Advertencias

Advertencias sobre contenido sensible/posibles desencadenantes:

• Enfermedad de Alzheimer (comentada en detalle, explícita)

• Aborto (comentado, no mostrado)

• Consumo de alcohol, también por parte de menores (explícito)

• Hueso roto (explícito)

• Cáncer (explícito)

• Depresión (comentada en detalle)

• Accidente de equitación (animal ileso, explícito)

• Abandono parental (comentado, no mostrado)

• Enfermedad/muerte de los padres (explícita)

• Uso de medicación para la depresión y de analgésicos por prescripción médica (explícito)

• Vómito (explícito)

• Escenas de sexo explícito que incluyen juegos con semen, uso de juguetes sexuales, beso negro, fetiche de embarazo, halagos, pleasure dom (leve), marcas (chupetones/semen)

1

Denver

No es que busque morir, es que me da un poco igual que ocurra. Siempre y cuando muera a lomos de un caballo, con el sol en la espalda y una sonrisa en la cara. No hay mucha gente que lo entienda, pero mi madre siempre lo comprendió, y por eso es la única persona con la que quiero hablar en los momentos previos a cada monta.

Cuando me acuclillo en el callejón, solo se oye el suave crujido de la tela vaquera y del cuero al estirarse. Una ardiente descarga de electricidad me sube por los muslos, me restalla en la columna vertebral y me tomo mi tiempo para volver a enderezarme. Tras girar lentamente el cuello unas cuantas veces, estoy preparado y listo para encaramarme a lomos de un caballo bronco.

Las manos me patinan por los zahones desgastados mientras me las llevo a la boca y me aprieto los labios con la yema de los dedos índice y corazón; luego, los poso con suavidad en la placa de homenaje a mi madre que hay en la pared del granero.

—Dales caña —susurro al salir por la puerta.

Se ha convertido en una especie de conjuro a lo largo de los años que han transcurrido desde la última vez que se lo oí decir. Un mensaje adondequiera que esté su espíritu, un recordatorio de que, si a ella no le importa cuidarme, no busco morir.

Tras un invierno largo y difícil, las entradas para el primer rodeo de la primavera se han agotado. Las gradas están a reventar y hay espectadores apiñados a lo largo de todos los centímetros cuadrados de la valla que rodea la pista. Pero que haya cientos de pares de ojos mirándome de hito en hito no me pone nervioso. Solo hace que suba la apuesta, porque, aunque no gane, yo siempre compito para impresionar. Al fin y al cabo, ofrecerle un buen espectáculo al público es casi tan importante como ganar, sobre todo en estos rodeos de los pueblos pequeños en los que los premios en metálico son relativamente bajos.

Trazo amplios círculos con los brazos para calentar los hombros y localizo a Colt, uno de los peones que trabajan en la explotación ganadera de veinte mil cabezas que pertenece a mi familia. Aparte de las locas de los rodeos del pueblo, puede que sea mi mayor admirador de por aquí. Y, desde que mi mejor amigo decidió empezar a sustituirme por sus deberes de padre, Colt es el único con el que puedo contar para que me acompañe a los rodeos.

Cuando doblo la esquina, lo veo apoyado en las barandillas de un corral de salida hablando con Peyton. Por lo general, Peyton sería un regalo para la vista: pelo rubio, ojos azules, unas tetas preciosas y debilidad por los vaqueros. Además, es lo bastante divertida como para salir con ella a corto plazo, que es lo máximo que puedo ofrecerle a cualquiera de las mujeres de por aquí.

«¿Qué más podría pedir?».

Al fondo, veo un destello de pelo castaño que me llama la atención. Los juegos de azar se me dan como el culo, pero apostaría a que al menos el cincuenta por ciento de las mujeres de por aquí tienen el pelo castaño. Tiene que haber un centenar de chicas con el pelo de ese color en este lugar, así que no puede ser. Es imposible.

Justo cuando me estoy recordando que no la pillarían ni muerta en un rodeo en Wells Canyon, la imagen de su perfil mientras se sumerge entre la multitud de participantes en la carrera de barriles rasguea la cuerda de guitarra demasiado tensa que siento en el pecho.

Acabo de ver un fantasma; vale, en teoría no está muerta, pero, desde luego, su presencia aquí me parece paranormal. Aun después de todo este tiempo, la reconocería en cualquier parte. Pasé horas memorizando esa cara y años intentando olvidarla.

«Tal vez haya viajado atrás en el tiempo».

Me vuelvo para seguir a la chica, desesperado por descubrir si estoy teniendo visiones, pero una mano me aferra el bíceps y me devuelve al presente.

—Hola, vaquero —me susurra Peyton al oído mientras me rodea el cuello con los brazos.

En un lugar en el que el olor a sudor, a ganado y a tierra resulta abrumador, ella es todo fresas y miel. Inhalo profundamente y le sonrío como si no notara la inestabilidad de mis latidos. Como si el pecho no se me estuviera cerrando poco a poco sobre sí mismo. Como si no sintiera la tentación de quitármela de encima para perseguir un recuerdo.

—¿No habíamos quedado en que te buscaría después? —le digo.

—He pensado que a lo mejor necesitabas un beso de buena suerte.

Me sonríe, pero no puedo evitar que mis pensamientos se centren en el espacio vacío que ha quedado más allá, en el callejón.

«Pero ¿y si fuera…? No, no puede ser».

De todos los rodeos, este no es el mejor para permitirme distracciones. Llevo meses sin tener verdaderas oportunidades de practicar la monta de caballos broncos con silla y no puedo plantar el culo con seguridad sobre un animal de cuatrocientos cincuenta kilos cuando no estoy centrado. Así que me iría bastante bien ir tras ella un segundo y confirmar que me lo he imaginado todo…

—Denny.

Peyton interrumpe mi hilo de pensamiento al mismo tiempo que Colt me agarra del hombro para avisarme de que ha llegado el momento.

—Lo siento, tengo que irme. Te veo luego.

Me desembarazo de ella y le dedico una sonrisa antes de centrar mi atención en Colt. Aparto la aparición que acabo de ver hacia un recodo lejano de mi cerebro.

Colt golpea con la mano la desgastada silla de montar y levanta una nube de polvo reluciente.

—Ensillado y listo para la acción.

«Comienza el espectáculo».

Compruebo el trabajo de mi amigo, aprieto la cincha y respiro hondo antes de subirme a horcajadas a la barandilla superior del corral de salida. Seiscientos kilos de mala leche esperan debajo de mí soltando resoplidos fuertes, ansiosos por poner el espectáculo en marcha. Lo que mucha gente no entiende de la monta de caballos broncos —en realidad, de todas competiciones del rodeo— es lo mucho que se divierten los animales. Si un caballo no quiere participar, se limita a no hacerlo. Para ellos es un juego, un momento de dichosa libertad para ser salvajes, para jugar con los humanos del mismo modo en que juegan con otros caballos. Luego, vuelven con el arrendador de ganado a vivir una vida de lujos en un campo verde y exuberante. Si los caballos de remuda que tenemos para trabajar en el Rancho Wells vieran a estos, empezarían a tirar a nuestros vaqueros al suelo todos los días con la esperanza de encontrar un nuevo empleo como monturas de rodeo.

La ajada rienda trenzada del bronco se me desliza por la mano callosa y me dejo caer sobre la silla de montar. Hago oídos sordos a los vaqueros que me dan palmadas en la espalda y repiten consejos que he oído un millón de veces. «Tira. Échate hacia atrás. Levanta el pecho. Baja la barbilla».

Para la mayoría de la gente, ocho segundos no es mucho tiempo. Fuera de los rodeos, no recuerdo la última vez que me fijé en cuánto dura un segundo. Pero, cuando puede que sean tus últimos ocho segundos de vida, son una puta eternidad. Sin embargo, a pesar de que existe la posibilidad real de sufrir lesiones graves, no me imagino renunciando a este deporte. La vida es corta y el subidón de adrenalina de la monta de caballos broncos con silla es mejor que casi cualquier otra cosa que haya experimentado.

Me acomodo en la silla, ajusto la postura y aseguro bien las botas en los estribos. Me recoloco la rienda en la mano exactamente tres veces, al compás de tres respiraciones profundas, tal como me enseñó a hacer mi abuelo.

«Tira, baja la barbilla, las espuelas en las patas delanteras».

Me lamo los labios cubiertos de sudor y polvo, estiro el brazo libre. Fuerte y firme, aunque no es que vaya a seguir así mucho tiempo cuando el caballo empiece a intentar derribarme. Y antes de que me dé tiempo a pensar demasiado, asiento con la cabeza.

La verja se abre con un crujido escalofriante. Lo único con lo que cuento en este momento es con la memoria muscular. Clavo los talones en la ancha grupa del caballo y los cascos delanteros golpean la tierra. Somos imparables: clavado en mi asiento, espoleo, me levanto y cabalgo la ola con una destreza inquebrantable. Giramos hacia la izquierda y mi atención se queda atrapada en una aparición entre las orejas del caballo.

«La chica que era mi todo».

No creo que esté justificado llamarla «la que se me escapó». Porque eso implicaría que se me escapó de entre los dedos cuando la verdad es que la dejé caer y los dos nos hicimos añicos.

El animal se encabrita y tenso el tronco sin apartar la vista. Cuando nuestras miradas se cruzan, pierdo el sentido de todo lo que me rodea. Me olvido de dónde estoy y de lo que se supone que estoy haciendo. Entonces me muevo en la dirección equivocada y…

2

Blair

La bilis me sube por la garganta cuando Denver se encarama a las barandillas del corral de salida. Da igual que me haya criado aquí, que haya visto centenares de rodeos o que antes me sentara a su lado en esos barrotes cada vez que montaba. El estrés de ver a cualquier persona ponerse en peligro por voluntad propia me consume un poco el corazón, pero no puedo negar que ahora tengo la ansiedad por las nubes. Impregna todos los músculos, ligamentos y fibras de mi ser. Verlo a él es distinto.

Me humedezco los labios y espero con la respiración contenida a que llegue el gesto de asentimiento. A que suelten al bronco rebelde. La verja se abre de par en par y Denver levanta los pies, clava las espuelas romas sobre los omóplatos del caballo para cumplir con la norma de este tipo de montas. Para que su participación cumpla con los requisitos establecidos, tiene que salir del corral de monta en esta posición y mantenerse así hasta que las pezuñas delanteras toquen el suelo por primera vez. Una vez que «se marca» al caballo, los ocho segundos van tanto de lucirse como de permanecer en la silla. Y, joder, a Denver Wells siempre se le ha dado muy bien ofrecer un gran espectáculo.

Un segundo. Su postura es perfecta: los talones firmemente en alto, el brazo inmóvil, el culo apenas separado de la silla. Monta mucho mejor de lo que lo hacía cuando era niño, por lo que recuerdo.

Dos segundos. Arrastra los talones por el costado del caballo justo en el momento oportuno, antes de levantarlos de nuevo a toda velocidad hacia los hombros.

Tres segundos. El caballo gira hacia mí. Hacia el rincón tranquilo de la pista en el que he estado estratégicamente escondida para evitar a los lugareños. Para evitarlo a él.

Cuatro segundos. Juro que me mira a los ojos, aunque sé que no está prestando atención a nada que no sea mantenerse encima del animal. Pero eso díselo al latido que se ha saltado mi corazón.

Cinco segundos. El caballo vira en pleno salto y está a punto de tirar a Denver de la silla con el giro inesperado y brusco. De repente, le cuesta mantener la posición, se agarra con fuerza a la rienda del bronco y lucha por mantener el equilibrio con el brazo libre. El sombrero de vaquero de color arena que llevaba sale volando en dirección contraria y flota en el aire antes de posarse en el suelo.

Seis segundos. Otro giro esporádico, justo hacia la valla. Denver sale despedido por el costado del caballo, la espalda y los hombros se le estampan contra los raíles metálicos, hace repicar con la cabeza un cartel de patrocinio de la Ferretería de Al. Cae al suelo envuelto en una nube de polvo y entre el silencio empático del público.

Se me contrae el estómago y dejo de respirar. La quietud se cierne sobre la pista: tanto el reloj del concurso como el concepto general del tiempo se detienen mientras todo el mundo espera a que se levante. Pasan los segundos, varios hombres se llevan al bronco por el callejón sin incidentes y Denver continúa inmóvil.

Me cuelo entre los barrotes y corro por la arena gruesa de la pista; me arden todos los músculos de las piernas mientras lucho por llegar hasta él. Me lanzo a la tierra caldeada por el sol y, con la mano derecha, agarro la identificación que llevo al cuello.

—Soy la sanitaria. Dejad de tocarlo —les grito a los vaqueros que intentan sacudirlo para que vuelva en sí—. ¿Queréis hacer algo útil? Id a por el collarín y el tablero espinal.

Dos cosas que habría traído yo misma si hubiera tenido la cabeza en su sitio en el momento del accidente. Si no me hubiera pillado tan desprevenida algo tan estúpido como que mi exnovio del instituto me mirara. Se supone que soy una profesional médica cualificada, no una adolescente tonta y dominada por las hormonas. Por eso prestar atención médica a familiares o amigos iba en contra de la política de mi antiguo trabajo. Lo que pasa es que ahora soy enfermera en mi pequeño pueblo natal, así que una política como esa significaría no poder ayudar prácticamente a nadie.

—Denver. —Su nombre me sale de la boca seca en un su­surro. Luego, una segunda vez como una súplica—. Denver. Denny.

Las largas pestañas oscuras se le agitan despacio sobre la mejilla, la nuez se le balancea cuando traga con dificultad.

—Teddy… —susurra.

—Hola, no te muevas. —Le pongo la mano en el antebrazo bronceado para que se mantenga quieto y, por el rabillo del ojo, atisbo a un vaquero que corre hacia nosotros con el equipo que le he pedido—. ¿Cómo te encuentras?

—Mejor que nunca —dice con una sonrisa de dolor mientras le coloco con delicadeza el collar alrededor del cuello.

—Ya, seguro. —Lo miro de hito en hito mientras me digo que solo busco una dilatación anormal de las pupilas. Pero me estoy ahogando en la melaza de sus penetrantes ojos, lucho por liberarme del poder que siempre han ejercido sobre mí. Son de un tono marrón que muchos pasan por alto, dan por hecho que son sosos. Pero están moteados de ámbar y oro, una gama de colores solo visible cuando estás tan cerca como para besarlo—. Vale, vamos a meterte en la ambulancia y a llevarte a Sheridan.

Les hago un gesto a los vaqueros para que cojan el tablero espinal y, juntos, lo colocamos sobre él. Ya no es un adolescente larguirucho y delgado y hacen falta cuatro hombres para sacarlo de la pista. Denver, siempre el alma de la fiesta, levanta el puño hacia el público, que enloquece. Los estridentes gritos de ánimo resuenan por el recinto y el locutor transmite por megafonía sus mejores deseos para el vaquero oriundo del pueblo. A pesar de que los ojos vidriosos delatan la intensidad de su dolor, una sonrisa le ilumina el rostro.

Cuando llegamos a la ambulancia del rodeo, ya está bromeando con los chicos acerca de que ahora tiene que vengarse de Al, el de la ferretería. Lo cargan mientras yo hablo con el otro voluntario médico; luego, me siento en el pequeño banco que hay junto a Denver y reprimo el impulso de volver a mirarlo a los ojos.

Es una ambulancia destartalada, bastante más vieja que yo y carente de la mayoría de los equipos médicos actuales. Pero al menos supone un medio seguro de transportar a los numerosos heridos del rodeo al hospital más cercano, que está a una hora de distancia. Las pesadas puertas traseras se cierran con un golpe seco y, menos de un minuto después, salimos del aparcamiento.

No esperaba quedarme a solas con mi exnovio cuando me ofrecí para prestar asistencia médica en el rodeo del pueblo. Gracias a Dios por el papeleo que me mantiene ocupada. Y por la carretera llena de baches que me obliga a rellenar despacio la documentación, a esforzarme por conservar mi caligrafía legible mientras el desvencijado vehículo avanza a toda velocidad por la autopista para alejarse de Wells Canyon. Sin algo que me mantuviera las manos y la mente ocupadas, podría tomar una decisión estúpida, como intentar hablar con el hombre que tengo tumbado delante.

Parece mayor, pero han pasado tantos años que tiene sentido. «¿Cuándo fue la última vez que lo vi?». Creo que cuando volví a casa por Navidad hace unos años, un instante en la cafetería. Él no me vio a mí.

«¿Cuándo fue la última vez que me vio? ¿Parezco yo también mucho mayor?».

Durante un buen rato, solo se oye el traqueteo del equipo y a nuestro conductor, Johnny, cantando al ritmo de una casete de Creedence Clearwater Revival. La forma en la que se le quiebra la voz mientras suena Fortunate Son es, irónicamente, muy «desafortunada», pero agradezco la distracción.

Denver comienza a taladrarme la coronilla con la mirada mucho antes de hablar.

—Así que has vuelto al pueblo.

—Eso parece.

—¿Hace cuánto?

Me encojo de hombros.

—Unas semanas.

—¿Hasta cuándo?

Suspiro.

—No sé.

Para empezar, ni siquiera quería volver a mi pueblo natal. De hecho, a lo largo de la última década he evitado Wells Canyon cuanto me ha sido humanamente posible. Pero, ahora, pensar en irme significa pensar en que el alzhéimer de mi madre ha avanzado más allá de lo que mi padre y yo podemos abarcar. Significa pensar en trasladarla a un centro de cuidados a largo plazo o a un asilo. Así que, por mucho que no quiera estar aquí, no puedo soportar la idea de lo que significa la fecha final de mi estancia.

—¿Eres capaz de responder con frases de más de dos palabras?

Levanto la vista y lo sorprendo lanzándome una sonrisa burlona. Golpeteo el portapapeles con el bolígrafo y me planteo soltarle que podría decirle mucho más que dos palabras. Tengo tantos pensamientos desordenados en el cerebro que no sé con cuál arrancar.

—Sí, no.

Cuento las palabras con los dedos y niego con la cabeza mientras vuelvo al informe del incidente que tengo sobre el regazo. Rellenar el papeleo solo sirve para recordarme que antes conocía todos y cada uno de los detalles de este chico. Ahora, mis conocimientos se limitan al nombre completo, a la fecha de nacimiento y al grupo sanguíneo.

—¿Tu contacto de emergencia es tu novia?

—Parece que sí eres capaz de decir más de dos palabras. No tengo novia.

—¿Y eso lo sabe la rubia con la que estabas detrás de los corrales de monta?

—Blair Hart, ¿me estabas espiando? —Me dedica una sonrisa torcida, adornada con sus famosos hoyuelos. Los hoyuelos que hace tantos años me robaron el corazón. La sonrisa que me niego a permitir que me envuelva de nuevo—. No, he terminado con ella después de la monta de hoy.

—¿Habéis… roto? ¿Después de la monta? —Lo miro con los ojos entornados en busca de cualquier indicio de que esté sufriendo una hemorragia cerebral—. Está claro que necesitas un TAC cuando lleguemos al hospital, porque no me he separado de ti desde el momento de la caída. ¿Cuándo has tenido tiempo de dejarla entre entonces y ahora? Creo que estás confundido.

—No estoy confundido, y no hemos roto porque en realidad no estábamos juntos. Colt me ha devuelto la cartera y el teléfono antes de que me metierais en este trozo de metal destartalado. —Los levanta e intenta disimular el dolor que a todas luces siente en el hombro—. Le he enviado un mensaje mientras estabas ocupada pasando de mí. Una atención al paciente terrible, por cierto.

Parece que algunas cosas, como las burlas con las que coquetea, no cambian nunca. Otras, como la actitud de follador compulsivo, son dolorosamente nuevas para mí. Por supuesto, he oído rumores acerca de su vida amorosa desde que me fui. Es un pueblo pequeño, así que cada vez que vengo a casa de visita todo el mundo se muere por contarme a qué ha estado dedicándose mi exnovio. Como si me importara una mierda. Han pasado casi catorce años, por el amor de Dios.

—Uf, hay que ser capullo para dejarla por el móvil.

Frunce la nariz y mueve la cabeza de un lado a otro todo lo que le permite el collarín, como si estuviera sopesando mis palabras.

—Los momentos desesperados exigen medidas desespe­radas.

—O tienes una conmoción y estás tomando malas deci­siones.

—No había pensado con tanta claridad en la vida, Hart.

Me guiña un ojo.

«Por Dios, ahora es imbécil de remate».

—Bueno, da igual, ¿es tu exnovia tu contacto de emergencia?

—No, es Red. Suele estar conmigo en los rodeos, pero últimamente anda un poco distraído.

—Al menos uno de los dos ha madurado —murmuro en voz baja antes de sacar el móvil para enviarle un mensaje a mi mejor amiga, Cassidy.

No tengo el número de teléfono de Red, pero, dado que comparten una hija recién nacida, casi siempre están juntos.

—Está sobrevalorado… Lo de madurar, quiero decir. Me alegro por él y por Cass, no me malinterpretes. Hazel es adorable y nunca había visto a Red tan feliz. Pero yo no quiero eso.

Se me escapa un resoplido involuntario por las fosas nasales y hago lo posible por disimularlo, finjo que es un estornudo y me paso un nudillo por la punta de la nariz. Me vibra el teléfono y miro la pantalla brillante.

—Vale, Red está ocupado con la niña, pero dice que Austin vendrá a recogerte cuando te den el alta en el hospital.

—¿Eso significa que no tengo que volver a Wells Canyon en esta camilla tan incómoda?

—Por suerte, no.

Tamborileo en el portapapeles con las uñas y consulto mi reloj de pulsera por cuadragésima vez. Juro que este trayecto está requiriendo bastante más tiempo del habitual.

—Puedes volver a casa con nosotros si no quieres quedarte atrapada con el señor Creedence Clearwater Revival. —Señala con el pulgar a Johnny, que en este momento está tocando un solo de batería con el volante. No, no quiero pasar otra hora entera oyéndolo cantar, pero prefiero eso a otra hora con Denver Wells—. Además, me ahorrarías un sermón. Austin va a querer despellejarme por esto.

—Te has ganado ese sermón a pulso.

Gruñe.

—Echo de menos cuando batías las pestañas para sacarme de los líos en los que me metía.

Las comisuras de los labios se me curvan hacia arriba obedeciendo a un reflejo. Dios, lo hacía a todas horas. Cuando era adolescente y andaba siempre por el rancho, tanto el abuelo Wells como Bennett me trataban como a la hija que ninguno de los dos había tenido. Lo cual significaba que siempre me salía con la mía y, como Denver era el que nunca se separaba de mí, él también se salía con la suya.

—Además, no puedo. Tengo que volver enseguida —le digo.

Le prometí a mi padre que estaría en casa a la hora de la cena, porque el estado de mamá suele empeorar por las tardes. Enfermedad de Alzheimer de inicio precoz poco antes de cumplir los cincuenta y nueve años. Algo andaba mal desde hacía mucho tiempo, antes de que mi padre insistiera en que la viera un médico, y me fustigo a diario por no haber venido más a menudo a Wells Canyon para darme cuenta de las señales. No habría servido de nada con una enfermedad mortal. Pero podría haber estado aquí antes para echar una mano. Para pasar más tiempo con ella. Los días en los que siento que me estoy hundiendo en un pozo de depresión, me sorprendo deseando no haberme ido nunca del pueblo.

Un carraspeo me saca de mi estupor. Denver arquea una ceja, tiene la mirada clavada en mi cara.

—He dicho que por qué tienes tanta prisa. El rodeo habrá terminado de sobra cuando vuelvas.

Le devuelvo la mirada entornando los ojos.

—Tengo que… Eh… Estar cerca por si algún vaquero borracho se hace daño durante el baile.

Parece aceptar la respuesta y aprieta los labios para reflexionar un instante. La ambulancia se detiene en un semáforo en rojo. Por fin llegamos a Sheridan.

Cuando pasamos por encima de un badén al girar hacia el aparcamiento de urgencias del hospital, Denver se aclara la garganta.

—¿No tienes curiosidad por saber por qué he roto con ella?

—Ni la más mínima —miento.

—¿En serio? Supongo que es porque, en realidad, ya lo sabes.

Mi mejor conjetura es que se debe a que es un follador en busca de su próxima conquista. Invadida por una oleada de claustrofobia, me agarro con desesperación a las manillas de la puerta trasera; necesito salir de este infierno sobre ruedas. Esperaba enfrentarme a sentimientos encontrados tras volver a mi pueblo natal, a la habitación de mi infancia nada menos, pero no por él. No esperaba que su sonrisa burlona hiciera que la sangre me subiera por el pecho y las mejillas. No esperaba al puto Denver Wells.

3

Denver

Planto el culo en el asiento del pasajero de Austin mientras intento evitar la mirada que me lanza y estiro el brazo hacia el cinturón de seguridad con una mueca de dolor. Conmoción cerebral y una clavícula rota. Podría haber sido mucho peor, la verdad. Quizá a Aus le viniera bien centrarse en el hecho de que no me he muerto antes de empezar con su sermón paternal.

—No quiero oírlo —gimo al mismo tiempo que apoyo la cabeza en el cristal fresco de la ventanilla y cierro los ojos.

Delante de Blair, pude mantener bastante bien la compostura porque todavía tenía la adrenalina por las nubes y porque debía de estar algo conmocionado tanto por la caída como por haberla visto. Lo cierto es que no podía parar de sonreír gracias a que mi exnovia por fin había vuelto a casa, como llevaba años rezando para que ocurriera. Aunque ella ni siquiera se dio cuenta de lo feliz que me hacía volver a verla, puesto que hizo todo lo posible por no interactuar conmigo.

Y, en cuanto la vi alejarse, todo se derrumbó.

—¿Estás bien? —me pregunta mi hermano mayor mientras la camioneta traquetea al salir marcha atrás de la plaza de aparcamiento.

Los analgésicos para la clavícula no alivian en absoluto la lobotomía que un picahielos me está practicando en el cráneo; un halo de dolor hirviente que me dificulta la concentración. Pese a que ya es última hora de la tarde, el cielo nublado me deslumbra demasiado y el motor de la camioneta hace un ruido estridente. Además, la muralla cuidadosamente construida alrededor de mi corazón ya amenaza con desmoronarse por culpa de la chica que fue la razón que me empujó a construirla.

Pero, dejando todo eso a un lado, sí, estoy bien.

—Sí. Deberías ver al otro tipo.

Sin abrir los ojos, levanto el brazo bueno para dispararle con una pistola hecha con los dedos.

Oigo que se restriega la barba con la mano.

—Eres idiota.

—Me adoras.

Esta vez sí abro un ojo, lo justo para ver dónde está y darle un golpecito cariñoso en el brazo.

—¿Sabes qué adoro aún más? No desperdiciar la mitad del día viniendo a sacarte del hospital.

—Gracias, hermano mayor. Yo también te quiero. —Me recuesto en el asiento e inclino la cabeza para que la carrocería de la camioneta me bloquee el sol—. Es como en los viejos tiempos: Blair y tú habéis acudido en mi rescate. No sabía que había vuelto al pueblo hasta que, de repente, se puso a atenderme allí mismo, en plena pista.

Había aparecido como un puto ángel cuando recuperé la conciencia, envuelta en la luz del sol y mirándome con los ojos abiertos como platos. Por supuesto, ya la había visto: por eso me había caído del caballo. Pero tenerla tan cerca, hablándome, con el rostro inundado de preocupación, fue algo inigualable. Su aspecto no tenía nada que ver con el de antes. Iba vestida con prendas elegantes que no pegaban en un rodeo, llevaba el pelo bien recogido y se había maquillado incluso más que el día del baile de graduación. No se parecía en nada a la chica de pueblo que conocía. Aun así, sigue siendo tan impresionante como lo era entonces.

—¿No lo sabías? Ha ido al rancho a ver a Cassidy casi todos los puñeteros días.

A la mierda con la migraña: abro los ojos y me vuelvo para mirar a Austin. «Ah, ¿sí?». ¿Cómo es posible que sea el último en enterarme?

—Ah. No debo de haber recibido la circular.

—De todas formas, ¿te habría importado?

Arquea una ceja.

«¿Quizá? Sí». Parpadeo mirando el suelo.

—No, el encargado de la bioseguridad eres tú. A mí me la pela quién entre y salga del rancho.

—Ya. —Coge la taza abollada que lleva en el portavasos y bebe un trago largo—. Bueno, ¿se ha acabado por fin lo de los rodeos?

Ah, la hora del sermón.

Hago una mueca.

—No es más que una conmoción cerebral y una fractura de clavícula. Estaré de vuelta dentro de semana…, dos como mucho.

—Hasta que vuelvas a hacerte daño y nos quedemos con un vaquero menos… otra vez. Por suerte, esto te ha ocurrido hoy y no dentro de unas semanas, cuando estemos liados de verdad. Entonces hubieras tenido que pagar de tu propio bolsillo al jornalero que te hubiese sustituido.

—Hínchame a ibuprofenos y whisky y seré casi invencible. Si acaso, me hará más fuerte de lo que ya soy. Estoy perfectamente capacitado para trabajar.

Chasquea la lengua.

—Denver, deja de comportarte como un idiota. Vas a irte a casa a dormir la mona, como te ha dicho el médico.

Ha pasado toda una semana entera desde el rodeo y o Blair ha conseguido evitarme por completo en el rancho o Austin exageró respecto a la frecuencia con la que suele venir. Es cierto que tuve que pasar en cama los dos días posteriores a la caída. Luego, en contra del criterio de las mamás gallinas —también conocidas como Beryl, Kate y Cecily—, volví al trabajo. Así que supongo que es posible que Blair haya venido y me lo haya perdido.

No pienso a preguntarle a nadie y hacer que parezca que me interese si ha estado aquí o no. No puedo permitirme que me importe que haya vuelto, a pesar de que mi cerebro conmocionado me dijera que probara suerte allí mismo, en la ambulancia. Hace casi catorce años, cuando ella se marchó, se me hundió el mundo entero. La idea de tenerla y perderla de nuevo hace que me cague de miedo.

¿Rompí con Peyton de manera impulsiva porque Blair ha vuelto al pueblo? Obvio. ¿Lo pensé con claridad? No. Pero, de todos modos, nuestra relación informal estaba llegando a su fin. Nunca salgo con la misma mujer durante más de uno o dos meses; si les das mucho más tiempo, empiezan a encariñarse y se me hace más difícil romper con ellas sin parecer un mierda de tomo y lomo. Lo de hacerlo por mensaje no fue mi mejor momento, lo reconozco. Sobre todo porque ahora está enfadada y muy a punto de ponerse en plan Carrie Underwood conmigo.

—Necesito una birra desesperadamente.

Colt da una palmada mientras cruzamos el aparcamiento del bareto del pueblo, La Herradura.

—Joder, y que lo digas. —Con el brazo bueno, agarro la manilla metálica de la puerta, que, como no podía ser de otra manera, tiene forma de herradura, y la abro de un tirón. Al doblar la esquina, choco con algo… o, mejor dicho, con alguien—. Mierda, lo siento.

Obedeciendo a un impulso, agarro del brazo a la persona con la que he chocado. Y entonces me arrasa como un tren de mercancías cargado hasta los topes.

—Hostia, Blair. Perdona. —La suelto, pero no hago el menor ademán de retroceder a pesar de que estoy casi encima de ella. Mide alrededor de un metro ochenta, así que está cara a cara conmigo. Tan cerca que podría besarla. Y joder que si me planteo entrar a matar—. Tenemos que dejar de encontrarnos así.

—¿Encontrarnos cómo? Esto no tiene nada de… —Desvía la mirada hacia el brazo en el que me hice daño y deja escapar un suspiro de irritación—. ¿Por qué no llevas el cabestrillo?

—Ya estoy bien.

Presumo levantando el brazo hasta formar un ángulo de unos noventa grados. La lesión irradia un calor abrasador, pero aprieto los dientes y sonrío como si no sintiera ningún tipo de molestia.

—Además, con un solo brazo, no podría beberse las cervezas de dos en dos —dice Colt en tono desafiante al pasar a nuestro lado.

Enarco una ceja.

—Bueno, parece que tengo un reto que cumplir.

—Denver.

Blair enfatiza las dos sílabas de mi nombre. Ladea la cabeza, resopla y me lanza una mirada que provoca un coro burlón entre los peones del rancho, que después se apartan a toda prisa antes de verse atrapados por su ira.

Con una sonrisa, respondo pronunciando su nombre con una terrible imitación del acento de una chica del valle.

—Blair.

Si ya me pareció que iba demasiado pija y refinada el día del rodeo, aquí está forzando los límites con creces. Lleva una camiseta negra de manga larga tan recatada que no deja al descubierto ni un atisbo de la muñeca o del cuello, pero tan ajustada que le acentúa todas las delicadas curvas de su constitución esbelta y atlética. Unos pantalones de cintura alta color canela. Y tacones. Blair Hart no lleva —llevaba— tacones. Ni siquiera se los puso para el baile de graduación. Ya no encaja en este pueblo y me viene a la memoria un rápido recuerdo de su vestuario de adolescente: vaqueros, camisetas desteñidas y una colección de sombreros Stetson que era la envidia de todos los vaqueros del pueblo. Luego creció, se mudó y cambió. Y, a pesar de que ha pasado una década, resulta que sigue causándome el mismo efecto que el día en el que me dejó para siempre.

—Hace solo una semana. Deberías llevar un cabestrillo. Como mínimo, intenta mantener la clavícula estable cuando te sientes, nada de beberte las cervezas de dos en dos. ¿Entendido?

—Sí, señora.

Le dedico un saludo militar con la esperanza de provocarle una sonrisa.

Nada.

—Oye, ¿qué haces aquí? —le pregunto.

Se le forma una pequeña arruga entre las cejas y señala la pequeña riñonera negra de camarera que lleva atada a la cintura.

—¿Qué crees que estoy haciendo? Ayudar a Dave, porque aún no ha encontrado a nadie que sustituya a Cass.

Cuando habla, empieza a parecerse mucho a los adultos de los dibujos animados de Snoopy y, al mismo tiempo, la visión se me estrecha a un ritmo vertiginoso hasta convertirse en un túnel.

Un puto anillo.

Lleva un anillo. Mi Blair lleva un pedrusco gigante en la puñetera mano izquierda. Es demasiado grande para sus dedos delgados. Demasiado llamativo para su personalidad. Demasiado poco práctico para una enfermera que seguro que lleva guantes de látex la mayor parte del tiempo. Pero puede que la razón por la que siento todos y cada uno de los dolorosos latidos del corazón sea que a los diecisiete años me prometió esa parte de sí misma.

Un puto anillo.

Frunzo la nariz para calmar la sensación de escozor y me esfuerzo por respirar con calma.

Sin enterarse de nada, se mete las manos en los bolsillos de los elegantes pantalones y se da la vuelta para marcharse.

—Ve a sentarte. Os llevaré la cerveza enseguida.

La observo alejarse mientras me digo que no debería hacerlo. Era absurdo pensar que no habría pasado página después de una década fuera de este pueblo. Es perfecta en todos los sentidos, así que, como es natural, en la ciudad ha encontrado a un hombre rico que hace realidad todos sus sueños. Al hombre que yo no podría ser jamás.

—Ven a bailar conmigo.

La voz ronca que me habla al oído me eriza el vello de la nuca. Unas uñas puntiagudas me recorren la piel de gallina hasta que Peyton me quita el sombrero de la cabeza y se lo encasqueta en la suya. Está claro que el mensaje que le envié no significó una mierda para ella.

—No puedo usar el brazo.

Mi atención permanece totalmente absorta en la imagen del culo de Blair mientras se agacha para recoger una mesa.

«Está pillada».

«El mero hecho de que exista un portero no significa que no puedas marcar».

No. «Ella no es de esas».

—¿Sabes qué? A tomar por culo. —Me vuelvo hacia Peyton, me concentro en su escasa y brillante camiseta de cuello halter. Le brilla hasta el escote—. Vamos a bailar.

Permito que me guíe hasta la pista y le rodeo la cintura con el brazo bueno mientras Randy Travis canta por el altavoz. Y parece que sí debería haberme puesto el cabestrillo, porque, al final de ese primer two-step bailado sin ganas, me palpita toda la parte superior del cuerpo.

De repente, Peyton se pone de puntillas y crece unos cinco centímetros. Supongo que quiere que le dé un beso, pero, por más que esté dispuesto a bailar con ella, no tengo ningún interés en que me acompañe a casa esta noche, aunque el sombrero de vaquero que lleva en la cabeza indique lo contrario. Así que doy un gran paso atrás y le quito el brazo de la cintura.

—Necesito una cerveza —digo por encima del estruendo de la música y señalo con la cabeza la pared del fondo, donde todos los peones del rancho beben alrededor de una enorme mesa de madera. Después de tantos años pasando aquí todos los viernes por la noche, se ha convertido en nuestra zona exclusiva. Sin necesidad de reservarla.

Por desgracia, Peyton me sigue de cerca. Y se me acomoda en el regazo cuando me siento, lo cual me provoca fuertes punzadas de dolor desde la axila hasta la punta de los dedos. Unas semanas de citas informales y un mensaje de ruptura más tarde, aquí estoy, con una chica lapa de manual.

Y podría pasar por alto el dolor ardiente de la clavícula o el fastidio que me genera sentir el trasero huesudo de Peyton en el muslo si alguna de esas dos cosas encendiera una sola chispa en los ojos de Blair. Pero el vaso lleno de cerveza aterriza delante de mí derramándose por el borde y ella continúa como si nada. No hay ni un atisbo de celos, tampoco preguntas ni un contacto visual rebosante de nostalgia. Resulta que verme con otra chica no le afecta de ningún modo. Mientras tanto, ese anillo que lleva en el dedo —incluso sin saber nada del chico— me tiene pidiéndole perdón en silencio a mi hígado por el olvido en el que estoy a punto de sumirlo a base de alcohol.

—Hart. —Capto su atención durante un momento fugaz—. Trae una bandeja de chupitos. Whisky.

4

Denver (trece años)

Entrechoqué las botas, que lanzaron al aire una nube de polvo y metralla de barro seco. Sentado en el portón trasero de la camioneta de mi madre, la observaba ensillar un caballo castrado de siete años. En algún lugar, mi padre y Austin debían de estar practicando para la competición de lazo en equipo. Jackson estaba en su propio mundo —como siempre—, cepillando lenta y delicadamente a su yegua. Y yo no tenía nada que hacer. Ningún sitio en el que estar hasta que llegara la hora de mi monta… al cabo de poco más de tres horas.

Me encantaban los rodeos. A toda mi familia le encantaban los rodeos. Tanto que mi abuelo fue presidente de la asociación local de rodeo durante más de veinte años, y antes lo había sido su padre. De abril a octubre, los rodeos acaparaban todos y cada uno de nuestros fines de semana. Mi madre era una de las mejores competidoras en la carrera de barriles de la Columbia Británica. Mi padre y Austin formaban un poderoso dúo de roping, con Aus a la cabeza y papá a la cola. Jackson iba camino de convertirse en el mejor lacero del circuito provincial de rodeo escolar.

Y luego estaba yo. El único que no necesitaba acicalar ni ejercitar a su montura. No me hacía falta más entrenamiento que encaramarme a caballos sin domar y a cabezas de ganado rebeldes en nuestro rancho. A pesar de las objeciones de mi familia, montaba novillos en lugar de atarlos o luchar con ellos.

Tras doblar el billete de diez dólares que mi abuelo me había dado aquella mañana en el desayuno, me lo metí en el bolsillo delantero de los vaqueros y bajé de un salto del portón trasero.

—Voy a comprarme algo de beber en el bar —dije dirigiéndome a mi madre.

—Vale, cielo. Si ves a Blair, cómprale algo a ella también.

—Pero el abuelo me…

—Denver Wells. —El tono de mi madre fue tajante, se ciñó a mi alrededor al mismo tiempo que ella tiraba de la cincha del caballo—. Sé un chico decente e invita a algo a esa chica. Acaba de hacer su mejor carrera de la temporada. Se lo merece.

Puse los ojos en blanco y resoplé. El día anterior había limpiado establos extra para conseguir ese dinero y ahora tenía que gastármelo en una chica. «Estupendo».

—Y, Denver —me llamó mientras me alejaba—, creo que sería divertido que hicierais algo juntos. Al fin y al cabo, somos a los únicos que conoce por aquí.

«Doblemente estupendo».

Ahora tenía que gastarme en ella el dinero que tanto me había costado ganar y, encima, entretenerla.

«Debería haberme escabullido sin que mamá me viera».

Mientras me arrepentía de mi decisión de haber abierto la boca, avancé arrastrando los pies por el recinto del rodeo. Zigzagueando entre los remolques de ganado, mantuve la cabeza gacha. Desde mi punto de vista, no podía meterme en un lío por no invitar a Blair a un refresco si no la veía de camino al bar.

«Tiene que ser una broma».

Allí estaba. En una zona herbosa justo en medio de mi ruta, viendo una competición de lucha de novillos. Iba vestida con unos vaqueros polvorientos y una camisa de rodeo de color rosa intenso. Llevaba el pelo castaño oscuro trenzado a la espalda y el sol cálido lo hacía brillar.

«Blair Hart».

Nos conocíamos desde preescolar. La misma edad, el mismo curso y la misma clase durante toda la vida, lo cual no significaba que fuéramos amigos. Más que nada, nos cruzábamos por los pasillos y, a veces, yo hacía de intermediario cuando se pasaba notas con sus amigas. Nos movíamos en círculos distintos hasta que Blair decidió que quería empezar a competir en las carreras de barriles. La familia Hart no estaba metida en el mundo de los rodeos, al contrario que la mía, así que mi madre la había tomado bajo su ala. Había hecho algún comentario acerca de querer más estrógenos en una casa llena de chicos, en un rancho lleno de vaqueros. De repente, Blair nos acompañaba a casi todos los rodeos y cogía el autobús escolar con nosotros tres días a la semana para practicar en nuestra pista.

Era una chica bastante maja. Inteligente, un poco callada e incluso podía ser divertida a veces. Aunque yo nunca lo reconocería delante de los chavales del instituto.

Aun así, no me interesaba pasar todo el día con ella. Lo de que no quería comprarle un dichoso refresco con el dinero que tanto me había costado ganar iba muy en serio. Y, sin embargo, prefería hacer ambas cosas a lidiar con la furia de mi madre.

—Oye, voy a comprarme algo fresco de beber. —La miré de hito en hito y esperé a que volviera los ojos hacia los míos—. ¿Te apetece algo?

—Ah, pues… —Se puso en pie y se sacudió la suciedad de los pantalones—. Vamos a ver qué tienen.

Se dedicó a juguetear con la manga de su camisa con corchetes durante los quince metros que nos separaban del bar. Se mantuvo tan alejada de mí que en el hueco que quedaba entre ambos podrían haberse colado otras dos personas, así que estaba claro que ella tenía las mismas ganas de pasar el rato conmigo que yo con ella. Menos mal.

Tras salir con dos latas de refresco y una mísera cantidad de cambio, le pasé una a Blair bajo la escasa sombra de un pino. Ella sonrió e introdujo un dedo bajo la lengüeta metálica para abrir su Dr. Pepper con un chasquido agresivo y un silbido carbonatado.

—Gracias, Denny.

—De nada.

Le di un trago a mi Mountain Dew y me guardé el cambio en el bolsillo mientras miraba a nuestro alrededor en busca de alguien con quien irme a charlar.

—Oye, he visto unas vías de tren en la parte baja de la colina cuando veníamos en el coche —me dijo con una sonrisa traviesa—. Deberíamos ir a ponerles encima los centavos que tienes en el bolsillo.

Arqueé una ceja y hablé con la boca pegada a la lata abierta.

—¿Para qué?

—Porque es guay. Cuando el tren les pasa por encima, se aplanan y se hacen muy grandes. Aunque es un poco peligroso.

Me miró como si supiera que esa última palabra era mi criptonita.

Como no veía a ninguna otra persona con quien valiera la pena pasar el rato, me encogí de hombros.

—Vale. Vamos.

Blair ya estaba dándose la vuelta y alejándose rápidamente antes de que me diera tiempo a terminar de contestar, de modo que tuve que trotar para alcanzarla. Resultó que la «colina» era un terraplén empinado lleno de arcilla suelta por el que no nos quedó más remedio que bajar deslizándonos de culo. No tenía ni idea de cómo íbamos a subir a la vuelta, pero Blair no paró de soltar risitas durante todo el descenso y no pude impedir que una sonrisa me curvara los labios.

—A ver, ¿qué hay que hacer?

Esperé con impaciencia a que me contara qué era aquello tan arriesgado que tenía planeado para nosotros; me saqué las monedas sueltas del bolsillo y se las tendí.

—Hay que poner el dinero en las vías y esperar a que venga un tren.

Miré el acero estrecho con los ojos entornados.

—No suena muy peligroso que digamos.

—Bueno, supongo que no da tanto miedo como montarse en un novillo. Pero se te puede quedar un pie atrapado en las vías o quizá no oigas venir el tren a tiempo. Además, es ilegal jugar en las vías del tren. Así que, si el revisor nos ve, corre.

«Ilegal, ahora ya me gusta más».

—De acuerdo.

Cogí los tres centavos de cobre y me guardé el resto del dinero en el bolsillo. Le di dos a Blair, me acerqué a las vías y esperé a que ella me enseñara cómo se hacía.

Con gran habilidad, colocó las monedas justo en el centro del acero, a unos treinta centímetros de distancia la una de la otra, y se apartó para admirar su obra. Yo la imité y coloqué mi moneda, con la cruz hacia arriba, antes de dejarme caer sobre la hierba mullida a unos metros de la vía.

Permanecimos sentados en silencio durante unos veinte minutos. Siempre había sido incapaz de estarme quieto más de unos segundos, así que no paraba de cambiar de postura para evitar marcharme y herir sus sentimientos. Arranqué unas briznas de hierba y las hice rodar entre los dedos, me quité el barro seco y la mierda de caballo de las botas, me racioné los sorbos de refresco.

—Lo siento —dijo en voz baja—. Creía que pasaban más trenes.

Tenía las mejillas de un ligero tono rosado, pero, a pesar de estaba más aburrido que una ostra, no quise hacerla sentir peor por su ridícula idea de diversión.

—Esperemos un rato más… En algún momento tiene que pasar un tren, ¿no?

—No hace falta si no quieres. Las monedas aplastadas tampoco molan tanto.

—No tengo nada mejor que hacer. —Anudé una brizna de hierba con cuidado—. Bueno, ¿cómo es que te has decidido a empezar a competir en las carreras de barriles?

—Mis padres querían que practicara algún deporte.

—¿Y el fútbol no era una opción o…?

Se echó a reír.

—¿Has visto los equipos deportivos de nuestro instituto? Nadie se lo toma en serio. Soy demasiado competitiva para formar parte de un equipo así.

Eso explicaba por qué entrenaba más que cualquier otra persona que conociera. Sin duda, cuando empezó unos meses antes, Blair partía con desventaja, puesto que hasta entonces solo había montado a caballo un puñado de veces en su vida. Pero, a mediados de junio, nadie habría adivinado que era nueva en esto.

—Entiendo. Y el rodeo es más divertido que el fútbol, de todos modos.

—¿Y tú? —Se metió un mechón de pelo detrás de la oreja y se recostó apoyándose en los codos—. ¿Por qué montas novillos en vez de atarlos como hacen tus hermanos?

—Lo de atar terneros ya lo hago en el rancho. No me divierte. —Estiré las piernas y, mirando el cielo azul pálido con los ojos entornados, me deleité en el sol que me calentaba la cara—. Necesito el subidón.

—Entiendo —murmuró ella.

Pasaron varios minutos más antes de que alguno de los dos volviera a abrir la boca. Entonces comenzamos a charlar, al principio a ratos cortos. Una rápida mención de los planes para las vacaciones de verano, un comentario sobre los pocos trenes que parecía haber, una conversación sobre el siguiente rodeo. Al cabo de una hora, ninguno de los dos era capaz de callarse. Nos interrumpíamos constantemente el uno al otro, nos reíamos hasta que nos dolían las mejillas, decíamos lo mismo al mismo tiempo; le debía al menos seis Coca-Colas porque ganaba todos los juegos de «chispas». Y hacer cuentas sobre cuántos establos tendría que limpiar para pagar esos refrescos ni siquiera me fastidiaba.

La zona soleada en la que habíamos estado sentados estaba cubierta de sombra al final de la tarde, cuando, después de haber abordado casi todos los demás temas de conversación posibles, empezamos a hablar de nuestras comidas favoritas.

—Es imposible que tu helado favorito sea el de sirope de arce y nueces. —Con los ojos abiertos como platos, la miré a la cara radiante, pecosa por el sol y sonrosada por la risa—. Nadie menor de setenta años come eso. Te juro por Dios que, si dices que tu segundo favorito es el napolitano…

—El napolitano es un helado casi perfecto —rio—. En serio, si le añadieran nueces, sería el sabor de mis sueños. Llama a algún fabricante de helados ahora mismo.

Fingí una arcada.

—Van a pensar que es una llamada de broma, porque a nadie más que a ti le interesaría esa abominación.

Blair me rozó la parte superior del brazo con la yema de los dedos para darme un cachete de broma.

—Calla, idiota. Más helado para mí.

—Todo tuyo. Prefiero pasarme el resto de mi vida sin helado que comerme eso.

Puso los ojos en blanco con un gesto exagerado.

—Ya, como si fueras capaz. Son solo nueces, reina del drama. Te comportas como si te hubiera dicho que le echaras sardinas al helado.

—No me extrañaría, viniendo de ti. Es otra comida muy de ancianas.

Una mirada que no le había visto nunca le oscureció los ojos. Maníaca. Conspiradora. Aterradora.

—No… Jamás se me ocurriría tal cosa.

Se le formó un pequeño hoyuelo en la mejilla derecha mientras hablaba.

«Mierda».

—Vale, genial. A partir de ahora, me aterrorizará comer helado cerca de ti.

—Eso espero, Denny. —Le lanzó una mirada al delicado reloj de plata que llevaba en la muñeca, soltó una exhalación y se le hundieron los hombros—. Tendrías que volver ya. Creo que queda poco para que empiece la monta de novillos. Siento haberte hecho perder el tiempo.

—Me he divertido más aquí que con esos pringados de allá arriba. —Señalé hacia el recinto del rodeo con la barbilla y la sonrisilla que le curvó los labios se me contagió. Me puse en pie de un salto y sacudí primero una pierna y luego la otra para despertarme los músculos—. Vamos, dejaremos las monedas y ya volveremos después a ver cómo han quedado.

Le tendí la mano y, cuando la agarró para levantarse, la calidez de su palma me sorprendió un poco.

—¿Vienes a verme montar?

—Claro. No tengo nada mejor que hacer —dijo y se volvió brevemente para mirarme mientras avanzaba hacia la colina. Blair empezó a trepar a gatas por la resbaladiza y polvorienta ladera—. Pero tengo que volver a la residencia de ancianos antes de las cinco si no quiero perderme la taza de pudin.

Se me calentó el pecho, y no solo por el intenso ejercicio cardiovascular que suponía remontar la ladera.

—Caray, eso no podemos tolerarlo.

—Si haces que me pierda el pudin de caramelo, ten claro que el próximo fin de semana te comerás un helado de sardinas, Wells.

Se detuvo un instante en la colina para darse la vuelta y lanzarme una mirada amenazadora señalándome con el dedo. Estuvo a punto de perder el equilibrio, y eso la habría hecho caer rodando hasta el fondo.

—Claro, ¿cómo no iba a gustarte el pudin de caramelo? Eres más rara que un perro verde, Hart.

Con el equipo de protección puesto, me coloqué detrás del corral de monta para observar a un novillo llamado Big Tom mientras mi madre me pegaba el dorsal en la espalda. A pesar de que no entendía mi deseo de subirme a un novillo sin domar durante ocho segundos, nunca se perdió una monta y jamás intentó convencerme de que no compitiera.

—Dales caña, cielo.

Me frotó el hombro con una mano firme y, después, me dio una última palmada en la espalda cuando avancé hacia la barandilla metálica. Preparado para encaramarme a la valla del corral de salida, le sonreí.

La adrenalina y la emoción me corrían por las venas. Un torrente de sangre me invadió el pecho. Un ritmo sordo y constante me palpitaba en lo más profundo de los oídos y se me extendía por todo el cráneo como un casco resistente: algo que me protegía del miedo natural. Lo normal sería que nadie se sintiera cómodo subiéndose a lomos de un animal que quiere verlo morir. Y, sin embargo, saber que el novillo podía lisiarme formaba parte de la emoción.

Me agaché, metí la mano por debajo de la cuerda atada al novillo y me deslicé el asa de cuero por la palma hasta que tuve un agarre consistente. A los jinetes jóvenes de novillos se nos permitía sujetarnos con las dos manos, pero yo quería hacerlo de verdad. Quería demostrar que tenía lo que había que tener para competir con los hombres. Me habría subido a un bronco o a un toro en lugar de a un novillo si me hubieran dejado.

Tragué la saliva que se me había acumulado en la parte de atrás de la garganta y oí que mi abuelo me hablaba al oído. Me sujetó el hombro con una mano del tamaño de un guante de béisbol.

—Lo harás bien, muchacho. Recuerda, tres respiraciones profundas, la mano inmóvil y deja que el cuerpo siga el flujo del movimiento. No pienses demasiado.

Inhalé el aire polvoriento, permití que los olores del animal se me asentaran en los pulmones y exhalé. Tres veces. El abuelo retiró la mano de mi hombro. Él asintió, yo asentí.

La puerta se abrió de golpe y el novillo salió disparado hacia el al aire libre sacudiéndome entero con cada brinco. Me zarandeaba en todas direcciones. Tensé el agarre y me dejé llevar por el movimiento; el cuerpo se me ondulaba como el oleaje del mar. El pitido de un tren sonó en perfecta armonía con el timbre, y me pareció que pasaba una eternidad antes de que los hombres encargados de llevarse al novillo llegaran hasta mí. En cuanto toqué la tierra polvorienta con las botas, eché a correr a toda velocidad.

Pasé por encima de los barrotes de la valla despojándome ya del equipo, tiré los zahones hechos una bola al suelo al lado de donde mi madre me estaba mirando y, sin aliento, exclamé:

—Tengo que ir a buscar a Blair un segundo. Ahora vuelvo.

Si me preguntó algo, no la oí. Con la sangre palpitándome detrás de las orejas, corrí por el callejón en busca de la chica. La encontré sentada en un banco de metal observando a los hombres que intentaban sacar al novillo de la pista y me senté a su lado con una fuerte exhalación.

—Uf —dijo ella en tono sobresaltado—. Hola. Ostras, Denny. Ha sido una monta genial. En plan…, has estado increíble.

Me sonrió. Los ojos marrones se le tornaban de un tono dorado bajo el sol y yo no pensaba decirle que había sido una monta solo decente. Desde luego, no era la mejor que había hecho en mi vida, y no me hacía falta quedarme hasta que anunciaran el resultado para saber que no había ganado.

—He oído el tren. Vamos a ver las monedas.

La cogí de la mano para que se pusiera de pie.

—Denny, de verdad que no es tan guay —dijo mientras me seguía hacia la ladera terrosa—. No son más que monedas aplastadas. No van a irse a ninguna parte. Podríamos habernos quedado a escuchar tu puntuación.

—Bah, ya me enteraré luego.

Los pies se me hundieron en la arcilla fina y polvorienta y resbalé al instante. Me caí de espaldas encima de Blair, que había sido lo bastante lista como para no molestarse en intentar bajar la colina de otra forma que no fuera deslizándose de culo.

Con un chillido, levantó una mano para detenerme justo antes de que nos diéramos un cabezazo y su risa llenara el aire.

—O sea, que te sujetas encima de un novillo como si nada, pero ¿no eres capaz de permanecer en pie por ti mismo?

—Solo intentaba llegar abajo antes que tú.

Sacó la lengua para humedecerse los labios y me dio un fuerte empujón en el hombro al levantarse. Salió disparada hacia adelante, los pies apenas rozaban el suelo debajo de ella mientras corría. Pero, mierda, lo había conseguido. Alzó el puño en el aire en señal de triunfo y se volvió hacia mí.

—¡Te he ganado! —se burló.

Bajé corriendo tras ella, derrapé por la tierra blanda para detenerme antes de que mi pecho impactara contra el suyo.

—No sabía que competía con una tramposa.

Sin hacerme ni caso, se dirigió hacia las vías y sostuvo una de las monedas aplastadas entre el índice y el pulgar. El sol poniente se reflejó en la superficie lisa y los ojos de cierva de Blair brillaron con un tono similar: el del cobre desgastado, un caleidoscopio de marrones, verdes y dorados.

Tenía razón: el centavo aplastado no impresionaba tanto. Y me di cuenta de que ella también era consciente.

—Es una pasada —mentí con una sonrisa al mismo tiempo que levantaba el mío para inspeccionarlo—. Porras, ahora me gustaría que lo hubiéramos hecho con una moneda de dos dólares para ver cómo quedaban los dos colores aplastados. ¿El próximo fin de semana?

Asintió pensativa.

—Buena idea. A ver si esta semana averiguo los horarios de los trenes; así sabremos a ciencia cierta cuándo tenemos que bajar para verlo pasar.

Dios, qué rara era. Y supongo que yo también debía de serlo, porque disfrutaba de cada segundo que pasaba con Blair. Cuando empezamos a subir hacia el recinto del rodeo, ya estaba contando el tiempo que faltaba para volver allí con ella.

Le sonreí y le tendí la mano para que subiéramos juntos el terraplén.

—El pudin de caramelo lo pongo yo.