Pocos meses antes de que el mundo quedara confinado debido al covid, volé desde la ciudad de Adelaida, en la costa sur de Australia, hasta la localidad de Roxby Downs, en el polvoriento interior del país. Casi todas las personas que viven en Roxby Downs, o que simplemente la visitan, están relacionadas con una mina de cobre y uranio situada al norte de la localidad. Pero yo no había ido por los metales, sino por los marsupiales. Aquella noche dormí en una caravana, en mitad del campo. Estaba sola, salvo por un cuol que ocupaba la sala de estar. Los cuoles son criaturas monas pero feroces, que se parecen un poco a los hurones moteados. Son nocturnos, así que mi vecina se pasó toda la noche paseándose por su corral. Varias veces, cuando la oí escarbar, me levanté de la cama y fui a ver cómo estaba. Me sentía a un tiempo triste y alegre por ella. Hoy en día, los cuoles son tan raros que la mayoría de los australianos solo los ven en los zoológicos. Y ahí estaba yo, de paso y prácticamente compartiendo piso con uno.
Al día siguiente, el cuol fue liberado por una ecologista llamada Katherine Moseby. Durante las tres últimas décadas, Moseby ha tratado de proteger a los marsupiales australianos levantando vallas. Los cercados de exclusión, como se denomina a esos espacios, podrían considerarse zoológicos al revés: mientras que los zoos al uso mantienen dentro a los animales raros, los cercados de exclusión mantienen fuera a los animales comunes. Las vallas de Moseby están diseñadas exprofeso para excluir a los gatos, introducidos en Australia a principios del siglo XIX y que ahora vagan por el campo a millones. La depredación de los gatos salvajes es una de las principales razones por las que la fauna australiana se encuentra en un estado tan problemático: de las doscientas setenta especies de mamíferos terrestres endémicas del país, más de treinta se han extinguido. Otras cincuenta, entre ellas los cuoles orientales y los septentrionales, están en peligro.
Para cuando llegué a Roxby Downs, Moseby había conseguido cercar dentro —o en realidad, supongo, fuera— un área de casi doscientos ochenta kilómetros cuadrados. El vallado tradicional dividía esta zona en seis «potreros», algunos de los cuales podrían utilizarse para la conservación y otros, para la experimentación. Un experimento —el que me había traído al Outback— se hacía con bilbies del tamaño de un conejo, provistos de hocicos de musaraña y colas de rata. Moseby pensó que exponiéndolos cada vez a solo unos pocos gatos sería posible darle un empujón a la evolución y, a lo largo de generaciones, crear una línea de estos marsupiales con un miedo innato a los felinos.
«Nunca vamos a poder deshacernos de todos los gatos de todo el territorio de Australia», observó en un momento dado. Más adelante, dijo: «La gente me dice: “Bueno, esto podría tardar cien años. ¿Haces alguna otra cosa?”».
Vivimos en una época extraordinaria. Esto no solo es cierto desde el punto de vista provinciano estadounidense (o australiano), sino desde una perspectiva planetaria. Un estudio reciente sugiere que todos los seres vivos —tú, yo, los pájaros y las abejas, la serpiente en la hierba, el gusano en la manzana, así como la astilla procedente de tal palo— descienden de un organismo unicelular que evolucionó hace unos cuatro mil millones de años. Desde los días de LUCA (abreviatura en inglés de «último antepasado común conocido»), han pasado muchas cosas. La atmósfera se ha llenado de oxígeno. Los continentes han chocado entre sí y se han separado. El planeta entero se ha congelado y descongelado. Las plantas y los animales han salido del agua para establecerse en la tierra. La era de los reptiles ha dado paso a la de los mamíferos.
Sin embargo, en los últimos cuatro mil millones de años solo en muy raras ocasiones el cambio ha tenido lugar a la velocidad a la que se produce hoy. Y probablemente nunca hayan sucedido tantas formas diferentes de cambio. Debido a las acciones de una especie, que es, por supuesto, la nuestra, el mundo se está ahora calentando, al tiempo que los océanos se acidifican, los bosques se reducen, las aguas subterráneas desaparecen, proliferan los microplásticos y se extienden los llamados «químicos eternos». Cada día las personas transportamos miles de especies de un lado a otro del mundo, sobre todo junto con mercancías. Las que encuentran que su nuevo hogar es agradable —como los gatos en Australia— a menudo causan estragos. Muchos geólogos creen que el ser humano se ha convertido en la fuerza dominante del planeta, hasta el punto de que hemos entrado en una nueva era, el Antropoceno.
Entretanto, al tiempo que alteramos el mundo natural, empezamos a comprenderlo cada vez con mayor detalle. En el Antropoceno, los científicos pueden extraer ADN de los huesos de animales que desaparecieron hace miles o incluso decenas de miles de años, como los mamuts. Pueden hacer un seguimiento de las migraciones de las aves y los movimientos de las mariposas mediante diminutos transpondedores. Pueden reconstruir la historia del clima a partir de conchas encontradas en el fondo del mar, y la historia de los mares a partir de la orientación magnética de la corteza oceánica.
E. O. Wilson describió en una ocasión la «trayectoria humana» —de impactos cada vez más destructivos y conocimientos cada vez más sofisticados— como la «ironía definitiva de la evolución orgánica». Es esta ironía la que da vida a este libro. Casi todos los relatos aquí recogidos aparecieron primero en The New Yorker, donde he tenido la suerte de trabajar durante los últimos veinticinco años. Han sido años malos para gran parte de la vida en la Tierra y apasionantes para quienes escriben sobre ella. Informar sobre la «trayectoria humana» me ha llevado a la capa de hielo de Groenlandia, los Andes peruanos y la Isla Sur de Nueva Zelanda, entre otros muchos lugares espectaculares. En el transcurso de mis reportajes, he sido testigo del descubrimiento de especies por entero nuevas y he visitado a los últimos miembros vivos de especies que habían estado muy extendidas. También he conocido a decenas de personas brillantes y entregadas que trabajan para que el mundo siga una trayectoria mejor; entre ellas hay investigadores como Moseby, y también activistas, naturalistas aficionados y ciudadanos de a pie. Muchos de ellos aparecen en las páginas siguientes. Muchos otros han orientado mi modo de pensar, pero permanecen en el anonimato. Uno de los grandes privilegios de ser periodista es que te permite telefonear a casi todo el mundo y a casi cualquier lugar. Estoy muy agradecida a todos los que han respondido a mis llamadas.
Por último, unas palabras sobre las palabras. Desde un punto de vista global, las palabras acaban de llegar. Si uno se imagina la historia del planeta comprimida en un solo día que comenzó a las doce de la noche, entonces LUCA apareció casi enseguida, hacia las dos de la mañana. Los primeros peces no empezaron a nadar hasta que comenzó a anochecer, y los primeros mamíferos no aparecieron hasta casi las once de la noche. Nadie sabe si los primeros humanos como el Homo erectus podían hablar, pero, de ser así, el lenguaje se originó más o menos medio minuto antes de la medianoche. Si no, las palabras, en sentido figurado, solo han existido durante unos diez segundos, y las palabras escritas, alrededor de una décima de segundo.
Tratar de plasmar en palabras un mundo al que, durante miles de millones de años, le fue bien sin ellas no es, hay que reconocerlo, nada fácil. «No se puede meter el desierto en un libro, igual que un pescador no puede atrapar el mar con sus redes», señaló Edward Abbey en un libro sobre el desierto. Lo mismo puede decirse de una bahía caribeña, un glaciar alpino o un matorral en el oeste de Texas. Los humanos solo percibimos una brizna de la variedad (casi) infinita del planeta, y solo una parte de esa brizna puede condensarse en frases. Al mismo tiempo, el relato es lo que utilizamos para dar sentido a las cosas, la forma en que nos transmitimos unos a otros lo que pensamos que es divertido, importante, urgente o trágico. Puesto que el mundo natural no puede contar sus propias historias, nos corresponde a nosotros intervenir. Los ensayos y artículos que siguen representan mi esfuerzo en este sentido.
Criaturas grandes y pequeñas
¿Puede la inteligencia artificial hacer que nos comuniquemos con otras especies?
David Gruber inició su carrera, variopinta hasta extremos difíciles de creer, estudiando el pez ronco de rayas azules frente a las costas de Belice. Era estudiante, y su trabajo consistía en rastrear los peces por la noche. Navegaba orientándose con las estrellas y dormía en una tienda de campaña en la playa. «Fue como un sueño —recordaba hace poco—. No sabía lo que estaba haciendo, pero estaba actuando como pensaba que lo haría un biólogo marino».
Gruber trabajó después en Guyana, cartografiando parcelas forestales, y en Florida, calculando cuánta agua haría falta para restablecer los Everglades. Escribió una tesis doctoral sobre el ciclo del carbono en los océanos y se hizo profesor de Biología en la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Por el camino, se interesó en las proteínas fluorescentes verdes, sintetizadas de manera natural por las medusas, pero que, con un poco de edición genética, pueden ser producidas por casi cualquier ser vivo, incluidos los seres humanos. Mientras trabajaba en las islas Salomón, al nordeste de Australia, Gruber descubrió docenas de especies de peces fluorescentes, entre ellas un tiburón fluorescente, lo que planteó nuevas preguntas. ¿Qué aspecto tendría uno de ellos para otro tiburón fluorescente? Gruber recurrió a investigadores del ámbito de la óptica para que le ayudaran a construir una cámara especial «ojo de tiburón» (los tiburones solo ven en azul y verde; resulta que la fluorescencia se presenta ante ellos en forma de un mayor contraste). Mientras tanto, también estudiaba en el Mystic Aquarium de Connecticut unas criaturas denominadas ctenóforos, tratando de determinar cómo fabrican exactamente las moléculas que las hacen brillar. Esto le llevó a preguntarse de qué forma perciben el mundo las medusas. Gruber consiguió la colaboración de otro grupo de personas para desarrollar robots capaces de manipular medusas con la delicadeza necesaria. «Quería saber si había una forma de juntar robots y personas que fomentase la empatía», me dijo.
En 2017, Gruber recibió una beca para pasar un año en el Instituto Radcliffe de Estudios Avanzados, en Cambridge, Massachusetts. Allí se tropezó con un libro de un buceador que se había zambullido con unos cachalotes. Esto despertó la curiosidad de Gruber, así que empezó a leer sobre esos animales.
Los cachalotes, los mayores depredadores del mundo, pasan la mayor parte de su vida cazando. Para localizar a sus presas —en general, calamares— en la oscuridad de las profundidades marinas, emplean la ecolocalización. Mediante un órgano especializado que tienen en la cabeza, generan flujos de clics que rebotan en los objetos sólidos (o semisólidos). También producen ráfagas de clics rápidas, denominadas «codas», que intercambian entre sí. Estos intercambios parecen tener la estructura de una conversación.
Un día, Gruber estaba sentado en su despacho del Instituto Radcliffe, escuchando una cinta de cachalotes charlando, cuando otra becaria del instituto, Shafi Goldwasser, pasó por allí. Goldwasser, una informática que había recibido el Premio Turing, se quedó intrigada. En aquel momento estaba organizando un seminario sobre aprendizaje automático, que avanzaba de tal modo que acabaría conduciendo al ChatGPT. Tal vez, caviló Goldwasser, el aprendizaje automático podría usarse para descubrir el significado de las conversaciones entre ballenas.
«No era lo que se podría llamar una broma, sino más bien como una quimera —recordaba Goldwasser—. Pero a David le interesó de verdad».
Gruber y Goldwasser llevaron la idea de descodificar las codas a un tercer becario de Radcliffe, Michael Bronstein. Bronstein, también informático, es ahora catedrático DeepMind de Inteligencia Artificial en Oxford.
«Puede que pareciera el proyecto más loco del que jamás hubiera oído hablar —me dijo Bronstein—. Pero David tiene la pericia, la habilidad necesaria para convencer y llevar con él a la gente. Pensé que estaría bien intentarlo».
Gruber siguió fomentando la idea. Entre los expertos que la encontraron, al mismo tiempo, loca e irresistible estaban Robert Wood, un experto en robótica de Harvard, y Daniela Rus, que dirige el Laboratorio de Informática e Inteligencia Artificial del MIT. Así nació la Iniciativa de Traducción de Cetáceos, el Proyecto CETI. (El acrónimo se pronuncia «seti», y recuerda a propósito al de SETI, como se denomina en inglés la búsqueda de inteligencia extraterrestre). El CETI representa el esfuerzo más ambicioso y, desde la perspectiva tecnológica, más sofisticado y mejor financiado jamás realizado para comunicarse con otra especie.
«Creo que es algo que entusiasma a las personas: ¿podemos pasar de la ciencia ficción a la ciencia? —me comentó Rus—. Es decir, ¿podemos hablar con las ballenas?».
Los cachalotes son nómadas. Se calcula que, a lo largo de un año, un cachalote nada al menos treinta y dos mil kilómetros. Pero dispersos por los trópicos, por razones que deben de tener que ver con los calamares, hay algunos lugares que los cachalotes suelen preferir. Uno de ellos es Dominica, una isla volcánica de las Antillas Menores.
El CETI tiene su sede oficiosa en una casa de alquiler al norte de Roseau, la capital de la isla. El plan del grupo es convertir la costa occidental de Dominica en un gigantesco estudio de grabación de ballenas. Se trata de instalar una red de micrófonos submarinos para captar las codas de las ballenas que pasan. También consiste en colocar dispositivos de grabación en las propias ballenas, como para «pinchar las conversaciones» de los cetáceos. Los datos así recogidos pueden utilizarse para «entrenar» algoritmos de aprendizaje automático.
En julio fui a Dominica a ver cómo el equipo del CETI iba en busca de cachalotes. En mi primera mañana en la isla, me reuní con Gruber a las afueras de Roseau, frente a una tienda de buceo. Gruber, de cincuenta años, es un hombre delgado, con el pelo oscuro y rizado y un carácter alegre e inquieto. Llevaba una maleta impermeable y una camiseta del CETI. Pronto aparecieron varios miembros más del equipo, también con maletas estancas y camisetas del CETI. Subimos a bordo de una zódiac de gran tamaño llamada CETI 2 y partimos.
La noche anterior, una tormenta tropical había barrido la región con vientos racheados y lluvias torrenciales, y las cumbres volcánicas de Dominica seguían envueltas en nubes. El mar era una sucesión de olas coronadas de blanco. El CETI 2 las surcaba, cabeceando arriba y abajo, arriba y abajo. De vez en cuando se veían peces voladores pasar a toda velocidad; permanecían en el aire tanto rato que, al principio, pensaba que eran pájaros.
A unos tres kilómetros de la costa, el capitán, Kevin George, paró los motores. Una estudiante de posgrado llamada Yaly Mevorach se puso unos auriculares y bajó un micrófono subacuático —un hidrófono— entre las olas. Escuchó un rato y luego, sonriendo, me los pasó.
Los cantos de ballena más famosos son las largas y melancólicas «canciones» que emiten las corcovadas. Las codas de los cachalotes no son lúgubres ni musicales. Hay quien las compara con el sonido del tocino al freírse; otros, al estallido de las palomitas. Esa mañana, mientras escuchaba a través de los auriculares, pensé en caballos avanzando por calles empedradas. Luego cambié de opinión. El traqueteo era más mecánico, como si en algún lugar en lo más profundo de las olas alguien estuviese redactando un escrito en una máquina de escribir.
Mevorach desenchufó los auriculares del micrófono y los conectó a un artilugio que parecía un altavoz de coche montado en el mango de una escoba. El aparato, que más tarde supe que se había improvisado a partir de, entre otras cosas, una ensaladera de metal, se diseñó para localizar ballenas que chasquean. Después de darle vueltas en el agua durante un rato, Mevorach decidió que los chasquidos venían del sudoeste. Avanzamos en esa dirección, y pronto George gritó: «¡Surtidor!».
A unos cientos de metros frente a nosotros había una cresta gris que parecía un tronco deforme (cuando las ballenas están descansando en la superficie, solo es visible una parte de su enorme masa). La ballena sopló de nuevo, y un chorro parecido a un géiser brotó del lado izquierdo de la cresta.
Cuando nos acercábamos, la ballena volvió a soplar; entonces levantó en el aire su cola elegantemente curvada y se zambulló. Era poco probable que volviera a salir a la superficie durante casi una hora, me dijeron.
Partimos en busca de sus compañeras. Cuanto más al sur estábamos, mayor era el oleaje. En un momento dado, sentí que se me revolvía el estómago y fui al costado del barco para vomitar. «Me gusta vomitar y volver al trabajo», me dijo Mevorach.
Tratar de enganchar un dispositivo de grabación a un cachalote es un poco como tratar de manejar una lanza de justa desde una moto acuática. El ejercicio consiste en utilizar una pértiga de diez metros para colocar el dispositivo en el lomo del animal, lo que a su vez implica acercarse a diez metros de una criatura del tamaño de un autobús escolar. Ese día avistamos varias ballenas más. Sin embargo, por mucho que lo intentamos, el CETI 2 nunca llegó a acercarse lo suficiente para poder usar la pértiga.
Al día siguiente, el mar estaba más tranquilo. De nuevo avistamos ballenas, y varias veces el encargado de la pértiga, Odel Harve, trató de marcar a una, pero todos sus esfuerzos fueron en vano. O la ballena se zambullía en el último momento o el dispositivo de grabación resbalaba por el lomo y había que sacarlo del agua. (El dispositivo, de unos treinta centímetros de largo y con forma de tabla de surf, debía adherirse —se suponía— mediante ventosas). Cada nuevo avistamiento levantaba los ánimos en el CETI 2; cada nuevo fracaso los hundía.
En mi tercer día en Dominica, me uní a otro grupo en un barco diferente para probar un nuevo enfoque. En lugar de una pértiga, esta embarcación —un catamarán de doce metros llamado CETI 1— llevaba un dron experimental, diseñado especialmente en Harvard y equipado con una cámara de vídeo y una garra de plástico. Dado que los cachalotes están siempre en movimiento, no hay garantía alguna de que vaya a encontrarse ninguno; pueden pasar semanas sin un solo avistamiento frente a Dominica. Pero, una vez más, tuvimos suerte y pronto avistamos uno. Stefano Pagani, un estudiante que había sido invitado por sus destrezas como piloto, se puso lo que parecía un casco de realidad virtual conectado a la cámara de vídeo del dron. De este modo, podía ver la ballena desde la perspectiva del dron y, según se esperaba, colocar en el lomo un dispositivo de grabación que se había cargado en la garra.
El dron despegó y se dirigió hacia la ballena. Se detuvo unos segundos en el aire sobre ella y luego cayó vertiginosamente. Para que las ventosas funcionaran, el dron tenía que impactar en la ballena en el ángulo exacto y con la fuerza justa. Tras el impacto, Pagani pilotó con manos temblorosas la pequeña aeronave de vuelta al barco. «Los nervios le pueden a uno», dijo.
«Sin presiones —bromeó Gruber—. No es como si hubiera una reportera del New Yorker observando ni nada». Alguien pidió un aplauso, y en el barco se oyó una ovación. La ballena, por su parte, parecía distraída. Se revolcaba con el aparato de grabación, de color naranja brillante, pegado a su piel gris oscuro. Y entonces se zambulló.
Los cachalotes se encuentran entre los buceadores que más descienden del mundo. Lo hacen habitualmente hasta los seiscientos metros, y a veces superan el kilómetro y medio (la profundidad máxima alcanzada por un ser humano con equipo de buceo es de poco menos de trescientos treinta y cinco metros). Si el dispositivo permanecía encendido, grabaría cualquier sonido que la ballena emitiera en sus viajes. También registraría la ruta del cetáceo, su ritmo cardiaco y su orientación en el agua. Se suponía que la succión duraría unas ocho horas; después de eso —si todo había ido según lo previsto—, el dispositivo se soltaría, saldría a la superficie y transmitiría una señal de radio que permitiría recuperarlo.
Dije que era una pena que aún no pudiéramos entender lo que las ballenas decían, porque quizá esa, antes de zambullirse, había chasqueado hacia dónde se dirigía.
«Vuelve dentro de dos años», dijo Gruber.
Cada cola de cachalote es única. En algunas, las dos mitades de la aleta caudal están divididas por una profunda hendidura. En otras, se encuentran casi en línea recta. Algunas aletas terminan en punta; otras son más redondeadas. A muchas les faltan grandes trozos, debido, presumiblemente, a los ataques de las orcas. Para identificar una ballena sobre el terreno, los investigadores suelen recurrir a una base de datos fotográfica llamada Flukebook. Uno de los pocos científicos que puede hacerlo a simple vista es el biólogo de campo principal del CETI Shane Gero.
Gero, que tiene cuarenta y tres años, es alto y robusto, con una sonrisa entusiasta y un marcado acento canadiense. Científico residente en la Universidad de Carleton, de Ottawa, lleva estudiando las ballenas de Dominica desde 2005. A estas alturas, las conoce tan bien que puede relatar sus gestas y trabajos, así como quién dio a luz a quién y cuándo. Hace una década, cuando Gero empezó a tener hijos propios, comenzó a hablar de su «familia humana» y su «familia cetácea». (Su familia humana vive en Ontario). Otro biólogo marino dijo una vez que Gero sonaba «como el capitán Ahab tras veinte años de psicoterapia».
Cuando Gruber le propuso a Gero que se uniera al Proyecto CETI, al principio este desconfió. «Recibo muchos correos en plan “oye, creo que las ballenas tienen cristales en la cabeza” y “quizá podamos usarlos para curar la malaria” —me dijo Gero—. El primer correo que me envió David fue algo así como: “Hola, creo que podríamos encontrar financiación para traducir balleno”. Y yo pensé: “Oh, vaya”».
Unos meses más tarde, los dos hombres se conocieron en persona, en Washington D. C., y congeniaron. Dos años después, Gruber encontró, en efecto, financiación. El CETI recibió treinta y tres millones de dólares del Audacious Project, una asociación filantrópica que cuenta entre sus patrocinadores con Richard Branson y Ray Dalio. (La subvención, dividida en cinco pagos anuales, se agotará en 2025).
Todo el tiempo que estuve en Dominica, Gero también estuvo allí, supervisando a los estudiantes de posgrado y ayudando en las tareas de marcado. Gracias a él supe que la primera ballena que yo había visto se llamaba Rita y que las ballenas avistadas posteriormente eran Raucous, Roger y la hija de Rita, Rema. Todas pertenecían a un grupo denominado Unidad R, que Gero caracterizó como «estrecha y activamente social». Al parecer, la Unidad R también es afectuosa. Hace varios años, cuando un grupo llamado Unidad S quedó reducido a solo dos miembros, Sally y TBB, los R los adoptaron.
Los cachalotes tienen el cerebro más grande del planeta —seis veces el de los humanos—. Su vida social es rica, compleja y hay quien diría que ideal. Los miembros adultos de una unidad, que puede contar con entre unos pocos y unas pocas docenas de individuos, son todos hembras. A los hijos varones se les permite viajar con el grupo hasta que tienen unos quince años; entonces, tal como dice Gero, son «condenados al ostracismo». Algunos siguen rondando a sus madres y hermanas, chasqueando durante meses sin recibir respuesta. Pero al final acaban por captar el mensaje. Los machos adultos son criaturas solitarias. Se acercan a un grupo de hembras —supuestamente no son parientes inmediatas— solo para aparearse. Para señalar su llegada, emiten sonidos profundos y estruendosos conocidos como «clangs». Nadie sabe exactamente qué hace que un cachalote en pleno cortejo sea atractivo para una posible pareja; Gero me dijo que había visto a algunos de los ruidosos machos saludados con gran alborozo y otros con el equivalente cetáceo de un encogimiento de hombros.
Las hembras de cachalote, por su parte, son particularmente próximas. Los ejemplares adultos de una unidad no solo viajan y cazan juntos, sino que también parecen tomar en común las decisiones importantes. Si hay una nueva madre en el grupo, los otros miembros de la unidad cuidan de la cría mientras ella se zambulle en busca de comida. En algunas unidades, aunque no en la Unidad R, los cachalotes incluso amamantan a las crías de los demás. Cuando una familia se ve amenazada, los adultos se agrupan para proteger a las crías, y, cuando las cosas están tranquilas, las crías juguetean.
«Es como mis hijos y sus primos», me dijo Gero.
Al día siguiente de ver el satisfactorio vuelo del dron, salí con Gero para tratar de recuperar el dispositivo de grabación. Habían pasado más de veinticuatro horas y aún no había sido localizado. Gero decidió conducir a lo largo de una península llamada Scotts Head, en el extremo sudoeste de Dominica, donde pensó que podría captar la señal de radio. Mientras recorríamos las estrechas y traicioneras carreteras de la isla, me describió una idea que tenía, la de un libro infantil que, leído en una dirección, contaría una historia sobre una familia humana que vive en un barco y mira hacia abajo, al agua, y leído en la dirección contraria sería sobre una familia de ballenas que vive en las profundidades, bajo el barco, y mira hacia arriba, a las olas.
«Para mí, lo más gratificante de pasar mucho tiempo en la cultura de las ballenas es encontrar estas similitudes, estos patrones fundamentales —me explicó—. Y, en fin, seguro que no tienen una palabra para “árbol”, y hay alguna parte de la experiencia del cachalote que nuestro cerebro de primate no entiende. Pero las cosas que compartimos deben de tener una importancia fundamental a la hora de saber por qué estamos aquí».
Al cabo de un rato llegamos, literalmente, al final del camino. Más allá se alzaba una colina que había que subir a pie. Gero llevaba una antena portátil, que desplegó cuando estuvimos arriba. Si la unidad de grabación había salido a la superficie en cualquier lugar en treinta kilómetros a la redonda, calculó Gero, deberíamos poder detectar la señal. Se me ocurrió que estábamos tratando de escuchar un dispositivo de escucha. Gero sostuvo la antena en alto y se puso en la oreja una especie de receptor. No oyó nada, así que, tras admirar un rato las vistas, volvimos a bajar. Gero tenía la esperanza de recuperar, algún día, el aparato. Pero, por lo que sé, sigue ahí fuera, a la deriva por el Caribe.
El primer estudio científico, o semicientífico, de los cachalotes fue un folleto publicado en 1835 por un médico naval escocés llamado Thomas Beale. Con el título The Natural History of the Sperm Whale, resultó tan popular que Beale lo amplió hasta convertirlo en un libro, que se publicó con el mismo título cuatro años más tarde.
En aquella época, la caza del cachalote era una industria de relieve, tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos. Los animales eran especialmente apreciados por su esperma de ballena, el aceite ceroso que contienen sus gigantescas cabezas. El esperma de ballena es un lubricante excelente y, quemado en una lámpara, produce una luz limpia y brillante; en la época de Beale, podía alcanzar un precio cinco veces superior al del aceite de ballena corriente. (Es el parecido entre el semen y el esperma de ballena lo que explica el vergonzoso nombre de la especie en inglés, sperm whale o «ballena de esperma»).
Beale creía que los cachalotes eran silenciosos. «Es bien sabido por los balleneros más experimentados que no producen ningún sonido nasal o vocal, excepto un silbido insignificante en el momento de espirar el chorro», escribió. Las ballenas, dijo, también eran mansas, «un animal de lo más tímido e inofensivo». Melville se basó en gran medida en Beale para redactar Moby Dick. (Su ejemplar personal de The Natural History of the Sperm Whale se encuentra ahora en la Biblioteca Houghton de Harvard). Atribuía a los cachalotes un «silencio propio de las entrañas de las pirámides».
«La ballena no tiene voz», escribió Melville; y prosiguió: «Pero ¿es que tiene algo que decir? Pocas veces he conocido a un ser profundo que tuviera algo que decirle a este mundo, a menos que se viera obligado a farfullar alguna cosa para ganarse la vida».
La tesis del silencio de los cachalotes no se rebatió hasta 1957, año en que dos investigadores del Instituto Oceanográfico de Woods Hole captaron los sonidos de un grupo que habían encontrado frente a la costa de Carolina del Norte. Detectaron series de «chasquidos agudos» y especularon con la posibilidad de que su finalidad fuera la ecolocalización. Pasaron veinte años antes de que uno de los investigadores, junto con otro colega de Woods Hole, determinaran que algunos chasquidos de los cachalotes se emitían en patrones distintivos, a menudo repetidos, que los investigadores denominaron «codas». Parecía que las ballenas se las intercambiaban, por lo que, razonaron, debían de cumplir alguna función comunicativa.
Desde entonces, los cetólogos han pasado miles de horas escuchando codas, tratando de averiguar cuál podría ser esa función. Gero, cuya tesis doctoral versaba sobre la comunicación vocal entre cachalotes, me dijo que una de las «verdades universales» sobre las codas era su sincronización. Siempre transcurren cuatro segundos entre el comienzo de una coda y el de la siguiente. Aproximadamente dos de esos segundos son clics; el resto es silencio. Solo después de la pausa, que puede o no ser análoga a la que un hablante humano haría entre palabras, se reanudan los chasquidos. No cabe duda de que las codas se aprenden o, por utilizar el término del ramo, se transmiten socialmente. Las ballenas del Pacífico oriental intercambian un conjunto de codas; las del Caribe oriental, otro, y las del Atlántico Sur, otro distinto. Las crías de cachalote aprenden las codas que intercambian sus familiares, y antes de poder repetirlas correctamente «balbucean».
Las ballenas de la zona de Dominica tienen un repertorio de unas veinticinco codas, que se diferencian entre sí por el número de clics y también por sus ritmos. La coda conocida como «tres regular», o 3R, por ejemplo, consiste en tres clics emitidos a intervalos iguales. La coda 7R consta de siete clics espaciados uniformemente. En la siete creciente, o 7I, por el contrario, el intervalo entre los chasquidos se alarga; es de unas cinco centésimas de segundo entre los dos primeros clics, y del doble entre los dos últimos.
En cuatro decreciente, o 4D, hay un quinto de segundo entre los dos primeros clics y solo una décima de segundo entre los dos últimos. También existen codas sincopadas. La coda emitida con más frecuencia por los miembros de la unidad R, bautizada como 1 + 1 + 3, tiene un ritmo similar al chachachá, y podría traducirse como «clic…, clic…, clic-clic-clic».
Si las codas son comparables a las palabras, un repertorio de veinticinco representa un vocabulario bastante limitado. Pero, al igual que nadie sabe con exactitud qué significan las codas para los cachalotes, si es que significan algo, tampoco podemos saber qué características son relevantes para ellos. Puede que haya matices en, por ejemplo, el ritmo o el tono que hasta ahora han escapado a la detección humana. Los miembros del CETI ya han identificado un nuevo tipo de señal —un solo clic— que podría servir como signo de puntuación.
Cuando las ballenas descansan cerca de la superficie, sus charlas pueden durar una hora o más. Incluso según las pautas humanas, el parloteo de los cachalotes es insistente y repetitivo. «Hablan todos a la vez todo el rato», me contó Gero.
Un fragmento de diálogo grabado entre dos miembros de la Unidad R podría ser el siguiente. (Tanto Roger como Rita son hembras adultas).
Roger: 1 + 1 + 3
Rita: 1 + 1 + 3, 1 + 1 + 3
Roger: 9I
Rita: 1 + 1 + 3
Roger: 10I
Rita: 1 + 1 + 3, 1 + 1 + 3
Roger: 11I
Rita: 1 + 1 + 3
Roger: 10I, 11I, 1 + 1 + 3
Rita: 1 + 1 + 3
La «conversación» sigue más o menos por los mismos derroteros, hasta que finalmente Rita cambia de registro:
Rita: 1 + 1 + 3
Roger: 12R, 10I, 10I, 9I, 9I
Rita: 9I, 8I
No hace mucho, durante un periodo de bloqueo del escritor, le pregunté a ChatGPT si podía reescribir Moby Dick desde el punto de vista de la ballena. El chatbot empezó con modestia. «Como modelo lingüístico de inteligencia artificial, puedo intentar reescribir un pequeño fragmento, desde luego», respondió. Luego se metió de cabeza en lo que dio en llamar Moby Dick: el cuento del Leviatán Blanco.
En el Moby Dick de Melville, la trama gira en torno a un desafortunado caso de confusión de identidad. Era otra ballena la que había roído la pierna de Ahab; la ballena blanca era tan inocente como la nieve.
«Mi corazón era de paz, mi espíritu era uno con el ritmo de las corrientes», escribió ChatGPT.
No sabía nada de la venganza que se estaba tramando contra mí, porque yo no era más que una criatura instintiva, un guardián de los mares. Pero la sombra de la sed de desquite del capitán Ahab era alargada, de manera que me convertí en el objeto de su cólera eterna. La cicatriz que él llevaba de un encuentro anterior con mi especie me había marcado como su máximo adversario. A sus ojos, yo representaba una fuerza de la naturaleza que desafiaba su comprensión, un enigma vivo de la fuerza del océano.
En el séptimo párrafo, me sorprendió —y me emocionó— comprobar que la ballena/bot aludía al problema de la comunicación entre especies:
En lo profundo de los abismos del mar, reflexioné sobre la futilidad de la búsqueda del capitán. Ansiaba comunicarme con él, mostrarle que los míos también tenían emociones y familias que proteger. Pero la barrera lingüística entre nuestros mundos seguía siendo un insuperable abismo.
Como sabe cualquiera que no haya vivido en una cueva durante los últimos diez meses, ChatGPT es capaz de hazañas asombrosas. Puede escribir ensayos, componer sonetos, explicar conceptos científicos e idear chistes (aunque no necesariamente sean graciosos). Si le preguntas a ChatGPT cómo se creó, te dirá que primero se entrenó con un «corpus inmenso» de datos de internet. Esta fase consistió en lo que se llama «aprendizaje automático no supervisado», y lo llevó a cabo por un intrincado conjunto de nodos de procesamiento que recibe el nombre de «red neuronal». Básicamente, el «aprendizaje» implicaba «predecir la siguiente palabra de una frase a partir del contexto dado por las palabras anteriores». Al digerir millones de páginas web —y calcular y recalcular las probabilidades—, ChatGPT se hizo tan bueno en este juego de adivinar que, sin entender siquiera el idioma inglés, lo dominaba. (Otros idiomas que «domina» son el chino, el castellano y el francés).
Al menos en teoría, lo que vale para el inglés (y el chino y el francés) también vale para el cachalote. Siempre que un modelo informático pueda entrenarse con suficientes datos, debería ser capaz de dominar la predicción de codas. Entonces podría —de nuevo, en teoría— generar secuencias de codas que a un cachalote le parecieran convincentes. El modelo no entendería el lenguaje de los cachalotes, pero podría, en cierto modo, hablarlo. Llamémoslo ClickGPT.
Actualmente, la mayor colección de codas de cachalote es un archivo reunido por Gero durante los años que pasó viviendo —de manera intermitente— en Dominica. Las codas contienen unos cien mil clics. En un artículo publicado el año pasado, miembros del equipo del CETI calculaban que, para cumplir sus objetivos, el proyecto necesitaría reunir unos cuatro mil millones de clics, es decir, una colección unas cuarenta mil veces mayor que la de Gero.
«Uno de los principales retos para el análisis de la comunicación de los cachalotes (y, en general, de los animales) mediante técnicas modernas de aprendizaje profundo es la necesidad de disponer de conjuntos de datos de gran tamaño», escribió el equipo.
Además de poner micrófonos en ballenas, el CETI planea instalar una serie de tres «estaciones de escucha» en el fondo del mar Caribe. Las estaciones deberían poder captar las codas de los cetáceos que charlan a una distancia de cerca de veinte kilómetros de la costa (aunque inaudibles por encima de las olas, los chasquidos de los cachalotes pueden alcanzar doscientos treinta decibelios, más que un disparo o un concierto de rock). La información recogida por las estaciones será menos detallada que la que puedan proporcionar los micros, pero mucho más abundante.
Una tarde, conduje con Gruber y el director de la estación del CETI, Yaniv Aluma, ex-SEAL de la marina israelí, hasta el puerto de Roseau, donde se almacenaban piezas de las estaciones de escucha. Las piezas tenían forma de tapones de fregadero gigantes y estaban pintadas de amarillo chillón. Gruber explicó que los tapones amarillos eran boyas, y que el equipo de escucha —en esencia, grandes conjuntos de hidrófonos— colgaría en cables de la parte inferior de las boyas. Los cables se lastrarían con viejas ruedas de tren, que los anclarían al lecho marino. Allí al lado había un montón de ruedas oxidadas de color naranja. Gruber se volvió de repente hacia Aluma y, señalando el montón, dijo: «Oye, vamos a necesitar más de estos». Aluma asintió, cabizbajo.
Las estaciones de escucha han sido el origen de casi un año de retrasos para el CETI. La primera se instaló el verano pasado, a mil ochocientos metros de profundidad. Los peces se sentían atraídos por la boya, por lo que el lugar pronto se hizo popular entre los pescadores. Al cabo de un mes, estos se dieron cuenta de que la boya había desaparecido. Los miembros del CETI de Dominica salieron en mitad de la noche en el CETI 1 para tratar de recuperarla. Cuando llegaron a la boya, esta había ido a la deriva hasta un punto situado a casi cincuenta kilómetros de la costa. Entretanto, el conjunto de hidrófonos, unido a las ruedas de tren oxidadas, había caído al fondo del mar.
Pronto se descubrió que el problema estaba en el cable, fabricado en Texas por una empresa especializada en equipos para plataformas petrolíferas en alta mar. «Se ocupan de infraestructuras muy sólidas —explicó Aluma—. Pero una boya tiene vida propia. Y no calcularon bien la torsión o la carga con diferentes movimientos, como los giros y los desplazamientos de lado». La empresa pasó meses tratando de averiguar por qué había fallado el cable y, finalmente, creyeron que habían resuelto el problema. En junio, Aluma voló a Houston para ver cómo un nuevo cable era sometido a nuevas pruebas de estrés. Durante estas, el nuevo diseño fracasó. Para evitar más retrasos, el equipo del CETI reconfiguró las estaciones. Una de las unidades reconfiguradas se instaló a finales del mes pasado. Si no se aleja flotando a la deriva o tiene alguna otra clase de avería, el plan es dejar las otras dos en el agua este otoño.
La cabeza de un cachalote ocupa casi un tercio de su cuerpo. La mandíbula inferior parece provenir de un animal completamente distinto. Las aletas son tan pequeñas que resultan casi delicadas (el nombre científico de la especie es Physeter macrocephalus, que se traduce aproximadamente como «soplador de cabeza grande»). «Desde casi cualquier punto de vista», ha escrito Hal Whitehead, uno de los mayores expertos mundiales en cachalotes (y director de tesis de Gero), los cachalotes parecen «muy extraños». Quería ver más de estas criaturas de aspecto extraño de lo que era visible desde un catamarán, y así, en mi último día en Dominica, pensé en hacer un tour comercial que ofrecía a los clientes la oportunidad de nadar con ballenas, siempre y cuando se pudiera localizar alguna. Al final, abandoné la idea, en parte porque intuía que Gruber no aprobaba la práctica.
Lo que hice fue unirme a la tripulación del CETI 1 para lo que se suponía que iba a ser otra ronda de marcado con drones. Cuando llevábamos unas dos horas en marcha, se detectaron codas al nordeste. Nos dirigimos hacia allí y pronto nos topamos con un espectáculo extraordinario. Había al menos diez ballenas justo a estribor. Todas miraban en la misma dirección y estaban dispuestas muy juntas, en filas. Gero las identificó como miembros de la Unidad A. Los miembros de esta recibieron en origen el nombre de personajes de las novelas de Margaret Atwood, e incluyen a Lady Oracle, Aurora y Rounder, la hija de Lady Oracle.
Ese mismo día, la tripulación del CETI 2 había avistado ballenas piloto o calderones, que acosan a los cachalotes. «Parece defensiva», dijo Gero, refiriéndose a la formación.
De repente, alguien gritó: «¡Rojo!». Un estallido de color escarlata se extendió por el agua, como una gran bandera que se desplegaba. Nadie sabía qué pasaba. ¿Habían atacado sigilosamente los calderones? ¿Había resultado herida alguna de las ballenas del grupo? La aglomeración aumentó hasta que las ballenas estuvieron prácticamente unas encima de otras.
Entonces apareció una nueva cabeza entre ellas. «¡Joder, mierda!», exclamó Gruber.
«¡Oh, Dios mío!», gritó Gero. Corrió hacia la parte delantera del barco, agarrándose el pelo con asombro. «¡Dios mío! ¡Oh, Dios!». La cabeza pertenecía a una cría recién nacida, que medía más de tres metros y medio de largo y pesaba tal vez una tonelada. En todos sus años de estudio de los cachalotes, Gero nunca había visto nacer a uno. No estaba seguro de que nadie lo hubiera hecho.
Al unísono, las ballenas se volvieron hacia el catamarán. Estaban tan cerca que pude echar un vistazo a sus enormes e inquietantes cabezas sin rostro y sus rosadas mandíbulas inferiores. Parecían ajenas al barco, que ahora se cruzaba en su camino. Una de ellas golpeó el casco, y la cubierta de proa se estremeció.
Las adultas siguieron apartando a la cría. La madre y sus parientes se acercaban tanto a ella que casi la sacaban del agua. Gero empezó a preguntarse si algo había ido mal. A esas alturas, todos, incluido el capitán, se habían reunido en la proa. Pagani y otro estudiante, Aidan Kenny, habían lanzado dos drones y filmaban la acción desde el aire. Mientras, Mevorach estaba grabando a las ballenas mediante un hidrófono.
Para alivio de todos, el bebé empezó a nadar solo. Entonces aparecieron las ballenas piloto, a docenas.
—No me gusta cómo se están moviendo —dijo Gruber.
—Van a atacar, seguro —dijo Gero. Las características aletas en forma de ola de las ballenas piloto entraban y salían del agua.
Lo que siguió fue algo sacado de una película de El Señor de los Anillos protagonizada por mamíferos marinos. Varios calderones se colaron por entre los cachalotes. Todo lo que se podía ver desde el barco era una gran pelea a golpes. De la nada, más de cuarenta delfines de Fraser se incorporaron a la escena. ¿Habían venido a participar en el tumulto o solo a curiosear? Resultaba imposible saberlo. Eran más pequeños y delgados que las ballenas piloto (que, a pesar de su nombre, también son técnicamente delfines).
«No tengo conocimientos previos que me permitan predecir lo que va a ocurrir a continuación», anunció Gero. Tras varios minutos, los calderones se retiraron. Los delfines trazaban rizos entre las olas. Las ballenas permanecieron agrupadas. Reinaba la calma. Entonces los calderones hicieron otra incursión contra los cachalotes. El agua burbujeaba y se agitaba.
«Los calderones están simplemente siendo calderones», observó Gero. Sin embargo, está claro que en la gran «lucha por la vida» todos a bordo del CETI 1 estaban del lado del bebé.
La escaramuza continuó. Los calderones se retiraron, y luego volvieron de nuevo. Los drones empezaron a quedarse sin energía. Pagani y Kenny los pilotaron de vuelta al catamarán para cambiar las baterías. Estaban tan calientes que hubo que meterlas en la nevera del barco. En un momento dado, a Gero le pareció ver a la joven cría, aún viva y sana. (Más tarde, a partir de las imágenes del dron, identificaría a la madre del bebé como Rounder). «Así que son buenas noticias», gritó.
Los calderones permanecieron cerca durante más de dos horas. Entonces, todos de golpe, desaparecieron. Los delfines también se alejaron nadando. «Nunca volverá a haber un día como el de hoy», dijo Gero mientras el CETI 1 regresaba a la costa.
Esa noche, todos los que habíamos estado a bordo del CETI 1 y del CETI 2 nos reunimos en un restaurante del muelle para cenar en honor de la nueva cría. Gruber hizo un brindis. Agradeció al equipo su duro trabajo. «Esperemos poder aprender el idioma con esa cría de ballena», dijo.
Yo estaba sentada con Gruber y Gero en el extremo de una larga mesa. Entre copa y copa, Gruber sugirió que lo que habíamos presenciado quizá no fuera un ataque. La escena, sugirió, había sido más parecida al último acto de El rey león, cuando las bestias de la selva se reúnen para dar la bienvenida al nuevo cachorro.
—Tres mamíferos marinos diferentes se unieron para festejar y proteger el nacimiento de un animal con un periodo de gestación de dieciséis meses —explicó. Tal vez, aventuró, se trataba de una táctica de supervivencia evolucionada para proteger a las crías de mamífero de los tiburones, que se habrían sentido atraídos por la sangre y que, señaló, debían de ser mucho más numerosos antes de que los humanos empezaran a acabar con ellos.
—¿Quieres decir que los calderones estaban protegiendo a la cría de los tiburones que no estaban? —preguntó Gero, y dijo que ni siquiera se imaginaba lo que supondría demostrar tal teoría. Gruber aclaró que podrían mirar las imágenes del dron y ver si los cachalotes habían dejado que los calderones se acercaran al recién nacido, y, en ese caso, cómo habían respondido estos. No sabría yo decir si bromeaba o no.
—Es una bonita historia —intervino Mevorach.
—Me gusta lanzar ideas al ruedo —afirmó Gruber.
El Laboratorio de Ciencia Informática e Inteligencia Artificial (CSAIL, por sus siglas en inglés) del MIT ocupa un edificio diseñado por Frank Gehry que parece estar siempre a punto de derrumbarse. Algunas alas se inclinan en ángulos extraños; otras parecen a punto de partirse en dos. En el vestíbulo del edificio hay una máquina expendedora de cables y otra de bebidas con cafeína de todo el mundo. También hay un cartel amarillo, como los que puede haber delante de una escuela primaria. Muestra una figura con una mochila y un maletín y pone NERD XING («paso de frikis»).
Daniela Rus, que dirige el CSAIL, es robotista. «Hoy en día se habla muchísimo de las máquinas», me dijo. Estábamos sentadas en su despacho, dominado por un robot, llamado Domo, que está dentro de una vitrina. Domo tiene un torso metálico y ojos saltones de gran tamaño. «O las máquinas van a acabar con nosotros o las máquinas van a resolver todos nuestros problemas. Y ninguna de las dos afirmaciones es correcta».
Junto con otros investigadores del CSAIL, Rus ha pensado sobre cómo el CETI podría ir más allá de la predicción de codas hasta alcanzar algo próximo a la comprensión de la coda. Se trata de un desafío formidable. Las ballenas de una unidad suelen charlar antes de sumergirse. Pero ¿de qué hablan? ¿A qué profundidad hay que bajar, quién debe vigilar a la cría o algo que no tiene parangón en la experiencia humana?
«Tratamos de correlacionar el comportamiento con la vocalización —me contó Rus—. Y solo entonces podemos empezar a obtener pruebas sobre el significado de algunas de las vocalizaciones».
Me llevó a su laboratorio, donde varios estudiantes de posgrado jugueteaban en una maraña de equipos electrónicos. En un rincón había un tubo de plástico transparente cargado de circuitos, unido a dos aletas de plástico. El montaje, explicó Rus, era el esqueleto de un robot tortuga. En el suelo estaba el caparazón de plástico. Uno de los estudiantes accionó un interruptor y las aletas hicieron un movimiento de remo. Otro sacó un pez robótico de sesenta centímetros de longitud. Tanto el pez como la tortuga podían configurarse para llevar todo tipo de sensores, e incluso cámaras subacuáticas.
«Necesitamos nuevos métodos de recogida de datos —explicó Rus—. Necesitamos maneras de acercarnos a las ballenas, así que hemos discutido mucho sobre si poner la tortuga marina o el pez en el agua junto a las ballenas, para que podamos captar imágenes de lo que no podemos ver».
El CSAIL es enorme, con más de mil quinientas personas entre plantilla y estudiantes. «Aquí la gente es, se podría decir, audaz —afirmó Rus—. Le encantan las ideas alocadas que marcan la diferencia». Me habló de un buceador al que había conocido que había nadado con los cachalotes en las aguas de Dominica y, según contaba, se hizo amigo de uno de ellos. A la ballena parecía gustarle imitar al buzo; por ejemplo, cuando él se mantenía en el agua verticalmente, también lo hacía ella.
«La pregunta que me he estado formulando es esta: supongamos que planteamos experimentos en los que intentamos que las ballenas imiten —dijo Rus—. ¿Podemos hacer que vocalicen mientras hacen un movimiento? Por ejemplo, ¿podemos hacer que digan: “Voy a subir”? ¿O que digan: “Estoy flotando”? Creo que, si encontráramos fragmentos de vocalizaciones que pudiéramos asociar con algún significado, eso nos ayudaría a profundizar en su estructura conversacional».
Mientras hablábamos, apareció otro profesor del CSAIL y colaborador del CETI, Jacob Andreas. Andreas, informático que trabaja en procesamiento de lenguaje, dijo que había conocido el proyecto de la ballena en un retiro del profesorado. «Di una charla sobre cómo entender las redes neuronales como un extraño problema de traducción —recordó—. Daniela se me acercó después y me dijo: “Te gustan los problemas de traducción extraños, ¿verdad? Pues aquí tienes uno”».
Andreas me dijo que el CETI ya había hecho avances significativos con solo volver a analizar el archivo de Gero. El equipo había descubierto no solo el nuevo tipo de señal, sino también que las codas tienen mucha más estructura interna de lo que se había pensado hasta entonces. «La cantidad de información que puede transportar este sistema es mucho mayor», afirmó.
«El santo grial en este caso, lo que separa el lenguaje humano de todos los demás sistemas de comunicación animal, es lo que se denomina “dualidad de patrones”», prosiguió Andreas. La «dualidad de patrones» se refiere al modo en que unidades sin sentido —en inglés, sonidos como «sp» u «ot»— pueden combinarse para formar unidades con sentido, como «spot». Si, como se sospecha, los chasquidos están vacíos de significado, pero las codas se refieren a algo, entonces los cachalotes también habrían llegado a la dualidad de patrones. «Según lo que sabemos sobre cómo funciona el catálogo de codas, soy optimista, aunque aún no estoy seguro, en cuanto a la probabilidad de hallar esto en los cachalotes», afirmó Andreas.
La cuestión de si alguna especie posee un «sistema de comunicación» comparable al de los humanos es una pregunta abierta y muy debatida. En la década de 1950, el conductista B. F. Skinner sostenía que los niños aprenden el lenguaje mediante el refuerzo positivo, por lo que otros animales deberían poder hacer lo mismo. El lingüista Noam Chomsky tenía una opinión diferente. Descartaba la idea de que los niños adquieren el lenguaje a través del condicionamiento, y también la posibilidad de que otras especies pudieran también disponer del lenguaje.
A principios de la década de 1970, un alumno de Skinner, Herbert Terrace, se propuso confirmar la teoría de su mentor. Terrace, que era en ese momento profesor de Psicología en Columbia, adoptó un chimpancé, al que llamó, burlonamente, Nim Chimpsky. Desde las dos semanas de edad, a Nim lo criaron personas y le enseñaron el lenguaje de signos estadounidense (ASL, por sus siglas en inglés). Las interacciones de Nim con sus cuidadores se grabaron en vídeo, para que Terrace pudiera tener un registro objetivo de los progresos del chimpancé. Para cuando Nim tenía tres años, su repertorio era de ochenta signos y —lo que era significativo— con frecuencia producía series de ellos, como «plátano yo comer plátano» o «hazme cosquillas Nim jugar». Terrace se propuso escribir un libro sobre cómo Nim había cruzado la barrera del lenguaje y, al hacerlo, había ridiculizado a su tocayo. Pero entonces Terrace volvió a comprobar en las cintas algunos detalles de lo que estaba escribiendo. Cuando examinó detenidamente los vídeos, quedó consternado. En realidad, Nim no había aprendido ASL, sino tan solo a imitar los últimos signos que le habían hecho sus maestros.
«Las mismas cintas que tenía previsto usar para documentar la capacidad de Nim para usar signos ofrecían pruebas irrefutables de que había sobrestimado enormemente su capacidad lingüística», escribió Terrace.
Desde Nim, se han hecho muchas otras tentativas de demostrar que diversas especies —orangutanes, bonobos, loros, delfines— tienen capacidad lingüística. Varios de los animales que fueron objeto de estos empeños —el gorila Koko, el loro gris Alex— se convirtieron en celebridades internacionales. Pero la mayoría de los lingüistas siguen creyendo que la única especie que posee la capacidad del lenguaje es la nuestra.
El lenguaje es «una facultad exclusivamente humana» que «forma parte de la naturaleza biológica de nuestra especie», escribe Stephen R. Anderson, profesor emérito en Yale y expresidente de la Sociedad Lingüística Estadounidense, en su libro Doctor Dolittle’s Delusion.
Que las codas de cachalote puedan desafiar esta creencia es una cuestión sobre la que casi todos los miembros del CETI con los que hablé dijeron que preferirían no pronunciarse.
«Los lingüistas como Chomsky son muy obstinados —opinó Michael Bronstein, el profesor de Oxford—. Para un científico de la computación, un lenguaje es en general un sistema formal, y a menudo hablamos de lenguajes artificiales». Las codas del cachalote «quizá no sean tan expresivas como el lenguaje humano —continuó—. Pero creo que llamarlas o no “lenguaje” es más bien una cuestión formal».
«Irónicamente, se trata de un debate semántico sobre el significado del término “lenguaje”», observó Gero.
Desde luego, la llegada de ChatGPT complica aún más el debate. Una vez que un conjunto de algoritmos puede reescribir una novela, ¿qué se considera «competencia lingüística»? ¿Y quién —o qué— lo decide?
«Cuando decimos que vamos a conseguir traducir la comunicación de las ballenas, ¿qué queremos decir?», se preguntaba Shafi Goldwasser, la investigadora del Instituto Radcliffe que propuso la idea que dio origen al CETI.
«Todo el mundo habla últimamente de estos modelos generativos de IA como ChatGPT —prosiguió Goldwasser, que ahora dirige el Instituto Simons para la Teoría de la Computación, en la Universidad de California en Berkeley—. ¿Qué hacen? Les haces preguntas o “prompts” y ellos te dan respuestas, y lo hacen prediciendo cómo completar frases o cuál sería la siguiente palabra. Así, se podría decir que ese es un objetivo del CETI: que no necesariamente se entienda lo que dicen las ballenas, pero que pueda predecirse con éxito. Y, por lo tanto, tal vez poder generar una conversación que sea comprendida por una ballena, pero tal vez no por uno mismo. Así que es un tipo extraño de éxito».
La predicción, según Goldwasser, querría decir que «nos hemos dado cuenta de cuál es el patrón de su discurso. No es satisfactorio, pero algo es algo».
«¿Y qué hay sobre el objetivo de la comprensión? —añadió—. Ni siquiera respecto de eso soy pesimista».
Se estima que hay ochocientos cincuenta mil cachalotes nadando por los océanos del mundo. Esta cifra es inferior a los dos millones que se calcula que había en la época anterior a la caza comercial de la especie. Se suele sugerir que el periodo más oscuro para P. macrocephalus fue a mediados del siglo XIX, cuando Melville se embarcó desde New Bedford en el Acushnet. De hecho, la mayor parte de la matanza tuvo lugar a mediados del siglo XX, cuando los cachalotes eran perseguidos por barcos del tamaño de fábricas, con motores diésel. En la década de 1840, en el apogeo de la caza de ballenas en barcos sin cubierta, se cazaban unos cinco mil cachalotes al año; en la década de 1960, el número era seis veces mayor. Los cachalotes se hervían para hacer margarina, piensos y cola. En fecha tan reciente como la década de 1970, General Motors utilizaba esperma de ballena en su líquido de transmisión.
Cerca del apogeo de la caza industrial de ballenas, un biólogo llamado Roger Payne oyó un boletín radiofónico que cambió su vida y, con ella, la de los cetáceos que quedaban en el mundo. El reportaje señalaba que una ballena había varado en una playa no muy lejos de donde trabajaba Payne, en la Universidad Tufts. Payne, que había estado investigando las polillas, condujo hasta el lugar para verlo. Quedó tan conmovido por el animal muerto que cambió el objeto de sus investigaciones. Estas le llevaron hasta un ingeniero naval que, mientras buscaba submarinos soviéticos, había grabado espeluznantes sonidos submarinos que atribuyó a las ballenas jorobadas. Payne pasó años estudiando las grabaciones, y decidió que los sonidos eran tan hermosos y poseían una construcción tan compleja que merecían llamarse «canciones». En 1970 consiguió editar un LP con el título Songs of the Humpback Whale («Canciones de la ballena jorobada», en inglés).
«Pensé: “El mundo tiene que oír esto”», recordaría más tarde. El álbum tuvo buenas ventas, fue sampleado por músicos populares como Judy Collins y ayudó a impulsar el movimiento «Save the Whales». En 1979 National Geographic publicó una versión en «flexi disc» de las canciones, y la distribuyó como encarte en más de diez millones de ejemplares de la revista. Tres años más tarde, la Comisión Ballenera Internacional declaró una «moratoria» de la caza comercial que sigue en vigor hoy en día. A esta medida se le atribuye el mérito de haber salvado a varias especies de la extinción, incluidas las ballenas jorobadas y los rorcuales comunes.
Payne, que falleció en junio a la edad de ochenta y ocho años, fue uno de los primeros y más activos miembros del equipo del CETI (aunque, según me dijo Gruber, le decepcionó que el proyecto se centrara en cachalotes en lugar de en las ballenas jorobadas, que, según él, eran más inteligentes). Pocos días antes de su muerte, Payne publicó una columna de opinión en la que explicaba por qué creía que el CETI era tan importante.
Las ballenas, junto con casi todas las demás criaturas de la Tierra, se enfrentan ahora a nuevas y graves amenazas, observó, entre ellas el cambio climático. ¿Cómo motivarnos «a nosotros mismos y a nuestros semejantes» para hacer frente a estas amenazas?
«La inspiración es la clave —escribió Payne—. Si pudiéramos comunicarnos con los animales, hacerles preguntas y recibir respuestas —por muy sencillas que resultasen ser esas preguntas y respuestas—, el mundo podría quedar lo bastante conmovido como para, al menos, iniciar el proceso de detener nuestra galopante destrucción de la vida».
Otros miembros del equipo del CETI se manifestaron en el mismo sentido. «Espero que uno de los resultados de este proyecto tenga que ver con la forma en que vemos la vida en la tierra y en los océanos —manifestó Bronstein—. Si comprendemos (o tenemos pruebas, y pruebas muy claras, en forma de una comunicación similar a la lingüística) que hay criaturas inteligentes y que las estamos destruyendo, eso podría cambiar la forma en que nos relacionamos con nuestra Tierra».
«Para mí, el trabajo de Roger es una guía —manifestó Gruber—. La forma en que promocionó las canciones y sentó las bases científicas condujo a la aparición de un movimiento ecologista que salvó a varias especies de ballenas de la extinción. Y pensó que el CETI podía tener un impacto mucho mayor. Si pudiéramos entender lo que dicen, en vez de “salvemos a las ballenas” sería “salvados por las ballenas”.
»Este proyecto es una especie de ofrenda —prosiguió—. ¿Puede la tecnología acercarnos a la naturaleza? ¿Podemos utilizar con fines positivos toda esta tecnología asombrosa que hemos inventado?».
ChatGPT comparte esta esperanza. O, al menos, el modelo lingüístico basado en IA es lo bastante astuto como para articularla. En la versión de Moby Dick escrita por algoritmos con la voz de una ballena, la historia termina con una súplica algo pesada, pero no carente de efecto, a favor de la reciprocidad: «Yo, el Leviatán Blanco, solo podía preguntarme si llegaría el día en que el hombre y la ballena nos comprendiéramos mutuamente y hallásemos la armonía en la inmensidad del abrazo del océano».
Publicado originalmente en The New Yorker, 11 de septiembre de 2023