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Prólogo

UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO DE COENTIES SLIP, LA MANSIÓN EN LA QUE (ESPEJITO) (ESPEJITO) UNA DESPIADADA BRUJA ADOLESCENTE BUSCA ALGÚN TIPO DE FIN DEL MUNDO.

Érase una vez la primera novela de una tal Jessica Hamilton, o Ken Greenhall, y su condición de joya oculta de lo cotidiano sobrenatural.

Por

Laura Fernández

Eso que están viendo es un edificio junto al puerto. El puerto es el puerto de Nueva York. Oh, sí, tanto el edificio como el puerto, y ustedes, están aquí dentro. Aún no han tenido que calzarse sus propias botas para dirigirse, apuesta y galantemente —todo aquí dentro es ligeramente elegante, pero sobre todo es misterioso, porque no está exactamente aquí—, al número 46 de la calle Coenties Slip. Pero sin duda están tratando de decidir si deberían hacerlo. ¿Y saben qué papel me corresponde a mí? El de advertirles de que, si no lo hacen, tal vez se estén perdiendo un, bueno, sobrenatural paseo por El Otro Lado. No ocurre a menudo, déjenme decirles, que un libro se convierta en una especie de puerta, o, digamos, ehm, portal, hacia otro lugar profundamente escondido, sumergido, oculto, a simple vista. ¿Se han decidido ya a calzarse ese par de botas? Oh, no, por supuesto. Es demasiado pronto. Déjenme que les cuente algo más. Algo, pero no demasiado, porque no soy yo quien está a punto de cruzar al otro lado del espejo por una vez.

Así que espejos, ¿eh? ¿Se han preguntado alguna vez por qué se reflejan en ellos? ¿Por qué lo hacemos? ¿No es extraño? ¿De qué forma algo muerto puede contener algo vivo y no resultar, en algún sentido, mágico? ¿Y por qué nos fiamos de lo que vemos? ¿Vemos lo que es, o lo que esperamos ver? Uhm. Retrocedamos un momento. Estábamos en el número 46 de Coenties Slip, e iba a decirles que tal vez les suene Coenties Slip. Es una calle del Distrito Financiero de Manhattan. Oh, sí, está muy cerca de Wall Street. Originalmente, sin embargo, fue una ensenada artificial del río Este para la carga y descarga de barcos. Hoy es una calle peatonal. El edificio que están viendo, el edificio que hay en el número 46, lleva ahí desde la época en la que todo eran muelles y cobertizos y sirenas de barcos prestos a atracar. Puede que Herman Melville lo recordase. Oh, cuando les he dicho que quizá la calle les sonaba, no he especificado que, si se encuentran entre aquellos que han leído Moby Dick, ya han pasado, literariamente, por aquí.

Basta, de hecho, haber ojeado la primera página de la novela para haber estado en ella, porque Ismael, el narrador protagonista, propone que paseemos por ella: «Pasead en torno a la ciudad en las primeras horas de una soñadora tarde de día sabático. Id desde Corlears Hook a Coenties Slip, y desde allí, hacia el norte, por Whitehall. ¿Qué veis?». Oh, podríamos haber visto muchas cosas. Entre ellas, el edificio de oficinas de los Cuttner y, junto a él, la mansión Cuttner, cuyas estancias —oh, sus tenebrosos dormitorios— aún se iluminan con lámparas de gas, y tienen contraventanas, y gruesas cortinas y, adivinen, espejos. Viejos, oxidados y majestuosos espejos que no se limitan a mostrarte aquello que se supone se sitúa ante ellos, sino que atrapan almas. Y ¿qué ocurre con esas almas?

Les presento a Elizabeth Cuttner. Tiene catorce años y, como ella misma dice, solo un estado de ánimo. Y es uno cruel. Nada empático. Es uno casi instrumental. El mundo a su alrededor está lejos, es solo un ruido sordo y molesto. Como molestos son sus padres, y hasta su atractivo tío James, el pequeño Keith y todas esas serpientes que colecciona, la insulsa tía Katherine. Puede que la única que no resulte una especie de presencia etérea y absurda sea la abuela, Martha. Martha es un oráculo, un alguien sagrado, un inclasificable y misterioso pedazo del pasado que no deja de ir cada vez más lejos, ¿o no cuenta Elizabeth que de lo único que habla la abuela cuando se sienta a la mesa cada noche es de la historia familiar, de una familia que ya no existe porque está muerta? Elizabeth tiene un secreto. No, no tiene uno solo. Tiene más de uno. Uno tiene que ver con un espejo que hay en el desván, y otro, con lo que hace en el desván con su tío James, y el tercero, uhm, solo diré que, bueno, está relacionado con: una canoa, una tormenta, un lago, y cosas repugnantes.

Pero el espejo del desván. El desván es por supuesto el desván del 46 de Coenties Slip. Elizabeth está a punto de contarles lo que ve en él. Porque este libro es una confesión. Oh, sí. Cuando se calcen ese par de botas y salgan a la calle que hay aquí dentro, y contemplen el edificio en el puerto, la mansión de los Cuttner, lo harán bajo la mántrica voz de una adolescente que insistirá en recordarles que ha dejado de ser una niña, y que ya es una mujer, y que por eso los hombres la miran como la miran, y por eso Frances la observa. ¿Frances? ¿Quién es Frances? Uhm. Frances es eso que vive en el espejo. Elizabeth cree que nosotros también podríamos verla. Que, quién sabe, quizá los espejos no sean solo espejos. Y algo viva en ellos. La señorita Barton, Anne Barton, la profesora particular de Elizabeth, no quiere ni oír hablar de nadie que viva en ningún espejo, aunque ¿no diría Elizabeth que la señorita Barton, Anne, se parece, en exceso, a alguien? ¿Y no es ese alguien ella? ¿Frances? ¿Cómo...? No, eh, ¿por qué?

Apuesto a que ya se han decidido respecto a lo que sea que van a hacer a continuación. Tal vez han decidido calzarse esas botas y acercarse a Coenties Slip. Mi consejo es que lo hagan. Que se muden por un tiempo a las habitaciones oscuras de la casa, sentarse a tomar el té con Elizabeth, subir al desván y, (EJEM), en fin, verla hacer lo que sea que haga con su tío allí arriba. Van a estar escuchando la voz de Elizabeth todo el tiempo, va a comunicarse telepáticamente, desde aquí, con ustedes. Tal vez les sorprenda la forma de las frases que ha construido Elizabeth para contarles lo que está a punto de contarles. Porque cada frase aquí dentro está cuidadosamente elegida para abandonarles en algún tipo de abismo. Elizabeth no tiene compasión con aquello que la rodea, y la manera en que se relaciona con el mundo —y lo cuenta— tampoco. Cada línea es un algo despiadado, y a la vez, aterradoramente familiar. Pero familiar en un sentido disfuncional y, sobre todo, gótico. Porque, sí, Elizabeth, esta novela que se llama como la adolescente, y bruja, que la narra y protagoniza, es una novela gótica.

¿Adolescente y bruja? Ajá. Al parecer, el año 1976 fue un buen año para regresar a lo sobrenatural. Después de todo, ese año no solo se publicó este encantadoramente maquiavélico coming of age, que pretendía, de alguna forma, revivir la posibilidad de un legado maldito que nada tenía que ver con la inocencia de Samantha Stephens, aquella ama de casa a la que le bastaba con mover ligeramente la nariz para hechizar tontamente a cualquiera. ¿Recuerdan Embrujada? Había domesticado el caos que la posibilidad de tener poderes suponía reduciéndola a la simpleza de limpiar rauda y mágicamente la casa, o servir una cena espectacular. Embrujada estuvo en antena entre 1964 y 1972. No sé en qué momento pidió Ken Greenhall la excedencia de ese lugar en el que trabajaba —era editor de obras de referencia, es decir, enciclopedias, primero formó parte del equipo de la Encyclopedia Americana y luego del de la New Columbia Encyclopedia— para escribir su primera novela, esta novela, Elizabeth, pero sin duda fue después de que Embrujada desapareciese. Y, ¿saben? Pese a su condición aún de joya oculta de lo cotidiano sobrenatural, de alguna forma, devolvió a la (BRUJA) el poder temible perdido.

O, al menos, trató de hacerlo.

No es casualidad, pienso, que el año 1976, el año en el que Ken Greenhall publicó Elizabeth, fuese el año en el que Anne Rice publicó Entrevista con el vampiro, una novela que reinventó y actualizó —hasta un punto que aún no ha sido superado— la figura del (VAMPIRO), a la manera en que Elizabeth hizo lo propio con la de la (BRUJA), proporcionándole una nueva salida, algún tipo de reinicio, o distinción —piensen en el asunto del (ESPEJO)—, que, a la vez, devolvía el misterio, y la ferocidad, la inhumanidad a la adolescencia, entregándose por completo a lo maldito de un género —el terror, y no un terror cualquiera, el terror de Vernon Lee, y Edgar Allan Poe, un gótico retorcido, y viejo, y sin embargo, nuevo— que Stephen King y su Carrie —tal vez el referente más claro de Elizabeth, sobre todo, en cuanto a la asunción de la voz de una mujer joven por parte de un hombre, en este caso, nada joven, pues Greenhall tenía 49 años cuando se estrenó como escritor— habían esquivado para fundar aquello que únicamente aún está al alcance de él mismo, un terror en algún sentido posmoderno en el que el personaje ha dejado de ser una herramienta, y es la propia trama.

Podría decirse que, en eso, Greenhall, que firmó la novela con el nombre de soltera de su madre, Jessica Hamilton —volveré sobre ello en unas líneas, no se preocupen—, sigue los pasos de King. Puesto que Elizabeth Cuttner, como Mary Katherine Blackwood, más conocida como Merricat, la narradora de Siempre hemos vivido en el castillo, el clásico entre los clásicos de Shirley Jackson, da voz a una jovencita aparentemente vulnerable que no lo es en absoluto. La voz de la novela de Jackson, la encantadora y a la vez temible Merricat, es la que engendró, de alguna forma, a todas las demás, puesto que todas las demás —la de Carrie White, la de Elizabeth Cuttner, todo eso que vino después, todo eso que continúa— solo intentaron, y siguen haciéndolo, acercarse a ella. Se diría que Jackson inauguró una (FORMA), la de la confesión, o el flujo de conciencia a la vista —sé que no es así en el caso de King, pero lo es sin duda en el que nos ocupa—, de una chica sobrenaturalmente poderosa. Alguien que, como diría Terry Pratchett, o, mejor, como le dijo Rhianna Pratchett de niña a su famoso padre,[1] «devolvía el golpe». Y lo hacía de una manera en que no lo había hecho nunca.

Pero les he prometido que volvería sobre el asunto de Jessica Hamilton. Lo cierto es que Greenhall no solo firmó esa primera novela con el nombre de su madre. También firmó las dos siguientes. O, al menos, eso fue lo que ponía en su contrato con la editorial del momento. La razón sigue siendo, a día de hoy, un misterio, porque Greenhall también lo es. De él se sabe que nació en Detroit en 1928, y que trabajó como editor de esas enciclopedias. También que su familia procedía de Inglaterra, y que era listo, porque se graduó en el instituto a los 15 años. Luego trabajó en una tienda de discos, y fue reclutado por el ejército —acabó destinado en Alemania—, y vivía en Nueva York cuando pidió una excedencia de su trabajo para escribir Elizabeth. En los 20 años que siguieron, solo publicó otras cinco novelas. No concedió entrevistas. Apenas hay imágenes de él en ninguna parte. Solo he encontrado una fotografía en blanco y negro en la que aparece sonriendo, con un pedazo de biblioteca detrás, y la cara tan decididamente borrosa como la de Frances en el espejo oxidado del desván. Podría tener 50 años. También podría tener 36. Creo que si publicó con el nombre de su madre era porque temía que nadie leyese Elizabeth como debía hacerse, es decir, como había sido escrito, tratando de acercarse lo más posible a lo que podía sentir una adolescente psicópata, si el autor era un hombre. ¿De veras era un hombre el autor de aquel curioso y maquiavélico coming of age en el que la inocencia no existe, en el que toda ingenuidad y pureza ha sido hábil y macabramente extirpada para colocar en su lugar, qué? ¿El Mal? ¿El deseo? Uhm, ¿de veras?

Déjenme decirles una última cosa. No creo en las casualidades. Y algo ocurrió el año 1976. Pero ocurrió algo desigual. Algo que ha permitido a Greenhall pasar desapercibido hasta ahora. Quién sabe por qué. Y que ha permitido que eso que reinventó —la bruja, y su relación con aquello de lo que es capaz, sus poderes— permanezca oculto. Porque, piénsenlo. Ya les he dicho que el año 1976 fue el año en el que Anne Rice publicó Entrevista con el vampiro. Anne Rice había perdido a una hija —una hija pequeña, una hija que ni siquiera había llegado a la adolescencia, una hija de seis años— por culpa de una enfermedad en la sangre, y escribió una novela en la que esa misma enfermedad la haría vivir para siempre, como un Peter Pan del Lado Oscuro. Oh, ¿no ha estado Peter Pan todo el tiempo en ese mismo Lado Oscuro? ¿Qué dirían que es el País de Nunca Jamás? ¿Dónde es que Nunca Jamás vuelve a ocurrirte Nada? ¡Ajá! Disculpen. Continúo. La novela iba a reinventar un género, el de los tipos de los colmillos, los chupasangres, reinventándolos a ellos. Oh, sí, iban a sentir culpa. Iban a volverse, nietzscheanamente, demasiado humanos. Y se iban a engendrar de otra forma. Una forma consciente, una forma maldita, que iba a dotar al vampiro de una profundidad tal que toda su historia podría volver a escribirse, como lleva desde entonces haciéndose.

¿Por qué no ocurrió lo mismo con Elizabeth?

Uhm, es un misterio.

¿Han decidido ya calzarse esas botas?

Porque si lo han hecho, van a compartir conmigo ese misterio a partir de ahora. Y, quién sabe, quizá a asistir a algún tipo de brillante (RESURRECCIÓN).

1

Cuando la abuela desapareció, el cristal del enorme y majestuoso espejo de su dormitorio apareció desperdigado por el suelo en pequeños fragmentos destellantes, como los restos de un vetusto mosaico destruido.

¿Piensas alguna vez en los espejos? Puede que sí. En tu cuarto de baño, quizá, una noche tranquila de domingo, mientras hacías una de esas cosas de las que nunca hablas con nadie. Puede que estuvieras cortándote los pelos que te crecen en la parte más oscura y húmeda de la nariz. Lo único que oías era el sonido de las diminutas tijeras.

Espero que no te moleste que sea tan directa. Recuerda que ya no soy una niña; soy una mujer. Lo dice mi espejo, y lo dicen las miradas de los hombres. De pequeña, vi a James, el hermano de mi padre, mirar a nuestro perro y luego mirarme a mí sin cambiar de expresión. Inmediatamente le enseñé a mirarme a mí de un modo que no tenía nada que ver con la forma en que miraba cualquier otra cosa.

Pero estaba hablando de espejos. ¿Has pensado en cuánto dependes de ellos? ¿Confiarías en tu belleza, o en tu atractivo poco convencional, si tu espejo no te tranquilizara al respecto un puñado de veces al día? A lo mejor te está engañando; puede que tu piel no esté impecable; o puede que la curva sensual e ininterrumpida de tu labio inferior no sea perfecta porque has sido descuidada al pintarla. Lo cierto es que no hay forma de saber si el espejo te muestra lo que ven los demás, o la verdad.

Si has pensado seriamente en los espejos, sabrás que son misteriosos. Si esta noche entraras en tu dormitorio, quizá iluminándote con la llama de una vela, y te sentaras tranquilamente frente al espejo, podrías ver lo que yo he visto. Tendrías que sentarte en silencio, tener paciencia, y no mirarte, y tampoco mirar al espejo. Puede que advirtieras que la imagen que refleja no es la tuya, sino la de alguien excepcional que vivió en otra época.

* * *

Me llamo Elizabeth Cuttner, y tengo catorce años. Sé que mi historia te interesaría más si yo fuese alguien de mediana edad, pero te pido que recuerdes cómo eras a los catorce años. ¿Es posible que fueras más astuta que ahora? Casi seguro que algo te apasionaba por aquel entonces. ¿Y ahora te apasiona algo?

Confieso que hay muchas cosas de las que sé muy poco. Pero hay otras de las que sí sé. Sé, por ejemplo, que hace poco te sentaste a ver la televisión con alguien a quien supuestamente amas y que no pensaste en él ni en lo que veías. Tal vez pensaste con nostalgia o arrepentimiento en algo que te sucedió a los catorce años.

Creo que sé cómo te sientes ante el mundo. Puede que hace dos años no lo supiera, porque era una niña. Pero, como te he dicho, ahora soy una mujer, y no hay sentimiento que hayas experimentado que yo no haya experimentado también. Hasta es posible que haya tenido experiencias importantes que a ti te han sido negadas. Creo que llegarás a convencerte de ello.

Me vine a vivir con mi abuela hace un año, después de matar a mis padres. No quiero parecer insensible. Déjame que te lo explique.

2

Mamá y papá me llevaron de vacaciones a la cabaña familiar de Lake George, en Nueva York. La cabaña siempre me había parecido fascinante y misteriosa. Me interesaban especialmente las inquietantes marcas dejadas por los antiguos inquilinos: unas manchas asombrosas; el pequeño agujero en la pared del baño tapado con un pañuelo deshecho y amarillento; quemaduras de cigarrillo en el borde de la mesa de pino barnizada.

Por la noche, oía el agua golpear las rocas del lago y, medio dormida, a veces lo confundía con el sonido de alguien ahogándose.

Aquella mañana decidí sorprender a mis padres sirviéndoles el desayuno en su cama nada mullida y más bien mohosa. Me desperté al amanecer y puse los pies en el suelo frío, advirtiendo la aspereza allí donde había empezado a desgastarse el barniz. Caminé lentamente por la habitación y, bajo la luz cenicienta, observé un movimiento inesperado que me sobresaltó por un instante, antes de caer en la cuenta de que era mi reflejo en el viejo espejo oxidado que colgaba sobre la cómoda.

Fue entonces cuando oí por primera vez aquella voz que con el tiempo se volvería tan familiar e importante para mí. Era tan distante y suave que pensé que se trataba de una ilusión causada por la estridente oleada de cantos de pájaro que había comenzado con el amanecer.

Me detuve frente al espejo. Tenía los ojos entreabiertos, toqué los bordes exteriores y noté los pequeños depósitos costrosos que se habían formado allí durante la noche. Me agaché, sujeté el dobladillo de mi camisón arrugado y me lo quité por la cabeza. Volví a mirarme al espejo, me aparté, temblando, y tuve la sensación de que un extraño me había estado observando. Disfruté de esa sensación.

—Desayuno. He traído el desayuno.

Mis padres no estaban dormidos y su cara de sorpresa estaba teñida tanto de gratitud como de fastidio. Papá se frotó su pálida mejilla, y me pareció que bufaba como un gato. Aún no había tenido tiempo de adoptar la expresión de confianza y resolución de la que solía presumir. Y lo vi tal como mi madre y yo sabíamos que era. Tenía una hilera de arañazos rosados en el pecho.

Mi madre se había sonrojado. Levantó la sábana para cubrirse los pechos. Ella y mi padre querían hacerme creer que no había nada vergonzoso en el cuerpo humano, pero los tres sabíamos que no era así.

Debería de haber un rayo de sol brillando sobre las yemas líquidas de los huevos que había frito, pero ese día no había sol. Coloqué la bandeja sobre sus muslos, en la cama. Me senté al lado de papá. Él me rodeó con el brazo y apretó su áspera mejilla contra la mía. Me dio un beso y yo acerqué mis dedos a los arañazos del pecho. Su aliento estaba agrio por el whisky de la noche anterior. Papá tenía lo que mamá llamaba un problema con la bebida, y que él consideraba un gusto por la vida.

Mamá hundió la punta de su tostada en la yema de uno de los huevos, liberando el cálido y radiante líquido. Todos sonreímos, pero nadie dijo nada. Me di cuenta de que los pájaros se habían callado y que se había levantado viento.

Esa mañana caminé por el bosque. Siempre me ha gustado la soledad, y me excita especialmente estar rodeada de seres no humanos. Tal vez creas que las cosas que viven en el bosque son agradables. No sé cómo puedes pensar algo así. Lo más probable es que no te hayas fijado bien, y solo veas florecitas y ardillas. ¿Qué me dices de los topos y los hongos? Aquella mañana vi de los unos y de los otros. El topo estaba muerto, y su delicado pelaje estaba plagado de hormigas. Los hongos eran de un naranja deslumbrante, y brillaban casi fosforescentes en la penumbra que atravesaba el espeso follaje estival de los árboles.

En nuestros bosques también hay carteles que advierten de la presencia de serpientes de cascabel y que dan instrucciones sobre cómo tratar las mordeduras. Me detuve a leer uno de los carteles, consciente de la vida oculta que me rodeaba y preguntándome qué me encontraría si trataba de levantar la roca sobre la que me había sentado.

No estaba lejos de la cabaña, y por los ruidos que oía, supe que mamá estaba fregando los platos del desayuno y que papá se estaba duchando. Platos baratos y desparejados golpeando el fregadero, y el chorro irregular de la ducha retumbando contra las delgadas paredes metálicas.

Los dos estaban cantando. Dudo de que se supieran una canción entera, pero sí se sabían pedazos de muchas, y construían confusos collages con esos pedazos. Casi todas eran canciones de amor. Por lo que sé, mis padres no se querían, pero como mucha gente, sentían que debían hacerlo. Yo nunca he sentido la necesidad de amar a nadie.

Estaba a punto de volver a la cabaña cuando algo se movió en el suelo delante de mí. Me detuve y contemplé la tierra húmeda, cubierta de plantas podridas, extasiada por su olor a cosa muerta. Percibí otro destello de movimiento y, al instante, vi junto a mis pies a la criatura más fascinante que había observado nunca. Decidí que debía de ser un sapo. Era del color de la carne en descomposición y estaba repleto de verrugas de un verde negruzco. Lo cogí. Sentí como si estuviera sosteniendo la mano de un enano muerto. El sapo no se resistió, sino que se acomodó en mi mano y me miró fijamente, con aquellos ojos que parecían un par de diminutas uvas peladas. Nos observamos durante unos minutos, y sentí su corazón latir en mi mano. Mi propio corazón latía apresuradamente, a causa de una excitación que al principio parecía miedo. Pero al observar a la criatura que descansaba tranquilamente en mi mano, me di cuenta de que no tenía miedo. Apreté el sapo suavemente contra mi pecho. Parecía como si nuestros corazones latieran a la misma velocidad.

No podía soltar al sapo, pese a que era muy feo. No hizo ningún esfuerzo por escaparse, así que decidí llevármelo a la cabaña.

Papá estaba en el porche, contemplando el lago, y lo que se cernía sobre él, Tongue Mountain. Llevaba puesto el bañador, y sostenía un vaso de whisky. La niebla que tapaba la montaña se estaba disipando. El viento era frío, y el cielo gris se estaba llenando de nubes negras. Papá se estremeció. Su piel amarillenta y sin vida me hizo pensar en las hileras de carne de pollo expuestas en el mercado. Tenía las piernas delgadas, pero una barriga enorme se apostaba en la parte superior del bañador. ¿Era consciente de lo poco atractivo que resultaba?

Sonrió al verme.

—¿Te apetece dar un paseo en canoa? —me preguntó.

—Vale. Pero antes voy a dejar esto dentro.

Abrí la mano y le mostré el sapo. Papá se acercó y lo contempló. Se asustó, yo sabía que lo haría. Bebió un poco de whisky y me preguntó:

—¿No tienes miedo de que te salgan verrugas?

—No. He decidido que va a ser mi mascota.

Papá me miró, serio. Traté de imaginarme lo que estaba pensando. Era algo que tenía que hacer a menudo, porque se le daba bien ocultar lo que fuese que estuviera pensando. Mi padre era corredor de Bolsa, y una vez me dijo que el secreto de vender acciones consistía en evitarles a los clientes verdades desagradables. Debía tener razón, porque ganaba mucho dinero. Pero supongo que es más fácil evitar una verdad desagradable cuando se trata de un negocio, porque en otros ámbitos de la vida no lo es tanto. Sin ir más lejos, yo lo había visto tropezarse, y vomitar. Y también meterle mano a Miranda, mi amiga del colegio.

La puerta mosquitera se cerró de golpe, y ahí estaba mamá.

—¿Qué estáis haciendo? —preguntó.

Papá pareció aliviado.

—Nuestra hija ha cazado una bestia.

Mamá llevaba sandalias, y mientras caminaba por el porche en nuestra dirección recordé que sus pies eran la cosa menos atractiva que tenía. Me gustaba imaginar que los dedos torcidos y las desagradables protuberancias en forma de alguna clase de cuerno eran consecuencia de las torturas que había sufrido de joven.

A mamá le fascinó el sapo.

—Qué mono —dijo—. ¿Qué piensas hacer con él?

—Va a esperar hasta quedarse sola —dijo papá—. Y luego lo besará, a ver si se convierte en un príncipe.

Era algo en lo que no había pensado, pero cuando papá lo sugirió, supe que besaría al sapo. Aunque no estaría pensando en príncipes.

—Qué emocionante —dijo mamá. Acercó la cara al sapo—. Supongo que no querrás compartir a tu príncipe conmigo —dijo.

Papá se molestó.

—¿Por qué será que a las mujeres bonitas les atraen las cosas feas?

Mamá sonrió.

—¿No es una suerte para ti que sea así?

Estaba jugando a su juego favorito. La idea era decir algo cruel fingiendo que era broma. Si papá se ofendía, dejaba claro que era incapaz de soportar una broma y perdía. Sabía que la única manera de no perder era sonreír y devolver el golpe con un insulto.

—Oh, no me refería a ti, querida —dijo—. He dicho mujeres bonitas.

Papá nunca ganaba en aquel juego porque, a diferencia de mamá, rara vez sentía lo que había dicho. Le tocaba a mamá. Dijo:

—Tus opiniones sobre la belleza carecen de autoridad, cariño, igual que el resto de tus opiniones, a excepción de aquellas que tienen que ver con los negocios o el alcohol.

Papá se rio, lo cual significaba que había sido derrotado. Odié a mamá por empezar el juego, y odié a papá por perderlo.

—¿Damos ya ese paseo en canoa? —pregunté.

Papá agradeció que cambiase de tema. Observó el lago, el delicado oleaje.

—Me parece que el lago está un poco agitado, Elizabeth. Quizá por la tarde mejore.

—No te parecía que estuviera agitado hace cinco minutos.

—Ahora lo está mucho más.

No estaba nada agitado. Solo era que mamá lo había deprimido. Quería quedarse allí y beber.

—Creo que voy a ponerme algo encima —dijo. Se bebió lo que le quedaba en el vaso y se metió en la cabaña.

Mamá lo observó complacida. Me dijo:

—¿Por qué no vas a buscarle una casa a tu sapo? Hay cajas vacías en el armario. Yo bajaré al muelle.

Supuse que iba a dar un paseo en canoa.

La cabaña estaba a oscuras. Papá estaba en el baño. Me metí en mi habitación, cerré la puerta y puse al sapo sobre la cómoda. No se había movido desde que lo cogí. Fuera, el viento soplaba con fuerza, y el roce con los árboles convertía el sonido en una suerte de respiración agitada. Miré al sapo fijamente. Le pregunté:

—¿Tienes nombre? ¿Tendrás uno si te beso?

No se movió. Lo alcé y acerqué su piel fría y repleta de verrugas a mi mejilla. Mis manos rodearon su cuerpo y presioné su cabeza contra mi boca, suavemente.

El viento sopló con más fuerza, como un jadeo cercano e interminable, y al separar ligeramente los labios y presionarlos contra su tripa, oí susurrar un nombre. ¿Core? ¿Gore? Sí, era Gore.

Mi corazón latía con fuerza, y una vez más sentí la necesidad de estrechar el sapo contra mi pecho. Pero esta vez me desabroché la blusa. Coloqué con cuidado al animal entre mis pechos y sentí sus patitas frías rozando mi piel. Levanté la vista hacia el espejo, y allí, bajo la tenue luz tormentosa, vi una cara que no era la mía. Cerré los ojos y oí susurrar mi nombre:

—Elizabeth. Mírame, Elizabeth.

Abrí los ojos. El espejo me devolvía una imagen borrosa, pero estaba claro que no era la mía. Miré a aquella figura fijamente durante un momento y, poco a poco, una sensación de terror se fue apoderando de mí. La cara me sonreía indecisa. No era una mujer joven, sino alguien que parecía tener la edad de mi madre: una mujer de pelo oscuro, peinado hacia atrás, y con raya en el medio. La cara estaba envuelta en la oscuridad, no podía ver su cuerpo. Podría llevar una túnica negra.

Volví a escuchar su voz, aunque su boca no se había movido.

—No me tengas miedo, Elizabeth. He venido a ayudarte. Me crees, ¿verdad?

—Sí.

—Puedes llamarme Frances.

—Sí, Frances.

No sé en qué estaba pensando cuando le contesté. Pero, pese a lo que dije, tenía miedo. Me estremecí y recordé el sapo. Volví a dejarlo en la cómoda, y me abotoné la blusa. Cuando lo hice, la imagen del espejo se desvaneció y empecé a reconocer mis propios rasgos, pálidos y totalmente en shock.

La voz también se había desvanecido, pero aún la oía.

—Elizabeth —susurró—. No me dejes.

Me alejé del espejo y la voz desapareció.

No te crees nada de lo que acabo de contarte, ¿verdad? Pero en cambio crees que el hombre ha pisado la Luna; que dejaron bolsas de orina allí para que se congelaran en las sombras. No me importa que creas que me he imaginado cosas. No me importa, porque sé que hay una parte de ti que me creería si se lo permitieras.