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Prólogo

Poco después de marcharme de Cambridge, a los treinta y pocos, me di cuenta de lo mucho que echaba de menos a mis amigos de allí. Una vez me hube instalado en Nueva York, empecé a escribirles. En aquellos tiempos, el correo electrónico no existía, por lo que, aparte de las carísimas conferencias de larga distancia, lo único que tenía eran las cartas; cartas largas, puntillosamente detalladas, en las que relataba incidentes y sentimientos que, en conversaciones normales del día a día, tal vez había sido reacio a abordar. Sobre el papel, no obstante, me sinceraba con enorme prodigalidad; sin tapujos, escribía lo importantísima que había sido para mí su amistad y cuánto añoraba nuestros paseos nocturnos, cuando cerrábamos los libros para ir de bar en bar. A otros les escribía cuánto echaba de menos las tardes de domingo en las que, de buenas a primeras, se nos hacía de noche bebiendo vinos de añadas selectas, y entonces nos dábamos cuenta de que la cena no se iba a hacer sola y alguien se ponía manos a la obra. Quería mucho a esos amigos que se quedaron en Cambridge y seguían recordándome un ritmo de vida que parecía mucho más flexible que el áspero toque de corneta de los despertares en Nueva York.

Las cartas que les enviaba eran efusivas. Los echaba de menos. Eso era innegable, pero había momentos en los que, al firmarlas y lamer el sobre, me asaltaba la duda de si había sido completamente sincero con ellos. ¿Sentía tanta nostalgia por Cambridge como decía? ¿Eran mis lamentos el resultado de haberme mudado a una ciudad en la que no conocía a nadie? O, como empezaba a sospechar, ¿acaso el acto de escribir y contarles cuánto añoraba nuestros bares y sus jardines sumaba nostalgia ficticia a la real? Dicho de otra manera, ¿acaso el acto de rememorar arrojaba un aura luminosa que existía no tanto en la realidad, sino en las frases cadenciosas, puestas bajo el foco en el papel?

El lenguaje siempre es retórico, incluso cuando no se pretende que lo sea.

Quizá fue por esa razón —sumada a la lectura de la tesis doctoral de Mattia Mossali, dedicada en buena medida a esta novela— por la que Habitaciones separadas, de Pier Vittorio Tondelli, me apeló de inmediato.

La obra cuenta la historia de la atracción visceral e indomable entre dos hombres —Leo, escritor italiano de treinta y dos años; Thomas, pianista, alemán y notablemente más joven— que enseguida se convierte en un amor muy poderoso. En mi lectura, hubo una frase en particular que destacó y me dijo que no estaba en manos de un escritor ocasional, sino de alguien que había sondeado sus verdaderas, complejas y a menudo enmarañadas emociones. La capacidad de Tondelli para explorar y articular esas fuerzas contradictorias me cautivó; presagiaba un escritor que no se contentaba con respuestas simples. Cuando pronuncia esa frase portentosa, Thomas sabe que es el compañero de vida de Leo, pero se siente atrapado en los márgenes de la relación cada vez que Leo desaparece o necesita viajar por trabajo, como periodista, o se retira a su vida sombría y solitaria. «Tú me quieres tener lejos para poder escribirme», dice. «Si yo viviera contigo, no escribirías tus cartas. Y no podrías pensar en mí como en un personaje de tu puesta en escena» (p. 216). Sin duda, eso era lo que me pasaba con mis amigos de Cambridge. Los necesitaba a una cierta distancia para transmitirles mi amor. De tenerlos cerca, hablar hubiese sido un medio fácilmente suficiente, pero la escritura implicaba algo mucho más complejo. La escritura se nutre de la distancia, pero, del mismo modo, también puede alimentar esa distancia. La escritura, tal y como estaba descubriendo entonces, nunca trata de lo obvio, sino que ha de excavar en lo obvio y darle palabras nuevas.

Esa es la razón por la que Leo necesita privacidad, soledad, espacio. Ama a Thomas, pero no puede vivir con él. Con sus propias palabras, la suya es «una relación de contigüidad, de pertenencia, pero no de posesión» (p. 207), de ahí surge la explicación del título de la novela: Habitaciones separadas.

Pero la relación de Leo y Thomas no empieza así. Las cosas se suceden bastante rápido cuando, tras cruzarse en una fiesta en París y conocerse algo mejor en otra, también en la misma ciudad, ambos se dan cuenta de que su atracción ha sido inmediata, con «[una energía que saca fuerza solo de sí misma], de los contactos fingidamente casuales, de los ligeros roces, de las miradas mudas» (p. 33). No se han dicho ni una palabra, pero ya lo saben.

Quedan en verse en un concierto de rock. En un primer momento, a Leo le cuesta dar con Thomas entre la multitud, pero al final lo encuentra y su conexión es instantánea. Su amor, como escribe Tondelli, es, simple y llanamente, «épico». Viajan mucho juntos y Leo está constantemente recorriendo mundo, pero siempre vuelve a buscar a Thomas y Thomas siempre está dispuesto a recibirlo.

Lo único que necesita Leo —por volver a decirlo a mi manera— es espacio.

La cuestión se pone negro sobre blanco cuando, inmediatamente después de que Leo se vaya en tren, Thomas, acongojadísimo, se presenta en el portal de su edificio y llama al telefonillo. «Me quiero quedar y vivir contigo», le dice en cuanto Leo lo deja pasar. A lo que este le responde: «Entonces ¿de verdad has decidido vivir en Italia?» (p. 201).

Thomas no había ido hasta allí para vivir en Italia, sino para vivir con Leo. Y Leo lo sabe.

Al final acaban discutiendo, como ya les había sucedido a menudo en el pasado, pero, como escribe Tondelli: «Siempre acababan otra vez juntos» (p. 79). Thomas se marcha del piso de Leo. En el rellano, mientras espera a que llegue el ascensor, oye a Leo cerrar la puerta y pasar la cadenilla.

Ante esa escena, uno se espera una ruptura definitiva. Pero no. Su amor es ilimitado, aunque el amor, incluso cuando es perfecto, no deja de ser un acuerdo disfuncional.

El problema no es solo que Leo quiere que tengan sus proverbiales habitaciones separadas, donde él pueda «seguir siendo un amante separado, […] seguir soñando con su amor y no permitir que se enfangara en la cotidianidad». El problema es que «al vivir juntos, uno se habría convertido en la caricatura del otro, como dos obscenos y acicalados dióscuros en el escenario de un cabaret de Berlín» (pp. 202-203).

Lo que Leo no puede entender —y aquí es importante recordar que la novela se publicó en 1989 y, por tanto, se escribió a finales de los años ochenta— es que el patrón de vida homosexual era de lo más indefinido. Leo «no disponía ni de modelos de comportamiento que seguir, ni de experiencias que reciclar y a las que recurrir en los titubeos de la relación. Sabía que el amor que él sentía aún por Thomas no sería suficiente. Acabarían devorándose, y él no quería eso. Se lastimarían, se dejarían. Vivir juntos significaba creer en un valor que no eran capaces de reconocer. ¿Dónde habría ido a parar su amor?» (pp. 201-202).

Por eso, la novela de Tondelli, por mucho que apelara al público de principios de los noventa, también proponía un tipo de relación que tal vez la comunidad considerara de lo más inusual. Pues, aunque no cabe duda de que se aman y se desean, Leo y Thomas no viven juntos. Tondelli no solo se resiste a las normas establecidas para parejas homosexuales, sino que va un paso más allá a la hora de hablar de parejas gay ya «normalizadas»:

¿Tenían a la fuerza que normalizar una relación que la sociedad, como norma, no podía de hecho aceptar? ¿No se habrían convertido en la imagen de ese tipo grotesco de convivencia entre homosexuales en el que uno siempre cocina y el otro va siempre al mercado a hacer la compra? ¿En la que dos amantes se parecen en las actitudes, en las maneras, incluso en las expresiones del rostro, hasta el punto de convertirse en dos patéticos replicantes de un mismo, insostenible, imaginario masculino, castrado y afeminado? ¿No se convertirían con el transcurso del tiempo en dos androides histéricos, a punto siempre de meterse pullas en las conversaciones, con la tez un poco demasiado brillante y estirada y bronceada, y el pelo siempre un poco demasiado perfecto para ocultar, al milímetro, la calvicie? (p. 202).

Lo que Leo quiere es algo completamente diferente. Quiere intimidad, tanto física como emocional, pero necesita espacio. ¿Puede el mundo amoldarse a eso? ¿Y Thomas? ¿Y el propio Leo?

Un día, Thomas le dice que está viendo a una mujer llamada Susann. Leo se queda completamente descolocado. Susann no pone en peligro su relación con Thomas, pero a él le molesta su intromisión en la vida de ambos. Lo que Leo deja fuera de la ecuación es que su necesidad de privacidad y soledad ya complica la relación. Susann llena un espacio que ya estaba parcialmente vacío.

Al inicio de la novela sabemos que Thomas ha muerto.

Su fallecimiento no solo deja a Leo hundido en la pena, sino totalmente desnortado; incapaz de seguir adelante. De hecho, más adelante no hay nada. Después de Thomas, otra relación es simplemente impensable. La existencia vacía de Leo se convierte en su nuevo modo de vida. Sus amigos lo critican, algunos incluso le recuerdan que Thomas no era más que un fulanito sin futuro en el mundo de la música con el que se acostó en una fiesta en París, pero con quien apenas pasaba tiempo. Leo necesita despertar.

Pero Leo no encuentra otro amor. Recupera viejas amistades con las que había perdido la relación o a quienes había abandonado, tal vez sin querer. Llega un momento en el que traba nuevas amistades, pero la novela es un lienzo jaspeado de recuerdos de Thomas. Vaga por el mundo buscando experiencias o escapando de ellas, experiencias que es incapaz de nombrar o comprender, pero entonces recuerda viajes con Thomas que le depararon mucha alegría y mucho amor, y que ahora son cosa del pasado.

Ese despertar que tanto le desean sus amigos nunca llega.

Hasta que llega, de una manera tangencial, discreta, casi accidental. Un despertar que lleva tiempo buscándolo, tanto en los recuerdos de Thomas como en sus adentros, remontándose a sus primeros años de infancia. Tiene que ver con su capacidad para escribir «lo que los demás se complacen en callar» (p. 247). Eso también explica el genio de Habitaciones separadas, pues es una novela excepcionalmente conmovedora, pero, al mismo tiempo, excepcionalmente lúcida, ya que se entreteje a través de los hilos enmarañados de lo que Leo intenta desenterrar y diseccionar de sí mismo de manera desesperada.

Es ahí cuando le salta a los ojos. La razón por la que necesitaba habitaciones separadas no podía ser más sencilla: Leo siempre ha estado separado del mundo que le rodeaba porque, al contrario que los demás, es escritor. Porque es diferente. «No está arraigado en ninguna ciudad. No tiene una familia, no tiene hijos, no tiene una casa propia reconocible como “el hogar”» (p. 19). Algo que es todavía más relevante es que su sexualidad subraya esa diferencia: «Pero sobre todo no tiene un compañero, está soltero, está solo» (p. 19). Escribe Tondelli:

Si con Thomas no funcionó, si su vida sentimental es un desastre, si en lo más profundo está inquieto y no encontrará nunca la paz, es porque él es diferente y se tiene que construir una escala de valores partiendo precisamente de esa diversidad suya (p. 247).

Su hogar hunde sus cimientos en su capacidad para escribir sobre su amor y el de Thomas, y sobre la pérdida de ese amor. Para él, la escritura y el amor son una sola cosa. Solo tardó unos años en verlo después de lo de Thomas.

Lo que es verdaderamente triste es que el propio Tondelli murió el 16 de diciembre de 1991 por complicaciones derivadas del sida. Tenía treinta y seis años.

Mi vida en Nueva York no se vio empañada por la muerte de ningún ser querido, pero sí que había perdido ya a personas a las que quería mucho y que eran, lo sabía, irremplazables. Años más tarde, esas dos almas que me habían invitado a su jardín tantas veces en aquellas gloriosas tardes de domingo a beber Château Beychevelle y Château Cos d’Estournel murieron de sendas maneras ignominiosas: ella, en un incendio que redujo su casa a cenizas; él, en una cama de hospital, mientras todos los que lo querían esperaban noticias, sabiendo que cuanto más tiempo siguiera en coma, más pequeñas eran sus posibilidades. Nunca me despedí de ellos. Pero llevo años despidiéndome, aunque nunca sospechara que un día fueran a desaparecer de mi vida, del mismo modo que Leo nunca pensó que Thomas se iría de la suya. Con mis amigos muertos tal vez he exagerado lo cercanos que eran; tal vez estaba estilizando cuánto los echaba de menos, pero también sabía que lo que la escritura me hacía decir era más deliberado, más genuino, más sentido y, a fin de cuentas, más disfrutable que lo que podría haber dicho en una apresurada llamada telefónica desde Nueva York.

A veces, uno no solo ama a las personas o los lugares, sino el hecho de escribir sobre su amor por ellos. La escritura encuentra el amor y lo aviva cuando todo lo demás ha desaparecido. Yo escribía desde el amor y con amor, ya notando que cuando alguien desaparece de nuestra vida lo único que nos queda son palabras.

ANDRÉ ACIMAN, Nueva York, 2024