2008
Un día que iba por el jardín en busca de alguna aventura, bajo los pinos que se elevaban altos como torreones, recogí una piña con la mano y observé admirada sus escamas dispuestas en hileras. Estaba deslizando el pulgar sobre la afilada punta de una de ellas, cuando de pronto sentí una gota de lluvia cayendo justo sobre ese dedo. Alcé la vista hacia el cielo frunciendo el ceño. A lo lejos se estaban acumulando nubes oscuras.
Oí una voz familiar procedente de la casa. Mi madre estaba de pie en el umbral, con las manos apoyadas en las caderas. Su mensaje era inconfundible: vuelve a casa antes de que empiece a llover. Con la piña todavía en la mano, busqué desesperadamente un pretexto para poder quedarme. Pero ella empezó a contar en voz alta.
—Uno, dos, tres…
Involuntariamente, mi rostro se iluminó. Eché a correr hacia la casa, sorteando el cuerpo de mi madre en la entrada, para empezar a dar vueltas corriendo por el salón y la cocina en busca de un buen escondite. Uno en el que jamás pudiera encontrarme.
—… seis, siete…
Con el corazón desbocado, seguía buscando el escondrijo perfecto. De repente me encontré en la parte posterior de la casa, en un cuarto de invitados en el que casi nunca entraba nadie. Iba a arrastrarme para meterme debajo de la cama, pero no. Demasiado evidente. Giré sobre mí misma en busca de algo mejor.
—… ocho, nueve, diez…
Mis ojos se posaron en el armario y sonreí. Me planté de un salto ante sus puertas y las abrí. La nube de polvo que salió de su interior me hizo toser. Agitando las manos para apartar el polvo me metí dentro. Cerré las puertas y me oculté en la oscuridad. Me deslicé cada vez más hacia el fondo entre fundas de plástico llenas de ropa vieja.
—… quince, dieciséis…
Aparté algunos juguetes antiguos y me encogí todo lo que pude, buscando la manera de ocupar el hueco tras una caja. Por fin lo conseguí, tras moverla un poco, no sin esfuerzo. Satisfecha, me hice un ovillo rodeando las rodillas con los brazos.
—… dieciocho, diecinueve, ¡veinte!
Nunca me había escondido ahí dentro; seguramente tardaría una eternidad en encontrarme. Y en efecto así fue. Empecé a aburrirme y levanté la tapa de la caja de almacenaje dando un suspiro. Un fino haz de luz se colaba a través de la rendija entre las puertas, iluminando mis manos en algunos puntos. Dejé vagar la mirada hacia el fondo del armario, hasta que esta se posó en una caja de zapatos en un rincón, cubierta por una capa de polvo y telas de araña. Alargué la mano sigilosamente para hacerme con ella, mi madre no debía oírme. Sostuve la caja ante mis ojos y di un respingo. «NO ABRIR», podía leerse escrito en diagonal sobre la tapa, en gruesas letras negras, como un conjuro mágico. ¿Qué podría haber dentro? ¿Alimañas rastreras? ¿O un monstruo, encerrado allí por mi madre desde hacía años?
Ladeé la cabeza pensativa. Si había escrito aquel aviso, era por algo, y debería obedecer. Por otro lado…
Tenía que averiguarlo, no había remedio. La niña en mí ansiaba descubrir cosas nuevas, quería conocer un poco mejor el mundo que me rodeaba. ¿Debería Pandora abrir la caja?
Con manos temblorosas, levanté un poco la tapa, pero me detuve un momento. ¿Realmente quería saberlo? ¿Qué oscuros secretos se ocultarían en ella? ¿Y qué poder tendrían para cambiar quien yo creía ser? La caja estaba provocando mi espíritu travieso, como haciéndole cosquillas. No tendría que esperar mucho más. Mi inocente curiosidad le ganó la mano al miedo a lo desconocido.
Con el corazón en un puño y labios trémulos susurré para mí: «Allá voy».
Retiré la tapa por completo, y mi mirada se posó en un montón de fotos. Cogí la que estaba arriba del todo: mis abuelos cuando eran jóvenes en un trasatlántico a vapor. Di un suspiro de alivio y me relajé un poco. Habían emigrado de Polonia después de la guerra. Sacudí la cabeza de un lado a otro ante mi desbordante fantasía. El monstruo en aquel armario era un producto de mi imaginación. Ya más calmada, devolví la foto a su lugar y me dispuse a tapar la caja.
Pero justo en ese momento mis ojos se posaron sobre un objeto fuera de lo común. Extraje una pequeña bolsa de plástico y palpé su contenido. En su interior había un viejo y desgastado corazón de cuero. Lo examiné desde todos los ángulos. Eran dos trozos de cuero que presentaban una estrecha hendidura en el lugar donde se encontraban unidos, apenas visible debido a una pringosa capa de suciedad. Me temblaron los dedos al separarlos y abrir aquel corazón. El haz de luz iluminó dos pálidos rostros: uno de ellos besaba al otro, y ni siquiera las décadas que habían transcurrido desde que se tomara esa foto podía menoscabar la dicha que emanaba de la sonrisa de ambos. Entonces lo percibí: un amor que lo trascendía todo. Me quedé sin aliento, abrumada. Sentí cómo mi propio corazón se estremecía mientras sostenía ese pequeño objeto de cuero en la mano. ¿Qué tragedia podría haber hecho un amor tan fuerte? ¿Cómo había comenzado ese amor, y cómo me afectaba a mí?
Volví a dejar el corazón en la bolsita y aparté las fotos a un lado. Como por arte de magia ahora tenía otra foto en la mano. La expuse al rayo de luz. Un tatuaje: A26460. Y el antebrazo sobre el que se encontraba. Sobresaltada, dejé caer la foto, me golpeé la espalda con la caja de mayor tamaño tras la que me había escondido, y me desestabilicé por un instante.
Vacilé un poco antes de coger la siguiente foto. Recorrí con el pulgar la cara de mi abuela, de pie debajo de un arco con la inscripción «El trabajo os hará libres».
Desde el fondo de mi mente se abrieron camino a través de mi conciencia imágenes de mis libros de texto y la voz de mi maestra. Recordé lo que habíamos aprendido en la clase de historia sobre el Holocausto. En una mano sostenía la foto de mi abuela en Auschwitz, y en la otra el corazón de cuero. El pasado estaba a mi alcance, y sin embargo seguía sin comprender. ¿Qué tenía que ver mi familia con aquel horror? Me sentía como un pajarillo que sobrevolara su nido, pudiera verlo, pero no consiguiera llegar a él. Estaba tan ensimismada en la caja de zapatos y su siniestro contenido, que ni siquiera oí abrirse las puertas del armario.
Ahora una brillante luz lo inundaba todo. Me puse en pie y lentamente me volví hacia mi madre. Su sonrisa se esfumó al posar la vista sobre el corazón de cuero que tenía todavía en mi mano.
—¿Cómo has…? —Su voz se quebró.
Sus ojos delataban un dolor inefable. El trauma que había reprimido durante tantos años. Intentó parpadear para ahuyentar las lágrimas, pero yo hice como si no me diera cuenta. La miré con la esperanza, el anhelo, no, más bien la necesidad de saber, de comprender. ¿Qué me había estado ocultando durante tanto tiempo? Alargó la mano hacia mí con un quedo suspiro.
—Ven. Algún día tenías que enterarte. —Sonrió débilmente—. Tienes que saber que somos judíos.
Arrugué la frente, y ella se enjugó las lágrimas. Judíos. Pero eso era… imposible. Éramos católicos. Mis dedos aferraron con más fuerza el corazón de cuero, y pregunté:
—¿Qué significa esto?
Vimos juntas la película La Lista de Schindler, y mis lágrimas suscitaron más preguntas. Esa película había animado a mi abuela a contar su historia, explicó mi madre. Los secretos familiares habían estado guardados bajo llave para salir a la luz por primera vez cincuenta años después. La historia de mis abuelos era una que hablaba de música, amor y genocidio. Me enteré de que mi abuelo había recortado ese corazón del cuero de sus zapatos, y de cómo llegó de Dachau a Auschwitz. El amor de mis abuelos había comenzado con su boda en el gueto, y había resistido hasta el final de la guerra. También supe de otro amor, un amor prohibido entre un oficial de las SS y una muchacha judía. Fue un nazi, para el cual el amor fue más importante que su uniforme, quien salvó a mi tía abuela. Y por último, el tío de mi abuela y supuestamente un espía, el gerente de la cafetería, también aparecía en la película.
Al terminar de ver la película, sentí el peso de millones de personas asesinadas. Mis tías, tíos, sus primas, abuelos…, eran tantísimos. Noté una mano sobre el hombro, pero sacudí la cabeza de un lado a otro, incrédula.
—No te conté nada porque…, bueno, porque es un tema difícil de abordar. Noche tras noche pudiste oír los gritos de mi madre por toda la casa, ahora ya sabes por qué. Pero no quería que tú también sufrieras bajo esta carga —me susurró mi madre angustiada.
Le tomé la mano y cerré los ojos. Entonces noté algo posado sobre mi regazo, y mi vista se posó en una vieja foto de familia.
—Ahora somos su herencia —explicó con voz más firme.
Cogí la foto y examiné sus rostros. No los conocía, y sin embargo… Se me revolvió el estómago. Mi corazón empezó a acelerarse, como si deseara salírseme del pecho y rozarlos. Tenía la pregunta en la punta de la lengua, pero no llegué a formularla. De alguna manera, ya sabía quiénes eran esas personas. Apreté los labios y aferré aún con más fuerza la foto.
—Es nuestra familia. A esas dos niñitas las dispararon en las alcantarillas al intentar huir del gueto. La mujer mayor en el medio fue secuestrada por los nazis y nunca regresó. A este de aquí le dispararon junto a esta hermosa mujer, y no sabemos qué fue de esta otra. Entonces…
—¡Basta! Ya lo he entendido. —Indignada, interrumpí a mi madre.
Siempre me había preguntado por qué nuestra familia era tan reducida. Ahora la respuesta a esa pregunta me daba escalofríos. Los nazis nos la habían arrebatado. Y su odio, que no conocía límites. Las palabras de mi madre seguían resonando en mis oídos: «Ahora somos su herencia». Sí, lo éramos. Me puse en pie y me llevé la foto de nuestra familia al pecho. Apreté la mano de mi madre con más fuerza y alcé la vista con la mirada perdida en aquel futuro que habían creado para nosotros.

Genie con la autora sobre el regazo, a quien le puso el nombre de Darcy.
1945
Los rayos del sol bailaban entre las hojas. Se posaban deslumbrantes sobre los enormes troncos y en los patios, e incluso debían de sentirlos también las hormigas que avanzaban por el suelo. Qué absurdo. El sol incitaba cruel a la esperanza; su luz se desparramaba sin trabas sobre el mundo, tal como fluye la sangre.
Esa luz también debía de estar calentando sus botas ahora, pero no lo notaba. Tenían los pies congelados. Sus cuerpos ya solo eran piel y huesos que obedecían apenas a una voluntad apática. Muchos se habían dado por vencidos ante el frío glacial. Y ni los chillidos de los niños que sacudían los cuerpos de sus madres, ni los gritos que proferían los hombres sobre los miembros retorcidos de sus esposas, hicieron que se volviera a mirar. Había visto la mirada de la muerte en tantos ojos que reconocía sin temor a dudas cuándo alguien se hallaba al borde del abismo. Cuándo un corazón sucumbía a la constante lucha contra el hambre y el alma cedía al agotamiento.
Sin pensar extrajo aquella bala del tacón y la arrojó a un costado. De haber imaginado que sobreviviría, la habría conservado. Pero estaba convencida de que todos morirían de todas formas. Lo venía escuchando desde hacía años, y ahora finalmente lo creía. Por fin serían escuchadas sus últimas oraciones. Ni siquiera se inmutó cuando oyó el impacto de un cráneo al chocar contra una piedra, y apenas parpadeó cuando vio un cuerpo desplomarse destrozado. Los nazis la matarían de un disparo, como a todos los demás.
Seis años cara a cara frente a la muerte, y ahora al fin le tocaba a ella. Casi tuvo una sensación de solemnidad, sí, se entregaría a sus brazos de buena gana. Ni en una sola ocasión había cedido ante su llamada. Y a medida que los oficiales de las SS iban arrojando cada vez más cadáveres por encima del puente, ella iba aceptando su destino.
—Halina, no puedo seguir. No puedo más.
—Tienes que aguantar.
—No puedo, este debe ser el fin —dijo en un murmullo que quedó amortiguado bajo el estrépito de las botas y el ruido de los cuerpos al caer sobre el frío y duro suelo.
De no poder seguir caminando, la matarían. Solo esperaba que le dispararan en la cabeza y que todo acabara enseguida. Cuando se había contemplado tan a menudo cómo los cuerpos se retorcían y doblaban de dolor hasta que exhalaban su último aliento, uno acababa deseando para sí mismo no acabar así.
Con los ojos enturbiados por las lágrimas, alzó la vista hacia la hermana de su marido, al tiempo que volvía a oír a los guardas.
—¡En marcha! ¡Adelante, en marcha! —oyeron gritar en alemán desde el puente en su dirección.
—Ay, mi pequeña. Me temo que esto todavía no ha acabado.
1938
—¡No, no puedo! Tengo que practicar. Simplemente no lo entiendes.
—¡Claro que lo entiendo! Por favor, por favor, no me dejes sola con Jurek.
—Lo he oído.
Genie le hizo un guiño a su hermana pequeña, Halinka, de forma que su hermano no pudiera darse cuenta. Amaba a sus hermanos profundamente, pero se sentía unida de forma especial a Halinka. ¿Quién podría echárselo en cara? Genie había elegido incluso el nombre de su hermana cuando nació.
—Tat, ¿crees de veras que servirá? Este vestido no parece apropiado para que lo lleve Esther —dijo Genie dirigiéndose a su padre.
Alisó el vestido azul claro con estampado de puntos y se puso en pie para hacer que se balanceara de un lado a otro, mientras su padre retrocedía un paso con una sonrisa.
—Probablemente eso se deba a que esta noche no vas a representar a la reina Esther, cariño. Faltan un par de meses. Pero hoy…, esta noche celebraremos Yom Kipur. ¿No oyes las trompetas? Ven, siéntate. Quiero acabar de peinarte.
Halinka salió tambaleándose de la habitación; seguro que su hermana pequeña iba en busca de su madre. Mientras tanto, su hermano no se movió, sino que se quedó tirado en la cama. Dejó de jugar lanzando su pelota al aire, y le sacó la lengua a Genie. Ella le devolvió la mueca, mientras su padre se sentaba a su lado y empezaba a cepillar su pelo negro largo hasta la cintura.
Jurek simplemente estaba celoso. Genie había sido elegida entre todo el alumnado de secundaria para representar a la reina Esther en la obra de teatro escolar. ¡Pero si acababa de empezar la secundaria! Sería ella quien salvaría a todos los judíos, la heroína vitoreada.
Además, los amigos de Genie —Irina, Henka, Rutka y Mietek— también estarían allí para verla con aquel vestido increíblemente elegante y con una refulgente corona sobre el escenario. Bueno, Genie todavía tendría que hablar con Henka y Rutka para que convencieran a Mietek de que las acompañara. Era imprescindible que la viera en su papel de reina. Incluso era posible que le dejaran llevar la corona en su boda. Mietek le dedicaría aquella sonrisa de dientes torcidos, mientras sus rizos de color ámbar oscilaban de un lado a otro al jurarle amor eterno. Genie le devolvería la sonrisa, y todo eso ante los ojos de toda su familia…
—¡Eugenia!
Genie dio un respingo cuando Kogut se puso delante de ella con las manos en la cadera.
—Tienes catorce años, Eugenia. Ahora eres ya una jovencita, o sea que no deberías pasar tanto tiempo con tu padre. Y por cierto tú tampoco, Jurek. Sigo sin entender por qué os empeñáis en molestar a vuestro padre en su cámara. Pensaba que habíamos acordado que solo podríais estar aquí los sábados. Venga, yo acabaré de peinarte, y, cielo santo…, ¿quién te ha puesto ese ridículo vestido? —resopló Kogut.
—Lo eligió tat. ¿No te gusta?
—No.
Genie entrecerró los ojos, y dando un suspiro dejó que Kogut la empujara fuera de la habitación.
Kogut lanzó una última mirada rápida a Jurek, quien ya se estaba quejando a su padre de la criada, aunque solo consiguió que le reprendiera porque siempre la llamaba Kogut. Genie tuvo que reprimir una sonrisa. Kogut, «gallo», un apodo que encajaba bastante bien.
Genie no paraba de moverse mientras Kogut le trenzaba los cabellos. No le gustaba el cuarto de la criada porque era muy pequeño, pero así por lo menos evitaba que ella subiera a su dormitorio.
Cuando por fin Kogut acabó de recogerle el pelo en dos trenzas, Genie subió corriendo al primer piso. Sonriendo, miró la pared del fondo de su habitación, oculta tras sus muñecas y juguetes. No quedaba ni un centímetro libre en los estantes, y eso que solo mostraban parte de sus cosas.
Aunque Genie ya era mayor para eso, Kogut no había sido capaz de convencerla de que guardara todas aquellas cosas. Al fin y al cabo, las quería conservar para Halinka, todavía un poco demasiado pequeña para los preciosos juguetes y muñecas de Genie. Pero algún día le pertenecerían.
Genie se sentó en la cama y cogió una de sus muñecas preferidas, una de porcelana que le habían traído de Viena. Recorrió con las yemas de los dedos los ojos azules de cristal y sonrió. Para dormir solo necesitaba una muñeca cuando le asaltaba aquella pesadilla: que no conseguía entrar en el conservatorio. Tocar el piano lo era todo para ella, tanto que tenía la intención de dedicarse profesionalmente a ello. De poder pasar cada segundo de cada día sentada al piano, moriría feliz.
Genie oyó que Kogut la llamaba desde el salón. No pudo evitar poner los ojos en blanco, mientras devolvía la muñeca a su estante. Una vez en la escalera, se demoró todo lo que pudo, bajando lentamente cada escalón, de uno en uno. Cogió una manzana del frutero que había sobre la mesa de caoba y se dejó caer en el sofá. Mamá bailaba y cantaba como de costumbre al son de Carmen, ya ataviada con el vestido que había elegido para aquella noche y que Kogut contemplaba con admiración de camino a la cocina.
—¿No puedes dejar de cantar en tu perfecto alemán, y poner algo de música persa? Tengo que practicar para mi papel de la reina Esther —suplicó Genie.
—«Tanzen will ich zu Eurer Ehr…».
Genie profirió un gemido, pero de un salto se acercó al piano en busca de consuelo por el hecho de que no hablaba alemán tan bien como su madre. Por otra parte, Genie no sabía por qué tenía que aprender ese idioma precisamente ahora.
Los rumores sobre la guerra eran para todos ellos un ruido de fondo casi constante. Ya durante todo 1938 había reinado la más pura paranoia. Sin embargo, todo iba bien. Los que se las daban de listos en la radio decían que Polonia no cedería el mar Báltico y que ganarían porque Alemania solo tenía tanques de cartón. Sin dejar de sonreír, decidieron sintonizar una emisora en la que sonaba Chopin, algo sin duda de mucho mejor gusto.
Precisamente estaba tocando uno de sus valses preferidos de este compositor, cuando Halinka se le echó encima. La arrancó de las teclas y la llevó a rastras junto al resto de la familia. Se rieron de Jurek, con su túnica de lino absurda, pero agacharon la cabeza cuando Kogut se volvió hacia ellas y les lanzó una mirada fulminante. Después rodeó a Jurek por los hombros con el brazo con aire protector y le condujo hacia el exterior por la puerta principal en pos de su madre.
Genie cogió de la mano a Halinka, y juntas siguieron a su hermano. Hasta que una amplia sonrisa las detuvo, una que ya no estaba enojada hacía rato.
—Venid aquí, mis niñas.
Halinka miró de forma inquisitiva a Genie, antes de seguir los pasos de su padre hasta el cenador. Tat tomó asiento, y ellas le imitaron. Era un anochecer precioso. La luz de las farolas iluminaba las flores de su pequeño paraíso. El cenador se hallaba en mitad de su jardín, y Genie sabía que si se subía a uno de los árboles sería capaz de avistar incluso el castillo de Wawel en la otra orilla del río. El bullicio de los festejos nocturnos era ya tan ruidoso que casi podía imaginarse al dragón de la leyenda resoplando sobre la colina, vigilando el castillo del que nunca se separaría.
—A ver, vosotras dos, no más bromas hoy. Es la celebración de Yom Kipur, tiempo de alegría. Por favor, no se lo hagáis pasar mal a Jadwiga. Trabajar para nuestra familia ya debe de resultar bastante difícil. Y dejad de llamarla Kogut, por lo menos cuando ella pueda oíros.
—¡Pero tat! No me deja estar contigo. Dice que soy demasiado mayor —se lamentó Genie.
—No digo que eso no sea cierto. Pero dejadnos disfrutar por lo menos esta noche, niños, jovencitas y adultos todos juntos. ¿Qué os parece mi propuesta, hijas?
Genie y Halinka asintieron encantadas, y su padre les dio a ambas un beso en la mejilla. Subió a Halinka a uno de sus brazos y con el otro rodeó a Genie por los hombros, mientras pasaban entre los arriates situados a ambos lados de la entrada principal. Y al salir a la calle, Genie se dio cuenta de que era verdad lo que había dicho su padre. Ahora ella también podía oír las trompetas.
Genie iba saludando a los tenderos agitando la mano durante el trayecto a través de las calles. Saludó a su panadero preferido, y él le devolvió una sonrisa. Cracovia era más una atracción turística que una moderna gran ciudad, por eso iba a la escuela en bicicleta. No era peligroso, y sus padres no podían llevarla porque estaban demasiado ocupados con su negocio.
Se apresuró para no llegar tarde. Kogut había tardado más de lo normal en preparar el desayuno, muy a su pesar. Aunque su madre la había instruido en las principales tareas domésticas y en la cocina, todavía le costaba bastante. Mientras Genie conducía a lo largo del río no pudo evitar sonreír ante su serenidad. En la otra orilla se erigía el castillo de Wawel. Era hermoso, con sus torres de ladrillo, los tejados rojos y sus incontables ventanas. Pero hoy Genie no tenía tiempo para admirar la fortaleza. Pensó en la leyenda del dragón que habitaba en su interior. Se imaginaba una bestia salvaje cubierta de escamas que asomaba la cabeza por el hueco de la torre, con un ojo verde claro que la miraba fijamente. Con un leve estremecimiento, Genie pedaleó con más fuerza.
Al llegar al colegio saltó de la bicicleta y se unió a los demás jóvenes que avanzaban con premura hacia el enorme edificio. Se alegró al ver a Mietek acompañado de sus padres. Genie aparcó la bicicleta y fue hacia ellos.
—Buenos días, Mietek. ¿Has conseguido acabar la tarea de matemáticas?
—Por supuesto. ¿Tú no? ¿Por qué no me sorprende? Sabes, Genie, hay más materias aparte de la música. Tal vez deberías aplicarte un poco si quieres aprobar el primer año de secundaria —dijo Mietek con una sonrisa traviesa, al tiempo que le propinaba un suave codazo en las costillas. Genie le apartó la mano con fingida indignación.
—Mietek tiene razón. Te recuerdo que puedes venir cuando quieras a casa para estudiar juntos —dijo afectuosamente la madre de Mietek.
Ambas familias siempre habían estado muy unidas. A Genie le encantaban los padres de Mietek, a los que consideraba sus tíos. Por eso su boda sería verdaderamente especial.
—Gracias, tía. Pero creo que no tengo tiempo para eso. El año que viene me presento para entrar en el conservatorio. Y para ello tengo que practicar muchísimo. Por cierto, que mi padre me encargó deciros que pasarais por la tienda. Ya ha llegado el colchón nuevo —dijo Genie.
Los padres de Mietek asintieron antes de marcharse y despedirse agitando una mano.
En la puerta del colegio la estaba esperando su amiga.
—¡Hola, Genie! ¿Entramos?
—Por supuesto, Irena. ¿Has visto a Henka y Rutka?
—Ya han entrado. ¡Vamos!
Sorprendida, Genie miró de reojo a Mietek, quien la había cogido de la mano para entrar juntos en la clase.
Fue un día agotador. Retomar las clases tras las vacaciones de invierno siempre resultaba difícil. Todos los veranos pasaba dos meses con su familia en el balneario de Szczyrk, en los Cárpatos. En invierno no se quedaban tanto tiempo. Aunque le encantaba esquiar y le gustaba mucho su instructor de esquí Poldek Pfefferberg. Su madre nunca los acompañaba en invierno, y Halinka se lo tomaba muy mal. Genie tenía entonces que consolarla diciéndole que mamá quería que pasaran más tiempo con su tat.
Pero ahora Genie estaba impaciente por asistir a la clase de música. Tocaba el piano con sus amigas y cantaba en el coro. Al salir del colegio regresó rauda a casa para cenar con sus hermanos. Fueron todos a buscar a sus padres al despacho que tenían en la planta baja, cuando Kogut por fin acabó de preparar el chucrut.
Después de cenar Genie le susurró a Halinka que no debería contarles a los demás lo de su supuesto novio. Aunque todos sabían que Genie era la única que realmente podría tener novio en un futuro próximo, habría que mantener distraídos a sus padres de alguna manera.
Masculló en voz baja una disculpa y se levantó de puntillas de la mesa. Se sentó al piano de cola y acarició las teclas suavemente. Con un suspiro de alivio, apoyó el pie en el pedal izquierdo y empezó a tocar un vals. Lenta y concienzudamente, escuchando con los ojos cerrados. Su plan había funcionado, y no pudo evitar esbozar una sonrisa.
Sin embargo, parecía obvio que estaba condenada a una existencia difícil. Genie se sobresaltó cuando alguien la arrancó bruscamente del taburete del piano.
—Eugenia Gisela Wein. No eres tan lista como te crees. Primero los deberes.
Genie iba renegando mientras Kogut la llevaba a rastras a la planta superior.
Tras un par de horas tediosas, por fin le tocaba clase de piano. Su profesor insistía en los fragmentos complicados, y la elogiaba, al igual que todos sus profesores favoritos.
De pronto oyó la voz de su madre al teléfono, y dejó caer la cabeza. Tenía la esperanza de que su padre fuera consciente de lo tarde que era. Solo tenía clase de piano tres veces a la semana, no cada día. Por eso detestaba que la llamara para trabajar.
—Genie, querida. Ve a ayudar a tu padre con el trabajo. Te está esperado en el despacho —la llamó su madre.
Ella asintió intentando ocultar su decepción. Tras acompañar a su profesor hasta la puerta, regresó a hurtadillas para volver a sentarse al piano.
Sabía que últimamente habían entrado muchos encargos, y que su padre no tenía intención de molestarla. Era un letrado y había trabajado como abogado durante años. Sin embargo, tras la muerte de sus padres había heredado, junto a su hermano, la fábrica de muebles. Pero eso después de todo no era culpa suya. Simplemente quería tocar el piano. No para dar conciertos; simplemente por el placer de tocar. Esperaba que en el conservatorio pudieran comprenderla.
Siguió tocando, y como no volvieron a llamarla, consiguió relajarse. Sabía que podía considerarse afortunada de disfrutar de una infancia tan agradable: la suerte de contar con una familia en la que se podían hacer bromas unos a otros de la mañana a la noche, y a pesar de ello, bailar todos juntos después de cenar; la bendición de una magnífica casa con un piano de cola Bechstein, que podía tocar cuando le venía en gana; las risas alegres en compañía de amigos ante una buena comida; los recuerdos de tantas vacaciones familiares felices.
Tal vez la infancia de todo el mundo estaba concebida exactamente para eso: para mostrar cómo podía ser la vida antes de que se convirtiera en algo horrible, que nunca debería haber sucedido.