Introducción. El del segundo cerebro

Introducción

El del segundo cerebro

Cuando eres joven, no sé…, sobre los quince años, supongo, te piensas que la vida es una. Tienes unas expectativas y crees que vivir será ir cumpliendo, paso a paso, aquello que te has propuesto. Después maduras y te das cuenta de que nada de eso. Que vidas hay muchas dentro de una misma.

Hace ya unos años conocí a Sara, y nuestras vidas, sin duda, se han ido entrecruzando desde entonces. Ayer, mientras miraba una foto de cuando publicamos El cerebro de la gente feliz, nuestro primer libro juntos, pensaba: «Joder, qué guapos y jóvenes estábamos». Han pasado unos cinco años, si no calculo mal, y hemos tenido hijos (no juntos, cada uno por su lado), así que es muy probable que ahora mismo estemos viviendo otra vida distinta a la que vivíamos cuando escribimos aquel primer libro.

No sé si conoces esa primera aventura literaria. La verdad es que fue muy bonito para los dos ver cómo nuestro libro iba creciendo y empezaba a hacerse conocido en todo el mundo. Me acuerdo perfectamente del día que salió. Le dije a Sara: «Tía, qué mala suerte, salimos el mismo día que Rafael Santandreu y Robin Sharma…, nos vamos a morir de hambre». No recuerdo qué me respondió, pero seguro que pensó: «Ya está aquí la versión catastrofista de mi amigo». Me conoce bien. Nos conocemos bien. Quizá por eso el primer libro funcionó, porque éramos (y seguimos siendo) un buen equipo.

En fin, no te cuento esto para presumir de éxitos profesionales. Lo comparto porque me parece curioso cómo la vida te sorprende. Sorpresas te da la vida, que decía Rubén Blades a Pedro Navaja. Y la verdad es que me siento muy orgulloso de que El cerebro de la gente feliz haya ayudado a tantas personas a entender qué es la ansiedad y cuál es la mejor manera de superarla.

Hace unos meses, deambulando por Barcelona, me crucé con Laura, la editora de El cerebro de la gente feliz. No recuerdo a dónde iba, quizá a algún acto relacionado con los libros, quién sabe. No sé por qué, al saludarla le solté: «Oye, ¿cuándo hacemos la segunda parte de El cerebro?» (siempre lo llamamos así, El cerebro, con cariño). Es curioso porque creo que nunca lo había pensado de verdad, me salió así, de golpe. Seguro que el típico gurú me diría que lo canalicé. Piensa lo que quieras. La cuestión es que aquí estamos, empezando esta segunda aventura juntos.

Meses después, en un día soleado que ya anunciaba la primavera, nos sentamos Sara, su bebé y yo en una cafetería para empezar a darle forma al nuevo libro. Bueno, Sara y yo lo intentábamos…, la pequeña, mientras tanto, hacía lo que podía para sabotear la misión, siguiendo fielmente su naturaleza de quien empieza a dar sus primeros pasos en este mundo.

El punto de partida era claro: ¿qué contamos que no hayamos contado ya en El cerebro? Sara me dijo que lo tenía clarísimo. Que, desde que salió el primer libro, la pregunta que más le hacían era: ¿cómo es el cerebro de la gente feliz?

Sara me miró y me dijo:

En el anterior libro explicamos cómo salir de la ansiedad. Este es el primer paso para tener un cerebro feliz: reducir aquello que va mal. Ahora podríamos ir un paso más allá. Podríamos contar cómo potenciar todo aquello que le va bien al cerebro, lo que le hace feliz. Esta ha sido tu evolución, Ferran. Primero pusiste toda tu atención en cómo salir de la ansiedad (cómo dejar de ser infeliz) y luego fuiste encontrando tu camino hacia la serenidad (cómo ser feliz). ¡Contemos esta segunda parte de la historia! Y ¡quién mejor que tú para hablar de ello y ponerte de ejemplo! Para mí, ¡tú aquí eres el gran experto!

¡Cómo me quiere Sara!

Sí, lo sé, pero su respuesta me animó a escribir este libro, la verdad sea dicha.

Volviendo a la gran pregunta —«¿cómo es el cerebro de la gente feliz?»—, parece que la gente siempre quiere que le des la fórmula mágica. El truco. El atajo. Como si tuvieras un interruptor escondido en el cerebro que activas y, ¡pum!, ya eres feliz para siempre. Como si hubiera un supersecreto que solo los elegidos conocen y que justo tú se lo vas a contar.

Al principio Sara respondía lo que era su visión de entonces: la respuesta al primer paso para ser feliz, aquello que no puede estar mal en tu cerebro si quieres ser feliz. Lo que se sabe bien, lo prudente. Pero ahora, el escenario ha cambiado, me dijo que ya no respondería de igual modo. Ahora lo veía diferente. Eso sí, me dijo que no me la podía soltar así, a bocajarro. Que esa respuesta hay que leerla con calma, dejar que te cale, hay que vivirla. Y las páginas que siguen son la oportunidad para ello. Ya te digo que este no es un libro para devorar a lo loco, sino para saborearlo. Para ponerlo en práctica y sentirlo.

Este libro no te va a dar ninguna receta mágica. Te va a explicar los neuropoderes que tiene tu cerebro para ser feliz. Y no te asustes con el nombre. No te vamos a decir que los domines todos ni que te obsesiones. Algunos te van a encajar, y otros, pues no. Y no pasa absolutamente nada. Lo bonito es que puedas elegir lo que te hace bien y te sienta bien.

Intentar hacerlo todo, o querer aplicar lo que no es para ti, es justo lo que te puede alejar de la felicidad. Este libro no viene a ponerte más presión. Aquí no queremos venderte «tu mejor versión» ni mierdas de esas que se ponen tan de moda. De hecho, eso es probablemente la mayor trampa de muchos manuales de autoayuda: te convencen de que te falta algo, que no eres suficiente, que te tienes que arreglar. Y claro, al principio te vienes arriba, te motivas, pero, cuando ves que no llegas a la felicidad que te prometieron, acabas sintiéndote culpable, frustrado, agotado. Entonces te dices: «Vaya, me equivoqué, este tampoco era el camino». Y vuelta a empezar. Buscas otra solución fuera. Otro método. Otra persona. Otro libro. Otra técnica. Otra dieta. Otra moda. Y así siempre. En la rueda. Como un hámster, pero con wifi.

Si quieres acercarte a la felicidad, tienes que aprender a poner límites a todo lo de fuera. A bajar el volumen. Porque a veces estamos tan pendientes del ruido de fuera que nos olvidamos de mirar lo que ya tenemos dentro y que funciona, lo que tu cerebro ya sabe (o sabía) hacer, aunque tú ni te hayas dado cuenta.

Este libro va de eso. De mirar dentro. De conectar con lo que ya tienes. De potenciarlo. De darle espacio. Y lo vamos a hacer contándote cómo lo hacen las personas que son genuinamente felices, qué le sienta bien al cerebro, qué necesita de verdad. Pero te lo vamos a contar sin exigencias, sin presiones, sin manuales imposibles. Queremos que desde el primer capítulo te sientas bien. No perfecto. Bien. Tranquilo. Conectado.

Ahora, lo sé. Lo de los «neuropoderes» del título puede que te suene a humo, a cosa de gurús. Lo sé. Me lo decía Sara entre risas: «En neurociencia a eso lo llamamos neuropaparruchas». Me parto con esa palabra. Pero te lo juro: esto no va de neurobasura. Te lo contamos con todo el cariño, con rigor (que para eso contamos con Sara, que es doctora en Neurociencia) y con mucha ilusión. Aquí hay ciencia de la buena. Aquí hay honestidad y, sobre todo, muchas ganas de que empieces a vivir una vida feliz y plena.

No te vamos a repetir el discurso de siempre: haz deporte, come bien, medita, haz yoga… (que, ojo, si te apetece, adelante). Pero no te vamos a decir que, si no haces todo eso, no vas a ser feliz. Porque ¿sabes qué? Una de las cosas que más estrés genera es querer hacerlo TODO.

Te lo digo de verdad: no da la vida. No da la vida para levantarte a las seis, meditar, hacer yoga, prepararte el desayuno eco, comer sano, ser productivo, contestar wasaps, trabajar como un titán, ser el mejor padre, la mejor pareja, hacer cursos, aprender inglés, ir al gimnasio, sociabilizar, subir stories donde parezca que lo petas, ver Netflix, dormir ocho horas y repetir. No somos robots. No tenemos actualizaciones de software cada semana. Y menos mal. El cerebro humano no está diseñado para eso. Ya lo iremos viendo.

Claro que hay hábitos que ayudan. Y hablaremos de ellos en el último capítulo. Pero este libro va un poco más allá. Queremos traerte cosas nuevas. Cosas que se están estudiando ahora y que no suelen salir del mundo académico. Queremos explicártelo fácil para que puedas usarlo en tu día a día.

Por eso hablamos de neuropoderes. Algunos son conocidos, otros sorprendentes. Y lo bonito es que los puedas probar, llevarlos a tu vida y sentir los cambios.

Sara me dijo algo que me llegó al corazón. Después de todos estos años, sigue admirándome. Le flipa cómo, sin darme cuenta, aplico muchos de estos neuropoderes. Por eso tenía sentido que lo contáramos así: yo desde lo vivido, desde la trinchera, y ella desde la ciencia. Como hicimos en el primer libro. Como solo nosotros sabemos hacerlo. Espero que te llegue a ti, que estás ahora mismo al otro lado, abriendo las páginas de esta segunda aventura.

¿Sabes qué? Te voy a confesar algo. Esto de que yo te cuente mis aventuras y que Sara te explique la ciencia que hay detrás… es un poco mentirijilla. Sí, no te voy a engañar, la verdad es que muchas veces escribimos a cuatro manos, como esta introducción. Creemos que aunar las dos miradas puede enriquecer más al lector.

Es un placer volver a darle al teclado contigo, Sara. Y a ti, queridísimo lector, ojalá disfrutes de este libro tanto como nosotros hemos disfrutado escribiéndolo. Empecemos entonces por el principio.

Pero, a ver…, ¿se puede ser feliz?

Durante años, me han hablado de la felicidad como si fuera un lugar al que se llega. Como si existiera un punto exacto donde, de repente, todo se ordena y ya no hay miedo, ni dudas ni ansiedad. Lo he escuchado tantas veces que, por un tiempo, intenté rastrear ese lugar. He pasado años buscando señales, garantías, instantes perfectos que no se rompieran al tocarlos. Pero cada vez parecía estar más lejos.

De pequeño me enseñaron que la felicidad debía sentirse como una conquista, un premio al final de un esfuerzo, una seguridad definitiva. Y, sin embargo, lo que encontraba eran momentos breves, fugaces, que se me escapaban de entre las manos mientras intentaba atraparlos.

La vida seguía avanzando y yo seguía preguntándome: «¿Esto es? ¿Esto es la felicidad? ¿O es solo una pausa hasta que llegue algo mejor?».

Vivimos con la idea de que la felicidad será cuando pase esto, cuando consiga aquello, cuando por fin todo encaje. La felicidad nunca parece estar en el presente, sino que siempre se nos presenta como un después. Como una promesa. ¡Ansiedad a la vista, marinero!

Y entonces, una mañana cualquiera, lo entendí, o más bien lo sentí. Sin que pasara nada especial. Porque sí, muchas veces te iluminas saliendo del baño, no necesitas irte a Bali (te lo digo por si quieres ahorrarte el viaje). Estaba tomando un café en la cocina. Afuera llovía. El ruido de la lluvia llenaba el silencio y de pronto me di cuenta de que no estaba pensando en nada.

No había urgencia.

No había miedo.

Solo estaba ahí, presente.

Y fue en ese instante, casi ridículo por su simpleza, cuando sentí algo que no había reconocido antes: una paz suave, una especie de alegría sin explicación. Recordé ese momento semanas después, cuando volvía a sentirme atrapado en la ansiedad y la búsqueda. Y me pregunté: «¿Por qué no lo he visto? ¿Por qué sigo esperando que la felicidad sea algo más grande, más evidente, más perfecto?».

Quizá la felicidad no es eso que nos contaron.

A lo mejor no es un destino ni una meta, tampoco un estado permanente. Quizá la felicidad no es lo que viene cuando todo está resuelto, porque tal vez nunca todo se resuelve.

Puede que la felicidad es lo que ocurre mientras seguimos intentando resolver, cuando aceptamos que las cosas están incompletas, que el miedo está ahí, que las dudas no se irán, y que, a pesar de todo eso, podemos encontrar belleza, podemos estar con lo que hay en paz.

Recuerdo una vez, poco después de mi divorcio, cuando mis hijas estaban conmigo un fin de semana. Había sido una semana difícil. Estaba cansado, me sentía desordenado por dentro. Estábamos cenando pizza y la conversación no era nada profunda. Mi hija mayor me miró y me dijo: «Papá, hoy ha sido un buen día». Me sorprendió porque desde fuera parecía un día cualquiera, un día sin brillo. Pero para ella ese día había sido suficiente (y en el fondo para mí también). Y entendí algo: muchas veces la felicidad está en esos días que creemos que no cuentan. En las tardes donde no pasa nada especial. En los momentos donde simplemente estamos con las personas que queremos, aunque el mundo siga sin ser perfecto.

La felicidad no es euforia.

No es un aplauso.

No es un premio.

Quizá sea una especie de calma interior.

Una suave sonrisa interna.

Una pausa en medio del ruido. Una conversación sencilla.

Una risa inesperada. Un café mientras llueve. Un «hoy ha sido un buen día» cuando tú ni siquiera te has dado cuenta (o no te has dado el permiso para sentirlo así).

Quizá la felicidad no sea un lugar al que se llega. Tal vez sea un instante (o un estado) que, si tenemos suerte, nos damos permiso de habitar.

Cuando lo entendí, por fin sonreí. No porque hubiera llegado a algún sitio, sino porque, por primera vez, sentí que ya estaba ahí.

Y entonces me pregunté: «¿Podemos aprender a sentir más de esos momentos? ¿Podemos entrenarnos para verlos, para habitarlos, para alargar esos instantes simples que parecen pequeños pero que lo son todo?».

Quizá la respuesta esté también en nosotros. En nuestro cuerpo. En nuestro cerebro. En todo lo que nos configura a nivel neuronal, emocional, físico. Hay más dentro de nosotros de lo que pensamos. Poseemos mecanismos que nos pueden ayudar a ser más o menos felices.

¿Te gustaría tener ese poder?

¿Cómo es el cerebro de la gente feliz? O lo que es lo mismo: ¿qué narices pasa ahí dentro?

Vale, ahora sí, aquí va mi respuesta.

Primero, te voy a dar la primera versión, la antigua pero sensata: el cerebro de la gente feliz es un cerebro en calma, inundado de neuroquímica del bienestar. Si has leído El cerebro de la gente feliz ya sabes por dónde voy. Si no lo has leído, no pasa nada, que te lo resumo rapidito.

Cuando hablo de un cerebro en calma, me refiero a que hay ciertas zonas que, si están hiperactivas, te lo van a poner muy difícil para ser feliz. El primer paso es, precisamente, calmarlas, bajarlas de revoluciones.

Se trata de volver a un punto más natural, más saludable. En concreto, hay tres áreas clave (tranqui, si es la primera vez que las oyes no te agobies, a lo largo del libro ya nos haremos colegas de estas palabrejas) que tenemos que mantener a raya. Si no, son las típicas que te pueden secuestrar el cerebro en cualquier momento. Te las presento:

La amígdala – la reina del miedo

Es la jefaza del circuito de supervivencia. Cuando está hiperactiva, te mete en un bucle constante de estrés, ansiedad, enfado, miedo… Tu sistema nervioso simpático (sí, simpático pero poco amigo) se pone a tope, como si estuvieras en peligro todo el rato. Resultado: te pasas el día soltando cortisol, que es la hormona del estrés. Y al final te acabas desregulando y agotando, es decir, te fundes mental, emocional y físicamente.

El núcleo accumbens – el ansioso de la dopamina

Este es el centro del circuito de recompensa. Cuando se activa demasiado, te convierte en un buscador incansable: quieres más, más, más. Nunca es suficiente. Esa ansia que te hace decir «lo necesito ya» es cosa de este colega. Cuando se pasa de vueltas, te empuja a una especie de estado adictivo donde siempre estás persiguiendo la siguiente recompensa. Te da un minisubidón de dopamina puntual, pero a largo plazo te deja vacío. Lo peor: te engancha a buscar la próxima dosis de lo que sea para calmarte.

La red neuronal por defecto – la que le da vueltas a todo

Esta es la que se enciende cuando te distraes y tu cabeza se va sola a pensar en el pasado, en el futuro, en lo que tienes pendiente, en lo que no has hecho… Cuando esta red está hiperactiva, entras en bucle. Rumias. Le das vueltas a todo. Esto suele ocurrir cuando las otras dos (la amígdala y el núcleo accumbens) están descontroladas. Tu diálogo interno se llena de preocupaciones y de «tengo que resolver YA». La buena noticia: si calmamos las otras dos redes, esta también suele bajar la marcha.

Cuando digo que el cerebro feliz está «inundado de neuroquímica del bienestar» me refiero al famoso cuarteto de la felicidad, que seguro que te suena: la dopamina, la serotonina, las endorfinas y la oxitocina. Cuando estas sustancias están presentes en buena cantidad, lo más probable es que te encuentres bien, es decir, sientas bienestar, calma, conexión… felicidad.

Vamos por partes. Te explico cada una de estas sustancias y qué podemos hacer para liberarlas, así, fácil y sin dramas.

Empezamos con las endorfinas

Seguro que te suenan porque se hicieron superfamosas gracias a los runners (aunque en este ámbito hay otras que han ganado más atención y que después veremos). Las liberas cuando haces ejercicio físico (sobre todo si es aeróbico), cuando te mueves, cuando le das un poco de caña al cuerpo. Ojo, también se liberan cuando realizas actividades que, simplemente, te producen placer. Cosas sencillas: comerte algo dulce, reírte a carcajadas con amigos, darte un masaje, practicar yoga… Vamos, que no hace falta apuntarte a una maratón para sentirlas.

Las endorfinas forman parte de la familia de los opiáceos endógenos. Suena potente, pero lo que significa básicamente es que son sustancias que genera tu propio cuerpo y que te hacen sentir bien.

¿Dónde se liberan? En los centros hedónicos. Que sí, lo sé, suena como un lugar de fiesta. Y un poco lo es, porque son las zonas del cerebro que nos hacen sentir placer. Pero lo más guay es que no solo las endorfinas activan estos centros, resulta que también lo hace el sistema endocannabinoide (tranqui, no hace falta fumarte nada para que funcione). Y aquí aparece la anandamida, que muchos científicos llaman directamente el neurotransmisor de la felicidad. Si te interesa, después te cuento cómo puedes liberar anandamida de forma natural. (Espóiler: es más fácil de lo que crees y mucho más legal de lo que parece).

La dopamina: la que tiene mala fama (pero sin ella no somos nadie)

Vale, la dopamina. Siempre la pintamos como la mala de la película, ¿no? Que si es la culpable de las adicciones, que si se dispara con las drogas, el alcohol, el tabaco, las redes sociales… Y sí, todo eso es verdad, pero, ojo, porque la dopamina no es el enemigo. De hecho, te lo digo claro: sin dopamina la vida pierde color. Las personas que están muy deprimidas, que sienten que no tienen ganas de nada, suelen tener niveles de dopamina muy bajos. Y ahí es cuando la cosa se pone seria.

Necesitamos la dopamina para tener motivación, ilusión, para sentirnos vivos, para sentir esa chispa de euforia que a veces nos empuja a hacer cosas nuevas.

Lo curioso es que de esto se habla poco, pero la dopamina también es clave para aprender. Sin interés, sin motivación, no hay aprendizaje. Y, por si fuera poco, también la necesitamos para movernos. ¿Sabes quién tiene problemas de movimiento por falta de dopamina? Las personas con párkinson. Sí, su dificultad para controlar el cuerpo está muy relacionada con una caída brutal de dopamina en el cerebro.

Vamos, que la dopamina es mucho más que «la sustancia del vicio». Ya hablaremos de ella más a fondo, pero quédate de momento con esto: la dopamina se libera cuando algo te motiva, cuando haces lo que te apasiona, cuando te entregas a tus hobbies. También cuando comes alimentos ricos en proteínas (especialmente los que tienen tirosina, que es la materia prima para fabricar dopamina), cuando haces ejercicio físico y —esto me flipa— cuando recibes sorpresas.

Sí, sorpresas. Las buenas, las que te llegan sin que te las esperes. Así que… igual te interesa empezar a coleccionar momentos inesperados.

Oxitocina: la hormona que te abraza desde dentro

La oxitocina es lo más. Es la que se libera cuando te abrazan, tienes contacto físico, te conectas de verdad con alguien, compartes un momento íntimo, tienes un orgasmo… La oxitocina te deja en ese estado de calma, de seguridad, de confianza, de «aquí estoy bien, aquí me quedo». Es la hormona que te hace sentir acompañado aunque estés solo. Y por supuesto que se consigue a través de cosas tan sencillas como un buen abrazo. (Espóiler: en este libro vamos a reivindicar mucho el poder de los abrazos).

Serotonina: la que siempre está de fondo

La serotonina está muy relacionada con el estado de ánimo. De hecho, muchos antidepresivos lo que hacen es subir sus niveles en el cerebro.

No todo depende de las pastillas. Se puede aumentar de forma natural, y aquí la alimentación juega un papel clave. Te cuento: casi el 90 por ciento de la serotonina se genera en el intestino. Sí, sí, en la tripa. Así que cuidar lo que comemos importa, en especial los alimentos ricos en triptófano, que es el ingrediente estrella para fabricar serotonina. También la podemos subir descansando bien, paseando por la naturaleza (que el sol te toque la cara) o haciendo cosas que te alegran la vida: leer, escribir, escuchar música… Lo curioso de la serotonina es que, aunque no siempre la notamos de forma explosiva, está ahí, manteniéndonos en equilibrio, sosteniéndonos desde el fondo.

Anandamida: la molécula de la felicidad interna

Vale, ahora viene una de mis favoritas: la anandamida. Me encanta este nombre. En sánscrito significa «amor interno», «felicidad», «beatitud»… Suena a paz, ¿no?

La anandamida forma parte de nuestro sistema endocannabinoide y lo mejor es que podemos potenciarla de forma natural. ¿Cómo? Te dejo unos cuantos ejemplos:

• Tomando aceite de oliva virgen extra.

• Comiendo cacao puro (cuanto más negro, mejor, el de cien por cien es el bueno).

• Dándote un masaje.

• Tomando el sol.

• Haciendo ejercicio que te guste (importante lo de que «te guste»).

Este sistema endocannabinoide es el que ahora se relaciona con el subidón tan increíble que muchas veces se siente después de hacer ejercicio aeróbico.

Así que, ya ves, tenemos dentro de nosotros un sistema brutal para sentirnos bien, para vivir con calma, con conexión, con placer. Solo necesitamos saber cómo activarlo y no perdernos en las trampas del «hazlo todo» que nos vende la sociedad.

¿Cómo es el cerebro de la gente feliz… para mí, hoy?

Vale, te estarás preguntando: «Después de todo esto, entonces ¿qué? ¿Cómo es el cerebro de la gente feliz para ti ahora? ¿Qué ha cambiado desde el primer libro?». Pues un día me di cuenta de que tener los neurotransmisores de la felicidad en sus dosis adecuadas, o que según qué redes neuronales estén activas en sus niveles ideales, tiene más que ver con una consecuencia que con la causa misma de la felicidad. ¿Cómo llegamos a tener un cerebro feliz? ¿Qué partes nos ayudan a tener un cerebro regulado? ¿Cuáles nos ayudan a sentir satisfacción y bienestar en nuestra vida?

Y para explicártelo bien, me sabe mal decirte que vas a tener que esperar un poquito más. Te prometo que no es por hacerme la interesante, es que la cosa es un poco más compleja. No se puede resumir en dos frases rápidas ni soltarlo como si fuera un tuit inspirador. Quiero que veas la respuesta con calma. Con humor. Con ciencia. Y, sobre todo, con mucho cariño.

El origen de la neurociencia de la felicidad

¿Te has fijado en que la ciencia suele enfocarse sobre todo en curar lo que va mal? Enfermedades, trastornos mentales, patologías físicas… El objetivo principal siempre ha sido resolver aquello que no funciona. Pero ¿no crees que también sería importante estudiar aquello que sí nos funciona? ¿Lo que nos ayuda a estar bien, a florecer, a ser felices?

Ese cambio de mirada comenzó a gestarse no hace tanto. Fue alrededor del año 2000 cuando nació lo que hoy conocemos como psicología positiva (que, por cierto, no tiene nada que ver con el pensamiento positivo simplista de «todo irá bien»).

Uno de los grandes impulsores de esta nueva forma de entender la psicología fue el Dr. Martin Seligman, considerado el padre de la psicología positiva. Él fue de los primeros en estudiar la felicidad desde una perspectiva científica, proponiendo que la terapia no solo debía centrarse en reducir el sufrimiento o los síntomas, sino también en fomentar aquello que nos hace bien, en fortalecer lo que ya está funcionando. Una propuesta tan simple como revolucionaria.

¿Y qué es exactamente la psicología positiva? Es la rama de la psicología que estudia las emociones positivas, las fortalezas del carácter y todos aquellos aspectos que nos permiten experimentar bienestar psicológico y superar las adversidades de la vida. Este enfoque es, de hecho, la base desde la que se empieza a explorar también la neurociencia de la felicidad, o lo que algunos llaman la neurociencia del florecimiento humano. Se trata de una ciencia joven pero con muchísimo potencial.

Como ves, esto no tiene nada que ver con ponerse unas gafas de color rosa y negar la realidad. No se trata de forzarse a estar bien, sino de comprender qué mecanismos mentales, emocionales y neuronales nos ayudan a experimentar más plenitud.

Y ahora que lo piensas…, ¿no resulta sorprendente que la ciencia tardara tanto en interesarse por esto? Durante mucho tiempo, incluso desde la medicina, se ha visto la felicidad como un tema secundario, como algo que vendrá después, si todo va bien. Pero ¿y si la felicidad no fuera solo un resultado, sino también un camino hacia la salud? ¿Y si cuidar lo que nos hace sentir bien fuera también una forma de sanar?

En el ámbito científico, cuando se habla de felicidad, normalmente se hace referencia al bienestar subjetivo, es decir, a cómo cada persona evalúa su vida en términos de satisfacción y plenitud. Y este bienestar no se define solo por la ausencia de enfermedad mental, sino que incluye dimensiones positivas como el sentido vital, las relaciones significativas o la realización personal, entre otros. De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ya en 2014 definía la salud como «un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades».

En nuestro primer libro, nos centramos sobre todo en tratar aquello que nos genera ansiedad, sufrimiento, malestar. En cómo reconocerlo y gestionarlo. En este segundo libro queremos ir un paso más allá. Queremos hablar de todo lo que sí podemos hacer, de todas esas capacidades cerebrales que ya existen en ti y que, si se potencian, pueden ayudarte a ser más feliz.

Quizá, si aún estás atravesando una etapa difícil, este camino hacia la felicidad también te sirva para calmar tu ansiedad o reconectar con la vida, si te sientes algo desconectado de ella.

Eso sí, no pretendemos abarcar aquí todas las dimensiones que podrían aumentar nuestra felicidad. El campo es muy amplio, está en expansión, y aún hay muchas investigaciones en marcha, con resultados variables y complejos. Sería demasiada información y probablemente poco útil. Así que hemos decidido quedarnos con lo esencial. Con aquellas fortalezas que, por un lado, han sido más estudiadas y validadas por la neurociencia, y por otro, que a nosotros más nos están ayudando y que realmente tienen sentido y peso en nuestra experiencia personal. Porque no es fácil hablar con propiedad sobre algo que no se ha vivido.

Cuando Ferran y yo nos pusimos a recopilar todo lo aprendido y experimentado, nos dimos cuenta de que todo giraba en torno a siete factores clave. Siete pilares sobre los que se construye una vida más feliz. Un número bonito, ¿verdad? Estos siete neuropoderes pueden estar más o menos desarrollados en ti. Ya lo irás viendo. Como si fueras un superhéroe —o, mejor dicho, un supercientífico de tu propia vida—, te animamos a explorar, experimentar y descubrir qué puedes activar en ti. Tal vez se abra un nuevo mundo ante tus ojos.

¿Te animas?

Antes de empezar, hay una pregunta que me gustaría hacerte. Una pregunta importante.

¿Qué es ser feliz, realmente, para ti?

Como siempre, una cosa es lo que deberíamos sentir, y otra muy diferente es lo que realmente sentimos y pensamos.

Según la neurociencia, comer un dulce debería hacernos sentir placer. Perfecto, sobre el papel suena bien. Pero en la vida real, esto no siempre funciona así. No todo el mundo disfruta comiéndose un dulce, aunque, en teoría, nuestro cerebro está diseñado para que eso nos guste. Por ejemplo, se ha visto que en personas con anorexia el circuito de recompensa del cerebro se activa cuando comen comida sin calorías, lo contrario de lo que el cerebro está programado para disfrutar, a saber, la comida calórica y sabrosa. ¿Y cómo es esto posible?

Porque hay algo que a veces es más fuerte que nuestra naturaleza interna, más fuerte que las señales que nos llegan del cuerpo. Nuestra mente. Nuestro pensamiento. Nuestra interpretación. La mentalidad puede transformar lo que sentimos.

Una sensación que nos llega desde el cuerpo puede ser reinterpretada por la mente y acabar sintiéndose de otra manera completamente diferente. Siguiendo con el ejemplo, podríamos decir que una persona con anorexia come con la mente, no con el cuerpo.

Te doy otro ejemplo. Hay personas que disfrutan del contacto físico, lo sienten como algo agradable, acogedor, y otras, en cambio no lo soportan. Se sienten incómodas, quizá por experiencias pasadas. Sabemos que para el cerebro el contacto físico es fundamental para sentirnos bien. Sin embargo, al final, las experiencias que hemos vivido nos enseñan qué nos gusta y qué no. Nuestros pensamientos pueden incluso modificar esa respuesta natural.

Con la felicidad… pasa exactamente lo mismo.

Este libro te va a contar cómo está diseñado el cerebro —de base— para que podamos ser felices, aunque es posible que haya aspectos que no encajen contigo. Deberían sentarte bien, pero a ti no te funcionan. ¿Por qué? Porque tu mentalidad juega un papel clave. O sea, que tus creencias sobre la felicidad pueden acercarte o alejarte de ella.

Por eso quería empezar por aquí. Para cuestionarnos. Para invitarte a observar. Para que te preguntaras lo siguiente: ¿qué imagen, qué perfil, qué persona te viene a la mente cuando piensas en alguien feliz? ¿Y por qué?

El otro día un amigo me habló de un libro que se estaba leyendo, cuyo título me hizo muchísima gracia: Hasta los cojones del pensamiento positivo. Me decía que esta tendencia de tener que estar siempre en estado positivo, primero agota, y segundo nos está deshumanizando.

Tiene razón. Si solo nos permitimos mostrarnos bien —en nuestras redes sociales, con los amigos, con la pareja, con los hijos—, ¿qué hacemos con las personas que no están bien? ¿Qué hacemos con nosotros mismos cuando no estamos bien? Cuando contenemos nuestro malestar, cuando lo escondemos, cuando impedimos que los demás lo vean (o incluso cuando evitamos verlo nosotros mismos), cuando nos rechazamos por sentirnos mal…, ahí estamos plantando la semilla de la infelicidad.

Más adelante te contaré por qué pasa esto. Y también veremos por qué, aunque nos lo repitan por activa y por pasiva, el pensamiento positivo no siempre funciona. No es porque no lo estemos haciendo bien, sino que muchas veces no funciona. Punto.

¿Qué pasó con permitirnos pasarlo mal cuando lo estamos pasando mal? ¿Qué pasó con aquello de acoger a un amigo con ternura cuando no está bien? Ojo, no se trata de regodearnos en el sufrimiento ni de permitir que alguien viva instalado permanentemente en la queja. Tampoco vamos por ahí. A veces las expectativas sobre cómo deberíamos sentirnos o cómo deberíamos ser (siempre felices, siempre positivos) son precisamente las que no nos dejan ser felices.

Expectativas sobre la felicidad

¿Sabías que, según la parte del mundo donde vivas, la idea de cómo conseguir la felicidad cambia? En culturas más individualistas (como la nuestra), por ejemplo, se suele creer que la felicidad se consigue aumentando la autoestima y el bienestar personal, sin pensar tanto en el grupo, en la comunidad. En cambio, en muchos países asiáticos se cree que la felicidad está en la calma, en la serenidad, en las emociones de baja excitación, mientras que en las culturas occidentales se valora mucho más estar alegre, entusiasta, con subidón todo el rato.

Tenemos expectativas. Expectativas que hemos aprendido. Expectativas sobre cómo deberíamos ser si queremos ser felices.

Cuando piensas en una persona feliz, es posible que te imagines alguien que siempre está sonriendo, que tiene mucho éxito, o alguien que es muy zen, que te mira con esa calma que parece que nunca se le acaba.

Pero ¿y si ya somos felices y no lo sabemos? ¿Y si no lo sentimos porque no lo estamos viviendo como se supone que deberíamos vivirlo?

Ya sé, me pongo un poco filosófica, pero creo que está bien que nos lo preguntemos. Así que ¿cómo te imaginas a ti mismo siendo feliz? ¿Cómo te imaginas que debería ser la felicidad? Cierra los ojos y piénsalo.

En mi caso, me acuerdo de que durante mucho tiempo pensaba que sería feliz cuando me convirtiera en una superyogui. Me imaginaba siempre en calma, siempre con la sonrisa en la boca, siempre zen… Primer espóiler: nunca pasó. Segundo espóiler: menos mal.

¿Qué había de malo?

Mi creencia sobre que ser feliz era estar en calma todo el tiempo. Tenía un conflicto interno, una lucha con mi autoexigencia de que mi felicidad tenía que encontrarla por este camino sí o sí, cuando sabemos que estar siempre en el mismo estado es una utopía y tampoco es lo que necesitamos. Es importante que nuestro sistema nervioso sea flexible y se adapte a cualquier situación. Buscar la felicidad o la regulación emocional no es ser como Buda y estar todo el tiempo en calma, sino saber transitar cada estado (de estrés, de tristeza, de alegría…) sin quedarte atrapado en ninguno de ellos. Pero de eso ya hablaremos más adelante.

De lo que se trataría es de dejar que las emociones fluyan por nosotros sin querer cambiarlas. Cuando esto ocurre las emociones entran y salen sin quedarse estancadas o contenidas en nosotros. Si yo quiero siempre estar en calma, pero por dentro estoy muy enfadada por algo que me ha pasado, estaré conteniendo lo que está sucediendo en este instante. O si estoy nerviosa por dar una charla o una clase, pero hago ver que estoy estupenda y en calma, estoy evitando sentir lo que realmente está sucediendo en mí.

Como veremos, evitar sentir o pensar aquello que está sucediendo ahora hace que esta emoción o pensamiento regrese con más fuerza.

Cada receta de la felicidad es única

Cada persona tiene su propio camino. Cada uno encuentra la felicidad por rutas diferentes. Lo que sí te puedo recomendar es esto: mantente abierto. Experimenta. Prueba. Siente de verdad qué es lo que te sienta bien a ti. No te obsesiones con buscarla solo donde te dicen que está.

Este libro no viene a darte la receta mágica. Lo que queremos es mostrarte ingredientes diferentes, maneras distintas de acercarte a la felicidad, para lo que estudiaremos el cerebro de personas que dicen sentirse felices.

La ciencia ha probado que, si ponemos en marcha estas habilidades, cualquier persona puede ser (más) feliz.

La idea es que tú puedas probar, experimentar y elegir lo que te funcione. Esto es, tú eliges qué ingredientes quieres para preparar tu plato favorito. Porque la receta la creas tú.

Solo te pido una cosa: ábrete. Siente. No te quedes solo en la cabeza.

He escuchado muchas veces frases como estas: «No me dejo ser feliz», «Me saboteo a mí mismo». Y muchas veces eso es lo que ocurre, que la mente impide que sientas las cosas como realmente son.

Así que ahora te hago una pregunta muy sencilla: ¿estás realmente abierto a probar cosas nuevas sin juicio?

No hace falta que me respondas con un sí rotundo. Puedes empezar con pasitos pequeños que tú sientas que, por ahí, sí.

¿Quieres saber cuáles son esos pasos? ¿Quieres descubrir cuáles son los neuropoderes que podemos poner en marcha?

¡Pues allá vamos!

capítulo i

¿Ser feliz es sentir placer?