Mesina (Sicilia), junio de 1284
Alguien golpeaba violentamente la puerta. Súria se incorporó del lecho alarmada y vio que también lo hacía Roger.
—No debierais estar aquí, almirante —murmuró confundida y disgustada—. No en mi cama.
Recordó lo ocurrido. Sentía que la habían engañado, que había caído en una trampa. Vio también como Beatriu, su amiga, cubierta con una bata, se asomaba a la ventana.
—Es vuestro segundo de a bordo, almirante —informó—. Con vuestro escudero. Parece grave.
Roger se vistió a toda prisa para bajar; tenía que ser muy serio para que Giacomo se atreviera a molestarle.
—Una muchedumbre enardecida sitia el castillo —informó Giacomo, el muchacho sin sonrisa—. Arrojan piedras e irá a peor, porque van armados. ¡Es una revuelta, la reina está en peligro!
—Hay que actuar de inmediato —dijo Roger.
A pesar del sobresalto, el sueño aún le pesaba a Súria en los párpados y se sentía torpe. Pero se precipitó de inmediato fuera del lecho para vestir su zamarra y tomar sus armas. El almirante ya impartía instrucciones. Dijo que él iría al puerto a por los ballesteros de la flota y le ordenó a Súria que alertara a sus compañeros almogávares que acampaban extramuros de la ciudad.
—Beatriu avisará a los míos —repuso ella—. Yo voy directa al castillo.
—Ni se te ocurra —le advirtió Roger—. Es gente exaltada, llevan armas y te verán como enemiga. No puedes ir sola, espéranos.
Súria le miró airada, no le perdonaba lo ocurrido en la noche. No iba a obedecerle.
—Idos a la mierda, almirante. Voy al castillo.
Roger gruñó.
—No puedo entretenerme discutiendo con esa cabezota —murmuró.
Y se fue hacia el puerto seguido de su escudero, mientras que Beatriu y Giacomo salían de la ciudad en busca del clan almogávar.
El castillo de Matagrifone se encontraba en la parte alta de Mesina y cubría el punto más vulnerable de las murallas de la ciudad. Su principal misión era la defensa exterior, y era fácil de asaltar desde el interior, puesto que esa parte estaba construida con madera en casi su totalidad.
Súria trotó cuesta arriba y al llegar jadeante a la plaza frente al castillo se encontró con una multitud silenciosa, aunque inquieta. Muchos llevaban armas y, atentos a la reina que les hablaba, no repararon en su presencia.
Súria sentía un gran aprecio por la soberana. No la conocía personalmente, pero la había visto arengar a las tropas y se sentía identificada con ella. Ambas eran mujeres obligadas a luchar en un mundo de hombres.
La reina de Sicilia y Aragón se encontraba en unas almenas bajas sobre la puerta principal, flanqueada por dos caballeros con armadura y por ballesteros que apuntaban a la multitud. No iba protegida y estaba expuesta a cualquier proyectil. Vestía una gonela azul y lucía, como símbolos reales, capa púrpura y corona. Se erguía serena despreciando el peligro y hablaba a la gente en siciliano. Súria alcanzó a oír sus últimas palabras:
—Así que ordeno que regreséis a vuestros hogares con vuestras familias y os aprestéis a defenderlas, conmigo, de la gran invasión que viene del norte. Id con Dios, volved a vuestras casas, porque frente a estos muros solo encontraréis la muerte. La muerte como rebeldes traidores a la causa de Sicilia.
Por unos instantes el silencio imperó en la plaza. Súria vio que algunos, pocos, se iban, obedeciendo a la reina. Pero la mayor parte no se movió y empezaron a hablar y a discutir. El sonido de las trompetas los acalló y uno de los caballeros que flanqueaba a la reina gritó:
—¡La reina Constanza, vuestra soberana, ha hablado! ¡Cumplid sus órdenes y regresad a vuestros hogares!
Algunos empezaban a irse cuando, de pronto, se oyó el inconfundible sonido del resorte de una ballesta al dispararse. Y la reina se derrumbó.
Hubo chillidos de espanto.
—¡Han matado a la reina! —gritaba la multitud.
Súria sintió como si se le detuviera el corazón. Y la invadió una mezcla de rabia y profundo pesar. Tanto que notó las lágrimas asomándose a sus ojos. Muchos se pusieron a correr temiendo los disparos de los ballesteros del castillo. Pero ella, ya completamente despierta y alerta, dio unos pasos hacia el lugar origen del sonido, apartando a la gente que huía, y vio a un hombre que trataba de ocultar la ballesta bajo una capa. Era un tipo de barba negra, mediana estatura y una cicatriz en la mejilla. Tenía aspecto de hampón y estaba rodeado de varios de semejante calaña que iban armados. Se fue hacia él sin evaluar siquiera el peligro.
—¡Aragón! —gritó al tiempo que lanzaba su azcona.
A pesar de los veinte pasos que los separaban, le traspasó el cuello y cayó fulminado. Los demás la miraron alarmados. No se habían percatado de su presencia. Pese a la furia que la invadía, Súria actuaba con la frialdad que la caracterizaba en batalla y blandía ya uno de los venablos que acostumbraba a llevar sujetos a la espalda.
—Desperta, ferro! —aulló yendo hacia aquellos individuos.
—¡La mujer almogávar! —exclamó uno.
Y se dispusieron a hacerle frente. Súria comprendió el peligro suicida al que se exponía, pero era demasiado tarde para volverse atrás. Si les daba la espalda la matarían como a un perro. Pero de pronto oyó el eco de su propio grito proferido por cientos de gargantas:
—Desperta, ferro!
Los almogávares y ballesteros llegaban junto al almirante. La gente que quedaba en la plaza escapó a todo correr, y lo mismo hicieron aquellos individuos. Uno cayó con la espalda traspasada por el venablo de Súria. Entonces, la mujer almogávar miró hacia donde había estado la reina Constanza. No había nadie.
Sintió un pesar, un desamparo, que le encogía el corazón. Si la reina estaba muerta, las consecuencias serían terribles.
Castillo de Matagrifone, Mesina, abril de 1283 Un año y dos meses antes
—No acudáis al duelo, señor, es una trampa —le supliqué angustiada—. Os va la vida.
Pedro me miró con ternura para después sonreírme triste.
—Debo estar el 1 de junio en Burdeos, Constanza —musitó repitiendo lo de siempre—. Me va la honra.
—¡Pero se trata de un engaño, una encerrona! —insistí—. No tendréis la más mínima oportunidad.
Sentía temor, inseguridad, tristeza. El día anterior, mi esposo, cumpliendo su promesa, me coronó reina de Sicilia. Y al día siguiente me abandonaba para iniciar un viaje hacia su propia destrucción, hacia la muerte.
Me dejaba sola, sin experiencia de gobierno, para reinar sobre un país en guerra. Una guerra contra unos enemigos de una superioridad aplastante. Los tres mayores poderes del siglo: Carlos de Anjou, el asesino de mi padre, convertido en el verdadero emperador mediterráneo; el rey de Francia, sobrino del anterior, y el papa. Los tres, franceses y aliados.
Pedro dejaba en mis manos el destino de nuestros hijos y el de mis compatriotas sicilianos, que se habían rebelado contra la tiranía de Carlos, el brazo armado del pontífice. Me abrumaba la responsabilidad. Tenía que disuadirle.
—Quedaos conmigo —le imploré—. No vayáis a Francia. No me dejéis sola, vuestras obligaciones están aquí, con los sicilianos que os hicieron su rey y con nuestros hijos. Es un viaje insensato, señor. Vais hacia una trampa mortal.
Él tomó mis manos, las besó y después se me quedó mirando. Observé su rostro tratando de retener sus facciones en mi memoria. Tenía una nariz recia, ojos gris claro, un poderoso mentón en un rostro afeitado, espesas cejas y media melena de un castaño casi rubio. Era alto, fuerte, y poseía una potente voz que se hacía oír en las batallas. Porque le gustaba luchar al frente de sus tropas y no dejó de hacerlo hasta hacía muy poco, cuando le arranqué la promesa.
—Decidme, señora —repuso—, ¿qué es un caballero sin honor? ¿Qué es un rey si no es un caballero? —Y él mismo se respondió—: ¡Nada! Lo siento, mi querida Constanza, pero debo acudir a esa cita.
Desalentada, me pregunté qué era lo que arrastraba sin remisión a algunos hombres a un destino fatal, por qué se comportaban como esas mariposas nocturnas que revolotean alrededor de una llama hasta que esta las alcanza y caen quemadas. No era capaz de entender qué era lo que empujaba a mi esposo hacia una trampa que le costaría la vida o cuando menos la libertad. Él alegaba que era su honor, pero ¿era el peligro lo que en realidad le atraía?
Conocía bien su pensamiento, lo repetía con frecuencia a nuestros hijos: «Aparentar poder confiere poder —decía—, mostrar valor da valor y comportarte como un caballero te hace un caballero».
Y él quería probar al mundo que era poderoso, valiente y todo un caballero. Y de eso se aprovechaba el astuto zorro de Carlos de Anjou tendiéndole aquella trampa. Una celada evidente para todos, menos, al parecer, para mi esposo.
Sin embargo, Pedro había pasado su vida luchando contra nobles rebeldes, musulmanes y ahora franceses. Reconquistó Murcia a los sarracenos sublevados e hizo matar a su propio hermano bastardo en su presencia, por traidor, con lo que sometió a la nobleza aragonesa para después hacer lo mismo con la catalana. No era un bobo.
Había vencido no solo por fuerza y saber, sino también gracias a su inteligencia y dotes diplomáticas. Siempre había admirado su habilidad, en especial al lograr que unos nobles rebeldes y cortos de miras le siguieran, engañándolos, hasta Sicilia y participaran en una guerra tan lejana de sus feudos. Pero sentía que en esta ocasión era él el engañado. Que el francés le superaba y que había caído en su trampa.
Aunque no terminaba de creer que estuviera tan ciego. Confiaba en que se guardara algo en la manga y rezaba por ello. Porque mi querido esposo acostumbraba a ser hermético con respecto a sus planes, incluso conmigo. Decía con frecuencia: «Si mi mano derecha supiera lo que hace la izquierda, la cortaría». Y se quedaba mirando a su interlocutor sin añadir palabra, con una sonrisa que suavizaba una negativa a informar que sonaba a amenaza. Cuando elegía un camino, esperaba que le siguieran sin preguntar.
Así era Pedro.
Y yo acababa de sufrirlo. Había viajado a mi tierra natal con el corazón lleno de dicha. Iba ilusionada pensando en disfrutar junto a él de aquel reino que me pertenecía por herencia. Pero no iba a ser así.
Mi esposo cumplía una promesa que parecía imposible cuando me la hizo. La de vengar a mi padre y darme Sicilia. Cierto. Pero tan pronto como me puso la corona en la cabeza me sorprendió al decirme que se iba. Que me dejaba en un país que tuve que abandonar a los trece años y que apenas conocía, en el que muchos nos rechazaban y frente a unos poderosísimos enemigos que se preparaban para reconquistarla. En una isla que podía estallar en una insurrección que me costara la vida y la de mis hijos. No, la Corona de Sicilia no era un regalo.
Estaba decepcionada. Tenía que convencer a Pedro. Hacer que se quedara. Le necesitaba a mi lado.
Castillo de Matagrifone, Mesina, abril de 1283
Contemplé melancólica el amanecer del día siguiente desde la ventana de nuestra estancia privada. Era un día claro, de azules intensos en cielo y mar, y las nubes mostraban tonos rosáceos. A nuestros pies se extendía Mesina con las paredes blancas y tejados rojizos de sus casas; su amplio puerto, en el interior de una gran ensenada en forma de G, y las líneas costeras, de uno y otro lado del estrecho.
Había llegado la hora de las despedidas y quise repetirle a Pedro mis temores, en un último intento de disuadirle de su viaje suicida. No era justo que se fuera.
—Señor, me abruma la responsabilidad que cargáis sobre mis hombros —le repetí—. Acabo de llegar a la isla, lo desconozco casi todo, apenas he tenido experiencia de gobierno antes y estamos en guerra. Una guerra cruel frente a enemigos mucho más poderosos.
—Seréis una gran reina —repuso él—, porque mostraréis una piedad de la que otros carecemos.
—¿De qué sirve la piedad cuando hay que hacer rodar cabezas para gobernar? —me lamenté—. ¿Cuando tenemos a nobles sicilianos tramando conjuras en el interior y ejércitos muy superiores acosándonos en el exterior?
—No os dejo sola —repuso acariciándome la mejilla—. Tenéis a Roger de almirante, como senescal a Juan de Prócida y a Alaimo de Lentini, el héroe de Mesina, de justicia del reino. Son excelentes y os ayudarán en todo.
Hizo una pausa y sonrió para tranquilizarme. No lo logró, un gran desasosiego me atenazaba. Por mucho que él insistiera yo me sentía sola, muy sola. Abandonada.
—Y os conozco bien —añadió—, y aunque lo detestéis, haréis rodar cabezas cuando sea preciso.
Mi angustia tornó en rabia. Que yo haría rodar cabezas, decía. Sí, para él sería fácil, pero yo había crecido, y me había criado, en un ambiente femenino, religioso y palaciego donde aquello era muy lejano. Matar era un pecado que cometían otros. Traté de contener la furia que crecía en mí.
—Señor —alegué—, Roger no tiene experiencia como almirante, le acabáis de nombrar. Y Juan es ya un anciano.
—Pero os son fieles.
—Sí, de eso estoy segura. Aunque, una vez que partáis, el verdadero poder en la isla lo ostentará Alaimo, y dudo mucho de su fidelidad.
Pedro se mantuvo en silencio.
—Os lo sabréis ganar —dijo al final.
¡Otra! Me decía que me ganara a aquel hombre. ¿Cómo se hacía eso?
—No acudáis al duelo, señor, es una trampa —le supliqué, de nuevo, ocultando mi frustración—. Quedaos aquí conmigo, os necesito.
—Iré con tiento, señora, no paséis cuidado. Pero debo ir.
Apreté los labios, sacudí la cabeza desalentada y me esforcé por contener el coraje para que no se convirtiera en llanto.
—La reina está en lo cierto —afirmó Roger de Lauria, nuestro almirante, cuando Pedro le hizo venir para despedirse—. Nuestros espías dicen que los franceses quieren apresaros o mataros. Sois un excomulgado, señor. El papa os maldijo. No hay deshonor en traicionaros. Cualquier promesa que os hicieran no es válida para la Iglesia, y cualquier cristiano puede mataros sin pecado ni castigo.
Estábamos los tres solos en la estancia y Pedro se quedó mirando a Roger en silencio. Aquellos eran los dos hombres vivos a quienes yo más quería, aparte de a mis hijos. Roger tenía treinta y tres años, uno menos que yo. Su madre, Bella d’Amichi, fue mi nodriza, y por lo tanto éramos hermanos de leche. Yo quedé huérfana de madre cuando tenía cinco años y ella nos crio juntos, hasta que, a los doce, después de mi boda, él se incorporó, como paje, a la corte militar de mi marido. Desde entonces le había servido por tierra y mar, luchando contra nobles rebeldes, sarracenos y franceses. Roger admiraba a Pedro. Y él le correspondía con un enorme cariño.
—Lo sé, Roger —murmuró al rato Pedro—. Sé bien lo que representa la excomunión.
—El camino a Burdeos está lleno de trampas —insistió Roger.
—Gracias por vuestras advertencias —dijo Pedro elevando la barbilla—. Pero mi honor está por encima de cualquier peligro. Si no me presento en la liza el día acordado, mis enemigos me tacharán de cobarde. Y lo proclamarán al mundo entero. No tengo más opción.
Pedro se había criado en la corte aventurera de su padre Jaime, el conquistador de reinos. Y en la nuestra brillaban la caballería en todo su esplendor y los trovadores. Tenía vocación de caballero andante. Quizá esa fuera la causa, o quizá la consecuencia, de su excesiva audacia.
—Pero ¿cómo pudisteis aceptar ese duelo tan insensato? —le reproché seria y elevando la voz.
De inmediato me arrepentí. Comprendía que no había solución ni remedio. Dada mi condición de mujer, reprenderle frente a otro hombre no haría más que reforzar su propósito. En unos momentos partiríamos hacia el otro extremo de la isla, desde donde Pedro zarparía hacia España. Y yo me quedaría en Sicilia, con mis hijos, gobernando lo desconocido. Quizá no le viera nunca más. Me producía una pena terrible. ¿Qué ganaba increpándole? ¿Qué ganaba expresando mi frustración? Nada. Debía aprovechar aquellos días de camino, tal vez los últimos, para ser feliz junto a él.
En lugar de responderme furioso, me miró triste y quedó pensativo.
—Carlos de Anjou era, y se creía, el rey más poderoso de Europa —recordó después de una pausa—. Más incluso que su sobrino el rey de Francia. Era rey de Sicilia, Albania y Jerusalén; príncipe de Acaya, en el sur de Grecia; señor supremo de Túnez, y senador de Roma, con lo que controlaba el centro y gran parte del norte de Italia. Por si esto fuera poco, poseía cuatro de los más ricos condados de Francia. Y, junto al papa, preparaba un ejército nunca visto para invadir Constantinopla y el Imperio bizantino. Y en apenas unas semanas le arrebatamos la isla de Sicilia, destrozamos su flota en Nicotera y tomamos el control del estrecho. Comprendo su frustración y su furia. Me envió una carta llena de insultos llamándome traidor y felón por atacarle sin antes declararle la guerra, según exigen las leyes de caballería.
—Eso no es cierto —intervino Roger—. Fue el pueblo de Sicilia, harto de su tiranía, quien se sublevó. Y le enviamos embajadores exigiéndole que abandonara el reino, que es, por derecho, de doña Constanza. Le declaramos formalmente la guerra antes de atacarle.
—Así es, pero no tengo otra opción que defender mi honor.
Y la conversación continuó repitiendo, inútilmente, una y otra vez, los mismos argumentos. Hasta agotarnos.
—Vuestro enemigo hace ya tres meses que partió hacia Francia para prepararlo todo —le recordó Roger—. Y a vos apenas os queda tiempo para llegar.
—Tenía que dejar la isla en orden y segura. Y coronar a mi esposa reina de Sicilia tal como prometí.
Me miró dedicándome una sonrisa al tiempo que tomaba mi mano para estrecharla con cariño. Le correspondí, aunque seguía triste y enojada. Entonces se oyó un golpeteo en la puerta.
—Los caballos están preparados —informó un escudero.
Roger se arrodilló y besó la mano de Pedro, pero este le hizo levantarse para abrazarle. Era también fuerte, casi tan alto como mi esposo, tenía una nariz recta, rostro afeitado, pómulos altos, un hoyuelo en su mentón y unos intensos ojos oscuros.
—Cuidad de vuestra hermana Constanza —le dijo—. De nuestro heredero Jaime y del resto de nuestros hijos.
—Así lo haré, señor —repuso él emocionado—. Con mi vida.
Pedro se despidió, a continuación, de Jaime. A causa de la guerra, el grueso del ejército y de la flota se encontraban en Mesina, en lugar de en Palermo, la capital, y nuestro heredero debía quedarse en la ciudad representándome. Padre e hijo habían pasado gran parte de la noche conversando. Mi esposo quería inculcarle el arte del gobierno dándole todo tipo de consejos y contándole viejas historias. Yo asistí triste sin apenas intervenir. Había algo en sus palabras, en el aire que respirábamos, que me decía que aquel sería su último encuentro. Que Pedro nunca regresaría a Sicilia. Sentía miedo. Mucho miedo.
Jaime era un muchacho de dieciséis años que empezaba a mostrar vello en su rostro alargado. Había heredado de su padre su fuerte mandíbula y posiblemente llegara a ser tan alto como él. Su cabello y ojos eran castaños y tenía una mirada inteligente. Seguía con gran atención las explicaciones de Pedro.
—Seré digno de vos, padre —le dijo mirándole a los ojos.
—Lo sé, hijo —respondió él emocionado.
—No me temblará el pulso ni en la guerra ni en el gobierno.
—Aprended de vuestra madre —continuó mi esposo—. Ella os enseñará a ser rey.
—Así lo haré, padre.
Al igual que Roger antes, quiso arrodillarse para besarle la mano. No se lo permitió y le obligó a levantarse para abrazarle.
Y después de despedirnos de nuestros hijos menores, partimos a caballo, seguidos de un solemne cortejo, hacia Trapani, en el extremo occidental de la isla donde Pedro iba a embarcar. Quizá hacia la muerte, como yo temía.
Orvieto, unas semanas antes, 9 de marzo de 1283
—¡¿Cómo se os ha ocurrido aceptar semejante duelo?! —exclamó el papa irritado.
Martín IV tenía ya sesenta y ocho años. Era un hombre vivaz, bajo de estatura, regordete, con mejillas enrojecidas y unos ojos oscuros especialmente saltones cuando, como ahora, mostraban su cólera.
—¿Cómo no lo iba a aceptar si fui yo quien le reté a él? —repuso Carlos de Anjou mirándole tranquilo, sin parpadear.
El aspecto de Carlos contrastaba con el del papa. Era grande, de piel cetrina y larga nariz, con ojos de un azulón desvaído, hundidos en cuencas oscuras. Lucía una melena corta color paja y su rostro afeitado mostraba unos labios finos.
La entrevista tenía lugar sin testigos, en las estancias privadas del papa, en su palacio de Orvieto, anexo a la catedral. A pesar del fuego que ardía en la chimenea y los tapices, llenos de ángeles y arcángeles, Martín IV sentía frío y cubría su calva con un gorro de piel, al tiempo que se envolvía en una capa púrpura.
La ciudad de Orvieto se alzaba sobre una gran roca de toba volcánica, una fortaleza natural, un nido de águilas. El subsuelo estaba excavado con múltiples túneles que permitían ocultarse o huir y el papa se sentía seguro allí. Prefería aquel enclave a Roma, a pesar de que Carlos, al que el propio Martín IV había nombrado senador, su más alta autoridad, la dominaba. A los romanos no les gustaba aquel papa francés.
Porque Martín no solo era francés, sino que su fidelidad a la familia real gala era absoluta. Después de ostentar altos cargos en la corte de Francia, fue nombrado cardenal por otro papa francés y fue el responsable de la proclamación de Carlos como rey de Sicilia.
Carlos le pagó unos años más tarde haciendo encarcelar, en un violento asalto al cónclave, a los cardenales italianos que se le oponían, e intimidando al resto para que le eligieran papa. Desde entonces, Martín apoyaba al de Anjou con todos los medios posibles. Excomulgaba a sus enemigos, usaba el poder de la Iglesia en su favor y vaciaba las arcas pontificias para financiar sus guerras.
Carlos era, a los ojos de Martín, su brazo armado, el destinado a imponer por la fuerza la voluntad de la Iglesia. Aunque el de Anjou, consciente de su poder, opinaba, aún sin evidenciarlo, que era el papa quien estaba a su servicio.
—Pero ¿cómo osasteis proponer un juicio de Dios por las armas? —clamó Martín—. ¡Es un insulto! ¡Un desafío a mi autoridad!
Carlos se encogió de hombros y le mantuvo la mirada sin parpadear.
—¡Yo soy el representante de Dios en la tierra! —continuó el pontífice—. ¡Yo soy quien decide en su nombre! No debe haber combate. He excomulgado a Pedro de Aragón y os he bendecido a vos. Es cosa juzgada. Dios está de vuestro lado.
—¿Entonces por qué no frena su avance? —Era ahora Carlos quien mostraba su irritación—. Aún espero que la cólera divina le fulmine con un rayo.
—Los designios del Señor son inescrutables a veces —se defendió Martín.
—Pedro nos echó de la isla de Sicilia, nos ha derrotado en el mar, controla el estrecho, lo ha cruzado y se aposenta ya al otro lado —continuó Carlos—. Asola nuestras costas y quizá nos obligue a abandonar Calabria.
—¡No lo puedo entender! —exclamó Martín—. Vuestra flota y vuestro ejército son mucho mayores. ¡Y nos cuestan una fortuna!
—Los aragoneses han sido afortunados y Pedro es un buen líder. Por eso quiero alejarlo de Sicilia.
—En todo caso, ¡ese juicio de Dios es un insulto para la Iglesia! ¡Y os prohíbo que os presentéis en Burdeos!
El papa era pequeño de tamaño, pero contaba con una potente voz que hizo tronar de nuevo, airado.
—No os obedeceré, santidad. —Carlos le observaba tranquilo—. Y os diré por qué.
Martín, sorprendido, se quedó mirándole con la boca entreabierta.
—Pedro envía cartas a toda Europa alardeando de sus victorias —continuó el rey—. Y también a las ciudades costeras de mi reino incitándolas a que se subleven contra mí, como hicieron los isleños. Les dice que domina el mar y les promete protección. Sí, le habéis excomulgado, pero…
—¡Y le volveré a excomulgar! —le cortó el pontífice colérico—. ¡Y le quitaré sus reinos de España para entregárselos a vuestro sobrino el rey de Francia!
—Me alegro —dijo Carlos impávido—. El caso es que Pedro no os obedece. Calmaos, santidad, y dejad que os cuente. Os lo suplico.
El papa se le quedó mirando y el de Anjou supo que le iba a escuchar.
—Cuando Pedro nos echó de la isla, venció a nuestra escuadra y cruzó el estrecho, me vi desbordado. Parecía que pronto iba a llegar a Nápoles y busqué la forma de detenerle con un ardid, ya que no podía con las armas.
Martín gruñó; atendía.
—Le tengo estudiado —siguió Carlos—. Al igual que ocurría con su padre, tiene una idea trasnochada de la caballería y del honor. Y presume de trovador. Ese es su punto débil, así que le envié una carta llena de insultos diciéndole que se había deshonrado comportándose como un traidor. La respuesta me llegó con sorprendente rapidez; había dado en el blanco. Así que mi siguiente paso fue retarle a un duelo a muerte y que Dios decidiera de quién era Sicilia.
El pontífice volvió a gruñir, ahora como un mastín. Pensaba que Sicilia era suya y que podía cederla a quien quisiera. Aunque se mantuvo callado.
—Él aceptó, pero entonces le dije que era un cobarde ventajista, puesto que yo tengo cincuenta y seis años y él solo cuarenta y tres —siguió Carlos—. ¡Y accedió a cambiar el duelo personal por una batalla campal con cien caballeros de cada bando! ¡Gran error! Nuestra caballería es mucho mejor que la española, y solo Francia, mucho más poblada y rica, tendrá veinte veces más caballeros que toda la Corona de Aragón. Y a eso sumad los de mis propios reinos. Tengo donde escoger. Mis caballeros serán mucho mejores.
—¿Y por qué aceptó Burdeos? —inquirió el pontífice, ahora interesado—. Está en Francia, territorio enemigo para él.
—Porque él confía en Enrique I de Inglaterra —explicó Carlos—. Su hijo mayor está comprometido con una hija del inglés. Y conocéis bien la curiosa situación del ducado de Aquitania, donde se ubica Burdeos.
—Sí —dijo el papa—. Enrique es duque de Aquitania, que pertenece a Francia. Así que es rey independiente en Inglaterra, pero en Aquitania es vasallo del rey francés y le debe obediencia.
—¡Exacto! —Sonrió Carlos mostrando sus caninos—. Pedro aceptó Burdeos como territorio neutral y que Enrique de Inglaterra arbitrara el duelo, garantizando imparcialidad y protección. Así que nos cruzamos cartas de desafío a finales del año pasado. Y las hicimos públicas. No solo Europa sabe del duelo. También el Imperio bizantino, el rey de Túnez y Tierra Santa. Si os obedezco y no acudo, no me valdrá excusarme en vuestras órdenes. Pedro me tachará de cobarde y lo hará saber a todo el mundo. Con todo mi respeto, santidad, no os puedo obedecer.
—¡Ni yo consentir ese duelo! —Martín elevó la voz, de nuevo irritado—. Es un insulto a mi autoridad.
Carlos sonrió satisfecho y el pontífice le miró sorprendido.
—Precisamente, eso es lo que debéis hacer, santidad.
La sorpresa de Martín aumentó. No entendía.
—No lo consintáis —siguió Carlos—. Prohibidle al rey de Inglaterra mediar. Él no se atreverá a desobedeceros. Y yo no os puedo obedecer porque está en juego mi honor de caballero. Todo el mundo entenderá y excusará mi desobediencia. Y ¿qué pasará cuando el rey inglés renuncie a su arbitraje y protección?
Martín se encogió de hombros.
—Que mi sobrino el rey de Francia, su señor, reclamará el control directo de aquellas tierras durante el duelo. Y el inglés tampoco se negará porque no quiere enfrentarse a su poderoso señor. Y entonces tenderemos a Pedro una emboscada. Y le obligaremos a devolver la isla de Sicilia.
—¿Y si muere?
—Mucho mejor. El ejército aragonés se desmoronará y será vencido.
El pontífice quedó pensativo.
—Ayudemos a Dios a ayudarnos —añadió Carlos ante su silencio.
—¡No blasfeméis! —se indignó el papa—. ¡Ese cinismo sacrílego es impropio de un servidor de la Iglesia como vos!
—No quería ofenderos, santo padre —murmuró Carlos ahora sumiso—. Pero ya sabéis lo que dice el populacho: «A Dios rogando y con el mazo dando».
Martín gruñó observando la expresión de su interlocutor. Le pareció que sus finos labios se contraían esforzándose en disimular una desvergonzada sonrisa. Y a punto estuvo de gritarle de nuevo. Pero se contuvo. Al fin y al cabo, Martín era un hombre de Estado. Había que acabar con Pedro y aquel era un buen plan. La desobediencia de Carlos menoscababa la autoridad de la Iglesia, pero las victorias de un excomulgado sobre el brazo armado de esta la desprestigiaban mucho más.
—Si el rey de Inglaterra no garantiza su seguridad, Pedro no acudirá —dijo Martín pensativo—. Tendrá la excusa perfecta.
—Si no se presenta en Burdeos, proclamaré su cobardía. Y lo sabrá todo el mundo. Por mucho que quiera justificarse, su prestigio de caballero quedará mancillado.
—Poco beneficio es ese.
—No, al contrario, el honor de un rey es algo importante. Y conozco a Pedro. A pesar de la falta de garantías, acudirá. Su orgullo le ha de perder.
—Ese combate es un desprestigio para la Iglesia —insistió Martín—. No debe ocurrir.
—No os preocupéis, santidad. —La sonrisa del de Anjou era ahora más amplia—. No habrá combate. Interceptaremos a Pedro, y a los suyos, antes de que lleguen a Burdeos. Y si llegan, los capturaremos. Él es un excomulgado y será encarcelado por orden vuestra. Si se resiste, morirá.
Carlos se quedó mirando al pontífice sin disimular ahora una sonrisa de triunfo. Sentía que le había convencido.
—Pedro de Aragón caerá en nuestras manos, santidad —afirmó ante el silencio del papa—. Le esperaré en Burdeos, y si no acude, haré saber de su cobardía a toda la cristiandad.
Martín IV le observó callado, pensativo. Afirmaba, de forma imperceptible, con la cabeza.
Marsella, 25 de abril de 1283
Cuando Carlos de Anjou llegó a Marsella, la capital de su condado de la Provenza, llevaba ya más de tres meses de camino desde que abandonó Regio de Calabria, en la punta de la bota italiana.
Antes de partir le había transferido sus poderes a su hijo Carlos, dejándole responsable de la guerra, aunque no confiaba demasiado en aquel joven al que llamaban el Cojo y estaba contrahecho. Le avergonzaba que su vigoroso tronco hubiera dado una rama tan endeble. Pero era su único hijo varón superviviente. Y tenía con él al conde de Alençon, sobrino suyo y hermano del rey de Francia, un caballero modelo del que sí hubiera deseado ser su padre. Y también le acompañaban el legado papal, el cardenal Gerardo Bianchi de Parma y otros barones. El joven Carlos debía frenar la acometida aragonesa hasta que él regresara con un gran ejército, después del duelo de Burdeos. Por desgracia, no había llegado aún a Nápoles cuando supo del ataque almogávar a Catona y del asesinato del brillante conde de Alençon, hermano del rey francés. La noticia le llenó de rabia y tristeza.
El recorrido hasta Burdeos iba a llevarle cuatro meses y medio en total. Pero aprovechaba bien el tiempo. En la guerra era crucial mucho de lo que ocurría lejos del campo de batalla. Y él sabía de guerras. Tenía muchos amigos y aliados. Y Pedro no tenía ninguno. Nadie se atrevía a enfrentarse al papa. Solo el loco del rey de Aragón.
Desde finales de enero a mediados de febrero estuvo en el norte de su reino, especialmente en Nápoles, asegurando fidelidades, reclutando tropas y acelerando la construcción de naves. Como senador, era la máxima autoridad en Roma, y allí obtuvo recursos en hombres y dinero. En marzo estuvo en Orvieto con el papa, su fiel aliado. Su siguiente parada fue Florencia, donde reforzó alianzas y obtuvo generosos préstamos de sus banqueros. De allí se dirigió a la costa para embarcarse hacia Marsella.
Tan pronto como llegó a la capital de su rico condado ordenó armar veintiuna galeras para enviarlas al sur. Junto a las que construía en Italia, debían acabar con la supremacía naval aragonesa en el estrecho de Mesina.
Lo primero que hizo en Marsella fue entrevistarse con el almirante que mandaba las galeras provenzales que huyeron en la batalla de Nicotera, cinco meses antes.
—Sois un cobarde —le espetó Carlos frente a sus subordinados.
—Salvé nuestras naves y a sus tripulaciones, sin que los aragoneses las pudieran capturar, tal como hicieron con las napolitanas —se defendió el hombre—. Siguiendo vuestras órdenes, licenciamos en Regio a gran parte de los marinos y ballesteros y no contábamos con tropas de asalto. Volvíamos a casa de vacío.
—¿Me culpáis a mí de vuestra cobardía? —inquirió Carlos amenazando al marino con su vara de mando.
—Señor, gracias a mí conserváis esas naves que hoy hacéis armar —repuso el almirante—. No estábamos preparados para el combate. Las galeras aragonesas iban cargadas de ballesteros y almogávares. Y su fuerza de remo, con tanta gente, era mayor. Las nuestras iban medio vacías. Yo salvé vuestras naves. Los pisanos y genoveses, que estaban en la misma situación, también evitaron el combate.
—¡Pero ellos eran simples mercenarios! —Carlos enrojecía de cólera—. ¡Duplicabais en número a las naves aragonesas! ¡Abandonasteis a los napolitanos! ¡Por vuestra culpa perdí veinte galeras!
—No, señor. Gracias a mí salvasteis las nuestras. Les duplicábamos solo en número de embarcaciones. Con la gente adecuada, hubiera peleado y vencido.
—¡Maldito! —rugió Carlos—. ¡Excusas de cobarde!
Y, furioso, le propinó un fortísimo golpe con la vara, que le alcanzó en la boca cuando iba a hablar. Le hizo saltar un par de dientes. El almirante, sangrando, se cubrió la herida con la mano sin dar crédito a lo que ocurría. Pero con un gruñido Carlos siguió golpeándole. El hombre no se defendía, solo trataba de protegerse la cabeza con los brazos. Carlos era un hombre grande y fuerte, y el otro, aunque alto, tenía constitución delgada. Cuando el rey terminó con él, estaba tendido en el suelo, ensangrentado. Entonces Carlos se dirigió a su mayordomo.
—Ahorcadlo —le dijo—. Ahora mismo, aquí, en el patio.
E hizo que todos fueran testigos de la ejecución.
—Ved el destino de los cobardes —sentenció cuando el infeliz dejó de patalear.
Los oficiales, horrorizados, afirmaron con la cabeza.
—¡Guillaume Cornut! —vociferó entonces Carlos.
Uno de los presentes se adelantó un paso.
—¡Señor! —dijo.
Era un marino marsellés de gran prestigio como corsario. Tenía treinta y cinco años y superaba a todos en altura, era un gigantón fornido como un toro. Poseía una frente ancha y su pelo y barba eran espesos y oscuros.
—Os nombro almirante.
Y con un gesto enérgico hizo venir a su mayordomo, que había recogido del suelo la vara de mando del almirante ejecutado. Carlos se la entregó a Cornut, que se había arrodillado para besarle los pies.
—No regreséis ni huido ni derrotado —le dijo haciéndole levantar con un gesto.
—Regresaré con la cabeza del almirante aragonés, señor —dijo Cornut irguiéndose—. Y os la entregaré.
—Eso espero. —Y Carlos le besó en la boca.
Era el vínculo de fidelidad feudal, pero al nuevo almirante aquel beso le supo muy amargo. Era un hombre fuerte y valeroso, pero, al igual que el resto de los oficiales, estaba sobrecogido. Sabía que su predecesor tenía razón y que había actuado como un jefe responsable. Le lanzó una mirada. Colgaba de la soga, y la sangre que antes, desde su boca, se deslizaba por la barba había dejado de manar. Quedaba un pequeño charco a los pies del cadáver.
—Quiero que tanto tripulación como soldados y ballesteros de esas veinte galeras sean todos provenzales —le ordenó a continuación Carlos—. Por tradición y cercanía, tienen que ser tan buenos o más que los catalanes. Y quiero que las galeras lleven el doble de munición y armamento de lo habitual.
—Somos mejores, señor. Y os lo demostraré.
—Tan pronto como esté la flota lista partiréis hacia Nápoles, donde estaréis al servicio de mi hijo el príncipe de Salerno. Limpiaréis el estrecho de naves aragonesas y sicilianas. Pero primero navegaréis hacia Malta y Gozo. Esas islas son vitales para mantener el vasallaje de Túnez y los sustanciosos impuestos que me pagan. Se sublevaron cuando lo hizo la isla de Sicilia, pero nuestra guarnición en el castillo del Mar los obligó a retirarse a la población principal. Matad a los aragoneses de Malta y castigad a los traidores.
—Lo haré, señor.
Cornut supo que solo podía regresar victorioso o muerto.
Camino de Mesina a Trapani (Sicilia), finales de abril de 1283
Supe que iba a morir.
Vi a aquella víbora surgiendo de entre las matas del camino y cómo mordía una pata de mi montura. Era una yegua joven que entró en pánico y tras desbocarse, emprendió una loca carrera, cuesta abajo, por un terreno pedregoso que conducía a un barranco. No lograba controlarla y en aquellos instantes, que se me antojaron eternos, me asaltó el recuerdo fugaz de mi cuñada, hermana de Pedro, la hermosa Isabel, reina de Francia, que se partió el espinazo en una caída de caballo al cruzar un río. Estaba embarazada y su terrible agonía se prolongó varios días.
Apenas lograba mantenerme en la montura, mientras tiraba desesperada de las riendas, y oía alejarse los gritos angustiados de mis compañeros de viaje. Mi pensamiento voló a mis hijos, los tres que quedaron en España y los tres llegados conmigo a Sicilia. ¡Eran tan jóvenes! ¿Qué sería de ellos?
—¡Señor Dios mío, ayudadles! —musité—. ¡Y apiadaos de mí!
Me dije que debía saltar, abandonar aquella yegua enloquecida, aunque hacerlo era casi tan suicida como seguir montada, y me incorporé sobre los estribos tratando aún de detenerla. El vacío se abría al frente y comprendí angustiada que ya no daba tiempo. Seguiría el destino del animal.
—¡Piedad, Señor, piedad!
Nos precipitábamos ya a un abismo cuajado de rocas cuando noté un violento tirón en la cintura y como unos fuertes brazos me elevaban de la silla. Sentí que volaba mientras veía como la yegua tropezaba para después despeñarse.
—Ya pasó, estáis a salvo. —Reconocí su voz.
Pedro era un excelente jinete y me alcanzó gracias a su potente caballo. Estaba acostumbrado a guiarlo en combate solo con las piernas, mientras sostenía la lanza y el escudo, y no le costó arrancarme de mi silla en el último instante. Al poco se detuvo, me depositó en el suelo y desmontó de un salto. Estaba pálido y sus ojos grises denotaban alarma y preocupación.
—¿Os encontráis bien? —inquirió ansioso.
No pude responderle, noté que me fallaban las piernas y me senté. Él me acompañó abrazándome. Cerré los ojos, cuajados de lágrimas, tratando de recuperar la respiración mientras correspondía a su cariño. Me sentía protegida, amparada, agradecida. Me hubiera gustado mantener aquel abrazo para siempre.
—Gracias, señor —murmuré cuando pude hablar—. He visto a la muerte.
—No me las deis. Sois mi dama, mi vida. Hubiera muerto con vos de no poder salvaros.
Quedé en silencio. Aún me faltaba el aliento. Su dama, pensé. Y de repente me sorprendí al sentir una intensa rabia. La que había estado creciendo en mi pecho los últimos días sin que apenas me diera cuenta. Y en aquel instante, de forma inesperada, estalló.
—¿Vuestra dama? —inquirí jadeante.
La cercanía de la muerte había diluido mi recato, mi contención.
—Sí —repuso sorprendido ante la entonación de mi voz.
Le golpeé con mi puño, fuerte, en el pecho.
—Entonces ¿por qué me abandonáis cuando más os necesito? —le dije furiosa—. ¿Vuestra dama? ¡Palabras, solo palabras!
Nunca le había pegado y me asombraba de cómo había pasado del pánico al enojo. Me sentía indignada.
—Ya os lo expliqué. Muchas veces, señora.
—Pues no lo entiendo. ¿Por qué os jugáis la vida de esa forma absurda yendo a Francia? ¿Por qué me dejáis?
Él me miró a los ojos, respiró hondo y me habló tranquilo.
—Es nuestro destino, señora. Nuestra obligación.
—No lo creo.
—Veo que no lo he sabido explicar.
Callé para escucharle, deseaba entenderle, que me convenciera, quería vencer el sentimiento de abandono que me embargaba.
—Hace setenta años, los franceses mataron a mi abuelo en esa cruzada en la que nos robaron Provenza y otros territorios de Occitania. —Hizo una pausa mirándome intenso a los ojos—. Después, en otra cruzada, también los franceses, mataron a vuestro padre para arrebatarle Sicilia. Y a continuación se apoderaron de distintos territorios del Mediterráneo, entre los que se encuentra el emirato de Túnez, que era vasallo de Aragón. Y les siguió Navarra, cuando legalmente debiera ser nuestra. Nos estaban asfixiando. ¿Con qué se hubieran quedado después si no les hubiéramos hecho frente? ¿Qué más habrían tomado por la fuerza? ¿Nuestros reinos? ¿Toda España?
Dejó la pregunta en el aire. Se acercaba gente de nuestra comitiva llamándonos. Nos habíamos alejado mucho. Pedro los detuvo con un gesto.
—Y ahora les devolvemos el golpe con Sicilia —añadió—. Es nuestro deber.
—Señor, Carlos de Anjou, el papa y Francia son cien veces más poderosos que toda la Corona de Aragón —le recordé.
—No lo son tanto —repuso tranquilo—. Y contamos con los sicilianos y la justicia de Dios. Hay que detenerlos. Esa es vuestra misión en Sicilia. Y no solo debéis defender la isla de la invasión francesa, sino conquistar el resto del reino. Es vuestra obligación para con vuestro padre y para con nuestros hijos.
No respondí. Me sentía abrumada.
—Y mi deber, señora, es acudir a ese duelo y dejar el honor de Aragón intacto —siguió—. Y después asegurar la defensa de nuestros reinos en España, que, con toda seguridad, sufrirán la ira francesa.
Me mantuve en silencio. Él tomó mis manos y las besó.
—Os prometo, señora, que cuando lo consiga regresaré a vuestro lado.
—Yo no quería nada de todo esto —murmuré en lágrimas—. En ningún momento lo pedí.
No creía que él lograra regresar.
—Esa es mi suerte, señora, y la vuestra como esposa mía.
Aunque ya conocía todo aquello, no podía evitar sentirme abandonada, temerosa e insegura. Pero como hija de mi padre y esposa de mi esposo debía asumir, como pudiera, la gran responsabilidad con la que el destino, y mi marido, me cargaban. Aún notaba la muerte cercana y me sentía incapaz de sobrellevar aquellas mis obligaciones. ¡Eran tan poderosos nuestros enemigos!
El 5 de mayo llegamos a Trapani, desde donde Pedro partiría hacia España. Aquel último día lo pasamos en privado, alejados de todos. Pronto cumpliríamos el vigesimoprimer aniversario de boda y, después de recordar nuestra azarosa vida, hablamos de nuestros hijos y del futuro. Nos amamos. Quizá fuera la última vez que yo disfrutara del sexo. Sabía que él, en cambio, no. Pensarlo me alteraba, pero me tragué la furia. No quería despedirme con un enfado.
El día siguiente amaneció gris y sin sol. Nubes oscuras cubrían el cielo y el mar se movía inquieto con oleaje picado.
—Señor, os pido que no me humilléis con aventuras en la corte —le dije firme cuando estaba a punto de embarcar.
Él sabía perfectamente a qué me refería. Al inicio de nuestro matrimonio tuve que enfrentarme a sus amantes. Que todo el mundo conocía. Me costó lágrimas y astucia ganar esa batalla, pero, conforme me fui haciendo mujer, logré que las dejara. Pedro era un hombre atractivo y las damas caían fácilmente en sus brazos. A pesar de los años que llevábamos juntos, pensar en sus aventuras me producía un disgusto indescriptible. Pero me era imposible evitarlas. Íbamos a estar años alejados y le pedía discreción. Yo también tenía mi honra.
—No os humillaré —repuso firme—. Jamás lo he hecho desde que os lo prometí.
—Gracias, señor.
—Cuidad de nuestros hijos, señora —me dijo después de una pausa, con una sonrisa triste—. Os amo y volveré.
Demoré mi mirada en sus pupilas. Soplaba un tormentoso viento de levante, en dirección a España, que agitaba su cabello castaño claro. Pedro decía que volvería y yo fingía creerle, cuando sabía que iba hacia una trampa en tierras enemigas. Y él sabía que yo lo sabía. Si sobrevivía, le seguiría la invasión francesa protagonizada por un enemigo de una superioridad aplastante. Iba a meterse en las fauces del león. Y nada podía hacer yo para evitarlo.
Me besó las manos, después la boca, y me dio un fuerte abrazo.
—Volveré —dijo.
Me acurruqué contra su pecho.
—Rezaré por ello, mi señor. —Las lágrimas inundaron mis ojos.
Nos besamos de nuevo y, firme, se dio la vuelta para embarcar. Sonaron las cornetas, los pitidos, los timbales y los vivas acompasados de ballesteros y tripulación en su honor.
Después vi como la flotilla, velas henchidas, se hacía a la mar para ir empequeñeciéndose hasta desaparecer. El viento quería arrancarme la toca con la que cubría mi pelo.
Mi marido navegaba rumbo a su destino. Hacia el peligro, la traición y quizá la muerte. Me puse a rezar. Me sentía triste y desanimada.
Su vida no era mi única inquietud. Un oscuro sentimiento de soledad me embargaba. Y el día gris me traía funestos presagios. Sí, allí iba mi esposo a enfrentarse al peligro. Aunque para él quizá sería una de aquellas aventuras caballerescas con las que tanto gozaba. Pero a mí me dejaba sola, me abandonaba cuando más le necesitaba. Yo también me iba a enfrentar a grandes peligros, pero sin su preparación ni su entusiasmo. ¿Por qué no se quedaba conmigo? ¿Era su honor más importante que mi amor? Para él, sí. Me dejaba viuda antes de hora. A partir de aquel momento, el amor solo me llegaría por carta. Pero a él no. Era muy injusto. Mi tristeza se tiñó de rabia.
San Martino (Calabria), el mismo día
—¡No! —gritó—. ¡No!
Se levantó del lecho de un salto, tropezó con la bacina, su pierna derecha le falló y cayó al suelo. Se quedó hecho un ovillo, como esperando a ser golpeado.
¡Otra vez aquel sueño terrible! Se repetía en sus noches. Solo que no era un sueño. Era un recuerdo.
Carlos II, conde de Provenza, príncipe de Salerno y heredero del reino de Sicilia veía a su primo. Muerto. Tal como lo encontró al acudir en su auxilio con su caballería hacía ya casi cuatro meses. Nunca podría olvidarlo.
Estaba de pie, con una lanza corta que le penetraba por un ojo y le clavaba en la puerta de roble de su cámara. Vestía una lujosa armadura, que de nada le sirvió, tenía la boca abierta en un grito inaudible de horror y su otro ojo miraba aún espantado hacia el lugar donde estuvo su asesino. Sus brazos caían inertes a lo largo de su cuerpo y en el suelo descansaba la espada con la que trató de defenderse.
Pierre, conde de Alençon, era mucho más que un primo para él, era el hermano mayor del que carecía. De treinta y un años, alto, galante y distinguido, poseía una sonrisa fácil y representaba la flor y nata de la caballería francesa. Pierre, hermano del rey de Francia, había sido su mayor apoyo y consuelo. Confiaba en él; siempre le defendía frente a su exigente y tiránico padre. Y también frente al papa.
Soltó un gemido, no de dolor físico, sino de horror y pena. Era casi un aullido.
—¡Guardia! —oyó que gritaba una mujer asustada en la oscuridad—. ¡A mí la guardia!
Reconoció la voz. Era Margarita, su amante. La mujer que le calentaba el lecho y le consolaba el alma durante la campaña militar en Calabria.
Se incorporó de un salto. No quería que los soldados le vieran de aquella guisa. Entraron con candiles, espada en mano, y encontraron a su señor de pie. Por mucho que Carlos se esforzara, su aspecto no los iba a impresionar. Fruto de un parto difícil, salió contrahecho. Tenía la columna torcida, una leve joroba y un hombro más alto que el otro. Estuvo a punto de morir al nacer, volvió a estarlo tras una caída de caballo que le dejó una cojera permanente y, poco antes de casarse, casi lo mata una enfermedad. Sabía que era una decepción para su padre, que no quiso nombrarle caballero a los catorce años, como era costumbre, sino que esperó a los dieciocho para que presentara un aspecto más digno. Aun así, le estuvo mirando con una mueca de disgusto en los labios durante la ceremonia. Al gran Carlos de Anjou no le agradaba la idea de que él heredara el imperio que estaba creando. Y el joven Carlos sospechaba que, de haber sobrevivido cualquiera de sus dos hermanos varones más jóvenes, él estaría ahora muerto.
—No ocurre nada —les dijo a los soldados fingiendo calma—. Regresad a la guardia.
Margarita esperó a que salieran para saltar de la cama, abrazar a Carlos y conducirlo al lecho.
—Venid conmigo, señor —le susurró—, que os daré calor y cariño.
Estaba muy tenso y apenas dormía desde la muerte de su primo, pero ella sabía cómo relajarlo. La debilidad de Carlos podía afectar a sus brazos y piernas, pero de ninguna manera a su quinto miembro. Contra todo pronóstico, el lisiado era un excelente amante. No solo por su desempeño físico, sino por el cariño y la ternura que era capaz de dar.
Margarita, una calabresa de la pequeña nobleza de origen normando, rubia, de ojos azules, de sonrisa dulce y curvas generosas, amaba a Carlos. Lo encontraba incluso guapo. El príncipe poseía la alargada nariz propia de su familia, ojos oscuros, tez clara y expresión bondadosa. Aunque ella sabía que, tan pronto como regresara a Nápoles, Carlos la abandonaría para serle de nuevo fiel a su esposa, que, con tan solo veinticinco años, le había dado ya ocho hijos y estaba embarazada del noveno. Seis de ellos eran varones y aseguraban la continuidad de la dinastía Capeto-Anjou. Ese era uno de los pocos méritos, junto a su capacidad de supervivencia y buen juicio, que el rey le reconocía a su hijo.
A Margarita le hubiera encantado seguirle a Nápoles como su amante oficial, o secreta. Pero él le dijo que María, su esposa, sería la única y que ella se quedaría en Calabria.
A pesar de su desahogo con Margarita y del cariño de la muchacha, Carlos no logró relajarse. Su padre había partido hacia Francia dejándole a él al mando de sus ejércitos. Debía contener los envites de la armada siciliano-aragonesa mientras el viejo Carlos reunía un nuevo ejército para recuperar la isla de Sicilia en primavera.
Antes contaba con el consejo y apoyo de sus primos Pierre de Alençon y Roberto de Artois. También del legado papal, el cardenal Bianchi, y de un conde calabrés.
Pero Roberto se encontraba en Francia reclutando caballeros y tropa para la ofensiva de primavera; sabía que el cardenal, siempre crítico, era un espía del papa, y no congeniaba con el arrogante conde. Y, por desgracia, Pierre, su único apoyo firme, había sido asesinado de forma atroz.
El recuerdo de aquella alba aciaga regresó. Al llegar a la población de Catona en su ayuda, presenció un lúgubre espectáculo. Las columnas de humo de los edificios en llamas se elevaban funestas hacia un cielo gris que parecía no querer abandonar la noche, y las calles estaban repletas de cadáveres franceses. Corrió a la gran casona, cuartel general de su primo, y, amontonados frente a la puerta de su estancia, encontró los cuerpos de sus mejores caballeros, muertos protegiéndola. Sacrificio inútil. Aquellos diablos llamados almogávares se encaramaron a la techumbre, para quitar las tejas y las vigas, y saltaron al interior de la cámara. Y allí le vio, de pie, clavado en la puerta por una azcona que le había entrado por un ojo y traspasado el cráneo. Nunca jamás podría olvidar aquella visión y rezaba para que no le torturara el resto de sus noches.
El asalto a Catona fue una acción al amanecer, después de un desembarco nocturno que sorprendió a los caballeros de Pierre sin darles tiempo ni siquiera a vestir armaduras. Aquello podía explicar, en parte, la terrible derrota. Pero Carlos no terminaba de comprender cómo el desastre había alcanzado aquella magnitud. Fue un golpe de mano en el que aquellos diablos mataron, incendiaron y robaron para embarcarse de nuevo y regresar a la isla antes de que él pudiera llegar en ayuda de su primo. ¿Quiénes y qué eran aquellos que causaban tales estragos?
Solo habían dejado atrás media docena de cadáveres. Vestían con pieles, tenían aspecto rústico, y en una ciudad se les tomaría por pordioseros. Y sus armas, una lanza corta del tipo azcona, un par de venablos, una mala espada y una daga, eran tan pobres y primitivas como el resto. Carlos no podía entender cómo aquellos desarrapados podían provocar semejante daño.
Pero, al día siguiente de la masacre de Catona, capturaron a un almogávar vivo y Carlos quiso saber a qué se enfrentaba. Era un tipo recio que no alcanzaba la treintena, con una frondosa barba, pelo enmarañado negro y marcas de viruela en la cara. Decía llamarse Galcerán.
Había recibido un mazazo en la cabeza que, a pesar de la somera protección que llevaba, le hubiera partido el cráneo a cualquiera. Pero a él solo le había dejado inconsciente. El joven Carlos le concedió quince días para que se recuperara y le retó a enfrentarse a uno de sus caballeros. De perder, encontraría la muerte, y si vencía, la libertad. Galcerán aceptó y en un instante, a pie, derrotó a uno de los mejores caballeros de Carlos. El almogávar derribó de un certero lanzazo al caballo que cargaba contra él para arrojarse sobre el caballero caído antes de que pudiera reaccionar.
—¿Entendéis cómo ese pastor de cabras por el que no pagaríamos ni un cuarto de onza de oro en el mercado de esclavos ha podido vencer a uno de nuestros mejores caballeros? —Se desesperó el príncipe.
Se encontraba reunido en el castillo de Regio con el cardenal y el conde calabrés.
—Ha matado a un caballo de combate que cuesta una fortuna —murmuró el conde.
—Y estuvo a punto de terminar con la vida de un prometedor joven que desde los ocho años no hace otra cosa que practicar con armas y caballos —continuó el cardenal Bianchi—. Y que iba protegido con una carísima armadura y con espada, daga, maza y lanza de buen acero. ¡Nuestra mejor unidad de combate!
—Al menos ahora sabemos a qué nos enfrentamos —dijo Carlos pensativo—. Habrá que adaptarse a ese enemigo. Para empezar, hay que proteger mejor a los caballos.
Y se preguntó qué hubiera hecho su padre en aquella situación. Temía su crítica. El día anterior a la muerte de su primo había delegado todos sus poderes en él para después partir hacia Francia y preparar su duelo con Pedro de Aragón. Él, el cojo contrahecho, y solo él, era ahora el responsable del desarrollo de la guerra. No quería defraudar a su progenitor.
Pero tampoco podía permanecer allí a merced de aquellos asaltos por sorpresa. Además, Pedro ya había intentado aislar el sur de Calabria del resto del reino desembarcando tropas más al norte. Si lo lograba, su ejército pasaría hambre y sufriría el continuo acoso de aquellos diablos vestidos de pastores y armados con venablos.
—Mañana nos retiraremos al norte de Calabria —anunció—, a la llanura de San Martino, donde nuestra caballería puede actuar sin impedimentos.
—Eso disgustará al papa y a vuestro padre —le dijo el legado papal severo.
El cardenal Gerardo Bianchi de Parma, de cincuenta y ocho años, vestía con elegancia, era corpulento, tenía papada y le miraba con unos ojos acuosos de color castaño. Carlos estaba harto de aquel hombre. Y de los enfados y menosprecios de su padre.
—Más le disgustaría otro desastre —le respondió firme—. Mañana nos retiramos.
Una semana después, Pedro de Aragón desembarcaba en la península y era recibido en Regio con los vítores de sus tropas, que habían ocupado ya gran parte de Calabria.
El joven Carlos regresó al presente desde sus recuerdos. De aquellos sucesos hacía ya cuatro meses. Había logrado detener el avance aragonés por tierra, pero aquel momentáneo confort no le tranquilizaba. La visión de su querido primo clavado en la puerta de roble continuaba torturándole por las noches y el amoroso consuelo de Margarita apenas mitigaba su angustia.
Mesina, 15 de mayo de 1283
Después de despedirme de mi esposo, me apresuré a acudir junto a mis hijos. Tenía tres en la isla: Jaime, el heredero del reino insular, con tan solo dieciséis años; Federico, de once, y Violante, de diez. Con ellos asegurábamos nuestra dinastía en Sicilia. En España quedaron Alfonso, de dieciocho, heredero de la Corona de Aragón; Pedro, de ocho, e Isabel, de doce, que, por matrimonio, era reina de Portugal y vivía en Lisboa. Afortunadamente, su boda se había celebrado antes de que Pedro fuera excomulgado por el papa. De lo contrario, no hubiera podido casarse.
Tan pronto como llegué al castillo de Matagrifone convoqué el consejo del reino de Sicilia. Nos reuníamos alrededor de una mesa en una sala de tamaño mediano cubierta por artesonados de madera decorada con motivos geométricos árabes que se sustentaban sobre unos finos arcos apuntados. En una de sus paredes se abrían tres ventanales que, desde la altura, mostraban los tejados rojizos de la ciudad, su gran puerto y un día lluvioso, triste. Era mi primer consejo y me sentía inquieta e insegura.
—Necesitamos construir más galeras si queremos frenar la invasión angevina —dijo Roger—. De lo contrario, su ejército pondrá pie en la isla dentro de muy poco.
Su responsabilidad, como almirante, no solo incluía la acción bélica, sino también la actividad de los astilleros y suministros.
—No hay dinero para más galeras —repuso Juan de Prócida.
Yo presidía la mesa y al otro extremo se encontraba mi hijo Jaime. Veía como sus ojos castaños iban atentos de uno a otro según hablaban. Disimulaba su inquietud. Su faz algo alargada y su fuerte mandíbula me recordaban a Pedro. A mi derecha se sentaba Roger. Tenía treinta y tres años y era hábil e inteligente, y su fidelidad a nuestra familia, inquebrantable.
A mi izquierda estaba Juan. Confiaba tanto en él como lo hacía con Roger. Juan era el senescal del reino, como ya lo había sido en Sicilia sirviendo a mi padre; antes, a mi abuelo el emperador, y después, en Aragón, a mi esposo. Su criterio era valiosísimo, y sus contactos internacionales, inigualables. A pesar de sus setenta y tres años, edad casi inalcanzable, poseía una asombrosa vitalidad, sus ojos oscuros miraban firmes y seguros, y su pelo y barbas, completamente blancos, le conferían un solemne aspecto bíblico.
—Pues hay que encontrar el dinero —insistió Roger firme—. Como sea. Mis espías dicen que Carlos está construyendo a toda prisa una gran flota.
—El de Anjou tiene mucho oro —repuso Juan—. Suyo y de otros.
—Habrá, pues, que pedir a España o subir los impuestos en la isla —dijo Roger—. Si no tenemos más galeras, nos arrasarán. He perdido las cuatro que acompañaron al rey Pedro a España y solo me quedan diecisiete.
—No habrá dinero de España —le dije—. Nuestros reinos no son ricos y mi esposo lo precisa para su propia flota y ejército. Conocéis bien la amenaza de invasión francesa que pesa sobre Aragón y Cataluña.
—¿Qué se ha hecho de la fortuna que capturamos en la batalla de Nicotera? —inquirió Jaime.
No pude disimular una sonrisa. Me gustaba que mi hijo se mostrara a la altura del consejo y que con solo dieciséis años no sintiera rubor en pedirle cuentas al almirante.
—Se ha ido en reparar las galeras, en pagar a las tropas y en la diplomacia de vuestro señor padre.
—¿La diplomacia de mi padre?
—Sí, recordad —dijo Roger—. Mientras que con los franceses capturados se pidió rescate o se los esclavizó en los astilleros, vuestro padre puso en libertad a los dos mil italianos que hicimos prisioneros. Y demostró una extraordinaria generosidad. Le dio a cada uno ropa nueva, un cuchillo y dinero para que pudieran regresar a sus casas.
—Nuestro señor el rey fue muy hábil —intervino Juan—. La gran mayoría eran napolitanos. Queremos que simpaticen con nosotros y que Nápoles se subleve contra los angevinos igual que hizo la isla de Sicilia. Se fueron bendiciendo al rey Pedro y vitoreándolo.
—No me extraña —dijo ceñudo Roger—. Carlos de Anjou acostumbra a cortarles la mano o un pie a los prisioneros para evitar que combatan de nuevo. La generosidad del rey fue muy acertada. Pero ya no queda dinero.
—Sin embargo, dominamos el mar, y nuestros ataques sobre las costas de Calabria nos proporcionan un buen botín —le recordé haciendo sonar mi voz firme.
—Se va en pagar a los marinos, ballesteros y almogávares de la flota —repuso el almirante preocupado—. Y tenemos noticias de que Carlos ha ordenado armar veintiuna galeras en Marsella. Con al menos siete mil hombres en total. Después del revés sufrido en Nicotera, no quiere mercenarios. Son todos marselleses y gentes de su condado de Provenza. Expertos marinos y ballesteros casi tan buenos como los nuestros. Cuando estén aquí, se acabarán las incursiones que ahora nos dan de comer. ¿Y qué creéis que ocurrirá entonces si no hay dinero?
Y nos miró a los ojos, uno a uno, en espera de respuesta. Nadie habló.
—Pues que los almogávares se buscarán la vida asaltando a unos y a otros, aquí en la isla —Roger respondía a su propia pregunta—. Según acostumbraban en España. Son depredadores feroces y cuando están hambrientos no distinguen entre franceses, sicilianos o aragoneses.
—¡Mi padre, el rey, os nombró almirante porque los controlabais! —saltó Jaime.
Roger le observó un tiempo antes de responder. Como lo haría un perro de presa a un perrillo que le ladra.
—Nadie controla a los almogávares —dijo al fin tranquilo—. Hemos peleado muchas veces juntos y nos tenemos simpatía. Negociamos, llegamos a acuerdos y entonces me siguen. Pero si tienen hambre, seré el primero al que muerdan.
—No entiendo eso —repuso Jaime con enfado—. Si han venido a Sicilia, forman parte de nuestro ejército y deben obedecer como cualquier otro.
—Señor —intervino Juan con su voz calma y profunda—, os contaré lo que me dijo vuestro padre, el señor rey, cuando yo pedía castigarlos después de que nos atacaran.
—¿Qué dijo mi padre?
—Me los describió como duros y feroces, guerreros hábiles y valientes. Añadió que tienen su propio código de honor. Y que al igual que sus reinos daban buitres, osos, lobos y águilas, también daban almogávares. Y me preguntó si trataría de cambiar a un lobo adulto. Si pretendería mostrarle lo que está bien o mal. O enseñarle a mear siempre en el mismo rincón. Dije que no y él respondió: igual, pues, con los almogávares. Y añadió que no tienen señor, ni lo quieren. Son libres. Y que podían ser muy útiles en el futuro. Como lo están siendo. Su vida es la guerra. Si no hay guerra, la harán igualmente. Robando. Y se negó a castigarlos.
Jaime calló. No era la primera vez que oía aquella historia, pero el venerable Juan era más convincente.
—Hay que mantenerlos bajo control —intervino Alaimo de Lentini—. Si depredan en el pueblo, la isla de Sicilia se sublevará contra nosotros.
Alaimo era el quinto miembro del consejo y se sentaba entre Roger y mi hijo Jaime. Había sido el heroico defensor de la ciudad de Mesina frente al asedio de las tropas, mucho más poderosas, de Carlos. En recompensa, y cumpliendo un acuerdo previo, Pedro le nombró justicia del reino. Era el cargo más importante del consejo, después de la familia real, pero, en aquellos momentos, mucho más poderoso. Comandaba el ejército de tierra, representaba el poder de la monarquía e imponía su justicia en la isla. Era fundamental tenerlo a nuestro lado sabiendo que un buen número de nobles sicilianos querían sublevarse.
Alaimo era un hombre de cincuenta y seis años, calvo, de rostro afeitado y corto de estatura, pero enérgico y nervudo. Sus ojos oscuros, vivaces e inquisitivos, habían ido de uno a otro mientras hablábamos, guardando un prudente silencio. Yo no confiaba en él. Y aunque esperaba que se nos mantuviera fiel, bien podía, otra vez, cambiar de bando.
Pero era su esposa, Macalda de Scaletta, baronesa de Ficarra, quien más me preocupaba. Era una mujer de una gran belleza, veintitrés años más joven que Alaimo. Se decía que le superaba en ambición. Era una de las grandes nobles de Sicilia y el día de la coronación me tuvo que jurar, junto a los demás, fidelidad. Sin embargo, lo hizo altiva, sin apenas inclinarse, mirándome desafiante a los ojos. Noté odio en su mirada. Pero la necesitábamos a nuestro lado. Como al resto de los grandes nobles de la isla, en especial a su marido.
Todo el consejo, excepto mi hijo Jaime, éramos oriundos del antiguo reino de Sicilia, pero solo Alaimo y yo de la isla. Roger era de Lauria, en el norte de Calabria, y Juan, de la isla de Prócida, en el golfo de Nápoles. Y hablaban con acento napolitano. Necesitábamos a Alaimo, el héroe local. Mi esposo me había pedido que me ganara a aquel hombre, prácticamente un desconocido para mí, que, a pesar de su edad, estatura y calvicie, tenía una sonrisa seductora con un toque irónico. Poseía un atractivo especial.
Le trataba con toda deferencia y pensaba hacer lo mismo con su esposa, me gustara o no.
—Pues tendremos que aumentar los impuestos —dijo Roger.
—Sería lo último que haría —advirtió Alaimo severo.
—¿Tan peligroso lo veis, don Alaimo? —inquirí preocupada.
—Lo es y mucho, señora —repuso—. Recordad que el pueblo de Sicilia se alzó contra el yugo angevino por la arrogancia francesa y sus agobiantes impuestos. Y muchos acusan ya a Aragón de lo mismo.
—¿De lo mismo? —me extrañé—. Mi esposo acordó dar a la nobleza y al pueblo el mismo trato que les daba el famoso rey Guillermo el Bueno. Y estamos cumpliendo fielmente.
—Sí, pero continúan pagando impuestos y tienen a un soberano extranjero.
—¡Extranjero! —clamé—. Yo soy siciliana y la heredera legal de mi padre, el rey Manfredo. La Corona de Sicilia es mi derecho.
Alaimo afirmó con la cabeza.
—Lo sé, señora, lo sé —dijo tranquilo mirándome con el asomo de una sonrisa en los labios—. No os ofendáis. Es como algunos os consideran y yo solo quería manifestar el descontento del pueblo por los impuestos.
—Siempre han pagado impuestos —intervino Juan—. No pueden pretender dejar de hacerlo y que encima los libremos del yugo francés.
—Pues algunos tenían esa esperanza —explicó—. Y ahora les disgusta que gobierne Aragón.
—Éramos nosotros o la venganza de Carlos —le dijo Jaime.
—Eso también es cierto. Pero algunos creen que el de Anjou no solo los perdonaría, sino que les concedería mayores honores y tierras si se sublevan. Hay quienes están dispuestos a hacerlo. Tienen contactos secretos con Nápoles y Marsella.
—Vuestra es la obligación de reprimirlos —le dije severa—. Actuad antes de que tomen las armas.
—Lo haré, señora, en su momento. —Me miraba elevando la barbilla—. Solo quería advertiros de que, si subimos impuestos o los almogávares molestan al pueblo, Sicilia estallará. Como sucedió hace un año contra Carlos. Solo que esta vez será contra nosotros. Y del otro lado del estrecho el papa, los angevinos y los franceses están a la espera de apoderarse de la isla.
Tragué saliva angustiada. Asentí con la cabeza y le dediqué a Alaimo media sonrisa. Quería agradarle y al tiempo disimular mi desasosiego.
—Lo mismo ocurrirá si no contamos con naves suficientes —murmuró Roger.
Miré a mi hijo Jaime, que observaba atento a unos y otros. ¡Era tan joven! ¡Y su aventurero padre nos había abandonado para ir a jugarse la vida tan lejos!
Lo veía todo frágil e inseguro, no había nada sólido. No quedaba nada de la dicha y la esperanza que llenaban mi corazón solo unos días antes, al coronarme reina Pedro. Sentía que el suelo se movía bajo mis pies, como cuando el volcán Etna, a punto de estallar, hacía temblar la isla.
Mesina, aquella misma noche
—Llamamos a Pedro de Aragón y a los suyos para que nos ayudaran a echar a Carlos y ser libres —se quejó Macalda—, pero se han convertido en nuestros señores. Y ahora, en lugar de soportar el yugo francés, debemos soportar el aragonés.
Se encontraban en el palacio de Alaimo y, terminada la cena, los esposos tomaban unas infusiones de jazmín y limón acompañadas de un vino dulce y almendras garrapiñadas. Dos grandes candelabros, sobre la mesa, iluminaban la sala, y al fondo, en el hogar, ardía un fuego de troncos de pino. Alaimo observó a su esposa, bajo la cálida y oscilante luz de las llamas, antes de responder. A sus treinta y tres años, Macalda conservaba toda su belleza. Era un poco más alta que él, poseía unos hermosos ojos oscuros y sujetaba su melena azabache con unas trencillas que partían de sus sienes. Sus cejas ligeramente apuntadas y unos generosos labios rojos, que acostumbraban a sonreír desafiantes, destacaban sobre una tez muy blanca. Rara vez se cubría con la toca de mujer casada y era consciente de su sensual belleza, que usaba, sin complejos, como instrumento de poder. Su gonela, prenda de una sola pieza que llegaba a los pies, se abría mostrando el inicio de sus senos y se ajustaba para resaltar las curvas de sus caderas. Muchos consideraban su vestir indecoroso, pero a ella le gustaba ser admirada y le traía sin cuidado lo que pensaran los santurrones.
—Ese fue el trato, señora —repuso Alaimo conciliador, con el tono cansado de quien repite los mismos argumentos—. Recordad que ofrecimos nuestro vasallaje al papa en forma de república, pero lo rechazó. Nos ordenó que nos sometiéramos de nuevo a Carlos para sufrir su venganza. No quedó más remedio que darle la corona a Pedro y a Constanza. Nadie más nos quiso ayudar, y los angevinos nos hubieran exterminado.
—Los sicilianos de la isla nos libramos de los franceses por nuestros propios medios —insistió ella—. ¿Qué mérito tiene esa Constanza para reinar? ¿Qué ha hecho ella? Vos echasteis a los franceses de Mesina, y yo lo hice, espada en mano, de Catania. Maté. Ambos tenemos en nuestras manos sangre angevina. Nuestro es el mérito. Y ella aparece, de pronto, cuando todo ha terminado, con esa expresión lánguida, para que la coronemos reina. Sin hacer nada.
—Su padre fue nuestro rey y ella es la heredera legal del reino.
—¿Y qué importa eso? Vos debierais ser el rey de Sicilia y yo la reina.
Alaimo sonrió triste.
—Aceptad los hechos y a doña Constanza como reina. Vi cómo la mirabais. No la desafiéis. Gracias a ella, y a su esposo, hemos llegado a lo más alto. Yo soy el justicia de Sicilia, la mayor autoridad de la isla, después de los reyes.
—Vos sí, pero ¿qué soy yo? —inquirió huraña.
—Vos sois la baronesa de Ficarra, una gran noble por derecho propio y la esposa del justicia. No se puede ser más.
—Sí, se puede ser reina. —Arrugaba el cejo.
Alaimo la contempló en silencio. Su matrimonio había sido, como todos los de la nobleza, un asunto político. Antes Macalda había sido amante de Carlos de Anjou, que le concedió la baronía de Ficarra como herencia de su anterior marido. Y después la casó con Alaimo, uno de los nobles más poderosos de la isla, que obtuvo, gracias a esa boda, grandes concesiones del monarca angevino.
Su matrimonio era una alianza para alcanzar las más altas cotas del poder. Pero el acuerdo no incluía la fidelidad conyugal. Alaimo tenía sus amantes, lo cual era común entre los varones nobles, pero ella había impuesto, en el trato, su libertad para hacer lo propio. Él aceptó exigiéndole discreción. Macalda no dependía de su esposo, al que hacía más poderoso con el dinero y las tropas de su baronía de Ficarra. Pero aquel acuerdo empezaba a ser penoso para él. Se había enamorado de su salvaje esposa. Y pensaba que la ambición de ella se había desbocado.
—¿Es cierto que quisisteis acostaros con el rey Pedro? —inquirió de pronto.
Ella le miró con intensidad antes de contestar.
—Eso dicen.
—¿Y es cierto?
—Sí —repuso tranquila, aunque con un deje de fastidio—. Pero me rechazó para pasarse la noche hablando de las virtudes de su esposa.
Ahora fue Alaimo quien contempló a su esposa antes de hablar. Ya no le sorprendía nada de ella.
—Queréis ser reina a toda costa, ¿verdad?
—Ser la amante del rey es casi como ser reina. Y le hubiera ido muy bien a Pedro. Ella es una ignorante. Yo sé tanto como vos de política y de guerra y estoy preparada para reinar. Y también os iría bien a vos, Alaimo. Os daría aún más poder.
—Gracias, señora —repuso él con una sonrisa triste—. Me basta con lo que consigo por mis propios méritos. ¿Es ese rechazo el origen del odio que le tenéis a la reina Constanza?
—No merece ser reina. Su único mérito es haber parido al heredero. A partir de ahora la llamaré solo eso: madre del infante Jaime.
Alaimo guardó silencio afirmando levemente con la cabeza. No por coincidir con su esposa, sino constatando su carácter altivo, ambicioso e intransigente. Anticipaba problemas.
—Muchos nobles están descontentos —continuó Macalda al rato—. No les gusta pagar impuestos a los aragoneses. Quieren volver con Carlos y terminar así con la guerra.
—Están locos.
—No, no lo están. Tienen contactos con el príncipe de Salerno, su hijo, en la península, y ha prometido perdones y rebajas de impuestos.
—Si nos entregamos, nos hará ejecutar.
—No, no es cierto. Uníos a nosotros, Alaimo. Controláis el ejército siciliano, con vos y los angevinos echaremos a los aragoneses de la isla.
—¿Nosotros?
—Sí, los patriotas sicilianos. Carlos no solo nos perdonará, sino que nos hará gobernadores, a vos y a mí. Y lograremos una amplia autonomía para la isla. Ahora que se ve acosado, cederá.
—Os equivocáis. —La sonrisa triste regresó a sus labios—. Miente sin escrúpulos, el papa excomulgó a la isla de Sicilia por entero y le excusará de cualquier traición. Pondrá gobernadores franceses, como antes hacía, y a nosotros nos hará ahorcar.
—No. Le convenceré. —Ella sonreía segura—. Vos no le conocéis como yo.
Alaimo frunció el cejo. Cada vez le importunaba más el recuerdo de los amores de su esposa con el de Anjou.
—Seguro que no —repuso él adusto—. ¿Es ese amigo vuestro, Gualterio de Caltagirone, el cabecilla de los conspiradores?
—Es un patriota.
—Os vi cuchicheando con él el día de la coronación de la reina. Mostrabais poco respeto en un acto tan solemne.
—Ya sabéis lo que pienso del rey y de la madre del infante.
—Os exijo respeto a nuestros monarcas, aunque no os gusten.
—¿Me exigís?
—Sí, como esposo y como justicia de Sicilia.
Ella le miró desafiante.
—¿Me vais a encarcelar, querido esposo? —Ahora le provocaba.
—No lo descartéis —repuso molesto—. Por cierto, ¿os habéis acostado ya con ese Gualterio?
—Con algunos no necesito acostarme. —Continuaba desafiándole con su sensual sonrisa—. Me siguen mejor cuando tienen la esperanza de hacerlo.
—Jugáis un juego muy peligroso, señora. Os ruego que recapacitéis.
—Os pido a vos lo mismo. —La sonrisa continuaba en sus labios.
Y de pronto bostezó perezosa, mostrando unos hermosos dientes. Era felina, parecía una gata.
—Tengo sueño, esposo. —Arrugó el cejo ronroneando—. Y hace frío. ¿Os apetece calentar mi lecho esta noche?
Él la contempló en silencio. Quizá hubiera mujeres más hermosas. Pero ninguna, nunca, le había atraído tanto. Y terminó afirmando con la cabeza.
Ella dejó ir una risita cantarina. Como si le hubiera dicho algo gracioso. Alaimo no era fácil de convencer. Pero terminaría haciendo lo que ella quisiera. La baronesa tenía grandes planes en mente. Y le necesitaba a él.
París, el mismo día
Carlos de Anjou se puso de pie sobre los estribos de su caballo para contemplar mejor París. Se encontraba sobre una colina y era el fin de un viaje de once días desde Marsella. La extensa comitiva que le seguía se detuvo tras él. Más de doscientos caballeros, otros tantos escuderos, soldados de a pie, cortesanos, religiosos, juglares, criados, carros, caballos de repuesto, todo un pequeño ejército.
En el valle, en el interior de dos semicírculos amurallados separados por el río Sena, se encontraba la ciudad, que se le antojó como una nuez gigante cuyo corazón era la isla de la Cité. En ella se alzaba, sobresaliendo sobre el resto de los edificios, la catedral de Notre Dame, aún en construcción, el palacio real y, por encima de todo, la Sainte-Chapelle, una verdadera joya de piedra y cristal, cuya torre se elevaba queriendo alcanzar el cielo. La ciudad había crecido mucho desde la última vez que la vio Carlos, nuevos barrios se formaban fuera de las murallas y se dijo que quizá tuviera ya doscientos mil habitantes. Con cerca de dieciséis millones de habitantes, el poder de Francia era inmenso. Y se preguntó cómo Pedro se atrevía a desafiar el poder galo, cuando todos los territorios de su Corona de Aragón no tendrían más de un millón. Era un insensato que pronto recibiría una lección que le sería fatal.
Era primavera, los campos verdes se cubrían de flores y un sol brillante se mostraba risueño entre grandes nubes blancas. En aquel momento iluminaba la ciudad. Suspiró satisfecho. Era como volver a casa. A la seguridad del hogar paterno.
Allí había transcurrido gran parte de su infancia. Carlos era el menor de los nueve hijos de Luis VIII y Blanca de Castilla y le destinaron a la religión. Por fortuna para él, la temprana muerte de seis de sus hermanos mayores varones le benefició con la herencia de los condados de Anjou y Maine y le apartó de la carrera eclesiástica. Después obtuvo, por matrimonio, el condado de Provenza, convirtiéndose en el noble más poderoso tras el rey de Francia y el duque de Aquitania, que también era rey de Inglaterra.
Pero Carlos ambicionaba más. Y por designación papal y gracias a su fortuna en el campo de batalla, pasó a ser rey de Nápoles y Sicilia. Para ello tuvo que matar al rey Manfredo, el padre de Constanza, y después al joven Conradino, su primo. A continuación conquistó el reino de Albania y el papa le nombró senador de Roma. Convertido en el brazo armado de la Iglesia, pasó a dominar casi toda Italia. También fue proclamado rey de Jerusalén, y grandes territorios de la península helénica y del norte de África se convirtieron en vasallos suyos. Por entonces ya era el rey cristiano más poderoso y superaba a su sobrino el rey de Francia. Pero su ambición no se detuvo ahí y puso sus ojos en el Imperio bizantino. Y estaba ya preparando el gran ejército para invadirlo cuando la isla de Sicilia se sublevó. Al principio no le dio demasiada importancia. Tenía un gran ejército, el papa le apoyaba incondicionalmente y estaba acostumbrado a someter insurrecciones a sangre y fuego. Pensó que en unos días liquidaría aquella molestia con unos centenares de ahorcados. Pero cuando estaba en ello apareció Pedro de Aragón. Un reyezuelo con poco poder. Sin embargo, su esposa era la hija del antiguo rey de Sicilia, y demostró una audacia inaudita desafiándoles a él y al papa al hacerse proclamar rey por los isleños. Aquello desbarató todos sus sueños de conquista del Imperio bizantino.
Carlos odiaba a Pedro. Con toda su alma y corazón. Merecía un castigo ejemplar. Por un momento entretuvo la idea de matarle con sus propias manos en un duelo cuerpo a cuerpo. Sentía un enorme placer al imaginarlo. Sin embargo, Pedro era más joven y tenía fama de experto guerrero. Pero había muchas formas de despellejar a un gato, y con el duelo de Burdeos él había encontrado la mejor. El maldito rey de Aragón estaba perdido.
Espoleó su caballo para dirigirse a la ciudad cuando vio que de la puerta sur surgía una comitiva que ondeaba pendones con flores de lis y hacía sonar trompetas y timbales. Los heraldos habían anunciado su llegada y su sobrino el rey de Francia le recibía con todos los honores.
—¡Debéis vengar la muerte de vuestro hermano! —le espetó Carlos a su sobrino—, al que esos salvajes que los aragoneses llaman almogávares clavaron en esa puerta de roble.
Se encontraban en el gabinete privado de Felipe III, en cuyo hogar chisporroteaban unos leños de olorosa resina. Aun siendo una reunión familiar, Felipe vestía sobre una túnica blanca un lujoso pellote bordado, al igual que su enorme y vistosa capa azul, con grandes flores de lis de oro, plata y perlas. Carlos compartía con él, como el resto de la dinastía Capeto, la enseña de la flor de lis, que lucía sobre una túnica y una capa también de terciopelo azul.
Felipe tenía treinta y ocho años y era menos corpulento que su tío. De pequeña nariz y rostro muy blanco, era enjuto y delicado en sus formas, tímido, dubitativo y cambiante. Estaba a merced de las opiniones de los demás, en especial las de su autoritaria esposa, que adoraba a Carlos.
Felipe admiraba el comportamiento resuelto y autoritario de su tío. Trataba, sin demasiado éxito, de imitarle. Carlos fue quien, a la muerte de su padre durante la desastrosa cruzada de Túnez, tomó el mando ante sus vacilaciones y temores. Pocos días después, ya siendo rey, de regreso de aquella infausta cruzada, su esposa, la hermana de Pedro de Aragón, cayó del caballo en Cosenza cruzando un río y se partió el espinazo. La joven reina, toda una belleza, estaba embarazada y sufrió una agonía terrible. Felipe la amaba y se sumió en la depresión. Fue Carlos, de nuevo, con su firmeza, quien le ayudó en los dolorosos primeros pasos de su reinado. Su admiración se mezclaba con el agradecimiento. Sin embargo, cuando su tío se dirigía a él autoritario, le intimidaba.
—Pues claro —balbució Felipe—. Debo vengarle.
—Pedro, si se atreve a comparecer, no saldrá de Burdeos —continuó Carlos—. El papa le ha prohibido a Eduardo de Inglaterra ser juez en el duelo.
—Lo sé —dijo Felipe—. Se ha desentendido del asunto y le ha ordenado a su senescal de Aquitania obedecerme en todo.
—Iremos con tiempo y le prepararemos a Pedro una celada por si aparece. Si se resiste, no saldrá con vida, y si no, le esperan la cárcel y después la muerte. Vos vengaréis a vuestro hermano y yo me libraré de un enemigo. Sin él, el ejército aragonés se desmoronará, aniquilaré sus restos a mi regreso a Italia y la isla se someterá.
—No podrá llegar a Burdeos, y menos con cien caballeros. En Foix, Bigorra y Navarra se le impedirá el paso.
—También me sirve. Si no acude, perderá para siempre su prestigio.
Felipe calló pensativo.
—¿Y por qué habéis citado en Burdeos a cuatrocientos caballeros en lugar de los cien acordados? —inquirió al final—. ¿No os parece un gasto excesivo?
Carlos sonrió mostrando sus caninos perrunos.
—Además de los franceses, vendrán de Nápoles, Roma, Florencia y de otros muchos lugares de Italia —explicó—. Incluso algunos de mi reino de Jerusalén, de Albania y Túnez.
—¿Túnez? —se sorprendió Felipe—. ¡No combatiréis junto a musulmanes! ¿Verdad?
El de Anjou rio.
—No, claro que no. Solo combatirían cien, y esos no serían los elegidos. Pero como Pedro no se presentará, nadie se sentirá ofendido.
—Si creéis que no habrá combate, ¿por qué citáis a cuatrocientos?
—Por fidelidades. Esos caballeros y sus familias presumirán de haber sido convocados para luchar a muerte junto con el rey Carlos. Es un honor extremo. Y por generaciones mantendrán fidelidad a mi familia.
Felipe le contempló admirando su astucia.
—He enviado una flota para que limpie de aragoneses el estrecho —continuó—. Regresaré a Italia con un gran ejército y desembarcaré en la isla. Por entonces, Pedro estará muerto, preso o desprestigiado. Y tengo por seguro que muchos de los nobles isleños se sublevarán contra Aragón. Al final del verano, la isla de Sicilia volverá a ser nuestra y los aragoneses estarán ahogados en el mar.
—¿Y esperáis que los mismos nobles que se rebelaron contra vos os apoyen ahora? ¿No sois demasiado optimista?
—¡No! —Volvía a sonreír—. Se están empezando a hartar de los aragoneses. Y les he hecho saber que comprendo que se unieran a la revuelta para salvar sus vidas. Y que ahora se tendrán que unir a mí para salvarlas de nuevo.
Felipe rio.
—¿No estará esa Macalda entre los que quieren volver a vos? —Miraba pícaro a su tío—. Todos hablan del atractivo de la baronesa de Ficarra.
—¡La primera! Y quizá sea ella la única que conserve la cabeza cuando recupere la isla.
La sonrisa de Felipe se truncó. Si quería ser como su tío, tendría que aprender a ser feroz. No se veía capaz.
Trapani, 6 de mayo – Cullera, 17 de mayo de 1283
Desde el castillo de popa de la nave que le alejaba de Sicilia, Pedro estuvo contemplando emocionado la figura de Constanza, que resistía las rachas de viento de aquel día destemplado, hasta que su silueta, el puerto y la costa empequeñecieron y dejó de verlos. Amaba a aquella mujer y lamentaba en lo más profundo de su corazón haberla dejado triste y temerosa. Pero no tenía otra opción que emprender aquella aventura que tantos decían que era una locura. Le había prometido volver. Y haría cuanto pudiera por cumplir su promesa. Pero la maldición que le había lanzado aquella bruja, la madre de Ferrán, el hermano bastardo al que él ahogó en el río Cinca, repiqueteaba en sus oídos. Más ahora que todos le advertían del peligro. Moriría joven sin poder gozar de la gloria que conquistara. Pero los malos augurios no le iban a detener. Seguiría su destino de caballero de honor. Solo le pedía a Dios, nuestro señor, poder abrazar de nuevo a Constanza antes de que ese destino se consumara.
—Señor, tomaremos la ruta sur —le dijo Ramón Marquet interrumpiendo sus pensamientos—. La flota provenzal de Carlos patrulla las aguas del norte de Cataluña. Esperan apresaros.
—El de Anjou debe de saber que mi hijo, el infante Alfonso, me espera en Barcelona —repuso Pedro.
—Es más rápido y seguro navegar por el sur de Cerdeña para llegar a Menorca y desembarcar en Tortosa o Tarragona. Desde allí podéis continuar a caballo.
Pedro observó al vicealmirante. Apreciaba a aquel hombre que, bajo las órdenes del almirante Roger de Lauria, defendía las costas catalanas y valencianas. Era un marino experto perteneciente a la burguesía mercantil de Barcelona. Su estamento social iba ganando poder y representaba el gran apoyo de la monarquía frente a los nobles. Los comerciantes, en busca de nuevos mercados, eran los grandes impulsores de la expansión mediterránea de la Corona de Aragón. Ramón era un hombre grueso de barba pelirroja, de cuarenta y ocho años, generalmente bienhumorado y de una sonrisa fácil que mostraba huecos en sus dientes. Su relación con la familia real era larga. Catorce años antes capitaneó la galera del rey Jaime I en su cruzada a Tierra Santa, de la que el monarca desistió después de una terrible tormenta. Comandó la flota de Pedro a Túnez y después a Sicilia. Y también fue él el encargado de transportar a la reina Constanza y a sus hijos a su nuevo reino.
—Sea. Preciso de rapidez —concedió Pedro—. Voy muy escaso de tiempo.
Sin embargo, a unas cincuenta millas de Cerdeña, estalló una tormenta y empezó a soplar viento contrario. Faltaban veintitrés días para la cita de Burdeos y Pedro se inquietó. ¡No iba a llegar a tiempo!
—Ramón —le dijo al marino—, que se acerque una galera. Continuaré a remo.
—No os lo aconsejo, señor —objetó el hombre—. Una nave como esta, de casco profundo y altas bordas, es más segura con ese tiempo. Las galeras son muy frágiles y zozobran con facilidad.
—No puedo esperar.
—Dejad, pues, que os acompañe.
A pesar del viento y de lo agitado del mar, con oscuras olas golpeando los costados de las naves, Pedro se descolgó de la cubierta de su embarcación para abordar una chalupa y después una galera, junto a Ramón y a tres de sus caballeros de mayor confianza.
Escoltados por las otras tres galeras de la flotilla, llegaron, con dificultades, al sur de Córcega, donde repusieron suministros y efectuaron pequeñas reparaciones. Pero tan pronto como emprendieron el viaje, un fortísimo viento los empujó a las costas africanas.
Varios días después, el vigía alertó con sus gritos de la presencia de tierra. El sol del amanecer iluminaba una línea gris verdosa en el horizonte tras un mar azul oscuro y agitado.
—¡España! —murmuró Pedro—. ¡Al fin!
Ansiaba tocar tierra. No era un buen marino, le disgustaban los viajes por alta mar y aquel había sido muy largo y duro. Estaba intranquilo. Le sería muy difícil llegar a tiempo a Burdeos.
—¿Qué costas son esas, Ramón? —inquirió.
—No puedo precisar, señor. Pero pertenecen al reino de Valencia, seguramente nos encontramos al sur de la capital. Lamento el retraso.
—No es vuestra culpa —le dijo Pedro—. No mandáis sobre el viento y las tormentas. Quería coronar a mi esposa reina de Sicilia, encauzar la guerra y asegurar la isla antes de partir. Salí demasiado tarde.
—Desistid, señor. No comparezcáis en Burdeos.
—Todos me decís lo mismo, Ramón. Pero Europa entera, amigos y enemigos, está pendiente del duelo —reflexionó Pedro—. He enviado cartas a reyes y grandes nobles argumentando la justicia de nuestra posición. Si Carlos cometiera semejante traición, quedaría deshonrado.
—¿Y qué importa eso si gana la guerra, si echa a Aragón de Sicilia? El papa le felicitará y excusará. Y lo mismo harán sus amigos y aliados.
Pedro guardó silencio pensativo mientras observaba la línea de tierra en la que empezaba a dibujarse una población. Deseaba abandonar la nave y cabalgar.
—Además, apenas quedan dos semanas —continuó Ramón—. Es el tiempo justo para llegar a la cita. ¿Cómo reuniréis en tan poco tiempo cien caballeros y los haréis llegar a Burdeos? ¿Cómo cruzaréis Navarra y Francia, que os son hostiles?
—Mi hijo el infante Alfonso ha citado a ciento cincuenta caballeros en Lérida y Huesca, por si alguno cae por el camino.
—¿Qué son ciento cincuenta caballeros frente al poder de Francia? Por el amor de Dios, reflexionad, señor —insistió el marino—. No vayáis a Burdeos.
Pedro fijó de nuevo su vista en la tierra, cada vez más cercana. Reflexionaría, claro que sí. En realidad, no había dejado de hacerlo en todo el viaje. Ramón estaba en lo cierto. Pero él iría a Burdeos.
Zaragoza, 25 de mayo de 1283
Tan pronto como desembarcó en Cullera, Pedro se dirigió a Alcira, donde pasó la noche. Y tal como acostumbraba en su correspondencia privada con Constanza, le escribió de su puño y letra anunciándole su feliz llegada y recordándole su amor.
Al día siguiente hizo una entrada triunfal en Valencia, donde permaneció un par de días desarrollando una actividad frenética. Llevaba un año ausente, dedicado a Sicilia, y quiso conocer al detalle la situación en España. Se dijo satisfecho que su hijo Alfonso, al que confió sus reinos, había ejercido un buen gobierno, a pesar de su juventud. Le citó en Zaragoza.
Al contrario que en Valencia, Pedro, escoltado solo por los tres caballeros que le acompañaron en la galera, entró discretamente en la capital de Aragón.
El encuentro fue muy emotivo. Tan pronto como se vieron, una sonrisa feliz iluminó sus rostros. Alfonso puso rodilla en tierra tomando las manos de su padre para besárselas y Pedro le hizo incorporarse, le abrazó con fuerza y le besó con cariño.
—Bienvenido a vuestros reinos, padre.
—Bien hallado, hijo mío.
A pesar de su juventud, hablaba con una voz profunda y sentida que conmovió a Pedro. Con dieciocho años ya, era un mozo bien parecido que estaba a punto de superarle en altura y fortaleza física. Su recia mandíbula y sus espesas cejas denotaban un carácter firme y resuelto. Tenía el pelo castaño claro y había heredado los ojos verdes de su madre. También de ella le venía su devoción por la orden franciscana y el amor a la música y la poesía. Pedro le contempló de nuevo. Estaba orgulloso de él. Sería un gran rey.
Aquella misma tarde se reunieron en un salón privado de la Aljafería con Jaume Sarroca, obispo de Huesca. Pedro admiraba aquel espléndido palacio fortaleza, con sus arcos en herradura, sus suelos de mármol, las tracerías de sus bóvedas y sus paredes de estucos y alabastros dorados. La complejidad de las volutas y pequeñas cimbras esculpidas en sus arcos y capiteles seguía cautivándole. Y sus patios interiores arbolados, con albercas de rumorosas fuentes, le deleitaban. Todo aquel sorprendente edificio, a la vez poderoso, refinado y sutil, le hablaba de un esplendor vivido en la taifa de Zaragoza doscientos años antes, cuando sus antepasados eran poco más que fieros y rudos montañeses.
—El duelo tendrá lugar dentro de seis días y debo estar allí —anunció Pedro.
Su gesto denotaba preocupación.
—No podéis llegar en seis días, y menos con un trayecto plagado de enemigos, hermano —dijo el obispo.
Jaume, hermano bastardo de Pedro, tenía treinta y cinco años, ocho menos que el monarca. Era de estatura mediana; nunca había mostrado interés por las armas, pero sí por la buena mesa, tal como su aspecto, tendiendo a la obesidad, delataba. Su faz, siempre bien afeitada, era muy blanca; sus ojos, amarronados y su pelo castaño, fino y escaso, estaba tonsurado en la coronilla.
—¿Y qué ocurre en Burdeos? —quiso saber Pedro.
—Nuestro embajador está en contacto con el senescal aquitano —explicó el infante.
—Conozco al senescal de mi encuentro en Toulouse con el rey de Francia.
—Pues bien, confirma que ha recibido órdenes de su señor, el rey de Inglaterra, de obedecer en todo al de Francia —continuó Alfonso—. Y dice que no vayáis, que no puede garantizar vuestra seguridad y que el rey francés os espera con su tío Carlos, junto a tres mil caballeros y varios miles de infantes.
—Mal enemigo tenéis en Carlos, y peor en Felipe de Francia —intervino Jaume enfatizando sus palabras—. Pero ninguno le gana en poder al papa Martín IV. Y todos están unidos contra vos. Ya os advertí de lo peligrosa que era la aventura siciliana.
—No estoy para reprimendas, monseñor —repuso Pedro malhumorado.
—El papa os despojará de vuestros reinos. —El obispo hizo un delicado gesto con la mano desechando las palabras de su hermano. A pesar de su talante adulador, no se dejaba intimidar—. ¡Os ha excomulgado tres veces seguidas y os exige sumisión inmediata!
La excomunión, su tenebroso rito, junto a la maldición al excomulgado y a quienes le apoyaban, aterraban al obispo. Rezaba por no sufrir él también aquel terrible castigo que excluía al penado de la comunidad cristiana y cerraba las puertas del cielo.
Su relación con Pedro no había sido siempre cordial. Se criaron juntos en palacio, pero al heredero de la corona le disgustaban los modos afectados, cuchicheos y risitas de Jaume. Adolescente aún, fue nombrado capellán gracias a ser hijo natural del rey Jaime el Conquistador; después, cura sacristán de la seo de Lérida, y finalmente, obispo de Huesca. Frecuentaba más la corte que sus feligresías, pero no dejaba de acumular, con avidez, las rentas que estas le proporcionaban. Se convirtió en compañía habitual de su padre en sus últimos años, ayudándole en la redacción de sus memorias en el famoso Llibre dels feits. Mientras Pedro luchaba contra nobles rebeldes y sarracenos sublevados, Jaume intrigaba en la corte y fue uno de los firmantes del testamento de su padre. Pedro sospechaba que, con sus politiqueos, Jaume Sarroca favoreció, en dicho testamento, la independencia de su hermano Jaume II de Mallorca.
Pedro le acusó de apropiarse de objetos personales del fallecido y le confiscó gran parte de sus bienes. Pasados unos años en desgracia, Jaume demostró sus grandes dotes políticas al recuperar la estima de su hermanastro. Pedro necesitaba alguien con su habilidad para asesorar a su hijo y lidiar con el estamento eclesiástico.
—¿Cómo puede el papa despojar a mi padre de sus reinos? —clamó el infante—. El papa debe ocuparse de asuntos del alma y no de lo material.
—Cree honradamente tener ese derecho porque representa a Dios, y Dios está por encima de reyes y emperadores —repuso el obispo.
—¡El papa no debe interferir en asuntos terrenales! —clamó el infante.
—El papa no es franciscano, sobrino —repuso el obispo con una sonrisa en los labios y cierta sorna—. Ni es tan espiritual ni cree en la hermandad universal.
Hizo una pausa y miró severo a Pedro.
—Por fortuna, no os da tiempo, ni tenéis manera, de llegar a Burdeos, donde os aguarda una celada —continuó—. No acudir al duelo debiera ser la menor de vuestras preocupaciones. Porque lo que nos viene encima después me espanta.
—Lo sabremos manejar —murmuró el rey—. Con la ayuda de Dios. Nuestras victorias en Italia prueban que el Señor no es francés como el papa.
—No os engañéis, hermano. Tampoco es aragonés.
—¡Pero es a nosotros a quienes da la victoria!
—El pontífice, después de excomulgaros, ha emitido una bula por la que libera a vuestros súbditos de su juramento de fidelidad —prosiguió el obispo—. Vuestros nobles tienen un largo historial de rebeliones y solo falta que el papa los anime. Ahora poseen la bendición de la Iglesia para sublevarse y daros muerte. El papa ha dado ya el primer paso para desposeeros de vuestros reinos. Está buscando en Francia un candidato para vuestro trono, seguramente un hijo del rey francés. Y lo siguiente será proclamar una cruzada contra vos.
—He ordenado que se silencie la noticia de mi excomunión —dijo Pedro.
—Hemos amenazado a los eclesiásticos de alto rango, los que tienen contacto con Roma, con la pena de muerte si lo divulgan —informó Alfonso—. Y he ordenado a los magistrados reales que los vigilen de cerca.
El obispo de Huesca hizo un gesto de preocupación.
—Se acercan tiempos difíciles —murmuró—. ¿Creéis que con eso los vais a detener? El poder de los grandes clérigos proviene de la Iglesia de Roma y su cabeza es el papa. ¿Creéis que estarán con vos? No esperéis su lealtad. Ni tampoco la de muchos de vuestros nobles. Francia es mucho más poderosa que todos vuestros reinos españoles. Puede movilizar un ejército diez o quince veces mayor. ¿Qué creéis que va a pasar cuando su cruzada supere los Pirineos?
—Que lucharemos y venceremos —repuso Pedro tranquilo.
—¡Olvidad Burdeos y el duelo, y empezad a preparar la defensa! —le apremió el obispo.
Pedro le miró ceñudo y apretó los labios.
Tarazona, 26 de mayo de 1283
—Quiero acompañaros, padre —murmuró Alfonso.
—Es un viaje peligroso, bien lo sabéis —repuso Pedro—. Aunque no rechazo vuestra compañía por el peligro, hijo. Necesito que defendáis nuestros reinos en mi ausencia. Puedo morir o, peor aún, caer prisionero. No, mi buen Alfonso, lamento privaros de esta aventura, pero vuestra es la responsabilidad de gobierno.
—No debierais ir, parece una locura. Corréis un riesgo innecesario.
—Sí que es necesario —le dijo mirándole con cariño—. A los ojos del mundo no importa el peligro, solo contará si el rey de Aragón se presenta o no a esa cita de honor. Hemos denunciado a toda Europa la usurpación de Sicilia por parte de Carlos y del papa. Y proclamado los derechos de vuestra madre y lo justo de nuestro proceder. No podemos retroceder ahora. Reunid a los caballeros en Fraga y esperad nuevas órdenes.
—¿Pero es que creéis que puede haber combate?
—Eso lo comprobaré personalmente.
—Me someto a vuestros deseos, padre. —El infante le miraba a los ojos sin parpadear—. Pero me siento muy incómodo. Yo, el más joven, debiera ir en vuestro lugar. Y temo por vuestra vida.
Pedro le sonrió y le abrazó con fuerza sin responder. No quería que su hijo viera las lágrimas que pugnaban por derramarse.
—Lo sé, hijo —le murmuró al oído—. Bien que lo sé. Pero solo puedo ir yo. El tiempo me apremia. Volved a Zaragoza y continuad cumpliendo como el buen hijo que sois.
Se encontraban en Tarazona, ciudad fronteriza con Navarra y Castilla. Habían abandonado Zaragoza la tarde anterior diciéndole al obispo que iban a reforzar los castillos de frontera para repeler el ataque francés que esperaban llegara por Navarra. Y allí se quedó Jaume, convencido de que había hecho desistir a su hermano de ir a Burdeos.
—Si mi mano derecha supiera lo que hace la izquierda, la cortaría —se repitió Pedro.
Y había aplicado su máxima a todos, incluido su propio hermano. Nadie, salvo su hijo, sabía lo que iba a hacer.
A Pedro le entristecía aquella despedida, como la que antes tuvo en Mesina con sus hijos y en Trapani con Constanza. Era consciente de los peligros a los que se enfrentaba, y que todos le recordaban. Pero todo en él le impulsaba a ir. Estaba obligado.
Después de abrazar de nuevo a su hijo y entregarle una nota para Constanza, salió por una puerta trasera del palacio, usada por la servidumbre. Las luces del nuevo día despuntaban en el horizonte dibujando franjas grises y azulonas. Pedro vestía una gramalla azul de lana basta que le llegaba a los tobillos y se cubría con una capucha del mismo color. Sujetaba su pobre túnica con un cinturón del mismo cuero barato que sus botas y llevaba un cuchillo al cinto. Le rodeaban tres hombres con un aspecto más humilde aún. Parecían mozos de carretero. Eran los tres caballeros que le habían acompañado desde Sicilia.
El mayor de ellos, de treinta y cinco años, Conrado Lancia, gozaba de su absoluta confianza. Era primo lejano de la reina Constanza y cuñado de Roger, el almirante de la flota. Era un hombre fornido, de estatura media, con pelo y barba oscuros y una sonrisa que mostraba dientes blancos y bien formados. El siguiente, Bernat de Cruïlles, perteneciente a la vieja nobleza catalana, era hijo de Gilabert, el embajador de Pedro en Burdeos. Era alto, aunque menos que Pedro, y poseía unos ojos azules soñadores y un habitual buen humor. El tercero, con treinta años, era Blasco de Alagón, un reputado caballero valenciano de origen aragonés. Era moreno y tan alto como Bernat, con el que compartía su afición trovadoresca y competía tañendo el laúd y cantando. Pedro los acompañaba en ocasiones.
Los cuatro se dirigieron a pie hasta una posada a la entrada de Tarazona, y allí, Bernat, en su papel de mozo, dijo al hombre que la atendía que un tal Domingo de la Figuera los esperaba.
Bernat y Pedro subieron a su habitación, y Domingo, al ver al rey, se echó a sus pies, se los besó y después, de rodillas, le besó las manos.
—Soy vuestro humilde servidor, mi señor —le dijo.
Pedro le dejó hacer con media sonrisa en el rostro.
—Hasta este momento, mi buen Domingo —repuso divertido—. Porque a partir de ahora, yo seré el vuestro.
Domingo de la Figuera era un experto tratante de caballos de Calatayud y conocía como la palma de su mano caminos, veredas, montes y bosques de Aragón, norte de Castilla, Navarra y Aquitania. Hablaba, además de aragonés y castellano, varias formas de euskera y del occitano gascón.
Era un hombre recio, de unos cincuenta años, nariz aguileña y una frondosa barba negra que empezaba a encanecer. Domingo era el último recurso.
—Incorporaos y salgamos de inmediato —ordenó Pedro.