Prólogo. La búsqueda insaciable de la felicidad

PRÓLOGO

La búsqueda insaciable

de la felicidad

Ninguno de nosotros quiere estar en aguas tranquilas durante toda su vida.

Jane Austen, Persuasión

Si estás leyendo estas líneas, es que hay algo en tu vida que quieres cambiar. Puede ser algo evidente: un trabajo que no te gusta, una pareja que no te hace sentir amado o amada, falta de dinero o de propósito. También puede ser algo mucho más sutil: la sensación de que algo no encaja en tu vida o de que tú no encajas en este mundo. Buscas de modo incansable, y este libro es parte de tu búsqueda.

Yo también he buscado y Jane Austen me ha ayudado a encontrarme a través de sus libros y de su testimonio de vida.

Caminando con Jane Austen

Jane Austen ha sido parte de mi vida, como el color del techo de mi habitación de cuando era pequeña, la colonia de mi abuelo, la voz de mi madre o las empanadillas de mi abuela. He leído y releído tantas veces sus libros, he habitado sus historias durante tanto tiempo que en ocasiones me parece extraño que puedan pasar coches por la calle en lugar de carruajes tirados por caballos.

No es una obsesión, simplemente tengo la necesidad de vivir en un lugar donde el tiempo transcurre a una velocidad más humana. Hay ciertos valores que para mí contienen la esencia de la felicidad, y las cosas del corazón son más importantes que las apariencias.

Sufrí bullying en el colegio y durante muchos años me pregunté el porqué. No había hecho nada para merecerlo, si es que alguien puede merecer un trato así, pero con el tiempo (y mucha terapia) descubrí que mis compañeros no entendían que alguien no tuviera la necesidad de formar parte de un grupo para protegerse o de criticar a otros para parecer más fuerte. La sociedad ataca a quienes no buscan pertenecer al grupo y no siguen sus normas. Estas personas son un espejo de las debilidades de los demás y, por lo tanto, son un riesgo para el sistema.

Jane Austen lo sabía bien. De modo poco beligerante, pero con tenacidad, preservó su camino de vida, totalmente ajeno a aquello que marcaba la sociedad del momento. Decidió no casarse, aunque tuvo oportunidades para hacerlo, y dedicó su tiempo a escribir y a luchar para publicar sus obras. Además, a pesar de las limitaciones que padecían las mujeres para ver sus libros publicados, eligió un seudónimo femenino para firmar sus novelas; nunca se escondió bajo un nombre masculino.

De igual forma, las heroínas de las novelas de Jane Austen no siguen los preceptos que les marca la sociedad. Todas anhelan un destino hecho a su medida, decidido por ellas mismas, y están dispuestas a pagar el precio por no alejarse de esta búsqueda. No obstante, es justamente esta lealtad con ellas mismas lo que les permite alcanzar la vida que ansían.

Después de este doloroso episodio de bullying seguí buscándome. Primero hice lo que se esperaba de mí, para ver si acaso aquellos que me querían tenían razón. Por supuesto, tenían razón: logré hacerme un hueco en el mundo empresarial y de la comunicación; ganaba más dinero del que podía gastar y siempre que iba a una cena de amigos era la admiración de todos. Aun así, cada día al despertar sentía que estaba regalando mi tiempo, mi vida. Me sentía profundamente triste y vacía.

En aquella época me entrevistaron para trabajar en la sede de J. P. Morgan de Londres, uno de los bancos más importantes del mundo. Durante la entrevista me hicieron una pregunta que me perturbó. Era muy simple: «¿Qué libros tienes en tu biblioteca?».

La respuesta adecuada habría sido citar grandes obras sobre temas sociales, sobre economía, esos nombres etiquetados como «importantes» por nuestra sociedad. Sin embargo, me vino la imagen de mi casa y mi biblioteca. En aquel entonces yo vivía en un ático del Eixample de Barcelona, con una terraza, una ducha de agua caliente en el exterior y una gata llamada Amor. La biblioteca ocupaba prácticamente todo el piso. Había libros en mi habitación, en el baño, en la cocina y en el salón-comedor. Tenía sobre todo novelas de Jane Austen, Virginia Woolf, Dickens, Elizabeth Gaskell o las hermanas Brontë. También había un montón de libros de autoayuda para encontrar el modo de ser feliz. Recuerdo bien a las dos personas de J. P. Morgan que me estaban entrevistando en aquella sala de techos altos con molduras; estaba claro que esperaban, impacientes, una respuesta. No pude mentir, porque de repente me di cuenta de que aquel no era mi sitio.

Cuando salí del imponente edificio, como un castillo fortificado y sombrío, deambulé hasta Trafalgar Square y me senté en las escaleras de la National Gallery. Había perdido una oportunidad única. Pero ¿quería esa oportunidad?

Levanté la mirada al cielo y sonreí. En aquel momento sentí que algo en mi interior me estaba hablando y tiraba de mí en otra dirección: debía seguir esa voz.

Pasé el resto de la tarde en la librería que hay delante de la National Gallery releyendo mis libros favoritos, y fui feliz. Aquel día compré una edición preciosa de Mansfield Park que aún conservo. Sí, quizá ese día Jane Austen ya apuntaba el cambio en mi vida.

Más adelante, cuando ya había publicado mis primeras novelas y libros de no ficción, decidí que quería crecer como escritora. Como uno de mis grandes referentes seguía siendo Jane Austen, supe que Inglaterra era donde quería estudiar.

Con esfuerzo y tenacidad logré entrar en uno de los doctorados más prestigiosos del mundo, el PhD en Escritura Creativa de la Bath Spa University. Justo en Bath, donde Jane Austen vivió parte de su vida y donde se ambientan algunos de sus libros, seguí sus pasos como escritora y como mujer incansable y leal a sus propios valores.

Paseando por las calles de Bath, imaginando cómo era el mundo a finales del siglo xviii y principios del xix, sentí que quería vivir en esa época. Evidentemente, no quería volver a una esperanza de vida de cuarenta años y unas desigualdades sociales dramáticas. No. Sin embargo, había algo que no era capaz de encontrar en la actualidad, algo muy valioso: por el camino del llamado «progreso» habíamos perdido nuestro propio ritmo del tiempo y la conexión con aquello que es esencial: la vida íntima.

La sabiduría de Jane Austen

Cualquiera que lea las novelas de Jane Austen puede pensar que son historias de mujeres, sea lo que sea que esto signifique. Incluso algunos pueden ser lo bastante insensatos como para no acercarse a su obra y sentir prejuicios. Puede que tilden sus libros de novelas ligeras porque no tocan, como algunos dirían, temas «importantes», «serios».

El caso es que se equivocan. El mundo está hecho de la vida íntima. Quizá quien nos gobierna tiene un padre que no le supo querer lo suficiente; el presidente de una gran empresa que va a negociar una deslocalización ha soñado toda su vida con ese primer amor que dejó escapar; la mujer que decide los tipos de interés de un banco internacional tiene dolor de espalda y le cuesta ir a ver a su madre a la residencia porque se siente culpable por haberla dejado allí.

Nuestra vida no es la lista de logros, títulos, dinero, propiedades, relaciones sociales, contactos o followers que tenemos. El último día de nuestra vida, en ese último aliento, lo único que tendremos son los recuerdos del tiempo que hemos vivido y de las personas que nos han acompañado.

En Mansfield Park, la protagonista, Fanny Price, dice: «La vida parece una rápida sucesión de ocupaciones sin importancia». Y es que las ocupaciones sin importancia SON la vida, pues es lo que llena la mayor parte de nuestros días.

Durante los últimos doscientos años nos hemos perdido, sin lugar a duda. Hemos perdido los valores más esenciales del ser humano: vivir y compartir. El ritmo que llevamos no nos permite nada más, y lo único que hacemos para llenar el vacío es consumir y vender a las redes sociales una existencia postiza.

En ese sentido, Jane Austen nos invita a ser valientes y a valorar la ternura del corazón, los pequeños gestos en nuestro día a día y un ritmo humano del tiempo. Se trata de recordar quién eres y de luchar por aquello en lo que crees. Ser ambicioso: ser feliz.

Cambia tu vida con Jane Austen

Los valores que Jane Austen defendió, como la integridad, la libertad, el orgullo de ser uno mismo, la trascendencia del amor o la crítica a la superficialidad y a la jerarquía social, se reflejan en sus obras y en su vida personal. Como señala su biógrafa Claire Tomalin,[1] Austen fue una mujer de «valentía moral inquebrantable», que supo navegar por las restricciones de su tiempo con ingenio y firmeza.

Por su parte, David Nokes[2] destaca cómo su resistencia a aceptar un matrimonio de conveniencia, a pesar de la presión social y familiar, demuestra su compromiso con sus principios. Y también cómo traslada estos principios a sus novelas.

Devoney Looser[3] enfatiza el coraje de Austen al abordar en su obra las injusticias sociales, especialmente en lo relativo a la posición de la mujer.

Es hora de que Jane Austen sea recordada no solo por su ingenio y su capacidad narrativa, sino también por la valentía con la que vivió y por los valores que, de modo sagaz y diáfano, supo transmitir a través de su obra.

Pero seamos prácticos: ¿qué tiene que ver la existencia acomodada y los valores de una familia de la nobleza rural inglesa durante la Regencia con nuestra actual vida apresurada, llena de urgencias, necesidades económicas, excesivas horas de trabajo, actividades y tecnología?

Tiene todo que ver. Porque el escenario puede haber cambiado, pero el fondo es el mismo. Con o sin teléfono móvil, todos aspiramos a la libertad personal, a reivindicar nuestro valor, a ser reconocidos, a prosperar, a sentirnos bellos y buenos, a amar y ser amados.

Esto último es quizá el quid de la cuestión, y un poeta contemporáneo de Austen, el escandaloso Lord Byron, lo resumía así al final de su Manfredo:

El amor es lo único que hay que ganarse en la vida.

Todo lo demás se puede conseguir robando.

Y la pregunta es: ¿cómo podemos ganarnos ese amor? Más concretamente: ¿cómo se gana el amor por uno mismo, que es el fundamento de cualquier otra clase de amor?

Este es uno de los grandes temas que trataré a lo largo del presente libro.

Todos estamos expuestos a las presiones del entorno —aún más con el desarrollo de las redes sociales—, y necesitamos distinguir y perseguir nuestro propio camino para realizar nuestro propósito en la vida, de modo que alcancemos la felicidad que supone la paz del alma.

En las siguientes páginas aprenderemos las grandes lecciones que nos brinda Jane Austen y cómo aplicarlas a través de ejercicios prácticos a nuestro día a día para cambiar nuestra vida y encaminarnos hacia nuestro destino.

Para ello, este libro se divide en diecisiete temas importantes para mejorar tu vida:

• El orgullo de ser tú

• El coraje de definirte más allá de la familia

• El mundo es el reflejo de tu mirada

• El gozo de aprender para ser

• Osadía y sensibilidad

• Sortear el ruido cotidiano

• La verdadera belleza

• La rueda de la fortuna

• El hogar como ancla del alma

• Las primeras impresiones

• Las segundas oportunidades

• Los cambios son para bien

• Seguir tu propio camino

• El arte de sostener el propio corazón

• El poder del arrepentimiento

• El desafío de no rendirse

• Recuerda que eres un ser salvaje

Déjate inspirar por una autora que ha enamorado a sus lectores a lo largo de los siglos. Aprendamos de ella por cómo supo enfrentarse a las adversidades, por su fuerza interior y sus valores.

¿Quién fue Jane Austen?

Aunque en este libro profundizaremos en la vida de Jane Austen y las claves de su sabiduría contenidas en sus obras, quisiera hacer una breve introducción sobre nuestra protagonista y su historia.

Jane Austen nació en 1775, el mismo año en que Estados Unidos declaró la guerra al Imperio británico, el mismo año en que nacieron Friedrich Schelling, filósofo y máximo exponente del idealismo y el romanticismo alemán que afirmó que «el ser humano es esencialmente su propia obra», y Joseph Turner, conocido como el pintor de la luz. Era un momento de cambio en la historia de la humanidad. Los grandes imperios empezaban a desmembrarse, se ponían en duda las monarquías y la aristocracia, y crecía la burguesía, es decir, la percepción de lo que las personas podían llegar a ser más allá de lo que marcaban sus orígenes.

Dickens en Historia de dos ciudades (1859) describe ese momento histórico así:

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, era la edad de la sabiduría, era la edad de la locura, era la época de la fe, era la época de la incredulidad, era la estación de la Luz, era la estación de las Tinieblas, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación, lo teníamos todo delante de nosotros, no teníamos nada delante de nosotros, todos íbamos directamente al Cielo, todos íbamos directamente en dirección opuesta.

Ya no tenía sentido delegar la propia vida en otro, fuera monarca o señor, era el fin de la renuncia. Nacía la identidad individual, la voluntad de ser.

Jane Austen contribuirá también al nacimiento y desarrollo de este sentimiento de voluntad individual en contra de la presión social. Sus heroínas, tal como ella hizo en su propia vida, no se doblegarán nunca a la presión social; escogerán su propio destino, asumiendo todas las consecuencias.

La pequeña Jane

Jane Austen nació en la localidad inglesa de Steventon, Hampshire. Era la séptima de los ocho hijos del reverendo George Austen y su esposa, Cassandra Leigh. Su familia pertenecía a la pequeña nobleza rural. Sin embargo, George Austen fue un hombre ilustrado y se aseguró de que Jane y sus hermanos tuvieran acceso a una educación sólida, algo poco común para muchas mujeres en esa época.

Aunque Jane no recibió una educación formal extensa, su padre la instruyó en casa y alentó su interés por la literatura. Creció rodeada de libros. La biblioteca de la familia Austen contenía una variedad de obras que iban desde la historia hasta la literatura clásica y contemporánea. La lectura constante desde pequeña influyó tanto en sus valores como en sus habilidades narrativas.

El reverendo Austen también fue un gran defensor del talento literario de su hija, cosa extraña en un padre por aquel entonces. En 1797, cuando Jane tenía solo veintiún años, intentó ayudarla a publicar su primera novela, First Impressions (que más tarde se convertiría en Orgullo y prejuicio), pero fue rechazada por el editor. A pesar de este revés, su apoyo y su estímulo no menguaron y proporcionó a Jane una autoestima y una valoración por su obra y sus capacidades intelectuales.

Una prueba de la influencia que tuvo el reverendo en su hija es que aparecen hasta siete personajes del clero en las obras de Austen. Aunque algunos de ellos son objeto de burla (como Mr. Collins en Orgullo y prejuicio, o Mr. Elton en Emma), la mayoría son personajes íntegros, con principios sólidos, respetables, inteligentes y de carácter amable.

Más allá de las apariencias

Tras la jubilación de su padre en 1801, la familia se trasladó a Bath, una ciudad a la que Jane nunca se adaptó por completo. Bath aparece en dos de sus novelas: La abadía de Northanger y Persuasión. En ambas describe esta ciudad de aguas termales, muy popular en aquel tiempo, como un hervidero de actividades, pero también como un escaparate social con un ambiente frívolo y superficial.

Por ejemplo, en Persuasión, narra cómo percibe Bath la protagonista, Anne Elliot:

Persistió en una muy decidida, aunque muy silenciosa, aversión a Bath; captó la primera vista borrosa de los extensos edificios, humeando bajo la lluvia, sin ningún deseo de verlos mejor.

Fue una desgracia lo que llevó a Jane de regreso a la ruralidad, donde se sentía más cómoda. En 1805 muere el reverendo Austen, dejando a su viuda y a sus hijas Jane y Cassandra a merced de sus hermanos, como ocurre con las hermanas Dashwood en Sentido y sensibilidad.

Tras mudarse en varias ocasiones, cada vez a un emplazamiento más económico y modesto que el anterior para poder subsistir, fue Edward, el tercero de los hermanos Austen, quien en 1809 puso a disposición de su madre y sus hermanas una casa de campo en Chawton. Fue en esta casa, pequeña y sin lujos pero acogedora y rodeada de naturaleza, donde Jane volvió a encontrarse consigo misma y con su escritura. Y en esta última etapa de su vida fue cuando escribió sus obras más importantes.

Cassandra y la sororidad en Jane Austen

En toda la obra de Austen destaca la importancia de las relaciones que se establecen entre las mujeres. En algunos casos esta relación se da entre hermanas; en otras, entre amigas o incluso entre mujeres que se conocen poco pero se prestan apoyo.

Jane Austen desarrolló este profundo sentimiento de sororidad, como se denomina hoy, gracias a su hermana mayor, Cassandra, seguramente el vínculo más profundo que tuvo en su vida. En los periodos en los que estaban separadas, Jane y Cassandra se escribían cartas casi todos los días. Su relación fue de total intimidad, confianza y apoyo mutuo. Cassandra era el principal apoyo emocional de Jane.

Para enfado de estudiosos y académicos que se han visto privados de mayor información sobre la vida de la autora, tras la muerte de Jane, en 1817, Cassandra quemó muchas de sus cartas. Sin embargo, ¿querríamos que todo el mundo conociera nuestros más recónditos secretos cuando ya no estemos aquí?

Me inclino a pensar que Cassandra fue el refugio de Jane y su gran protectora, incluso tras su muerte. Algo que no hizo, por ejemplo, Max Brod con su amigo Franz Kafka, quien le pidió que quemara sus escritos inéditos.

Amor, compromiso y libertad

En cuanto a su vida amorosa, se cree que Jane tuvo dos relaciones importantes. La primera fue con Tom Lefroy, un joven irlandés estudiante de Derecho que conoció en 1795. Aunque había atracción e interés mutuo, por la posición so­cial de la familia de Lefroy, Tom estaba destinado a casarse con una mujer más rica, así que el romance no pudo prosperar.

Años después, en 1802, Jane aceptó la propuesta de matrimonio de Harris Bigg-Wither, un hombre adinerado que pertenecía a su círculo social. Sin embargo, para sorpresa de todos, al día siguiente de haber dado el sí, Jane cambió de opinión. Los motivos se desconocen, pero el hecho de rechazar a un hombre que le ofrecía la seguridad económica que necesitaba refleja su fuerte carácter, pues no estaba dispuesta a casarse sin amor, algo inusual para su época.

Este carácter lo veremos en algunas de las heroínas de sus novelas. En una carta dirigida a su sobrina favorita, Fanny Knight, en 1814, le aconsejaba: «Cualquier cosa es preferible o soportable antes que casarse sin afecto».

La publicación de su obra y el reconocimiento

Jane comenzó a escribir a finales de la década de 1790, pero no fue hasta 1811 cuando publicó su primera novela, Sentido y sensibilidad, bajo el seudónimo «By a Lady». Esta fue seguida de Orgullo y prejuicio (1813), Mansfield Park (1814) y Emma (1815). Tras su muerte, en 1817, su hermano Henry se encargó de la publicación de sus novelas póstumas: La abadía de Northanger y Persuasión.

Jane Austen tuvo un público fiel en vida y logró algunas buenas críticas, como la del célebre autor de Ivanhoe, sir Walter Scott:

Esa joven dama tenía un talento para describir los enredos, los sentimientos y los personajes de la vida ordinaria, que para mí es lo más maravilloso que he encontrado. Los cuadros de la vida y los modales ordinarios que nos ofrece son más fascinantes por la verdad de los cuales están impregnados y el interés por el que son representados.

Aunque no fue hasta años después de su muerte que creció su popularidad y se convirtió en una de las escritoras más queridas y respetadas de la literatura inglesa, con decenas de millones de ejemplares vendidos, traducida a más de treinta y cinco idiomas, y setenta adaptaciones cinematográficas y televisivas. Hoy en día, solo en la página de lectores Goodreads tiene más de tres millones de valoraciones.

Sus últimos días

Jane Austen falleció el 18 de julio de 1817, a los cuarenta y un años, tras varios meses de enfermedad. Los primeros síntomas comenzaron a manifestarse en 1816. Aunque continuó escribiendo y revisando sus obras durante algún tiempo, su salud se deterioró rápidamente.

Los historiadores han debatido mucho sobre la causa de su muerte, pero la mayoría cree que sufría de la enfermedad de Addison, un trastorno endocrino que afecta a las glándulas suprarrenales. Otra teoría sugiere que pudo haber padecido linfoma de Hodgkin, un tipo de cáncer. Los síntomas que Jane experimentó, como fatiga, dolores, hinchazón y la apariencia oscura de su piel, encajan con estas dos afecciones.

A pesar de su mala salud, Jane mantuvo su sentido del humor y su amor por la literatura. Incluso en sus últimos meses continuó trabajando en su novela inacabada Sanditon, hasta que su condición física se lo impidió por completo.

En mayo de 1817, Jane se trasladó junto con su hermana Cassandra a la ciudad de Winchester, en busca de una mejor atención médica. En una casa de College Street, bajo los cuidados constantes de Cassandra, fue donde Jane Austen murió. También sería enterrada en esta ciudad el 24 de julio de 1817.

Es curioso descubrir que en su lápida no se mencione que fuera escritora ni haya ninguna referencia a su talento literario. La inscripción dice:

En memoria de Jane Austen, la hija más joven del difunto reverendo George Austen, anteriormente rector de Steventon en este condado. Partió de esta vida el 18 de julio de 1817, a los 41 años, después de una larga enfermedad soportada con la paciencia y las esperanzas de una cristiana. La benevolencia de su corazón, la dulzura de su carácter y los extraordinarios dones de su mente le obtuvieron el afecto de todos los que la conocieron, y el amor más cálido de sus conexiones íntimas. Su dolor es proporcional a su afecto; saben que su pérdida es irreparable, pero en su más profunda aflicción se consuelan con la firme, aunque humilde, esperanza de que su caridad, devoción, fe y pureza hayan hecho su alma aceptable a los ojos de su Redentor.

Es evidente que si Jane Austen hubiese sido un hombre se habría ensalzado su carrera literaria. Sin embargo, tal vez en esto haya también una última enseñanza.

Fijémonos en el amor que irradian estas palabras. Quizá todos prefiramos morir dejando atrás este recuerdo lleno de amor, habiendo vivido a nuestra manera y con nuestro corazón en paz. Hay numerosos autores vanagloriados por sus obras, pero terriblemente desgraciados en vida (y más de uno ha hecho desgraciado a su entorno, como el citado Lord Byron).

Jane Austen, no. Ella no solo fue una genial escritora, sino una mujer sabia que, todavía hoy, nos enseña a vivir.