IAN
La vida se compone de las consecuencias de nuestras elecciones y es una mierda, porque la mayoría de las veces no podemos elegir, aunque creamos que sí. Ian no tiene elección. Su puño impacta contra Parker una y otra vez mientras escucha cómo su mandíbula se quiebra. Hay sangre por todas partes; en la ropa, en el suelo, en sus manos. Apenas puede reconocer a Parker, solo puede pensar en Sasha, en sus padres y en si alguna vez todo este dolor los dejará en paz.
Ciego por la rabia, Ian le pega una y otra vez hasta que Parker cae al suelo con un golpe seco. Oye su risa y comprende que no es suficiente, no mientras siga respirando.
Ian se agacha y lo sostiene del cuello de la camiseta para continuar golpeándolo. Quiere arrancarle la risa que no deja de taladrarle los oídos, borrarle la puta sonrisa de la cara, destruir lo malo que habita en él. Quiere recuperar todo lo que él le ha robado a su hermano.
Está a punto de asestarle otro golpe cuando la sonrisa de Parker se transforma, volviéndose más amplia y grotesca. Parker ya no está, ahora es su padre quien le devuelve la mirada; ensangrentado, vivo, con esa mirada vacía que todavía lo atormenta cada vez que cierra los ojos. La sonrisa de un asesino que se atrevió a robarle el alma cuando apenas conocía el significado de vivir. Ian arremete contra él sin un ápice de piedad, le pega hasta que la sangre oculta el rostro de su padre. Pero sigue vivo. Está vivo y, mientras siga respirando, ni su hermano ni él estarán a salvo. Tiene que acabar con el pasado para poder enterrarlo.
Ian está a punto de asestarle el golpe mortal cuando se da cuenta de que ya no son los ojos de su padre los que lo miran desafiantes.
Un ojo azul y otro verde salpicado de marrón.
Los ojos de su madre.
Sus ojos.
Él.
Es Ian. El viejo Ian. Desafiante, asustado, quebradizo. El niño que todavía lucha contra las pesadillas de un pasado que ha quedado muy atrás. El niño del que no puede deshacerse porque vive dentro de él. Es él y no es él.
Asqueado con su propia visión, se echa hacia atrás.
El niño que una vez fue no se mueve. Lo mira con una media sonrisa.
—Cobarde.
—¡Cállate! —le grita Ian.
—Mátame.
—¡Que te calles!
—Hazlo, termina de una vez.
Ian se tapa los oídos con las manos, pero eso no impide que pueda seguir escuchándolo.
—Mátame. Mátalos a todos. —Ian menea la cabeza, negándose a escucharlo—. Por Sasha.
La mención de su hermano consigue que Ian alce la vista. Comprende por qué le está pidiendo que lo mate. Jamás podrá avanzar. No podrá arriesgarse. Nunca será feliz. No mientras ese niño siga vivo. No mientras las heridas continúen sangrando. No mientras siga viendo a su madre cada vez que se mira al espejo. No mientras continúe escuchando la risa de su padre.
Ian ya no quiere ser uno de ellos. No desea ser él. Quiere vivir sin ese peso muerto que lo hace deambular por la vida arrastrándose, sin llegar a ninguna parte. No matarlos también es una elección. Y entonces elige: lo mata. Lo mata de la única manera en que puede hacerlo. No a golpes, no con sus puños, no con dolor. Lo mata dejándolo atrás, liberándolo.
—Gracias —escucha que le dice la voz de un niño que ya no reconoce.
Ian observa cómo otro niño se acerca y se acuesta junto a él, boca abajo, con la barbilla apoyada sobre su hombro. Sasha. Ian lo libera también a él y ruega para sí mismo que su hermano consiga hacerlo algún día, que se libere de todo el peso que le impide vivir.
Cuando Ian se despierta, con el cuerpo todavía en tensión y empapado en sudor, se encuentra con los ojos verdes de Nat a un palmo de su cara. Está acostada junto a él, con la barbilla apoyada sobre su hombro del mismo modo en que lo hacía su hermano en el sueño.
—Solo ha sido una pesadilla —murmura ella.
No, ha sido más que eso. Ha sido el grito desesperado de un niño que a pesar del tiempo todavía sigue luchando.
—¿Estás bien? —pregunta Nat al darse cuenta de que Ian no tiene intención de decir nada.
—No lo sé.
Y es la verdad. No tiene ni puta idea de nada. De pronto, los recuerdos de la noche anterior le golpean: su hermano, la súplica impresa en su voz cuando lo llamó, su cuerpo tembloroso, sus lágrimas, su voz desgarrada implorando perdón. El olor a vómito de su hermano, su esperanza rota, su vida jodida otra vez. Recuerda el odio que se le inyectó en la piel cuando cogió el coche dispuesto a acabar con Oscar y Parker con sus propias manos. La razón luchando contra las entrañas. El odio luchando contra el amor.
Ian había estado a punto de bajarse de ese coche y arruinarse la vida. Lo habría hecho de no haber oído la voz de su hermano, de no haber recordado la promesa que le hizo. «No voy a dejarte solo. Siempre estaré aquí». De haber cedido a su rabia, de haber entrado en aquel edificio, de haber hecho justicia con sus propias manos, le habría arrancado la vida a su hermano. Ellos habrían ganado. Fue aquella promesa la que evitó que perdiera lo poco que le quedaba: su libertad.
Por Sasha, solo por él, Ian arrancó de nuevo el coche y se detuvo en la primera comisaría que encontró. Por Sasha ignoró todo ese odio que supuraba su alma.
Una vez puesta la denuncia, la rabia había dado paso al miedo. Miedo a que su hermano volviera a odiarlo por haber actuado por su propia cuenta, como ya hizo cuando denunció a su padre y terminaron en un orfanato. Un miedo que lo había llevado a buscar a la única persona con quien podía compartirlo sin sentirse juzgado: Nat.
—¿Ian? —lo llama Nat otra vez sacándolo de sus pensamientos.
—Estoy aquí.
—No lo parece —replica ella trazando círculos sobre su pecho.
—¿Qué hora es? —pregunta él al ver que la luz entra por la ventana.
—De día —contesta ella mientras continúa dibujando con sus dedos.
Ian la agarra de la mano para detenerla.
—Tengo que irme.
Nat levanta la cabeza y sus ojos se detienen en sus manos unidas.
—Vale —contesta sin soltarse.
Él tampoco lo hace. La está mirando y ella le devuelve la mirada. Sin que ninguno de los dos sepa bien cómo ha sucedido, de repente se están besando con desesperación. Nat se sienta a horcajadas sobre él y lo besa con el mismo ímpetu con el que lo besó en aquella fiesta. Olvidar. Ian no puede pensar en nada más mientras Nat le sube la camiseta y devora su boca. Enardecido por el calor de sus cuerpos frotándose, Ian la agarra de la coleta y le echa la cabeza hacia atrás para dejarle el cuello expuesto. La besa y la muerde como otras tantas veces ha hecho, buscando su sumisión. Se conoce su cuerpo de memoria, sabe dónde tocar para hacerla arder. Pero Nat no se lo pone fácil. Lo agarra del pelo para apartarlo y vuelve a poseer sus labios, mordiéndole la lengua hasta que percibe el sabor metálico de la sangre.
Ian sonríe antes de hacer uso de su fuerza para darle la vuelta e invertir las posiciones. Ahora es él quien está encima y el que la besa con rabia. Nat tira del cuello de su camiseta tan fuerte que Ian oye el crujido de la tela al rasgarse. Ella sonríe antes de ayudarlo a quitarse lo que queda de la camiseta y después se deshace de la suya. Nat lo besa y lo empuja, pero él no cede ante ella. Se coloca entre sus piernas buscando sentir algo que le haga olvidar mientras le aprieta los pechos por encima de la tela.
Nat gime al tiempo que le clava las uñas en la espalda. Ian cierra los ojos para no ver cómo la habitación da vueltas en torno a ellos. Sus labios se pierden en el pecho de Nat, besando y mordiendo sin ninguna delicadeza. ¿Qué cojones están haciendo? Se han convertido en dos animales rabiosos buscando asestar su dolor en alguien, olvidando a base de besos afilados, caricias ásperas y roces bruscos. Nat le araña la espalda con tanta fuerza que Ian se ve obligado a cogerla de las muñecas y sostenérselas por encima de los hombros. Se aparta de ella para mirarla. Están empapados de sudor y respiran con dificultad.
—¿Contra quién luchamos? —le pregunta él.
Se miran desorientados. Hay un sinfín de preguntas flotando entre ellos y la respuesta está ahí, clara y concisa; la respuesta son ellos. Ninguno de los dos quiere esto. Nat esboza una pequeña sonrisa que a Ian se le pega, y enseguida rompen a reír como nunca lo han hecho, olvidando durante unos segundos que sus vidas están tan rotas como ellos.
Acostados de espaldas sobre la cama, se miran a los ojos, todavía con la sonrisa en los labios.
—No soy lesbiana.
—Me alegra saber que no he perdido mi encanto.
—Lo mismo digo —contesta ella dirigiendo los ojos hacia su entrepierna.
La sonrisa de Ian no tarda en desaparecer de sus labios, de la misma manera en que desaparece ese deseo violento por querer olvidarse de todo. De la noche de mierda y también de Amy. No ha hecho nada malo y, sin embargo, se siente como una puta mierda. Es como si volviera a ver su dolor en aquella fiesta. Quiere olvidarla y, al mismo tiempo, no quiere hacerlo. Debería ser fácil. Debería poder follarse a Nat. Es Nat, joder, no sería la primera vez. ¿Por qué no puede? ¿Por qué ha sentido como si mordiera arena cuando sus dientes se han clavado en el cuerpo de Nat? ¿Por qué no puede quitarse las putas ganas de querer morder a Amy? ¿Por qué cojones está pensando en ella? En su piel. Su olor. Sus gemidos. ¿Por qué? ¿Por qué ha tenido que acabar así? ¿Qué elección ha hecho mal? Y entonces el rostro del puto Parker vuelve a asomarse entre sus recuerdos y toda esa rabia que ha conseguido apaciguar regresa a él. Si le ha hecho algo, si le ha tocado un pelo… Joder.
No puede pensar en eso.
—¿Qué ha pasado con Dana? —le pregunta a Nat para apartar todos esos pensamientos de su mente.
—Se ha acabado.
Ian se vuelve para mirarla y no tarda en descubrir el dolor en su rostro a pesar de lo mucho que esta se esfuerza por ocultarlo.
—¿Estás segura?
—Sí. No. No lo sé.
Él se queda callado, porque entiende lo que implica esa respuesta y todo el ruido que debe de tener dentro; las dudas, los miedos, el no saber. Ian la conoce bien. Nat está librando su propia batalla consigo misma y solo ella puede decidir si quiere ganar o si prefiere darse por vencida. Ian espera que esta vez sepa elegir bien, espera de corazón que se dé cuenta de lo que siente.
—Ni mucho ni poco —dice Nat colocándose de lado y apoyando la cabeza en un brazo—. Un amor en su justa medida. ¿Crees que existe?
Ian la mira. ¿Amor? Sí, tal vez. ¿En su justa medida? No. O, al menos, no para ellos. Ella habla de un amor apagado y, al mismo tiempo, vivo. Un amor que sea calma, paraguas, balsa. Que no sea fuego ni hielo. ¿Cómo podría el fuego no quemar?
—¿Es lo que quieres? —pregunta Ian sabiendo que Nat no podría conformarse con eso, ni él tampoco. No ahora que sabe lo que es caminar sobre las putas llamas hasta quemarse vivo.
Nat se echa a reír.
—No, joder. ¿Y tú?
—Ni de coña. —Ian se incorpora y se acerca a ella. La besa en la mejilla y la acaricia con el dorso de la mano—. Gracias —le dice. Por haber estado ahí, por no haberlo dejado caer, por permitirle volver a entrar en su vida dejando atrás toda esa mierda que casi destruye su amistad para siempre.
—Tus mierdas son mis mierdas —contesta ella recordándole la frase que siempre le dice Noah.
Esa es la clase de amor que quiere con Nat. Sea lo que sea lo que los ha llevado a besarse, se alegra de que se haya quedado en una mera anécdota. El sexo no puede volver a estropear lo que tienen.
—Tengo que irme.
—Voy contigo —le dice Nat levantándose de la cama para vestirse.
Veinte minutos después, Ian abre la puerta de su casa con la sensación de llevar siglos fuera. La sola idea de enfrentarse a Sasha, a su dolor, le hace quedarse paralizado en la entrada. No se da cuenta de que se ha detenido en el recibidor, con el corazón martilleándole contra las costillas, hasta que nota la mano de Nat presionando la suya. Ian deja escapar el aire y, aferrándose a sus dedos, se dirige hacia el salón, donde escucha las voces de sus padres.
Cuando Ian observa la escena que tiene delante vuelve a quedarse paralizado. Están todos allí. Todos. Su madre, sentada en una silla con los ojos llenos de lágrimas mientras su padre le masajea los hombros. Sasha, sentado en el sofá con los codos apoyados en las rodillas y la cara escondida entre las manos. Noah, de pie con la espalda apoyada en la pared. Amy y Emma, sentadas al lado de Sasha. Joder.
Vanessa es la primera en reparar en ellos.
—Oh, Dios mío. —Se levanta corriendo y se lanza hacia él, envolviéndolo en un abrazo que Ian le devuelve al notar su nerviosismo.
Nat se aleja de él e Ian se aferra con más fuerza a su madre, intentando anular con ese abrazo la sensación de vértigo que se ha apoderado de él.
—¿Estás bien? —Su madre se aparta unos centímetros y lo mira de arriba abajo para comprobarlo por sí misma.
—¿Dónde has estado? —pregunta su padre, detenido junto a ellos—. Te hemos estado llamando y buscándote durante toda la noche.
Ian siente el peso de todas las miradas sobre él.
—No tengo móvil.
—¿Cómo que no tienes móvil?
—Está roto —explica él y su mirada se desvía hacia Amy. Hay tanto encerrado en sus ojos que Ian es incapaz de ver nada.
—Pensábamos que te había pasado algo —continúa William.
—Estoy bien.
—¿Qué ha ocurrido con ellos? —pregunta Vanessa—. Noah ha ido a su piso, pero nadie le abrió la puerta y tampoco contestaban a las llamadas. Pensábamos que… —A su madre se le llenan los ojos de lágrimas y tiene que apartar la mirada.
—¿Que les había dado una paliza? —termina Ian, y esta vez se atreve a mirar a su hermano, que sigue en el sofá. Se fija en la palidez de su rostro, en sus ojos rojos, en las ojeras. Ian siente deseos de echar a correr, pero no puede. No quiere irse, solo desea abrazarlo, preguntarle si está bien, rogarle que no vuelva a esconderse, que no permita que le arruinen la vida—. Esa era la idea.
—¿Qué ha pasado? —pregunta Noah situándose en medio de la estancia.
—Puse una denuncia —explica Ian, aunque es a Sasha a quien está mirando—. Lo siento.
Sasha se levanta del sofá.
—¿Que lo sientes? —pregunta dirigiéndose a él—. ¿Qué cojones sientes?
William intenta interponerse entre Sasha y él, pero su hermano le hace un gesto para impedírselo.
—¿Qué sientes? —vuelve a preguntar Sasha cuando llega a su altura. Tiene la mandíbula apretada y lo mira con furia.
Ian no contesta. Todo a su alrededor desaparece, todo salvo su hermano, los ojos de su hermano, la rabia de su hermano. El niño que mató en aquella maldita pesadilla está ahí, agarrándole de los brazos, consiguiendo que se encoja sobre sí mismo y solo tenga ganas de arrodillarse ante él para pedirle que no lo odie.
—Lo siento, no podía hacer otra cosa.
—¿Que no podías hacer otra cosa? —Sasha lo empuja hacia atrás—. ¿Por qué no volviste?
Ian trastabilla.
—No podía.
—¿Por qué? —Sasha lo empuja de nuevo e Ian observa cómo sus ojos le brillan por las lágrimas que se esfuerza en retener. Intenta agarrarlo de los hombros para abrazarlo, pero su hermano se zafa de él y le da otro empujón que lo estampa contra la pared.
—Porque tenía miedo —confiesa Ian—. ¿Por qué cojones va a ser?
—¿Miedo? ¿Tú tenías miedo? —Sasha lo agarra de la camiseta, rompiéndola todavía más—. Desapareciste. Pensaba que te había pasado algo. ¿Miedo? No tienes ni idea de lo que es el miedo. —Lo suelta empujándolo contra la pared.
Ian comprende. No está enfadado. No lo odia. Joder. Solo se ha preocupado por él. No es odio, sino preocupación, lo que hay tras su mirada, y alivio, y amor. Otra forma de amor. El niño asustado lo libera de su agarre e Ian consigue volver a respirar.
—¿No me odias?
Sasha suelta una risotada.
—Eres un mocoso de mierda.
—Los he denunciado —repite Ian por si su hermano no lo ha escuchado.
—Vale.
—Tienes que ir tú o la denuncia no tendrá validez —prosigue Ian.
Sasha asiente sin dejar de mirarlo.
—No vuelvas a desaparecer.
—No lo haré —le asegura Ian—. ¿Estás bien?
—Solo necesito dormir. —Sasha se frota la cara con una mano y sale de la habitación sin mirar atrás.
Ian hace ademán de seguirlo, pero su padre lo agarra del brazo.
—Déjalo solo un rato.
Su madre se acerca y le sostiene la cara entre las manos.
—Estamos muy orgullosos de ti, cielo, y tan enfadados como Sasha. Más tarde hablaremos. —Vanessa dirige su mirada hacia el sofá donde Noah ha regresado junto a Amy y Emma—. Han estado muy preocupados por ti. —Lo besa en la mejilla y tanto ella como su padre desaparecen para dejarles un poco de espacio.
—¿Por qué cojones no me avisaste de que estaba contigo? —le pregunta Noah a Nat acercándose a ella en cuanto ve que los padres de Ian salen del salón.
—No sabía lo de su móvil —replica Nat—. No soy su madre.
Ian se queda ahí, apoyado en la pared, viendo sin ver cómo Noah discute con Nat mientras Emma la mira con asco y Amy se esfuerza por mirar a cualquier parte menos a él. Se siente exhausto, como si hubiera corrido un jodido maratón y el esfuerzo le hubiese dejado al límite de su resistencia.
—Nos vamos —dice Amy al cabo de unos segundos haciendo que Ian regrese a la habitación y a ella.
Al igual que su hermano, Amy tiene pinta de no haber pegado ojo en toda la noche. Ian se fija en sus ojeras y en sus ojos hinchados. ¿Ha estado llorando? A Ian se le encoge el estómago. Se ha preocupado por él, ha estado ahí, esperando a que apareciera, y ahora no se atreve a mirarlo. Observa cómo pasa por su lado y sale de la estancia sin decir nada más. Las palabras se quedan ahí, flotando entre los dos. Son los barrotes que los mantienen presos, que los convierten en dos extraños que se buscan sin atreverse a hacerlo. Y de repente Ian siente que tiene que romper los putos barrotes, liberarse antes de que dejen de buscar lo poco que les queda. A la mierda su orgullo, a la mierda todo. Solo quiere saber que está bien.
Emma, que se ha detenido para decirle algo a Noah, se apresura en seguir a su prima, pero Ian es más rápido.
—Necesito un momento, ¿vale? —le pide a Emma antes de ir tras Amy.
No tiene ni idea de lo que está haciendo ni de lo que va a decirle, lo único que sabe es que no puede dejar que se marche así.
La alcanza justo cuando acaba de bajar las escaleras del porche.
—Amy, espera —le pide agarrándola de la mano.
Ella se suelta como si su contacto le quemara.
—¿Qué?
—¿Estás bien?
—¿Desde cuándo te importa?
Ian aprieta la mandíbula. ¿Desde cuándo? ¿De verdad se lo está preguntando?
—Mierda, Amy. —Se pasa una mano por el pelo—. Solo quiero que me digas que ese cabrón no te hizo daño.
Ella se lo queda mirando. Menea la cabeza y suelta una risotada.
—No lo has leído.
—¿El qué?
—Mejor así. —Amy se encoge de hombros y se da la vuelta. Ian vuelve a agarrarla de la mano—. ¡Deja de hacer eso! No queremos que tu novia se enfade, ¿no? —pregunta devolviéndole el puto comentario que él le había hecho en la cafetería.
Lo ha malinterpretado todo. Ha dormido con Nat y ha llegado de la mano con ella. Joder, es normal su reacción. Incluso Noah debe de haberlo pensado.
—No es mi novia.
—Es verdad, que Ian no tiene novias —contesta Amy de forma irónica—. Solo es sexo con alguien que te cae bien, ¿verdad? En realidad, hacéis buena pareja.
—¿Intentas insultarme? —pregunta con una sonrisa burlona, porque es incapaz de no sonreír cuando la tiene cerca.
—Solo es un hecho.
—Al menos tengo mejor gusto que tú —le suelta Ian e inmediatamente se arrepiente de haberlo hecho al comprobar el efecto que sus palabras han tenido en ella.
—Vete a la mierda, Ian. Y no vuelvas.
Amy se da la vuelta para marcharse y él no puede dejar que se vaya. Que le pegue, que lo insulte, que lo destroce, le da igual, solo quiere quitarle todo eso que ha visto en su rostro.
La sujeta del brazo y la hace retroceder para apretarla contra su pecho.
—Suéltame —le grita Amy intentando deshacerse de su agarre.
—No.
La abraza con firmeza y no le importa cuánto se retuerza, porque no piensa soltarla. Está a punto de echar el puto corazón por la boca de lo rápido que le va. Tener a Amy de nuevo entre sus brazos, sentirla, tocarla. La necesidad que lleva negándose le está desgarrando el alma. Están tan cerca que le duele saber que no podrían estar más lejos.
—Suéltame, Ian —le pide ella, aunque ya no intenta soltarse.
—No. —Ian agacha el rostro y le clava los dientes en el hombro con suavidad, sintiendo cómo a Amy se le eriza la piel ante su caricia.
Desea todo de ella, que le sonría, que le hable, que lo abrace, que lo llame husky. La desea contra el tiempo y el olvido. Desea incluso que le mienta, que le diga que siempre estará ahí, aunque no sea verdad. No le importa, joder. Ni siquiera le importa el amor, solo ella.
—Por favor —susurra ella con un hilo de voz.
Ian es consciente de que no es el momento de arreglar nada, no ahora, no con tanto dolor flotando entre ellos, aquí y delante de la casa. Inspira hondo y suelta el aire despacio haciéndose a la idea de que debe dejarla marchar. Necesita pensar y apartar todo el ruido que tiene en su cabeza, decidir qué hacer a partir de ahora, cómo acercarse a ella, cómo. La necesita, pero no así. Las manos le tiemblan cuando la deja libre y se obliga a darse la vuelta para entrar en la casa. Si la mira, si se queda un segundo más, le suplicará que no se vaya, que regrese de dondequiera que esté.
El mundo gira y gira, el tiempo se va a toda pastilla y él no puede darle la mano a Amy para evitar que se caiga, porque ella ya no está. Por más que lo intente es incapaz de detener el tiempo; lo único que puede hacer es correr tras ella, pisarle los talones sin llegar a alcanzarla o dejar que se marche. Y puede que querer sea también saber cuándo detenerse.
«No puedo quererte», ese fue el principio y el final de todo. Y, aunque Amy no debió creerlo, lo hizo. Porque las mentiras dichas por una persona que te importa duelen más que ninguna otra cosa. Ian lo piensa ahora y se ríe por dentro. La verdad es que con Amy siempre lo ha sentido todo, y el miedo viene justo de ahí, de sentirse al borde de todo, a punto de caer, cuando se trata de ella. Es sentirse indefenso, vulnerable, como el crío que no quiere volver a ser.
«¿Por qué querer es tan complejo?», se pregunta solo para darse cuenta de inmediato de que ha sido él quien lo ha complicado. Se ha ocultado en capas solo para que nadie (Amy) viera sus viejas cicatrices, curadas desde hace tiempo, pero aún en carne viva.
Lo último que piensa Ian es que necesita dejar de luchar, necesita ser, simplemente.
SASHA
Dos meses después
Huele a rosas. Un olor dulzón que se pega a la piel de Sasha cuando la chica coloca una mano sobre su pierna y se inclina hacia él rozándole la oreja con los labios.
—¿Te apetece ir a alguna parte? —le susurra mientras él se termina la segunda copa, alegrándose al notar que el alcohol ya ha conseguido que alcance ese estado familiar de aturdimiento, esa sensación de estar anestesiado, fuera de sí. Solo tiene que dejarse llevar.
Pone el vaso de plástico sobre la mesa y observa a la chica. Es rubia, de pelo rizado y ojos almendrados. Su cuerpo es perfecto, con curvas, pechos voluminosos y piernas interminables. Cualquier chico se sentiría atraído por ella. Cualquiera menos él. Traga saliva y se obliga a mantenerse quieto mientras ella se acerca y sus labios se rozan. ¿Se llama Anna? ¿Alicia? No lo recuerda. ¿Qué más da? Dentro de unas horas no importará. Eso es lo que se dice mientras ella le mete la lengua hasta la garganta y Sasha trata de devolverle el beso.
—Vamos —le pide apartándose de ella. Cuanto antes se marchen, antes acabará todo.
Suben al piso superior y, cuando se percatan de que no hay habitaciones libres, una sensación de derrota se apodera de él.
—¿Has traído coche? —pregunta la chica, que tira de su camiseta para besarlo.
De manera instintiva, Sasha le agarra las muñecas para apartarla. Mira a su alrededor. Es una fiesta universitaria, la gran mayoría de los estudiantes están borrachos y nadie los está mirando, pero aun así se siente expuesto, como si todos lo acusaran por su delito, por sus asquerosas mentiras. Sasha observa el gesto de dolor en el rostro de la chica y se da cuenta de que lo está estropeando todo.
En ese momento, uno de los baños se queda libre y él comprende que esa es su única oportunidad de terminar lo que ha empezado.
—Ven. —Toma su mano y la conduce hasta el baño cerrando la puerta tras de sí.
Ella sonríe y se muerde el labio inferior.
—Buena idea.
La chica se acerca y Sasha permite que lo bese durante unos segundos en los que se da cuenta de que no está lo suficientemente borracho. Mierda.
El olor a rosas lo inunda todo. Sasha solo puede pensar en esas rosas, en esa piel suave que no quiere tocar, en esos labios que no consiguen aliviarlo. Nada está bien. Debería estar bien. Pero su cuerpo no reacciona y, cuando la chica dirige las manos hacia su entrepierna, Sasha siente el impulso de apartarse para evitar que se dé cuenta de que su polla no está por la labor. Cierra los ojos. Así es más fácil. Respira hondo y se concentra en el roce de los dedos de la chica mientras le desabrocha los pantalones y le baja la cremallera.
Es entonces cuando todo regresa a él. Oscar. Sus labios. Su olor masculino. Esa excitación que parecía que no se iba a acabar nunca. Se le pone dura al instante y respira hondo cuando sus pantalones caen al suelo y la chica cuela la mano por debajo de sus calzoncillos. Es ella quien lo está tocando, pero es a Oscar a quien siente, como le ha sucedido todas las otras veces en que ha estado en esa misma situación. No debería ponerse cachondo al rememorarlo, joder. Está enfermo, y el asco se mezcla con la excitación al recordar. Las manos de Oscar sobre su piel, su boca abarcando su erección, la sensación de estar flotando. Sasha regresa a aquella maldita habitación, a sentirse libre, cómodo en su propia piel. Pero la magia no tarda en romperse y enseguida recuerda cómo acabó la noche. La polla de Parker dentro de su boca cuando pensaba que era Oscar a quien se la estaba chupando. Dios. No puede dejar que Parker se lo lleve todo otra vez. No puede. No.
Sasha abre los ojos y toma las riendas de la situación. Aparta las manos de la chica y le da la vuelta hasta apoyarla contra el lavabo. Ella jadea cuando Sasha le sube el vestido hasta la cintura y se deshace de su tanga. Intenta no mirar su reflejo en el espejo que tiene delante mientras se pone un condón y dirige su erección dentro de ella desde atrás. La chica apoya los brazos en el lavabo y gime con fuerza cuando se hunde en ella hasta el fondo. Sasha la agarra con firmeza de las caderas y comienza a embestirla.
No quiere mirar y, sin embargo, no puede apartar los ojos del espejo. ¿De verdad es él? Parece amargado, desesperado, un jodido pervertido. Le asquea su propia imagen, el ansia por alcanzar un imposible, por buscar alivio en algo que le hace sentirse tan sucio. ¿Qué está haciendo? ¿Qué está pasando? Solo necesita correrse. Luego todo estará bien.
Cierra los ojos y todo lo que sintió con Oscar regresa de manera dolorosa. ¿Es que nunca se va a ir su asqueroso recuerdo? ¿Qué le está ocurriendo? Los minutos pasan y está sudando y la habitación comienza a dar vueltas y su cuerpo ha dejado de ser suyo. No es él quien se está follando a esa chica. No son sus manos las que presionan sus caderas ni son suyos esos gemidos que salen de su garganta cuando por fin se corre.
—Pensé que no acabarías nunca —murmura la chica mirándolo con una sonrisa a través del espejo.
Sasha aparta la mirada, porque de repente ha vuelto a su cuerpo y nada está bien a pesar de que debería estarlo. Lo ha hecho. Ha llegado hasta el final. Debería sentir alivio, pero no siente más que vacío y culpabilidad. Se quita el condón y lo tira a la papelera, notando el peso de la mirada de la chica mientras se viste apoyada contra la puerta.
—¿Tienes prisa?
Joder, sí. Necesita salir de ese baño, alejarse de aquella casa, respirar aire fresco.
—Es el alcohol —se excusa él mientras se lava las manos.
—¿Quieres ir a dar una vuelta?
—No, lo siento. Me voy a casa —contesta Sasha colocándose frente a ella y enfrentándose a su mirada.
Ella esboza una sonrisa socarrona.
—¿Ni siquiera vas a darme tu número? —pregunta haciendo un mohín.
Sasha sabe qué pretende, pero lo cierto es que no tiene ni fuerzas ni ánimos para seguirle el juego.
—¿Para qué? No quieres que te llame ni esperas que lo haga. —Señala la puerta—. ¿Puedo?
—Ha estado bien, Sasha. —Lo dice al tiempo que abre la puerta para dejarlo pasar.
—Lo mismo digo —miente él mientras se aleja por el pasillo con rapidez.
No repara en que su hermano lo ha visto salir del baño hasta que este lo agarra del brazo y lo obliga a detenerse.
—¿Qué cojones estás haciendo? —inquiere Ian.
—¿Y a ti qué te importa? —Sasha se suelta y comienza a bajar las escaleras.
Su hermano se apresura a seguirlo.
—¿Has bebido?
Sasha no le responde. Está harto de todo. Han pasado dos meses desde que sucedió lo de Oscar y Sasha se siente preso dentro de su propia vida. Ian se ha vuelto su sombra, sus padres trabajan menos horas desde entonces para estar pendientes de él, e incluso Noah parece haberse convertido en uno de sus mejores amigos, cuando él y Sasha nunca se han soportado. Sasha solo quiere olvidarlo todo, hacer como si esa noche no hubiese existido. Necesita quitárselo por completo de la cabeza. Pero no es fácil, no es fácil cuando todo a tu alrededor te lo recuerda. Tu hermano. Tu familia. Tú mismo.
La impotencia y la incertidumbre de la primera semana habían dado paso a la resignación en cuanto Sasha puso la denuncia y el abogado de sus padres les explicó que sin pruebas había poco que hacer contra ellos; menos cuando supieron quién era el padre de Parker, un abogado de prestigio que se encargaría de taparlo todo, como había hecho con las otras denuncias que había recibido su hijo. Sí, Sasha había estado en casa de Oscar aquella noche. ¿Y qué? Ahí se acababan todas las pruebas. Era su palabra contra la de ellos. Ni siquiera tenían el vídeo que supuestamente le habían grabado.
A Sasha se le revuelve el estómago al pensar en que pueda existir alguna prueba de lo que pasó, de la misma manera en que se le revuelve el estómago cada vez que tiene que hablar sobre el tema. Y lo ha hecho muchas veces. Con sus padres, con la policía, con el abogado, e incluso con la psicóloga a la que su madre lo obligó a ir un par de sesiones. De ser por él, ni siquiera habría puesto la maldita denuncia. Él solo quiere olvidarlo. ¿Tan difícil es de entender?
—Que te esperes, joder —le grita Ian en cuanto salen de la casa y él continúa caminando.
Sasha se detiene para mirarlo.
—¿Qué?
—¿A dónde vas?
—A casa.
—Te llevo —se ofrece Ian.
—No necesito niñera.
—¿Te has acostado con ella?
Sasha sabe que no es un reproche, que su hermano solo quiere ayudarlo, como lleva haciendo desde la noche en que tuvo la mala idea de pedirle ayuda. Ojalá pudiera volver atrás. Le ahorraría todo eso. Se ahorraría a sí mismo la vergüenza que sintió cuando el alcohol se diluyó de su cuerpo y tuvo que enfrentarse a la realidad. La realidad siempre vuelve y a él le había dado de lleno en toda la cara. Sasha estuvo a punto de arruinarle la vida a su hermano aquella noche, su egoísmo estuvo a punto de hacerlo, y no puede evitar odiarse a sí mismo por ello. Una vez más había vuelto a ser aquel cobarde al que Ian tenía que salvar.
—No quiero hablar de eso. —Aparta la mirada, avergonzado.
—No tienes que seguir haciendo esto.
Sasha se frota la cara con una mano.
—Tú no lo entiendes.
No. No lo entiende. Ian no está en su piel. Jamás podrá entender lo perdido que se siente, lo cabreado que está. Jamás podrá sentir lo que es luchar por ser normal, como si la normalidad existiera, como si pudiera alcanzarla, como si él tuviera opción. No la tiene. No puede hacer nada, y el hecho de saberlo lo deja agotado y sin fuerzas.
—Claro que lo entiendo. —Ian se acerca y lo agarra de los hombros—. No fue tu culpa.
—Ya lo sé.
—No siempre será así. Conocerás a alguien y…
—No quiero conocer a nadie —lo corta Sasha—. Solo quiero olvidarlo, ¿vale?
Ian suelta una risotada.
—¿Y esta es tu manera de olvidar?
Sasha se encoge de hombros apartando la mirada.
«Proponte conocerte a ti mismo y tendrás ya un enigma». A Sasha siempre le ha obsesionado esa cita de Fausto; tan cierta, tan real, tan dolorosa. ¿Quién es realmente Sasha? ¿De qué huye? ¿De qué se esconde? ¿Qué es lo que teme? ¿Qué hay detrás de todo eso que ahora le impide ver más allá? ¿Se acabará alguna vez toda esta incertidumbre? ¿Podrá encontrarse? ¿Podrá ser?
Sasha había creído resolver el enigma, pero en el último momento, cuando se lo jugó todo, se había dado cuenta de que había cometido un error. Un error y todo se había venido abajo.
Sasha había confiado en Oscar, en lo que sentía y llevaba años guardándose, y lo había liberado de golpe. Y todo se había ido a la mierda. Desde el principio Oscar se había reído de él, y Sasha había estado demasiado ciego para darse cuenta, desesperado como estaba por quitarse el disfraz, aliviado por tener a alguien que de verdad lo comprendía.
Todo había sido mentira. El abogado se lo había dejado claro. Oscar y Parker ya tenían un par de denuncias por situaciones similares. No era la primera vez que lo hacían, y estaba seguro de que no sería la última. Sasha ni siquiera era especial. Había sido un juguete más para ellos, un juguete que había terminado rompiéndose.
En los últimos meses, Sasha ha vuelto a estar en tierra de nadie. ¿Quién es? ¿Por qué se siente así? Incómodo en su propia piel, asfixiado, roto. Siente la mirada de Ian, su compasión, y solo quiere poner distancia. Alejarse de todo. Quiere regresar a ese asqueroso baño, al momento en que lo único que le preocupa es que se le ponga dura mientras se miente a sí mismo, llegar al orgasmo sin derrumbarse. Volver a la vida real es una mierda.
—Llévame a casa —le pide a su hermano, rindiéndose.
—Claro —responde Ian, y Sasha le agradece en silencio que no agregue nada más hasta llegar a casa.
Cuando Sasha entra en su habitación, su hermano se detiene junto a la puerta.
—¿Estás bien?
—Sí —contesta mientras saca ropa limpia del armario.
—Prométeme que no volverás a hacerlo.
—No voy a prometerte nada.
—Sasha.
—Arregla tus mierdas y luego quizá te deje meterte en las mías —le suelta con desdén.
—Solo quiero que seas feliz.
Sasha suelta una risotada amarga.
—Pues lo siento, la felicidad es tan real como Santa Claus. Pensaba que ya te habías dado cuenta.
—Estás borracho.
—Vete, por favor. Quiero estar solo.
Ian asiente con un gesto de cabeza.
—Siempre estaré aquí —le recuerda antes de marcharse, consiguiendo que se sienta culpable por segunda vez esa noche.
Ya en el baño, mientras el agua caliente le recorre el cuerpo y las lágrimas se deslizan por sus mejillas, Sasha deja que todo se vaya. El olor a rosas que tiene pegado al cuerpo. El sexo que consigue liberarlo y encarcelarlo al mismo tiempo. El alcohol, que lo devuelve al pasado.
La felicidad no existe. Él no existe. Y en ese momento, a medida que el agua se lleva una parte de su dolor y su suciedad, se pregunta si el mañana existe. Se pregunta, también, si algún día resolverá el enigma. Y lo más importante: si podrá aceptar la respuesta.
AMY
Durante los últimos meses, la vida de Amy ha consistido en fingir que está bien esperando que, en algún momento, de repente, sea verdad. Pero no ha ocurrido. Hay cosas que duelen, pero no tienes opción de cambiarlas; y aunque Amy no puede controlar lo que siente sí que puede esconderlo. Cuando ve a Ian y le sonríe una parte es fingida —esa que intenta demostrar que no pasa nada— y la otra es real. Su presencia la hace sentir bien mientras la destruye. Ver a Ian es un suicidio asistido. Lo dio todo y no fue suficiente.
Cuando le dijo en el e-mail que solo quería estar ahí, que podía intentar ser su amiga, no imaginaba lo que sería tenerlo al lado, verlo sonreír con sus malditos hoyuelos y no poder besarlo. Durante esos meses ha aguantado por Sasha. Tras lo sucedido con Oscar, Ian se había acercado a ella y le había pedido una tregua.
—¿Amigos? Por Sasha —había dicho él.
—Amigos.
Amy se había tragado sus dudas, su dolor, su rabia y había dicho que sí. Había aguantado estoicamente. «Por Sasha», se decía, aunque en el fondo sabía que lo hacía por ella misma.
La verdad es que Amy no puede evitar buscarlo con la mirada cuando va a visitar a Sasha a su casa, en la cafetería o en las clases que comparten. No puede evitar mirar su reloj de pulsera, segura de que Ian es capaz de oír sus pulsaciones desde el otro lado de la mesa. Cuando se rozan por casualidad, Amy tampoco puede evitar dar un respingo. Menuda mierda de tregua.
Lo peor de todo es la presencia de Nat, que aparece de vez en cuando y se sienta entre Ian y Noah y empieza a parlotear como si solo existieran ellos tres en la mesa y el resto le importase una mierda. Amy la odia. No la conoce, pero la odia. Odia lo cerca que está de Ian cuando a ella le separa todo un abismo. Odia esa sonrisa socarrona que le dedica cuando sus miradas se cruzan, como si supiera algo que Amy desconoce. Odia el recuerdo de verla entrar en la casa de Ian con él de la mano después de una noche de mierda en la que Amy pensó que realmente se moriría por la angustia, la culpa y la impotencia. Odia los celos que sustituyeron cualquier rastro de preocupación. Odia la persona horrible en la que se convierte cuando piensa que pudo haber algo entre ellos a pesar de que Emma le asegure lo contrario.
Y ahí está Amy ahora, de nuevo en la cafetería controlando sus pulsaciones mientras intenta descubrir si Ian la está mirando a través de las gafas de sol. Está segura de que sí.
—Creo que ya lo ha leído —le dice Amy a Emma cuando Ian empieza a discutir con Noah sobre algo.
Emma arquea una ceja y estudia a Ian detenidamente.
—Llevas un mes diciendo lo mismo.
—Esta vez va en serio. Me está mirando raro.
—Venga ya, Marlin. Siempre te mira así.
—¿Así cómo? —quiere saber Amy frunciendo el entrecejo.
Su prima le dedica una sonrisa.
—Pues como miran todos los tíos, que parece que quisiera follarte —lo dice demasiado alto y todos se vuelven hacia ellas, incluso Sasha, que hasta hacía un instante estaba concentrado en sus apuntes de Medicina.
Amy se pone roja y le dedica una mirada cargada de odio a Emma, que se encoge de hombros y compone una expresión de lo más inocente. Pasan unos segundos antes de que dejen de fijarse en ella y Amy pueda volver a respirar.
—¿Quieres bajar la voz?
—¿Y tú quieres dejar de pensar? Te voy a tener que dar un golpe en la cabeza para que te olvides de él —murmura Emma con una sonrisa que se borra al reparar en la expresión de Amy—. Ni de coña.
—¿Sabes que la película Todos los días de mi vida está basada en hechos reales?
—¿Sugieres que nos estrellemos con el coche a ver si con un poco de suerte, en vez de morir, olvidas a Ian?
—Solo digo que la amnesia retrógrada es amiga de los corazones rotos —explica Amy inclinándose hacia su prima.
—¿Vosotras qué decís? —pregunta Noah alzando la voz y consiguiendo que las dos se sobresalten. Lo miran fijamente sin entender nada. Noah resopla y explica—: Tinder, ¿sí o no? Estamos explorando nuevas opciones para conocer chicas y no acabamos de decidirnos.
—Tinder es genial, tengo perfil y lo uso bastante. —Emma sonríe al tiempo que observa a Noah sin pestañear—. Aunque quizá la pelirroja se ponga celosa si se entera de que estáis ahí.
Noah le devuelve la sonrisa.
—No respondo ante nadie.
—Bueno, tengo que irme ya. —Amy no quiere saber nada de la vida amorosa de Ian; por lo que a ella respecta, Ian es un cura muy apegado a su celibato—. Nos vemos después —se despide mientras recoge sus cosas y se levanta.
Todo va bien, está bien. Dicen que cualquier persona puede soportar lo que sea durante siete segundos. Siete segundos. Lo que sea. Amy empieza a contar.
Uno.
Dos.
Tres.
Uf.
Cuatro.
Una mano la agarra del brazo cuando está cruzando la cafetería, y sabe que no es una mano cualquiera porque, de repente, todo huele a él. Cuando Amy alza la vista observa que Ian se ha quitado las gafas de sol y comprende con amargura que tendrá que pasarse el resto de sus días contando de siete en siete.
—Te acompaño a clase, me pilla de camino.
—¿Qué clase tengo?
—Ni idea —contesta él con una sonrisa, haciendo que sus hoyuelos lo invadan todo—. Vamos, Caperucita. —Le abre la puerta de la cafetería y le guiña un ojo al ver que se ha quedado plantada en medio de la entrada.
Cinco.
Caminan uno al lado del otro y a Amy le gustaría decirle tantas cosas que no sabría por dónde empezar.
—Ni siquiera tengo móvil —declara Ian.
—¿Qué?
—Lo rompí aquella noche, ¿recuerdas? Además, solo lo usaba para escribirte, así que ¿para qué? Vivo mejor sin tecnología.
—No tienes que darme explicaciones.
Ian se para en seco y la mira detenidamente.
—Ahora tienes cara de Caperucita enfurruñada.
—No estoy enfurruñada. Y deja de llamarme así.
Cada vez que la llama «Caperucita» todo su mundo se tambalea. Amy deja de ser Amy y se convierte en esa chica llena de miedos que solo quiere acurrucarse contra él y que el tiempo deje de avanzar.
Seis.
—Claro que sí, se te forman arrugas aquí. —Ian extiende el brazo y le roza el labio inferior con el pulgar. Amy da un respingo y retrocede—. Tranquila, Caperucita, no voy a morderte —murmura con una media sonrisa. Salva la poca distancia que los separa y se acerca a su oído—: A menos que quieras que lo haga, claro. —Lo dice apenas en un susurro y ella se estremece al notar el calor de su aliento contra la piel de su cuello.
Amy lo empuja hacia atrás.
—No te acerques tanto, husky.
—Nunca rompo una promesa —afirma justo antes de esbozar una media sonrisa y darle un lametón en el lado izquierdo de la cara. Luego se aleja en dirección contraria antes de que ella pueda llegar a protestar.
Amy se queda observando cómo se aleja sabiendo que Ian siempre será esa parte de sí misma que nunca morirá.
Siete.
EMMA
—No puede haberse olvidado —comenta Emma para sí misma moviendo la pierna en un tic nervioso mientras repasa mentalmente los tíos con los que ha estado, buscando alguno que le haya dado plantón alguna vez.
Sasha es el único que le viene a la cabeza, y tampoco es que le diera plantón; solo la rechazó. Además, teniendo en cuenta que al final resultó ser gay, no debería contar. Pero Noah… ¿Cómo es posible? Emma no da crédito. Vale que quizá había sido un poco pesada al arrinconarlo en los baños de los chicos y dedicarse a ponerlo cachondo hasta que aceptó quedar con ella después de las clases, pero de ahí a dejarla tirada… Imposible. Es Noah. Y la desea. De eso no le cabe la menor duda. Pero, entonces, ¿dónde se ha metido? Emma lleva casi una hora esperándolo sentada en la fuente, a unos pocos metros de la biblioteca de Columbia, con la vista perdida en los estudiantes que suben y bajan las escaleras, aburrida, frustrada y muy cabreada con él y consigo misma. Aunque sea el único tío en el que piensa últimamente, Noah no es el único hombre de la Tierra. Tiene todo un banco de peces a su disposición, pero parece no ser suficiente. Como siempre, Emma necesita meterse de lleno en la boca del tiburón más imbécil de todo el mar.
Saca el móvil del bolso y comprueba por enésima vez si ha respondido a sus mensajes. Nada. Solo tiene una notificación nueva de Amy diciéndole que ya está en casa estudiando.
—No puede haberme dado plantón —le dice a la pantalla mientras le vuelve a escribir. Evidentemente, Noah tampoco contesta esta vez.
Se levanta, cansada de esperar, y se dirige a los aparcamientos para ver si su moto todavía sigue ahí. Tarda varios minutos en encontrarla. A la moto y a Noah, y también a una rubia de pelo rizado que le está metiendo la lengua hasta la garganta. Emma se queda inmóvil mientras contempla la escena. No puede ser. Es como formar parte de una comedia romántica en la que la protagonista se encuentra al tío bueno de turno liándose en sus narices con la arpía de la historia. Se le revuelve el estómago y, aun así, no es capaz de apartar los ojos. Tampoco puede empezar a llorar y salir corriendo, como se suele hacer en estos casos, esperando a que el chico se dé cuenta y la siga. Primero, porque Emma no lleva el calzado adecuado y, segundo, porque Noah está demasiado ocupado intentando fusionarse con la rubia y no habrá nadie que corra tras ella.
La mente de Emma es un hervidero y apenas puede pensar con claridad. El mismo Noah que unas horas antes la tenía apretada contra su cuerpo, amenazándola con una tarde de sexo salvaje, agarra ahora a la rubia de una nalga y le da una palmadita para que suba a la moto. Quizá debería hacer algo; gritarle, llamarlo, cualquier cosa. Pero lo cierto es que Emma no mueve un músculo mientras ve cómo la rubia rodea la cintura de Noah con los brazos y este arranca la moto, seguramente para hacerle todo lo que Emma creyó que haría con ella.
La barbilla le tiembla en una mezcla de impotencia y rabia. Impotencia porque no puede hacer nada, porque hace tiempo que perdió cualquier derecho que tenía sobre Noah. Y rabia porque, aunque en esos momentos odie a Noah con todas sus fuerzas, es consciente de que ella tiene la culpa. Noah es libre para estar con la pelirroja y con todas las tías que quiera, ella misma le dio la libertad. Y entonces ¿por qué se siente así? ¿Por qué parece que el oxígeno ha dejado de llegarle a los pulmones? Piensa en Amy y en su reloj de pulsera, en todas las enfermedades que podría estar incubando por culpa de todo eso que siente. Necesita a Amy, el calor de los brazos de su prima.
Todavía con esa sensación de asfixia, Emma empieza a deambular entre los coches hasta que descubre a Ian caminando en su dirección, vestido con ropa de deporte, las inconfundibles gafas de sol y una mochila a la espalda. Emma no se da cuenta de que permanece quieta hasta que Ian la saluda con un gesto y pasa por delante de ella.
—¡Espera! —lo llama yendo tras él.
Ian no se detiene y Emma prácticamente tiene que correr para no quedarse atrás.
—Noah me ha dado plantón —le dice. No tiene ni la más remota idea de por qué se lo suelta a él, pero Emma necesita contárselo a alguien o se volverá loca. Y, dado que su prima no está, Ian es la mejor opción. ¿O no? ¿Se lo va a decir? Ay, Dios. Debería haberse quedado callada—. No se lo digas.
Ian se encoge de hombros por toda respuesta.
—Habíamos quedado, ¿sabes? —continúa ella tratando de pensar, hablar y seguirlo. Es difícil hacer todo eso a la vez, sobre todo cuando llevas tacones y tienes ganas de llorar y acurrucarte en los brazos de alguien—. Nos liamos en los baños y se supone que íbamos a seguir enrollándonos en su casa.
Ian compone una mueca de asco y aprieta el paso. A Emma se le cae el bolso, pero lo recoge y corre hasta alcanzarlo.
—¿Podrías ir más despacio? Te estoy hablando —se queja.
—No me interesa.
—Se ha marchado con otra —prosigue Emma, y no puede evitar que le tiemble la voz—. Es rubia y guapa y creo que se han ido a su casa. ¿Tú qué opinas?
—Opino que Sasha se pondrá de mal humor. —Al ver que Emma frunce el ceño, Ian se inclina hacia ella y aclara—: Ya sabes, Noah nunca echa la cortina.
Emma no puede creer que le esté diciendo eso. La rabia arremete contra ella y tiene ganas de pegarle un puñetazo, uno a él y otro a Noah.
—Pero es que habíamos quedado.
—Pues ve a buscarlo, a Noah le encantan los tríos —le dice Ian con una sonrisa burlona, haciendo que Emma recuerde con extrema nitidez el bailecito para mayores de dieciocho que hicieron con la pelirroja.
La sonrisa de Ian se hace más amplia al ver la cara que pone Emma, que trata de recuperar el aliento mientras él se detiene junto a su coche, abre la puerta del conductor y lanza la mochila a los asientos traseros.
—Me ha dado plantón.
Ian la mira tras las gafas de sol.
—Me ha quedado claro.
—Me ha dolido —confiesa Emma.
Ian no dice nada, se la queda mirando con un brazo apoyado en la puerta.
—Y no debería dolerme, porque es Noah y fui yo quien le dijo que se había acabado.
—Exacto —contesta Ian, y Emma capta la dureza de su tono.
—No sé por qué te lo cuento.
—Yo tampoco.
—En realidad, te odio por hacer llorar a Amy.
—El sentimiento es mutuo.
—Yo no he hecho llorar a Noah —replica Emma, indignada.
—¿Te apartas para que pueda irme? —pregunta Ian.
Y tal vez es su tono, que le recuerda a Sasha, y al beso que le dio, y a todo lo que vino después, pero Emma se echa a llorar desconsoladamente, como ha llorado cada vez que su padre le ha roto el corazón. Su corazón de niña, su corazón de adulta.
—¡No me mires! —le grita a Ian, que alza los brazos y le da la espalda—. No estoy llorando por Noah, que te quede claro.
—Lo que tú digas.
—Vale, sí, a lo mejor estoy llorando por él. Pero es porque odio que la gente me mienta. Puedo soportar casi cualquier cosa, pero no las mentiras.
Emma continúa llorando mientras balbucea estupideces, que ni ella misma comprende, pensando en todos los errores que ha cometido a lo largo de su vida. En sus padres, en sus miedos, en ese amor que nunca será como en un cuento de hadas, pero que Emma empieza a echar en falta. En las mentiras que siempre formarán parte de su vida y de la de todos. Porque las mentiras siempre estarán ahí mientras la humanidad exista.
Cuando consigue calmarse, saca un pañuelo de papel de su bolso y se suena mientras observa cómo Ian dobla los brazos sobre su cabeza y los músculos se le tensan.
—¿Has terminado ya? —le pregunta.
—No sé qué ve en ti —le reprocha, solo para fastidiarlo. Claro que sabe lo que ha visto su prima en él, lo tiene delante y no está ciega.
—Joder, Emma. No puedo meterme, ¿vale? Es Noah.
—Ya. —Emma también sabe eso, claro que lo sabe. Noah es su amigo, casi como un hermano para Ian, y desde luego ella no espera que le dé la razón o la defienda. Es el mismo motivo por el que Emma no se mete en lo que sucede entre él y Amy; se limita a sufrirlo en silencio y a apoyar a su prima—. ¿Se lo vas a contar? —le pregunta sintiéndose como una niña estúpida ahora que se le ha pasado la pataleta.
Ian se da la vuelta.
—No.
—¿Y qué hay de lo de «sus mierdas son mis mierdas» y todo ese rollo?
Él se encoge de hombros.
—Hay mierdas de las que nos ocupamos solos.
—Gracias.
—De nada.
—¿Me llevas a casa? —pregunta Emma recuperando su cautivadora sonrisa.
Ian menea la cabeza, aunque ella puede ver cómo curva los labios.
—Entra, vamos.
Ninguno de los dos habla durante la mitad del trayecto, pero Emma tiene tantas preguntas que al final termina por romper el silencio.
—¿Sigue pillado por la pelirroja?
Ian arquea las cejas.
—Se llama Nat.
—Ya sé cómo se llama —resopla Emma—. ¿Sigue o no sigue enamorado de ella?
—¿Qué parte de «no voy a meterme» no has entendido?
—Es una pregunta sencilla. Solo tienes que responder sí o no.
—No.
—¿No de «no vas a responder» o no de «no está enamorado de ella»?
Ian esboza una media sonrisa.
—No de «no me vuelvas loco».
Emma se cruza de brazos, dándose por vencida.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Estás enamorado de ella?
—¿Desde cuándo te interesa mi vida?
«Desde que te metiste en la de Amy», quiere responder Emma.
En cambio, pregunta:
—¿Sí o no?
—Soy un minusválido emocional, ¿no te lo han dicho?
Emma le lanza una mirada asesina.
—¿Te tomas alguna vez algo en serio?
Ian se echa a reír.
—Contigo es un poco difícil.
Se detienen en un semáforo y Emma observa sin ver a la gente que va y viene de un lado para otro. Piensa en Noah y en lo tonto que se pone cada vez que la pelirroja está presente. En sus sonrisitas y los flirteos descarados. Decide probar con otra cosa.
—¿Se acuesta con ella?
—En serio, Emma. Déjalo ya.
—¿Sí o no?
Ian arranca el motor cuando el semáforo se pone en verde y Emma se fija en cómo aprieta el volante.
—No tengo ni idea, y si lo supiera serías la última persona a la que se lo diría.
A Emma le queda claro que Ian no va a soltar prenda. Ahora entiende que el rollo de «tus mierdas son mis mierdas» y viceversa debe incluir también un pacto de sangre en el que ninguno de los dos puede hablar sobre el otro, o algo por el estilo. Emma siempre había creído que la amistad consistía en ayudar al otro al precio que fuera, incluso aunque a veces implicara hacerlo por un camino políticamente incorrecto. ¿De qué sirve que dos se hundan en el lodo cuando todavía hay una cuerda a la que aferrarse?
—¿Y tú? —prosigue Emma, nada dispuesta a quedarse callada—. ¿Te has acostado con ella?
Ian arquea una ceja.
—Estuvimos dos años juntos, no soy ningún santo.
—Me refiero a ahora —se corrige ella con acritud.
—¿Ahora mismo?
—¿Sí o no?
—Si quiere saberlo, puede preguntarme ella —contesta Ian.
—Eres un gilipollas, ¿lo sabes?
—¿Alguna cosa más, Emma? Estoy a tu servicio —le dice Ian con una sonrisa burlona cuando detiene el coche delante de su edificio.
—La verdad es que sí, pero no vas a responderme.
—Entonces, adiós. —Ian le señala la puerta con un gesto.
—¿Te puedo dar un consejo?
—No.
Emma lo ignora. Está harta de Ian y su actitud indolente, parece que nada de lo que sucede estuviera relacionado con él. Está harta de ver a Amy triste por su culpa.
—Ya sé que es un cabrón y que ni siquiera debería nombrarlo, no vaya a ser que nos contagie algo raro, pero ¿sabes por qué Parker ganó? —pregunta Emma recordándole cómo consiguió abrir una brecha entre ambos. Ian aprieta la mandíbula y mira al frente—. Tiene claro lo que quiere, aunque ese algo sea joderles la vida a los demás. Juega en primera, corre mientras tú te quedas sentado en el banquillo.
—¿Has terminado?
—Si te importa, deberías hacer algo —prosigue Emma, porque sabe que incluso Amy, con todo ese amor que se guarda dentro, tiene sus límites.
—Adiós, Emma.
Ella asiente y decide no insistir más.
—Gracias por traerme —le dice antes de cerrar la puerta.
Está caminando hacia su portal cuando Ian abre la ventanilla y la llama. Ella retrocede sobre sus pasos y se agacha para poder mirarlo.
—Te equivocas en algo.
—¿En qué?
—Parker cree que ha ganado, pero no ha ganado nada. —Ian se quita las gafas y Emma se queda hipnotizada mirando esos ojos que son mar y tierra, libertad y condena, luz y oscuridad—. Es fácil no tener miedo cuando no te importa nada, pero cuando lo hace… —Menea la cabeza—. Tienes que librar una guerra. Escoger bien tus batallas. Estar en el banquillo no es lo mío.
Emma le devuelve la sonrisa.
—¿Pretendes ganar?
—Yo nunca pierdo.