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Registro de la llamada de emergencia

20 de diciembre. 23.34 h. Central de Hof, Baviera.

P: Central de emergencias de la policía, ¿con quién hablo?

R: Sí, hola. Quisiera pedir una pizza.

P: Señora, ha marcado usted el número de emergencias de la policía.

R: Eso, eso. Con salami y queso.

[Pausa].

P: Entiendo… ¿Está usted en peligro en este momento y se siente amenazada?

R: Sí.

P: ¿Y no está sola?

R: Eso es.

P: ¿Hay más de un agresor?

R: No. Solo una pizza.

P: Vale. Lo está haciendo muy bien. ¿La persona que está con usted va armada?

[Pausa más larga].

R: Sí. Tamaño XXL, por favor.

P: ¿Está usted herida?

R: Con pimiento picante.

P: ¿De gravedad?

R [risa forzada]: Si no como algo pronto, me muero.

P: OK. Es usted una mujer fuerte. Lo está haciendo de maravilla. La ayuda estará ahí en un instante. Ahora debería darme la dirección exacta.

R: Mmm. Claro, claro. [Pausa. Respiración agitada]. Por favor, tráiganla a Rabenhammer, calle Tannensteig número 18.

P: ¿Es un piso?

R: Ah. Es una casa de veraneo. Es la casa Waldpfad.

P: Bien, y usted ¿cómo se llama?

R: Valentina. Valentina Rogall. Pero, bueno, en el timbre no consta ningún nombre. Pero ¿qué…?

[Crujidos. Alguien está tapando el auricular con la mano].

R [a una tercera persona en la sala]: Sí. Ahora lo digo. [De nuevo en la línea. Voz insegura. Temblorosa]. ¿Oiga? Dejen por favor la comida delante de la puerta. Encontrarán el dinero bajo el felpudo.

P: ¿En qué parte del edificio se encuentra usted exactamente? ¿En la planta baja?

R: No.

P: Entonces ¿en la primera planta?

R: Sí, eso es. [Pausa, crujidos]. ¿Cuánto tardarán?

P: La ayuda estará con usted en unos pocos minutos. Ahora repita: «No hay problema, espero a que contacten con el repartidor».

R: No hay problema, espero a que contacten con el repartidor. Un momento, aguarde. También debo decirle que…

[Pausa más prolongada. Crujidos. Murmullos incomprensibles de fondo. Un gemido reprimido].

R: No, no. No lo haré.

P: ¿Hola? ¡Oiga! ¿Sigue usted ahí?

[Un chillido de mujer, estridente y agónico].

La conexión se interrumpe.

Fin de la grabación: 23.37 h.

2

23.51 h

Rabenhammer, Tannensteig 18

Strachnitz

Con el estor a medio bajar, la casita con tejado de pizarra parecía querer guiñar un ojo al inspector Strachnitz desde la linde del bosque.

Era una noche estrellada y glacial. Ninguna nube atenuaba la luz de la luna llena, que servía a la policía como si fuera un foco y, pese a lo avanzado de la hora, creaba un ambiente crepuscular.

Durante los últimos días había nevado; la mañana del día anterior la precipitación se había interrumpido brevemente para luego volver a empezar a última hora, de modo que era casi imposible avanzar en silencio. Sus botas y las de la agente que le seguía crujían a cada paso que daban por la cuesta que llevaba hasta la última casa de la calle sin salida. Al menos, alguien había esparcido gravilla por el suelo y la subida no parecía una pista de patinaje. Aun así, corría peligro de caerse. Strachnitz había vuelto a beber de forma equivocada: mucho alcohol, poca agua. Las últimas horas habían hecho mella en sus huesos y la cuesta hasta la casa Waldpfad —que era el nombre con que se conocía esa casita en las webs de casas de vacaciones— se le estaba haciendo interminable.

«Parece tranquilo», le comentó a su joven compañera, que había llegado unos minutos después. Él se encontraba cerca cuando saltó el aviso de intervención de la central, pero era evidente, por el contenido de la llamada de emergencia, que aquella no podía ser una intervención rutinaria para un solo agente; por eso había tenido que esperar a Samira.

La agente inspiró el aire fresco y miró a su alrededor. «Sea lo que sea, allí hay alguien despierto», reflexionó. En el piso superior, la luz estaba prendida mientras que las demás casas de la urbanización estaban sumidas en la oscuridad. En algunos jardines había abetos iluminados, pero la casa Waldpfad carecía de iluminación exterior. En cambio, en una ventana decorada con motivos navideños titilaba la luz de un velón encendido, un tercio del cual ya estaba consumido.

—¡Fíjate! —Samira señaló el suelo.

Numerosas huellas, apenas cubiertas por la nieve de última hora del día, indicaban que el camino había sido utilizado varias veces recientemente. En algún momento, sin duda, por Valentina Rogall, la joven que había hecho la insólita llamada de emergencia pidiendo una pizza.

—¡Qué raro! —comentó él dándole la razón.

Las previsiones meteorológicas de los últimos días habían logrado que apenas nadie saliera a pasear por la zona. El verano había sido caluroso y seco. Ahora la nieve reciente pesaba sobre las copas quebradizas de los árboles. Una tormenta podía tener consecuencias letales. De hecho, el año anterior, en esta época, un paseante incauto había perdido la vida a causa del desprendimiento de una rama.

«Vivir en armonía con la naturaleza. ¡Menuda tontería!», se dijo Strachnitz mientras, con gesto intuitivo, se palpaba la pistola en el chaleco.

El policía adoraba el bosque de Franconia, los paisajes de montaña nevados, el aire puro y el cálido sol en las cumbres de su tierra natal. Pero no era tan ingenuo como para creer que la madre tierra era amiga suya.

«La naturaleza pretende acabar con nosotros. Terremotos, erupciones volcánicas, tormentas, bacterias, animales salvajes, virus, garrapatas, enfermedades, olas de calor, heladas intensas… El hombre ha logrado sobrevivir a todo esto durante miles de años. Sin permitir que siga su curso, resguardándose de ella como un pueblo se defiende de sus atacantes: con cuevas, casas, ropa, medicinas, calefacción, armas, cañas de pescar y raticidas».

Su padre le había enseñado esas cosas.

«Entonces ¿estamos en lucha contra la naturaleza?», le había preguntado siendo niño. Eso le valió una bofetada.

«No atiendes a lo que te digo. Digo que nos protegemos, no que nos enfrentamos. La naturaleza lucha contra nosotros. Y además con razón. Somos su enemigo. No tenemos ninguna función en la cadena alimentaria. Nuestra existencia carece de sentido. Por eso, la naturaleza nunca nos presentará una oferta de paz. Y por eso cualquier intento de consumir menos electricidad, comer menos carne y generar menos basura es una completa estupidez. Es como pedirle a un tumor que no se propague. De hecho, somos el cáncer de la naturaleza. Desde su punto de vista, debemos ser erradicados».

Cuanto mayor se hacía, mejor comprendía Strachnitz la amargura de su viejo, ahora gravemente enfermo y que, sin embargo, durante toda su vida había mostrado una imagen diferente a la opinión pública. Un comisario circunspecto, siempre al servicio de la ciudadanía vulnerable.

«Hipócrita».

¿Por qué había hecho caso de papá y, siguiendo su ejemplo, se había hecho policía? «¿Piensas seguir echando a perder tu vida trabajando como vigilante de seguridad o vas a dedicarte por fin a un trabajo de hombres?».

Strachnitz lo lamentaba casi a diario. Ese día, tal vez, más que nunca. Sin embargo, era incapaz de escuchar la voz interior que, llevada por el viento helado, le susurraba al oído que volviera sobre sus pasos, que no entrara en esa casa. Y menos aún con una resaca que, a cada inspiración, le clavaba las garras en el cerebro.

Por suerte, era capaz de controlarse hasta el punto de que su compañera, más joven, no se daba cuenta de su estado lamentable. Al menos, eso era lo que él esperaba.

El camino los condujo primero junto a un cobertizo y luego junto a un garaje que formaba parte de la casa, en cuyo tejado plano había una terracita con vistas al bosque.

Un detector de movimiento activó una luz situada sobre la entrada posterior.

El cristal de la puerta principal presentaba un borrón hecho con rotulador negro desde el interior.

—¡Qué extraño! —comentó Samira.

Strachnitz asintió.

—Es como una señal.

Una línea curvada que podía representar el número 2 o la letra S, según si se veía desde dentro o desde fuera.

La puerta principal estaba entreabierta. Strachnitz la empujó con cuidado. Se abrió con un ligero crujido dejando ver un pasillo oscuro y estrecho. A mano derecha había una escalera angosta que conducía al primer piso. A la izquierda, una caja de fusibles empotrada en una pared revestida de madera. También esa puerta tenía una marca de rotulador. Esta vez era el número 5.

—¡Hola, traemos la pizza! —gritó Strachnitz tan alto que resonó por toda la casa. No obtuvo respuesta. No oyó nada más que el sonido del viento en el exterior.

El interior de esa vivienda de aspecto abandonado olía a chimenea fría y perro mojado.

Pero, por desgracia, no a aguardiente.

—¿Hay alguien ahí?

Abajo, en el aparcamiento, le había explicado a Samira que no debían identificarse como policías, de modo que en lugar de llevar las chaquetas de uniforme lucían unos chubasqueros anodinos.

«El agresor que amenaza a la mujer que ha llamado espera un repartidor de pizzas; queremos que tenga esa falsa sensación de seguridad».

—¡El dinero no está debajo del felpudo! —gritó entonces Strachnitz dirigiéndose sigilosamente por el pasillo con la pistola dispuesta hasta llegar frente a una puerta delgada de madera que daba a su izquierda. El techo de la vivienda era demasiado bajo para un hombre de su estatura, eso le obligaba a avanzar con el cuerpo algo inclinado hacia delante.

Abrió la puerta y entró en lo que a primera vista parecía ser un salón acogedor: un pequeño sofá de cuero de aspecto confortable y un sillón orejero; entre ambos, una alfombra persa donde predominaban los adornos florales de color rojo y sobre la que había una mesa de centro con ruedas situada ante una estufa de leña rústica. El salón era, en realidad, una sala de paso a la cocina, cuya ventana decorada con motivos navideños el comisario había visto desde el exterior. El estor estaba a media altura y ante él había el velón negro.

—¡No hay nadie! —dijo Samira.

También él se había dado cuenta a primera vista de que en esa cocina rústica anticuada no había nadie. Las sillas estaban movidas. La estancia olía a café frío y absenta. Sobre la mesa había platos sucios.

—¡Fíjate! —Strachnitz señaló el cristal de la estufa de leña. El 19 escrito en la capa de hollín le recordó el capó sucio de su coche, donde la semana anterior unos niños habían dibujado una carita sonriente.

Strachnitz se arrodilló y abrió el horno. Detrás de él Samira soltó un gemido en voz alta.

—¡Por Dios!

Él soltó un taco. Más grosero. Más aterrado.

«¡No puede ser cierto!».

Se acordó de su padre cuando le contaba su peor caso cuando trabajaba en la patrulla: un yonqui que creía estar endemoniado se había intentado cortar la mano izquierda con unas tijeras de podar porque creía que estaba «poseída».

«¡Mierda!».

En este caso en el horno no había ninguna mano. Solo un dedo índice. Con la uña medio arrancada. Bañado en sangre, cortado de forma experta. Como si fuera el aperitivo de un caníbal enajenado, estaba dispuesto sobre una pila de leña en el horno de carbón vegetal.

—¡Santo Dios! —gimió Samira retrocediendo.

—¡Que venga la científica! —dijo Strachnitz por radio a la central—.Necesitamos refuerzos. Y mejor que venga también una ambulancia.

Se quedó mirando el horno frío maldiciéndose a sí mismo y a su vida; necesitó un buen rato para levantarse de nuevo, y por eso se dio cuenta demasiado tarde de que su compañera ya no estaba junto a él.

3

Samira

Strachnitz le había prohibido subir sola al piso superior, pero ella no veía razón alguna para obedecerle. Aunque él tenía más antigüedad y técnicamente era su superior, a juzgar por su aliento y su paso vacilante, difícilmente estaba en condiciones de llevar a cabo esa intervención de forma correcta, y menos aún de darle órdenes a ella. Que aguardara él abajo los refuerzos. Ella no iba a esperar para que luego le recriminaran haber abandonado a su suerte a una mujer indefensa.

Samira desenfundó su arma reglamentaria.

Los escalones desgastados crujían una barbaridad a cada paso. Nadie que estuviera en el primer piso, justo bajo el tejado, podía no oírlos. Dejó de querer aparentar ser una repartidora de pizzas y al instante se dio cuenta de que aquello no había sido necesario ya desde el principio. Tampoco había nadie en las habitaciones de la planta superior, ni en el dormitorio ni en el pequeño despacho, cuya puerta ventana permitía el acceso a la terraza de la azotea, encima del garaje.

Ni Valentina Rogall. Ni ningún hombre que la amenazara.

Sin embargo, sí se apreciaban indicios de que en la casa había gente apenas unas horas atrás: en el dormitorio, junto a la cama de matrimonio, la ropa de cama y las almohadas estaban tiradas por el suelo. La cama parecía recién hecha, pero las sábanas estaban manchadas. Al igual que en la puerta y en la caja de fusibles del piso de abajo, también allí arriba había marcas con números.

A la derecha, se veía un 9. A la izquierda, alguien había escrito un 17 con rotulador rojo.

«¿Qué está pasando aquí?».

Junto a la cama, Samira vio un sobrecito de color menta apenas mayor que una tarjeta de crédito. Lo recogió y sacó una tarjeta de su interior. Contenía un texto escrito con rotulador negro de trazo fino. Un poema que a Samira le revolvió el estómago como si se hubiera tenido que tragar un huevo podrido:

Abandónala a su muerte y su desdicha.
La chica del calendario ya no se ilusionará.
Escondida en un cajón, ¡tra la la la la!
¡Hoy es noche de muerte!
¡Hoy es noche de muerte!

Se preguntó qué significaría ahí «cajón». Se imaginó un cadáver con un dedo amputado dentro de una caja; un ataúd, un arcón o, si había que interpretar de forma literal al autor, una estructura parecida a un cajón, como un cajón de arena.

«O…».

Rodeó la cama. Se agachó. Con los dedos palpó la alfombra, tan oscura que a simple vista no se veía… el líquido oscuro que se filtraba desde la cama al suelo.

«Desde la cama».

Dicho más exactamente: desde el cajón de debajo de la cama.

Abandónala a su muerte y su desdicha.

Debajo de la cama. En un cajón.

—¿Qué está ocurriendo aquí? —oyó a Strachnitz preguntar desde la puerta.

De pronto, fue como si la luz del techo perdiera intensidad.

Con la pistola lista para disparar, Samira levantó el cajón de la cama por el lado donde había encontrado el sobrecito y alzó el colchón. El muelle del mecanismo de apertura cedió de mala gana, como si lo estuvieran forzando a adoptar una posición errónea e insana.

Strachnitz, que ahora estaba detrás de ella, llevó también el haz de su linterna hacia allí.

—¡Dios mío!

Samira gimió horrorizada.

Imposible saber si la criatura metida en el cajón de la cama era hombre o mujer; por un instante ella llegó a dudar incluso de que fuera un ser humano, porque nunca había oído a nadie gritar de un modo tan atroz e incomprensible.

—¡Necesitamos asistencia médica! —oyó a su espalda a Strachnitz gritando por la emisora—: ¡Ahora mismo!

En un mundo ideal, ella entonces habría oído las sirenas, los neumáticos de los coches patrulla y la ambulancia derrapando. La luz parpadeante de los vehículos de emergencia habría sumido el dormitorio en un azul intermitente.

Pero Samira no oyó nada parecido. No vio siquiera señales luminosas. Solo aquel ser ensangrentado, de respiración entrecortada, metido en el cajón de la cama.

«¿La chica del calendario?».

—¡Emergencia médica! ¿Dónde se han metido esos malditos bomberos? —gritaba Strachnitz por radio. Entonces estalló el infierno. Mientras su compañero estaba distraído con la llamada de emergencia, esa criatura ensangrentada salió de pronto del cajón de la cama.

Samira lo intentó. Pero no consiguió disparar ni un solo tiro antes de que aquello arremetiera contra la garganta desprotegida y expuesta de Strachnitz.

4

Siete horas más tarde

Strachnitz

Ni resaca. Ni náuseas. Fue lo primero que notó al despertar. Hacía meses que no se despertaba así, sin sentir un martilleo en la cabeza. Sin embargo, eso no fue motivo de alegría para él. En vez de eso, ahora le parecía como si en el cuello tuviera una herida abierta que un sádico hubiera envuelto con paños hirvientes empapados con salmuera.

—¿Me oyes?

Strachnitz asintió, lo cual resultó ser un error porque entonces las gasas le rozaron profundamente la herida del cuello. De buena gana habría tirado del cable con el botón rojo de emergencia que colgaba de su cama en el hospital, pero temió hacer cualquier otro movimiento.

—Estás despierto, bien. Eso está muy bien…

El hombre que estaba junto a su cama no era médico, aunque las bolsas de sus ojos, del tamaño de un saquito de té, le habrían quedado bien a un médico de planta tras un turno de cuarenta y ocho horas. Strachnitz necesitó un rato para reconocer a su padre en ese hombre moreno y cuarentón. El condecorado detective.

«Pues vaya».

—¿Dónde estoy? —preguntó. Su voz era como si hubiera hecho gárgaras con detergente clorado.

—En el Sankt Martin. Por suerte aquí los cirujanos son excelentes.

Fuera de su campo de visión sonó el pitido de un monitor, con el que seguramente se controlaban las funciones vitales. Eso, al menos, explicaría los numerosos tubos y el manguito que llevaba en el brazo izquierdo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó con voz ronca. Trató de tragar saliva, pero no lo logró.

—¿No lo sabes?

La voz de su viejo sonaba inusualmente eufórica.

Strachnitz intentó recordar mientras contemplaba por el rabillo del ojo la ventana que tenía a mano derecha. Era de día. Sus últimos recuerdos estaban sumidos en la oscuridad. Recordaba el sabor del alcohol que había ingerido a primera hora de la mañana (¿seguía siendo hoy?). Y la llamada de emergencia. La central había dicho algo sobre una mujer que había pedido pizza al número de emergencias de la policía y que posiblemente no había podido hablar con libertad porque estaba siendo amenazada.

«¡Estoy al lado!». Él había aceptado el aviso con esas palabras, y había esperado la llegada de su compañera.

A partir de entonces, sus recuerdos se volvían cada vez más fragmentarios. En su memoria, abría la puerta principal de una casa, veía una caja de fusibles etiquetada con un número. A continuación, una cama y, al final, un ser bañado en sangre. ¿Y luego? Nada más.

Strachnitz se aclaró la garganta, y fue como si una lima de uñas pasara sobre sus cuerdas vocales.

—¿Habéis pillado al agresor? —preguntó, palpándose el vendaje al llevarse la mano al cuello.

—¡Oye, escucha bien lo que te digo! —dijo su padre bajando media octava su tono de voz y haciendo que de pronto sonara mucho más amenazador—. Es muy importante que comprendas lo ocurrido en la casa Waldpfad, ¿vale?

Strachnitz asintió, y al instante lo lamentó. Le pareció como si dentro de su cabeza se agitara un baño de ácido.

—¡Fue un perro!

—¿Un perro? ¿Dónde…? Quiero decir, ¿cómo…?

—Un perro abandonado. Acudiste a una llamada de socorro y entraste en una casa vacía. Y ahí ese chucho te atacó. Seguramente el animal debió de quedarse encerrado por accidente y llevaba días sin comer. Tú te convertiste en su presa. —La voz sonora de detective de su padre volvió a adoptar un tono de camaradería—: Según parece, hijo mío, sabes mal. El bicho te soltó y se largó.

Strachnitz notó que lo invadía un sopor tremendo, como si hubiera tomado un somnífero y de pronto le estuviera surtiendo efecto. Muy posiblemente lo estaban atiborrando de analgésicos y sedantes.

—¿Y la mujer? —quiso saber.

«Y mi compañera. ¿Cómo se llamaba?…».

—¿Qué mujer?

—La víctima. La del cajón de la cama. Estaba ensangrentada. ¡Seguro que habéis encontrado el dedo!

—¿El qué?…

A Strachnitz se le empezaron a cerrar los párpados.

—En el horno. Había un número. Y un poema…

Escondida en un cajón, ¡tra la la la la!
¡Hoy es noche de muerte!

Maldita sea, ¿cómo seguía luego?

Ante sus ojos la habitación del hospital centelleaba, como si a su alrededor todo fuera una proyección expuesta en ese instante a una fuente de alimentación fluctuante. Oyó hablar a su padre, esta vez, de nuevo, con voz muy grave:

—Tranquilo, hijo. Como ya te he dicho, es importante que comprendas esto, pregunte quien pregunte: no había nadie en la casa. Ni víctima ni sangre ni dedos ni números. Y tampoco viste ningún poema.

«Imposible».

—No le des más vueltas, chaval. Los médicos dicen que, tras una lesión tan traumática como esta, es bastante normal sentirse confuso y tener recuerdos falsos. Sobre todo, cuando a veces a uno se le va la mano con el alcohol.

Strachnitz notó una mano en el hombro; le habría gustado agarrarla y tirar con todas sus fuerzas de su padre hasta tener la boca junto a su oreja, para que ese rostro con bolsas en los ojos se enterara cuando él le espetara a gritos: «Puede que yo sea un borracho. Pero no estoy loco. Y eso no es tampoco una alucinación por culpa de los sedantes. Así que no me vengas con hostias».

Pero no pudo decir nada más. Tenía los ojos cerrados. Se sumió en una nada oscura, en la ausencia total de luz. De repente, le sobrevino un pensamiento, apenas una palabra. Era de ese poema en la casa Waldpfad, aquel cuyo texto completo no lograba recordar, excepto una sola cosa:

chica del calendario

Aunque no era capaz de explicárselo en ese momento, se quedó electrizado, sintió un escalofrío recorriéndole el cuerpo lacerado que le condujo a un último pensamiento: Valentina Rogall.

De repente, todo cobró un sentido atroz, aunque apenas fue por una fracción de segundo; luego todo a su alrededor perdió consistencia y se desvaneció en el aire hasta que solo quedó la negrura más siniestra a la que su mente había estado expuesta jamás.

5

Once años después – Actualidad

Olivia

Tanta sangre, sin duda, no causaba buena impresión. Estaba adherida a la barbilla de Olivia Rauch, a su cuello y, por supuesto, a su blusa blanca. En suma, a todo cuanto había estado en contacto con su cabeza, también las manos, con las que había intentado limpiar ese desastre. Había sido en vano.

No le había dado tiempo de eliminar las manchas con Aspirina Plus C disuelta (un truco que le había dado en una ocasión una limpiadora de escenas del crimen y que iba muy bien). Apenas había podido cambiarse de ropa antes de emprender el precipitado trayecto en coche hasta Mitte, el distrito centro de Berlín. En ese momento, tenía la sensación de que nunca más iba a tener tiempo para nada mundano. No mientras su hija se estuviera precipitando hacia la muerte por la vía rápida, a una edad demasiado temprana.

—Pero tiene que haber algún modo, ¿no? —se oyó preguntar con una voz extrañamente sorda. Sentía las palabras que le salían de la boca como cuerpos extraños. Ásperas, rasposas y desagradablemente duras. Igual que la silla de madera donde ella se sentaba con el cuerpo inclinado hacia delante, tensa como un corredor antes del pistoletazo de salida.

—No veo cómo —respondió el funcionario. Con su cuerpo musculoso detrás de aquella mesa parecía un portero de discoteca vestido con esmoquin. Ridículo y, a la vez, imponente.

El lápiz con el que tamborileaba sobre un expediente cualquiera de la mesa que tenía delante desapareció entre sus enormes zarpas como si fuera un palillo.

Desde que el funcionario de referencia para Olivia se había jubilado, Walther Wallenfels era su interlocutor principal en la oficina de adopciones, alojada en el edificio del Departamento de Educación, Juventud y Familia del Senado de Berlín. Hasta entonces, solo había tenido contactos esporádicos con el jefe de la oficina. No conocía ningún detalle personal de él, salvo que sus colegas le llamaban Walli, aunque no sabía si el apodo era por su nombre o por su apellido.

—La ley dice que los niños adoptados tienen derecho a saber quiénes son sus padres biológicos.

—Cuando cumplen dieciséis años —corroboró Wallenfels para inmediatamente contradecirla—: Alma solo tiene once. Y además… —Apuntó con el lápiz precisamente a la mancha de sangre de su blusa y añadió—: En este caso no solo es una adopción cerrada donde es obligado respetar estrictamente la edad de la menor. ¡Es que además es una adopción secreta!

—Eso ya lo sé —dijo Olivia sin apenas pensar. Y tampoco logró morderse la lengua para añadir—: ¡Asistí a todo el proceso!

«Maldita sea. Licenciada en Psicología con la más alta calificación. Profesora júnior en la Universidad Libre de Berlín. Y todo indica que no presté atención a mi propia clase magistral sobre control de impulsos».

—Bueno… —Wallenfels le dedicó una mirada arrogante, como diciendo: «Entonces ¿a qué viene esta charla?»—. Si usted asistió, debe saber que no me está permitido proporcionarle ningún dato personal sobre los padres biológicos de Alma. Esa fue la condición fundamental de la adopción y, en su momento, usted la aceptó, señora Rauch.

Olivia, nerviosa, quiso hacer girar su alianza en el dedo y de nuevo cayó en la cuenta de que ya no la llevaba. Desde hacía cuatro meses. Sin embargo, las viejas costumbres no desaparecen con la misma rapidez que un trocito de metal.

—¡Tiene que haber alguna excepción!

Wallenfels negó con la cabeza.

—No. Si ahora le dijera un nombre, pondría en peligro la vida de la madre.

Ella frunció el ceño.

—¿Cómo se supone que eso puede poner en peligro su vida?

—No estoy autorizado a responder a esta pregunta. De ser así, usted sabría…

—… ¡quién trajo a Alma al mundo! —añadió ella, poniendo los ojos en blanco.

«Vale, vale. Así no llegaré a ninguna parte».

Olivia inspiró profundamente, extendió las manos hacia el funcionario y luego señaló su blusa.

—¿Ve esta sangre? ¡Mi hija está enferma! Sufre de LLA, leucemia linfoblástica aguda. Normalmente, esta enfermedad no es una condena de muerte. Gracias a la medicina moderna, las posibilidades son realmente buenas. Más o menos el noventa por ciento de niños y jóvenes que la sufren sobreviven entre diez y quince años. Por desgracia, en el caso de Alma, la quimioterapia no basta. Al revés. En vez de ayudarla, le provoca hemorragias nasales cada dos por tres. Vengo directamente de casa, donde la atiendo, porque en el hospital ya no pueden hacer nada más por ella. A menos que demos rápidamente con un donante compatible de médula ósea.

Wallenfels la miró imperturbable y esperó unos instantes hasta que le preguntó:

—¿Se ha sometido usted a las pruebas de compatibilidad?

«¿En serio?».

La pregunta enfureció tanto a Olivia que tuvo ganas de levantarse y arrojar la silla por el despacho.

—Por supuesto, ¿qué se ha creído?

Fue lo primero que hizo. Todos sus allegados se hicieron un frotis bucal y se inscribieron en el Centro Alemán de Donantes de Médula Ósea. Con tal de salvar la vida de Alma, se habría dejado arrancar todos los dientes, incluso sin anestesia, si tal cosa hubiera sido necesaria para comprobar la compatibilidad. No había nada que no fuera a hacer por ella. Desde el momento en que la tuvo entre sus brazos por primera vez, no había querido más a ningún otro ser humano. Aquella criatura tan absolutamente vulnerable con el rostro arrugado y expresión malhumorada, de mejillas hinchadas y unos piececitos de tocinillo, que parecían como bollitos minúsculos. «Viviré por ti. Y moriré si es necesario», eso fue lo primero que le susurró al oído de Alma. Cualquiera que conociera un poco a Olivia sabía que aquella no era una frase huera. Había demostrado su abnegación ya con seis años de edad. Su hermano pequeño Henry, que acababa de cumplir cuatro años, había atravesado una puerta de cristal en el invernadero de la casa de sus padres en Köpenick. Se había abierto el pecho y había perdido mucha sangre. Los médicos del hospital no tenían suficientes reservas de sangre AB, que era su raro grupo sanguíneo, pero Olivia era una posible donante. Así que, tras consultar a sus padres, uno de los médicos le preguntó si quería salvar a su hermanito Henry. Olivia no se lo pensó dos veces, se despidió de sus padres y fue con el médico para hacer la donación. Cuando hubo terminado, le preguntó: «Bueno, y ahora ¿cuánto tiempo pasará hasta que me muera?».

Cuando el médico reparó en el significado de esa frase, los ojos se le llenaron de lágrimas. Olivia había creído que al pedirle que donara su sangre se le había pedido también que sacrificara su vida por la de su hermano. Y la pequeña no había dudado ni un segundo.

De igual modo, Olivia ahora no vacilaría ni un instante en darlo todo por Alma. «Si por mí fuera, le daría toda la médula ósea». Por desgracia, eso no habría servido de nada. Esta vez, a diferencia de entonces con Henry, ella no era lo bastante compatible. Ni tampoco nadie en todos los registros de donantes del mundo. Hasta el momento.

—Se lo ruego, señor Wallenfels. —Intentó conmover al funcionario—. Es una cuestión de vida o muerte. Necesito encontrar a los padres biológicos de Alma.

—¿Acaso usted cree que podrían ser compatibles como donantes de médula?

—¡Sí! —Olivia asintió con expresión grave.

—¿Usted cree en eso? —repitió Wallenfels con una sonrisa que Olivia no supo interpretar.

Por el modo en que Wallenfels enfatizó ese verbo ella empezó a barruntar a qué se refería. Y, cuando él se levantó la manga izquierda de la camisa y mostró la cruz tatuada que llevaba en la muñeca, tuvo la certeza.

—Oí ese pódcast, señora Rauch.

«Maldita sea».

Ella cerró los ojos mientras suspiraba en silencio y los mantuvo así mientras hacía dos respiraciones profundas.

«Incluso él se ha enterado».

Aquel pódcast sin pies ni cabeza. Durante treinta y seis años de su vida, había logrado mantenerse alejada del foco mediático. Nunca había concedido una sola entrevista, y eso que desde que se especializó había recibido muchas peticiones. Su investigación giraba principalmente en torno a la psicología de la víctima. En su tesis doctoral había estudiado por qué a menudo los criminales más crueles habían sido también víctimas de delitos durante la infancia. En ocasiones, incluso habían sufrido los mismos abusos que los que luego ellos infligían a otros.

Pero Olivia rehuía la notoriedad y nunca había entendido qué era lo que llevaba a la gente a querer leer su nombre en la prensa, y menos aún a ver su cara en la pantalla de televisión. Valoraba su vida tranquila y apartada, su intimidad y su labor discreta como profesora asistente en la universidad. Pocas cosas le disgustaban más que los colegas con afán de protagonismo que se aprovechaban de los crímenes más atroces para convertirse en celebridades a costa de las víctimas.

Pero entonces su mentora enfermó. Y, por desgracia, tuvo que sustituirla como experta en el popular pódcast de psicología Delitos con motivación religiosa: cuando la fe se convierte en delirio.

—¿Escuchó todo el programa o solo los clips de Instagram?

Lo absurdo de aquel asunto era que el pódcast se había grabado y emitido hacía dos años y que en su momento pasó desapercibido…, hasta que un músico pop conocido por sus letras religiosas llamó la atención de sus seguidores sobre Olivia desde su canal de YouTube. Poco después, el episodio se hizo viral y de pronto las palabras de ella aparecieron en los medios de comunicación.

Profesora de la FU:
¡Los creyentes son enfermos mentales!

Así rezaba el titular escueto de un periódico famoso por la brevedad de sus cabeceras. Y así, en cuestión de unas horas, ella dejó de ser una investigadora desconocida para convertirse en sujeto de odio para gentes temerosas de Dios de todas las confesiones y figura emblemática para los anticlericales militantes. Al cabo de un día, la avalancha de reacciones fanáticas colapsaba la bandeja de entrada de su correo electrónico. Una semana más tarde, estallaban las primeras bolsas de pintura contra la fachada de su despacho en el campus universitario de Zehlendorf. Un mes después, la avalancha de odio empezó a disminuir por fin y sus clases dejaron de sufrir interrupciones constantes de alborotadores.

—Aquello estaba completamente sacado de contexto. —Por enésima vez en los últimos tiempos, Olivia se justificó.

—¿Ah, de veras? —Wallenfels enarcó una ceja—. «Des-de el punto de vista psicopatológico, los creyentes cumplen todos los criterios para ser considerados perturbados mentales». Dijo eso, ¿verdad?

No. La cita completa decía: «Hay quien dice: “Los creyentes cumplen todos los criterios para ser considerados perturbados mentales desde un punto de vista psicopatológico”. Yo no comparto esta opinión».

Sopesó la posibilidad de discutir este asunto con Wallenfels, pero sospechaba que esa era una batalla que tenía perdida de antemano. Él ya había emitido un veredicto. Sobre ella. Y sobre su solicitud de acceso al expediente.

Con todo, insistió con vehemencia.

—¡Alma morirá si no encuentro a sus padres biológicos! Solo necesito saber su nombre.

—Lo siento —dijo el funcionario sin sentirlo en realidad—. De todos modos, hasta donde yo sé es bastante improbable que los padres biológicos sean donantes compatibles de células madre.

«Es cierto. Pero es la única esperanza a la que puedo aferrarme».

Los trasplantes de células madre dependen de lo que se conoce como la compatibilidad HLA. Lo ideal es que el material tisular de los glóbulos blancos del donante sea idéntico al del receptor para que el organismo no lo rechace. Sin embargo, este escenario solo se da con los gemelos idénticos. En el caso de los hermanos, como cada uno hereda de los progenitores la mitad del material genético, la probabilidad de compatibilidad es del veinticinco por ciento. En el caso de los padres, este aspecto es significativamente inferior.

—Pero es una posibilidad —objetó Olivia—. Existe una buena razón por la que para la terapia con células madre se empiece siempre buscando donantes entre la familia del paciente. Y eso es lo que quiero hacer, solo que no conozco a la familia de Alma.

—Bueno, lo entiendo, pero no puedo hacer nada por usted, señora Rauch. —Wallenfels sabía impregnar con un tono sarcástico un breve suspiro—. Tráigame un auto del juzgado de familia ordenándome revelar la identidad de los padres biológicos de Alma. De lo contrario, mis manos están atadas.

«Hijo de puta», dijo Olivia para sí temblando y confiando en no echarse a llorar hasta llegar al coche. El frío que la recibió frente al edificio de la Administración del Senado de la Bernhard-Weiß-Straße era similar a la despedida glacial que le había dirigido a Wallenfels, de cuyo despacho había salido con un portazo. Entonces, apenas unos pocos segundos después, se reprochaba haberse dejado llevar de nuevo por su mal carácter.

«¡Algún día también usted se encontrará más cerca de la muerte que de la vida, señor Wallenfels, y ojalá que entonces ese Dios al que adora con tanto fervor se apiade de usted!».

«¡Maldita sea!».

No había conseguido nada, solo ponérselo en contra.

«Bien hecho, Olivia».

Se encogió de hombros y se subió el cuello de su abrigo de lana. Había olvidado la bufanda en el coche, que tenía aparcado a más de un kilómetro de distancia, en una zona de estacionamiento prohibido. Una vendedora astuta la había convencido de la compra de esa miniván con el argumento de que, gracias a su amplio maletero, era el vehículo perfecto para hacer las compras y viajar con la familia. Comparado con la mayoría de los monovolúmenes que circulaban por las calles de Berlín, aquel vehículo de color remolacha era realmente «mini». Sin embargo, en Mitte era tan práctico como tener un tanque. Solo los idiotas circulaban con él por el centro de la ciudad, tan hostil a las plazas de aparcamiento, y ese día Olivia ya se había comportado varias veces como una idiota.

Faltaba poco para las seis de la tarde y las farolas en la calle llevaban un buen rato encendidas. Calculó mentalmente cuánto tardaría en llegar hasta Spandau, hasta que cayó en la cuenta de que ya no tenía que dirigirse allí. Se había mudado de esa zona poco después de que saliera a la luz la doble vida amorosa de su marido Julian, y de aquello habían pasado tres meses. Sin embargo, después de un largo día de trabajo, se sorprendía eligiendo sin darse cuenta la ruta que durante una década había sido el camino a su hogar.

«Un hogar que ya no existe».

Olivia se había alejado ya unos pasos de la entrada cuando oyó a sus espaldas una voz de mujer llamándola nerviosa por su nombre.

—¿Señora Rauch? Espere, por favor.

Se volvió hacia la persona que se le acercaba con la respiración entrecortada, como si acabara de terminar una carrera.

—¿Sí? —preguntó Olivia a la mujer, de una edad difícil de adivinar. Por su voz, muy gutural, parecía que hubiera superado hacía tiempo la edad de jubilación. Sin embargo, la sudadera gris con el retrato de una famosa banda juvenil de chicos era más propia de una adolescente. A causa de la llovizna helada, la mujer se había cubierto el pelo canoso y rizado con la capucha, dando a Olivia la extraña impresión de estar hablando con un monje.

—Trabajo en el despacho contiguo al del señor Wallenfels. Siempre tenemos las puertas abiertas. Por eso he oído su conversación. No lo he podido evitar.

—Ah, ¿sí?

Olivia había estado tan tensa y nerviosa en el despacho de Wallenfels que no había reparado en su entorno.

—Conozco su caso.

—Entonces ¿usted podía…? —preguntó Olivia de nuevo esperanzada.

—No. No tengo acceso al archivo. Ya no.

—No lo entiendo.

Aquella funcionaria sin nombre, que claramente no parecía tener intención de presentarse, negó con la cabeza con vehemencia.

—A mí me han endilgado la miserable digitalización de expedientes de otros tiempos. A mí precisamente, que apenas me manejo con el móvil. Me encargo de escanear todos los casos de adopción de los últimos veinte años.

—¿Y?

Cuando habló, la funcionaria abrió mucho los ojos, que tenía oscuros y con arrugas:

—Y de todos ellos el suyo es el que más recuerdo.

Olivia se estremeció; en ese instante deseó llevar también la cabeza cubierta, aunque estaba segura de que el escalofrío que sentía en todo el cuerpo se debía menos al frío que a las palabras de su extraña interlocutora.

—¿Y cómo es eso?

La mujer vaciló. Luego bajó la voz. No hacía falta ser un experto en la psique humana para detectar en su lenguaje corporal los síntomas de estrés que acompañan a una reacción espontánea de miedo cuando dijo:

—¿Ha oído hablar alguna vez de la chica del calendario?

«La chica del calendario».

Olivia se notó la boca seca.

—¿Quién se supone que es?

—Es…

Una ráfaga de aire intentó apartar la capucha de la mujer sin nombre. Esta volvió a mirar a su alrededor, esta vez hacia arriba, en dirección al despacho de Wallenfels, y se estremeció. Olivia también había vislumbrado la sombra detrás de las cortinas.

—He hablado demasiado —susurró la encapuchada mientras se disponía a marcharse.

—Aguarde —exclamó Olivia tras ella—. ¿Por qué me ha dado esa pista si tiene tanto miedo?

«De lo que sea que la asuste».

La vecina de despacho de Wallenfels se detuvo una vez más y se volvió hacia ella por un instante. Dio entonces la explicación que Olivia ya sospechaba. La única que no requería más explicaciones.

—Yo también soy madre —dijo.

Segundos después había vuelto a desaparecer en el edificio.

6

Wallenfels

Wallenfels se asomó a la ventana y observó a Olivia Rauch caminando por la calle con la cabeza agachada, en un intento por exponerse lo mínimo posible a la lluvia, que cada vez era más intensa; al llegar al cruce desapareció de su campo de visión.

Volvió a sentarse en su escritorio y cogió un lápiz con el que empezó a tamborilear sobre la mesa. Contempló un buen rato el cartel que colgaba en la puerta de su despacho: mostraba la silueta de una niña pintada con espray en blanco y negro en la pared de un edificio que tenía la mano extendida hacia un globo rojo que se le escapaba. Tal vez lo quería dejar ir a propósito. Wallenfels aún no había decidido qué era lo que esa obra del artista urbano Banksy le quería decir.

Presa de una insólita inquietud interior, apartó la vista del cartel, sacó una llave del cajón superior del escritorio y se dirigió hacia el único archivador que siempre tenía bajo llave. Antes, cerró la puerta que daba acceso al despacho de su compañera de trabajo.

Tardó un rato en encontrar lo que buscaba en las carpetas colgantes bajo RO-RU. Wallenfels sacó de ahí el documento, fue pasando las páginas hasta llegar a la última y memorizó el número de teléfono escrito a mano que había en la esquina superior derecha.

Acto seguido, se dirigió al aseo del personal, donde se podía cerrar la puerta que daba al pasillo. Tras asegurarse de que no había nadie utilizando el baño excepto él, abrió el grifo y marcó el número que había memorizado.

La conversación, engullida por el ruido constante del agua, no duró mucho después de que el hombre al otro lado descolgara. De hecho, después del cansino «¿Diga?» del receptor de la llamada, solo hubo una frase.

«Está empezando a revolver el avispero», dijo Wallenfels, y colgó. De regreso a su mesa, le sobrevino la inquietante sensación de que aquel era el día en que el largo brazo de la verdad iba a adentrarse en el pasado y sacaría a la luz un terrible secreto que se creía enterrado.

Veintiún años después de que hubiera empezado el horror. Entonces, en el castillo de Lobbeshorn…

7

Veintiún años atrás

Internado del castillo de Lobbeshorn

Valentina

Primero Valentina clavó la mirada en el test de embarazo, luego en la caja vacía del medicamento, después en la Biblia. Quería morirse. En ese instante, en el despacho de la directora del internado, la muchacha, de dieciséis años, no podía sospechar lo cerca que estaba de la muerte.

—Pero vosotros ¿tenéis idea de lo que habéis hecho? —preguntó la doctora Stella Großmuth, la directora de Lobbeshorn. Llevaba una permanente más anticuada incluso que el viejo escritorio tras el cual se sentaba imponente. A los ojos de Valentina esa mujer parecía incluso más vieja que el edificio del castillo que albergaba el internado privado.

—¡Nos queremos! ¡Esto no es para nada un delito! —se atrevió a replicar Ole. De pie junto a Valentina, delante del escritorio de la directora, asió a la chica de la mano. Un gesto valiente en un entorno hostil. Una vez más, la joven admiró el valor de su amigo. En situaciones en las que ella habría querido volverse invisible, él mostraba una confianza en sí mismo que a primera vista nadie habría sospechado en aquel espigado adolescente de pelo alborotado. Cuando se conocieron, ella ya se había dado cuenta de que él era gratamente distinto de los demás estudiantes. No solo era más inteligente y tenía más sentido del humor, sino que también era más sensible.

—¡Aparta tus dedos pecadores de ella! —le ordenó la mujer. Él, aunque de mala gana, obedeció, quizá por temor a que, si desafiaba a la directora, esta castigaría a Valentina.

Stella Großmuth entornó los ojos, ya de por sí pequeños y de color gris pálido, mientras hacía girar en su dedo el enorme anillo con el escudo del colegio.

—¡Desde luego contigo es evidente que de tal palo, tal astilla! —le espetó a Ole, haciendo referencia a los delitos cometidos por los padres de él.

Se les había declarado culpables de evasión de impuestos, retraso en la presentación de la declaración de insolvencia y malversación por un importe de varios millones, y se encontraban cumpliendo una larga condena en prisión.

—¡Es increíble que no la sueltes ni siquiera ahora, después de lo que has hecho! —regañó al estudiante.

Valentina se acarició el vientre sin apenas darse cuenta. Sentía un poco de náuseas, aunque las mallas deportivas negras que llevaba no dejaban ver ni la menor curvatura. Aún era demasiado pronto. Ole y ella eran pareja desde hacía año y medio, pero su primera y fatídica noche juntos en el gimnasio había tenido lugar apenas tres semanas atrás.

—De todos modos, comprendo lo difícil que debe de ser para un adolescente resistirse a ella. —Stella hablaba de Valentina como si ella no estuviera presente—. En verano, con esas faldas demasiado cortas y los tops que dejan ver el ombligo o, como ahora mismo, con ese jersey de cuello alto tan descaradamente ajustado. Y encima con el pelo suelto.

Valentina se apartó sin querer un mechón castaño de la cara mientras Stella extendía las manos con gesto condescendiente a la vez que hinchaba las mejillas, algo que le daba una apariencia menos enjuta.

—Por mí, podéis quereros como queráis. Eso a mí me da igual. En cambio, lo que no puedo pasar es que incumpláis el quinto mandamiento.

—¡Pero si no hemos matado a nadie! —replicó Ole, tan asombrado como Valentina.

—¡Pero lo habéis intentado! —les reprendió Stella. Su tono de voz era suave como el susurro de un arroyo, y eso precisamente era lo que a Valentina le resultaba insufrible. Hubiera preferido que gritara. Tal vez entonces los gritos de la directora hubieran logrado disipar su propia furia. Sin embargo, Stella así parecía un volcán que mostraba los primeros signos de erupción.

—No estaremos hablando de esto, ¿verdad? —preguntó Ole, señalando la caja de medicamento que había sobre el escritorio de Stella. Henriette, esa insidiosa compañera de habitación, debió de encontrarla en la papelera del baño y se la había entregado a la directora. Valentina no sabía de qué otro modo eso podía haber salido a la luz.

Stella se levantó de su asiento tras el escritorio. Al hacerlo, impidió que Valentina contemplara el paisaje montañoso invernal al otro lado de la ventana. Hasta entonces la visión de las coníferas heladas en el parque del castillo había logrado apartar su atención de esa directora espantosa y de sus discursos, más espantosos si cabe. Ahora ya no tenía más remedio que contemplar el horror directo, de frente.

—Sé que no lo entendéis —dijo Stella, todavía en voz baja y midiendo claramente cada palabra—. No tenéis fe y, por lo tanto, no respetáis la vida. Pero yo sí tengo valores y principios, e intento transmitíroslos aquí, en esta institución. Aunque por eso os burléis de mí. Por ejemplo, cuando os cuento por qué incluso un condón es un aborto, y el aborto es un pecado imperdonable. —Asió la caja de medicamentos—. Querías evitar la concepción, es decir, terminar con un embrión.

«Sí, y por desgracia nos esperamos demasiado», se dijo Valentina, muy asustada para expresarlo en voz alta.

No habían planeado acostarse juntos. Aquello había ocurrido en el ardor del momento y ninguno había pensado en usar anticonceptivos. Era fin de semana. La farmacia más cercana no abría hasta el lunes. Para entonces, obviamente, ya habría sido demasiado tarde para tomar la píldora del día después, tal y como demostraba la prueba de embarazo que la directora le había obligado a hacerse apenas diez minutos antes en el aseo de su despacho.

—¿Va a informar a nuestros padres? —preguntó Valentina. Eran las primeras palabras que pronunciaba en voz alta.

Stella sonrió con desdén.

—¿Te refieres a tu padre, ese que se preocupa tanto por su hija libidinosa que ni siquiera se la lleva a casa por Navidad?

Señaló a Ole.

—Tus padres siguen cumpliendo su justa condena en la cárcel. Así que ambos os vais a quedar aquí bajo vigilancia durante las vacaciones.

Valentina notó que se ruborizaba. Era la segunda Navidad después de la muerte de su madre. Papá le había prometido que iba a pasarla con él y su nueva novia. Era el 10 de diciembre. Ese año la escuela privada había finalizado las clases antes de lo habitual a causa de unas reformas urgentes, y la mayoría de sus compañeros ya habían sido recogidos por sus familias.

«Bueno, por lo menos así no voy a tener que confesar esta vergüenza a papá», pensó con amargura.

—Vosotros no les importáis a vuestros progenitores —continuó Stella—. Pero no así a nuestro Creador. Para Él no existen los secretos.

—¿Eso es todo? —preguntó Ole con ademán de marcharse.

Stella sacudió el índice hacia él, su tono de voz seguía calmado.

—¡Quieto aquí! Estas impertinencias tuyas se te pasarán en cuanto veas lo que tengo pensado para vosotros a modo de penitencia.

—¿Penitencia? —preguntó Valentina.

La directora volvió a sentarse, cogió unas gafas y entonces echó un vistazo a la Biblia.

—¿Sabéis lo que dice el primer libro de Moisés, capítulo 3, versículo 16?

Con sus dedos huesudos hizo el gesto de buscar el fragmento en cuestión, aunque sin duda se lo sabía de memoria.

—«Con dolor darás a luz a los hijos» —leyó en voz alta.

Stella levantó la vista y clavó la mirada en Valentina.

—Bueno, con esas caderas tuyas tan estrechas, este, sin duda, será tu caso. Pero es eso lo que quería decir. Lo que me importa es la primera línea de esta cita bíblica. Dice: «A la mujer le dijo: “Multiplicaré en gran manera tus dolores en tus embarazos’’».

Stella sonrió. En sus ojos grises pálidos asomó un destello que Valentina había visto en una ocasión en la mirada de Henriette; tres meses atrás, cuando en el último segundo había impedido que la muchacha pisara deliberadamente un ratón herido en el patio.

—¿Qué pretende hacer con Valentina? —preguntó Ole.

«¿Qué dolor pretendes causarme?».

Stella rio sin ganas.

—Con ella no. Con vosotros. Los dos habéis pecado. Tenéis que pedir perdón.

En el exterior se oían las risas de algunos compañeros. A Valentina le pareció que se habían convertido en el blanco de las burlas de un público invisible.

—En fin, este año tenéis la suerte de ser los únicos a quienes atender en el castillo de Lobbeshorn durante el mes de vacaciones y los festivos. ¡Solo vosotros disfrutaréis del calendario de Adviento especial que os he preparado!

Stella cerró la Biblia y se recostó en su asiento.

—Voy a decorar veinticuatro puertas del castillo para vosotros. Veinticuatro puertas que deberéis atravesar y tras las cuales os aguardan veinticuatro tareas. A veces varias en un mismo día.

—¿Qué tipo de tareas? —quiso saber Ole.

La sonrisa en los labios finos de Stella no presagiaba nada bueno, igual que su escueta respuesta:

—Andrea os lo mostrará.

«¿Andrea?».

Valentina no conocía a ninguna profesora ni alumna que se llamara así.

—¡Mi mano derecha! —aclaró Stella.

—¿Y si nos negamos a participar? —preguntó Ole alzando la barbilla con actitud rebelde.

De nuevo, la directora les regaló una sonrisa que a Valentina le pareció más bien una bofetada.

—¡Ya hace rato que participáis!

Stella señaló la entrada al despacho de dirección. Ole y Valentina se giraron, como si hubieran olvidado cómo habían entrado allí.

—Ya habéis atravesado la puerta número uno de mi calendario de penitencias —dijo la directora mientras daba palmaditas con gesto de satisfacción—. ¡Y aquí tenéis la primera tarea para vosotros!

Tras estas palabras, la puerta se abrió, y Valentina tuvo la sensación de ver la personificación de la muerte entrando en la estancia. Llevaba un sobrecito de color menta en la mano que depositó en el suelo frente a Ole y Valentina después de cerrar la puerta tras de sí.