—¡El reo ha jurado decir verdad! —clamó el alguacil.
Y el eco de sus palabras rebotó en las paredes del enorme espacio del Tinell de Barcelona, la gran sala de ceremonias de los antiguos reyes de Aragón. Su grandiosidad estaba destinada a empequeñecer e intimidar a los visitantes, fueran embajadores o vasallos. Sin embargo, el rey ya no estaba allí.
El lugar desde donde antes el monarca impartía justicia se había convertido en la madriguera del dragón, la cueva de la fiera de múltiples cabezas que aterrorizaba a la ciudad: la Inquisición. El sitio del trono lo ocupaban ahora una silla y una robusta mesa situadas sobre una tarima elevada tres escalones por encima del suelo de piedra. Un dosel de tela negra colgaba por la espalda y los costados del entarimado protegiendo el sitial del frío y las corrientes de aire. Allí se encontraba el inquisidor.
El fraile dominico, con hábito blanco y capucha negra calada, parecía indiferente a lo que ocurría a su alrededor y movía los labios en un rezo silencioso leyendo su libro de oraciones. La luz mortecina de aquella tarde lluviosa, que penetraba por los grandes ventanales situados a su derecha, no le bastaba y se ayudaba con un candil apoyado en la mesa.
No fue hasta poco después de oír al alguacil que el monje levantó la vista para clavar sus ojos en el reo. El candil le iluminaba el rostro desde abajo y resaltaba una pronunciada barbilla, una nariz ganchuda y unas cejas de pelos largos.
—¿Quién eres? —interrogó con voz áspera.
El hombre que se erguía frente a él percibió un revuelo de plumas que rasgaban el papel: los funcionarios de la Inquisición se apresuraban a anotar el interrogatorio.
—Joan Serra. —Y al decir su nombre se irguió un poco más. Aquella sala le traía recuerdos trágicos de cuando apenas era un niño encogido de terror. Habían transcurrido muchos años y él había cambiado. Ahora miraba al juez a los ojos, casi desafiante.
—Joan Serra ¿qué? —preguntó el fraile.
—Joan Serra de Llafranc —repuso el hombre con voz firme.
El inquisidor contempló al reo con interés. Los acusados solían mirarle temerosos, pero aquel no parecía sentir miedo. Era alto y fornido, mostraba una poderosa nariz que debía de haber achatado ligeramente un golpe y que le confería un aspecto audaz, y lucía el pelo castaño cortado a media melena y unas pobladas cejas sobre unos ojos oscuros de aspecto felino que le miraban fijamente.
—¿A qué te dedicas?
—Soy librero.
—¡Ah, librero! —repitió el inquisidor. Su tono era amenazante, como si aquella afirmación le hubiera hecho ya culpable.
Joan miró a su derecha. Anna, su amada esposa, se encontraba de pie, flanqueada por dos oficiales de la Inquisición. Pensó en las argollas de hierro, que estarían hiriéndole las muñecas. Sus hermosos ojos verdes estaban húmedos y ambos se miraron unos instantes con ternura. ¡Qué intenso fue el intercambio! Como si quisieran recordarse sus largos años de amor. Después, el hombre volvió sus ojos al fraile, que le contemplaba desde detrás de su mesa, en lo alto de la tarima. Le observaba igual que un ave carroñera lo haría con su presa.
—Sí. Librero e impresor.
—¡Impresor! —El tono del inquisidor se hizo más duro.
—Sí. Librero e impresor —insistió Joan—. Y por cada libro que vos hicisteis quemar, yo imprimí e hice circular diez.
La barbilla del fraile pareció caer. Le miraba boquiabierto. Nadie se atrevía a hablarle así a él. Nadie desafiaba a un inquisidor. Aquel loco le decía a la cara lo que a otros les tenía que sacar con tortura.
Pero Joan no miraba al fraile, sino a Anna, que había soltado un quejido ahogado al oír sus palabras. Movía la cabeza con incredulidad y pesar; acababa de comprender lo que su esposo pretendía con aquella declaración suicida. Él trató de confortarla con una sonrisa que apenas se dibujó en su rostro, pues de inmediato su atención fue hacia uno de los individuos que la custodiaban. Era un pelirrojo enorme y panzudo que le miraba con sus oscuros ojos sanguinolentos y una sonrisa de triunfo en la boca. Era Felip Girgós, el fiscal de la Inquisición, su odiado enemigo, que contemplaba satisfecho la derrota final del librero. Sin embargo, aquel matón había dejado de tener importancia para Joan. Dirigiéndose de nuevo al fraile, que aún no había reaccionado, dijo:
—Y cuando yo muera, los de mi gremio seguirán haciendo lo mismo hasta que los libros y la cultura destruyan vuestra Inquisición.
El inquisidor cerró la boca y apretó los dientes. Le costaba creer lo que veía y oía. Le asombraba el desparpajo de aquel hombre, su coraje. Frunció el ceño mientras aquellas palabras resonaban en su interior. Contempló al que sería su próxima víctima, que le miraba erguido, en silencio y con la cabeza alta.
Por un momento pudo ver en sus ojos el futuro que le vaticinaba, un tiempo nefasto en el que los libros libres derrotarían a la Inquisición y acabarían con ella. De pronto, el fraile tuvo la certeza de que aquel tiempo llegaría, y sintió temor. Después, rabia.
—¡Arderás en la hoguera! —rugió.
Joan afirmó con la cabeza y al inquisidor le pareció que una sonrisa asomaba en los labios de aquel hombre que debería temblar de miedo en lugar de mirarle desafiante.
Se levantó de su asiento, encolerizado, y de un manotazo apartó los papeles y el libro, que cayeron al suelo. La llama del candil osciló peligrosamente mientras este se balanceaba al borde de la mesa. Su luz proyectaba sombras lúgubres en la faz del fraile.
—¡Quemado! —insistió gritando—. ¿Te enteras? ¡Serás quemado vivo!
El reo hizo otro gesto de asentimiento. Lo entendía perfectamente y eso era lo que había estado buscando. Su actitud tranquila, casi complacida, enrabietó más al juez, que descargó un puñetazo sobre la mesa.
El candil cayó ocultando al fraile en las sombras que producían su capucha y el dosel. El aceite se desparramó sobre el libro y los papeles de la Inquisición caídos al suelo, que empezaron a arder. Los soldados corrieron a apagar el fuego mientras el inquisidor parecía gruñir dentro de su oscura madriguera, y Joan volvió su atención a su esposa, que le miraba con una tierna tristeza. La amaba desde el día en que la vio por primera vez, anheló con desesperación compartir con ella su vida, y ahora la acompañaría en la muerte. Sabía que la acusación que le había llevado frente al inquisidor le hubiera condenado a una muerte rápida, benévola; la que no tendría su esposa por culpa de aquel maldito fiscal pelirrojo.
Ella sería ejecutada en la hoguera sin la clemencia que aplicaban a los que reconocían sus culpas: morir antes al garrote. Estaba destinada a ser quemada viva. Ahora él, después de su desafío, también. Temía al fuego, aunque mucho más dejarla sola en sus últimos instantes. Anna le miraba llorosa negando con la cabeza mientras trataba de sonreírle con cariño. Sabía que él lo había hecho todo para acompañarla en la más horrible de las muertes. Para estar juntos hasta el final.
Joan se incorporó del lecho sobresaltado. Jadeaba y tenía el cuerpo cubierto de sudor. Aquella pesadilla era angustiosamente real y recordaba haber sentido algo semejante al despertarse unos días antes. ¿Serían premoniciones, avisos de un trágico futuro?
Se dijo que se encontraban a salvo en Roma, que la Inquisición y Felip, el matón pelirrojo, estaban muy lejos, en España, donde seguramente él jamás regresaría.
Era finales de octubre, la luz del amanecer se filtraba ya por los ventanucos de la habitación y Joan contempló en la cálida penumbra a Anna, dormida con su melena azabache abierta cual abanico sobre las almohadas. Estaba bellísima. Quiso acariciarla con las manos, pero, temiendo despertarla, lo hizo solo con la mirada.
¡Había luchado tanto por ella! No se cansaba de contemplarla, se decía que era suya y le costaba creer su fortuna. Hacía solo unos meses que era su esposa y despertarse a su lado era una sorpresa dichosa. Al verla en la mañana, al sentir su calor, al comprender que estaban juntos, su corazón daba brincos de felicidad.
Al lado de Anna dormía, en su cuna, un niño de ocho meses de aspecto sano que sonreía en su sueño. El día anterior había abierto la boca, en la que se empezaban a mostrar los primeros dientes, para balbucir algo parecido a «papá». Joan deseaba que el pequeño abriera los ojos, que le contemplara de aquella forma suya, tan particular, y que volviera a sonreírle. Aquella mirada que al principio le turbaba ahora le daba paz, le bendecía, le perdonaba.
Sin embargo, el recuerdo de la pesadilla regresó y con él la inquietud. ¿Le advertía de algo? Miró hacia la puerta de la habitación, que mantenía atrancada por la noche a pesar de estar en su casa, rodeado de gentes que le eran fieles. Y contempló la azcona que estaba sujeta en la pared de al lado. Era una lanza corta, semejante a un arpón de pescador. Había visto morir a su padre con ella en las manos mientras defendía a su familia de los piratas que asaltaban su aldea de Llafranc, en la costa norte catalana. Jamás olvidaría aquellos momentos, ni las últimas palabras de su padre, ni la promesa de ser libre que le hizo. Aquella arma era el símbolo de su familia y de la libertad.
Joan se levantó del lecho, se acercó a la azcona para acariciarla y percibió en ella aquella vibración especial que le hacía sentir más fuerte y seguro. Él lucharía por los suyos tal como había hecho su padre, los mantendría a salvo y aquella pesadilla jamás se haría realidad.
—¡Nunca! —musitó tratando de ahuyentar las trágicas imágenes—. ¡Jamás ocurrirá!
Un fuerte estampido hizo que Joan se despertara sobresaltado, de madrugada, dos días después. Conocía demasiado bien el sonido, era un disparo de arcabuz. Ramón empezó a llorar en su cuna.
—¿Qué ocurre? —inquirió Anna alarmada.
—Es un arma de fuego. Y ha sonado aquí mismo.
Después se oyeron gritos y más disparos. Joan se levantó con precaución para acercarse a la ventana y ver qué pasaba.
—Id con cuidado. ¡Os lo suplico! —dijo su esposa.
Cuando entreabrió los postigos vio que amanecía y que un grupo de hombres armados gritaba en la calle.
—¡Vivan los Orsini! ¡Mueran los catalani!
En aquel momento aparecieron un muchacho con un tambor y un niño con un pífano. Improvisaron una marcha militar y todos desfilaron entre disparos de arcabuces y gritos hacia el Campo de’ Fiori. Las ventanas de las casas de enfrente se abrían a su paso y algunos participaban en el jolgorio. De pronto sonó un golpe y luego otro más.
—¡Muerte a los catalani! —gritaron de nuevo desde el exterior.
—¿Qué está pasando? —quiso saber Anna.
—Parece que los Orsini se han alzado en armas, y unos niños nos apedrean. Pero no temáis, no se detienen, van hacia el Campo de’ Fiori.
—Allí tienen los Orsini uno de sus palacios —razonó ella mientras tomaba al bebé en brazos acunándolo para que dejara de llorar—. Será donde se reúnan y está a pocos pasos de aquí…
Joan entornó los postigos y se vistió a toda prisa.
—Volverán —concluyó Anna alarmada. Miró a su hijo con ternura y un presentimiento hizo que se le acelerase el corazón—. ¡Volverán a por nosotros!
—No os mováis de aquí, ni os asoméis a la ventana —le advirtió él mientras se colocaba encima de la camisa un coselete, una ligera coraza de cuero endurecido reforzada con chapas metálicas.
Se puso la espada y la daga al cinto, cogió una llave escondida debajo del colchón y después de besar a su esposa se apresuró a salir de la estancia. Pero antes lanzó una mirada fugaz a la azcona de su padre, que continuaba sujeta a la pared al lado de la puerta. Era un arma antigua, aunque, si se manejaba como sabía hacerlo Joan, resultaba muy efectiva tanto en la lucha cuerpo a cuerpo como arrojándola. Se dijo que ojalá no tuviera que usarla.
Recordaba bien las advertencias que con frecuencia le hacía el capitán de la guardia vaticana, su amigo Miquel Corella. «No importa lo que hagas o digas en Roma, ni lo bien que hables el italiano, aquí siempre serás un catalano». «Cuando muera el papa vendrán a por nosotros y a por nuestras familias, no tendrán misericordia». «Habrá que luchar o huir. Si es que te dejan huir, claro».
Los papas habitualmente eran italianos y accedían al solio pontificio gracias a sus conexiones familiares y políticas, que en ocasiones se remontaban a muchas generaciones atrás. Esas familias, como era el caso de los Orsini, poseían castillos y ejércitos con los que imponían su ley. Rara vez un extranjero alcanzaba el papado y cuando lo lograba, solía ser gracias a los ejércitos de su país de origen. Durante el periodo de setenta años en el que los papas se establecieron en Aviñón, todos los pontífices habían sido franceses, y la cabeza de la Iglesia se convirtió en un títere en manos del rey de Francia.
No era esta la situación del papa Alejandro VI, valenciano de Játiva. No contaba con el apoyo de los reyes de España, y se enfrentaba a ellos con frecuencia. Solo sus extraordinarias dotes diplomáticas, su carisma personal y la fuerza de las armas de los catalani le permitían mantenerse en el papado, siempre en un precario equilibrio. Los italianos llamaban catalani a los fieles al papa, un grupo de aventureros y mercenarios mayoritariamente españoles, aunque también los había italianos —en especial sicilianos y napolitanos— y de otras nacionalidades.
La librería de los Serra se había convertido en lugar de reunión de los partidarios del papa. Era un símbolo del poder catalano y, por lo tanto, cualquier insurrección en Roma la exponía a un grave peligro. Si aquella celebración se debía a la muerte del papa, no solo se levantaría en armas la familia Orsini —en franca rebeldía contra Alejandro VI y los suyos—, sino que también lo haría el resto de las grandes familias romanas. Y azuzado por ellas, el populacho se iba a lanzar, cual manada de lobos, al pillaje de los hogares y las posesiones de los catalani. Los asaltantes robarían, violarían, asesinarían y las casas de los vencidos serían pasto de las llamas.
Esos pillajes eran costumbre en Roma cuando un papa fallecía, sin importar que fuese italiano, y con más motivo ocurriría con el papa Borgia, pues el odio acumulado contra los catalani, extranjeros que imponían su ley con dureza, era enorme. No habría piedad.
Los ruidos y voces en la casa indicaban que los estampidos habían despertado a todos. Joan fue hacia un armario situado en el comedor, al lado de la puerta de su habitación, y lo abrió con la llave. Allí guardaba una docena de arcabuces y otras tantas ballestas, espadas y dagas.
—Dadme un arcabuz —oyó a sus espaldas.
Era Anna, que le tendía la mano con una mirada intensa y gesto enérgico; no había atendido sus instrucciones de permanecer en la habitación. Allí aún lloraba Ramón.
Sin apenas vacilar, Joan le dio el arma, una bolsa con doce balas de plomo y un cinto de los que usaban los arcabuceros en el ejército, del que colgaban los «doce apóstoles». Los «apóstoles» eran unos saquitos de tela que contenían la carga de pólvora necesaria para un disparo. Joan sabía que si la librería era asaltada, Anna, desde su habitación o desde donde hiciese falta, no vacilaría en disparar. Ella también tenía derecho a defender su vida, su honra y a su familia.
—Id con cuidado —le dijo.
Anna afirmó con la cabeza y Joan se quedó mirándola mientras ella regresaba al dormitorio cargando trabajosamente con el arcabuz, el correaje y la munición. Amaba a aquella mujer con desesperación y hubiera deseado tener tiempo de besarla y abrazarla, pero había que organizar de inmediato la defensa. No le gustaba que su esposa manejase aquella arma y no se perdonaría si le pasaba algo en el combate, pero sabía lo obstinada que era y que no habría forma de disuadirla.
En los talleres, Joan se encontró con sus empleados —treinta entre maestros, oficiales y aprendices— y se reunieron en el patio. Podía ver el temor y el sobresalto de un brusco despertar en sus miradas. Alguno aún terminaba de vestirse, otros se cubrían con los coseletes y todos iban armados; con espadas al cinto los mayores y puñales y lanzas los más jóvenes. Esperaban sus instrucciones. La mayoría eran florentinos exiliados del régimen de Savonarola y el resto, romanos procatalani. Joan sabía que podía contar con ellos. Había tratado aquella eventualidad varias veces con Giorgio, el maestro encuadernador, con Antonio, el maestro impresor, y con su amigo Niccolò dei Machiavelli, al que a veces llamaban Maquiavelo, que atendía al público en la librería y gozaba de experiencia militar. Todos, hasta el más joven de los aprendices, habían sido instruidos sobre el uso de arcabuces, ballestas y espadas.
—Es posible que traten de asaltar la librería —los advirtió.
—Nosotros la defenderemos —repuso Niccolò en voz alta. Y después, dirigiéndose a sus compañeros, dijo—: Si alguno tiene miedo y quiere irse, que lo haga ahora.
Los aprendices y los oficiales se miraron entre ellos y hubo un silencio. Sabían que irse representaba abandonar a la familia y que no serían aceptados de vuelta. El florentino interpretó el silencio como muestra de fidelidad.
—Estamos todos con vos —le dijo a Joan.
—Subid al piso y repartid las armas —respondió este.
Eulalia y María, la madre y la hermana de Joan, habían bajado al taller. Joan las instruyó para que permanecieran en el primer piso junto a las criadas y los niños, alejadas de las ventanas. Ellas decidieron reunirse con Anna.
Joan ordenó disponer como primera línea de defensa una barricada en la calle; utilizaron las mesas que usaban para exponer los libros reforzadas con sacos de tierra. Detrás se situaron varios aprendices a cargo de Giorgio con ballestas, lanzas y espadas. Cuando terminaron, las ventanas de la casa y la barricada estaban erizadas de lanzas, arcabuces y ballestas.
Entonces Joan se plantó en el centro de la calle, bien asentado sobre sus piernas entreabiertas, y, ante la expectación de los vecinos, disparó un arcabuzazo al aire. Un aprendiz corrió a recoger su arma y le entregó otra cargada. Joan no había tenido tiempo de peinarse y su media melena revuelta, sus hirsutas cejas, su poderosa mandíbula y su mirada felina le daban un aspecto feroz. Esperó unos momentos para que todos los vecinos, incluso los más temerosos, se decidieran a curiosear desde las ventanas entreabiertas. Entonces disparó de nuevo. No dijo nada; no hacía falta. Todos sabían que cualquier intento de asalto a su establecimiento costaría muy caro.
Después se inició la espera y transcurrido un tiempo sin que nada ocurriera, Niccolò, aburrido, le pidió a Joan que le dejase ir a indagar. Al ser italiano y tener muchos amigos en Roma, no correría peligro.
A su regreso, se reunió con Joan y con los maestros, que le esperaban ansiosos.
—Los Orsini se han sublevado —les explicó—. El grupo que pasó frente a la librería iba a reunirse con otros en el palacio Orsini del Campo de’ Fiori para después marchar sobre el Vaticano y asaltarlo. Por el camino se les unirán más tropas.
—¿Qué hay con respecto al papa? —quiso saber Joan—. ¿Está aún vivo?
—No hay noticias del papa. Pregunté, nadie respondió y no quise significarme demasiado. Es bien sabido que pertenezco a esta casa.
—Habrá que esperar con las armas en la mano —dijo Giorgio.
—Así es —afirmó Joan—. Dios quiera que fracasen en su intento. De lo contrario, nuestra situación se haría desesperada.
—Aunque fracasen, continuaremos en peligro —advirtió Niccolò—. Estamos alejados del Vaticano y los Orsini, frustrados, buscarán venganza en enemigos más fáciles. Como nosotros.
—Pues se sorprenderán —dijo Joan alzando la barbilla—. No somos fáciles y menos si nos obligan a luchar por nuestras vidas.
Giorgio y Antonio dejaron oír un gruñido de aprobación y Niccolò afirmó con la cabeza al tiempo que sonreía.
Joan almorzó de forma precipitada, casi de pie y alerta, junto con Anna, su madre, su hermana y sus sobrinos, cuidando de dejar las armas fuera del alcance de estos. Los niños contaban ya con diez y doce años, y para ellos aquella inusual actividad bélica era como un juego de guerra en el que participaban con sombreros de papel y espadas de madera. Sus gritos divertidos le hicieron recordar a Joan que su hermano y él tenían las mismas edades cuando los piratas asaltaron su aldea y su padre murió defendiéndolos sin poder evitar que su madre y su hermana fueran secuestradas y convertidas en esclavas. Aquel hecho acabó de forma trágica con su infancia. La guerra no era un juego, sino el vientre que paría la desdicha y la miseria. Contempló a Anna, a su hermana y a su madre con amor y notó el corazón encogido de sentimiento. No quería transmitirles su inquietud, pero quizá aquella fuera su última comida y por la noche estuvieran todos muertos. ¿Era aquel el peligro del que le advertían los malos sueños que sufría últimamente? Joan no temía por su vida. Su miedo, el pensamiento que le angustiaba era la idea de presenciar cómo su esposa y su hermana eran violadas por los asaltantes, que rebanarían después sus gargantas. Y también la de su madre, la del pequeño Ramón y la de sus sobrinos, degollándolos, tal como acostumbraban a hacer los forajidos que asaltaban las casas de sus enemigos políticos. Tragó saliva y renovó la promesa hecha a su padre en el día de su muerte.
—Cuidaré de ellas —murmuró sin que le oyeran—. Y las mantendré libres.
Las horas transcurrían en una tensa espera, ningún cliente se dejó ver por la librería y muy pocos vecinos se aventuraron a salir de sus casas. Joan mantuvo a media docena de sus empleados de guardia y el resto regresó a sus ocupaciones en los talleres, con las armas al alcance de la mano. Fue a media tarde cuando varios hombres empezaron a agruparse en el extremo de la calle que daba al Campo de’ Fiori.
—¡Al arma! —gritó Joan.
Todos abandonaron sus tareas para acudir a los puestos que tenían asignados, y tras la barricada y en las ventanas aparecieron los cañones de los arcabuces y las ballestas.
—¡Mueran los catalani! —empezaron a gritar en la calle.
Un muchacho con una ballesta se separó del grupo para acercarse a la librería y disparó un dardo que fue a dar en la pared, cerca de la ventana del comedor desde donde Joan observaba.
—¡No tiréis hasta que yo lo ordene! —vociferó Joan—. Quiero evitar que haya muertos.
Y a continuación, apuntó delante de los pies del chico y disparó su arcabuz. Sonó el estruendo, en el aire se extendió el olor a pólvora y el muchacho, al ver el suelo levantarse a sus pies, dio un brinco y corrió cojeando de regreso al grupo. Hubo unos momentos de silencio y al poco los gritos contrarios al papa y a los suyos tomaron mayor fuerza.
—Se está juntando una multitud en el extremo de la calle —le comentó Joan, preocupado, a Niccolò.
—Deben de haber fracasado contra el Vaticano.
—Eso sería una gran noticia.
En aquel momento, la multitud se apartó para dar paso a un carro cargado de maderos y paja, que fue acercándose. Quienes lo empujaban se cubrían tras él para evitar que los alcanzaran los disparos.
—¡Quieren quemarnos! —exclamó Joan alarmado—. ¡Prenderán fuego a la leña del carro y lo empujarán contra la librería!
—Habrá que tirar a matar —murmuró Niccolò inquieto.
El carro se detuvo a medio camino y, tras él, los sublevados mostraron sus ballestas y arcabuces y dispararon contra la casa. Los defensores se resguardaron y, aprovechando la circunstancia, un hombre abandonó el grupo situado al inicio de la calle y corrió hacia el carro con una tea encendida.
—¡Disparad! —gritó Joan a los suyos.
Los asaltantes se cubrieron a excepción del individuo de la antorcha, que no había alcanzado aún el carro y que fue herido por una saeta en un hombro. Dejó caer la tea, que continuó ardiendo en el suelo, para refugiarse junto a sus compañeros tras los maderos del vehículo.
—¡Mirad, preparan otro carro! —dijo Niccolò señalando al extremo de la calle.
—Lo veo.
Joan se secó el sudor de la frente con un pañuelo, deseaba rezar. Desconocía el número de atacantes y su determinación, pero estaba seguro de que no sería fácil sobrevivir. Su intención de no matar a nadie para evitar rencores y venganzas era ya secundaria. La vida de los suyos había pasado a ser su primera y única responsabilidad.
El segundo carro emprendió lentamente su camino hacia la librería entre gritos de los asaltantes, redobles de tambor y cornetines. Los del extremo de la calle parecían estar de fiesta. Tras el vehículo cargado de maderas y materiales inflamables se elevaba el humo de las teas, y el olor a brea quemada llegó hasta Joan y Niccolò.
—Esta vez vienen mejor preparados —murmuró el florentino.
—Hay que detener a los carros en la barricada para que las llamas no alcancen el edificio —dijo Joan—. Si prenden fuego a la casa, moriremos abrasados en ella o nos masacrarán en la calle cuando tratemos de huir de las llamas.
—Pues ya podemos empezar a disparar —respondió Niccolò—. Y al cuerpo, no como hasta ahora.
—De acuerdo.
Cuando los del segundo carro llegaron a la altura del primero, a solo veinte pasos de la barricada, los asaltantes prendieron fuego a ambos vehículos y los empujaron a la vez hacia la librería mientras desde esta les disparaban a discreción. Los carros toparon con la barricada y allí se detuvieron. El fuego iba prendiendo en ellos y el calor se hizo insoportable para Giorgio y sus aprendices, que tuvieron que abandonar su posición tras el parapeto y entrar en la casa. El calor del fuego empezó a notarse dentro. Joan podía oír el rezo de las mujeres desde la habitación contigua mientras apuntaba entre las llamas a las siluetas que se movían tras ellas. Iba repitiendo, de forma inconsciente, las oraciones.
—¡Cerrad la puerta y atrancadla bien! —gritó desde el primer piso.
El calor y el humo que procedían de las hogueras en que se habían convertido los carros dificultaban la respiración. Joan se felicitó por la idea de levantar una barricada; esta había servido de tope a los carros, aunque estaban lo suficientemente cerca como para que las llamas lamieran el edificio. La librería podía incendiarse de un momento a otro. Sin embargo, el peligro más inmediato lo representaban los hombres que, parapetados tras unos grandes escudos del tamaño de puertas, disparaban a las ventanas de la casa desde más allá de los carros. Observó que el choque había tumbado una de las mesas que formaban la barricada, dejando el paso despejado.
—¡Tratarán de derribar la puerta! —murmuró inquieto.
Anna conocía bien el peligro de muerte que se cernía sobre ella y su familia. Joan no le había ocultado los riesgos que comportaría su vida en Roma. Aun así, nunca imaginó que solo gozarían de cinco meses de felicidad y esplendor antes de sufrir una agresión de tal calibre.
Había rezado con su suegra y su cuñada para que la librería no sufriera ningún ataque. Sin embargo, comprendió que este era inevitable cuando a media tarde Joan dio la alarma. De inmediato corrió a su habitación para dejar a Ramón en la cuna; enternecida, le vio sonreír después de besarle musitando una oración para que aquel no fuera su último beso. Eulalia, María y los niños también se refugiaron en la alcoba del matrimonio. Anna se puso a cargar el arcabuz. Antes de su peligroso viaje de Nápoles a Roma por unos caminos llenos de bandoleros y en guerra, le pidió a Joan que le enseñara el manejo del arcabuz y, a pesar del peso del arma y del resto de los utensilios, aprendió a usarla con cierta habilidad. Nunca había disparado contra una persona, la idea le repugnaba; pero defendería su vida y la de su familia como fuera. Observó que María y Eulalia, a falta de mejor arma, blandían cuchillos de cocina; ellas también estaban dispuestas a luchar y aquel sería su último recurso si las oraciones se mostraran inútiles.
Anna había visto alarmada cómo los carros en llamas chocaban contra la barricada, y desde la ventana de su dormitorio notaba el calor asfixiante del fuego. Hasta allí llegaban las pavesas. Detrás oía los rezos a media voz de Eulalia y María y el llanto de su hijo en la cuna, asustado por el griterío. Sabía que si aquellos hombres vociferantes entraban en su hogar, no habría misericordia para la familia. Ni siquiera tendrían piedad de las mujeres y los niños. Ellos no habían hecho mal a nadie, pero Anna era consciente de que su librería representaba el poder de los Borgia, y que los fieles al papa habían impuesto su ley en la ciudad a la fuerza, cometiendo a veces injusticias y todo tipo de tropelías. Los Orsini los odiaban y no habría compasión. Aquel no era tiempo de recogerse a rezar. Era tiempo de rezar y luchar. Por su hijo, por su marido y por su vida. Sentía miedo y leía también el miedo en los ojos de su suegra y de su cuñada, y sin embargo, al igual que ellas, estaba dispuesta a pelear, aunque fuera con un cuchillo de cocina, hasta su último aliento.
Apoyó el arcabuz en la ventana; a través del aire caliente y del humo del fuego, apuntó a un individuo que estaba medio descubierto tras uno de los parapetos y apretó el gatillo. Oyó el siseo de la mecha lenta al encender la pólvora de la cazoleta y a continuación un gran estampido. A pesar de que lo esperaba, el golpe del retroceso le hizo dar varios pasos atrás.
—Dejádmelo —le dijo su cuñada María, que se hizo con el arma y aplicó un paño mojado a la parte externa del cañón para enfriarlo.
Mientras Anna se asomaba para ver los efectos de su disparo, su cuñada abrió uno de los «apóstoles» e introdujo la pólvora en el cañón del arcabuz, después puso un poco de papel y con la baqueta lo presionó. A continuación metió una de las balas de plomo y un poco más de papel, que de nuevo presionó con la baqueta.
Anna no veía al hombre al que había disparado; quizá le había alcanzado o tal vez se hubiera parapetado detrás de la protección de madera. Pero observó que los atacantes preparaban un ariete.
—¡Van a derribar la puerta! —exclamó—. María, dadme el arcabuz, por favor.
Apoyó el arma en el alféizar y buscó a los hombres del ariete; puso el dedo en el gatillo y esperó el estampido tratando de mantener la puntería y contener el retroceso del arma. Al oír la detonación fue a asomarse para comprobar su puntería, pero un disparo, esta vez desde fuera, y un gran golpe en la piedra de la ventana hicieron que se encogiera atemorizada. A su espalda, Eulalia se desplomó con un quejido. Al volverse, Anna la vio tendida en el suelo con una herida en la cabeza de la que manaba sangre.
—¡Dios mío! —gritó María—. ¡Una bala rebotada ha matado a mi madre!
—¡Joan! —gritó Anna con desgarro—. ¡Vuestra madre! ¡Está muerta!
En aquel momento se oyó el estruendo del ariete de los asaltantes al chocar contra la puerta de la librería y el crujido de la madera al romperse.
—¡Están entrando! —susurró Anna sintiendo que se le encogía el corazón.
Eran muchos, demasiados. Murmuró una oración; sin un milagro, la vida de su hijo, la de Joan, la suya y la de todos los de la librería se extinguiría en unos instantes.
Desde la ventana del comedor, en la que se apostaba junto a un aprendiz armado con una ballesta, Joan vio, impotente, cómo un grupo de asaltantes que se protegían con un caparazón de madera cubierto con chapas de hierro se disponía a cargar contra la puerta con un ariete. Comprendió que no podrían evitar su entrada y la angustia le atenazó. ¿Qué sería de los suyos?
El calor que despedían las hogueras era asfixiante, olía a humo y pólvora, y a los gritos de los combatientes se unía el sonido de los tambores y cornetines que llegaba del extremo de la calle.
—Apártate de la ventana —le advirtió al aprendiz, que después de disparar una saeta montaba de nuevo su arma. Y tiró de él hacia un lado—. Te van a alcanzar.
Se puso a cargar su arcabuz diciéndose que notaría el impacto contra la puerta antes de tener su arma lista. El muchacho se asomó para disparar y en aquel momento Joan oyó el estruendo de maderas que se rompían en el piso de abajo.
«Ya están aquí», pensó. Y, acto seguido, la mano que sujetaba la baqueta con la que empujaba la bala al interior del cañón del arcabuz se detuvo. Justo antes del impacto le había parecido oír gritos de mujer en la habitación contigua, la suya. ¿Era Anna? ¿Qué ocurría con su madre? ¿Muerta? A pesar del calor agobiante sintió un escalofrío.
Sabía que en unos instantes la lucha sería cuerpo a cuerpo, que no habría clemencia y que él debía dar ejemplo bajando a pelear al frente de los suyos, pero el grito de su esposa hizo que dejara caer el arma a medio cargar y se precipitase hacia el dormitorio.
Vio a su madre tendida en el suelo, pálida y con los ojos cerrados. Una gran zozobra atenazó su corazón. Tenía el pelo recogido en un moño y su hermana trataba de contener con su toca la hemorragia de una herida en el lado derecho de la cabeza. Anna estaba arrodillada sujetándole una mano mientras los hijos de María lloraban asustados en un rincón y el bebé berreaba desesperado en su cuna, como si comprendiera lo que ocurría. La mirada de Joan se cruzó con los ojos arrasados en lágrimas de su hermana.
Por un instante, las imágenes y emociones de la muerte de su padre en el asalto a su aldea regresaron, aterradoras. Sentía una angustia espantosa, doce años antes había perdido a su padre con violencia y ahora, era a su madre. Se arrodilló junto a María para tomar la mano de Eulalia.
—¿Qué ha ocurrido? —inquirió—. ¿Está…?
—Aún está viva —repuso Anna.
Eulalia entreabrió los ojos, movió los labios tratando de hablar y con gesto cansado volvió a cerrarlos.
—Una bala hizo saltar un trozo de piedra del marco de la ventana y la ha golpeado —le explicó María.
Interrogó con la mirada a su hermana y ella le devolvió un gesto triste, ambiguo, desesperanzado. Su padre había muerto en sus brazos y quizá su madre se estuviera muriendo en aquellos momentos; su lugar estaba junto a ella, hablándole en sus últimos instantes mientras le acariciaba la mano.
Los Orsini habían entrado ya en la librería. Se luchaba en la planta baja y pronto los pasarían a todos a cuchillo. Anna se arrepentía de haber llamado a su marido. ¡No debería estar allí! Niccolò apenas tenía experiencia militar en comparación con Joan, que había tenido buenos maestros en la lucha cuerpo a cuerpo en galeras, donde participó en varios abordajes. Su lugar estaba combatiendo al frente de los suyos en el piso inferior. Vio a su hijo Ramón, que, incorporado, se agarraba llorando a los barrotes de la cuna, y notó un temblor de miedo. Su mirada se cruzó con la de su marido y sus pupilas se dilataron cuando le dijo lo que él ya debía de saber:
—Han entrado.
El temor que Joan vio en los ojos de su amada le hizo despertar de la pesadilla en la que veía morir a su madre y asumió una realidad aún peor: en unos momentos estarían todos muertos. Su obligación era proteger a los suyos o morir intentándolo.
El desconsuelo que sentía, el coraje, el miedo, los terribles recuerdos de su infancia, la mirada agónica de su madre, la súplica en los ojos de Anna; todo ello se transformó en un instante en un coraje, en una rabia infinita, contra aquellos que penetraban en su casa para destruir a los suyos. Su mirada buscó la azcona de su padre, que continuaba sujeta al lado de la puerta de su habitación, protegiendo simbólicamente el lecho donde se amaba con Anna, y recordó la actitud gallarda de su progenitor al defender a la familia. ¡Él no podía ser menos! Sentía que el odio hacia sus enemigos crecía en sus entrañas, y con un rugido se precipitó sobre el arma, que arrancó de su soporte de un tirón. Aullando como una fiera se lanzó escaleras abajo.
Un solo vistazo le permitió comprender que la situación era crítica: los atacantes entraban en tropel por la puerta reventada. Niccolò y Giorgio, junto a los oficiales de los talleres y los aprendices, habían establecido una segunda línea de defensa parapetándose tras unas mesas en el medio de la sala de ventas, antes de la entrada a los salones. Un par de asaltantes yacían en el suelo rodeados de montones de libros esparcidos, algunos manchados de sangre. El enemigo, con espadas y lanzas, estaba a punto de desbordar a los suyos, que se defendían tras sus improvisadas barricadas. Todo aquello le importó poco a Joan, que irrumpió en la escena bramando y maldiciendo con una furia suicida. Solo se frenó un corto instante para lanzar su azcona. Desde pequeño había practicado con el arma de su padre y la manejaba con destreza; la corta distancia que le separaba de los asaltantes hizo de ellos un blanco fácil. De nada le sirvió al individuo que parecía estar al mando la media armadura de acero con la que se protegía el torso. La lanza le penetró por un ojo y le traspasó el cráneo arrancándole el casco, que saltó por los aires. Cayó de espaldas, con los brazos abiertos, sin proferir siquiera un lamento. Su cuerpo aún no había tocado el suelo cuando Joan, rugiendo como un león rabioso, brincaba por encima del parapeto, espada y daga desenfundadas, y la emprendía a cuchilladas con el primero que encontró, sin importarle que le hirieran. El hombre, confundido y temeroso ante tanta agresividad, empezó a retroceder para evitar el filo de las armas de Joan, sin conseguirlo. Al poco caía con un gemido.
Ante aquella inesperada aparición, el enemigo pasó del valor al asombro y después al miedo. Por su parte, los libreros se sintieron contagiados por la loca audacia de su jefe y con un clamor triunfal apartaron los parapetos con los que se protegían y acometieron a sus enemigos. El primero en llegar al lado de Joan para cubrirle el flanco izquierdo fue Niccolò, seguido de Giorgio y de los oficiales y aprendices, que acudieron en manada imitando a sus maestros. Dos de los atacantes soltaron las armas para rendirse, otros cayeron heridos, y los que quedaban recularon hasta la entrada tratando de no darles la espalda. Si antes se empujaban para entrar, ahora lo hacían para salir.
Al poco, Joan, secundado por los suyos, perseguía a los partidarios de los Orsini fuera de la librería, entre los carros convertidos en hogueras y ante el asombro de los vecinos, que contemplaban el espectáculo desde sus ventanas entreabiertas. Entonces se oyó un cornetín que provenía del Campo de’ Fiori y un aprendiz gritó desde una de las ventanas del scriptorium situado en el segundo piso:
—¡La caballería vaticana! ¡Llega la caballería del papa!
Aquello evitó que los huidos se reagruparan y escaparon como pudieron en todas direcciones. Joan hizo ademán de perseguirlos, pero Niccolò le sujetó del brazo.
—¡Ya basta! Ya ha habido suficiente sangre.
—Ojalá sea la última que se derrame —gruñó Joan al detenerse.
Notaba que la rabia que había sustituido al dolor desaparecía y era reemplazada por una angustiosa inquietud. Se preguntaba si su madre aún viviría y cuántos más de los suyos habrían caído en la lucha.
El interior de la librería recordaba a los restos de un naufragio: mesas destrozadas, libros deshojados, sangre, lanzas, espadas y dagas, cuerpos inertes y otros que aún se movían. Joan reconoció apenado el cadáver de uno de los aprendices de la imprenta. Su mirada fue al rincón donde se encontraban los rendidos. Levantaban las manos frente a las lanzas con las que los aprendices los apuntaban y suplicaban piedad. Eran dos chicos jóvenes, ni siquiera tenían barba.
—Mantenedlos ahí. Ahora regreso —les dijo.
Y se lanzó escaleras arriba hacia el dormitorio. Encontró a Eulalia acompañada por María y por Anna; la habían tendido en la cama y llevaba un aparatoso vendaje en la cabeza. María se levantó al verle y le susurró al oído:
—Creo que vivirá.
Joan cerró los ojos, llenó los pulmones de aire y dejó ir un suspiro de alivio.
—Gracias, Señor —musitó.
—¡Joan! —Su madre le llamaba con voz tenue. Tenía los ojos entreabiertos.
Él acudió a besarla y se sentó en el lecho. Le tomó la mano y acariciándola empezó a hablarle. Le decía que estaban ya a salvo y que pronto se recuperaría.
Anna aguardó comprensiva a que Eulalia cerrara los ojos para descansar. Entonces Joan se levantó y la abrazó, y a ella no le importó que su vestido se manchara con la sangre que le cubría a él.
—¿Os encontráis bien? —le preguntó.
—Sí.
—No. Pues no lo estáis. Tenéis varias heridas que hay que curar. Venid conmigo.
Y sin esperar respuesta le cogió de la mano y, tirando de él, le condujo a la cocina. Joan estaba asombrado, no recordaba haber sido alcanzado por sus contrarios y solo creía tener pequeños rasguños. Sin embargo, cuando Anna le quitó el coselete, el jubón y la camisa, vio sus prendas ensangrentadas y hechas jirones y, por primera vez, sintió el intenso dolor de sus heridas. La enorme tensión sufrida y la convicción de que luchaba por su supervivencia y la de los suyos le habían hecho ignorar el dolor, que ahora aparecía junto con el cansancio.
—La sangre se os escurría por los calzones y dejabais huellas al andar —le dijo ella mientras le lavaba con un paño mojado en agua y le aplicaba otro empapado en aguardiente.
Él gruñó al sentir el escozor. Tenía heridas en la espalda, en ambos brazos y una particularmente dolorosa y sangrante en el costado. Sin embargo, ninguna parecía grave y Anna supo contener las hemorragias con vendas.
—Miquel Corella quiere hablar con vos —los interrumpió un aprendiz enviado por Niccolò.
—Pídele al capitán que tenga la bondad de esperarme junto a su tropa —respondió Joan.
Cuando el aprendiz salió se unieron de nuevo en un abrazo que Anna no estrechó demasiado por temor a reabrir las heridas. Notó un calor tenue y sintió un alivio infinito. Una pesadilla, se dijo. Todo había sido una horrible pesadilla.
—¡Qué afortunados hemos sido! —murmuró ella.
Joan se reunió con los maestros para analizar la situación. Además del aprendiz muerto había varios heridos, aunque solo uno de consideración. Se decidió dejar al herido grave bajo el cuidado de María y las criadas y que los demás permanecerían en los talleres una vez que se efectuaran las curas. Y se dispuso una capilla ardiente para el fallecido.
Después Joan se dirigió a los muchachos prisioneros, que permanecían de pie, custodiados por los aprendices, y sin mediar palabra agarró al primero del jubón con la mano izquierda retorciéndolo con rabia y con la derecha sacó su daga. El chico chilló tratando de protegerse del filo del arma con los brazos.
—¡Piedad! —sollozó tembloroso—. ¡Perdonadme, os lo ruego!
—¿No eras todo un hombre para matar a mi familia? —le gruñó Joan mostrándole los dientes—. ¡Pues aprende a ser un hombre para morir!
El chico temblaba y con un hilo de voz suplicó compasión de nuevo. Joan mantuvo la daga en alto y después lo soltó.
—Diles a tus amigos que nosotros también matamos, pero en defensa propia. —Hizo una pausa—. Os perdono la vida.
—Gracias, señor —murmuraron los chicos, cabizbajos.
—¿Qué hacemos con los enemigos heridos? —quiso saber Giorgio.
—Montad unas parihuelas y, con la protección de la caballería vaticana, dejadlos frente al palacio Orsini del Campo de’ Fiori. Haremos lo mismo con sus muertos. Y no solo con los de dentro de la librería, sino también con los que están esparcidos en la calle. Que esos chicos os ayuden como condición a su libertad.
—Por un momento pensé que ibais a matar a ese muchacho —comentó Niccolò—. Me alegro de que solo le asustarais. —Y después de sonreír irónico añadió—: Aunque no creáis que vuestra misericordia va a evitar nuevos asaltos de los Orsini. Será todo lo contrario. Los hombres agreden antes a quienes aman que a quienes temen. No pudieron con nosotros, tienen ocho muertos y numerosos heridos, lo han pagado muy caro. La exposición de sus cadáveres en el Campo de’ Fiori, y no la misericordia, es el mejor mensaje que les podemos enviar. Que nos teman, porque nunca nos amarán.
Joan meneó la cabeza disgustado. ¿Le estaba insinuando Niccolò, con sus maneras diplomáticas, que debería haber matado a aquellos chicos a sangre fría?
Al salir a la calle, Joan se encontró con el escuadrón de jinetes vestidos con los colores amarillo y grana vaticanos. Sostenían bien alto el estandarte del toro de los Borgia. Varios habían desmontado y entre ellos estaban su amigo el valenciano Miquel Corella, que comandaba el grupo, y el gigantón extremeño Diego García de Paredes. El cuerpo más bien pequeño y delgado de Miquel contrastaba con el de su compañero, aunque todos sabían que, a pesar de su tamaño, el valenciano poseía una fuerza extraordinaria que provenía más de su nervio que de su músculo. En su cara bien afeitada destacaba una nariz mucho más aplastada que la de Joan, consecuencia de múltiples roturas. A Miquel Corella le llamaban don Michelotto y era temido en Roma. Cuando se mostraba enfadado o agresivo, su faz se asemejaba a la del toro de la enseña de sus amos a punto de embestir. Entonces producía verdadero terror.
Miquel fue a abrazarle, pero Joan le detuvo, dándole solo la mano.
—Tengo heridas en todo el cuerpo —dijo—. Lo siento.
—Me alegro de que estés vivo. —Y haciendo un gesto que abarcaba la calle entera, añadió—: Cuéntame.
Joan les relató lo ocurrido.
—Esos estúpidos creyeron poder asaltar el Vaticano —explicó Miquel—. Pretendieron forzar el puente de Sant’Angelo con su caballería y cruzar el Tíber con barcas.
—Y no consiguieron ni lo uno ni lo otro —continuó García de Paredes—. Después de rechazar su primer ataque salimos del Vaticano y los hemos ido desbaratando choque tras choque.
—Se han vuelto a atrincherar en sus reductos —dijo Miquel—. Y, aunque estamos recuperando el control del resto de la ciudad, sería imprudente entrar en sus feudos. Nos hemos acercado hasta aquí para asegurarnos de que los nuestros de esta zona estáis bien.
—¿Está vivo el papa? —quiso saber Joan—. ¿Cómo se encuentra?
—Alejandro VI goza de buena salud —repuso Miquel Corella—. ¡Alabado sea el Señor!
—Entonces ¿cómo se han atrevido los Orsini a sublevarse?
Miquel se encogió de hombros.
—Ya sabes que el clan es muy poderoso. Controlan barrios enteros en Roma y fuera de la ciudad poseen extensos territorios cuajados de fortalezas. Son aliados de Francia y por lo tanto enemigos de nuestro papa. Aunque la invasión francesa fracasó, los Orsini continúan recibiendo dinero y refuerzos franceses, se ven poderosos y se envalentonan. Pero esta vez calcularon mal.
—¿Sabéis qué otras casas han sido asaltadas? ¿Algún amigo ha sufrido daños?
—El palacio de uno de nuestros cardenales ha sido saqueado e incendiado —contestó Miquel—. Por suerte pudo huir. No tuvieron tanta fortuna un mercader valenciano y otro siciliano. Murieron junto a sus familias y solo pudieron escapar un par de sus criados. Y me temo que, conforme patrullemos la ciudad, nos encontraremos con algún saqueo más.
—Uno de mis chicos murió, pero no mostraremos temor —dijo Joan con firmeza—. Haremos vida normal, aunque con las armas al alcance de la mano y a la vista de todo el mundo.
—Me alegro de que mantengáis los ánimos —contestó el capitán vaticano—. Estoy seguro de que no esperaban encontrar esa resistencia. —Y señalando los carros convertidos en hogueras añadió—: Iban en serio.
—No podemos entretenernos —les recordó Diego García de Paredes—. Habrá más compatriotas que precisen ayuda.
—No os molestarán por el momento —aseveró Miquel—. La revuelta ha fracasado y regresan a sus casas.
Y tras desearles buena suerte, los lanceros vaticanos se alejaron. Joan se quedó contemplando los restos de los carros, que aún ardían frente a la librería; le recordaban que la tragedia se podía repetir en cualquier momento.
Sin dejar que se descuidara la guardia, Joan reunió a todos los de su casa que no estaban cuidando de los heridos; había mucho que lamentar y rezaron frente al cadáver del chico muerto. Después ordenó subir un barril de vino de la bodega. También había mucho que celebrar. Ni más ni menos que la vida de los supervivientes.
«Tiene razón Niccolò cuando dice que la suerte de mi casa depende de las armas de los catalani —escribió Joan en su libro—. Y también está en lo cierto Miquel Corella. Soy uno de ellos, me guste o no».
Al día siguiente, la librería abrió como de costumbre, aunque con crespones en señal de luto en las ventanas. El trabajo de limpieza y reconstrucción era enorme y todos se aplicaron con energía a recuperar el local. En aquel primer día ya se dejaron ver algunos de los fieles al papa, habituales, que vivían cerca. Acudían en grupos o acompañados por criados, y armados hasta los dientes, en busca de noticias. No les importaba el estado del local, sino que, al contrario, lo consideraban un motivo de orgullo, el escenario de una batalla ganada por los suyos. Y conforme los catalani dieron muestras de controlar la mayor parte de la ciudad, la concurrencia aumentó, primero tímidamente, para recuperar al cabo de una semana su aspecto cotidiano.
Eulalia fue curando, los demás heridos también sanaron, y en pocos días la vida parecía haber retornado a la normalidad, aunque para Joan la revuelta de los Orsini y el ataque a su librería representaban una demostración de su fragilidad y un claro aviso de lo que en cualquier momento podía desatarse. Estaba inquieto, no tanto por el peligro que suponían los enemigos del papa como por algo más oscuro y oculto. Los Orsini eran una amenaza, pero estaban a la vista y podía tomar medidas para protegerse de ellos. No ocurría lo mismo con aquel otro temor, relacionado con su esposa, que aún no se había concretado.
—¿Qué tal pasasteis la noche? —inquirió Anna con los párpados aún llenos de sueño una mañana, semanas después.
—Bien —mintió Joan mientras mojaba una rebanada de pan en un cuenco de leche.
Una pesadilla semejante a la de la Inquisición le había despertado, angustiado, en la noche.
Desayunaban en el comedor familiar situado en el primer piso, mientras que el personal de la librería, maestros, oficiales y aprendices, lo hacía en la planta baja. A través de la ventana que daba al patio interior le llegaba al matrimonio Serra el ruido de los cacharros que se mezclaba con las conversaciones, las bromas, risas y gritos de los aprendices, que los maestros acostumbraban a reprimir cuando se hacían excesivos. Aquellos sonidos que anunciaban un nuevo día de trabajo, lo cotidiano, la realidad presente aliviaban al librero del recuerdo de su pesadilla.
—Y ¿vos? —quiso saber él.
Anna afirmó con la cabeza al tiempo que cerraba los ojos, sonriendo. Bien, había dormido bien, se dijo Joan. Así debía ser, y ese era el motivo por el que él no compartía con ella la inquietud que le causaban aquellos sueños, demasiado recurrentes en los últimos días. Sin embargo, se dijo que quizá también ella sintiera que el peligro acechaba y disimulase para no preocuparle.
Cuando regresaron al dormitorio, Anna se puso a amamantar al bebé y Joan se vistió con camisa blanca y un jubón de terciopelo verde oscuro para bajar a la planta de calle. Todavía se le hacía extraño aquel lujo; hacía solo tres años se cubría con los harapos de un esclavo de galeras y apenas habían transcurrido dos desde que recuperó la libertad. Quizá fuera el cambio radical, la increíble bonanza experimentada en su existencia, lo que le producía aquel vértigo, aquella inquietud. Todo parecía demasiado hermoso para ser cierto. Tal vez porque su vida había sido una lucha continua contra el infortunio, no estaba acostumbrado a aquella felicidad y temía que algo la truncara.
No solo había logrado casarse con la mujer a la que tanto amaba, sino que, a punto de cumplir los veinticinco años, poseía, gracias al apoyo de Miquel Corella y sus amigos de Nápoles, una librería; su sueño desde que entró a trabajar de aprendiz con los libreros Corró en Barcelona cuando tenía solo doce.
Bajó a la trastienda y después de cruzar una habitación cuyas paredes estaban recubiertas con anaqueles en los que almacenaban papel, plumas, tinta y distintos materiales de escritura, llegó al taller, que estaba abierto al patio, para saludar a los operarios que encuadernaban los libros. Muchos eran refugiados florentinos y cantaban tonadas de su tierra al trabajar. Le recibieron los olores familiares de papel, cola y cuero, y tomó en sus manos un ejemplar terminado para observar su acabado mientras adivinaba los cosidos interiores y acariciaba la piel de la cubierta. Gruñó satisfecho y después de inspeccionar un par más le propinó al maestro una palmadita cariñosa.
—Muy bien, Giorgio. Excelente. ¿Quiénes hicieron este trabajo?
Le escuchó atentamente a la vez que contemplaba la actividad de oficiales y aprendices que cosían los pliegos de papel, los encolaban y trabajaban el cuero de las cubiertas. Recordaba el tiempo en el que él realizaba aquel mismo trabajo en Barcelona.
Después se acercó a la imprenta, que ocupaba la parte trasera de la casa que se unía a la primera por los patios. Allí se encontró con Antonio, el maestro impresor, que inspeccionaba con ojos críticos los pliegos recién impresos. El olor a tinta fresca, que los aprendices distribuían sobre las planchas, impregnaba el lugar.
—Los chicos se esfuerzan —le dijo Antonio—. Fijaos en lo uniforme de la tinta y lo claras que se distinguen las letras sobre el papel.
Joan observó el trabajo. Aquellos pliegos pertenecían a la Divina comedia, de Dante Alighieri. Era uno de los libros que el fraile Savonarola había condenado a la quema en sus «hogueras de las vanidades».
No estaba escrito en latín, sino en lengua vulgar; el toscano antico, muy semejante al florentino del momento y que las gentes cultas de Italia entendían a pesar de que su italiano fuera otro. Joan reservaba la mayor parte de los ejemplares impresos para su propia librería; destinaba una partida a sus amigos libreros de Nápoles, Génova y Barcelona con los que mantenía intercambios, y el resto lo haría llegar clandestinamente a Florencia a través de sus empleados florentinos, para paliar la quema de libros en las hogueras de Savonarola.
Joan estaba satisfecho con el progreso de aquella edición, tanto en su impresión como en su encuadernado, y cruzó de nuevo la trastienda para dirigirse a la librería. Le gustaba conversar con los clientes y atenderlos, aunque de esta labor se ocuparan de forma habitual Niccolò y Anna, asistidos por un aprendiz. Observó la estancia con atención y apenas pudo distinguir señal alguna de la tragedia ocurrida allí mismo semanas antes.
—Buenos días, Joan —le saludó Niccolò con una sonrisa y una observadora mirada de ojos oscuros en la que bailaba una eterna chispa de ironía.
Joan le devolvió el saludo con cariño. Niccolò era un refugiado florentino contrario a la dictadura represiva impuesta en su tierra por el fraile Savonarola. Pertenecía a la pequeña nobleza rural toscana, había sido educado para la diplomacia y la milicia y tenía una sólida formación en gramática, retórica y latín. Sin embargo, cuando aún no se cumplía un año de su ingreso en la administración de Florencia, la revolución de Savonarola le hizo perder su trabajo, y se unió a los opositores al fraile. Fue Miquel Corella, interesado en derrocar a Savonarola, quien le presentó a Niccolò y a su primo Giorgio, el maestro encuadernador.
Cuando le relataron las atrocidades, entre las que figuraba la quema de libros, que los seguidores del fraile, llamados «llorones», cometían en Florencia, Joan, indignado, les había prometido: «Por cada libro que queme Savonarola, nosotros imprimiremos diez». Aquella afirmación les llegó al corazón a los florentinos, que se unieron entusiastas al proyecto de Joan y le ayudaron a establecer aquella magnífica librería, imprenta y taller de encuadernación. De esta forma, Niccolò, que apenas era tres años mayor que Joan, se convirtió a la vez en su mano derecha y en su mejor amigo en Roma.
Aquella no era una librería cualquiera, sino que se trataba de la mayor y más hermosa de la Roma del papa Alejandro VI. Ocupaba la parte delantera de la planta baja de dos casas situadas en la esquina del Largo dei Librai con la Via dei Giubbonari; esta conducía al bullicioso Campo de’ Fiori, que, con sus mercados, posadas y permanente ajetreo, era uno de los centros neurálgicos de la ciudad. Por su parte, el Largo dei Librai era una plazoleta que gozaba a la vez del intenso tráfico de la Via dei Giubbonari en uno de sus extremos y de la paz de quedar cerrada en el otro por la iglesia de Santa Barbara dei Librai, lugar de reunión de la cofradía de los libreros. Había tenido razón su amigo Miquel Corella al recomendarle que se instalara allí; era un lugar prestigioso y céntrico.
La librería contaba con mesas donde se vendía material de escritura y algunos libros, que se sacaban cada mañana a la calle y se recogían por la noche. En el interior, detrás de la amplia zona destinada a la venta, se abría un gran salón iluminado con luz natural gracias a dos ventanales, protegidos por gruesas rejas. Allí sus clientes podían consultar los libros con calma e incluso mantener una conversación relajada alrededor de una mesa. Disponía además de un segundo salón, más discreto, por si la charla se hacía privada. Aquella disposición era el resultado de la insistencia tanto de Miquel Corella como de Niccolò. Ambos tenían un sentido de la política mucho más desarrollado que Joan y le convencieron de la necesidad de un ambiente íntimo para atraer a los poderosos de Roma. No en vano, la librería estaba auspiciada por los partidarios del papa Alejandro VI y el local era un lugar ideal para mantener contactos políticos informales.
Joan se codeaba en su establecimiento con cardenales, nobles y embajadores. Se manejaba con soltura, aunque a veces aquellas alturas le producían, a él, el hijo de un pobre pescador, un cierto vértigo.
En aquellas ocasiones, Joan se repetía sus méritos, en muchos aspectos mayores que los de la nobleza, que heredaba poder y gloria. Su azarosa vida le había llevado a convertirse en un excelente artillero y un buen espadachín. No había acudido a ninguna universidad y sin embargo, gracias a su facilidad con los idiomas, a su pasión por la lectura y a Abdalá, su sabio maestro en Barcelona, aparte de su lengua materna, el catalán, tenía un excelente dominio del latín y del toscano. También podía presumir de un castellano y un francés fluidos. Además, no solo conocía los secretos de la encuadernación y de la imprenta, sino que era un lector insaciable que gustaba de las conversaciones literarias. Era mucho para alguien de su edad, y lo tenía todo para desempeñar su trabajo de forma brillante.
Aun así, a veces, aquellos individuos cargados de títulos, honores y poder que le miraban por encima del hombro y que incluso le trataban de forma displicente le recordaban sus humildes orígenes y le hacían sentir inferior. Entonces él disimulaba, se erguía y trataba a su oponente con la misma arrogancia.
Aquel mediodía se levantó antes de la mesa aduciendo fatiga, y mientras Anna daba de comer a Ramón se refugió en su dormitorio. Seguía sin identificar qué le producía aquella inquietud. Había una amenaza en el aire de la que en ocasiones detectaba indicios y que, sin embargo, no sabía concretar.
Buscó su libro de notas. Era pequeño y tenía tapas de cuero. Lo acarició mientras pensaba; amaba aquel objeto, era su confidente. El primero que tuvo lo fabricó en la librería de los Corró cuando era aprendiz, usando material sobrante, y el maestro dejó que se lo quedase, pues no alcanzaba la calidad requerida por el gremio para su venta. Aprendió a escribir con él, llenándolo de anotaciones con la hermosa caligrafía que su maestro Abdalá le enseñaba. Ya había perdido la cuenta de cuántos como aquel primero había completado. Escribir en su libro le obligaba a reflexionar y tenía un efecto tranquilizador, casi mágico.
Aquella tarde anotó: «¿De dónde viene mi inquietud? ¿Habré llegado demasiado alto con demasiada rapidez?». Y después de pensar en ello, añadió: «No, no es solo eso. Es algo que tiene que ver con Anna».
Joan se encontraba aquella tarde sentado en la mesa situada en uno de los rincones de la librería y que, colocada sobre una tarima, dominaba toda la sala. Era pronto, Anna se encontraba en el primer piso, solo había un cliente y Joan aprovechaba que Niccolò le estaba atendiendo para leer El discurso sobre la dignidad del hombre, obra de la que pensaba imprimir trescientos ejemplares. Coincidía plenamente con las tesis de Pico della Mirandola, en especial con las referentes al derecho a la discrepancia y el respeto a otras culturas y religiones, y se alegraba de que Alejandro VI le hubiera absuelto del delito de herejía por el que papas anteriores le habían excomulgado, haciéndole sufrir pena de cárcel. No conocía personalmente al papa Borgia, pero le caía bien por la tolerancia mostrada con Pico y por su gesto de acoger en Roma a los judíos y conversos que huían de la Inquisición en España.
Una risa cantarina distrajo a Joan de la lectura que le tenía absorto, y de inmediato reconoció a su propietaria. Era Sancha de Aragón, sobrina del rey de Nápoles, princesa de Esquilache y esposa de Jofré Borgia, el menor de los hijos del papa, que acudía a la tertulia de señoras que aquella tarde se celebraba en la librería.
—No sois ni lo suficientemente guapo ni rico ni noble para mí —le decía a Niccolò mirándole a los ojos.
Sancha tenía dieciocho años, pero el aplomo y la seguridad de alguien mucho mayor. Pese a no ser la dama más bella de Roma, destacaba entre las mujeres por el encanto y la fuerza sensual que irradiaba. Tenía unos ojos oscuros y vivaces, piel clara, una sonrisa que se transformaba fácilmente en risa y una hermosa melena de cabello azabache que no ocultaba con velos según costumbre de muchas damas y que tampoco teñía de rubio como hacían otras. Ella simplemente lo recogía con unas trenzas que partiendo de las sienes se anudaban atrás, y dejaba que su cabello se ondulara en la espalda. A veces lo adornaba con flores o joyas y de cuando en cuando se cubría con un sombrero al estilo de los caballeros.
Vestía con frecuencia a la moda valenciana del Vaticano, y sus trajes de terciopelo, oro y pedrerías lucían generosos escotes que mostraban parte de sus senos.
—Pero os hago reír, señora —repuso él tomándola de la mano—. Y eso invita al amor.
El florentino sonreía y observaba a la dama con sus ojillos pícaros, y su cara afilada le recordaba a Joan la de un gran ratón a la vez audaz, astuto y sabio. Era bien sabida su afición por las mujeres, hasta el punto de que sus amigos le apodaban Il Machio tanto por su apellido —Machiavelli— como por sus aventuras con féminas de distinta condición y edad, de las que le gustaba presumir.
Sancha rio de nuevo y apartó su mano de las del florentino después de permitir el contacto por unos momentos. Antes de contestarle le miró pícara de pies a cabeza.
—Es cierto que sois ingenioso, amigo Niccolò, quizá si fuerais más alto…
Y volvió a reír al ver la expresión del florentino. Joan se decidió a intervenir y se acercó para saludar y dar la bienvenida a la princesa. Odiaba el papel de aguafiestas, pero pensaba que su amigo, que por lo común mostraba una exquisita prudencia y diplomacia, estaba yendo demasiado lejos con Sancha.
—Esta dama no os puede traer más que problemas —le advirtió a Niccolò cuando la princesa pasó al gran salón, donde tendría lugar la tertulia con el resto de las señoras, que fueron llegando—. Bien sabéis que está casada con Jofré, el hijo del papa.
—Y es, y ha sido, amante de los otros dos hijos del pontífice —añadió el florentino—. Primero de César Borgia y ahora de Juan.
—Razón de más. No os busquéis complicaciones. Coqueteará con vos; no le importa hacerlo en público y frente a testigos. Sin embargo, no irá más allá, le halagan vuestra devoción y vuestros cumplidos, pero ha sido muy sincera. No sois lo suficientemente noble ni rico.
—Ni lo suficientemente guapo —se lamentó Niccolò—. Sé que tenéis razón, pero esa mujer me alborota y no puedo evitar hablarle así.
—No sé cómo logra salir ella indemne de sus coqueteos y escarceos amorosos —continuó Joan—. Pero los mismos que son indulgentes con la princesa, quizá porque representa una alianza entre el Vaticano y Nápoles, no lo serán con vos. Una madrugada vuestro cuerpo puede aparecer flotando en el Tíber.
—Tenéis razón, patrón —concedió Niccolò cariacontecido—. Trataré de reportarme.
Joan cruzó más tarde frente al salón donde tenía lugar la tertulia. Allí estaban, aparte de Sancha, Lucrecia Borgia, hija del papa y amiga íntima de la princesa, y otras grandes damas de la corte vaticana, incluida la esposa del embajador de España. De pie, elegante y con pose de gran señora, su esposa, pausada y con excelente pronunciación, leía unos poemas en latín de Jacopo Sannazaro. Sannazaro era amigo personal del rey de Nápoles, y Sancha, que también escribía poesía, adoraba su obra. Anna lucía con estilo un vestido de terciopelo rojo con un discreto escote cuadrado con bordados que terminaban lejos del nacimiento de los senos. Por un momento, sus miradas se encontraron y ella continuó con su lectura.
A Joan le admiraba la forma en la que su esposa, de la mano de la princesa, había encajado en el grupo de damas de la alta sociedad vaticana. Anna, pese a tener orígenes burgueses, era viuda de un noble napolitano, y Sancha, nostálgica de su tierra, la había acogido de inmediato como amiga, tratándola como si su anterior esposo hubiera pertenecido a la alta nobleza. El buen hacer y la clase de Anna hicieron el resto.
Sin embargo, él distaba mucho de ser aceptado por la aristocracia. Le apreciaban como comerciante, respetaban su conocimiento sobre libros e incluso, después del asalto a la librería, le consideraban un hábil hombre de armas. Y eso era todo. Le veían como a un villano. Joan se dijo que quizá aquello formara parte de su inquietud. Su esposa estaba encumbrándose demasiado, y presentía que ese hecho, unido a su belleza y su gracia, acarrearía problemas.
Anna vio cruzar a su esposo frente a la sala y observó que la miraba sin sonreír. Parecía mohíno y se dijo que algo debía de preocuparle. Sin embargo, continuó su lectura con seguridad y aplomo, aunque sus pensamientos volaron a algo que Sancha de Aragón le repetía con frecuencia:
—Vuestro marido es un guapo mozo, intelectual, tiene buen trato y debe de ser tan potente en la cama como ha demostrado serlo con las armas. Lo veo bien para vos como amante, pero no como marido.
—Fue mi amor de la infancia —respondía Anna—. Y sigo amándole.
—Y ¿qué tiene que ver el amor con el matrimonio? —insistía la princesa—. Los amantes son para el amor, el matrimonio es un negocio. Y vos hicisteis un mal negocio. El mío es una alianza política que al papa le interesa conservar, y yo, por mi parte, hago lo que quiero.
—Vos sois muy audaz, señora.
—Y vos podríais ser la reina de Roma. La gracia y la belleza en una mujer cotizan mucho más que en un hombre. Son poder. Y vos lo desperdiciáis casada con un villano. ¿En qué estabais pensando para aceptar semejante boda?
Anna recordaba muy bien las circunstancias en las que Joan le había pedido matrimonio. Había guerra, acababa de enviudar, estaba embarazada, el palacio de su marido había sido saqueado y quemado y los familiares de él la habían dejado en la ruina. Además, la pequeña nobleza napolitana le daba la espalda después de una imprudente declaración pública de amor de Joan hacia ella. Le había rechazado cuando supo que había sido precisamente él quien había matado a su marido. Pero Joan la convenció, con una tenaz insistencia, de que la muerte de su esposo fue un acto puramente de guerra, y supo seducirla con su amor y con la promesa de un brillante futuro entre libros para ella y su hijo. Y hasta el momento había cumplido sobradamente su palabra.
—Le quiero.
—Ya os he dicho que eso es una tontería —respondía la fogosa princesa—. ¿Os habéis fijado en cómo os miran los hombres? Seguro que sí. Gozad de su admiración ahora que sois joven, que ya tendréis tiempo de recataros cuando os arruguéis. Buscaos un amante interesante.
—¡Por Dios, Sancha! —contestaba Anna escandalizada—. No sabéis lo que decís.
Sancha reía echando su negra melena hacia atrás y elevando la barbilla.
—¿Me decís que no sé lo que es un amante?
—Somos distintas.
—No tenéis por qué acostaros si sois tan casta. Pero no hay nada de malo en que permitáis que los hombres os admiren. Claro que ellos quieren consumar, pero vos sois dueña de detener el juego donde os plazca. Tenéis la clase y el estilo para manejar cualquier situación. Dejad que os adulen, que os deseen con la mirada. ¡Gozad de la vida como una buena napolitana!
—No todas las napolitanas coquetean.
—Pero su princesa sí —concluía Sancha riendo.
Aquellas conversaciones se habían repetido y Anna empezaba a pensar que no había nada malo en sonreír y en acercarse un poco más o en mantener una mirada. Ciertamente gozaba de la admiración que causaba y pronto observó que los varones la preferían a ella antes que a la exuberante princesa. Aquella competición secreta, que iba ganando, la halagaba en grado sumo.
Niccolò dei Machiavelli era un hábil observador del comportamiento humano y había detectado una creciente inquietud en Joan con respecto a su esposa y a la corte de caballeros que revoloteaban a su alrededor. Ella se mostraba simpática y agradable con todos y era la perfecta anfitriona, manteniendo siempre su estilo de gran dama. El florentino se consideraba un buen amigo del librero, y precisamente Anna fue la causa del primer incidente habido entre ambos desde que se conocían.
A Niccolò le gustaba bromear y caía particularmente gracioso a las señoras. Pasaba muchas horas junto a Anna en la librería, a ella le encantaban los chismes y noticias que el extrovertido florentino recogía de aquí y de allí y que sabía contar con gracia y salero. Aquel día Anna se había reído mucho con una historia acaecida en la Posada del Toro del Campo de’ Fiori con un cardenal, una criada y el marido de esta. Y después había vuelto a reír con otras gracias de cosecha propia del florentino; en una de ellas, Anna le palmeó en el hombro en un gesto de divertido reproche. A Niccolò le encantaba ver a Anna entornar los ojos, mostrar sus blancos y regulares dientes, que se formasen unos graciosos hoyuelos en sus mejillas y oírla reír. Era una mujer bella, simpática e inteligente, y el florentino era uno de sus admiradores. Durante el resto del día había visto a Joan enfurruñado, pero no lo había relacionado con Anna. Cuando por la noche cerraron la librería y se quedaron solos, sin previo aviso, Joan le agarró de la pechera de su jubón y sin consideraciones le empujó contra una estantería de libros.
Niccolò abrió los ojos asombrado sin saber qué decir ante la fiera mirada de Joan.
—¿Os gusta mi mujer? —inquirió este con voz ronca.
—Sí, claro —balbució Niccolò—. Es una mujer muy bella.
—Pues cuidado con lo que hacéis —insistió—. Es mi mujer.
—¡Claro que sé que es vuestra mujer! —repuso el florentino—. Y como tal la respeto.
Joan se quedó mirándole a los ojos como si quisiera leer en ellos la sinceridad de las palabras de su amigo y le soltó.
—No es por mí por quien debéis preocuparos. ¡Soy vuestro amigo y ella es vuestra! La defendería a ella y a su honra con la vida.
El librero se mantuvo en silencio unos momentos, observándole, y al final dijo:
—Gracias, Niccolò. Os creo. Disculpadme, últimamente estoy un poco nervioso. Que tengáis una buena noche.
Y sin decir más, Joan se retiró cabizbajo hacia el primer piso. Se sentía orgulloso del estilo y la belleza de su esposa y no quería coartar su libertad pidiéndole que se mostrara distante con los caballeros. Sin embargo, empezaba a acusar las exageradas atenciones que estos le dedicaban. Entre ellos se encontraba Niccolò, que, al contrario que él, era noble, miraba con deseo a su esposa y esta le reía siempre las gracias. Aquel día no había podido contenerse y, aunque lamentaba la escena de celos, pensó que quizá fuera una advertencia oportuna.
Niccolò, por su parte, se quedó pensativo. Su patrón estaba muy alterado y se dijo que debía ser más cuidadoso en el futuro al tratar con Anna.
Por todo esto, el florentino se preocupó cuando, días después, Joan, que había salido pronto por la mañana para negociar unos pedidos de papel con unos comerciantes, volvió antes de lo previsto a la librería. Le habría gustado que el duque de Gandía, que últimamente los visitaba con demasiada frecuencia a unas horas de la mañana en las que Joan acostumbraba a ausentarse, se hubiera ido ya.
Joan saludó al aprendiz que barría la calle frente a la librería y se percató de la presencia de tres caballos y dos hombres armados, de negro y vestidos a la española, que aguardaban frente a su establecimiento.
Al entrar y ver la mirada de Niccolò, comprendió que algo iba mal. La habitual expresión sonriente del florentino le había abandonado; sin decirle nada, con solo un movimiento de sus ojos, dirigió la atención de Joan al otro extremo de la sala. Allí estaba Anna, junto a la puerta que daba al gran salón. Lucía un vestido de terciopelo verde de ancha falda, con un corpiño sin escote que le elevaba el pecho y que hacía su figura particularmente atractiva. Sus ojos verdes miraban con intensidad al hombre al que tenía enfrente, que le susurraba algo y que estaba tan cerca que parecía querer empujarla dentro del salón. Anna, con una sonrisa en los labios, se erguía arrogante, y cuando aquel individuo se acercó aún más, ella, negando con la cabeza, le frenó poniéndole la mano en el pecho. Él reaccionó cogiéndole la mano con las suyas. A Joan le dio un vuelco el corazón. El hombre estaba de espaldas, pero el librero supo de inmediato, a la vista de su lujoso vestido, su porte altivo y los soldados que esperaban en la calle, quién era. Nadie más podía atreverse a aquello.
Se trataba de Juan Borgia, duque de Gandía, que, reclamado por su padre, el papa, había regresado de España hacía casi tres meses. Alejandro VI le había recibido con fiestas y gran alegría, nombrándole confaloniero, portaestandarte de la Iglesia, título que le daba la autoridad suprema sobre los ejércitos vaticanos. Era el hombre más poderoso de Roma después del pontífice.
Joan refrenó su primer impulso de abalanzarse sobre el intruso, conocedor del riesgo que un enfrentamiento violento comportaría para él y su familia. Conocía a Juan Borgia de antes de su regreso a Roma y sabía cuán desconsiderado, vanidoso y salvaje podía ser cuando deseaba algo.
Joan y el hijo del papa se habían encontrado por primera vez en una taberna de Barcelona cuatro años antes. Juan Borgia era un muchacho engreído y malcriado que había llegado a la ciudad, corte entonces de los reyes de España, para casarse con la viuda de su hermano fallecido, María Enríquez, prima del rey. Era condición obligada para recibir el ducado de Gandía como herencia.
Sin embargo, el hijo del papa hacía todo lo que su padre le había ordenado no hacer. Jugaba a los dados en las tabernas y, en lugar de consumar su matrimonio con su altiva esposa, requería los favores de las jóvenes taberneras, a las que pretendía conseguir impresionándolas con su apostura y nobleza. El método no le funcionaba, y entonces recurría al dinero y a la fuerza bruta para saciar su deseo. La combinación de juego, bebida y mujeres acababa en riñas que Juan Borgia no evitaba, confiado en que Miquel Corella le sacaría del apuro.
Miquel Corella, valenciano como el papa, era ya entonces capitán de la guardia vaticana, gozaba de la entera confianza del pontífice y este le había encomendado la incómoda misión de proteger a su hijo durante su estancia en Barcelona. Miquel era fiero en la lucha y experto en todo tipo de armas; sin embargo, consciente de su responsabilidad y del resultado incierto de las trifulcas tabernarias, trataba de evitar a toda costa los enfrentamientos. La actitud del muchacho le contrariaba mucho y hubiera disfrutado disciplinándolo, pero carecía de tal poder. Joan había conocido al valenciano en una taberna y le causó tan grata impresión que no vaciló en ayudarle en el altercado que poco después provocó Juan Borgia. Al acompañarlos aquella noche a su residencia, Joan había observado con asombro cómo el joven duque de Gandía, sin escuchar a Miquel, ensartaba con su espada, para aplacar su ira, a cualquier perro o gato que se le cruzaba por el camino.
Miquel, complacido con la forma en la que Joan los había ayudado a salir del apuro, le ofreció una buena suma para que los escoltara en sus visitas a las tabernas. El joven no aceptó pago alguno a pesar de que terminó acompañando a Miquel durante su estancia en Barcelona todo el tiempo que sus obligaciones laborales en la fundición de cañones le permitían. Con ello se ganó el agradecimiento del valenciano.
Sin embargo, el duque de Gandía no había apreciado la ayuda de Joan; era demasiado orgulloso para aceptar que un villano solo unos años mayor que él se comportara mejor frente al peligro y le protegiese. Mostraba una mezcla de rivalidad y desdén hacia Joan que aumentó considerablemente cuando la más hermosa de las taberneras despreció su nobleza y dinero haciéndole saber que Joan había sido su amante.
—Seré puta para quien yo quiera, pero para vos soy la Virgen María —le espetó la muchacha al duque en respuesta a sus insultos despechados.
El incidente que en aquel momento enorgulleció a Joan ahora le llenaba de preocupación. El hijo del papa había dejado a su esposa en Gandía, cuidando de sus hijos y del ducado, y su conducta con las taberneras de Barcelona se repetía ahora en Italia con cualquier mujer agraciada, sin importarle condición ni estado civil. Continuaba igual de arrogante y ávido, solo que ahora gozaba de un poder que era capaz de vencer cualquier resistencia.
Joan sospechaba que la primera vez que el Borgia visitó la librería lo hizo atraído por la fama de su esposa. Sin embargo, al reconocer a Joan, aquella antigua y absurda rivalidad se despertó, haciendo de Anna una presa aún más apetecible.
En sus visitas, el duque de Gandía se había mostrado demasiado halagador y amable con ella y desdeñoso con él. Joan pensó que quizá la actitud del duque era la causa de su inquietud y sus pesadillas.
En aquel momento, en la librería, Joan vio que estaba ocurriendo ante sus propios ojos lo que él tanto había temido. Juan Borgia había pasado de una pegajosa amabilidad con Anna a galantearla de forma descarada y en su propia casa. Estaba tan cerca de ella que traspasaba los límites de la decencia e incluso se atrevía a sujetarle la mano con las suyas. Vaciló unos instantes y después se dijo que le era indiferente quién fuese aquel tipo y el poder que tuviera; no le permitiría acosar a su mujer. Sentía la sangre palpitando en sus sienes y la furia transformándose en un nudo en su estómago. Vio la espada en el cinto de su rival y no le importó a pesar de que él iba desarmado; se le acercaría tanto que le impediría desenvainarla. El duque debía aprender a respetar a su esposa.
Se precipitó hacia aquel individuo, pero Niccolò, atento, le detuvo en el camino.
—¡Conteneos! —le susurró—. Si le agredís, os ahorcarán. Además, hay dos hombres aguardándole en la puerta de la librería.
—Dejadme —murmuró con rabia.
Y apartando a su amigo a la fuerza, Joan se fue hacia el duque de Gandía.
Juan Borgia acababa de tomar las manos de Anna entre las suyas cuando ella vio venir a Joan, que se había desembarazado de Niccolò. Al ver la expresión de su cara se estremeció de temor; estaba a punto de producirse un desastre.
La había incomodado ver aparecer al duque de Gandía a una hora tan temprana, en la que era el único cliente. El Borgia había cruzado el umbral con paso decidido. Llevaba daga y espada al cinto, vestía un jubón negro de seda de cuello cerrado, se cubría con una capa de terciopelo rojo y se adornaba con un grueso collar de oro. Le acompañaban dos hombres de armas que se quedaron curioseando el material de escritura y los libros en la mesa que atendía el aprendiz en la calle. El duque lucía una barba recortada y la librera desconfió de su mirada lobuna de ojos oscuros y de su sonrisa breve, que mostraba dientes de animal de presa.
Anna recordaba aquella sonrisa entre agresiva y aduladora, y los requiebros que en ocasiones anteriores le había dedicado cuando Joan, como en aquel momento, no se encontraba en la tienda. Sabía que aquel joven de aspecto ávido se interesaba por ella y al principio la había halagado que el hombre más poderoso y pretendido de Roma le dedicara más atención que a la seductora Sancha de Aragón. Su amiga Sancha estaba casada desde hacía dos años con Jofré Borgia, el hermano menor del duque. Aquella boda, garantía de una alianza del papa con Nápoles, entre un niño de trece años y una vital adolescente de dieciséis no tuvo ni buen inicio ni buena continuación. Se rumoreaba que el duque engañaba a su propio hermano con Sancha y que esta había tenido antes amores con César, su otro cuñado. Anna tenía una privilegiada relación de amistad con la princesa, que le había confiado, sin demasiado pudor, la certeza de sus amores con Juan.
Anna, una vez satisfecha su vanidad con las atenciones que el duque le dispensaba, quiso poner freno al entusiasmo de este. A pesar de haberle obsequiado al principio con algunas sonrisas y miradas, siguiendo los consejos de la propia Sancha con respecto a los hombres, no tenía ningún interés en ir más allá. Amaba a su esposo.
Empezó a racionar sus sonrisas, a mostrarse fría y a mencionarle su íntima amistad con Sancha cada vez que él se acercaba demasiado, convencida de que le desanimaría en sus pretensiones.
Sin embargo, aquella mañana comprendió que se había equivocado. Sin responder al saludo y la reverencia que le dedicó Niccolò, el duque se dirigió a ella, que correspondió a sus buenos días y a su sonrisa con una breve inclinación de cabeza.
—Me han dicho que en el salón interior guardáis los dos primeros libros de las Vidas paralelas del griego Plutarco —le dijo clavando sus ojos en ella—. Acompañadme, señora.
—Cierto, los tenemos en el salón, en edición latina —repuso Anna con una sonrisa comedida—. Niccolò os acompañará, su latín es mucho mejor que el mío.
—En efecto. —El florentino acudió con presteza a la insinuación de su ama—. Tenemos las vidas de Teseo y Rómulo, Licurgo y Numa, Pericles y Fabio Máximo…
—¡Apartaos de mí! —le cortó el duque con desdén—. Id al mostrador de la entrada y dejadnos solos.
Niccolò miró a Anna sin moverse.
—¡Obedeced! —insistió el Borgia arrastrando las sílabas—. Obedeced o haré que os arrepintáis.
—Hacedlo —dijo ella al fin. El duque no amenazaba en vano y temía por su amigo.
El florentino se dirigió moroso hacia la entrada para colocarse a cierta distancia en un lugar desde donde divisase tanto la puerta de entrada como a la pareja. Como todos en Roma, temía a aquel hombre, y aun así estaba decidido a acudir en ayuda de su patrona si esta la requería. El duque se desentendió de él y empezó a requebrar a Anna; parecía tener prisa.
—Enloquezco por vos, señora —le decía mientras se acercaba a ella.
—Creía que dedicabais toda vuestra locura a la princesa de Esquilache, mi amiga y cuñada vuestra, duque —le lanzó Anna.
El joven rio.
—Os equivocáis, señora —repuso avanzando hacia ella, que retrocedió ante su proximidad—. Aún me queda locura por vos, por vuestros ojos verdes, por esos bucles negro azabache que se escapan de la redecilla con que recogéis vuestro pelo, por los hoyuelos de vuestra sonrisa, por vuestro porte altivo…
Anna se dio cuenta de que se encontraba de espaldas a la puerta del salón pequeño y que, aun sin tocarla, el duque iba empujándola hacia su interior.
—Ya basta, duque —le cortó con firmeza, dando otro paso atrás—. Bien sabéis que soy una mujer casada.
—Y ¿qué importa eso? —Él rio, acercándose más—. No os quiero desposar.
Fue entonces cuando ella, temiendo lo que pudiera ocurrir si entraba en el salón, vacío en aquel momento, le detuvo con su mano, y él la tomó entre las suyas acariciándola.
—Amadme y os colmaré de bendiciones a vos y a los vuestros —le decía.
Cuando Anna vio venir a su esposo no pudo, a pesar de su inquietud, evitar compararlo con el Borgia. Era algo más alto que el duque y más robusto, y su mirada felina de ojos castaños, enmarcados por unas cejas poderosas, le confería aquel aspecto leonino tan característico de él. La librera conocía el brillo de aquella mirada, temió que Joan, en uno de sus impulsos, trajera la ruina a la familia, y soltándose de las manos del duque se apresuró a colocarse entre ambos. Juan Borgia, alertado primero por la mirada de Anna y después por su brusco movimiento, se volvió llevando la mano a la empuñadura de su espada. Joan se dijo que si su esposa no se hubiera interpuesto, poniéndole las manos en el pecho, habría llegado a tiempo para impedir desenvainar al duque. Ahora se enfrentaba a la mirada entre suplicante y severa de Anna, que tuvo el efecto de calmarle. Ella representaba a la familia, lo era todo.
—¿Conocéis a mi esposo, duque? —preguntó ella, aunque sabía la respuesta, al tiempo que se giraba sonriendo al portaestandarte del papa.
Con la presencia de su marido había recuperado el aplomo, y aquel se admiró de que incluso en aquella incómoda situación su esposa mantuviera su estilo. Los hombres intercambiaron una mirada y la del Borgia regresó a Anna.
—Le he visto antes —reconoció de mala gana.
—El duque de Gandía se interesa por la edición latina de las Vidas paralelas de Plutarco que tenemos en el salón pequeño —explicó Anna dirigiéndose a Joan—. En este momento iba a mostrarle los libros de que disponemos. ¿Nos acompañáis?
—Naturalmente —afirmó Joan con una ligera reverencia dirigida al hijo del papa—. Esta es mi casa y esta es mi mujer. —Y les dio una fuerza especial a las palabras mi y mujer—. Y en esta casa siempre encontraréis libros y lealtad a vos. Pero no busquéis nada más.
Ambos se contemplaron unos largos instantes y después el Borgia hizo un gesto desdeñoso.
—Mandadme los libros a mi casa con un criado —dijo altivo, hablándole a Anna—. Me quedaré con los que me interesen.
Y sin despedirse dio media vuelta para encontrarse con sus hombres, que le esperaban en la puerta. Los esposos aguardaron a que la comitiva desapareciera y después se miraron.
—Parece que el duque se interesa mucho por vos —le dijo Joan suspicaz.
—Eso parece. Pero nada tiene que ganar conmigo. Os amo a vos.
—Sin embargo, esa familiaridad al cogeros la mano…
—Confiad en mí. —Ella le sonreía—. Le he frenado de forma diplomática, no hacía falta vuestra intervención.
—No debería haberos tocado.
—Ha sido incómodo —repuso ella apurada—. Aunque creo que ha comprendido el mensaje que le dimos.
—Bueno, ya ha pasado. —Él deseaba consolarla y le sonrió al tiempo que le tomaba las manos para acariciarlas. Quería aliviar su tensión—. Ahora ya sabe que debe respetaros.
Niccolò observaba su cariño a distancia. Su faz de mirada aguda y observadora, que habitualmente mostraba una sonrisa irónica, tenía ahora una expresión grave. Su cabeza se movía en una suave negación.
«No, no ha pasado», pensó el florentino.
—Apenas hace tres meses que ese muchacho regresó de España y ya ha hecho cornudos a incontables maridos —dijo Miquel Corella cuando Joan le contó lo ocurrido en la última visita del duque de Gandía.
Joan miró a su amigo y protector con severidad. El valenciano había superado la treintena y le observaba con sus vivaces ojos oscuros y con una sonrisa en sus carnosos labios.
—No sé por qué os sonreís. A mí no me hace ninguna gracia.
—Mira, Joan, tú eres aún joven y no comprendes algunas cosas —repuso Miquel sin abandonar su sonrisa.
Y levantó su copa de vino dulce para brindar. Como el librero no mostró intención alguna de acompañarle, amplió su sonrisa divertida con un toque irónico, brindó al vacío y dio un buen trago. Se encontraban en el comedor de la casa del capitán de la guardia vaticana, que, ante la urgencia de Joan por hablarle, le había invitado a almorzar. En la sobremesa, la esposa de Miquel Corella, una joven y bella romana, se aseguró de que los criados los mantuvieran bien provistos de vino y pastelitos de almendras y se ausentó discretamente para que los hombres charlaran.
—Más joven es ese malcriado del duque y menos cosas entiende —contestó Joan airado.
—Sí, en eso tienes razón, aunque pocos se lo ponen tan difícil como tú.
—A ver si voy a ser yo culpable por defender a mi familia.
—Precisamente por eso muchos maridos y mujeres ceden. Por defender a sus familias y sus negocios.
—¡Bah! —Joan hizo un gesto de incredulidad y desdén.
—Y también sus vidas. —Ahora Miquel le contemplaba serio y Joan comprendió que le estaba advirtiendo.
—¿Queréis decir que…?
—Mira, Joan, los matrimonios entre nobles, también entre burgueses importantes, hasta incluso entre la plebe, se contraen buscando beneficios políticos y económicos. El hombre y la mujer se tienen que gustar solo lo suficiente para hacer hijos y así consolidar la alianza. Además, el marido acostumbra a tener su amante; es extraño encontrar un amor apasionado como el que tú sientes por Anna. —El valenciano hizo una pausa y observó unos instantes a su amigo, escrutando su expresión y tratando de adivinar sus pensamientos, antes de continuar—: Así que si el hombre más poderoso de Roma después del papa, un muchacho que no acepta negativas, se interesa por la mujer de uno de esos, lo primero en lo que piensa el marido es en su vida. Ya sabes, rara es la mañana en la que no aparecen flotando en el Tíber una docena de cadáveres. Su segundo pensamiento se centra en qué beneficio económico o político pueden obtener él y su familia.
—Yo he matado por Anna —dijo Joan, lentamente, sombrío.
—Fíjate en el caso de Alejandro VI y su última amante, a la que en Roma llaman Giulia la Bella —siguió Miquel sin hacerle caso—. Ella es una Farnesio y está casada con un Orsini al que llaman el Tuerto, que es hijo de una valenciana, una de los nuestros. Pues bien, cuando surgió el amor entre el papa y la Bella, cuarenta y tres años más joven que él, la suegra consiguió grandes prebendas para su hijo, que, a cambio, tuvo que dejar el campo libre yéndose a una lucrativa misión diplomática. Y para la familia Farnesio este enlace informal también ha representado importantes beneficios. El hermano de la Bella es ya cardenal sin siquiera tener los votos sacerdotales.
—Sin embargo, el papa no se impuso a la muchacha por la fuerza.
—Desde luego que no. A pesar de su edad, Alejandro VI tiene un magnetismo especial y una gran fuerza seductora. El poder es seductor, ya sabes.
Ambos se quedaron en silencio, mirándose. La sonrisa volvió a asomar a los labios de Miquel, cuyos ojos brillaban con el toque vidrioso que les daba el alcohol.
—Mira los aspectos positivos de la situación —dijo al rato.
Joan le observó incrédulo. Aquella faceta cínica de su amigo le sorprendía, le era difícil asimilar lo que le estaba diciendo. ¡Que buscara beneficio en una relación entre Anna y aquel miserable! Imaginar aquello le produjo una rabia intensa que le retorció los intestinos. Se levantó de un salto y, dando un puñetazo sobre la mesa que hizo sonar la vajilla, gritó:
—¡Yo he matado por Anna! ¡Y volveré a hacerlo si es preciso!
El valenciano se quedó mirándole sin mover un músculo; su copa continuaba en el aire. Su sonrisa había desaparecido y su rostro mostró aquella expresión suya de toro a punto de embestir que atemorizaba a la gente.
—¿Me amenazas? —dijo con suavidad.
Joan, aún de pie, notó que su cólera se mezclaba con un nuevo sentimiento: el miedo.
—A vos no.
—¿A quién, pues?
—A ese indigno que quiere holgar con mi mujer.
—Ese indigno es, por decisión de su padre, el confaloniero, el portaestandarte de la Iglesia, la cabeza de nuestro clan, al que los italianos llaman los catalani. Es mi señor y le debo respeto, obediencia y fidelidad. Protegeré su vida con la mía. Cuando le amenazas a él, me amenazas a mí.
Joan le miró desconsolado. Se veía con fuerzas para enfrentarse al Borgia, pero no quería hacerlo con Miquel. Además de considerarle su amigo, le debía un sinnúmero de favores, entre los que destacaban su librería y el apoyo que esta recibía del clan de los catalani.
—Pero es un indigno y un miserable —musitó.
—Siéntate. —La expresión del valenciano se había suavizado y Joan obedeció.
—¿Cómo ha podido darle el papa tanto poder a ese chico? —se lamentó el librero—. Me dijisteis que el pontífice supo de su conducta en Barcelona. Y ahora el duque de Gandía se comporta peor aún, solo que aquí en Roma no hay nadie que le pueda poner freno.
—Mira, Joan —repuso el valenciano en tono conciliador—. No digo que no tengas razón. Alejandro VI tiene grandes virtudes, pero hay quien dice que tiene dos defectos. Uno es su pasión por las mujeres, aunque no tiene nada de promiscuo y siempre ha mantenido relaciones estables. Y el otro es su amor desmesurado por la familia. Podríamos decir que es un excelente esposo y padre, aunque demasiado condescendiente.
—Pero un mal papa. El pontífice debería ser casto y no tener hijos.
—No necesariamente en estos tiempos que vivimos.
—Y ¿por qué no?
—Porque muchos eclesiásticos tienen hijos, aunque los llamen sobrinos. Y porque Alejandro VI, que es un hombre muy religioso, ha decidido actuar a la vez como rey y como papa.
—Y ¿por qué como rey?
—Pues porque tiene que defender a la Iglesia y sus posesiones terrenales de las ambiciones de sus enemigos, igual que lo haría un rey. Y de la misma forma en la que los reyes casan a sus hijos para establecer alianzas, él casa a los suyos. Sin un poder terrenal, sin un ejército, el papa se convierte en un títere en manos de los poderosos, como tantas veces ha ocurrido en la historia y estuvo a punto de ocurrir con la última invasión francesa. Los reyes y emperadores han puesto y depuesto papas. Y nosotros, al no ser italianos, carecemos de fortalezas, ejércitos y dominios propios en Roma, o cerca de aquí, como los tienen las grandes familias italianas que pretenden que el papa sea uno de los suyos. Como los Orsini, y tantos otros. El papa necesita su propia familia y Alejandro VI la tiene en sus hijos y en nosotros, los catalani. Solo logrando la independencia que confieren la fuerza de los ejércitos y la diplomacia puede el papa actuar libremente como pastor de su rebaño y cabeza de la Iglesia.
—Y ¿qué tiene eso que ver conmigo? —se lamentó Joan.
—Pues que el papa está ciego en lo que se refiere a Juan Borgia. Le cree lleno de virtudes y piensa que como capitán general de su ejército reconquistará los territorios del papado que ahora controlan una serie de tiranuelos y que meterá en cintura a la poderosa familia Orsini, que siempre ha sido su enemiga.
—¿Vos creéis que lo logrará? ¿Es el duque un buen militar?
Miquel se encogió de hombros y después de meditar la respuesta dijo:
—No lo sé. No es lo mismo ser un pendenciero que un buen general. Pienso que su hermano César sería mucho mejor general y político, pero el papa lo destina a la carrera eclesiástica. En todo caso, el duque de Gandía intentará cumplir, y yo debo darle todo mi apoyo.
—¿Aunque sea injusto? —preguntó Joan exaltado—. ¿Aunque solo sea un petimetre impertinente y pretencioso que se dedica a robar las mujeres de otros?
—Uno espera que sus jefes sean justos. Pero si no lo son, aún son jefes. Un militar debe obedecer. Y yo soy un militar.
—Y ¿le daríais a vuestra mujer?
La sonrisa apareció de nuevo en la faz del valenciano, que tardó en responder.
—Depende de lo que obtuviera a cambio.
Joan sacudió negativamente la cabeza. No le creía.
—Pienso además que el duque tiene algo contra mí desde que nos conocimos en Barcelona.
—Te creo —repuso serio Miquel—. Muy propio de él; le ayudas y te odia porque precisó de tu ayuda.
—¡Echadme una mano, por favor!
—No hay nada que pueda hacer yo, Joan. Si el duque estuviera entre mis amigos, le hablaría, pero no lo haré, porque no me escuchará.
—¿Qué puedo hacer?
—Ya te lo he dicho.
—Mi mujer no está a la venta. No se la daré por nada en el mundo.
—Bien, admiro tu firmeza y tu locura. —Los ojos del valenciano brillaban irónicos—. Pero ¿le pediste a ella su opinión? —Ahora sonreía—. Quizá ella tenga más seso que tú y piense distinto.
El librero se quedó contemplando a su amigo, estupefacto, sin saber qué responder.
El Vaticano formaba una pequeña ciudad en la margen derecha del Tíber. Rodeada por murallas, unas servían para la protección de la Santa Sede frente a enemigos externos y otras, como las que la separaban del Trastévere, defendían el enclave papal de sus enemigos en la propia Roma. Los soldados vaticanos, provistos de alabardas y vestidos de rojo y amarillo, de guardia bajo la imponente mole del castillo de Sant’Angelo —antes mausoleo del emperador Adriano y ahora el gran bastión de la ciudad—, saludaron a Joan. Eran valencianos, le habían visto con frecuencia con Miquel Corella y le reconocían como a uno de los suyos. Dejando a sus espaldas la formidable fortaleza, Joan enfiló a paso ligero el puente de Sant’Angelo, que unía el Vaticano con Roma.
Era principios de noviembre, el Tíber bajaba crecido por las lluvias de otoño, la luz de la tarde de aquel día encapotado disminuía con rapidez y una ráfaga de aire le obligó a calarse el sombrero para que no se lo arrebatara el viento. Después se arrebujó en su capa. Debía apresurarse, Miquel Corella tenía razón; Roma era peligrosa al llegar la noche.
Además de la familia Orsini, que tenía la guerra declarada al papa, las otras grandes familias estaban aliadas o enfrentadas entre ellas por diferencias y rencores surgidos durante la ocupación de las tropas francesas. Para empeorar la situación, en la tierra de nadie situada entre las fronteras de los territorios dominados por las distintas familias, operaban bandas de forajidos que no dudaban en matar por cualquier cosa de valor. El papa y sus catalani eran incapaces de imponer su autoridad en muchos lugares de la ciudad.
Joan sujetó bajo la capa las empuñaduras de su espada y su puñal. Su duro contacto suavizó su angustia. Sabía usar bien aquellas armas. Sin embargo, mientras andaba a paso rápido por aquel puente, protegiéndose del viento y del frío, se sintió solo, inmensamente solo.
—Roma no está aún del todo pacificada y es peligrosa al atardecer —le había dicho Miquel Corella al despedirse—. La sobremesa se ha alargado y se hace tarde. Toma uno de mis caballos para el regreso.
Aunque Joan tenía su propio caballo, había acudido a la casa de Miquel a pie. Andar le ayudaba a pensar y tenía mucho en que pensar en aquellos días.
—No, gracias. No os preocupéis —había respondido altivo—. Partiré ahora mismo. Llegaré a casa andando sin problemas.
La incomodidad que le había producido el comentario de Miquel sobre su esposa le hizo rechazar la montura, a pesar de que sabía que lo prudente era aceptarla. La insinuación de que Anna pudiera querer entregarse a Juan Borgia, aunque solo fuera por proteger a los suyos, le ofendía. Y partió sin ceder a la insistencia del valenciano.
Había acudido a Miquel Corella, su protector, en busca de ayuda frente al abuso del hijo del papa, y se había encontrado con que a quien estaba dispuesto a defender el valenciano era precisamente a su enemigo. Y le aconsejaba que se sometiera, cosa que él no pensaba hacer. Su amigo incluso dudaba de la voluntad de resistir de su esposa. Aquello era lo que más le dolía.
Intercambió saludos con los guardas situados en las torres al otro extremo del puente y se adentró a continuación por las calles que le conducirían al Campo de’ Fiori y a su casa.
¡Cuánto había cambiado su vida! Sus padres eran pobres pescadores que habitaban en una aldea perdida y ahora él tenía caballo propio, vestía como un caballero y sabía usar la espada como pocos. Se había instalado en Roma, el centro del mundo, era dueño de un negocio floreciente y en su casa vivían su madre y su hermana, a las que había logrado rescatar cumpliendo parte de la promesa hecha a su padre.
Tenía todo aquello con lo que había soñado y, sobre todo y en especial, a Anna. Sin embargo, ¿era libre como le había prometido a su padre? ¿Era libre como él lo fue navegando con su barca y sus compañeros en busca de tesoros de peces plateados y coral rojo que escondía el mar azul?
Se dijo que no, que no lo era. Había tenido que comprometerse y pagar distintos precios para lograr lo que tenía. Uno de ellos era la obligación contraída con Bernat de Vilamarí, el almirante del rey Fernando de España. Debía diez meses de servicio en los ejércitos del rey, que demoraba en cumplir mientras fuera posible porque quería asegurarse de que su familia estuviese bien asentada en Roma y que la librería fuese capaz de mantener su pujanza durante su ausencia.
Tenía un segundo compromiso, suscrito meses antes con aquel misterioso personaje que su amigo el librero de Nápoles, Antonello, le había presentado: Innico d’Avalos, marqués del Vasto, gobernador de las islas de Ischia y Procida. Joan recordaba que el marqués le había salvado la vida permitiéndole el acceso al Castel dell’Ovo en plena invasión francesa de Nápoles. Con ello, Joan pudo incorporarse a la galera de la cual era ya desertor y librarse de la horca.
No solo le debía la vida, sino que fue D’Avalos quien le concedió los avales y le prestó parte del dinero para abrir su librería en Roma. El marqués del Vasto y Antonello, su amigo librero napolitano, compartían su creencia en la libertad y en los libros como vehículo indispensable de esta, y patrocinaban la expansión de la cultura libre.
Sin embargo, aquel era un asunto menor para Joan; le preocupaba mucho más el compromiso adquirido con Miquel Corella y el clan de los fieles al papa Alejandro VI, los catalani. Casi sin darse cuenta, de la mano de su amigo Miquel, aceptando sus ayudas y las de sus camaradas, Joan se fue identificando con ellos y estos le consideraban uno de los suyos. Llegó a sentirse cómodo y orgulloso de aquella pertenencia, aunque con el regreso a Roma de Juan Borgia su sentimiento había cambiado radicalmente. De pronto, a la cabeza del clan se situaba aquel joven fatuo cuyas aventuras en Barcelona Joan conocía demasiado bien y al que consideraba indigno. Y para colmo, aquel tipo se creía con derecho de pernada sobre Anna. Joan negó con la cabeza. Había luchado demasiado por la libertad y amaba demasiado a su esposa para someterse.
El frío viento había vaciado las calles, la luz disminuía con rapidez y en la puerta de alguna casa alumbraba ya una antorcha.
Joan marchaba a buen ritmo, deseaba llegar pronto al Campo de’ Fiori y se reprochó haberse entretenido más de la cuenta en casa de Miquel. Debería haber aceptado el caballo que este le había ofrecido. Pronto fue consciente de que un par de hombres con amplias capas y sombreros de ala ancha calados le seguían. Su primer pensamiento fue hacia el duque de Gandía, pero se dijo que Juan Borgia no precisaba de sicarios. Tenía demasiado poder y debía de creer que lograría imponer sus deseos a su esposa sin necesidad de deshacerse de él. Aquella convicción le hizo pensar que quienes le seguían no eran espadachines, sino simples rufianes que escondían bajo sus capas puñales y garrotes. Aun así, no podía permitir que le siguieran; si tenían compinches emboscados más adelante, se encontraría en serio peligro.
Aceleró el paso hasta casi correr y vio que los otros hacían lo mismo. Esperó a llegar a una zona en la que una antorcha iluminaba la calle, de forma que los que le seguían le pudieran ver con claridad, y súbitamente se dio la vuelta abriendo su capa. Sus perseguidores redujeron el paso al observar las empuñaduras de daga y espada en el cinto de Joan. Este desenfundó a la mitad su espada y el acero brilló a la luz de la antorcha. Aquello hizo que frenaran en seco. Después de aguardar un momento y en vista de que aquellos tipos se mantenían expectantes, desenfundó por completo sus armas para avanzar amenazante hacia ellos. Los hombres dieron media vuelta y se alejaron presurosos. Joan suspiró aliviado. Se dijo que había acertado y que las armas que escondían los rufianes poco podían hacer frente a una espada bien blandida.
Retomó su marcha a paso aún más rápido y cuando estaba ya cerca del Campo de’ Fiori, dos sombras se interpusieron en su camino y en la tenue luz de la calle pudo ver brillar el acero.
—¡Deteneos y tirad las armas! —le ordenaron.
Sintió pasos a su espalda, vio que por atrás se acercaban tres más y supuso que a los dos anteriores se les había unido un tercero, que portaba un chuzo. La situación era desesperada. Si hubiera tenido la seguridad de que solo querían robarle, bolsa, armas e incluso ropa, habría obedecido. Sin embargo, no tenía garantía alguna de que no fuesen a matarle después de robarle o le secuestraran para pedir un rescate y le asesinasen después igualmente. Se maldijo por no haber aceptado el caballo de Miquel. Evocó a Anna, a la que quizá no viera más, y sintió un gran coraje al pensar que podía morir por aquella estúpida imprudencia.
Se dijo que no podía quedar a la merced de aquellos bandidos ni esperar más. En unos instantes estaría rodeado. Se estremeció de frío y temor al despojarse de la capa y con rapidez la enrolló en su brazo izquierdo para usarla como escudo. Después desenfundó daga y espada, llenó sus pulmones de aire y, murmurando una oración, se lanzó a todo correr contra los dos individuos que le impedían llegar al Campo de’ Fiori.
—¡Abrid paso! —les gritó.
No albergaba esperanzas de que le obedecieran, pero sabía, por su experiencia en el abordaje de naves, que los gritos animaban a los que los proferían e intimidaban al contrario. Se lanzó contra el sujeto situado a su derecha tratando de escabullirse entre él y el edificio que hacía esquina con la plaza.
Voceó exigiendo paso franco al tiempo que con su brazo izquierdo, protegido por la capa, paraba la estocada de aquel individuo. Le devolvió un sablazo que le hizo retroceder y se encontró con el otro hombre, que acudía a cerrarle el paso. Intuyó la trayectoria de su acero en la penumbra, esquivó el golpe y al responderle notó que su espada rasgaba ropa y carne a la vez que oía un aullido. Lamentó su acierto; cualquier esperanza de que los bandidos le dejaran con vida si caía en su poder acababa de evaporarse. Ya no quedaba otra opción que luchar. Había avanzado unos pasos, y trató de llegar a la plaza como fuera; sin embargo, el primer hombre se interpuso en su camino. Aprovechando que el herido se había quedado atrás, Joan intentó evitarle corriendo hacia la izquierda y pudo avanzar unos cuantos pasos más hasta la entrada del Campo de’ Fiori. Aquel había sido día de mercado de caballos y unos tratantes rezagados abandonaban el lugar con sus animales y criados a la luz de las antorchas. El familiar olor de los excrementos animó a Joan; faltaba poco para llegar a la librería.
—¡Ayuda! —gritó, a sabiendas de que nadie se enfrentaría a los bandidos.
Pudo ver que los tratantes le miraban, curiosos, sin intención de ayudarle, al tiempo que notaba el dolor de un fuerte pinchazo por debajo del omoplato derecho. Se giró trazando un círculo con su espada que hizo retroceder a su agresor y vio que tenía casi encima a los otros tres individuos, que llegaban corriendo. ¡Si le rodeaban, acabarían con él en un instante! Se arrimó a la casa más cercana para proteger su espalda con el sólido portón de madera, que se encontraba firmemente cerrado.
—¡Ayudadme! —volvió a gritar.
El herido se había quedado atrás; sin embargo, los otros cuatro ya le acorralaban. Dos llevaban simples garrotas y los otros dos, una espada y un chuzo.
—¡Tirad las armas! —le ordenó el de la espada.
Joan sabía que poco podía hacer contra cuatro y que al menor descuido el de la lanza le ensartaría con ella. Aun así, frente a la convicción de que le matarían, decidió resistir. Le dolía la espalda y notaba la sangre que brotaba de ella.
—¡Ayuda! —gritó de nuevo.
Su espada aún infundía temor y pudo rechazar un par de acometidas del individuo del chuzo, desviando la lanza con el brazo izquierdo a la vez que amagaba un golpe, y todo ello sin descuidar su guardia. Se estableció un compás de espera en el que aquellos hombres se azuzaban entre ellos para que uno se arriesgase a darle el golpe definitivo, pero nadie parecía atreverse.
Joan no se hacía ilusiones, le tenían rodeado y las posibilidades de abrirse paso entre sus atacantes eran nulas. En el momento en el que se descuidase le matarían.
—¡A mí! ¡Ayuda! —aulló desesperado.
Había oído abrirse ventanas y ventanucos y sabía que desde la seguridad de sus habitaciones oscuras, múltiples ojos contemplaban la escena a la espera de presenciar su muerte. Se repitió que había sido un estúpido y que no podría siquiera despedirse de Anna, ni de su madre y su hermana, que se encontraban a pocos pasos de allí. ¡Estaban tan cerca y tan lejos! De repente, como si se hubieran puesto de acuerdo al oír su último grito, el del chuzo le envió un lanzazo que apenas pudo esquivar y, aprovechando su movimiento, los demás se abalanzaron sobre él. Aquel era el final. Con su espada detuvo el sablazo que le venía por la derecha mientras exhalaba un grito de dolor al recibir un cachiporrazo en el hombro izquierdo. Instintivamente lanzó una puñalada con la izquierda y notó que daba en carne al tiempo que oía a alguien chillar. Sus nervios se tensaron a la espera de recibir el golpe fatal cuando, de repente, un fogonazo iluminó la oscuridad de la plaza y de inmediato el estampido de un arcabuz rompió el falso silencio de aquella noche llena de susurros y gemidos. El individuo del chuzo se desplomó con un quejido.
—¡A ellos! —vociferó alguien, y el impacto de la saeta de una ballesta al clavarse en uno de los ventanucos de la casa que tenía a sus espaldas retumbó en los oídos de Joan.
—¡Vámonos! —gritó uno de los bandidos.
No se hicieron repetir la orden, y en un instante desaparecieron en la oscuridad abandonando en el suelo el cuerpo agonizante del tipo del chuzo. Joan se apoyó jadeante en la puerta sin dar crédito a lo que había ocurrido. Le dolía el hombro y la espalda y, sin embargo, sentía una indescriptible euforia y alivio. Había vuelto a nacer. Distinguió entre las sombras a Niccolò, que aún sostenía el arcabuz, y a varios de sus oficiales y aprendices armados con ballestas y espadas.
—¿Cómo estáis? —inquirió el florentino.
—Aún vivo y asombrándome de estarlo —repuso Joan, que notaba que las fuerzas y el humor retornaban al ver a los suyos—. Sobre todo después de ese arcabuzazo y esa saeta que casi me dan en la oscuridad.
—No había alternativa, Joan —se disculpó Niccolò—. Suerte de que gritasteis; reconocimos vuestra voz y vimos que os atacaban. La situación era apurada y decidí arriesgarme.
—Lo sé, amigo. Bien que lo sé. Me habéis salvado la vida. Gracias.
Y le dio un abrazo.
—Dadle las gracias a la signora Anna. Estaba inquieta por vos y nos envió a buscaros camino del Vaticano.
—Se las daré. No os quepa duda.
Y apoyándose en su amigo y auxiliado por un aprendiz, Joan, feliz de estar con los suyos, se encaminó a la librería. Dejaron atrás a aquel hombre tendido en la plaza sin que nadie se preocupara de si continuaba vivo.
«He estado a punto de morir por mi estúpido orgullo», anotó en su libro unos días después, cuando sus heridas estaban ya curándose.
Anna respiró aliviada al ver llegar a Joan acompañado de Niccolò y los aprendices. Venían bromeando, pero de inmediato vio que su esposo se apoyaba en el florentino al andar y que su rostro mostraba una mueca de dolor según el movimiento.
—¿Qué ha ocurrido?
—Nada, un mal encuentro —dijo él forzando la sonrisa—. No será nada.
Anna se hizo cargo de la situación y con la ayuda de Niccolò, Joan subió a su habitación, donde un médico vecino le atendió al rato. Dijo que la herida de la espalda era superficial, se aseguró de que estuviera bien desinfectada y comprobó que el golpe recibido en el hombro izquierdo no había roto ningún hueso. Joan había sido muy afortunado y podría hacer vida normal.
—¿Tenían vuestros asaltantes relación con Juan Borgia? —inquirió Anna, inquieta, cuando se quedaron solos en el dormitorio.
Anna era consciente de la preocupación que Joan sentía con respecto al hijo del papa, una inquietud que ella empezaba a compartir. Le habían halagado la atención y la solicitud con la que aquel muchacho bien parecido, arrogante y poderoso la trataba, y le había correspondido con simpatía. Demasiada, quizá. Creía haber manejado con gracia y desenvoltura las insinuaciones cada vez más explícitas del duque, aunque ahora lo dudaba.
El enfrentamiento entre los dos hombres lo cambiaba todo; temía por la vida de su esposo. En la librería hablaba con mucha gente y todos coincidían en la nefasta reputación del Borgia.
—No. Eran simples bandidos —repuso él. Ella le miró suspicaz—. Eran bandidos —insistió—. Os lo aseguro.
—¿Cómo es que regresasteis tan tarde, solo y sin caballo?
—Miquel Corella me ofreció una montura y la rechacé. Lo siento, fui un imprudente.
—¡Por el amor de Dios, Joan! —le recriminó ella con ternura—. Sabéis cuánto os quiero y cuánto os necesita la familia.
—Lo lamento —respondió él. Momentos antes, creyendo que iba a morir, había pensado emocionado en los suyos—. Lo lamento mucho. Perdonadme.
Anna vio que los ojos de Joan se humedecían de sentimiento y él suspiró cuando ella le abrazó amorosa. No necesitaba preguntarle para saber que la visita al Vaticano no había dado el fruto esperado.
—¿Os encontráis con ánimos para cenar con la familia grande? —inquirió ella cuando se tranquilizó sobre el estado de su esposo.
—Por supuesto —contestó él con una sonrisa que no necesitó forzar.
La familia grande, como la llamaba Anna, consistía en la familia pequeña —la formada por el matrimonio y su hijo Ramón—, Eulalia, la madre de Joan, su hermana María y sus dos hijos, Andreu, de once años, y Martí, de nueve. Eulalia había tomado como propia la labor de organizar las dos casas; aunque la librería ocupaba la planta baja de ambos edificios, en el primer piso se mantenían separadas. La familia pequeña ocupaba uno de los primeros pisos y el resto, el otro.
Anna se llevaba bien con su familia política. Era consciente de que la solicitud de Eulalia y la ayuda de María le permitían librarse de las tareas domésticas, con las que habría tenido que cargar a pesar de tener criadas, y dedicarse a la librería.
Joan bendijo la mesa y tanto los adultos como los niños mayores rezaron en silencio unos instantes. A continuación, las criadas sirvieron la cena. Eulalia prolongó su plegaria dando gracias. Se había recuperado de la herida sufrida en el asalto a la librería y se sentía muy feliz. Allí estaba su familia, con la única ausencia de su hijo Gabriel, que vivía con los suyos en Barcelona.
Contemplaba con amor a Joan, a su nuera, junto al pequeño Ramón, y a María, con sus hijos. Hacía poco más de un año ignoraba el paradero de los suyos y se preguntaba angustiada por su destino. Se encontraba desterrada en el lejano pueblecito de Liguria donde los piratas la habían vendido como esclava y estaba convencida de que nunca más vería a su familia. Ni siquiera conocía la existencia de sus nietos. No se cansaba de agradecer a la Providencia su reencuentro. Y para colmo de bendiciones, la mesa estaba provista a pesar de los tiempos de guerra: había sopa de caldo, verduras hervidas, carne de cerdo y pan horneado en el día. Tampoco faltaba el vino, aunque diluido en agua para los nietos mayores. Y además disponía de criadas, a las que trataba como a hijas.
María era una mujer de veintiséis años que al fin veía crecer a sus hijos en libertad. Los recuerdos de la esclavitud y de los abusos sufridos eran cada vez más lejanos; por primera vez en su vida estaba enamorada de un hombre que la respetaba y se sentía muy feliz. Era un sargento aragonés de la guardia vaticana llamado Pedro Juglar, que no solo hacía honor a su apellido como buen guitarrista, sino que sabía leer y algo de latín. Frecuentaba la librería y acababa de pedir permiso a Joan para cortejar a su hermana.
Al librero le caía muy bien el aragonés, del que se había informado debidamente a través de Miquel Corella, pero, en cumplimiento de su deber de cabeza de familia, respondió muy serio que lo consultaría con su madre y su hermana. Estas celebraron la noticia junto a Anna con grandes muestras de alegría. Pedro conocía el desgraciado pasado de María, lo aceptaba diciendo que sus pensamientos estaban en el presente y en el futuro y que cuidaría de Andreu y Martí, los hijos de ella, como si fueran propios. El cortejo seguía su proceso y todos esperaban con ilusión el momento en el que Pedro fuera uno más de la familia.
María y Eulalia contaron las últimas novedades del mercado y de los vecinos, los chicos, lo ocurrido en la escuela, y Anna imitó a un par de clientes de la librería e hizo reír a los demás. Todo estaba bien, mejor que bien, se decía Eulalia, excepto el extraño silencio en el que su hijo se había encerrado aquella noche. Le observó de nuevo, ausente, y se dijo que ojalá se tratara solo de las preocupaciones políticas, típicas en los hombres.
Ramón, que ya antes había tomado algo de papilla, se quedó dormido mientras su madre lo amamantaba. Después de depositarlo en la cuna, Anna llamó a Joan al lecho.
—Voy en un momento —repuso él desde su escritorio.
Anna sabía que cuando su esposo estaba preocupado escribía en su libro. Joan se esforzaba, tras pensar bien lo que iba a escribir, en trazar hermosas letras, no muy grandes, ya que el libro tampoco lo era, pero armoniosas. Aquello tenía un efecto relajante para él, formaba parte de su intimidad, y Anna nunca le preguntaba por sus escritos, aunque estaba dispuesta a escuchar cuando él deseaba compartirlos.
«No he luchado tanto en mi vida para convertirme en un cornudo consentidor —escribía Joan en aquellos momentos—. Soy un hombre libre».
Fuera ululaba el viento, que se colaba en la casa por las rendijas y hacía danzar la llama del candil con el que Joan se iluminaba. El lecho estaba frío y pese a que Anna añoraba el calor de su esposo no quiso insistirle.
La cama se fue calentando sin que Joan acudiera y, al fin, Anna, abrigándose con un chal, tomó un taburete y se fue a sentar junto a él. Se miraron a los ojos y ella le dijo:
—He sido muy feliz estos meses, ya casi seis, desde que me trajisteis a Roma. —Hizo una pausa—. Gracias.
Sin levantarse, él la atrajo hacia sí y la abrazó. Fue una unión larga, cálida, en la que Joan le habló sin pronunciar palabra. Cuando se separaron, ella volvió a mirarle, sus ojos brillaban intensos a la trémula luz del candil.
—Os tengo a vos y a mi hijo, y me disteis un hogar cálido, incluso hasta lujoso, y una vida entre libros que adoro. Nuestra casa se ha convertido en lugar de reunión de los españoles en Roma y somos un referente destacado entre los fieles al papa. Siempre hay alguien interesante con quien conversar e incluso Sancha, la princesa de Esquilache, pregona que es mi amiga. Esto supera mis más hermosos sueños. Soy muy feliz.
—Yo también lo soy —respondió él—. Os tengo a vos, a mi familia, a la librería y a muchos amigos. Sin embargo, todo esto parece tener un precio, un precio que no estoy dispuesto a pagar.
—¿Os referís al duque de Gandía?
—Sí —repuso Joan vehemente—. A ese jovenzuelo prepotente que cree que las mujeres se le tienen que dar con solo pedirlas. Bien sabéis que pude instalar la librería, y aun rescatar a mi madre y a mi hermana, gracias, en parte, al dinero de Miquel Corella. Y el éxito del que disfrutamos se lo debemos a su clan. Los catalani pueden hacer fracasar la librería, echarnos de Roma o incluso algo peor.
—No lo harán —dijo ella acariciándole la mejilla.
—Ya veremos. Todo iría bien si el fatuo del duque de Gandía no hubiera pasado a ser de la noche a la mañana, sin mérito alguno, el jefe del clan, convirtiéndose así en el hombre más poderoso de Roma. Vos sois la primera en saber que os desea. Y que quiere haceros suya.
—Solo para poner otra pluma en el penacho de su gorro.
—Le he pedido ayuda a Miquel y me la ha negado. Dice que nada puede hacer él para detener al duque y que le defenderá a toda costa. —Hizo una pausa reflexiva para continuar después con mayor vehemencia—: Bien sabéis que en nuestra tierra había los llamados campesinos de remença, sujetos a los malos usos. Uno de ellos era el derecho de pernada, por el que el señor se acostaba con la novia antes de la boda. Lucharon muchos años para librarse de este y otros abusos, les costó muchas vidas, pero al final lo lograron. Y ahora yo me siento como uno de ellos. No aceptaré ese abuso, Anna. Somos gente libre.
—Tranquilizaos, que nada ocurrirá.
—Sin embargo, ese tipo os visita con frecuencia.
—No conseguirá nada.
—Miquel Corella me dijo que quizá vos tuvierais una opinión distinta a la mía —dijo él tragando saliva y escrutando la expresión de los ojos de su esposa—. Que quizá quisierais ceder.
—¡No, por el amor de Dios! —rio ella—. No seáis tonto. Yo os amo y no quiero nada de nada con ese niñato, por mucho que se pavonee y amenace.
—Seguirá presionándoos. Y no solo por vos, sino porque cree que tiene cuentas pendientes conmigo.
—Tranquilizaos. —Ella le sonreía—. Y no os enfrentéis más a él. Si lo hacéis, tendremos problemas con toda seguridad. Dejad que lo maneje, tengo la habilidad. No logrará nada, os lo prometo, y terminará cansándose.
Él la miró esperanzado aunque lleno de dudas.
—¿Os habéis fijado en qué gran medida influye la política en la concurrencia de nuestro establecimiento? —le preguntó Niccolò a Joan.
Se encontraban ordenando y clasificando un lote de libros llegados desde la imprenta de Antonello de Errico, el librero de Nápoles. Una vez anotados los ejemplares en el inventario, pasaban a colocarlos en los anaqueles, tanto de la librería como de los salones. Los restantes se guardaban en el almacén. Por cada libro se realizaba entonces una nueva anotación en el inventario, donde se indicaban su ubicación y su precio. Era una labor tediosa pero necesaria.
Joan era consciente de la dependencia que su negocio tenía de los partidarios del papa; sin embargo, quiso escuchar lo que Niccolò tenía que decir. Reconocía la extraordinaria capacidad del florentino para obtener información y respetaba sus acertadas conclusiones.
—Nuestra vinculación al papa y sus amigos es notoria. Aunque estoy seguro de que vos veréis algo más…
—Sí que hay algo más —afirmó el florentino, que achicaba los ojos mostrando su sonrisa entre divertida y astuta—. Mirad.
Joan comprendió que su amigo gozaba con aquello y se dispuso a escucharle. Y el florentino puso sobre la mesa unas notas en las que relacionaba los sucesos ocurridos desde la apertura de la librería con las ventas de esta.
—Queda claro que los hechos de armas favorables a Francia cuando invadió Nápoles y los de sus aliados, entre los que destacan los Orsini, restaron muchos clientes —concluyó Niccolò después de enumerar los distintos acontecimientos—. En cambio, los favorables a la Santa Liga que el papa formó contra los franceses, en especial los protagonizados por Gonzalo Fernández de Córdoba, el general español, hacen que de repente la gente quiera leer y la librería se llene.
Joan rio.
—No hacían falta tantos números, hechos y fechas para llegar a esa conclusión.
—Sin embargo, hay otro factor de éxito cada vez más importante para esta casa.
—¿Cuál es?
—Vuestra esposa. Poco a poco se la ha ido reconociendo como una de las mujeres más agraciadas de la ciudad, y para muchas damas es, por encima de Sancha y de Lucrecia, el modelo de la moda española en Roma. Las señoras se sienten a su entera comodidad en la librería y su tertulia es todo un éxito.
Joan afirmó con la cabeza. Bien que lo sabía. El éxito de Anna le producía sentimientos encontrados, mezcla de orgullo y de prevención; para él, su esposa era la mujer más bella del mundo, y hubiera preferido que su gracia no fuese tan celebrada por el resto de los hombres. Sintió una punzada en las tripas al recordar al duque de Gandía y la conversación con Miquel Corella. Juan Borgia era ahora el jefe del clan de los catalani y su librería, como le había demostrado Niccolò con sus cuentas, estaba en sus manos. Decidió sincerarse con su amigo.
—Ya sabéis que fui al Vaticano y que comí con Miquel Corella.
Niccolò asintió.
—Lo ocurrido el otro día con Anna y el duque de Gandía me tenía muy inquieto y no pude aguardar a que nos visitara. —Joan notaba que su sangre se inflamaba al recordar—. Le pedí su ayuda y en lugar de dármela me insinuó que consintiese y que buscara beneficio en ello.
—Bueno, esta librería ya es un beneficio que los Borgia os conceden —repuso el florentino.
—¡Antes degüello al duque! —exclamó Joan irritado—. Y al diablo con la librería.
—Id con cuidado con lo que decís, Joan —le advirtió Niccolò mostrando una expresión preocupada—. Creo que no sabéis todo lo que se cuenta sobre nuestro amigo don Michelotto.
—¿Qué se dice?
—Que su principal virtud es la fidelidad. Es un perro de presa absolutamente devoto a los Borgia. Y es capaz de matar a un hombre y dormir tan feliz como vos lo hacéis después de matar una pulga. No dudó en ejecutar a antiguos camaradas de armas, antes amigos entrañables, cuando creyó que traicionaban al papa.
—Es un soldado…
—Es mucho más que un soldado, es un sicario, un verdugo. Y parece gozar dando muerte. Sabe usar cualquier arma, aunque su especialidad es una cuerda que coloca en el cuello de su víctima para estrangularla haciendo torniquete con un palo.
—¡El garrote! —murmuró Joan. Y se estremeció al recordar con horror aquel método de ejecución. Era el mismo que usaban los verdugos cuando los sentenciados a la hoguera por la Inquisición confesaban y se reconciliaban con la Iglesia para recibir el beneficio de una muerte rápida antes de ser consumidos por las llamas.
Joan siempre había intuido una faceta oscura detrás del aspecto risueño y del talante abierto de su amigo, aunque jamás pensó que llegase a tal extremo. No podía creerlo.
—La gente habla mucho y sin fundamento.
—Aquí hay fundamento, Joan, creedme —insistió Niccolò—. Se teme a don Michelotto. Roma tiembla al mencionar su nombre. No esperéis que os ayude frente al duque de Gandía; es más, si llega a creer que representáis un peligro para Juan o para cualquiera de los Borgia, os matará sin dudarlo. Cuidad vuestras palabras.
—Y ¿qué he de hacer si vuelve a por Anna? —inquirió Joan desconsolado.
—Sed diplomático. Si usáis la fuerza, seréis destruido. Y con vos, esta casa y vuestra familia.
Joan quedó pensativo. Conocía bien su carácter impulsivo y que, al contrario de lo que ocurría con Niccolò, la diplomacia no era una de sus virtudes. Sin embargo, el florentino tenía razón; si se enfrentaba con las armas al portaestandarte del Vaticano, perdería, cualquiera que fuese el resultado de la contienda. Ambos, Anna y Niccolò, coincidían. Y estaban en lo cierto. No le quedaba otra alternativa que confiar en el buen hacer de su esposa. Pero ¿sería ella capaz de frenar al duque de Gandía con solo buenas palabras?
—Y ¿qué creéis que va a ocurrir ahora, Niccolò? —preguntó Joan.
—Que regresará a por ella —respondió este de inmediato—. Y vos tendréis que conteneros.
Joan miró con desagrado las afiladas facciones de Niccolò y sus ojos vivaces y pequeños. Apretó las mandíbulas con rabia a la espera de que una de las sonrisas cínicas del florentino apareciera en sus labios. Pero no ocurrió.
Aquella noche escribió en su libro: «La violencia no es una opción. ¿Hasta dónde habrá que aguantar? ¿Seré capaz?».