por qué os habéis marchado agarrados de la mano?
—¿Te ha acompañado a casa?
—Parad, parad. Sentaos y os responderé a todo en cuanto me haya quitado esta ropa —dije de carrerilla mientras corría por el pasillo para ir a ponerme el chándal.
Volví igual de rápido y les expliqué lo que había sucedido en el bar: cómo me había dado un golpe en la cabeza con su cerveza…
—Sí, eso ya lo he visto —me interrumpió de forma agresiva Jia, que quería que la pusiese al tanto de lo que no sabía y luego de qué había provocado que Levi dijera que estábamos saliendo.
—Perdona, ¿qué ha dicho qué? —preguntó Gabe, que estuvo a punto de caerse del sofá.
—Lo que oyes. —Asentí y me senté con las piernas cruzadas en el sofá que quedaba frente al suyo, como una niña en el jardín de infancia—. Estuvieron saliendo un tiempo, pero parece que la cosa no acabó bien. No obstante, la madre de ella trabaja en el departamento en el que Levi está intentando conseguir trabajo, así que Bella influye en quién es contratado…
—Es decir, nepotismo —reflexionó Gabe.
—… Por lo tanto, asistiré a la boda y a todos los eventos previos para que Bella vea que él no va a marcharse de la ciudad y que informe a su madre, y así Levi podrá conseguir ese puesto.
Jia me miró con los ojos entornados, como siempre hacía cuando intentaba solucionar un problema.
—Permíteme que repita lo que acabas de decir. Levi tiene una ex atractiva cuya madre podría contratarlo y te ha elegido como cortarrollos personal para asegurarse de conseguir ese empleo.
Fruncí los labios. Sabía que mi amiga iba a mostrarse demasiado pesimista.
—Eso no es justo, Levi no es así —repliqué, porque nunca lo había sido. Salía con chicas, pero nunca les daba falsas esperanzas. Siempre tenía unas cuantas citas con ellas y luego se esfumaba como los sueños de la noche anterior se difuminan al llegar la mañana. Sencillamente, parecía que no le interesaba meterse en una relación formal. Su familia siempre estaba por delante, pasaba todos los momentos libres con ella. Les ataba los cordones a Claire y a Rhea antes de clase, ayudaba a Sarah a revisar sus redacciones de inglés y preparaba la cena las noches en que su madre daba clases particulares en un colegio cercano.
—Era mi mejor amigo —expliqué.
—Y te rompió el corazón, Dani. ¿Qué clase de amigo hace eso? —preguntó ella. Pero si esperaba una respuesta, no la recibió. Levi había sido mi mejor amigo durante años; era incapaz de decirle que no. No cuando tenía la oportunidad de recuperar nuestra amistad y formar parte de su vida. No cuando habíamos pasado por el mismo trauma y él me había ayudado a salir del hoyo que yo misma había cavado.
—Eres consciente de que esto es todo lo contrario a una comedia romántica, ¿verdad? Eres la otra mujer de la historia, la que los guionistas meten para añadir drama, no para que disfrute del final feliz —dijo en tono realista.
Me había visto casi todas las películas románticas cursis habidas y por haber; sabía de lo que me hablaba. Y no era la primera vez que me imaginaba como el personaje secundario. Sin embargo, me dolió oírselo decir a ella.
—¿Todavía le quieres? —preguntó Gabe, inclinándose hacia delante en el sofá frente a mí.
—Yo… no, no, no, claro que no —contesté a toda prisa. Habían pasado cuatro años. Sí, al verlo, el corazón se me había acelerado tanto que casi se me había salido del pecho. Pero eso había sido por la sorpresa y la nostalgia.
—Han sido muchos noes —comentó él con cautela.
—Voy a necesitar un poco de helado para esta parte —declaró Jia, levantándose del sofá.
—¿Le quieres? —insistió Gabe en voz baja, como si mi respuesta fuese a ser diferente sin mi amiga en la habitación.
Pese a todo, él tenía razón, solía tenerla. Jia era despiadadamente obstinada por naturaleza. Y, como cabía esperar, no siempre era agradable que dirigiese dicha terquedad hacia ti.
—No —respondí frustrada. Frustrada conmigo misma. Me pasé una mano por el pelo con la esperanza de que la sensación me aportase algo de serenidad.
—¿Está enamorado de ella? —preguntó Gabe vacilante, consciente de que se adentraba en terreno pantanoso.
Me mordí el labio.
—Sí. —Sabía que Levi afirmaba que no intentaba recuperar a Bella, aunque eso no significaba que no quisiera hacerlo. Había sido testigo del abrazo que él le había dado en el bar. Podía detectar el deseo a un kilómetro de distancia e incluso crear una presentación de diapositivas sobre él que durase una hora entera.
—¿Alguna vez has pensado que a lo mejor él también siente algo por ti? ¿Que después de todos estos años, quizá se haya arrepentido de rechazarte en el instituto?
Había pensado en ello hasta la saciedad, preguntándome si Levi había echado de menos en algún momento lo que teníamos. Si alguna vez había echado en falta lo que podríamos haber sido. Cuestionándome si sus miradas anhelantes, sus regalos inesperados y sus llamadas nocturnas en la época del instituto eran una señal de que me correspondía. Pero no, jamás lo fueron.
Negué con la cabeza.
—Ya conoces la historia; es imposible que se arrepintiese.
—No estoy tan seguro, Dani. He visto cómo te ha agarrado la cara —comentó Gabe con la típica mirada de «sé de lo que hablo».
—¿Cuánto tiempo nos has estado observando? —pregunté con recelo, riéndome.
—El suficiente para asegurarme de que no era un asesino en serie. Pero volviendo al tema: he visto cómo te miraba, y un tío no mira así a una chica si no significa algo para él —sentenció, dando un golpecito en el aire con el dedo.
—Gabe, ¡qué sabrás tú de hombres! —gritó Jia desde la cocina.
Él se giró en su asiento y le chilló de vuelta.
—¡Que tú veas dramas coreanos no significa que sepas nada de hombres!
—¡Por supuesto que sí! —replicó mi amiga a voz en grito.
Me reí tanto que empecé a sentir calambres en el estómago. La distracción perfecta para calmar la molesta sensación tras las costillas que me habían dejado las palabras de Jia.
¿De verdad me estaba usando Levi? ¿O tenía razón Gabe y a lo mejor sí que se arrepentía de lo sucedido?
Ya no importaba. Porque al día siguiente me convertiría oficialmente en la novia de Levi. Pero no de la forma en que lo había soñado la Dani del instituto.