En este libro están reunidos todos los cuentos que he escrito en mi vida. No escribiré ninguno más, así que podéis decir que tenéis la colección completa. Pertenecen a mis libros Si nos enseñaran a perder ganaríamos siempre, Finales que merecen una historia y Qué bien que me haces cuando me haces bien. Y además he añadido un relato extra que he escrito para esta colección y que se titula «La tercera cima».
Ojalá estos cuentos os toquen el alma y os la curen. Muchos de ellos son futuristas, plasman cómo imagino lo que vendrá; algunos son puro thriller, un género que amo y al que dedicaré mi siguiente libro, y casi todos os dejarán sin aliento porque tienen un final sorprendente y están repletos de ternura e intriga.
Algunas personas me han dicho que mis relatos son como los capítulos de la primera temporada de Black Mirror. Y la verdad es que lo agradezco; siempre he deseado escribir historias cortas que agarren al lector del cuello y no lo suelten hasta el final, que lo desconcierten pero también le curen un poquito el alma.
Quiero agradecer a Vero Navarro haber creado todas las ilustraciones de este libro: la portada, los fotocromos, los fotogramas y los pósters que acompañan cada relato. Tienen este formato porque cada historia es como una película de cine; yo siempre me las imagino muy visuales, y Vero logra reflejar mi mundo a la perfección.
Lo primero que escribí en mi vida fue un cuento, por eso este libro me emociona. Nunca había imaginado que algún día todos mis cuentos aparecerían reunidos en un solo volumen.
Os aconsejo que leáis un relato al día, antes de iros a dormir, cuatro o cinco páginas, que es lo que ocupan, lo disfrutéis y después soñéis con él.
Gracias por seguir leyéndome; sois los mejores.
ALBERT
5 de julio de 2025



«CRECER ES CONVERTIRTE EN LO QUE NO CREÍAS SER. NO CREZCAS NUNCA.
EL MUNDO ES EL PATIO MÁS GRANDE QUE EXISTE, DISFRÚTALO».
LA DAMA DE 94 AÑOS

«FELICIDAD NO ES HACER LO QUE UNO QUIERE,
SINO QUERER LO QUE UNO HACE».
JEAN-PAUL SARTRE
No había Nochebuena que el matrimonio Hunting no celebrase con una gran fiesta. Les encantaba invitar a amigos y preparar un cóctel. Pero la Navidad de 1929 fue especial.
El pequeño Ben, de seis años, estaba en la cama, con su pijama de triángulos y estrellas, soñando con los regalos que le traería Papá Noel. Su madre intentaba que se durmiese antes de la llegada de los invitados. El niño no paraba de preguntar: «¿A qué hora vendrá Papá Noel? ¿Se acordará de lo mío?».
Pregunta tras pregunta se quedó dormido. Sus padres cerraron la puerta y se fueron al salón. Diez minutos después, Ben se despertó y le surgieron más dudas: ¿Habría llegado ya Papá Noel? Pensó que, si tenía que repartir tantos regalos, quizá pasase antes por otras casas.
Sigilosamente, fue a cada una de las habitaciones para ver si ya había llegado. La última que revisó fue la de sus padres, pero no encontró nada. Se tumbó en su cama y se quedó dormido.
Su cuerpo se movía al ritmo de la canción «Jingle Bells», que resonaba desde la cocina donde sus padres estaban preparando el banquete.
Ben dormía cuando los primeros invitados llegaron. La madre cogió el primer abrigo, que era de visón, y lo llevó a su habitación. Ni tan siquiera encendió la luz, solo lo lanzó sobre la cama. Ben emitió un sonido de felicidad, le encantaba que su madre le cubriera con una manta.
Fueron llegando más visitas y, con ellas, más abrigos, chaquetas y gabardinas que fueron cubriendo la cama y dejando a Ben enterrado en un mar de pieles artificiales.
Al rato, Ben se despertó, tenía mucho calor. Abrió los ojos: estaba oscuro. Tuvo la misma sensación que cuando fue de acampada y notó aquella lona tan cerca de su cabeza. Aunque ahora el techo estaba justo encima de su barbilla y olía a perfume caro. Ben estiró los brazos, pero la montaña de abrigos era enorme. Se sentía aprisionado. Del salón llegaban los acordes atenuados de «Silent Night».
Ben se puso a chillar; gritaba «mamá», «papá» y hasta le salió un «abuela», aunque esta había muerto hacía seis meses.
Sus gritos eran potentes, pero las capas de ante, cuero y plástico impermeable los amortiguaban y los convertían en pequeños susurros. Cuando dejó de gritar, se puso a llorar; eran lágrimas de pánico, peores todavía que las de aquel día que se perdió en aquellos grandes almacenes. Su respiración comenzó a entrecortarse y de golpe se quedó quieto. Instintivamente se dio cuenta de que necesitaría todo el aire que quedaba entre aquellos abrigos.
Los minutos pasaron, los villancicos se mezclaban con las carcajadas. La fiesta era un éxito. «Silent Night» sonaba de fondo. Ben movía los labios al ritmo del villancico, era el único gasto de energía que se permitía.
De golpe, la puerta se abrió. Y oyó entrar a dos invitados. Gritó, pero no le oyeron. Las dos personas se sentaron en la cama. Los oía susurrar: «Hagámoslo aquí»; «No, puede venir mi marido». Ben reconoció la voz de su padre y de la señora Whitman. Ella siempre le acariciaba la cabeza de una forma extraña cuando le veía. Ben intentó sacar su mano, pero era como cavar un túnel imposible bajo aquel maremágnum de ropa. Con mucho esfuerzo lo consiguió. Notó el exterior y sus dedos tocaron lo que pensó que era un brazo. De golpe oyó una bofetada y un comentario: «No me toques, prometiste que te separarías antes de Navidad».
Sonó un portazo. Oyó la respiración de su padre. Y un segundo portazo.
Ben notó entonces que un sueño denso y desconocido se apoderaba de él. No era ni cansancio ni agotamiento, era algo diferente. Sus párpados se cerraron a la vez que su manita volvía al calor bajo la mole de ropa. Sonaba «Adeste fideles» cuando cerró totalmente los ojos.
La fiesta fue decayendo, los invitados empezaron a marcharse y a recoger sus abrigos. Como un leve goteo, se despidieron y alabaron al hijo tan tranquilo y educado que no había aparecido por la fiesta en toda la noche.
Los últimos en irse fueron los Chambers; ellos mismos decidieron ir a por sus abrigos, no encendieron las luces, los cogieron y se marcharon. Ben quedó al descubierto, pero no se movía.
Cuando se quedaron solos, el matrimonio Hunting decidió que ya recogerían al día siguiente. Al entrar en su habitación encontraron a Ben en su cama. Sonrieron, sabían cuánto le gustaba al niño dormir allí. Su madre lo cogió en brazos y lo llevó a su cuarto; intentó hacer poco ruido, aunque Ben parecía completamente dormido.
Pasó la noche y, hacia las doce del mediodía, el matrimonio Hunting se despertó extrañado. Otros años, Ben aparecía a las siete solicitando entre gritos ver sus regalos.
Fueron a su cuarto, lo tocaron, pero el niño no despertaba. Los dos se asustaron, habían oído tantas historias de niños que morían mientras dormían… El mediano de los Hamilton falleció así.
El padre subió la persiana, estaba nevando. La madre cogió al niño en brazos y gritó su nombre: «¡Ben, Ben, Ben!».
Al tercer «Ben», el niño abrió los ojos. Miró a sus padres, pero no dijo palabra.
El padre y la madre sonrieron, solo había sido un susto. Le dieron su primer regalo. Él lo abrió despacio, sus manos temblaban.
Vio que era una cazadora para el invierno. Una cazadora de pana que olía a nueva y que le protegería del frío. Y entonces Ben, ante aquella prenda, lloró como nunca antes lo había hecho, pero jamás contó nada de lo que ocurrió aquella Navidad en la que tanto creció.
Al día siguiente, la madre devolvió la cazadora y la cambió por un bate de béisbol.

«AMA U ODIA, PERO SIENTE; ES LO ÚNICO QUE VALE LA PENA EN ESTE MUNDO, TRAFICAR CON SENTIMIENTOS. Y SIEMPRE ROMPE A REÍR O A LLORAR, VALE LA PENA HACERSE AÑICOS POR ESTAS DOS EMOCIONES».
LA DAMA DE 94 AÑOS

«HAY HERIDAS QUE, EN LUGAR DE ABRIRNOS LA PIEL, NOS ABREN LOS OJOS».
PABLO NERUDA
No recuerdo cuál fue el año exacto en que se publicaron las cifras reales de suicidios en el mundo. Diría que fue en diciembre de 2029 o de 2030 y eran tan elevadas que todo el planeta se escandalizó.
Lo que sí recuerdo fue el primer suicidio que presencié. Yo tenía doce años, por aquella época mi madre todavía me llamaba «Furtiva». Le gustaba mucho el aria «Una furtiva lagrima» de Gaetano Donizetti. La escuchaba a todas horas.
Mi madre murió hace años rodeada de los suyos y de manera muy pacífica. Pero eso no hizo que no me doliese. Creo que, aunque la muerte sea dulce y perfecta, en el fondo siempre es dura e irreal para los que se quedan.
Pero volviendo al día que vi mi primer suicidio, recuerdo que estaba con mi madre en el parque. De repente, fue como si algo nos llamara y miramos hacia arriba. Y aquella mujer, que vestía una bata, cayó a toda velocidad. No sé si saltó de un decimoquinto piso. Yo tuve la sensación de que caía de la mismísima luna.
El golpe fue brutal, mi madre corrió hacia mí y me tapó los ojos con sus manos. Ya era tarde, lo había visto todo y quedó grabado para siempre en mi memoria. Con los años nadie más ha vuelto a intentar protegerme con ese gesto de las desgracias que he visto y vivido. Pero ¿acaso alguien en el mundo se preocupa tanto por ti como tu madre…?
A los pocos segundos mi madre se acercó a la mujer; me pidió que no abriera los ojos, pero no le hice caso. Era una señora muy mayor en bata. En su rostro había una extraña sonrisa, no sé si ya la tenía cuando saltó o era por el desencaje de su mandíbula tras el tremendo golpe contra el suelo.
De uno de los bolsillos de la bata sobresalían joyas y del otro, billetes. Daba la sensación de que había saltado junto a todo lo que tenía un valor económico en su vida. Era extraño, solo dinero y joyas la acompañaban en su muerte.
Recuerdo la frase de mi madre: «¿Por qué lo habrá hecho si tenía la vida solucionada?». Y jamás olvidaré lo que hizo después. Cogió unos cuantos billetes y unos collares y se los guardó. Sé por qué lo hizo; en casa no teníamos nada y aquel dinero cambiaría nuestra vida. Realmente lo mejoró todo. A partir de ese instante se acabaron los problemas económicos y todo fue viento en popa.
Pero también aquel hecho fue el que marcó emocionalmente mi infancia y la razón por la que ejerzo la profesión que elegí.
Tampoco recuerdo bien cuál fue el año en que se aprobó el suicidio. Diría que hacia 2040. Nadie se escandalizó. Fue algo natural decidir sobre tu muerte cuando tanta gente ya lo hacía sin permiso. Al fin y al cabo, la moral es el gusto colectivo.
Pero que se aprobara no significaba que fuese legal en todos los casos, tan solo lo era si se aceptaba. Y no todo el mundo lograba que se lo aceptaran. Tú explicabas tus razones para dejar el mundo y ellos, los conciliadores, decidían si te daban permiso para acabar con tu vida.
Yo conseguí mi título de conciliadora en 2073. Estuve casi diez años estudiando para conseguirlo. Eran las oposiciones más complicadas que existían. Necesitabas probar tu equidad, tu inteligencia, tu intuición y tu salud mental. Estudiabas muchas materias, sobre todo Filosofía Avanzada Aplicada al final de la vida. Así se llamaba la asignatura más difícil impartida por los más sabios del planeta.
Todas aquellas materias tenían como objetivo que alcanzaras la comprensión total. Era importante saber escuchar, aunque lo que te contaran ya te sonara. «Son voces, no ecos», decía un gran maestro que tuve. Y es que ellos querían irse y tú decidías si se lo concedías. Y, para hacerlo, era importante entender lo que les faltaba y lo que poseían.
En cada vista de suicidio estudiabas doce casos a la vez. No sé por qué doce, supongo que en Cálculo y Álgebra Aplicada al final de la vida lo explicaron, pero aquella asignatura la aprobé por los pelos.
Cada una de esas doce personas te explicaba por qué deseaba marchar. Aquella razón que le hacía odiar este mundo y desear suicidarse. También tenías un informe detallado de todo lo que poseía económica, familiar y espiritualmente. Todo contaba: creencias, posesiones, amores, amantes, sexo, placer, deseos, injusticia, dolor…
El proceso duraba quince días. Y después tomabas la decisión. Y es que alguno quería irse por problemas económicos. Otro tenía dinero, pero no salud, y no quería sufrir. Y a los que tenían salud y dinero, les faltaba amor o sexo, hijos, belleza o ilusión. Hay millones de razones por las que alguien puede desear abandonar este mundo y todas son comprensibles.
Mi trabajo se resumía en redistribuir. Escuchaba los doce casos y los redistribuía de manera justa. Quizá cuatro de ellos podían sanar las carencias de los otros ocho. A veces eran diez los que salvaban la vida a dos. Dinero, amor, familia: todo era traspasable para salvar una vida.
He salvado cientos de vidas y he perdido miles. Siempre he intentado encontrar el equilibrio justo. Y sobre todo he tenido en mente a aquella mujer que cayó desde el cielo. Para mí esa es la vida que jamás salvé, pero que siempre deseé comprender, ya que mejoró la nuestra a nivel económico. Pero ¿qué no poseía ella: amor, familia, ilusión? No sé qué le faltaría, muchas veces me lo he preguntado.
Mi madre lloró aquella noche que la perdimos. Yo no sabía si por el robo que había cometido o por el dolor de ver desaparecer una vida ante sus ojos. Recuerdo que una furtiva lágrima rodó por su mejilla. Yo se lo hice ver. «Mamá, una furtiva lágrima».
Ese fue el último día que me llamó Furtiva. Aquel mote se evaporó, fue la pérdida que me trajo la marcha de aquella persona.
Y es que los que se van no lo saben o no quieren saberlo, pero siempre hacen que quienes se quedan tengan una nueva pérdida en su alma. Cuántos hijos y nietos de personas a las que concedí el suicidio después vinieron a por el suyo. No sé si sus parientes habrían cambiado de opinión si lo hubieran sabido.
No sé por qué os cuento todo esto. Supongo que muchos suicidas escriben sus últimas palabras. Todos a los que he concedido la muerte me han enviado cartas antes de marchar. Es como si necesitaran agradecerme mi veredicto. Yo las leo siempre dos veces y luego las adjunto al informe.
Supongo que alguien archivará la carta que estoy escribiendo junto al resto de la documentación. Y es que los doce casos que llevo actualmente tienen fácil solución. Yo poseo lo que las doce personas necesitan.
No recuerdo exactamente cuándo me di cuenta de ello, pero es así. Ninguna de las doce puede salvar a las otras y, en cambio, yo puedo salvarlas a todas.
La máxima de ser conciliador es aceptar que debes salvar el máximo de vidas con todo lo que tienes a tu alcance. Jamás pensé que eso significara sacrificar mi propia vida. Pero estoy preparada. Cuando acabe esta carta, subiré a aquel edificio, escucharé por última vez «Una furtiva lagrima» y me lanzaré al vacío.
Sé que mi madre estaría orgullosa de mí. Sé que eso dará sentido a esa muerte que cayó del cielo. Ella nos salvó, ahora yo salvaré a doce personas.
Una furtiva lágrima corre por mi mejilla. Acabo el informe y lo guardo en el bolsillo izquierdo de la bata nueva que he comprado para la ocasión… Es hora de salvar vidas.
Expediente: 2053/342W
Conciliadora: Furtiva
Vidas salvadas: 12
Vidas perdidas: 1

«TODA PÉRDIDA ES UNA GANANCIA. HAS DE SABER QUE VIVIR ES APRENDER A PERDER LO QUE GANASTE. POR ELLO, HAZ UNA LISTA DE TODO LO QUE POSEES EN EL MUNDO Y, CADA INICIO DE AÑO, TACHA LO QUE HAYAS PERDIDO. EL DOLOR QUE SIENTAS SE TRANSFORMARÁ EN GANANCIA SI SABES HACER EL DUELO SUFICIENTE».
LA DAMA DE 94 AÑOS

«QUIEN NO ALIMENTA SUS SUEÑOS ENVEJECE PRONTO».
WILLIAM SHAKESPEARE
Fue el 23 de agosto de 2012 cuando vi su esquela. Estaba leyendo el periódico y apareció. Me llamó la atención al instante, supe que aquello tenía relación conmigo. Toda la esquela estaba maquetada de manera muy sencilla. Una cruz, un nombre y su profesión: médico.
Hacía catorce años que no había vuelto a oír su nombre. Es increíble cómo habían podido desaparecer aquellas dos palabras que tantas veces había pronunciado en otro tiempo. Él me había salvado la vida.
«Salvado» es la palabra exacta. Aunque no sé si todo el mundo pensaría lo mismo. Me cortó un brazo. Para mí era lo mismo que salvado. Para otros sería «mutilado». Jamás sentí que me mutilara.
Hasta pude diseñar la forma de mi muñón. Recuerdo como si fuera ahora mismo aquel día frío de enero que se sentó en mi cama, me enseñó por dónde me cortaría el brazo y me preguntó cómo quería que fuese mi muñón.
Yo tenía veintiún años, me quedé en silencio, jamás soñé que podría llegar a moldear de aquella manera mi cuerpo. En pocas horas había pasado de conducir una moto a redefinir mi cuerpo. El mundo te depara sorpresas cuando menos te lo esperas. Nada permanece igual. En un segundo salimos de órbita.
Salvó todo lo que pudo de aquel brazo y también me reconstruyó las dos rodillas y el boquete enorme que había en el lado izquierdo de mi cráneo.
El accidente fue culpa mía. Era idiota, no hay excusas. Siempre iba a 170 kilómetros por hora por las autopistas, me encantaba quedarme a un centímetro de los que iban a la velocidad correcta hasta que se apartaban de mi camino. Pero un día no controlé suficiente y choqué.
Después de aquello, todo cambió. Pero os puedo asegurar que fue para mejor. Recuerdo que, dos semanas después del accidente, se acercó a verme aquella chica. Casi no la conocía, era una vecina silenciosa con la que me cruzaba en el ascensor y que siempre bajaba la mirada ante mi presencia. Me trajo un ramo de rosas. Nunca nadie me había traído un ramo de nada en la vida. Me acarició el muñón cuando hacía catorce días que la gente fingía que no lo veía. Y yo dije la frase que jamás había pronunciado para nadie: «Quédate conmigo».
Creo que no existen dos palabras más bellas en este mundo que «Quédate conmigo». Allá está todo. Solicitar ayuda y desear que alguien te ofrezca amor en forma de compañía.
Soy tan feliz a su lado, aún estamos juntos. Han pasado los años y ahora tenemos tres hijas. Perdí un brazo y gané cuatro seres maravillosos a mi alrededor. Mi vida se truncó para mejor.
Por ello, cuando vi el nombre del médico que me salvó, deseé ir a presentarle mis respetos, aunque solo fuera uno más de muchos.
Casi no recuerdo su cara. Siempre llevaba puesta una mascarilla azul porque estaba a punto de operar, pero en cambio sí que recuerdo su colonia. La olí en urgencias cuando llegué, durante la operación y también cuando me vino a visitar a la UCI el día después de cortarme el brazo.
Recuerdo que me dijo con cariño: «Izan, notarás el fantasma, el trozo de brazo que no está. No le des importancia y poco a poco desaparecerá, la clave es no hacerle caso. El fantasma se alimenta de tu miedo, sin él se desvanecerá rápidamente».
Le hice caso y poco a poco dejé de notar el codo, el antebrazo, la mano y cuatro dedos. El meñique nunca se marchó, aún lo noto y de vez en cuando me da pinchazos y me recuerda que una vez tuve otro brazo.
Y os puedo asegurar que, cuando vi su esquela por primera vez, sentí un enorme pinchazo en el meñique. Supongo que él también le recordaba. Aquello me ratificó que debía ir a presentarle mis respetos.
Cuando llegué al cementerio, en primera fila no había casi nadie. Una mujer de la misma edad de mi médico estaba cerca del féretro y el resto de las personas se encontraban prudentemente alejadas. Casi diría que se habían colocado de forma aleatoria para no estar ni cerca de ella ni del féretro. Yo me mantuve mucho más lejos que la mayoría, me sentía un impostor.
Pero cuando acabó la ceremonia, noté otro pinchazo en el meñique y me acerqué a la mujer, sentía que se lo debía. No sabía bien qué le diría, pero necesitaba agradecerle cosas que hizo por mí el que suponía que había sido su marido.
Ella me miró y me sonrió. Era como si me reconociera, aunque no nos habíamos visto nunca. Me abrazó. Yo no supe reaccionar. Me invitó a ir a su casa. No pude negarme, pensé que me había confundido con otra persona.
La acompañé, casi no hablaba, tan solo sonreía.
Cuando llegamos a su hogar, abrió la puerta y el aroma de aquella colonia volvió a mí. Todo el hogar olía a aquel hombre.
Me invitó a pasar porque me había quedado paralizado en la puerta ante aquel perfume. Seguidamente me quiso enseñar el despacho de su marido. Acepté.
Entramos y descubrí que aquel lugar era la zona cero de aquel olor. Supuse que allí pasaba casi todas las horas.
Me mostró una pared. Había cientos de fotos colgadas y muchos nombres. Fotos y nombres. Fui observándolas, todas eran personas a las que les faltaba una parte de su cuerpo. Eran como fotos robadas, como si alguien les hubiera estado siguiendo cual paparazzi y les hubiera birlado una instantánea.
Me señaló un rincón. Y allá estaba yo. Mi nombre, Izan, y una foto con mi mujer y mis tres hijas.
Ella volvió a sonreírme. Y finalmente habló:
—Siempre os vigilaba, os cuidaba. Decía que vosotros teníais vuestros fantasmas, la parte del cuerpo que no existía y que él os había arrebatado… Pero él también tenía sus fantasmas, las partes que seguían vivas, el resto del cuerpo: vosotros. Quería asegurarse de que seguíais bien. Eso calmaba su fantasma, lo que os había arrebatado. Jamás dejó de vigilaros y de cuidaros.
Volví a mirar aquella sala. Me fascinó. Nosotros éramos sus fantasmas, las partes que continuábamos vivas. Nosotros debíamos olvidar lo que habíamos perdido, pero él jamás había dejado de pensar en lo que quedaba.
Inspiré con fuerza en aquella habitación. Deseaba que aquel olor me acompañara toda mi vida. Pero sabía que cuando me marchase, se esfumaría. Hay olores que los componen cientos de objetos, un suelo determinado, unas paredes precisas… Aunque lo intentase, no podía llevarme aquel aroma.
No sabía qué más decir, estaba emocionado. Cuando me dispuse a irme, la mujer dijo aquellas palabras que me eran tan familiares y que solo se pronuncian cuando te sientes solo y quieres dejar de estarlo: «Quédate conmigo».
Y me quedé casi todo aquel día y escuché sus anécdotas.
Me contó que se pesaban cada año juntos en la misma balanza; cosas de pareja, dijo. También me explicó que cuando su marido dejó de operar se dedicó a la investigación: su gran logro fue descubrir por qué las lágrimas recorren una zona u otra de la cara dependiendo de la emoción y del tamaño del ojo derecho.
Y aquel día lloramos de manera intensa y recorriendo todo el rostro. Y he vuelto cada semana a hacerle compañía… A quedarme junto a ella.
Y de vez en cuando cojo una cámara y sigo a los fantasmas de mi médico porque sé que él querría que así fuera.
Ah, el fantasma del meñique de mi brazo se ha desvanecido. Creo que debéis saberlo.

«LATE CON FUERZA PARA QUE SEPAN QUE ESTÁS VIVO.
SI NO LO HACES, JAMÁS SERÁS TÚ MISMO».
LA DAMA DE 94 AÑOS

«EL FUTURO LLEGA A SESENTA MINUTOS POR HORA, SEAS QUIEN SEAS Y TE DEDIQUES A LO QUE TE DEDIQUES».
C. S. LEWIS
Mi cuarto padre adoptivo yacía en el suelo y yo estaba junto a él. Murió triste a mediados de diciembre. Yo no lo estaba, no era mi padre real.
Tengo muchos recuerdos de mi padre real, pero sobre todo me acuerdo de que me susurraba siempre la misma frase antes de dormir: «Si dejas de ser tú mismo por culpa de otra persona, ¿quién serás? Tan solo lo que desean que seas».
Trabajaba en la construcción y siempre llegaba a casa con el mono lleno de polvo. A cada paso soltaba un montón de partículas, parecía que era invencible y que estaba hecho de cemento.
Pero no fue así; mi padre biológico murió cuando yo solo tenía diez años. Ahora tengo doce, pero finjo que tengo once. Padre se fue mientras estaba en la cocina preparándome mi plato favorito y fue aquel día cuando descubrí mi don.
Solo estábamos él y yo. Madre murió al parirme, o eso decía mi padre. Os juro que en sus palabras no había reproches hacia ella. Mi padre fue la persona más honesta que he conocido. Jamás dejó que nadie le arrebatara su sonrisa. Ni el universo, ni la mala suerte, ni su propia muerte.
Esta ocurrió un mes de agosto. Padre murió de un ataque al corazón fulminante, dijo el médico. Pero ese diagnóstico era incompleto. Según mi parecer, mi padre murió de un fallo renal, seguido de un colapso pulmonar y finalmente tuvo un ataque al corazón, pero no fue fulminante, sino pausado. Se marchó sin hacer ruido, fue como si su corazón se desinflase.
No le conté a nadie mi diagnóstico. Yo solo tenía diez años; los adultos son tan estúpidos, creen que son el centro del mundo por aspirar a tantas cosas y poder practicar sexo. Pero en realidad son más inútiles que los niños. No saben jugar, no saben soñar, no saben hacer nada si no se lucran personalmente.
Pero esa solo es la opinión de un chaval, no te pido que la compartas y menos si eres adulto. Y supongo que lo que te contaré a partir de ahora te será difícil de creer si además eres un adulto descreído.
Pero el día que mi padre verdadero murió, descubrí que podía escuchar los órganos internos de las personas. Durante aquella media hora que estuvo en el suelo de aquella cocina, mi miedo fue tan intenso que no podía ni moverme. Me quedé a su lado en silencio. Él se iba apagando y yo no podía ni ponerme en pie. Me sonreía, yo estaba tan quieto y tan pendiente de él que, poco a poco, le empecé a sentir…
No sentía sus pensamientos, sino los sonidos de su cuerpo. Fue como si alguien subiera el volumen de su interior. El esófago, el estómago, el corazón y el pulmón comenzaron a emitir a una intensidad tan alta que podía oírlos.
Él me miró y supe que notaba lo que me estaba ocurriendo. Supongo que sentía el interior de mi padre porque el exterior de aquella situación me estaba bloqueando.
Finalmente cerró los ojos, pero su sonrisa permaneció intacta. Los órganos internos fueron dejando de funcionar uno tras otro. Podía oír cómo se apagaban. El último en partir fue su corazón. Y jamás olvidaré su ritmo. Era él. Era su esencia, su olor y su candidez. Todo estaba en ese latido.
Fue en el cuarto hogar de acogida donde entendí que aquello no había sido una experiencia única, sino un don que poseía. Cuando aquel padre adoptivo hijo de puta me rompió el labio de un puñetazo y caí al suelo, volví a escuchar internamente a otra persona. El corazón de aquel cabrón que gozaba abofeteando a niños. Bombeaba de una forma tan violenta que tuve que taparme los oídos.
A partir de aquel día descubrí que podía escuchar cualquier corazón. Y que los corazones son los subtítulos de las personas. El ruido interno de la gente explicaba su forma de ser: lo que harían o lo que no podían pero en realidad deseaban hacer.
Me fue muy útil. Tan solo escuchaba sus corazones y sabía exactamente a quién acercarme, de quién alejarme o de quién aprovecharme.
Sí, es cierto, os puedo asegurar que cada don trae consigo una perversión y mucha responsabilidad, como dicen los cómics. Pero yo no era responsable, solo tenía once años, me habían pegado en numerosas ocasiones y deseaba obtener alguna ventaja en este mundo hostil.
Iba a tiendas, buscaba corazones agotados y les robaba la cartera porque sabía que no podían perseguirme. Miraba por la calle y rebuscaba corazones que desearan cosas prohibidas como niños como yo. Me acercaba a ellos y les decía que sabía su secreto. El temblor que provocaba en aquel corazón pervertido me permitía obtener una buena tajada a cambio de no desvelarlo.
Los latidos son los subtítulos para comprender a la gente. Os lo puedo asegurar.
Pero con los meses descubrí que no solo podía escuchar los corazones, sino que también podía bajar sus latidos murmurando yo su propio sonido; era como si los domara.
No fue fácil conseguir depurar aquella técnica. Cada día la probaba. Era fácil bajarlos unas pocas pulsaciones, pero yo deseaba conseguir pararlos totalmente. Había que practicar mucho. Al fin y al cabo, para que un niño camine debe caerse antes unas dos mil quinientas veces.
Y en la vida, todo es posible si tienes un objetivo claro. Cada puñetazo que recibía de mi cuarto padre adoptivo era un incentivo para mí. Los labios partidos comenzaron a ser habituales en mi rostro.
No recuerdo bien cómo se llamaba aquel primer chico que cayó al suelo gracias a que paré su corazón. Fue un compañero de colegio alto y rubio que se burlaba de otro chico en el patio. Me concentré y cayó. Fue épico, pero enseguida dejé que le latiera de nuevo y él se levantó como un rayo. No volvió a molestarle más, porque creo que sabía que yo había sido el causante de su dolor.
Decidí que, antes de enfrentarme a mi cuarto padre adoptivo, debía asegurarme de que poseía ese don. Estuve un año haciendo caer gente al suelo, todos desconocidos.
Probaba con corazones jóvenes, con corazones cansados y con corazones enfermos. Siempre era gente que cometía pequeñas injusticias y a la que yo observaba en centros comerciales, en el metro o en estadios de fútbol. No era difícil encontrarlos, por todas partes hay un montón de gente abusando de otros.
Conseguí parar el corazón a quien yo quería. Nadie perdió la vida por mi don, siempre recuperaba su latido, pero también los amenazaba con parárselo nuevamente si volvían a hacer daño a otra persona. No sé si me harían caso, solo soy un niño.
Y aquel diciembre me sentí con fuerzas. Aquel cabrón adoptivo estampó mi cabeza contra la pared ocho veces, sangraba por todos los lados, pero la novena jamás llegó.
Escuché aquel corazón vomitivo y fui descendiendo sus pulsaciones. Sin prisa, deseaba que fuera consciente de lo que le estaba provocando. Pero pronto me animé y no solo actué contra su corazón. Mi ira era tan grande que le estaba parando todos sus órganos. Incluso descubrí que en el intestino delgado era donde se almacenaba su rabia: tenía casi 980 gramos.
Sonreí mientras él sufría con la parálisis de todo su interior. Finalmente cayó al suelo. Me agaché, le miré a los ojos y no le dije nada. Ni le pegué, ni le insulté. Solo disfruté con su dolor.
Cuando murió, no me sentí orgulloso de lo que acababa de hacer. Mi padre tenía razón: «Si dejas de ser tú mismo por culpa de otra persona, ¿quién serás? Tan solo lo que desean que seas». No sé qué pensaría ahora de mí, él que siempre me daba abrazos corazón contra corazón.
No lo volveré a hacer más. O eso espero. Me he quitado un año, ahora tengo nuevamente once, no quiero recordar nada de ese último año.
Ahora soy un espabilado, un chico listo, ya no vivo con más padres adoptivos, ando solo por las calles y espero encontrar a otros espabilados que me ayuden a ser quien soy, sin miedo a que me lastimen y sin lastimar a nadie.
Encontraré a esos otros espabilados porque el corazón de la gente buena suena diferente e idéntico al de mi padre.
Él me decía que tenía que crear mi orquesta de almas sonoras, un grupo de personas que me afinen y que me transporten con solo estar cerca de ellas. Y mis personas con almas musicales son los espabilados que laten al ritmo del corazón de mi padre. Los encontraré…

«LAS PERSONAS IMPORTANTES EN LA VIDA SON LUZ, PORQUE SIN ELLAS NOS APAGARÍAMOS Y NO VERÍAMOS CON CLARIDAD. HAS DE CUIDARLAS SIEMPRE PARA QUE TE ALUMBREN EN LOS MOMENTOS DIFÍCILES».
LA DAMA DE 94 AÑOS

«NO DEBEMOS TENER MIEDO A EQUIVOCARNOS. HASTA LOS PLANETAS CHOCAN
Y DEL CAOS NACEN LAS ESTRELLAS».
CHARLES CHAPLIN
Se despidió de su mujer y de sus hijos. Sabía que le quedaba poca memoria. Pronto olvidaría sus nombres y el parentesco que los unía. También dejaría de recordar su profesión, sus virtudes, sus defectos y sus secretos.
Olvidaría a aquella amante que veía una vez al año. Su secreto más oscuro desaparecería. Con lo que le había costado ocultarlo y al final se desvanecería sin dejar huella.
El último mes con algo de memoria fue terrible. Desaparecían las palabras (se asemejaba a aquel teclado al que se le cayeron seis teclas y jamás volvió a ser el mismo), los sonidos no le venían a la memoria ni recordaba cosas tan sencillas como comer o andar. Como perdía tantas cosas por la calle, decidió recortarse todos los bolsillos de los pantalones y las americanas para que todo se le cayera en casa antes de salir.
Lo único positivo es que se marchaba de todos los sitios sin pagar y nadie se atrevía a decirle nada.
Y finalmente su memoria se apagó. Solo le quedaban las melodías que amaba, que se repetían de vez en cuando dentro de su cabeza y que él siempre intentaba tararear.
A partir de allí, ya no era él. Había una densa niebla entre él y el mundo.
Su mujer le cuidó con devoción. Sus hijos y amigos también se volcaron al principio. Pero, poco a poco, como pasa con todas las enfermedades largas, fueron desapareciendo.
Las excusas eran parecidas y se resumían en: «Queremos recordarle tal como era». Qué estupidez más necia…
Con el paso de los años, los hijos comenzaron a sablear a la madre. Al principio pequeñas cantidades, pero más tarde pasaron de pedir a robar.
A veces esos robos de objetos y dinero se producían ante los propios ojos del padre. Le miraban antes de cometer el delito, pero el vacío de su mirada y aquel tarareo les hacían sentir impunes.
Cuando su mujer murió, todo fue a peor. Él era el único heredero, pero consiguieron que un juzgado le incapacitara. Todo fue para sus hijos.
Tuvo que escuchar las discusiones por la herencia. Él estaba en aquel salón donde los gritos de sus hijos se amplificaban en su cabeza. También estuvo presente cuando se repartieron el botín: objetos, cuadros, plata…
Los cuatro hijos fueron implacables con todo lo que había en aquella casa y al final quedó solo por repartir aquel objeto poco valioso, que no brillaba, que a veces tarareaba y que siempre babeaba.
Nadie lo quiso. Decidieron, esta vez por unanimidad y sin gritos, que debía ir a una residencia. Todos estuvieron de acuerdo.
La frase más utilizada fue: «Nadie lo cuidará como mamá».
Y allá acabó, solo, sin familia, sin dinero y sin sus objetos personales y emocionales, que había atesorado durante toda una vida.
Compartía habitación en la residencia con una mujer que rondaba su edad. Había sido una juez implacable y ahora su juicio había desaparecido.
Compartieron habitación durante diez largos años. La salud de ambos se deterioraba, pero a un ritmo lo bastante lento para jamás hacer peligrar su vida.
Hasta que un día la cura llegó. Había un estudio experimental para intentar mitigar los efectos del alzhéimer y ellos fueron elegidos como cobayas. Los hijos de ambos habían firmado permisos para cualquier «tratamiento no invasivo», aunque sobre todo lo habían hecho para no tener que visitarlos jamás por minucias. Y aquel estudio estaba dentro de la categoría que habían aceptado de antemano.
Si aquello funcionaba, dieciocho inyecciones los separarían de sus recuerdos y de su vida anterior.
Lentamente aquel médico, cuya colonia traspasaba olfatos, les inyectó ese alivio intravenoso y fueron volviendo aquellos años. Tanto los vividos plenamente como los que estaban cubiertos por la niebla.
Él volvió a recordar lo que había visto, pero no escuchado ni comprendido. Fue como visionar de nuevo aquellos años oscuros, pero ahora a todo volumen y en alta definición.
Recordó a todos los que le habían abandonado y le habían dejado de visitar. También el odio de sus hijos. Los robos. Las mentiras. El maltrato físico y psíquico. El expolio… Todo… Todo retornó a su mente.
Al acabar el tratamiento volvió a ser quien era, pero a la vez no era ni la sombra del que había sido.
Deseaba ir a ver a cada una de esas personas, sobre todo a sus hijos, y demostrarles que había vuelto y que sabía todo lo que habían hecho. Pero pensó que era una venganza inútil… Al final debes decidir si quieres tener razón o tranquilidad mental.
Tan solo visitó a su mujer en el cementerio. Deseó que estuviera viva. Le agradeció todo lo que había hecho. Le habló de aquel secreto que tanto le carcomió durante años. Aquel secreto que formaba parte de lo peor de él y que también había vuelto.
Por último lo recuperó todo. Le fueron devueltos el dinero, las propiedades, los cuadros e incluso una caja metálica donde residían aquellos bolsillos recortados que hacían que no perdiera nada fuera de casa. Y todo fue gracias a aquella compañera de habitación. La juez sí que tenía ganas de venganza (y de razón) y su habilidad en los juzgados fue absolutamente prodigiosa.
Cuando ganaron y recuperaron todo lo que sus hijos le habían arrebatado, se miraron y pasó: notaron aquel vínculo tremendo.
No era amor, era olvido. El olvido que habían compartido los unió. Jamás se separaron, jamás se olvidaron de amarse y de cuidarse.

«LA GENTE DEMUESTRA SU CALIDAD EN LAS SITUACIONES COMPLICADAS. SI ALGUIEN CERCANO ENFERMA, SI ALGUIEN DE TU CÍRCULO PASA POR UN MAL MOMENTO, RECUERDA SIEMPRE ESTA FRASE: “SI TÚ ME DICES VEN, YO YA ESTOY ESPERÁNDOTE”».
LA DAMA DE 94 AÑOS

«NO PERMITAS QUE NADIE CAMINE POR TU MENTE CON LOS PIES SUCIOS».
MAHATMA GANDHI
«Todo el mundo tiene su patio. En un momento dado, los límites de aquel patio de colegio fueron todo su universo. Equivalían al oasis después del desierto de las clases».
No sé dónde leí eso, pero quedó para siempre en mi memoria, quizá porque en mi caso es al revés. Mi patio es un lugar de caza y yo soy la presa favorita de cinco cazadores implacables capitaneados por un chaval rubio y alto de catorce años que posee una mirada amenazante.
Siempre que suena el timbre para salir al patio, remoloneo e intento hacer ver que estoy acabando de apuntar las últimas cosas de la pizarra. Salgo el último, bajo las escaleras muy despacio y respiro profundamente antes de poner un pie en aquel lugar.
El suplicio dura treinta minutos y a veces logro salir indemne. Pocas veces. Siempre debo estar alerta, moverme rápido, intentar acercarme a los profesores o conseguir que me castiguen para volver a clase.
En alguna ocasión he conseguido que me dejen saltar al colegio de al lado cuando se ha colgado alguna de las pelotas de las decenas de partidos que se juegan a la vez y me quedo allí todo el tiempo que puedo fingiendo que no la encuentro.
Hasta he hecho una amiga allí, es una chica que tampoco tiene mucha suerte en su colegio. Sufre algún tipo de abuso, no quiere hablar mucho sobre lo que le pasa, pero noto que compartimos la misma mirada de presas. Supongo que no quiere decirme nada porque siempre que cuentas un secreto, generas otro más. La comprendo.
Hoy es uno de esos días en que será complicado zafarse. Solo con verles el rostro he comprendido que tienen ganas de cazarme. Se han dividido y cubren casi todo el patio. Su objetivo siempre es el mismo: coronarme rey.
Como imagináis, no se trata de ponerme una corona y llamarme «Majestad», sino que desean cogerme por los brazos y las piernas y empotrarme a toda velocidad contra el soporte de una canasta de baloncesto.
Se le ocurrió un día al cabrón alto y rubio. Jamás le llamo por su nombre, siempre me refiero a él así para mis adentros. Supongo que no queremos nombrar las cosas que nos dan más miedo.
Sé que debería contarles todo esto a mis padres y a mis profesores. Pero los que sufrimos una caza continuada no podemos hacer nada más, solo escapar. Enfrentarnos o delatar a alguien no entra en nuestra cabeza. Solo tengo diez años, quizá dentro de cuatro o cinco, si aún estoy vivo, me atreva. Cuando se lo cuente, sobre todo quiero que entiendan que no les he mentido, solo he aplazado decirles la verdad.
A veces, cuando estoy en una piscina y veo a esos socorristas vigilando que no te ahogues, me pregunto por qué no hay socorristas en tierra. Pasan cosas mucho más terribles que ahogarte en un charco de agua con cloro.
Hoy solo pienso en no ahogarme en tierra y en lograr escapar. Me como el bocadillo en veinte segundos, aguzo mis sentidos y comienzo a correr. Si lo miras desde fuera, es como un baile coreografiado. La manera en que me muevo y cómo ellos contrarrestan mis movimientos.
A veces dejo de correr para coger un poco de aire y hablo con un chico dos años menor que yo. Nadie habla con él. No sufre ningún tipo de abuso porque es invisible.
Me encanta su pasión vital, cree realmente que algún día encontrará un amigo. Yo podría serlo, pero entonces también abusarían de él. Por eso me muestro indiferente cuando estoy con él. Me da un poco de su bocadillo y algo de su zumo. Me ayuda a no deshidratarme.
En ocasiones creo que de mayor podría dedicarme al atletismo. Mi forma física es envidiable.
A los veinte minutos me dan caza. He cometido el error de pasar por el lavabo. Intento no ir jamás, pero a veces creo que tendré tiempo de hacer mis necesidades y salir de allí antes de que aparezcan. Los tengo a todos controlados, pero siempre se les une gente nueva. Muchos son así, piensan que joder al prójimo es una forma de socializar.
Me coronan rey cinco minutos antes de que suene la campana. Como os podéis imaginar, duele mucho.
Ellos se ríen. Él, el cabrón rubio y alto, me amenaza con que mañana volverá a pasar lo mismo. Todos le siguen el rollo.
Vuelvo a clase y pongo la mente en blanco. Intento coger aire. Mi día jamás acaba ahí.
Cuando vuelvo a casa y abro la puerta, ahí está.
Es jodido cuando tu hermano es ese cabrón rubio y alto que te hace la vida imposible. Es muy complicado compartir habitación con el tipo que disfruta diariamente con tu dolor.
La caza no cesa ni en casa. Sé que un día todo acabará, pero mientras eso no pase, lucho con todas mis fuerzas.
Lucho por ser valiente y enfrentarme a mi miedo. Supongo que si la gente se alimenta de comida basura y la transforma en energía, velocidad, altura y peso…, yo espero poder convertir algún día todas esas malas experiencias y ese intenso dolor en emoción, felicidad y amor. Ojalá…

«SIEMPRE HAS DE DAR A ALGUIEN QUE SABES QUE NO TE HERIRÁ TU YO MÁS DÉBIL. NO HAS DE TENER MIEDO A DESANCLAR TUS SENTIMIENTOS DE TI MISMO».
LA DAMA DE 94 AÑOS

«SI TE HIZO FELIZ, NO CUENTA COMO ERROR».
BOB MARLEY