Prólogo. 2008

El final

1945

Los rayos del sol bailaban entre las hojas. Se posaban deslumbrantes sobre los enormes troncos y en los patios, e incluso debían de sentirlos también las hormigas que avanzaban por el suelo. Qué absurdo. El sol incitaba cruel a la esperanza; su luz se desparramaba sin trabas sobre el mundo, tal como fluye la sangre.

Esa luz también debía de estar calentando sus botas ahora, pero no lo notaba. Tenían los pies congelados. Sus cuerpos ya solo eran piel y huesos que obedecían apenas a una voluntad apática. Muchos se habían dado por vencidos ante el frío glacial. Y ni los chillidos de los niños que sacudían los cuerpos de sus madres, ni los gritos que proferían los hombres sobre los miembros retorcidos de sus esposas, hicieron que se volviera a mirar. Había visto la mirada de la muerte en tantos ojos que reconocía sin temor a dudas cuándo alguien se hallaba al borde del abismo. Cuándo un corazón sucumbía a la constante lucha contra el hambre y el alma cedía al agotamiento.

Sin pensar extrajo aquella bala del tacón y la arrojó a un costado. De haber imaginado que sobreviviría, la habría conservado. Pero estaba convencida de que todos morirían de todas formas. Lo venía escuchando desde hacía años, y ahora finalmente lo creía. Por fin serían escuchadas sus últimas oraciones. Ni siquiera se inmutó cuando oyó el impacto de un cráneo al chocar contra una piedra, y apenas parpadeó cuando vio un cuerpo desplomarse destrozado. Los nazis la matarían de un disparo, como a todos los demás.

Seis años cara a cara frente a la muerte, y ahora al fin le tocaba a ella. Casi tuvo una sensación de solemnidad, sí, se entregaría a sus brazos de buena gana. Ni en una sola ocasión había cedido ante su llamada. Y a medida que los oficiales de las SS iban arrojando cada vez más cadáveres por encima del puente, ella iba aceptando su destino.

—Halina, no puedo seguir. No puedo más.

—Tienes que aguantar.

—No puedo, este debe ser el fin —dijo en un murmullo que quedó amortiguado bajo el estrépito de las botas y el ruido de los cuerpos al caer sobre el frío y duro suelo.

De no poder seguir caminando, la matarían. Solo esperaba que le dispararan en la cabeza y que todo acabara enseguida. Cuando se había contemplado tan a menudo cómo los cuerpos se retorcían y doblaban de dolor hasta que exhalaban su último aliento, uno acababa deseando para sí mismo no acabar así.

Con los ojos enturbiados por las lágrimas, alzó la vista hacia la hermana de su marido, al tiempo que volvía a oír a los guardas.

¡En marcha! ¡Adelante, en marcha! —oyeron gritar en alemán desde el puente en su dirección.

—Ay, mi pequeña. Me temo que esto todavía no ha acabado.

Sin miedo a los dragones

1938

—¡No, no puedo! Tengo que practicar. Simplemente no lo entiendes.

—¡Claro que lo entiendo! Por favor, por favor, no me dejes sola con Jurek.

—Lo he oído.

Genie le hizo un guiño a su hermana pequeña, Halinka, de forma que su hermano no pudiera darse cuenta. Amaba a sus hermanos profundamente, pero se sentía unida de forma especial a Halinka. ¿Quién podría echárselo en cara? Genie había elegido incluso el nombre de su hermana cuando nació.

Tat, ¿crees de veras que servirá? Este vestido no parece apropiado para que lo lleve Esther —dijo Genie dirigiéndose a su padre.

Alisó el vestido azul claro con estampado de puntos y se puso en pie para hacer que se balanceara de un lado a otro, mientras su padre retrocedía un paso con una sonrisa.

—Probablemente eso se deba a que esta noche no vas a representar a la reina Esther, cariño. Faltan un par de meses. Pero hoy…, esta noche celebraremos Yom Kipur. ¿No oyes las trompetas? Ven, siéntate. Quiero acabar de peinarte.

Halinka salió tambaleándose de la habitación; seguro que su hermana pequeña iba en busca de su madre. Mientras tanto, su hermano no se movió, sino que se quedó tirado en la cama. Dejó de jugar lanzando su pelota al aire, y le sacó la lengua a Genie. Ella le devolvió la mueca, mientras su padre se sentaba a su lado y empezaba a cepillar su pelo negro largo hasta la cintura.

Jurek simplemente estaba celoso. Genie había sido elegida entre todo el alumnado de secundaria para representar a la reina Esther en la obra de teatro escolar. ¡Pero si acababa de empezar la secundaria! Sería ella quien salvaría a todos los judíos, la heroína vitoreada.

Además, los amigos de Genie —Irina, Henka, Rutka y Mietek— también estarían allí para verla con aquel vestido increíblemente elegante y con una refulgente corona sobre el escenario. Bueno, Genie todavía tendría que hablar con Henka y Rutka para que convencieran a Mietek de que las acompañara. Era imprescindible que la viera en su papel de reina. Incluso era posible que le dejaran llevar la corona en su boda. Mietek le dedicaría aquella sonrisa de dientes torcidos, mientras sus rizos de color ámbar oscilaban de un lado a otro al jurarle amor eterno. Genie le devolvería la sonrisa, y todo eso ante los ojos de toda su familia…

—¡Eugenia!

Genie dio un respingo cuando Kogut se puso delante de ella con las manos en la cadera.

—Tienes catorce años, Eugenia. Ahora eres ya una jovencita, o sea que no deberías pasar tanto tiempo con tu padre. Y por cierto tú tampoco, Jurek. Sigo sin entender por qué os empeñáis en molestar a vuestro padre en su cámara. Pensaba que habíamos acordado que solo podríais estar aquí los sábados. Venga, yo acabaré de peinarte, y, cielo santo…, ¿quién te ha puesto ese ridículo vestido? —resopló Kogut.

—Lo eligió tat. ¿No te gusta?

—No.

Genie entrecerró los ojos, y dando un suspiro dejó que Kogut la empujara fuera de la habitación.

Kogut lanzó una última mirada rápida a Jurek, quien ya se estaba quejando a su padre de la criada, aunque solo consiguió que le reprendiera porque siempre la llamaba Kogut. Genie tuvo que reprimir una sonrisa. Kogut, «gallo», un apodo que encajaba bastante bien.

Genie no paraba de moverse mientras Kogut le trenzaba los cabellos. No le gustaba el cuarto de la criada porque era muy pequeño, pero así por lo menos evitaba que ella subiera a su dormitorio.

Cuando por fin Kogut acabó de recogerle el pelo en dos trenzas, Genie subió corriendo al primer piso. Sonriendo, miró la pared del fondo de su habitación, oculta tras sus muñecas y juguetes. No quedaba ni un centímetro libre en los estantes, y eso que solo mostraban parte de sus cosas.

Aunque Genie ya era mayor para eso, Kogut no había sido capaz de convencerla de que guardara todas aquellas cosas. Al fin y al cabo, las quería conservar para Halinka, todavía un poco demasiado pequeña para los preciosos juguetes y muñecas de Genie. Pero algún día le pertenecerían.

Genie se sentó en la cama y cogió una de sus muñecas preferidas, una de porcelana que le habían traído de Viena. Recorrió con las yemas de los dedos los ojos azules de cristal y sonrió. Para dormir solo necesitaba una muñeca cuando le asaltaba aquella pesadilla: que no conseguía entrar en el conservatorio. Tocar el piano lo era todo para ella, tanto que tenía la intención de dedicarse profesionalmente a ello. De poder pasar cada segundo de cada día sentada al piano, moriría feliz.

Genie oyó que Kogut la llamaba desde el salón. No pudo evitar poner los ojos en blanco, mientras devolvía la muñeca a su estante. Una vez en la escalera, se demoró todo lo que pudo, bajando lentamente cada escalón, de uno en uno. Cogió una manzana del frutero que había sobre la mesa de caoba y se dejó caer en el sofá. Mamá bailaba y cantaba como de costumbre al son de Carmen, ya ataviada con el vestido que había elegido para aquella noche y que Kogut contemplaba con admiración de camino a la cocina.

—¿No puedes dejar de cantar en tu perfecto alemán, y poner algo de música persa? Tengo que practicar para mi papel de la reina Esther —suplicó Genie.

«Tanzen will ich zu Eurer Ehr…».

Genie profirió un gemido, pero de un salto se acercó al piano en busca de consuelo por el hecho de que no hablaba alemán tan bien como su madre. Por otra parte, Genie no sabía por qué tenía que aprender ese idioma precisamente ahora.

Los rumores sobre la guerra eran para todos ellos un ruido de fondo casi constante. Ya durante todo 1938 había reinado la más pura paranoia. Sin embargo, todo iba bien. Los que se las daban de listos en la radio decían que Polonia no cedería el mar Báltico y que ganarían porque Alemania solo tenía tanques de cartón. Sin dejar de sonreír, decidieron sintonizar una emisora en la que sonaba Chopin, algo sin duda de mucho mejor gusto.

Precisamente estaba tocando uno de sus valses preferidos de este compositor, cuando Halinka se le echó encima. La arrancó de las teclas y la llevó a rastras junto al resto de la familia. Se rieron de Jurek, con su túnica de lino absurda, pero agacharon la cabeza cuando Kogut se volvió hacia ellas y les lanzó una mirada fulminante. Después rodeó a Jurek por los hombros con el brazo con aire protector y le condujo hacia el exterior por la puerta principal en pos de su madre.

Genie cogió de la mano a Halinka, y juntas siguieron a su hermano. Hasta que una amplia sonrisa las detuvo, una que ya no estaba enojada hacía rato.

—Venid aquí, mis niñas.

Halinka miró de forma inquisitiva a Genie, antes de seguir los pasos de su padre hasta el cenador. Tat tomó asiento, y ellas le imitaron. Era un anochecer precioso. La luz de las farolas iluminaba las flores de su pequeño paraíso. El cenador se hallaba en mitad de su jardín, y Genie sabía que si se subía a uno de los árboles sería capaz de avistar incluso el castillo de Wawel en la otra orilla del río. El bullicio de los festejos nocturnos era ya tan ruidoso que casi podía imaginarse al dragón de la leyenda resoplando sobre la colina, vigilando el castillo del que nunca se separaría.

—A ver, vosotras dos, no más bromas hoy. Es la celebración de Yom Kipur, tiempo de alegría. Por favor, no se lo hagáis pasar mal a Jadwiga. Trabajar para nuestra familia ya debe de resultar bastante difícil. Y dejad de llamarla Kogut, por lo menos cuando ella pueda oíros.

—¡Pero tat! No me deja estar contigo. Dice que soy demasiado mayor —se lamentó Genie.

—No digo que eso no sea cierto. Pero dejadnos disfrutar por lo menos esta noche, niños, jovencitas y adultos todos juntos. ¿Qué os parece mi propuesta, hijas?

Genie y Halinka asintieron encantadas, y su padre les dio a ambas un beso en la mejilla. Subió a Halinka a uno de sus brazos y con el otro rodeó a Genie por los hombros, mientras pasaban entre los arriates situados a ambos lados de la entrada principal. Y al salir a la calle, Genie se dio cuenta de que era verdad lo que había dicho su padre. Ahora ella también podía oír las trompetas.

Genie iba saludando a los tenderos agitando la mano durante el trayecto a través de las calles. Saludó a su panadero preferido, y él le devolvió una sonrisa. Cracovia era más una atracción turística que una moderna gran ciudad, por eso iba a la escuela en bicicleta. No era peligroso, y sus padres no podían llevarla porque estaban demasiado ocupados con su negocio.

Se apresuró para no llegar tarde. Kogut había tardado más de lo normal en preparar el desayuno, muy a su pesar. Aunque su madre la había instruido en las principales tareas domésticas y en la cocina, todavía le costaba bastante. Mientras Genie conducía a lo largo del río no pudo evitar sonreír ante su serenidad. En la otra orilla se erigía el castillo de Wawel. Era hermoso, con sus torres de ladrillo, los tejados rojos y sus incontables ventanas. Pero hoy Genie no tenía tiempo para admirar la fortaleza. Pensó en la leyenda del dragón que habitaba en su interior. Se imaginaba una bestia salvaje cubierta de escamas que asomaba la cabeza por el hueco de la torre, con un ojo verde claro que la miraba fijamente. Con un leve estremecimiento, Genie pedaleó con más fuerza.

Al llegar al colegio saltó de la bicicleta y se unió a los demás jóvenes que avanzaban con premura hacia el enorme edificio. Se alegró al ver a Mietek acompañado de sus padres. Genie aparcó la bicicleta y fue hacia ellos.

—Buenos días, Mietek. ¿Has conseguido acabar la tarea de matemáticas?

—Por supuesto. ¿Tú no? ¿Por qué no me sorprende? Sabes, Genie, hay más materias aparte de la música. Tal vez deberías aplicarte un poco si quieres aprobar el primer año de secundaria —dijo Mietek con una sonrisa traviesa, al tiempo que le propinaba un suave codazo en las costillas. Genie le apartó la mano con fingida indignación.

—Mietek tiene razón. Te recuerdo que puedes venir cuando quieras a casa para estudiar juntos —dijo afectuosamente la madre de Mietek.

Ambas familias siempre habían estado muy unidas. A Genie le encantaban los padres de Mietek, a los que consideraba sus tíos. Por eso su boda sería verdaderamente especial.

—Gracias, tía. Pero creo que no tengo tiempo para eso. El año que viene me presento para entrar en el conservatorio. Y para ello tengo que practicar muchísimo. Por cierto, que mi padre me encargó deciros que pasarais por la tienda. Ya ha llegado el colchón nuevo —dijo Genie.

Los padres de Mietek asintieron antes de marcharse y despedirse agitando una mano.

En la puerta del colegio la estaba esperando su amiga.

—¡Hola, Genie! ¿Entramos?

—Por supuesto, Irena. ¿Has visto a Henka y Rutka?

—Ya han entrado. ¡Vamos!

Sorprendida, Genie miró de reojo a Mietek, quien la había cogido de la mano para entrar juntos en la clase.

Fue un día agotador. Retomar las clases tras las vacaciones de invierno siempre resultaba difícil. Todos los veranos pasaba dos meses con su familia en el balneario de Szczyrk, en los Cárpatos. En invierno no se quedaban tanto tiempo. Aunque le encantaba esquiar y le gustaba mucho su instructor de esquí Poldek Pfefferberg. Su madre nunca los acompañaba en invierno, y Halinka se lo tomaba muy mal. Genie tenía entonces que consolarla diciéndole que mamá quería que pasaran más tiempo con su tat.

Pero ahora Genie estaba impaciente por asistir a la clase de música. Tocaba el piano con sus amigas y cantaba en el coro. Al salir del colegio regresó rauda a casa para cenar con sus hermanos. Fueron todos a buscar a sus padres al despacho que tenían en la planta baja, cuando Kogut por fin acabó de preparar el chucrut.

Después de cenar Genie le susurró a Halinka que no debería contarles a los demás lo de su supuesto novio. Aunque todos sabían que Genie era la única que realmente podría tener novio en un futuro próximo, habría que mantener distraídos a sus padres de alguna manera.

Masculló en voz baja una disculpa y se levantó de puntillas de la mesa. Se sentó al piano de cola y acarició las teclas suavemente. Con un suspiro de alivio, apoyó el pie en el pedal izquierdo y empezó a tocar un vals. Lenta y concienzudamente, escuchando con los ojos cerrados. Su plan había funcionado, y no pudo evitar esbozar una sonrisa.

Sin embargo, parecía obvio que estaba condenada a una existencia difícil. Genie se sobresaltó cuando alguien la arrancó bruscamente del taburete del piano.

—Eugenia Gisela Wein. No eres tan lista como te crees. Primero los deberes.

Genie iba renegando mientras Kogut la llevaba a rastras a la planta superior.

Tras un par de horas tediosas, por fin le tocaba clase de piano. Su profesor insistía en los fragmentos complicados, y la elogiaba, al igual que todos sus profesores favoritos.

De pronto oyó la voz de su madre al teléfono, y dejó caer la cabeza. Tenía la esperanza de que su padre fuera consciente de lo tarde que era. Solo tenía clase de piano tres veces a la semana, no cada día. Por eso detestaba que la llamara para trabajar.

—Genie, querida. Ve a ayudar a tu padre con el trabajo. Te está esperado en el despacho —la llamó su madre.

Ella asintió intentando ocultar su decepción. Tras acompañar a su profesor hasta la puerta, regresó a hurtadillas para volver a sentarse al piano.

Sabía que últimamente habían entrado muchos encargos, y que su padre no tenía intención de molestarla. Era un letrado y había trabajado como abogado durante años. Sin embargo, tras la muerte de sus padres había heredado, junto a su hermano, la fábrica de muebles. Pero eso después de todo no era culpa suya. Simplemente quería tocar el piano. No para dar conciertos; simplemente por el placer de tocar. Esperaba que en el conservatorio pudieran comprenderla.

Siguió tocando, y como no volvieron a llamarla, consiguió relajarse. Sabía que podía considerarse afortunada de disfrutar de una infancia tan agradable: la suerte de contar con una familia en la que se podían hacer bromas unos a otros de la mañana a la noche, y a pesar de ello, bailar todos juntos después de cenar; la bendición de una magnífica casa con un piano de cola Bechstein, que podía tocar cuando le venía en gana; las risas alegres en compañía de amigos ante una buena comida; los recuerdos de tantas vacaciones familiares felices.

Tal vez la infancia de todo el mundo estaba concebida exactamente para eso: para mostrar cómo podía ser la vida antes de que se convirtiera en algo horrible, que nunca debería haber sucedido.