Prólogo

Prólogo

Cada vez que abro un libro de mi gran amigo Iván Fernández, me hago la misma pregunta: «¿Cómo es posible que no nos contaran esto antes?». No me refiero a los grandes eventos ni a los personajes de siempre, sino a las pequeñas historias que los hicieron posibles. Las decisiones mínimas. Las ideas locas. Los fracasos repetidos. Los golpes de suerte que, en su momento, no parecían suerte.

Este libro también me recuerda, en muchas de sus páginas, las dificultades que encontré en mi propio camino. Como tantas de las historias que aquí se cuentan, mi experiencia estuvo llena de dudas, incomprensión y obstáculos que parecían imposibles de superar. Hubo momentos en los que seguir adelante era un acto de fe más que de certeza. Pero gracias a la constancia, la pasión por mejorar y la firme creencia en que otra manera de operar era posible, aquello que un día fue solo una intuición —la cirugía uniportal— se ha convertido hoy en una realidad consolidada que ayuda a miles de pacientes en todo el mundo.

Las cincuenta historias que conforman este libro tienen eso en común: nos muestran que la historia no está hecha solo de fechas y batallas, sino de personas. Personas corrientes que, a veces por accidente, a veces por obsesión y otras por puro empeño, dejaron una huella imposible de borrar.

Hay científicos que fallaron miles de veces antes de acertar, mujeres que cambiaron el rumbo de la medicina sin que nadie las escuchara, inventores que convirtieron una caminata por el bosque o una pierna amputada en un legado, y héroes anónimos que salvaron vidas sin pedir nada a cambio.

Este libro es un recordatorio de que detrás de cada gran idea hay una chispa humana. Y de que cualquiera de nosotros podría, alguna vez, encenderla.

Disfrútalo. Y, sobre todo, compártelo.

Dr. Diego González Rivas

Introducción

Desde niño me fascinan las historias. No las grandes, oficiales, llenas de fechas y nombres solemnes, sino las otras. Las pequeñas, las que no suelen contarse, las que ocurren en los márgenes y lejos de los focos, pero que a veces terminan cambiando el rumbo de la historia.

Este libro nace de esa fascinación y de unas preguntas que siempre me han acompañado: ¿y si todo hubiera ocurrido de otra manera? ¿Y si esa persona no se hubiese atrevido, no hubiera insistido o no hubiera creído en sí misma? Las respuestas me han llevado a bucear durante años en archivos, libros olvidados, entrevistas y anécdotas para dar con esas piezas sueltas de un puzle mucho más complejo: el de la innovación humana.

Aquí no vas a encontrar batallas épicas ni inventores idealizados, sino que vas a leer sobre fracasos, sobre ideas rechazadas, sobre decisiones tomadas en soledad y sobre personas que no tenían más que una intuición… pero decidieron escucharla.

Algunas de estas historias hablan de mujeres silenciadas, de científicos incansables, de artistas incomprendidos o de héroes discretos, pero todas tienen algo en común: nos recuerdan que la innovación no es un privilegio de unos pocos, sino una forma de mirar el mundo.

He elegido estas cincuenta historias porque todas me emocionaron; porque detrás de cada una de ellas hay una chispa que merece ser contada; porque creo, de verdad, que inspiran; y porque estoy convencido de que, cuando las conocemos, algo dentro de nosotros cambia.

Este libro tampoco habría sido posible sin mi propio pequeño grupo de héroes: Victoria, Manuel y Gloria. Gracias por acompañarme, por sostenerme y por inspirarme. Vuestra paciencia, cariño y complicidad están detrás de cada página.

Ojalá al cerrar este libro tengas la certeza de que cualquiera, incluso tú, puede escribir la próxima gran historia.

1

Una obra de arte que hace café: la Moka Express

En 1931, un ingeniero italiano observaba en su pueblo natal, en el Piamonte, cómo las mujeres, entre ellas su madre, lavaban la ropa. El sistema que usaban para hacerlo le sirvió de inspiración para crear uno de los diseños más famosos e icónicos de la historia de la humanidad: la cafetera Moka Express, más conocida como cafetera italiana.

Usaban un caldero lleno de agua que ponían a hervir. Cuando entraba en ebullición, el agua ascendía por un tubo y caía sobre la colada, donde se mezclaba con jabón para lavar la ropa.

A principios del siglo xx ya existían en Italia cafeteras que obtenían el café gracias a la presión del vapor, pero se trataba de enormes dispositivos industriales que tenían que manejar siempre operarios expertos. Como algunas tenían forma de locomotora de tren, a ese café comenzó a llamársele «café express». Estas máquinas eran enormes, muy caras, complejas, se fabricaban en latón y estaban presentes tan solo en algunas cafeterías, lo que limitaba su alcance a una pequeña parte de la población.

Alfonso Bialetti convirtió aquel sistema de lavado que se usaba en su pueblo en un artefacto que permitía disfrutar en casa del mejor café expreso, y presentó en 1933 el diseño definitivo, fabricado en aluminio. Empleó este metal porque no contaba con las restricciones que sí tenía el acero, aunque él decía que lo había elegido porque el material hacía que su café resultara más sabroso. Parece ser que el secreto es que el aluminio disipa mejor el calor que el acero inoxidable, por lo cual, cuando el café llega a la parte superior, no continúa calentándose y haciéndose, con lo que se consigue el auténtico sabor del café hecho en casa.

En un principio la distribución de su invento era muy local y hasta 1938 solo se vendieron setecientas mil unidades fabricadas en un taller artesanal. Alfonso Bialetti no era un gran vendedor, pero su hijo Renato sí. Cuando en 1945 este regresó de Alemania, donde había estado retenido en un campo de concentración nazi, puso en marcha un sistema de comercialización, publicidad y producción que revolucionó la marca, y consiguió vender mil unidades diarias.

Además, para evitar las imitaciones y crear lo que hoy se consideraría una imagen de marca, introdujo en sus cafeteras la caricatura de un señor bigotudo, que en realidad era el propio Renato; consiguió con ello crear una identidad que hizo que la marca fuera reconocida.

La máquina de café Moka Express llegó en poco tiempo al 90 por ciento de los hogares italianos y se calcula que se han vendido más de doscientos cincuenta millones de unidades. Bialetti sigue siendo uno de los diseñadores italianos más respetados; su icónico invento está expuesto en el MoMa, el Museo de Arte Moderno de Nueva York, y en el Triennale Milano, de Milán.

Y, en mi opinión, hace el mejor café del mundo.

2

El inspirador origen de la pantalla del iPhone

El 9 de enero de 2007 Steve Jobs hizo una de las presentaciones más importantes de todos los tiempos: «Hoy vamos a hacer historia. Presentamos tres productos revolucionarios en uno, y lo hemos llamado iPhone».

Una vez finalizada la presentación, Jobs llamó al responsable de Operaciones de Apple. Tras una semana trasteando con el iPhone, había detectado un grave problema. Se había guardado el teléfono en el bolsillo y la pantalla se había rayado, y eso era algo que no podía ocurrir. Necesitaban usar cristal, y no plástico, para evitarlo. Su equipo le contestó que esa tecnología estaría disponible cuatro o cinco años más tarde, a lo que Jobs contestó: «No sé cómo lo vamos a hacer, pero, cuando se ponga a la venta en junio, la pantalla va a ser de cristal».

Jobs podría haber intentado solucionar el problema por sí mismo utilizando los considerables recursos de Apple; sin embargo, decidió llamar a Wendell Weeks, CEO de Corning Incorporated, para explicarle que necesitaba un cristal para la pantalla del iPhone. Pero Weeks reconoció que el cristal al que Apple se refería aún no existía.

Le contó que en la década de 1960 su compañía había estado trabajando en un compuesto químico llamado Gorilla Glass, increíblemente resistente, pero que este nunca había llegado al mercado, ya que no habían encontrado una aplicación para él. Jobs contestó: «Quiero todo el Gorilla Glass que seáis capaces de fabricar», pero Weeks le aseguró que Corning no lo fabricaba ni tenía la capacidad para hacerlo. Jobs replicó: «No te preocupes. Sí que puedes hacerlo. Hazte a la idea, te ayudaremos».

En menos de seis meses Corning producía cristales para el iPhone que no se habían fabricado jamás. Este se convirtió en uno de sus negocios principales y en 2019 facturó 11.500 millones de dólares.

El día que el iPhone salió a la venta en todo el mundo, Steve Jobs envió una carta al CEO de Corning: «No podríamos haberlo hecho sin vosotros», una misiva que Weeks conserva enmarcada en un lugar de honor en su despacho.

Cuando pides ayuda de la manera correcta, las personas no piensan en ti, sino en la forma en que tu solicitud muestra implícitamente que los respetas y que confías en ellos. Estás transmitiendo que valoras o admiras sus habilidades, su talento, sus experiencias o los recursos que tanto les ha costado obtener, y esto les brinda la oportunidad de marcar la diferencia, por pequeña que sea, en la vida de otra persona. A juzgar por la carta enmarcada en la pared, el CEO de Corning estaba claramente orgulloso de haber contribuido a representar esa diferencia para Apple.

Jobs, además, empoderó al CEO de Corning para que fuera tan audaz y valeroso como él y se atreviera a enfrentarse a un reto casi imposible. Jobs buscó a un experto en el campo que necesitaba y potenció sus cualidades hasta el límite.

Nunca temas pedir ayuda, es una parte necesaria para alcanzar el éxito.

3

El día en que Henry Ford dobló el salario de sus empleados

En 1913, la Ford Motor Company se encontró con un grave problema: la rotación anual de sus trabajadores, con una cifra del 370 por ciento. Esto provocó que ese año tuvieran que contratar a más de cincuenta mil personas, con todo lo que eso supone. Además, también sufría una tasa de absentismo diario del 10 por ciento, y se debía a las malas condiciones laborales que había en sus fábricas.

Ford estaba a punto de desaparecer, ya que no podía mantener la cadena de producción, que era el motor de su éxito. Así que decidieron tomar una decisión drástica y arriesgada.

El 5 de enero de 1914, Henry Ford convocó una rueda de prensa para anunciar la noticia: reducirían las horas de trabajo diarias de nueve a ocho, se crearían tres turnos diarios en lugar de los dos que había hasta entonces y se doblaría la remuneración diaria de sus trabajadores hasta los cinco dólares.

La noticia corrió como la pólvora y al día siguiente se recibieron casi treinta mil solicitudes de empleo nuevas. En pocas semanas el absentismo se redujo al 2,5 por ciento, la tasa de rotación hasta el 54 por ciento y un año después hasta el 16 por ciento. La productividad aumentó hasta en un 70 por ciento por trabajador, y los beneficios crecieron un 20 por ciento.

Además, los clientes también se beneficiaron de esta política. Entre 1910 y 1919, Henry Ford pudo abaratar el precio del Modelo T de 800 a 350 dólares, lo cual lo aupó como el fabricante número uno de automóviles del mundo y lo convirtió en billonario.

Por si esto fuera poco, el aumento de los salarios mejoró sustancialmente las perspectivas de los trabajadores estadounidenses y contribuyó al nacimiento de la clase media. Gracias a la duplicación del salario, los trabajadores de Ford pudieron comprar los productos que ellos mismos fabricaban, lo que desató una revolución en el consumo, que tuvo una repercusión inmediata en toda la economía de Estados Unidos.

Así que aquello que los periódicos anunciaron como «Un acto magnífico de generosidad» resultó ser una excelente inversión. Henry Ford dijo sobre ello: «Una de las mejores medidas que hemos tomado nunca para reducir costes ha sido duplicar los sueldos».

La mayoría de las empresas tienen previsto pagar más a sus empleados cuando el negocio prospere. Pero piénsalo de nuevo. Quizá la mejor manera de construir un negocio próspero sea enfocarse en encontrar la forma de pagar más a tus empleados hoy, como hizo Henry Ford, y no mañana.

4

James Dyson: el diseñador que se equivocó 5.127 veces

En 1978, un diseñador industrial británico se encontraba frustrado con su aspiradora doméstica. Al desmontarla descubrió que la bolsa que absorbía la suciedad se había obstruido. Cualquier persona simplemente habría cambiado la bolsa, pero un genio como James Dyson pensó: «Tiene que haber una manera mejor», y se propuso encontrarla.

Dio con ella empleando un método que separa las partículas del aire con fuerzas centrífugas, e ideó así un sistema de aspiración que cambiaría la industria para siempre.

Para ello necesitó cinco años, muchos créditos y 5.127 prototipos; en 1983 por fin creaba su primer modelo, el G-Force. Pero se encontró con un problema: todos los fabricantes habían invertido demasiado en el sistema de bolsas, así que nadie quiso fabricar ni comercializar su idea, por lo que acabó fundando su propia empresa, Dyson, para no tener que volver a depender de otros.

En la actualidad tiene registradas 7.500 patentes, produce un aspirador cada doce segundos y se venden en más de sesenta países. En 2017, los 58 productos que fabrica Dyson generaron más de cuatro mil millones de euros en ventas y la empresa invierte más de nueve millones de euros semanales en I+D.

Dyson también decidió apoyar y estimular la innovación tecnológica con su propia universidad, The Dyson Institute of Engineering and Technology, donde los alumnos no pagan, sino que reciben un sueldo, y creó el James Dyson Award, un concurso internacional dirigido a recién licenciados que contribuyen con sus diseños a la resolución de problemas.

El éxito de Dyson no se basa en su genialidad (que también) ni en haber sido tan inteligente como para darse de bruces con un error y crear una solución (que también), sino en su capacidad para considerar que su historial de fracasos forma parte de su camino hacia el éxito.

Dyson siempre cuenta aquella vez en la que Richard Branson le dijo: «Si tu vida es solamente una historia de éxito, será aburrida. Emociona a los demás contándoles tu frustración, tu dolor, tus miedos y tus errores. Comparte las experiencias que te hicieron ser quien eres, pero, sobre todo, comparte las malas».

La historia de Dyson no va sobre aspiradoras, va de cómo inspirar para que nunca dejemos de creer que es posible que haya una forma mejor de hacer las cosas, para que no dejemos de trabajar en las ideas y que nunca dejemos de fracasar, porque cada revés nos acerca un paso más al éxito siguiente.

Dyson considera vital dar a conocer su historia y por eso el relato acerca de sus 5.127 prototipos fallidos aparece en su publicidad, en su web y en una pequeña tarjeta que acompaña a cada producto.