1. La reina Kayla

Ilustración de olas de mar

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La reina Kaila

El aire se ha colmado de gritos.

La parte delantera del castillo de Rocablanca parece haberse convertido en un océano de gente que la corriente ha arrastrado hacia el patio interior. Los cuerpos se balancean al son del violento oleaje y los chillidos y lamentos borbotean entre la somera turba.

A mis espaldas, los guardias de Rocablanca tratan de empujar a todos los súbditos hacia la puerta principal mientras vociferan órdenes que apenas se distinguen en mitad del caos. La mitad de la gente intenta abrirse camino y volver al castillo para ver con sus propios ojos qué está pasando, mientras la otra mitad pretende huir de allí porque sabe que solo así podrá salvarse.

Manu y mis guardias han conseguido sacarnos. Nos hemos librado por los pelos. El corazón me martillea en el pecho, aún no he recuperado el aliento y la adrenalina fluye por mis venas. Es esa clase de vulnerabilidad que me hace sentir como un animal acorralado, un animal que se ha quedado helado en mitad de un bosque nevado, incapaz de reaccionar, de moverse. Sin embargo, lo que me tiene totalmente paralizada es la amalgama de los sonidos que provienen del castillo. Oro que salpica los suelos. Oro que gotea del techo e inunda estancias. Oro macizo que derrumba paredes. Y más gritos.

Otra virulenta tromba de aullidos nos sorprende cuando una manga de oro líquido aparece de repente por la puerta principal del castillo. Todos se sobresaltan, ahogan un grito de pánico y, guiados por el instinto, dan un paso atrás. Y después otro, y otro más. Quieren alejarse del inminente peligro, oprimiendo así a la muchedumbre que ya estaba agolpada detrás.

Manu y Keon se colocan delante de mí con la mirada clavada en el castillo de Rocablanca, y los dos me obligan a retroceder en un gesto protector a la vez que nuestros guardias nos rodean. Sé que no todos mis guardias han logrado escapar, pero lo cierto es que todavía no me he atrevido a echar un vistazo a mi alrededor para comprobar a cuántos he perdido.

El oro empieza a salir a borbotones por la puerta, trepa por los muros del castillo y engulle los peldaños de la escalera principal. Una ola se retuerce hasta formar unas manos que pretenden agarrar a un hombre, pero en el último segundo unos guardias tiran de él y lo apartan.

En un arrebato de frustración, el metal líquido golpea el suelo como si fuese un niño consentido que no se ha salido con la suya y una lluvia de oro rocía la escena. Unos hilos dorados se hunden en la nieve que cubre los escalones y arruina la piedra que había debajo. El oro también rezuma de los alféizares de las ventanas, como si fuese sangre, tiñe los cristales y se cuela entre las grietas de los marcos.

Nos rodean las imponentes murallas del castillo, todavía iluminadas por decenas de antorchas, y aunque se supone que deberíamos sentirnos protegidos por ellas, la verdad es que tengo la impresión de que solo sirven para mantenernos aquí encerrados. Atrapados. Quiero sugerirle a mi hermano que nos marchemos y abandonemos el castillo porque sospecho que el oro va a seguir avanzando y me aterra morir ahogada junto con el resto de personas aquí agolpadas, pero justo cuando estoy a punto de decírselo se oye un fuerte estruendo. Viene de algún lugar del interior del castillo y es un ruido tan aterrador que me deja sin habla.

Presa de la angustia y del miedo, miro a mi hermano, y después a Keon, y a mi hermano otra vez. Me pregunto qué habrá destruido el oro esta vez, a quién le habrá arrebatado la vida. Pero entonces, como si ese último fragor fuese una señal que marcase el final, el oro que gotea de los muros deja de brillar, de ondear. Se vuelve sólido e inmediatamente después, un silencio sepulcral se instala en el castillo.

La multitud también enmudece. Con el alma en vilo, todos quieren saber si aquella pesadilla ha terminado de verdad. No sé cuánto tiempo nos quedamos ahí en pie, observando y escuchando, pero los charcos y manchurrones de oro que cubrían la piedra gris y congelada del castillo ya no se mueven, y a pesar de que las antorchas desprenden una luz cálida, todo parece haber cobrado un tono más oscuro. Más frío.

Tal vez el movimiento y el sonido hayan cesado, pero hay algo dentro de mí que cobra vida. Me tiembla el cuerpo y en mi mente se empiezan a arremolinar pensamientos ruidosos.

«Por el gran Divino, ¿qué acaba de ocurrir?».

Tengo los zapatos empapados porque estoy de pie aquí, en la intemperie, sobre unos jardines nevados, y con la piel de gallina por culpa de este horroroso y frígido aire nocturno. No pretendía salir del castillo esta noche, y menos con este vestido. De hecho, en estos instantes debería estar en el salón de baile, celebrando que por fin había anunciado mi compromiso y tramando un plan para hacerme con el control del Sexto Reino.

Como mínimo, no debería estar al borde de la hipotermia.

Miro hacia abajo y veo unas motas de oro sobre la tela de mi vestido de un color azul oscuro. A simple vista parecen lentejuelas brillantes, pero no me atrevo a tocarlas. No después de lo que he presenciado en el salón de baile.

—¿Ha parado? —pregunto.

Es una pregunta demasiado simple en comparación con lo que acaba de suceder aquí. Pregunto si ha parado. ¿El qué? El oro que ha perdido los estribos, que se ha sublevado con una furia desatada. Tengo la absoluta certeza de que mi mente va a reproducir lo sucedido esta noche una y otra vez, y sé que el recuerdo permanecerá vívido en mi memoria durante mucho tiempo.

Jamás podré olvidar la imagen del oro moviéndose con precisión, arremetiendo con una violencia desmedida; escurriéndose por las paredes; anegando el suelo; encabritándose, abalanzándose, embistiendo, y arrasando con todo.

—¿Ha parado? —pregunto otra vez, con una voz aguda que me cuesta reconocer.

Nunca antes había estado tan cerca de un peligro mortal, y mi cuerpo lo sabe. Es por eso que el corazón me sigue latiendo a mil por hora, que las palpitaciones me aporrean los oídos.

Es por eso que no puedo dejar de temblar.

—Creo que sí —responde al fin Manu, y se da la vuelta.

Su marido prefiere no apartar la mirada del castillo, como si no se fiara de que todo hubiese terminado, como si temiese que el metal líquido pudiera volver a cobrar vida.

—Maldito Divino —le oigo decir en voz baja.

Quizá la blasfemia que ha susurrado ha descorchado la botella que mantenía encerrada a toda esta gente porque, en ese preciso momento, una ráfaga de voces empieza a colarse en el patio del castillo. Mi poder se despierta de forma automática y las palabras se abren camino en el aire hasta llegar a mis oídos. Gracias a mi magia puedo saber qué están murmurando todas y cada una de las personas aglutinadas en el patio.

«¿Qué ha pasado?».

«Es el poder del rey Midas, que convierte en oro todo lo que toca».

«¿Dónde está el rey Midas? ¿Dónde está el Rey Podrido?».

«Nuestro príncipe ha muerto».

«¿Es obra de Midas? ¿Lo ha hecho a propósito?».

«Pero ¿qué ha pasado?».

Las palabras brotan de sus bocas, se cuelan en mis oídos y se enredan en mi mente formando una confusa red que debo de­sen­ma­ra­ñar lo antes posible para entenderlo todo. Apenas han transcurrido unos segundos cuando me doy cuenta de que ya no necesito mi poder porque la multitud empieza a alzar la voz, a exigir respuestas a gritos que todos pueden escuchar.

—Mierda —dice Manu entre dientes, y se vuelve hacia mí—. Tal vez deberías…

De pronto, alguien grita:

—¡Yo sé lo que ha pasado!

Todas las miradas se clavan en la mujer, que avanza renqueante. Con un dedo tembloroso señala las puertas, donde los chorretones de oro se han solidificado. Una herida abierta que jamás cicatrizará.

—¡El rey Midas no ha tenido nada que ver! —escupe. Luce una melena azabache que le cubre toda la espalda y una parte del vestido, también negro, parece haberse derretido—. ¡Ha sido su mascota dorada! ¡Ella le ha robado su magia!

Doy un paso atrás, asombrada. Las palabras de esa mujer han quedado suspendidas en mi cabeza.

—¿Quién es esa? —musita Manu.

Un tipo se abre paso entre la muchedumbre a empujones.

—¿Qué estás diciendo, mujer?

Ella estira la espalda y observa a todos los súbditos con evidente orgullo.

—Soy una de las monturas reales del rey Midas, y os puedo asegurar aquí y ahora que todo esto ha sido culpa de Auren. ¡Ella ha provocado esta catástrofe! Esa zorra dorada le robó su magia cuando el rey la tocó y la convirtió en oro, y no ha dejado escapar la oportunidad de utilizarla para su propio beneficio. Le mintió, y ahora lo ha atacado. ¡Lo he visto con mis propios ojos mientras escapaba del castillo!

La tensión se palpa en el ambiente. Todo el mundo parece conmocionado.

—¿Qué coño está diciendo? —pregunta Manu con un hilo de voz, y se gira hacia mí.

Cuando la mujer se acaricia el vientre, ato cabos y de inmediato adivino quién es: Mist, la montura a la que Midas dejó embarazada.

Trato de asimilar las palabras de la montura. Al principio sacudo la cabeza porque me niego a creerlo. Pero a medida que pasan los segundos empiezo a darle veracidad al relato porque lo que yo he presenciado en ese salón… Ha sido como si Midas hubiese perdido el control del oro, como si alguien estuviese dirigiéndolo…

«¿Cómo no he descubierto este secreto antes?».

—¡Mirad! —exclama alguien—. ¡Alas madereras! ¡Alguien está huyendo en alas madereras!

—¡Es ella! ¡La asesina de oro!

Alargo el cuello para ver al hombre que acaba de hablar y miro hacia donde está apuntando con el dedo. Un segundo antes de que la oscuridad de la noche envuelva con su manto todo rastro de vida, atisbo a ver un destello de plumas y garras que enseguida desaparecen entre las nubes.

«¿Era el Rey Podrido con lady Auren?».

—¡Lo sabía! —grita Mist—. Es una embustera. Una farsante. Sedujo a Midas para arrebatarle su poder y ahora pretende hacer lo mismo con el Rey Podrido.

Se desata una marejada de voces y en cuestión de segundos el rumor empieza a azotar con una fuerza imparable.

«Maldita sea, ¿cómo no me he dado cuenta antes? ¿Cómo no se me había ocurrido?».

—Estás temblando —apunta mi hermano, arrancándome así de la tempestad de pensamientos. Clava la mirada por encima de mi hombro, en la dirección donde supongo debe de encontrarse uno de mis guardias reales—: Tu reina tiene frío. Busca algo con lo que pueda abrigarse.

Percibo movimiento detrás de mí y enseguida noto el peso de una capa sobre los hombros.

—Aquí tenéis, reina Kaila.

Agarro las solapas de la capa y la ajusto a mi alrededor para tratar de entrar en calor. Pero de nada sirve, porque el frío me ha calado hasta los huesos y ya no puedo deshacerme de él. Necesito volver al Tercer Reino, pasear por la orilla de la playa al mediodía, cuando el sol brilla con más fuerza, y sentir de nuevo ese calor. Llevo demasiado tiempo aquí.

Sin embargo, todavía no puedo volver a casa. No después de haberme dejado la piel en llevar a cabo un plan que ahora mismo está desmoronándose delante de mis narices. Noto decenas de miradas curiosas clavadas en la nuca, esperando mi reacción.

—Manu, manda a un guardia a comprobar si es cierto que Ravinger ha huido con lady Auren. Necesito confirmación oficial.

Mi hermano asiente con la cabeza y se escabulle deprisa entre la muchedumbre mientras le oigo vociferar una retahíla de órdenes. Echo un rápido vistazo a mi alrededor. Aquí fuera, en el patio interior del castillo, solo hay guardias de Rocablanca. Ni un solo guardia de Midas. Ni un solo destello de esa armadura chapada en oro.

—Keon —lo llamo y de inmediato él se vuelve hacia mí—. Manda a una brigada de guardias de Rocablanca al interior del castillo para asegurarnos de que el peligro ya ha pasado. Si encuentran a Midas, que le presten toda la ayuda que pueda necesitar.

Baja la cabeza y se retira para obedecer. Señala a un par de guardias del Quinto Reino que se han apiñado alrededor de un charco de oro solidificado y que, con evidente cautela, tocan el metal con la punta de las botas.

Contemplo el castillo en absoluto silencio, y empieza a soplar un viento gélido que me hiela la sangre. Y por si la situación no fuese ya lo suficiente deplorable, comienza a caer aguanieve.

Tres soldados de Rocablanca rompen filas y se dirigen hacia la puerta de entrada, totalmente destrozada por el oro. Caminan sigilosos y con expresión seria. El primero levanta una mano y los otros dos enseguida detienen el paso. Después se arrodilla frente a una salpicadura de oro que yace inmóvil sobre los peldaños.

Coloca un dedo sobre el metal y al ver que no ocurre nada, se vuelve a poner en pie y ladea la cabeza para que sus compañeros lo sigan. Los tres suben los peldaños que conducen a la puerta de entrada. Cuando las botas pisan el oro, todos oímos un chasquido metálico y, antes de que nos demos cuenta, han desaparecido en el interior.

Esperamos.

Cuantos todavía siguen agolpados en el patio enmudecen de nuevo; los nervios de la espera parecen haberles estrangulado cualquier palabra.

Tengo sentimientos encontrados, pero hago de tripas corazón y me acerco a la parte delantera del castillo con paso firme y seguro. Me detengo y me volteo para poder mirar a todos los súbditos y me esmero para mostrar un semblante tranquilo pero que transmite fortaleza. Su príncipe ha muerto, el Rey Podrido se ha dado a la fuga y Midas no está aquí, por lo que soy la única persona a la que pueden recurrir, y debo aprovechar esta oportunidad. En estos momentos necesito que me vean.

—No tengáis miedo —anuncio—. Ya no corréis ningún peligro, y os doy mi palabra de que averiguaré si lo que se ha dicho aquí hoy es cierto o no.

Se oyen murmullos, cuchicheos. Mi poder advierte los suspiros de alivio, las palabras de admiración, las expresiones del profundo respeto que sienten hacia mí.

—Bien hecho, hermana —dice Manu entre dientes.

Uno de los guardias asoma la cabeza por la puerta, y hago señas a Keon para que se acerque a él y reúna información. Mi cuñado se dirige a la puerta con ademán estoico y escucha con atención al guardia. Examino a la muchedumbre mientras mi magia recopila balbuceos.

La sofoco en cuanto Keon se acerca con novedades.

—¿Y bien? —pregunta un Manu nervioso.

—Según parece, el oro ha dejado de moverse y se ha solidificado —explica en voz baja, como si no quisiera que nadie más pudiera oírlo.

—¿Y Midas? —insisto.

La mirada pardusca de Keon se fija en mí.

—Creen que ha muerto.

La noticia me deja sin aliento. El aire se queda atascado en mi garganta mientras las palabras se entrelazan en mi cabeza, como hilos envolviendo una madeja.

«Muerto».

Aprieto los labios, y repaso cada piedra que conforma la fachada del castillo. He invertido muchísimo esfuerzo y muchísimo tiempo en maquinar un plan, en fraguar la confabulación perfecta, y ahora esto.

El rey Midas no me sirve de nada si está muerto.

Viajé hasta aquí para negociar acuerdos, para exponer mis pretensiones ante un príncipe fácil de influenciar y un rey que nadaba en la opulencia. Las cosas cambiaron, pero para mejor. Tenía un plan. Iba a ser la primera monarca de la historia en unir dos reinos a través de un enlace matrimonial a la vez que intervenía en un tercero.

Porque el poder lo es todo, y aunque quizá no posea una magia física, como convertir en oro todo cuanto toco o pudrir lo que se me antoje, poseo palabras, y sé de buena tinta que una reina puede lograr lo que se proponga si atesora una red tejida de secretos y confidencias.

Desde que ascendí al trono no he hecho otra cosa que trabajar sin descanso para que mi pueblo me considere una monarca poderosa, una amenaza a la que temer, igual que al resto de gobernantes de los siete reinos. Con esas nuevas alianzas, ya no tendría que preocuparme más por ello. Mi autoridad habría quedado totalmente demostrada. Ahora todo se ha ido al traste.

Y por culpa de lady Auren. ¡Lady! Como si una montura cualquiera mereciera ese tratamiento.

La rabia y el miedo se apoderan de mí, pero oculto mis emociones bajo una máscara de calma y seguridad. No quiero mostrar mis verdaderos sentimientos, y menos con tanta gente observando cada uno de mis movimientos. Soy la mujer que está al cargo de la situación, y no debo permitir que mis súbditos vean una reacción emocional en mí. De hacerlo, lo utilizarían como arma arrojadiza contra mi persona.

—Quiero verlo con mis propios ojos.

Y antes de que cualquiera pueda pararme, me encamino hacia el castillo, avanzando a grandes zancadas. Tengo los dedos entumecidos por el frío y la humedad. Mis pantuflas de seda están totalmente cubiertas de nieve.

—Hermana —me llama Manu, pero lo ignoro. Escucho unos pasos apresurados a mi espalda y antes de llegar a la escalinata, él y Keon ya me han alcanzado.

—Al menos deja que entre yo primero —propone Keon, y se planta delante de mí para cerrarme el paso.

—Ten cuidado —le advierte Manu.

Keon asiente con la cabeza y empieza a subir los peldaños. Lo sigo.

—Kaila —sisea Manu, que no se despega de mí—. Que el oro se haya estabilizado no significa que vaya a permanecer así siempre. Desconocemos la volatilidad de este metal.

—Se ha solidificado —apunto. La suela de mis pantuflas resbala sobre el oro que recubre el último peldaño de la escalera. Las puertas están descolgadas de las bisagras, como un par de dientes que alguien ha arrancado a la fuerza.

—Antes también se había solidificado —replica él—, y mira lo que ha ocurrido.

—Ver lo que ha ocurrido es precisamente lo que quiero.

Le oigo soltar un suspiro de resignación y por fin atravesamos el umbral. Una vez dentro, me quedo inmóvil. Las llamas de los candeleros de pared parpadean de una forma errática, como si ellas también estuvieran inquietas y exaltadas, como si todavía no se hubiesen recuperado del ataque sufrido.

Manu y yo seguimos los pasos de Keon, porque lo último que queremos es alejarnos. Cada paso resuena en el inmenso vestíbulo. Nos dirigimos al salón de baile y los tres nos quedamos de piedra en cuanto entramos.

Pestañeo varias veces para acostumbrarme a la oscuridad que se ha instalado en el salón. A la oscuridad y al oro que, de vez en cuando, emite destellos a modo de advertencia. Antes, las llamas de los candelabros de techo, de los candeleros de pared y de la infinidad de velas que hay repartidas por el salón iluminaban toda la estancia. De hecho, era imposible saber si era de día o de noche. Pero ahora todo está sumido en una negrura casi absoluta. El único punto de luz proviene de las calderas de hierro forjado que siguen quemando leña desde cada esquina del salón. Nunca había reparado en ellas, pero es que nunca había visto el salón de baile así, totalmente vacío. No parece el mismo salón, ni por asomo. Es como si cada superficie de aquella estancia estuviese hecha de cera y alguien hubiese tratado de derretirla con la llama de una vela.

Da la impresión de que las paredes se han fundido, y ahora están repletas de goterones de oro petrificados. El techo también se ha deformado, y de él cuelgan decenas de filamentos dorados que más bien parecen carámbanos afilados y letales que nos señalan a todos y cada uno de nosotros. Las columnas, que horas atrás estaban chapadas en oro, ya no desprenden ese brillo áurico cegador. Todos los elementos ornamentales hechos de oro se han desfigurado por completo.

El suelo se asemeja más a una vorágine, como si lo hubiese asolado un tornado de oro. Bultos extraños, siluetas que surgen del suelo y que parecen haberse quedado detenidas en el tiempo. Me estremezco con solo mirarlo. Advierto una mano humana con los dedos extendidos, como pidiendo ayuda en una súplica eterna, y lo que a primera vista parece un cuerpo acurrucado junto a la tarima. También distingo una inmensa ola dorada debajo del mirador, como si el balcón se hubiese desprendido y se hubiese desplomado sobre el suelo, donde atisbo a ver la pierna de alguien asomando.

—Por todos los dioses…

El susurro de Manu me devuelve a la realidad, y decido moverme. Mis pies me llevan al otro extremo del salón de baile y, atenta a cualquier movimiento o señal de peligro, voy saltando entre las olas de oro. Me adentro en el salón, pero entonces resuena un horrible quejido entre aquellas cuatro paredes. El suelo. El techo. Me recuerda a una casa vieja donde se oyen crujidos y chirridos inexplicables, pero mucho peor. Es espeluznante. El oro es como un fantasma que lamenta nuestra presencia, que amenaza con acosarnos durante el resto de nuestros días.

Me quedo quieta, y el corazón me late aún más rápido. Manu, que está a mi lado, me coge del brazo.

—Kaila, deberíamos marcharnos.

El gruñido se disipa, y el silencio vuelve a instalarse en el salón una vez más.

Me revuelvo y lo obligo a soltarme del brazo porque estoy decidida a proseguir con la búsqueda.

—Quiero verlo con mis propios ojos.

Keon señala hacia delante y dice:

—Ahí lo tienes.

En cuanto mis ojos se posan en la silueta que Keon me ha indicado, salgo disparada hacia ella. Sobresale de la propia pared y es inconfundible.

—Por el gran Divino…

Es él.

Le falta la corona, pero es él, no me cabe la menor duda. Tal vez su corona se haya derretido con la tumba de oro en la que ahora está enterrado. Es como si la pared hubiera tratado de tragárselo, de arrastrarlo hasta las entrañas del castillo. Su cara muestra una expresión agónica, con los ojos abiertos en una mezcla de sorpresa y miedo.

El rey Midas no es más que un cadáver revestido de oro.

El metal vuelve a rugir, y lo interpreto como una declaración de intenciones.

—No…

Los tres nos volvemos un tanto sobresaltados hacia la voz femenina. Se trata de Mist, que se tambalea sobre ese océano dorado y, al ver a Midas, abre los ojos como platos, horrorizada por la escena.

—Mi rey… —farfulla, y se deja caer frente a él. Arrodillada y con las manos sobre el vientre, empieza a llorar desconsolada. Los sollozos resuenan en ese salón derruido que hace apenas una hora destilaba suntuosidad y elegancia.

—Ha sido Auren. Ella ha causado todo esto, ella lo ha asesinado.

—Pero ¿cómo? —susurra Keon mientras Mist sigue gimoteando—. ¿Cómo ha podido hacer algo así?

Intento recordar cada interacción, cada anécdota que me han contado o he oído gracias a mi poder. Estudio el rostro de Midas al tiempo que rebusco en mi memoria. Mientras escucho, recupero hilos pasados, madejas que he ido tejiendo a lo largo de las semanas. Las palabras se arremolinan en mi cabeza.

Todos los monarcas son muy celosos de su intimidad, y más de su magia. Es una cuestión de estrategia. Uno debe saber cuándo mostrar sus cartas, y cuándo esconderlas. En algunos casos, lo más inteligente es dejar que te subestimen. En otros, en cambio, lo más sensato es hacer alarde de tu poder, para que el pueblo te venere, o te tema. O ambas cosas.

Midas convirtió en oro la mesa del comedor, de un tamaño descomunal. Esa fue la primera vez que fui testigo directo de su increíble poder. También convirtió en oro este inmenso salón de baile para la celebración de esta noche. Dos espectáculos perfectos.

Sin embargo, esta noche parecía haber perdido el control sobre el oro. Y es que no era él quien lo controlaba.

Su magia es real, de eso no hay duda. Y jamás ha convertido en oro a otra persona, solo a Auren.

Y creo que ahora entiendo por qué.

Siempre sospeché que Auren guardaba un secreto, y creía haberlo descubierto. Pensé que se acostaba con el comandante del ejército enemigo. Pensé que la favorita del rey no era más que eso, una montura real por la que Midas sentía especial cariño y con la que fornicaba siempre que le venía en gana.

No podía estar más equivocada.

Y reconozco que odio equivocarme.

Midas la convirtió en un trofeo, en un objeto de deseo, en un premio del que presumir. Todos los hombres tienen fijaciones, pequeñas fantasías, sobre todo cuando se trata de mujeres. Unas obsesiones que siempre están a caballo entre el deseo y el odio. Un paso en falso y el amo puede volverse en contra de su preciada mascota.

Aunque quizá en este caso haya sido la mascota quien se haya vuelto en contra de su amo.

El miedo recorre todo mi cuerpo y mis entrañas. ¿Y si es verdad que Auren puede arrebatar un poder? ¿Y si intentase robar el mío? ¿Y si lo consiguiese?

Rechino los dientes, pero no es momento de acobardarse. Debo tomar las riendas y hallar la manera de sacar provecho de esta situación. Si es cierto que lady Auren ha intentado quitarme lo que es mío, pienso destruirla.

El torbellino de pensamientos empieza a amainar al ver todo ese metal dorado. El cuerpo sin vida de Midas está revestido en oro, como si estuviese encerrado en su propio molde, esperando a que un herrero lo saque de allí para pulir los bordes.

Pensaba que muerto no me serviría de nada, pero quizá me había precipitado. Quizá lo que tengo que hacer es usarlo como lo que es ahora: un arma.

—Estoy convencida de que cuando Midas tocó a Auren y la convirtió en una mascota de oro, le cedió parte de su poder —explico en voz baja—. Por lo que intuyo que lo último que el rey querría era que alguien pudiera enterarse de eso.

Midas era un hombre muy reservado para todo, pero ¿esto? Una revelación de esta magnitud no entra en ninguna categoría, ni siquiera puede considerarse un secreto peligroso. ¿Tal vez ese fuese el motivo por el que nunca se separaba de ella? ¿Trató de amaestrarla para hacerse con los poderes de otros monarcas y así poderlos utilizar en beneficio propio?

—Esto no me da buena espina —opina Keon.

—Kaila —empieza mi hermano—, ¿no te has planteado que quizá no haya sido una simple casualidad? ¿Y si ese es el verdadero poder de Auren? ¿Y si puede sustraer la magia de quienes la emplean sobre ella? ¿Recuerdas si tú…?

—Sí —respondo de inmediato, y asiento con la cabeza. Me invade una oleada de ira.

—¿Y si te ha usurpado el poder?

Me niego a expresar mi desasosiego en voz alta porque eso sería demostrar debilidad. Bloqueo las rodillas y rechino los dientes. Con la mirada aún clavada en la sepultura dorada de Midas, observo mi propio reflejo en su pecho.

Así no era como se suponía que debía terminar la noche, con un castillo arrasado por el oro y con el miedo de que alguien pueda arrebatarme el poder y usarlo contra mí acechándome.

—¿Cómo vamos a utilizar esto a nuestro favor? —pregunta Manu porque, al igual que yo, ha aprendido a aprovechar cualquier oportunidad que la vida nos presenta para nuestro propio beneficio, sobre todo en política. Y esta ocasión no va a ser distinta a las demás.

Echo una ojeada a mi alrededor. Estamos solos, sin contar a Mist, que sigue berreando como una histérica.

—Diremos la verdad —resuelvo—. Que la favorita de Midas se volvió contra él. Que tuvo una aventura amorosa con el Rey Podrido para despertar sus celos. Y que me envidiaba porque acababa de prometerme con su querido Rey Dorado.

—Asegúrate de que todos sepan que es malvada.

Digo que sí con la cabeza.

—Todos los habitantes de Orea la despreciarán.

—¿Y qué hay del Sexto Reino? —pregunta Manu—. Es obvio que no se va a celebrar ninguna boda.

—Pero anunciamos el compromiso públicamente —replico—. No será fácil, aunque si juego bien mis cartas, hay esperanza. Creo que puedo presionar para hacerme con el control.

—Los disturbios todavía no han cesado —informa Keon—. Además, no olvidemos que mataron a su propia reina. ¿Qué te hace pensar que te aceptarán ahora que Midas está muerto y que no se va a celebrar ningún enlace?

Le lanzo una sonrisa.

—Porque yo no soy la Reina de Hielo. Soy la cariñosa, carismática y hermosa reina Kaila Iona. Me las ingeniaré para conseguir que me respeten y me quieran como lo hace el pueblo del Tercer Reino.

—Todos sabemos que nuestra querida Kaila se desvive por sus súbditos. Podrá convencerlos de que está dispuesta a hacer lo mismo por ellos —dice mi hermano asintiendo con la cabeza.

—En ese caso tenemos que actuar rápido —advierte Keon—. En cuanto podamos, debemos acudir al Sexto Reino y organizar una ceremonia en honor a Midas para que tú puedas mostrarte como la prometida que llora su muerte y así consigas ganarte su simpatía.

Si hay algo que se me da de maravilla, es hacer que un reino me adore.

—Puedo hacerlo.

El llanto apenado de Mist empieza a ponerme de los nervios. La miro de reojo y aprieto los dientes. Tendré que ocuparme de ella.

Si pretendo hacerme con las riendas del Sexto Reino, no puedo permitirme el lujo de tener a un heredero bastardo merodeando por allí. Pero, de momento, hay otros problemas más urgentes que atender.

—Ahora habrá muchos movimientos —continúo en voz baja—. En cuanto los demás monarcas se enteren de que lady Auren tiene la capacidad de usurpar sus poderes, querrán hacer algo al respecto. No se quedarán de brazos cruzados, desde luego. Además, no nos olvidemos del Quinto Reino.

—Ahora que lo mencionas, se me ha ocurrido una idea para solucionar ese tema —dice Manu, y de inmediato centro toda mi atención en él.

Mi hermano es mi consejero, y lo es por una razón. Además de tener una mente brillante, es capaz de dominar a todo un ejército, pero también tiene el envidiable talento de adivinar las intenciones de la gente sin siquiera conocerla y, sobre todo, me ha jurado lealtad hasta el día de su muerte.

—Ahora mismo debemos destinar todos los esfuerzos en blindar nuestro control sobre el Sexto Reino y ocuparnos de lady Auren, pero no podemos echar a perder el trabajo que hemos hecho para afianzarnos en el Quinto Reino. Así que os propongo que busquemos al familiar más cercano de Fulke, porque ahora que el príncipe ha muerto, Rocablanca necesita un heredero. Localicemos a aquellos que posean un poder para así hacer una criba entre los mejores candidatos y elegir al heredero que ascenderá al trono. Seremos nosotros quienes decidiremos quién asume el poder del reino. Y a cambio de nuestro apoyo incondicional… El elegido respaldará todas nuestras decisiones, y solo las nuestras.

Esbozo una sonrisa.

—Un plan perfecto, hermano.

Me dedica una sonrisa de orgullo.

—¿Y si alguien se opone a que nos apoderemos del Sexto Reino, o a que seamos nosotros quienes nombremos al heredero del Quinto? —cuestiona Keon, que parece preocupado.

Mi sonrisa se vuelve retorcida y afilada.

—Cualquiera que se atreva a alzar la voz en mi contra, se quedará sin ella.

Y si lady Auren cree que puede quedarse con todo aquello por lo que llevo años dejándome la piel, me encargaré personalmente de hacerle saber que no es la única capaz de robar lo que no es suyo.

Quizá no tenga el poder de convertir en oro todo lo que toco, ni de pudrir lo que se me antoje, pero las palabras son el arma más poderosa que existe, y estoy preparada para empuñarla si hace falta.

Ilustración de un árbol sin hojas y sus raíces

2

Slade

Presiento que se avecina una tormenta porque el cielo empieza a enharinarse. Sostengo con firmeza un cuerpo sin vida entre mis brazos.

La borrasca es inminente y se aproxima mostrándome unos dientes afilados y despiadados, unos dientes que rasgan el aire con malicia y cada vez que ruge, creo sentir su aliento gélido en la cara.

Mi mente está ocupada contando los segundos. Mi ala maderera tardó sesenta segundos en llegar después de que emitiera un silbido que retumbó en toda Rocablanca. Pasaron otros cuarenta segundos hasta que logré subirme a lomos de Argo y Lu atara varias correas para asegurarse de que estaba bien sujeto a la bestia. En ningún momento solté a Auren.

Y sesenta segundos más tarde estamos aquí, entre las garras de las nubes que empiezan a arremolinarse. Esta noche, el tiempo ha decidido darme la espalda en lugar de ayudarme. En el horizonte atisbo varios nimbos que amenazan con descargar toda su furia sobre Rocablanca, unos nubarrones que me hacen pensar en algodones empapados de sangre.

Mi ala maderera vuela tan rápido como puede, y el hielo me rasguña las mejillas con la misma violencia que el espolón de un halcón hambriento y fiero. Mantengo a Auren muy cerca de mí, tapada con mi capa de comandante y con la cabeza apoyada sobre mi pecho. Necesito sentirla pegada a mi cuerpo.

Está demasiado fría, demasiado expuesta, demasiado quieta.

Su corazón ha dejado de latir, sus pulmones no se llenan de oxígeno y su piel ha palidecido por completo. Y todo por mi culpa. Por lo que he hecho.

Lanzo un fugaz vistazo por encima del hombro y vislumbro el castillo de Rocablanca, todavía iluminado por decenas de antorchas. La fachada está totalmente arruinada, con una salpicadura de oro sólido que un monstruo de otro mundo parece haber escupido desde el inmenso portón de entrada, ultrajando así la piedra gris como una lengua de magma dorado e insípido que se quedó de repente petrificada antes de poder seguir arrasando con todo lo que se encontraba a su paso.

Desde aquí arriba da la sensación de que el oro hubiese querido tragarse el maldito castillo entero, metérselo en esa boca desalmada y devorarlo con una ambición desmedida. El poder se asemeja bastante a una presa hidráulica; cuando se reprime durante demasiado tiempo y se va acumulando, tanto el agua como la magia se van revolviendo y agitando hasta encontrar una válvula de escape y sentirse libres.

Miro de nuevo al frente y estrecho a Auren entre mis brazos.

Sé que tengo que alejarme del castillo y del oro, pero lo que no sé es dónde estaremos a salvo. También sé que el tiempo corre en nuestra contra, y que cada segundo que pasa es un peligro para ella.

El tiempo es un arma de doble filo, y ahora mismo la vida de Auren camina sobre la punta de esa espada.

Mi misión es llevarla lo más lejos que pueda de Rocablanca; pero mantenerla en ese estado de estasis demasiado tiempo conlleva un riesgo. Desconozco el alcance de la magia de Auren, y por eso me siento tan perdido, como en un acertijo imposible de resolver.

Lo único que quiero es sacarle la podredumbre que yo mismo le he inyectado. Su cuerpo no soportará que siga vaciándose, agotándose. Y necesito hacerlo en suelo firme, y no aquí, en las alturas, porque cuando retire mi poder quizá todavía le queden fuerzas para invocar el suyo, y no puedo permitir que eso ocurra en el aire.

Su aura ha quedado reducida a un halo pálido, casi imperceptible, como la niebla que se disipa cuando brilla el sol. Si espero demasiado, el poder que yo mismo me he encargado de infestarle empezará a causar daños irreversibles, y tampoco puedo dejar que eso pase. No me lo perdonaría nunca. Y por eso hasta el último segundo cuenta.

El tiempo y la distancia son mis enemigos y mis aliados.

Preocupado a la par que ansioso, doy un suave golpe con los talones a mi ala maderera en un intento de alentarla. Deja escapar un berrido atronador, aunque no sé si es un quejido de desagrado o un aviso al resto de la bandada. Sé que los demás nos están siguiendo.

—Más rápido, Argo —le ordeno a la bestia alada, pero la ventisca se lleva mi voz y mis palabras.

El viento sopla fuerte y nos sacude con violencia, pero Argo no se da por vencido y hace un esfuerzo desmedido para volar aún más rápido. Suelto un pelín las riendas para que pueda extender sus gigantescas alas y surque ese océano de nubes a una velocidad vertiginosa. El resplandor de la luna es muy tenue, como si alguien hubiese colocado un velo sobre ella. Ese repentino acelerón me desequilibra y, de no ser por la correa de cuero de la montura que llevo atada al cinturón, lo más probable es que me hubiera caído al vacío.

No habría sido la primera vez.

Sin embargo, esto no es una competición deportiva ni una misión de exploración. Esta es una situación distinta, una situación de vida o muerte.

De ella depende que Auren viva.

Nos abrimos paso entre la inclemente tormenta a toda prisa para alejarnos de Rocablanca, pero los cielos del Quinto Reino parecen querer castigarnos por ello. Quizá el rey Fulke y el príncipe Niven necesitan señalar a un culpable que asuma la responsabilidad de sus muertes.

Varios mechones de Auren se cuelan por debajo de la capucha de mi capa, y el viento revuelve esos preciosos tirabuzones dorados. Con una sola mano, trato de ajustar la capa a su alrededor, de taparle el lado de la cara que queda al descubierto. Prefiero que el frío no le toque la piel, aunque en el fondo sé que no puede sentir nada.

Han pasado treinta segundos más.

El pánico empieza a inundar todo mi ser, y siento un peso en el estómago indescriptible, un peso que me hace pensar en los inmensos ladrillos de una muralla. Noto que estoy contando cada trocito del alma de Auren que, de una forma lenta pero incesante, se va apagando.

He visto lo que ocurre cuando tardo demasiado en revertir la podredumbre, y sé los daños que puede provocar. Soy consciente de que he puesto a Auren en un peligro terrible. La culpa me hostiga, me carcome por dentro. He utilizado mi magia para convertir a Auren en mi rehén, y me reprendo por ello, pero necesito mantenerla a salvo, y es el único modo. Echo otro vistazo al paisaje que se extiende bajo mis pies, pero ya no distingo Rocablanca. Las nubes me impiden ver el reino.

Por el rabillo del ojo advierto una sombra que se inmiscuye entre la tormenta, e intuyo que se trata de un jinete montado en un ala maderera. Mi intuición no falla. El tamaño de esa criatura es tan descomunal que incluso el imponente Osrik parece un tipo menudo y lánguido a su lado. Sujeta las riendas con fuerza, y aunque no articula una sola palabra, le leo el pensamiento y asiento con la cabeza.

Rezo por estar lo suficiente lejos de Rocablanca porque no me atrevo a esperar ni un solo segundo más. Tiro de las riendas para que Argo comience el descenso. Mi ala maderera suelta un gemido como aviso, y me inclino sobre Auren para protegerla de la caída en picado.

Osrik espera a que mi ala maderera esté a punto de aterrizar para emitir un silbido ensordecedor y seguir mi estela. A lo lejos oigo el rugir de más alas madereras en respuesta a Argo.

No importa dónde vaya, mi Cólera siempre me acompaña.

Siento un escozor en los ojos. Es la fuerza del viento, que me azota mientras seguimos descendiendo, mientras atravesamos ese cúmulo de nubes pesadas, saturadas de agua y nieve.

Las líneas de poder que recorren mi mandíbula se retuercen cuando trato de controlar esa gota de magia que ha penetrado en el cuerpo de Auren y que ahora revolotea en su interior. Podredumbre, corrosión; muerte. Auren representa todo lo contrario a mi magia y, sin embargo, yo se la implanté.

Y me odio por ello, joder.

Aprieto las rodillas y echo el torso hacia delante sin soltar las riendas de mi ala maderera.

—Vamos… —murmuro.

Argo debe de percibir el pánico en mi voz porque un instante después toma impulso para acelerar aún más el descenso. Las lágrimas que escapan de mis ojos no consiguen resbalarse por mi sien, pues se quedan congeladas a medio camino, y el corazón me golpea el pecho con tal fuerza que por un momento creo que va a agujereármelo.

—Falta poco —le susurro a Auren al oído—. Aguanta unos segundos más, por favor.

Por fin dejamos atrás la impetuosa ventisca y la fría neblina, y vislumbramos un suelo congelado. El paraje que nos recibe está cubierto de un manto gris. Por un instante temo estrellarnos contra el hielo, pero en el último segundo Argo bate las alas y dibuja un círculo junto al ala maderera de Osrik antes de tomar tierra con esas garras afiladas que, al rozar el suelo, levantan una polvareda de nieve y hielo, como las olas del mar cuando rompen contra el casco de un barco.

A pesar de tener los dedos entumecidos por el frío, me apresuro en desabrochar la cincha que me mantiene bien sujeto a la silla. Me escurro con cuidado y doblo las rodillas para amortiguar el salto y no zarandear a Auren en exceso. Antes de que pueda dar un solo paso, Os ya está ahí, a mi lado. Se quita la capa y la extiende sobre el suelo mientras el resto de alas madereras se posan a nuestro alrededor como espectros silentes.

—Apártate, por favor —le pido.

Coloco el cuerpo inmóvil de Auren sobre la capa de Os, y enseguida advierto el sutil pero inequívoco rastro de la podredumbre propagándose por las venas del cuello. Su melena pajiza queda desparramada sobre el suelo como un halo dorado que, incluso en esa penumbra, parece brillar con luz propia. Viéndola así, envuelta en mi capa, cualquiera diría que es una mujer frágil, una mujer cuya luz vital parece haberse apagado para siempre.

Me arrodillo junto a ella y, acto seguido, cierro los ojos y me concentro.

Mi magia está ahí, aferrada a su cuerpo como si de un veneno mortal se tratara. Provoca un deterioro gradual del cuerpo humano, corrompiendo sus venas, marchitando su corazón. Ahora ha empezado a reptar por su garganta, y se dirige hacia esos labios blanquecinos y agrietados.

Todo mi cuerpo está en tensión. Si me dejara guiar por mis impulsos, le arrancaría la magia de cuajo, y lo haría sin pensármelo dos veces, pero si algo me ha enseñado la experiencia, es que extraerla de golpe es como sacar un puñal de una herida abierta. Solo empeora las cosas, y no quiero causar más daño del que ya he hecho.

Con suma delicadeza, invoco mi poder para que regrese a su origen, pero gota a gota, para evitar cualquier cambio brusco en su sistema. A mis espaldas, oigo los murmullos de los miembros de mi Cólera, el crujir de la nieve bajo unos pasos que denotan inquietud, el aleteo nervioso de las alas madereras y un sinfín de truenos que descarga la tormenta que acabamos de atravesar y que presagia un frente glacial.

Trato de evadirme de todos esos ruidos terrenales para que mi consciencia esté centrada únicamente en la magia que fluye por el cuerpo de Auren. Como si fuesen las raíces de una mala hierba, voy extrayéndola con muchísimo cuidado. Hundo los dedos en la tierra, palpo la podredumbre que yo mismo he enterrado en ella y espero a que su cuerpo se acostumbre a ese nuevo estado. Extirpo cada pedazo de ese rompecabezas de putrefacción con el mayor tiento que puedo, como quien recoge los añicos de una figura de porcelana.

Aunque el aire es frígido, el sudor me empapa las sienes. Aprieto los dientes mientras sigo retirando mota a mota todo mi poder, un poder que atesoro en minúsculos recovecos de mis venas. Creo haber conseguido sacarlo todo, salvo un único fragmento. Solo queda una semilla sepultada en el centro de su pecho.

Sin embargo, cuando lo invoco y pruebo a desenterrarla, esa diminuta brizna de poder se resiste. En lugar de replegarse y regresar a mí, el esqueje se hunde aún más y se repliega entre las espinas, como si anhelara quedarse ahí.

Como si quisiera mantener a Auren atrapada entre sus garras.

Arrugo el ceño, extrañado, y noto que las manos empiezan a temblarme. Las raíces de podredumbre me pellizcan la piel, serpentean por mis brazos como culebras hambrientas y noto que se enredan en la palma de mis manos. La telaraña de líneas oscuras me quema por dentro, y amenaza con atravesarme la piel.

En mi interior se libra una guerra de confusión y miedo.

Es la primera vez que mi podredumbre muestra un ápice de rebeldía. Nunca he tenido que insistir tanto para que regrese a mí. Hacía años que no forcejeaba así con mi propia magia. La última vez debía de ser un niño. No me quedó más remedio que aprender a manejar este poder maloliente porque, de no haberlo hecho, lo habría destruido todo, incluyéndome a mí.

«¿Qué coño sucede?».

Preso de la desesperación, compruebo que no haya otra semilla plantada en su cuerpo que me haya pasado desapercibida, pero no encuentro nada. El resto de la podredumbre ha desaparecido sin dejar rastro, devolviéndole así su identidad. No logro comprender por qué esta dichosa gota de poder se niega a salir de ahí.

—Déjala ir. —Me cuesta mover la lengua, como si estuviese adormecida, y me satura el intenso sabor de las toxinas—. Suéltala.

La gota de poder se revuelve al oír mi orden, como lo haría una zarzamora. Tengo un mal presagio. Creo que el maldito esqueje de poder quiere echar raíces en Auren, y ante tal revelación el pánico me atraviesa con su punzante filo.

—¡Que salgas de Auren de una puta vez!

La magia se desata por completo, con más fuerza que la tormenta de nieve que está a punto de descargar sobre nosotros. No puedo rendirme, y menos ahora. Agarro el indómito brote de podredumbre y tiro de él con todas mis fuerzas.

El tirón es tan vigoroso que salgo despedido hacia atrás, y Auren arquea la espalda por completo, como una ola en mitad de la tempestad.

—¡Rip!

Estoy tendido en el suelo, aturdido y sin aliento, con la mirada clavada en las nubes plomizas que encapotan el cielo nocturno. Varios copos de nieve salen volando cuando las rodillas de Lu caen sobre el suelo, a mi lado. En sus ojos advierto preocupación.

—¿Estás bien?

—¿Qué demonios acaba de pasar? —exige saber Osrik.

Oigo a Judd soltar un silbido de desconcierto.

—Tus raíces…

Desvío la mirada hacia mis manos, donde las líneas de poder convulsionan. Están agitadas, revolucionadas, furiosas. Mis tres fieles camaradas van subiendo la mirada hasta llegar a mi cuello; no hace falta que digan nada porque siento las líneas de poder bullendo bajo mi piel. El entramado de raíces se ha apropiado de cada maldita parte de mi cuerpo, como si no hubiese utilizado mi poder desde hace meses, como si llevara recluido y reprimido en mi interior tanto tiempo que ha alcanzado una magnitud inestable.

Pero no importa porque acabo de lograr una hazaña; he arrancado el último vestigio de podredumbre que quedaba en el cuerpo de Auren, así que todo va a ir bien.

Lu intenta ayudarme a incorporarme, y yo aparto sus manos temblorosas porque no soporto que se compadezcan de mí. Me revuelvo y aúllo de dolor, pero me da lo mismo. Me arrastro hasta Auren para asegurarme de que ha funcionado, de que vuelve a ser ella misma, si bien en cuanto veo su rostro me doy cuenta de que no se ha despertado.

Sigue inmóvil.

El pánico me invade, me abruma.

La podredumbre mancilla el suelo, se inmiscuye entre el hielo y escarba hasta las mismas entrañas de la tierra, y lo hace con violencia y determinación. Se me cae el alma a los pies.

«¿Qué he hecho?».

Hundo los dedos en la nieve, y la podredumbre empieza a expandirse, a corromper el suelo con sus líneas putrefactas. Mi poder no solo se esparce por ese insólito paraje, sino que también me envuelve el corazón y lo oprime sin compasión hasta que empieza a asfixiarse, a marchitarse dentro de mi pecho.

Cierro los ojos y mis raíces presionan hasta perforar la piel de mi cuello. Se enroscan alrededor de mis venas como serpientes furibundas, constriñendo a su presa, mordiéndola para desangrarla, infligiéndome un dolor que no se puede describir con palabras. Pero ya no importa.

Porque he matado a Auren. Joder, la he asesinado…

Y de repente abre la boca. El movimiento me anima a abrir los ojos, y en ese preciso instante deja escapar un suspiro tembloroso, frágil. Unos zarcillos de humo negro se escabullen de su boca, pero ese aire contaminado se evapora en un soplo.

Me invade una sensación de alivio y el pulso que notaba en las sienes, como si fueran a explotar, cesa.

—¿Auren?

Pero sigue sin abrir los ojos, y el miedo se instala en mi pecho.

Cierro los ojos para concentrarme en su interior de nuevo, para revisar que todo está bien. La sangre se me hiela al percatarme de que esa mota de magia, esa diminuta brizna de podredumbre que en teoría había logrado arrancar antes de salir volando por los aires y caerme de bruces, sigue ahí anclada.

Mierda. Sigue ahí.

No doy crédito a lo que estoy viendo, pero no voy a cesar en mi empeño, así que vuelvo a agarrar la raíz de poder y tiro de ella una vez, dos veces, tres veces. No cede. No piensa abandonar el cuerpo de Auren.

Respira y por la comisura de sus labios vuelven a emerger varias volutas de humo turbio. El corazón me aporrea el pecho con tal vigor que incluso creo que va a romperme un par de costillas, como un pájaro que golpea su jaula sin cesar en un intento de escapar volando. Sin embargo, a pesar de que sigo invocando mi poder, la pequeña gota que ha quedado hundida en su pecho no está dispuesta a salir de ahí. Está enraizada en Auren, como una mancha de tinta negra sobre una tela de seda dorada, y no soy capaz de sacarla.

Una parte de mí se sosiega al reconocer el inconfundible vaivén de su pecho al respirar. Y su corazón ha comenzado a palpitar. Un rayo de esperanza. Está viva.

Me desespera no poder arrancarle esa maldita mota de podredumbre, pero está viva, y eso es lo que importa.

—Despierta, Auren.

Silencio. Cinco segundos, diez, veinte. Los cuento todos mentalmente.

—¿Está bien?

Tenso los músculos de la espalda al oír la pregunta, una pregunta directa, punzante. Es Digby. Su voz suena demasiado ronca, demasiado áspera, en parte porque está malherido, y en parte porque hacía semanas que no pronunciaba una sola palabra. Prefiero no responderle, y dudo que alguien lo haga. No aparto la mirada de Auren. Examino cada centímetro de su delicado rostro en busca de una señal, y rezo a todos los dioses porque abra los ojos de una vez.

—Vamos, Jilguero… —susurro, y esta vez no me molesto en disimular la urgencia, la preocupación. La inquietud me ahoga, como si tuviese una soga atada alrededor del cuello.

Percibo el sonido de unos pasos arrastrándose por la nieve, y enseguida distingo la cojera de Digby, que no duda en arrodillarse a mi lado.

—¿Está bien? —pregunta por segunda vez.

Al no obtener una respuesta por mi parte, me agarra por la pechera de la camisa y me sacude con una fuerza insospechada, una fuerza que me pilla totalmente desprevenido pues tiene el cuerpo magullado y decenas de heridas.

—¿Qué has hecho? —gruñe entre dientes, y no puedo evitar fijarme en sus labios, aún hinchados por los golpes y manchados de sangre y escarcha.

Osrik acude enseguida en mi ayuda; levanta a Digby del suelo y se lo lleva.

—¿Qué has hecho? —repite Digby, pero esta vez en un grito desgarrador que transmite una acusación directa, un grito que hace enmudecer a la voz que resonaba en mi cabeza, la voz del terror. Las dos voces parecen mantener una acalorada discusión, pero el miedo me tapona los oídos y no soy capaz de oír nada.

«¿Qué he hecho?».

El pánico y el temor que me hostigan desde el momento en que decidí utilizar mi poder para intentar salvar a Auren se vislumbran en el temblor de mis manos.

—¿Por qué no se despierta? —pregunta Lu con cautela, pero no lo sé.

Joder, no tengo ni idea del porqué, así que no puedo responder nada.

Le sujeto esas mejillas pálidas y frías con las manos, y me estremezco porque el dolor que siento en mis dedos es insufrible. Incluso ahora, en estas circunstancias, noto que mi poder está ansioso por salir de mi cuerpo y regresar al de Auren.

Su aura parece haberse apagado. Tan solo advierto unas volutas de un dorado muy tenue que planean sobre su silueta. Debería ser un halo resplandeciente y cegador incluso en esta noche tan oscura, pero nada queda de aquella intensa llamarada de poder y vida que suele brillar a su alrededor.

He esperado demasiado tiempo.

Debería haberle transmitido mi poder antes, mucho antes de que se drenara, de que se vaciara. Debería haber aterrizado más rápido para así arrancarle mi magia antes.

—No me hagas esto —bramo rechinando los dientes. Ni a mí, ni a ella, ni a los dioses.

Ahora no.

No después del calvario que hemos pasado. No cuando por fin se había entregado a mí, joder.

—Quiero que te despiertes, ¿me oyes? —le ordeno, pero en realidad es un ruego desesperado desde lo más profundo de mi corazón. ¿Y si nunca llega a despertarse? ¿Y si la condenada semilla de podredumbre ha echado raíces y no consigo convencerla de que vuelva a mí?

La única razón que me empujó a tomar la decisión de transmitirle mi magia a Auren era para detener el flujo incesante de oro que salía por cada poro de su piel porque, de no haberlo hecho, su propia magia habría acabado con ella. Pero en lugar de arreglar el problema, lo he empeorado. Mierda. Y no solo eso, sino que además mi propio poder se ha amotinado contra mí, desacatando mis órdenes, revolviéndose en mi interior como miles de víboras salvajes y famélicas. Saber que he mancillado el cuerpo de Auren con mi magia me atormenta.

Bajo la cabeza y apoyo la frente sobre la suya sin apartar las manos de sus mejillas.

—No me hagas esto —le suplico, y cierro los ojos—. Eres más fuerte de lo que crees, Jilguero. De verdad. Despiértate. Por favor.

Pero no lo hace.

—¡Joder! —grito, y me pongo de pie de un salto. En un arrebato de ira e impotencia, golpeo la nieve con los puños y las afiladas e implacables esquirlas de hielo se me clavan entre los nudillos—. ¡Joder, joder, joder!

Oigo a Digby forcejear con mi Cólera hasta quedarse sin aliento mientras me ladra blasfemias, amenazas y obscenidades y me azota con el látigo del odio más amargo y lacerante. Me apalea con palabras, y me arroja una terrible acusación…

—Esto lo he hecho yo. —Cinco palabras que nacen de la culpabilidad más sincera.

Lu aprieta los labios al oír tal declaración.

—Pues deshazlo.

—¡Ya lo he intentado, joder! —espeto, frustrado, y me paso una mano por el pelo—. Lo estoy intentando.

No puedo pensar con claridad. Las sienes me palpitan al compás del latido de mi corazón, y el suelo tiembla bajo mis pies. Un rugido ensordecedor me atraviesa los tímpanos. Mi magia llora a mares dentro de mí, me anega los ojos y me hace ver líneas donde no las hay. La podredumbre empieza a desbordarse, brota de mi ser a borbotones, y lo hace de forma desmedida y apresurada. Repta por esa alfombra nívea y se dispersa como una plaga mientras marchita la tierra fértil que yace debajo y pudre todo rastro de vida.

Me parece oír un alarido de angustia, o quizá sea el bufido del viento, o mi poder astillándome los huesos.

—Rip, tu poder…

Me tiembla todo el cuerpo, y siento como si me estuviesen clavando agujas en la piel, pero desde dentro. Es mi poder, que forcejea porque quiere liberarse, y mi podredumbre empieza a inundar el suelo, a esparcirse, a gruñir como un animal indómito porque desea expandirse y explotar…

¡PAM!

Alguien acaba de darme un puñetazo en la cara, y el impacto es tan fuerte que salgo volando por los aires. Por segunda vez en menos de un minuto, me desplomo sobre la nieve y me quedó ahí tendido durante unos instantes, aturdido y desorientado.

—Céntrate de una puta vez —me reprende mi hermano que, a juzgar por su tono de voz, está hecho una furia. Se agacha a mi lado y me ayuda a ponerme en pie, a pesar de haber sido él quien me ha mandado aquí con un tremendo puñetazo. «Cabrón», pienso para mis adentros, y le lanzo una mirada cargada de rencor—. Estás soltando podredumbre por todas partes, joder. Por el Divino, ya puedes empezar a reabsorber tu poder porque tú mejor que nadie sabes que no puedes permitirte el lujo de perder el control.

Parpadeo. Las palabras de Ryatt, directas y concisas, me devuelven a la realidad del aquí y el ahora. Un simple vistazo me basta para ver que la nieve que pisamos se ha teñido de marrón y que un laberinto de venas negras y pérfidas cubren el paisaje que nos envuelve. Se asemeja a una urdimbre de hilos venenosos que despiden toxinas letales. Se extiende formando un círcu­lo que roza la perfección, destruyendo la tierra y absorbiendo la humedad de la nieve, dejando tras de sí una estela de desolación, pues ahí solo quedarán escombros y ruinas.

Respiro hondo y cierro los puños. Me concentro en retener mi poder para que no siga propagándose, y después procuro arrastrarlo hacia mí, y poco a poco el poder va retrayéndose, volviendo a su hogar.

—¿Lo tienes bajo control? —pregunta Ryatt.

—Lo tengo bajo control —gruño.

—Bien —responde él, y por fin me suelta. Una parte de mí desearía devolverle el puñetazo y romperle la cara ahí mismo, pero en el fondo sé que debo estarle agradecido por haberme sacado de esa espiral de poder.

Al darme la vuelta veo que toda mi Cólera y Digby se han apiñado alrededor de Auren. Judd me mira con cierta cautela.

—Respira, eso es buena señal —dice, pero no consigue tranquilizarme.

—Pero no se despierta.

—¿Has recuperado todo tu poder? —pregunta Lu. Sus manos revolotean sobre las mangas de Auren en una danza hipnótica, pero no llegan a tocarla, por precaución.

—Algo no está funcionando. No logro sacarle la última gota de podredumbre.

Lu abre los ojos con estupefacción y me parece oír a alguien ahogar un grito.

—Tal vez haya esperado demasiado.

—¿Qué significa eso? Explícate —exige saber Digby.

Sacudo la cabeza, derrotado, y sin saber qué decir.

—Bien, tenemos que espabilarnos —resuelve Lu, que se pone en pie y se sacude los copos de nieve de la ropa mientras examina ese cielo tenebroso y sin estrellas—. La tormenta se acerca, y rápido. ¿Qué quieres hacer?

Me tomo unos instantes para recomponerme; ruedo los hombros, apaciguo la magia tiránica que sigue revolviéndose en mi interior, flexiono y estiro los dedos de las manos hasta oír el inconfundible crujido de los huesos e impongo mi voluntad sobre las raíces negras para que dejen de enrollarse bajo mi piel. Una vez recuperado el control absoluto sobre mi poder, me abro paso entre los que siguen amontonados junto a Auren y con mucho cuidado la levanto del suelo. La sostengo entre los brazos y la acurruco sobre mi pecho como si fuese el ser más frágil y delicado del mundo. Aun así no desprende ni una pizca de vitalidad, y me odio por ello.

Me doy la vuelta y empiezo a caminar hacia Argo, pero Digby cojea hasta alcanzarme y se coloca delante de mí con la expresión de un asesino sin escrúpulos.

—Te dije que la curaras.

—Necesita descansar, eso es todo —respondo, pero incluso yo puedo detectar la incertidumbre en mi voz—. Debo alejarla de los elementos.

Su rostro refleja un odio visceral, y antes de que pueda recriminarme algo más, me giro hacia Osrik.

—Nuestros caminos se separan aquí. Tenéis que regresar a Rocablanca. Quiero a mi ejército fuera de ese maldito reino esta misma noche. No me fío de la reina Kaila. Llevad a todos los soldados hasta el Cuarto Reino, que marchen lo más rápido que puedan —ordeno, y aprieto los labios—. Necesitaremos a todos nuestros hombres.

Osrik asiente con la cabeza, pero Judd no puede mantener la boca cerrada.

—¿Y tú?

Lanzo una mirada fulminante al cielo, como si quisiera advertirle de algo.

—Voy a desafiar a la tormenta y pienso ser más rápido que ella. Y voy a llevar a Auren a un lugar seguro.

—No puedes ir solo —se opone Lu—. Y no puedes volar hasta el Cuarto Reino sin descanso, y menos con Auren inconsciente. Está demasiado lejos. ¿Y si se despierta y te convierte en una estatua de oro?

Argo pliega sus inmensas alas parduscas a los costados, hunde las garras en la nieve y se arrodilla para que pueda subirme.

—No me dirijo al Cuarto Reino —replico sin apartar la mirada del ala maderera.

—¿Y dónde pretendes llevarla entonces? —reclama Digby.

Ryatt es quien responde al noble y leal guardia personal de Auren mientras agarro una de las correas de cuero y me encaramo hasta la silla con ella hecha un ovillo entre mis brazos. Con una mirada de profunda indignación, mi hermano adivina mis intenciones.

—Va a llevarla al Pozo de la Muerte.

Ilustración de un árbol sin hojas y sus raíces

3

Slade

8 años de edad

Slade!

Mi nombre resuena más alto que el melódico trino de los pájaros, y varios de ellos, sobresaltados ante tal estruendo, alzan el vuelo.

Me giro y, entre las ramas del árbol, diviso la finca. Doblo una de las ramas para así apartarla y, de repente, el brote sobre el que tengo la mano apoyada despide una nubecita de color azul. Delante de mí se alza la casa de piedra negra, que las constantes lluvias han ido desluciendo con el paso de los años, y del tejado asoman varias chimeneas cuadradas que se confunden con simples montones de ladrillos negros.

Bajo la mirada hacia el jardín que bordea la casa, un jardín que se confunde con un océano de olas esmeralda. Ahí está mi madre, subiendo la ladera de la colina, y viene hacia mí. Suspiro y suelto la rama, pero esta vez con más cuidado porque no quiero que los brotes del árbol me escupan esas volutas azules en la cara. Huelen de maravilla, pero dejan unas manchas que tardan varios días en desaparecer.

Me doy la vuelta y observo el pajarillo que tengo posado sobre el dedo. Es un polluelo que acaba de romper el cascarón, todavía algo torpe y enclenque y con el cuerpecillo recubierto de una fina pelusa, aunque ya ha abierto los ojos y ha aprendido a arrullar.

—No te preocupes. Pronto te crecerán las plumas —le digo. En unas semanas podrá presumir de un precioso penacho de plumas en la cola, todas tan finas y tan afiladas como un alfiler—. Entonces podrás batir las alas y volar con los demás pájaros.

Mi nombre vuelve a romper la tranquilidad que se respira en el árbol, así que con mucha delicadeza dejo al pajarillo en el nido, paso una pierna por encima de la rama sobre la que estoy sentado y empiezo a resbalarme por el tronco. Cuando mis pies descalzos rozan la hierba, levanto la mirada y veo a mi madre frente a mí, con las manos apoyadas sobre las caderas, una postura que no augura nada bueno. Se ha recogido su larguísima melena azabache en una trenza y toda su ropa es del mismo color que la mía, de un rojo intenso, salvo que ella lleva un vestido.

—¿Se puede saber qué estabas haciendo encaramado a ese árbol?

Me encojo de hombros.

—Nada.

—Ya, ya… —murmura, y me limpia varias motitas azules que se me habían quedado pegadas en el hombro de la camisa—. Supongo que no habrás trepado hasta ahí arriba para jugar con los pajarillos.

Frunzo el ceño al oír tal acusación, y miro a mi madre a los ojos.

—No estaba jugando con los pajarillos. Eso es cosa de niños pequeños. Estaba supervisándolos, que es muy distinto.

Mi madre tuerce los labios.

—Por supuesto —dice, y su mirada verde se posa en mis pies—. ¿Y tus zapatos?

Vuelvo a encogerme de hombros.

—Es muy difícil trepar con los zapatos puestos. Me los he quitado para no resbalarme y caerme.

Ella niega con la cabeza, pero esa actitud severa y rigurosa se desvanece en cuanto se agacha delante de mí.

—Bien, porque no querría que te cayeras de lo alto de un árbol. Dime, ¿qué tal están los pájaros esta mañana?

—Están bien —le aseguro, y ahora que sé que se le ha pasado el enfado, ya no puedo ocultar mi entusiasmo—. Hay un polluelo, pero creo que su madre ya ha abandonado el nido, así que voy a enseñarle a volar.

El comentario enternece a mi madre, que dibuja una sonrisa mientras me mira con esos ojos verdes.

—Si alguien puede hacerlo, ese eres tú. Siempre has tenido buena mano para los pájaros.

Levanta una mano y trata de desenredarme el pelo con los dedos, pero enseguida aparto la cabeza.

—Me he peinado por la mañana.

Se le escapa una risilla y después me arregla el cuello de la camisa.

—Vamos. Es hora de comer.

Me ofrece una mano y de inmediato escondo la mía.

—No vamos a ir cogidos de la mano. Ya no soy un niño. Acabo de cumplir ocho años —digo.

—Ah, de acuerdo. Tienes razón —contesta ella, como si mi respuesta le hubiese divertido—. Supongo que echo de menos caminar con mi hijo cogido de la mano.

No pretendía herir sus sentimientos. No es que no quiera cogerla de la mano, es solo que me parece un comportamiento infantil, y yo ya no soy un crío.

—Puedes cogerle la mano a Ryatt —propongo—. Solo tiene tres años, así que no hay problema.

Mi madre me acaricia cariñosamente la mejilla.

—Una idea maravillosa.

Juntos, dejamos atrás la pequeña arboleda, pasamos por delante de los bebederos de pájaros y atravesamos el sendero flanqueado por unos arbustos que los jardineros han podado para que simulen ser abetos en miniatura. Contemplo la casa construida a los pies de la colina, pero la verdad es que preferiría no entrar. Disfruto mucho más aquí fuera, rodeado de naturaleza y de pájaros cantores.

En honor a la verdad, la casa no está nada mal. Tiene cuarenta y tres habitaciones, muebles lujosos en cada rincón, adornos por doquier y también un montón de doncellas y criados. Ninguna otra familia de la ciudad vive en una casa tan grande como la nuestra, ni tiene tantos caballos como nosotros.

Pero la odio. Si de mí dependiese, viviría en una de las casitas del centro de la ciudad, y no aquí. Con él.

Atravesamos los jardines y cuando estamos a punto de llegar a la puerta trasera de la casa, una imponente silueta aparece en el umbral. Me detengo de inmediato y me quedo totalmente inmóvil, como una escultura de mármol, igual que mi madre. Es mi padre, con la camisa carmesí abotonada hasta el cuello, sin una sola arruga, sin una sola mota de polvo, impoluta e inmaculada. A pesar de ser un hombre calvo, le crece una barba castaña muy poblada y espesa. Su expresión es el fiel reflejo de la cólera. Siempre que correteo por los jardines, él se enfada.

Nos escudriña con esa mirada seria e indescifrable, una mirada del mismo color que la obsidiana. Me contengo y no trago saliva porque, de hacerlo, sé que se daría cuenta y, según mi padre, siempre debo mantener el semblante que él denomina como «estoico». No sé qué significa la palabra, pero creo que tiene algo que ver con no tener o mostrar sentimientos.

Mi madre me coge de la mano, y esta vez no la aparto, sino todo lo contrario. Tengo la palma empapada en sudor, pero aun así aprieto la mano de mi madre y juntos caminamos los últimos pasos hasta llegar a la puerta, hasta llegar a él.

—No sabía que esta noche vendrías a dormir a casa, Stanton.

—He podido abreviar la reunión con el rey —explica él.

Su implacable mirada rueda hasta mis pies descalzos, y me entran ganas de encoger los dedos y enterrarlos entre el musgo. El corazón se me acelera cuando su semblante adopta una expresión de absoluta repulsión y desvía la mirada hacia mi madre.

—Por lo que veo, has aprovechado que no estaba en casa para desatender a tus hijos y descuidar tus deberes como madre, Elore.

Agacho la cabeza al instante, clavo la mirada en mis pies, manchados de tierra y verdín, y el peso de la vergüenza cae sobre mis hombros. De haber sabido que mi padre iba a venir a casa hoy, jamás habría salido al jardín sin zapatos. De hecho, ni siquiera habría salido de casa. Esta semana que ha estado fuera de casa ha sido inolvidable. Hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien. Mi madre me ha dejado campar a mis anchas por los jardines cada día, e incluso ayer me dio permiso para saltarme dos clases, la de historia y la de armamentística. Lo último que quiero es que mi padre se enfade con ella.

—Estaba correteando por los jardines, eso es todo —contesta ella con un tono de voz tranquilo y amoroso. Mi madre siempre mantiene la calma, incluso cuando Ryatt tiene un berrinche y monta un numerito, lo cual suele ocurrir demasiado a menudo—. Un muchacho como él necesita un poco de aire fresco de vez en cuando.

—Lo que necesita es estudiar —rebate mi padre, que siempre quiere tener la última palabra—. Acompáñalo a sus aposentos y ayúdalo a asearse. Quiero que esté presentable. Tenemos invitados, y ya he pedido a las cocineras que nos sirvan la cena en veinte minutos.

Se da media vuelta y desaparece entre la penumbra que reina en el interior de la casa. Mi madre se apresura en entrar en casa y me escolta hasta mi habitación, donde me arregla para la cena. No protesto ni una sola vez, ni siquiera cuando me pasa un peine húmedo por el pelo. Lo hace todo a la velocidad de la luz. En poco menos de veinte minutos me ha vestido con ropa limpia, me ha acicalado para que no parezca un salvaje y ha ido a buscar a Ryatt a su cuarto.

En el comedor está padre, presidiendo la mesa, acompañado de tres invitados que se han sentado a su izquierda. Uno de ellos es mi tío Iberik. Sus tierras comparten frontera con las nuestras, y es varios años mayor que mi padre. Comparten muchos negocios, aunque qué clase de negocios son sigue siendo todo un misterio para mí. Sé que mi padre es dueño de uno de los barcos del puerto, y suelo oírles hablar de herreros, pero aparte de eso, no sé nada más. A diferencia de mi padre, Iberik vive en soledad y no tiene herederos.

Las otras dos personas no me resultan en absoluto familiares. Son un hombre y una mujer, y comparten un rasgo que no me pasa desapercibido; los dos tienen el pelo más brillante que jamás he visto. La mujer es pelirroja y sus ojos son de un naranja rojizo, casi del mismo color que la chimenea vacía que hay en la pared izquierda del salón. El hombre, en cambio, luce una barba castaña, igual que mi padre, y a pesar de tener la boca cerrada, le sobresalen un pelín los dientes, lo que me hace pensar en un conejo. Sus orejas me llaman la atención, no solo porque son puntiagudas, sino también porque de la punta cuelgan varios pendientes y abalorios. De hecho, los misteriosos invitados de esta noche no escatiman en alhajas, porque allá donde mires ves toda clase de joyas y cadenas que resbalan sobre sus ropajes como lágrimas relucientes.

Mi madre se acomoda a la derecha de mi padre mientras yo me encargo de sentar a Ryatt en su trona y después me siento entre los dos. En el centro de la mesa han dispuesto un arreglo floral en tonos carmesíes que me tapa un poco la vista, pero la verdad es que me alegro de que los criados lo hayan colocado justo ahí. Así no me siento totalmente expuesto, sino más bien protegido.

Nuestra presencia no parece haber interrumpido la conversación, lo cual también es un alivio para mí porque la última vez que el tío Iberik vino a cenar a casa se pasó toda la velada sermoneándome, diciéndome que a mi edad ya debería salir de caza solo, sin compañía, y que de seguir así me iba a convertir en un muchacho débil y pusilánime.

El tío Iberik nos somete a su habitual escrutinio con su también habitual expresión de malas pulgas. Me entran ganas de mirarlo con el mismo desprecio y la misma suficiencia con que él nos mira a mi hermano y a mí, pero en ese instante noto un hormigueo entre las escápulas que me distrae. Y gracias a eso, me ahorro una buena reprimenda por insolente y maleducado.

Los criados esperan a que estemos todos sentados para empezar a servir la cena. Ryatt frunce el ceño al ver el primer plato, y en un intento de evitarle una regañina, le extiendo la servilleta sobre el regazo para llamar su atención. En cuanto ve mi expresión, suaviza el gesto y coge el tenedor. Mi hermano es muy quisquilloso con la comida, y siempre que padre no está, madre no nos impone un menú cerrado, sino que nos deja elegir nuestros platos favoritos. Pero ahora no es el momento de ponerse selectivo, y Ryatt lo sabe. Prueba el primer bocado de espinacas hervidas, pero no lo escupe ni tampoco se queja. Suelto un suspiro de alivio y cojo el tenedor. Me preocupaba tanto que mi hermano montara uno de sus numeritos, con pataleta incluida, que no he prestado la más mínima atención a la conversación que están manteniendo los adultos, pero cuando noto que mi madre se tensa a mi lado, afino el oído.

—Lo comprendo, por supuesto —masculla el desconocido que, sin soltar los cubiertos, sigue hablando con la boca llena—. Es un argumento válido.

—Claro que lo es, Tobir —le responde el tío Iberik—. Eso fue lo que defendieron los conservadores durante décadas, y a fin de cuentas gracias a eso ganamos la guerra. En mi opinión fue todo un acierto, y agradezco que nuestros antepasados lucharan para detener el flujo incontrolado de ciudadanos de Orea que venían a Annwyn y que el rey decidiera destruir el puente para poner punto y final al problema. Alguien tenía que hacerlo.

Miro de reojo a mi madre porque necesito ver cómo reaccionaba ante tal declaración. Tiene la mirada clavada en el plato y sujeta el tenedor con más fuerza de la necesaria. He oído hablar de la guerra y del derribo de ese puente en clases de historia, y mi profesor particular se pasa horas parloteando sobre lo malvados que eran los habitantes de Orea. Según él, estaban agotando los recursos naturales de Annwyn y allá donde fueran provocaban disputas y peleas, pues su única ambición era instalarse aquí y expropiarnos nuestras tierras para poder disfrutar de una vida larga y placentera.

Me gustan mucho más las historias que mi madre nos explica de ese enigmático lugar llamado Orea. Después de todo, ella nació allí. Fue una de las últimas personas en cruzar el puente. A veces, cuando nos da las buenas noches a Ryatt y a mí, nos habla de Orea y nos cuenta alguna que otra anécdota. Siempre que nos describe su mundo, adopta un semblante distinto. Más dulce, más tierno, más triste.

Sé que lo echa mucho de menos.

—Tienes toda la razón —apunta la mujer de melena carmesí—. Los habitantes de Orea que siguen aquí se pueden considerar muy afortunados. Los eximieron de toda culpa y el peso de la ley no cayó sobre ellos, y además les permitieron quedarse en Annwyn, donde pudieron llevar una vida cómoda y larga. Por no mencionar que algunos de ellos incluso pueden alardear de tener poderes mágicos porque durante cientos de años se han mezclado con los de nuestra especie. Cuando menos, deberían estarnos agradecidos.

—Completamente de acuerdo, Netala —apunta Tobir, que está sentado a su lado, antes de meterse un pedazo de carne en la boca. Es tal el ansia de devorar comida que incluso muerde el tenedor, produciendo así un ruido metálico.

Netala ladea la cabeza, y su mirada pérfida y maliciosa revolotea sobre la mesa hasta posarse en las orejas de mi madre, unas orejas redondas que delatan sus orígenes. Ryatt ha heredado ese rasgo de ella. Siempre he pensado que tenerlas puntiagudas, como las de mi padre, fue una bendición de los dioses. De no ser así, sé que este utilizaría ese insignificante atributo para atormentarme.

—Tú tienes magia —acusa Netala.

Mi madre mira a mi padre de soslayo porque sabe que a él no le gusta que hable de magia. No sé por qué. Su magia es asombrosa.

—Sí —responde mi padre, y se revuelve en su asiento—. Mi Elore es extraordinaria.

—¿Y cuál es su talento? —pregunta Tobir, que observa a mi madre con ávida curiosidad.

Mi padre por fin se digna a mirar a mi madre.

—Muéstraselo, Elore.

Por debajo de la mesa, veo que mi madre junta las rodillas.

—No sé si es el momento más apropiado para esto…

La mirada afilada que le lanza mi padre seca por completo sus palabras, como el rocío en el desierto. Muy a su pesar, arrastra la mirada hasta Tobir, y mi hermano y yo contemplamos atónitos la escena. Parpadea varias veces hasta cerrar los ojos, y un instante después, cuando vuelve a abrirlos, el hermoso verde de sus iris ha desaparecido. En esas retinas ahora pálidas y blanquecinas me parece vislumbrar una especie de escritura antigua, aunque las palabras son tan diminutas que resulta imposible leerlas.

Al otro lado de la mesa, Netala no puede disimular su asombro, y ahoga un grito.

—Sus ojos…

—Elore es adivina —anuncia mi padre con altanería—. Augu­ra y transmite las palabras de los dioses y las diosas.

Netala y Tobir observan a mi madre con una mezcla de fascinación y confusión. En honor a la verdad, no estoy acostumbrado a ver a madre así. Solo le he visto evocar su magia unas veinte veces a lo largo de toda mi vida, pero sé que mi padre le insta, e incluso la fuerza, a utilizarla cuando no estamos rondando alrededor.

Estudio su rostro con detenimiento mientras los inteligibles garabatos ruedan por sus ojos y su expresión se torna serena, relajada. Ryatt observa a madre con atención, y siento el cosquilleo de la emoción en la tripa. Me encanta ver cómo invoca su magia, aunque sé que mina sus fuerzas. En cuestión de segundos, las palabras empiezan a desdibujarse y esa inquietante mirada espectral se posa en Tobir, que contiene el aliento.

—Aquel que porta una capa carmesí te contará dos verdades y una mentira. Y el engaño vencerá, pues lo confundirás con la verdad. —Su voz suena más profunda, más grave. En ella no reconozco la voz de mi madre, desde luego. Igual que ha ocurrido las otras veces que he presenciado sus profecías, se me pone la piel de gallina.

En ese mismo instante, madre pestañea y las palabras desaparecen de un plumazo de sus ojos, que por fin recuperan sus iris verdes.

Las cejas pobladas y castañas de Tobir se arrugan en un gesto de preocupación. Observa a mi madre, que permanece en absoluto silencio durante unos segundos, como si estuviese repitiendo el mensaje de los dioses una y otra vez en su cabeza.

—¿Y qué se supone que significa esa revelación? —pregunta con cierta exigencia.

—Los vaticinios de Elore no siempre se deben interpretar al pie de la letra. A veces uno debe dejar que pase el tiempo para comprender el verdadero significado de la adivinación —explica mi padre.

—Así que este fue el verdadero motivo por el que decidiste casarte con una mujer de Orea, Stanton —dice Netala—. ¿Predijo cómo terminaría la guerra?

Padre niega con la cabeza.

—La magia de Elore solo funciona con personas. No puede anticiparse a acontecimientos terrenales. Algunas de sus predicciones son intranscendentes, como saber que las manzanas que te dispones a comprar están podridas, pero otras son… mucho más relevantes.

—Oh, me pica la curiosidad, Stanton. ¿Qué predijo sobre ti? —le pregunta a mi padre, sin rodeos y con la mirada enardecida.

Al oír tan descarada pregunta, mi madre se pone rígida.

La ira se apodera de la expresión de mi padre, siempre seria e impertérrita, y se arrastra por cada centímetro de su rostro como si de una babosa se tratara, pero enseguida recupera el control y cambia el gesto.

—No ha vaticinado nada sobre mi futuro, al menos de momento —responde él con tono amable y cordial, pero a mí no consigue engañarme. Bajo esa aparente coraza de tranquilidad se esconde algo punzante que me provoca escalofríos.

Netala asiente con la cabeza, y se mete un bocado de comida en la boca. Después de tragarlo, levanta la mirada del plato y prosigue:

—Es un poder impresionante, Elore. Imagino que tus ancestros debieron desposarse con seres feéricos que atesoraban poderes ahora mismo inimaginables. Si no me falla la memoria, fuiste de las últimas personas nacidas en Orea que atravesó el puente para venir a Annwyn, ¿verdad?

Mi madre baja la cabeza.

—Sí, así es.

—Una de las condiciones que impuse a cambio de respaldar la guerra fue justo esa, poder traer un último grupo de habitantes de Orea a Annwyn —explica mi padre—. Todo el personal de servicio nació en Orea, desde los jardineros hasta las doncellas. Son muy eficientes. Es un acuerdo en que las dos partes salimos beneficiadas. Ellos ganan lustros de vida, y yo, criados que viven infinidad de años.

Me esfuerzo por no arrugar la nariz. Odio cuando habla de mi madre y de los demás en esos términos. Me rasco el antebrazo mientras trato de disimular mi enfado.

Madre aprieta los labios, pero no dice nada. Alargo el brazo, apoyo la mano sobre su pierna y le doy unas palmaditas, igual que suele hacer ella cuando mi padre se enoja conmigo y me echa una buena reprimenda. Me mira de refilón y, durante un segundo, suaviza la expresión.

—Stanton, tus hijos son la viva imagen de Elore —apunta Netala, que, a pesar de tener una sonrisa pegada en los labios, no me parece en absoluto una mujer agradable.

Empiezo a estar harto de que todo el mundo hable sobre mi madre en lugar de hablar con ella, como si no estuviese presente. No es ninguna novedad. La mayoría de seres feéricos que mi padre invita a cenar se comportan como unos auténticos cretinos con mi madre. No es culpa suya que mi padre la viera en Orea y decidiese traerla aquí. No es culpa suya haber nacido y crecido en Orea. De todas formas, no entiendo por qué le dan tanta importancia. ¿Qué más da? Tampoco entiendo por qué les extraña tanto que Ryatt y yo no seamos seres feéricos de pura raza. Mi madre acaba de demostrarles que ostenta un poder, un poder que ha heredado por derecho propio. Los seres feéricos de la ciudad no pueden alardear de una magia tan impresionante como la de mi madre, por lo que no deberían ser tan crueles con ella.

Me meto un buen trozo de carne en la boca y lo mastico a conciencia mientras la rabia y la impotencia me corroen por dentro, y de inmediato hago una mueca de desagrado, una mueca que me recuerda a la cara de repulsión que pone Ryatt cada vez que le obligan a comer algo que detesta. La carne tiene un sabor extraño, como si no hubiese estado bien conservada. Pruebo las manzanas hervidas, pero la textura es harinosa y ese sutil toque de dulzor se ha vuelto empalagoso. No tengo un paladar exquisito, pero juraría que están podridas.

Puaj.

—Sí, lo son —responde mi padre—. Pero no hay nada de malo en ello. Elore es una mujer hermosa, y su magia es extraordinaria. Por eso la elegí.

Mi madre se revuelve en su asiento. Y noto de nuevo ese terrible picor en el antebrazo.

—Aún conservo la esperanza de que no se parezcan mucho a ella —dice el tío Iberik, y suelta una ruidosa carcajada al mismo tiempo que levanta la copa de vino.

Tobir hace caso omiso del absurdo comentario de mi tío y continúa llenándose la boca de comida.

—Mmm, ya. No pretendo ser pájaro de mal agüero, pero he conocido a muchísimos hijos nacidos en el seno de una familia mestiza que no han desarrollado ningún poder mágico. Una tragedia, desde luego.

—Mis dos hijos tendrán magia —contesta padre, y su voz suena como un látigo. No hace falta leer entre líneas para saber que está dispuesto a utilizarlo para azotar a quien se atreva a decir lo contrario.

—Por supuesto que sí —dice Netala con esa sonrisita falsa—. Estoy convencida de que por sus venas corre sangre feérica, y es tu esencia la que prevalece. El destino y los propios seres feéricos han bendecido a Elore con el don de la adivinación. Y tú…, tú eres el Rompedor. El ser feérico más poderoso e influyente del reino, aparte del rey.

Miro de reojo a Ryatt. Creo que no va a aguantar mucho más, y la verdad es que yo tampoco.

El Rompedor. Ese es el apodo por el que todo el mundo conoce a mi padre, un apodo que le va como anillo al dedo porque su magia hace precisamente eso, romper.

Le he visto romper rocas, romper dedos, incluso romperle el cuello a un pobre caballo desvalido. Le he visto romper un tejado con la intención de derribar toda una casa.

Su magia asusta.

Antes de jubilarse solía trabajar a las órdenes del rey, demoliendo ciudades enteras. Y gracias a eso vivimos en esta finca, tenemos cuarenta y tres habitaciones y podemos permitirnos el lujo de contar con criados de Orea. Gracias a eso le concedieron un permiso especial para viajar una última vez a Orea y traerse consigo varias decenas de habitantes justo antes de que el rey, con la inestimable ayuda de mi padre, tumbara el puente y destruyera el único vínculo y canal de comunicación entre los dos mundos. Gracias a eso tuvo el privilegio de elegir a mi madre como esposa.

Sin embargo, que mi madre viva en esta lujosa mansión y tenga dos hijos con sangre feérica y una magia insólita y excepcional no significa que el resto de seres feéricos vayan a considerarla una igual.

Los tres seguimos cenando en absoluto silencio mientras el resto charla y parlotea sobre temas que no nos conciernen. Cada mordisco me sabe a rayos, pero engullo la cena sin protestar porque, por lo visto, soy el único que opina que está asquerosa, y porque no quiero que mi padre crea que no estoy comiendo.

Al fin empiezan a desfilar los criados para llevarse todos los platos y limpiar la mesa, así que dejo los cubiertos sobre el plato, tal y como dicta el protocolo. Tengo el estómago un poco revuelto, y doy las gracias por no tener que ingerir un solo bocado más. Todo el servicio es de Orea, igual que mi madre. A veces creo que se siente culpable por tenerlos trabajando en casa.

Uno de ellos, un tipo llamado Jak, se acerca a recoger el plato de mi madre. Ella levanta la cabeza y le regala una sonrisa amable y cariñosa, y él dibuja una sonrisa de agradecimiento. Todos los criados adoran a mi madre. No sé si es porque nació en Orea, igual que ellos, o porque es una mujer de lo más risueña y afectuosa. Cuando mi padre se ausenta por cuestiones laborales, tengo la impresión de que no son simples criados, sino familia.

Por suerte, los cuatro adultos deciden trasladarse a uno de los salones, donde fumarán en pipa y catarán algún exótico licor, y mi padre excusa a mi madre con el pretexto de llevarnos a la cama. Ya no tenemos que aguantar esas aburridas charlas con los invitados de padre, pero sigo bastante enfadado y triste. Mi madre también parece algo cabizbaja, y Ryatt tiene el ceño fruncido.

Sin embargo, cuando llegamos a nuestra habitación y nos preparamos para irnos a dormir, se acomoda en el sillón que hay dispuesto entre las dos camas y nos cuenta una historia sobre Orea. Sobre un lugar dividido en siete reinos. Sobre un mundo en el que sus gentes no tenían ningún poder, hasta que llegaron los seres feéricos. Y da lo mismo que Orea no pueda presumir de una magia propia, porque el modo en el que mi madre habla de sus orígenes hace que parezca un paraíso mágico.

Se me cierran los párpados por el sueño, y entre bostezos recuesto la cabeza en la almohada.

—Si el puente de Lemuria siguiera en pie, te llevaría a Orea, madre.

Estoy demasiado cansado para abrir los ojos, pero su voz suena alegre y nostálgica al mismo tiempo.

—Sé que lo harías, Slade. Lo sé.

Ilustración de un árbol sin hojas y sus raíces

4

Slade

No es la primera vez que trato de escapar de las garras de una borrasca.

De hecho, a lo largo de mi vida, he desafiado a toda clase de fenómenos meteorológicos.

La mayoría de tempestades que desafié en el pasado terminaron alcanzándome y venciéndome. Siempre llegaba a casa calado hasta los huesos por culpa de una lluvia torrencial que, además de fastidiarme el día, me estropeaba toda la ropa. O aparecía casi al borde de la hipotermia porque me había caído encima un bombardeo de granizo tan gélido y tan afilado que incluso me arañaba la piel.

Ahora, mientras cabalgo las nubes para eludir esta ventisca, tengo la impresión de que los dioses y las diosas me están traicionando, porque solo a alguien perverso y cruel y sádico se le ocurriría descargar una tormenta justo ahora, en una situación ya de por sí deplorable y lúgubre.

Y por eso en esta ocasión no voy a dejar que la tormenta gane la carrera. Me niego a que nos alcance, a mí y a Auren.

Argo es el ala maderera más veloz del Cuarto Reino. Incluso me aventuraría a decir que es la bestia más rauda y rápida de su especie. Si vencemos a la tormenta, será en gran parte gracias a su vigor e increíble fortaleza. Le obligo a que vuele tan rápido como le permitan las alas y adopto una actitud dominante e inflexible, y la criatura cede a todas y cada una de mis exigencias.

Huimos de la tempestad, pero la pugna es férrea, y a nuestras espaldas empiezan a coagularse las nubes mientras el cielo solloza y patalea y desenvaina todas sus armas para acorralarnos. Pero Argo no va a consentir que esa zorra nos gane, y yo tampoco. No pienso tolerar que otra tormenta caiga sobre Auren. No soportaría otro desbordamiento, otra inundación. Fue un milagro que sobreviviera a ese aluvión de oro sin nada ni nadie en quien refugiarse. Pero mientras yo esté vivo, yo seré su refugio.

Volamos entre las nubes a la velocidad de un rayo, formando un arco sobre la faz de Orea para no desviarnos.

Auren sigue acurrucada en mi pecho y envuelta entre dos capas, y aún respira.

Respira, pero no se despierta, no se mueve.

Han pasado varias horas, unas horas funestas que preferiría olvidar, y seguimos sobrevolando Orea. La tormenta no nos da ni un segundo de tregua, apaleándonos con su gélido aliento, cubriéndonos con un manto de humedad que empieza a resultarnos insoportable. Tengo los músculos de la cara agarrotados por completo, el culo empapado y los brazos entumecidos. Apenas puedo mover los dedos con que sujeto las riendas de cuero para guiar y dirigir a Argo. Si pudiera derramar una sola lágrima, sé que no tardaría ni un solo instante en convertirse en escarcha.

A mi alrededor solo hay un frío devastador y una oscuridad asfixiante, pero confío en Argo. Él nos llevará a nuestro destino. Auren está enterrada bajo tantas capas de abrigo que cualquiera podría confundirla con un fardo de paja, pero noto el calor de su respiración en mi pecho, y gracias a eso puedo mantener bajo control mi naturaleza feérica protectora. Saber que respira me ayuda a contenerme, a no pudrir el agua acumulada en las nubes y descargar un aguacero de veneno. Cuento cada una de sus respiraciones porque esa es la única cadencia capaz de apaciguar mi poder.

El tiempo y la distancia se eternizan.

De pronto, cuando menos me lo espero, una súbita ráfaga de viento nos golpea desde la izquierda, y Argo emite un gruñido furioso cuando la fuerza de la naturaleza impacta contra su cuerpo. La sacudida es brutal, y la montura se resbala por el lomo de la criatura, arrastrándonos a Auren y a mí consigo.

Me propulso hacia delante y palpo el cuello del ala maderera, pero apenas noto las manos y no consigo agarrar las riendas. El corazón me da un brinco cuando nuestros cuerpos se deslizan un poco más sobre la silla de cuero.

Hinco las rodillas y lanzo todo mi peso hacia un lado al mismo tiempo que Argo se inclina y extiende por completo las alas, ofreciéndome así un apoyo firme. La astuta criatura nos impulsa hacia arriba y cuando me desplomo sobre la montura deja escapar otro rugido de indignación. Todavía respiro entre jadeos. Nos hemos salvado por los pelos.

Lo único que nos mantiene atados a esa montura es una vieja correa de cuero que llevamos abrochada alrededor de la cintura. De no haber sido por Argo…

El ala maderera se toma esa estocada como un ataque personal, y su conducta se vuelve salvaje, indómita.

Gruñe y brama al cielo mientras bate las alas con un vigor insólito, pues sabe que está librando una batalla personal contra el viento y, a pesar de que el cansancio empieza a hacer mella en él, saca fuerzas de flaqueza y se enfrenta a él con una furia de­sen­fre­na­da.

Pasa toda una hora hasta que las manos dejan de temblarme, hasta que el corazón empieza a palpitarme a un ritmo constante y normal, hasta que sujeto las riendas sin que me duelan los dedos. La adrenalina se va secando en mi interior, como la sangre de una herida.

Tengo que llevar a Auren a un lugar seguro, a un lugar cálido, y el Pozo de la Muerte es la opción más próxima que tengo. Sin embargo, el paisaje está sumido en una penumbra absoluta, y esa oscuridad parece reírse de mí. Tengo la impresión de que apenas avanzamos, pues el mundo nevado y monótono y blanco del Quinto Reino que se extiende bajo nuestros pies parece no acabar nunca. Me asusta pensar que nos hemos quedado enganchados a su éter. Las sombras se burlan de nosotros mientras esa alfombra perlada se va desplegando kilómetro a kilómetro, como una llanura infinita.

Pero todavía no existe un rival capaz de derrotar la fuerza de voluntad de Argo y su testarudez, sobre todo cuando está enfadado.

La pugna por la supervivencia nos acerca al amanecer, aunque debo admitir que en algún momento he creído que nunca llegaría a vivir otro mañana. También nos acerca a un cielo que, de lejos, juraría que está embravecido. Parpadeo sin apartar la mirada del horizonte por el que asoman los primeros rayos de luz, y no sé si siento alivio o miedo.

Auren sigue inmóvil. Ni siquiera se revuelve cuando el resplandor del sol se proyecta sobre ese océano de nubes. Compruebo por enésima vez que las capas envuelven todo su cuerpo y cubren cada centímetro de su piel. No sé si podría derramar una sola gota de oro en el estado en el que se encuentra y desconozco qué pasaría si algo rozara su piel desnuda, pero prefiero tomar precauciones. No quiero que utilice ni un ápice de su magia, y si por una casualidad empezara a manar de su cuerpo de forma incontrolada, Argo no sería capaz de seguir volando.

Bajo mis muslos, el pecho de mi cabalgadura jadea. Su respiración es entrecortada y los músculos le tiemblan por el tremendo esfuerzo que está haciendo. Ahora, rodeado de ese fulgor grisáceo, advierto varias calvas en el plumaje. Las violentas ráfagas de viento a las que se ha enfrentado en este viaje le han dejado las alas destrozadas, a pesar de tratarse de unas alas tan sólidas y robustas como la corteza de un árbol. Varias estalactitas de escarcha cuelgan de su hocico como si fueran colmillos, pero él no deja de escupir espuma, de rugir, de volar.

—¡Sigue, no pares! —insisto, aunque no sé si es capaz de oír mi voz porque el viento vuelve a soplar con fuerza.

La culpa me invade en cuanto Argo comienza a descender hacia una bolsa de aire que nos ayudará a ir más rápido. A pesar de esa demostración de furor, sé que está cansado. Le estoy presionando demasiado. Le estoy llevando al límite, pero no tengo otra alternativa.

Por fin la luz del alba devora las últimas sombras de la noche. El sol brilla con todo su esplendor e ilumina el camino a la tormenta que nos pisa los talones. Echo un vistazo atrás y examino las nubes que parecen estar galopando hacia nosotros, dispuestas a aplastarnos bajo sus cascos de hielo.

Auren tirita entre mis brazos. Rechino los dientes en una mezcla de rabia e impotencia y al hacerlo mastico el hielo que se ha ido formando a lo largo del viaje. Los truenos retumban a nuestras espaldas, crujen y resoplan, y presiento que la amenaza está a punto de alcanzarnos, pero Argo, en un alarde de valor y determinación, dispara un rugido gutural que suena ronco por la fatiga.

Empiezo a barajar varios supuestos que, hasta el momento, me negaba en rotundo a considerar. Me hundo en el pesimismo. No vamos a lograrlo. Argo va a tener que aterrizar para no morir de extenuación. Auren va a quedar más expuesta de lo que está. La tormenta va a alcanzarnos, y a engullirnos.

Pero entonces ocurre un milagro y vislumbro el familiar perfil de unas montañas dentadas en la lejanía: el Pozo de la Muerte.

Lo hemos logrado.

Mi corazón se llena de esperanza.

Desde el suelo solo se aprecia un montón de nieve podrida y unas cumbres serradas. Desde el cielo, en cambio, se divisa un valle helado y sombrío atrapado entre unas montañas que se confunden con colmillos torcidos y afilados. Es un lugar inhóspito, feo, vacío.

Eso es lo que uno ve si no sabe dónde mirar.

Para no perder la costumbre, un silbido estridente escapa de entre mis dientes para llamar la atención de Argo, aunque la criatura no necesita que la avise de que estamos llegando. Tiene una vista de halcón y su sentido de la orientación es mucho mejor que el mío. Después de todo, lleva años trayéndome aquí. Estoy convencido de que podría volar hasta aquí desde cualquier rincón de Orea, y con los ojos cerrados.

A medida que acortamos distancias, el pecho se me llena de esperanza, y acuno el cuerpecillo de Auren entre mis brazos.

—Ya casi. Ya casi hemos llegado —murmuro.

Me inclino ligeramente hacia un lado cuando Argo vira y dibuja una media luna en el cielo. Me aferro a las riendas como a un hierro ardiendo porque está a punto de abalanzarse sobre esa abrupta cordillera de montañas escarpadas. Las cúspides parecen estar talladas a imagen y semejanza de un cuchillo dentado, con unas hendiduras afiladas que ofrecen una panorámica aterradora. La montaña más grande, ubicada justo en el centro, está un pelín inclinada, como si llevara siglos recibiendo el implacable latigazo de un viento inclemente y haya empezado a ceder, a rendirse.

Las montañas jamás deberían doblegarse ante el viento. Pero las montañas no son la única monstruosidad que asola aquel paraje remoto y desapacible. Lo que de verdad ha mancillado ese lugar es mi magia.

Lo que antaño era una vasta extensión vacía y lúgubre en la frontera del Quinto Reino, ahora son tierras infectadas por la podredumbre. Las raíces fétidas del Cuarto Reino han atravesado la línea divisoria de ambos reinos y serpentean por el terreno, hurgando entre la nieve y escarbando el hielo para alcanzar la base de las montañas. De lejos se confunden con enredaderas negras que serpentean bajo la nieve.

Mi magia responde a la cantidad ingente de poder que he derramado sobre este paisaje, y siento miles de pellizcos en la piel. Lo interpreto como una cálida bienvenida. Percibo el poder que culebrea bajo esa gruesa capa de nieve, un poder que ahora mismo palpita en mis venas como si tuviera corazón propio. Pero mi poder debe esperar.

A pesar de las cumbres resquebrajadas y terroríficas, a pesar de que las inmensas raíces de podredumbre han convertido este paraíso níveo en un paraje horrendo y corrompido, no existen mejores vistas que estas, maldita sea. Respiro hondo y me preparo para el vertiginoso descenso al que nos va a someter Argo, que en ese momento toma impulso para bajar en picado. Por un momento temo que el estómago vaya a salírseme por la boca.

Durante muchos años este diminuto pedazo de tierra formaba parte de otro reino, pero ahora por fin puedo reclamarlo como mío. Gracias al acuerdo que firmé con Midas, ya no pertenece al Quinto Reino.

Argo se balancea y vira directamente hacia la montaña más alta, allí donde se amontonan unas rocas con vetas negras, la inconfundible huella de mi poder.

En realidad, es la combinación de todo: las montañas dentadas y torcidas, los montículos de nieve, los montones de inmensos pedruscos, la podredumbre; todo distrae a ojos de alguien que desconoce lo que de verdad se esconde ahí.

Cualquier persona que pasara por este rincón del mundo lo ignoraría por completo y, a decir verdad, preferiría eludirlo. Argo sobrevuela una cima afilada y resquebrajada, cambia de rumbo y se dirige hacia la montaña más pequeña. La ladera me recuerda al marco de una chimenea, y esa repisa hecha de piedra es lo bastante ancha como para albergar un pueblecito escondido. El casi invisible cobijo que ofrece la montaña inclinada siempre pasa inadvertido, pero a mí no.

Nadie repararía en ese pueblecillo, a menos que rastreara el terreno porque conoce su existencia. Las casas están hechas de la misma piedra rugosa que la montaña, por lo que se camuflan a la perfección bajo el tejado de nieve que les brinda la montaña.

Es aquí, envuelto en esa mortaja fría e insoportable, donde guardo mi mayor secreto: la Aldea de los Bufones.

Y en ese preciso instante, la tormenta que nos hostiga arroja su último ataque, un castigo por haber logrado llegar a nuestro destino. Las nubes se parten, se resquebrajan para rociarnos con una lluvia gélida que nos empapa en menos de un segundo.

Argo no se detiene en su empeño de aterrizar junto a la aldea, a pesar de que la lluvia le baña las alas y le congela las plumas. Traza un círculo y, de repente, se desploma sobre el suelo. Está tan exhausto que se deja caer, y el impacto es tan fuerte que hasta me repiquetean los dientes. Se bambolea, pero consigue mantenerse en pie. Clava las garras en la nieve para no perder el equilibrio mientras su hocico supura una espuma congelada.

—Buen chico —le digo a modo de felicitación. Se da la vuelta y me guiña un ojo, y aunque salta a la vista que está agotado, detecto un brillo de vanidad en su mirada de halcón—. Sí, te has ganado todas las tiras de tasajo que te vengan en gana, maldita sea.

Echo un vistazo a mi alrededor y entorno los ojos para tratar de vislumbrar algo en mitad de ese aguacero, pero a estas horas de la mañana la calma y el silencio reinan en la aldea. Solo me separan unos diez metros de las hileras de casitas construidas en piedra, y advierto los últimos zarcillos de humo emergiendo de las chimeneas, justo debajo del saliente de la montaña, donde se ha acumulado una gruesa capa de hielo que hace las veces de tejado.

Con la mano aún entumecida, palpo la correa que me mantenía sujeto a la cabalgadura, pero me cuesta una barbaridad desabrochar las hebillas. He perdido toda sensibilidad en los de­dos y no puedo moverlos y, para colmo, el cuero está resbaladizo por la aguanieve que ahora mismo está cayendo sobre nosotros. Podría utilizar esa mano, pero soltar ahora Auren implicaría correr un gran riesgo. Necesito mantenerla seca y a salvo.

Un ruido de frustración sale de mi boca, como el gruñido de un animal salvaje.

—No me jodas.

—¿Señor?

Giro la cabeza cual látigo al oír esa voz y al instante reconozco a uno de los aldeanos, que se acerca a paso ligero desde el pequeño pabellón que construyeron en el interior de una grieta de la ladera de la montaña. Se ha cubierto la cabeza con la capucha de la capa, en un intento de protegerse del chaparrón que acaba de empezar a caer, y bajo la que asoma una nariz protuberante.

—Permitidme.

Con unos dedos hábiles y diestros, enseguida me desabrocha la correa y me bajo de la cabalgadura de un brinco, con Auren en mis brazos.

—Gracias, Theo —digo. No se muestra tan receloso y precavido como los demás, pero aun así no se atreve a mirarme directamente a los ojos.

—¿Queréis que alerte a los guardias?

Sacudo la cabeza.

—No es necesario, aunque agradecería que te encargaras de acompañar a Argo hasta el Posadero. Necesita recuperarse y descansar. Dile a Selby que le proporcione todo lo que quiera, y sin escatimar en cantidades, y que deje varias mantas y cobijas en su nido. Se lo ha ganado, y con creces.

Theo asiente con la cabeza, y con suma cautela coge una de las riendas de Argo. Es un tipo valiente, desde luego, porque no se acobarda ante la imponente apariencia del ala maderera y, siguiendo mis órdenes, guía a la criatura al Posadero, donde sé que cuidarán de él.

En cuanto desaparecen bajo la cortina de agua, echo a correr con Auren en volandas. Mis botas pisotean el sendero de piedra blanquecina que se camufla entre la nieve. Mi podredumbre no se extiende hasta la propia aldea, sino que la bordea como si fuese una muralla con alambres de espino en la parte superior para ahuyentar a nuestros enemigos. Y aunque mi magia no haya corrompido este recóndito lugar, a nadie se le ocurriría poner un pie aquí, donde solo parece habitar la desolación.

A ojos de los demás, la Aldea de los Bufones no existe. Quizá por eso sea un lugar tan deprimente y lúgubre, y mi empeño en mantenerlo en secreto solo ha servido para que sus habitantes se sientan más apartados y aislados del resto del mundo.

Nadie describiría esta aldea como pintoresca. Está situada en un enclave frío, hostil y adusto, las casitas son austeras e impersonales, y están construidas en el oscuro recoveco que hay debajo de la ladera de la montaña, condenadas a vivir en una sombra perpetua. La gente que vive aquí no disfruta de las comodidades de cualquier otra ciudad, donde los habitantes se mueven con plena libertad y donde abundan toda clase de negocios. Aquí tienen que trabajar muy duro para sobrevivir, pues la tierra es yerma. Y por eso siempre que vengo traigo provisiones. A pesar de todo, nadie se marcharía de aquí para probar suerte en otro lugar.

No pueden.

Aparte de los guardias que custodian la aldea, a estas horas de la mañana todos los vecinos siguen durmiendo a pierna suelta, con las ventanas cerradas a cal y canto porque presentían que se aproximaba una borrasca. Paso raudo por delante de las fachadas de las casas, todas ligeramente inclinadas o torcidas, y no puedo evitar fijarme en las puertas de madera. Están tan pegadas las unas a las otras que cuesta creer que sean hogares individuales. Es todo una ilusión óptica, pues el tamaño de las casas es más que considerable. Están construidas dentro de las grietas y los recovecos de la propia montaña. Unas enredaderas silvestres y recubiertas de espinas se inmiscuyen entre las hendiduras del suelo de piedra y reptan por las ventanas y las puertas de las casas, y de los tallos cuelgan racimos de bayas blancas.

La tromba de agua que está cayendo ha convertido el suelo en una auténtica pista de hielo, así que tengo que vigilar bien dónde piso para no patinar. No quiero resbalarme con Auren aún inconsciente entre mis brazos, pero no puedo permitirme el lujo de caminar a paso de tortuga, así que, hundiendo la bota en la nieve a cada paso que doy, avanzo corriendo tan rápido como puedo.

El sendero está flanqueado por unos robustos árboles de hoja perenne que sufren un auténtico calvario para sobrevivir. Se ha formado una fina capa de escarcha sobre las ramas, que tienen que soportar el peso de un frío indescriptible. Esos árboles me conceden una pequeña tregua de la lluvia que agradezco, y acerco el cuerpo de Auren a mi pecho.

Cuando llego a la curva del camino, no me detengo, sino que la doblo y bordeo la montaña. Ahí se acaban las hileras de casas y la roca queda totalmente a la intemperie, expuesta y desnuda, salvo por la nieve que se ha congelado sobre ella. Alzo la mirada para admirar la ladera de la montaña, que se enrosca sobre sí misma formando una especie de tirabuzón, creando así una marquesina gigante y protectora. Una cortina de lluvia helada cae desde lo más alto, una imagen que siempre me ha hecho pensar en una cascada, y es entonces cuando vacilo, cuando dudo. Intento pensar en otra manera de cruzar esa cortina de agua para que Auren no termine empapada de pies a cabeza.

—Anda, déjame.

Mi instinto me empuja a abrazar a Auren aún más fuerte, y un instante después reconozco la voz de mi hermano.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Ryatt camina con sigilo bajo la lluvia y, sin mediar palabra, se quita la capa y la sujeta sobre nuestras cabezas para resguardarnos del aguacero. Tengo el presentimiento de que lo hace por el bien de Auren y no por el mío. Atravesamos esa cascada de agua gélida a toda prisa, y cuando por fin llegamos al saliente de la roca, damos gracias a los dioses, pues sabemos que ahí, en la cueva de la montaña, estaremos a salvo de la tormenta.

—Gracias —murmuro.

Mi hermano baja los brazos y recoge la capa, pero no se toma la molestia de volvérsela a poner.

Nos adentramos en la penumbra de la cueva, donde, de no ser por el suave resplandor azul que emiten las vetas fluorescentes que recorren las entrañas de la montaña, estaríamos a oscuras. Esas venas cerúleas se ramifican en todas direcciones y se extienden por las paredes, el suelo y el techo, y los escarabajos grises que habitan en el interior de las rocas corretean por la superficie porque se nutren del sedimento. Varias estalactitas cuelgan del techo, señalándonos en actitud acusadora.

—¿Y bien? ¿No piensas contarme qué diablos estás haciendo aquí? —repito mientras caminamos, y mi voz retumba en cada rincón de esa cueva.

—¿En serio creías que no vendría? —replica Ryatt, que retuerce la tela de su capa con las manos—. Quise venir en el momento en que Midas escupió sus amenazas, y lo sabes, así que ahórrate tus malditas órdenes —espeta, y aprieta la mandíbula.

Yo también aprieto los dientes. Soy consciente de que no tengo ningún derecho a sentirme defraudado y, de hecho, comprendo su rabia. Sin embargo, lo estoy. Igual que él suele estarlo conmigo.

—De acuerdo —digo, dando así mi brazo a torcer. Tengo demasiado frío y estoy demasiado cansado como para ponerme a discutir—. Ya hablaremos mañana. Ahora tengo que secar a Auren y conseguir que entre en calor.

Ryatt mira a Auren por el rabillo del ojo.

—Maldita borrasca. De todas las noches, ha elegido esta para hacer su aparición estelar.

Mi hermano y yo seguimos caminando por la cueva en silencio, pero es un silencio tenso. Sin darnos cuenta, nuestros andares coinciden, nuestros hombros rotan a la vez, y nuestra ropa es prácticamente idéntica. Cuando mi naturaleza feérica no se muestra, es casi imposible distinguirnos. Parecemos gemelos, algo que he aprovechado en numerosas, numerosísimas ocasiones a lo largo de mi vida.

A pesar de que siempre caminamos al mismo compás, la verdad es que la mayor parte del tiempo nos pisoteamos. Daría mi vida por Ryatt, y sé que él ha renunciado a muchísimas cosas por permanecer a mi lado, pero nos llevamos a matar. He perdido la cuenta de las veces que he deseado estrangularlo, y sé, sin ningún atisbo de duda, que el sentimiento es mutuo.

Esta noche es una de esas veces.

Los dos nos tragamos nuestros reproches y, al fin, llegamos a nuestra casa, tallada en la propia cueva, sumida en esas sombras azules y con estalagmitas que se confunden con guardias.

La Gruta.

—Hogar dulce hogar —susurra Ryatt.

Noto un ardor en el estómago.

—Sí. Hogar dulce hogar.

Ilustración de un árbol sin hojas y sus raíces

5

Slade

8 años de edad

Slade!

Miro hacia abajo; Ryatt trata de seguir mis pasos y trepar por el árbol con esas piernas rollizas. Mi hermano es un niño testarudo, y sabía que iba a intentar subir hasta aquí, pero cada vez que se da cuenta de que aún no puede encaramarse a las ramas de los árboles, empieza a lloriquear como un recién nacido, espantando a todos los pájaros. Y no parará de llorar hasta que baje a por él.

—¡Slade!

De nada sirve ignorarlo, así que me arremango la camisa y me rasco los brazos.

—Vuelvo enseguida —le prometo al polluelo.

El animalillo indefenso pía.

Cuando oigo a Ryatt arañar la corteza del árbol como un poseso, me cuelgo de la rama y aparto las hojas marrones y secas.

—No puedes subir aquí. Eres demasiado pequeño.

Arruga el gesto, claramente enfadado, y me fulmina con unos ojos cargados de rencor.

—No lo soy.

—Sí lo eres —insisto—. Además, todavía no te han dado permiso para subirte a los árboles.

Malhumorado, se arrastra por el tronco y en cuanto pone un pie en el suelo, pisotea todas las hojas que han caído del árbol. Se ha bajado los calcetines, uno hasta el tobillo, otro hasta la mitad de la pantorrilla, y los dos están pringados de verdín. Madre siempre chasquea la lengua cuando nos ve volver a casa con los calcetines blancos e impolutos manchados de barro y hierba, pero después nos dice que es el mismo color que nuestros ojos y que, al menos, combinan.

Me seco las gotas de sudor de la frente, suspiro y me descuelgo de la rama del árbol de un salto.

—¿Satisfecho?

Él asiente con la cabeza.

—Tengo hambre.

—Siempre tienes hambre —replico, pero ahora que lo menciona me percato de que a mí también me rugen las tripas—. Vamos. Estoy seguro de que Chef nos dará algo.

—Hace calor —protesta Ryatt.

—Es verano, estúpido —contesto con una risita.

Él me dispara una mirada cargada de rabia.

—Me voy a chivar.

—No, no lo harás —contesto, y dibujo una sonrisa de oreja a oreja. Ryatt y yo nunca nos acusamos, ni tampoco nos traicionamos. Es nuestra norma, y la cumplimos a rajatabla.

Se encoge de hombros.

Los dos nos encaminamos hacia la mansión. Ahora que ya no estoy bajo la sombra del árbol me doy cuenta de que hace un calor abrasador. No es de extrañar que Ryatt tenga la cara roja como un tomate y el pelo empapado en sudor. Seguramente yo también.

Esta mañana he terminado bastante pronto las tareas que me ha asignado mi profesor particular y la institutriz que se encarga de Ryatt le ha permitido salir para que respire un poco de aire fresco, por lo que llevamos un buen rato jugueteando por los jardines. No sé cuánto tiempo me he pasado encaramado a ese árbol. Siempre que compruebo los nidos, me distraigo y pierdo la noción del tiempo.

—¡Vamos al estanque! —propone Ryatt a bote pronto cuando estamos a punto de llegar a los arbustos.

Lo atravieso con la mirada.

—Acabas de decir que te mueres de hambre.

—¡Estanque!

—De acuerdo —respondo, cediendo así a su súplica—. Pero solo un rato. Después volvemos a casa, que tenemos que almorzar.

Ryatt dice que sí con la cabeza y echa a correr colina abajo. Troto detrás de él, fingiendo que no puedo seguirle el paso, que es más rápido que yo, y él se desternilla de la risa. Rodeamos la finca y cuando estamos a medio camino del estanque, a Ryatt le empiezan a flaquear las fuerzas y tiene que parar.

—Tengo sed —gimotea.

—Te meteré esa cabezota en el estanque y se te pasará, tranquilo.

Él me mira con el ceño fruncido, mientras yo me río a carcajadas y le toqueteo las costillas porque sé que justo ahí tiene muchas cosquillas. Al principio trata de apartarme y aguantarse la risa, pero al final explota en una risa histérica.

Más allá de la mansión se encuentran los establos, justo frente al estanque. Pasamos por delante del prado donde los caballos de padre campan a sus anchas y pastan.

Al principio no le doy la más mínima importancia.

¡Chas!

El sonido me hace pensar en el mozo de cuadras cuando utiliza la fusta con uno de los caballos. Si no me falla el oído, le acaba de azotar en las ancas, un golpe seco para corregir y domar al animal.

¡Chas!

A Ryatt tampoco parece sorprenderle el chasquido.

Pero entonces, por algún motivo que no logro entender, me detengo, y apoyo la mano en el hombro de mi hermano para que se quede quieto.

—Espera.

—¿Por qué? —protesta mi hermano con tono de niño consentido.

Me rasco el brazo.

—Quédate aquí un segundo, ahora vuelvo.

Ryatt arruga la frente, dispuesto a rebatirme e iniciar una discusión. Por suerte uno de los caballos se acerca a la valla y lo distrae. Apoya un pie en uno de los tablones de la valla y empieza a acariciar al caballo, y es entonces cuando aprovecho para escabullirme. Entro en el establo, pero allí no hay nadie. Está totalmente vacío.

¡Chas!

Giro la cabeza hacia la derecha, y mis pies me llevan hacia una portezuela.

Y entonces frenan de sopetón.

No es el mozo de cuadras. No es una fusta. No es un caballo.

Ahí, junto a la pared exterior del establo reconozco la imponente silueta de mi padre. Su cuerpo se cierne sobre el de mi madre. Me cuesta procesar lo que estoy viendo, así que opto por quedarme ahí quieto y observar para tratar de dar sentido a la escena.

En ese instante, mi padre levanta la mano y le asesta un bofetón a mi madre con tal fuerza que la tira al suelo. Mueve los labios y escupe una retahíla de blasfemias, aunque desde aquí no puedo oírlas.

Estoy conmocionado y no soy capaz de reaccionar.

Un estruendo me perfora los tímpanos. Aunque quizá el estrépito resuene en mi sangre, porque lo oigo y lo percibo al mismo tiempo. Noto un picor en la espalda y tengo la impresión de que centenares de hormigas corretean por mis brazos. Se me hielan las venas. E incluso siento un extraño vahído.

Durante una fracción de segundo me quedó ahí inmóvil, como una estatua, escuchando, sintiendo. Mi sangre, mi piel. La sensación es tan abrumadora que temo desmayarme ahí mismo.

Entonces mi padre vuelve a levantar la mano. Mi madre agacha la cabeza. Y en ese momento me invade una furia desconocida, una ira que se mezcla con ese ruido atronador y de repente… todo estalla.

Antes de que mi padre deje caer la mano, abro la boca y grito:

—¡Para!

Actúo por impuso, sin pensar, y cuando quiero darme cuenta, lo estoy empujando con todas mis fuerzas. Mi reacción lo pilla totalmente de improviso, pues su expresión refleja asombro. Mi mirada, en cambio, refleja un odio feroz. La ira debe de ser un sentimiento más fuerte que la sorpresa, porque logro empujar el cuerpo robusto y fornido de mi padre y arrojarlo contra la pared del establo.

Sin embargo… Nunca habría imaginado que el odio es tan fuerte como para derribar una pared. El establo de madera es un edificio sólido y resistente, pero, por alguna razón, la pared cede y se desmorona en cuanto el cuerpo de mi padre se estrella contra ella.

La pared se viene abajo, y mi padre se desploma con ella. Me quedo quieto, observando cómo la madera se desintegra y las diminutas astillas saltan por los aires en una explosión de polvo y escombros y mi padre queda tendido en el suelo. El fragor de mi interior resuena ahora ahí fuera, cuando el tejado colapsa y el resto de las paredes se derrumban, enterrando a mi padre bajo un montón de tablones.

—¡Slade! —me llama mi madre, que gatea hacia atrás, muerta de miedo.

Quiero acercarme a ella, pero el puño de mi padre se abre paso entre los tablones. Chasquea los dedos e invoca su poder para despedazar la madera que lo cubre. Se pone en pie con una expresión tan aterradora que palidezco nada más verla.

—¡Cómo te atreves!

Está furioso. Tiene los ojos inyectados en sangre, lo cual le hace parecer aún más enfadado. Sé que está a punto de descargar toda su rabia sobre mí, que voy a recibir una tunda, pero me da lo mismo. Me da lo mismo, siempre y cuando no vuelva a ponerle la mano encima a mi madre.

Se dirige hacia mí con ese andar amenazador, y me preparo para lo peor. El frío helador que sentía en mis venas se extiende hasta mis pies y, de repente, mi padre se queda inmóvil. Hace una pausa mientras examina el suelo que me rodea.

—Pero ¿qué demonios…?

Sigo su mirada. La hierba que piso ha perdido ese verdor tan intenso. Se ha tornado pálida, y ahora parece trigo seco. La tierra del prado se ha llenado de una extraña telaraña de líneas negras, unas líneas que también se han extendido sobre lo que queda del establo como raíces podridas. Incluso los tablones de madera han envejecido de repente, como si hubieran pasado décadas soportando las inclemencias de un clima severo y adverso. Da la sensación de que una suave brisa sería capaz de derribar lo poco que queda en pie de él.

—Slade…

Al oír la voz de mi madre, desvío la mirada hacia donde ella sigue encogida en el suelo, pero las líneas no la tocan. Está sobre el único pedazo de tierra donde la hierba conserva su precioso verdor. Me observa con ávida atención, con los ojos como platos. Examina cada centímetro de mi cuello, de mis brazos, de mi espalda. Y es en ese preciso instante cuando me doy cuenta de que me duele todo el cuerpo.

Mi padre se gira hacia mi madre, y en un acto reflejo, me planto delante de ella, como si fuese su escudo protector. Respiro entre jadeos porque estoy asustado, y frente a mi padre me siento muy pequeño e indefenso, pero aun así no pienso moverme. No voy a consentir que vuelva a pegarla.

—No —le digo, y mi voz es lo único que oigo porque, de repente, todo ese ruido que tronaba en mi interior enmudece. Un segundo después me invade un cansancio extremo.

A mis espaldas, mi madre me agarra de una pierna para apartarme, pero la ignoro por completo. Padre me ha castigado con la vara decenas de veces, y siempre he sobrevivido. Puedo soportarlo otra vez porque ya no soy un niño. Querría decírselo a madre, pero no me da tiempo porque padre me coge por los hombros, me zarandea con fuerza y me atraviesa con la mirada. Abre tanto los ojos que creo que van a salírsele de las órbitas.

Al principio creo que se trata de un truco, de una de sus estratagemas para acobardarme, pero su expresión de profunda estupefacción no desaparece, y tampoco hace el ademán de levantar la mano para darme un bofetón. Es entonces cuando decido mirar al suelo y averiguar qué le ha asombrado tanto. A él y a mi madre.

Me sangran los brazos, quizá por eso me duelen tanto. Pero no es la sangre lo que me deja boquiabierto, sino unas púas negras que asoman de las heridas, unos aguijones pequeños y afilados que emergen de mis músculos y me atraviesan la piel.

Lo primero que pienso es que varias astillas han debido de saltar del establo y clavárseme en la piel, pero enseguida me percato de que me he equivocado. Advierto dos hileras idénticas de esas extrañas esquirlas en mis brazos, y no se me han clavado, sino que salen de mi propio cuerpo.

Me quedo petrificado, en una mezcla de aturdimiento y confusión. Mi padre alarga el brazo y roza una de esas espinas negras que han brotado de mi cuerpo. Los dos gruñimos de dolor. Levanto la mirada y veo que tiene el pulgar ensangrentado, como si se hubiese cortado al rozar la púa. La rabia y la cólera que hasta hace unos segundos le hervían la sangre desaparecen de un plumazo, y entonces, sin apartar la mirada de su dedo esboza una sonrisa que no soy capaz de interpretar. Un segundo después centra toda su atención en mí.

—Hijo mío.

En un insólito arrebato de cariño, me agarra de nuevo por los hombros, me zarandea y me abraza. Al tocar un punto muy concreto de mi espalda, noto una punzada de dolor indescriptible, un dolor tan desgarrador que me obliga a arquear toda la columna vertebral en un intento de aplacarlo.

—¡Au!

Mi padre escupe una carcajada y me suelta.

—¡Pero mírate! —exclama con una sonrisa de orgullo, una sonrisa que jamás había visto—. ¡Con solo ocho años! ¡Es un milagro!

—¿Qué ha pasado? —pregunto, todavía apabullado por los acontecimientos. Observo las gotas de sangre que manan de aquellas protuberancias negras y afiladas y advierto unas venas oscuras que nacen en la base de esa especie de arpones y se extienden por mis brazos; una imagen que me traslada al día en que Ryatt cogió una pluma, la hundió en el tintero y dibujó un sinfín de líneas en mi piel, como si fuese un lienzo en blanco. Me froto los brazos en un intento de borrar esas líneas, pero no sirve de nada.

—Te has transformado —explica mi padre, claramente entusiasmado—. Tu poder ha despertado.

La noticia me cae como una jarra de agua fría.

—¿Qué?

Nunca lo había visto tan contento, tan emocionado. Me levanta el brazo para mostrármelo.

—¡Mira! Tu magia se ha manifestado.

Poso la mirada en las venas negras que ahora recorren mi brazo, y después me fijo en las venas que han marchitado la hierba y han podrido los tablones de madera del establo. Son idénticas.

—Sabía que mi hijo atesoraba un gran poder.

Sin embargo, no me siento en absoluto poderoso, sino cansado y dolorido, enfadado y muy asustado…

Me echo a llorar, y sé que es un terrible error hacerlo delante de mi padre, pero no puedo contener las lágrimas. El orgullo que hasta entonces resplandecía en su mirada, desaparece al instante. Ahora me mira con repulsión.

—Deja de lloriquear. Un hijo mío no puede comportarse como un pusilánime —dice con frialdad, y desvía sus ojos azabache hacia mi madre—. Límpiale las heridas y mándalo a los jardines. Quiero ponerle a prueba y averiguar qué es capaz de hacer —le ordena, y luego añade—: Y tú, quédate en tu habitación. No quiero verte en lo que queda de noche.

Mi madre me estruja la pantorrilla, una advertencia para que no mueva un solo músculo.

Él se da la vuelta y se aleja dando grandes zancadas, mientras las lágrimas ruedan por mis mejillas. No puedo dejar de llorar, y me alegro de que padre no esté aquí para reprenderme, para castigarme, para humillarme. Quiero parar, de veras que sí, pero el dolor es insufrible, y sigo sin comprender lo que acaba de ocurrir, y mi madre…

Y en ese momento, su rostro se materializa delante de mí. Tiene los ojos enrojecidos y la inconfundible marca de la mano de mi padre en la mejilla, además de un corte en el labio.

—¿Soy… un Rompedor? —pregunto, y me estremezco porque lo último que deseo en este mundo es parecerme a mi padre. Sin embargo, he derribado la pared del establo y he resquebrajado el suelo con esa telaraña de líneas negras, por no hablar de las púas que me han atravesado la piel… Si soy sincero, siento que me he convertido en un monstruo.

Ella niega con la cabeza, me agarra de la barbilla con dulzura, y me levanta la cara para que la mire a los ojos.

—No, Slade. No lo eres. Tú no rompes cosas, tú las proteges.

Pero cuando miro a mi alrededor, cuando contemplo el prado sobre el que estaba construido el establo, no veo ni un ápice de protección. Ahí solo hay ruinas. Mi padre es un experto en arruinar cosas. El rostro magullado de mi madre es prueba de ello.

Aunque me duele una barbaridad mover el brazo, levanto la mano para acariciarle la mejilla.

—¿Estás bien?

Esta vez es ella quien se desmorona, quien se viene abajo y empieza a llorar a mares. Envuelvo su mano entre las mías y la estrecho con cuidado mientras trato de ignorar la maraña de hebras negras que en ese momento se revuelven en la punta de los dedos.

—No llores, madre. Yo te protegeré.

Mi promesa no le sirve de consuelo porque continúa sollozando. Bajo la mirada, apenado. Ojalá fuese un hombre hecho y derecho, ojalá pudiera hacer algo para ayudarla. Reparo en las manchas de verdín que le ensucian el bajo de su hermoso vestido blanco, de cuando padre la golpeó tan fuerte que la tiró al suelo.

—¿Slade?

Los dos nos giramos a la vez. A mi espalda está Ryatt, con el ceño fruncido y con un montón de fresas envueltas en la camisa. Seguro que ha estado fisgando por los jardines en busca de algo que llevarse a la boca, un pequeño tentempié. Había olvidado por completo que estaba aquí, y doy las gracias porque no haya presenciado nada de lo sucedido.

—Mira, Ryatt —digo, para llamar su atención y que solo me mire a mí. Se queda boquiabierto durante unos instantes y después me señala con un dedo, dejando caer toda su cosecha de fresas al suelo.

—¿Qué es eso?

—Mi magia —respondo, y me esfuerzo por fingir felicidad. Me sorbo los mocos y, al fin, dejo de llorar.

La noticia lo llena de alegría, y esa boca manchada de fresa dibuja una sonrisa de emoción.

—¿Puedo tocarte?

—Claro que sí.

Viene corriendo hacia mí, y sin pensárselo dos veces, pasa un dedo manchado de fresa por una de esas púas negras.

—¿Te duele?

Me encojo de hombros.

—Un poco.

Él sonríe y se vuelve hacia madre, pero en cuanto la ve, se traga lo que fuese que iba a decir, y arruga el gesto.

—¿Madre?

Ella trata de fingir una sonrisa, y ya se ha secado las lágrimas, pero aun así salta a la vista que algo no anda bien.

—Ryatt, esas fresas deben de estar deliciosas.

Pero el cumplido no basta para disuadirlo.

—¿Estás llorando?

—Estoy bien, cielo. Tan solo me he tropezado. ¿Ves? —dice, y señala el bajo del vestido.

Esta vez sí ha funcionado, porque mi hermano asiente y le pasa una mano pringosa por el brazo.

—No pasa nada, yo también me he caído —responde él, y le muestra los calcetines embarrados—. ¿Y sabes una cosa? —pregunta.

—¿El qué?

—Esas manchas de hierba son del mismo color que tus ojos, así que al menos combinan.

Creo que nunca he visto una sonrisa tan triste en mi vida.