La ciudad está en llamas, presa de un incendio que han provocado los romanos tras tres largos años de asedio. Los últimos supervivientes se refugian en la gran ciudadela, conocida como la colina de Birsa. Entre estos pocos desesperados se encuentra la esposa del comandante de Cartago. Desconocemos su nombre, pero sabemos que su marido era Asdrúbal y que los dos hijos del matrimonio se encontraban con ella. Vestida con sus mejores galas, contempla desde las murallas la carnicería que tiene lugar a sus pies. Ve cómo arde su hermosa ciudad: estampas de un caos, una muerte y un sufrimiento inimaginables. Es testigo del fin de Cartago, de los últimos momentos de la ciudad, en el año 146 a. e. c. Durante seis días y seis noches, los soldados romanos han combatido y matado, abriéndose camino desde los puertos, a través del mercado, calle por calle, enfrentándose a la resistencia de la población local, hasta alcanzar la cima de la colina. Una resistencia tan feroz que los romanos han tenido que recurrir a un servicio de limpieza cuya única tarea ha consistido en apartar los cadáveres para que pudieran pasar los refuerzos que llegaban en masa. La infantería, armada hasta los dientes, los célebres legionarios, han sido implacables en su destrucción. De pronto, la esposa de Asdrúbal divisa desde la ciudadela al comandante romano, Escipión Emiliano, nieto adoptivo del famoso Escipión el Africano, el general que derrotó a Aníbal. Mira con más atención y ve a su marido, Asdrúbal, rendirse ante Escipión, arrodillarse a sus pies.
La esposa de Asdrúbal se dirige entonces al general romano desde las murallas y, según cita un historiador posterior llamado Apiano, le dice: «No tienen los dioses por tu causa, romano, motivo alguno para indignarse, pues ejerces el derecho de la guerra». Con estas palabras absuelve a sus enemigos de la destrucción de su ciudad. Mientras le habla al invasor, fija la mirada en su marido, que no obtiene tal absolución: «Que los dioses de Cartago se venguen de este Asdrúbal, que ha traicionado a su patria y a sus templos, que me ha traicionado a mí y a sus hijos, y que tú, romano, seas su instrumento». Porque la traición de Asdrúbal es tanto pública, en su papel de magistrado supremo y defensor de Cartago, como personal, en tanto que marido que ha fallado en el cumplimiento de sus deberes. Asdrúbal ha renegado de sus juramentos a la ciudad y a sus dioses, y ha abandonado a su mujer y a sus hijos a su suerte. Ella lo llama miserable y traidor, y se burla de su futuro inmediato, el de convertirse en «adorno de un triunfo romano» cuando lo paseen por las calles de Roma como trofeo de guerra. Después lo acusa de ser «el más afeminado de los hombres» y de haber abandonado a su familia para que fuera pasto de las llamas. Tras estas palabras, las últimas pronunciadas por un cartaginés, se vuelve y mata a sus propios y aterrorizados hijos arrojándolos al fuego, para, acto seguido, lanzarse tras ellos. El fin de Cartago adviene con esta declaración definitiva de muerte antes que esclavitud, de suicidio antes que dejarse capturar.
Pero ¿qué fue Cartago y quiénes eran los cartagineses? ¿Por qué los romanos los destruyeron con tanta saña? Estas preguntas no han dejado de cautivarme desde que pisé por primera vez el lugar donde un día se alzó la antigua Cartago, cerca de la moderna ciudad de Túnez, en el país del mismo nombre. La belleza de aquel sitio me hechizó, junto con los persistentes recuerdos que lo pueblan y la multitud de rostros que pululaban por sus calles. Durante seiscientos años, Cartago fue una presencia dominante en la historia del mundo antiguo, una potencia fundamental del Mediterráneo occidental, pero su importancia fue barrida del mapa por los romanos durante los siglos posteriores a su conquista. En este libro me he propuesto explorar la ciudad y la vida de sus habitantes a lo largo de su larga y gloriosa andadura, sacando a la luz sus historias reales, tras dos milenios marcados por el relato que urdieron sus conquistadores. Descubriremos una civilización fundamental en el Mediterráneo antiguo, cuyo legado cultural todavía puede sentirse en toda la costa norteafricana, Portugal y España, la Italia continental y las islas de Sicilia, Cerdeña y Córcega.
Tratar de responder a estas preguntas —quiénes eran los cartagineses y qué fue Cartago— plantea varios retos. Nos las vemos con una historia fragmentada, distorsionada y reconfigurada, un rompecabezas al que le faltan piezas clave. Las últimas líneas de la sobrecogedora escena que nos describe Apiano sintetizan bien el problema al que nos enfrentamos. Gran parte de lo que sabemos de los cartagineses nos ha llegado a través de una lente pulida por sus enemigos. Así, la esposa de Asdrúbal condena a su marido para la posteridad y, con él, a todos los hombres cartagineses, acusándolo de afeminamiento, el peor de los insultos para la mentalidad viril de romanos y griegos. El cartaginés Asdrúbal no se comporta como un hombre: está dispuesto a sufrir la humillación, incluso la esclavitud, antes que proteger a su familia, su ciudad y sus dioses, o quitarse la vida. No así su valiente esposa, cuyo acto final, el de arrojarse junto con sus hijos a una pira funeraria —por más que la escena entera sea, seguramente, una invención de los romanos—, despierta la admiración de Apiano, que resume aquel trágico acto con la frase: «Así murió la esposa de Asdrúbal, aquel fue su final, un final que habría sido, sin duda, más apropiado para su marido». Incluso esta célebre historia tiene, en las narraciones tradicionales, un sesgo romano.[1] Con este libro, pues, pretendo cuestionar las fuentes romanas y basarme en nuevas pruebas arqueológicas para dibujar una Cartago mucho más rica en matices.
La dramática historia del ascenso y la caída de Cartago ha fascinado a la gente durante milenios. Los relatos de Dido y Aníbal, los de la abundante riqueza de la ciudad, los de la guerra total y los de su trágico fin, conforman una narración apasionante. Solo ahora podemos entrelazarlos para tejer un renovado tapiz que incluye datos novedosos y una comprensión más profunda de los hechos, gracias a los avances arqueológicos que se han producido en los últimos veinte años. Los nuevos análisis de ADN y de isótopos estables en los restos humanos hallados en las fosas comunes del yacimiento de Hímera, en Sicilia, nos dan pistas sobre los orígenes de las personas enterradas allí. Arqueólogos de Túnez y de Países Bajos, sirviéndose de la datación por radiocarbono a partir de muestras obtenidas en excavaciones realizadas a gran profundidad en el área donde se alzaba Cartago, han confirmado que la fundación de la ciudad se produjo en el siglo IX a. e. c. Los estudios, excavaciones e investigaciones que se llevan actualmente a cabo en todo el Mediterráneo han comenzado a sentar las bases de la verdadera historia de Cartago, una historia que nos lleva más allá de Roma y que se sustenta en el avance tecnológico, las innovaciones industriales y la multiculturalidad de su población. Ahora podemos ofrecer nuevas perspectivas sobre la ciudad y su lugar en el mundo.
En su apogeo, en el siglo III a. e. c., Cartago era una cultura tecnológicamente avanzada y una ciudad con una población de alrededor de doscientos cincuenta mil habitantes, aunque es probable que esta cifra sea exagerada. Su ubicación geográfica era perfecta: en la costa norte de África, con conexiones al este y al oeste del Mediterráneo, al norte con Europa y al sur con el continente africano (véase mapa de la Introducción). La ciudad se fundó sobre terrenos agrícolas ricos, abundantes en recursos naturales, que los cartagineses explotaron al máximo. De hecho, la única obra literaria cartaginesa que los romanos conservaron tras la destrucción de la ciudad fue la de un hombre llamado Magón, que escribió sobre técnicas agrícolas innovadoras, sobre cómo cultivar las mejores viñas y qué especies de plantas prosperaban en aquellas tierras. Tan avanzada era la tecnología agrícola, y tan rica Cartago como nudo que lo conectaba prácticamente todo, que hasta que no conquistaron la ciudad los romanos no se convirtieron por fin en los dueños del Mediterráneo. Muchos sostendrían —entre ellos, seguro, los antiguos súbditos de Roma— que sin Cartago no habría habido Imperio romano.
A los habitantes de Cartago y a la cultura que allí se desarrolló se los suele denominar «púnicos», término que engloba a todas aquellas gentes que formaron parte de una gran diáspora de habla fenicia, y cuyo núcleo cultural se encontraba en el Mediterráneo central y occidental. Las fuentes romanas han descrito las Guerras Púnicas y todo lo relacionado con los púnicos, en general. Pero «púnico» es una palabra compleja; sus orígenes se remontan a un estereotipo cultural que los propios romanos crearon para desfigurar a su antiguo enemigo. La palabra procede del término latino poenus, que, según se cree, hace referencia a los orígenes fenicios de los cartagineses. Ser púnico no era precisamente un cumplido para los romanos del siglo III a. e. c., pero es el nombre que ha quedado, el que se ha utilizado para designar a los cartagineses desde entonces. A falta de algo mejor, me sirvo aquí también de la palabra «púnico», aunque estableciendo cierta distinción entre las identidades cartaginesa y fenicia occidental, sobre todo en lo que concierne a los primeros periodos de su historia.[2]
Muchos son los libros que se han escrito sobre Cartago y su historia a lo largo de los siglos, empezando por poemas épicos romanos hoy perdidos, como el Bellum Poenicum, de Nevio, sobre la Primera Guerra Púnica, y por otros escritores, cuyas obras, compuestas durante los siglos III y II a. e. c., son los primeros ejemplos que conservamos de literatura latina. Las guerras de Roma con Cartago fueron los acontecimientos que conformaron la literatura latina temprana y se convirtieron en una parte fundamental de la memoria de la ciudad y de la construcción de su edad heroica.[3] La historia del griego Polibio, escrita en el siglo II a. e. c., es una parte esencial de cualquier narración sobre Cartago y ejerció una enorme influencia en los escritos históricos posteriores, los que se realizaron en los albores del Imperio romano, como la monumental obra de Livio, Ab urbe condita («Desde la fundación de la ciudad»). No fueron menos importantes las epopeyas imperiales latinas, como la Punica, de Silio Itálico, y otras obras posteriores, en lengua griega, sobre la historia romana, como la de Apiano, que hemos citado anteriormente, y la de Plutarco. En los siglos que siguieron a la destrucción de Cartago, la fascinación de los romanos por aquellos acontecimientos no disminuyó, y no dejaron de transmitirlos con un fin didáctico. Para este nuevo relato de la historia de Cartago nos serviremos de muchas fuentes distintas, desde escritores griegos clásicos, como Heródoto y Tucídides, hasta historiadores romanos tardíos. Las opiniones antiguas son esenciales, pero debemos tener en cuenta siempre que, en casi todos estos textos, el papel de Cartago era el de «lo otro», y que esta «otredad» continuó hasta bien entrado el periodo posterior a la caída del imperio, cuando la memoria de Roma fue objeto de reflexión por parte de geógrafos árabes, eruditos medievales, escritores renacentistas y compositores de principios de la Edad Moderna.[4]
Seguimos, hoy en día, encontrándonos con este enfoque, sobre todo en el modo en que Cartago aparece en la historia de Roma, cuyo papel se reduce básicamente al de enemigo mortal de los romanos. En este libro he contado la historia de Cartago y de sus habitantes sirviéndome de personajes o lugares clave, y de los acontecimientos fundamentales que moldearon el destino de la civilización, tratando siempre de mantener en primer plano, en la medida de lo posible, la perspectiva cartaginesa. Comenzaremos con los fenicios y la fundación de Cartago como colonia de Tiro en el capítulo 1. Conoceremos a la fundadora de la ciudad, la hermosa reina Dido, y analizaremos los mitos y leyendas de este pasado lejano, que se remontan al siglo IX a. e. c. y que perduran todavía. En los primeros capítulos examinaremos cómo se vio involucrada Cartago en la política y las luchas de poder que tuvieron lugar en el Mediterráneo oriental, donde el Imperio persa aqueménida y las ciudades griegas arcaicas luchaban por el dominio. Examinaremos también cómo se relacionó Cartago con sus vecinos y cómo desarrolló su propia identidad cultural y religiosa a lo largo de los siglos VI y V a. e. c. Exploraremos la civilización cartaginesa en los momentos en que comienza a mostrar su poderío en el Mediterráneo occidental, en un mundo multicultural y competitivo, poblado por griegos, fenicios, etruscos y romanos. En los capítulos 4 y 5 analizaremos las interacciones de Cartago con las ciudades griegas de Sicilia, que nos mostrarán cómo la historia de Cartago estuvo íntimamente ligada a los grandes cambios geopolíticos y a las ideas que surgen de las conquistas de Alejandro en el siglo IV a. e. c. En el apogeo del poder cartaginés, en el siglo III a. e. c., los actores individuales y la política de los reinos sucesores «helenísticos» se convirtieron en el modelo a partir del que se juzgó a famosos generales cartagineses, como Aníbal.
En la segunda mitad del libro nos encontraremos con una Cartago convertida ya en imperio, y seguiremos estudiando las rivalidades y la expansión de su poder a lo largo del siglo III, hasta el siglo II a. e. c. En los capítulos 6 y 7 analizaremos las condiciones que dieron lugar a una guerra total en el Mediterráneo occidental y la batalla por Sicilia, que se conocería después como la Primera Guerra Púnica. La Segunda Guerra Púnica, posiblemente el episodio más famoso de la historia de Cartago, se tratará en los capítulos 8, 9 y 10; seguiremos a Aníbal mientras conduce a sus elefantes hasta Italia y desafía a Roma en sus mismísimos cimientos. En los capítulos 11 y 12 pasaremos revista a los últimos cincuenta años de la ciudad, hasta la batalla con Roma, los estertores finales de la civilización cartaginesa y su aniquilación definitiva. En el último capítulo, con Cartago reducida ya a cenizas, seguiremos a los cartagineses que sobrevivieron a la destrucción y nos detendremos en la presencia perdurable de la ciudad en nuestra memoria. Veremos que los restos de Cartago pueden hallarse aún en todo el Mediterráneo romano, y que continúan existiendo en nuestros días.
Gran parte de la historia de Cartago se fundamenta sobre su identidad como ciudad norteafricana. En suelo norteafricano se encontraban sus aliados más cercanos y sus enemigos más acérrimos, con quienes compartían mitos y tradiciones locales. Los pueblos indígenas del norte de África, los actuales bereberes, eran conocidos como númidas o libios —a veces también como bereberes, ya en los textos antiguos y medievales—, y fueron una parte esencial de la fisionomía y la historia de Cartago. Desde el principio hasta el final de dicha historia, exploraremos también las de las comunidades africanas, en tanto que aliadas de Cartago: los matrimonios mixtos y las identidades que dieron lugar a aquel pueblo que denominamos cartaginés.
Utilizaré aquí los términos «númida» o «libio» para referirme, en general, a los nativos del norte de África, a menos que aluda a un pueblo específico por el nombre de su reino o ciudad.
Mi ambición es contar una historia de Cartago que sea a la vez un relato épico y una narración que nos ayude a comprender mejor a las personas reales que vivieron y prosperaron en esta hermosa ciudad costera durante los siglos anteriores a Roma. Los romanos no querían que nadie —ni su pueblo ni sus adversarios, ni sus ciudadanos ni sus descendientes— percibiera o viera a Cartago ni a sus ciudadanos como personas reales; querían que a los cartagineses se los considerara para siempre como sus enemigos. Mi objetivo, y el del recorrido de este libro, es desvelar, en la medida de lo posible, lo que los romanos intentaron hacernos olvidar: que Cartago ha sido desde siempre una de las culturas fundacionales del Mediterráneo occidental antiguo. Y, si miramos con atención, veremos que, efectivamente, sin todo lo que fue Cartago, Roma no habría existido.
Hubo una antigua ciudad, Cartago, colonia de Tiro, frente a Italia y muy lejos de ella y las bocas del Tíber; grandes riquezas tenía, dones tan abundantes
como bravos eran su arrojo y su sed de batallas.
Virgilio, Eneida, 1.12-14[1]
Cualquier historia sobre Cartago ha de comenzar con Dido. La Dido mítica fue una reina de belleza imperecedera, cuya trágica vida han recreado durante milenios la literatura, el arte y la música. La Dido histórica fue una mujer que vivió en el siglo IX a. e. c., que procedía de Tiro, una ciudad situada en el actual Líbano, y que en realidad no se llamaba Dido. Los habitantes de Tiro hablaban fenicio, una lengua semítica del Mediterráneo oriental que contaba con un alfabeto. En la lengua nativa de Tiro, a Dido se la conocía como Elishat y, cuando los antiguos griegos transcribieron su nombre, se acabó convirtiendo en Elisa, que es como algunos antiguos historiadores griegos se refieren a ella. Pero fue bajo el nombre de Dido como alcanzó la fama eterna en las historias romanas, y las opiniones difieren en cuanto a por qué los romanos empezaron a llamarla así. La explicación más convincente es que Dido era una especie de apellido o epíteto que significaba «la errante», lo que podría aludir a su viaje por el Mediterráneo, antes de llegar al lugar donde se fundaría Cartago.
Fue el poeta romano Virgilio quien inmortalizó en su Eneida, escrita en el siglo I a. e. c., la célebre leyenda de la fundación de Cartago, pero esto sucedió ocho siglos después de aquel acontecimiento y más de cien años después de la destrucción de la ciudad. Virgilio partió de un relato ya existente sobre Dido/Elisa y lo entrelazó con uno de los mitos fundacionales de Roma, aunando así las dos ciudades para la posteridad. En la epopeya de Virgilio, el héroe troyano Eneas, tras escapar de las ruinas ardientes de su ciudad, se refugia en la costa del norte de África, en los dominios de Dido, justo cuando se está construyendo Cartago. El desolador relato de la destrucción de Troya que cuenta Eneas conmueve a Dido y ambos se convierten en amantes desventurados, condenados por los dioses a la separación. Eneas, tras seducir a la reina de Tiro, la abandona, dejándola destrozada y llena de resentimiento, para continuar su camino hacia Italia y cumplir con el destino que los dioses le han asignado. Dido se convierte así, a la luz de este relato, en el arquetipo de la mujer rechazada, abandonada y vengativa. Tan profunda es su humillación que no le queda más remedio que quitarse la vida. Con su último aliento, maldice a Eneas y a todos sus descendientes, e implora que en el futuro «aparezca algún vengador de nuestra sangre libia», algo que les sirvió a los romanos para justificar las guerras libradas entre las dos grandes ciudades.[2]
La Dido virgiliana ha sido un tema recurrente del teatro, la ópera y la novela en diferentes idiomas y culturas; la historia de la reina trágica no ha dejado nunca de resonar a lo largo de la Antigüedad y la modernidad. Pero esta no es la única versión de la fundación de Cartago, y los otros relatos que han sobrevivido revelan detalles más concretos y tangibles de la mujer real que inspiró estas leyendas. Las versiones anteriores a Virgilio omiten por completo al romano Eneas y nos hablan de la reina fenicia Elisa. La del escritor griego de Sicilia llamado Timeo de Tauromenio (la actual Taormina) data al menos de finales del siglo III a. e. c., pero probablemente existía ya antes. De la historia que narra Timeo solo contamos con fragmentos extraídos de otras piezas que sí se han conservado, escritas por autores antiguos posteriores, por lo que la narración completa de la fundación de Cartago anterior a Virgilio sigue siendo algo confusa. En la versión de Timeo, Elisa era una princesa fenicia de Tiro que se refugió en la costa norteafricana tras huir de su ciudad natal a causa de los disturbios causados por su hermano, el joven rey Pigmalión. Pigmalión había asesinado al marido de Elisa, que era rey regente y sumo sacerdote del dios Melqart, patrón de Tiro. Tras eliminar a su cuñado, el joven Pigmalión se hizo con el trono, pero su poder era inestable y muchos nobles desconfiaban de su gobierno. Entre ellos se encontraba su hermana Elisa, quien, horrorizada por la muerte de su marido y el sacrilegio cometido contra sus dioses, acabó convirtiéndose en el núcleo de la oposición de las élites gobernantes al nuevo rey.[3]
Elisa y su grupo de rebeldes huyeron de la ciudad por la noche, llevándose consigo objetos sagrados que pertenecían al dios Melqart. Iniciaron así un largo viaje a través del Mediterráneo, dirigiéndose hacia el oeste, para fundar una colonia. El historiador romano Apiano se hace eco de estos detalles cuando nos cuenta que Dido/Elisa «zarpó hacia África y se llevó consigo sus pertenencias y a varios hombres que querían escapar de la tiranía de Pigmalión».[4] La primera parada de los rebeldes fue la isla de Chipre, donde reclutaron a mujeres jóvenes para que se unieran a su grupo como esposas. Aquellas mujeres procedían de un famoso templo de Citio dedicado a la diosa Astarté (el equivalente fenicio/cananeo de la Afrodita griega y la Venus romana). El templo era un lugar al que las familias enviaban a las jóvenes para que sirvieran durante un tiempo como «prostitutas sagradas» en honor a la diosa. Según la tradición, tras su estancia en el templo, estas jóvenes se convertían en novias muy codiciadas. Los nobles tirios y sus novias abandonaron Chipre juntos y cruzaron el mar, haciendo escala en Grecia y Sicilia antes de llegar al lugar que hoy conocemos como Cartago.[5]
¿Qué hacer con estos fragmentos de un mito tan antiguo, filtrados a través de la lente de los enemigos de Cartago? ¿Cómo interpretarlos? Los vestigios esenciales de la historia —la unión de las mujeres chipriotas a la expedición y la apropiación de objetos sagrados— sugieren que no se trató de una mera huida alocada a través del mar, sino de un viaje planificado. Esto encaja con lo que sabemos hoy sobre los primeros asentamientos fenicios y con los restos encontrados en otros yacimientos, como el de Cádiz, en España, que revelan una bien organizada planificación urbanística.[6] El hecho de que Cartago, durante sus seiscientos años de existencia, siguiera pagando tributo al templo del dios Melqart, en Tiro, deja claro que se trataba de una expedición con intenciones coloniales; un tributo anual apunta a un lazo estrecho y muy específico con la ciudad madre. Los detalles de la relación que Elisa/ Dido mantenía con su difunto marido, la adoración que este le profesaba al dios Melqart y la fidelidad inquebrantable de ella hacia él, nos dan pistas sobre las ideas que subyacen a la fundación de la ciudad de Cartago. El nombre Melqart significa literalmente «rey de la ciudad», y su figura desempeñaría un papel importante a lo largo de la historia de Cartago: el de protector de la ciudad y de sus colonias. Melqart formaba parte del panteón divino de la religión cartaginesa, pero también estaba asociado a otras ciudades fenicias del oeste. Esto lo convirtió en el núcleo identitario de aquella comunidad que acabaría extendiéndose por todo el Mediterráneo occidental. Así, en estos mitos sobre la reina fundadora Dido y sus virtudes femeninas idealizadas se esconde una valiosa información acerca de las decisiones tomadas por los tirios que se establecieron en África.[7]
Tiro, la ciudad madre de Cartago, fue una metrópolis fundamental en la Antigüedad, un poder regional que contaba con una arquitectura monumental y un puerto sofisticado. Los griegos y romanos posteriores nos han dejado diversas descripciones de ella, como la de Quinto Curcio Rufo, quien dice, en su Historia de Alejandro Magno, que «sobresalía entre todas las ciudades de Siria y Fenicia por su renombre y tamaño».[8] Era una potencia del Mediterráneo oriental y las regiones del interior, y esta fama y orgullo por sus orígenes acompañó, sin duda, a los tirios que establecieron sus nuevas ciudades en el Mediterráneo occidental. Situada en una isla frente a la costa del Levante, Tiro era el ejemplo clásico del tipo de emplazamiento que los fenicios escogían para fundar sus ciudades: protegida del continente, con acceso fácil desde el mar y con un buen refugio para los barcos. Cartago también compartía estas características. El nombre de Cartago en lengua fenicia era Qart Hadasht, que significa, literalmente, «ciudad nueva».[9]
Pero Cartago no fue la primera ciudad fenicia en la costa de África. A solo treinta kilómetros al norte se encontraba Útica, fundada, según fuentes históricas antiguas, varios siglos antes (véase mapa de la Introducción). Sin embargo, los restos arqueológicos encontrados en Útica no coinciden con las fechas registradas en dichas fuentes, por lo que es posible que la ciudad solo llevara unas décadas existiendo cuando se fundó Cartago. Por su estilo, la cerámica encontrada en las excavaciones de Útica, en su mayoría vasos y platos, se remonta al periodo en el que se fundó Cartago, el siglo IX a. e. c., y los resultados de la datación por radiocarbono han permitido determinar cuándo se produjo la ocupación; fue un poco antes, en el siglo X. Un espectacular hallazgo reciente ha sacado a la luz los restos de un banquete celebrado por los habitantes de Útica en aquellos primeros años. La población sacrificó, asó y consumió cabras, bueyes, cerdos, caballos, tortugas y un perro doméstico en un ágape comunitario. Después de comer y beber, se recogieron todos los platos y vasos y se depositaron, junto con los restos de los animales, en un pozo profundo. Es posible que nunca se conozca el motivo de la fiesta y del posterior depósito de los enseres y las sobras en el pozo, pero se cree que la comunidad celebró algún tipo de ritual cuyo fin era sellar aquella fuente de agua. Miles de años después, estos restos arqueológicos proporcionan todo tipo de información sobre la antigua ciudad africana y la relación de sus habitantes con el mundo que los rodeaba.[10]
La cerámica y la vajilla que se utilizaron en el banquete de Útica procedían de toda la zona central del Mediterráneo y nos indican que los habitantes de aquellos primeros tiempos estaban en contacto con sus vecinos del norte, en Cerdeña y el centro de Italia, y del este, en Grecia y el Levante. Estaban muy bien comunicados entre sí y se dedicaban al comercio marítimo. Cabe preguntarse, entonces: ¿por qué se construyó Cartago a solo treinta kilómetros al sur? La respuesta reside en su ubicación. Aunque hoy en día se halla en el interior, Útica, en el siglo IX a. e. c., se encontraba en la costa, en la desembocadura del río Bagradas (Medjerda). El caudal anual del río hacía que el puerto de la ciudad, situado justo en la desembocadura, sufriera constantemente problemas derivados de la sedimentación, conque es probable que Cartago fuera elegida por tratarse de un puerto más accesible y funcional.[11]
Una vez que los nuevos colonos llegaron a Cartago, los habitantes locales, a los que nuestras fuentes antiguas se refieren como númidas o libios, se mostraron reticentes ante un nuevo asentamiento. Los pueblos indígenas habrían tenido ya contacto con los colonos del Levante en Útica y no acogieron con agrado a Dido y sus seguidores. De hecho, se cree que los recién llegados engañaron a los lugareños para que les cedieran sus tierras. En el mito recogido por un autor romano mucho más tardío, Justino, Dido negocia con un rey local la adquisición de un pedazo de tierra, pidiendo solo «tanta como pudiera cubrir una sola piel de buey». Dido le dice al rey que necesita la tierra únicamente para darle descanso a su pueblo, cansado tras el largo viaje desde Oriente. A continuación, ordena que corten la piel de buey en tiras lo más finas posible. Colocando las tiras unas junto a otras, abarca toda la tierra que puede y, de este modo, consigue mucho más territorio del que, según dijo, necesitaba. Aquel terreno adquirido por la adorable reina se llamó posteriormente Birsa y se convirtió en la ciudadela de Cartago, ya que Byrsa, en griego, significa «piel». Justino no nos cuenta la reacción del rey libio, pero es fácil imaginar que el ardid no le hizo ninguna gracia.[12]
La historia de la piel de buey suena un tanto extravagante a los oídos de hoy, pero los escritores antiguos la repitieron a menudo para mostrar con cuánta astucia burló Dido al rey local. Los cartagineses quedarían para siempre caracterizados como gente astuta, artera, poco fiable, pero algunos estudiosos no descartan que la historia pueda contener una pizca de verdad. Es posible que el cuento de la piel de buey sea un reflejo de un proceso legal de adquisición de tierras del que no tenemos conocimiento, mezclado con un concepto mucho más conocido, el de utilizar un buey para arar un terreno con el fin de demarcarlo. Pero la historia sigue planteando interrogantes. Por ejemplo, ¿por qué los tirios, cuya lengua era el fenicio, utilizaban una palabra de origen griego como «Birsa» para referirse a su ciudadela? Aquí podemos ver las capas de texto y las diferentes tradiciones que se entrelazan a medida que el pasado prehistórico se entreteje con el relato de la fundación de Cartago. La palabra fenicia para «fortaleza» es «barsat», y algunos expertos sostienen que «Birsa» es una corrupción de aquel término original, adaptado para los oyentes griegos. Esta versión de la historia es una muestra evidente de cómo los escritores griegos antiguos trataron de comprender a los cartagineses dentro de sus propios marcos míticos y lingüísticos.[13]
En todas las versiones del mito, Dido se da muerte a sí misma. Su ciudad creció y prosperó tanto que un rey vecino, llamado Yarbas, aprovechó la oportunidad para pedir la mano de la reina. Dido rechazó su oferta, alegando que nunca podría romper la promesa que le había hecho a su difunto esposo. Desde un punto de vista más realista, su decisión probablemente fuese un reflejo de la vulnerabilidad de las mujeres gobernantes de la época: ella no quería cederle su autonomía y poder a Yarbas. Pero las élites de Cartago pensaban de otra manera y, según cuenta la historia, apoyaban la propuesta de matrimonio. He aquí, por tanto, a una reina solitaria que luchaba por el poder y necesitaba asegurar la ciudad con el apoyo de un hombre. La población quería un líder que tuviera herederos —la clásica historia atemporal de una reina sin hijos que se ve presionada por todos lados—. Parecía, en fin, que Dido se vería obligada a casarse, puesto que las élites que la rodeaban estaban dispuestas a derrocarla si se negaba. Pero ella, según cuenta la leyenda, decide suicidarse antes que verse obligada a contraer aquel matrimonio no deseado. En la escena final, se arroja a una pira en llamas y su autoinmolación se erige como símbolo de gran sacrificio, virtud femenina y modestia.
Estas numerosas historias sobre Dido han dibujado una imagen compleja y conflictiva de una mujer virtuosa y abnegada, poderosa y peculiar, pero, al mismo tiempo, alguien cuya pasión y amor la llevaron a la destrucción, al menos según Virgilio. ¿Pueden las diferentes versiones de Dido decirnos algo sobre Cartago o solo nos sirven para comprender las ideas romanas sobre el poder y las virtudes femeninas? En las andanzas de Dido se dan paralelismos con las de una de las pocas mujeres cartaginesas de las que sabemos algo, la esposa de Asdrúbal, de la que hablábamos al principio del libro, que muere de la misma manera y en el mismo lugar: la colina de Birsa. Hay estratos de la construcción literaria de la historia que se basan en el ideal de una mujer abnegada, e incluso similitudes con el personaje de la noble Lucrecia de la mitología romana temprana, cuyo suicidio desencadenó la creación de la República de Roma.[14] La Dido que nos presenta Virgilio en su Eneida, en cambio, es una reina no muy virtuosa que se sirve de la manipulación emocional y sexual para intentar alejar al protorromano Eneas de su destino. Tal imagen, la de una Dido seductora que desvía de su camino a un noble romano, se ha relacionado a menudo con la figura de Cleopatra, que ocupaba un lugar destacado en la mente de los contemporáneos de Virgilio cuando este escribió su epopeya, en la segunda mitad del siglo I a. e. c. El de Virgilio fue el mito más perdurable de Dido y se escribió con la aprobación del primer emperador romano, Augusto, aquel consumado propagandista que acababa de llegar al poder tras derrotar a las fuerzas de Cleopatra y Marco Antonio en Accio, en el año 31 a. e. c.[15]
En la mitología de Dido, pues, se mezclan elementos que combinan las caracterizaciones romanas posteriores de los cartagineses —como gente astuta, poco fiable— con la fuerza de carácter y la nobleza de las historias que ensalzan la gran virtud romana. La descripción de la vida de Dido sintetiza todas las cuestiones con las que debe lidiar aquel que se proponga contar la verdadera historia de Cartago, puesto que el punto de vista de los cartagineses sobre la fundación de su ciudad, es decir, la visión que ellos mismos tenían de su propia historia, ha quedado borrada para siempre de la memoria.
Los hechos reales sobre la fundación de Cartago son algo menos dramáticos que los que nos cuenta el mito. Antiguos comerciantes y viajeros de habla fenicia, procedentes de las ciudades costeras del Levante, se desplazaron al Mediterráneo occidental entre los siglos IX y VII a. e. c. Una compleja combinación de factores, entre los que se cuentan la necesidad de nuevos recursos y la presión demográfica y política, parecen estar detrás de aquel movimiento. Las ciudades-Estado del Levante, aquellas que conformaban la región que hoy conocemos como Fenicia, recurrieron al comercio y a la colonización como forma de aliviar los problemas internos. Esto empujó a sus poblaciones a fundar numerosas ciudades en el Mediterráneo occidental, entre las que destacó Cartago. Las excavaciones realizadas a gran profundidad en las capas más antiguas de lo que fue Cartago confirman ahora que la ciudad se fundó en una época que coincide con las fechas que nos ofrecen las fuentes antiguas, alrededor del 814 a. e. c.[16]
Cartago ocupaba una ubicación privilegiada, a mitad de camino de la costa norte de África, cerca de la isla de Sicilia, lo que la convertía en una especie de puente natural a través del Mediterráneo central que unía África con Europa. Dado que la navegación marítima en la Antigüedad dependía de los vientos y las corrientes oceánicas, que podían ser devastadores si se calculaban mal, los barcos se desplazaban de puerto en puerto y siempre con la tierra a la vista. Desde Cartago, las corrientes eran fáciles de predecir y la tierra no se perdía de vista en ningún momento, lo que permitía a los barcos zarpar hacia Sicilia en los meses más apropiados para la navegación. Aquella envidiable ubicación significaba también que quien ocupara la ciudad podía controlar las idas y venidas a través de la zona central del Mediterráneo (véase mapa de la introducción).
Si hoy en día uno visita Cartago y sube a la colina de Birsa para contemplar la bahía de Túnez, podrá apreciar de inmediato lo ideal de aquella geografía, a la vez abierta y resguardada. La ciudad se asienta en una pequeña península, escondida y orientada ligeramente al sudeste, pero con pleno acceso al mar.[17] En la Antigüedad, esa península estaba rodeada de agua por completo y el enlace con la tierra firme era mucho más estrecho de lo que lo es en la actualidad. Gran parte de lo que actualmente se ve al norte y al sur de la estrecha península es tierra ganada al mar y sedimentada. Aquella combinación ideal de mar, refugio y tierras agrícolas era, como hemos dicho, una ubicación perfecta —y también perfectamente fenicia— para una ciudad. En los primeros tiempos de la existencia de Cartago, entre los siglos IX y VII a. e. c., el mar era un lugar muy peligroso para establecerse y las ciudades costeras solían ser en extremo vulnerables. Por lo tanto, había que encontrar un equilibrio entre la ubicación, que debía permitir la navegación marítima, y la protección frente a los posibles daños causados por la piratería, las invasiones y el poder no menos destructivo de las tormentas.
De hecho, cada vez que he visitado otras ciudades fenicias culturalmente vinculadas a Cartago, como Cádiz, Palermo, Tiro o Motia, he tenido la misma sensación de estar en un lugar costero, es decir, vulnerable, pero también protegido por el mar que lo rodea. Dado que existe una similitud clara entre estas ciudades fundadas por los primeros exploradores fenicios en el Mediterráneo, la única forma de comprender realmente la antigua Cartago y su fundación es observar más de cerca a los demás pueblos de habla fenicia y el papel que desempeñaron tanto en el norte de África como al otro lado del mar. Y puesto que, en aquellos primeros años, Cartago era solo una entre las muchas ciudades del Mediterráneo occidental, la forma en que evolucionó a partir de un grupo de asentamientos, colonias y puestos comerciales fenicios relacionados entre sí hasta convertirse en una potencia es una parte fundamental de la historia. Así, para comprender Cartago es necesario comprender antes quiénes fueron los fenicios y por qué se trasladaron al Mediterráneo y se establecieron en estas regiones.
Se cree que los pueblos que llamamos fenicios están emparentados con los cananeos de la Biblia hebrea, que se establecieron en la tierra de Canaán en el segundo milenio a. e. c. A finales de la Edad del Bronce, los cananeos desempeñaron un papel fundamental en el transporte de mercancías por el Mediterráneo oriental y el Egeo. Las pruebas de estos viajes y de su actividad comercial proceden de restos de naufragios, uno de los cuales se halló a tan solo cincuenta metros de profundidad en la bahía de Antalya, al sur de Turquía, cerca de la ciudad de Uluburun. A dicha profundidad, pero claramente visible para los buceadores en el azul del mar de Antalya, se encontraba la carga del barco, esparcida por el fondo marino. Los restos de un barco de la Edad del Bronce pueden revelarnos información sobre las personas que iban a bordo y las rutas de estos intrépidos viajeros de hace más de tres mil años. A bordo había diez toneladas de lingotes de cobre, jarras de cerámica repletas de vino de Chipre y aceite del Levante, cuentas de vidrio, un escarabajo egipcio de la reina Nefertiti de Egipto y vasijas del Egeo. Por la variedad de estos objetos, podemos deducir que el barco, antes de irse a pique, siguió una ruta circular por la costa oriental del Mediterráneo, recogiendo y descargando mercancías. Los cananeos desaparecen de la historia a finales del segundo milenio a. e. c. La hipótesis más probable sugiere que, a comienzos de la Edad del Hierro (es decir, entre los siglos X y IX a. e. c.), reaparecen en los registros históricos con otra identidad: la de fenicios. Estos «fenicios» habitaban en ciudades dispersas a lo largo de la costa oriental del Mediterráneo y se referían a sí mismos por sus ciudades de origen, entre las que se encontraban florecientes centros portuarios urbanos como Sidón, Tiro, Beirut y Biblos.[18]
Los llamamos fenicios porque así los bautizaron los griegos posteriormente, aunque ellos nunca se refirieron a sí mismos con este nombre. El término proviene de la palabra griega phoinike, que alude al color púrpura; en concreto, a la tintura púrpura extremadamente valiosa que los fenicios producían y que se obtenía mediante la molienda de la concha de múrex, un molusco casi extinto en la actualidad. La industria de este tinte era una de las bases económicas de las antiguas ciudades fenicias. La palabra Phoenix/Phoinix está presente en la literatura griega temprana —un anciano llamado Fénix aparece en la Ilíada de Homero como consejero y tutor de Aquiles—. En otros lugares, según la tradición griega, Fénix es el fundador epónimo de los pueblos fenicios,[19] y también el padre de Europa, aquella princesa que, según nos cuenta la mitología, Zeus se llevó a Creta después de raptarla y violarla. Europa es otra de las mujeres mitológicas fenicias que no ha dejado de resonar en la cultura y el arte occidentales. Todos estos relatos son una muestra de hasta qué punto llegaron los griegos a conocer e integrar en su mitología a los fenicios, su cultura y sus costumbres.
A principios del primer milenio a. e. c., los fenicios, que vivían a lo largo de la costa, se expandieron hacia el oeste. Las pruebas del veloz crecimiento urbano que tuvo lugar entre los siglos XII y VIII a. e. c. y de la escasez de alimentos, ya en el siglo X a. e. c., sugieren que la demografía superó la capacidad de la tierra para producir alimentos. La estrecha franja fértil donde se alzaban las ciudades fenicias se extiende unos doscientos kilómetros de norte a sur a lo largo de la costa. Está bien regada y protegida al este por el macizo del Líbano y la cordillera del Antilíbano, que superan los tres mil metros de altura. Estas montañas suministraban abundante agua dulce y madera de excelente calidad —la de los célebres cedros del Líbano— para la construcción de barcos. Pero las características geográficas impiden que la franja costera se expanda hacia el oriente. De modo que, como hemos dicho antes, la limitada infraestructura agrícola y el crecimiento excesivo de la población empujaron a los pueblos que llamamos fenicios a salir en busca de nuevos horizontes en el Mediterráneo. Ellos fueron los primeros que retomaron las tradiciones del comercio entre distintos Estados —que floreció en la Edad del Bronce—, y también los primeros que aprovecharon los crecientes vínculos comerciales entre los pueblos del Mediterráneo, a principios de la Edad del Hierro (siglos X y IX a. e. c.). Se desplazaron hacia occidente, desde el Egeo, llegando hasta los límites del Mediterráneo y quizá más allá.
Los fenicios ganaron fama de grandes navegantes y construyeron los primeros buques de guerra dotados de cubierta y espolón de la Antigüedad. Existe una famosa imagen de una birreme, procedente de un relieve hallado en el palacio asirio de Nínive (en el actual Irak, cerca de Mosul), que es una muestra clara del uso de un buque de guerra con cubierta y dos niveles de remos (véase la figura 1 del cuadernillo de imágenes). Y, aunque durante este periodo los fenicios se hicieron famosos sobre todo como comerciantes —y como mercaderes, artesanos y agricultores—, aún más significativo fue el papel que desempeñaron en la navegación y la guerra naval en el Mediterráneo oriental.
A comienzos de la Edad del Hierro, los fenicios se dirigieron hacia occidente, en busca de valiosos recursos naturales, para llevarlos de vuelta a sus ciudades y comerciar con ellos en el mundo urbanizado del Mediterráneo oriental. Compraban materias primas que luego usaban como productos básicos esenciales o para producir artículos de lujo —amuletos de oro y anillos de escarabajo de cornalina, brazaletes y pendientes—. Las nuevas tecnologías e industrias de la Edad del Hierro modificaron la cadena de suministro y la demanda de materias primas, y los yacimientos de mineral de hierro del Mediterráneo occidental se convirtieron en un elemento clave para la prosperidad de aquellas civilizaciones orientales. La exploración de nuevos territorios, especialmente la península ibérica (los actuales España y Portugal), Cerdeña y Etruria (en la Italia central), llevó a los fenicios a explotar abundantes reservas de recursos naturales y a adquirir una creciente reputación de gran riqueza.
Fue la combinación de todos estos factores lo que impulsó el asentamiento de pueblos de habla fenicia en el Mediterráneo occidental. Los reinos de Asiria, Egipto, Israel y Judá, durante la temprana Edad del Hierro, y su relación con las ciudades fenicias, son la base de nuestra comprensión de estos acontecimientos. Un famoso relieve hallado en el palacio del emperador neoasirio Asurnasirpal II (siglo IX a. e. c.) en Nimrod, antigua Calah o Kahlu, en la orilla oriental del Tigris, muestra lo que se cree que es un fenicio rindiendo tributo al gran rey (véase la figura 2 del cuadernillo de imágenes) y acompañado de dos monos, uno en su hombro y otro cogido de su mano. ¿Estamos ante el rostro de un antiguo gobernante fenicio que lleva regalos exóticos al gran rey asirio? No podemos saberlo con certeza, pero sí comprobar hasta qué punto los fenicios fueron, efectivamente, asociados con animales exóticos y con la explotación de recursos de lugares lejanos, con lo extranjero, todo ello simbolizado por esos dos monos procedentes del oeste de África y ofrecidos como tributo.
La expansión fenicia temprana aparece muy simplificada en algunas fuentes literarias, como la Biblia hebrea, donde algunos de sus pasajes más conocidos mencionan la abundancia disponible en tierras lejanas: «Tarsis era tu mercader, por sus innumerables y variadas riquezas; con plata, hierro, estaño y plomo, en tus ferias comerciaba», dice el Libro de Ezequiel.[20] En el siglo VI a. e. c., cuando la Biblia hebrea se escribió, la plata, el hierro, el estaño y el plomo se citan como el origen de la riqueza fenicia, y todos estos productos se encontraban en el Mediterráneo occidental, en concreto en España (estaño y plata) y en Etruria (mineral de hierro y cobre).
La mejor manera de imaginarnos la compleja red tejida por los fenicios es observar las rutas marítimas que seguían los marineros y comerciantes a través del Mediterráneo en aquella época. El funcionamiento era el siguiente: un barco se desplazaba de puerto en puerto, de región en región, descargando y cargando mercancías por el camino, sin alejarse nunca mucho de la costa —un tipo de navegación que se denomina «cabotaje»—. Los mercaderes que surcaban las costas del Mediterráneo no solo impulsaban el comercio, sino que también aumentaban las interacciones entre culturas con sus navegaciones circulares, en sentido contrario al de las agujas del reloj, que se adaptaba a los vientos y las corrientes (véase mapa de la Introducción). Se cree que el lugar que en la Biblia hebrea se denomina Tarsis era Tartessos, una región de la España actual situada más allá de las Columnas de Hércules (estrecho de Gibraltar), al noroeste de la antigua colonia fenicia de Gadir (Cádiz). Esta región, la del río Tinto, se ubica alrededor del Guadalquivir (antiguamente, río Betis), y abunda en minerales incluso hoy en día. Era muy apreciada por sus recursos, y no es casualidad que siglos más tarde fuera escenario de algunas de las batallas más encarnizadas entre cartagineses y romanos durante la Segunda Guerra Púnica: las dos potencias luchaban por los abundantes recursos naturales que esta rica región proporcionaba.
Las primeras colonias y asentamientos fenicios se ubicaron en Chipre y más tarde en Creta, Grecia, Sicilia, Cerdeña, las islas Baleares y Cádiz. La ruta de regreso recorría la costa norte de África hasta Útica, Cartago, las ciudades de la emporia (actualmente en Libia) y el delta del Nilo para dirigirse después a las ciudades de la costa oriental del Mediterráneo. España, Portugal, Italia, Malta, Grecia, Chipre, Turquía, Marruecos, Argelia, Túnez, Libia, Egipto, Israel, Palestina y Líbano cuentan con yacimientos de origen fenicio. Muchas ciudades fenicias siguen siendo ciudades en la actualidad: su ubicación se escogió con tanto acierto que, a lo largo del Mediterráneo, aún hoy encontramos prósperos centros urbanos, desde Beirut hasta Palermo y Cádiz, que se asientan sobre sus cimientos fenicios.
La reputación de los fenicios como comerciantes y mercaderes se mantuvo a lo largo de los siglos, y las fuentes antiguas mencionan, como hemos dicho, sus conexiones con la riqueza, el oro y la plata. Pero junto a estas menciones, aparecen también insinuaciones y acusaciones de codicia, corrupción y explotación. Un autor antiguo, llamado Diodoro Sículo, que escribió en el siglo I a. e. c., cuenta que los fenicios llegaron a enriquecerse mediante la explotación de culturas menos avanzadas tecnológicamente. Afirma que los fenicios utilizaban sus sofisticados conocimientos sobre los metales y engañaban a los pueblos indígenas para que realizaran intercambios poco ventajosos: «Compraban plata a cambio de otros productos de poco o ningún valor». Luego transportaban la plata a Grecia y Asia, y «así acumularon —cuenta Diodoro— su gran riqueza».[21]
Esta antigua historia de explotación colonial es un reflejo de la percepción que tuvieron de los fenicios algunos escritores mucho más tardíos. El relato de Diodoro enfatiza hasta el extremo la codicia de los fenicios cuando cuenta cómo sus «mercaderes llegaban tan lejos en su afán de riquezas que, si sus barcos estaban ya completamente cargados, pero aún quedaba una gran cantidad de plata por embarcar, arrancaban el plomo de las anclas y las revestían después con la plata sobrante». La imagen de las anclas talladas en plata quedó para la posteridad, así como muchos otros estereotipos clásicos sobre los fenicios y cartagineses. Son estos estereotipos de codicia y deshonestidad los que aparecen cada vez que, en las fuentes griegas y romanas —sus enemigos posteriores—, se discute sobre Cartago.
Los estudiosos suelen explicar el Mediterráneo en el periodo que va del siglo X al VII a. e. c. recurriendo a términos modernos como «comercio marítimo», «cabotaje» o «tráfico marítimo», lo que dibuja una imagen falsa, la de un mundo estructurado por normas y organismos interestatales, y gobiernos nacionales organizados. Sin embargo, gran parte de lo que ocurría era mucho más libre, con tripulaciones de barcos particulares que se hacían a la mar para probar suerte y ejercer eso que hoy llamaríamos piratería. Los primeros textos griegos solían llamar piratas a los fenicios, y es probable que, si tuviéramos textos similares que revelasen la visión que los fenicios tenían de los griegos, también ellos llamarían a los griegos piratas; unos piratas simbolizados por el dios Zeus que, en forma de toro, se llevó a Europa, hija del rey fenicio Fénix, a Creta. Zeus, que actuó movido por la lujuria, es un trasunto de aquellos pequeños grupos que asaltaban costas extranjeras y raptaban a las mujeres. La gran epopeya homérica de la Odisea es un ejemplo de ello, y Odiseo es, para muchos, el mayor pirata de todos. Pero la Odisea refleja en gran medida lo que ocurría en el área mediterránea de forma generalizada: hombres que zarpaban en sus barcos, en busca de aventuras y nuevos descubrimientos. Por lo tanto, cuando leamos acerca de la fundación de ciudades y del movimiento de los pueblos a través de estos mares, es importante tener en cuenta que las sociedades mediterráneas del mundo antiguo en las que a menudo pensamos —Cartago, Roma y las ciudades-Estado griegas, en especial— se están conformando justo en este periodo y que, en su ADN, está profundamente arraigada una identidad que combina la expansión marítima, los mitos, las leyendas, la piratería, el comercio y la violencia.
En aquel momento crítico de la historia del Mediterráneo, el contacto de los fenicios con los pueblos de habla griega encendió una chispa de fusión cultural cuyos vestigios aún podemos apreciar. El primer lugar en el que se produjo dicho intercambio cultural fue sin duda Chipre, y se han hallado pruebas de ello en el yacimiento de Citio (véase mapa de la Introducción). Desde el punto de vista geográfico, Chipre era el lugar más apropiado y el más natural para que se diera el diálogo entre griegos y fenicios, y en la actualidad es todavía un yacimiento de importancia fundamental. Como ya hemos visto, en Citio se erigió un famoso templo dedicado al culto de Astarté, una deidad de Oriente Próximo que los fenicios de Chipre identificaron con una diosa local. Con el tiempo, aquella deidad se transformó en la diosa griega del amor, Afrodita. Como ya vimos, en uno de los mitos de Dido, las jóvenes del templo de Astarté/Afrodita, en Chipre, se convirtieron en esposas de los colonos de aquella nueva ciudad que la reina de Tiro se disponía a fundar en África.
Los griegos decían que la diosa del amor, Afrodita (la Venus romana), había venido del este, tal y como nos cuenta Hesíodo en su Teogonía, escrita en el siglo VIII a. e. c.:
A la isla de Chipre llegó, arropada por el mar, y se convirtió en una diosa terrible y hermosa; la hierba crecía por todas partes a su alrededor, bajo sus bien formados pies: ella, a quien dioses y hombres llaman Afrodita. (Hesíodo 194-195)
Y esta visión impregna todavía nuestra imagen de la diosa, si atendemos a la abundancia de representaciones que existen en el mundo de la Venus de Botticelli, que se representa flotando en el mar sobre una concha, en dirección a la orilla (véase la figura 3 del cuadernillo de imágenes). La metamorfosis de la diosa oriental Astarté en la deidad griega de la fertilidad y el sexo nos da una idea del tipo de transformaciones culturales que se produjeron durante la temprana Edad del Hierro. Más al oeste aún, en Sicilia, existía un lugar donde fenicios, griegos y sicilianos indígenas interactuaban y veneraban a la diosa: el monte de Eryx (hoy Erice), en la costa occidental de la isla. Después, este lugar se convertiría también en un motivo de conflicto entre romanos y cartagineses.
Probablemente fue en Chipre donde los griegos adoptaron el alfabeto fenicio. Las pruebas nos indican que este acontecimiento se produjo en el siglo VIII a. e. c., tanto en Grecia como más allá. La conexión entre las ciudades fenicias y la escritura alfabética queda plasmada en el hecho de que el nombre de la ciudad-Estado fenicia de Biblos acabara dando lugar a la palabra que designa los libros, tanto en griego como en latín. En la mitología griega, Cadmo, fundador mítico de Tebas y patriarca de la familia que nos dio las trágicas historias del ciclo de Edipo, fue quien trajo, en palabras de Heródoto, «las letras a los griegos».[22] El heroico príncipe Cadmo fue también conocido por ser originario de la ciudad fenicia de Sidón.
Se han hallado pruebas de aquella transformación del alfabeto fenicio en el griego incluso más al oeste, como una célebre copa, de aspecto ajado, procedente de Pithecusa (la actual Isquia, frente a la costa de Nápoles). Al ser Pithecusa la primera colonia griega del Mediterráneo occidental, parece probable que fuera allí donde las culturas se mezclaron y fusionaron durante el siglo VIII a. e. c. Los investigadores han encontrado cerámicas con formas geométricas griegas junto con ánforas «fenicias» levantinas y artículos de lujo procedentes del centro de Italia, pero también esa pequeña y singular copa de cerámica, descubierta en una sencilla tumba que guardaba las cenizas de un niño de diez años, y que conserva unos pocos versos grabados en su lateral. Se la conoce como la copa de Néstor, por esos versos inscritos en ella, que dicen: «La copa de Néstor soy, buena para beber. Quien beba esta copa hasta vaciarla sentirá de inmediato cómo arde en su cuerpo el deseo por Afrodita, la de la hermosa corona». Se cree que se trata de una referencia directa a uno de los relatos de la Ilíada, que habría circulado por el Mediterráneo oralmente, cantado por bardos y artistas itinerantes que recorrían las costas tras los pasos de quienes ya se habían establecido allí antes. La inscripción de la copa es tan conmovedora como humilde, pues esta pequeña pieza de cerámica procedente de la tumba de un niño alude nada menos que a la heroica urna de oro de Néstor, tan pesada que solo un guerrero fornido era capaz de levantarla. Y lo más extraordinario de todo: las palabras están escritas en el alfabeto griego incipiente, que en aquella época temprana todavía se escribía de derecha a izquierda, igual que el fenicio.[23] He aquí una prueba irrefutable de fusión cultural (véase la figura 4).
FIGURA 4. Copa de Néstor (c. 750-700 a. e. c.) en el Museo Arqueológico de Pithecusa.
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Asistimos, pues, en este periodo temprano, a la transformación del alfabeto fenicio en el griego y a la adopción, por parte de los griegos, de deidades orientales. Estos pocos ejemplos, historias y mitos de comienzos de la Edad del Hierro y del mundo mediterráneo occidental arcaico dan una idea del vibrante entorno comercial, marcado por el intercambio y la exploración, que existía entonces. Los fenicios fueron actores fundamentales en la conexión entre culturas y en la transmisión de ideas a lo largo y ancho de este paisaje.
De modo que, más allá de los mitos y las historias, estos son, a grandes rasgos, los hechos de la fundación de Cartago en el siglo IX a. e. c. No contamos con muchos detalles concretos de este periodo protohistórico; durante los tres primeros siglos de su existencia, Cartago apenas aparece en los registros. Sin embargo, estas historias de los primeros fenicios y sus interacciones a lo largo y ancho del Mediterráneo contienen ya los orígenes de la ciudad, las semillas del pueblo cartaginés y su poder. Sabemos también muy poco acerca de la evolución de Cartago durante los siglos siguientes, y mucho menos sobre quiénes fueron los sucesores de Dido y cómo se gobernaba la ciudad, cuántas personas vivían allí o cómo se veían a sí mismas. Pero esto no es algo que afecte solo a Cartago: en general, sabemos poco de lo que ocurrió en el Mediterráneo, y la mayor parte de la información correspondiente a estos siglos iniciales está impregnada de los mitos y relatos fundacionales de griegos y romanos, que se escribieron cientos de años después de los acontecimientos. Tendremos que esperar hasta el siglo VI a. e. c. para poder diferenciar entre cartagineses y fenicios y empezar a discernir quiénes fueron realmente los primeros cartagineses auténticos. Para llenar estos vacíos, creo que examinar la arqueología con más detenimiento nos ayudará a hacernos una idea tangible, a tener una visión más precisa de lo que ocurría en Cartago, de sus habitantes, de sus creencias y valores, pues este tipo de información, aunque no se vincule necesariamente con una figura histórica, puede enriquecer nuestro relato, aportarnos ideas sobre las personas que poblaron la ciudad y pisaron sus calles, sobre las viviendas que habitaron, sobre sus contactos e intercambios comerciales, sus opciones profesionales, sus creencias religiosas y sus esperanzas en el más allá. La arqueología es, por tanto, la que nos ayudará a vincular los comienzos míticos de la ciudad con el auge que la convertiría después en esa gran potencia que fue Cartago.