El día en que la adivina de pequeños porvenires llegó a Necker, la aldea andaba alborotada porque el aspirante a aprendiz de candelero había perdido todas las cabras.
Laohu entró con paso lento en la plaza del pueblo y se detuvo. Tao le dio una palmadita en la grupa. Habían tenido un largo día de viaje a través de bosques y campos. El mulo estampó los cascos en el suelo y, al resoplar aliviado, unos hilillos de vaho se elevaron en el aire frío de media tarde. Era la primera vez que Tao atravesaba Necker. Había apretado el paso con la esperanza de encontrar al llegar una comida caliente y una cama mullida, pero la escena alrededor de su carromato le hizo dudar de si, en ese momento, sería bien recibida. Suspiró.
Lio las riendas sin apretar alrededor de una de las varas, se bajó con agilidad y recorrió con la mirada toda aquella actividad. Se habían detenido justo delante de una taberna, y una taberna imponente, de dos plantas y mayor de lo que una aldea como Necker necesitaría.
Pero donde debería haber habido una muchedumbre de lugareños bien alimentados bebiendo cerveza, se extendía una extraña fila en la que abundaban los gritos y unos caóticos golpeteos metálicos.
—¡Un cubo de grano y una campana por persona! Venga, coge un cubo; así me gusta, muchacho.
—¿Y quién va a pagar todo ese grano, eh? ¡Eso es lo que me gustaría saber a mí!
—Bah, cállate, Mallack, eso ya lo veremos más tarde; el jefe del pueblo te pagará bien por el cereal, ni que no lo supieras.
—¡Sí, bueno, pero a mí me gustaría asegurarme del precio antes de que todo ese grano termine tirado por los bosques de aquí casi hasta el mar y nadie se haga cargo! Debería haber un plus por interrumpirlo a uno mientras cena y saquearle las existencias sin ni siquiera…
—¡Serás bribón! Como no las encontremos, Necker se quedará en la ruina y tu molino también, porque ¿quién te va a comprar el cereal cuando no haya cabras que alimentar ni dinero con que pagarlo?
Un adolescente, desgarbado y con una mata de pelo revuelto, permanecía sentado sobre un tocón a cierta distancia, observando el revuelo con semblante desolado. Como parecía el único sin prisa, Tao se dirigió primero a él.
—Hola —dijo al tiempo que se acercaba—. ¿Podrías decirme qué ha pasado, por favor?
El chico, sobresaltado, se olvidó de su aflicción y la miró de hito en hito.
—¡Si es una shinn!
—Lo soy —respondió paciente Tao—. ¿Sabrías decirme qué ha pasado?
—¡Pero habla eshterense! —exclamó el muchacho.
Con los ojos entrecerrados, observó a Tao con desconfianza, como si esperase que sus rasgos extranjeros —ojos oscuros y rasgados, piel ambarina, cabello negro enroscado en un moño suelto— cambiaran ante él y se amoldaran a su manera de hablar.
Tao suspiró por dentro y decidió optar por otro método. Hizo revolear la capa con una floritura y se inclinó en una reverencia.
—Mi joven caballero, esta humilde viajera os saluda. Soy una adivina de porvenires del lejano Imperio de Shinara y vengo a estas tierras en busca de sabiduría y conocimientos.
—¿… En Necker? —respondió dubitativo el chico.
—La sabiduría puede encontrarse en todas partes —señaló Tao. Unió las manos con lo que esperaba pareciera solemnidad—. Allá donde el río inscriba la verdad sobre la roca y los hombres aviven las llamas de la creación.
—Ah… —se admiró debidamente el chico—. Entonces a quien estará buscando es al viejo Derry, el herrero, y su forja, ¿no? Está ahí, con un cubo en la mano izquierda.
Ambos se volvieron de nuevo hacia la fila formada, que ahora estaba más o menos equipada con cubos de grano y objetos variopintos con los que hacer ruido. El chico se encogió aún más, todo él codos, rodillas y desaliento adolescente.
—¿Qué van a hacer con todo ese cereal? —preguntó Tao.
—Van a mandar grupos de búsqueda. He perdido las cabras, ¿sabe? —explicó el chico con tono abatido—. Arty me encargó que hoy vigilara el rebaño en los pastos del oeste; me quedé dormido después de comer y, cuando desperté, las cabras no estaban.
»Ahora la aldea va a acabar en la ruina y va a ser culpa mía, aunque ¿cómo iba a saber yo que las cabras preferirían bajar por todas esas rocas en vez de quedarse en unos pastos estupendos, soleados y llenos de hierba? Yo quería ser aprendiz de candelero, no pastor de cabras, y ahora ¡quién sabe si Bern me querrá de discípulo! Se me dan bien sus abejas; las abejas no la arman: se quedan tranquilitas donde tú quieres a menos que te pongas a enredar con las colmenas, pero a Arty le estaba dando guerra la pierna mala otra vez y a mí no me importaba echarle una mano por un día, y ahora mire lo que ha pasado. ¡Cabras estúpidas!
Las palabras le salieron de sopetón, un torrente hirviendo de indignación y vergüenza juveniles.
—Humm —dijo Tao—. Tal vez yo pueda echar una mano.
Volvió a grandes zancadas hasta el carromato y se subió de un salto al pescante, mientras Laohu piafaba con impaciencia. Sin embargo, en lugar de agarrar de nuevo las riendas, Tao pasó por debajo de los faroles que se mecían suaves, suspendidos del saliente del larguero superior, y se introdujo en la pequeña caja de madera del carromato que le servía de vivienda.
Una cortina de lienzo bordado protegía el interior tanto de las inclemencias del tiempo como de los ojos curiosos; tras ella se encontraban todas las posesiones de Tao, tan ordenadas como era posible en lo que, siendo generosos, podríamos llamar un arcón con ruedas. Cazos y cazuelas de diversos tamaños colgaban de un clavo doblado en un tendal. Enfrente estaba lo que Tao consideraba su despensa: un saquillo de manzanas de invierno; tarros de cereales y hojas de té quedaban sujetos a un precario anaquel mediante cinchas; la menta y la ortiga colgaban en manojos a secar. Allí mismo tenía Tao su cama: unos sacos de heno (que, oportunamente, también servía de alimento a Laohu; aunque eso significaba que, si Tao pasaba mucho tiempo sin aprovisionarse, era inevitable que sufriera las consecuencias para dormir) envueltos en gruesas mantas de lana. En conjunto, formaba un refugio —aunque humilde— acogedor.
Pero Tao apenas dedicó una rápida mirada a todo aquello. Cada objeto estaba donde tenía que estar. Eso significaba que encontraría lo que necesitaba en la parte trasera, donde guardaba sus bienes más preciados.
Moviéndose por el espacio abarrotado con la facilidad que da la costumbre, Tao revolvió entre los bultos envueltos con sumo cuidado del fondo del carromato, tras los pequeños taburetes y la mesa plegable. De entre ellos, extrajo un disco de bronce bruñido, colgado de una cinta, y un macillo recubierto de tela.
Con la cinta en una mano y el macillo en la otra, volvió a atravesar la cortina y parpadeó al toparse con la cálida luz del farol bamboleante. Se alzó en el pescante (o tanto como su menuda complexión le permitía), se aseguró de que la capa y la caperuza se agitaban de forma imponente, dejando entrever el forro de terciopelo azul, levantó la barbilla y —con ademán grave y ceremonioso— golpeó el disco.
Resonó una nota grave, metálica, profunda y solemne que fue acallando a la multitud de aldeanos, quienes por fin se percataron de la presencia de la joven shinn encaramada a un carromato en mitad de su plaza. Tao hizo sonar el gong una vez más y el sonido reverberó mientras todos los ojos se clavaban en ella.
—¡Saludos, pueblo de Necker! —exclamó en medio del desconcierto general—. Soy Tao, adivina de pequeños porvenires.
Con gesto majestuoso, apuntó con el macillo al lateral de su carromato de madera, donde, en efecto, aparecía pintado en nítidas letras negras adivina de pequeños porvenires, seguido del añadido, por debajo y en una letra mucho menor: (no se ofrecen hechizos, pociones ni profecías antiguas).
—¡Pero esta noche les ofrezco, y totalmente gratis, un porvenir no tan pequeño! Usted, señora… —Tao señaló a una mujer de aspecto preocupado, ataviada con un mandil, que custodiaba varios cubos junto a la puerta de la taberna—, dígame, ¿hay un pequeño arroyo que corre a través de un pinar justo al este del pueblo?
—Sí que lo hay, sí —respondió ella, entrecerrando los ojos.
—Y usted, maestro Arty… —Tao señaló a continuación a un hombre mayor, alto y delgado, que apoyaba casi todo su peso sobre un bastón—, dígame, ¿hay un gran número de zarzamoras a lo largo del arroyo?
—Pero bueno ¿cómo sabe mi nombre? —replicó Arty perplejo al tiempo que se frotaba la pierna.
—Los hay —lo cortó la mujer del mandil—. ¿Y qué?
Tao extendió los brazos con ademán teatral, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, como escuchando voces que solo ella podía oír.
—Pueblo de Necker —declamó—. ¡He visto vuestras cabras! ¡Mirad hacia el este, donde las zarzamoras se unen al agua fría de la montaña, porque allí es donde encontraréis vuestro rebaño!
Los lugareños estallaron en una algarabía de voces.
Como adivina de pequeños porvenires, Tao no solía tener la oportunidad de ofrecer demasiado espectáculo, porque se sentiría un poco tonta anunciando con gran pompa si iba a llover o no el próximo Día del Erudito o si a la hija del carpintero se le iban a quitar las verrugas. Pero tenía que admitir que, cuando podía hacerlo, disfrutaba bastante.
—¡Es una shinn, desde luego que sí! —exclamó el muchacho desgarbado, que se había subido al tocón de un salto al escuchar su anuncio—. ¡Ve cosas en las rocas!
—¿Y qué hace una shinn tan lejos de su hogar, aquí en Necker, eh, a ver? —repuso una mujer con la boca fruncida y una escoba en la mano.
—¿Cómo ha sabido mi nombre? Si yo no he estado en Shinara en mi vida —vociferó Arty por encima del estruendo.
—¡Basta, basta! —gritó la mujer del mandil, golpeando un cubo con una cuchara de madera para recuperar la atención del gentío—. Nos vamos a quedar sin luz para encontrar las cabras antes de que oscurezca. A ver, la adivina dice que deberíamos buscar por el arroyo hacia el este, así que alguien debería ir a mirar por allí… En cualquier caso, hay que buscar por todas partes.
Su tono resolutivo recibió un coro de síes y los lugareños comenzaron a emparejarse y a partir en distintas direcciones, algunos de ellos volviendo la vista hacia Tao y su carromato. El muchacho desgarbado rompió a correr hacia el este en cuanto hubo agarrado un cubo de grano y gritó por encima del hombro:
—¡Yo miraré donde el arroyo!
Sus esperanzas de redimirse a ojos del pueblo se habían visto a todas luces renovadas por la fe en las capacidades proféticas de Tao.
Esta reprimió una sonrisa, volvió a guardar el gong y el macillo en el interior del carromato y se bajó para desenganchar a Laohu y esperar el desenlace. El arroyo de las zarzamoras no quedaba lejos, quizá a media hora para el trote ligero de un joven motivado y piernilargo. Tao había atravesado su curso no mucho antes de llegar a Necker: las ruedas del carromato traquetearon sobre las piedras y Laohu echó las orejas hacia atrás al notar el agua fría mientras levantaba los cascos con tiento. Tao recordaba haberse inclinado sobre el pescante para agarrar un puñado de moras maduras y saborear la explosión de dulzor mientras las comía una a una.
Lo que Tao sin duda también recordaba era el sonido de hojas mascadas, el distintivo olor a ganado y el aún más distintivo coro de balidos caprinos por detrás de las zarzamoras mientras su carromato se iba alejando.
Poco más de una hora después, con el sol ya escondido tras las colinas y el ocaso violeta cubriendo el paisaje, los agradecidos lugareños le estrechaban la mano y le ponían delante una segunda jarra de espumeante cerveza, desoyendo sus débiles protestas.
La mujer del mandil, que resultó ser Hattie, la esposa del tabernero (y la verdadera autoridad local en Necker, sin perjuicio del jefe oficial de la aldea), había tomado cariño a Tao casi al instante en cuanto Cam regresó triunfal con un rebaño de cabras malhumoradas y manchadas de moras delante de él.
—Ni hablar, esta noche nos negamos a aceptar dinero de alguien como tú —rechazó Hattie al tiempo que depositaba un cestillo de pan caliente y un plato lleno de queso («el mejor queso de cabra de toda la comarca de las colinas, por descontado») sobre la mesa de Tao, cerca de la chimenea de la taberna—. ¡Después de lo que has hecho por nosotros! Y esperamos que pases la noche aquí, porque somos muchos los que deseamos que nos leas el porvenir, si es que tienes tiempo. Una verdadera adivina shinn, figúrate, ¡ni en Shellport tienen una, que yo sepa!
Sus palabras fueron coreadas con numerosos «¡eso, eso!» de aprobación y gestos de satisfecho asentimiento por toda la taberna, pues a Necker a veces le escocía ser una vecindad más pequeña y pobre que la cercana Shellport. (Shellport era una población portuaria de tamaño medio y mínima importancia que contaba con tres tabernas de buen porte y hasta su propio mago residente. Cierto que era anciano y sordo, además de tener una presencia bastante menos imponente que la mayoría del resto del Gremio; en los últimos tiempos se dedicaba sobre todo a encantar redes de pesca, lo que había tenido unos efectos más bien inesperados en las sopas de pescado; aun así, que una localidad del oeste tuviera siquiera un mago no era poca cosa).
—Sería un honor —respondió Tao con una respetuosa inclinación de la cabeza— descansar esta noche en su bella taberna y, por supuesto, adivinarle mañana el porvenir a todo el que así lo desee.
Hattie le dirigió una sonrisa radiante y los lugareños le dedicaron un nuevo y ruidoso brindis —la voz del joven Cam fue la más fuerte de todas— a la adivina ambulante de pequeños porvenires, que parecía shinn pero hablaba bien eshterense y que había salvado a las cabras de Necker y, con ellas, el cuello a sus habitantes.
A la mañana siguiente, Tao se terminó un contundente desayuno (huevos con tostadas generosamente untadas de mantequilla, con un sabor algo más caprino de lo que a ella le gustaba, pero igual de calentitas y sustanciosas), le agradeció a Hattie el alimento y se encaminó hacia su carromato, que seguía aparcado en la plaza. Laohu había pasado la noche en una cuadra y, cuando Tao había ido a echarle un vistazo poco antes, lo había encontrado tan contento, dando buena cuenta del gran montón de heno que le habían proporcionado. La aldea iba despertando poco a poco; hasta la luz del sol matutino parecía suave y perezosa mientras se extendía sobre las colinas y las casitas de tejado de paja. No obstante, un puñado de aldeanos, los más diligentes, ya estaban en pie, acarreando agua o aperos, y saludaron a Tao con un gesto de la mano o la cabeza según se la iban cruzando, lanzándole miradas de descarado interés.
Tarareando una melodía sin palabras, Tao se remangó y empezó a prepararse para la jornada: para empezar, sacó de lo más profundo de su carromato una pértiga con una soga atada en lo alto; con su mazo y mucho esfuerzo, clavó la pértiga en el suelo por detrás del carromato, a poca distancia.
Una vez satisfecha con la profundidad con que la había clavado, Tao agarró la soga y la amarró con habilidad a un bucle en la cercha del carromato. Una vez tensa, Tao desapareció un instante en el interior y volvió a salir con una gran rollo de tela. Al manipularla, sus movimientos se volvieron casi reverentes: la desenrolló con dulzura y la sacudió con cautela para quitarle la menor mota de polvo.
Con manos hábiles, la extendió sobre la soga de modo que cayera por ambos lados. Era de un vívido azul medianoche, más gruesa que el lino aunque no tan tosca como la lana y con un leve y bello brillo a la luz del sol; Tao acarició su superficie suave y, no por primera vez, pensó con añoranza en las cumbres verdes y exuberantes de Shinara, donde se fabricaba ese tipo de seda tornasolada y que no había vuelto a ver desde que era muy pequeña. «Y con toda probabilidad no vuelva a ver jamás». El pensamiento le sobrevino como una punzada antes de poder contenerlo.
Terminó de armar la tienda con rapidez: un par de estacas más cortas en cada esquina para ampliar la anchura; la pequeña mesa plegable y los dos taburetes; una extraña vasija de arcilla con asa y una corta protuberancia en el otro extremo, y dos tazas de arcilla a juego, dispuestas sobre la mesa junto a un tarro de hojas de té enrolladas. También sacó una cajita de madera, cuyo interior traqueteaba como una sonaja, y una vela de aroma dulzón, que Tao encendió con un pedernal de acero y colocó con cuidado junto al tarro.
Al terminar, dio un paso atrás y supervisó el resultado con ojo crítico.
Para entonces, Necker ya estaba despierta del todo y una corriente constante de personas había ido saliendo a la plaza, dándose los buenos días, ocupándose de sus labores, aunque sin dejar de lanzar miradas de reojo a Tao, atareada en su carromato, que ahora hacía doblete como carromato y tienda.
El gentío comenzó a acercarse con curiosidad, aunque nadie se atrevió a ser el primer cliente hasta que el desgarbado Cam (que se consideraba una especie de portavoz, puesto que, al fin y al cabo, ¿no había sido él la primera persona de Necker en hablar con la adivina?) se acercó a la tienda con paso jovial y alzó la voz:
—¡Hola! ¿Está abierto, señorita? ¿Ya puede empezar a adivinar el porvenir?
Tao se tomó un instante para alisarse la ropa. Sabía bien lo importante que eran las apariencias en un negocio como el suyo, y aún más tratándose de una extranjera.
Llevaba un largo vestido blanco, simple pero limpio (una concesión a las sensibilidades más estrictas de la comarca de las colinas, aunque menos cómodo que los pantalones a la hora de viajar), sujeto con un cinturón de cuero marrón con numerosos saquitos colgando. Las botas eran más prácticas que femeninas y la capa de lana negra, con el forro azul y la caperuza hacia atrás, quedaba sujeta alrededor del cuello con un broche de plata en forma de cabeza de zorro. Puede que la capa y el broche estuvieran fuera de lugar por su delicadeza, pero, al igual que la seda azul de la tienda, de algún modo servían para realzar más que menoscabar la sencillez del resto.
A continuación se soltó y se volvió a recoger el cabello en un moño, sujetó los mechones rebeldes y se pasó una mano por encima para alisarlo. Introdujo la otra en uno de los saquitos que llevaba a la cintura y sacó una pequeña varilla ahusada de jade finamente tallado con un elaborado gancho curvo en un extremo: un ji, una horquilla shinn. Lo hizo girar entre los dedos por un instante, sintiendo cómo el jade resultaba frío y cálido a un tiempo. ¿Su madre echaría de menos usarlo? ¿Seguiría notando siquiera su falta? Tao tragó saliva para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta mientras se clavaba el ji en el moño, moviéndolo a un lado y a otro hasta ajustarlo. No era el momento de perderse en los recuerdos. Tenía porvenires que adivinar.
Una vez segura de estar presentable, Tao se volvió hacia el muchacho que esperaba fuera de la tienda.
—Buenos días, Cam. Sí, voy a abrir ya, pero primero te agradecería que me ayudaras con algo. —Señaló la vasija de arcilla que descansaba en la mesa—. La necesito llena de agua hirviendo. ¿Podrías ir a la taberna y pedirle a la señora Hattie que me la llene, por favor?
—¡Claro! —respondió Cam.
Cogió la vasija —con cuidado y por la base, ya que no estaba seguro de cuál de los salientes era el asa— y salió corriendo hasta la taberna, sacando pecho con importancia cada vez que se cruzaba con sus vecinos. Regresó enseguida con la tetera humeante, mordiéndose el labio por la concentración mientras la dejaba en la mesa.
—Gracias —dijo Tao—. ¿Te gustaría ser mi primer cliente?
—¡Sí! —respondió ilusionado—. Pero… —esperanzado, rebuscó con la mano en el bolsillo y sacó tres monedas de un cuarto de penique— ¿será suficiente? ¿Cuánto vale un porvenir?
—Cuánta riqueza constituye un porvenir depende de lo que uno ya tenga, porque siempre será más —respondió Tao. La verdad es que se lo estaba pasando bien metiéndose en el personaje, aunque una pequeña parte de sí negara con la cabeza al verle mostrar a la gente lo que quería encontrar en una mística adivina shinn en lugar de la realidad, más mundana.
—¿Qué? —Cam la miró con los ojos entrecerrados por la concentración.
—No importa —respondió Tao con una leve sonrisa—. Solo adivino pequeños porvenires, así que el precio es pequeño. Sí, puedo leerte algo por tres cuartos de penique. Ven a sentarte a mi mesa.
Asomó un instante la cabeza entre las cortinas de la tienda e indicó con gestos a los demás que esperasen a que acabara con Cam y tuvieran la amabilidad de formar una fila a cierta distancia para respetar su privacidad.
Mientras se acomodaban en los taburetes, Tao cogió una cucharada de hojas enrolladas del tarro y puso la mitad en cada taza.
—Primero —dijo, mientras Cam la miraba con fijeza— prepararemos el té.
Alzó la tetera de arcilla y vertió un largo chorro de agua en las tazas, alejándola cada vez más de la mesa mientras lo hacía, sin que se derramara una sola gota. Un aroma primitivo se fue desprendiendo de las tazas humeantes mientras las hojas oscuras se desenrollaban. Cam iba a coger la suya, pero Tao lo detuvo con un ademán rápido.
—Todavía no. Necesita asentarse y enfriarse. Esperemos unos minutos.
—Lo siento —se disculpó el muchacho. Tras un breve silencio durante el cual ambos se quedaron mirando las tazas, preguntó—: ¿Por qué necesitamos té, señorita?
—Es uno de los métodos con los que leo el porvenir —respondió Tao—. Cuando te lo acabes, las hojas que queden en la taza podrán mostrarme parte de tu futuro.
Impresionado, Cam observo su té, como animando a las hojas a hacer algo más mágico que simplemente flotar.
—Pero anoche, cuando nos dijo dónde estaban las cabras, no tenía té, ¿no?
—Bueno… —Tao carraspeó a toda prisa—, también hay otros métodos. A veces leo el porvenir en mis piedras de la fortuna. —Apuntó con un gesto hacia la caja de madera que estaba en la mesa—. O en las palmas de las manos, o incluso en los motivos que forma el humo de una hoguera. Pero normalmente prefiero empezar con el té.
—¿Por qué? —preguntó Cam, incontenible como solo un adolescente podría serlo.
Tao se encogió de hombros.
—Porque es bonito. Y me gusta su sabor.
Cuando consideró que ya había transcurrido tiempo suficiente, se llevó la taza a los labios y sopló con suavidad para enfriarlo antes de dar un largo sorbo. El delicado aroma del jazmín inundó sus sentidos y Tao movió el líquido por la cavidad de la boca, paladeando el modo en que los distintos sabores variaban según se iba enfriando la infusión.
Cam la imitó con cautela. Cuando descubrió que el té era inofensivo, dio un trago mayor y, acto seguido, apuró la taza hasta el fondo.
—Ya está —concluyó ansioso. Inclinó la cabeza a un lado y a otro mientras observaba las hojas que quedaban en el fondo—. Parece… algo así como un escudo, ¿creo? ¿Qué le parece? —preguntó mientras, vacilante, empujaba la taza hacia el otro extremo de la mesa.
Tao la cogió y fijó la mirada. Un grumo húmedo captó su atención, pero inspiró hondo, aspirando su aroma herbáceo y floral, y lo retuvo un instante antes de exhalar con lentitud.
Volvió a concentrarse en la taza de Cam y vio algo más que meras hojas: breves destellos y brillos, retazos de escenas por suceder. La mayoría de las imágenes eran oscuras, borrosas e indefinidas, pero consiguió conservar unas pocas, pequeñas y claras, por el tiempo suficiente. Esas las dejó fijas en su mente, recordándolas, comprendiéndolas.
—Entiende —le advirtió a Cam— que solo adivino pequeños porvenires. Nada de guerra, de política, de cosechas ni de hambrunas; esas son estrictamente para videntes con un poder superior, yo no comercio con esas cosas.
Con los ojos como platos, Cam le aseguró que lo entendía.
Tao asintió y dejó la taza sobre la mesa.
—Bien. En tu futuro veo una túnica nueva. Verde. Y el próximo Día del Artesano te quemarás el dedo mientras trenzas unos pábilos, así que no te olvides de aplicarte un poco de miel en cuanto suceda.
—¡Caray! —exclamó Cam, radiante de repente—. ¿Puede ver todo eso? Vaya, pues es un alivio. Lo de los pábilos, digo; ¡eso quiere decir que Bern todavía me va a dejar ser su aprendiz!
Cam salió de la tienda de Tao de un humor inmejorable, tres cuartos de penique más pobre pero con la impresión de haber conseguido una ganga, y se le oyó explicar a un gran grupo de jóvenes que habían acudido a su alrededor: «… Y entonces dice que será verde, que es mi color favorito. ¡Menuda suerte!».
Tao sonrió para sí. Delante de la tienda se había formado una cola de hombres y mujeres, algunos nerviosos, otros impacientes. Hizo una leve reverencia y preguntó:
—¿Quién es el siguiente?
La jornada pasó rauda, en un batiburrillo de té caliente, palmas extendidas y rostros anhelantes. Muchas horas y porvenires después, Tao se estiró en el taburete, sintió cómo le crujía el cuello y salió de la tienda una vez que se hubo marchado el último cliente («¡Oh! Menos mal que me lo ha dicho, señorita, o le habría prestado a Dottie mi sartén buena sin pensármelo dos veces! Anda que abollármela, qué descuidada, nunca me lo habría… Sí, sí, claro que todavía no lo ha hecho, y ahora no tendrá la oportunidad, ¡eso seguro!»). El sol se estaba poniendo una vez más. Había sido un buen día de adivinación, se dijo Tao, la talega casi con el doble de monedas de plata que por la mañana. Las gentes de Necker habían sido más generosas de lo que habría esperado de una localidad tan pequeña, era probable que gracias a lo de las cabras. Ahí había tenido suerte.
Pero no debía abusar de su hospitalidad.
Antes o después, a medida que los porvenires que les había adivinado se fueran cumpliendo inexorablemente y la novedad de contar con una shinn en la plaza del pueblo se fuera pasando, llegarían las miradas incómodas y los murmullos. Más le valía marcharse cuando aún era bienvenida y tal vez pudiera regresar por esos pagos dentro de unos meses, cuando fuera día de mercado.
Además, cuanto más tiempo se quedara en un lugar, mayor era el riesgo de que el Gremio se enterase y le hiciera una visita. Por el momento no era nadie —una fugitiva, una vagabunda, una puntada insignificante en el tapiz mágico de Eshtera, indigna de atención alguna— y pretendía seguir así. Los porvenires que adivinaba eran tan pequeños que apenas podían considerarse magia, aún más banales que los hechizos y las pociones de una bruja vulgar. O eso esperaba, porque prefería dormir cientos de noches frías y lluviosas bajo cientos de árboles antes que tener que regresar nunca a Margrave.
Pero entonces contempló el cielo que se iba oscureciendo y se envolvió bien bajo la capa para protegerse del frío. Cuando la puerta de la taberna se abrió y entró un pequeño grupo de lugareños, le llegó una explosión de risas y ruidos alborozados. Al oírlos, notó una punzada en su interior, una punzada que era casi de anhelo, un anhelo extraño y ya familiar por un lugar en el que jamás había estado, por algo que desconocía. Transcurrido un momento, la puerta de la taberna se cerró de golpe y el sonido de la alegría se apagó de nuevo.
Seguro que no pasaba nada por quedarse una noche más, decidió Tao, ya se pondría en marcha con Laohu por la mañana.
A dos horas al oeste de Necker, Tao se estremeció cuando las ruedas del carromato, que traqueteaban sobre las rodadas llenas de baches, se toparon con un badén particularmente hondo y el impacto se le extendió por la espalda como un latigazo. Laohu se volvió a mirarla y resopló con preocupación, pero ella le hizo un gesto para que siguiera adelante.
—Estoy bien —dijo suspirando—. Se me había olvidado lo mal que llegan a estar las carreteras en el oeste.
Por su puesto, si no estuviera recorriendo la campiña en un carromato que se mantenía en pie a base de clavos oxidados y cabezonería —y si no tuviera ya la espalda dolorida de pasar más noches durmiendo en dicho carromato que en una cama de verdad—, el estado de los caminos no sería un problema. Pero, en fin, así eran las cosas.
Tao volvió a suspirar y se frotó con cuidado la espalda. De verdad que tenía que encontrar la manera de acolchar el asiento del pescante… Tal vez debería intentar comprar unos sacos de paja en el siguiente mercado. O, si le sobraban unas monedas, ¿tal vez hasta rellenos de lana? Mientras cavilaba sobre las opciones más probables, no pudo evitar pensar en los carruajes en los que solía desplazarse en Margrave: cojines bordados y madera pulida; caballos de paso suave que se deslizaban por las calles llanas y pavimentadas de la Ciudad Media. Pero, de pronto, se alzó en su mente el recuerdo de la voz de su padrastro: «Arriba esa barbilla, muchacha. Los hombros atrás. ¡No mires a los caballos! Mírame a mí. Siempre debes mirar a los ojos de quien te habla o pensarán que eres estúpida. Ahora llevas mi apellido, así que no lo deshonres».
Laohu emitió un sonido de incomodidad y Tao se dio cuenta de que, sin querer, había crispado las manos con las que sujetaba las riendas. Volvió a relajarlas y trató de aflojar la repentina tensión que sentía en los brazos.
—Lo siento, viejo amigo.
Aun con medio reino de distancia entre ellos, el mero recuerdo de su padrastro podía hacerla sentir de nuevo una niña, pequeña y enfadada, como si todo lo que hiciera —en realidad, todo lo que era— estuviera mal.
Tao sacudió la cabeza mentalmente y se concentró en el paisaje que iban dejando atrás con el paso del carromato. Se obligó a respirar con normalidad, a mirar hacia delante a la carretera que se abría, ancha y tentadora, ante ella. «Ahora soy libre —pensó—. De él y de todos los demás».
La aldea de Havelin quedaba a tan solo a medio día de camino hacia el oeste y no tenía tiempo que perder pensando en un pasado que había dejado atrás.
La mujer sentada en el taburete frente a Tao no dejaba de retorcer las manos en el regazo. Sonrió agradecida cuando esta le ofreció una taza de té humeante, pero era una sonrisa quebradiza, breve y dubitativa, y Tao no pudo evitar pensar en un gorrión de porcelana que había visto una vez en una tienda de baratijas. Lo habían tallado como si estuviera en pleno vuelo, con las pequeñas alas extendidas para aprovechar una brisa, y, aunque era bello, había algo de triste en él, petrificado como estaba en aquel escaparate.
La mujer se llamaba Esther y aparentaba treinta y pocos años. Era la única hija del anciano calderero de Havelin y ese día había sido una de las primeras en hacer cola delante de la tienda de Tao. La adivina había aparcado su carromato en el prado junto a los establos y pronto se había corrido la voz de su llegada por todo el pueblo.
Esther bebía su té con lentitud, sin moverse del taburete; Tao la observaba mientras hacía lo mismo.
Unas finas líneas se le formaban alrededor de los ojos, y se comportaba con la madurez de quien en la vida ha visto más quehaceres que ferias de primavera. No se podía decir que fuera una belleza, con una barbilla demasiado tosca y afilada para el resto de su cara, pero poseía un precioso cabello dorado que le caía sobre los hombros en bucles y una expresión inteligente que, si no de belleza, sí la dotaba de cierto atractivo.
Tao la notaba nerviosa. Les pasaba a algunos clientes cuando llegaban a su tienda, sobre todo quienes buscaban verdades difíciles, a diferencia de quienes veían la adivinación como un divertimento. Se aclaró la garganta con suavidad.
—¿Hay algo que te haya preocupado en los últimos tiempos? No puedo garantizarte qué veré, pero si hay algún área en la que quieras que concentre mi visión, puedo intentarlo.
Esther la miró con indecisión.
—Yo… Sí, supongo que sí.
Tao esperó paciente.
—Como verás, ya no soy una joven doncella —explicó Esther. Esbozó una sonrisa cohibida, inesperada, y Tao pensó que de pronto se la veía muy guapa—. He tenido… mala suerte en el amor, podríamos decir. Y mi padre está preocupado porque no haya encontrado marido, ahora que se hace viejo.
Tao asintió.
—¿Quieres que vea si vas a casarte? No sería un porvenir tan pequeño, pero puedo probar a… —Echó un vistazo a la taza de Esther; el té todavía estaba mediado y las hojas flotaban formando pequeños remolinos. Usaría otro método—. ¿Puedo verte las palmas?
Las adivinaciones de amor eran algo que las jóvenes solteras pedían con cierta frecuencia; lo habitual era que Tao solo pudiera decirle a alguna si el próximo Día de la Madre las iba a besar en el granero un cabrero con la cara llena de espinillas, o si el futuro marido iba a tener amorfo el meñique del pie, por lo que tal vez debiera echarles un vistazo a los de todos los hombres que conociera para estar segura (aunque sería un acto arriesgado, pues alguno podía malinterpretarlo).
—Espera —saltó Esther—. Sí, es que, quiero decir que… —Volvió a unir las manos, angustiada, estrujando la tela de la falda—. Si ves… Es decir, si yo… Es que la gente de la aldea no sabe que…
—Nada de lo que se diga en esta tienda saldrá de aquí por boca mía —respondió Tao cuando creyó comprender la lucha interior de Esther—. Lo que vea en tu futuro, o en tu pasado, solo lo sabremos tú y yo.
La mujer rubia inspiró hondo y asintió con lentitud.
—Gracias —dijo, antes de depositar la taza en la mesa y apoyar las manos con las palmas hacia arriba.
Tao se las tomó entre las suyas y se inclinó hacia delante. Fijó la mirada, inspiró, espiró y repitió la operación mientras examinaba las finas líneas que se entrecruzaban en sus palmas.
Buscó con la mente las sendas que parecían ligeras y frívolas, las que presentaban un pulso acelerado y un centro cálido, porque esas serían las líneas de la atracción, a veces incluso del amor. Tao encontró una que parecía prometedora y siguió su rastro sinuoso hasta una muesca a lo largo de la cual vio a una Esther más joven, en una visión resplandeciente y neblinosa, riendo ruborizada en una pradera, mientras una mano extendida trataba de atraerla hacia sí y…
Oh. Oooh…
—¿Qué has visto? —preguntó angustiada Esther al distinguir en el rostro de Tao una reacción que esta no había sido capaz de reprimir del todo.
—He tenido una visión de tu pasado —respondió la adivina con voz lenta—. De ti. En una pradera cubierta de dientes de león, con…
Las manos de Esther se quedaron completamente inmóviles.
—Con Jane.
—Sí —dijo Tao—. Cabello castaño. Pecas en la nariz.
Silencio.
—Ahora entenderás por qué no tengo marido, supongo —explicó Esther con amargura—. He recibido propuestas de hombres buenos y honrados, pero no he sido capaz de aceptarlas, porque nunca los querré, no como debería quererlos una esposa. Pero ¿para qué sirve una mujer sin marido ni hijos propios? A mi padre no le queda mucho tiempo y yo pasaré sola el resto de mis días, de acá para allá por Havelin mientras los demás murmuran a mi alrededor: «Ahí va la pobre solterona de Esther». ¿De verdad tengo que elegir entre quedarme sola u obligarme a estar con un hombre a quien no quiero?
Las lágrimas sin derramar brillaban en sus ojos mientras las palabras le salían en tromba, como si llevara demasiado tiempo conteniéndolas y por fin pudiera liberarlas dentro de los confines de la tienda de seda azul.
—¿Qué ha sido de la otra chica? —preguntó Tao con amabilidad.
—Jane se mudó a Yuris no mucho después, a dos pueblos de distancia. No hemos… mantenido el contacto. Lo último que supe es que se casó con el hijo del panadero y tiene dos bebés preciosos. —Esther desvió la mirada—. Nuestra…, nuestra «amistad» fue algo pasajero, para ella. Al final descubrió que los hombres le gustaban lo suficiente. A mí no —concluyó agachando la cabeza, como esperando un veredicto.
Tao se quedó un instante pensando qué decir. Los pueblos y aldeas de la Región Central se encontraban en los márgenes rurales del reino de Eshtera y, en su pequeñez, albergaban una visión bastante provinciana de ciertas cosas. La mujer no encontraría en Havelin ningún lugar donde vivir como deseaba; por mucho que a Tao le doliera admitirlo, Esther no se equivocaba sobre las elecciones a las que debía enfrentarse.
Si se quedaba en Havelin.
—Todavía no te he leído el porvenir —le dijo Tao—. Me has pagado por ver tu futuro, no tu pasado. ¿Puedo mirar de nuevo?
Esther levantó la vista y se enjugó los ojos.
—Por favor —respondió, sorbiendo por la nariz y tendiéndole las manos una vez más.
Tao bajó la vista a sus palmas, pero no se molestó en controlar su respiración como había hecho antes. Ya las había estudiado a fondo y no había líneas de amor lo bastante claras como para seguirlas hasta el final. Pero sabía el porvenir que podía decirle a Esther.
—Ah —mintió Tao—. ¡He visto algo!
—¿Sí?
—Sí —respondió. Miró a lo más hondo de los ojos verdes de Esther y le apretó las manos, deseosa de que la mujer creyera lo que estaba a punto de decirle—. Te veo feliz. Te veo a salvo y libre. Y no estás sola.
—Pero ¿cómo? —musitó Esther—. ¿Cómo es posible?
—Hay un convento de la Madre —respondió Tao. Había pasado cerca al principio de sus viajes; las hermanas se habían mostrado amables con una joven y asustada fugitiva de rasgos shinn y ella, en agradecimiento, les había leído el porvenir. La hospitalidad de las monjas era un recuerdo lo bastante poco común como para que Tao hubiera tomado nota de su ubicación por si alguna vez necesitaba de nuevo un puerto seguro—. Al norte de Whitelake, puede que a unos tres días de viaje desde aquí. Si tuerces a la izquierda al llegar al aserradero y sigues por el sendero del bosque, no tardarás en ver sus muros blancos. Es un buen lugar, con un huerto de manzanos y tierra fértil, y un río estupendo para pescar. Allí viven bien.
—¿Un convento? —respondió Esther dubitativa—. Pero yo no soy muy devota…
—Las hermanas de este convento —añadió Tao con cautela, observando con atención a Esther para asegurarse de que la entendía— creen que la mejor forma de mostrar devoción es viviendo bien y en paz. Lejos de los juicios de los demás y en armonía con una comunidad de mujeres que cuidan las unas de las otras.
Tao pronunció estas últimas palabras con suma claridad y, cuando vio la luz abrirse paso poco a poco en el rostro de la mujer, sonrió.
Muchos clientes y horas después, mientras Tao desmontaba la tienda y guardaba las estacas, los taburetes, la tetera, la seda azul tornasolada enrollada y el resto de aperos, seguía dándole vueltas a lo que le había dicho a Esther. Esperaba que fuera al convento.
La mujer no estaba segura cuando se alejó de la tienda, atrapada entre la esperanza por la visión que Tao le había descrito y los reparos por dejar Havelin, entremezclados con una buena dosis de culpabilidad filial. Pero, al darle las gracias a Tao, se le había iluminado la cara mientras esbozaba de nuevo aquella sonrisa de medio lado, y por un momento Tao había visto en quién podía convertirse si entraba en el convento: una mujer sin ataduras; un gorrión volando libre.
Con todo, era muy difícil dejar el único lugar que una había conocido. Los arroyos junto a los que jugaba de niña, los árboles por los que había trepado, los rostros conocidos… Desde cierta perspectiva, la familiaridad podía parecerse mucho al amor si una no prestaba demasiada atención.
Tao lo sabía bien. Ya había dejado atrás dos hogares, ambos muy distintos: extrañaba mucho la verde tranquilidad de Lianghe, y muy poco las opulentas terrazas y las pálidas frentes altivas de Margrave. Pero, en todo caso, ambos lugares habían sido su hogar… o «un» hogar, al menos durante cierto tiempo. Y, por distintos motivos, había sido desgarrador abandonarlos.
Tao no estaba segura de que Esther fuera a reunir el valor para marcharse, pero esperaba haberle allanado un poco el camino, un camino distinto, si es que decidía tomarlo.
«Todo el mundo merece un hogar», pensó Tao al tiempo que acariciaba el hocico gris y bigotudo de Laohu. ¿Y qué es un hogar sino el lugar donde una no se siente tan sola?